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RICHARD ALAN WHITE


  LA PRIMERA REVOLUCIÓN POPULAR EN AMÉRICA - PARAGUAY (1810 – 1840) - Por RICHARD ALAN WHITE


LA PRIMERA REVOLUCIÓN POPULAR EN AMÉRICA - PARAGUAY (1810 – 1840) - Por RICHARD ALAN WHITE

LA PRIMERA REVOLUCIÓN POPULAR EN AMÉRICA

PARAGUAY (1810 – 1840)

Por RICHARD ALAN WHITE

Carlos Schauman Editor

Traducción: Frank M. Samson

1989 (2ª Edición – 320 páginas)

 

 

 

LA PRIMERA REVOLUCIÓN POPULAR DE AMERICA 1810- 1840

RICHARD ALAN WHITE

No simplemente una historia de otro movi­miento de independencia del siglo XIX en América Latina, esta obra enriquece los estu­dios sobre el Tercer Mundo, con su explicación de la forma en que el Paraguay logró el desa­rrollo económico. El autor basó sus estudios sobre datos estadísticos compilados durante largos períodos de investigación en archivos en el Paraguay, Argentina, Brasil y España. Describe la estructura de la dependencia colo­nial del Paraguay antes de pasar a un detalle de los profundos cambios implementados bajo el revolucionario liderazgo del Dr. José Gaspar. Rodríguez de Francia (1814-1840).

Bajo Francia, los paraguayos despojaron a las élites criolla y española su posición dominante y, contrariamente a lo que sucedió en otras naciones latinoamericanas, no permitieron que la economía cayera bajo el neocolonia­lismo de Europa Occidental. Logrando de este modo la independencia tanto económica como política, el Paraguay fue capaz de distri­buir racionalmente sus recursos humanos, naturales y de capital; su economía se desa­rrolló en forma equilibrada, satisfaciendo con amplitud las necesidades básicas del pueblo paraguayo -la primera nación en América Latina en lograr una meta tan radical.

Este libro será de interés para los estudiosos de América Latina, así como para los que es­tudian las sociedades en vías de desarrollo.


 

INDICE

MAPAS, FIGURAS, CUADROS

AGRADECIMIENTO

INTRODUCCIÓN

 

PARTE 1. LA TRADICION COLONIAL

1.     La Dependencia Colonial Clásica

2.     La Incorporación de las Misiones

 

PARTE 2. EL PROCESO REVOLUCIONARIO

3.     Enfrentando a las Metrópolis

4.     De la Colonia a la República

5.     El Establecimiento de la Dictadura Popular

6.     La Consolidación del Primer Régimen Popular de América Latina

7. El Paraguay Popular

 

PARTE 3.  LA LUCHA POR LA AUTONOMÍA

8.     La Válvula de Escape Comercial

9.     La Economía de la Independencia

 

Conclusión

Cronología

Abreviaciones

Apéndices

Notas

Bibliografía

 

Mapas

América del Sur

Río de la Plata; 1810

Paraguay

Las Misiones

 

FIGURAS

1.      Exportaciones del Paraguay 1816-1820

2.     Impuesto de Importación del Paraguay 1816-1824

3.     Presupuestos Nacionales, 1816-1840

4.     Ejército del Paraguay, 1816-1840

5.     Impuesto del Paraguay, 1816-1840

6.     Impuestos y Ventas, 1816-1840

7.     Ventas del Estado, 1816-1840

 

CUADROS

Población de las Misiones Guaraníes, 1750-1801

Apropiaciones del Estado, 1816-1840

Exportaciones Paraguayas, 1826-1839

 

JOEL FILÁRTIGA, 1975

 

 

INTRODUCCIÓN

Las instituciones políticas y económicas que gobernaron la América española durante la era colonial, fueron establecidas para enriquecer a España, no para promover la prosperidad de América. El oro y la plata del Nuevo Mundo, así como otros productos americanos, solventaron siglos de participación espa­ñola en las luchas por el poder en Europa. España propiamente dicha, empero, era una colonia económica de los países más industrializados de Europa. Consecuentemente, para cubrir su déficit crónico en la balanza de pagos, España gastó la mayoría de sus riquezas provenientes del Nuevo Mundo en artículos ma­nufacturados importados. De este modo, la riqueza de América española sirvió en último término para financiar la industrializa­ción de las naciones del Norte de Europa. Al lograr la indepen­dencia y romper sus vínculos políticos y económicos con España, las nacientes naciones latinoamericanas desplazaron su dependen­cia económica de España a las naciones más industrializadas de. Europa, iniciando con ello la era neocolonial.

Con su nuevo status político y económico, la estructura social de América también sufrió un cambio. Sin alterar la tradi­cional estructura de poder de la sociedad de clases de las anteriores colonias, la oligarquía criolla nativa asumió la posición de clase dominante, reemplazando a los españoles en la cúspide de la pirámide social. Este cambio en el lugar de privilegio y poder fue la principal modificación en la estructura social que fue gene­rada por las guerras de independencia. Las condiciones básicas de vida para la vasta mayoría de los latinoamericanos permane­cieron iguales; solamente cambiaron los amos.

Esta transferencia de poder no fue un cambio ordenado ni pasivo de la guardia social, y en ningún lugar de toda América Latina tuvo un curso tan sangriento, complejo y prolongado como en la región del Río de ]a Plata (mapa 2). Durante casi setenta años (1811-80), el área que abarcaba el antiguo Virreynato Español de la Plata -lo que es actualmente Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay- fue ]a escena de intermitentes conflictos armados entre grupos rivales americanos. Siguiendo la derrota relativamente rápida de los españoles en la región, la solidaridad criolla se quebró. A pesar que el resultado de la lucha contra los españoles en América no se decidiría concluyentemente por más de una década, la lucha de poder entre las facciones criollas rivales en el Río de la Plata fue vigorosa, incluso en este período inicial, estallando en guerra civil después de 1814.

Las raíces del conflicto radicaban en ]a geografía del área y en la economía política del imperio colonial español. Al desem­bocar en el Río de la Plata, donde se encuentran con el océano Atlántico los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay forman un solo puerto de entrada, que ejerce el dominio de todo el sistema fluvial y, consiguientemente, el acceso a ]o que eran entonces las pro­vincias españolas y portuguesas del interior. Desde la Conquista hasta el siglo XIX, los dos imperios periódicamente se confron­taban violentamente sobre el dominio del puerto. Solamente la Guerra Cisplatina (1825-28), que dio por resultado la creación del estado neutral del Uruguay, Finalmente puso término a los reclamos brasileños.

La dominación del puerto, en detrimento de las provincias río arriba, también fue el punto principal de conflicto entre los habitantes españoles de la región. Para garantizar el acceso del interior al mar, una expedición desde Asunción fundó nuevamente en 1580 el puerto abandonado de Buenos Aires; sin embargo, después de apenas cuatro décadas, la Corona Española ordenó su cierre. Cediendo a la presión de la poderosa corporación de comerciantes de Cádiz-Panamá-Lima, que temía la pérdida de su monopolio colonial, la Corona estableció una barrera aduanera en Córdoba (1618) y retiró el permiso de sus colonias americanas para comerciar con el Brasil (1622). La ley imperial exigía que todas las mercaderías destinadas a América, con la excepción de un buque por año, fueran enviadas de España a Panamá. Desde allí, las mercaderías debían ser conducidas a través del istmo, recargadas sobre buques con destino al Perú, y luego transpor­tadas por recuas de mulas y carretas de bueyes, cruzando el continente hasta llegar a Buenos Aires. Para llegar al Paraguay, las mercaderías debían volver a cargarse en buques y transpor­tadas las mil doscientas (1200) millas aguas arriba por el Río de la Plata hasta Asunción.

Las continuas exigencias de los habitantes de las provincias del interior y de Buenos Aires (porteños), juntamente con la creación del Virreinato del Río de la Plata (1766), forzaron la reapertura del puerto en 1777. Sin embargo, en lugar de servir al interior, Buenos Aires, el centro imperial administrativo y comercial de la región, esgrimía el poder de la aduana en beneficio propio y de su metrópolis española. Con la introducción de los conceptos liberales de la Ilustración y el comienzo de las luchas por la independencia en 1810, las provincias interiores esperaban ganar la paridad económica. Sin embargo, al mismo tiempo que los porteño, promulgaban ideas revolucionarias y luchaban por la liberación americana de España, insistían en mantener su po­sición tradicional como el centro económico del Río de la Plata.

En el nombre de la “causa común” contra España, Buenos Aires solicitó y recibió el apoyo de las provincias interiores. Aún después de haber sido derrotados los españoles en el Río de la Plata, los porteños trataron de imponer un fuerte gobierno cen­tral, manteniendo con ello su control sobre la economía de la región. En oposición a esta tentativa centralista (unitaria) de conservar la estructura política y económica del viejo virreinato, los autonomistas (federales) lucharon por una confederación de provincias de igual rango. A pesar que las dos facciones se unieron para oponerse a la intervención portuguesa en el Río de la Plata, se trabaron en lucha en una prolongada guerra civil. En la práctica, fue la lucha entre los unitarios y los federales lo que caracterizó la historia nacional de Argentina de la primera época.

El Paraguay constituye la única excepción en este período plagado de conflictos en la historia de la región (mapa 3). bajo el liderazgo del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, este país no solamente mantuvo neutralidad absoluta en la sangrienta lucha por el poder en el Río de la Plata, sino que, aferrándose a una independencia política y económica también puso en práctica una revolución social radical. Pese a que los notables logros del régimen popular no deben ser considerados simplemente como otra de las anécdotas del "gran hombre" histórico, Francia evi­dentemente desempeñó un papel central en la profunda transfor­mación del Paraguay.

Nacido el 6 de Enero de 1766, Francia comenzó su educación en su hogar. Posteriormente concurrió a la Universidad de Cór­doba, graduándose en 1785 como Licenciado en Filosofía y Doc­tor en Teología. Mientras estuvo en la Universidad, que había sido dirigida por los franciscanos, más tolerantes desde la expul­sión de los jesuitas en 1767, no solamente estudió los filósofos y teólogos tradicionales, sino que también se familiarizó con las corrientes ideológicas revolucionarias europeas y norteamerica­nas de la época. La educación de Francia abarcó los conceptos ontológicos de San Anselmo y el "Contrato Social" de Rousseau, el Moralismo de Santo Tomás de Aquino y el Pragmatismo de Benjamín Franklin. Sus años de estudios universitarios y la pro­funda influencia de la Ilustración, la Revolución norteamericana y la revuelta popular de Túpac Amaru II en Perú, contribuyeron todos a la formación de su filosofía radical. Al igual que los idealistas de todas las épocas, Francia consideraba el mundo a su alrededor en términos absolutos, juzgando situaciones y per­sonas como correctas o equivocadas, buenas o malas.

A su regreso al Paraguay poco después de la graduación, el joven doctor en Teología comenzó a enseñar Latín en el Seminario de San Carlos, pero fue obligado a renunciar varios años más tarde, cuando estalló una agria discusión sobre sus ideas religiosas y políticas radicales. Después de enseñar Derecho Español, Francia se embarcó en una carrera jurídica que le ganó respeto en toda Asunción. Hablaba guaraní con fluidez y -se hizo amigo de los peones paraguayos; en cuyos ojos se convirtió en protector y héroe. De los pobres pedía honorarios reducidos, o a veces nada, mientras que de sus clientes solventes pedía y recibía sumas considerables, como observó John Parish Robert­son, un observador de la época, “Su integridad sin temores le ganó el respeto de todas las partes. Jamás defendía una causa injusta, estando siempre dispuesto a tomar la parte del pobre y el débil contra el rico y el poderoso”.1

A pesar de haber sido electo Dictador por los enormes congresos representativos de 1814 y 1816, durante sus años en el poder, Francia evitó el personalismo que típicamente acompaña a las dictaduras. Con la única excepción de Villa Franca-fundada a mediados de la década de 1820 con la ayuda de Francia, después que las inundaciones hubieran obligado a los habitantes de Villa de Remolinos a abandonar sus hogares2, eso no permitió que una sola población, barrio, calle, edificio, estatua o moneda fuera dedicada a su honor. De modo similar, rompiendo una tradición de larga data, el Dictador categóricamente se rehusó a aceptar obsequios de ningún tipo.* Esta política tuvo un impacto tan vigoroso sobre el pueblo, que más de 20 años después de la muerte de Francia, un número de ancianos la recordaba vívida­mente:

El 6 de Enero de 1817, con motivo del cumpleaños del Dictador, se le ofreció una recepción (que fue) obviamente más importante que en cualquier otro año. Sin embargo, él no aceptó ningún obsequio, sosteniendo que era necesario abolir esa corrupta práctica española, que conducía a impo­ner una obligación al pobre, que a menudo debía hacer un sacrificio para seguir la misma. 3

Como otro contemporáneo resumió este aspecto del carác­ter de Francia, “su fortuna privada no se incrementó por su elevación; jamás aceptó un obsequio, y su sueldo siempre- está atrasado; sus mayores enemigos le hacen justicia sobre estos puntos.” 4

La incorruptible honestidad de Francia, particularmente du­rante su mando como dictador se hizo proverbial. Evitando la acumulación de cualquier riqueza o bienes personales substancia­les, vivió una vida modesta y semiretraída de soltero, con una fracción del sueldo que le fue establecido por los congresos populares. Además, como Francia no dejó herederos, a su muerte el 20 de Setiembre de 1840, la totalidad de sus pertenencias, de acuerdo a las leyes que él mismo había promulgado, fueron automáticamente confiscados por el Estado. 5

No es sorprendente que la política radical, popular y nacio­nalista se enfrentó con una creciente oposición interna y externa. Los ataques combinados de unitarios y federales devastaron el comercio paraguayo, sirviendo como catalizadores para la desas­trosa Gran Conspiración de 1820 para derrocar el régimen popu­lar por las élites paraguayas, cuya posición privilegiada descan­saba sobre la economía de exportación de monocultivos de la nación. En efecto, la revolución paraguaya sustrajo a toda la clase superior, tanto española como criolla, sus tradicionales bases sociales, políticas y económicas de poder. Al designar a nuevos funcionarios directamente de entre la gente común, Francia no permitió a las élites que ejercieran cargos gubernamentales o militares, prohibiéndoles de ese modo que ejercieran el poder directo. Usó un sistema de multas y confiscaciones para negarle el poder menos directo, pero de igual modo eficaz, que otorga el dinero.

Junto con la abolición del Consejo Gobernante Municipal de la élite (Cabildo), el régimen revolucionario controló a la iglesia y sus instituciones auxiliares. Proscribió las fraternidades eclesiásticas, cerró sus monasterios y confiscó sus bienes raíces. Al anular las donaciones reales de tierras y confiscar la propiedad de los conspiradores de las clases sociales altas, Francia promulgó una profunda reforma agraria que abolió el tradicional sistema de tenencia latifundista de la tierra. Para la fecha del fallecimiento del Dictador en 1840, más de la mitad de la rica región central del Paraguay había sido nacionalizada, se habían creado numero­sas estancias estatales y decenas de millares de personas tenían granjas arrendadas del Estado. El sector privado de la economía tuvo que competir con el gobierno que, al reducir los impuestos a un mínimo, recibía la mayor parte de sus ingresos de la venta de artículos importados, ganado y productos manufacturados por el Estado. Además, el Estado controlaba en forma completa el comercio internacional a través de su masiva participación y un sistema estrictamente aplicado de permisos de comercio.

Debido a que Francia atacó los intereses de las élites nacio­nales e internacionales la clase que escribió la historia del Paraguay- tradicionalmente se lo había considerado el prototipo del tirano despótico. Como el más infame de los dictadores lati­noamericanos, Francia habitualmente fue descripto como un po­tentado adusto y sombrío, un déspota cruel con una avidez insa­ciable por el poder, o simplemente como un monstruo vil; los años de su gobierno se conocen comúnmente como el “Reino del Terror de Francia”. Al buscar una explicación racional para los actos al parecer irracionales de este “Nerón moderno”. los historiadores tradicionales raramente han omitido cuestionar su salud mental; algunos simplemente lo consideraron insano, mien­tras otros, en la búsqueda de explicaciones más específicas, ale­garon que el viento del norte (el viento norte caluroso y húmedo que sopla del Mato Grosso durante los meses de verano de Diciembre, Enero y Febrero) ejercieron profunda influencia sobre el Dictador. Presentado como un déspota sádico y arbitrario, sin preocupación por los dinámicos movimientos libertarios que ha­rían América Latina, Francia es acusado de haber aislado hermé­ticamente al Paraguay para imponer mejor su tiranía sobre una nación intimidada.

Estas interpretaciones tradicionales provienen de varias fuentes contemporáneas, que sirven como base de virtualmente la totalidad de las obras secundarias, y proceden de la intensa campaña de propaganda conducida por los decepcionados opo­nentes de las clases altas paraguayas y argentinas al nacionalismo radical y política de neutralidad de Francia. El primero de estos relatos, “The Reign of Doctor Joseph Gaspar Roderick de Francia” de Johann Rudolph Rengger, aparte de su desprecio por Francia y las masas de paraguayos que lo apoyaban, es tan objetivo como puede esperarse de un extranjero de la clase alta, atrapado en el medio de una revolución popular. Este médico suizo y su asociada, Marceline Longchamps, realizaron investiga­ciones de 1819 a 1825 sobre la historia natural del Paraguay. Durante los últimos cuatro años de su residencia, un período de crisis nacional, Francia se rehusó a permitirles que abandonaran el país.

Otra fuente primaria principal es la obra de John Parish Robertson y su hermano William Parish Robertson, “Four years in Paraguay: Comprising an Account of that Republic under the government of the Dictador Francia”; volúmenes I y II, y el volumen III “Francia's Reign of Terror: Being the Continuation of Letters on Paraguay”. Estos dos comerciantes aventureros escoceses llegaron al Paraguay en 1812 con planes de hacer fortuna, creando una compañía de comercio entre Asunción y Buenos Aires. La introducción de artículos manufacturados bri­tánicos y el entusiasta apoyo de los movimientos de independen­cia de América Latina por parte de Inglaterra, aunque en gran medida una intención de asumir la herencia de las antiguas colo­nias ibéricas en calidad de dependencias económicas, fue general­mente atractiva para los paraguayos anticolonialistas. Conse­cuentemente, los primeros gobiernos del Paraguay, esperando poder utilizar el prestigio y el poderío naval británico para garan­tizarla libre navegación del Río de la Plata, otorgaron tratamiento preferencial a los Robertson. Sin embargo, en 1815, después de un incidente que afectó la representación de los comerciantes escoceses ante el gobierno porteño, en el cual se puso de mani­fiesto que Inglaterra no garantizaría el libre paso de buques por el río controlado por Buenos Aires, Francia expulsó a los Robert­son, poniendo así final a su lucrativo negocio.

Es típico de la propaganda anti-Francia que se lanzaba sin pausa desde Buenos Aires durante los años del Dictador como jefe de estado, es el panfleto de Fray Mariano Velazco, “Procla­mation of a Paraguayan to His Countrymen” (Proclama de un Paraguayo a sus Paisanos); esta publicación del gobierno de Buenos Aires caracterizó a Francia por su “Genio hipocóndrico y atrabiliado, corazón lleno de amargura y de hiel, espíritu egoísta, pensamientos caníbales, ideas tortuosas, engreimiento sin ejem­plar, audacia insufrible (y) operaciones maquiavelisticas.6

De mayor significación en la formación de la opinión pú­blica anti-Francia que estos pocos panfletos, fue la campaña emprendida en diarios de Buenos Aires tales como “El Tribuno” de donde se toma la siguiente cita del 15 de Octubre de 1826:

Si el Dictador Francia merece algún perdón, es por la vigilancia con que tiene encerrado al Protector Don José Artigas (el anterior líder de la causa federal contra los por­teños).

“Sin embargo, la humanidad ganaría mucho, si algún ángel exterminador purgase la tierra, libertándola de estos dos monstruos.”

Además, periódicamente corrían por Europa las más increí­bles e infundadas versiones concernientes a Francia. El primer libro publicado sobre los eventos de la revolución paraguaya, de acuerdo a su título, fue escrito “por una persona que fue testigo de muchos de ellos y obtuvo información auténtica con respecto al resto”. Este informe “auténtico” omitía incluso indicar correc­tamente el nombre de Francia, refiriéndose al Dictador como “Dr. Tomás Francia".8 La prensa europea gustaba de entretener a sus lectores con relatos sensacionalistas sobre Francia y el exótico Paraguay. En un ejemplo típico de 1835, periódicos en todo el continente, incluyendo el “Memorial Bordelais” y “L'Echo du Midi, publicaron este artículo totalmente falso:

“La joven Reina del Paraguay”: El muy conocido Dr. Francia, a la edad de 65 (en realidad, Francia en esta época tenía 69 años), el excéntrico anciano que ha gobernado despóticamente el Paraguay desde la emancipación de Amé­rica, acaba de casarse con una joven francesa, la hija de Monsieur Durand, un comerciante de Bayona. Se estipula en el contrato matrimonial que la joven esposa sería la sucesora de la autoridad política de su marido en caso de muerte de éste, sin dejar un heredero directo o legítimo. Es muy probable, por consiguiente, que una francesa algún día llegara a gobernar una de las provincias más ricas y hermosas de América del Sur.”9

Para fines de la década de 1830, Francia se había vuelto tan conocido para el público lector europeo, que Charles Darwin, en sus comentarios sobre la historia geológica y natural del Río de la Plata, se sintió obligado a censurar aún más al villano. Pese a que jamás había visitado al Paraguay, el joven Darwin eviden­temente no pudo resistir la oportunidad de incluir medio párrafo en su obra “The Voyage of the Beagle”; prediciendo inacertada­mente que "cuando el viejo tirano sanguinario se haya ido des­pués de su larga trayectoria, el Paraguay se desgarrará en revo­luciones, violentas en proporción a la calma innatural anterior.”10

Debe señalarse que incluso los volúmenes mejor substan­ciados de Rengger y los hermanos Robertson, no son obras históricas propiamente dichas; más bien son relatos personales, orientados primordialmente a captar el interés del público lector europeo.* Muy lamentablemente, los historiadores han aceptado sin críticas estas obras como fuentes primarias de la historia paraguaya. Si se leen con precaución, Rengger y los Robertson en realidad proporcionan un gran volumen de valiosa informa­ción.

La obra de Enrique Wisner de Morgenstern, “El Dictador del Paraguay: Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia”,11 tam­bién merece mención, como fuente importante de información. Comisionado por el Presidente Francisco Solano López en 1863 para escribir una historia de la era de Francia, Wisner realizó extensas entrevistas y completó un borrador el año siguiente. Sin embargo, debido a la muerte de Wisner y al caos de la Guerra de la Triple Alianza (1864-70) el manuscrito no fue corregido hasta 1876 y no fue publicado sino en 1923. A pesar que la obra de Wisner es con creces la más objetiva de las primeras obras, contiene errores de hecho de menor cuantía y refleja la airada polémica que estalló poco después de la muerte de Francia.

Reflejando el masivo apoyo a Francia, poemas populares, canciones y escritos alababan al Dictador y su régimen. 12 La obra de más amplia circulación de la literatura francista, la oración fúnebre del Padre Manuel Antonio Pérez 13 ;fue publicada en todos los diarios del Plata y traducida para lectores europeos. Mientras los francistas alababan al Dictador como "el salvador que suscitó el Señor para liberar al pueblo paraguayo de sus enemigos "14 no igualó en intensidad o eficacia la campaña anti­francista conducida por la vieja oligarquía paraguaya. Aparente­mente, algunos miembros de la oligarquía no estaban contentos con ataques histéricos a la memoria de su archienemigo; algunos meses después de la muerte de Francia, su cuerpo fue robado de la Catedral de Asunción y desde entonces no ha sido encon­trado.

Los enemigos de Francia creyeron incluso necesario anotar sus ataques en sus registros oficiales universitarios. En una letra desconocida, sin fecha ni firma, los siguientes comentarios fueron agregados a su asiento:

Francia: fue después presidente de la República del Paraguay y muy atroz tirano que ha ensangrentado la his­toria de aquel país con escándalo del mundo entero. Ha sido un monstruo que ha desgarrado las entrañas de su patria. 15

El odio de la oligarquía a Francia pasó a través de las generaciones y permanece siendo el objeto de encendidas discu­siones emocionales. Hasta la fecha es imposible sostener un debate racional sobre Francia con muchos de los descendientes de la antigua clase superior del Paraguay.

Una Figura tan dinámica como Francia ha también atraído, por supuesto, algunos defensores. En un largo ensayo escrito a mediados de la década de 1840, Thomas Carlyle alabó a Francia como un hombre fuerte y determinado de América Latina, que impuso la ley y el orden a una era tumultuosa, repleta de violentas contradicciones sociales. 16En la década siguiente, Auguste Com­te, colocando al Dictador junto a otros grandes revolucionarios americanos, tales como Benjamín Franklin, Simón Bolívar y Toussaint-L'Ouverture, dedicó un día en su calendario positivista á Francia.1 7

En nuestro propio siglo, a pesar de la aparición ocasional de obras que tratan de reivindicara Francia, Isla corriente francista permanece siendo una interpretación claramente minoritaria. In­cluso la voluminosa obra estudiosa de Julio César Chaves, y el compendio de centenares de documentos de fuente primaria, brillantemente presentado con una narración entrelazada de José Antonio Vázquez, ha tenido poco efecto para hacer mella en la odiosa reputación de Francia. Los mitos sobre Francia se han tornado tan ampliamente aceptados, que incluso el progresivo Pablo Neruda se sintió obligado a denunciarlo como un “rey leproso” en su corto poema “El Doctor Francia”. 1 9 Desde libros de texto básicos de la historia latinoamericana a obras literarias, los historiadores aún continúan propagando la imagen tradicio­nalmente aceptada de Francia.20 Típico de esta actitud, es el siguiente pasaje de la introducción de Wayne G. Broehl de 1967 a la novela clásica de Edward Lucas White, “El Supremo”:

Un hombre cuyo nombre ni siquiera debía ser pronun­ciado; cuyos espías estaban en todas partes, aún dentro de las familias; quien enviaba a los hombres a la mazmorra o a la “Cámara de la Verdad” donde la tortura extraía una confesión y luego la víctima era sumariamente ejecutada por el escuadrón de fusilamiento o ahorcada- tal hombre

era “El Supremo". Este no es un personaje salido de una novela de terror, sino una persona real, un jefe de Estado Sudamericano... Su nombre era José Gaspar Rodríguez de Francia.

Adicionalmente a la tradición histórica personalista de Amé­rica Latina, la historiografiá dé este período se complica aún más por una confusión entre la forma retórica y el contenido histórico. Tratando de desacreditar el régimen de Francia y, con ello, apoyar su propia posición, los enemigos de Francia han utilizado el medio retórico de atacar su carácter. Dado que los historiadores han aceptado estos ataques demagógicos como historia, en lugar de reconocerlos como diatribas históricas, incluso las obras pos­teriores atacan o defienden a Francia, en lugar de proporcionar un análisis objetivo de la historia de la época. Es significativo que las razones originales de la disputa -la política de Francia­ han sido relegadas a importancia secundaria.

El objeto de esta obra no es Francia propiamente dicho, ni es su propósito reivindicar al Dictador. Trata, más bien, de res­taurar el contexto histórico de este período de la historia para­guaya -un capítulo singularmente importante en la historia de las Américas, directamente relevante para los problemas que confrontan sus habitantes actualmente.

Cinco años de estudio e investigación en los archivos del Paraguay, España, Argentina y Brasil, han descubierto nueva documentación y han permitido el desarrollo de información estadística, anteriormente descuidada, mediante la reconstrucción de los presupuestos nacionales, la compilación de recibos de recaudación, examen de datos referentes a industrias estatales y el análisis de los registros comerciales del Estado.

Mediante la incorporación de este nuevo material, y una reevaluación de la documentación anteriormente existente, ha sido posible definir claramente la política de Francia y colocarla en su contexto histórico las fuerzas políticas y económicas que imperaban en la sociedad paraguaya de comienzos del siglo XVIII y en la región del Río de la Plata. Externamente, los conflictos entre los grupos de intereses españoles, portugueses y europeos, los brasileños, unitarios, federales y paraguayos, se combinaron para forjar las cambiantes estructuras políticas y económicas de la región. En el ámbito interno, los conflictos entre los españoles, criollos, extranjeros, Francia y el pueblo paraguayo, aunque mar­cadamente influenciados por los eventos internacionales en rápida evolución, reflejaron las condiciones de la sociedad de clases del Paraguay. Aunque extremadamente compleja, esta confusión de interrelaciones se hace comprensible una vez que se identifican con claridad las bases políticas y económicas fundamentales de las fuerzas contendientes. El análisis de estas fuerzas es la historia de la primera revolución autónoma de América.

 

NOTAS

*Debido a que la palabra dictador en la actualidad es fuertemente peyorativa, debe enfatizarse que a principios del siglo XIX no llevaba dicha connotación negativa. El título se usaba en esa época en su sentido romano -un magistrado con suprema autoridad, electo en períodos de emergencia- y se otorgó a varios de los nuevos jefés de estado latinoamericanos; incluyendo a José de San Martín y Simón Bolívar. Esta obra emplea la frase El Dictador, no solamente porque era el título formal de Francia y refleja el enorme poder que le fue conferido por los congresos populares masivos, sino también porque a menudo así lo designaba el pueblo paraguayo y frecuentemente incluso firmaba los documentos oficiales como "El Dictador".

*El mismo Francia ingresó en la polémica cuando su artículo "Notas hechas en el Paraguay por el Dictador Francia sobre el volumen de John Rengger" apareció en la edición del 21 de Agosto de 1830 en el diario "El Lucero" de Buenos Aires. Insistiendo en que la obra de Rengger debería haber sido intitulada "Un ensayo de mentiras", Francia la denunciaba como "Historias no solo acomodadas al gusto de los europeos, sino inventadas por ellos, en venganza por la frustración de sus repetidas conspiraciones, maquinaciones y complots." Una contestación al artículo de Francia, escrito por un paisano de Rengger, César Hipólito Bacle, apareció a la semana siguiente. Reimpresiones del artículo de Francia se encuentran en Zinny, "Los gobernantes" pp. 311-15, y en John Parish Robertson y William Parish Robertson, "Francia's Reign of Terror" pp. 372-80. La refutación de Bacle está reimpresa en Zinny "Los gobernantes" pp. 315-18.

*Wisner de Morgenstern, "El Dictador", p. 170. Después de examinar varios relatos del robo que circulaban en esa época, Wisner llegó a la conclusión que, con la mayor probabilidad la familia Machaín había contratado a varias personas a robar el cuerpo y arrojarlo al Río Paraguay. Es también probable que, contrariamente a la idea frecuentemente aceptada que Francia quemó sus papeles personales poco antes de su muerte (ver Chaves, "El supremo Dictador", p. 460), los miembros de la oligarquía sean responsables por su desaparición.

*Edward Lucas White, "El Supremo", p. vii. Como parte de la imagen que se ha creado alrededor de Francia, debe tenerse en cuenta que el título informal de "El Supremo", usado por primera vez por Edward Lucas White en su novela de 1916 y posteriormente adoptado por muchos historiadores, no fue jamás usado por, Francia ni por cualquiera de sus contemporáneos.

 


5

EL ESTABLECIMIENTO DE LA DICTADURA POPULAR

 

La creación del Consulado paraguayo refleja un fenómeno ampliamente experimentado en toda América Latina durante el período inicial de la independencia. Siguiendo al derrocamiento de la estructura administrativa centralizada del Imperio Colonial español, las provincias típicamente trataron de ensanchar la dis­tribución de la autoridad política, formando nutridas juntas eje­cutivas compuestas de representantes de las facciones criollas prominentes. Sin embargo, las rivalidades y conflictos personales entre los grupos de intereses contendientes, convirtieron dichas “juntas representativas”, en organismos pesados e ineficientes. Con la solidificación de poderosas coaliciones políticas, estas tentativas iniciales de “democracia criolla” invirtieron su tenden­cia, dando lugar a una concentración de poder en las manos de los más capaces para imponer su voluntad. Buenos Aires ejem­plifica esta tendencia entre los gobiernos criollos emergentes, comenzando con la Junta Grande de treinta miembros, los porte­ños pronto establecieron un triunvirato que pronto fue reempla­zado por el Poder Ejecutivo, una virtual dictadura. Un proceso similar tuvo lugar en el Paraguay, donde la junta criolla original de cinco hombres había sido disminuida a un triunvirato para la fecha en que el congreso de 1813 creó el Consulado que, a su vez, duró solamente un año antes de ceder su lugar a un jefe de estado único.

Sin embargo, el Consulado paraguayo no fue simplemente una etapa en el camino hacia el gobierno absoluto de Francia, sino más bien el comienzo del mismo. Yegros, resignándose muy pronto a un papel subordinado en el nuevo gobierno, constante­mente cedía a los deseos de Francia. Incluso durante su propio período en el cargo, Yegros siguió siendo poco más de una figura simbólica, delegando la totalidad de las funciones más importan­tes a su co-Cónsul. 1 En un reconocimiento parcial de esta realidad, el Cabildo, en Junio de 1814, después que cada Cónsul hubo ocupado el cargo por un período, fijó el salario anual de Francia en 3.500 pesos, asignando a Yegros un sueldo de solamente 3.000 pesos.2

Inmediatamente después de su elección como Cónsul, Fran­cia comenzó a estructurar una administración gubernamental efi­ciente, honesta y leal. Para el importante cargo de secretario de gobierno, Francia no tuvo en cuenta la preferencia de Yegros por Mario Larios Galván, el anterior secretario de la junta, y designó en su lugar al candidato de su elección, Sebastián Mar­tínez Sáenz. 3 Extendiendo la autoridad del gobierno nacional hacia el interior de la nación, Francia designó nuevos funcionarios y jueces regionales quienes, a pesar de haber sido facultados con amplia autoridad, estaban obligados a someter todos los asuntos importantes directamente a los Cónsules. 4 En lugar de continuar imponiendo “notables” como administradores del gobierno, Francia, coherentemente con su filosofía popular, seleccionó a los mencionados nuevos funcionarios directamente de entre el pueblo paraguayo. Como observó Rengger: “Bajo el gobierno de los españoles, los jueces eran elegidos entre los ricos propie­tarios de tierras y comerciantes ... (mientras que) ... bajo el presente gobierno, los jueces son elegidos entre las clases más bajas de la sociedad . . .” 5 En efecto, durante todo el gobierno de Francia, no solamente los jueces, sino también los oficiales del ejército y altos funcionarios administrativos eran nombrados directamente del seno del pueblo.

Aún antes de la creación del Consulado, estaba en marcha un esfuerzo concertado para destruir los cimientos socioeconómi­cos de la élite española en el Paraguay. Aunque los españoles, como muchos criollos paraguayos, eran ardientes opositores de las ambiciones centralistas porteñas -puesto que la unión con los porteños hubiera constituido un obstáculo muy grande para las intenciones españolas de reestablecer la autoridad real en el Paraguay- esta coincidencia de intereses no prevaleció sobre los tradicionales antagonismos entre criollos y españoles. Nutrida por siglos de dominio imperial, la enemistad criolla hacia sus anteriores amos igualaba, cuando no los sobrepasaba, “el odio profundamente enraizado hacia los criollos”6 de los españoles. Como uno de sus primeros actos siguientes al derrocamiento de la administración española, el entonces comandante del cuartel general, Pedro Juan Cavallero, aplicó una, enorme “contribución” de 60.000 pesos a los veintiocho comerciantes españoles más ricos de Asunción. Menos de un año después, la junta promulgó la Ley de Herencia de Abril de 1812, que designaba al estado como heredero de todos los residentes extranjeros que fallecían sin “herederos legítimos” (es decir hijos nacidos en el Paraguay). A pesar que Francia ya se había retirado de la Junta cuando promulgó el edicto de herencia, ciertamente debe haber aprobado la medida, puesto que sus ataques metódicos contra el poder de la vieja clase superior española, corroboran la declaración de John Parish Robertson, de que “él, a su vez, no sólo los odiaba sino los despreciaba (a los españoles); y su ruina y aniquilación final, como cuerpo, el tenía, ya en los inicios de su carrera, sin duda determinado.”8

Entre los primeros actos de los Cónsules figuro la remoción de todos los españoles de los cargos públicos. A continuación trataron de deportar el creciente número de refugiados españoles que huían al Paraguay. Al mencionar "la multitud de españoles europeos residentes y los que de otras provincias han recluido y diariamente recalan a esta ciudad", el gobierno expresaba que constituían una seria amenaza debido a sus "aires insultantes ... sus sediciosos coloquios y atrevidas combinaciones ... y sus pronósticos de establecer, con nuestro exterminio, la esclavitud de la provincia."l0 Para poner freno a la influencia de estos extranjeros, los Cónsules ordenaron a todos los españoles que no tenían la ciudadanía legal paraguaya, que se presentaran in­mediatamente en la plaza pública para un censo. Esperando poder enviar a los residentes temporales a Corrientes, los Cónsules escribieron al Teniente Gobernador José León Dominguez, con­sultando si aceptaría un grupo de varios centenares en su terri­torio. 11 Después de consultar con sus superiores en Buenos Aires, el Gobernador accedió a recibir a los indeseables españoles, pero antes de que pudo tener lugar la deportación, los porteños revo­caron la decisión, argumentando que los españoles solamente constituirían un aumento de la creciente amenaza a Corrientes, presentada por las fuerzas federales de Artigas.12

Habiendo fracasado en deportar a los españoles, y forzado, por consiguiente, a aceptarlos como residentes permanentes en el Paraguay, el gobierno comenzó a promulgar medidas para garantizar que sus anteriores amos jamás volvieran a ganar su posición dominante. Los Cónsules utilizaron la lista de censo para aplicar otra ronda de pesados impuestos sobre estos euro­peos relativamente solventes, 13y poco después promulgaron un decreto orientado a la "muerte civil" de los españoles como clase. Con el fin de "cortar y precaver la perniciosa influencia ... la conexión y relación que han contraído y contraen incesantemente los españoles europeos con los ciudadanos de la República" el 1° de Julio de 1814 el gobierno prohibió a los españoles casarse con nadie que no fuera una mujer indígena, mulata o negra. Prohibieron además a los españoles que actuaran como padrinos o testigos en los matrimonios de paraguayos. 14

En los años siguientes, estas medidas, juntamente con la ley de herencia del estado y las olas sistemáticas de “contribucio­nes” forzosas, lograron destruir por completo la clase superior española tradicional. A pesar que esta meta a plazo relativamente corto parece haber sido la preocupación primordial de los Cón­sules, existen fuertes indicios que los efectos a largo plazo de la miscegenación también fueron considerados, como por ejemplo la jactancia de Yegros que había firmado la ley “para establecer el cruzamiento de la raza.”15

Amenazado por la subversión interna de los españoles y los elementos federalistas en el ejército, y rodeado por las fuerzas hostiles portuguesas, federales y porteñas, el gobierno paraguayo se enfrentó con la tarea inmediata de fortalecer y reorganizar las fuerzas armadas paraguayas. Junto con la creación de un control más estricto sobre las milicias locales 16y la estructuración de un ejército regular más eficiente, esto significaba eliminar las viejas élites del ejército y nombrando en su cuadro seguidores leales en quienes el gobierno podría confiar para defender su gobierno. Con la precaución de “no seleccionar aquellos jóvenes que per­tenecían a familias notables” l7,Francia trató de alistar solamente a voluntarios solteros de entre dieciocho y treinta años de edad. Sin embargo, en el caso de voluntarios, así como con los cons­criptos, el comandante encargado del reclutamiento debía tener “especial cuidado en no aceptar cualesquiera que son de mala reputación en su conducta pública, sino solamente aquellos de quienes, por su honradez, puede esperarse de ellos la debida subordinación y el cumplimiento de su obligación en el servicio a que se destinan.”18 La nueva política del gobierno otorgó importancia nacionalista al servicio militar. Reflejando el cre­ciente nacionalismo del pueblo paraguayo, la localidad indígena de Belén, por ejemplo, ofreció “de nuestra mera voluntad veinte y cinco indios armados” con todos sus caballos y vituallas corres­pondientes. 19

Enfrentados por las constantes incursiones portuguesas e indígenas contra la frontera Norte y el saqueo de las Misiones tanto por los ejércitos porteños como artigueños, los Cónsules establecieron una serie de nuevos fuertes a lo largo de las fronteras de la nación. En un esfuerzo casi frenético para adquirir las armas y municiones necesarias para estas guarniciones, el gobierno recurrió a todas las fuentes posibles. Después de enviar a John Parish Robertson a Buenos Aires para obtener un embarque de armas, requisó, contra indemnización, todas las armas de fuego y dos fragatas privadas, que fueron equipadas con cañones ligeros y asignadas a patrullar los ríos. 20

A medida que la lucha entre unitarios y federales se inten­sificaba en el Río de la Plata, Francia prosiguió sin vacilaciones su política de no intervención en los asuntos de las naciones vecinas. Para 1814, José Artigas, en virtud de sus crecientes victorias contra el centralismo porteño, se había convertido en defensor de la causa federal en todo el Río de la Plata, en búsqueda de aliados, trató de convencer a Francia que el Paraguay debía unirse a él en la lucha armada contra su enemigo común. Al fracasar en persuadir al Cónsul principal, Artigas a continuación trató de convencer a Yegros, quien, con anterioridad había de­mostrado abiertamente su simpatía por los federales.21 A pesar que ninguno de los Cónsules respondió afirmativamente a estas misivas, dejaron la cuestión en suspenso debido a que compren­dían que Artigas gozaba de amplia simpatía entre los elementos federalistas del ejército paraguayo. 22En efecto, el comandante del Cuartel de Asunción, Antonio Tomás Yegros, había pasado un tiempo durante el año anterior, inspeccionando el Sur del Paraguay “indoctrinando al pueblo a favor de Artigas”.23

Sin desalentarse por el rechazo de los Cónsules a sus pro­puestas, Artigas escribió directamente a los sub-delegados para­guayos federalistas de las Misiones, Vicente Antonio Matiauda, proponiéndole que atacara a un pequeño ejército porteño que estaba huyendo a través del territorio de las Misiones, dejando así a los ejércitos orientales en libertad de marchar contra los españoles en Montevideo. 24. Matiauda, viendo una oportunidad singular para asegurar las Misiones para el comercio y las movi­lizaciones paraguayas, así como para capturar las armas del ejér­cito porteño, comenzó la ofensiva sin esperar la autorización de los Cónsules.25

Cuando los Cónsules se enteraron de los planes de Matiauda, prohibieron enfáticamente a sus subordinados que tomaran medida alguna, ordenándole que “se abstendrá Ud. absolutamente de conmover, o alarmarse (la población) ... o de hostilizarlos en manera alguna, manteniéndose a la defensiva, y observando una juiciosa neutralidad sin tomar parte en las actuales disensio­nes, y rompimiento ocurrido entre los descendientes del gobierno de Buenos Aires y los Orientales mandados por el enunciado General Artigas. “Explicando el razonamiento sobre el cual se basaba la política de neutralidad del Paraguay, concluyeron ad­virtiendo al subdelegado que “nos debemos reducir a conservar la paz, la quietud y la tranquilidad interior y exterior evitando en cuanto sea posible una guerra civil que debe mirarse como el mayor de todos los males, especialmente en el período actual de la revolución; pues nada desean tanto los enemigos de nuestra causa como el que los mismos pueblos libres se debiliten y aniquilen mutuamente para poder volver a plantar sobre sus ruinas el estandarte de su despotismo.”26

Amonestado de este modo, Matiauda renunció a su rango como oficial paraguayo, derrotó al ejército porteño por su propia cuenta y se unió a las filas de los seguidores de Artigas. Reiterando su neutralidad en la guerra civil, los Cónsules criticaron nueva­mente los actos de su subordinado y en una comunicación al Gobernador de Corrientes, incluso ofrecieron su mediación y buenos oficios para lograr una conciliación. 27Durante las décadas siguientes, la inflexible política paraguaya de neutralidad defen­siva y absoluta no intervención, se convirtieron en la característica del gobierno de Francia. En efecto, sin tener en cuenta las nume­rosas crisis, ni una sola vez la- tropas paraguayas atravesaron sus fronteras nacionales.

Como un medio de dispersar los elementos federalistas en el ejército, y consolidando con ello sus propias fuerzas en la capital, Francia envió una expedición formada exclusivamente por tropas de Yegros a la frontera Norte 28y deliberadamente designó a numerosos oficiales prominentes para comandar estos distantes fortines. 29 Estas medidas, juntamente con el retiro "vo­luntario" de otras figuras militares principales, como Vicente Ignacio Iturbe y Antonio Tomás Yegros,30 dejaron los estratégi­camente críticos cuarteles de Asunción bajo el control de los oficiales y soldados leales a Francia. Para consolidar aún más su fuerza militar, Francia llenó al máximo su propio batallón y creó una unidad especial de granaderos bien armados, experimentados y leales. Para fines de 1814, mantenía una clara superioridad de fuerza militar. 31

Al aproximarse la fecha del congreso masivo de 1814, el gobierno envió una vez más instrucciones de elección a las auto­ridades locales. Reiterando los principios de las instrucciones del año anterior, los Cónsules facilitaron aún más las elecciones en los distritos de escasa población, asignando la tarea de organizar los eventos electorales a los jueces locales, que debían servir como presidentes. Limitando expresamente las funciones-de los presidentes, muchos de quienes habían sido designados para sus cargos desde Asunción desde el año anterior, las instrucciones advertían a los jueces que se dejará a todos los concurrentes en la más plena y absoluta libertad de deliberar y elegir las personas que quieren para sufragantes, y así la residencia será limitada a conservar y hacer guardar el orden.” 32

A medida que los representantes comenzaban a llegar a Asunción, los francistas iniciaron una activa campaña para abolir el consulado a favor de un magistrado único para gobernar a la nación. 33Francia mismo mantenía entrevistas frecuentes, en las cuales enfatizaba que era él; no Yegros, quien había gobernado en la práctica durante el año anterior. Estos encuentros también proporcionaron a Francia la oportunidad para explicar en detalle sus ideas nacionalistas a los numerosos clérigos, oficiales del ejército, funcionarios gubernamentales, comerciantes y estancie­ros que venían a discutir sobre el futuro político de la nación. Sin embargo, fue entre los representantes rurales que Francia continuó obteniendo su mayor apoyo; la capital era el centro de la resistencia a su campaña. “Francisco Wisner, resumiendo el impulso político de la campaña francista, explicó que la gran mayoría de los diputados rurales que apoyaban “los propósitos de Francia, que eran los más patrióticos, pues mantendría a toda costa la independencia del país.”36

Al mismo tiempo, un grupo de "notables" de Asunción, liderados por Pedro Juan Cavallero, Juan Manuel Gamarra y José Teodoro Fernández, comenzaron a formar una oposición al in­tento francista de llegar al poder exclusivo. Mientras proponían abiertamente que el Consulado continuara por otros dos años, los líderes militares encubiertamente comenzaron los preparati­vos para un golpe de estado. Admitiendo quizás la superioridad militar de Francia, Yegros, quien había sido informado de los planes de la oposición, se rehusó a apoyar a sus antiguos cama­radas.37Por el contrario, apoyó a Francia para frustrar el golpe; los Cónsules exiliaron a los tres líderes de la capital el 26 de Setiembre, apenas una semana antes de reunirse el congreso. 38 Sin embargo, el peligro de la intervención militar no quedó eliminado con tanta facilidad, puesto que inmediatamente después de haber finalizado el congreso, un movimiento entre los oficiales descontentos, dirigidos contra el nuevo gobierno civil francista, creció hasta el punto en que los planes para un golpe se discutían abiertamente. Llamado nuevamente por Francia del exilio a su estancia, Cavallero, cuya simpatía por los conspiradores demos­tró ser inferior a sus temores de guerra civil -una guerra civil que los Francistas, dada su clara superioridad de fuerza militar y masivo apoyo popular, con certeza hubieran ganado- utilizó su gran prestigio para disuadir a los disidentes de emprender una acción contra el gobierno. 39

En medio de la intriga de los oficiales conspiradores, el Congreso se reunió el 30 de Octubre de 1814. Al igual que el congreso anterior, consistía de más de mil delegados elegidos en proporción a la distribución arrolladoramente rural de la po­blación de la nación. Además, aún cuando muchos de los enemi­gos políticos de Francia estaban incluidos entre los delegados de Asunción, globalmente "tres cuartos de ellos (los delegados) eran hombres pobres."40 Con aproximadamente 90 por ciento de los votos rurales, 41 Francia fue electo inmediatamente como presidente de la asamblea. 42En su discurso inaugural, Francia,. caracterizando al Consulado como ineficiente y poco práctico, pidió el establecimiento de un gobierno de un solo líder, capaz de reaccionar rápidamente a las numerosas agresiones extranjeras y a la guerra civil en curso en el Río de la Plata, así como a los problemas sociales, políticos y económicos en el Paraguay. En las tres horas de debate que siguieron, la oposición mocionó que el gobierno consular fuera prorrogado por tres años mas. 43 Sin embargo, el congreso francista con facilidad derrotó esta moción y arrolladoramente votó para crear la forma de gobierno de magistrado único.

En una increíble moción para evitar la derrota, el diputado La Guardia, un líder de la oposición, propuso que Francia y Yegros echaran suertes para determinar cual Cónsul gobernaría a la nación. Denunciando la moción corno una estratagema, los francistas insistieron en que una decisión tan importante no de­bería dejarse al azar sino que debía ser decidida por la conciencia de cada delegado. 44 Aprobando la objeción, el congreso dió su voto a Francia como su futuro líder. Luego de un prolongado debate sobre el título que debía llevar su nuevo jefe de estado, se resolvió por aclamación pública de la generalidad del Congreso, a excepción de uno u otro individuo disentiente, que al mando y gobierno de la república que hasta el presente ha estado en los dos Cónsules, quede reunido y concentrado en el ciudadano José Gaspar de Francia, con el título de Dictador Supremo de la República, con el mismo tratamiento del gobierno antecedente, por el tiempo de cinco años. 45

Antes de su receso, el Congreso, en otro esfuerzo por esta­blecer un poder judicial, decidió crear un Superior Tribunal de Justicia, que entendería en cualesquiera litigios no resueltos por el gobierno. 46

En una medida políticamente prudente, Francia había orde­nado que una guardia de honor armada y banda militar se reuniera en la sala de la asamblea, aún cuando todas las armas debían ser depositadas en un lugar seguro a disposición del congreso. 47Pese a que las tropas ciertamente habían sido llamadas para rendir honores, su presencia también garantizaba que los oficiales descontentos del ejército no interferirían con el proceso electoral. Y, en efecto, todo se realizó sin tropiezos. Como último acto, la asamblea designó a veinte miembros para terminar las tareas del congreso en nombre de la mayoría.

A la mañana siguiente se reunió este comité. Como primer punto del orden del día, resolvió que, debido a que la temporada de cosecha de la nación caía en Octubre, los futuros congresos se realizarían en Mayo; sin embargo, dado que Mayo solamente estaba a seis meses, el congreso siguiente se programó para Mayo de 1816. Se resolvió además que, debido a que tantos delegados debían pasar tantas semanas lejos de sus tareas agrí­colas, en viajes a y de la capital, los futuros congresos consistirían de solamente 250 miembros, electos por sus comunidades locales "en proporción de la respectiva población de cada territorio.” 48

Después de la ceremonia de juramento de asunción al cargo de Francia, la convención puso fin a sus sesiones para unirse a las festividades que habían comenzado la noche anterior, cuando la noticia de la elección de Francia se había difundido rápidamente por toda la ciudad. De acuerdo a la descripción de testigo visual de John Parish Robertson, “el insensato populacho celebró con alegría y música y reuniones festivas esa noche, la decisión del congreso. 49Se insumieron dos días para que la fila de personas que deseaban congratular al Dictador pasara a través de la recep­ción realizada en su honor. No hace falta decir que no todos los que felicitaban eran "notables" de Asunción; como Robertson, en un ejemplo característico de arrogancia de clase, mencionó, "muchos que pertenecían a las clases más bajas fueron admitidos en estas recepciones. . .” *

Con su elección como Dictador, Francia, al habérsele otor­gado un mandato absoluto por el pueblo paraguayo, intensificó el ataque a la vieja clase dominante española europea, para incluir a la Iglesia Católica. Había otro grupo en la República, informaba Robertson, "que Francia odiaba y condenaba de todo corazón como hacía con los viejos españoles, y ése era el Clero -secular y regular-, pero más especialmente los últimos. Odiaba a los frailes por la influencia que ejercían sobre el pueblo y por el abierto libertinaje en sus vidas.” **

De acuerdo a relatos de la época, la iglesia paraguaya difería poco de sus contrapartes eclesiásticos en toda América Latina. Apoyada por amenazas de retribución divina de un Dios celoso y vengador, así como por la sanción más mundana de castigo corporal administrado directamente por sus representantes auto­proclamados, la iglesia confirmaba su posición privilegiada me­diante la promoción tiránica de creencias supersticiosas entre el pueblo paraguayo. Aparte de cualquier servicio espiritual autén­tico que pudiera haber prestado al pueblo, y a pesar de los actos valientemente progresivos de clérigos individuales, la propaga­ción por la iglesia de la doctrina del Derecho Divino de los Reyes, se había distinguido como el arma ideológica principal, y más eficiente, del imperio colonial español. Sus ritos seudomís­ticos y procesiones teatralmente organizadas, con presentaciones ostentosas de adornos valiosos, imágenes piadosas y música im­ponente, se combinaron para inculcar a las masas una resignación fatalista a su condición social oprimida. Aunque quizás con exa­geración, John Parish Robertson proporcionó una comprensión de la enorme influencia ejercida por el clero, cuando observó que "los paraguayos reverenciaban a un paí (o sacerdote), como el inmediato representante de Dios; ellos ciegamente, sin dudas ni preguntas, seguían las instrucciones que se les daban y hacían todo aquello que se les pedía que hicieran .”50 Fue precisamente a través de estos medios que la iglesia cumplió su papel histórico reaccionario de mantener el status quo, confiriendo legitimidad al imperio español y al privilegio de clases de las élites hispano­americanas.

El tono de los ataques del Dictador contra la iglesia fue establecido por un representante de Francia en un entusiasta discurso pronunciado en el congreso de 1814 en apoyo de los actos de los cónsules contra los europeos. El delegado, insistiendo en que no se debería permitir a la clase anteriormente dominante que abandonara el Paraguay con sus fortunas 51,declaró, "Todos los europeos indecisos al inicio de nuestra gloriosa revolución deben considerarse a sí mismos como civilmente muertos." Al delinear el obvio eslabón entre la iglesia española europea y la , paraguaya, exigió que "Debe necesariamente destruirse de raíz el europeísmo tolerado hasta ahora en los eclesiásticos y secula­res" y prometía que en el futuro el estado eclesiástico será precisamente arreglado y modifi­cado al sistema de la Libertad de la Patria en todas sus partes, de suerte que no podrá predicar, confesar, obtener ni gobernar ni ministrar sacerdote alguno que no sea deci­dido por el sistema de la Libertad de la Patria o que no sea útil a la causa pública ... porque cualquiera otro pensa­miento es ajeno de la piadosa intención de la Iglesia Cató­lica. 52

En los años siguientes, esta misma orientación anticlerical, aunque no antirreligiosa, caracterizó la campaña gubernamental contra el poder y abusos de la iglesia paraguaya.

El obispo del Paraguay, Pedro García de Panés, había lle­gado a Asunción durante los últimos años de la era colonial. Al principio había cooperado con la junta criolla e incluso había dado su bendición al nuevo gobierno; sin embargo, con el retorno de Francia en Noviembre de 1812, Panés reclamó la posición tradicional del “patronato real” bajo el cual la iglesia paraguaya estaba sujeta únicamente a su propia jerarquía y en último término a la autoridad real española. Antes de su elección como Dicta­dor, Francia no había ocupado una posición de fuerza suficiente para desafiar a la fuerza eclesiástica establecida. Sin embargo, a mediados de 1815, facultado por un mandato dictatorial, tomó medidas para poner a la iglesia paraguaya bajo la jurisdicción nacional.

Tomando el primer paso a la nacionalización de la iglesia, el Dictador prohibió "toda interferencia o ejercicio de jurisdicción de los Prelados o Autoridades extrañas de otros países" dejando a las comunidades religiosas paraguayas "libres y absueltas de toda obediencia y enteramente independiente de la autoridad de los Provinciales, Capítulos y Visitadores generales de otros Estados, Provincias o Gobiernos." Prohibiendo además a los cléri­gos de la nación aceptar "títulos, nombramientos de oficio, cartas facultativas, divisorias o letras patentes de graduación, habilita­ción, gobierno, disciplina o de otra cualquiera política religiosa." el edicto concluía reteniendo al obispo Panés como la autoridad más alta de la comunidad religiosa. 54 Como primera aplicación de la intención del decreto, Francia procedió a abolir el Santo Oficio de la Inquisición en el Paraguay. 55

Seis meses más tarde, Francia tomó el paso siguiente para la nacionalización de la iglesia. Removió al segundo y tercero en rango de los funcionarios eclesiásticos españoles, al Archidiá­cono Antonio Miguel de Arcos y Matas y al Vicario General de la Diócesis, José Baltasar de Casafús, razonando que era nada más que justo que fueran paraguayos antes que extranjeros los que ocuparan dichos cargos. "La seguridad general, el público bienestar, la consolidación de la libertad e independencia de la República," requerían la renuncia de los españoles por "la in­fluencia que en todas partes tienen los empleados en lo que es opinión pública. Si por la oposición o indiferencia de aquellos llegase ésta a debilitarse o a contrariar al sistema adoptado y al nuevo orden establecido, fácil es calcular los males. . . . "56 Tres días después, el Dictador consolidó ambos cargos y los asignó a Roque Antonio Céspedes, un paraguayo nativo y leal defensor del régimen popular.

Francia quizás habría continuado más rápidamente la nacio­nalización de la iglesia en esa fecha, si no se hubiera visto forzado a tratar con urgentes asuntos exteriores. Para 1815, José Artigas, el caudillo de la Banda Oriental, había alcanzado la cúspide de su poder como portaestandarte de la causa federal en todo el Río de la Plata. Su plan global era crear una confederación del Paraguay, la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos y la provincia portuguesa de Río Grande do Sul, para contrarrestar el poder de los porteños.58 Comentando sobre sus recientes victorias en Santa Fe y Córdoba, el caudillo oriental, tratando nuevamente de apelar directamente a Francia, produjo una alianza para soli­dificar los progresos federales. 59

Comprendiendo quizás que Francia rechazaría cualquier oferta de una alianza militar, Artigas había escrito a principios del mismo año a Manuel Cavañas, el caudillo de la cordillera y héroe de Tacuarí, urgiéndole a él y a Fulgencio Yegros a movilizar sus seguidores y tomar el control del gobierno. De acuerdo al emisario de Artigas, Cavañas creyó que un plan de esa índole tenía pocas esperanzas de éxito, pero tenía la intención de explorar la posibilidad con Yegros. Como hecho no sorprendente, debido a que el interior era la base del poder de Francia, la conspiración jamás ganó apoyo, a pesar que permaneció sin ser descubierta hasta 1822, fecha en la cual fue revelada finalmente en la prolon­gada investigación que siguió a la Gran Conspiración de 1820.61

Frustrado por este último ejemplo de la inflexible política de neutralidad y no intervención de Francia, Artigas ordenó a sus tropas que ocuparan Candelaria, la capital de las Misiones. A fines de Julio de 1815, en la cima de su poder -habiendo tomado recientemente el control de La Bajada (el puerto de Entre Ríos) y Corrientes -el caudillo federal clausuró el río al tránsito por paraguayos y porteños. 62Hasta su ocupación y alianza con Artigas, Corrientes había gozado de relaciones amistosas con el Paraguay, a pesar que Francia siempre había reconocido que "nuestros enemigos comu­nes intentarán por todos los medios que estén a sus alcances perturbar nuestro reposo. "63 Al interrumpir el comercio paragua­yo, saquear los yerbales de las Misiones paraguayas y ocupar Candelaria, las fuerzas hostiles de Artigas convirtieron al cordial vecino Paraguay en su enemigo más activo. Temiendo ahora una invasión, Francia movilizó tropas en Asunción, Paraguarí y Villarrica, y desplegó fuerzas terrestres y navales en la frontera Sur para vigilar los movimientos de las tropas federales. La crisis alcanzó proporciones tan serias, que Francia incluso consideró tomar la ofensiva. En un comunicado del 2 de Octubre de 1815, informaba al comandante de Pilar que "yo estoy tomando mis medidas con la idea de preparar una expedición al menos de 4.000 hombres."64 Sin embargo, como sería el caso cinco años más tarde cuando otro ejército federal de invasión estaba presto en la ribera Sur del Río Paraná, intervinieron eventos externos para eliminar la amenaza inmediata al Paraguay. La renovada agresión portuguesa en el Río de la Plata obligó a Artigas a retirar su ejército para defender la Banda Oriental.

A principios de dicho año, las fuerzas de Artigas habían capturado a John Parish Robertson en viaje de regreso al Para­guay con un cargamento compuesto en su mayor parte de armas y municiones consignadas al gobierno. Entre sus efectos perso­nales, los federales encontraron una carta del gobierno porteño, designando a Robertson como su representante autorizados y ofreciendo veinticinco rifles por cada cien reclutas que Francia destinara al puerto. 66En una tentativa de causar mayor disensión, Artigas capitalizó este descubrimiento, enviando copias a sus simpatizantes en el Paraguay, para demostrar que "Francia estaba vendiendo a los paraguayos como si fueran perros, por mosque­tes.”67 No obstante, doblegándose ante el poderío militar britá­nico, el caudillo oriental, después de confiscar los armamentos, permitió a Robertson proseguir a Asunción con el resto de su cargamento.*

A su arribo a la capital, el aventurero comerciante informó a Francia que, debido a que armas y municiones eran considerados artículos de guerra, no habría protesta oficial de la confiscación por parte de las autoridades británicas. Basado sobre el entusiasta apoyo de Inglaterra a los movimientos independistas en América Latina, los diferentes gobiernos paraguayos habían demostrado particular simpatía a los Robertson, quienes durante los últimos años habían estado operando en Asunción. Tomando los argu­mentos británicos de libre navegación a su valor nominal, y esperando utilizar el prestigio y la fuerza naval de Gran Bretaña para abrir el río, Francia había incluso tratado de establecer relaciones comerciales y políticas con Inglaterra el año anterior. 68Sin embargo, ahora quedó de manifiesto que los británicos no se extremarían hasta el punto de asegurar el paso seguro de la más crítica de todas las importaciones -las armas que eran esenciales para mantener la independencia. Alegando no com­prender "tales tonterías" e irritado por el papel de Robertson en la "odiosa propuesta" de los porteños, Francia ordenó al comer­ciante escocés que concluyera sus negocios y abandonara el país en el plazo de dos meses.69

Buenos Aires, en otras tentativas de reestablecer relaciones con el Paraguay en 1815, envió una serie de comunicaciones a la nueva república. Sin ofrecer reconocimiento alguno de su situación de independencia, y omitiendo mencionar el creciente poder federal, los porteños insistieron en que el Paraguay asistiera a la Asamblea Constitucional programada, enfatizando que la unidad era más importante que nunca, dado que Napoleón había sido expulsado de la Península Ibérica y Fernando VII, de retorno al trono español, había reunido un poderoso ejército destinado a la reconquista del Río de la Plata. Subrayando "que Chile y Lima están ocupados por el enemigo ... y que Buenos Aires ha agotado todos sus recursos" el Director Supremo de Buenos Aires continuó la misiva ofreciendo armas y municiones en cam­bio de "3.000 hombres que serán recibidos en esta capital con aplausos y reconocimientos. ,70 Francia, impasible ante la alarma, retórica o control del tránsito de material bélico de los porteños, analizó las relaciones con el puerto en una carta al delegado de Pilar:

Que poco había que hacer para contestar a tales oficios, pues no se reduce más que a remover asuntos antiguos ya ventilados muchas veces, fenecidos y olvidados en el día, y a aparentar favor en la protección que se figura del comercio de la república; cuando lo que hacen es solo en su propio interés y conveniencia por razón de los ingentes caudales que sacan del comercio de ella, que realmente no han traído sino a arruinar con impuestos desmedidos, exorbitantes y aún bárbaros, violando la buena fe de los tratados. Si no se procediera constantemente con segundas intenciones y con puras astucias y artificios frívolos, mejor habrían hecho en rendirnos los siete cañones hermosos nuestros que están en Buenos Aires . . . y no venirnos con tanta papelada inútil de cartas, gazetas y de sus nuevos reglamentos con que todo quieren aparentar, cuando no pueden subsistir sin el Paraguay y mucho menos en los tiempos presentes. 71

En su tentativa de persuadir a los caudillos locales a movi­lizar sus seguidores contra el gobierno, Artigas había interpretado erróneamente y por completo la situación política. Los porteños y los paraguayos decepcionados de la clase alta, en contraste, no tenían ilusiones de organizar un levantamiento popular; en efecto, la identificación de Francia con las masas se -convirtió en una cuestión central en la campaña propagandística de la élite contra el Dictador y el gobierno popular del Paraguay. El extracto siguiente de un panfleto escrito por un sacerdote paraguayo y publicado por la prensa oficial del gobierno de Buenos Aires en 1815, sirve para ilustrar la orientación clásica tanto del gobierno de Francia y de su oposición.

Vosotros que tenéis a la vista sus extravagancias, sabéis mejor que yo, su porte heterogéneo con las gentes de la Campaña, y los nobles Ciudadanos de la Capital; a vosotros consta experimentalmente, que cuando llega a sus puertas un guacarnaco o espolón campesino, al punto le franquea su trato familiar, y un libre pasaporte para estrecharse con él. Admira el ver este hombre encapotado y taciturno, rebo­sando su alegría, con qué cariño recibe a su gran huésped! Lo toma por la mano, lo introduce a su mismo estudio, lo acaricia, lo halaga, lo palmea, lo llena de satisfacción, lo sienta a su lado, y de este modo lo dispone para influir mejor en su ánimo sus sugestiones, y para hacerle tragar sin repugnancia el veneno de su maquiavelismo, semejante a la serpiente que enroscándose entre las flores propina su ponzoña a los incautos que se acercan a ella; o como la Esfinge que halaga a los inadvertidos para devorarlos. Por el contrario, si pide audiencia un Ciudadano Culto y Noble: vedlo ya transformado en otra figura muy diferente, y tan feroz, como su genio. Después de haberlo tenido de plantón en sus puertas, lo admite a su majestuosa presencia con su gesto quijotesco con una severidad afectada, y con una al­tivez insufrible; y después de haberlo escuchado con impa­ciencia lo despide secamente en breves palabras.

En efecto, el pueblo paraguayo gozaba de acceso irrestricto al Dictador. "El Dr. Francia, el caraí guazú del pueblo, siempre a disposición de ellos, manteniendo entrevistas nocturnas con los desamparados indios, el cansado campesino y apesadumbrado botero."* Lejos de ser un déspota arrogante, que gobierna un pueblo intimidado, Francia mantenía un contacto permanente y directo con las masas anteriormente desposeídas.

Con extrema confianza en el régimen popular para cuyo establecimiento había desempeñado un papel tan decisivo, Fran­cia pudo atribuir las constantes luchas de facciones en otras naciones latinoamericanas, a su falta de gobiernos de base popu­lar. En una sucinta declaración de su filosofía política, al recibir la noticia que José Rondeau había asumido el cargo de Director Supremo en Buenos Aires, Francia analizó los constantes distur­bios del puerto en una carta al comandante de Pilar:

Tengo en mi poder la gazeta que cita las noticias que V.M. me comunica de la nueva revolución de Buenos Aires. Estas son unas convulsiones consiguientes a la exaltación de las pasiones en un pueblo que aún vacila sobre su suerte y destino por no haberse aún constituído, Y QUE NO TIENE UNA VERDADERA FORMA POPULAR. Por eso establecí yo aquí los grandes Congresos a tiempos periódi­cos con la institución de la República independiente, para que el pueblo se informe a este sentimiento y giremos todos con un sistema asentado, Esto no sucede así en Buenos Aires y por eso es que cada facción que prevalece tiene talvez distintas ideas que al fin ocasionan una conmoción. La facción de ahora probablemente no será la última, pues desde los principios así han sido allá las cosas. 73

Es esencial comprender, empero, que Francia no igualaba una forma popular de gobierno con una forma de gobierno "de democracia representativa". Un punto importante de aclaración histórica es que, sin tener en cuenta la multitud de constituciones "democráticas" promulgadas durante el siglo XIX, lo que se conocía como democracia en América Latina era profundamente antidemocrático. Si la democracia prevalecía como un ideal, exis­tía de nombre únicamente. Solamente la élite participaba en el proceso político; la vasta mayoría del pueblo estaba excluída mediante requisito de voto basados en sexo, ingresos, bienes o alfabetismo. "Una generosa estimación de la participación política de la población masculina en todas las naciones de América Latina podría probablemente aproximarse al 2 a 4. por ciento durante la mayor parte del siglo XIX."'74 Al eliminar selectiva­mente a todos excepto la élite, estos gobiernos "democráticos" establecían una fachada de participación popular sobre lo que a menudo era un mecanismo político para el intercambio de poder entre los diversos grupos de la élite. Más importante, sin embargo, el mito de la democracia representativa servía como una ideología moderna y eficaz para ayudar a perpetuar la dominación de la élite sobre el 95 por ciento restante de latinoamericanos.

Para Francia, la forma democrática no era un fin en sí mismo, sino un medio a través del cual las masas de paraguayos podrían expresar sus verdaderos intereses. Al formar la conciencia nacio­nal e institucionalizar la misma en la dictadura popular, las gran­des asambleas democráticas habían servido su propósito; la tarea era ahora implementar la voluntad del pueblo para poner fin a las injusticias de siglos de la sociedad de clases del Paraguay. Como generalmente sus guías en las revoluciones sociales anti­coloniales exitosas, después de la fase inicial de oposición unifi­cada “nacionalista” contra el enemigo común, las exigencias po­pulares de la Revolución Paraguaya para reestructuración funda­mental de la sociedad asumieron la prioridad. La cooperación de clases, en otras palabras, cedieron su sitio a la confrontación de clases.

Comprendiendo que el logro de las metas de la revolución significaría el final a su posición de privilegio, los ricos y pode­rosos virtualmente detuvieron sus luchas políticas - el gobierno ya no era de ellos para seguir peleando por él. Si en esta etapa relativamente centrada algunos sectores de la oligarquía criolla aún no comprendieron este cambio fundamental, la elección de Francia como Dictador perpetuo pronto disolvió cualesquiera ilusiones restantes. En los años venideros, el régimen popular del Paraguay tornaría obsoletos los beneficios de la ideología política tradicional. Ya no se permitiría a la élite definir sus intereses propios como los intereses de la sociedad en su totalidad; el estado ya no estaría a disposición para administrar los “inte­reses de la sociedad” para beneficiar a los menos a expensas de los más.

Al aproximarse el congreso general de 1816, los francistas lanzaron una campaña de propaganda de un mes para difundir el propósito de la venidera asamblea. Señalando la incuestionable honestidad, capacidad diplomática, incansable energía y ardiente patriotismo de Francia, enfatizaba los éxitos del Dictador para mantener la independencia del Paraguay, mientras evitaba el involucramiento en la guerra civil que explotaba en todo el Río de la Plata. Sin embargo, de la máxima importancia fue la tem­prana acción revolucionaria de Francia al establecer la justicia social y el orden: la designación de nuevos funcionarios y jueces de entre las masas, la campaña de limpieza contra la corrupción en los cargos públicos, el asalto contra las bases socioeconómicas de la anterior clase dominante española, la reorganización de las fuerzas armadas, la creación de nuevas fortificaciones a lo largo de la frontera Norte para proteger a los habitantes contra las crecientes correrías indígenas y portuguesas, la contención de las facciones porteñista y federalista, y el comienzo de la regla­mentación nacional de la iglesia. Para principios de 1816, bajo la Dictadura Popular del Paraguay, "desaparecieron los ladrones, los asesinos, los mendigos. Los hombres de trabajo contaban con amplias garantías. La tranquilidad hizo posible el desarrollo de la economía. ,75 Cuando uno considera la estimación del go­bernador Lázaro de Rivera, más de dos décadas antes, casi la mitad de la población paraguaya vivía “en una indigencia total ... sufriendo con paciencia los efectos terribles de la desnudez, de la miseria y de la opresión”,76la razón fundamental del masivo apoyo popular para el Dictador se torna obvio.

Quizás debido a la fortaleza de su posición, Francia no esperó la expiración de su mandato antes de seguir consolidando el poder de la dictadura popular, prolongando su período de sus cinco años originales a la duración de su vida. Liderada por un prominente delegado francista de la ciudad ribereña norteña de Concepción, José Miguel Ibáñez, "la idea de otorgar el poder per vita salió de la clase rural, de la campaña. "77

Mientras los militares habían desempeñado un papel impor­tante en el congreso de 1814, no constituían un elemento signi­ficativo en la asamblea de 1816, puesto que esta vez ni un solo oficial que había derrotado al general Belgrano o derrocado al gobernador Velazco permanecía en el ejército. 78 Además, sola­mente se permitía oposición simbólica al nuevo régimen, como Francia informó a los delegados poco antes de reunirse el congre­so: "No deberán ser convocados ni tendrán voz activa ni pasiva en la junta los que estén notados o indicados de opuestos o desafectos a la causa de la libertad o que sean accionarios de los enemigos de ella, .pues el gobierno no los admitirá en el Congreso General y aún si llegaran a ser tolerados, serían nulos e insubsis­tentes cuanto por su siniestra o depravada influencia se negase a deliberar. "79

Usando el fraterno título de "Ciudadano" adoptado de la revolución francesa, la primera resolución del congreso declaraba que en atención a la plena confianza que justamente ha merecido del pueblo el Ciudadano José Gaspar de Francia, se le declara y establece Dictador Perpetuo de la República, durante su vida, con calidad de ser sin exemplar.*

El segundo artículo, expresando que Francia se había rehu­sado a aceptar el salario anual de 12.000 pesos que el congreso inicialmente había votado para él, estableció el salario del Dicta­dor en 7.000 pesos anuales. El tercer artículo abandonaba oficial­mente la idea de congresos anuales y resolvía que "congreso general tendrá la república cada vez y cuando el Dictador halle necesario. El último artículo, que incluía un juramento eclesiástico de "amor y respeto a las órdenes de nuestro gobierno supremo" tomó el paso siguiente en la nacionalización de la iglesia paragua­ya, ordenando que la oración anteriormente pronunciada por el rey durante la misa, en el futuro sería dedicada a "nuestro Dic­tador y su confiado pueblo y ejército."80

No habría otro congreso general hasta después de la muerte del Dictador un cuarto de siglo después, y el concepto de un poder judicial autónomo ya no recibió mención ulterior. No obstante, las resoluciones del congreso de 1816 y la elección de Francia como Dictador "perpetuo", no deben entenderse errónea­mente como meramente otra usurpación latinoamericana del po­der. Por el contrario, "no era la imposición de un hombre, sino de un pueblo. Lo que entonces triunfó no fue la voluntad de Francia sino de la nación." 81 El establecimiento de la dictadura popular no fue espontáneo ni arbitrario; fue la consecuencia directa de la lucha histórica en el ámbito de la sociedad paraguaya.

 

NOTAS

* Robertson and Robertson, "Francia's Reign of Terror", .p. 16. La arrogancia de clase de Robertson tipifica las actitudes de los europeos caudillistas que llegaron a América Latina al principio de la era neocolonial. Pese a que estos europeos tenían marcada conciencia de las distinciones de clase, y reservaban sus mayores demostra­ciones de desprecio por las "clases bajas", su desdén por todos los criollos era nada menos que racismo sin disfraz. Robertson, pidiendo disculpas de efectuar otras carac­terizaciones de criollos, explicaba a sus lectores, "yo he señalado suficientemente ya que, siempre que el asunto se presentaba legítimamente delante de mí, la ignorancia e inmoralidad que encontré llenaba todas las clases del Paraguay" (Francia's Reign of Terror, p. 158).

De modo similar, Rengger, al comentar sobre los Bandos de Matrimonios de 1814 y 1823, que prohibía a todos los extranjeros casarse entre ellos o con miembros de la élite criolla, creyó necesario observar, "que estas medidas que eran dirigidas contra los extranjeros, cayeron con igual severidad sobre las mujeres del Paraguay, quienes naturalmente preferían a cualquier otro americano o español a sus propios compatriotas"("The Reign", p. 98).

En un ejemplo clásico de chauvinismo contemporáneo, Charles Darwin, mientras lamentaba en que forma los latinoamericanos habían "tirado por la borda por propio deseo" el gran potencial del Río de la Plata, especulaba para su público lector, "qué diferente hubiera sido el aspecto de este río si colonizadores ingleses hubieran por suerte llegado primero al Plata! Qué nobles ciudades ocuparían ahora sus costas!" -The Voyage of the Beagle", p. 119).

** Robertson and Robertson, "Francia's Reign of Terror", p. 27. Aún más vitrió­lica fue la observación de Rengger: "El clero, tanto regular y secular, era, con pocas excepciones, hipócrita en exceso, y caía en todas las irregularidades que generalmente acompañan a la superstición. Los curas y lo9 monjes vivían públicamente en estado de concubinado, y lejos de avergonzarse de proceder así, se los conocía como vanaglo­riándose de ello. El prior de los dominicanos, entre otros, me dijo que era el padre de veintidós hijos de diferentes madres." ("The Reign", p. 182).

* Robertson y Robertson, "Francia's Reign of Terror," p. 99. La inmediata liberación de Robertson, después que Artigas hubo recibido una carta del comandante de la Flota Británica, demuestra el poder de las cañoneras inglesas en el Río de la Plata, incluso ya en esta temprana época. Como Robertson orgullosamente señaló: "La conducta del capitán Percy fue digna de encomio, mostrando que donde la bandera británica flamea sobre la artillería flotante, ni un cabello de un súbdito británico puede ser tocado con impunidad."

* Williams, "Dr. Francia", p. 316. El término Guaraní caraí-guazú o "Gran Señor" era el título inoficial con el cual Francia era respetuosamente designado entre el pueblo paraguayo.

* ANA, SH, leg. 226. Acta del Congreso, Junio S de 1816. La última frase califi­catoria fue un deliberado intento de evitar establecer un precedente de dictaduras perpetuas.


6

LA CONSOLIDACIÓN DEL PRIMER REGIMEN POPULAR DE AMERICA LATINA

 

Aún cuando la insatisfacción de la élite con Francia comenzó incluso antes que asumiera el poder absoluto, sus actos después de su elección como Dictador sirvieron únicamente para aumentar su descontento. Dos semanas después de haber sido electo dic­tador perpetuo, Francia aplicó nuevas restricciones a los oponen­tes del régimen.

 

A mediados de Junio de 1816, prohibió todas las reuniones públicas que no tenían el expreso permiso del gobierno y todas las procesiones religiosas, excepto las que caían "en los mismos días fijados por el calendario y según él conocidos y determinados ya por la costumbre."' Esta medida estaba orientada específica­mente a la negación de un foro público para la creciente oposición de la élite, pero al mismo tiempo aplicó un golpe devastador a uno de los mecanismos más efectivos de la iglesia para mantener el supersticioso temor del pueblo. Es importante destacar que, adicionalmente al logro de una medida de seguridad y un ataque contra la autoridad mística de la iglesia, al abolir las frecuentes y costosas procesiones, Francia también eliminó uno de los ma­yores gastos de la iglesia. 2

Durante estos primeros años, la oligarquía, incapaz de derrocar el régimen popular, expresó su frustración a través de la oposición verbal y pequeños hostigamientos. La irritada reacción de Francia a estas tentativas limitadas pero sistemáticas de socavar la autoridad del gobierno, fue aplicar pesadas multas a los disi­dentes. Por ejemplo, en 1817, el español Francisco Riera recibió una multa de 2.000 pesos por su "obstinada rebeldía en no res­petar a las autoridades constituidas en el régimen de los patri­cios."3 Estas multas deben haber sido frecuentes, puesto que los registros del Tesoro indican que para 1818 -el primer año para el cual existe documentación- un total de 86.614 pesos habían sido confiscados de personas particulares (ver cuadro 2).

A pesar que estas medidas represivas por cierto desempeña­ron un papel en la Gran conspiración de 1820, en la cual los españoles y las élites criollas se unieron en una desastrosa ten­tativa de destruir el régimen popular, las raíces reales del conflicto de clases residían en la negativa de Francia de comprometer la independencia de la nación. Ya en 1815, la propaganda antifran­cista advertía que la resistencia continua a la hegemonía porteña daría por resultado el cierre de puertos regionales a productos paraguayos, lo que en la práctica significaría la pérdida perma­nente de parte del mercado de la yerba, dado que los consumi­dores de yerba usarían substitutos tales como el café, chocolate y otras bebidas. 4 En efecto, la política adoptada por los porteños después de la Asamblea Constituyente de 1816 en Tucumán, golpeó el corazón de la economía de monocultivo de la nación, devastando las bases socioeconómicas de la oligarquía paraguaya.

La elección de Juan Martín de Pueyrredón como director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata en dicha Asamblea, marcó el resurgimiento del centralismo porteño, de­sencadenando una nueva ronda de guerra civil entre las provincias y Buenos Aires. Con la intención de organizar un ejército masivo, alistando reclutas de cada provincia a medida que era subyugada, el "Proyecto para pacificar Santa Fe, dominar Entre Ríos y Co­rrientes y subyugar al Paraguay" de Pueyrredón, reclamaba el establecimiento de la autoridad porteña por la fuerza de las armas. En una cláusula que recordaba las -tácticas del Gral. Belgrano seis años antes, se indicaba a los oficiales porteños que "antes de hacer ningún uso de las armas debe emplearse mucho papel en proclamas y manifestaciones ... (porque) ... aquellos pue­blos creen todavía cuanto ven escrito y si es imprenta, le prestan una fe -ciega. "5 Como primer paso para la preparación de la invasión de la "Provincia rebelde", Buenos Aires prohibió la importación de cigarros paraguayos o tabaco arrollado de cual­quier clase "hasta la incorporación del Paraguay." Como pró­ximo paso, Pueyrredón ordenó un bloqueo de todo el comercio y comunicaciones, y la confiscación de bienes pertenecientes a residentes paraguayos.

Poco después de imponer el bloqueo en 1817, Pueyrredón despachó al Cnel. Juan Baltazar Vargas, un paraguayo nativo, "para tratar de efectuar una revolución en favor de Buenos Aires, apoyándose en el descontento que era conocido prevalecía entre las principales familias del Paraguay. "8 A su arribo a Asunción, Vargas secretamente alistó la ayuda de un número de paraguayos de la clase alta. Sin embargo, comenzó a trabajar con un entu­siasmo tan mal encubierto, que al cabo de un año él y sus varios cómplices fueron aprehendidos y ejecutados públicamente. Sin embargo, la mayoría de los conspiradores, al igual que los de la conspiración abortada de 1815, escaparon a la detección hasta principios de la década de 1820, cuando las investigaciones sobre la Gran Conspiración revelaron el alcance completo de la sedición de la oligarquía.

En Julio de 1817, José Artigas, el líder de la lucha federal contra los unitarios porteños, una vez más trató de alcanzar un acuerdo con Francia. Nuevamente, empero, Francia optó por sufrir las consecuencias de las hostilidades de ambas facciones antes de participar en "el mayor de todos los males", poniendo de este modo en peligro la independencia del Paraguay. Insistió en mantener una inflexible política de neutralidad y no interven­ción en la guerra civil. Las consecuencias para la economía pa­raguaya pueden observarse en las figuras 1 y 2.

Los asaltos combinados de federales y unitarios devastaron el comercio de la nación. Las exportaciones cayeron de 391.233 pesos en 1816 a 291.564 en 1818, a 191.852 en 1819, a apenas 57.498 en 1820. De igual manera, las importaciones, como se refleja en los derechos de importación, cayeron de 83.640 en 1816 a 58.420 en 1818, y a 42.643 pesos en 1819. Aumentaron a 69.647 pesos en 1820, debido a la evolución de la guerra civil,* meramente para reanudar su disminución a 44.346 pesos en 1821, alcanzando finalmente el punto más bajo de 4.824 pesos en 1822 (ver apéndices C y G).

En proporción inversa a la caída en el comercio, la oligarquía incrementó su oposición a Francia y al régimen popular. El comercio era, después de todo, la sangre vital de la élite. Como observó John Parish Robertson:

Paraguay entonces tuvo, aunque no Duques o Marque­ses, sí unas clases comparativamente ricas y fueron ellas quienes recibían y se dividían las ganancias anuales por la producción que habían embarcado, con sus beneficios, hasta la suma ya estimada de más o menos 360.000 £ (libras esterlinas). Habían unas 500 familias participando de estas ganancias . . .**

La aniquilación de "su comercio", concluyó el comerciante esco­cés, causó estragos "entre la aristocracia del Paraguay". Señalando que para 1820 los precios de las exportaciones habían caído "tanto que los propietarios se hallaban a punto de arruinarse" Rengger explicaba que "los comerciantes cuyos de­pósitos se hallaban repletos con la yerba del Paraguay (yerba) y tabaco, veían su capital no solo improductivo sino decreciendo día a día, como consecuencia de la deteriorización que sufrían diariamente sus productos y los gastos de guardarlos."10 Las consecuencias de estas condiciones fue, de acuerdo a Robertson, que "a la larga, una solemne liga y convenio se integró con algunos de los más respetables ciudadanos del Paraguay" para derribar al gobierno.11

Las frecuentes reuniones en la estancia de Fulgencio Yegros despertaron la preocupación de Francia hasta el punto que, en Enero de 1820 ordenó al ex-cónsul que estableciera su residencia en la capital.13 Aparentemente despreocupado por la investiga­ción del gobierno, un número de los conspiradores continuó realizando sus reuniones clandestinas en la casa en Asunción del Dr. Marcos Baldovinos, donde decidieron que el golpe debía comenzar el Viernes Santo. Ese día, Francia debía ser asesinado durante su habitual caminata de la tarde. Al mismo tiempo, debía ser practicado un número de otros asesinatos; las víctimas previs­tas incluían a los secretarios delgobierno y los comandantes y oficiales del cuartel de Asunción. 13 En efecto, como Francia reveló poco después de enterarse del plan, "cada persona en funciones debía ser destruida." 14 Luego de la purga, Yegros debía asumir el control del gobierno; Pedro Juan Cavallero y el Capitán Miguel Antonio Montiel se harían cargo del ejército, apoyados por varios otros oficiales ya implicados en el complot.15

Sin embargo, el 28 de Marzo, solamente tres días antes de los asesinatos planeados, la policía detuvo a 4 de los conspiradores al salir de la casa de Baldovinos. Un quinto miembro de la célula, Juan Bogarín, logró escapar. Sin embargo, siendo una persona altamente religiosa, al día siguiente Bogarín confesó los detalles del plan a Fray Anastacio Gutiérrez, quien, como parte de la penitencia, le instruyó que revelara el complot entero al Dictador. A las pocas horas de recibir esta información, Francia arrestó a 35- de los principales implicados, incluyendo a su ex co-Cónsul, Fulgencio Yegros. Para fines del mes siguiente, el número de prisioneros arrestados en Asunción y en varios pueblos del inte­rior, había crecido a 178.16 Los detenidos, de acuerdo a un miem­bro de la oligarquía, provenían de las "principalísimas familias del pueblo".17 Francia, adoptando una actitud sorprendentemente benévola para quienes debían ser sus asesinos, "se satisfizo con enviarlos a prisión y confiscar sus propiedades.”18

Seis meses después, la inminente amenaza de una invasión, junto con la conspiración, elevó la situación a una crisis nacional. A mediados de 1820, Francisco Ramírez derrocó a Artigas en una sangrienta revuelta y asumió el liderazgo de las fuerzas federales. En Setiembre, Artigas y un pequeño grupo de segui­dores huyeron al Paraguay, en búsqueda de refugio. Francia les otorgó asilo, creyendo que era un derecho inherente de la sobe­ranía nacional.  Amigas a continuación informó a Francia que el caudillo entrerriano planeaba invadir el Paraguay y solicitó apoyo material para regresar y enfrentar a su anterior aliado. Manteniendo su política de neutralidad, Francia no solamente se negó a proporcionar las armas, sino también rechazó la solicitud de Artigas de residencia en las Misiones. El Dictador dispersó las tropas federales en todo el Paraguay y, asignando al caudillo oriental una pensión, confinó a Artigas a la localidad rural de San Isidro de Curuguaty, a 80 leguas de Asunción.

Al llegar a Corrientes el mes siguiente, Ramírez, quien había levantado el bloqueo general varios meses antes, ofreció ahora garantías al comercio paraguayo e incluso armamentos en cambio por Artigas.20 Sin embargo, firme en su política de otorgar pro­tección a todos los desertores, fugitivos y refugiados que busca­ban asilo político, Francia ignoró las ofertas de Ramírez.*

Irritado por el silencio de Francia, Ramírez comenzó los preparativos para una invasión. Reclutó a los habitantes guaraníes de las Misiones y comenzó a mantener correspondencia con los descontentos en el Paraguay, usando a los paraguayos que regre­saban a su hogar desde Corrientes como mensajeros. 21 En efecto, la fuerza de invasión estaba bien preparada, puesto que como Ramón de Cáceres, segundo en comando de las fuerzas federales, recordaría más tarde, "Ramírez proyectaba invadir el Paraguay con 3.000 hombres aguerridos y protegidos por una escuadra muy regular que tenía, habría destruído a Francia indudablemente y el Paraguay sería hoy una provincia de la República Argenti­na.”,22

Como una precaución contra las fuerzas beligerantes que arrasaban todo el Río de la Plata, el gobierno había incrementado de modo sostenido el presupuesto de las fuerzas armadas para­guayas, de 133.123 pesos en 1816 a 150.947 pesos en 1818, y 175.200 pesos en 1820 (ver Apéndice A), lo que, sin incluir las fuerzas navales, aumentó la envergadura del ejército de 842 sol­dados en 1816 a 1.413 soldados en 1818, hasta su nivel máximo durante el régimen de Francia de 1.793 soldados en 1820 (ver fig. 4 y Apéndice H).

Informado que Ramírez estaba ahora aliado con los conspi­radores paraguayos, Francia movilizó otros cinco a diez mil mi­licianos y reforzó las defensas a lo largo del Río Paraná.23 Además, promulgó un número de medidas orientadas a mantener la segu­ridad interna; junto con la confinación de todos los correntinos a la localidad norteña de Concepción, "tan pronto como él estuvo en conocimiento de los preparativos de Ramírez, resolvió no otorgar más pasaportes para abandonar el Paraguay" porque, como informaba Rengger, "temía que algunos de los que tenían permiso para dejar el país pudieran servir como guías del enemigo, y facilitar una invasión de éstos."24 Durante este período, cual­quiera que trataba clandestinamente de salir del Paraguay lo hacía bajo riesgo de ejecución.*

Afortunadamente para el Paraguay, las fluctuaciones de la política del Plata aminoraron la amenaza de la invasión. La revuelta y subsiguiente alianza con los porteños de Estanislao López de Santa Fe, obligó a Ramírez en Noviembre de 1820 a regresar al Sur en un intento de aplacar la rebelión de su anterior aliado. Dejó, sin embargo, una considerable fuerza en las Misio­nes, con órdenes de dar toda la ayuda posible a los rebeldes paraguayos. 25Aunque consumidos por los esfuerzos de volver a consolidar el dominio sobre los complejos realineamientos del Plata, el caudillo federal jamás perdió de vista sus sueños de conquistar el Paraguay. En efecto, la "criminalidad" de la expe­dición paraguaya se convirtió en un punto importante de propa­ganda usada contra Ramírez y sus aliados por el gobierno porteño progresivo de Martín Rodríguez, quien, enfrentado con la ocupa­ción brasileña de la Banda Oriental, convocó a la unidad de todas las provincias contra las pretensiones del imperio portugués.*

Sin embargo, a pesar de la retórica porteña, las fuerzas ramiristas permanecieron desplegadas sobre la frontera paraguaya. No fue sino hasta la derrota y muerte del caudillo entrerriano en la batalla de Córdoba el 10 de Julio de 1821, que se desvaneció el espectro de la invasión.

Entretanto, en un intento de descubrir el alcance de la cons­piración, Francia continuó interrogando a los prisioneros y co­menzó una campaña concertada para descubrir a otros enemigos del régimen. La información era suministrada no solamente por los funcionarios investigadores del gobierno, sino "el pueblo también ... una vez que vió que, si una revolución era efectuada en favor de la clase alta, ellos podían necesariamente perder su elegibilidad a un puesto, unieron filas con el Dictador."26Obvia­mente, una atmósfera de ese tipo presentaba oportunidades, no solamente para denunciar a subversivos políticos, sino también para zanjar vanganzas personales y ventilar antagonismos de clase reprimidos durante mucho tiempo. No obstante, Francia tales excesos. Como observaba Rengger, "el Dictador ... nunca se supo que hubiera recompensado a un espía o a un informan­te."27

En realidad, la información más perjudicial no fue revelada por el "sistema de espionaje" de Francia, que consistía primor­dialmente de la información por parte de las masas sobre las actividades de la oligarquía, sino que resultó de la vigilancia de la seguridad de la frontera. A principios de junio de 1821, un destacamento militar paraguayo capturó a Juan Alfaro, mientras trataba de deslizarse a través del Río Paraná. En su poder encon­traron una carta, dirigida al jefe de las fuerzas ramiristas, en la cual Alfaro urgía al comandante Cáceres a acelerar la ayuda que había sido prometida a los conspiradores. La carta aseguraba a Cáceres no solamente que numerosos insurgentes estaban aún en libertad, sino también que todo el elemento español ayudaría activamente al movimiento.* A la mañana siguiente, Francia or­denó a los españoles que se reunieran en la plaza de Asunción, y después de anunciar el contenido de la carta de Alfaro, arrestó a todos los trescientos. Los considerados como menos peligrosos, "tales como los de condición más humilde" fueron liberados al poco tiempo, mientras que "las personas más distinguidas perma­necieron en prisión cerca de diez y nueve meses.” 28

Francia aprovechó esta ocasión para romper el poder econó­mico de la antigua clase gobernante española. Los españoles fueron liberados solamente después de realizar una enorme "con­tribución" de 150.000 pesos para financiar una expedición para­guaya, destinada a aliviar el casi total bloqueo del comercio de la nación. 29Pese a que esta expedición demostró ser innecesaria, la generosa "contribución" de los españoles por cierto sirvió a los propósitos del Dictador. No solamente aportó una suma considerable al tesoro del estado, sino que, como indicó Rengger, mientras en el momento de su apresamiento los españoles "toda­vía formaban la clase líder, si no del país, por lo menos de la capital, “después de su prisión y "contribución", "la mayor parte de los españoles ... fueron reducidos a la absoluta pobreza.”30

El 3 de Julio de 1821, un mes después de la captura de la carta de Alfaro al caudillo ramirista, otra patrulla fronteriza para­guaya interceptó una misiva aún más incriminatoria y alarmante, esta vez de Cáceres a Pedro Juan Cavallero. Dando instrucciones a Cavallero para informar a Yegros que pronto vendría ayuda, el comandante de las fuerzas ramiristas, sin saberlo, decretó la orden de muerte a los conspiradores paraguayos.* La confirma­ción de la connivencia continua entre los enemigos externos e internos generó las medidas más severas de Francia. El Dictador exigió que los prisioneros efectuaran una confesión escrita com­pleta en el término de doce horas, y en los casos "cuando él no puede extraer nada de ellos (los prisioneros), instruyó para que fueran sometidos a torturas." 31 De acuerdo a la descripción de Rengger, la tortura usada por Francia llegó a los siguientes ex­tremos:

Cada día el Dictador daba un juego de preguntas escri­tas a su primer secretario. Este último las entregaba al pri­sionero en presencia de un oficial y un escribano y traía de vuelta las respuestas al Dictador, quien cuando eran insufi­cientes, enviaba al prisionero a la "Cámara de la Verdad", el nombre del lugar donde se aplicaba la tortura. Allí recibía de uno a doscientos golpes de un látigo de cuero en la espalda cuando el examen recomenzaba. Esta operación era repetida algunas veces y cada dos o tres días, con el mismo individuo, hasta que sus respuestas satisfacieran al Dictador. El prisionero entonces firmaba la declaración. Algunos de estos desafortunados recibían así, en momentos diferentes, tantos como quinientos azotes, y aun así no se llevaba una confesión de ellos; y un sirviente, de quien pensaron extraer alguna información relativa a su amo cayó víctima de la severidad antes que decir una palabra. 37

Finalmente , Francia obtuvo las identidades de otros conspirado­res quienes, sorprendentemente, hicieron pocos esfuerzos para evitar el apresamiento. Confrontados con la alternativa de inten­tar una peligrosa huida a través del Gran Chaco -el territorio de patrullas militares paraguayas y temibles naciones indígenas ­los subversivos "permanecieron perfectamente inactivos y permi­tieron que se les apresara sin la menor resistencia. Esta ausencia de energía, entre hombres que habían sobresalido por su coraje, procedía de la esperanza que ellos tenían de escuchar en cualquier momento de una invasión por Ramírez.” 33Sin embargo, sin saberlo los conspiradores ni Francia, la invasión no se realizaría jamás, puesto que en ese mismo momento Ramírez estaba lu­chando en la batalla de Córdoba, donde perdió la vida.

Durante estas semanas, la despiadada investigación del go­bierno obligó al Dr. Baldovinos a dar una confesión completa y a Pedro Juan Cavallero a cometer suicidio en la celda de su prisión. Dos semanas después de la intercepción de la carta de Cáceres, Francia ordenó la ejecución de los principales conspira­dores. A la mañana del 17 de Julio de 1821, comenzó la ejecución con Fulgencio Yegros, el capitán Miguel Antonio Montiel y el Dr. Juan Aristegui;34 durante los días siguientes, veinte conspiradores más enfrentaron el batallón de fusilamiento.* Con pocas excepciones, durante el resto del gobierno de Francia, el Paraguay no fue testigo de otras ejecuciones políticas.**

Los métodos de Francia eran en efecto crueles y duros, pero, para comprender estas medidas en su contexto histórico, es fun­damental comprender que no eran algo fuera de lo común. Du­rante siglos, el azote y ejecución de la gente común había sido aceptado como una práctica cotidiana. En sus diez años en el cargo (1796-1805) el gobernador Lázaro de Rivera ejecutó a 260 personas como parte del mantenimiento de rutina de la sociedad tradicional de clases del Paraguay. 35 Lo que en realidad es extraor­dinario, es la notablemente limitada violencia y muerte que acom­pañó los profundos cambios estructurales forjados por la revolu­ción social del Paraguay.

Aunque Francia liberó a una gran cantidad de prisioneros del estado en 1824, de los aproximadamente quinientos que res­taron -incluyendo miembros de virtualmente todas las familias "notables" de la nación- la mayoría languideció en prisión hasta la muerte del Dictador. Manuel Pedro de Peña dijo, "Seiscientos presos nos hallábamos en aquella cárcel el año de 1840, y apenas un tercio eran asesinos y ladrones. Cuatrocientos o más hombres pertenecían a la clase más decente y culta del país." 36

Los apresamientos en masa y ejecuciones quebraron el po­tencial de la élite como amenaza inmediata. El régimen popular, además, aseguró la destrucción de la élite como la clase social dominante, negándole las instituciones que había empleado tra­dicionalmente para mantener su posición privilegiada, y confis­cando sistemáticamente sus riquezas. El Paraguay había apoyado dos clases de élite, cada una con bases socioeconómicas distintas, aunque relacionadas. En la misma cúspide de la pirámide social, por encima de la élite criolla, se encontraba la antigua clase dominante española y sus instituciones de apoyo, hallándose entre las más importantes de ellas la iglesia católica.

Incluso antes de las profundas reformas que siguieron a la Gran Conspiración, el Obispo Panés, evidentemente incapaz de adaptarse a los cambios forjados por el nuevo régimen, encontró que sus facultades mentales se deterioraban en sostenido deterio­ro; finalmente renunció en 1819.37 Bajo la custodia de su sobrino alcohólico Fray Pedro de la Rosa Panés, el Obispo se retiró a su mansión, donde vivió con lujo de las contribuciones reunidas por el clero.* Bajo su reemplazante, el leal Vicario General, Roque Antonio Céspedes, los años siguientes vieron la promul­gación de una serie de medidas que despojaron a la iglesia de su enorme poder social, político y económico.

Varios meses después de descubrir la Gran Conspiración de 1820, el gobierno prohibió todas las fraternidades religiosas** y exigió al clero prestar un juramento de lealtad .38 Haciendo aún más estricto el control del estado, el gobierno abolió el "Fuero Eclesiástico" -la tradicional exoneración eclesiástica de los tri­bunales civiles- poniendo de este modo al clero paraguayo directamente bajo la jurisdicción civil.39 Tres años después, Fran­cia cerró el Real Seminario de San Carlos de la iglesia, y confiscó sus bienes.* Y parece difícilmente una coincidencia que en 1824 -el año en que el Papa León XII publicó su encíclica, ordenando a los Arzobispos y Obispos de América que apoyaran los esfuer­zos de Fernando VII de reestablecer la autoridad real en el He­misferio Occidental- Francia aceleró su ataque contra los fun­damentas económicos de la iglesia paraguaya, secularizando los monasterios y expropiando sus vastas propiedades. 40Parte de estos bienes fueron asignados a uso militar, tales como la pastura del Convento de la Merced, que fue convertido en un parque de artillería, y los edificios de los Recoletos, que se convirtieron en cuarteles militares. 41 Sin embargo, como parte de la amplia re­forma rural implementada por el gobierno, la mayoría de las tierras fueron distribuidas entre paraguayos sin tierra y refugiados inmigrantes como lotes de granja, o designados como estancias del estado.

Adicionalmente a la confiscación de sus tierras, para 1824, el estado también había asumido el control financiero de la iglesia. Reglamentando los gastos de las parroquias locales a través de sus respectivos gobiernos municipales, el gobierno nacional asignó salarios clericales relativamente importantes, 42y hasta mediados de la década de 1820 continuó pagando la contribución anual tradicional a la Catedral de Asunción. 43 Sin embargo, en 1828, el estado comenzó a confiscar el exceso de riqueza de las iglesias en todo el Paraguay; para 1840, el gobierno se había apropiado, en efectivo solamente de 37.580 pesos de 39 iglesias y 2 fondos religiosos (ver cuadro 2). En 1828, como parte del cambio general de prioridades para asignar más fondos para obras públicas, el gobierno, que ya había cesado de pagar a la Catedral su renta, jubiló a sus tres canónigos de más edad.44 Durante el resto del gobierno de Francia, con la excepción de las misas semanales para las fuerzas armadas, los salarios del sacerdote titular de la Catedral y su sacristán45fueron los únicos gastos relacionados con la iglesia del gobierno nacional.**

Como no existían instituciones bancarias formales, los espa­ñoles -particularmente la iglesia, que poseía grandes sumas de dinero en efectivo- funcionaron también como los acreedores de la nación. Por supuesto, el crédito no se otorgaba por bene­volencia, sino más bien por necesidad, dado que, dada la extrema pobreza y escasez crónica de moneda dura en el Paraguay, el crédito español servía como el aceite que lubricaba el comercio paraguayo.*

Interviniendo directamente en el sistema crediticio español, el estado confiscó toda la riqueza "oculta" en forma de deudas, primordialmente contraídas por españoles y criollos menos sol­ventes. El estado cobró todas las deudas a favor de personas físicas que habían fallecido sin herederos legítimos, deudas a favor de prisioneros cuyos bienes se confiscaron, y deudas a favor de las corporaciones y fraternidades religiosas seculariza­das.* De esta fuente solamente, el gobierno recaudó forzada­mente la considerable suma de 68.937 pesos.

Como se detalla en el cuadro 2, el régimen popular del Paraguay recaudó por la fuerza enormes sumas de dinero de la oligarquía. 46Durante su gobierno de más de un cuarto de siglo, el estado "heredó" por lo menos 156.632 pesos principalmente de los españoles, quienes, al dominar el sector comercial relati­vamente lucrativo de la economía, mantenían una gran porción de sus riquezas ya sea en capital efectivo o en bienes de fácil liquidación, tales como mercaderías. Otros 60.971 pesos fueron tomados de la iglesia, mientras que multas y confiscaciones de personas físicas ascendieron a 294.690 pesos. Adicionalmente, las "contribuciones forzosas del estado aportaron 244.564 pesos, haciendo un total general de no menos de 825.794 pesos. (Debe observarse que estas cifras representan sumas mínimas, dado que incluyen solamente datos para los cuales hubo disponible documentación específica). La magnitud de la riqueza expropiada puede calcularse por el hecho que fue un monto suficiente para financiar todo el aparato del gobierno nacional, incluyendo el ejército, por un período de 6 o 7 años.

Por supuesto, no toda la riqueza de la oligarquía consistía en dinero en efectivo. La élite criolla -la otra clase que constituía la oligarquía- mantenía la mayor parte de su riqueza en forma de medios de producción, principalmente tierras, estancias y ga­nado. 47Consiguientemente, gran parte del ataque socioeconó­mico del gobierno contra los conspiradores criollos, adoptó la forma de expropiación de bienes. Pese a que es imposible asignar un valor monetario a los bienes confiscados, varios cálculos es­timativos de mediados de 1820, establecen las tierras del estado como incluyendo más de la mitad de la rica región central del Paraguay. 48

Un ejemplo de los ataques de Francia contra la oligarquía nativa, aunque excepcional en su vitriólico enfoque al culto del personalismo, puede verse en los actos del Dictador contra Ma­nuel Atanasio Cavañas, el caudillo más poderoso en las Cordille­ras y el héroe de Tacuarí. Años después de la muerte (natural) de Cavañas, que no dejó herederos, Francia planteó su compli­cidad en la tentativa de Artigas en 1815 de derrocar al gobierno. Ordenando que se confiscara el patrimonio de Cavañas y que fuera aplicado a los gastos de las obras públicas, el Dictador también revocó su rango de Coronel y decretó que fuera elimi­nado de todos los documentos oficiales. 49Seis años después, a la muerte de la viuda de Cavañas, Francia confiscó la propiedad de la familia, entregando las casas al maestro de Piribebuy; las imágenes religiosas al mayordomo de la iglesia de la ciudad; las ropas a los sirvientes; el acero, sal y tabaco a la estancia del estado de Gazarí; el algodón al ejército para los uniformes de las tropas; y los libros a la nueva biblioteca pública de Asunción. Todos los artículos restantes fueron vendidos a los pobladores vecinos a precios razonables. 50

A fines de 1824, el gobierno desmanteló la última de las instituciones de la oligarquía, aboliendo el Cabildo de Asunción -el Consejo municipal de la capital- que, durante el período colonial, había servido como el organismo gobernante local de los "notables" de la provincia. Después de una década de promo­cionar este así llamado bastión de la "democracia criolla", incluso hasta el extremo de gastar fondos de obras públicas para la construcción de una nueva sala de sesiones, Francia se encontró con que el Cabildo continuaba ejerciendo su tradicional función antidemocrática. Observando que el Cabildo de Asunción había "continuado en esta ciudad únicamente siguiendo el antiguo uso ... no siendo por consiguiente una institución popular, sino solamente un establecimiento arbitrario del régimen español ya extinguido", Francia abolió la institución, declarando, "tampoco tiene, ni puede tener o ejercer una legítima representación del público.*" 8

Con la contrarrevolución aplastada, la élite, impedida de ejercer sus tradicionales privilegios, a regañadientes se retiró del centro del escenario nacional. Como observó Rengger:

"Las familias de mayor consideración entre los criollos, aquellas que mayor razón tenían para temer al Dictador, se retiraron a sus casas de campo o granjas y buscaron segu­ridad en una vida solitaria y obscura. Los españoles, en su mayor parte comerciantes, luego de ser arruinados por con­tribuciones y multas, se dedicaron, aunque no de buena gana, a las actividades agrícolas." 51

A diferencia del tradicional golpe de estado latinoamericano, en el cual una sección de la élite, en poder de la otra, la Gran Conspiración no fue un conflicto intraclases, sino más bien una confrontación de clases, que confrontó los intereses de la élite -el 5% de la población- contra el bienestar del 95 por ciento restante de los paraguayos. Y mientras el desarrollo histórico del conflicto de clases paraguayo es notable en sí, su conclusión es aún más memorable. La oligarquía fue derrotada.

 

NOTAS

* En 1820, tres eventos importantes trajeron alivio temporal para el comercio paraguayo. Las provincias, reaccionando una vez más a tentativas porteñas de domi­narlas, arrolladoramente rechazaron la constitución centralista de 1827, causando final­mente el colapso de la autoridad unitaria en Buenos Aires. También en 1820, una insurrección exitosa en las filas federales vio al poderoso caudillo de Entre Ríos, Francisco Ramírez, derrotar a Artigas, quebrando con ello el pacto federal. Como parte de las tentativas de Ramírez de reorganizaría oposición contra los porteños, levantó el bloqueo sobre el comercio paraguayo durante varios meses. Coronando estos eventos, el Brasil, capitalizando la confusión y desunión en el Río de la Plata, anexó la Banda Oriental.

** Robertson y Robertson, "Francia's Reign of Terror", p. 218. Típicamente, Robertson exageró grandemente tanto las ganancias y la importancia de la oligarquía. Chaves, en una estimación quizás más realista, identificó la oligarquía como las "cien familias" (El Supremo Dictador, p. 272). Ver también Chaves, "El Supremo Dictador", p. 144.

* En efecto, la concesión del asilo a Artigas causó otros problemas a Francia, dado que los portugueses temían una alianza contra su imperio. A pesar que Francia había cerrado formalmente la frontera Norte en 1819 debido al incremento en las incursiones de portugueses e indígenas, había usado este canal para calmar los temores portugueses a mediados de 1820, explicando al comandante paraguayo de Concepción, de modo que éste, a su vez informara a los comandantes portugueses de Miranda y Coimbra, que "yo no he querido auxiliar al Caudillo Artigas contra ellos por mi espíritu pacífico y por desear vivir en paz con todos, esperando que nuestra moderación y comportamiento sería un nuevo motivo de conservar las buenas armonías ... con los vecinos" (ANA, SH, le. 232, Francia al Comandante de Concepción, 7 de Mayo de 1820). A mediados de 1821, después de conceder efectivamente el asilo a Artigas, Francia una vez más se refirió a los continuos temores de una unión, asegurando a su comandante en el Fuerte de Borbón, que había conseguido a "Artigas un refugio por pura humanidad o caridad" (ANA, SH, leg. 235, Francia al Comandante de Borbón, 12 de Mayo de 1821).

* Después de haber pasado la crisis inmediata, Francia flexibilizó la severidad de esta medida. La salida del país sin previa autorización aún estaba prohibida por el gobierno, pero cuando las tentativas clandestinas "no estuvieron conectadas con ob­jetivos políticos" -como en el caso del comerciante francés, Louis Escoffier, quien a mediados de 1823 organizó una atrevida y casi exitosa huída- los cautivos eran sentenciados a prisión (Rengger, "The Reign", p. 89).

* Ver la prensa oficial del gobierno, la GBA, del 7 de :Mayo de 1821, en la cual son denunciados los "criminales designios" de Manuel de Sarratea, quien había "ofre­cido a Ramírez 800.000 pesos y 2.000 negros, cañones y fusiles cuantos quiera para la expedición contra él Paraguay-."

* Wisner, El Dictador, p. 107. Dado que la unidad inicial entre los españoles y criollos en 1810-11 contra los porteños reflejaba la comunidad de sus intereses de clase, así la realianza de las élites a principios de la década de 1820 demostraba el grado que había alcanzado el conflicto de clases en el Paraguay. En el período inter­medio del conflicto agudizado en el ámbito interno de la clase alta, durante el cual el gobierno había aplicado medidas represivas contra la antigua clase dominante española, la élite criolla apoyaba estas medidas del gobierno. Como observó Mariano Antonio Molas: "los españoles en aquel entonces se creían enemigos nuestros, y estos proce­dimientos arbitrarios no fijaron nuestra atención, sin advertir que esta marcha a la que se iba habituando refluiría con el tiempo sobre nosotros mismos" ("Clamor", p. 242).

* Existe cierta confusión con respecto a la cronología de esta última comunicación de las fuerzas de Ramírez a los conspiradores paraguayos. La documentación primaria disponible indica que hubo solamente una carta en lugar de las dos que comunmente se mencionan (por ej. ver Chaves, "El Supremo Dictador", pp. 279, 280, 282, 283). Rengger menciona solamente una carta (The Reign, pp. 63, 64), que alega fue enviada de Ramírez a Yegros. Continúa su narración explicando que, con el fin de encontrar más detalles, Francia comenzó a torturar a los prisioneros, después de lo cual fueron inmediatamente ejecutados. Wisner también menciona solamente una carta (El Dicta­dor, pp. 106-10) de fecha 3 de julio de 1821, que no era de Ramírez mismo, sino más bien de su segundo, el comandante Cáceres, a Juan Pedro Cavallero, con instrucciones para Yegros. También menciona que la tortura para obtener mayor información comenzó en respuesta a la carta, siguiendo inmediatamente con las ejecuciones a partir del 17 de Julio de 1821, la fecha efectiva de las primeras ejecuciones. Consiguientemen­te, dado que ambos autores siguen una cronología de (a) cana, (b) tortura, (c) ejecuciones, una interpretación lógica -y la que esta obra acepta- sería que Rengger, para fines de sencillez periodística, sintetizó los eventos, distorsionando así la fecha, autor y destinatario exactos de la cana; por consiguiente, las dos cartas mencionadas por él y Wisner son en realidad una sola.

* Como es el caso con muchos otros hechos concernientes a Francia, el número de ejecuciones que siguió a la Gran Conspiración ha sido grandemente exagerado. Rengger (The Reign, p. 67) alega que tuvieron lugar cuarenta ejecuciones. Mariano Antonio Molas, en su vehemente diatriba antifrancista de 1828 que envió al Cnel. Manuel Dorrego, el gobernador de Buenos Aires, en una tentativa de convencerlo a que invadiera el Paraguay, indicó sesenta y ocho ejecuciones ("Clamor", p. 251). Wisner (El Dictador, p. 116) acepta esta cifra más elevada, como lo hizo Guillermo Cabanellas (El Dictador del Paraguay, El Doctor Francia, p. 269).

La obra de Cabanellas contiene la lista más completa de los que fueron supues­tamente ejecutados, incluyendo todas las personas mencionadas en las otras obras, así como diversas otras personas para las cuales este autor no pudo localizar las fuentes originales. En orden alfabético (seguido por la referencia de Cabanellas y las fuentes originales cuando estuvieron disponibles), estas veintiún personas son: los hermanos Isidoro y Jesús Acosta (p. 269; Molas p. 253); el Dr. Juan Aristegui (p. 2G7; Wisner, p. 115); José Joaquín Baldovinos (p. 342, Molas, p. 251), su hijo José Baldovinos (p. 342) y el Dr. Marcos Baldovinos, el hermano de José Joaquín Baldovinos (p. 269; Molas, p. 251); el Señor Centurión, cuñado de los Acosta (p. 266; Molas, pp. 249, 253); el Señor Escobar (p. 269; Ramón Gil Navarro, "Veinte años de un calabozo", p.44, alegando que los dos hermanos, Angel y Miguel Escobar, fueron ejecutados por Francia, pero sin indicar fecha ni razón); el Señor Godoy, otro cuñado de los Acosta (p. 266; Molas, pp. 249, 253); Manuel Iturbe (p. 269; Cabanellas argumentó que el capitán Ignacio Vicente Iturbe también fue ejecutado en ese momento, pero en página siguiente se contradice reproduciendo una carta sin fecha del hijo de Juan José Machaín a Manuel Gondra, que expresaba que su padre e Iturbe fueron ejecutados el 27 de Mayo de 1836); Teniente Sergio Latorre (p. 269, Molas, p. 251); Capitán Miguel Montiel (p., 269; en realidad Cabanellas no especificó cuantos hermanos fueron ejecu­tados y, al igual que con todos los demás, tampoco indicó su fuente, pero Molas, p. 244, alega que los nueve hermanos Montiel fueron arrestados por Francia, aunque no hay mención de su ejecución); y Fulgencio Yegros (p. 267; Molas, p. 251).

Montiel (p. 267, Wisner, p. 115) y los otros hermanos Montiel (p. 269; en realidad Cabanellas no especificó cuantos hermanos fueron ejecutados y, al igual que con todos los demás, tampoco indicó su fuente, pero Molas, p. 244, alega que los nueve hermanos Montiel fueron arrestados por Francia, aunque no hay mención de su ejecución); y Fulgencio Yegros (p. 267; Molas, p. 251).

** Rengger, The Reign, p. 107 y Chaves, "El Supremo Dictador", pp. 438, 439. Una aproximación realista, basada sobre un examen de la documentación de la fuente primaria, pondría la cantidad total de ejecuciones políticas durante todo el gobierno de Francia en no más de cuarenta.

* ANA, SH, leg. 237, Presentación al Dictador de Alejandro García Diez y Juan Perez Bernal, sin fecha, pero sobre papel sellado para 1824 y 1825. Ver también Rengger, The Reign p. 178. En 1829, Panés fue el objeto de la hiriente crítica de Francia: "Hace ya diez años", advertía Francia, Panés "no ha querido cumplir con su obligación y ha cesado enteramente de ejercer su ministerio ... en estas circunstancias ya no parece justo obligar a los pobres curas a que continuen contribuyendo para suntuosidad y dispendio de un hombre no solo inútil, sino además enemigo de la causa sagrada de la patria." El Doctor en Teología recordaba "la preocupación o superstición en que, abusando del nombre tanto de Dios y de la veneración y culto debidos al Ser Supremo, tenía lastimosamente imbuído al pueblo por su ignorancia y credulidad para mantenerlo sojuzgado de España . . . " Más que una intransigencia política de Panés, la contradicción entre "el espíritu de cristianismo que se profesa" y el hecho que "a este obispo español jamás se le ha visto hacer una plática al Pobre Pueblo Paraguayo de que mediante su pretendida autoridad ya ha arrancado y consu­mido cerca de 100.000 pesos . . . " molestaba particularmente al Dictador (BNRJ, CRB, Auto de Francia del 23 de julio de 1829, como cita Chaves, El Supremo Dictador, pp. 326, 327).

A pesar de estos ataques verbales, Francia, quizás por razones políticas no adoptó medida punitiva contra el Obispo en retiro. Panés no solamente escapó al, arresto durante la encarcelación general de los españoles en 1821, sino que en 1838, después de recuperar parcialmente su salud mental, fue reinstalado en su cargo a la edad de noventa años, con solamente pocos meses de vida, como Obispo del Paraguay (Wisner, El Dictador, p. 159).

** Durante el período inicial de la independencia, estas fraternidades religiosas habitualmente servían como bastiones de conspiraciones españolas para restaurar la autoridad real en América. A pesar que no se dispone de documentación para el Paraguay de la primera época republicana, un relato notablemente completo de estas intrigas puede observarse en las series de cartas enviadas al rey de España a fines de la década de 1820 de un club similar en Buenos Aires, cuyo propósito expresado era "restablecer la autoridad de la metrópoli en esta colonia" (BNRJ, CDA, 1-28, 36, leg. 32, pp. 1-38).

*ANA, SH, leg. 441, Auto de Francia del 23 de Marzo de 1823. Para una idea de la extensión de tierras de propiedad de la iglesia y sus instituciones conexas, debe observarse que 876 familias recibieron lotes de las tierras del Real Seminario de San Carlos solamente. Ver capítulo 7 para mayores detalles.

** Debe observarse que el Obispo Panés continuó recolectando dinero de contri­buciones dadas a los sacerdotes, hasta su muerte en 1848. Ver ANA, NE, leg. 3114, Comprobantes de la inversión del dinero perteneciente a Cuartas de Curas en pago de alquileres de la casa, en alimentos y manutención del Obispo, 3 de Noviembre de 1829 - 1° de Diciembre de 1838.

* La siguiente lista parcial de uno de los principales prestamistas de Asunción, el Obispo Panés, servirá como ejemplo del sistema crediticio del Paraguay. Todos los documentos que encontramos en ANA, NE, lee. 1168, 5 de Noviembre de 1810

- 30 pesos al comerciante español Pedro Josef de Molas por un año; como garantía, Molas ofrecía su esclavo Simón. 14 de Noviembre de 1811 - 30 pesos al comerciante Bernardo Granze por cuatro meses. 19 de Diciembre de 1811 - 500 pesos al comerciante criollo de Yaguarón, Manuel Granze; Granze era uno de los conspiradores porteños encarcelado por el gobernador Velazco en Febrero de ese mismo año. 25 de Julio de 1812 - 30 pesos a Bernardo Antonio Verón. 27 de Octubre de 1813 - 125 pesos a Mariano Ferreyra por 12 meses. 16 de Abril de 1814 - 50 pesos a Doña María Antonia Benítez por 6 meses; como garantía, Doña María ofrecía su persona y bienes. 20 de Julio de 1814 - 100 pesos al comerciante criollo Manuel Antonio Reinoso por 4 meses. Setiembre de 1814 - 200 pesos al comerciante y estanciero criollo José Antonio Pereira por un año; como garantía Pereira ofrecía su persona y bienes. 3 de junio de 1815 - 50 pesos al comerciante español Olegario Rozas por 3 meses. 29 de julio de 1815 - 100 pesos al comerciante español Pedro Regalado Betancur por 7 meses. Agosto 1° de 1815 - 50 pesos a Fernando Patiño por un mes. 8 de Noviembre de 1815 -100 pesos al Dr. Marcos Baldovinos por 4 meses; como garantía, Baldovinos ofrecía su persona y bienes. 25 de Agosto de 1816 - 87 pesos al comerciante criollo Manuel Antonio Reinoso. 10 de Marzo de 1818 - 100 pesos a Fulgencio Yegros. 2 de Julio de 1818 - 300 pesos a Fulgencio Yegros.

*Como un ejemplo de la cobranza de estas deudas, ver ANA, LC, leg—17, asiento para el 23 de Noviembre de 1820, que registra el pago de 1.125 pesos al tesoro por Juan Pedro Cavallero, una suma que originalmente había tomado en préstamo de Fray Maciel, que en esa fecha era un prisionero debido a su participación en la Gran Conspiración. Cavallero mismo fue apresado en Mayo de 1821 (Molas, "Clamor"., p. 248).

'ANA, SH, leg. 237, Decreto Supremo del 30 de Diciembre de 1824. Debe observarse que los cabildos de las localidades del interior, con la excepción del Cabildo de Villarrica, clausurada por el Decreto Supremo del 31 de Diciembre de 1824, ANA, SH, leg. 237, continuaron funcionando durante todo el gobierno de Francia.


 

7

EL PARAGUAY POPULAR

 

Más allá del desmantelamiento de la sociedad de clases de la nación, el significado pleno de la Revolución Paraguaya sola­mente puede apreciarse a través de la comprensión de los extraor­dinarios logros constructivos del gobierno de Francia. Es impor­tante comprender, al examinar este proceso, que el Dictador aplicó las mismas elevadas normas que aplicó para sí mismo en todo su gobierno.

Después de su elección como cónsul en 1813, Francia se embarcó en una vigorosa y exitosa campaña de limpieza, remo­viendo a numerosos funcionarios, cuya corrupción había sido ampliamente conocida en administraciones anteriores.1 Con el establecimiento del sistema de cárceles del estado, 2 la implemen­tación inexorable del gobierno de la responsabilidad civil no solamente frenó los abusos de los funcionarios antiguos, sino que con la misma severidad se aplicó a los nuevos funcionarios de origen popular. Las observaciones de Rengger subrayan las estrictas normas y la composición de clases de la nueva adminis­tración de Francia:

Dieron de baja a varios oficiales quienes, habiendo ascendido de la escoria del pueblo, se habían caracterizado por su insolencia hacia sus conciudadanos. Varios comandantes de los círculos (departamentos) fueron expulsados por una causa similar; y algunos fueron castigados por sus extorsiones. A éstos Francia reemplazo, si no por personas de la primera clase del pueblo paraguayo, al menos por agricultores, de quienes se podía suponer que concedían alguna importancia a su propia reputación y al bien público. 3 El mantenimiento de la estricta moralidad administrativa por parte de Francia fue facilitado por la extrema sencillez del aparato gubernamental que había establecido. El gobierno central consistía solamente del Jefe de Policía, del Ministerio de Hacienda, del Secretario de Gobierno (cuyas funciones incluían las de Fiscal General y Ministro del Interior), el "Defensor de Pobres y Me­nores" y un escaso personal administrativo. El Paraguay, para fines administrativos, estaba dividido en 20 departamentos más pequeños. A la cabeza de cada departamento había tres funciona­rios -un comandante o delegado, un recaudador de impuestos y un juez- todos nombrados desde Asunción. A nivel local, el pueblo elegía sus propios funcionarios municipales. Todas las funciones y funcionarios del gobierno están sujetos a la estrecha supervisión de Francia.

Durante todo su gobierno, el Dictador auditaba personal­mente los libros de los recaudadores oficiales de impuestos. Como testimonio de la meticulosidad de Francia, están los numerosos asientos en los presupuestos nacionales, que demuestran que los recaudadores de impuestos y alquileres reembolsaban al tesoro nacional las deficiencias incluso más pequeñas, a veces por menos de un peso. 4 Abundan otros ejemplos de la cuidadosa observancia de Francia de los procedimientos. Cuando su hermano Pedro, que ejercía la administración de Ytá, demostró ser incompetente, rápidamente Francia lo removió del cargo; cuando constató que el capataz de la estancia del Estado en Tacutí había defraudado el dinero de la venta de l2 cueros, el Dictador inmediatamente lo confinó a la prisión-colonia de Tevegó, donde fue asignado al programa de obras públicas.5 Tampoco eran los funcionarios del gobierno los únicos ciudadanos sujetos a supervisión tan vigorosa. Enterado que un comerciante inglés había anticipado 1.100 pesos en mercaderías a un comerciante paraguayo que posteriormente fue a la quiebra, Francia ordenó que la deuda fuera cobrada por el Estado e instruyó al delegado de Itapúa que pagara al inglés la deuda completa cuando regresara.

Sin embargo, la participación de Francia en diversos asuntos gubernamentales, no era simplemente el resultado de una afición por el detalle. Tradicionalmente, la élite tenía un monopolio sobre la educación y la experiencia administrativa; la vasta ma­yoría de los paraguayos permanecía condicionada por una cultura forjada sobre tres siglos de subordinación forzada -una cultura que castigaba la iniciativa como insubordinación, imponía la su­perstición y el fatalismo como religión y alentaba la resignación y la docilidad como deberes civiles. Consecuentemente, cuando el régimen popular expulsó a la élite de sus cargos tradicionales, el Paraguay enfrentó, al igual que todos los gobiernos revolucio­narios, una aguda escasez de personal adiestrado y competente. El problema fue tan severo, que incluso a fines de la década de 1830, Francia, en una rara expresión de frustración, se quejaba al delegado de Itapúa "me encuentro ahogado aquí en Asunción sin poder respirar en el inmenso cúmulo de atenciones y ocupa­ciones que cargan sobre mí solo, porque en el país, por falta de hombres idóneos, se ve el gobierno sin los operarios y auxiliares que debe tener, y tiene en todas partes, de suerte que por nece­sidad estoy supliendo y llevando el peso de oficios que debían servirse por empleados competentes”

A pesar de obstáculos tan formidables, el gobierno popular tuvo éxito en mantener la estabilidad fiscal, estructurando una vigorosa industria de defensa nacional, reduciendo los impuestos a un mínimo, poniendo en práctica una vasta reforma agraria que cubría gran número de estancias del estado, produciendo una amplia variedad de bienes de consumo que se vendían al público, coordinando un extenso programa de obras públicas, estableciendo el primer sistema de educación pública del Para­guay, y creando una economía equilibrada, en base a la produc­ción ganadera y agrícola diversificada.

Para delinear los principios que guiaron esta transformación radical de la sociedad paraguaya, reproducimos los siguientes extractos del "Catecismo Político" elaborado por Francia para usos en las escuelas primarias.

Pregunta:    ¿Cuál es el gobierno de tu país?

Respuesta: El patrio reformado.

Pregunta:    ¿Qué se entiende por patrio reformado?

Respuesta:  El regulado por principios sabios y justos, fundado en la naturaleza y necesidades de los hombres y en las condiciones de, la socie­dad.

Pregunta:    ¿Quiénes son los que declaman contra su sistema?

Respuesta: Los antiguos mandatarios, que propendían entregarnos a Bonaparte y los ambiciosos de mando.

Pregunta:    ¿Cómo se prueba que es bueno nuestro sis­tema?

Respuesta: Con hechos positivos.

Pregunta:    ¿Cuáles son esos hechos positivos?

Respuesta: El haber abolido la esclavitud, sin perjuicio de los propietarios, y reputar como carga común los empleos públicos, con la total su­presión de los tributos.

Pregunta:    ¿Puede un estado vivir sin rentas?

Respuesta: No, pero pueden ser reducidos los tributos, de manera que nadie sienta pagarlos.

Pregunta:    ¿Cómo puede hacerse eso en el Paraguay?

Respuesta: Trabajando todos en comunidad, cultivando las posesiones municipales como   destinadas al bien público, y reduciendo nuestras nece­sidades, según la ley de nuestro Divino Maes­tro Jesu-Christo.

Pregunta:    ¿Cuáles serán los resultados de este sistema?

Respuesta: Ser felices, lo que conseguiremos mantenién­donos vigilantes contra las empresas de los malos. 8

En medidas dignas de destacar, Francia cumplió el catecismo que había promulgado. Un examen de los presupuestos naciona­les revela la notable estabilidad fiscal que el gobierno fue capaz de mantener -caso único en una edad en la cual los gobiernos latinoamericanos plagados de corrupción, constataron que era necesario poner en circulación cantidades enormes de moneda recién acuñada, aumentar los impuestos, ofrecer "generosas" concesiones al extranjero, y generar deudas nacionales en creci­miento gigantesco, en sus frenéticas tentativas de aplastar los desafíos de los movimientos populares y de grupos de élite riva­les. Como se demuestra en el gráfico número 3, Francia mantenía equilibrados en forma coherente y autosufiente los presupuestos durante todo su período de gobierno.

Tanto en términos de programa y de gastos del gobierno, la defensa nacional recibió la más alta prioridad. Ya durante su período como cónsul, Francia comenzó a requisar e importar elementos bélicos,, mientras que al mismo tiempo ponía en marcha una campaña importante para incrementar la producción estatal de armas y municiones. Embarcándose en una campaña nacional para recolectar los escasos metales amarillos usados para piezas de rifles, incluso de "los particulares que quieran deshacerse de algunos muebles de esta clase". El estado estableció armerías en Asunción y Pilar.10 Bajo la dirección personal del maestro artesano Miguel Tiragalo y del mismo Francia, armeros, herreros y carpinteros empleados por el estado no solamente reparaban armas; sino para 1816 estaban fabricando armas de fuego." De manera similar, el gobierno creó varias fábricas que daban ocupación a centenares de operarios para la fabricación de telas y confección de uniformes para el ejército paraguayo. La magnitud de estas industrias de propiedad y operación del estado, se refleja en el hecho que los salarios de los trabajadores alcanzaron en promedio casi el 8% de todos los gastos del go­bierno durante los años del gobierno de Francia (ver apéndice A).

La construcción de buques de guerra fue otra de las áreas de mayor énfasis. Mientras que esta industria de construcción de buques estaba todavía en su infancia, los cónsules expropiaban, con indemnización, buques de propiedad privada, que a continua­ción los trabajadores del Estado convertían para uso militar. 12Para 1815, empéro, la industria estatal había crecido hasta el punto donde pudo botar sus propias embarcaciones. En los años siguientes, el gobierno construyó aproximadamente 100 embar­caciones fluviales, incluyendo balandras, chatas, y enormes canoas, para completar la construcción de la armada nacional hacia mediados de la década de 1820.13 Durante estos años, los gastos de construcción de buques alcanzaron el 5% de los gastos del gobierno (ver apéndice A).

Adicionalmente a las industrias mencionadas más arriba, varios miles de hombres y mujeres encontraron ocupación traba­jando en estancias del Estado, y en sus propios hogares, mol­deando balas de rifles, recolectando salitre, (que permitía la fabri­cación de pólvora); curtiendo pieles y utilizando el cuero para confeccionar sillas de montar, correas, morrales, sujeciones de artillería y cañones marinos, y criando animales para monturas y alimentación de las Fuerzas Armadas de la Nación. 14. Es impor­tante destacar que estas industrias estatales hicieron algo más que simplemente producir materiales bélicos y proporcionar ocu­pación para los paraguayos; lo que es quizás significativo, mucho más que cualquier "esfuerzo de guerra", el constante recordatorio de la crisis en curso y la intensa incidencia psicológica de la participación directa a través de la actividad diaria, deben haber servido como elemento de consolidación, movilizando a la joven nación detrás de su gobierno popular.

Las fuerzas armadas propiamente dichas se constituyeron, con creces, en la parte más importante y costosa de la defensa nacional, alcanzando un promedio del 64 por ciento de los gastos del gobierno durante todos los años de la administración de Francia*; consecuentemente, como se ilustra por una compara­ción de la Figura 4 y la Figura 3, los cuatro períodos de crecientes gastos nacionales se correlacionan estrechamente con incremen­tos en la envergadura del ejército. Los tres primeros aumentos corresponden directamente a crisis nacionales: el aumento de 1916-20 refleja la reacción del gobierno a las amenazas planteadas por la creciente oposición de la élite, que culminó en la Gran Conspiración; al empeoramiento de las tensiones con los porte­ños, generadas por sus proyectos imperiales y tentativas de pro­vocar un levantamiento en el Paraguay; y a los ataques conjuntos de los porteños y federales contra el comercio paraguayo, así como a la invasión planeada por Francisco Ramírez. El incre­mento de 1828-29 refleja el fundado temor que con el final de la Guerra Cisplatina (1825-28), Brasil y Argentina formarían una alianza y desencadenarían conjuntamente una guerra contra el Paraguay (ver capítulo 9); y el incremento de 1831-32 refleja el conflicto armado por Corrientes durante los primeros años de la década. El incremento que comienza en 1935, parece represen­tar una reacción a la Revuelta de los Farroupilhas (1835-45) en el vecino estado brasileño de Rio Grande do Sul y el caos general creado por otra ronda de las guerras civiles argentinas, que co­menzó en 1836, y se había extendido a todo el Río de la Plata para fines de la década.15Este último aumento quizás represente también posiblemente una tentativa del dictador ya anciano, para asegurar la continuación del régimen popular.*

Pueden extraerse varias conclusiones importantes de los datos estadísticos sobre el ejército. En primer término, la cifra generalmente aceptada de un ejército permanente de cuatro a cinco mil hombres, es marcadamente exagerada.16 En su nivel máximo de 1820, la composición total del ejército no alcanzaba.1820 soldados regulares* y, en base a estadísticas fidedignas, un promedio para la totalidad del gobierno de Francia, sería algo más de mil doscientos soldados.** Fomentada por la "inexplica­ble" política de secreto de Francia, la exageración de la enverga­dura del ejército paraguayo sirvió para desalentar las numerosas invasiones que los beligerantes vecinos del Paraguay periódica­mente planearon durante los años de su gobierno.

Además, parece evidente que la función primordial del ejer­cito paraguayo no era agresiva, sino simplemente para defender la soberanía nacional. Los montos de gastos militares correspon­dían directamente a amenazas reales a la independencia paragua­ya. De este modo, durante los períodos de crisis, sus filas tendían a aumentar, mientras que durante las circunstancias normales, las estadísticas revelan una marcada tendencia a la disminución de la importancia de las fuerzas armadas.

Lo más revelador quizás es esta facilidad de ampliar y con­traer el sector militar. Coherentemente con las primeras acciones antimilitarísticas de Francia, las estadísticas establecen una rela­ción mínima de soldados rasos y suboficiales con respecto a oficiales, en un increíble nivel de 42 a 1 (ver apéndice H). Sin generales, coroneles o mayores, el puñado de capitanes y tenien­tes del ejército estaba sujeto a rotación periódica y jamás se les permitía pasar mucho tiempo juntos. De este modo, el gobierno popular se aseguraba que ni siquiera los oficiales de rango cono­cían el tamaño global de las fuerzas armadas; por consiguiente, sin certeza de la fortaleza efectiva de sus comandos en relación al ejército total, se les desalentaba de efectuar un golpe, ya fuera individual o unificado, contra el estado. A diferencia de las castas militares de los países latinoamericanos tradicionales, los oficiales militares paraguayos no constituían por sí mismos una fuerza autónoma, sino más bien eran auténticos servidores de la nación.

A pesar de los enormes gastos militares, Francia fue capaz capaz en extraordinaria medida de lograr el objetivo de su Cate­cismo Político, de que "pueden ser reducidos los tributos, de manera que nadie sienta pagarlos". Como se demuestra en la Figura 5, durante su gobierno, el Paraguay experimentó una radical reducción de los impuestos; de 222.131 pesos, o sea 84 por ciento del total de los ingresos del gobierno para 1816 (el primer año para el, cual está disponible la documentación), a 31.084 pesos, o sea 16,5 por ciento de los ingresos gubernamen­tales de 1840 (ver apéndice A). Debe observarse, empero, que la dramática disminución en recaudaciones fiscales entre 1816 y 1830, no fue el resultado de una política tributaria gubernamental, sino que refleja la pérdida de los ingresos de los impuestos e importación, exportación yventas, causados por la drástica caída en el comercio internacional. Sin embargo, es significativo que, a pesar de la reducción en las recaudaciones, con la excepción de la creación de un pequeño impuesto a las curtiembres (1826­-28) 17 y el "derecho de vendage" (1823-32) 18 -un modesto gra­vamen sobre productos agropecuarios traídos a Asunción para venta al público- el estado no aumentó los impuestos existentes ni aplicó nuevos durante este período crítico.

En 1830, el gobierno decretó una reducción importante en los impuestos que más incidían sobre las masas. Particularmente, redujo a la mitad la Alcabala -un impuesto a las ventas del 4 por ciento, aplicado sobre todas las operaciones comerciales­ y también abolió el diezmo -un gravamen del 10 por ciento sobre toda la producción agrícola, percibido por el estado en nombre de la iglesia- reemplazándolo por la contribución fruc­tuaria del verano e invierno -un impuesto del 5 por ciento sobre las cosechas de verano e invierno. ~ Cinco años más tarde, el Estado redujo aún más estos dos principales impuestos; la Alca­bala de 2 a 1 por ciento, y la contribución fructuaria de 5 a 4 por ciento. 20En 1837, esta última fue reducida una vez más, esta vez por la eliminación de los impuestos sobre la cosecha de invierno 21 El efecto que estas reducciones tributarias deben haber tenido sobre el pueblo paraguayo, puede observarse del hecho que los ingresos del gobierno de estos dos impuestos principales, ascendían a 23.290 pesos en 1829 (el 93 por ciento de todas las recaudaciones tributarias para dicho año), mientras que los pre­supuestos nacionales los registran en apenas 6.902 pesos para el último año del gobierno de Francia (22 por ciento de todas las recaudaciones tributarias para 1840) -una impresionante reduc­ción tributaria del 71 por ciento (ver Apéndice A).

Incluso mientras sancionaba estas enormes reducciones en la carga tributaria sobre el pueblo, el gobierno no carecía de fondos adecuados, porque estaba desarrollando al mismo tiempo nuevas fuentes para recaudaciones oficiales. Ya en posesión de las tierras anteriormente de posesión de la Corona española y las propiedades confiscadas de la oligarquía, 22Francia adoptó medidas adicionales a principios de la década de 1820 para incre­mentar el dominio nacional, confiscando varias estancias grandes que habían sido de los jesuítas y otras tierras de la iglesia, tales como el Seminario de San Carlos y las tierras pertenecientes a monasterios y fraternidades. 23 De igual importancia, en Setiem­bre de 1825, el gobierno anuló las concesiones reales de tierras -que, debido a que habían sido otorgadas como favores políti­cos, en la mayoría de los casos se mantenían simplemente para fines especulativos y, por consiguiente, habían permanecido vir­tualmente sin uso24 -yordenó a todos los propietarios de inmue­bles que presentaran los títulos legítimos de sus propiedades, bajo pena de confiscación por el estado. 25Como resultado de estas medidas, el territorio nacional incluía, a comienzos de 1826, la totalidad de los territorios de Misiones y del Chaco, así como más de la mitad de la rica región central del Paraguay. 26 Francia distribuyó gran parte de esta tierra en una reforma agraria radical, convirtiendo el remanente en numerosas estancias de propiedad y administración del estado, convirtiéndolas en importantes fuen­tes de producción nacional e ingresos para el gobierno.

Las primeras estancias fueron fundadas con ganado adqui­rido mediante la recaudación del Diezmo 27y confiscaciones de la oligarquía criolla y española 28 para el fin de proporcionar alimentos, caballos, equipos y ropas para las fuerzas armadas. 29 Sin embargo, bajo la vigilante mirada del Dictador, que exigía que todos los administradores presentaran informes mensuales, 30 la función de las estancias creció más allá de sus límites originales. A fines de la década de 1820, tanto el número de estancias y sus planteles de ganado -fue incluían vacunos, bueyes, caballos, mulas, ovejas y vacas lecheras- había proliferado mucho más allá de las necesidades del ejército. Abarcando la república entera, las más de setenta y cinco estancias del Estado (ver Apéndice 1) producían un exceso de productos y subproductos ganaderos, que el gobierno distribuía entre los necesitados 31 o vendía en los mercados locales a precios moderados. 32

El gobierno también vendía productos agrícolas* y las mer­caderías producidas por sus industrias textiles y del hierro. Estos productos estuvieron disponibles en cantidades crecientes, debido a que la disrupción temporal y la subsiguiente reorientación de la economía, obligaron al desarrollo de la industria liviana, no solamente privada, sino también la nacionalizada, en el Para­guay. 33 Juntamente con cantidades considerables de mercaderías importadas, el estado ofrecía en venta, tanto a las tropas y al público, en la Tienda del Estado en Asunción, una variedad de productos que incluía diferentes tipos de hachas, hachitas, mache­tes, azadas, cuchillos, cerraduras para puertas tijeras, armoni­cas,34 velas, jabón, ponchos, sábanas, hamacas, 35 y sombreros. 36

Inicialmente, el ejército consumía la mayor parte de la pro­ducción del Estado y las mercaderías importadas. Pese a que entre 1816 y 1823 la recaudación bruta de las ventas del Estado llegó en promedio a 12,4 por ciento de los ingresos gubernamen­tales, solamente el 1,3 por ciento procedía de las ventas al público mientras que el 11,1 por ciento correspondía al sector militar.37En realidad, durante este período, las actividades industriales y comerciales del Estado no fueron primordialmente un medio para ingresos del gobierno, sino sirvieron en lugar de ello a suministrar materiales esenciales para las fuerzas armadas; cuando se deducen los gastos de las industrias del Estado, las utilidades provenientes de las ventas representaron en promedio apenas el 3 por ciento de los ingresos del gobierno. 38

Durante el último período del gobierno de Francia (1828-­40), como se indica en la figura 6, las ventas de productos del Estado llegaron a representar la fuente individual más importante de las recaudaciones gubernamentales.39  Mientras que el prome­dio de ventas al sector militar ascendía en 24 por ciento,40 como puede observarse en la figura 7, fueron las ventas al público -con un incremento promedio superior al 1.000 por ciento 41 ­lo que representó este dramático crecimiento. La parte más im­portante de las ventas al público fueron de artículos manufacturados paraguayos, mercaderías importadas y -en un grado me­nor, aunque todavía considerable-, productos agrícolas y anima­les; para fines de 1830, el gobierno también vendía crecientes cantidades de metales, cristalería y loza (ver Apéndice A). Como una extensión de la política inicial del gobierno de regular el precio y la calidad de la atención médica* durante los últimos años de sugobierno, El Dictador estableció un número de farma­cias del Estado, que a partir de 1835 vendieron crecientes canti­dades de medicamentos al público (ver Apéndice A).

Como se observa en la figura 6, las dos fuentes principales de recursos del Estado -impuestos y ventas de productos del Estado- en realidad invirtieron su importancia inicial como ingresos del gobierno. Durante el primer período (1816-23) los impuestos alcanzaron en promedio el 54,9 por ciento, mientras que las ventas ascendieron sólo al 12,4 por ciento;42 sin embargo, más adelante en el gobierno de Francia (1828-40), los impuestos alcanzaron en promedio sólo el 19,4 por ciento, mientras que las ventas del Estado habían crecido hasta cubrir el 50,2 por ciento de todas las rentas del gobierno. 43

Entre sus otros logros, el Estado puso en marcha un extenso programa de obras públicas. La manera de financiar y conducir estos programas, ejemplifica varios aspectos del principio cons­tante en el Catecismo Político, de considerar las obras públicas como "carga común". Aunque coordinados y dirigidos por el gobierno nacional, los diversos programas de obras públicas ca­yeron bajo la administración de las municipalidades, que recibían sus ingresos de las ventas de productos agrícolas cultivados en tierras municipales, así como por diversos impuestos locales. 44Para cubrir los gastos extraordinarios del programa de obras públicas, el Dictador aplicó impuestos especiales a los ciudadanos de ingresos elevados, en forma de "contribuciones".** La mano de obra se proporcionaba mediante la asignación de soldados del ejército y la contratación de trabajadores locales. 45Además, Fran­cia, al abolir la práctica de azotar a los delincuentes como un medio de castigo, ordenó que se les asignara a períodos de trabajo en los programas de obras públicas.*

Otro aspecto del programa de obras públicas puede obser­varse en la queja de 1816 del Cabildo de Asunción contra Don Juan Vicente Lagle y Rey. Con el fin de obtener los materiales de construcción necesarios, el gobierno exigía una cuota mínima de ladrillos de todas las fábricas importantes. Todos los fabrican­tes cumplieron la exigencia, excepto Lagle, el industrial más pudiente de este ramo.

Después de haber sido amenazado con una multa mensual de 50 pesos hasta que proveyera 5.000 ladrillos, Lagle ridiculizó la orden entregando "solamente 4.000 inservibles cuando en su obraje tenía más de 9.000 según él afirma". Aún después que el Alcalde habló con él, Lagle siguió rehusándose a suministrar ladrillos utilizables o venderlos a un precio razonable. Finalmente, las autoridades municipales trataron de convencer a Lagle que "para el Pacto Social abdicó su libertad natural y sujetó sus miras ambiciosas". Al fracasar en sus tentativas de convencer al obsti­nado Lagle, los frustrados funcionarios municipales pasaron el asunto al Dictador. Coherentemente con las prioridades del Pa­raguay popular, Francia, subordinando la propiedad privada de los medios de producción al bien público, amonestó a Lagle que debía cumplir su "Contrato Social".46

Entre los primeros proyectos de obras públicas que el go­bierno emprendió en Asunción, fue la pavimentación de calles 47y la introducción del alumbrado público por primera vez en la historia del Paraguay.** Las décadas siguientes fueron testigo de la construcción de aproximadamente cuarenta edificios, oficinas y casas en la capital.48

Con creces, el programa más enérgico -y controvertido ­fue el mejoramiento encarado por Francia en las calles de la ciudad, cuyo estado era una herencia vergonzosa de los gobernadores españoles. En contravención a la ley imperial, Asunción era una de las pocas poblaciones españolas que no estaba dis­puesta en el familiar modelo de parrilla, característico del mundo hispanoamericano. Se parecía más bien a un pueblo portugués, con estrechas y tortuosas calles, que durante la época de lluvia se convertían en verdaderos torrentes que arrastraban una mezcla de basura y desechos, así como excrementos animales y humanos de la zona pudiente más alta de la ciudad, a través de las zonas bajas más pobres. En 1821, para corregir esta situación, el go­bierno comenzó a enderezar, ampliar y empedrar las calles prin­cipales de la capital. Como resultado de este ambicioso esfuerzo -que no fue totalmente exitoso, porque aún después de concluir el proyecto, muchas de estas calles eran todavía inutilizables durante las fuertes lluvias*- muchas casas debieron ser despla­zadas o destruidas. 49Dado que los propietarios menos pudientes de casas y terrenos expropiados por el proyecto recibieron indem­nización 5°, los españoles pudientes no indemnizados, comprensi­blemente quedaron sumamente irritados por este tratamiento. Su disgusto fue aún mayor, como observó Rengger, porque era la intención de Francia que "en el futuro, la capital debería ser poblada por nativos del Paraguay, no los españoles, a quienes hasta ahora pertenecían todas las mejores casas."51

En todo el Paraguay, no sólo en la capital, sino también en los pueblos del interior, el gobierno continuó construyendo la infraestructura de la nación. Entre 1822 y 1827, la Villa del Pilar, por ejemplo, fue virtualmente reconstruida; se mejoraron las calles, se remozó la plaza central y se construyeron diversos edificios públicos, juntamente con nuevos puentes e incluso una nueva iglesia. En 1829 el estado construyó dos nuevos mercados públicos de carne, junto con sus corrales y galpones, en Villarri­ca.52

En un esfuerzo para lograr la integración total de la nación es decir la económica y política, así como la social-el gobierno coordinó un programa de largo alcance de construcción de cami­nos y puentes. Francia inició este programa poco después de su elección como Dictador y lo prosiguió durante todos sus años de gobierno. Los caminos existentes eran reparados y ampliados, mientras que nuevos caminos se abrían en el interior para conectar los pueblos y distritos distantes con la capital. A los jueces locales se les daban tareas de inspección de caminos, para asegurar que los mismos se mantuvieran en excelente estado y abiertos al tránsito público, aún si era necesario emplear la fuerza, como por ejemplo en los casos en que los caminos atravesaban tierras privadas. 54 Este extenso sistema vial indudablemente contribuyó al crecimiento del comercio interno y a la prosperidad general del Paraguay.*

Francia no solamente inició el primer programa intensivo de obras públicas, sino fue también el padre del primer sistema de educación pública de la nación. Pese a que durante el período colonial existía teóricamente la instrucción primaria pública, en realidad la poca instrucción escolar existente beneficiaba única­mente a la élite -excepto en la capital, donde los maestros recibían su sueldo del tesoro municipal- debido a que los padres estaban obligados a pagar a los maestros por cada hijo que recibía instrucción. No hace falta decir que las masas empobrecidas difícilmente podían permitirse el lujo de proporcionar a sus hijos la educación primaria. Al comprender este problema, Francia pasó la carga del pago a los maestros a las respectivas autoridades municipales, y específicamente asignó la tarea de crear nuevas escuelas a los jueces locales comisionados por el gobierno nacio­nal. 56

Para mediados de la década de 1820, estas medidas eviden­temente habían comenzado a surtir efecto, puesto que virtual­mente todas las referencias concuerdan sobre la sorprendente­mente alta tasa de alfabetismo en el pueblo paraguayo. Confir­mando el relato de Rengger que casi todos los paraguayos estaban alfabetizados, el naturalista Jean Etienne Richard de Grandsire, que pasó un breve período en la población fronteriza del sureste de Itapúa en 1825, observó que "casi todos los habitantes saben leer y escribir" indicando más adelante que "los nativos pueden dirigirse al Dictador para educar a sus hijos a expensas del Esta­do." 57 En 1828, la educación primaria se hizo obligatoria 58y tres años después, por lo menos en algunas zonas, el gobierno nacio­nal comenzó a proporcionar parte de la remuneración a los maes­tros en forma de ropas y ganado entregados desde la estancia del Estado más cercana. 59 Finalmente, en 1834, Francia estableció formalmente sueldos normalizados para los 140 maestros rurales del Paraguay, encargados de los 5.000 alumnos de la nación.*

El meollo de la verdad detrás de la acusación tradicional de la historia, en el sentido que el Dictador "suprimió la educación" se encuentra mirando más allá de la educación primaria, puesto que en 1823, Francia cerró el virtualmente difunto Real Seminario de San Carlos.** Sin embargo, para mediados de la década de 1820, como observa Rengger, se habían creado varios seminarios privados en la capital, "en los cuales jóvenes de ambos sexos recibían una tolerablemente regular educación” 60Considerando las limitaciones técnicas de una sociedad agrícola de principios del siglo XIX, es comprensible que el Estado no asignaba la prioridad más elevada a la educación secundaria. La necesidad de orientar los recursos de la nación hacia la producción -la base de la autonomía del Paraguay- muy bien puede justificar la omisión del gobierno de crear un sistema de colegios secunda­rios públicos.

Sin embargo, en 1836, Francia inauguró la primera biblioteca pública del Paraguay. Situada en Asunción, contenía unos 5.000 volúmenes, 61la mayoría de los cuales habían sido o "heredados" por el estado o confiscados de las colecciones privadas de la oligarquía. 62Debe destacarse, como un reflejo de las prioridades de Francia, que durante los años de su gobierno no se había aplicado jamás un derecho de importación a municiones ni libros.

La buena reputación que el Paraguay gozaba en toda la región del Río de la Plata en esta época, puede observarse en la obra contemporánea de César Famín. Pese a que jamás visitó el país, Famín informaba, "No hay persona que no trabaja, Francia abolió la mendicidad, impulsó nuevas producciones y estableció caminos más rápidos, seguros y económicos ... y los habitantes del Paraguay, indios y criollos, saben todos leer, escribir y con­tar."63 La tranquilidad y el progreso social del Paraguay atrajo a numerosos desertores y otros refugiados de las guerras civiles en Argentina y Brasil.64 Como observó Rengger, "un gran nú­mero de extranjeros" llegaba a las fronteras buscando entrar en el país; mientras que en general los españoles no eran admitidos, para todos los demás "el ingreso permanecía libre".65

En la misma forma como lo había hecho con José Artigas y sus quinientos seguidores, el gobierno paraguayo, después de examinar a los inmigrantes, los dispersó por toda la nación, reubicando a muchos de ellos en la región norteña de escasa población. 66La gran cantidad de gente que buscaba refugio de la muerte y destrucción de las violentas guerras civiles, colaboró con el rápido crecimiento de la población paraguaya; en cuatro décadas, creció de cerca de 100.000 habitantes en 1798 67 a apro­ximadamente 375.000 para fines de la década de 1830.*

El Dictador también insistió en conceder asilo a esclavos huidos. 68Creó también el cargo de Defensor de Pobres,** cuyas funciones incluían la representación de esclavos en sus quejas contra sus amos. 69

Sin tener en cuenta, empero, las medidas progresivas que tomó con respecto a la esclavitud, y a pesar del hecho que otorgó manumisión a sus dos esclavos domésticos personales,*** Francia jamás trató de abolir la esclavitud como una institución. Pese a que la esclavitud jamás fue un sistema laboral importante en el Paraguay,* la misma continuó existiendo durante todo este perío­do.

Si bien el gobierno popular del Paraguay no eliminó la institución de la esclavitud, destruyó la institución colonial del latifundio. Al atacar el sistema tradicional de la tenencia de la tierra, el Estado arrendó tierras tanto a paraguayos como inmi­grantes sin tierra, a precios muy moderados por períodos inde­finidos, bajo la única condición que la misma fuera cultivada o convertida en pastura.70 Las granjas variaban en tamaño y alqui­ler. Las unidades más pequeñas, denominadas ejidos, pagaban en promedio algo más de 2 pesos de alquiler por año; las más grandes, tales como las distribuidas de las tierras que pertenecie­ron al Seminario de San Carlos, pagaban en promedio 4 pesos por año; y las unidades más grandes, arrendadas de otras tierras del Estado y parte de las estancias del Estado, llegaban a un promedio de 20 pesos por año. 71Pese a que no se dispone de documentación completa sobre el número real de granjas dadas en arrendamiento por el Estado, un muestreo estadístico fide­digno establece el número total para fines del gobierno de Francia en más de 6.000 lotes. 72Estas tierras mantenían a por lo menos 49.000 personas, o sea el 13 por ciento de la población de la nación; en otras palabras, uno de cada ocho paraguayos vivia en una granja o en una estancia arrendada del gobierno. 73

Para complementar esta radical reforma rural, el gobierno ayudaba a los arrendatarios y otros paraguayos necesitados con frecuentes entregas de ropas 74 y herramientas 75,así como con animales de las prósperas estancias del Estado.** Estas medidas no representaron simplemente una política de promoción social constante. Diseñada para proporcionar asistencia inicial y alivio temporal, sirvieron como otro elemento adicional en el esfuerzo global para cambiar la naturaleza de monocultivo de la economía paraguaya.

Tal como se explicó en los capítulos anteriores, bajo la economía colonial de exportación del Paraguay, los recursos humanos, naturales y de capital, se concentraron en la producción máxima del cultivo destinado a la venta, la yerba, y, en menor medida, el tabaco. Así, mientras la economía otorgaba prosperi­dad a las élites nacional e internacional, la economía tradicional de exportación dejaba a la gran mayoría de los paraguayos en abyecta pobreza. Sin embargo, el gobierno de postindependencia, obligado por la parálisis temporal de la economía a diversificar la .producción nacional, se embarcó en una campaña importante para desarrollar una economía equilibrada, capaz de producir una variedad de productos destinados a cubrir las necesidades del pueblo paraguayo.

El caso de la cría de ganado sirve como claro ejemplo de la nueva orientación de la economía de la nación. Debido a su economía de monocultivo y sistema latifundista de tenencia de la tierra, el Paraguay, a pesar de sus amplios recursos naturales propios, dependía en alto grado de la importación de ganado de otras provincias del Virreinato del Río de la Plata. Nicolás de Herrera no exageró el grado de la dependencia paraguaya, al indicar a sus superiores porteños que, como medida emitida, sería ventajoso "prohibir absolutamente el comercio de esta pro­vincia y la introducción de nuestro ganado, con el cual ellos subsisten. .76 Ya en 1815, el resquebrajamiento de la economía regional por las fuerzas federales, restringió severamente la com­pra de ganado argentino, causando así una escasez adicional de carne en el Paraguay. No fue sino hasta la década siguiente que la escasez de carne cesó de ser un importante problema nacional.

Sin embargo, para mediados de la década de 1820, la indus­tria ganadera del Paraguay había crecido en tal medida, que en lugar de importar ganado argentino, el Paraguay efectivamente comenzó a exportar carne. 79Además, para fines de la década de 1820 y principios de 1830, la proliferación del ganado paraguayo y la excepcional demanda causada por las epidemias que habían devastado el sector ganadero del sur del Brasil, puso en movi­miento las fuerzas de oferta y demanda del mercado, dando por resultado un próspero comercio de exportación a través de la ciudad comercial suroriental de Itapúa. 80 Para 1829, el ganado -que incluía terneros de ganado de carne, bueyes y toros 81 representaba más del 20 por ciento de la totalidad de las expor­taciones paraguayas (ver Apéndice C).

No obstante, dentro de esta bonanza económica surgieron las clásicas contradicciones de las economías de exportación. Gran parte de los propietarios de tierras de la nación se concentró en la cría de ganado, descuidando el cultivo de sus campos. La producción agrícola también sufrió por los crecientes hatos de animales sin control, que habitualmente recorrían las propiedades vecinas, destruyendo los cultivos. Consecuentemente, la concen­tración de los recursos del Paraguay en la industria ganadera, no solamente limitó y perjudicó a la producción agrícola, sino que debido al gran número de animales exportados, mantuvo el precio de la carne artificialmente elevado en el Paraguay.

Para empeorar estos problemas, para 1830, la rica región central del Paraguay había llegado a su capacidad de manteni­miento de ganado; es decir, las pasturas ya no podían soportar un incremento en la cantidad de animales sin agotar severamente la vegetación con la cual el ganado crecía y engordaba. Como Francia explicó al Delegado de Itapúa: "Las varias estancias del Estado están rebosando y ya no sé que hacer con tanto ganado, y lo peor es que por esto ya ni engordan."*

La situación puede resumirse con claridad. Las fuerzas de una economía de exportación, respondiendo a las leyes de la oferta y la demanda, funcionaban en distorsión de la economía, debido a una concentración excesiva de recursos humanos, natu­rales y de capital para lograr la producción máxima del producto más rentable, conduciendo así a los síntomas clásicos de las economías dependientes: prosperidad para los menos, escasez y altos precios para los más

Para enfrentar estas distorsiones, Francia promulgó una se­rie de medidas para asegurar que la economía se desarrollara en el mejor interés de la nación toda. Ya en 1825, el gobierno exigió a todos los propietarios de tierras que cultivaran por lo menos una porción de sus propiedades. 82Los que no trabajaban sus tierras, estaban sujetos a penalidades bastante severas. Por ejem­plo, 32 agricultores en el distrito de Pilar, que habían abandonado su actividad agrícola para dedicarse a la cría de ganado exclusi­vamente, fueron multados con una vaca cada uno por su negativa a cumplir la orden del gobierno. 83En las áreas más densamente pobladas, el Estado comenzó en 1827 a reglamentar la cantidad de animales que cada propietario podía mantener; y bajo penas de multas moderadas, les exigió a construir alambradas o mante­ner bajo control de otro modo a sus animales con el fin de impedir daños a los cultivos vecinos. 84Finalmente, en 1831, dado que estas medidas por sí mismas demostraron ser inadecuadas, el gobierno adoptó la política radical y sin precedentes de prohibir la exportación de ganado.*

Este control racional de la industria ganadera demuestra claramente las prioridades de la administración popular. No so­lamente protegieron las políticas de Francia las pasturas del Pa­raguay de la destrucción por los planteles excesivos de animales, conservando así un recurso natural, sino que también, asegurando aún más que el ganado permaneciera en la nación para propor­cionar alimento al pueblo en lugar de riqueza para la élite, condujo a una disminución del 40 por ciento en el precio de la carne al cabo de algunos años. En 1829, el precio del ganado de carne alcanzó un promedio de 5 pesos cada uno; para 1832, el precio promedio había disminuido a cuatro y medio pesos; y para el año siguiente, 1833, el precio promedio había caído a tres pesos, nivel al cual permaneció durante el resto de la década. 85

Como parte de su campaña para desarrollar una economía equilibrada, el gobierno inició también una campaña concertada para diversificar e incrementar la producción agrícola. Otro le­gado del desequilibrio de la economía colonial, limitaba aún más el potencial agrícola del Paraguay. Con el énfasis en la producción máxima de la yerba fue se recolectaba en su estado silvestre - y tabaco -que crecía con facilidad durante el templado invierno semitropical- la provincia había adoptado el método español de plantar un sólo cultivo en Mayo (la primavera europea, pero el otoño paraguayo), aún cuando productos básicos como el arroz, maíz, maní hortalizas crecen bien durante los calurosos meses del verano.

En Octubre de 1819, una invasión de langostas proveniente del Chaco barrió la nación. Pese a la movilización general para combatir esta amenaza, los insectos lograron destruir la cosecha entera. A continuación, Francia ordenó a todos los agricultores -bajo pena de considerables multas- a replantar inmediatamen­te. Para su sorpresa general, esta segunda cosecha demostró ser aún más abundante que la que había esperado de la cosecha original. Desde ese momento de retorno a la práctica antigua, el Paraguay procedió a cultivo tanto de verano e invierno, lo que ha demostrado ser con creces el método de agricultura más variado y productivo. 88

Además de exigir a todos los propietarios que trabajaran sus tierras, en determinadas zonas el gobierno incluso designó los productos específicos, tales como trigo y algodón, a ser cul­tivados.89 Además, funcionarios locales fueron facultados a asig­nar a vagabundos a ayudar en la siembra y cosecha; los que se negaban, se encontraron trabajando en obras públicas como pri­sioneros del Estado. Como Wisner destaca en su ejemplo del centenar o cifra aproximada de vagabundos así asignados a las obras públicas, "Todos los habitantes varones y mujeres se de­dicaron a trabajos útiles, de modo que la vida en el Paraguay.. se desarrollaba en un ambiente tranquilo de orden y bienestar."91 En efecto, confirmando la descripción de Wisner, y en marcado contraste con las otras zonas del Río de la Plata, a través de las cuales había viajado, el naturalista Grandsire informó al Barón von Humboldt que "se viaja por el Paraguay sin armas. No se ven mendigos: todo el mundo trabaja."91

Como testimonio de la destrucción de la economía de mo­nocultivo del Paraguay, las estadísticas comerciales registran que en 1800 -un año promedio durante el último período colonial ­la provincia exportó 2.739 toneladas de yerba; sin embargo, du­rante la última década del gobierno de Francia (1829-39) las exportaciones anuales de yerba registraron un promedio de sola­mente 237 toneladas (ver Apéndice C). Con su nueva economía equilibrada, las tierras del Paraguay suministraron con facilidad abundantes cantidades de arroz, maíz, mandioca, papas, batatas, maní, trigo, algodón y numerosas variedades de hortalizas para satisfacer las necesidades del pueblo. 92

La producción nacional se volvió tan abundante que durante la década de 1830, el Paraguay comenzó a exportar cantidades pequeñas, pero en creciente volumen, de maíz, arroz mandioca seca y cebollas, así como miel, dulces, quesos y jamones (ver Apéndice C). En efecto, durante los años de cosecha récord de 1833 y 1837, no pudo ser consumida internamente la totalidad de la producción agrícola, lo que generó una creciente presión entre los productores importantes para exportar mayores volúme­nes a las provincias argentinas. 93

La negativa del gobierno de ceder a estas presiones econó­micas, una vez más revelaron la distinción entre el régimen po­pular del Paraguay y sus vecinos dependientes, dominados por la élite. Claramente era de interés de la élite agrícola forzar la apertura de mercados más importantes para sus productos, pero ninguna élite ya tenía el poder de definir sus propios intereses como los intereses de la nación entera. No había razón para el riesgo de ser involucrados en las guerras civiles argentinas, par­ticularmente en vista que la independencia de la nación había sido consolidada, y "sobre todo", como Francia señaló, "desde que el Paraguay no necesitaba de ellos y se bastaba a sí mismo."94

Consecuentemente, Francia continuó aplicando sin transigir el axioma, a menudo reiterado pero raramente practicado, que servía como principio gobernante básico del Paraguay popular; como el Dictador explícitamente manifestó poco antes de su muerte "El bien particular debe ceder al bien común y general."95

 

NOTAS

* Ver apéndice A, "Presupuestos Nacionales del Paraguay". Los porcentajes anuales están calculados dividiendo los gastos anuales militares por los gastos anuales del gobierno, después de deducir la venta anual del producto del estado a las tropas. Aunque los gastos militares alcanzaron en promedio el 64 por ciento de los presupuestos nacionales, debe destacarse que el costo social efectivo del ejército paraguayo era considerablemente inferior, puesto que durante el período en que el ejército no estaba movilizado, numerosos soldados estaban empleados en obras públicas.

* Si en realidad el fortalecimiento del ejército durante este último período incluyó una tentativa por parte del Dictador para asegurar la continuidad del gobierno popular del Paraguay, sus intenciones demostraron ser exitosas. Pese a que cuatro gobiernos separaban la muerte de Francia en 1840 del establecimiento de la presidencia de Carlos Antonio López en 1844, (ver cronologías respecto a fechas específicas), la oligarquía fue incapaz de reestablecer su dominación. La continuidad entre el régimen popular de Francia y los gobiernos de Carlos Antonio López (1844-62) y Francisco Solano López (1862-70) es aparente, no solamente en la similitud de sus políticas básicas, pero incluso en el hecho que muchos de los funcionarios del gobierno de Francia continuaron sirviendo en los gobiernos subsiguientes.

Quizás el ejemplo más evidente de esta continuidad es Juan Manuel Alvarez, que actuó como Ministro de Hacienda del gobierno desde 1827, durante los cuatro regíme­nes interinos, e incluso en el gobierno de Carlos Antonio López (ANA, LC, legs. 27-50). Además, Alvarez también ocupó el cargo de secretario temporal del gobierno consular durante Marzo y Abril de 1841 (ANA, SH, legs. 246,247, Comprobantes de la Tesorería General, 1° de Abril - 1° de Mayo). Finalmente, en 1844, debido a su avanzada edad y mala salud, Alvarez se retiró del gobierno (ANA, SH, legs. 246, 247, Decreto del Presidente Carlos A. López, 31 de Agosto de 1844) y continuó viviendo con su jubilación oficial hasta su fallecimiento en 1857 (ANA, NE, leg. 2753, Compro­bantes de la Tesorería General, 1844-57).

Otro ejemplo de un funcionario de la administración de Francia, que continuó con su desempeño en los gobiernos siguientes, es Domingo Francisco Sánchez. Siendo un hombre joven en 1826, Sánchez comenzó su actuación pública como auxiliar de Policarpo Patiño, el secretario del gobierno de Francia. Desde 1832, trabajó como secretario del Alcalde de Primer Voto, José Manuel Ortiz. Después de servir como secretario del Congreso General de Mano de 1841, Sánchez ocupó el cargo de secretario del gobierno consular hasta su disolución en Marzo de 1844. En el primer año del gobierno de Carlos Antonio López, Sánchez comenzó trabajando como secretario del gobierno, un cargo que ocupó hasta 1870, fecha en que fue designado Ministro de Relaciones Exteriores. Con el comienzo del gobierno de Francisco Solano López en Octubre de 1862, Sánchez se convirtió en Ministro del Interior y Presidente del Gabinete. El 25 de Mayo de 1865, fue nombrado Vicepresidente del Paraguay (Olinda Massare de Kostianovsky, El Vicepresidente Sánchez, pp. 14, 15, 24, 42, 43, 47). Sánchez continuó como Vicepresidente de su nación durante toda la Guerra de la Triple Alianza (1864-70) hasta el 1° de Marzo de 1870, cuando, junto con el Presidente López (y la Revolución Paraguaya), fue muerto en Cerro Corá por las Fuerzas Aliadas (justo Pastor Benítez, Carlos Antonio López, p. 243).

* Esta cifra se obtiene dividiendo los 1820 sueldos militares mensuales por el sueldo militar promedio para 1828 (ver apéndice H, Ejército Paraguayo), el año más cercano para el cual Pudieron obtenerse datos sobre sueldos militares específicos. A pesar que no se dispone de datos estadísticos para 1821, el período de mayor peligro de las fuerzas de invasión de Ramírez, es razonable llegar a la conclusión que el ejército fue incrementado más durante ese año. Debe comprenderse que durante las movilizaciones militares, las Fuerzas Armadas fueron ampliadas con la convocación de hasta 5.000 a 10.000 milicianos locales. En caso de una invasión efectiva, como durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-70) se recurrió a todos los ciudadanos, tanto hombres como mujeres, para defender a la nación.

* * En los miles de documentos de archivo examinados para la preparación de esta obra, no 'hay una sola mención de la envergadura total del ejército. Evidentemente, solamente Francia y el tesorero, de cuyos registros se han compilado estas estadísticas, conocían efectivamente el tamaño total del sector militar del Paraguay. En efecto, incluso estos registros rara vez especifican la distribución de todas las compañías y, por consiguiente, es posible que no incluyan la totalidad de las tropas estacionadas en los regimientos de frontera.

El estado adquiría grandes cantidades de productos agrícolas, que incluían no sólo la yerba y el tabaco tradicionales, sino también productos tales como jamones, miel, tocino y guayaba, a través del cobro del Diezmo, y después de 1830, en cantidades decrecientes, a través de la contribución fructuaria. Esta disminución fue causa en gran parte de la disminución en las ventas de productos agrícolas al público durante la década de 1830. Ver apéndice A.

* En respuesta a numerosas quejas recibidas del interior, denunciando a los así llamados doctores en medicina que habían estado "suministrando drogas desconocidas con inmoderadas exigencias de honorarios y lo que es peor, con funestos resultados, [y] sin título, licencia ni autorización alguna", durante el consulado el gobierno había prohibido que nadie practicara la medicina sin una licencia de competencia del Estado, ordenando a los jueces locales que enviaran inmediatamente los nombres, nacionalidad, reputación, título o licencia, así como la tarifa de honorarios de todos los médicos y curanderos en sus distritos. (ANA, SH, leg. 223, Decreto de los Cónsules, sin fecha).

** Desafortunadamente, la dispersa e incompleta documentación municipal hace imposible determinar el costo exacto de los programas de obras públicas. Sin embargo, Rengger ("The Reign", p.167) indicó que en todo el Paraguay se percibía un impuesto mensual a todos los negocios, y en Asunción se cobraba un impuesto adicional, considerablemente superior, a los depósitos comerciales. Para documentación parcial, ver Categoría C de las Contribuciones Forzosas, en el cuadro 2. Ver también ANA, LC, leg. 22, 1823, rubro 16, que comienza registrando una "contribución mensual para obras públicas, aplicada a "los ciudadanos pudientes y propietarios de esta ciudad (Asunción)". Además se incluye documentación parcial de gastos de obras públicas en la categoría de Gastos de Operación del Estado del Apéndice A, y pueden encontrarse en los Libros de Caja correspondientes.

* Como un ejemplo, ver ANA, SH, leg. 393, Gill a Francia, 28 de Setiembre de 1825, en la cual, el Comandante de Pilar se quejaba que, a pesar que se le asignaban los abigeos por los jueces locales del distrito para las obras públicas, no consideraba esto como un castigo adecuado, particularmente debido a que los jueces locales ya no tenían la autorización de Francia para castigarlos en primer término con azotes. Ver también José Antonio Vázquez, "El Doctor Francia", pp. 622 y 623, para un caso de 1827, en el cual Francia prohibió a un sacerdote que golpeara a un feligrés.

** ANA, NE, leg. 1232, Cuenta ... Mayordomo de propios ... Asunción, año 1818. José Antonio Vázquez indica que, medido por el desarrollo de la época, el alumbrado era modesto, pero aún así Asunción consumía más de 500.000 velas anualmente, lo que proporcionaba trabajo para mucha gente ("El Dr. Francia", p.34).

* Hasta la fecha de hoy, para poder cruzar muchas calles en el centro de Asunción durante fuertes lluvias, uno debe vadear el agua o pagar un peaje de un guaraní para usar los "puentes" de tablas, atendidos por lustrabotas descalzos.

* Aunque la documentación incompleta y dispersa hace difícil reconstruir el volumen exacto del comercio interno, los recibos del impuesto a las ventas de productos traídos al pequeño puerto norteño de San Pedro en 1835 (ANA, NE,leg. 1286, Com­probantes de la Receptoría de San Pedro, 1835) indican una vigorosa actividad comer­cial. Entre estos productos había grandes cantidades de sal, tabaco, maíz, algodón, vino, aguardiente, cueros, rosarios, utensilios de cocina, hachas, machetes, cuchillos, tijeras, hierro, acero, camisas, sombreros, ponchos, pañuelos y diversos tipos de telas, incluyendo lino inglés importado.

* ANA, SH, leg. 242, Resolución de Francia del 30 de Agosto de 1834. Durante los años precedentes, Francia había solicitado listas de estudiantes de los maestros rurales. Ver José Antonio Vázquez, "El Doctor Francia", p. 39, para dicho ejemplo. Aunque el salario del maestro de Asunción, José Gabriel Téllez, fue reducido por este mismo decreto, siguió percibiendo aproximadamente el doble del salario de un maestro rural (ver Apéndice A) que se había establecido en seis pesos por mes, el mismo que para un operario rural calificado. Para un ejemplo de sueldos rurales, ver ANA, NE, leg. 739, Casimiro Rojas a Francia, 30 de Setiembre de 1838.

** Para principios de 1823, el Real Seminario de San Carlos prácticamente había dejado de funcionar. No tenía estudiantes de gramática y solamente trece estudiantes externos que estudiaban Latín. Esta disminución se debía a la falta de profesores calificados y al hecho que no podían ordenarse sacerdotes desde el retiro del Obispo Panés. Ver la serie de documentos conducentes a la clausura del Seminario en ANA, SH, leg. 441, Solicitud del Rector Mariano Agustín Goyburú, 7 de Enero de 1823; Francia a Goyburú, 21 de Marzo de 1823; Goyburú a Francia, 22 de Marzo de 1823 y Auto de Francia del 23 de Marzo de 1823.

* Wisner, "El Dictador", p. 140. Wisner relata que Francia realizó un censo en 1831, llegando a una población total de 375.000 habitantes. Pese a que la investigación en los archivos no reveló vestigios de un censo de 1831, se encuentran registros parciales de un censo de 1838 en ANA, NE, leg. 3281, 3283, 3284, 3286 y 3287. Sin embargo, la cifra de Wisner parece ser plausible; dado que no hubo guerras importantes, epidemias o hambrunas durante este período, una tasa de crecimiento del 3 por ciento de la población de 100.000 habitantes en 1798, daría por resultado 326.000 personas en 1838. Las 49.000 personas restantes muy bien podrían representar la inmigración.

** Desde 1814 a 1825, el Defensor de Pobres era un cargo municipal de Asunción, a pesar que también manejaba casos transmitidos a la capital desde el interior. En 1822, Francia creó el cargo de Defensor de Indios (ANA, SH, leg. 235, Suprema Orden del 10 de julio de 1822), y poco después el cargo de Defensor de Menores (Rengger, The Reign, p. 111). Estos cargos permanecieron bajo la jurisdicción muni­cipal de Asunción, hasta la abolición del Cabildo en 1824, fecha en la cual el cargo consolidado se convirtió en un cargo del gobierno nacional.

***ANA, LC. leg. 37, asiento 366, 11 de Agosto de 1834, en el cual Francia pagó al tesoro del estado 550 pesos por la libertad de sus dos esclavos, que técnicamente eran de propiedad del Estado. Sin embargo, uno de ellos, José María, perdió su libertad al cabo de varios meses, como castigo por haber robado dinero del tesoro.

* A juzgar de datos parciales de censo (ver nota en la página para referencias de archivo), no más del 2 por ciento de la población del Paraguay era de esclavos. Debe destacarse que por lo menos los esclavos empleados por el Estado recibían un salario equivalente al de una persona libre que realizaba la misma tarea. Para ejemplos, ver ANA, NE, leg. 1298, Comprobantes de la Tesorería General, números 322 y 503, 1838.

** Para ejemplos, ver ANA, SH, leg. 240, Francia al Comandante de Villarrica, 27 de Abril de 1829, en la cual el gobierno envió 800 cabezas de ganado a ser distribuidas entre la gente necesitada de la zona, exactamente como había hecha en San Isidro y Concepción; y ANA, SH, leg. 240, Francia a Ramírez, 3 de Setiembre de 1830, en la cual el gobierno distribuyó animales entre la gente necesitada del distrito de Itapúa y Curuguatí. Ver también ANA, SH, leg. 412, Estancia de Surubí ... año 1832, y ANA, SH, leg. 378, Francia al subdelegado de Santiago, 2 de Enero de 1840; y ANA, SH, leg. 244, Francia al Comandante de la Villa de Labrador, 9 de Abril de 1840, en la cual el gobierno envió 48 hachas, 6 azadas, 20 machetes, 100 cuñas de acero y 700 cabezas de ganado, para su distribución entre colonos necesitados de Terecañí.

* ANA, SH, leg. 240, Francia a Ramírez, 3 de Setiembre de 1830. Francia resolvió este problema del exceso de ganado, limitando sus cantidades y aumentando su distri­bución entre los necesitados. Ver notas en la página ???? para referencia de archivo.

* Lamentablemente, el decreto original del 19 de Mayo de 1831 no pudo ser localizado durante la búsqueda en el archivo, pero Francia se refiere al mismo el mes siguiente en su correspondencia con el Delegado de Itapúa (ANA, SH, leg. 241, Francia a Ramírez, 4 de junio de 1831). Ver también ANA, NE, leg. 1273, Ramírez a Francia, 13 de Junio de 1831, en la cual el delegado explica que había comunicado a los estancieros que serían multados si violaban la prohibición. La constante exportación de ganado hasta 1832 se debió al tiempo necesario para engordar la gran cantidad de ganado adquirida antes del decreto de Mayo de 1831 (BNRJ, CRB, 1-30, 2, leg. 6, Ramírez a Francia, 30 de Agosto de 1831, y ANA, SH, leg. 241, Ramírez a Francia, 30 de Diciembre de 1831).

 

 


CONCLUSIÓN

 

Por más extraordinaria que pueda parecer la revolución popular del Paraguay, es coherente con las corrientes ideológicas y realidades históricas de la era. De obvia influencia fueron las ideas básicas del pensamiento ilustrado del siglo XVIII y princi­pios del siglo XIX. Filósofos del comienzo de la ilustración, como John Locke (1632-1704) rechazaron la presunción que la estructura de la sociedad se derivaba de derechos divinos otorga­dos a los monarcas y declaró que los seres humanos pertenecían a un orden basado en la naturaleza. Esto condujo al concepto no solamente que el pueblo poseía los derechos naturales de vida y libertad, sino que, dado que los productos de la naturaleza derivaban su valor del trabajo humano exigido para producirlos, ese pueblo también tenía un derecho a los frutos de su propio trabajo.

Igualmente es evidente la influencia de Jean Jacques Rous­seau (1712-78), quien razonaba qué la soberanía en último tér­mino correspondía al pueblo, que, de su estado natural de libertad e igualdad, había celebrado un "contrato social" para proteger sus derechos naturales. Un caso que el orden social establecido fracasara en cumplir satisfactoriamente esta función, el pueblo poseía la autoridad definitiva para derrocarlo y establecer un nuevo orden que asegurara la satisfacción máxima de sus derechos inherentes. A pesar que tales conceptos son generalmente acep­tados hoy en día, al principio del siglo XIX en el Paraguay constituían una poderosa doctrina revolucionaria, no solamente contra el dominio imperial español y la Iglesia Católica, sino también cualquier tentativa por parte de la metrópolis argentina o las élites paraguayas para negar al pueblo su soberanía.

Las diversas escuelas del pensamiento ilustrado revelan otras similaridades con los principios fundamentales del Paraguay po­pular. Pese a que no existe claridad sobre cuál exactamente de las corrientes ideológicas era aquélla con la cual Francia estaba más familiarizado, ya que todos se basan sobre el mismo cuerpo básico de conocimientos, la superposición de ideas demuestra las principales fuerzas históricas que dominaban la época.

Basado en el concepto que toda la riqueza se derivaba de la tierra, la primera escuela moderna de economistas, fundada por Francois Quesnay (1694-1774) tomó el nombre de fisiocracia, lo que significa "el gobierno de la naturaleza". La fisiocracia al poco tiempo encontró su expresión -en figuras tan eminentes como Anne Robert Jacques Turgot, el polémico ministro de hacienda de Luis XVI, y Pierre Samuel Du Pont, quien actuó como ayudante para el Presidente Thomas Jefferson, a su vez grandemente influenciado por la doctrina fisiocrática. A pesar que la idea fisiocrática que en el orden natural el valor de todos los productos, incluyendo los bienes industrializados, se deriva­ban de la mano de obra insumida en su producción, era coherente con la propia filosofía económica de Francia, sus demás preceptos principales estaban en directa contradicción a ello. La doctrina elitista condonaba los latifundios y promovía una sociedad en la cual la mayoría de la tierra era de propiedad de quienes no realizaban trabajo manual ellos mismos -una creencia comple­tamente incoherente con la reforma rural radical del Paraguay. . Otra diferencia fundamental se observa en el hecho que la fisio­cracia, la primera doctrina en utilizar el término y la política del "laissez faire", sostenía que cualquier desviación del "orden na­tural" -tales como los impuestos al comercio o incluso el alivio organizado para víctimas de hambruna- constituía una violación de la ley natural y, por consiguiente, debía evitarse estrictamente.

Como el primer gran pensador en interpretar el pensamiento de la Ilustración de una manera explícitamente favorable al orden capitalista en consolidación, Adam Smith (1723-90), en su obra monumental "The Wealth of Nations" (1776), argumentaba que la única fuente de la riqueza era la producción resultante del trabajo y los recursos, y que el valor real de todos los productos podía medirse únicamente por la mano de obra insumida en su producción.

Aquí también es obvia una similitud con las creencias de Francia, como es el caso con muchas de las ideas políticas de Smith, tales como que la función del gobierno consistía en la previsión para la defensa nacional, obras públicas, la protección general del comercio exterior, el subsidio de las escuelas primarias para las masas y la tributación aplicada en proporción al nivel de prosperidad vigente bajo la protección del estado.

Sin embargo, los demás aspectos principales de la doctrina de Smith o eran inaplicables, o totalmente contradictorios al Paraguay popular. Como principal sintetizador de la teoría capi­talista, Smith sostenía la idea que la producción se incrementaba a través de la división del trabajo y por la introducción de maqui­naria -conceptos esenciales para el desarrollo de las metrópolis en vías de industrialización, pero de escasa incidencia sobre el Paraguay de principios del siglo XIX. De significación mayor, el concepto de Smith sobre las leyes capitalistas de oferta y demanda -de donde surgió la idea liberal del "libre comercio"­ demostró ser no solamente inaplicable, sino antiética. De acuerdo a Smith, las actividades industriales y comerciales irrestrictas de los empresarios privados -aunque motivados solamente por una búsqueda egocéntrica de la ganancia personal- eran guiadas por la "mano invisible" del mercado, de modo a dar por resultado en una producción más eficiente de mercaderías; de este modo, a través del laissez faire -o bien, como lo formulaba Smith, "el obvio y simple sistema de la libertad natural"- la "mano invi­sible" del capitalismo en último término serviría para promover los mejores intereses globales de la sociedad. Y mientras la inhu­mana explotación de la clase obrera europea atestigua la miopía del análisis de Smith incluso en las metrópolis capitalistas, la aceptación de estos principios en las dependencias económicas de dichas metrópolis, demostró ser la "mano invisible" del neo­colonialismo, que solamente promovía los intereses de la oligar­quía y los imperialistas a expensas del pueblo latinoamericano.

Al cabo de algunas décadas, los contemporáneos y seguido­res de Adam Smith, tales como jean Baptiste Say (1767-1823) y David Ricardo (17.7,2-1823), habían eliminado el bienestar social y las consideraciones. morales de la teoría en desarrollo del capi­talismo. Las tétricas ideas de Thomas Robert Malthus (1766­1834) presentadas por primera vez en su "Essay on the Principle of Population" (1798), rápidamente fueron adoptadas como una racionalización de la brutalidad del capitalismo. Malthus sostenía la teoría que debido a que la población aumentaba geométrica­mente, mientras que la producción de alimentos crecía sólo arit­méticamente, la tierra se enfrentaba a una inminente superpobla­ción. Malthus recomendaba que no se extendiera absolutamente ninguna beneficencia ni alivio a las masas sufrientes, puesto que alegaba que su miseria era un resultado de la ley de la naturaleza, no de la explotación capitalista; por consiguiente, la responsabi­lidad de aliviar su situación les correspondía a ellos mismos, y no a las clases altas.

Estos economistas clásicos presentaban las suposiciones bá­sicas de la Ilustración en una manera que servía para apoyar el orden económico y social del capitalismo liberal por medio de su énfasis sobre el individuo egocéntrico como unidad social fundamental. Pese a que Francia utilizó sus ideas, las diferencias entre el sistema socioeconómico del Paraguay de principios del siglo XIX y el derivado de estas teorías, excedían en mucho las similitudes. Las convicciones de Francia están identificadas más estrechamente con las de Constantin Francois Voíney (1757­1820) quien, en "Les Ruines" (1791) rechazó las ideas liberales que la sociedad comprendía esencialmente individuos no conec­tados y estableció el concepto de la sociedad como un todo orgánico, es decir la suma total de todo su pueblo y sus actos. En efecto, como se ejemplifica con preceptos tan fundamentales como el trabajo en comunidad y la subordinación de los intereses individuales al bienestar público, las prioridades del Paraguay popular muestran similitud mucho mayor con las interpretaciones promulgadas por los críticos contemporáneos del capitalismo, que asignaban la máxima importancia a los aspectos sociales del pensamiento ilustrado.

Enfatizando no solamente la igualdad política -que los liberales capitalistas teóricamente sostenían con la forma del go­bierno representativo- sino también la igualdad social y econó­mica, estos filósofos creían en la perfectibilidad final de la naturaleza humana. Veían el concepto competitivo del laissez faire, de la "guerra de todos contra todos" como la antítesis de la disposición natural del pueblo para cooperar. Basándose también sobre las obras de Locke y Rousseau, estos idealistas, mientras incorporaban los aspectos reformistas de sus contrapartes del "establecimiento", fueron mucho más lejos que ellos y sostenían teorías radicales de organización social. El primero de los utopis­tas Francois Noél Babeuf (1760-97), propuso la nacionalización de todas las industrias importantes y la eliminación en último término de la propiedad privada, aboliendo la herencia. En una tendencia similar, el Conde Henri de Saint-Simon (1760-1825) abogaba por la igualdad de la oportunidad para todos. En su "Nouveau Christianisme" (1825), Saint-Simon argumentaba no sólo en favor de la destrucción del antiguo orden, sino también su reemplazo por un nuevo orden pacifista, basado sobre el concepto que "todos los hombres deben mirarse unos a otros como hermanos".

Ninguna de estas teorías podía haber servido en realidad como modelos para el Paraguay del siglo XIX, principalmente porque todos ellos se desarrollaban en el marco del contexto histórico de las metrópolis mundiales, y no en sus dependencias superexplotadas. Considerando, sin embargo las dos corrientes principales del pensamiento ilustrado -los seguidores pragmá­ticos y los críticos idealistas del capitalismo- el Paraguay popu­lar incuestionablemente está más estrechamente vinculado con estos últimos.

La aceptación de la doctrina económica capitalista y su ideo­logía de apoyo, influenciaron profundamente el curso de los eventos al principio del siglo XIX en América Latina. Adoptando sus preceptos, las élites metropolitanas americanas formaron alianza con sus contrapartes europeas, no solamente con el fin de derrocar el antiguo orden colonial, sino también para estable­cerse ellas mismas en la cúspide del nuevo orden neocolonial. Las élites criollas en virtud de ello se convirtieron en los nuevos dominadores, contra quienes los dominados necesariamente diri­gieron su lucha por la liberación. En efecto, la causa fundamental de las prolongadas guerras civiles en el Río de la Plata, se encuentra en esta más básica de todas las dinámicas históricas -el conflicto entre los oprimidos y los opresores.

Apoyando la lucha del Paraguay contra su dependencia, las demás provincias del Río de la Plata absorbieron el impacto de los esfuerzos de los porteños para mantener el control sobre la región, impidiendo de este modo una invasión efectiva que podría haber aplastado la revolución autónoma del Paraguay. Además, de la misma importancia, la tradición del Paraguay daba al país todos los elementos necesarios para el surgimiento del moderno nacionalismo de masas -una conciencia popular en la cual gran­des segmentos de la población, que identifican sus intereses como los de la nación, reconocen las grandes ventajas de la nación­estado unitario, al cual comprometen su lealtad y activo apoyo. El pueblo paraguayo, biológicamente homogéneo como un resul­tado de siglos de mestizaje, también compartía una lengua, reli­gión y cultura comunes. Su territorio nacional -un área relati­vamente compacta y densamente poblada- no estaba dividido en regiones con intereses conflictivos y, por consiguiente, contra­riamente a la situación en las naciones latinoamericanas más grandes, el Paraguay no tuvo. que esperar el desarrollo de tecno­logías cohesivas tales como el buque a vapor, el telégrafo y el ferrocarril. Además, mientras que las agresiones imperialistas de su antiguo antagonista, el Brasil, y, aún más importante, de su metrópolis americana, Buenos Aires, representaban una amenaza externa alrededor de la cual podía formarse con facilidad un consenso de ideología política, las élites española y criolla pro­porcionaron una "otra" interna, que sirvió como un foco aún más inmediato para la emergente identidad social del pueblo.

Aún así, si éstos hubieran sido los únicos factores históricos que ejercieron influencia en la joven nación, el nacionalismo en el Paraguay podría muy bien haber adoptado la forma tradicional de élite, intelectual y con base urbana, que fue la característica en toda América Latina durante el siglo XIX. Sin embargo, contrariamente a las demás naciones latinoamericanas, el Para­guay ocupaba una posición periférica extrema en el imperio es­pañol. Esto impidió eficazmente el desarrollo durante el período colonial de una élita criolla poderosa y sofisticada, que hubiera podido implantarse con fuerza en la cima del nuevo orden social nacional. Destrozada por divisiones internas y sufriendo los efec­tos de las agresiones españolas, portuguesas y porteñas, la inex­perta élite criolla se encontró virtualmente paralizada, incapaz de gobernar efectivamente la provincia. Dado este punto muerto histórico, el liderazgo de Francia que otorgó una forma naciona­lista a las aspiraciones y poder del pueblo, demostró ser el factor decisivo para poner en práctica y mantener la revolución social popular.

No obstante -como nos ejemplifican contemporáneos tales como José Artigas en el Río de la Plata y los Padres Miguel Hidalgo y José María Morelos en México- los movimientos populares, junto con su liderazgo revolucionario, se extendieron mucho más allá de las fronteras del Paraguay. Además, como lo demuestran los ejemplos de Túpac Amaru II en el siglo XVIII en Perú y Emiliano Zapata en el siglo XX en México, estos movimientos populares no se limitan a este o aquel otro período de la historia americana. La fusión propiamente dicha del lide­razgo revolucionario con las fuerzas populares en el Paraguay del siglo XIX, por cierto no puede considerarse como singular; lo que es de resaltar es su éxito.

Aunque ningún proceso de cambio social puede servir de un modelo para cualquier otro, la revolución radical del Paraguay incluye varios componentes fundamentales necesarios para cual­quier revolución exitosa en América Latina. Al desmantelar su tradicional sociedad dependiente, los paraguayos negaron tanto a élites española y criolla su status dominante social, económico y político, impidiéndoles de este modo continuar dirigiendo los asuntos de la nación en el rumbo de sus intereses de clase superior. Junto con la eliminación de la dominación de la oligarquía, el Paraguay se rehusó a ceder ante las agresiones del imperialismo argentino, escapando de esta manera a la nueva dependencia sufrida por las demás provincias del antiguo virreinato, que con­tinuó siendo dominado por Buenos Aires a medida que emergía como la submetrópolis americana del orden neocolonial en el Río de la Plata. A través de un estricto control del estado y una amplia reforma rural, el Paraguay además diversificó su tradicio­nal economía de monocultivo y desarrolló una economía equili­brada, diseñada a satisfacer adecuadamente las necesidades fundamentales de todo el pueblo -la primera nación en toda la historia de América en alcanzar una meta tan radical.

La implementación de estos cuatro factores fundamentales -la remoción de las élites, la liberación de la dominación impe­rialista, la implantación de una reforma rural igualitaria, y la institución de un rumbo estatal racional de la economía-propor­cionaron al Paraguay los medios de salir de su dependencia tradicional y establecer una nación verdaderamente autónoma. En efecto, la implantación exitosa de estas medidas básicas - tanto actualmente como hace 150 años- es la base de la indepen­dencia y el desarrollo. Puesto que la independencia política so­lamente, sin la independencia económica, históricamente ha dado como resultado nada más que lo que hoy en día se denomina el subdesarrollo.

 


PRESUPUESTOS NACIONALES DEL PARAGUAY

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1816

 

PRESUPUESTO NACIONAL DE PARAGUAY 1918

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1820

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1822

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1823

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1828

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1829

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1831

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1833

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1834

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1835

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1837

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1838

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1839

 

PRESUPUESTO NACIONAL PARAGUAY 1840

 

 

 

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REPÚBLICA DEL PARAGUAY (GOBIERNO Y GEOGRAFÍA)

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