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JUAN ANTONIO ZARDINI


  NATHANIEL, 2012 - Novela de JUAN ANTONIO ZARDINI


NATHANIEL, 2012 - Novela de JUAN ANTONIO ZARDINI

NATHANIEL, 2012

Novela de JUAN ANTONIO ZARDINI.

Editorial SERVILIBRO.

Dirección Editorial: VIDALIA SÁNCHEZ.

Asunción - Paraguay, Marzo 2012 (243 páginas)&

 

 

NO TE RINDAS

 

Mario Benedetti

 

No te rindas, aún estás a tiempo

de alcanzar y comenzar de nuevo,

aceptar tus sombras,

enterrar tus miedos,

liberar el lastre,

retomar el vuelo.

 

No te rindas que la vida es eso,

continuar el viaje,

perseguir tus sueños,

destrabar el tiempo,

correr los escombros,

y destapar el cielo.

 

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda,

y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma

aún hay vida en tus sueños.

 

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo

porque lo has querido y porque te quiero

porque existe el vino y el ama; es cierto.

 

Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,

quitar los cerrojos,

abandonar las murallas que te protegieron,

vivir la vida y aceptar el reto,

recuperarla risa,

ensayar un canto,

bajar la guardia y extender las manos

desplegar las alas

e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos.

 

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frío queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se ponga y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma,

aún hay vida en tus sueños

porque cada día es un comienzo nuevo,

porque esta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero.

 

Encontré este poema hace poco tiempo. Al leerlo, instantáneamente pienso en aquellas conversaciones previas a cada combate, las realizadas en las trincheras de mis recuerdos. El sonido que anticipaba la batalla era el sonido de las palabras de ánimo de dos Generales de Guerra impulsándome a continuar, a volver a atacar y a jamás detenerme ni retroceder.

 

Este libro está dedicado a esos dos leones, a esos dos Mariscales de Campo quienes no se han detenido ante nada ni nadie. A mis padres Juan Antonio y Nélida, por las enseñanzas que me han dado y por las que me darán. ¡Por la Gloria!

 

 

 

 

¡GRACIAS DIVINO NIÑO JESÚS!

 

Cuando comencé a escribir esta historia no tenía idea de que sería publicada en tan poco tiempo. Como algunas personas lo hacen, luego de leer a estupendos escritores de novela, unos años antes me había dicho a mí mismo que algún día también escribiría un libro. El proyecto surgió una mañana de verano mientras iba camino a mi lugar de trabajo; algunas imágenes del primer capítulo recorrieron mi mente durante todo el trayecto, mientras la piel se me erizaba a medida que las veía.

Con las cosas de la oficina y conversaciones con algunos compañeros, otros pensamientos ocuparon mi mente durante el  resto de la jornada. Esa noche, las imágenes volvieron para recordarme lo que había pensado un año atrás. Dos días después las imágenes volvieron a mi mente, esta vez con mayor intensidad, para decirme que debía escribirlas. De lo contrario, no hubiese parado de pensar en ellas por temor a olvidar detalles de la historia que se iba formando nuevamente dentro de mis pensamientos.

Ese mismo día, por la tarde, comencé a tomar apuntes en forma de lluvia de ideas, para lo que sería un libro a publicar en algún momento. Posteriormente, surgió el primer capítulo que da inicio a Nathaniel.

Para leer esta obra debes esperarlo inesperado pues se encuentra llena de sorpresas. En los últimos días del III Reich Alemán, anillos de defensa compuestos por los últimos soldados fieles al ejército fueron formados para proteger hasta el final a Adolf Hitler, quien se encontraba refugiado de los bombardeos dentro su bunker en Berlín. Algunos de éstos pelearon hasta el último aliento, a medida que las tropas aliadas iban traspasando anillo tras anillo para llegar al centro del eje. Para leer Nathaniel, deben imaginarse a cada capítulo como un anillo de defensa puesto entre las páginas, listo para ser descubierto. Cada línea puede ser fundamental, cada párrafo importante para entender el final.

Recorreremos juntos diferentes escenarios del mundo en distintos años, en diferentes épocas y vidas del protagonista. Personalmente, me gusta denominarlo como una compilación de emociones.

El ser humano vive experimentando diferentes sentimientos minuto a minuto, segundo a segundo. Nathaniel combina las diferentes esferas emocionales y las reúne a todas en un conjunto de intensas páginas destinadas a captar el interés del lector en cada capítulo.

No se trata de una simple historia de amor, ni de una simple historia de acción. Se trata de una combinación de detalles enlazados en giro tras giro que, unida en su totalidad, forman una realidad compuesta de diferentes elementos que hacen de esta historia una muy diferente a cualquier otra.

Les presento este trabajo luego de mucho esfuerzo y empeño. Y, como lo escribí en mi perfil de una red social al anunciar a mis amigos que este libro estaba totalmente terminado, ¡los sueños existen para ser cumplidos!

Muchas gracias.

 

 

(Se escuchó la alarma de un reloj sobre una mesa de luz,

al costado de una cama).

 

¡Este despertador! ¡Qué sonido más molestoso! ¿Acaso no puedo conseguirme uno diferente?, ¿o simplemente acordarme de programarlo en el celular con la música que me gusta? Lo pienso a menudo, pero olvido hacerlo siempre.

Al salir de la ducha, miré nuevamente el reloj del bullicioso sonido que me despierta irritado algunas veces en las mañanas. Eran las 5:30 de una mañana de otoño. El pronóstico decía que llovería ese día, pero al mirar por la ventana veía un hermoso sol saliente con un cielo despejado. No hubiese sido la primera vez que se equivocaran al respecto, pensé. La temperatura estaba agradable, unos 19º C. A través de la ventana observé a la vecina argentina, despidiéndose da su marido en la entrada de su casa. Siempre lo hace a la misma hora, todos los días, aunque llueva, haga frío o calor, con un beso.

La miré mientras dormía. Era una costumbre mirarla cuando soñaba, ya que en esos momentos se veía más bella que nunca. Continué haciéndome el nudo de la corbata pana ir al trabajo, busqué el perfume favorito que me regaló mi padre en mi cumpleaños y luego bajé a desayunar.

Dormida, ella se ve más frágil y más inocente. Me preguntaba qué estaría soñando en ese momento, pues sus sueños siempre eran temas de conversación en el desayuno, en algunos días. No quería despertarla aún, pues trabajaba muy duro en el supermercado y llegaba agotada a casa por las noches. La noche anterior habíamos discutido por una tontería. Supongo que ese tipo de discusiones en las parejas son comunes. Después de todo, ¿quién no discute con su esposa de vez en cuando? Esa vez solamente me había preguntado algo, pero le respondi de una manera no muy buena, y terminamos peleando.

Después de la fuerte tormenta de hacía cinco días estábamos sin línea telefónica en nuestra casa. No era algo que comúnmente ocurría con la compañía de teléfonos, pero sus empleados aún no habían solucionado el problema a pesar de nuestros reclamos.

Aunque prometí a mi esposa que iría a la Oficina de Reclamos, en el día de ayer, tuve une reunión muy importante con un cliente para explicarle el procedimiento de la “Absolución de Posiciones” solicitada por su contraparte en uno de los casos de Raúl, mi socio y amigo muy cercano desde hace mucho tiempo.

El cliente llegó a mi oficina faltando pocos minutos para retirarme y Raúl ya se había ido a casa temprano porque no se sentía bien. Además de tener que explicarle con paciencia todo lo referente a esa prueba y cómo debíamos proceder en la audiencia dos o tres veces, el hombre insistía en que se lo volviera a explicar pues, al parecer, no entendía bien lo que le decía, o se encontraba demasiado tenso y nervioso para asimilarlo todo enseguida. Aquello me hizo invertir aún más tiempo, por lo que al salir de la oficina ya se me había hecho tarde para hacer mi reclamo.

Toda esa información resultó muy difícil de explicarle o ella, con lujo de detalles, a las diez y media de la noche, por el cansancio y las inmensas ganas de dormir que tenía. Como toda mujer, interpretó que simplemente lo había olvidado o que no me interesaba lo que me pedía que hiciera. Luego de la discusión nos quedamos dormidos sin decirnos palabra alguna.

Suavemente me senté a su lado en la cama, acaricié su pelo y pasé mis manos sobre sus hombros. Le cubrí la espalda con el edredón para que no sintiera frío y miré su rostro tan bello. Le di un beso en la frente y me levanté de nuevo suavemente para no despertarla mientras dormía profundamente. Decidí que aunque fuera por una vez debía dejarla dormir un poco más, pues anoche se veía muy cansada al igual que yo. La llamaría más tarde pana pedirle disculpas y explicarle todo. Le pediría a mi secretaria Johanna, al llegar a la oficina, que haga las reservaciones pana un buen restaurante.

Después de desayunar sólo cerré el portón de mi casa. Sentí el viento fresco de otoño y noté que las hojas de los árboles pronto empezarían a caer. Respiré profundamente el viento que me encanta sentir y prendí la radio de mi camioneta. No la escuchaba por los informes sobre más noticias desagradables, sino para relajarme con música camino al trabajo, era mi terapia diaria desde muy joven. La escuchaba cada día. No solamente un mismo estilo, sino intercambiando entre muchos de acuerdo a mi estado de ánimo.

Subí el volumen de la radio y bajé los vidrios delanteros del vehículo, por el viento fresco. Iba camino a lo que seda un día más de batallas, de estrategias y duelos en Tribunales. Mi profesión era mi pasión. El ser abogado había sido una de mis metas desde muy chico; he estado litigando en casos desde hace más de diez años. Aprendí de los mejores, consulté con personas de mayor experiencia que yo.Me equivoqué y enmendé mis errores, escuché consejos de amigos y examiné mis movimientos en combate para mejorarlos. En este tiempo he peleado mucho, he ganado mucho, y me he vuelto reconocido en mi campo.

Sentía la música que me transportaba. Me hacía olvidar, por unos minutos, los trámites, escritos y llamadas que tenía que hacer a gente que ni siquiera me caía bien a veces. En ese corto tiempo de  aba de pensar en las formas de evitar que alguna chicanería o maniobra desleal de mis contrapartes me afectara, entre otras cosas.

Prefiero llamarlos oponentes ya que en la arena del Coliseo que es nuestro Poder Judicial se encuentra de todo. Desde importantes aliados que pueden ayudarme ya los que ayudé en diferentes oportunidades, hasta gente que solo permanecía expectante por Verme caer. Ansiaban derrotar al hombre detrás de la fama, disfrazaban su odio, envidia y frustraciones con un “Buenos días, Dr. Ferrari”, seguido de una sonrisa fingida.

Hoy en día mí nombre y apellido, Nathaniel Ferrari, es renombrado no solo por la semejanza con la marca italiana de vehículos de lujo, sino por los combates que he librado y ganado en la arena.

Soy consciente de que e menudo se presentan oponentes que quieren probar ser mejores que yo, pero no me preocupan ni me hacen perder el sueño porque en Dios confío. Siempre recuerdo lo escrito en el libro Manual del Guerrero de la Luz, de Paulo Coelho, donde nos dice que nuestros pilares deben ser la fe, la esperanza y el amor.

A pesar de ser un hombre de negocios y de batallas en el mundo de las leyes, trato de dedicarle el mayor tiempo posible e mi familia que siempre está allí. Mi esposa, mis padres, mi hijo y mi hermana.

Tomé el celular y marqué el número:

- ¡Hola, papá! ¿Cómo estás? -le dije a él.

¡Hola, el hilo! -percibí una sonrisa y un excelente estado de ánimo-.

!Muy bien, mi hijo! ¿Y vos cómo estas?

-¡Todo bien también! Mañana les envío !a carne para el asado del domingo, ¡con música y tereré abundante!

-¡Excelente! ¡Muy bueno! Mandaré limpiar el patio que está con muchas hojas secas. Me gusta el otoño, pero detesto recoger todos los días las hojas de nuestro árbol -me respondió él entre risas.

-Ojalá que no llueva. ¿Mamá está bien?

-Está bien también. Me estoy yendo al supermercado o comprar algunas cosas. ¿Vas camino a la oficina?

-Si. La llamaré antes del mediodía. Maneja despacio, papá. ¿Por qué no esperan unos minutos? Es muy temprano para que abran al público, y nuestro servicio de delivery comienza exactamente a la hora en que abrimos el local, puedo hacer una llamada para que envíen las cosas a casa sin problemas.

-No hace falta, mi hijo. Te agradezco mucho pero no quiero molestarlos.

-Son mis empleados, papá ¡Es su trabajo!

-No te preocupes, Nathaniel. Hoy quiero recorrer con el carrito por el supermercado y todo lo demás me servirá para caminar un poco y hacer ejercicio.

En ese momento, noté por el retrovisor central a un Volkswagen Gol azul acercándose a gran velocidad a mí. El semáforo se puso rojo, no había nadie más en la calle, pues al parecer aún era temprano, Algunos todavía no habían salido de sus casas para ir al trabajo a esa hora, y otros quizás ya habían salido mucho antes que yo. Pero, casualmente, no había nadie más a la vista. Me detuve en primera línea y le dije a mi papá que se cuidara y que nos veríamos por la tarde, él me respondió lo mismo.

Al colgar la llamada, el vehículo se pegó a mi paragolpes trasero, lo que me molestó un poco y despertó mi atención. Observé que tenía los vidrios polarizados y circulaba sin matrícula. Al otro lado de la avenida miré a un hombre misterioso. Tenía la piel muy blanca y pálida, un rostro sombrío, con grandes ojeras, y una mirada que transmitía frialdad. Cuando lo miré sentí un extraño escalofrío.

Decidí acelerar por precaución aunque el semáforo todavía estaba en rojo. En ese mismo momento, un automóvil igual pero de color verde se atravesó en mi camino cerrándome el paso y deteniéndose en la esquina asi chocando contra el semáforo.

Inmediatamente busqué mi pistola 9rnm Taurus que la tengo siempre al costado del asiento, al lado del freno de manos. La acerrojé y escuché los primeros tres disparos a mi camioneta provenientes de los tres ocupantes del vehículo de atrás. No iba preparado para estar en un tiroteo, tampoco tuve mucho tiempo para pensar en lo que haría.

Los cristales se rompieron la calle seguía desierta. Era yo contra ellos, no sabía cuántos eran, no sabía por qué estaban allí. No sabía si saldría vivo o no, sólo sabía que la pesadilla había comenzado.

Sin tiempo para nada más, respondí al fuego desde mi asiento, atravesando el vidrio trasero. Les acertéa dos de ellos que se encontraban parados a mi izquierda, ambos se preparaban a disparar directo hacia el asiento del conductor, donde estaba yo.

A uno le di en el pecho y a otro cerca de los riñones, al parecer. Volteé a buscar al tercero cuando miré a dos sujetos más quienes se habían bajado del segundo vehículo, apuntando hacia mí. Uno de ellos disparó,  pero la bala impactó sobre el parabrisas atravesándolo y destrozó mi retrovisor central, sin herirme instintivamente y sin pensar les disparé a ambos pero no conseguí acertarles, ya que se cubrían detrás del vehículo que tenían enfrente. Solo me quedaban seis balas en el cargador. Bajé de la camioneta sin pensarlo dos veces, y al costado de ella miré que uno de mis atacantes se encontraba en el piso, herido; buscó apuntarme de vuelta con su pistola, por lo que tuve que dispararle nuevamente, esta vez acertándole en el pecho.

Mientras tanto, el tercer ocupante del vehículo azul, que estaba detrás de mí, disparó sin parar hacia mí camioneta me agaché y dejé que la chapería me cubriera.

Sabía que tenía pocos segundos para actuar antes de que los otros disparasen hacia mí; entonces me tiré al suelo, probablemente porque lo había visto en alguna película de acción. Seguidamente, disparé tres veces al tobillo de aquél. Por desgracia, solo una bala consiguió impactar donde tenía pensado, el sicario gritó y cayó herido al piso, al otro lado de mi vehículo.

Noté que mi pulso se aceleraba a gran velocidad, respiraba muy agitado, tenia trozos de vidrio pegados al traje que llevaba puesto. Me sentía acelerado, sorprendido y, sinceramente, tenía miedo, miedo de no volver ver a mi familia, las personas que amo.

Tenía tres agresores cerca, ¡estaban tan solo al otro lado de la camioneta disparando sin parar!, dos de ellos aún ilesos, y el otro disparaba desde el suelo. Los cristales y las puertas estaban destrozados y mi pulso no mejoraba, la adrenalina me impulsaba, pensaba que no tela que paralizarme, pues si lo hacía, moriría.

Por el sonido identifiqué dos rifles de asalto, y uno de ellos utilizaba una pistola, posiblemente 9 mm también. Mientras mis municiones se habían reducido a tan solo una bala en la recámara.

Desde chico, mi padre, un oficial de Policía retirado con honores, me enseñó a disparar su rifle de aire comprimido y cuando joven me instruyó Junto con unos amigos de la FOPE (Fuerza de Operaciones de la Policía Especializada) a manejar- todo tipo de armas de fuego y técnicas de defensa personal, pana poder defenderme en las calles. Él y mi madre se casaron a los dieciocho años, poco tiempo después, nacía yo.

Mi puntería es muy buena, Pero el tiroteo inesperado, la adrenalina y mi respiración agitada que no mejoraba incidían en la trayectoria que le daba a las balas, en cada disparo que efectuaba para defenderme.

No sabía qué pasaría luego, ni cuanto duraría el tiroteo. Me pregunté: ¿Sería un secuestro? Pensé que si se trataba de uno no tirarían a matar, sino a intimidar o asustarme. ¿Cómo pudieron fallar el primer disparo hacia mí? El hombre apuntó directo adonde yo me encontraba. ¿Cómo fallaron todos los demás? ¡Estaban justo enfrente! Gracias a Dios lo hicieron, y todavía sigo aquí.

Me decidía a pelear hasta el último segundo, no me rendiría sin combatir. No dejaría que me mataran, aun soy muy joven y tengo une vida entera por delante.

Pensé: “Pelearé, pelearé como un tigre, y si mi fin llegase, pues que llegue en medio de esta balacera, pero no por haberme rendido por miedo a unos matones, sino por haber peleado como hombre, corno un guerrero”.

El sonido de los disparos impactando mi camioneta y pasando tan cerca era horrible, no se detendrían, y algo tenía que hacer para volver a ver a mi familia, a mi amor y a mi hijo. Algo debía hacer para salir del infierno en el que me encontraba en ese momento.

Cuando salí de mi casa, esa mañana, iba camino a batallas en la arena de la Justicia, pero en ese momento me encontraba en una batalla por mi vida. Miré a mi alrededor y no había un solo vehículo o persona cerca, la calle seguía desierta, sin posibilidades de que alguien pudiera ayudarme. ¡Y qué sensación! ¡Sentía que mi fin estaba próximo!

Ya no estaba el hombre con el rostro, pálido. Una luz se encendió en el departamento del segundo piso del edificio frente a mí. Miré la puerta, pero noté que solo se podía entrar si uno de los inquilinos o dueños pulsaba un botón para abrirla desde adentro.

A mi izquierda, a unos siete metros,estaba el cadáver del primer agresor a quien maté en Legítima Defensa; en sus manos veo una esperanza para mí, en sus manos él aún sostiene su arma. El otro agresor caído ya no tenía el arma en sus manos, la debió haber tomado su compañero, a quien herí en el tobillo cuando estaba concentrado disparando a los demás agresores parados cerca del otro auto.

Los disparos cesaron, escuché tres cargadores cayéndose sobre el pavimento. Pensé: “¡Es mi momento! Es el momento de correr hacia la pistola a rni izquierda”, y lo hice.

Milagrosamente sólo uno de los tres sicarios consiguió verme al acercarme al vehículo azul, detrás de mi camioneta, pues la visión de los otros dos estaba bloqueada por ésta.

El sujeto apuntó su fusil a mi pecho y pensé: “¡Oh, Dios mío, todavía no! ¡Todavía no!”.

Para mi sorpresa, dicho fusil se trataba de una ametralladora AK-47, como las que eran utilizadas años atrás en Rusia, y también por el servicio secreto estadounidense en décadas anteriores, y aún utilizado por la milicia de varios países en la actualidad. Aquella arma de suma eficacia, como cualquier fusil, podía atascarse al acerrojarla. Y, para mi buena suerte, eso mismo ocurrió en ese preciso instante. Al notario, el sicario quiso hacer correr el cargador, pero en su intento por acerrojarlo se encontró con una bala justo en medio de las cejas, desde el otro lado de la camioneta. Ya había conseguido la otra 9mm del primer sicario caído.

Me quedaban dos agresores más, supuse que uno de ellos tendría otra pistola, y el otro estaba portando una ametralladora o rifle de asalto. El infierno calló súbitamente, una falsa calma se sentía mientras uno de ellos se acercó a su compañero caído; mi pulso y respiración mejoraron.

Parecía haber transcurrido una eternidad desde que vi el semáforo en rojo, desde que acerrojé mi arma por precaución, desde que el miedo en mí se vio superado por el instinto de supervivencia.

Nuevamente mi corazón se acelero, estaba a punto de explotar de nuevo. De repente, ya no podía controlar mis emociones, estaba muy agitado y con el traje desaliñado, sudando, trataba de respirar hondo. Gateando me refugié detrás del auto azul, hasta sentarme sobre la calle, recostado por el auto; el silencio continuaba, respiré hondo y conseguí tranquilizar mi pulso una vez más.

Noté en mi mano izquierda un poco de sangre, por los vidrios de mi camioneta que toque en el piso al agacharme; hice la señal de la cruz y le pedí ayuda a mi Dios, solo Él podía protegerme en ese momento.

Unos de los hombres caminó hacia el otro lado de 1a camioneta, yo estaba detrás del Gol, pegado o la matrícula trasera de la misma, sabía que se acercarían enseguida por ambos lados. Debía disparar primero, debía acertarle al que tenía la ametralladora, pues ésta ea más rápida que la pistola, y si lo derribaba primero, tendría más oportunidades de hacer lo mismo al otro agresor.

Pero ¿cuál de ellos era? ¿Cuál de ellos tenía la ametralladora y cuál de ellos la pistola? Era un sorteo, una ruleta rusa, al pararme solo tendría tiempo de disparar a uno de ellos antes de que e1 otro me vea y dispare.

- !Se están acercando al auto, los oigo!, ¡los Oigo piar los vidrios de mi camioneta! Debo actuar, ¡debo actuar ya!”, pensé.

-¡María, Tú que eres mi Madre y siempre me proteges, ayúdame! Ángel de mí Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día!

¿Derecha o izquierda? ¡Daba igual! ¡Aunque sea a tina de esas ratas me llevaría conmigo! ¡Decidí irme a mi derecha! Tomé un último suspiro, observé un último recuerdo del primer beso de mi esposa, cerré los ojos un segundo y respiré hondo, la miré a ella sonriéndome.

No debí contestarle mal anoche ¿Por qué no la desperté esta mañana? ¡Me arrepiento de no haberlo hecho para despedirme y disculparme! Debí hacerlo, ¡debí plantarle en la boca un beso inolvidable! Ojalá pueda volver a hacerlo, ojalá pueda volver a verla de nuevo.

Me levanté y me incliné a mi derecha. Al mismo tiempo escuché una voz dentro de mi al que me calmaba, la voz me decía:

-¡Tranquilo, hijo mío, tranquilo!, y comencé a disparar...

 

 

 

 

 

 

 

 

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