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LEONARDO GONZÁLEZ


  LA ESENCIA DEL SER Y DESCRIPCIONES DE LO ABSOLUTO, 2009 - Obra de LEONARDO GONZÁLEZ


LA ESENCIA DEL SER Y DESCRIPCIONES DE LO ABSOLUTO, 2009 - Obra de LEONARDO GONZÁLEZ

LA ESENCIA DEL SER Y DESCRIPCIONES DE LO ABSOLUTO

Obras de LEONARDO GONZÁLEZ

Impresión Editora LITOCOLOR S.R.L.

Asunción – Paraguay

2009 (198 páginas)

 

 

 

A esto.


I

Lo que es, es.

1

La incomprensión de lo que es, se debe precisamente a que se participa en ello: a que se es.

2

Esta misma incomprensión, posibilita la comprensión.


II

Pero si no es dable simplemente ser, es necesario que haya un sujeto, un objeto y un proceso.

3

El sujeto, el objeto y el proceso no son sino proyecciones del ser. Ellos en sí mismos forman la sustancia de lo que es, independientemente de cómo se los configure.

4

Por eso, si éstos desaparecen, se funden en lo que en realidad son: lo que es.


III

De ahí que la conciencia configure todo.

5

Siendo entonces, carente de sustancia toda investigación trascendental acerca de una realidad exteriormente manifestada.

6

Porque la realidad o irrealidad del mundo, los individuos, las experiencias, etc; son cuestiones verdaderamente fútiles sin conocer lo que es.


IV

Empero, toda configuración de la conciencia es nula.

7

Porque consiste en la simple manifestación burda del ser

8

Que, para lo que es, consiste en lo mismo


V

Puesto que es un círculo infinito.

9

Ya que, toda creación revuela ilimitadamente hasta sí misma.

10

Demostrando finalmente, que la realidad no es sino un ejercicio lúdico, sin una finalidad trascendente.


VI

Mas, careciendo de forma, es asequible la omnisciencia.

11

Que no es sino el conocimiento de lo que es a cada instante.

12

Que trasciende los estados de la conciencia.


VII

Y el Yo ubicuo se manifiesta, mostrando lo que es a la Potencia Absoluta.

13

Desplegándose lo que es dado en llamarse infinito o eternidad

14

Para finalmente entender que lo que es, es.



LA ESENCIA DEL SER


I

Lo que es, es.

 

Definición:


Lo que es: es lo incondicionado y autoevidente, que es.


Explicación del aforismo:


Nada hay que no sea, que manifieste ser; a no ser que lo que es sea manifestado. Porque lo que es, es lo único que puede ser: lo que no es, fuera de lo que es, no es; y no puede jamás ser. Siendo entonces lo que es, lo que debería ser (puesto que no puede ser de otra manera) y lo que no puede dejar de ser (desde lo que cabe crear lo que sea, aun lo que no es), porque desde siempre fue.


Por eso, inherente a toda forma de lenguaje, cognoscibilidad o manera de configurar la realidad; es innegable aceptar lo que es (puesto que nada ni nadie puede negarlo). Es más: aun fuera de lo que cabe, lo que es es lo único verdadero, independientemente de su concepción.


La paradoja consiste en que no es posible negar ni afirmar lo que es: simplemente ser. Porque no se consolida ni se refuerza al afirmarlo, ni puede dejar de ser obvio al negarlo. Lo que es, careciendo en sí de toda designación, encierra todas las categorías de creación; tanto en las que se contiene como en las que no, en infinitudes concéntricas (esto es mero lenguaje). La razón de ello es que el ser no puede negar lo que es, no pudiendo dejar de ser por sí mismo.


Lo que es no puede dejar de ser, ni haber empezado a ser: simplemente es. Y esto es lo que es, y no puede dejar de ser: porque realmente nunca comenzó a ser; aunque siga siendo: ya que jamás dejará de ser.


Colofón:

 

1

La incomprensión de lo que es, se debe precisamente a que se participa en ello: a que se es.


Es casi imposible comprender el ser debido a una terrible deficiencia inherente a la mente: que le es dado percibir todo, menos a sí misma. O sea que para el ser, no es asequible el no ser, puesto que dejaría de ser si lo fuere. Porque lo que es, es para siempre.


Por tanto, el problema principal al que se enfrenta el ser es al de la nada, configurada como el no ser. Así es que la mente se enfrenta a su propia destrucción, a su propia no mente, lo cual, de ser asequible, sería un absurdo (en lo que concierne a la mente).


En lo que concierne al ser, es totalmente prescindible la mente, la comprensión o lo que fuere; puesto que para lo que es, simplemente basta ser: nada más.


De ahí que la mente no perciba ni comprenda, puesto que esa es su función; ya que para hacerlo debería desaparecer, cesar si fuese posible. Pero no hay contradicción en que el ser sea, puesto que su propósito se cumple a cabalidad, allende lo que fuere.


Así es como todo lo que es, es, independientemente de lo que no es, en todo. Ya que todo el ser o el no ser, participa de lo que es, lo perciba o no. Sólo que, finalmente, lo que no es no puede jamás participar del ser, en el sentido de atribuirse el ser; justamente porque no es. Mas, lo que es, de hecho, constantemente lo está haciendo: y esto es una tontería.


Por último, se repite que sólo cabe decir que lo que es, es: y nada más. Fuera de esto, el ser busca lo que no es, lo cual, si lo hace, es completamente estúpido.


Colofón:

 

2

Esta misma incomprensión, posibilita la comprensión.


Si todo fuese asequible, comprendido, manifestado, no habría fin alguno y todo sería incausado; y así es, sólo que para lo que no cabe, es imposible que sea. Ahora, por lo que es vedado y oculto, existe la posibilidad de entenderlo. De hecho, la comprensión ya es, pero se tiñe a sí misma con el autoengaño de que hay aún algo que comprender.


Lo absurdo del caso es que la comprensión quiere comprender. O sea, que el ser, pretende acceder a lo que es, desconociéndose a sí mismo como es. Esto es lo que crea la incomprensión, la ignorancia o el olvido de la comprensión en sí.


Pero, más allá de toda absurdidad, esto mismo hace posible la vuelta a la comprensión: el hecho de no comprender. Es decir que el ser, habiendo querido ser otra cosa de lo que es, intuye la posibilidad de lo que es, que es lo que siempre fue desde el principio. Aunque en la absolutidad, lo uno y lo otro sean lo mismo (el comprender y el no comprender).


Por tanto, no puede hablarse de un conocimiento nuevo o de una sabiduría adquirida para el ser, puesto que siempre fue lo que es; sino de la simple separación de una ignorancia autogenerada.


Finalmente, lo que es, es ahora, y es accesible en este mismo momento. Sólo que el ser, tontamente se busca a sí mismo, desconociendo lo que es. Y, habiéndose percatado de esto, comprende que esto es lo que tendría que haber sido, lo que debería ser, o sea: lo que es.


Addendum:


¿De dónde he venido? De ahora. ¿A dónde voy? Ahora. Este es mi origen y mi consumación. Por tanto, conociendo el principio, ¿hemos de desconocer el final? Los ignorantes desconocen la verdad, puesto que están atrapados en el tiempo, por sus garras destrozados, bajo sus mandíbulas desmenuzados. Y aun, viendo la realidad tal cual es, ¿cómo mostrarla, siendo ésta atemporal? Ciertamente no cayendo en sus redes conceptuales y engañosas de dogmas, teorías y filosofías.


Porque el que comprende la verdad, puede hablar de ella de cualquier manera, así como el que entiende varios idiomas puede decir lo que quiera en todos ellos. Paradójicamente, esto crea más sistemas y explicaciones marmolizadas, muertas, incomprensibles para el que no es verdaderamente.


Por tanto, siendo de verdad, siendo lo que es, ¡esto es lo único realmente liberador! No que el decir que uno da testimonio de la verdad haga de los demás mentirosos, puesto que la mentira jamás puede ser la contraparte de la verdad en lo absoluto. Cuando se ve lo que es, no hay más opuestos, dualidades, conflicto: todo brilla refulgentemente con la misma luz de la realidad. ¡Y esta realidad se manifiesta como el origen de todo!


Aun, la humildad es necesaria. Y esto significa simplemente saber el verdadero valor de las cosas, de uno mismo, de los demás, de todo. Por tanto, si uno encuentra resistencia, no es realmente humilde. Puesto que la resistencia está en la hipocresía, en la envidia, en el odio: ¡y nada de esto es la luz!


La luz es magnífica. Tan inocente, tan evidente, y aun: impenetrable, inexpugnable. ¡No hay manera de engañarla! ¡No hay fingimientos frente a ella! Puesto que entonces se estaría obrando con la mentira y el autoengaño, como la miserable tortuga arrastrando su caparazón de dolor, angustia y desesperación.


He ahí la importancia de ver lo que es. El miedo, el sufrimiento, la mentira, ser capaces de señalarlos; pero no para rechazarlos y echarlos fuera, sino para aceptarlos como parte de la totalidad. Prestar atención al hecho. ¡Esto es iluminación instantánea! No arrojarse al abismo del pasado, hurgando retazos podridos de verdades marchitas, aun cuando sepamos que los testimonios de los que conocemos, sean verdaderos. Puesto que esto es alienación del presente, de lo real, lo que causa muerte aquí y expiración luego, disolución en la inconciencia, en la oscuridad. Además, así como cada primavera nuevas flores engalanan los campos, ¿cómo hemos de pensar que en cada generación no han de aparecer también sabios, profetas, iluminados, maestros?


Entonces, conocer la verdad, lo real, radica en conocer que somos de ella. ¡Dejen que los santurrones se atraganten con sus rosarios y crucifijos, que mucho todavía han de alabar lo que no conocen! El que conoce eso de lo que todas las religiones y maestros han hablado, no puede sino saltar de alegría por la verdad, sintiendo, no obstante, cariñosa compasión por estos necios.


De nuevo, no que el que desconozca la verdad sea excluido por ella, ¡eso jamás! La bendición, la gracia consiste en que todos vamos a ella, moviéndonos en ella, respirándola, siendo acosados por ella, y aun, destrozados y expurgados de nosotros mismos. ¿Quién se cree en posesión de ella? Sólo el tonto, porque el que conoce su verdadero poder sabe que no tiene ninguno. ¡En la morada de paz todo los días es una eterna bienvenida! Todo es siempre nuevo, siempre expansivo. El mundo se convierte en un lugar bendito mientras la maravilla de su continuo descubrimiento no se termina nunca.


II

Pero si no es dable simplemente ser, es necesario que haya un sujeto, un objeto y un proceso.


Definiciones:


Sujeto: ente al que es dado la capacidad de ser.


Objeto: esencia concreta y perceptible por el sujeto.


Proceso: causa y finalidad en la aprehensión del ser.


Explicación del aforismo:


Lo que es, simplemente es: y esta manifestación es absoluta y perfecta. Porque el ser participa ininterrumpidamente de sí mismo, siendo lo que debería ser desde siempre. Y esto continúa así autónomamente de lo que suceda. Porque el ser es, independientemente de cómo se lo configure. Aunque los modos, formas y representaciones del ser varíen, éstas no tienen injerencia alguna en lo que es; puesto que lo que es, es el ser en la absolutidad.


Pero cuando lo que es, es imperceptible e ininteligible, surge un sujeto cognoscente, un objeto conocido y un proceso por el cual se hace asequible el conocimiento relativo de lo que es.


Llamativamente, este conocimiento surge de una ignorancia fatal, que, al fin y al cabo, no puede salir de sus propias fronteras. O sea que el ser no puede conocer ni ignorar nada, excepto a sí mismo.


Y así surgen los factores de conocimiento del ser, los soportes que hacen posible esta ignorancia y conocimiento. De la necesidad concreta y autocreada del ser de conocer lo que es, habiéndole sido imposible conocerse a sí mismo esencialmente.


Colofón:


3

El sujeto, el objeto y el proceso no son sino proyecciones del ser. Ellos en sí mismos forman la sustancia de lo que es, independientemente de cómo se los configure.


Lo que es, es absoluto y carece de atributos o calificaciones. Pero cuando lo que es se manifiesta siendo en el ser, surge el problema de representarse a sí mismo, para lo cual vienen estos factores de conocimiento del ser, que lo hacen posible.


Sólo que es irrealizable conocer o ignorar nada fuera de lo que es, por tanto, el ser se sirve de este andamio o estructura para acceder a lo que es, que no es sino sí mismo en la absolutidad.


Ahora bien: al surgir el sujeto, objeto y proceso de conocimiento del ser, surge la relatividad de la percepción, representación, sensación o conocimiento que no son sino comprensión, en lo que concierne a los fines.


Por tanto lo que es, que es autoabarcado y simple; se vuelve múltiple y complejo, dependiendo de los tres factores de conocimiento del ser, que lo van configurando y conjugando en una infinita gama de posibilidades y combinaciones.


Colofón:


4

Por eso, si éstos desaparecen, se funden en lo que en realidad son: lo que es.


Cuando la relatividad del ser se ausenta, muestra lo que es en la absolutidad. Siendo entonces, toda investigación acerca del objeto, proceso o sujeto separados de entre sí, totalmente absurda y fútil, puesto que no disipará la ignorancia esencial acerca del ser. Vale decir, las interrogantes acerca de si el objeto es insensible o no, si el proceso es parejo para todos o si la experiencia de los sujetos es igual o no, es nula en el sentido de que nunca ha de conferir un conocimiento que salga de dentro de los linderos de lo relativo; siendo entonces, inútil e inservible en lo esencial.


Puesto que estos factores de conocimiento del ser no hacen sino expandir la ignorancia, en el sentido de que se posibilitan innumerables combinaciones en la configuración primaria que lo originó: la falta de comprensión de lo que es.


No obstante, cabe decir que esto fue absolutamente necesario para el ser, no afectando, desde luego en lo más mínimo a lo que es.


Por tanto siendo lo que es carente de atributos, estructuras o andamios, es obvio que cuando desaparecen el sujeto, objeto y proceso (o se funden en uno solo), termina la ignorancia (o deja de ser válida) y deviene, por sí solo, lo que es.


Addendum:


Hablar de la verdad es apasionante. La lengua se mueve como si fuese consumida constantemente por un fuego sin color y el corazón parece ahogarse. Pero, callar acerca de ella, no la hace menos espectacular, menos intensa; puesto que siempre mantiene su frescura y vigor, su estado de éxtasis en expansión constante. Por eso es irrelevante hacer ambas cosas.


Las enseñanzas, entonces, son como soldados asediando perpetuamente una ciudad inexpugnable. Bajas inútiles, cadáveres de mentes diseminadas a través de la historia serán, por cierto, las filosofías, dogmas, religiones y demás divertimentos, como neblina que ofusca la gozosa visión de lo real: clara y lúcida, siempre brillante cual sol de mediodía.


No hay necesidad miedosa de pedir a un dios desconocido nada por la oración, ni de controlar, por meditación, la rosa marchita de la mente. Puesto que se ven los pétalos otrora tan suaves y las espinas tan amenazadoras como ceniza inerte, machacada, muerta. Uno puede hacerlo, si así lo desea, y este deseo no es compulsión, ni temor, ni ansiedad, ni lujuria, ni culpabilidad; sino que es pura elección, consciente decisión, lúcida opción, libertad total, completa. ¡El no temer lo que venga después es sólo para valientes, para los que son realmente grandes! Dioses, duendes, juicios finales, diablillos, fin de los mundos, ¡qué cosas no imagina una mente embotada por el miedo! Mas la comprensión garantiza la paz aquí y ahora, el no miedo cuya contraparte no es la temeridad de arremeter contra ángeles de ensueño, sino la alegría de saberse exento de impuesto del más allá, libre de adquirir visas a cielos o infiernos.


Ver cómo se recogen telas sucias y podridas para remendarlas en vestidos mugrientos de verdades fantasiosas es desgarrador. ¡Los reyes tiran sus manjares a los perros y van corriendo por los pantanales lamiendo migajas en el fango! El conflicto en el que se sumen las mentes, el pecado tan evidente y asqueroso, ¡cómo chorrea cual espumarajo rabioso de todas las bocas! Y aun, todo esto es necesario.


Pero, ¿dónde está la alteridad, la dualidad? La ambivalencia de las verdades que se ofrecen en el mercado del mundo, ésta o la otra, cada cual con su precio en acciones, con su valor moral, con su deuda de karma, con su crédito de orgullo, una mejor y otra más valiosa, o una peor que la otra; ambas envenenadas de iniquidad, de miedo, ¡todas putrefactas, explotando en las manos del que gastó toda su fortuna en ellas! Incluso el diablo, el muy estúpido, sólo ha sacado unas pocas monedas del negocio, ¡los míseros céntimos por los que ha comprado las almas de los necios! ¡Cómo les roe el estómago a las multitudes! ¡Con qué morbo sufren sus injusticias! Apretujados en los mercados, pujan por encontrar alguna verdad que alivie, sólo para zamparse amargo tónico de pecado autocreado, de dios acusador. Pero si se ve esta maléfica transacción, este jueguito macabro lleno de dolor, se es libre ahora mismo. ¿Qué resurrección de verdades será posible cuando la eternidad ha sido atrapada por el presente? ¿Qué reencarnación de intuiciones logradas sobrevendrá al saber que ya no necesitamos mendigar esperanzas? Los que ruegan en el mercado se conforman con migajas y riñen por el polvo, pero si se es dueño de la tienda, ¿qué se hará?


III

De ahí que la conciencia configure todo.


Definiciones:


Conciencia: campo consubstancial y continuo de manifestación del ser.


Todo: la suma completa de fluctuaciones de la realidad del ser, manifestadas o no.


Explicación del aforismo:


En lo que concierne a lo que es, la absolutidad impide y posibilita al mismo tiempo toda forma de manifestación ajena a sí misma. Mas, cuando el ser, dotado de una conciencia generadora, empieza a funcionar, elucubra y construye lo que es dado en llamar realidad.


Y la conciencia, que es la esfera de expansión del ser, experimenta y concibe lo que es de manera perpetua. Ahora, en su manifestación burda, que es la mente, percibe sus propias construcciones de manera variada, alternada e intermitente; aunque, dentro de un esquema mayor, mantiene la continuidad de este flujo heterogéneo.


Por tanto, la mente, de acuerdo a sus propias tendencias elabora y confecciona su propia existencia, a través de una recreación diversa y múltiple. Es decir, conspira en contra del conocimiento de ella misma, puesto que el conocer el origen de la mente, hace que ella cese; o al menos, se retraiga momentáneamente.


De ahí que la mente haya creado la realidad, en un fulminante intento de conocerse a sí misma, no obstante, erigiendo paradojalmente, una inmensa barrera de ignorancia.


Finalmente, se evidencia que casi nunca hay verdadera aprehensión en el conocimiento de la realidad manifestada (aunque se la conozca toda), puesto que ésta se recrea continuamente; incluso en la realidad inmanifestada y no dual, que es la que hace posible y genera toda forma de conocimiento.


Colofón:

 

5

Siendo entonces, carente de sustancia toda investigación trascendental acerca de una realidad exteriormente manifestada.


Habiendo dilucidado que hay un sujeto que conoce, un objeto conocido y un proceso que posibilita el conocimiento, sería absurdo emprender una búsqueda de alguno de estos tres factores separadamente, porque sólo funcionan en conjunción. Ya que, ninguno tendría sentido o propósito sin los otros dos. Esto es evidente cuando se percibe lo que es.


Por eso resulta sumamente interesante la exploración y el escrutinio de la realidad, manifestada coherentemente a través de estos tres factores. Este es el principio de toda ciencia o expresión de la mente.


Por tanto, para obtener un conocimiento lo más certero posible acerca de lo que la mente configura como realidad, es necesario comprender estas sus manifestaciones; para luego, aprehender su mayor manifestación: la realidad misma.


Así que es difícil imaginar que la realidad es ajena a la mente o viceversa. Mas, en lo concerniente a la practicidad del método de investigación del ser, mejor es indagar la mente en sí antes que la realidad, como manifestación exterior de ella. A no ser que se vea la realidad como inmanente a la mente. Porque (si bien para lo que es, esto es absolutamente trivial) si no, surge una confusión funesta acerca de la naturaleza real de las cosas.


Colofón:

 

6

Porque la realidad o irrealidad del mundo, los individuos, las experiencias, etc; son cuestiones verdaderamente fútiles sin conocer lo que es.


Independientemente de que el avance del conocimiento y el descubrimiento de nuevas cualidades y aspectos de la realidad arrojen una luz de esperanza y expectativa acerca de alguna meta final, ésta verdaderamente no existe. Puesto que lo que es no está sujeto a concepciones científicas o filosóficas, porque de ser así, la realidad estaría cambiando y amoldándose constantemente a la luz de nuevas teorías. Obviamente, lo que sucede es lo opuesto a esto.


La futilidad de toda investigación formal, entonces, queda manifiesta por la inviabilidad de sus métodos, lo dubitable de sus argumentos, lo refutable de sus teorías y lo fugaz de sus experimentaciones. Pero la efímera duración o el mantenimiento de las teorías “en boga” es la clave para entender la infranqueable barrera entre las ciencias del conocimiento y lo que es.


Inaceptable entonces, sería la validez de todo tipo de búsquedas o indagaciones personales que lleven a construcciones de esquemas o estructuras teóricas de conocimiento; llámesele filosofía, epistemología, ontología, etc.


Addendum:


Es más duradero construir pilares sobre las aguas del mar, para luego levantar murallas a las nubes, que inventar sistemas filosóficos, religiosos, morales y demás. Verdades prefabricadas como si se colocase basura en paquetes bien etiquetados. La futilidad de ello es autoevidente, por lo que, el ver que haya esfuerzo, que se estudie, que se aprenda, es realmente maravilloso.


Deseos ordenados en estantes, ansias colocadas en despensas, lujurias aplacadas y guardadas en paquetes de culpabilidad, acciones recordadas con el morbo del deber bien hecho o con venenoso arrepentimiento, ¡ingente, innumerable, inabarcable es la energía utilizada, y todo para futilidad! El universo es desperdicio, y aun: todo se mueve. Ciegos jugando maratones de millones de kilómetros, profundamente adentrados en la oscuridad, sordos gritándose verdades compradas cada vez más fuerte y retrasados mentales resolviendo enigmas. ¡La creación desfila su absurdidad a luz rampante y nadie es capaz de ver la gracia!


¿Por qué es imposible ver quién somos? ¡El misterio resuelto rasguña ojos sangrantes! Los que lloran, los que ríen, los que mutilan, los muertos, ¡todos bailan a la melodía del absurdo, sin ser capaces de sentir felicidad! Momento a momento se yerguen gigantes de logros contundentes, para ser continuamente rechazados por la mente alerta. Conciencias de autoconocimiento, lumbreras de compasión, sabios ataviados de inmortalidad, ¡todos conscientes de la absurdidad y llenos de gracia! ¿Por qué, otra vez, por qué no inunda el gozo? ¿Por qué no llega jamás el expreso de la felicidad? Aun persiguiéndonos a la velocidad de la luz, ella parece alejarse cada vez más y más. Claro, el que pregunta es la misma respuesta: codicia, enojo, terquedad, ansiedad, ignorancia, estupidez.


Vencer es ser vencido. Ganar ya es perder. Vivir significa estar muerto completamente. En paz insondable, inherente, incontrolable. No hay muralla que impida ver más allá de la muerte, porque no hay temor de morir. Lo desconocido se descubre a cada instante y nada causa miedo. Las murallas de misterio que guardan nuómenos baratos, sólo sirven cuando se vive encerrado en la propia mente, ensimismado cual puerco zampado en el barro. Pero cuando se levanta la vista, lo misterioso es motivo de diversión, lo sacro da pena, lo divino se vuelve cotidiano.


Romper con todo lo que existe es verdadera renuncia. Porque sólo se puede disciplinar lo viejo, lo podrido, lo perezoso. Lo que es siempre nuevo, siempre gozoso es imposible de mesurar, de dosificar, de dominar. Rechazar el pensamiento más sublime, cerrar la puerta a esperanzas de ultratumba, pisotear lucitas y chispitas de éxtasis, olvidar ansias de iluminación, abandonar pretensiones de santidad, todo esto es el inicio de vivir. No que haya muerte independiente a lo vivo: sino que nada puede morir absolutamente para el que despertó. Puesto que no existe vida separada de muerte y viceversa: porque son la misma cosa. La vida y la muerte se paren mutuamente, continuamente. Y de estas pariciones surgen los porqués, siempre ansiosos, monótonamente ávidos, sin dejar de dudar. Siendo momentáneamente satisfechos por respuestas prefabricadas de verdades remendadas, de segunda mano, llenas de polvo e ignorancia. Pirámides mentirosas de ilusoria arena que se esparcen ante el más leve soplo de verdad.


Perpetua es la sed que no se sacia con todas las aguas del mar. ¡Los buscadores se entretienen en el desierto por siglos con espejismos baratos! Inútiles investigaciones de toda una vida, juveniles afanes preparados para ser destrozados, seniles desilusiones esperando ser trocadas en migajas de cielo, ¡cómo es posible buscar lejos lo que se tiene en las narices! Puesto que el mismo acto de buscar ya es signo de condenación. No que no se haya perdido nada, pero lo que ya se tiene, ¿cómo buscarlo? Encontrar la búsqueda en sí termina todo afán de escrutinio, al dejar de moverse, todo queda en su adecuado lugar. O si no, la necesidad será eternamente insatisfecha con aplaques pecaminosos, ¡veneno obliterante que alimenta cuerpos muertos!


Entonces no hay porqué. Y si hay, es inicio de absurdidad, de sabiduría. Pero la gracia, la gracia es otra cosa...


IV

Empero, toda configuración de la conciencia es nula.


Definición:


Configuración: Esquema, construcción o estructura mental teórica o de cualquier índole que hace asequible la asimilación del conocimiento.


Explicación del aforismo:


Debido a que lo que es no está supeditado a ningún tipo de conceptualizaciones, cualquier intento de aprehenderlo es la absurda negación del propio ser. Puesto que el ser, es, independientemente de que se lo afirme o niegue, de que se lo examine u obvie, de que se lo conozca o ignore.


El problema surge cuando se identifica con las percepciones, sensaciones, estructuras mentales o de cualquier tipo; puesto que el ser deja de lado lo que es, y engendra incontables manifestaciones de sí; que aunque sean de hecho lo mismo, debido a la ignorancia, se confunde y se pierde en la ignorancia del ser.


De ahí que lo que el escenario de la conciencia traiga a luz es irrelevante. Puesto que ella misma puede expandirse o retraerse, cambiando constantemente de estado. Solamente la quietud o cesación de ella, entonces, confiere la visión o experimentación de lo que es, independientemente de que ella esté funcional o no.


Colofón:

7

Porque consiste en la simple manifestación burda del ser


De hecho, aun cuando la conciencia y sus múltiples causas y efectos formen también el ser, para lo esencial, son excrecencias de lo que es. Puesto que desde el inicio han surgido de la incapacidad del ser de percibir directamente lo que es.


No obstante, estas interminables manifestaciones de conciencia, saturan infinitamente lo que es, con el propósito de lograr, para el ser, un profuso y dinámico conocimiento de sí mismo. Sólo que cuando se logra lo que es (que es cuando se disipa la ignorancia), no hay más un ser fuera de sí. O sea que la conciencia deja de identificarse con las fluctuaciones que se dan en ella, percibiendo claramente la función causal del ser.


Aun así, las manifestaciones participan de lo que es, conformándolo de manera accesoria. La finalidad, entonces, de las fluctuaciones de la conciencia, es mostrar lo que es de manera menos sutil, más grosera y evidente para el ser.


Colofón:

8

Que, para lo que es, consiste en lo mismo


En la absolutidad no existen distinciones. O sea que, en lo que concierne a las múltiples manifestaciones de la conciencia o la realidad, éstas no presentan ningún tipo de inconvenientes para lo que es, puesto que de ello surgen.


Por eso que, careciendo, tanto de los factores de conocimiento como de todo tipo de relatividad, se manifiesta perfectamente lo que es.


Aunque, aun dentro de los linderos de lo relativo es posible percibir la unicidad de los procesos fluctuantes de la conciencia, que no es sino la cognición pura, sin distinciones. O sea que es el momentáneo desdoblamiento de la ignorancia del ser, que confiere la comprensión de su función causal.


Esto no significa depender de lo no manifestado para la comprensión, porque o si no sería tan estéril como depender de lo manifestado; sino desechar finalmente todo lo que puede ser desechado, dejando el acto mismo de desechar, como algo tonto y estéril…



Addendum:


Cada instante un mundo nuevo es regurgitado de la nada: el tiempo pare constantemente universos renovados. Cada meditación, cada movimiento, cada partícula de polvo, cada brizna, cada susurro da testimonio de una realidad escondida detrás de los pensamientos. Una fuente inagotable de bienaventuranza yace escondida dentro de la garganta y su grito explota de placer. ¿En qué consiste la santidad? En saberse imperfecto, momento a momento, segundo a segundo. En ver en qué consiste lo que somos sin juzgar de antemano. En tirar por la borda absolutamente todo. En jamás tener seguridades de ningún tipo. En reírse de la tontería de los necios sin faltarles al respeto. En entregar todo lo que uno es sin reclamar nada. En percatarse que el pedo del violador, del asesino, del ladrón, tiene olor a santidad; y las fragantes flores en manos de los virtuosos, maestros, sabios, no son sino cenizas sobre huesos.


Entonces, no importa quién diga qué cosa: sólo importa si se está despierto. Porque si no, no importa cuán culto, cuán inteligente, cuán brillante, cuán espectacular, cuán sublime sea lo que se diga: no son sino ronquidos del que duerme. Por tanto, ¿puede hablar el feto no nacido acerca de la vida, de la realidad, del universo? La inocencia requiere que separemos carne y espíritu, riéndonos constantemente del dolor. Y esto no es sino el inicio, porque en la realidad, no hay ni carne ni espíritu fuera de lo que es. Por tanto, he ahí lo fundamental. Lo demás son cuentos de hadas.


Sin embargo, hay seres extraordinarios, espectaculares, tremendamente compasivos e infinitamente abrumados de amor. No importa qué digan, lo que hagan o si es que piensan: todo lo que tocan se transmuta en amor. La santidad es como un exquisito azúcar que endulza cualquier cosa con la que entra en contacto, sin importar cuán amargo o asqueroso era antes. Y aun, ¿es posible desarrollar la mente a tal grado y no entender la realidad fundamental? Hercúleos son los esfuerzos y las tareas del que busca ver lucitas de meditación y obrar truquitos milagrosos. Pero, si estas cosas no existiesen, ¿cómo podrían creer los necios?


Por tanto, llegado cierto momento, la conjetura o la clarividencia, la creencia o el conocimiento, la fe o la razón, la intuición o la experiencia, se funden en una sola manera, real y verdadera de conocer la verdad. No que se deba acceder a ella por los métodos, técnicas o investigaciones: no hay condiciones previas; o si no todo sería un sueño efímero, un retazo de conocimientos limitados, cerrados y falsos. Sino que el presente se vuelve tan espectacular, tan fascinante, tan embriagador, que se pierde instantáneamente todo temor.


Así es que se empieza y se termina conjuntamente, continuamente. El ser carente de miedos, de resquicios descuidados del inconsciente, de esquinas polvorosas de pesadillas escondidas, solamente ese ser, puede lanzarse a la libertad. ¡Y qué tesoro más valioso, más lejano, más cerca y concreto! La libertad es ser verdaderamente responsable, reírse de hombres y dioses, pero con profunda compasión por ellos y los que los adoran. El ser está tan presto a servir, tan ligero de pensamientos, tan lleno de sonrisas (se puedan éstas ver o no), que ya no se le pueden encontrar ataduras de ningún tipo. Hay que ser libres hasta del concepto de libertad. Y en ese punto, en ese punto, empieza lo divertido...


V

Puesto que es un círculo infinito.


Definición:


Infinito: es la superposición absoluta de lo que cabe.


Explicación del aforismo:


La apariencia de novedad de las impresiones de la conciencia, de los estados en los que va fluctuando mientras percibe la realidad, está dada exclusivamente por el desconocimiento del proceso de cognición. Pero esto no significa que la monotonía o la repetición fastidiada sean los fenómenos para el ser, ni mucho menos. Solamente implica que se ve la función causal, el similar origen de las fluctuaciones, sin juicios o sensaciones incidentes en el proceso de observación.


Sólo que aun condensando las fluctuaciones a lo que es, no cabe observador alguno. Pero, independientemente de esto, hay que saber que para el ser, autolimitado por su ignorancia, solamente pueden haber manifestaciones similares y análogas a sí mismo, y, por ende, reiterativas.


De ahí que la infinitud surge como una ininterrumpida variación de lo mismo, imposible de advertir para el ser que no está abocado al proceso de observación, puesto que, con tan sólo un poco de ello, podría hacerlo.


Porque el ser ha hecho la realidad de manera que la imperceptible infinitud de fluctuaciones se halle entre el surgimiento de las novedades en la conciencia. Por tanto este proceso infranqueable, o termina ahora o continua para siempre.


Sólo que para lo que es, el tiempo constituye una excrecencia.


Colofón:

9

Ya que, toda creación revuela ilimitadamente hasta sí misma.


El hecho de la existencia de lo que puede surgir, es para realizar la posibilidad de su no existencia. Puesto que las posibilidades de las fluctuaciones de la conciencia, como remanentes de lo que es, son innumerables. O sea que, de haber lo que no puede surgir, no tendría porqué surgir; pero, desde que puede surgir (i.e. el deseo de que exista), debe surgir, extendiendo así, las posibilidades perpetuamente.


El problema es que, aun existiendo infinitas cosas de manera concreta, así como infinitas entidades que pueden surgir, para satisfacer deseos, esto nunca sucede por la vía convencional. Es decir que estos deseos que quieren realizarse desde lo abstracto hasta lo concreto, nunca cesan: simplemente se desperdigan, tanto hacia lo existente, como hacia lo que puede surgir.


Pero lo que es, no es ni existente ni no existente, ni puede surgir en ningún momento dado porque siempre es, no habiendo empezado jamás para, obviamente, no terminarse en ningún tiempo. Por eso el ser debe descubrir lo que es, que es la única manera de soltar todos los deseos (o el deseo en sí), cerrándose las posibilidades de la conciencia y habiendo sido cumplido su propósito.


Colofón:

10

Demostrando finalmente, que la realidad no es sino un ejercicio lúdico, sin una finalidad trascendente.


Siendo imposible asirse permanentemente a lo que comúnmente se considera real, cabe pensar si su propósito es trascendental o no. Puesto que el ser investiga y trata de discernir lo real de lo irreal, lo temporal de lo intemporal, lo verdadero de lo falso, etc. Mas, habiendo llegado a conclusiones de diversa índole, no se ha probado jamás, de manera concluyente, la finalidad última de todo esto. Es así que puede llegarse, al menos provisoriamente, a la conclusión de que, de hecho, no existe un fin significativo para nada.


Lo cual no es una tragedia ni una calamidad, ni mucho menos. Esta absurdidad teleológica intrínseca no es motivo de lamento, sino todo lo opuesto: de alegría, dicha. Puesto que la realidad carece de fin, a excepción de la que el ser le asigne.


No obstante, percibiendo claramente la función primordial, y las subsecuentes manifestaciones del ser (principalmente en el sentido en que se intenta explicar la realidad), es muy difícil no notar lo que es, que, como fue dicho, convierte el absurdo en dicha.


Es así como el ser juega consigo mismo.


Addendum:


Esto no es el fin. Tampoco un nuevo principio. Ni siquiera se puede afirmar que estamos en el medio de algo. ¡Cuántos seres han estrujado sus almas buscando una sola pizca de verdad! ¿Y quién la ha encontrado? Las explicaciones definitivas se venden barato en el mercado: y siempre las hay nuevas. Aun esos que conocemos, que se les podría llamar omniscientes, ¿qué ofrecen? Guijarros en el desierto.


La sed del ser por comprender ciertamente que es absurda, simpática, estúpida. Y las teorías salen del horno todos los días, por tanto, ¿por qué sigue todo incomprensible? ¿Por qué no para el dolor? Jamás se ha de llegar a la verdad definitiva o a la teoría final, o al dogma absoluto o a la perfección total. Es así de simple. Puesto que la curiosidad del ser es realmente morbosa y superficial. Los sabios croan como las ranas, y cada cual toma la verdad que cabe en su bolsillo. Aplacar la ansiedad es lo primordial, zamparse la budeidad, así como las papas fritas. Y no que se deban dedicar años y años a disciplinas, oraciones, meditaciones, técnicas mágicas y demás cosas baratas, todas surgidas del miedo, del afán de seguridad, del deseo de perdurar. Hay muchas opciones para el que quiere perder el tiempo. Mientras la curiosidad sea ansiosa, enfermiza, así también serán las verdades compradas en los supermercados correspondientes.


Entonces, ¿qué hacer? Nada. Mientras se siga pensando que hay algo que hacer, alguien a quién seguir, algo que aprender, metas que lograr, todo será fútil. Los omniscientes son impotentes ante la estupidez, ¡son capaces de curar a los leprosos y lisiados pero nada pueden hacer por los necios! ¿Ya que quién ha de vencer a la tontería salvo uno mismo? ¡Las multitudes se pulverizan en busca de sus salvadores, y nadie consigue absolutamente nada!


Por eso no hay ni fin, ni inicio, ni medio alguno. La verdad siempre se renueva, y si el río cristalino fluye sin cesar, ¿no han de moverse las ropas sucias que se traen para lavar? Lo fundamental viene sentado en cada segundo; el absoluto sonríe en cada átomo. Por tanto, cristalizar, marmolizar las enseñanzas, ¿tiene algún propósito? ¡Aun los cerdos necesitan de alimento! Entonces, se hace lo que se puede, pero negar que, aunque todo sea destruido, la bendición brillará por sí sola, es imposible.


Así es que fundamentalmente no hay nada que podamos hacer, nadie a quién salvar, nadie a quién rogar. Uno es libre y esta libertad es la gracia, el aumento constante e interminable de gozo, que ya no se divide en interior o exterior. Nada necesita ser sabido, puesto que los sueños se han esfumado al instante en que se abren los ojos.


Y en esto consiste todo.


VI

Mas, careciendo de forma, es asequible la omnisciencia.


Definición:


Omnisciencia: Conocer todo lo que es posible ser conocido.


Explicación del aforismo:


Conocer en potencia absoluta es verdaderamente conocer. Puesto que se aprehende las posibilidades de manera envolvente. Y esto claramente se ve cuando se logra lo que no tiene forma. Que es la fuente de lo que cabe.


O sea, infinitas formas pueden manifestarse, innumerables, interminables, imposibles de conocerlas todas de manera empírica. He ahí que intuitivamente puede ser conferida la visión del substratum de todas ellas; es decir: la constatación irrebatible de que todo es uno. Pero esta experiencia de totalidad no puede ser dada por la inteligencia, ni por la fe, ni por la moral, ni por la disciplina, ni por nada. Sólo es dada al ser que puede recibirla.


Puesto que el órgano cognoscente no tiene forma (o toma la forma de lo que conoce), resulta lógico que para conocer verdaderamente se deben soltar las perturbaciones que disturban esta no forma. Así entonces, finalmente el conocedor se conoce como lo que debe ser conocido.


Colofón:

11

Que no es sino el conocimiento de lo que es a cada instante.


La omnisciencia es conocer todo. Y esto consiste, de manera general, en conocer totalmente el ser. Por eso, aun momentáneamente, si se da el verdadero conocimiento de lo que cabe, se experimenta la unicidad y conjunción de toda realidad. Aunque para el ser absoluto, se da la omnisciencia íntegramente incausada, el auténtico conocimiento de lo que es de manera omnipenetrante y absurdamente quintaesencial.


Ahora, en lo que concierne al ser relativo, el conocer lo que es en cada instante es lo esencial. Puesto que aunque le sea inherente la omnisciencia incausada, su ignorancia a cerca de lo que es, derrumba toda posibilidad de aprehensión de totalidad.


Entonces, el conocimiento de uno mismo, en lo que concierne al ser, revela que satura toda la realidad, dándose la plena identificación con la totalidad. Por eso, la omnisciencia sólo consiste en conocerse completamente a uno mismo, como el ser, como lo que es, y finalmente como la totalidad. Sólo que conociendo el ser, fundirse directamente en lo que es es lo mejor.


Puesto que esto es lo único que verdaderamente hay.


Colofón:

12

Que trasciende los estados de la conciencia.


La omnisciencia, en lo que concierne a conocimientos relativos, es completamente fútil en lo esencial. Solamente es manifestada en beneficio de los ignorantes e incrédulos (puesto que para el verdadero conocimiento, es igual saber y creer), para que éstos puedan acceder ulteriormente a la comprensión.


Por tanto, el conocimiento de las cosas por medios no empíricos, es mero entretenimiento para los que buscan habilidades suprahumanas. Y estas destrezas, dependiendo de su grado de desarrollo, encierran en anillos de ignorancia a la verdad. Es necesario saber que lo que es posible para un ser, es posible para cualquier otro. Además, en la totalidad, no existe ningún “otro”, y estas habilidades se muestran solamente para impresionar a los otros.


Y aun, llegando al conocimiento profundo de sí mismo, que es la constatación verdadera de lo que es a cada instante, se percibe el propósito de los estados de la conciencia. Puesto que se deja de lado la identificación con los mismos, porque el ser se mantiene consubstanciado ya con lo que es.


Addendum:


La carrera alocada del mundo por el dinero, el poder y la gloria es impresionante. ¿Quién conoce el verdadero valor de estas cosas? Como desenfrenados enjambres, las multitudes alzan becerros distintos en los cuales depositar sus alabanzas. ¿Y qué es lo que alaban? Ciertamente lo que conocen, que es lo que no merece alabanza. Porque lo que merece alabanza, les es imposible conocer; y quien lo conoce, no necesita alabarlo. Puesto que conocerlo ya es alabarlo. Por tanto, se erigen ídolos aun más sólidos que los de antaño. Pues antes se loaba a figuras de mármol o cerámica, incluso de oro. Hoy los dioses son de acero inquebrantable, fundido, derretido indestructiblemente en los cerebros. Por tanto, la búsqueda se hace, independientemente de todo.


Y nadie parece ver la maravilla de la realidad. La perplejidad creciente, el asombro interminable, la novedad constante de todo ello. La absoluta carencia de atributos del mundo, de cualidades intrínsecas, de adjetivos calificativos. Puesto que, aun estando en la región del no pensamiento, el misterio parece ponerse faldas y bailar al viento: es impresionante.


Pero las falsas seguridades, sean éstas sicológicas, de las ciencias o seudociencias, o simplemente el confort; embotan la mente, despojándola de su innata capacidad de asombrarse. Y la educación, la competencia fútil, los trabajos miserables, en fin: la vida mendicante de satisfacciones vanas, entierran en lo profundo toda esperanza. Y no que se tenga que vivir esperanzado, ni mucho menos: no hay recompensas que buscar en ningún lugar. La idea principal es abandonar todo, claro está.


Sin embargo, el deseo persiste. Por más mínimo, por más insignificante, por más despreciable: evidencia la incompletitud que se sustancia en eterna frustración. El universo continúa engendrándose de la avidez, y la batalla ha de continuar en los eones. Los budas eran simples monaguillos, en lo que concierne a soportar el dolor, puesto que las multitudes son verdaderos obispos del sufrimiento. Montañas de frustración en hombros, emprenden el camino sin retorno. Y si por si acaso consiguen volver, son cual niños llorosos con cenizas en la boca.


Es difícil no reír ante ello. Gente lanzándose voluntariamente al abismo sin fondo de la neurosis y la infelicidad y supuestos maestros advirtiéndoles y consolándoles. Hay que erradicar con todo, es así de simple. Romper y desechar lo juntado hasta ahora, lo guardado y atesorado, tirar todo a la hoguera que nos queme para siempre


Entonces, no que no haya deseo. Sino que se comprende su mecanismo, su origen, su función y su final. Y ya no causa angustia: sino alegre resignación, victoriosa derrota. El que se vence a sí mismo ve que no hay nadie a quien deba vencer, lo pueda o no. Carece de sustancia la pregunta de lo ulterior. Ahora se ha vencido, ahora se es.


¿Qué más se puede decir?


VII

Y el yo ubicuo se manifiesta, mostrando lo que es a la potencia absoluta.


Definición:


Yo ubicuo: Cuando el ser se funde verdaderamente en lo que es.


Potencia absoluta: Es el movimiento siempre expansivo del yo ubicuo.


Explicación del aforismo:


El ser experimentador de lo que es, claramente ve y siente (no que tenga que ver o sentir empíricamente) la verdad. Y esta verdad es que lo que es, no puede ser ajeno a nada. Porque dentro de lo que cabe, esto es, miríadas de infinidades de posibilidades en el ser, no puede sustraerse de lo esencial, de lo sustancial de lo posible.


Intuitivamente perceptible, la verdad acerca de lo que es está siempre presente. No que deba haber tiempo para experimentarlo, sino que su despliegue es independiente del desdoblamiento de las dimensiones. Puesto que ellas, en conjunción, hacen la realidad.


Por tanto, sustrayendo las dimensiones se ve la cantidad interminable de posibilidades de la realidad, siempre desplegándose cual abanico. Y en esto consiste el yo ubicuo: en lo que es capaz de presenciar este movimiento expansivo.


No que haya un movimiento expansivo (puesto que ésta palabra implica el ir hacia un lugar), sino que, aun estando en la ubicuidad, es necesario el movimiento, para que se dé la experiencia de la totalidad.


Entonces la potencia absoluta es el experimentador, lo experimentado y la experiencia misma de la totalidad de las posibilidades. Sólo que absurdamente se expande, porque aunque jamás pueda entrar dentro de lo que cabe, efectivamente se abarca a sí misma.


Y esta absurdidad, es lo más importante que hay.


Colofón:

13

Desplegándose lo que es dado en llamarse infinito o eternidad


El instante presente es la clave para entender todo. Nada sucede fuera del ahora. Aun las experiencias de desdoblamiento del tiempo, suceden en este momento. Porque la conciencia que lo experimenta se sustrae de la cronología para hacerlo, no de la temporalidad. Pero en la absolutidad, esto no es así.


Por eso, las habilidades suprahumanas de clarividencia y demás, son solamente recreo y distracción de lo esencial. Todas las cosas son atemporales, y verlas de ese modo es lo fundamental. Porque mientras exista el tiempo, seguirá el ser lacerado por la ignorancia, aplastado por el limitante marco de la realidad que continuamente crea.


Mas, al insertarse en la atemporalidad, se tiene un atisbo de la eternidad o la infinitud, que no es sino la prolongación indeterminada del momento actual. Así también, en cada instante está aglutinada la eternidad, de manera que al aprehenderla, se experimenta verdaderamente cada instante.


Colofón:

14

Para finalmente entender que lo que es, es.


Nada hay que no haya sido, ni nada habrá que ya no fue. ¿Por qué se piensa que debe haber una realidad última, perfecta, un propósito de totalidad, un designio eterno? Puesto que se espera la eternidad en un futuro, como si se esperase despertar para poder levantarse. ¡El hecho de pensar en levantarse significa que uno ya está despierto, y que debe levantarse! Porque si la eternidad de la que hablan no fuese ahora mismo, entonces jamás podría ser eternidad.


Por tanto, no solamente no hay eternidad que no sea ahora, sino que nada que no sea ahora, puede jamás ser eternidad. Y lo que ahora es, es el verdadero ser: lo que es. ¿Quién puede negarlo?


Así es que lo que es al principio, también es al final; lo que tuvo un comienzo, ha de acabar alguna vez: sólo lo incausado, lo increado, lo eterno, lo esencial: sólo esto es real. Lo demás, independientemente de que cese o se transforme, es limitado y sujeto a la extinción, aunque ulteriormente (o ahora mismo) ha de reconocerse también como lo verdadero.


Por tanto, lo que es consiste en la única realidad, y cuando el ser reconoce esto, verdaderamente es, aunque no le sea posible fundirse totalmente en ello. Pero tampoco, en la absolutidad, existe ninguna unión, ni evolución, ni proceso alguno, puesto que todo ya es.


Finalmente, la quintaesencia de toda absurdidad, que es el resquicio que causa el deseo de trascendencia, es esta misma eternidad que no es sino presente perpetuo. El ser que se da cuenta que es lo que es, y que es lo que debe ser (que no es sino ser naturalmente y sin esfuerzos ni deseos), deja de preocuparse de tonterías como la eternidad, el ser o lo que es.


Addendum:


¿Por qué negamos la realidad? ¿Por qué nos negamos a nosotros mismos? ¿Por qué rechazamos la verdad? Eso que llaman iluminación es como un sólo gran momento de inspiración... que dura por siempre. Para ser francos, hay que decir que no hay absolutamente nada que decir, nada de qué hablar, nada que enseñar. No existe realmente eso que llaman iluminación o liberación, porque nada hay que deba ser iluminado ni liberado: todo es una gran broma pesada. Por eso cuesta mantener la seriedad en estos asuntos. Y sí, nadie niega que haya gente extraordinaria que haga trucos espectaculares con la mente y con la realidad, pero, si truquitos y malabares se buscan, pues hay que ir a aprenderlos al circo, no aquí.


Nadie entiende cómo es posible que su brazo se mueva, y se busca comprender las cosas del cielo. Los doctores pueden dar una explicación superficial, los músculos, nervios, sangre, etc; pero, ¿qué es lo que realmente hace mover el brazo? ¿Qué es lo que realmente hace mover todo…? Entonces, ¿de qué sirve estudiar si no se ha de comprender nada? Precisamente. Como si alguien que quisiese ver alguna cosa mejor, utilice una luz tan potente, que termina cegándose a sí mismo, las explicaciones, elucubraciones y teorías son comida para cerdos ciegos.


Y nada está mal, no. Esto debe ser así. El gozo de ello reside en que precisamente nadie lo conoce, ni nadie nunca lo hará. Por eso la realidad resulta ser sorprendente, y los que la pueblan, seres impresionantes. Todo es tan espectacular, tan asombroso, que es simplemente inexplicable, desde el inicio. Y el que quiera vender verdades masticadas, es un ladrón. Pero todo esto resulta ser estúpido, fútil, despreciable, puesto que uno mismo debe descubrirlo todo.


Entonces, ¿se ha de concluir endulzando los oídos con palabras como “infinito” o “eternidad”? La absurdidad de ello responde manifiestamente que sí. Pero si nunca nada empezó, ¿qué es lo que puede terminar? Si nada hay, ¿qué puede señalarse? Y lo más increíble es que el misterio, que no es misterio en absoluto, sigue ahí: brillante, evidente y perfectamente accesible. Y eso es simplemente maravilloso.







DESCRIPCIONES DE LO ABSOLUTO




No es absolutamente nada, y aun así, está expandiéndose constantemente. No que sea algo material que aumente de tamaño, o una energía que se disemine como olas en el mar. Es un movimiento que ocurre en un estado de absoluta quietud. O sea, no hay disminución o aumento en ello, sino un irse continuo. Sólo que no va a ningún lugar, porque no estaba en otro lugar antes de ello. Esta pureza está siempre aquí, siempre ahora, siempre sonriente. Como un lago inexistente cuyas olas vibran y vuelven siempre al mismo lugar, sumando dimensiones absurdas que, no obstante, no implican adición.


La quietud es suprema. No que se esté deliberadamente en silencio, o se busque acallar el aleteo de los pensamientos, porque o si no sería un esfuerzo fútil, un esfuerzo que aleja a la verdad. No hay esfuerzo porque no hay nadie que pueda realizarlo: todo esfuerzo es lanzarse a la carrera del deseo, de la ilusión, del dolor. Este silencio es beatitud continua, es ver el ruido como algo supremamente silencioso (y delicioso), inmanentemente quieto, listo para saltar. No que se tenga que ralentizar la respiración, o que cese, sino que se vuelve simplemente imperceptible, invisible, imposible. Porque al acompasar la respiración, al medirla, al quererla controlar, se cae en el abismo de la mente. Y ella no está presente en esto, ella no sabe que existe: ella misma se ha decapitado. Nadie ha hecho eso posible por medio de la disciplina, por pedido en oración o por una técnica meditativa. Ella ha querido irse por sí misma, salir al exilio de lo desconocido, dejar en paz.


La suavidad presente en cada cosa, por más pequeña; la dulzura de todo, por más grotesco; la beatitud de cada ser humano, planta, flor y animal, de cada hoja en el campo y cada pétalo bañado en rocío. No medir es la clave de todo esto. No que sea un requisito para sentir esta beatitud, porque no existen condiciones, plazos, castigos o recompensas que faculten esto. No existe nada para esto, nada puede hacerlo posible, y aun así, esto es evidente, perfectamente comprensible, como la luz haciendo bailar motas de polvo en la mañana. Esto es belleza fuera de la belleza, bendición fuera de bendición, música fuera de música, amor fuera de amor. No que se tenga que escuchar una música o recibir la gracia para posibilitarlo, porque siempre estuvo ahí. Escondido, esperando, siempre atento, observando, constantemente alerta, dispuesto a regalar todo, bendito en los eones. Pero no en bendición de autoridad, de santurrones, de burócratas eclesiásticos, de bufones desnutridos por los ayunos, las vigilias, las meditaciones. Esta belleza siempre palpita, cual martilleo que nunca rompe nada, cual aleteo de mariposa. Constantemente golpeando la puerta, siempre rogando, presta a explotar y revelar la verdad. Vibrando detrás de cada pensamiento, trepidando dentro de las cárceles conceptuales que se le ha construido. ¡Cómo espera ser rescatado! Romper con todo, tirando por la borda lo conocido, desechando siglos de sabiduría, triturando las cenizas de los anhelos y las lágrimas de deseos frustrados. Esto verdaderamente vive. No que la afirmación le dé vida, no. Esto está fuera de afirmación o negación, presto a ser sentido, experimentado, vivido. Como la última gota de agua en un desierto inmensurable, el sabor de esto es explosivo, obliterante, destruye todo, dando así, creación a más vida. Y toda la vida siente esta bienaventuranza.


La muerte acecha desde las sombras. Ella envidia, roba, sonríe macabramente desde la oscuridad. Y aun, ella es invitada por esto, a unirse a esta sinfonía deliciosa, a este manjar exquisito, a esta visión bienaventurada, a este placer extático. Y ella acepta gustosamente. Y siente. Y ve. Y se regocija en el placer: en este placer más allá de culpabilidad y recompensa, todas grotescas y mentirosas; en esta bienaventuranza más allá de condiciones, de prerrequisitos, de disciplinas absurdas y condicionantes, de aprobaciones y rechazos, de mentiras, castigos y esperanzas más allá de la vida. Pero, esto no surte nada. El aceptar esto no conlleva a nada, porque nada es aumentado ni engrandecido, pero tampoco igualado, nivelado ni nada se coloca en ningún lugar. Porque todo está donde está desde siempre.


¿Por qué esto parece moverse? Claramente se ve que esto se expande, siempre en alegría, siempre en bondad, en caridad verdadera, con compasión cariñosa, en perfecta donación, en libre regalo, en afecto genuino. Y aun, está quieto, silenciosamente atento, sin una pizca de temblor. El tiempo es el problema. Eso insustancial marcado por perillas y calendarios, que ha engullido toda libertad. Eso hace que esto parezca moverse y quedarse quieto. Y es verdaderamente terrible, puesto que cada sentimiento está fríamente medido, calculado, mesurado. Todo tiene su lugar, su movimiento, lo que crea confusión y abandono. Reglas de etiqueta, orgías desenfrenadas, guerras y conflagraciones, entrega de premios, festivales de racismo, conciertos: todo tiene su ubicación, su lugar adecuado, su preciso momento. Y todo es una falacia, una mentira pegajosa que se arrastra por los eones, cual baboso caracol recorriendo una eternidad en el dolor. Solo esto, que está fuera de las garras del tiempo es verdadero. Esto que no busca a quién complacer, a quién lastimar, a quién ilusionar, a quién matar, a quién hacer sonreír. Esto es innominado, esto es más allá de todo, y aun: permanece aquí mismo.


¿Dónde está esto? En ningún lugar. Nadie sabe; y si dice saber, está mintiendo. Por eso es absurdo buscar, puesto que se busca sólo lo que está perdido, escondido; y de esto no hay escape: es benditamente ineludible. Y no porque haya algo o alguien que lo bendiga, o que obre de intermediario, siquiera un concepto de la bendición; porque si no sería artificial, y esto es lo único real que hay. La bendición consiste en que es tan bellamente absurdo, tan estúpidamente evidente, tan mortalmente inevitable: ¡esto es la verdad! La belleza que exuda es perfecta, su candor es exquisito, su ternura infinita. Su suavidad es mayor que pétalos de rosas, siendo su dureza, más que el acero. Perfectamente estable, como un horizonte inamovible, baila juguetonamente cual mariposas con florecillas. Su alegría es maravillosa.


La belleza de esto no es planificada. No como las modelos, desnutridas por las dietas o esculpidas en sudores de gimnasio o por el bisturí vanidoso; o las pinturas coloreadas con pinceles de ensueño y claroscuros de estética; o las músicas, carbonizadas en partituras y exudando hermosura penetrante; ni por los atardeceres, ni por el sereno, ni por una azucena ni por el llanto de felicidad, por más exquisitas que parezcan. Esta belleza yace inmanente en todo, lista para saltar, para explotar, siempre expandiéndose. No se quiebra jamás, no es sujeta al deterioro, al dolor, a la desesperación, a la putrefacción, a destruirse. Esta belleza es original en todo, es destrucción de todo, es devorar la nada que queda luego de la destrucción de todo y devorar la mente y el tiempo que quedan luego. Por eso esta belleza es inmortal, porque nada puede hacerla mermar, ni las modelos, ni los cuadros ni las músicas, que no hacen sino imitarlas cual carboncito apagado al sol. Por eso esto es infinitamente compasivo, porque deja, permite, autoriza que todo ello, todas las imitaciones baratas y rotas de la belleza existan. ¡Qué bondadoso y compasivo es! Pirámides, torres y laberintos han sido construidos en el dolor, y esto prefiere sonreír y dejar la elección libre. No que esto tenga autoridad o se le tenga que pedir permiso o comprar indulgencias, o alabar mediante oraciones, súplicas, meditaciones y otras ridículas disciplinas. Sino que la libertad de esto, es la libertad verdadera que es. La libertad que está en crear y comprender. En ver la belleza en todo, aun en el dolor. Por tanto, esto es despreciable, fútil, descartable, porque subsiste incluso en las músicas y cuadros y en las mujeres hermosas, más allá del placer, más allá del dolor. Aquí mismo y ahora.


No hay exclusión en esto. Todo es invitado al banquete continuo de la bendición. Aun lo feo, lo malo, lo oscuro, todo lo que es rechazado por la mente envenenada de dolor. Los actos terribles, las obscenidades, las atrocidades, la locura, la guerra, las calamidades, las torturas, las violaciones y ultrajes, las mutilaciones y discriminaciones en holocausto; todo ello participa de manera misteriosa en la bienaventuranza. Todo lo que se expulsa y echa afuera, lo que se aparta, lo que se teme: todo es necesario. No porque deban cumplir algún propósito trascendental, o que deban servir para enseñar nada ni para castigar lo que sucedió en el pasado. Sino para integrarse a la gracia. Para ingresar en esto con todas sus falencias. Para desprenderse radicalmente de sí mismos. Para finalmente entender todo.


Vana y fútil es toda explicación de esto. Las teorías y sistemas filosóficos, religiosos, metafísicos, son cuentos de cuna para calmar a los niños inquietos. La absurdidad de la inteligencia es manifiesta, y su pérfida lucha contra la nada engendra ingentes cantidades de gracia. Esto es realmente maravilloso. Puesto que cíclicamente rondan los dogmas por sobre nuómenos, y aún nadie ha llegado a una conclusión definitiva. Porque la mente quiere comprender lo ininteligible, y en eso consiste su tragicomedia. Esto es invisible, por tanto, perfectamente evidente; intangible, y por eso perdura en pureza. Pero no en las purezas que venden los ladrones en las iglesias, en las casas de culto a lo abominable, en los sistemas de discriminación, de moral violenta y represiva, en las construcciones mentales de recompensas y castigos arbitrarios. Esto es ciertamente inasequible, y por eso, gratis, libre, espontáneo, independiente de toda mesura. Esto es la gracia.


Ver el tráfico de influencias divinas, reírse de duendes y demonios, devorar corazones puros. La sabiduría de los maestros, y aun, despreciarles en su compasión. Su perfecta sapiencia, de la mano con su pueril inocencia. Esto retumba clamores de eternidad, pero el que escucha explota de bendición. No que tenga que rendir devoción a santos, sabios, maestros, sino que siente compasión por ellos. Y aún los ama. Y siempre será así.


Esto es verdaderamente incomprensible. No que no se haya intentado antes, puesto que se ha derramado esfuerzo en toneles sin fondo de frustración; sino que se ha visto claramente que todo intento es fútil, despreciable, estúpido. Porque esto está presente aquí y ahora. Se desparrama suavemente como un perfume e inunda secretamente desde lo profundo. Nada puede detenerlo. Así es. Se ha constatado esto, se ha comprendido que todo debe ceder ante esto. Las montañas, las estrellas, los árboles y galaxias no hacen sino testimoniarlo. ¿De qué sirve hacer algo? Si todo ya ha sido hecho. Y aún se trabaja. Esto es sorprendente, maravilloso, siempre espectacular. Por eso el afán de seguir, de continuar, es en verdad despreciable. Ilusiones de navegar por ríos infinitos, de jugar con olas de eternidad, de beber manantiales de nuómenos, ¡estas fantasías son horripilantes! Pero la inocencia en ellas es fascinante, desgarradora. Puesto que todo debe cumplirse. Los deseos surgen, persiguiéndose a sí mismos en el claroscuro de la eternidad, siempre juguetones, siempre naciendo, constantemente padeciendo. Sin parar un sólo segundo, un solo segundo en la infinitud… Por eso el movimiento y la quietud van unidos, por eso esto es revelado. Y la visión es hermosa, perfecta. Su sublimidad es tal, que de un soplo se cierra la boca.


Esto es estallar continuo. Explosión constante sin disminución de energía. Aunque no hay energía fuera de esto. Puesto que todo el universo, lo que cabe, todo es desperdicio. Esto hace surgir todo. Ahora mismo, aquí, se desenrollan papiros infinitos de áureas verdades y las multitudes las regatean por unas cuantas monedas en el mercado. ¡Es terriblemente desgarrador! Y aun así, perfecto, austero, magnánimo en su inmensidad.


Está aquí presente. No quiere darse a conocer deliberadamente, pero se siente por doquier. Cada paso, cada giro del ojo, cada respiración lo atestigua. Sólo observa, escucha, se queda callado. Es imposible no notarlo. Pero el más leve movimiento, la más mínima eyaculación, el murmullo más secreto le hace irse a años luz de aquí. Se le ve claramente haciendo surtir sus efectos en cada color. En los ojos de las personas salta como chispas, parece querer gritar desaforadamente, hablar sin parar, y lo hace: pero su lenguaje es silencio. Fluyendo desde lo profundo, derramándose siempre. No que se deba estar ausente para notarlo, porque hay personas que pasan toda una existencia sin estar ahí. Casas, autos, trabajos, seres humanos: rellenan lo que llaman vida con todas estas cosas, pero no están presentes. Y esto permanece aquí. No pide nada ni busca nada, es como un extraño: misterioso, distanciado, pero entrañablemente afable con los ojos. Y está aquí mismo.


Eso que llaman vida es una mentira. No porque deba causar miedo, dolor o resistencia; sino que las marionetas que tanto estiman son como la nube, la niebla, el vapor. Todas esas cosas no son esto, pero esto da vida. Y esta es la verdadera vida. No como la dan las marionetas, jugando a la política, a la guerra, a las orgías, a la vida y la muerte; sino como luz pura, luz de verdad, luz invisible, que palpa todo pero permanece sin ser afectada. Pero tampoco se permanece sin sentir nada, no. Se ve el dolor, se siente el sufrimiento, se percata de la miseria, pero simplemente se recibe todo esto como debe recibirse, nada más. No hacen falta técnicas, oraciones, miedo, garantías ni seguridades de ningún tipo. Porque se percata de las personas, de los animales cuando sonríen y cuando se despedazan con su violencia. Y aun, viendo y sintiendo todo esto, naturalmente toca sin causar molestia. Todo eso que dicen que es la vida, que no es, mancilla la carne, pero es como si la hebra del hilo tocase, o la brizna de hierba, o las alas de la mariposa. Lo que se recibe nunca puede causar daño. Lo que se acepta integra la totalidad. Y aun la totalidad no puede compararse con esto.


Esto sopla como una brisa muy suave. Parece ser que lleva las angustias, los miedos, incluso toda molestia, por más mínima. Lo que se debe hacer es colocado enfrente, y no hay juicios ni análisis acerca del cómo, por qué o en cuánto tiempo; ni siquiera importa si saldrá o no bien: ya no se miden resultados buenos o malos. Lo que se debe hacer se hace, eso es todo: nada más hay. De día o de noche, siempre aparece lo que debe ser hecho, y no hay resistencia, ni dudas, ni conflicto. Pero tampoco se siente como si se trabajase en vano o a desgana, sino que trascurre todo como una tierna oruga: moviendo cada parte de su cuerpo en el momento adecuado, rítmicamente, sin forzar nada, en armonía y causando ninguna molestia a nadie. La competitividad ha cesado. No que haya desprecio hacia las cosas materiales, sino que éstas son puestas en su lugar y cumplen perfectamente su función sin interferir. Aunque de todas maneras nadie hace nada que deba ser interferido. Porque en verdad no hay expectativas ni nerviosismo, ni tensiones controladas por reloj, ni estrés sobrecargando la mente atiborrada de fútiles actividades. Las palabras no pueden interrumpirlo ni los demás ponerse en su camino. Y no hay disminución de la atención o alejamiento de la conciencia. Estas cosas persisten, todo en su nivel adecuado. Pero esto no se apaga jamás.


Eso que llaman amor es frustración sin límites. Esa mesura de palabras, ese buscar regalos adecuados, ese sexo a desgana o lujurioso, esas lágrimas secas, esa devoción pagana, esos sacrificios desconocidos. Pareciera ser que podría ser posible, pero finalmente se revela como lo que realmente es: una farsa. Los padres a sus hijos rozan el amor, pero están alejados infinitamente. Esto sin embargo no hace distinciones entre padres, esposos, hijos, novias o abuelos. Esto no puede amar a alguien o algo, porque entonces sería limitado, cerrado, destinado a acabarse. Esto simplemente es el amor mismo. El amor que no ama, porque es de verdad y fluye sin cesar. Esto no ve absolutamente nada, no juzga, no perdona ni censura, esto simplemente toca, y lo que es tocado se convierte también en amor. Todo es transmutado en esto, constantemente. No hay un proceso de transformación, de cambio, de evolución o condiciones previas; no hay tiempo en este proceso. Cada hoja, cada chispa, cada pisada, cada latido perfectamente audible, prosiguen sin interferir, atestiguándolo. Cada soplo de viento suaviza terriblemente la ternura. Y aun: todo ello es prescindible, todo puede ser desechado naturalmente. Cada cosa continúa sonriendo, sin preocuparse por nada, sin expectativas, sin pensar si el esfuerzo fue suficiente o no. Esto jamás puede ser llamado amor, porque a nadie ama: a nada ni a nadie; sin embargo el amor surge incesantemente de esto. Y cuando el amor se acepta desde esto, la maravilla se vuelve absurda, perfecta.


Ser auténtico implica no aferrarse a cosa alguna, sin hacer del no aferrarse un principio. Porque no hay principios, reglas, pautas para ser verdadero. Y no se piensa en ser o no verdadero. Puesto que esto continúa persistentemente, a pesar de los reproches, a pesar de los enojos, a pesar de las expectativas. Estas cosas se esfuman como sombras, se pierden, se esparcen por doquier. Porque el dolor se vuelve superficial, se siente desde afuera, como tocando a la puerta en la noche. Concretamente está ahí, pero no hace sentir su presencia, no pisa tan fuerte como podría hacerlo, como se le suele dejar hacer. Se vuelve ilusorio, imaginario, pierde autoridad. Todo el poder se diluye lentamente, se drena hacia ríos tristes. Pero van hacia campos fértiles, prestos a dejar crecer en ellos más sufrimiento. Van muy, muy lejos, hacia lo que desde siempre se supo, hacia donde deben ir, hacia eso que llaman tontamente fin, destrucción, nada. Lo cual es espectacular. Esto observa atentamente todo ello sin sentir nada. Hay como un regocijo callado, una alegría que sonríe sin boca, unos ojos que derraman lágrimas invisibles. Y esto también es sensible, delicado, vulnerable, aunque no sea posible destruirlo. Esto merodea entre las frescas sombras de los árboles, y como una burbuja conteniendo todo el prisma, se rompe en colores ante el más mínimo pensamiento, ante el más leve soplo. Ese soplo sustenta lo que se suele llamar vida.


Esto es un continuo despertar. Cada segundo es más fresco, más nuevo que el anterior: y no hay repeticiones. Hay un río que fluye, yendo hacia un horizonte sonriente, en actitud de sincera bienvenida. Este río son los pensamientos. Y las aguas estancadas se vuelven más transparentes, haciendo un rumor tan suave que es capaz de destruir todo. Hasta que el agua es tan cristalina, que la transparencia hace evidente toda superficie. No más pensamientos ocultos, no más deseos recónditos, no más sueños misteriosos: nada se oculta a esto. Su luz penetra en las profundidades. Esa mente tan descontrolada, cual animal indómito, no sabe qué hacer; porque nada puede hacer. El canto de pajarillos no es ofuscado por rugientes motores, ni las estentóreas fábricas se superponen al rumor de las aguas. Nada se encima a nada, por tanto, nada resulta molesto. Cada cosa está en su lugar, cada nota en su preciso momento, cual sinfonía perfecta, sonando en armonía y sincronía sublimes. Esto se percata hasta de las pisadas de los insectos, hasta del discurrir del polvo de esas pisadas. Claramente se ve a las briznas de hierbas bailar al viento y las motas siendo llevadas por su brazo invisible. Los pensamientos contenidos en el universo son como granos de polvo en una tormenta de arena: trillones de trillones, superpuestos, empujándose, chocando entre sí, colisionando con todo, fuera de control. Por eso imaginaron aquello del azar, porque carecían totalmente de yugo, de dominio sobre ellos. Pero la mente se vuelve silenciosa y tranquila, cual mañana vestida de nieve. Lentamente, uno a uno, van cayendo los copos al suelo, sin apresurar nada, sin hacer ruido: tan sólo se escucha la deliciosa melodía del silencio. Y la blancura es total, absoluta. Por tanto, no hay pensamientos ni no pensamientos, porque no hay tiempo ni no tiempo; no hay vacío ni nadidad, aunque tampoco se puede afirmar concluyentemente que haya algo. Tan sólo esto... y su inmensa bondad.


Suele haber ese deseo de permanecer. Esa locura de querer perpetuar las cosas. Las palabras bonitas, los pensamientos sublimes, los recuerdos valiosos, cualquier cosa parece desear ser metida en una bolsa indestructible, para quedarse para siempre. Y no hay duda sobre ello: todo será arrasado. Las casas, los cuerpos, las mentes, las obras de arte, incluso las armas que causan tanto daño: todo va a ser destruido. Esto es como una bola de fuego. Y se sucede un continuo renacer de este fuego; ¡se vuelve la destrucción misma! Por tanto, todo lo que caiga aquí, será triturado, molido, pulverizado. Nada va a quedar. Nada salvo paz. Todas las ambiciones, todas las carreras, todos los acontecimientos trascendentales, todo es carne de cañón para la bola de fuego. ¡Cómo todo se consume en su paz! Este fuego no deja cenizas, no escupe humo, no da calor, no alumbra nada. Este fuego, este fuego consume. Y la paz es su combustible, su propósito, su resultado. No la paz de los militares, de los ejércitos, de las multitudes, de los tratados, de todos esos asesinos que se autoproclaman mensajeros de paz o fuerzas de paz. Ellos son solamente carne podrida, comida de gusanos. Ellos son la basura, la excrecencia, la mentira. Y esto no es de ninguna manera falso. Esta paz es paz verdadera, no paz de políticos o de convenios, no paz de eclesiásticos escandalosos ni de sabios millonarios, no paz de libros de historia ni de cuentos del más allá. Esta paz reside aquí mismo y es verdadera. Esta paz respira ahora mismo, y su esencia es luz. Esta bola de fuego que consume todo, toda paz, toda bondad, toda mentira y falsedad, esta misma paz, es ahora. Pero esto apaga toda luz, estallando continuamente ternura y cariño.


Esto danza en variados colores. Cada día nuevo, cada día más brillante: y en cada momento sorprendente. Sus chispas recorren todo el espacio sin encontrar nada, para luego hacerlo de nuevo y otra vez. El tiempo se vuelve líquido, estrujando sus galaxias y estrellas tan frágiles como la cerámica. Toda dualidad es evidente, concreta, pero no comprometedora, ni causante de nada. Se sabe lo que está bien intrínsecamente y lo que es malo, sin duda alguna. Se ve cómo el engaño lleva tanto a los malos como a los buenos. Luchando por migajas embarradas, vistiéndose de fango, metiendo excremento por la boca. Todos en la mentira, todos en la oscuridad. ¿Quién puede ver la luz, la claridad? Esto goza de alegría infinita cuando se pelea por la libertad, se perpetran injusticias o se vuelven indiferentes y apáticas las multitudes. El bien y el mal sirven de alimento a los cerdos. ¡Y cómo engordan cada vez más! La luz y la oscuridad danzan interminablemente en el claroscuro de la realidad, y todo es incomprensible: sólo esto es real. Que no es indiferencia, resistencia, negación o aceptación, sino verdadero sentir, ver realmente. Las banderas arrastran multitudes, las buenas causas llevan a los santos por caminos celestiales, pero esto está en todos lados. Y no hay engaño en su bondad. Los ultrajados echan plata fundida de ojos llorosos y los delincuentes se asesinan desde el vientre. Los ricos roban a los pobres y al revés, creyendo todos siempre tener razón, estar justificados en su obrar, por ideas inventadas por ellos mismos, o por políticos, religiosos u otro cualquier vendedor de bolsillos o traficante de almas. Del sangrante universo, se hace un gran caldo el cual tiene el exacto sabor a esto. Y es verdaderamente exquisito. El bueno es degollado por el malo, que será triturado por el endemoniado, que será alimento para el santo, que será mencionado por el sabio, que será despreciado por las multitudes, que serán exprimidas en sus células para hacer más caldo y más caldo y más. Solamente esto perdura. Solamente en esto hay refugio, paz. Pero para ello, hay que destruir cada átomo. Y aun eso sigue siendo insuficiente. La destrucción de todo es lo único que hace brotar la vida de nuevo. La completa disolución es el devenir perpetuo. Pero estas son palabras solamente. Esto es lo que cuenta, esto y nada más.


Esto se presenta siempre juguetón. Como niño entusiasmado o doncella coqueteando. Su perfume es exquisito, su bondad, extrema. Seduce y castiga por igual, manteniendo en vilo perpetuo. Esto no duerme, no descansa, no para. No hay pausa en esto. Porque siempre está atento, presto, aunque tranquilo y en calma. Se le puede llamar luz, aunque no sea posible ver nada; u oscuridad, por más de que sea brillo puro. Su baile es excitante y embriagador. Pero no embotante como los libidinosos roces o las lujuriosas caricias, o el pesado vino o la cerveza amarga; sino refrescante como un manantial, puro como una mañana de primavera. Por tanto se ve claramente a la luz clareando en las tinieblas, todo en sincronía, rítmicamente y perfecto. Pero también se ve a la oscuridad brillar por sí sola... como un faro en la lejana costa, emplazado en una pequeña isla rodeada de estrellas.


Nada hay por hacer ni nada hay que no deba ser hecho. Esto lo hace todo. Y aun, ¿qué o quién hay, es? Claramente se ve la materia prima de todas las fantasías, de las ambiciones imperiales, de los sueños celestiales y de imaginaciones paradisíacas. Las multitudes lo atestiguan, perpetuamente atiborrándose en los cementerios y fosas podridas. Esto es increíblemente hermoso. No hay análisis posible para ello. Es simplemente incomprensible, aunque parezca inmiscuir afanes de omnisciencia. Interminable es el poder cuando se ve que es imposible hacer cosa alguna. Y aún los dioses pelean por migajas. Por tanto, esto es sumamente compasivo. Y da todo a todos, y hace todo. Entonces, nada más hay, nada queda parado, de pie. Todo duerme apaciblemente, mientras esto hace guardia como un centinela, custodiando la eternidad.


No hay fin en nada, todo es interminable. Esto es evidente. Esto puja con fuerza, lanzando bolas de cañón en los espejos de imaginación de las multitudes. Dioses, sabios, políticos, pordioseros, todo se diluye suavemente, transformándose, sin una pizca de dolor, en sueños indestructibles. Porque quieren continuar. Está el deseo de perpetuarse en ríos infinitos de tiempo. ¡Qué pena! Se siente compasión por todo, estando esto, en perfecto brillo, prístino e inafectado. ¡Qué bendito es! Si todo desea seguir, pues, ¿quién lo impediría?


Hay una espada. Y esta espada ha sido clavada profundamente en la frente. Luego, con fuerza, se baja hasta los genitales, abriendo toda carne. Esta espada es la bendición, la gracia. El dolor es infinito, y la sangre, las tripas, la mugre, la porquería sale y el aire fresco entra, mezclándose todo con un suave aroma que quema cada célula, haciendo estallar todo en éxtasis. Esto es mucho más allá. Es absurdo decirlo, es cierto, puesto que está perpetuamente aquí. ¿Cómo esos sabios no lo iban a señalar lejos, en las alturas? Hay que cortar la cabeza. Hay que apagar las luces de los astros. Hay que, simplemente, prestar atención. Y esto vendrá cual locomotora, y ha de atropellar funestamente con su dulzura.


Ciertamente que los sabios eran unos pordioseros, mendigos, vagos y sucios. Buscando calmar las quemantes heridas de las multitudes con sus frescas palabras. Hay pena por ello. Puesto que la puerta de esto está abierta de par en par, y la bendición se derrama cual río desbordado. Imposible es no caer en el éxtasis. Y aun, la gracia debe ser despreciada, así como toda otra forma de afán de perpetuar. Los libros, las palabras, las personas, todo deseo de resguardo, toda búsqueda de refugio, escondrijos del dolor, cuevas de falsas seguridades: todo debe arrojarse, destruirse, olvidarse. Las palabras de maestros, aunque reverberen en lo eterno, no constituyen ni una pizca de la verdadera gracia. Esta bendición, se propaga por el silencio, independientemente de las palabras que se empleen o dejen de emplear. Los sabios parecen bebés balbuceando cuando la gracia se asoma: nada hay en el mundo que lo explique. Nada puede ser dicho, por tanto, es increíble que se sigan escribiendo libros acerca de ello. Y aun: esto se halla en todos ellos.


Podrá o no parecer todo un simple divague, una fantasía tonta, una ilusión efímera, una quimera misteriosa. Pero no es nada de eso. Obviamente, la mente sigue jugando con los juguetes que por tanto tiempo ha estado utilizando, pero no como un niño, en la inocencia inconsciente, sino como un adulto, que toma en manos los juguetes y juega con alegría: con verdad y ecuanimidad. Siempre, entonces, habrá ganadores y perdedores, como en todo juego, pero sólo en lo superficial. Y esto brilla en la superficie y en lo profundo. Esto ha despertado. No que haya estado dormido antes, o que no haya sido; puesto que siempre es con renovado vigor, con fuerza potente y con empuje triturador. Las muchedumbres duermen y no pueden evitarlo: nadie puede evitarlo. Atajar esto sería como parar un caudaloso río con las manos; escaparse de esto es correr de una bomba atómica. Retenerlo, tan posible como amasar las estrellas; buscarlo, tan recomendable como ir tras tesoros enterrados en las nubes. Esto es espectacular, y aun así: está escondido en la última fila. Si se siente que se divaga, ¿no es que se quiere negar simplemente esto? ¿Y qué hay para negar? Incluso si se afirma, ¿de qué sirve hacerlo embadurnado, embarrado de miseria? Si se ve, si se siente, si se es: nada más importa. Que los cerdos coman de sus amos, aun si fuesen ángeles, mas, ¿qué podría alimentar al que no tiene estómago? Porque hasta los cerdos hallan regocijo en sus chiqueros, y bien que lo hagan; puesto que sus amos, sean dioses o ángeles, jamás podrán comprender la amplitud de esto.


Helo aquí. ¡Fuerza desgarradora! ¡Luz cegadora! ¡Nube deliciosa! ¡Paz delirante! ¡Dolor extático! ¡Atención deslumbrante! Nada hay que deba ser visto, ni oído, ni experimentado, ni pensado, ni recordado, ni guardado. Sin embargo, toda la realidad se ofrece mansamente para que la disfrutemos como la más hermosa virgen, pura, casta, inocente, deliciosa, irresistible. ¿Y qué se hace? ¿Se la deja usar sus vestidos nupciales para secar lágrimas, sin jamás tocarla? ¿Se la desangra hasta la saciedad, preñándola de vástagos infernales? Como a una prostituta o ramera, las multitudes utilizan al mundo para saciar sus más variados instintos y deseos, sin jamás preguntar nada. O los sabios, esos engreídos, se mutilan las ansiedades hasta el tuétano dictando cátedras de pecados. Esto, no obstante, comprende infinitamente. Escucha, sin ser escuchado; ve sin ser visto; perdona, sin haber hecho nada. Hay compulsión de arremeter contra todo, de fundar imperios de luz, de crear píldoras de inmortalidad. Pero también hay comprensión de lo que nadie jamás ha comprendido ni ha de comprender nunca. Esto, esto, esto, está aquí. Y nadie lo conoce, salvo el que lo busca: sólo que no se encuentra nada jamás.


De las lágrimas derramadas por generaciones de antaño se levantan nuevos espejismos: hombres con frescos afanes. Cada cien años se renueva el elenco y los actores, aunque desempeñan sus papeles a la perfección, nada saben del asunto. Esto es verdaderamente impecable, inafectado por todo ello. El sol y la luna se persiguen frenéticamente en la carrera alocada del tiempo, dejando frustraciones sembradas en los días que germinarán en el abismo de eones. ¿Quién estará ahí para comprobarlo? Nadie lo sabe. Entonces, es bueno sonreír.


Esto es lo más frágil que hay. Como un diente de león, el más leve pensamiento hace que toda la dulzura se disperse en un soplido. La entropía se cuela en las mentes. ¡Qué difícil es no pensar! Y ninguna disciplina puede posibilitarlo. Por tanto, no puede hacerse absolutamente nada al respecto. Todo es inútil. Ya que, ¿acaso hay ansiedad en el florecimiento de las flores? ¿O apuro en los atardeceres? ¿O estrés en las olas? ¿O conflicto entre las nubes? ¿O competencia entre las gotas de lluvia? Jesús, Buda y las demás ranas croando en el estanque han prescripto muchos métodos, disciplinas, instrucciones, oblaciones, dogmas y filosofías; pero, sólo hay paz cuando nada hay que interfiera el fluir del silencio. Ahí es cuando todo este ruido de fondo es aceptado y hay serenidad. Por eso, el saber que esto es verdadero, más allá de los miedos y culpas, es lo real. El constatar, en sentimiento, en experiencia, o en como se quiera llamar, que esto bulle de bendición es ser auténtico, es ser valiente. Y con esta bendición a flor de piel, ¿qué budita, qué jesucito podrá venir a objetar nada? Ellos son como estampitas, como hojas, como motas de polvo siendo llevados perpetuamente por la misma gracia en su ventisca. Y este soplido es el que reúne y dispersa constantemente los pensamientos como pétalos en una tormenta deliciosa. Y aun, la suavidad de esto, supera todo asombro.


El verdadero silencio no depende de que cesen los barullos, o de que se aquieten los sonidos del pensamiento. Este silencio prosigue perfectamente, como río subterráneo, por el desfile de extravagancias que es eso que llaman vida. Los taladros y motores derraman dulce melodía que fluye sin causar molestias, y los jardines cantan corales nectarinos. De bocas cerradas por pasmo, salen cascadas de luces que bailan como en secreto, sin interrumpir el silencioso trabajo de las hormigas. No que se busquen metáforas ni delicadezas para darlo a conocer o que se quiera ensalzarlo: puesto que esto es incognoscible, imposible de describir en toda su frescura. El poeta queda mudo. Esto es verdaderamente hermoso y nada hay que pueda decirse al respecto. Entonces, ¿tiene este hecho de escribir el deseo de esparcirlo, mostrarlo? Increíblemente, sí. Es absurdamente estúpido, pero también se desea que esto quede en la memoria: ¡cuánta necedad hay en ello! Ya que, desde el momento en que se registra en el cerebro, quedó tieso cual roca despreciable, cual guijarro inservible. Porque las multitudes quieren estas descripciones (y se sabe que se es las multitudes), pero al entenderlas, al captarlas, al comprenderlas, al compararlas, quedan convertidos en apestosos cadáveres. Pero la resignación, la culpabilidad, la conciencia pecaminosa queda completamente destruida por esto y por su ejército de dulzura. Esto ya perdonó todo, y nada hay que se pueda hacer para evitarlo. Aunque, paradójicamente, los cuerpos yazcan decapitados por las guillotinas del deseo, y toda carne deba ser lacerada por las cuchillas del castigo merecido. Es así de simple: esto nada quiere, ni busca, ni pretende; pero se le quiere, se le busca, se le pretende. Y es lo más estúpido que hay.


Todo está vivo. Todo lo que pueda verse, tocarse, sentirse, cada pensamiento, cada sueño es un átomo refulgiendo en el brillante campo de la conciencia. No que la conciencia tenga vida en sí misma, puesto que es una mera tabla inmóvil, en la total inercia. Y esto no es estar vivo como configuran la vida, por la respiración, por el movimiento, por la meditación. Esto realmente vive en todo. Increíble como antes era imposible saberlo. Todo lo inerte, todo lo que no se mueve, toda la oscuridad, toda la nada, todo trozo de inconciencia, las almas, los espíritus y todas las barbaridades fantasiosas, los ladrillos, las computadoras, el agua y los elementos, los pensamientos mismos (aun los enfermizos y morbosos), absolutamente todo: baila junto de la mano, fusionado, en consonancia, en sincronía, la gigantesca e inconmensurable danza de lo vivo. Pero, esto no significa negar esa muerte que han creado. Esa cesación, esa pausa, esa interrupción, ese paro y disolución que se da normalmente, pero de manera anormal. Las multitudes viven negándolo cada segundo de inconciencia, pero todos pondrán sus cuellos en la guadaña: serán aplastados como insectos. Puesto que viven sin jamás pensar en ello, y cuando sucede en las cercanías, ¡oh tragedias, oh dolores, oh lágrimas! Es divertido ver cómo, horas más tarde, ya están en las orgías de siempre. Aunque tampoco se piensa en ello de manera morbosa, como comúnmente suelen hacerlo, sino que se la siente a cada paso, a cada giro. La muerte se integra a la totalidad y forma parte de la vida. Entonces, no se trata de eludir una simple secuela, un simple tropiezo de la respiración y de latidos, sino de aprehender a cabalidad la verdad. Saltando las dualidades, hay un lanzamiento hacia lo desconocido, lo siempre nuevo, y la destrucción de todo miedo. Puesto que si ahora mismo, con toda la hermosura y bendición, nada hay para ver, ¿qué tanta pavada ha de haber para ver luego? Y no hay después: esa es la clave. Cuando se pierde el miedo, cualquier punto es el centro del universo... hacia donde se dirigen meteoros devastadores. Y toda la destrucción son cosquillas. Esto, por tanto, nace constantemente, y, aunque su revelación sea gozosa, no hay motivo para alegrarse. Y aun los inmortales sienten tristeza. Pero aquí no hay tristeza ni no tristeza. Porque la no alegría es liberación; liberación que posibilita la elección entre la alegría y la no alegría. Llegando a lo incausado directo, que equivale a la gracia. Pero estas son palabras estúpidas, tonterías que no hacen sino eludir, excluir esto. Por más de que sea imposible hacerlo, puesto que es omniabarcante.


Quizás no sea fácil liberarse de redes conceptuales. Es una cuestión de triturarlas con adecuado discernimiento. Y aun, cada palabra aleja a la verdad. Y la palabra “verdad”, es la que más aleja de la verdad. Mientras se pronuncian, unas detrás de otras, las mentes se propulsionan por fuerzas centrífugas, cada vez más lejos, más distanciado de lo que está tan cerca. También la palabra “esto” es inadecuada; en verdad: toda palabra lo es. Por tanto, no se habla de la verdad, ni de esto; sino de, lo que esencialmente es nada. Puesto que no es una verdad ni una no verdad, o un esto o no esto. Sólo que no hay una duda ni no duda. ¡Es tan estúpido seguir con esto! Cabe decir que esto es lo que sigue, nada más. No hay palabra que lo nombre ni concepto que lo abarque, pero es imposible llamarlo “nada”. Se lo llama “esto”, pero nadie hay que lo diga, ni hecho de nombrarlo: solo hay esto mismo.


Hay una extensión de agua infinita, límpida y perfecta: completamente quieta. Pero algo... hace que se agite, y empieza a vibrar espectacularmente, dando creación a miríadas de formas. Esta agua es la mente o conciencia, eso que dicen que es susceptible de sentir las cosas, de aprehenderlas. Y aun, el verdadero sentir, está fuera del alcance de la mente. Las miríadas de formas saltan y bailan en el espectáculo que se denomina realidad, y sus movimientos son asombrosos. No que se percate de todo ello de manera intrínseca, sino que, al haber sido inventadas estas mentes y conciencias, acceden a esa constatación. Pero en el principio, todo fulge de perfección, imposible de entender o percibir: de luz invisible. Las aguas infinitas son ilimitadas, inconcebibles, inaccesibles en su pureza. Y la primera ondulación es la clave: ¿qué o quién inició todo? ¿Hay algo que puso todo en movimiento? Porque lo increíble del caso es que las cosas animadas, que tanto parecen saltar de aquí para allá, no se mueven ni un ápice de su lugar. Del lugar de esto, que está aquí. Si hay percepción de ello, nada vive sino eso; y si no se ve, ¿qué hay para morir?

 

La compulsión de hacer algo es casi inmanente en todo ser. Toneladas de agendas llenas lo corroboran. Parece difícil asirse a la quietud. Y es cierto. Nadie puede estar realmente quieto: solamente puede sobrevenir ella por si misma. Hablar, comer, dormir, copular, trabajar, entretenerse, exámenes, excursiones, viajes, proyectos económicos, políticos o religiosos, fiestas y eventos sociales, etc; etc. Terrible constatar la vacuidad en todo ello. Y es porque la modalidad ególatra de las multitudes funciona en piloto automático. Nadie controla nada: todo es deseo desenfrenado. Afanes ingentes de notoriedad, de pisotear con el poder, de justicia idealista, de perpetrar atrocidades, el abanico de avidez nunca dejará de seguir abriéndose. Nuevos campos son bautizados por las batallas de las mentes, siempre expandiendo la ansiedad, el estrés y el apuro. Sólo que nadie llega a ningún lugar: en la realidad nada se mueve. La terrible cantidad de energía que sostiene y alimenta este planeta no es sino una pizca, una migaja, una chispita insignificante de la inconmensurable masa de la totalidad. Todo el poder imaginable no puede hacer cambiar su rumbo a una hormiguita... pero la sed sigue ahí. Esto, sin embargo, está completamente saciado. Nada tiene que construir, ni que cambiar de lugar, ni que encontrar; por tanto, está en paz. Y esta paz es bebida gloriosa, néctar de nubes, bendición que se derrama de cada célula viviente... Esto transforma la cloaca podrida de la neurosis del mundo en cristalina agua deliciosa. Y no tiene precio, eso es lo fundamental. No hay que rogar, ni llorar, ni pedir, ni esperar, ni disciplinar, ni trabajar por esto; puesto que esto es lo que hace que todo pueda ser hecho. Entonces: nada puede haber sin esto, pero esto puede haber, ser, estar, sin todo ello. Esa es la maravilla siempre impactante: que todo es fútil, despreciable y pestilente; y que esto lo posibilita. Lo deslumbrante es que todo existe, brillando siempre, de manera nueva y espectacular. ¿Quién sabe si esto sólo es posible por la gracia, por la bendición? Sólo que ninguna de esas cosas son dos. Incomprensible cómo tan pocos lo sienten. Y la tristeza no tiene significado, así como la alegría. Hay una nube; tan suave, tan fresca, tan consistente: en esto se resume la verdad. En esto.


Cada hoja que cae lo sabe, cada avecilla que desciende en picada para alzar el vuelo a lo lejos lo susurra, cada bocanada de aire lo contiene, y aun: es completamente desconocido. Los milagros no lo demuestran ni las experiencias extáticas lo aseguran; sin embargo: el polvo vibra secretamente con su esplendor. La bendición tritura toda carne, la estruja, la despedaza, la pulveriza: y todo es para placer. Pero no para esa morbosidad enfermiza que se persigue frenéticamente, alocadamente. Este placer no se siente con la carne, ni con la mente ni con el espíritu, puesto que, aun siendo todo ello, es más que ello. Y ni los omniscientes, sin importar cuántas señales obren, cuántos poderes tengan, cuántos seguidores los alaben, lo comprenden en verdad: y esto es la máxima bendición. No que no tengan una noción aproximada de esto, sino que eternamente han de excavar en el desierto para desenterrar los tesoros del amor. Nadie jamás lo comprenderá en su totalidad, ni nada lo aprehenderá en su completitud: es así de simple. Esto estalla en vapores de omnisciencia y bendiciones a cada segundo, a cada giro de átomos, y, ¿quién lo atestigua...?


Ahorcar el ego con las propias manos, ahogarlo a escupitajos, molerlo a golpes: así funciona todo. Las masas de egos se trituran entre sí y solamente lágrimas salen estrujadas. Es dolor interminable. Y esto es como una llovizna fresca en una tarde de verano. Esto anula toda situación anterior, toda norma vigente, toda regla preestablecida. Pero nada puede dejar. Ni recuerdo, ni ansiedad, ni placer; porque entonces, sería tan limitado como cualquier otra cosa. Las masas se entretienen con sus religiones, filosofías, televisores, hombres milagrosos, guerras y orgías, y ¿quién conoce el secreto de todo ello? Los cerdos ciegos claman comida día y noche y sus vientres estallan de egoísmo. Pero la calma de esto prevalece. Ejércitos de egos son lanzados a abismos de dolor, pero al final se transforman en grandes pedazos de silencio. Murmullos de bichitos acarician las noches frescas y todos se sienten cansados luego del pesado día. Entonces, ¿quién pasará la noche en vela?


Hay una lanza que es clavada en el corazón. La sangre que sale se derrama salpicando y luego todo movimiento se detiene. La lanza es la belleza que se clava en la conciencia, derramando la bendición por toda la realidad. Y la gracia no es romanticismo, ni imaginación, ni metáforas, ni programación neurolinguística, ni alucinaciones. La gracia es lo más grande que hay, por eso debe despreciarse momento a momento. Un océano de placeres no hace ni una gota de bendición, pero desear cualquiera es como un mar de dolor. Y se chapotea en este mar, pero nada hay para ser sentido. Pero esto no es insensibilidad, ni apatía en el sentido de falta de responsabilidad, de no prestar atención al sufrimiento ajeno. De hecho, todo sufrimiento, toda muerte, todo nacimiento, toda tragedia y alegría, son experimentados como la misma única cosa: verdadera e inalterable. Si bien no hay una involucración personal; tampoco se vuelve impersonal la cuestión. Simplemente nada, nadie hay para sentirlo: pero la impresión es impactante. Solamente el ego puede sentir de manera empírica, de la manera común en que suele hacerse. Y los egos son carne de cañón para las pruebas de la vida. Ello debe perdurar hasta que haya algo que deba probarse. Pero si se abandona la ciudad del ego, no hay alegría ni tristeza: solamente maravilla, pasmo y asombro. Puesto que lo único que puede disciplinarse y mejorarse es la estupidez, la ignorancia, el miedo y la desesperación. Porque si se abandona el ego y sus fluctuaciones, nada queda por hacer: el miedo ha desaparecido de forma instantánea, como si alguien lo hubiera robado sin que nadie se percatase de ello. Y todo lo que se diga es pensamiento, elucubración fútil, quimera tonta: lo único verdadero es el no pensamiento, cosa imposible de describir. Este intento, entonces, es realmente estúpido. Porque siempre va a existir esto, siempre va a estar aquí, siempre va a hacerse sentir, trepidar mundos, sacudir constelaciones. Y si alguien está para sentirlo, para experimentarlo, bien; pero si nadie está allí cuando suceda, ¿a quién podría importarle? La tragicomedia de la existencia hace diarrear a los filósofos nuevas teorías; a los santos, nuevas formas de salvación; a los analistas, nuevos vómitos calentitos de sistemas políticos, sociológicos, económicos, religiosos, etc, etc, etc. El dolor de ello es desgarrador. Sólo que finalmente, esto brilla y refulge por sobre cadáveres de historia, por sobre heces de hazañas de libertad, por sobre almas de mártires perfectamente inocentes. ¡Qué alegría el saber la futilidad, la insignificancia de todo! Todo será salvo: en la destrucción total. Los universos naufragan en esto, y del licuado surgen más burbujas de creación. ¡Y se quiere romper con las burbujas dolorosas de ensueño! Olvidando momentáneamente que esto las hizo surgir... entonces, lo hermoso de quedarse a mirar cómo estallan... es indescriptible.


Esto no es ni grande ni pequeño, ni largo ni corto, ni claro ni oscuro, ni se expande ni se contrae, ni se acrecienta ni se disminuye, ni causa placer ni dolor, ni se lo puede nombrar ni se puede dejar de hacerlo, ni puede ser imaginado ni experimentado. Está fuera de toda discusión, siendo, no obstante, lo único de lo que se puede hablar; está más cerca que los pensamientos propios, pero delimita los lejanos confines del universo; da una luz que revela el mar de oscuridad de sí mismo; se propaga a velocidades inconcebibles pero no va a ningún lugar. Está perpetuamente aquí, sin embargo, es imposible sentirlo. Y se siente a cada instante, cuando nada realmente hay.


Todas las religiones son absurdas, todos los sistemas filosóficos estúpidos, en fin: todo intento de explicar la realidad es completamente tonto, infundado e infructuoso. Puesto que surge de la misma ignorancia fundamental. Entonces, el pensamiento va construyendo ciudadelas de dolor, alimento de destrucción. Ciertamente que lo que se inventa, se elucubra, se crea, es insustancial, efímero, y de solidez presta a ser rota y pulverizada. ¡Cuán sabio es no juzgar! ¿Y quién lo hace? Corazones enmudecidos lloran ante la gracia, y las bocas sucias no paran de moverse y tirar veneno. Pero nada de ello afecta en lo más mínimo. Mientras ejércitos de oscuridad y luz se precipitan por sobre multitudes “neutrales” y todo se diluye en el tiempo, el silencio hace florecer los campos y lo incognoscible se cosecha con cada giro de la guadaña. Lo innombrable, lo inexpresable, lo invisible, lo inconcebible: esto verdaderamente es lo real. Sacrílegas multitudes agolpadas en los templos lo profanan a diario, pero su brillo y pureza nunca jamás menguan siquiera un ápice. La bondad de esto es imposible de imaginar, como la sonrisa de un espíritu desconocido, pero su calor es lo que da vida y permite que la utilicen para la mentira. Por tanto, no hay compromiso con la verdad, ni aversión hacia los mentirosos; sino que se ve a todos de la mano, buscando perpetuar lo que les es ignorado. Esto viaja de incógnito por mares, valles, montañas, cerros, nubes, arroyos, ríos, cuevas, desiertos, tundras, praderas y cielos, espacios siderales y abismos de nuómeno, siempre nuevo y brillante, siempre expansivo y gozoso. Y nada ni nadie puede negarlo, ni torcerlo, ni impedirlo. Por eso es una bendición: porque nadie lo da ni nada lo recibe... pero eternidades se inmiscuyen entre células.


Impactante, maravilloso, siempre nuevo, en expansión constante, sorprendente, terrible en su bondad, compasivo, poderosísimo, tremendo en su frescura, más fino que un átomo, de solidez indestructible, brillante, suave como brizna de hierba, exquisito en aroma imperceptible, de múltiples formas rotando en lo invisible, asombroso en su luminosidad, conmovedor en su ternura, frágil como pétalos de rosas, embriagador, efusivo, obliterante en su dulzura, de amor desgarrador, con fuerza imposible de contrarrestar, de impulso irrefrenable, continuo en su prodigio, completamente imprevisible, siempre destructivo, magnánimo, espléndido y majestuoso, sin precio, fuera de toda transacción de oraciones o meditaciones, pasmoso cada vez, con vigor siempre renovado, explosivo en perfección: así es esto.


El ver un árbol, con sus hojas brillantes, con su tronco en lo alto, desplegando su majestuosidad: le hace invadir secretamente. El observar a las nubes, construyéndose en imágenes fantasiosas y jugando a las carreras con el viento: le ejerce atracción. El ser testigo de la hermosura de un pueblito, lleno de gente funcionando, de calor de hogares saliendo por chimeneas, todo tan pequeño y compacto desde los cielos: le roba compasión. El sentir la frescura de una cascada, con espumas de impetuosidad, prístina en su deseo de perpetuarse cuesta abajo: le infunde alegría. Esto no es panteísmo, ni monismo, ni politeísmo, ni dualismo, ni ningún “ismo”. Perfectamente visible en los ojos, para muchos el requerimiento es el de cerrarlos para sentirlo. Sólo que en verdad, no hay ningún requerimiento ni condición, ni plazos ni listas de méritos necesarios. Y aunque mil veces se haya dicho que está fuera de toda descripción, su dulzura se desborda como la miel de los panales. Y el sabor es de inmortalidad.


El poder que confiere, que otorga, que regala, que da eso que llaman dios, es tan espurio como el poder de los comicios, de los burócratas, de los militares, del dinero y de los políticos. Y aun, eso otorga todo deseo legítimo, toda aspiración justa. Puesto que las ocurrencias extravagantes cesan por sí solas. Entonces, el verdadero poder es mirar todo sin sentir ansias de cambiar nada, de mover un solo átomo de su lugar: vaciarse finalmente de impulsos confusos. Incluso las visiones extáticas y experiencias místicas, por más espectaculares y reales, nada demuestran; ya que las piedras, por más alto que se las arroje, vuelven al suelo por sí solas. La dinámica del cosmos es un movimiento agitado del deseo, que debe cumplirse a sí mismo. Pero aun teniendo todo lo que ese dios pueda ofrecer, queda perpetuamente enterrado el misterio de lo verdadero, de lo real, de lo fundamental. Eso que es esto, brutal, paradojal, único y simultáneo, fuera de cualquier concepto, imaginación y descripción. Esto es lo único que es perfecto y sin comprensión ni condiciones, que hace que se muevan dioses y hombres y sus despreciables esferas de poder. Puesto que no es algo definido ni concreto en el sentido empírico, ya que sería limitado, reducido y circunscrito. Y esto es ilimitado, libre, absoluto, inconmensurable e imposible de experimentar. El poder es entretenimiento para las masas, juguete para niños; así como las religiones, los gobiernos, las guerras, las orgías y sus normas de etiqueta y funcionamiento. Fundamentalmente relativo, todo lo que cabe pensar, sentir o experimentar, es sinónimo de futilidad. Incluso el despedazar a dioses y beber de sus embriagadoras copas eternas de poder. Esto simplemente sonríe mientras llena de nuevo esas copas...


La inocencia desgarra corazones llorosos, echando lágrimas saturadas de pecado y arrepentimiento. La cósmica balanza equilibra universos de luz y oscuridad, igualando, fundiendo y derritiendo ángeles y demonios en una sola carne. Es una visión espectacular. Un panorama grotesco se percibe desde la atalaya del discernimiento: la vida como tragicomedia interminable. Y aun los dioses se lanzan a la batalla. Esto permanece pasmado ante todo ello. Esto calla y simplemente confecciona más espacio y tiempo para dar lugar a futuras escaramuzas. De etéreas fuentes cristalinas, hace brotar nuevos soldados que han de marchar hacia una alegre destrucción. Todo danza hipnotizado, mientras tararean distintos estribillos: amor, odio, temor, dulzura, justicia, delincuencia, lujuria, paz... Esto no es imaginación, ni programación neurolinguística, ni creación literaria. Esto empuña una hoja inconmensurable de caos y limpia el estanque cristalino del tiempo. Los eones se desparraman y vuelan como el polvo, y las ondulaciones del estanque se solidifican, formando un espejo que refleja lo absurdo. Perennidad, infinito, eternidad: estas palabras son como costras del brillante cuerpo de esto.


No pasa un día sin que se piense en la muerte. Cada hoja que cae lo testimonia. Pero este pensamiento no es neurótico ni morboso, como suelen ser los pensamientos acerca de la muerte. Este pensamiento no es imaginación cursi, ni ensoñación romántica, ni elucubración del futuro. Es un sentimiento real: casi una sensación física. Caminando cada paso tomado de la mano con la muerte, puede verse que ella es bella. Ellos no pueden verlo porque están muy ocupados con sus egos, armando escándalos en los velorios, fingiendo que extrañan a los que hace tan poco odiaban. Esto no odia a nadie. Y la vida que da no puede ser llamada vida. Esa vida que configuran como opuesta a la muerte, que tanto temen. Porque en esto nunca puede haber temor. Entonces la muerte se vuelve real, palpable, consubstancial, perfecta; produciéndose así la perduración. Pero como viven entre espejismos de ilusiones y sombras de inconciencia, no pueden jamás sentirlo. Y no se lo siente, sino que esto siente por sí mismo. Esa es la verdadera permanencia: la permanencia de la imposibilidad de percatarse de esto.


La inteligencia es el punto culminante de la absurdidad, puesto que pretende conocer lo incognoscible, así como la mano quiere agarrar el sol. Ya que ella sólo funciona dentro de lo limitado, fragmentario y restringido, ansiosamente midiendo, acumulando y comparando. Pero, ¿qué hay para medir si es imposible ver nada? La sabiduría, aun con sus ribetes dorados, siendo la medida justa entre pensamiento y sentimiento, fe y razón, está dentro del tiempo y la mente, junto con sus restricciones. El discernimiento, sin embargo, incluso siendo más que la sabiduría, tampoco puede funcionar fuera de las frustrantes limitaciones de lo que es. Y no que no se pueda acceder al verdadero conocimiento de las cosas, sino que aun cuando éstas sean dadas, ya sea por la inteligencia, la sabiduría, el discernimiento o la intuición, no confieren absolutamente nada que no sea delimitado, constreñido, presto a ser destruido. Y esto no es así. Esto no puede ser creado ni destruido, descubierto ni escondido, real ni irreal, buscado ni encontrado. No está sujeto a la creencia ni al análisis, ni la duda o la certeza lo condicionan, ni el escepticismo ni la devoción lo pueden afectar. Aunque tampoco está fuera de todo ni dentro de nada, ni puede ser pensado ni sentido. Por eso, ¿qué importa si el discernimiento o la intuición confieran conocimiento sin obstáculos espaciotemporales, cuando que la manifestación que causa puede ser señalada, medida, analizada? Las actividades fruitivas expanden perpetuamente el tablero de ajedrez en donde se seguirá jugando a la existencia y a la inexistencia. Y los escaques son luz y oscuridad, materia y energía, espacio y tiempo, placer y dolor, libertad y esclavitud. Esto, por tanto, ¿qué pieza moverá?


Ellos piensan que para ser iluminados, hay que cambiar. Por la ascesis, meditación, o cualquier estupidez similar. Piensan que van a ver rayitos por sobre sus cabezas o que algún santo deberá hablarles. También imaginan que deberán usar poderes sobrehumanos, como leer las mentes o aparecer simultáneamente en más de un mismo lugar. Creen que verán lucitas o bolitas de fuego que les han de guiar el camino, diciéndoles lo que deben hacer o a quién ayudar. ¡Qué pena por todo ello! La iluminación les ha de parecer realmente decepcionante. Puesto que no es nada nuevo, en el sentido de alguna cosa novedosa que antes estaba perdida y que se ha descubierto, encontrado; como alguna antigüedad u objeto valioso escondido en un baúl, o verduras en el mercado: esto nunca se perdió. Sus caritas tristes al escuchar que los budas y cristos, también tenían hambre y sed, necesitaban cagar, tenían frío y calor, se acostaban a dormir, copulaban, hacían bromas, contaban cuentos y morían. Generalmente se piensa que debe haber algo espectacular, misterioso y trascendental dentro de los seres realizados. Lo que se olvida es que no hay nada que deba ser realizado. ¡La iluminación es lo más estúpido que hay! Puesto que, en vez de dar, lo que hace es quitar. Quita todos los sueños, las fantasías, los deseos, las opiniones, los enojos y alegrías, las pasiones: se lleva absolutamente todo. Luego vuelve para llevarse la nada que quedó. Entonces, ¿qué es lo que hay...? Esto.


Como un río desbordado, esto se precipita por sobre represas de pensamiento. Inunda recovecos de inconsciencia y ahoga cerebros. Como el primer rayo de luz en una noche despejada, esto penetra en sopores ilusorios de egotismo y libera las cadenas del amanecer. Todo está muy vivo. El aire está cargado y listo para explotar en cualquier segundo. Esto no es imaginación, ni sueños proyectados. ¿Es posible estar, ser sin experimentar y sentir esto? Todo es posible. Eso es lo ridículo. El florista vomita ramilletes que se esparcen por las calles, ¡la gracia fluye a borbotones! Y los necios, apartándolas del suelo gritan: “¿Dónde, dónde?”. ¡Aquí y ahora, aquí y ahora! ¿Dónde más?


Esto es abrumador.


Como un extraño desconocido, que dice qué se debe hacer todo el tiempo, así es esto. No se le conoce, ni nunca se hará, pero a cada segundo se escucha su voz. Y lo que dice es verdad. No que se tenga que escuchar literalmente una vocecita, ni mirar lucitas, ni tonterías fantasiosas similares; ni siquiera hay compulsión de obedecer o desechar lo que dice, sino que lo que se hace es hecho, y no hay dudas al respecto. Y aun: ninguna pregunta puede ser contestada. “Qué, quién, cómo, cuándo, dónde, por qué, para qué” son abismos sin fondo, y al instante en que las multitudes se lanzan a ellas, se vuelven polvo. ¡Qué suave les lleva el viento! Ese polvo se rejunta para preparar nuevos “libros de sabiduría”. Es hermoso ver cómo, al absorber cada página, la ignorancia crece. El conocimiento es como una montaña inquebrantable de prejuicios y orgullo. ¿Quién la triturará? La acumulación de hechos, fechas, acontecimientos y demás datos, ¿ayudará a alguien? La vastedad del universo no es apreciada por mente alguna, salvo que tenga alas de omnisciencia. Y aun, desde lo alto, ¿dónde quedan los detalles? ¡Los dioses gozan de la bienaventuranza agraciados en sus tronos de nubes mientras las hordas estrujan su ignorancia en los holocaustos y las guerras! Cada brizna de hierba palpita en la verdad y su frescura no es tocada por los quemantes infiernos de lo profundo. Los hombres discuten acerca de su ignorancia, y escriben cada vez más libros de futilidad. ¡Y lo único que crecen son los egos! La visión perfecta de campos y campos de egos siendo expurgados por fuego es sublime y magnífica. ¡Es la gracia inacabable! Palabras y pensamientos se secan y marchitan, yendo por rumbos que el viento lleva hacia lo incognoscible. Por tanto, en lo que respecta a esto, no hay “dónde” ni “cuándo”, porque no existe nada fuera de lo real. Desconociendo lo fundamental, se vive riendo mientras se engullen ansias religiosas, sueños eróticos, deseos celestiales, fantasías del más allá y demás parques de diversiones para la mente. ¡Qué larga es la fila que esperan para poder subirse a los juegos! Nadie jamás se aburre ni se colma suficientemente de dolor. ¿No es evidente? Esto, por tanto, destruye el dolor y el placer, la verdad y la mentira, el conocimiento y la ignorancia al mismo tiempo. Una vez que todo ha sido destruido, la nada se diluye en el tiempo y se drena hacia cloacas lejanas. Y por la ubicuidad se siente cada cosa y pensamiento jamás creado. Pero ni esta omnipresencia abarca una sola pizca de esto. Siendo esto así, ¿dónde se pondrá el pie?


Nadie está pensando nada. Nadie está elaborando teorías o frases prefabricadas, cremas para el ego, chupetes para los tontos que quieren consolación. Nadie está leyendo ni escuchando nada. Nadie habla de absolutamente nada en la estupidez. ¡Que absurdo y completamente despreciable! Ridículo, verdaderamente ridículo. Nadie aprende nada ni siente nada, ni puede sentirse mejor persona de lo basura que es. Nadie escucha nada ahora mismo ni dice nada de nada. Tan sólo son máquinas estúpidas que mueven la lengua y el pensamiento.


No hay que tentar a dios si no se le quiere conocer al diablo.


La única manera de comprender a un iluminado es ser un iluminado. Los dioses extienden sus meriendas en sus mesas y la gula no se acaba. El universo mismo es el menú. Aunque se considere que un segundo de ellos es una eternidad para los hombres, ¿no están ambos inmersos en la ignorancia? Cataclismos del fin del mundo causan las molestias de mosquitos, y de pedos divinos surgen nuevos cosmos. Mirando hacia arriba o hacia abajo, ¿qué puede ver una momia envuelta en la necedad? Células fagocitándose la existencia sin saber que son parte en una gesta memorable de construcción de seres vivos, tejidos funcionando a todo vapor sin pensar en descansar por un momento, y los átomos guerreando en el microcosmos, ¿no quieren firmar un armisticio? Si para las hormigas los hombres son dioses, ¿qué serán los dioses de verdad? Lo increíble es que todo es para futilidad. Invencible es la ignorancia, ¿y se pretende conquistarla con más ignorancia? Quien no pisotea a los sabios como las ranas que son, lejos está de entender esto. Puesto que es brillante por sobre cielos, fulgente en su esplendor, terrible en su ternura, constantemente generando cristalinas fuentes de paz. ¡El flujo y reflujo de esto hace que las pacíficas aguas traigan y lleven guirnaldas de luz! La puerta de la iluminación ha sido desmenuzada por el discernimiento y los budas se sientan a llorar sobre sus escombros. Los ciegos alaban sus ídolos hechos de oscuridad penetrando cada vez más en ella, ¿y quién irá a rescatarlos? Las lumínicas palabras de los santos se mezclan con la mierda que los cerdos comen, creando más confusión, sufrimiento y desesperación. Y esto no puede hacer absolutamente nada, sino callar. ¡Qué perfecto y lleno de colores es su silencio! ¡A borbotones estruja panacea de las estrellas y cielos, sólo para que los cerdos corran más lejos y profundo hacia escondrijos y cuevas hechos de dolor! Terrible. Como niños malcriados, tiran por la borda el regalo de la gracia, prefiriendo baratijas de menor calidad. ¿Y qué hará el padre bueno? ¿Castigar al niño? ¡Jamás! Sino que le dará aquello que quiere, hasta que entienda que ya tiene todo. Entonces esto colma los toneles infinitos del deseo, sabiendo que es completamente inútil. ¡Quizás algún día el niño crezca y comprenda la verdad! Y si lo hace, ¿qué serán en aquel día padre e hijo? Esto. Siempre esto.


Detener un caudaloso río con un dedo, reasentar órbitas planetarias con la voluntad, destruir colosales máquinas con la sola mirada, extender etéreas sinapsis fuera del universo: todo ello y más puede hacer quien penetra en las regiones del no pensamiento. Mientras gigantescos cerebros sucumben bajo sus propias redes neuronales, espíritus osados fustigan recursos astronómicos en su búsqueda por el placer: ¡cómo los dioses riñen por migajas! Y esto, ¿qué hace? Microorganismos de poder hierven en caldos infernales y la sed de los demonios se extiende a lo infinito, nubes superpuertas de éxtasis aburren a las almas perfeccionadas y las sobras caen sobre los sabios. Pero, ¿quién saca beneficio de todo? Si bien los dioses viven más allá de estas nubes, cuando se consubstancia con el no pensamiento, se les ve arrastrándose por la tierra como gusanos. ¿Dónde está el origen de esto? ¡Más allá de los cielos, más allá de todo! Aquí mismo y ahora. Cuando el telón del fin del mundo caiga, destrozando todo lo conocido y las galaxias como frágiles abalorios, ¿quién quedará allí para aplaudir...? Exactamente.


En el torrente sanguíneo espaciotemporal aparecen manchas de universos que pretenden tornasolar la refulgente pantalla de esto. Cáscaras de estrellas y de explosiones de batallas de antaño son llevadas por la brisa del espíritu hacia nuevos nacimientos en el fragor. La titánica escaramuza entre el bien y el mal esparce semillas de futuras guerras en el fértil terreno de la totalidad de las mentes. Ciertamente que la santidad se robó todas las medallas y honores; la maldad, solamente pudo generar ejércitos de cadáveres, tiesos en la eterna desesperación o que siguen marchando hacia la quietud. De las chispas y fuegos artificiales de victorias merecidas y derrotas estrepitosas, silenciosos fetos de demonios del mañana preparan nuevas estrategias para perpetuar la lid. Nadie sabe por qué lucha, o para qué, o contra quién: pero todos sin falta, como los kamikazes, se suben al avión sabiendo que no regresarán. ¿Y mejora el mundo, acaso? ¡Que hable él por sí mismo y que diga si no ha empeorado! Los santos derrumban pilares de sociedades, de religiones, de ejércitos, de filosofías y dogmas, recogen lo ganado en la jornada y parten. ¿Dónde ha quedado todo su trabajo? Ciertamente no en el puño que golpea, en la mano que roba, en los dedos que ahorcan... ¿o sí? Mientras se agolpan multitudes en las puertas del paraíso, los meteoros de dolor llueven sobre una tierra despellejada por las llagas. Almas excoriadas chillan a los cielos atiborrados de ángeles riendo, mientras diablillos maquinan en las profundidades. ¿Cómo es posible tanta miseria? ¿De qué sirve que hayan habido tantos santos si es que el pan de cada día de las multitudes es dolor? Las hordas se despedazan por los pelos y las uñas de los santos y estos, ¿dónde están? El prepucio de Jesucristo parece valer más que seguir sus enseñanzas, una astilla de la madera de su cruz parece ser más interesante que sus mandamientos. Si los budas, cristos, santos, gurús, maestros, sabios, filósofos y demás monaguillos hicieron tanto bien al mundo, ¿por qué sigue como está? Esto no se anda con rodeos, no hace preguntas tontas. ¡Que se levanten los muertos y den testimonio si pueden! Las revelaciones y misterios son para novicios, las doctrinas y enseñanzas para principiantes. Lo verdadero desolla cuerpos y tritura almas: lo esencial es solamente la destrucción. Impenetrable e inaccesible por donde se lo mire, esto va tejiendo la telaraña espaciotemporal en donde se suceden los maravillosos espectáculos de universos refulgentes. Y el mayor bien posible en estas lucitas vacías es egoísmo puro en la realidad. Esto brilla de manera espectacular, terrible e imparable. Entonces, se le puede decir bien, pero es mucho más que el bien; verdad, aunque la verdad parezca mentira frente a esto; bondad, sin importar que la maldad ría al ver a la bondad avergonzarse frente a esto; alegría, belleza, éxtasis y júbilo, aunque estas palabras sean huecas vasijas rotas y putrefactas frente a lo que esto realmente es.


Pensamientos sátiros preñaron la adúltera mente de infinidad de deseos: el universo había nacido. La gran madre parió las interminables estrellas, impecables en su brillo y fulgor: todas bastardas. Entonces, de la fornicación de los pensamientos con la exquisita vagina espaciotemporal han nacido todos los seres, ¡hijos ilegítimos que vendrían a apropiarse de la herencia del padre! La realidad fenoménica es una orgía inagotable, que hace surgir incestuosos comensales, engalanando con flores negras de dolor, infinitas variaciones en el pecado. Todo pensamiento ya es, por sí solo, un error; no importa cuán altruista, cuán, bondadoso, cuán santo, cuán humilde y sacrificado: es una flecha disparada al abismo. Y esto engulle abismos. Esto recibe guirnaldas de poder, placer y eternidad: pero no se inmuta en lo más mínimo.


Para el músico, el acorde inconcebible; para el pintor, el color invisible; para el filósofo, el axioma impronunciable; para el místico, la revelación inenarrable; para el escultor, la forma sin espacio; para el cantante, la nota inaudible; para el deportista, la distancia y alturas inalcanzables; para el militar, el enemigo imprevisto e invencible; para el técnico, el fantasma en la máquina; para el matemático, la cifra absurda; para el sabio, el origen de su sabiduría; para el amante, la fuente de su amor; para el santo, la eternidad incognoscible; para esto, esto mismo. ¿De qué sirve jugar a las “escondidas” si se tiene visión omnipenetrante? ¿O a “la macha” si se está en todos los lugares? ¿O al policía y al ladrón si no se puede morir? Los niños lloran plata preciosa y contundente, pero esto no llora por nadie. Puesto que refresca los campos estivales con su lluvia, con potente brillantez. Y las noches se atavían con los gloriosos cantos de bichitos, que quieren lanzarse hacia las lumbreras siderales. Uno de ellos logró posarse en la luna. Entonces, esto sonrió.


Los hormigueros de cemento y acero están repletos de cáscaras de almas, que pululan afanosamente en busca de tesoros, encontrando solamente carnosos cofres vacíos. Muchos se pasean dentro de cajas de metal con ruedas, y algunos se elevan en máquinas que rebasan a las nubes. La ciudad no duerme. Puesto que esto es sólo la punta del iceberg: el mero escote de una suculenta mujer, voluptuosa y exuberante, con vagina y boca húmedas, y el deseo y la lujuria vertiéndose de cada uno de sus poros. Bajo tierra batallan ejércitos de ratas, y las cucarachas trabajan con tesón por las migajas del día. Las bacterias y microorganismos tampoco se quedan atrás, fagocitándose la existencia las unas a las otras. Y la danza de luz de las partículas subatómicas es un espectáculo reservado sólo para los que se procuren de gafas omniscientes. La ciudad forma un menage á trois con la causa y el efecto. El baile que hacen es impresionante, echando chispas de piernas, rayos de sangre, ráfagas de manos, chorros de ojos, todo revuelto y mezclado en un cóctel explosivo y embriagador. Las pluriformes hordas de ladrillos y metal doblado que rascan los cielos, con su enormidad aparente, imitan a cadáveres erguidos y congelados en el tiempo. Sólo que el fluyo del tiempo revienta todo dique: y ninguna represa le resiste. Puesto que tanto los pétalos como las barras de acero están hechas de relatividad: la plastilina con la que la mente va configurando figurillas de causalidad. Un ruido sordo y seco de lluvia oye quien penetra en el reino de lo desconocido, ¡las sutiles leyes de la creación a su entera disposición! Mas esto, sabio más allá de la sabiduría y silente en los siglos, engulle todas las gotas en el aire. Y ningún vapor de pensamiento queda para recordarlo. Esto siempre sopla las carabelas de deseos hacia el altamar de posibilidades, entonces, ¿quién será capaz de arriar sus velas y llegar a destino?


El hombre es flujo, y la mujer reflujo. Son una misma realidad, la misma energía, vibrando de manera consonante, paralela. Pero no, ellos quieren ver las diferencias; las razas, las religiones, las políticas y baratijas similares; quieren discriminar y diferenciar, marcar barreras y pintar nuevas banderas para salir a las calles a gritar. Es un chiste. Y el hecho de que alguien no lo entienda, o no se ría, no es ningún problema. El hambre, la vejez, la muerte, todo tipo de tragedia: es un chiste. Y reírse es tomar el lado conveniente de la energía. No que no se llore, ni mucho menos: sino que se elige reír. Entonces, aunque no se “elija” tener accidentes, enfermedades terminales, desmembramientos, mutilaciones azarosas de cuerpo y ego, todo tipo de lesiones y tragedias, es igual: se elige la parte simpática o la parte trágica del asunto (nadie le obliga a nadie). Por cierto que ese mismo es el problema: que se quiere elegir siempre lo mejor, lo bueno, lo más interesante o placentero, que resulta ser precisamente lo opuesto a todo eso. Entonces, la neurótica dinámica de la santidad es muy fácil de entender. Un santo extorsiona a su dios pidiendo visiones extáticas y experiencias beatíficas, y el dios soborna al santo para que haga el bien. Ambos salen beneficiados y nadie aprende nada. Ya que el santo no va a mover un dedo si no fuese por sus preciosas constataciones del cielo, ni el dios ganaría partidarios si no tuviese al menos unos cuantos enganchadores en su bolsillo. Sólo que no se puede vivir en discernimiento con todas estas estupideces, sueños proféticos, poderes sobrenaturales, experiencias divinas, etc. Causan cierto placer, por supuesto, tanto como comer papas fritas. ¡Pero no se puede vivir comiendo exclusivamente papas fritas! El cuerpo reventaría. No que ello fuese malo, ni mucho menos. Sería simplemente, una mancha más en el suelo que esquivar.


Por cierto que el santo (llámesele sabio, buda, héroe, gurú, salvador, maestro, sacerdote, monje o payaso), lucha contra los sistemas políticos, religiosos y sociológicos de su tiempo, logrando así su preciosa iluminación, salvación, liberación, santidad o cualquier otro fetichismo; y, en este proceso, instaura otros sistemas, peores que los anteriores.


El verdadero poder es la renuncia. No hay otro poder. Puesto que sólo puede renunciar, quien tiene el poder para hacerlo; el que no tiene poder, no puede renunciar a nada. Entonces, quien se aferra a algo, instantáneamente lo pierde; y quien lo suelta, parece conservarlo para siempre. Por tanto, renunciando a todo únicamente, puede esperarse ganar algo. ¡Solamente que no hay nada por lograr ni nada que ganar! Así también, si se espera conseguir algo renunciando a todo, ¡es lo mismo que aferrarse! Es imposible, por tanto, hacer algo. ¡Esto dibuja miríadas de figuras en el lienzo espaciotemporal! ¿Y qué maestro artesano es capaz de distinguir las formas y discernir su origen y fin? Esto solamente, esto solamente.


La cascada de universos se precipita delante de ojos omniscientes, y nada se desea. El poder se vuelve algo despreciable: solo el amor vale. Realmente este amor es el pegamento que mantiene la consistencia de las fabricaciones espaciotemporales unidas, lo que posibilita la realidad, la única sustancia verdaderamente sólida: lo demás son como blandos sueños burbujeantes, explotando ante la más leve eyaculación. Entonces, las burbujas de realidades se precipitan por sobre horizontes y hacen tornasolar sus líquidas tonalidades: sólo que las orejas de la rugiente multitud atrapan solamente chillidos. ¿Quién escucha la melodía de esto? El ego se ocupa perpetuamente en martillarse el dolor de infinitas vidas, y su potencia destartala toda cosa. Hay una sola pregunta que merece ser hecha, y nadie la ha contestado jamás. “¿Por qué?”, susurran las hojas secas mientras caen; “por qué”, inquiere el lobo a la luna; “por qué”, gime el anciano enfermo y decrépito; “por qué”, llora el suicida; “por qué”, grita el big bang; “por qué”, estallan las metralletas; “por qué”, balbucean avecillas recién salidas del cascarón; “por qué”, se lamentan los niños nacidos muertos y los fetos abortados; “por qué”, lloran los ultrajados, los violados, los asesinados, los expoliados; “por qué”, chilla el filósofo canoso; “por qué”, clama el santo desahuciado; “por qué”, “por qué”, “por qué”, “por qué”.... Ahora... ¿quién se atreverá a contestarles...?


Hay alegría al saber que esto perdurará por siempre, a pesar de todo. La destrucción no puede sino acelerarlo; la cesación no deja de atestiguarlo y la nada no para de hacerlo brillar. Es realmente impresionante. ¿Qué se es para hablar de ello? Una hormiga midiendo las nubes, una rata estudiando las estrellas, una cucaracha admirando las galaxias. Todo es encantador y liberador. Porque las cerdos ciegos renuevan siempre sus grilletes conceptuales de teorías, prácticas espirituales, de ciencia y tonterías extravagantes sin comprender la totalidad. No que haya que entender algo en el sentido empírico o intelectual, puesto que hasta los niños saben lo que debe saberse. Y aun, la ignorancia es contundente, imparable, mortal. La resistencia de los egos resuena con estribillos de rebeldía en la ciudad oscura, y su regocijo es enfermizo. Ciertamente que ese morbo ha creado los infiernos de mentes teñidas de odio. Las multitudes se han descarrilado, y su trayectoria es perpetuo dolor. Solamente el orgullo impide comprender. Es un caldo paradojal: puesto que se comprende que no se comprende y no se comprende que se comprende. O sea que no hay comprensión ni no comprensión. Así es fácil ver la resistencia: y no se sacude la cabeza cuando fantasmas que se consideran a sí mismos reales, toman bastillas ilusorias de felicidad. ¡La libertad no consiste en gritar, dar pataleos y acuchillar a dos o tres espantapájaros! Ya que esto es perfectamente dulce, infinitamente tierno, siempre expandiéndose en amor… sin embargo la tormenta del mar de sangre se traga todos los navíos de carne, manchando continentes enteros con su rojo coagulante, por tanto, ¿quién saldrá limpio?


Nunca hubo alguien que pueda describir toda su dulzura ni nunca lo habrá: es muy simple. Y sentirlo es una bendición. Pero una bendición sin precio, sin expectativas, sin esfuerzos. Puesto que algo que se puede conseguir por el trabajo, significa que es limitado, despreciable y posible de conocer y medir, de comparar y compartir. Pero esto está fuera de toda transacción. La salvación que ofrecen los curas, los gurús, los maestros, los religiosos, los budas, es abono para el dolor. Todo eso es un gran refugio para el miedo, las inseguridades y la desesperación. Nadie tiene el poder de quitarle a otro su estupidez, aun siendo omnisciente. He ahí la absurdidad. Y aun, hay santos que hicieron crecer en este abono majestuosas e imponentes flores de humildad, amor, compasión en ellos mismos, adornando el jardín de las estrellas. ¿Y qué significa eso? Ciertamente que encontraron su camino, nada más. Y hay héroes que tienen que luchar contra hombres: pero el que en verdad es valiente despedaza a los dioses. Entonces, tragarse el abono es lo esencial. Y esto no es sólo el abono, sino la semilla, el brote, y la flor con pétalos de eternidad.


La confusión surge en una mente embotada. En realidad, nada hay que deba ser comprendido, ni enseñado, ni mostrado, ni experimentado. El querer experimentarlo es la misma razón de la creación de todo. Y el universo mismo es un descomunal cliché. Entender esto es fundamental. El no pensamiento calma también la sed de manera momentánea, pero el desierto engulle horizontes. Entonces, la pregunta es: ¿se debe trabajar por mejorar la conducta, purificar la comida, disciplinar la mente, etc.? Pareciera ser que sí, pero en verdad es imposible quitar flores frescas de la cloaca. Esto es la única ley, lo verdaderamente real (ya que permite la existencia de ley y de realidad, aun no siendo ni ley ni realidad), porque afuera nada permanece en pie. Por tanto, desarrollar el pensamiento independiente, la libertad en el obrar, el raciocinio carente de culpas y autoengaños pudiera ser más conveniente. Pero, a fin de cuentas, esto hace lo que quiere y cuando quiere, y nunca se ha visto que alguien lo niegue. Y si lo hace, ¡oh afirmación gloriosa que da siempre más y más gracia!


En el fluir de las aguas está su soplido; en la punta de rayos solares su irrebatibilidad; en el peso de pestañas su consistencia; en el sereno su dulzura; en la lujuria su empuje; en el amor su permiso; en la violencia su absurdidad; en los pétalos su belleza; en la inexorabilidad su ley; en el perdón su azar; en la muerte su sentido fundamental; en cada corazón, por siempre traspasado en el dolor, su morada; en las montañas su majestuosidad, coronada por nieves de magnificencia; en las estrellas, con brillos guardando vigilia, su paciencia; en la eternidad sus colores, adornando mentes arrastradas por volcánicos ríos de realidades creadas y destruidas; en el aquí y ahora su principio y final.


El continuo maravillarse no se termina. No que haya empezado para que deba terminarse: sino que simplemente parece no tener cabida en la realidad. Puesto que no puede ser medido, ni comparado ni explicado. Es lo que es, y punto. Cada acontecimiento que quiere ser guardado, cada experiencia que desea ser recordada, cada sueño efímero golpeando libros para tener cabida: todo murmullo dispuesto a perdurar un sólo segundo ha de ser arrojado a las trituradoras e insondables fauces del olvido. ¿Y quién tiene poder sobre ello? El temor acude al corazón del necio ante la más leve mención de un dios acusador, pero el que sabe, sabe lo que tiene que saber: y nada puede tocarlo. Pero no en el sentido de que es invulnerable, ni mucho menos. Es completamente frágil, débil, como pidiendo que se lo destruya: he ahí su perennidad. Y no es el cliché de que “sólo perdura o se guarda aquello a lo que se renuncia”, ni ninguna estupidez romántica similar. Sino que nada hubo desde el principio que deba ser guardado, atesorado, fuera de la absolutidad misma. Y ella no desea nada. La entropía desborda la palangana de la creación y las leyes físicas parecen decretar la mecánica de un universo muerto. Pero la luz de esto perdona todo infinitamente, sin dejar carne sin castigo. Es abrumador.


No importan las experiencias extáticas, los poderes milagrosos, la vida asegurada: lo único que importa es captar lo fundamental. Teniendo todo, las lágrimas han de fluir de un corazón insatisfecho, rebosando de placeres celestiales. La evolución tercamente golpea las puertas del discernimiento, en desesperación, para ser aceptada. Y lo estúpido del caso es que, luego de que haya terminado el proceso, el tiempo, la maduración, se niegan estas cosas. Pero, dentro del tiempo, ¿quién ha tenido las agallas o la intuición de negarlo? Y todo se cumple. Mientras menos cosas hay por hacer, pareciera ser que hay mayor requerimiento. Sin embargo, esto es incausado e incondicionado. A medida que se van pelando las cáscaras de la realidad, solamente el amor va quedando como pulpa. Y el resto es arrastrado por ríos difusos, oscuros: pero no desconocidos. Este amor es lo único real; y lo real permanentemente hace surgir lo irreal. Pero no que alguien deba amar algo o a personas, actos de amor, o por amor, etc. Si hay alguien o algo que ama, es claro que hay ilusión. Nadie ni nada puede jamás amar nada, puesto que entonces habría limitación, condiciones, plazos: y nada de ello es esto. Solamente hay amor, no un amante, un amado o el hecho mismo de amar. Ya que si hay amor, no hay dudas al respecto: todo es amor. Es muy simple. Y lo demás se transforma en ello: ese es el verdadero poder. Sólo que es imposible buscarlo, o rezar por él, pretenderlo, esperarlo. Es lo que es, y bueno es que lo sea. Lo fútil de todo ello es autoevidente, y aun: todo es necesario. Y lo más tonto es que no hay abono suficiente en sus cerebros para que las paradojas florezcan; pero esto, esto verdaderamente hace todo posible. Y lo fundamental está. Aunque también se puede decir que no hay nada. ¡Budas y cristos tratan de desanudar sus lenguas al tener corazoncitos rebosantes de asombro! Todo es verdad, todo es mentira. ¡Que venga el gigante a cortar la ballena con el bisturí! Nadie puede hacer absolutamente nada, y la maravilla de esto nunca se acaba.



¿Vas a cambiar el mundo hoy?


Interesante es ver la batalla del poder, que se devora a sí mismo, en continua masacre y parición. Increíble el pasmo, pero nadie se ha conocido que no haya estado en el chanchullo. Hasta los recónditos rincones de los cerebros buscan el dominio. Si se pudiese etiquetar botellas de agua con la palabra “poder”, se daría a toda la humanidad de beber, ¡a ver si así calman su sed! Terrible; pero la espectacularidad de ello es imperdible. Entonces, negar el poder en todas sus formas es lo único que queda. En cargos, decisiones, fama, fortuna, dinero, notoriedad, control, fuerza, etc. La mente debe ser estrujada, el cerebro exprimido cual trapo para quitarle toda esa suciedad. Puesto que cualquiera se lanzaría al suelo a lamer una migaja de ello si cayese ahí: es sorprendente. Por tanto, el rechazo que se haga de ello, deberá ser a cada momento. Lo que no significa encerrarse en cuevas de miedo, en falsos castillos de recelo. ¡Pararse en primera línea frente al pelotón de fusilamiento es la consigna! Un desdén hacia todo afán de dominio mientras se lustran zapatos de honestidad sin una pizca de orgullo, depilando los pelos de humildad sin preocuparse por guardar nada. ¡Quitarse todas esas asquerosas costras de justicia del cuerpo aunque causen dolor! Destruir la avaricia, desmenuzar la ambición, obliterar la soberbia. Y esto no significa buscar la modestia o perseguir la sumisión, no. Cuando se borra una parte de la ecuación, automáticamente la otra cae en el sinsentido: destruyendo la oscuridad, la luz se retira por sí sola. Entonces, no hay verdaderamente ganancia, ni propósito alguno. Y aunque esto nada produce dentro o fuera de sí mismo, nada cobra sinsentido o sentido, y todo se vuelve beatitud. Así es como la gracia es incausada, y no hay explicaciones, ni antes ni después, ni para fundar escuelas de pensamiento, ni seguidores, ni acólitos, ni ganancias materiales, ni sueños de inmortalidad: verdaderamente esto es todo. Y no se termina aquí, ni continua, puesto que nunca realmente empezó.


Es tentador crear sistemas explicatorios de la realidad, síntesis de pensamientos, conclusiones trascendentales acerca de todo. Pero la angustia, el dolor en todo ello es irrebatible. Como energúmenos, la mayoría se pasa inventando, soñando o temiendo cosas más allá del muro que separa lo vivo de lo muerto; el resto, está muy ocupado embadurnándose con el lodo de teorías y formas de vida materialistas. Pero, ¿qué es lo real? Es la única interrogante filosófica verdaderamente interesante: lo demás son canciones de cuna. Puesto que se invierten incomensurables energías en propósitos difusos, quedando seres alienados, autoengañados y maliciosos. La autenticidad, por tanto, es casi imposible de lograr. Ya que siempre la mente desea que se cumpla algún pronóstico, teoría, deseo, hábito, miedo, etc. Y la distinción entre lo que es, y lo demás, sólo es para valientes. Cada pensamiento es una sentencia mortal, un deseo encapsulado que tritura la paz. Entonces, la multitud de pensamientos diarios acribillan el límpido espejo de la realidad. Porque, aun siendo lo que circunstancialmente puede ser considerado como real, cada pensamiento construye un universo borroso de aspiraciones dolorosas, imposibles de cumplirlas todas. Finalmente todo lo que puede ser pensado, sentido, experimentado, imaginado, soñado; todo lo que puede llegar a la existencia, a ser, a estar y a manifestarse, necesariamente es ilusión. Sólo lo que es inafectado por el pensamiento y sus jueguitos de placer y dolor, lo que está fuera del tiempo destructor y los conceptos creadores, sólo esto es real. Y esta realidad no puede ser conocida, porque si no, sería la carnada de peces ignorantes que serían devorados ulteriormente. Lo real no está supeditado a la inteligencia, tan lerda y limitada, aunque tampoco es superior a nada, sino que es simplemente incognoscible. No desconocido, ya que entonces podría ser conocido posteriormente; sino imposible de concebir desde el principio, y aun: presente en cada palpitar y suspiro. Esto es lo real. Lo que infunde vida a lo demás. Vida y realidad por lo que discutirán y pelearán los monos a gritos y arañazos. Y esto es generoso y perseverante. No que tenga compulsión de dar algo, o que esté dentro de los linderos del tiempo: sino que su atemporalidad es una armadura impenetrable a los conceptos. Y su magnificencia, un sable que clava heridas deliciosas. Nadie jamás podrá entenderlo: por eso es tan benevolente; porque el más sabio de los hombres está en iguales condiciones con el más estúpido. No hay privilegios ni prebendas con esto; no es como la mugre por la que pelean los cerdos, ese poder, riqueza, gloria, placer: los monos gruñones jamás lo conocerán; siendo esto espectacular, desde luego, justamente porque es imposible hacerlo. Entonces, un horizonte de sucesos de paradojas desafía al que intenta ingresar al agujero negro de la gracia. Y es bueno que así sea, ya que así tendrá la oportunidad de entrar ahí y ver lo que hay.


Esto no es una simple admiración de la belleza de la naturaleza, aun cuando la pujante y destructiva delicia que palpita en ella sea ubicua. Estando en los tintes florales, no es la flor; rugiendo silenciosamente en las raíces, no es las plantas; pujando en las rocas, savia, ríos y mares, no es nada de ello; tronando consistencia en las nubes, no se encuentra a tales alturas. Ni siquiera el cerebro, esa refinada maquinaria afilada por los siglos, lo contiene. Ni los libros, ni las oblaciones, ni los dioses, ni los sueños, ni las visiones extáticas. Y esto da vida a todo ello. Pero fluye imparablemente, de manera imperceptible, siendo imposible de detener ni de sentir. Porque si algo o alguien es capaz de experimentarlo, entonces esto tiene manifestación; y lo que se manifiesta necesariamente lo hace con cierta fuerza, dentro de los linderos del tiempo y de cierta manera. Lo cual es imposible para esto, que es atemporal y fuera de toda concepción. Estando en todo, nada lo contiene; mostrando su eficacia en cualquier objeto o movimiento, nadie lo siente; permitiendo toda forma de cognición, aprendizaje o mejoramiento, excluye todo esfuerzo o disciplina puesto que ya es perfecto de por sí. Increíble como todo el mundo habla de ello, mas nadie puede verlo ni sentirlo. No se le ve ni se le siente, sólo se deja que esto mismo haga lo que quiera. La aceptación de la absurdidad en todo, entonces, es el inicio de la gracia. Y cuando la gracia viene, ocurre el abandono de sí mismo, que es el penetrar en lo desconocido. Sólo que aun lo desconocido no permanecerá vedado por siempre. Siendo esto, por tanto, atemporal e incognoscible desde el inicio, ¿quién se atreverá a investigarlo?


Hay un caramelo que es puesto en la boca. La saliva segregada lo cubre y diluye por sobre la lengua, que entonces lo saborea. El caramelo es la realidad, la saliva el tiempo y la mente la lengua. Pero esto no es ninguno de ellos.


Inútil es intentar dormir si no hay sueño. Y completamente estúpido si se tiene insomnio. Es absurdo que lo que es necesario para curarse (descanso), no pueda hacerse. Así como es bien tonto inventar miríadas de teorías acerca de la sed, si se la tiene. Puesto que al calmarla, cesa tanto la teorización como la sed misma. Ahora: ¿no sería desquiciado seguir pensando y hablando de la sed, cuando ya no se la tiene? Innegable. Pero la compasión es incausada y generalmente impredecible. Entonces, la sed de verdad, está cuando efectivamente ella falta. Pero si ella es, ya ha sido calmada. Siendo de la verdad, nada se busca, ni nada se elucubra, puesto que no hay sed, y sólo el sediento requiere de explicaciones mientras tenga sed, que triste y estúpidamente no lo calma en ningún sentido. Alguien que ya no busca, es alguien cuya sed ya ha sido colmada; y ya no busca nada el que calmó la sed de búsqueda. Incluso se puede llegar a la creencia de que ya nada queda por descubrirse, o por encontrarse, de que se es eso que se llama “iluminado”, o “cristo”; pero esto no es sino clara prueba de que todavía se está buscando el cumplimiento de estas teorías y conceptos. Por tanto no hay búsqueda de algo misterioso u oculto, ya que todo es de por sí, espectacular, genuino, auténtico, brillante y perfecto. No se logra nada porque mucho antes de que exista cosa alguna, ya se había logrado todo. Esto es así, inconmensurables cantidades de aguas frescas y dulces, pero gargantas completamente saciadas y sin ganas de probar una sola gota. Ya que no hay nadie que busque nada ni nada que se encuentre; es simplemente esto que se busca a sí mismo. Siendo así esto, ¿qué se espera encontrar?


El río de la bendición fluye impertérrito por todas las mezquinas regiones conceptuales de religiones, filosofías, dioses, éticas o ciencias. ¿Qué importa el odio, la violencia y la muerte si esto mismo lo ha posibilitado?


Cien mil océanos derramándose no alcanzan su frescura, ni trillones de soles brillando su esplendor. Ilimitados espacios no alcanzan su extensión; ni eternidades apilonadas uno sólo de sus fugaces instantes. Nada hay en el amor. No puede ser cultivado, ni mejorado, ni aumentado. Puesto que si se piensa en hacer cualquiera de estas cosas ególatras y orgullosas, ya no se está amando. O sea, aunque se piense que se esté amando, no es cierto; puesto que la energía se utiliza en pensar, y no en amar. Ya que la mente se desvía hacia los pensamientos, siendo incapaz de aprehender la totalidad que es el amor: infinito, palpitante, omniabarcante e imposible de dirigir. El pensamiento es el único problema existente; y si cesa, ya no existe nada más. Y aún los santos siguen aumentando su falso amor en medidas infinitesimales, buscando la última página de un libro con infinitas hojas. Si el amor no es completo, autosuficiente, inconmensurable, completo e íntegro ahora mismo, no lo será en los siglos. Si el trigo no crece en la tierra, ¿acaso crecerá en los cielos? Puesto que las fantasías brotan de bocas y mentes ansiosas de experimentar cosas fulgurantes, maravillas insólitas, se extiende la creación exponencialmente sin tener comprensión; como el adolescente que desarrolla cuerpo de adulto sin la inteligencia respectiva. Y no es una cuestión de si todo esto es real o no, de si los mundos, cielos o infiernos deben perecer, evitarse o permanecer; sino que sólo se es consciente y punto. Observar es lo fundamental, que se deje a los dioses, ángeles, diablillos y hombres devorarse entre sí; fraguando nuevas armas conceptuales y creativas por donde esparcir el tonto afán de perdurar. ¡Nuevas plantas deliciosas de visiones de ensueño, frutas gordas de placeres celestiales, verduras frescas con pócimas de eternidad, cosechas abundantes de deseos de totalidad que paren tierras siderales en mentes eternamente borrachas de ilusión! Sólo que no está permitido probar un bocado; puesto que si esto está en la boca, acaparando la suma del espacio concebible, ¿cómo se podrá meter algo más?


¡Destruí tu propio pensamiento, ahora!


Esto no es un estado de ánimo, ni un humor definido, ni un sentimiento amoldante. Puesto que estas cosas están dentro de las posibilidades de la mente y del abanico del tiempo. Y esto no es nada de eso. ¡Todos y todo pueden sentirlo! Pero, ¿quién o qué lo reconoce? Ya que no es un sentimiento empírico, algo de lo que se pueda hablar, medir o comparar; sino algo imposible de experimentar. Lo hermoso es que no hay prerrequisitos, ni pruebas, ni disciplinas ni condiciones o plazos para esto: con prestar atención basta. ¡Un prestar atención que no es prestar atención en lo absoluto! Se corta el respirar, el tren de pensamientos colapsa, y la luz derrumba los rascacielos oscuros de la identidad. Pero, ¡oh sorpresa!, nada hay que deba ser alumbrado, ni visto, ni apreciado. ¡Millones de años de evolución, de impulsos, deseos, aspiraciones, imaginaciones y sueños destrozados como porcelana fina! ¿Quién recogerá los pedazos? Esto disfruta haciéndolo, y creando nuevas piezas y destruyéndolas y así. No que esto tenga una cualidad, puesto que jamás nadie lo puede nombrar, ni describir ni señalar. Sino que, sin importar lo que se haga, su fulgor destroza toda boca enmudecida. Si alguien sabe y conoce esto, vive de verdad, y es verdad. No que alguien la dé, o que esto deba ser conferido; sino que la generosidad de la gracia hace parecer veneno y odio el amor de todas las madres. Ya que la verdad no es: “Así es la verdad, aquello es verdad”, sino: “¿Qué es la verdad?”. Esto sopla y los soles se apagan; lanza un estornudo y surgen nuevas motas de universos; expele una gota de tristeza y se derriten galaxias. ¡Cómo explicar, contar, anunciar que todo está dentro de esto! Imposible. ¡Y lo peor es que en la realidad no hay ni dentro ni fuera! ¿Dónde están los sabios, dónde se esconde la sabiduría? ¿A dónde fueron los maestros y los doctos? ¡Que algo o alguien venga a enseñar acerca de esto si se atreve! Sería como alumbrar con la oscuridad. Y se hace todos los días… ¡Qué gozo sin fin! El pensamiento impide, frena, paraliza la realidad con su limitación y restricciones, acribillando el prístino e indestructible espejo de la realidad con balas de tiempo. Ya que, ¿no cae “muerto” también el papá ante las balas imaginarias disparadas por su hijito cuando juegan al policía y al ladrón? Hay sabiduría en el hijo y bondad en el papá: esto no discrimina a nadie. Las ráfagas ilusorias de pensamiento impiden la aprehensión de la verdad, puesto que la reducen, la cercan, la circunscriben, la estrujan, matan, disecan y exhiben en desfile macabro. Lo que hizo surgir la realidad, es lo que impide su comprensión. El placer aplaude orgásmicamente y el sonido emitido es paradoja. ¡Que vengan los titanes científicos, los santos con coronas de piedad, los filósofos con las cejas polvorosas y hasta los omniscientes desde pináculos celestiales! ¡El hecho mismo de pararse delante lo demuestra! ¡Alegría, gozo, placer, paz que derrite universos licuados y mundos fundidos! Mientras se esté dentro del cuadrilátero espaciotemporal, enfrentando mano a mano a la vida, ¿qué otra cosa puede hacerse sino propinarle puñetazos de santidad? ¡Uno, dos, tres, cuatro…! ¿Quiere más? ¡La sangre que surge a borbotones de bocas magulladas huele a jardines, y pétalos tornasolan melodías de victoria! Pero, ¿alguien o algo ha ganado algo? ¡Duelos filosóficos de silencio, inextricables en su profundidad, apelotonan pilares de paz por sobre cumbres de paraísos! Se halla en muda felicidad al comprobar que nada lo alcanza. El poeta baja la cabeza ante esto… ¡y de la oscuridad de sus pensamientos explotan fuegos de artificio de visiones extáticas! A esto nadie lo ha visto jamás, ni nadie lo hará: ¡no que los ciegos tengan ninguna ventaja! Valor como escudo y humildad como lanza, los cielos tiemblan con sus despreciables dioses temblequeándose las patas. ¡Que empiece la lucha…!


Torres y rascacielos de poder se yerguen lacerando los cielos, y las estrellas derraman sus lágrimas amarillas; la mecánica mano sacude pacíficas profundidades, y los peces toman las armas para defender su mundo; ¡cómo las motas de polvo hechas por el hombre se sumergen en el espacio sideral, para asombro de los celestes astros! La autoridad desmenuza cuellos irreverentes y el dominio esparce sus tentáculos en terrorífica batalla. La oscuridad devora oscuridad. ¡El dios del poder es más tentador que diez mil vírgenes hermosas y su imperio hace sangrar a los soles! ¿Quién será capaz de superarlo? Esto no dice nada al respecto: su silencio es revelador. Solamente los mansos y humildes, los sencillos y modestos accederán a la omnipotencia. ¿Qué se le va a hacer?


Si es que algo empezó, debe terminar. Si es que algo hay, debe desaparecer. Avaras multitudes guardan deseos preciosos en cajas de seguridad: al cerrar las puertas, han destruido todo. ¿De qué sirve resucitar si todavía existe el sufrimiento? ¡Budas somnolientos se desperezan en la iluminación solo para hallarse en un desierto conceptual, tratando de mitigar la sed de infinitos seres! Y los santos van en busca de tesoros sin saber que son reyes de todo el territorio. Esto está aquí y ahora. ¿Qué necesidad hay de mendigarlo? Oblaciones, meditaciones, cantos, oraciones, ¡el espíritu está tan burocratizado! Nadie puede verlo, ¿quién no dará un paso en falso? ¡Se precipitan las multitudes al precipicio en oleadas cayendo y aplastándose sobre rocas de dudas! Y esto no puede hacer absolutamente nada, ¡ya que se encuentra ocupado haciendo todo! Es espectacular, desgarrador, increíble. Los senos de la madre desbordan el universo en su inmensidad y el niño padece desnutrición. Esto bebe toda esa leche. Y su borrachera es eterna.


Dios es un dios de posibilidades: vos elegís cuáles cumplir.


Tal es su lucidez, que los planetas recorren órbitas con pies sigilosos. Derrumba ciudades enteras de sistemas filosóficos de un soplido, destroza mundos inmensos de religiones con su dolor, ¡desinfla gigantescos globos egoístas llenos de aire caliente de orgullo material con la afiladísima aguja de la muerte! Intricados nudos de acero de sufrimiento se diluyen como sal en agua ante un solo movimiento, y estruendosas nubes de tormentas de angustia existencial se desvanecen por su silencio. Esto es una fogata que alumbra insectos de eternidad en una tranquila noche de paz. Entonces, decide entonar un canto… y los cielos estallan en llamas.


¿Cuándo un hombre vulgar, deja de ser un pecador, y se vuelve un santo? ¿Cuándo nace un buda de su propio vientre? ¿Cuándo se deja de ser sí mismo? Eso es. Nadie hay, absolutamente nadie. Entonces, ¿cómo lograr la santidad? ¡Ciertamente que nunca podrá hacerse! Y este conocimiento es liberador. No se necesita despreciar a nadie pues se ve que se es el más bajo y vil de los mortales. ¿Adular, alabar, ensalzar algo? ¿Para qué? ¿No es la constatación misma suficiente reconocimiento? Esto es espectacular. Siempre renovado, derramándose suavemente: como una explosión silenciosa. ¿Es mejor que los éxtasis espirituales y las visiones de santos…? ¿Quién lo pregunta? Sublime y mordaz, esto se propaga como un perfume: y ninguna botella hecha de carne lo puede contener. Ni siquiera este cadáver viviente. La eternidad se resquebraja en mil pedazos y esto vuelve a juntar los trozos… uno a uno.


Esto es como el cielo, plena y profundamente lleno color. Sus formas de nubes son pensamientos que se devoran luego de parirse y se devoran otra vez. Esto es como el viento, como la suave brisa que súbitamente se convierte en una tormenta, causando zozobra en todo el espacio, sin afectarlo. Esto es como una sala de espejos, en donde al levantar un pie, se lo baja en todos los lugares al mismo tiempo, incluso en el lugar de donde se levantó. Esto es muy fácil de llevar, no obstante siendo una pesadísima carga con la que apenas se puede caminar. El sí mismo “maneja” esto como un auto de fórmula uno; y cualquier error, por pequeño que sea, ¡hará destrozar todo! Es impresionante. Esto es todo, es como ser el rey del mundo pero de incógnito. Maravilloso. ¡Simplemente maravilloso!


El mal es como cruzar un río a nado. El bien es caminar cómodamente por un puente, o aún mejor: caminar sobre el agua.


¿Cómo odiar la vida y al mismo tiempo disfrutar de ella?


Sin importar cuantas veces golpees a la roca, ésta no reaccionará. Nulificar la reacción, hacerla trizas desde dentro, así es este estado. No que alguien deba hacer un esfuerzo para alcanzarlo: es imposible. Simplemente el sí mismo es arrojado ahí, y nadie que lo haya sentido puede negarlo. Al intentar describirlo, naturalmente quiere escabullirse, pero la impotencia alrededor de todo ello es asombrosa. Mientras más pensamientos haya, menos energía habrá disponible. Esta belleza desborda el universo, es constante y atrapante, causando éxtasis desde dentro. ¿Cómo lograrla? Quizá pueda decirse que abandonando toda esperanza de hacerlo. Deseando morir apasionadamente, furiosamente, inmediatamente. Deseando nada más que eso. ¡Qué fiasco! Puesto que es por esto que tantos santos han llorado: lo que todo el mundo desea. Pero permanecerá escondido. Escondido atrás, más allá. Y a lo lejos aún quedan varios misterios por descubrir…


Quien necesita confirmación exterior, ciertamente está perdido.


¿Hacer el “mal”? No por presión, coacción, miedo ni impulso ciego. No por deseo, inconsciencia, ansias de herir o determinadas inclinaciones, no por inercia. Si se elimina todo eso, aunque se haga el mal, no se está haciendo el mal. ¡No se está haciendo nada! Y aun, para la ley natural, no hay premios o puniciones, sino simplemente consecuencias: acción y reacción. Quien pierde el miedo, realmente se ha perdido a sí mismo. ¿Cómo puede entonces existir para hacer algo, para sufrir “consecuencias”?


Las multitudes buscan algo, ¿qué es? Ciertamente que lo conocido, lo que ya se ha tenido y experimentado o imaginado; sólo que lo han olvidado o se lo quiere repetir. La verdad no se busca, puesto que sólo lo que ya se conoce puede buscarse. Las hordas pecaminosas se dicen a sí mismas “buscadores de la verdad”, “aspirantes espirituales”, etc; pero no es la verdad lo que buscan; sino algo engorroso, prefabricado, rimbombante, aparatoso y resonante, como las visiones de los santos, los poderes sobrenaturales, los estados extáticos de conciencia y demás estupideces. Imaginan que hay un cielo o infierno lleno de seres angelicales y diablillos, con nubecitas de dulzura o ríos de azufre, santos con aureolas o bichitos rojos y maléficos, sabios con auras brillantes o espectros espeluznantes y todo tipo de tonterías con lo cual puedan satisfacer sus diversos fetichismos. ¡Y lo peor de todo es que la sed irreal debe ser saciada con agua irreal! Hasta que ocurre el despertar… entonces, ya no importa qué se estaba haciendo en el sueño. ¡La causa y efecto despellejan cortezas cerebrales verdes! Y la iluminación permanece en la oscuridad. ¡Todos los budas del mundo quedan opacos al encenderse tan sólo una cerilla de discernimiento! Y los dioses caen de sus nubes como las gotas de lluvia. La iluminación consiste en saber que no hay iluminación. ¡Qué pena! La fiesta se acabó y lo único que queda es un desorden total en el mundo y unos cuantos borrachos de religiones, filosofías, libros sagrados y demás porquerías. ¡Mírenlos vomitar en la acera! ¿Quién aprende qué cosa? ¡La humildad de esto! Pacientemente viene a limpiar el desorden del mundo y el vómito de las veredas… los días de juerga recién han empezado…


El ser nacido, creado, venido a la existencia, está anclado al tiempo y a la relatividad; por tanto, chirría de dolor. Es difícil verlo, pero lo placentero, lo extático, lo bendito y lo sublime son simplemente condimentos para este banquete de sufrimiento que es la existencia. Por tanto, ¿cabe realmente que algo o alguien exista? Vetustos volúmenes hipócritas y canosos farsantes lo predican. Pero no se sabe realmente si se existe o no. Las aromáticas galaxias y los brillantes agujeros negros se baten en un duelo trascendental, pero la inmanencia de esto es autoevidente. Golpea con su vibración desde lo profundo, resquebrajando apretadas órbitas atómicas y enlaces moleculares vanidosos. Electrones buscando desesperadamente atajos por vías lumínicas predeterminadas, no logran descubrirlo, ¿y quién las podrá discernir todas? La vida no alcanza a engullir su propio orgullo y no es más que una marioneta macilenta, rebosante de ceniza. Esto puja por paredes de eones superpuestos y el estrépito de su demolición es impresionante. Caen las realidades, los universos, los cosmos, las eternidades burbujeantes como gotas de lluvia que son llevadas hacia el abismo. Y parece haber indiferencia. ¿Pero quién se atreve a definir la existencia? Como astuta mariposa, lo real escapa de las redes semánticas; ¡siempre independiente, siempre hermoso, siempre espectacular, constantemente imprevisible y libre en su frescor y refulgencia! Los valles fosforecen con su misterio, y ni las nubes han de detenerse a averiguar cuál es.


Si algo puede ser trascendente, todo podrá ser trascendente; si algo no puede ser importante, nada debiera serlo. La neurosis y el fetichismo han creado grandes religiones de la fijación enfermiza de algunos sujetos por objetos varios: símbolos, letras, conceptos, dibujitos, etc. Y no puede haber una “causa de condenación” en ningún lugar (en el sentido de “pecados originales”, etc.), ya que entonces, el universo mismo sería una máquina de condenación. Lo que ocurre es que el miedo pueril de ciertos personajes se ha metamorfoseado en figuras estrambóticas, borrosas y medio imprevisibles; pero aparentemente majestuosas, debido a la ignorancia de los demás. Entonces, ¿se puede creer en algo? Ciertamente: el hombre no ha sido formado del barro, sino de las creencias. Y la ciencia es el acto de fe más impresionante. Pirámides de prejuicios se yerguen donde el autoconocimiento ha muerto. Puesto que respirar no es prueba suficiente de que se vive. En verdad, ¡nadie puede decir qué es la vida en la absolutidad! Y aunque los sabios bajen a lo más profundo de sus cavernosos espíritus, ¿acaso hay garantías de que encuentren algo valioso ahí? Lo chistoso del caso es que, cuando lo lleven a la superficie, las multitudes chapoteando en la playa, no solamente no valorarán nada, sino que han de echar espumarajos de desprecio y violencia. El sabio hace una transacción sacrificada: su juventud y energías por la sabiduría; la multitud no sacrifica nada: ellos mismos son el sacrificio. Los buscadores de la verdad presuntuosamente miran el humo de sus oblaciones elevarse hacia los cielos, imaginando que algún dios aprovechador las recibe ansiosamente. Y esto se retira silenciosamente ante tal despliegue de pompa, entre los coágulos de los animalillos degollados para tan alta ocasión…


El deseo por experimentar visiones, éxtasis, goces, estados “superiores” de conciencia y demás bagatelas es el anzuelo perfecto de los dioses acusadores, aprovechadores y dicharacheros. Y los milagros son los truquitos de mono, las tretitas de magia que hacen quienes se engancharon el metal por la boca. ¡Catálogos de necedades para tontos! Ciertamente que, quien cree en todo ello, no podrá evitar ser tonto y viceversa. Puesto que nadie puede conocer ese poder, tenga vestidos de carne o espíritu. Y los taumaturgos baratos y los que dicen conocerlo, no hacen sino gastar el dinero de un desconocido. ¡Qué fácil es hacer caridad con plata ajena! ¿Quién es capaz de ver que la realidad está entretejida de milagros? Esto pacientemente teje y teje hermosos puntos y flequillos, pero se muere de hambre: las prendas llamativas y novedosas son las que se venden como pan caliente…


No hallándose en lugar alguno, se encuentra en la ubicuidad; estando completamente quieto, se mueve a velocidades infinitas; siendo invisible, hace surgir luz y oscuridad; imposible de ser pensado, elucubra teorías lisiadas; careciendo de sentimientos, bulle de emociones como marmita hirviendo; no teniendo ningún color, pintarrajea espectros multidimensionales con marcos de arcoiris; ausente de sensaciones, hace surgir el no pensamiento; fuera de control, revisa minuciosamente todo detalle; desde la ignorancia, genera todos los conocimientos; en la podredumbre, hace surgir la vida; lleno de aburrimiento, se viste de creatividad; destruyendo todo, sigue creando; cerrándose herméticamente a los necios, salva espacio para lo nuevo; indomable y prístino en libertad, encadena huestes enojadas. Perfectamente perceptible para quien renuncia al deambular de la mente, hace florecer las posibilidades. Esto no se cansa nunca, ni se hostiga, ni se desparrama. No hace nada que pueda ser metido dentro del balde espaciotemporal, del recipiente de realidad. Lo que es hecho, lo que se hace, está en la ilusión; pero lo que hace hacer: esto, ríe de los tentáculos conceptuales. Puesto que ejerce su poder desde la nada, desde lo incognoscible: y su misterio es impenetrable. No puede ser descubierto porque no tiene forma, ni color, ni cuerpo, ni espíritu, ni materia, ni mente, ni vacío, ni tiempo, ni espacio, ni solidez, ni blandura, ni consistencia, ni fugacidad ni eternidad. No tiene nada, ni es nada, ni está en nada, ni puede nada, ni hace nada, ni mueve nada, ni impacta en nada, ni deja de hacer nada. Pero está en todo, mueve todo, se cuela e inmiscuye en todo, toca y destruye todo, crea y sustenta todo, rige todo, siente en todo, piensa todo, se busca y es buscado por todos, impacta en todo: pero su ruido es hueco y nada es manifestado empíricamente. Como el viento entre los pétalos del bosque y las briznas del pasto, esto acaricia y roza el cuerpo vivo de todo lo existente. Y la música que cantan los coros de hojas, inspirados en este movimiento de lo incognoscible, es irrepetible.


El necio nunca se hace la pregunta. El sabio contesta la pregunta. El iluminado nunca deja de hacerse la pregunta. El auténtico es la pregunta misma. Y estas personas no son cuatro. Un río es puro y cristalino en la medida en que puede fluir, correr y ser consubstancial consigo mismo. El discernimiento es un banquete perpetuo, y no hay libros que lo contengan, que lo posibiliten o que sean posibilitados por ello. Pero el iluminado en verdad nada sabe, puesto que es imposible conocer algo. Entonces su gracia derrama ingentes cantidades de absurdidad: la materia prima de todo. Consubstancial consigo mismo, extasiado en todas sus células y átomos refulgentes: el que sabe, logra lo que debe ser sabido, y sus labios se cierran como catacumba, ansiosos por quedar sellados en los milenios. A su corazón lo devora el fuego, en llamaradas incontenibles, en olas deliciosas: ¡todo un océano de luz que arroja escupitajos de lava! Y en las profundas regiones, oscuras y congeladas, del mar de ignorancia, cadáveres ahogados teorizan acerca del calor. Nadie ha visto nada, nadie escuchó nada: nadie piensa en nadie pensando en nada. Puesto que el pensamiento es la línea delimitante entre la vida y la muerte, la limítrofe región entre el nuómeno y el fenómeno. Ya que trascendencia e inmanencia, son las dos patas del insecto que ha de efectuar el salto a la inmortalidad, y a nadie le importa qué se hizo, o cómo se consiguió este laurel. Ciertamente que no seccionando el mundo muerto en categorías o modalidades, sino inhalando lo vivo y lo auténtico; consustanciándose con lo absurdo, vomitando guirnaldas de gracia, aspirando pócimas de altos éxtasis sin significado. De la exhalación, ya tendrán los tontos oportunidad suficiente para interpretarlo y entretenerse.


Lo estúpido es que no hay ningún premio, ninguna recompensa, ninguna gratificación de nada. Los dioses, ostentan altivos sus coronas de eones, pero viven exclusivamente por la gracia. Ya que ella les puede pisotear como insectos cuando quiera. No conocen la absurdidad. Gracia y absurdidad han creado todo lo que puede ser creado en la potencia ridícula. Palabras como sueños, imaginaciones, hipótesis, conjeturas, creencias, son como los agujeros del queso de lo real: para el dios de las posibilidades no hacen ninguna diferencia el que estén manifiestas o no. Ya que los batracios humanoides dan excesiva importancia a lo que pueden tocar, ver, u oír; esto es precisamente intangible, invisible, inaudible. Aunque de todas maneras, no importa. Lo cierto es que la fuerza generadora, el poder creativo, se aleja en la medida en que se quiera generar, crear. He ahí la absurdidad: haciendo esto todo, aún es necesario que se haga algo. Y descubrir este algo es lo esencial. Porque si el río fluye; si el cielo balancea colores, nubes y tempestades; si las flores exudan hermosura y aroma; si las rocas ponen resistencia y dureza, con inigualable terquedad; si las montañas exhiben canas nevosas de hielos brillantes, y altura majestuosa e inamovible; el ser humano, el ser humano, ¿qué hará?


Nadie nace con su nombre en la frente. Ninguna cosa pertenece a nadie, por más de que un papel lo diga. No hay marido ni mujer, aunque se emperren dos personas en permanecer juntas. Entonces, ¿qué es lo que se entierra en las necrópolis? Carne podrida, ciertamente, ¿pero de quién? ¡El secreto más grande no será jamás revelado! Las multitudes con sus pancartas lo demuestran. En todo el océano, hay una sola gota de agua dulce: esto es la verdad. ¿Quién puede encontrarlo? Un trocito de diamante en todo el desierto que espera a un solo buscador entre millones, mientras el orbe latiguea las arenas con su lengua climática, flamígera y zigzagueante. ¿Quién hará el sacrificio? Pasmosa, imposible, irresistible, irrepetible, increíble, sorprendente, asombrosa, fantástica es la realidad que pare siempre nuevas figuras claroscuras que nacen zarandeándose y bailando al son de la locura indemostrable. El conformismo engulle generaciones. Y el cementerio siempre tendrá, sonriente, los brazos abiertos. Nada hay de qué preocuparse, en tal caso, ya que todo es como es. Sí, ciertamente.


Quien no muere ahora mismo, lo hará después. Y en eso consiste la maldición, la tragedia. Pero quien muere ahora, no sentirá nada. Entonces morir ahora es vivir verdaderamente. Vida y muerte: la misma estupidez. ¿Quién logrará entenderlo?


El mundo es una obra en construcción, y los pensamientos son los obreros. Y si se deja de pensar, se ve el verdadero designio de la obra, que ya es perfecta, única, y que ya está terminada. Nadie parece notar como los cultivos bacterianos de pensamientos buenos, generan beneficios; y las ronchas putrefactas y pus de los malos pensamientos construyen ponzoña nociva. La santidad abrumadora está perfectamente consciente de este hecho, puesto que, pasado el bautismo martirizante, está bien lista para los bombos y platillos de los babosos, curiosos y demás devotos. Pero la verdadera santidad no es aplaudida ni vilipendiada, sino que permanece desconocida, como diamante bajo una montaña de carbón. Ni su inmanente brillo es ofuscado, ni tiñe de luz la oscuridad circundante. Quien trasciende el dual reino de la relatividad ve claramente el mundo en su preciosidad, y no siente ganas de cambiar un sólo átomo de él. Puesto que la santidad abrumadora hace necesaria la labor de los demonios, y mientras más grande el santo, mayor la maldad requerida. Pero la santidad silenciosa, no rechaza a la maldad ni lucha contra ella; sino que la abraza y la recibe como si de un niño huérfano se tratase. El miedo se vuelve innecesario, cual escudo inútil que se desecha una vez ganada la batalla, una vez lograda la paz. Por tanto, no se condesciende ni con la bondad ni con la maldad; puesto que ningún hombre puede ser perfectamente justo o perfectamente perverso, ya que dejarían sin empleo a sus dioses y diablos imaginarios. Siendo penoso que la mayoría de los cerdos ciegos obren funestamente de manera habitual y automática, pero aun más penoso que las máquinas de hacer el bien (que son los santos abrumadores) obren como robots programados negando toda libertad y opción relativa. Cada cual tendrá su recompensa. Pero el que busque lo absoluto, queda completamente pasmado, mudo e incapaz de sentir, como si hubiese sido alcanzado por un trueno. Lleno de gloria, sin poder mover un solo dedo, observa en silencio cómo las huestes del bien y del mal se regurgitan en sangrientas escaramuzas. Esto es el panorama caleidoscópico a través del cual se observa la evolución de la nada hacia la nada, el reloj de arena que es dado vuelta hacia la luz ahora, hacia la oscuridad después. Contando los granos de arena, se entretienen los ángeles y demonios, pero nadie se preocupa por la fuerza que los hace caer. Lo que genera, lo que crea, lo que mueve, lo que hace que todo se haga: eso es lo que debe verse sin los ojos, oírse sin los oídos y pensarse sin la mente. Pero ni los ciegos, ni los sordos, ni los dementes parecen notarlo. Sólo el pordiosero que ha renunciado a sí mismo recibe un alma, y guarda en su bolsillo el universo. ¡Esta misma noche conocerá a su benefactor!


¿Viven realmente? ¿Se vive realmente? ¿Quién vive realmente? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué…?


En el gran palacio, ubicado en las regiones desconocidas del corazón de fuego, las fuentes exudan agua perfumada con pureza y los jardines fluyen aromas diamantinos. Los campos están repletos de las más deliciosas y exuberantes delicias, frescas con el roce espiritual de arcanos generosos, edulcoradas con nubes de cristal y sazonadas con la miel de las estrellas. Las murallas de la ciudadela están hechas de almas de guerreros valientes y compasivos, y las paredes del palacio de esencia de corazones santos. Los músicos, arrobados en el éxtasis, nunca dejan de tejer de la tela del silencio, la melodía primigenia. Las cortesanas son tan perfectas, que sus cuerpos están sin mancha de pecado, sus caricias y besos son tónicos de inmortalidad y sus vaginas son las mismas puertas del paraíso. Y el gran rey, sentado en su trono de burbujas de universos, puede, con un leve movimiento de su cetro de eternidades, otorgar cualquier deseo que pueda ser concebido. Finalmente, llega un mensajero de regiones lejanas, cuyo nombre es aburrimiento, y se postra ante el rey para decir una sola palabra: “esto”. Luego muere en ese mismo lugar.


¿Quién morirá cien mil veces para encontrar la gloria? ¿Quién nacerá un millón de veces para entender la miseria? ¿Quién podrá ser puro y auténtico, ni vivo ni muerto, anclado entre el infinito y la nada? Surfeando por sobre olas de universos manifestados, zambulléndose luego, hacia las profundidades del vacío. Sin sentir placer en la carne, ni dolor en el espíritu; ni mismidad en el no pensamiento, ni budeidad en el sentimiento; inamovible frente a las tormentas de fin de los mundos, pero sensible a bullicios de big bangs; otorgando gratuitamente visas a los cielos y yendo a limpiar alegremente el desorden de la gehena; completamente vivo, pero sin jamás haber nacido; muerto en el corazón, mientras genera la vida eterna; completamente ignorante, pero con sabiduría omnipenetrante; empujado al abismo sin fondo de la muerte y sin una pizca de miedo; pisoteando dioses con irrompibles botas de paz. ¿Quién será así? ¿Quién?


El ser humano es un embudo ciego, sordo, sin lengua, ni nariz, ni piel, por el cual se derrama la realidad. Es un juez con el poder de condenarse o salvarse, que se martillea en la cabeza su sentencia. Es el urdidor de su destino, pero no sabe lo que teje. ¡Cual bestia hambrienta devora la comida de la vida sin siquiera masticar ni sentir su sabor…! ¿Es posible entender la realidad? Mientras no se hayan quebrantado las puertas del tiempo, ni siquiera puede hablarse de existencia. El ser solamente es de verdad, si queda en pie luego de los latigazos de la eternidad, cual soldado que ha pasado su bautismo de fuego. Y no hay metáfora alguna: quien no venza al tiempo, ni siquiera es digno de llamarse ser humano. Pero si la mente de este embudo logra discernir el líquido que está filtrando, entonces, su sí mismo se drena en la realidad. Y ya no cabe hablar de “quién” cuando se es todas las cosas. Cada átomo, cada brisa, cada golpe, cada pensamiento lo alaba… entonces, ¿dónde hubo alguna vez eso que se llama ser humano?


¿Es la muerte evitable? ¿Es la vida inevitable? ¿Quién decide quién viene y quién va? ¿De qué sirven todas las elucubraciones, maquinaciones, teorías y conjeturas cuando ni siquiera se puede controlar la vida o la muerte de una sola de las células que componen el cuerpo? Entonces, las demás billones, ¿por qué trabajan tanto? La faena es difícil, la paga miserable, el descanso poco, la satisfacción casi nula y la obra jamás podrá verse terminada. ¿En dónde se guardan los trillones y trillones de litros de sudor derramados por la esperanza de un mejor mañana? Los océanos de lágrimas expulsadas, salando el amargo plato de la vida, ¿a dónde han ido a parar? Los navíos de rojísima sangre, desperdiciada en campos fútiles, en guerras innecesarias, en contiendas egoístas, en enfermedades dolorosas, ¿a qué puerto han llegado a atracar? Neblinosa es la frontera que custodian espectros mortales: las brumas que guardan los secretos de ultratumba no son sobornables. El conocimiento queda herméticamente cerrado con la expulsión del último aliento: la paz es el telón que cierra tanto la imaginación de mundos difusos como los ojos de las estatuas de carne. ¡Lo real se experimenta instantáneamente! Esto sabe. Uno o dos tienen el secreto… pero no lo cambiarían ni por la vida eterna. Entonces, la inmortalidad es tan frágil como un cristal: innúmeras formas danzan embelesadas, pero cuando lo real golpea, nada jamás podrá quedar en pie. Entonces: la destrucción es la única vida, nada más hay. El juego consiste en hacer lo eterno parecer efímero y lo efímero eterno, lo importante baladí y lo baladí importante, lo real irreal y lo irreal real, la vida muerte y la muerte vida. Esto agarra un paquete de pororó y disfruta del espectáculo: el show recién comienza.


La realidad es como una cimbreante sala de espejos de paradojas: cada quien se ve a sí mismo largo o corto, chico o grande, cóncavo o convexo, fino o ancho, gordo o flaco; incapaz de comprender la intrínseca contradicción en cada cosa. Puesto que pensar es como engullirse una granada, ¿por qué chillar, llorar y lamentarse si es que explota? Nada jamás puede existir en ningún lugar: y es la misma vida quien lo impide. Los catalépticos se ufanan de ver lucitas trasvasando el pórtico de la muerte: son como perros encadenados a un poste, ya que vuelven al mismo lugar para ladrar sorprendidos. La verdadera vida está en la muerte, y la verdadera muerte está en la vida; el verdadero bien está en el mal, y el verdadero mal está en el bien; el verdadero amor está en el odio, y el verdadero odio está en el amor; la verdad real está en la mentira, y en la mentira está la verdad real; y esto está completamente en esto: no hay otra cosa. Ya que, quien descubre su verdadera identidad no tiene la mente torcida y se ve en el espejo tal cual es. El espejo es esto. Pero, ¿quién ve qué cosa? Si con los pensamientos se teje la colorida tela de la realidad, ¿qué ocurre cuando se ausenta éste? No hay nadie, ni nada, ni tiempo ni no tiempo; ni conciencia ni experiencia, ni falta de conciencia o experiencia; ni cosas para sentir ni nada que sea sentido, sin que falten la sensibilidad o las cosas sensibles; ni vida ni muerte ni estado intermedio; ni nacimiento ni envejecimiento, ni juventud ni falta de juventud; ni luz ni oscuridad, ni ausencia de luz o oscuridad; es completamente vacío, pero lleno de energía; movimiento puro y acelerado, pero que no va a ningún lugar; formas incontables y de todos los colores, pero insustanciales y efímeras; pensamientos deslumbrantes y espectaculares, pero ninguna mente que sienta nada.


Si se agita un pensamiento durante el día, no es improbable que se sueñe con ello en la noche. Y, si se piensa durante toda una vida, que hay cielos con ángeles y demás tonterías, ¿por qué negar la posibilidad de que en la muerte se acceda a ello? Grande es el poder de la autosugestión. Además, ¿por qué negar al bebé su chupete?


Eso que marcan los relojes, que empujan pesadamente las manecillas, que aparece en las agendas, que se metamorfosea durante el día, y a la noche; que es llevado por la tierra en su traslación, y por la mente de seres humanos en su agitación; ese tiempo, eso insustancial pero omnipresente en las cabezas ansiosas, eso jamás inventado pero esculpido en las estructuras genéticas; eso inservible, inexistente pero que se cotiza en dinero; eso que falta siempre pero que es infinito; eso que nadie jamás ha visto pero que cambia de ropaje las superficies de la tierra y de los hombres, alternando sus primaveras e inviernos, sus juventudes y ancianidades; eso que nadie ha tocado pero que forma de inanes zigotos, políticos, poetas, médicos y abogados, y que los entierra a todos ellos cuando les llega su hora; este tiempo, que nadie ha olido pero que extrae de las flores sus aromáticas melodías; que nadie ha degustado pero que infunde su sabor a los mangos, a las mandarinas, a las frutillas y duraznos; que nadie ha escuchado pero que susurra la clave de la eternidad incesantemente en los vientos. ¿Dónde está? ¿Dónde está?


Si se vive con miedo, es como morir. Si se muere con valentía, es como vivir. Vida y muerte son los dos ojos con lo que se mira esto, las dos manos con la que dios trabaja en este mundo. ¿Qué se ve? El problema es que no solamente se quiere ser algo, sino que se quiere sentir la satisfacción de serlo. Por ejemplo, un sacerdote no solamente quiere serlo, sino quiere creer que lo es, lo cual es confuso y generalmente causa desdicha. Especialmente si el tipo es un demonio repugnante. Y la mente de verdad, no es como el cuerpo, del que se puede decir: “Está muy gorda”, o “parece vaca flaca”. Los estados de pensamiento y no pensamiento son como los dos hemisferios del cerebro, vienen juntos. ¿Nadie rebanaría su propio seso, verdad? Pero generalmente se cree que el no pensamiento es mejor, porque se lo relaciona con los budas, etc. Es completamente tonto e infundado, una falacia total, una farsa completa. La mente, en realidad, es como un campo de concentración, en donde toda cosa que entre, es automáticamente exterminada; como una tierra de nadie en donde ninguna filosofía, dogma doctrina o enseñanza puede infiltrarse, sin que sea disparada a quemarropa, pulverizada, liquidada. Las frasesitas huecas que se le tiran, como hueso al perro, son rellenadas con nuevo color, completamente distinto y explosivo. Las palabritas que caen bajo sus garras, son descuartizadas, conmocionadas, batidas, y se les infunde nuevo significado y valor. ¡No que se comparen precios! ¡Acá no hay nada que comprar ni vender! Eso es tarea de los vendedores, de los sacerdotes, monjes, rabinos, gurús y demás apóstatas sodomizados. Y esto no tiene nada que ver con ello.


Un ser humano es la exacta copia de otro. Puede ser más gordo o flaco, más negro o blanco, más joven o viejo; pero lo esencial es un tatuaje invisible que los necios denominan alma, o espíritu. Esto da testimonio de ello. Desde arriba, no se ven casas, autos, montañas, valles; sino un solo pastel dulcísimo: y todos son el ingrediente principal. Se le puede llamar “ser”, o “no ser”, ya que las palabras son como trajes, botas y guantes vacíos y sin vida. Y esto no es siquiera la vida: sino lo que infunde vida. La masa asombrada se pierde en los infinitos detalles, hablando y gesticulando tranquilamente mientras descienden a las tumbas. La próxima generación hará lo mismo, y la próxima, y la próxima hasta el fin del mundo. Entonces, lo importante no es el origen, sino lo que da origen al origen; no el fin, sino lo que hizo posible el fin. “¿Por qué existe el mundo?” vomitan los filósofos, religiosos, sabios, budas y demás embusteros… “Porque todavía no han contestada esa pregunta”, susurran los labios del horizonte, desde su inalcanzable pedestal. ¿A quién le preocupa qué cosa? Desde la nada, no hay pensamientos, esos soldadillos que causan tanto alboroto, con sus juergas, motines, violaciones, complots, guerras y ambiciones. El pensamiento es como una espada filosísima que corta y asesina la vida; y con cada uno de ellos, el loco se cercena la cabeza mil veces. Y si los pensamientos de uno solo, dinamitan todo el universo, ¿qué serán los de muchos, miles, millones? ¿Y qué será cuando los pensamientos de unos, colisionen con los de los otros? El holocausto se produce al nacer, antes de cortar el cordón umbilical, al quitar el primer pie de la vagina; la guerra se pelea directamente en la forja, en la casa del herrero, puesto que no hay tiempo para llevar las armas al campo de batalla: todo es instantáneo. Cada pensamiento es la misma crucifixión, el infarto de algún buda, la muerte del mártir. Esto no busca nada, no pretende llamar la atención, salvar a nadie. Y cada latido es explosivo. El corazón bombea elixires soñados por alquimistas y nuevas dosis para viciados de inmortalidad. Esto es lo que los dioses respiran. Escondido bajo la brizna de hierba, diluido en las nubes, arrastrado secretamente por el respirar, ¿quién lo ve? Cuando Cronos esté cansado de contar eternidades, ¿dónde se piensa que se va a sentar a descansar? Cuando menguen los colores de las Pléyades, y Orión yazca sin vida como ceniza inerte, ¿qué pintor las coloreará de nuevo? ¿En qué mesa se recogerán los restos de un universo consumido por la entropía? ¿Qué alma sorteará la pared de ladrillos hechos de infinitud, para volver y dar esperanzas infantiles? Esto solamente observa a las aves en el valle, rebasando a los vientos que desperdigan la paz y el alimento; a las fieras en las montañas custodiando arcanos anhelados por los sabios, que con humana vanidad se atreven a invadir los parajes inaccesibles; a los peces en el agua, consubstanciados en el verdadero nacimiento, en esa inocencia que no conoce de sabidurías, ni de doctrinas, ni de salvación; a las estrellas en el cielo, en pleno combate con el abismo cosmogónico, que con sus músculos quiere derrumbar y llevar todo a la nada; a los corazones humanos, tan llenos de anhelos y expectativas, cumpliendo un rol fútil, lleno de paradojas mortales que pretenden la inmortalidad. Si algo está descompuesto, esto lo arregla; si algo se pierde, esto lo encuentra; si algo se desea, esto lo crea; si algo molesta, esto lo destruye. Cuando la última estrella, matriarca agonizante, exhale su postrer aliento, ¿cuál será la expresión de su rostro? Si está triste, nadie lo sabrá; pero si sonríe, esto la enterrará.


Lo que ni Jesús, ni Buda, ni Krishna, ni los salvadores, ni los dioses, ni las otras cigarras en la ciénaga pudieron decir, pudieron comprender, con todas sus resurrecciones, reencarnaciones, oblaciones y austeridades es: “Sé quien realmente eres”. Eso es toda la verdad, nada más. Puesto que esto es realmente inalcanzable: inconcebible desde el principio. Incluso hablar siquiera de principio ya es limitación. No hubo un principio, porque lo que empezó, ha de terminar alguna vez. Esto jamás empezó. Aunque tampoco deja de ser por no haberlo hecho: siempre es, sin haber empezado. Por tanto, quizás podría decirse también que no es: en suma, es estúpido intentar describirlo. Las palabras son cartuchos huecos y humeantes: el disparo ya se efectuó, y la necedad se ha llevado una nueva víctima. Siendo quien realmente se es, se logra lo que debe lograrse, que no es un logro en absoluto, sino una tontería, una sandez, una imaginación infantil desde siempre. ¿Quién da testimonio de quién? Esto explosiona convulsionadamente, y de sus orgiásticas regurgitaciones, nace una paz perpetua, quietísima, que se consubstancia con cada átomo de conciencia. Es un movimiento completamente quieto, una luz alumbrando con oscuridad, un vacío absoluto pero carente de espacio, una mente llena de no pensamientos, un reloj cuyas manecillas se mueven sin marcar nada. Entonces, cuando el despertador suene, ¿quién se despertará?


El pecador está atado al mal; el santo, al bien. Un santo abrumador no puede existir en un lugar y tiempo en que suceda una gran conflagración, un suceso de masas, puesto que querría usar sus poderes para impedir que la gente sufra daño (todavía no sabe que el verdadero poder consiste en abandonar todo poder). Por tanto, es imposible detener las guerras mundiales, los terremotos, los tsunamis, los holocaustos de las multitudes, y demás cataclismos porque son necesarios. Y el santo no comprende esto. El santo rezará a su dios para evitar el desastre, querrá hacer el papel de salvador, interceder ante su dios por los desdichados. El omnisciente, en cambio, sabe que él es el dios… cualquiera, no importa cuál, porque ya comprendió todas esas estupideces: conoce bien su negocio. Y tiene poder sobre la tierra, el mar, los cielos, las mentes y los corazones: su comida de todos los días es la omnipotencia. Pero no puede hacer absolutamente nada, no puede tocar nada. Puesto que el poder, aquí, se divide en: lo que se puede hacer y lo que se debe hacer. ¡Ridículamente absurdo! Como saber todos los libros de memoria… siendo mudo, o como el niño pobre en la vidriera de una tienda de dulces... babeando. Entonces, la potestad sobre el universo no significa nada. ¿De qué sirve tener el cosmos en el plato si no está permitido probar un bocado? Es el ego, ciertamente el que calcula, el que razona, el que inventa estas tonterías… sean ciertas o no. ¿Es verdad que el bien es el que al final deberá “prevalecer” sobre el mal (en el sentido de que sólo a través de la virtud y santidad se pueda acceder a los misterios y a la infinitud)? Si fuese así, el mal sería muy limitado, lo cual sería muestra clara de un dios acusador limitado. Mas, la realidad rebosa de lo opuesto: es el mal el que manda, el que tiene las riendas del mundo, el que se campea por sobre las praderas de la tierra y lo que se alcanza a ver (normalmente) de las nubes. Finalmente, es inevitable la existencia, tanto del bien como del mal. Y suponiendo que fuesen meros conceptos artificiales e ilusorios, el problema fundamental sería, el de la inevitabilidad de la existencia misma, en sí. Ya que se sabe que se está, que se es, independientemente (la cabeza explota) de esto, que verdaderamente es. Por eso, ¿qué se puede hacer? Si no solamente lo que existe debe existir, si no se sabe por qué, y si no se puede hacer absolutamente nada al respecto, ¿qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se “debe” hacer? Solo esto sabe, solo esto sabe.


No hay meta adornada, no hay línea de llegada, no hay recompensa merecida: no hay nada. ¡Qué pena, qué lástima! Tanto trabajo para nada y tanto esfuerzo al pedo. Ya que hacer el bien o el mal, cuesta ingentes cantidades de energía. ¡Dolor o placer, lágrimas o risa, golpes o caricias tuvieron su momento! Ahora ya no habrá preocupación por ellos. ¡Estúpido! ¡La gracia llueve a borbotones, vomita borracha, y su vino negro es la luz! ¡Todo fue lo mismo desde el principio! El dueño de casa se fue hacia su portón para ser ladrado por sus propios perros, y, al volver, los animalillos comprendieron y cerraron los hocicos… ¡qué tontería! ¡Puesto que ahora todos los perros del barrio ladran como si hubiese algo de qué ladrar! Quien crea el misterio debe destruirlo o ser destruido por él. Y esto es un baladí. Esto no se oculta a nadie. ¡Cuántas avestruces hay metiendo la cabeza en la tierra de sus propios culos negándose a aceptar la verdad! Esto: ¡nada más! ¡Nada más! ¡Nada más!


Si el dios acusador lo creó todo, para que finalmente sea comprendido que él es todo, ¿para qué tanta contrariedad, tanto sufrimiento, tanto trabajo, tanta batahola? ¿Por qué un mundo sangrante, un universo tan grande, miríadas de seres vivos siendo tragados por la muerte? ¿Por qué no hizo todo impregnado de su “gloria” desde el principio? ¿Para qué molestarse en “esperar” trillones de años? Y si tal dios no existe, y son quimeras sicóticas, y es el mismo ser humano el de naturaleza divina, ¿cómo puede seguir comportándose como un asqueroso gusano? ¿Cómo no poder conocer su naturaleza verdadera, cómo le pudo haber sido vedada su propia perfección? Ya que generalmente se supone que el ser humano es imperfecto. Y si hay algo imperfecto, en un universo administrado por un dios acusador, tal dios sería necesariamente imperfecto. Puesto que el haber creado algo defectuoso y malfuncionante, revela su propia naturaleza; y si no es imperfecto (puesto que muchas cosas del universo parecen serlo), no puede ser infinito, por no comprender su ser la totalidad, que es la suma de todo, tanto lo perfecto como lo imperfecto. Y la totalidad necesariamente debe abarcar todo, siendo todo ella misma. Entonces, tal dios embustero debe ser todo; así como el ser humano debe ser todo, siendo de otra manera imposible una cosa como la totalidad; y si no lo es, ¡nada puede ser distinto de ella! O sea que todo es todo, o sino: ¡nada es nada…! Pero tampoco el ser humano puede tener una naturaleza divina “eterna”, puesto que de existir algo así, siempre debiera ser como es. Ya que la eternidad abarca tanto el pasado como el futuro: no puede ser “lograda ulteriormente” (porque o si no significaría que “empezó” a ser en un determinado momento, antes del cual no era; siendo entonces, temporal, y no eterna). Entonces, si el ser humano no es perenne ahora mismo, jamás lo será, y es imposible que lo sea. Lo mismo se aplica a la plétora de dioses. Aunque, si la muerte, si la no existencia, fuese el “estado ideal” de lo vivo, de lo que es, ¡cuán absurdo sería que hubiese existido en primer lugar! Si la situación única del ser humano debiera ser el de excremento inerte, ¿cuál sería el sentido de su nacimiento? Quizás sea la mera existencia, si se tiene en cuenta que las plantas, objetos inanimados e insensibles existen. Entonces el cadáver perdura como polvo y partículas microscópicas, átomos rebeldes. Pero, ¿será la existencia material la “única” manera de manifestarse tal fenómeno? De ser así, ¡cuán tonto, cuán estúpido pareciera todo! Y de no serlo, ¡sigue siendo tan estúpido y tonto…! Ya que si la condición “espiritual” existiese, y fuese “mejor” que la material, ¡qué pérdida de tiempo más dolorosa e innecesaria se vuelve el enfangarse con materia! Y si no existiesen los fantasmas espirituales y todo fuese muerte, ¡qué pérdida de tiempo más dolorosa e innecesaria! Finalmente, si no hay ni dioses aprovechadores, ni hombres seudo-divinos, ni todo, ni nada, ni eternidad, ni fugacidad, ni materia, ni mente, ni espíritu, ¿qué hay, qué existe, qué es? ¿Qué está, quién vive? Esa es la pregunta. Esa es una pregunta. Tan desechable o importante como cualquier otra cosa en el universo, e indefinible en su naturaleza. Entonces, aun escupiendo una o mil respuestas, ¿de qué sirven? ¿Qué valor tienen? ¿Qué se gana?


Pensamientos como: “Quiero cambiar el mundo”, o “Quiero cambiarme a mí mismo”, sólo surgen en una mente inmadura. Lo cual no es opuesto a una mente madura, porque tal cosa no existe. Aunque tampoco es el cliché del “florecimiento en meditación” ni nada de eso. Es simple y llano. Ellos dicen: “Quiero ayudar al mundo”, entonces fundan sus partidos políticos, sus religiones, sus sistemas económicos. Y surgen el conflicto, el dolor, la desesperación, porque se van a matar, se van a destrozar por hacer prevalecer todo ello sobre los demás. “Así hay que ayudar al mundo”, dice uno; “No, así hay que ayudar”, dice el otro. Luego traen sus ejércitos, sus células terroristas, sus planes de trabajo, sus cronogramas, sus plazos y condiciones, ¡un inservible pedazo de papel se convierte en un casus belli! Y una sola coma mal ubicada en un tratado se convierte en un hongo nuclear. Los menús de restaurantes de los gobiernos tienen variados platos, ¡pero son demasiado caros y todos causan indigestión! Toda acción política, religiosa, económica está funestamente envenenada desde el principio. Es sólo la ignorancia peleando contra la estupidez, la imbecilidad queriendo convencer a la futilidad, la ambición comprando más ambición. Y lo peor de todo es que algunas veces sí pueden “ayudar”, hacer algo, mover algún cimiento, alguna piedra... el problema es que eso causa más sufrimiento, ya que lo único que hacen es cambiar el color de la lucita, del foquito: la habitación sigue siendo un chiquero, una pocilga. ¿De qué sirve poner la basura en otro recipiente? ¡Los ojos ven lo que quieren ver! O si no, el tonto dice: “Aunque no pueda cambiar el mundo, al menos puedo cambiarme a mí mismo”. ¡Imbécil! ¿Qué va hacer? ¿Va a quitar un nuevo cerebro de la heladera? ¿Va a cambiarse de alma como se cambia de zapatos? El ser humano no es apto para ser puesto en hormas predeterminadas como la torta, la masita, que cabe en un molde y es hermoso, y siempre sale cocinado de la misma forma. ¡Las ideas extravagantes que tienen acerca del hombre moral, religioso, ético, empresario, hombre de familia, santo, buda o pederasta! Cada perro se lame su propia pija, y si puede, le huele el culo a alguien más. Pero el ser humano jamás puede ser puesto dentro de un recipiente y decirse de él: este es un ser humano ideal, perfecto. La totalidad es una bola de fuego que no se puede tocar; ¡no se puede moldear y decir estupideces acerca de ello! Y esta es una convicción que arde en cada célula, en cada vena, en cada nervio: dentro de los huesos. Tontamente se pretende cambiar el mundo o el sí mismo. ¿Quién carajo les pidió hacerlo?


¿Hay alguna diferencia entre el líder de la piara y el del partido político? ¿Entre el perro jefe de la jauría y el sacerdote o ministro de una congregación, el guía espiritual de una comunidad? ¿Hay alguna diferencia entre ir a la iglesia o al prostíbulo? En ambos casos se quiere algo, alguna especie de satisfacción, de gratificación, de placer, de sentido de identidad que quiere ser reafirmada. Y un arquitecto genial tiene el talento para construir ambos edificios: una hermosa catedral, o una casa de putas de quinientos pisos de alto. Ese arquitecto es lo que llaman dios, que confecciona ropa con hilos de bien y de mal. ¡Qué pena que nunca parece quedar bien ajustada! O es muy floja o muy apretada. Lo único que realmente quieren es más gente para su iglesia, para su partido polítco, para su empresa, para su club de fútbol, nada más. Esparciendo tentáculos por todo el mundo, predicando querer cambiarlo cuando lo único que hacen es destrozarlo. ¿Por qué no se van a casa a hacerse la paja, a cogerse a sus esposas, a sus madres, o a sus perros? “¿Por qué?” gimotean como maricas: “¡Pues porque seguís haciendo preguntas estúpidas, imbécil!”. Es un teorema irrefutable: todo el que quiera hacer bien al mundo no puede hacerle sino el mal. El tipo se cree el nuevo Jesucristo, el nuevo salvador de la humanidad, cuando lo único que quiere es restregarse con un poco de fango de poder, reconocimiento y santidad. Lo chistoso del caso es que esto, les otorga con generosidad. ¡Ahh...! Y las ovejas necesitan todavía a su pastor, llámese señor presidente, rabino, buda, comandante, mamacita, gerente general o jefe de la célula (terrorista). Mas, las ovejas negras, son automáticamente rechazadas. Su único pecado: haber descubierto que los inmensos prados y aguas son libres desde el inicio. Ahora, si mientras andan solas se encuentran con el lobo, eso ya es otra cosa... ¡qué pena que nunca la manada lo descubrirá! Son unos niños... que necesitan todavía jugar con sus juguetes de política, reforma social o económica, religiones, placeres sensoriales, conocimiento, búsquedas de dios o del diablo y demás. Y nadie les acusa de nada, no. ¡Se siente la misma diversión que ellos! En verdad, se tiene que hacer el papel de niñero, para que el tonto niño no se hiera con sus propios juguetes.



La semilla va a germinar sí o sí, te guste o no.


Un pensamiento encadenado, arrastra toda una fila de esclavos, asimismo encadenados a la relatividad y al dolor. Un solo pensamiento presupone el universo. Cuando se piensa: “Palabra”, se crean todos los idiomas del mundo; cuando se piensa: “Cielo”, se inventaron todos los planetas, los astros y sus sondas espaciales, las galaxias y la muchedumbre de dioses; cuando se piensa: “¡Hola!”, se conoce la historia de la humanidad, colectiva e individualmente, con sus masacres, adelantos científicos, holocaustos, fin de los mundos y leyendas teogónicas. No se puede garantizar una respuesta satisfactoria a ninguna pregunta, porque existe lo que es incognoscible, imposible de saber o entender y que está fuera de la mente y sus garras conceptuales. ¡La conciencia no puede recorrer este terreno con sus patas del sentirse-ser! Además: no existe una satisfacción de curiosidad morbosa que sea duradera. Sabio entonces es, no pretender conocer ni interesarse por lo que, a fin de cuentas, es absurdo. La duda perdura en el necio y en el santo, por más “pruebas” que aduzcan ambos, de creencias, experiencias, poderes, sueños, conocimientos o intuiciones. Así que: no se puede conocer nada. Ya que ¿qué existe objetivamente? El mundo que se cree ver, que se tiene por real, por establecido, ¿será una ilusión o algo verdadero? Puesto que el ciego no “ve” ningún mundo, el sordo no “oye” ningún sonido y así por el estilo. Cuando se duerme sin soñar, “no existe” ninguna realidad: no hay nada. Claro, se dirá que para otros existe el mundo, puesto que lo ven. ¿Y si todos durmiesen o se desmayasen al mismo tiempo? ¿Para quién existiría qué…? ¿Existiría realmente algo? Ya que si el mundo se proyecta y esfuma con el abrir y cerrar de ojos, ¡qué tonto y sinsentido sería todo! ¡Tan predecible! Y los estúpidos dan preponderancia a la vigilia; pero, a fin de cuentas, el sueño, ¿qué es? Y si fuesen todos iguales (la vigilia, el sueño con sueños y el sueño sin sueños) con más razón, ¿qué es lo real? Imposible controlar cualquier cosa, ¡conocer siquiera algo! Pero quizá se pueda ponderar sobre lo que es, el sí mismo: “¿Quién o qué es?”. Entonces, la agitación de la duda cesa: el sí mismo se convierte en la duda misma. Luego de esto, ¡habrá que ver si surge alguna pregunta! Y si surge, ¿“quién” la responderá…?


El rebaño lumínico de estrellas para en el lago cosmogónico para beber, y es guiado por este pastor; los ejércitos de átomos deponen sus armas, y se abrazan festejando la paz: éste es el comandante; el poeta despide a sus miles de hijas que riman: ésta es la pluma que las generó; y cuando los billones de sueños se esfuman al toque del amanecer, son guardados en esta caja; el pie pesado del viento es levantado por este caballero, galán y bien educado; las lluvias son enjugadas en este pañuelo y las olas del mar barren este suelo; el ingreso al portal burbujeante de las visiones extáticas es custodiado por este guardián; la tromba de pensamientos se cierra con esta válvula; el aire del verano, escondido bajo piedras y entre las sombras de los árboles, se derrama en esta cantimplora, volviéndose refrescante y reparador; las olas de imaginación chocando en el arrecife del pensamiento, erosionan la eternidad: estas son las arenas que quedan; el tiempo mueve con mano ágil el discurrir de los astros por caminos arenosos, luego de que esto los haya limpiado; las galaxias elucubran nuevas coreografías, habiendo esto desatado sus cordones, y los corazones, sangrando heridas de tiempo, esperan ser cauterizados por este doctor de fuego; habiendo sido el universo barrido del polvo sideral, son colocadas todas las cosas, bajo el estricto control de este constructor; cada mota de polvo y molécula ansiosa son llevados a buen destino por este piloto, y los boletos para presenciar atardeceres irrepetibles, han sido confeccionados por este administrador; siendo este labrador, el que plantó en la perennidad semillas de deseos, esperando verlos germinar; ¡en su caminar no quedan huellas ni rastros en su andar!; la tierra vieja es rejuvenecida con esta pócima de la juventud, y en la quietud, reverbera este movimiento, y por un momento, el infinito queda suspendido en la nada. En la entrada de esto, no hay pórtico ni pasillo, ni camino, ni sendero, ni señal, ni letrero, ¡ni los budas embusteros lo conocen ni los cristos lo vieron en su pedernal! Nadie da testimonio de esto, por eso, por eso, ¡por eso es inmortal!


Como interminables monos en celo, con interminable ansiedad, con interminable energía e interminables ganas de continuar, los viceversas se retuercen en simpática, pero terrible catarsis: el mundo ha desaparecido con un golpe mortal. Todas las construcciones conceptuales, dogmas, filosofías, religiones, charlas en el café, soliloquios en el baño, diálogos borrachos, poemas repentinos, todo chillido, cualquier ruidito que salga de la boca o la mente: todo cesó. A esto no lo abarca nada. Se es una persona inconmensurable, en un universo inconmensurable, teniendo pensamientos inconmensurables; se lleva a cabo actividades inexpresables, planes inexpresables, acciones inexpresables; se tiene sentimientos inconcebibles, intuiciones inconcebibles, conocimientos inconcebibles; con una mente destructiva, llena de fe destructiva, coloreada con razón destructiva; experimentando una misión incalculable, de significado incalculable y sentido incalculable; teniendo un poder inagotable, con misericordia inagotable y humildad inagotable; llegando hasta la luz inextinguible, el amor inextinguible, la paz inextinguible: esto es verdadero, real y único. Y nunca va a llegar el momento, ¡eso nunca jamás va a suceder! Fútiles, despreciables, los intentos, como soldados agonizantes en una batalla perdida. El movimiento del deseo dentro del no-deseo; del pensamiento dentro del no-pensamiento; del silencio dentro del no-silencio; de la vida dentro de la no-vida. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué no en otro momento? ¡No existe otro momento! ¡No existe nada! ¡Nada jamás existió nunca! Qué maravilla… qué maravilla. ¿Hay algún paisaje, panorama de metáforas, cuadro congelado de descripciones, que otorgue una mínima pizca de la belleza que esto genera…? Habiendo exprimido la sangre de los ojos, triturado los oídos, aplastada la nariz, arrancado la lengua, despellejado el inservible cuerpo de su vestidura de pieles, ¡cómo es posible que se experimente esto! Este mundo no es accesible para nadie, ¡y todos entran y salen de él! En este reino nada se ve, ni se oye, ni se siente; nada se puede hacer en él, porque no hay nada con qué hacerlo ni quién lo haga; nada puede pensarse en él, puesto que no hay tiempo, ni mente, ni movimiento alguno que necesite manifestarse; no hay luz, ni lluvia, ni viento, ya que entonces serían necesarias miles de otras cosas para completar el paisaje; no existe vida, ni deseo, ni adiós, porque nada se manifiesta ni deja de manifestarse aquí; no hay nada, puesto que si hubiera algo podrían faltar cuatrillones de cosas, ocultas en la imaginación y en los sueños. Pero no hay nada, ni nada puede ser, ni nada jamás puede ser concebida: y esta nada es inimaginable, imposible de sentir y experimentar. Nada se mueve ni es movido por nada, ni nada se ilumina ni es iluminado por nada. No que nada sienta, sino lo que siente, es completamente intolerable e incomprensible: es a fin de cuentas, no sentir nada. Esto es la gracia, esto es la absurdidad: y nadie ha podido darlo a conocer jamás.


Del mal surge espontáneamente el bien. Del bien surge espontáneamente el mal. Del mal surge espontáneamente el mal. Del bien surge espontáneamente el bien.


Habiendo pasado el día en melancólico circunloquio con mariposas y picaflores, entre las nubes y los lirios, ahora, peinando sus cabellos de auroras boreales, la diosa enjuga sus ojos de colores etéreos: ¿dónde está el esposo? Ella tiende el mantel del espacio-tiempo, habiendo preparado un delicioso manjar de constelaciones: pronto servirá el vino de lunas efervescentes en la copa de lagos de cristal. ¿Por qué no llega el marido? En vano esperará que la comida se enfríe de entropía, hundiéndose más allá de ceros absolutos, entre los regazos del terrible olvido, devorador de imperios desconocidos y primaveras gallardas. ¡El señor no aparece por ningún lugar! Finalmente, ¡inocencia tierna y perfecta!, ella preparará el lecho con los pétalos de rosas de su jardín y las carnes no menos suaves y deliciosas de su cuerpo; haciendo un refugio de placer extático, vibrante y explosivo, digno de un monarca celestial: pero el amo no vendrá a la casa hoy. Ella entonces, se queda dormida con los ángeles, incapaz de soportar el castigo de una vigilia infeliz… ya vagará por las praderas y prados de sueños brillantes y redondos como perlas, de los que devuelven la esperanza. Al día siguiente, volverá a peinarse los cabellos de auroras boreales. ¡El hombre jamás vendrá! ¡El esposo nunca volverá a casa! “¿Dónde estará?”, quizás diga la diosa, peinando y enjugando todos los días de la eternidad… y cuando el río adamantino de lágrimas y los cabellos de trigo maduro impregnen todo lo existente, cuando no haya ni entropía ni tiempo (y las eternidades hayan muerto envejecidas), una tenue, imperceptible chispita sonreirá… y del ruido de las perlas incrustadas en la encía cósmica, podrá discernirse una nueva historia, con una triste diosa, y un triste caballero que no pudo ser…


Cuando se parta habrá una cascada de lirios alegres, despreciando la pompa putrefacta de los adoradores de la muerte. Esas hordas vestidas lujosamente con ornamentos fúnebres, llorando hipócritamente sobre el misterio que jamás conocerán. Cuando se parta se abrirá la piel de un arcoiris, y se beberá del colorido cóctel de su savia. Cuando se parta, se dará la espalda a los ángeles, esos mensajeros de poco sueldo (que nunca ascendieron), buscando el grifo que derrama la dulce oscuridad por sobre las sábanas celestiales. Cuando se parta, se irá una vez de juerga con los demonios (sólo una vez), esos niños malcriados que esperan ser perdonados por su padre, para emborracharse con licores de lava y orgías con rosas rojas del abismo. Cuando se parta se vagará un rato por las colinas interminables del tiempo, se explorarán los frondosos bosques de la eternidad, se navegará por los mares inconfundibles de las posibilidades de universos paralelos, se correrá maratones sobre papiros no desenrollados de historias de pueblos, se buceará en las mentes de todos los dioses jamás concebidos, se encenderán los candelabros de las estrellas ya frías, se fundirán finalmente en uno los libros escritos y los libros leídos, se ensanchará el corazón a latitudes transfinitas en donde su latir desestabilice órbitas preestablecidas en los siglos, se subirá al mandir inaccesible de los misterios reservados para gritar con las gargantas de los cisnes todos sus secretos, se escalará sobre los cúmulos galácticos hasta la azotea del arcano enigma, estallando en lo que es imposible desde la eternidad. Cuando se parta, el cuerpo será una hoja amarilla entre las demás en un otoño claro, dejado como una ramita seca, inservible, que ya no tiene propósito. O se cremará con las llamas de tanto conocimiento fútilmente acumulado, desparramando sus cenizas con la sangre de un cerebro que ya no palpita en la súbita curiosidad inocente y ávida (como la que siente un niño que por primera vez ve a un conejo). O será arrebatado, transformado, transmutado, metamorfoseado como lo soñara aquel apóstol, que sin saberlo, torció las enseñanzas de su maestro hacia sus pecadores senderos. O, simplemente, no marchitará jamás, como la legendaria rosa hecha de perlas de tiempo, que con el tambaleante discurrir de las estaciones adquiriera más y más brillo, engullendo finalmente a la luz misma. O, nunca, en lo que cabe, en lo concebible, terminará este momento; atrapado en la mente que no mide ni siente, en el sí mismo que no experimenta ni sabe, en un espacio que no contiene nada, en un lugar sin sitio ni situación. Esto nunca terminará. Y cuando se parta, indudablemente se sonreirá, porque esto así lo ha decretado, y habrá paz… paz de esto, que nunca abandonará.


Aunque brillen los papiros de la memoria desde las catacumbas de los siglos, aunque la puerta flamígera de huesos se atraviese, aunque todos los libros formen un sándwich que se trague, aunque se beba con las venas el suero de los truenos, aunque la sangre erosione todos los sueños en el desierto de ilusiones, aunque los planes y proyectos queden concretados como el bronce e iluminen como el sol, aunque se mastiquen los sentimientos de vidrio explosionados, aunque las partículas de pensamientos iluminen el cielo metálico de vanas aspiraciones, aunque la saliva de los vientos golpee del corazón los huecos y los agujeros de la tierra sean llenados con líquidos diamantes, aunque el hierro se enferme y se estremezcan las nubladas llaves de las reservas paradisíacas de ultratumba, aunque la fiebre aqueje a los ladrillos de las olas y al sentir de las arenas, aunque la luz se pudra y marchiten sus rayos, aunque se llene de pasión el polvo y el dolor se exilie de los cuerpos, aunque se trepe a la cima de las fantasías y se baje por las escaleras del olvido, auque se rompan las cadenas del odio y caigan los horizontes, aunque la savia forme una espada y corte sus propias raíces, aunque se engullan todos los sonidos y las cenizas florezcan, aunque el agua se vuelva vino y el sol luna llena, aunque se quemen los amaneceres y yazcan todos sus restos en cofres cerrados, aunque se quiebren las manos del tiempo que todo ha modelado, aunque se sea el poeta más laureado, aunque terminen las cuentas del mar y el abismo se sonroje enamorado, aunque todo sea posible y nada sea vedado, aunque no haya ningún objeto alejado y todo sea logrado, aun así, aun así, esto no será revelado. Esto jamás será mostrado. Esto nunca puede ser alcanzado.


¡Muere! ¡Muere! ¡Muere ahora mismo! ¡Destrúyete por completo! ¡Destrúyete! ¡Ya! ¡Ya!


Queriendo almorzar un par de nubes, se termina tragando grandes cantidades de abismo. Hablar es como ponerle muletas a la luz: y las palabras son la dislocación de la energía. No se le puede poner ribetes a esto menos de lo que se podría colgar el cielo en la pared. Limpiando manchas de la luna, es difícil creer que se estaba equivocado. Secando la piel con la toalla de la virtud, de la etiqueta, del ritual, del fingimiento social, ¡que triste es comprender que todo el cuerpo estaba hecho de agua! Y guardar jirafas en una caja de fósforos es pretender atesorar esto. ¡Si el sólo hecho de pensar es como andar en Ferrari por una zanja! Querer cambiar el mundo, asimismo, es signo de inmadurez. Ni aunque se tenga la fuerza de diez elefantes, la sabiduría de los siglos, el amor de ochenta mil madres, la energía de los quásares, la edad de los dioses y las eternidades burbujeantes de tiempo disponible, no se podrá hacer nada. Es más fácil derretir un portaaviones con una velita que hacer algo bueno por el mundo. No que sea imposible, sino que es mejor comprender la ubicación de las piezas de carne en el tablero de tierra, aun cuando en este juego es imposible ganar o perder… ¡siquiera mover una sola ficha! En el sentido de que no se puede dar ni quitar vida, sino simplemente amar. Torcer el curso inamovible de los acontecimientos, el torrente, el chorro desbordado del “destino” es como dirimir el lugar exacto en donde cada gota de lluvia ha de caer. ¡Ni siquiera el pianista que toca las teclas del tiempo conoce la melodía que ha de surgir en su impromptu! Que los neuróticos dioses se preocupen de estas estupideces… ya arreglarán cuentas con esto. Y no existe eso que llaman justicia, eso que fue parido en la imaginación y en el capricho de tantos. Lo único que hay, es decidir a cada instante. Ya que nada jamás se puede castigar ni premiar. Ni aun con mordazas de acero puede estar calmado quien desea la justicia, y los santos abrumadores son capaces de destruir la tierra para salvar a una hormiga. Es mucho mejor callar y dejar que las piedras, el sereno, los huracanes, los ríos, los amaneceres, la lluvia y los terremotos hablen por sí solos. Ya que esto no tiene boca para hacerlo, ni mente para pensar, ni ojos para ver. ¡Qué maravilloso es ver a la humanidad persiguiendo afanosamente la mentira! Ya que en ella están el poder, la virtud, el dinero, el sexo, la fama y fortuna, la inmortalidad. La verdad, sin embargo, nada tiene: ella simplemente ha dado todo. Y esto, no está en venta en el mercado.


Aunque, por la omnipresencia, se palpe cada átomo del universo al mismo tiempo, esto será intangible; aunque, por la omnisciencia, se sepan todas las cosas, las del pasado, las del presente y las del futuro, esto no será conocido; aunque, por la omnipotencia, se pueda dominar todo el cosmos con la sola voluntad, esto no se puede controlar. Escondiéndose bajo montañas de nuómenos, es imposible escapar de la luz de esto; buscando a través de los fenoménicos ríos espaciotemporales, no se lo encontrará. Siendo egoísta, es imposible no compartirlo; y, siendo generoso, no se lo puede otorgar. Más abstruso que un laberinto de oscuridad, más cerca que los propios pensamientos. Más complicado que infinitas ecuaciones agitándose, más fácil que respirar. En los pastizales de la existencia, no se encontrará su frescura, ni en los polvorosos cajones del no existir. La vida no conoce su fragancia ni la muerte su quietud. La nada sacude su cabeza, rascándola en perplejidad con sus tentáculos de posibilidades; y la totalidad no la dirime con su batuta interminable. El pensamiento late sin conocerlo, y el no pensamiento brilla en sistemas solares que no lo contienen. Desde dentro no se manifiesta, y desde fuera sólo parece fugarse. Quien dice tenerlo, miente; y quien dice no tenerlo, también miente, mientras los pleonasmos pelean por él. El que lo niega, no hace sino aceptarlo, como quien se pone pesadas cadenas gritando: “¡Soy libre!”. Y quien lo afirma se da puñetazos sangrantes mientras grita: “¡No siento dolor, no siento dolor!”. La distancia no lo acertará con sus hondas, ni el centro girará por sobre su corazón. La multitud de siglos mira hacia el cielo con la esperanza de encontrarlo, y esto dice: “¿Qué? ¿Tengo alguna mancha en el rostro?”.


Los maestros, gurús, sacerdotes, clérigos, pastores, rabíes, y el resto de la piara compiten, como las prostitutas, en quién tiene más seguidores, explotándose los unos a los otros, exprimiéndose mutuamente bálsamo para sus egos. Y los iluminados o santos, tienen sus elegidos, a quienes se les aparecen en sueños y visiones, y éstos, no tienen deuda con el mundo: les basta el mórbido placer de las experiencias místicas. Es un griterío apabullante y el coro suena perfectamente la cantata de la desesperación: idos están los tiempos de la tibia angustia existencial. Esto es guerra, es destrucción, es destrucción de la destrucción. Nada quedará en pie, nada. El dolor fluye como cascada sin fin, y en ningún lugar se avista refugio. Ni los poderes, ni los salvadores de la humanidad, ni los gobiernos, ni los éxtasis de contemplación: en nada hay sosiego. Los pensamientos son placer morboso, pegajoso, empalagoso, diabéticamente dulce para los enfermos de placer. Eso es todo. Placer y más placer. Dentro o fuera de las ciudadelas, palacetes y minaretes oscuros de las defensas sicológicas, de etiqueta social, de moral o ética, de religión, de todo tipo de mercancía en plástico que se vende como carné de salvación, visa al cielo, ticket al paraíso. Y aun el no pensamiento debe ser superado, reventado, desechado. Toda concepción, dogmas carbonizados, doctrinas y misterios baratos, apostasías frías quitadas del refrigerador, creencias guardadas en bodegas de falsa seguridad para que fermenten en felicidad instantánea: todo deberá ser quemado, incinerado, consumido, extinguido sin rastro alguno. Ni una pizca de humo vacilante ni de cenizas dudosas quedan. Todo se acabó. El juego terminó, y ya no quedan monedas para meter a la máquina.


Dirigiendo un coro de ángeles, es imposible discernir quién de todos ellos está desafinado; dirimiendo el tránsito de las estrellas en la autopista, ¿cómo saber quién chocó contra aquél agujero negro que venía a infernales velocidades?; midiendo cada paso de la mente, controlando cada pensamiento, ¡aún no será dado el origen de todos ellos!; descubriendo todas las leyes operantes en el cosmos, ¿cómo comprender el indulto desconocido, la excepción contundente que reafirma la regla? Placer y dolor son lo mismo. La única diferencia consiste en que el dolor harta más rápido. Blandiendo la realidad como un juguete de plástico, ¡qué figuritas se hará! ¡El aburrimiento mató a más omniscientes que vagos! Y son todos despreciables. Incluso el insecto es más digno de existir que el ser humano, ya que para que crezca, sólo requiere de humedad y polvo; el ser humano requiere eso y más: requiere odio. Y la fealdad estableció la belleza en el mundo: es completamente estúpido. Como un león jugando a ser trapecista sobre un hilo dental, sobre una telaraña, ni flotando ni cayendo, ni nervioso ni tranquilo, ni apasionado ni apático, riéndose de los insultos y las alabanzas, de la hipócrita mazmorra en la que vive el planeta: así es. Nadie hay quien sea así, es muy simple. Nadie puede haber jamás. Los bobos vienen con sus ladrillitos a construir sus nuevos dogmas, religiones, filosofías (sus nuevas reformas sociales, sus nuevos sistemas políticos y económicos), y demás charla barata de supermercado, cuando que ya hay ochenta millones de torres de babel superpuestas una encima de la otra. Es como para quitarles sus ladrillitos y arrojárselos en la cabeza. ¡A ver si sale un poco del polvito mágico de salvación aspirado, de los cuentos de hadas leídos en libros sagrados, de la superchería vergonzosa y fantasiosa escupida por embaucadores autodesignados dioses o salvadores de la humanidad! Pero, en fin, no vale la pena. Es más divertido dejar hacer.


Toda experiencia nulifica la realidad.


Hay un pordiosero frente a las puertas del paraíso: se es ese pordiosero. Los santos que quieran entrar, deberán dejar una moneda antes de pasar. Ellos se escandalizan por todo ello. “Irás al infierno”, proferirán. Obvio, con un pase VIP, cada fin de semana se pega una visita al único antro en donde ya se está borracho antes de empezar la fiesta. Hay una delgada línea, sutil, casi imperceptible, que rasga los velos del cielo y la tierra, que lo fragmenta, lo rompe, lo digresiona, que une los puntos A y B de la vida y la muerte. ¿Quién puede verlo? Esta línea parece una estela ardiente de napalm en los azulejos del firmamento. Con observarlo simplemente, se es un acróbata, haciendo la cuerda floja en el horizonte, pateando la luna y rompiendo la telaraña de estrellas. Al sentirlo, hay una conversión: el cuerpo es un infierno ambulante que quema todo lo que toca. Así es quien es invadido por esto. Solo que nunca nada sucedió, nada cambió. Simplemente se trocó la actitud. Es el mismo paisaje, visto por un campesino, un arquitecto, un artista, un herrero, un sembrador, un talador de bosques, un reforestador, etc. Esta vida, tan real como una burbuja, tan embriagante como un licor, tan dolorosa como una espina, esta misma vida, debe ser asimilada completamente en la totalidad. Ya que el ser humano puede ser dividido en piernas, brazos, mentes, corazones o almas, solamente hasta que se vea realmente, hasta que se sienta de verdad; puesto que siempre habrá parcelación infinitesimal de las miríadas de millones de cosas que pueden llamarse existentes mientras persista la tonta esperanza o duda, el querer lograr algo, salvarse, liberarse, entrar al cielo o al infierno. Y el mayor misterio es si se vive o no. Dando tan fácilmente por sentado que viven, ¿cómo negar su inminente muerte? Ya están recostados en la guillotina. Pero si se pregunta: “¿Quién está vivo? ¿Quién vive si es que hay esta vida?”. Entonces quizá el nuómeno abra un chico las puertas de lo incognoscible, ¡aunque sea evidente que es imposible poner el pie ahí! Por tanto, esto teje las redes espaciotemporales, esperando a que caigan las moscas, pero si se duda sigilosamente de todo, ¿quién podrá atrapar a quién? Las gestas por la inmortalidad carecen de sentido: la destrucción es lo esencial. Puesto que solamente así es posible reír. Como clavos dispuestos a ser martillados, ellos también ríen: pero sólo son lágrimas disfrazadas. No trascendiendo la dualidad (incluso el deseo de hacer el bien), no se podrá tomar este explosivo cáliz. Nadie puede salvar a la humanidad: ni los santos, ni los políticos, ni los científicos, ni los sacerdotes y predicadores, ni los filántropos, ni los mesías, ni la bomba nuclear. Puesto que, aún con la suma de poder asequible en un ser humano, sea natural o sobrenatural, nada jamás ha cambiado; ni un sólo pelo resucitado, ni un sólo centímetro de maldad que haya retrocedido. Lo que tiene que pasar, ¿para qué evitarlo? Como mucho es posible retrasarlo, ¿para qué? Comprender ahora mismo es la clave. Parar el giro de la cabeza, el frenético divague de la mente en este mismo momento. Ver la totalidad, ahora. ¡Esto es lo único que es! Esto desmenuza, exprime, retuerce, revienta el cuerpo vivo de las cosas para hacer interminables ríos de bienaventuranza. Claro, la sangre, el sudor, las lágrimas corren paralelamente, ¿pero a quién le importa? Empapados en mugre, los seres humanos auténticos aceptan la bendición. ¿Quién es tan tonto como para quererlo? ¡Mejor le sería arrojarse a un abismo! Esto es como tragar una dinamita encendida, como engullirse una granada. ¡Destrucción, destrucción! Esto destruye este campo por completo y lo vuelve a sembrar… ¡para que nazcan flamígeras flores de eternidad! Pero no importa: es completamente estúpido, al fin y al cabo. Nada debe suceder, nada sucede, y nada jamás sucederá. Eso es todo. Los soldados de pensamientos han de batallar todavía por mucho tiempo… y esto ya se fue a descansar.


¿Resumir la vida en una palabra? ¿Y cuál será? ¿“Amor”, “gracias”, “¡no!”, “¡ay!”, “bienaventuranza”, “condenación”, “absurdidad”, “don”, “desperdicio”? ¿Cuál será…? Menos mal que hay algo que no describen las palabras y que no puede ser pensado. Que no es un silencio. Algo invisible que no puede ser visto con ojos de vacío. En fin…


El cerebro es como una hoja de papel: se escriben en él el lenguaje, las ciencias, las artes, las religiones; pero él mismo no es el origen ni del lenguaje, ni de las ciencias, ni de las artes, ni de las religiones. El cuerpo es como un electrodo: que transmite pulsiones, sensaciones, dolor, placer, salud, enfermedad a una pantalla en donde es asequible su entendimiento; pero él mismo no es el creador ni de las pulsiones, ni de las sensaciones, ni del dolor, ni del placer, ni de la salud, ni de la enfermedad. Eso que suelen llamar espíritu o alma, es la gota de agua que contiene los éxtasis, las contemplaciones divinas, los estados superiores de conciencia, los poderes sobrenaturales, la comprensión del universo; pero ni los éxtasis, ni las contemplaciones divinas, ni los estados superiores de conciencia, ni los poderes sobrenaturales, ni la comprensión del universo provienen del espíritu o del alma. Eso que ahora es llamado esto, que abarca y comprende todo, y que no es abarcado ni comprendido por nada ni nadie, es un espejo en el cual, quien caiga reflejado en él, será fuente de omnisciencia, omnipotencia, omnipresencia y por sobre todo: absolutidad; pero este espejo, en sí mismo, no es ni omnisciencia, ni omnipotencia, ni omnipresencia, ni absolutidad. Entonces, quien se ve reflejado automáticamente es destruido, completamente, sin rastro, sin opción, sin sensación ni pensamiento, ni vacío ni nada: todos los reflejos de este espejo son obliterados. Luego, cuando lo imposible sea posible, cuando el reflejo destruido destruya al espejo destructor, ahí, ahí solamente será posible ver reflejo alguno.


Buscan refugio en las drogas, bebidas, sexo, literatura, cine, economía, religión, vanidad social, dioses aprovechadores o sedativos, suicidio romántico. Completamente tonto. ¡Pero las costas parecen tan lejanas! ¿Quién logrará llegar? Quien vea que las olas y el mar no son dos. Entonces, ¿dónde podrá haber costas? Está píldora azul sin eje ni circunferencia es una amenaza para el estómago: ninguna pared de carnes puede contener su estallido. Finalmente, un jirón de nervios, un montón de tripas, es lo único que llega a depositarse en la playa. ¡Esto lo hará resucitar!


El único miedo que existe es el miedo de perder el miedo. La única esperanza que existe es esa: ¡La de tener la esperanza de que hay alguna esperanza! Los cachetes de esto son precisamente esos: miedo y esperanza, y se golpea cada cual, para que esto dé la otra mejilla cada vez, para siempre.


“¿Qué es vida?” “Eso mismo” “¿Qué?” “Vida. Vida es vida”. “¿Qué es vida?” “Lo que quieras”. “¿Qué es vida?” “Nada”. “¿Qué es vida?” “Todo”. “¿Qué es vida?” “Todo… y nada”. “¿Qué es vida?” “Dejá de hacer preguntas estúpidas”. “¿Qué es vida?” “Nadie puede saberlo con certeza”. “¿Qué es vida?” “No estás interesado en la vida. Lo que querés es una cursi definición con la que puedas purear frente a tus amigos”. “¿Qué es vida?” “¡Dejame en paz!”. “¿Qué es vida?” “Andate a la iglesia, al templo, al cine, al mercado, al basural. Ahí hay cosas más novedosas y deslumbrantes”. “¿Qué es vida?” “Preguntale a tu presidente. Para eso le elegiste”. “¿Qué es vida?” “Una mierda”. “¿Qué es vida?” “Muchas cosas”. “¿Qué es vida?” “Una sola cosa”. “¿Qué es vida?” “No, no es una pregunta. Es una afirmación: que es la vida. O sea que la vida es”. “¿Qué es vida?” (y recibe una cachetada). “¿Qué es vida?” “Precisamente eso. Preguntar lo que es la vida”. “¿Qué es vida?” “Unas cuantas posibilidades”. “¿Qué es vida?” “¿Y quién te dijo que la vida es en primer lugar?”. “¿Qué es vida?” “Lo siento, no hablo español”. “¿Qué es vida?” “Tomá, comprate un caramelo”. “¿Qué es vida?” “No sé quién sos”. “¿Qué es vida?” “Tres quilos de poroto”. “¿Qué es vida?” “No sé ni me importa”. “¿Qué es vida?” “Algo… quizás”. “¿Qué es vida?” “¿Quién te metió esas estupideces en la cabeza?”. “¿Qué es vida?” “Son dos dólares, señor”. “¿Qué es vida?” “La verdad que ahora mismo no tengo tiempo, che ra´a”. “¿Qué es vida?” “¡Chau!”. “¿Qué es vida?” “¡Ahh, cierto!”. “¿Qué es vida?” “¡Estirá na la cadena”. “¿Qué es vida?” “Ya me hiciste esa pregunta”. “¿Qué es vida?” “¡No sé carajo! ¡No sé, no sé, no sé, no sé…! ¿Contento?”.


Una verdad es como un pececillo viviendo tranquilamente en su pecera: es completa en sí misma, autoabarcante y evidente. Y si se le quita de ahí, morirá irremediablemente. O como burbujas: consumadas, perfeccionadas, durando hasta haber cumplido su propósito y siendo destruidas una vez alcanzado su fin. Por ejemplo, la afirmación: “En el planeta tierra es de día”, bien podría no ser completamente cierta: todo depende del contexto. O quizá simplemente, sea cincuenta por cierto verdad, ya que en el planeta tierra coexisten esas cosas llamadas día y noche. Entonces, se afinan los prismáticos para enfocar adecuadamente la verdad en el campo relativo; como así también, es posible quedar con los ojos desorbitados al hablar absolutamente, que es poner al pececillo en el océano. En fin, ellos no simplemente quitan al pececillo de su pecera, sino que pretenden poner pájaros en el fondo del mar, y luego hacerlos caminar. Y no que fuera necesario saber de lo que cualquiera esté hablando, siquiera intentarlo; simplemente no hay confusión jamás. El problema justamente es que estas “verdadcitas”, “conviccioncitas”, “fundamentitos”, no convencen a nadie: nadie puede otorgar esta certeza. Por eso la cisterna, el pozo de agua rebosa de este tipo de cosas si no se les da un desague adecuado, que es escribir estas estupideces; o si no, es como que la basura se acumule; basura, por cierto, que a veces se considera importante. Purgar con todo es esencial: incinerarlo todo. Ni aun construyendo diez mil torres de babel se atraerá a ningún dios, bromista o de cualquier clase; ¿para qué, pues, tanto sacrificio? Y aun, empeñándose en superar a los antiguos (en la construcción), para qué tirar esfuerzo por la borda si sabemos el final de la historia? Negar la realidad es el camino más directo a la neurosis y a la infelicidad… o a la santidad. Y nadie niega las posibilidades, no. Pero, ¿por qué tanto barullo, tanta alharaca? Cada pelmazo que se sienta a aleccionar a otros imbéciles que luego van a sus casas creyéndose mejores de lo que antes eran, cuando lo único que pasó es que ahora son más idiotas que ayer. Estos seudo maestros, gurús, sacerdotes, filósofos (y cualquier autoproclamado salvador de la humanidad), se creen la gran cosa, pero lo único que hacen es chismorrear acerca del otro, de lo tonto o enfermo que están, o del valor que tienen en el mercado. Y ante el más leve golpe, al más mínimo ataque a sus egos, corren a casa llorando, a aplicarse bálsamos de la baba de sus discípulos, seguidores, fans, partidarios, prosélitos o amigos, que hacen fila para lamerle los huevos. Ver a los perros pelear en la calle es más divertido, puesto que ellos pelean a muerte, aunque el premio sea sólo un miserable hueso, poniendo todo el empeño hasta sangrar. Sin embargo, estos mamelucos entran en su caparazón al más leve soplo de brisa. Y si hay algo que probar, traigan a un hombre milagroso, y quedará demostrado que no sabe nada. Él es el que menos tiene idea de cómo lo hizo. “Recé”, dirá, o “mi dios me lo indicó”, o “fue simplemente suerte”. ¡Pero, cómo lo has hecho, tonto, eso es lo que interesa! Nadie existe en el mundo capaz de explicar esto, así que sería bueno dejar de preocuparse por ello. ¡Ciertamente que los necios se maravillan mutuamente, es muy simple! Y si todos lo hacen, ¿qué puede haber de malo en ello? Nada, nada. Absolutamente nada.


Todo consiste en ser auténtico.

 

Si se quiere agua, se la saca del grifo, y si se quiere tomar vino, se va a la tienda, o se pide a un borracho; ¿hay necesidad alguna de ensayar teorías, de exhibir capacidad, de restregar excentricidades, de demostrar algo? Mientras haya todo ello, también habrá cierta estupidez. ¡Este poder está fuera de toda morbosidad, de toda curiosidad superficial, aunque permita todo ello! Es un paquete completo, manicomio incluido. Es una constante constatación, un continuo maravillarse, y si la boca se llena de ello sólo salen guaus, ahhs, ohhs. Todo ello debe continuar por algún tiempo, hasta que se acabe. Ya que toda bebida fuerte, todo trago potente, tiene un periodo de adaptación, de acostumbramiento, de afinación del cerebro. Y quien quiera tomar de esta poderosísima pócima, ¿podrá captar el sabor de primera? Mucho hay que limar la mente, lijar la grasa de la cabeza, ¡destruirse completamente! Mientras no hayan en la mesa un manojo de nervios y venas, de sangre y tripas, de órganos y sistemas desconectados, desmenuzados, mutilados y listos para lanzarse a la basura, nada de esto habrá. Dejen a los niños entretenerse con sus cuentos de hadas, que esto ya les preparará su leche para dormir...


Después del baño de no pensamiento, los bosques son más verdes, el cielo más azul, el corazón más rojo. El dolor, por tanto, se vuelve más intenso, siendo también mayor el hoyo en donde se han de derramar unas cuantas toneladas más de placer. Aumenta, entonces, la bilateral máquina del ego, el ambivalente dínamo del sí mismo que ha de generar grandes olas de felicidad y sufrimiento. Esto provee, por supuesto, toda la energía necesaria. ¡Que caigan los truenos, que corra la lava, que aplasten las nubes de acero, que se agite la selva de hierro, que se mueva y aúlle el firmamento como cachorro recién nacido, que escupan fuego las flores siderales como palpitaciones orgásmicas! ¿Quién tiene el sol en mano cual moneda dorada? ¿Quién compone música con el murmullo de las aguas, con la penetrante voz de las piedras, con el sibilante mecerse de la flora azotada por el soplo de las montañas? ¿Quién amasará el viento para hacer vasijas de almas? ¿Quién robará las estrellas del cielo para beberse su brillo? ¿Quién pisoteará la cabeza de la muerte habiéndole clavado con la lanza misteriosa? ¿Quién resquebrajará la cortina fenoménica, entrando a la ciudad eterna triunfante, con el pensamiento como prisionero subyugado? ¿Quién podrá dar una sísmica cachetada al no pensamiento, echándolo por tierra para siempre? ¿Quién morará aquí y ahora, mofándose de los dioses, dando escupitajos de omnisciencia, destronando verdades harapientas, usando como almohada a esto?


¡Ja ja ja ja ja ja! ¿Y se lo creyeron? ¡Ja ja ja ja ja ja!


El mundo visible es construido por el mundo invisible. Pirámides de hierro, rascacielos de arcilla son levantados por el delicado planeamiento de arquitectos, y la diaria salida del sol es controlada por el subconsciente colectivo; la precisión de los obreros subatómicos, se debe a la eficiente dirección del subterráneo río de pensamientos, y las guerras son llevadas a cabo por el odio individual que se concreta en los planes estratégicos de políticos y generales; el mar de tinta y de historia, de gestas y revoluciones, todas son concebidas en la cabeza hirviente; los doctores, abogados, filósofos, sacerdotes, pordioseros, prostitutos, gángsters, artistas, comerciantes, han hecho de sus vidas una carrera, una dedicación, una consagración, un ofrecimiento que ha brotado de creencias, esperazas e ilusiones, y, si al empezar la vida no han carecido de estas fantasías, ¿por qué esperar que luego las dejen de tener? Parecen perros ladrando en el vecindario: “¡Yo tengo más plata!”, “¡Yo soy más inteligente!”, “¡Yo tengo más prestigio!”. Incapaces de ver lo que construyen, ¡luego se sorprenden de que era una fosa de la que no pueden escapar! Hay un huracán de fuego que rodea, y su ojo es no pensamiento, ¡que los otros tomen lo mejor o lo peor de la cascada de espadas que se ve desde afuera! Quien habla de la verdad la asesina, y la deja enterrada cien metros bajo tierra… ¡ojalá que algún día resucite! Si la humanidad debe esperar a que salgan dos o tres canas, da igual, ¡de todas maneras esto es completamente estúpido! Y nadie viene aquí, nadie está ahora, que no deba o quiera hacerlo. ¿Cuál es el apuro? Unos cuantos billones de años más no hacen la gran cosa. ¡Cuánto queda por experimentar para quien quiere la omnipotencia y demás bagatelas en el mercado! Larga es la fila de los que buscan los envoltorios vistosos y fardos inservibles de nuevas experiencias, en el depósito sucio de la eternidad Ya que el chiste consiste en que esto jamás puede experimentarse. Imposible de sentir, inconcebible. Entonces, esto lanza de nuevo los dados, ¿qué puta importa el número que salga?


Si se va a morir algún día, ¿por qué no hacerlo hoy? Si se va a morir hoy, ¿por qué no hacerlo ahora? ¡Ahora mismo!


¿Saben los que alaban, qué es lo que alaban? ¿Saben los que rezan, a quién le rezan? ¿Saben los que ayudan a quién le ayudan? ¿Saben los que meditan, en qué meditan? ¿Sabe, quien sabe, quién es el que sabe? Sí, exactamente. Si bien la sabiduría es el más inferior de los caminos, es el más directo. Porque lleva directamente a la destrucción. Porque el devoto, por más de que se le seque el cráneo de tanto rezar, no podrá conocer a quién le reza; el hacedor, por más de que edifique cien mil jardines del edén en la tierra, no sabrá a quién le ayuda; pero el sabio, que sabe que no sabe absolutamente nada, y que deja de hacerse el estúpido pretendiendo saber algo, deja automáticamente la farsa, la broma pesada de actuar como si hubiera algo místico, algo trascendental en la realidad. O sea que se vuelve igual a un necio, y es feliz, a diferencia de los demás necios, que son todos miserables. Entonces, ¿por qué siguen habiendo maestros, santos, predicadores que balbucean acerca de naderías, mientras que otros seguidores, buscadores o feligreses fingen interesarse? Porque se debe satisfacer la morbosidad, la curiosidad, la novedad, la vana pretensión. ¡Qué bobería más espectacular! ¡Ciertamente que mucho más espectacular que esto!


Había una mosca que estaba completamente quieta, juntando sus patitas como quien reza: ella era la danza de la vida. El universo revoloteaba vertiginosamente alrededor de ella. Con sus millones de células en vilo y cadenas de ADN extendidas, había congelado su mente en la completa atención: ella era la existencia misma. ¿Por qué, entonces, ellos generalmente suelen apartar, espantar o intentar matar a esas manchas carnosas con pelo? ¿Por qué estos insectillos, las arañas, los gusanos, las cucarachas o las ratas son discriminados? ¡Por el fetichismo sórdido, la farsa santurrona, el fiasco mojigato que babea por seres lindos, con arpas, con hermosas voces y llenos de luz! ¿Cuándo vendrá un profeta que acoja en sus senos a estos hijitos relegados? ¿Cuándo las criaturas malditas tendrán su salvador? ¿Cuándo vendrá un mesías bajo cuyas alas se puedan posar libremente orugas negras, larvas infectadas, así como mariposas y palomas? ¿Cuándo vendrá un redentor que proteja a los miserables de los beatos? Ya que si el simplón vive un sólo segundo en el miedo, toda la humanidad arderá en el infierno. ¡Malditos santos que terminan su tarea y van a los cielos! ¡Se van de vacaciones antes de tiempo, cuando que aquí todavía hay demasiado que hacer! “Tengo mi salario—dicen—Dios sabe lo que hace”. ¡Bestias necias y estúpidas! Prefieren pintar las uñas de los ángeles antes que tragar el polvo sangriento de la tierra. Y aun los gusarapos necesitan quien les salve. ¿Quién lo hará? Usurpando el lugar de dios, ya es demasiado tarde: no hay vuelta atrás, ni para el que va arriba, ni para el que va abajo. Cuando la salvación de la humanidad cae, como una flor traída por el viento, en las propias manos, ¿no es evidente? ¡Se va a ser sacrificado! ¡Se va a tener que despedir de la vida, como si de la hija secuestrada se tratase! Todo se perderá… todo. Solo esto quedará. Solo esto. Que es lo único que ahora es.


No hay espiritualidad fuera de la carne, ni carne fuera de la espiritualidad.


Cien trillones de lucitas que transforman la energía del mar cósmico en una sola de estas marionetas de carne, cien mil pensamientos en una esponja eléctrica sobrecargada que son arena y arcilla para moldear el mundo diariamente, cien millones de objetos moviéndose a su propia velocidad y con sus propias leyes en una sola mente, unos cuantos latidos borrachos, grasosos y arrítmicos de una cajita roja que chupa y escupe el vino de hemoglobinas, agitadas respiraciones del trapo húmedo y sucio de ese depósito de humo llamado pulmón, unos pocos perros sucios que no quieren compartir la comida espiritual, millones de piedras que son enterradas en ataúdes o cremadas o tiradas a la calle que se llaman a sí mismas “seres humanos”, trillones de agujeros que se abren y cierran profiriendo sonidos molestosos y hojas y tapas apilonadas llenas de garabatos sin verdadero significado (libros), todo es esto. Y no es.


¿Tomar alguna cualidad como principio rector en la vida…? “Trabajo duro”. “Dureza de voluntad, suavidad de corazón”. “Perseverancia”. “Virtud”. “Bondad”. “Rectitud”. “Valentía” “Supervivencia”. “Atención”. “Coherencia”. “Ecuanimidad”. “Verdad”. “Esperanza”. “¡Victoria!”.


La paradoja es: que no hay que tomar demasiado en serio la vida, sin embargo, hay que vivir seriamente. Y esto no sabe qué hacer.


La vida es ridícula porque termina, el amor estúpido porque duele, la familia, los amigos y todo lo existente (todo) basura porque se acaban. “Señoras señores, desde el inicio del tiempo ha sido buscada: la eternidad: y aquí la tenemos… Empezamos la oferta con una vida entera desperdiciada. ¿Quién da más? ¿Quién da más, señoras y señores…?”. Cada pensamiento es un barrote brillante y precioso que se coloca, un ladrillo de acero que se clava, un espejo de placer irrompible que se pone, un cúmulo de piedras inamovible cual montaña que se alza enfrente de la libertad, mientras se le cantan odas. El ser humano niega su propia libertad. Él mismo se imagina en un estado miserable, y traza proyectos, planes, metas como dios, iluminación, eternidad. ¿Qué son todas estupideces sino proyecciones insustanciales? ¿Y qué si alguien llega a experimentar, a tener un “atisbo” de estas porquerías? Eso no significa nada. Igualmente sigue siendo un estúpido como el resto de los mortales. Eso sí que es indestructible: la estupidez humana. ¡Eso es lo único que dura una eternidad! Puesto que… ¡es tan ridículo! ¡No hay palabras, no hay insultos, no hay groserías, no hay poeta de injurias ni retórico de sandeces que describa toda esta basura! Como si fuera que van a venir los grandes héroes, los grandes salvadores y van a solucionar todos los problemas del mundo. ¡Bravo, necio! Mientras los esperabas no hiciste nada útil con tu vida, y ahora que han llegado (es situación hipotética), tampoco. Ya que ellos harán todo el trabajo, ¿verdad? ¿No es así como piensan tú y tu apestosa humanidad? Mientras que los mesías se demoran, billones han sido asesinados en sus nombres… y billones más. Cuánta discriminación, cuánto barullo, cuánto dolor y sufrimiento por querer hacer prevalecer la voluntad del dios por sobre los demás. Y tanto el verdugo como el prisionero le tienen en sus labios. Porque, ¿qué se cree que dispara el pelotón de fusilamiento? Partículas, pedacitos, trocitos de dios, por supuesto. Si violencia necesitan, ¿cuál es el problema? Se tienen bombarderos, misiles nucleares, granadas, rifles, pistolas, cuchillos, porno, neurosis, crucifijos, fútbol, religiones, dinero… lo que se quiera. El juego consiste en elegir algo y lanzarse al abismo. Y esto es el juego, esto es la caída, esto es el abismo. Entiendan, ¡entiendan! ¡O mueran…!


Hay que masticar la realidad con dientes de paz.


¿Es necesario el doctor para la salud, los jueces, abogados y demás burócratas para la seguridad, los militares para la paz? No. Pero, ahí donde haya doctor, habrá enfermedad; donde hayan jueces, abogados y demás burócratas, habrá inseguridad y corrupción; donde hayan militares, habrá guerra, masacre, matanza despiadada. Donde quiera que aparezcan estos profesionales, expertos, maestros, habrá dolor, conflicto, desesperación. Pero donde haya esto, no habrá nada, porque los gusanos van hacia cadáveres. Mas, no habiendo rastro alguno de vida, ¿qué se hará? Los policías quedarían sin trabajo si no hubiesen delincuentes: y ambos tienen familias que sostener. El error está en juzgar la cosa, en no conocerla. Y el pensamiento es el mayor problema. Ya que el hacer preguntas es signo de necedad. Puesto que si la realidad no cuestiona nada, ¿quién se cree quien cuestiona la realidad? Que reciba su parte del trato y que se vaya a su rincón del chiquero sin molestar. Punto. ¡Es tan evidente que las autoridades están ahí por incompetentes! Los políticos, intelectuales, celebridades, todos han calificado grandemente para estar donde están, tienen un papel demasiado importante: el papel del ridículo. ¿Qué puede hacer esto sino aplaudir?


Quien piensa que desperdició su tiempo en algún momento de su vida, aunque fuese un sólo segundo, con toda seguridad toda su vida es un gran desperdicio de tiempo. Claro, a no ser que se piense que la vida misma es un desperdicio en sí, lo cual, nadie jamás podrá estar en la posición de contradecirlo.


Se sienten culpables cuando cogen con sus novias, se sienten culpables cuando cogen con sus esposas, se sienten culpables cuando cogen con sus amantes, se sienten culpables cuando cogen con putas, se sienten culpables cuando se masturban, se sienten culpables cuando no cogen ni se masturban. Y sin embargo, ¡esto es un continuo e inacabable orgasmo!


¡Dejá de hacer eso! ¡Dejá de hacer eso! ¿No ves que los pies de ese hombre apestan? ¿No ves que los pies de todos los hombres apestan? ¿Cuántos pies vas a besar? ¿Cuántos pies vas a alabar? ¡Todo lo que ellos tienen lo tienes tú, señor omnipotente!


La existencia es una resaca luego de una borrachera infinita, ya que nadie recuerda lo que estaba haciendo antes de su nacimiento... ¡y qué farra habrá sido! Puesto que si se recuerda, la eternidad o el presente, son la misma estupidez. Y la realidad misma viene a estrangular a quien la considera más que mero entretenimiento. La cuestión de si es una ilusión o no, es también tonta. Ya que, ¿cómo es posible decidir lo ilusorio antes de conocer lo real? Aquí no funciona esa “lógica” tan fastidiosa, esa inferencia artificiosa e inútil. Acerca del bien y del mal, lo mismo. Todos los seres humanos son buenos, sólo que a veces hacen cosas “malitas”... ¡Es tan simple! Quien no vea a Gandhi de la mano con Hitler, ¡ciertamente que no concilió todavía los aspectos ambivalentes de su humanidad! Un santo es tan necesario como un delincuente: ambos cumplen un rol social. Porque sin la delincuencia, ¿de qué vivirían los jueces, policías y demás burócratas? Y sin la santidad, ¿en qué creerán los necios? Todos tienen hijos que alimentar: aun el asesino; y, si al fin y al cabo, “dios” lo permite, pues, ¿qué se puede objetar? No juzgar, no cuestionar el mundo algunas veces es sabiduría, al fin y al cabo, nadie jamás cambió las cosas. Jesús y demás sólo vinieron a complicar más el tema, ya que si antes se asesinaba por rabia y venganza, hoy se lo hace en su nombre (dios, alá, buda), y, sinceramente, es como si el acto se hubiera convertido en algo respetable. Lo cual está bien, especialmente si va acorde a la política del gobierno, de la religión o secta, de la célula terrorista, etc. ¿Hace falta decir que la política es criminal y que los gobernantes son delincuentes profesionales? Seguro que no. La gente se siente triste cuando ve a los pobres de la calle, y enojada cuando ve a los ricos en su lujo, ¡cuándo fueron ellos mismos quienes dieron de su plata a los ricos y expoliaron a los pobres! ¿No es ridículo? ¡Deberían sentirse alegres al ver a los pobres y más alegres al ver a los ricos, ya que ellos consintieron con todo! Y la corrupción es una nueva clase de contrato, nada más. Cierto, es revolucionario y extravagante en ocasiones, pero no deja de tener sus propias formalidades. Una institución milenaria digna de estudios profusos. Pero llamar a esto cinismo, sarcasmo, ironía es tan tonto como no hacerlo. Se ve lo que es, se describe, se señala, ¡no que se quiera cambiar nada! Los juicios de valor que los hagan quienes sean “autoridades morales”, quienes se crean capacitados para ello. Esto no juzga a nadie, es más, ¡se sienta entre el público asombrándose de todo!


Morir luego es una calamidad, pero si se muere ahora, nadie estará ahí para saberlo.


El bien debe prevalecer sobre el mal porque así lo quieren, como en las películas. El hecho de que tarde tanto en hacerlo, forma parte del suspense. Esta construcción subconsciente, ciertamente que no es vana: millones legítimamente así lo desean, y su deseo será cumplido. Y aun el más vil criminal no es sino una ovejita gritando auxilio: todos quieren ser ayudados, confortados, protegidos, librados, salvados, sin excepción. De una u otra manera, esta ingente maquinaria se perpetúa, dejando sus grandes huellas de miseria por donde pase. Cada ser es tan insignificante y patético, tan miserable, tan digno de desprecio... ¡Mucho más el que no se considera a sí mismo así! Es por eso que surgen los antídotos, métodos, atajos, vías, pastillas, ceremonias, organizaciones, paquetes de la felicidad. Y quien lo compra, quien lo practica, quien se une a ello tiene esta pútrida “seguridad”, esta repugnante “garantía” de que hay solamente una manera de alcanzar la bienaventuranza eterna, y de que él la ha conseguido. ¿Suena familiar? Lo triste del caso es que todos saben que se mienten a sí mismos, mas nadie lo admite. ¿Qué hermoso, verdad? Esto, sin embargo, no da ni pide nada. ¡No pide nada hijodeputa, nada, imbécil! Por eso es que es tan efectivo, y deja hacer. Y se hace, y ya no hay miedo en hacer nada. Entonces, al saber que un cerdo también lo tiene, ¿dónde está la humildad, dónde el orgullo?


Destrucción. Sí, destrucción.


No se puede hablar de esto. Eso es evidente. Y, no pudiendo hablar de esto, ¿podrá resumirse en una sola palabra? Obvio que no. Pero si pudiese ser hecho, quizá (aunque probablemente no) esa palabra sea: “Aceptación”. Y no es que esto no pueda ser negado (¡tontería dentro de otra tontería), que la gente no “luche” por lo que “cree”, sino que hay más sabiduría en la vida que en el hombre, punto. Quien cuestiona todo, no entiende nada. La vida es una obra tan perfectamente acabada, tan magistralmente diseñada, tan sublimemente concebida, ¡que no hay ente o cosa alguna en el universo que haya podido idear algo así! Ahora, cuando el hombre y la vida se consustancian, se vuelven uno, lo mismo, ahí hay lo que puede ser llamado perfección. No en el hombre ciertamente, sino en la vida misma, que finalmente es aceptada como lo que es, de manera auténtica, original, sin contracorrientes ególatras, ríos caudalosos de insatisfacción, océanos de egos odiosos. Esto es gracia, absurdidad, belleza total saliendo de jugos de estrellas, de poros luminosos. No hay manera de darlo, de conseguirlo, de comprarlo. No es como las cosas en el mercado, en la verdulería; esto no tiene forma, ni precio, ni condición, ni manera de manifestarse. Puesto que está en todos lados todo el tiempo. El buzo dice: “Vale, exploremos las profundidades del océano”. ¡Y se pone una malla que le cubre completamente, saliendo después, completamente seco, sin rastros que den prueba de su grandiosa hazaña! En verdad, nada vio, nada sintió, ¡nadie estuvo allí! Y nadie está aquí. Sí, verdaderamente nadie está aquí. Nadie.


¡Se acabó! ¡Se acabó! ¡Se acabó!


El orgullo es una cosa realmente preciosa, deslumbrante. Por dinero, intelecto, belleza, fama, religión, raza, sexo, suerte, ética o moral, etc. Es el magnetismo de los cerdos. Tanto el que se siente beneficiado, como el que se siente injuriado. Es una transacción demoníaca, ciertamente, ¡pero qué bien preparada está! La persona que se cree superior a otra es simplemente un tesoro de eternidad. Dictando cátedra, enseñando, imponiendo o con “amabilidad”, con seguridad o desdén, ¿alguien no lo ha visto? Y el que se desprecia, ¿es menos digno de respeto? Fregando el piso consigo mismo, pisoteando su propia alma, rogando que la gente pase por sobre su masoquismo, ¿quién se negará a hacerlo? Alabar y despreciar son lo mismo, dos caras que dan valor a la moneda. ¡Y la moneda es esto, amigo, esto; y su valor absoluto! ¿Qué se comprará con ello? ¡Imposible! ¡Imposible!


O todo es sagrado o nada es sagrado, o todo es valioso o nada es valioso, o todo es divino o nada es divino. Cuando se dice: “Esto sí, esto no”, ahí empiezan los problemas… ¡De esto no se puede decir nada sino: “esto”! Punto. Y cerrar la boca es aun mejor.


Su fragancia destrona a reyes de necedad, su amanecer oscurece cielos de ignorancia, su belleza hace marchitar a las mujeres vanidosas, su rencor perdona a los santos, su dolor trae el placer a los campos verdes de la alegría, su tristeza destruye el cinismo creciendo en árboles filosóficos, su terror causa risa en infantes, su abstinencia es la burla de los glotones, su terquedad el ideal de los necios, su violencia la flor de la mediocridad, su ternura el enojo de las madres, su valentía la piel herida de los hombres. Con sus colores se pueden pintar todas las nubes, con su melancolía llenar las tinajas del ayer, con su perfección construir laderas en el firmamento, con su energía hacer brotar jardines en el fondo del mar, con su magnificencia tronar juntas las montañas, con su paciencia descargar la furia de los cielos. De su melodía surge el caldo de los espíritus sazonados con sal, de su inmortalidad el sueño de los dioses, de sus pesadillas las leyendas de antaño, de su dureza la consistencia de las hojas, de su gracia la morbosidad de los criminales, de su absurdidad la hermosura de los bosques, de su perfección el clamor del poeta herido de fuego.


Hacé el bien hasta la saciedad. Hacé el mal hasta la saciedad. Hacete mierda haciendo lo que quieras, pero hacelo ya. Gastá todo el combustible, reventá el cuerpo y liquidá la mente. Disipá toda esa energía. ¿Qué va a quedar? Paz… paz… paz. A no ser, claro, ¡que quieras más energía!


Ya estás en el reino de los cielos, sólo que todavía no te diste cuenta. Pero no le podés preguntar a nadie puesto que ellos tampoco se dan cuenta: es una constatación interior, un gozo irrefrenable, un regocijo tan grande que aparentemente sería fácil dividirlo y repartirlo a los demás, pero que en la práctica es imposible. Todos tienen los ojos vendados, en este reino de los cielos, y nadie sabe quién es quién. Pero el sí mismo sabe quién es todos. Esto mismo.


El cuerpo de cristo es un solo cuerpo, y es todos los cuerpos. Él puede usar cualquier mano o cualquier pie, y usa todas las manos y todos los pies como si fueran suyos, como el ciempiés.


Está en la mano mendicante, en el pene fornicante, en el báculo de autoridad, en los números, en la pluma de las leyes, en el micrófono de sandeces, en los ojos del ciego, en la cabeza del decapitado, en las palabras y en el no pensamiento, en los hímenes rasgados y en los anos violados, en los labios del sacerdote, en la televisión y en internet, en el otoño, en la muerte y en la vida, en los gatos, en todo pensamiento, en cada paso y giro del muñeco de carne, en los sueños que burbujean de la fuente sin censuras, en la maldad, en las armaduras sicológicas, en la locura, en el dolor, en la fortaleza, en la sed, en el hedonismo, en la tortura y los tormentos, en el alcoholismo, en el nacimiento de un nuevo ser, en las almas (esas llantas desinfladas), en la política, en el ladrón y el robado, en un horizonte soportando el peso del sol que atardece, en la lluvia que se estremece, en las profundidades del abismo, en lo terrible y grotesco, en lo sangriento, en la cultura, en las porquerías, en las groserías, en el pedazo de comida, en el balcón, en la presilladora, en el corazón puro, en la computadora, en las mañanas de ojos pesados, en los trajes prestados, en la billetera, en la filosofía, en las polillas, en las sillas, en las tertulias, en el asesinato, en la negrura de un deprimido y en su sufrimiento, en cada momento, en este momento, para siempre.


¡Dejá de ponerle trabas y barreras a la verdad!


Existen muchas clases de dioses. Están los dioses militares, convocados cuando el líder de un país encomienda a sus tropas a una masacre fructífera; los dioses comerciantes, que hacen trueque, solicitando algo a cambio de otra cosa; los dioses misericordiosos (o “misericordioes”) que sin importar lo que se haga, han de perdonarlo todo; los dioses sexuales o masturbatorios, que generalmente son llamados durante la fornicación o el autotoqueteo (“¡Oh, dios, oh sí, oh dios!”); los dioses acusadores, cuya palabra favorita es: “¡Pecado, pecado, pecado!”; los dioses pueblerinos, invocados por políticos o por caudillos (“¡Dios está con nosotros!”), los dioses perdonavidas, que constantemente degradan a sus creyentes, haciéndoles creer que son basuras subhumanas; los dioses exigentes, que requieren infinitas disciplinas, sacrificios, rituales, dietas, rezos, flagelaciones, abstenciones y estupidez; los dioses vendedores, que salen en la tele promocionando sus productos baratos; los dioses juradores (“¡Lo juro por dios!”); los dioses del destino o de excusas (“Dios así lo quiere”, o “dios me lo dijo”) los dioses sanguinarios o mercenarios, que viven tranquilos en sus nubecitas mientras vomitan dolor y sufrimiento sobre la tierra. En fin…


Armá una guillotina con tu propio pensamiento y decapitate a vos mismo.


Todo nacimiento espiritual es heroico. Y la muerte de las masas es el sacrificio más desinteresado que puede haber. Nadie experimentó (o recuerda) su propio nacimiento, así que, ¿cómo puede dar por sentado haberlo hecho? Cuando se aplica esto a la muerte, ahí se acabó todo. ¿Por qué son incapaces de vivir? ¿Por qué son incapaces de morir? Saltando como un grillo con piernas kilométricas, van de la muerte a la vida constantemente, conmutando hacia lo desconocido: siendo reyes sin saberlo. El pasmo viene cuando esto no tiene “efectividad”. ¡Evidentemente no es una pastilla, una hamburguesa, un sorbo de vino, que tenga que tener algún sabor determinado y un efecto específico! Aquí no hay nadie. Es como un sol que se enciende cuando alguien viene, y habla disparates acerca del mundo, de la realidad, de dios, pero cuando el mentecato se va, el sol se apaga. O como una campana: solamente suena si alguien la viene a tocar, o si no permanece en sepulcral silencio, con la boca y la mente calcinadas. Ya que el espejo refleja a quien se para frente a él: el perro rabioso muerde a quien lo busca. Nadie tiene culpa de nada, nadie ha hecho nada: excepto que “efectivamente” lo considere así. ¿Qué importa lo que le suceda a esta bolsa de carne, a este enjambre de pensamientos? Increíble cómo tienen miedo de sus propias sombras. ¡Capaz que crezcan y se golpeen la cabeza con las nubes, o se quemen los cabellos con el sol! No son valientes y jamás lograrán realizarse a sí mismos. ¡No que haya algo que realizar en lo absoluto! Sino que son la clase de necios más peligrosa: la clase de necios que se creen sabios. Muchos tienen miedo del poder, otros lo anhelan como el ladrón a su botín. Pero esto oculta todo, le da un nuevo rostro, lo trastoca: como la noche a todas las cosas. Si el simplón se emborracha con las miserables migajas del poder humano, ¿cómo se reaccionará si de improvisto, como quien hereda una fortuna, se está en posesión de la omnipotencia? El poder de hacerlo todo y el querer hacer nada, viendo la inmanente perfección en todo. ¡La omnipotencia es desnudarse de todo poder, es impotencia, en realidad! Este dínamo se infla de electricidad, o se desinfla. La realidad es un flujo y reflujo de energía. El que llamen a cierto tipo de energía amor, y a otro odio, es problema del que lo hace: es su tragedia. Quien se emborracha con esto muere instantáneamente. ¡Va a ser un miserable borracho envuelto en alas de ángeles que crecen y decrecen como sapos! Y el borracho no pide nada del mundo, ni el mundo le debe nada. Tampoco se sienta a juzgar a nadie, como lo hacen las “autoridades morales”, o cualquier pelmazo que se crea el nuevo Jesucristo. Esta clase de tontos dicen: “Mi conversación con fulano ha sido fructificante”, o “Hablar con mengano es medicina para el espíritu”. ¡Imbécil! ¿Cómo es que un leproso le limpia las heridas a otro leproso? Es algo muy digno de respeto, de compasión, de admiración: pero nadie le cura a nadie. Lo que sucede no es que dos tontos quieran convencerse entre sí de lo que dicen, sino que ambos tratan de convencerse a sí mismos de su propia ignorancia. Lo cual es una calamidad para el tonto que lo hace. Por eso nunca lo van a lograr, porque nunca creyeron en las estupideces que se dicen a sí mismos creer desde el principio. Pero eso es completamente fútil. ¡Imposible cambiar a un necio! Más fácil devorarse las nubes, extraer tinta del amanecer, estrujar las estrellas y beberse su jugo. Es simplemente espectacular, ¡pero ni con todo el poder del mundo se puede reducir en una pizca la contundente, ingente, omnímoda estupidez humana! Ni la del sí mismo ni la de nadie. Es parte de la totalidad, punto. La calamidad consiste en que precisamente se piensa que es una calamidad, nada más. Y esto es un agujero negro que engulle todo lo que cae a sus fauces. Engulle creencias, amor, estupidez, infortunio, enfermedad, vida y muerte. Y si ni la luz puede escapar de su campo de atracción, ¿hacia dónde pretendes correr, necio?


Los nombres más deliciosos de dios son: suerte, casualidad y coincidencia.


La clave es no sentirlo. Expulsar todas las posibilidades, las loterías de éxtasis, el show barato de los milagros. Vomitar las porquerías culturales, la sabiduría de milenios, quitarse toda esa suciedad. Negar toda afirmación y afirmar toda negación. Destruirse por completo. Entonces, se habla de lo que no es, de lo que no existe, y de cómo se da este no experimentar nada. Esa es la cuestión. Pero si se dice que se ha visto a Jesús, que se escucha al Buda, que se penetra en la hermética región del no pensamiento, todo se va a la puta. Aquí no hay nada y punto. ¡Pero la multitud no se dispersa! Mierda. ¡Creen que hay algo para ver, algo que tocar o que comentar a sus amigos! Completamente absurdo. Sí. Por eso es tan perfecto. Su lógica es circular, así como la de los paranoicos. Infundado, inconcebible, inimaginable, fuera del pensamiento y del no pensamiento, tonto, ridículo y hermoso: así es esto. Así es esta gracia, así es esta bendición.


El sí mismo es fuera del tiempo.


No es que no haya ego, o pensamientos. El ego es como la luna, que sale cuando es de noche, y brilla con luz secundaria, proveniente del sol, de esto. Ellos se escandalizan del brillo de la luna sin saber que es un mero reflejo de la verdadera gloria. El ego como que aparece y luego se esconde, tiene su propio juego, su propia diversión, y el sí mismo no tiene ningún interés. Aun, la luna puede aparecer en el medio del día, cuando el sol ilumina todo, ¡y esto así confunde a todos! Pero el sí mismo jamás es confundido, jamás. Dios hace uso de los egos como un fornicario hace uso de los condones: los llena de lujuria, y luego los bota como la cosa inútil que son; ¡sólo que los hombres pretenden seguir utilizando y utilizando lo que ya fue desechado! Y esto, por supuesto, es la vagina que fue penetrada utilizando el condón…


Negarse aquello que se quiere es sumar miseria; buscar lo que se quiere, tragar dolor. Simplemente dejar en bola las preferencias, abandonar las opciones, sin tener pensamientos en la punta de la lengua ni palabra alguna en la espalda del cerebro. Arrancando las tripas y poniéndolas en la parrilla, cortando los brazos y entregárselos al mismo cuerpo. ¡Mutilando los pies de afirmación o negación se puede llegar muy lejos! Si no se presenció el primer pensamiento, ¿por qué este alboroto, estas tontas ambiciones de infinitud? La eternidad es solamente un subproducto, la cáscara de una fruta podrida que nadie comió. El bebé llora porque quiere una guillotina en el abdomen, ¡y se le da una vida entera de sufrimiento! Llorando viene (por no querer venir) y llorando se va (por no querer irse). ¡Completamente estúpido! Investigar vida o muerte es liarse como momia inútilmente; cavar una zanja para, desde lo profundo, gritar: “¡La encontré, la encontré! La tierra que tanto anhelaba, ¡la encontré!”. “¿Cómo el necio puede estar perdido de sí mismo?”, es la pregunta que deben hacerse estos supuestos sabios. Esto da a cada cual lo suyo: y el mundo se convirtió en un campo de batalla, ¡lo que no impide que esto siga dando más y más! Amigo, si no termina ahora, jamás lo hará; y si recién empezó, ¿por qué esta ansiedad? ¡No hay nada! ¡No hay nada! Acuéstate en la tumba, tápate con sábanas de arena y cierra los ojos. Veremos que pasa después.


Todo se puede con las palabras. Con las palabras nada se puede.


Los omniscientes son basura. Pueden hablar del amor, de compasión, de servicio y de otras miles de estupideces; pero el hecho es que nada han hecho por el mundo. ¿Qué paso de las hordas hambrientas? ¿De los ejércitos de refugiados dispersados por el mundo? ¿De los perseguidos y discriminados? ¿De los enfermos y deprimidos? Si hay juicio verdadero, las cabezas de estos “hombres-dios” serán las primeras en rodar. Sus truquitos pueden causar asombro o temor. ¡El hecho es que a esto sólo le causa risas! No valen nada. De hecho: la mejor manera de buscar el mal, es siendo bueno; y la mejor manera de buscar el “bien”, es siendo malo. Ya que si se mueve un solo dedo para ayudar a los demás, un enjambre de problemas han de saltar a la cara; y, si se tira un solo pedo de maldad, hordas de santurrones aparecerán queriendo vender su salvación barata. Y las baratijas no tienen utilidad alguna, vengan de un mercado de pulgas o de “materializaciones milagrosas”. Excepto, claro, para los bebés, que contentos han de jugar con cualquier porquería. Y esto es la niñera de esos bebés estúpidos.


¡Salvate de la salvación!


Si esto tuviese algún cuerpo, el sí mismo se cortaría las propias manos para entregárselas a sus pies. Si esto tuviese sed, se le elevaría un vaso cargado con la noche. Su esto tuviese labios, se los besaría con el tacto de todos los cuerpos de los seres humanos. Si esto tuviese deseos, cada poro del océano se transformaría en una ofrenda distinta. Si esto pudiese ver, se alearía una estatua con distintos tipos de luz y piedras preciosas. Si esto residiese en algún lugar específico, se le construiría una casa con aire vibrante y brisa sibilante. Se le daría de comer tierra fragrante y madera deliciosa, se le bañaría con agua de pureza y perfume de rosas. Se le taparía con edredón de estrellas y almohada de dunas desérticas. Se le hablaría en el idioma de las nubes y se le preguntaría el misterio de las cloacas. Se le daría el libro de la naturaleza y la batuta del tiempo, el reloj del destino y el báculo de sueños. Si esto tuviese mente se la educaría con ignorancia, drenando todo el conocimiento aprendido en eternidades. Si esto tuviese corazón, se le arrancaría, se le despedazaría, y se le entregaría, a cambio de eso, la felicidad.


Todo es falso, excepto esto.


Si alguien que es muy gordo o muy flaco, se pusiese alguna nueva ropa que le hiciese aparentar ser menos gordo o flaco, ¿eso lo hará menos gordo o menos flaco en realidad? ¿Para qué aprender un nuevo vocabulario, nuevas definiciones, nuevas palabras para describir las mismas tonterías de siempre? El que se pare en el podio debe aceptar el riesgo de que alguien tenga un tomate escondido atrás; y si lo lanza, ¿qué? Algunos dicen que “la rosa florece sin porqué”, pero si se le tira abucheadas y fango a la rosa, esta no reaccionará, no se conmoverá, ¡a diferencia de estos necios que salen corriendo a llorar, a buscar medicina para sus egos magullados! Y otros, más necios que estos, les escuchan pensando que eso les hace automáticamente mejores personas, ¡como si el proceso de sentarse y oír les quitase esa suciedad, esa mugre, ese veneno que sus corazones han acumulado por millones de años! ¡Bravo, budita, bravo! Tanto se llenan la cabeza que casi les explota, inflándose como globos aerostáticos que van a elevarse en cualquier momento, ¡solo para estrellarse estrepitosamente como aquel zeppelín! Aprenden toda esta nueva jerga new agie, todas esas palabras rimbombantes, ¿para qué? Detrás de todo ese maquillaje sigue estando el mismo imbécil, el mismo pecador, el mismo morboso, charlatán, malvado, repugnante, ser humano. ¿Para qué construir toda esa farsa, para qué armar ese circo patético? Al sí mismo es imposible que convenzan estos mini-budas, ¡pero quizá haya chance de que se convenzan a sí mismos, y a otros necios como ellos! Escupen frases espectaculares, altisonantes, asombrosas como: “He logrado la iluminación” o “No hay diferencias entre el buda y yo”, o “Estoy en el reino de los cielos”. ¡Oh, wow, qué categoría! ¡Miren al nuevo Jesucristo, al dios caminando sobre la tierra! Y no que esté mal, no. Sino que hacen dinero sucio en el proceso, se llenan los bolsillos, a cambio de llenar de basura el cerebro de los demás. Nadie lo reniega, ni le importa, ¡ni se quiere cambiar nada! Si basura les gusta comer, ¡adelante! ¿Se es autoridad para hacer algo? Y aunque sí, ¿quién se cree que se es para hacer algo al respecto? Como están las cosas, será un paquete de imperfecciones creyendo ser mejor que otro paquete de imperfecciones. Puesto que no se conoce la perfección. Y no se la conocerá jamás. Eso se acabó: ¡la búsqueda terminó! ¿Quién va a meter la mano en el propio culo sólo porque alguien le dijo que una piedra preciosa se esconde ahí? Que nadie glorifique, ni mistifique, ni santifique esto (¡es imposible de todas maneras!). No es nada de esa estupidez, de esa basura falsificada, de esa prostitución con budas y jesucristos, de esos paquetes mugrientos de iluminación instantánea. Hay que saberlo. Y no que se haya encontrado nada, no: ¡El perro ansioso se cansó de perseguir su cola! Entonces, si otros perros no se cansan, eso, ¿qué le importa a esto? Se acabó porque se tiene que acabar, y no hay otra manera en que esto se termine, otro desenlace posible. Seguro, se puede hablar distinto, tener experiencias baratas, visiones, éxtasis, sueños, escuchar voces, al haberle leído o escuchado a fulanito o menganito, ¡pero vas a seguir siendo el mismo pobre diablo insatisfecho por siempre! ¡Así que se termina ahora o adiós y buena suerte, imbécil! ¡Dios (insulto más grande que se pueda pensar) mío, dios mío. ¿A quién quiere engañar toda esa gente?


Una vez un niño dijo: “Voy a descubrir este secreto de Papá Noel. Voy a descubrirlo hoy mismo”. Y se sentó cerca de la chimenea con resolución indestructible. “Esta noche voy a desenmascarar esta farsa”, fue su último pensamiento antes de quedar dormido. A la mañana siguiente, olvidando todo, sale a disfrutar con sus muchos regalos nuevos, deslumbrantes, espectaculares, maravillosos. Este niño es un santo, de aquellos de los que van al cielo. Pero la verdad, la verdad es algo que no van a descubrir jamás. Y al sabio no le preocupan ni le interesan las cosas del cielo ni de la tierra: ¡él mismo es el cielo, la tierra!



Placer y dolor son las dos piernas con las que se camina en este mundo.


Los omniscientes, es cierto, son capaces de crear y destruir así como Dios mismo. Pero ese no es el punto. Lo que puede ser creado, es creado, y bueno es que lo sea; lo mismo con la destrucción. Ahora, lo que intriga al sí mismo, es esto, que no puede ser creado ni destruido.


Toda configuración surge del miedo. De la estupidez de no aceptar esto directamente. El deseo de explicar es una pus que se infla, se infla y no revienta. Haciendo explotar la cabeza, terminan las respuestas… ¿y cómo será posible elaborar pregunta alguna? Todos quieren “algo más”, ya que dicen que “esto no puede ser todo”. ¡Tontos! ¡Vayan juntos, a crear nuevas estupideces, religiones y filosofías para satisfacer vuestro fetichismo! Ni una montaña de libros hace una pizca de esto. ¿Quién se sentó y absorbió el universo por el cerebro con un embudo? ¿Quién se atreverá a arremeter como toro furioso a la realidad? Ya que al mover un dedo crearon el infierno, ¿esperan juntarse en multitudes y “hacer el bien por la sociedad”, “lograr la hermandad de la humanidad”? Seguro. ¡Se levantan del inodoro con mierda en el culo queriendo hablar de perfumes! Esto, ¡esto, es la misma cagada que ignoran!


No conoces la perfección. De hecho, lo único que conoces es la imperfección. Lo siento.


El bien y el mal son hermanos siameses: y no se pueden separar. Pueden hablar de ser buenos todo lo que quieran. ¿Qué mas da? De chicos, se tiraban piedras: hoy el juego es un poco más complejo, aunque el principio se mantiene: el juego de quién tiene más plata, más fama, más poder, más conocimiento, más visiones extáticas, más poderes sobrenaturales, más todo. Y lo que se tiran es basura. Meten la mano en la propia cabeza y se hacen un lavado de cerebro, ¡tan fácil es! Obviamente, no tiene sentido. Entonces, todo lo que tocan se convierte en miseria. La casa, la ropa, el trabajo, la familia, los amigos: todo apesta. Ahí es cuando vienen los salvadores de la humanidad, los sacerdotes, los maestros, los monjes, los gurús, los rabíes, los swamis, extendiendo promesas y alargando sus bolsillos. ¡Tan evidente! Ya que hablando del fin del mundo o del inicio de una nueva era, las caras impresas (en billetes) de diversos personajes instantáneamente vuelven el cuello, vuelven la mirada y van hacia donde la inercia les lleva. Es todo la misma estupidez. “¡Pero mi iglesia (mezquita, templo, sinagoga, ashram, grupo de meditación u orgía “tantra”) es diferente!”. ¡Seguro, seguro! Lo más chistoso es que el estafador parado enfrente parece tener la solución a todos los problemas del mundo. ¡Bravo, charlatán! Ahora traigan la bandeja de “limosnas”. Nunca se ha visto a “pordioseros” más ricos que estos badulaques. Y no que tener plata sea malo, claro que no. Sólo que la “salvación” está tan “barata” estos días… Esto está primero en la línea de los necios, extendiendo su chequera, listo para vender el alma, y pregunta: “Salvarme… ¿de qué…?”.


¿Cuán cerca estás de esto?


Las muchas palabras no clarifican el mensaje, y aunque diez mil lenguas se muevan al unísono, el sí mismo no puede ser confundido. Para quien tiene la esencia, las explicaciones teológicas, filosóficas, científicas o religiosas sólo causan risa. Y es por esto mismo que los necios se maravillan de las cosas prodigiosas. Tiene que ser así; o si no, ¿cómo justificar este tremendo universo?


¡Dejá de pensar y sentí esto!


Las verdades expresadas por los maestros siempre tienen el filo de la paradoja. En realidad, toda verdad sólo puede ser enunciada en forma de paradoja. Por ejemplo: que para obtener algo hay que renunciar al deseo de poseerlo. Por ejemplo: que la felicidad consiste en no saber lo que es la felicidad. Por ejemplo: que el amor es sufrimiento continuo. Por ejemplo: que para vivir realmente hay que morir. Por ejemplo: que sin conocer el presente es imposible conocer la eternidad. Por ejemplo: que no hay que seguir a alguien, especialmente si ese alguien dice que no hay que seguir a nadie, y demás yerba. Hay verdades que son reservadas a los hijos de dios (sí, suena estúpido pero es cierto), vedadas a los cerdos ciegos. No hay que escandalizarse por ello. Puesto que en la medida en que se comparte la verdad, es que ella es consolidada y justificada. Al hablar con verdad, el sí mismo se convierte en verdad: es la verdad. Y la verdad, se prosterna ante esto.


¿Qué tiene de malo lo malo? ¿Qué tanto de bueno tiene lo bueno?


Inútil es arremeter contra natura: tontamente se lucha en contra de la naturaleza del sí mismo. Puesto que no se ha de conseguir nada. Bueno, quizá sí se consiga algo. Pero se debe buscar en todo el cosmos, agarrar una escoba gigante y barrer toda la tierra, y luego el cielo. ¿Para qué? Para obtener dos o tres visiones baratas, de Jesús, de los santos, de la misión de la vida, del futuro. ¡Que gran cosa! ¡Que gran cosa! Los necios se creen la gran cosa por haber recibido estas gracias, pero lo cierto es que no han aumentado un ápice en sabiduría, ¡para no decir que han acrecentado su necedad! Además: el espíritu es un arma de doble filo, una espada filosa de ambos lados, ¡sin mango para aferrar! Por tanto, se agarre donde se lo agarre, las manos van a sangrar, sí o sí. Entonces, si se quieren ver cosas deslumbrantes, espectaculares, ¿por qué no ir al cine? Sí. Ir y sentarse al lado de esto, y compartir las palomitas de maíz.


Ellos piensan que amarles significa hacer todo lo que ellos quieren, cuando que generalmente significa hacer lo contrario.


Lavando los pies del cadáver, se convierten en eso contra lo que luchaba cuando estaba vivo. Mientras los “piadosos”, mendigan favores celestiales, echando oblaciones en sus mercados, gente de verdad está sufriendo. Y no se soluciona con tirarle en la cabeza unas cuantas monedas, no. Lo que ellos quieren es algo muy específico, no las sobras de una vida miserable, ¡sino la misma felicidad! Todos lo quieren: he ahí lo patético. El mundo es mantenido en un status quo, en el cual, el nivel de neurosis de los individuos que lo pueblan, está finamente equilibrado. Nadie va a recibir algo que no pueda soportar. Y los suicidas son la excepción que confirman la regla. Lo cierto es que en esta loca carrera por la felicidad todos están en igualdad de condiciones. Los quejidos vienen de todos los rincones del mundo, de todos sus estratos. Así que lo mejor es renunciar. Dejar la estupidez de perseguir metas imaginarias. Queriendo mover la luna de su lugar, cada cual pisoteó su propio jardín. ¿De los hombres en ruinas que conforman la humanidad, qué fénix agonizante resurgirá? ¿Cómo esperar que las revoluciones y reformas logren algo cuando lo que intentan hacer es simplemente reorganizar la pútrida bazofia, el vómito asqueroso, las tripas malolientes, la basura rejuntada que es “el pueblo”? Es como cambiar de ropa a un cadáver. Con bombos y trompetas anuncian un nuevo envoltorio para la misma miseria de siempre, pero ojo, ¡ahora tiene otro nombre! Completamente tonto. Y esto disfruta de la tontería. De hecho, esto mismo es la tontería.


Hay una sola respuesta a todas tus preguntas. Pero no es con las palabras ni con el silencio. ¿Qué es?


Siempre se prefiere una de las opciones al enfrentarse al abanico de posibilidades. Sin importar qué clase de cosa o cuestión: negocios, romanticismo, familia, religión. Y eso es una tragedia, puesto que la neurosis lanza sus granadas al cerebro de quien no consiga lo que quiera. Así también el miedo tiene prensado con tenazas irrompibles al que siempre espera algo más, sea de lo conocido, sea de lo desconocido. Tomando esto de un trago, ¡no hay selección posible! Todo es aceptado instantáneamente. Aun cuando se considere varias opciones, y sin importar qué se haga, ¡las cosas no pueden ser diferentes de lo que son! Esta realización es plenamente explosiva, delirante, llena de lucidez y asombro. Treinta mil futuros paralelos no se comparan con mover un solo pie. ¡Como lanzarse a una pileta de fuego, que, al ser tocada, se convierte en frescas y deliciosa aguas! Es completamente tonto y estúpido. ¿Qué importa lo que pase? Esto nunca va a terminar, nunca se va a acabar. ¡Tanta alegría! Dios mismo expolia a sus seguidores a punta de pistola, y ellos entregan todo, por miedo, ¡todo sin chistar, ni quejarse! Es más: ¡disfrutan del sufrimiento, del dolor, y piden más y más! ¿Cómo es eso? Sí. Entonces, se construye un castillo de acero y una ciudadela de diamante indestructibles contra cualquier ataque. Con un torreón que raspa los cielos creyendo encontrar la seguridad allí, en el aislamiento, entre almohadas de cautela: ¡sueño espantoso! Sólo que al ver desde arriba, los ejércitos peleando a campo traviesa, las bombas arrojadas en las fronteras y trincheras, toda esa guerra de “afuera”, se dice: “¿Qué es esto? ¿Cuál es la necesidad de toda esta basura? Todo este territorio pertenece al sí mismo, ¿para qué construir estas tontas paredes y fortificaciones?”. Lográndose sentar, ahí mismo en el trono de la omnisciencia. ¡Generalcitos, reicitos y presidentitos peleando por migajas no serán sino hormigas en la mano! Siendo dueño de todo, ¿por qué no dejarle en sus fútiles rencillas y desacuerdos? Los misiles ansiosos, las sibilantes artillerías y las nerviosas balas de cañón cortan a las tropas como pasto y el fuego expele un rico olor a barbacoa. Y esto es la trayectoria del misil, la zona de impacto de la artillería, la distancia de barrido de la bala de cañón. ¡Esto es destrucción total! Eso es lo estúpido. Que nunca puede suceder, pasar, acontecer. Puesto que el sí mismo ya ha sido destruido. Nada hay, ¡no hay multitud que disfrute del espectáculo! Ya que nada necesita dispersarse, ni pensamientos, ni deseos, ni metas, ni sueños, ni el dolor mismo. ¿Quién tiene las llaves de paraíso? Ellos imaginan al cielo arriba y al infierno abajo, ¡y es completamente estúpido! Ya que el aire caliente sube y el frío baja, entonces, ¿no debería estar el infierno arriba y el cielo abajo? Ciertamente, si las leyes físicas tienen algo de verdad. Pero todo está al revés, torcido, devorado, desmembrado, inutilizado. ¿Qué hacer? ¿Hay salvación? ¡Solamente tirándose al precipicio puede finalmente destruirse todo! Y el que lo haga literalmente sí que es un necio (puesto que hay cosas que se deben tomar literalmente, pero hay otras cosas que no). Enfrentar al miedo es la cuestión, ahorcándolo con propias manos, acuchillarlo con interminables fogonazos de éxtasis, acribillarlo con innumerables chispas de bienaventuranza. Todo se acabó. Esta vida terminó. ¡Ya se ha hecho todo lo que se vino a hacer, la misión está cumplida! Y esto es así, ¡sin importar lo que se haga! Habiendo tragado la amarga pastilla del tiempo, ¿qué se puede vomitar sino experiencias luminosas? ¡Tanta luz, tanto placer celestial, tanto vino divino dentro, tanto gozo espiritual! ¿Quién tendrá la capacidad de descubrirlo? ¡Puesto que no se puede hacer absolutamente nada! ¡Nada, carajo! Ellos vinieron, vienen y vendrán con la cara mustia, con el corazón calcinado, con la mente exhausta y seca pidiendo limosnas de los cielos. ¡Pero no se va a dar nada! ¡No se puede dar nada! Porque no se tienen miserables monedas, ¡sino la plata más contundente y de mayor valor! Y nadie da plata grande a los mendigos. Y aunque se pueda dar: ¡es completamente imposible! Es como el que viene y dice: “Conviértame en un ser humano”. ¡Necio! ¡Ya tienen todo y vienen a pedir naderías! No hay nada que hacer. Se acabó. Se acabó. Que esto lo arregle. Al fin y al cabo, ¡es su problema!


La sabiduría siempre es impersonal.


No puede haber otro Sidarta dentro del budismo, no puede haber otro Lao Tsé dentro del taoísmo, no puede haber otro Jesús dentro del cristianismo. Porque toda persona es algo único, irrepetible, dinámico, una explosión en sí misma. Y cada uno de estos individuos es un cataclismo para la humanidad: son avatares de destrucción. Y cuando miles de avatares estén en formación, sedientos de sangre espiritual, esto dará la orden: ¡Fuego a discreción!


Dios está sucediendo… Ahora mismo, ocurre una gesta de proporciones cósmicas, catastróficas. Ellos acuden a los sabios con devoción, acciones o sabiduría, pero han dejado en la puerta sus sombreros de éxtasis y abrigos de bienaventuranza. ¡Ellos vienen a pedir lo que recién acaban de tirar por la ventana! Y el supuesto sabio asiente con la cabeza, ¡pillo! Su complicidad se revela al pretender enseñar a la multitud, al arengarles acerca de las pavadas de siempre que a nadie le importa ni nadie intentará cumplir. Y dos iluminados no pueden estar en una habitación: ¡el universo mismo se haría añicos! Ya que no es una cuestión de vida ni de muerte: ¡ya se murió! Y nadie quedó para llorar nada. Lo que hagan con esta piltrafa de carne carece de importancia, ¡es exclusiva responsabilidad de ellos! No es el problema del sí mismo. Este sí mismo que está derretido, fundido, trincado, enlazado, consubstanciado con esto. Es así. Entonces, la paradoja consiste en asombrarse de todo y sorprenderse de nada. Misiles de teoremas no alcanzan a una pizca de verdad de esto, tanques de teorías no podrán cabalgar sobre su revelación, pajaritos supersónicos de acero no podrán superar su velocidad ni bombas atómicas de éxtasis espirituales su inmanencia. Es muy simple, en verdad.


No hay futuro.


Todo iluminado, cristo, buda, toda persona auténtica es lo que llaman “hijo de dios”. Cada uno de estos individuos es un ser unigénito, parido de sí mismo, nacido de su propia carne. En verdad, mejor sería llamarlo “autogénito”: una cosa engendrada de sí misma, por sí misma, en sí misma. Y todos son esta persona: todos son budas. ¡El sí mismo se asombra al ver a tantos cristos caminando en el mercado! Esto dirige el tránsito, guía a los peatones, ayuda a los ancianos a cruzar la calle, haciendo un guiño; y de su sonrisa salen trillones de misterios derretidos, arrugados, despedazados. No dice nada, sólo sonríe, y como el pulpo con múltiples brazos ordena cada cosa en la omnipresencia. Luego mira fijamente, y pregunta: “¿Vos también…?”


Quien llega a esto puede hacer lo que quiere. Puede resucitar, puede reencarnar, puede ascender al cielo en carne viva, o, si quiere, puede simplemente “morir”.


Una sola cosa hay que saber: que no se puede conseguir este conocimiento. ¡No se puede acceder a esta sabiduría! ¡No se puede lograr esta realización! Lo que sí se puede hacer es desembarazarse de las toneladas de ignorancia acumulada por siglos, quitar de la espalda las montañas irrompibles de necedad, limpiar las capas sedimentadas de dolor solidificadas por los milenios. Esta tarea es ciertamente infinita. Pero, en fin: no hace ninguna diferencia. De igual manera no se puede acceder a este conocimiento, conseguir ninguna realización, lograr sabiduría alguna.


Hay que terminar con esto, o esto va a terminar con el sí mismo.


Si se reemplazase, bajo tierra, un ataúd por otro, los parientes nunca podrían sentir la diferencia. Seguirían con su fachoso teatro de venir a llorar, dejar flores, tener pensamientitos inspiradores frente a la lápida. Así también con el ser humano “vivo”. Se lo puede reemplazar por cualquier otro. Es un paquete de mugre por otro paquete de mugre. Lo que hace la diferencia es el tonto apego por ciertas bolsas de excrementos, y el rechazo hacia las otras bolsas de excrementos. Y eso es brutalidad, ¿cómo es que no lo ven? Si tan sólo caminar en el césped es traer el fin del mundo al pasto, ¿qué no será vivir un solo día en la orgías de comida, sueño, sexo, trasporte, televisión, internet? Pero de ninguna manera esto es una tragedia. Por cada mala acción suceden dos cosas buenas, y por cada buena acción suceden dos cosas malas. Ya que la piedra que es lanzada, ¿tiene acaso la intención, voluntad, volición de herir, golpear, raspar o siquiera tocar aquello hacia lo cual es lanzado? Acá solamente hay reacción, inercia. Alguien viene y toca los botones que quiere para conseguir lo que desea y punto. ¡Qué mal que no sepa operar el programa, que no sepa la combinación de botones adecuada! La acción se acabó, las preguntas estúpidas cesaron. Y no es una teoría que se vaya a adornar con subsecuentes reflexiones, correcciones, masturbación mental. Esto no hace absolutamente nada. ¡Nada de nada! Lo que no significa conjeturar acerca de las implicancias de esa nada, ni tampoco quedarse en estado vegetativo todo el día. El cuerpo y la mente tienen sus propios ciclos naturales, con los que no se puede interferir. Ahora está activado, ahora no, ¿quién se es para clavar, como vanidoso explorador, banderín de pertenencia? Esto es tierra de nadie. Entonces, los espasmos mentales surgen y desaparecen por ellos mismos, para ellos mismos, dentro de su propio juego. No que no haya nadie, sino que se dan lapsos en los que no se saben los pensamientos que se tienen, como quien no sabe qué mueca está haciendo su cara. Luego, claro, se los podrá llamar beatitud, amor, bienaventuranza, samadhi; pero eso es otro cuento. Sinceramente, eso que es el amor, nunca puede jamás acontecer: simplemente nunca puede experimentarse. No que no exista, nadie mueve esa balanza, ese ridículo par de opuestos, ¡que los filósofos se queden calvos, que quemen sus pestañas, que estrujen las circunvoluciones de sus cerebros tratando de descifrar ese misterio bípedo de la existencia y la inexistencia! Acá no hay nada. Acá no puede haber nada fuera de ese amor. Puede que lo llamen odio, racismo, patriotismo, política, bomba nuclear o genocidio, pero está allí. ¿Cómo no lo pueden ver? Ese mismo odio es el amor verdadero. ¡Que los santos vengan a comer con los cerdos y que a los ángeles se le derritan las orgullosas alas! ¿Y quién dijo que esto debería ser esto? Solamente este tonto sí mismo. Que primero lo crea, luego decide el papel que representará y se deja ser en pura reciprocidad. ¿Va a venir alguien a impugnar? ¡Traigan su ejército de sabios a ver si derrumban esta torre! No hará sino derrumbarse sobre sus cabezas. Quien se para frente a esto, perece aquí mismo; es muy simple, en verdad. Quien dice una sola palabrita, es como si se disparase a sí mismo. ¿Por qué quejarse si se va a casa sangrando? ¡Ahh!, y la loca idea de evitar el dolor, eso sí que es tonto, como si se quisiese ganar en carrera a la luna, ¡mientras se corre sobre esta misma superficie terrestre! Es una pena por ti, amigo, pero jamás, jamás lo lograrás, ¡así que mejor olvídalo! Como máximo adquirirás ese sentido melodramático de “soportar” el dolor “estoicamente”, si es que eso vale de algo. Pero en lo que concierne al resto: estás perdido. Fuiste arrojado al abismo y ni te diste cuenta. ¡Con la lava hasta el cuello vas quejándote de que hace frío! Que pena, que pena. Lo único que se puede decir certeramente del ser humano, es que es un animal que hace mucho ruido. ¿Y cómo esto podrá competir con ello?


Estás a un paso del reino de los cielos… pero todavía estás lejos.


Encontrar el gozo en la falta de gozo: ése es el verdadero gozo. Encontrar el placer en la falta de placer: ése es el verdadero placer. Encontrar el bien en la falta de bien: ése es el verdadero bien. ¡Encontrar esto en la falta de esto: eso verdaderamente es esto! Lo siento, amigo, no hay pases VIP, no hay privilegios, ni de plata, raza, esfuerzo, inteligencia, creencia, oraciones o rezos, meditaciones, lecturas, visiones o sueños, ¡nada! En lo que a esto respecta, puedes trabajar toda una vida sin encontrarlo; incluso sin paga de placer, remuneración de satisfacción, bonos de deseos cumplidos, comisiones de misiones de vida. ¿Y quién dice que no seas como la mayoría, con su saldo rojo de dolor contundente, sufrimientos merecidos, enfermedades buscadas, muerte inevitable? El bien y el mal son un picazón que muy pocos aguantan: selecto es el grupo de los que se muerden los huesos sin rascarse. Es un grupito de reyes autodesignados, reyes por sí, en sí y de sí mismos, ¡nadie los elige para dominar a los demás: ni siquiera a sí mismos! Ellos deciden serlo y punto. Si te haces a un lado a ti mismo podrás verlo, ¡desmenuza esa cabezota llena de ideas extrañas! Toda creencia es una falsedad, es así de sencillo. ¿Para qué hablar de ello? Nadie conoce nada. Nadie conoce a nadie conociendo nada. Estando presto para saltar sobre la verdad, como un cohete listo para despegar en cualquier momento, ¡qué pena que explote todo como burbujas de hierro! Atento a cada sensación, a cada color, a cada movimiento, claro, prístino, fluyendo siempre ahora, cada sabor de la realidad nectarina, degustada como ambrosía plateada, sin la difusa obstrucción de los siempre inoportunos pensamientos. Así es esto.


La búsqueda se termina, la búsqueda se termina: la búsqueda ya se terminó. ¡Hey, imbécil!, ¿no escuchaste? ¿Por qué seguís con esto?


Todo es producto de todo.


Nada humano puede entrar ahí, ni el lenguaje con sus tentáculos, ni la esponja mente, ni los sentimientos de plastilina, ni las intuiciones lumínicas, ni el gordo espejo de la conciencia, nada del ser humano, ¡nada! De hecho, hay que trascender completamente al ser humano para vislumbrar esto. ¡No existe más una persona ahí! Desaparece la esencia pero queda la esencia, fantasmagórica, polimorfa. Es como que el agua se moje. El mundo es una pelota tata, la mentira y la duda se destruyen a sí mismas y la verdad y la fe se constituyen continuamente, pujantemente. El sí mismo permanece eternamente inmutable ante explosiones termonucleares. Los inocentes no son tocados por el fuego, pero tampoco comprenden la verdad. El sabio lleva la culpa de miles de pecadores, mientras le increpan todo tipo de faltas imaginarias… y qué se le va a hacer. Al niño hay que alimentarle aunque sea a la fuerza; ya que, ¡qué sería del bebé que se quisiese quedar en el útero para siempre!


Cuando un buscador inteligente llegue al límite de los límites, no hará otra cosa sino agachar la cabeza ante esto: ¡se dará una genuflexión a sí mismo!


El drama humano no tiene fin.


Va a ser como el fin del mundo. El universo se va a romper en mil pedazos y van a caer sobre ti como lava ardiente, vidrio envenenado, dientes y garras sangrientas, cortándote y despedazándote una y otra vez. ¡El mundo entero estallará en llamas inextinguibles! La visión de la destrucción total es… de paz perfecta. Pero la mueca en tu cara no será agradable. Lo siento, amigo: al reino de los cielos no se entra con equipaje. Hay que dejar todo: casa, familia, amigos, trabajo, creencias, aspiraciones, deseos, tu propio cuerpo apestoso, tu mente y tu negro espíritu en la puerta. Es cierto. Si te son restituidos o no una vez pasada la prueba, no te lo diré, a cambio, sin embargo, voy a contarte un secreto: entre Dios y tú, ya no habrá ninguna diferencia. Todo será esto. Todo es esto.


Unos actúan como que están de este lado. Otros dicen estar del otro lado. ¡Necios! ¿No ven que están del mismo lado?


Puedes ser rey del mundo, puedes estar con cincuenta mil mujeres, puedes ir al cielo de un salto, puedes reducir a cenizas el universo, puedes tener más inocencia que un niño: ¡pero no puedes dejar de ser un iluminado! ¡Esta mierda es post-new age! Ya nadie quiere volverse un buda… ¡todos buscan convertirse en otra cosa! Y nadie lo hará, ¡nadie! Tu maldición es que eres Dios, y quieres ser otra cosa.


Todos los hombres se creen salvadores de la humanidad, pensando que son la última esperanza para cambiar el mundo, el próximo Jesucristo. Y cuando tienen una pizca de “inteligencia” se van corriendo a poner la cabeza dentro de botes de basura, luego andan tambaleándose como moscas en busca de más basura para comer. Así es como se devoran los unos a los otros. ¡Todo es una mentira, hijodeputa! ¡Todo es una gran farsa, imbécil! ¿No lo ves? Jesús y los otros idiotas murieron al pedo: su sacrificio fue en vano. Lo siento, amigo, sangraste por nada; sufriste por unos cuantos perros que al fin de cuentas se iban a pelear y a morder y a destrozar entre ellos nomás luego. Lo único que les diste fue una excusa. Ya que ahora lo hacen en tu nombre, y en el de los payasos como vos. Sí, en tu nombre se perpetran todas estas atrocidades, ¿y quién las va a detener? No el sí mismo, ciertamente. No vos, ni tu dios, ni el de los otros, ni nadie. ¡Bravo, imbéciles! ¡Que siga el show! Y aún cuando toda la basura se convierta en nubes, toda la lava en cielo, toda la lacra humana en ángeles brillosos, todos los pecados y odios en fluidos de gracia y bienaventuranza, todos estos ídolos se tornasolen en dioses bondadosos y misericordiosos, cuando todo sea arcoiris y sonrisas; el sí mismo va a estar en el último pozo de mierda, en la última cueva de dolor, en el último rincón de podredumbre, de dolor, de tristeza, sangrando, llorando, sacudiendo la cabeza y golpeándose el pecho. Porque esto es morir. Esto es dolor. ¡Y cuán perfecto es! Nadie lo comprenderá jamás porque corren tras sus dioses (la plata, el sexo, el poder, la religión) como pollitos tras su madre. Y desde aquel agujero, desde ese pozo de fuego, ha de derrumbarse todo, ¡todos los cielos, todas las nubes, todos los sitiales de honor falso y competitivo, santurrón y bagatelario! ¡Arded, quemad, gritad, explosionad llamaradas verdaderas, que esto recién empieza!


Ya sos un iluminado, pero tenés que ser aun más iluminado... o no.


¿Quién creó todo? El sí mismo no, ciertamente, ¡o si no se recordaría cuándo! Y si lo está creando ahora, ¡no se sabe cómo! Se hace simplemente lo que se debe: y no hay dudas al respecto. Lo que debe ser hecho es puesto en las narices como comida al perro. Entonces se devora automáticamente sin preguntas. Si fuese una pistola la que se dejare sobre la mesa, no habría problemas en volar la cabeza: el miedo o la trepidación se han evaporado. Y no es como la seudo-depresión de los suicidas, esos maricas que quieren vivir más que los demás y que protestan acabando con todo cuando las cosas les van mal. Esos malparidos, farsantes de cuarta, payasos de circo que hacen reír. ¿Por qué puta no te suicidaste cuando sentiste que “la vida es buena”, que “todo es maravilloso”?. Ya que todo ser humano honesto con la vida acarició el suicidio como alternativa. ¡Que se suiciden cuando culean con alguna rubiaza, cuando tienen plata, cuando el negocio sale bien, cuando el sol les sonríe! Ah, claro, pero no. Justo cuando una mosquita se posa en la sopa ponen el vinilo de siempre: “¡Ay vida, ay dolor, ay sufrimiento!”. Son patéticos realmente, balas desperdiciadas. Acá el gatillo se aprieta todos los días, cada segundo. Y no quedan notitas románticas, mensajes a la humanidad, palabritas tontas que algún sacerdote u otro imbécil ha de citar, interpretar, vender a multitudes, que irán sus casas pensando que son todos mejores personas por haberse mentido a sí mismos. Esto no es nada de esa porquería cursi. Esto es muerte aquí y ahora. Muerte de verdad. Y eso, eso, eso nunca lo sabrán.


“Y bueno… qué se la va a hacer”. “¿Por qué, por qué?”. “¡Lo sabía, lo sabía!”. “No puede terminar así”. “¡Mátenme!”. “Me voy a casa”. “¡Adiós mundo cruel!”. “¡Ay, ay, ay!”. “¡Denme algún veneno!”. “¡No quiero morir!”. “Pensé que era inmortal”. “¡Jesús, Jesús, Jesús!”. “Ahora me fui a la puta”. “¡Llevame pues ya!”. “Te espero en el infierno”. “¡No, no, no!”. “¡Chau, chau!”.


¡El mundo no necesita un profeta más!


El universo siempre se compensa.


El pensamiento es una cosa asquerosa y repugnante... nauseabunda.


El amor es transmutación continua en amor. Por eso hay que convertir todo en amor, cada sentimiento, cada pensamiento, cada respirar y paso al caminar, cada mirada debe estallar en llamas amorosas, cada palabra pronunciada debe salir mojada de un estanque de amor, cada gesto debe estar azucarado con la miel de la colmena del amor, cada esfuerzo debe ser energizado por los leños ardientes del amor, cada plan debe ser concebido y llevado a cabo en el fértil terreno del amor, cada intención debe estar sudando amor, cada deseo debe tener una cobertura dorada de amor, y ya que esto mismo es el amor, parece estúpido decir que el sí mismo no debe ser otra cosa más que amor. Y de hecho así es.


Para entender esto tenés que humanizar a la divinidad y divinizar a la humanidad.


Nunca vas a ser lo suficientemente diligente, lo suficientemente justo, lo suficientemente virtuoso, lo suficientemente humilde. Nunca, nunca, nunca.


El otro tiene pensamientos muertos. El sí mismo tiene pensamientos vivos. Esto tiene tanto los pensamientos muertos como los vivos, que son las dos manos con las que aplaude… entonces, ¿cuál es el sonido?


¡Derrumbá todo intento anterior, de cualquier clase y naturaleza, llámesele ciencia, filosofía, religión o entretenimiento; destroza incluso las propias convicciones tan trabajosamente acuñadas! ¡Ya! ¡Ahora!


Los niños saben si van al cielo o no. Pero desde la adolescencia a la tumba, lo único que crece es basura. Ellos no van a entrar jamás. Ni aun a patadas. ¿Y qué si se juega un poco con los demonios? Mejor es que odien al sí mismo, así no van a perder el tiempo juzgándolo, preguntándose entre ellos si será bueno o malo. Entonces van a escuchar sus palabras, buscando razón de condenación a través de ellas. ¡Estúpidos! Sólo para descubrir que todo lo que dice es verdad. Y ellos vienen a tentar al sí mismo en su sabiduría. Diablos hipócritas. Incluso los incrédulos voltearán la cabeza por esta sabiduría, ¡y ellos ni siquiera fueron invitados! Entonces, se salva el que no lo merece… es muy simple. Sólo que esto es salvación y condenación juntas, perfectamente unidas. Quien no supere el miedo nunca lo conocerá. ¿Para qué esperar a que las multitudes se agolpen, a que la noticia se esparza? Es completamente tonto ahora y siempre. ¿Hay entonces diferencia entre el sí mismo y esto? ¿A quién le importa…? Exactamente.



¡Vas a reventar!


Completamente impredecible, cortando cada esquina de posibilidad. Inconcebible en los siglos, corriendo con los ríos de tinta. Terrible en dulzura, destructivo en espíritu, contundente en bondad, violento en amor, explosivo en éxtasis. En cada cosa estúpida, cotidiana, fútil, en un montón de hojas, en la basura, en el barro, en la lujuria, en el terror, en una cachetada, en una cucaracha pisoteada, en la pus. Verlo es explotar. Transfigurarse, metamorfosearse: el más sanguinario de los hombres llorará como un bebé, y el más pusilánime bramará cual toro descontrolado. Imposible de aplacar, más fuerte que trillones de deseos, potentísimo, nadando con la imaginación, abarcando billones de galaxias de un salto, más quieto que la piedra, volando con los sueños, inerte como una hoja seca, liviano con las nubes, doliente como el hombre, brillante como la luz, silente como el muerto. No hay esto, no existe. Lo cual es lo mismo que decir que existe. Es verdaderamente estúpido.


¿Es esto una farsa completa, mentiras apilonadas? Sí, ciertamente. Pero nadie testifica porque no pueden experimentarlo. ¡Y no puede hacerse! Así que de todas maneras es completamente estúpido. Se acabó, eso es todo. Pero no se van, no. Quieren ver milagros, señales asombrosas, escuchar frasesitas pegajosas y rimbombantes, comprarse algún collar o amuleto, algún libro o foto, cualquier objeto real o imaginario para llevarse a casa y sentirse satisfechos consigo mismos y saciar su morbo y fetichismo Le van a poner en un altar, le van a rezar, a extorsionar, a imaginar o tener visiones o sueños, a buscar diez mil significados, a excretar cincuenta teorías. Luego van a hacer sus revoluciones, aglutinar gente, hacer pancartas, creerse los salvadores de la humanidad. Cualquier excusa es válida: ecología, democracia, libertad, paz, dios. ¡Cuando su estúpida manera de funcionar es lo que les impide obtener estas cosas! Y no que cuando se tranquilicen verdaderamente las tengan: sino que simplemente ya no importará más. El perro se calma cuando se le tira un hueso. Pero estos cerberos de mil cabezas quieren más y más. Y da para mucho, para mucho. Para mucho más. Y más.


Esto debe terminar. Aquí y ahora, se debe acabar. No se tiene el poder para hacerlo, ni relativamente hablando, ni desde los confines de lo absoluto. El marco se cierra, la carne se resiente un poco. Es el momento. Nada hay, nada se mueve: cien mil soles giran frenéticos preparándose para lo que viene. ¡Es tan brillante, tan brillante! Y no es imaginación, ni creación abstracta o literaria. ¡Esto es, esto es! ¿Quién es el sí mismo para descubrirlo? Nada. Pero da testimonio de él, una y mil veces lo hace; aunque sea completamente innecesario. Es aliviador, verdaderamente aliviador. Pero no de manera romántica ni cursi, como si no se quisiese ser erosionado por los milenios. Ahora mismo se ha logrado la victoria: y nadie jamás la podrá arrebatar. ¡Victoria que no es sino una derrota contundente! ¡Que vengan los entendidos, los sabios, los iluminados a proferir sus estupideces si se atreven! ¡Que vengan los demonios a burlarse! Ya se las verán con esto pronto. Y no es profeta, este sí mismo. No es nada. Es menos digno de atención que un vómito. Es lo más bajo de lo más bajo, lo más profundo de lo más profundo. La pus del pie del demonio: eso es lo que es. Latiendo inevitablemente con esto. Pulsativamente, rítmicamente, bailando el cha-cha-cha con las cucarachas y los electrones. ¿Quién lo conocerá, algún día, alguna vez? Sólo esto sabe. Sólo esto sabe.


Entonces no hay nadie. Nadie abre la puerta. El tonto sigue golpeando en la oscuridad y sólo la madera le responde con su anómalo sonido. Desde arriba, nada; desde abajo, menos; y los ojos se aplastan al buscarlo por los lados. Como un amanecer destruido, esta alma, este espíritu, este dios (si tal cosa existe), clama insípidamente, y las ondas de silencio se esparcen en el vacío. Muy pronto el ruido ahogará todo vestigio de esperanza. Y no que los viejos buques del pasado se anclen en ella, esos hombres que se esforzaron tanto, esas humanidades extinguidas como polillas en la luz, esos seres humanos que fueron todo menos seres. Ya que ni siquiera se considera especial a estas baratijas cubiertas de piel, estos manojos de nervios y sangre, a estas desagradables burbujas de carne, a estos ataúdes con piernas y manos que se mueven por un ratito antes de ser lanzadas a la perenne quietud. Todo vibra de verdad. ¡Las llamas refulgen desde el vacío! ¡Vida, vida, vida! Los cristales sucios de los siglos se rompen ante su estallido, las telarañas del ayer vuelan ante su soplido, la mente llena de mugre es chupada, la sarna de conciencia es limpiada y desaparece sin rastro alguno: lo absoluto mismo es finalmente destruido. Todo es esto. Todo es esto. Todo y nada. Todo y nada. ¡No hay más ningún secreto! ¡Nunca más! ¡Nunca más! ¡Nunca más! Entonces, finalmente la puerta se abre, y se contempla cara a cara la verdad... ¿Y qué es esta verdad? Sí. ¿Qué es la verdad? Eso, eso… que lo descubra algún otro. Que lo encuentre… alguien más…






CARTA-COMENTARIO DEL PADRE DEL AUTOR.


1.- Expresa, con otros términos, el conocido aforismo de Parménides: “Es necesario que sea lo que cabe que se diga y se conciba. Pues hay ser, pero nada no la hay”.

2.- La dificultad de expresar con palabras esta cuestión, que comporta la “absolutización” del ser, hace que en ciertos pasajes el autor incurra en oscuridades. Lo cual queda compensado por la brillantez excepcional de otros pasajes, realmente deslumbrantes.

3.- En el escrito de marras el autor va razonando que no se puede razonar. Las palabras ciertamente se prestan para un juego dialéctico precioso, sutil, mágico, sorprendente, atrapante.

4.- Se reflejan en las palabras los sentimientos, las experiencias del autor; sus estados de ánimo; sus convicciones y creencias; sus deseos, su filosofía, su visión del mundo en el tiempo en que son plasmadas las ideas que en la obra palpitan.

5.- Cabe apreciar que la obra en su conjunto refleja el estado actual del proceso de evolución por el que el autor va transitando. Pese a la negación explícita que formula en referencia a la existencia de todo proceso en lo que concierne al ser.

6.- Vése que el autor se encuentra deslumbrado, encandilado se diría, por el descubrimiento del aspecto intemporal de su ser, que lo lleva a renegar del aspecto temporal, aunque para salvar esta antinomia lo envuelva integralmente en lo primero, sin disimular su desdén y aun, su explícito desprecio por lo segundo.

7.- Podría argumentarse que dicho desdén persigue sólo un objetivo retórico, fines meramente didácticos. Empero, si este afán se encuentra en la exposición, revela de suyo que al autor le pasa por alto que encubre un deseo de erigirse en guía, en maestro. Es el afán de notoriedad que se advierte latir bajo la apariencia de la vigorosa certidumbre que trata de comunicar.

8.- El autor trata de afirmar su diferencia, dentro de la paradoja de lo indiferenciado del ser, aunque no lo advierta. Así es como impugna toda construcción teórica, toda filosofía, toda religión, con un ardor inigualable.

9.- El énfasis suple y reemplaza a cualquier deficiencia de que la exposición pudiera adolecer en el sentido lógico. La habilidad portentosa para utilizar el lenguaje, que se nota hechizar al expositor, hechiza también al lector con suma facilidad, que se deja llevar por la corriente, como por encantamiento, hipnotizado por los destellos y fogonazos que se van desplegando a lo largo de la obra.

10.- Como obra de entretenimiento, como literatura, como poesía, el trabajo es valioso, es interesante, permite apreciar el incomparable talento del autor. Como obra filosófica, como pensamiento tendiente a expresar una visión consistente de la realidad, sólo cabe decir a su respecto que el autor deberá seguir cribando su interioridad, la naturaleza más pura de su ser, para ir conociéndose mejor y poder de esa manera consolidar la verdad inherente al ser, inherente a la vida.

11.- Con todo y lo dicho, es dable apuntar que en el escrito existen intuiciones geniales. Cosas dichas de una manera nueva, fresca, radiante, incluso originalísima, si se quiere, lo que da la pauta de que ningún pensamiento se agota en una sola forma de expresarse. Si es ciertamente esta obra una recreación del pensamiento de Parménides citado más arriba, puede apreciarse que lo enriquece tan de sobremanera que es un deleite reprisarlo en estos términos.

12.- En fin, el autor evidentemente “se hace el valiente”, no que “sea valiente”; por eso niega valor a la realidad temporal, atribuyendo su configuración básicamente al miedo. El “ser esencial” que somos, postula él, no requiere de más aditamentos. Necesita el autor imperiosamente “hacerse”, así que apela a las palabras para convencerse a sí mismo, y de paso a los demás. Se diría, con Unamuno, que Leonardo juega con “el hombre más real” --(el que se quisiera ser)-- entre todos los que son susceptibles de ser configurados: el que uno cree ser, el que el otro cree ser uno, y el que uno es en sí mismo; a los que agrega Unamuno el que se quisiera ser; esto es, el que se quisiera ser, que es, al decir de Unamuno el hombre más real de todos, es con el que Leonardo se divierte, se entretiene. El que se quisiera ser es el hombre que palpita en el ser humano en su aspecto temporal, que vive condicionado por el tiempo y por sus deseos, y con este hombre es que juega Leonardo extirpándolo de su ser. Y esta realidad no se puede negar, sino que hay que comprenderla. De hecho, a lo largo del escrito, Leonardo se refiere constantemente a la comprensión, poniéndola de punta con la incomprensión, para afirmar que de la pura paradoja tiene que surgir el sentido, de lo absurdo el significado de todo. Empero, la insistencia en este método, que se revela ciertamente fructífero insertado dentro de la visión de totalidad, no autoriza a perder de vista ni a despreciar el aspecto temporal del ser. Tanto que este desprecio, como se observa en ciertos pasajes de la obra, lleva al autor a apelar a la simple negación de la verdad que en ciertos contextos debe ser indefectiblemente diferenciada de la mentira; el bien debe ser distinguido del mal. En suma, se advierte que teóricamente el autor se coloca en el puro aspecto intemporal del ser, con lo que el miedo que atribuye a los que no se atreven a ello, estaría disimulando otro miedo, el del autor, que queriendo hacerse el valiente, queriendo convencerse a sí mismo, se niega a asumir el aspecto temporal de su ser, que es desde luego también demasiado real para desdeñarlo. Empero esto no es malo, esto es lo que es, ya que muestra nítidamente el estado actual por el que transita el ser del autor dentro del proceso que le es inherente a todo ser venido a la existencia.




COMENTARIOS A “DESCRIPCIONES DE LO ABSOLUTO”


Este comentario me siento forzado a hacerlo de manera no impersonal, de modo directo, íntimo, de tú a tú.

Y lo hago al correr de la lectura, ya que aún estoy leyendo tu trabajo; ayer miércoles 9 de enero de 2008 llegué recién a la página 19, según lo estuve contando.

Es un libro de no muy fácil lectura, pese a lo cual el firme propósito de leerlo hasta el final está en mí, amén de que por partes ya me he trasladado hacia las puntas.

Como podrás comprender, este comentario no tiene que perseguir el congraciarse contigo, ya que eso sería indecente.

Lo que sí se puede decir ab initio es que tu libro tiene materia capaz de inspirar la escritura de otro libro. Cosa que por ahora al menos a mí no me toca.

En este comentario empero me toca señalar que juzgado en el contexto, hasta donde yo puedo discernir, tu trabajo se encuentra en una posición opuesta a mi manera de ver la realidad. Bien entendido de que esa manera comprende implícitamente la complementación de los opuestos.

Según puedo apreciar tu pensamiento apunta a romper todo estereotipo, o como me dijiste en ocasión de nuestros debates en estos días, a desacralizar todo, habida cuenta que eso proviene del miedo incrustado en lo más profundo del ser humano.

En ese contexto, arremetés con ferocidad inaudita contra toda imagen imaginable, desplegando entretanto infinidad de imágenes deslumbrantes, insólitas, inimaginables, desconcertantes, sorprendentes, maravillosas, novedosas, chocantes, preciosas, sutilísimas, pasmosas, de casi increíble concepción por el común de la gente, que cualquiera se tiene que sentir alelado ante tanta enjundia.

Así como se presenta, la exposición cumple con su cometido, si ello fuera tan sólo el mostrar y demostrar que es tarea vana todo intento de describir lo absoluto. De hecho, así lo da a entender tu obra en muchos pasajes, destacando la total futilidad de tu emprendimiento.

Empero, este propósito, el de exhibir el sinsentido de la pretensión de referirse a lo absoluto, lleva implícita tu intención de infiltrar tu filosofía en el lector, para utilizar una expresión por vos acuñada, que sería vano negarla ni pretender disimularla.

Esta filosofía, que surge del libro, y por cierto, también de los frecuentes intercambios verbales que solemos tener, le resta todo valor a lo relativo.

Y según yo lo entiendo, lo relativo tiene valor dentro de contextos; precisamente en el contexto de cada instante dado a cada ser venido a la vida, a cada ser viviente considerado dentro del tiempo.

Este valor (si se me permite la paradoja), desde el punto de vista de este ser, con ser relativo, adquiere para él un valor absoluto. Así es como lo veo yo (como diría Einstein). Por algo hemos inventado esta palabra.

La cuestión está en comprender este asunto de los contextos, pues si no se lo comprende es del todo inútil ciertamente hablar siquiera. Nada realmente tendría sentido, y el punto de vista de tu filosofía sería el único válido. Que a la postre no lo sería, ya que en él, en ese punto de vista, se impugna toda filosofía, y por ende no cabe hablar de punto de vista alguno.

Las implicancias de esta cuestión no son nimias. De ella depende nada menos que la supervivencia del ser considerado en el tiempo, del ser venido a la vida, y específicamente, del ser humano. Podrá decirse que eso es una tontería, que eso es una estupidez, y eso desde luego es factible decir, y al decirlo, al pensarlo, uno está ejerciendo su libertad, una libertad que es absoluta, tan entera, que ni siquiera lo absoluto es capaz, o si se quiere, no se permite violarla.

La tremenda verdad que cada uno debe llegar a descubrir es que está en uno el poder para seguir viviendo en el tiempo, como ser único dentro de la infinitud de los seres, y el viceversa, el poder para morir en el tiempo, para cesar definitivamente, para entrar en la inconciencia infinita de lo absoluto. Pero esto (para usar una palabra que es tan cara a tus sentimientos) cada uno tiene que llegar a descubrirlo. Esto, para el ser considerado en el tiempo, requiere de un proceso, de un desarrollo, de una evolución. Naturalmente, es de tu cuenta creer o no en esto.

En suma vos elegís, amigo. Si es tu opción la de morir definitivamente en tu aspecto temporal, albricias. Si miramos desde cierto punto de vista, ello le es, o le tiene que ser totalmente indiferente a Dios. Esto es un decir, porque sabemos que en lo que a Dios concierne (lo absoluto) nada hay que decir.

Pero las implicancias suman y siguen.

El llegar a descubrir aquella verdad requiere ciertamente de una comunicación con lo absoluto. ¡Blasfemia! ¿Cómo comunicarse con “lo que es” uno mismo, con “algo” para quien no cabe el concepto, a quien le resultan totalmente indiferentes “los sueñitos”, “las lucitas”, “las voces”, los “buditas” y los “jesusitos”, y todas las demás “ranas croando en el estanque”, todos aquellos que piensan que “para ser iluminados hay que cambiar”?. Conste que no estoy impugnando la licitud de tu punto de vista enmarcado dentro de la infinitud de tu libertad. Repito que si con ello persiguieras abrir la mente de los que no están iluminados que piensan estarlo sin comprender a un iluminado, tu propósito estaría cumplido.

Lo que pasa es que se advierte, y ello se encuentra corroborado por tus explícitas declaraciones en el curso de nuestras escaramuzas verbales, que por ahora al menos vos no creés que exista una evolución, o si lo admitís, que ello tenga relevancia alguna, lo que te lleva a sustentar que es el miedo el que impide a la gente comprender que sólo cuenta el ahora, el instante presente de la vida. Y para mostrar que no hay que tener miedo, arremetés contra todo, sin cuidarte de atenerte a la recta palabra, al recto pensamiento, apelando a la irreverencia, al sarcasmo, al desprecio, a la ofensa, a la procacidad, en fin, a todo, con la inequívoca evidencia de tu convicción de que tus lectores tienen que comprender que todo, absolutamente todo, integra lo absoluto, al que pueden “acceder” si desacralizan sus conceptos. Esto permite apreciar que tu filosofía se enmarca en algo así como el zoroastrismo, el que postula la sempiterna lucha entre el bien y el mal.

Tu filosofía vale para vos; tu pensamiento, visto desde tu sinceridad, es el que cuenta para tu vida.

La mía postula que el bien prevalecerá finalmente contra el mal. Aunque el mal forma parte también del bien, entendida esta realidad en sentido absoluto, dentro del contexto respectivo, que le da al ser en el tiempo “la medida de lo absoluto”; que no tiene medidas. Se diría que el mal, como energía que forma parte de un mundo de opuestos que se aprecia existir en el universo, será absorbido finalmente por el bien.

Menester es por tanto que te diga, desde la posición que yo sustento, que el recto pensamiento y la recta palabra cuentan; y cuentan de manera decisiva, porque de ellos depende nada menos que la perdurabilidad del ser único existente en el tiempo.

La desacralización de los conceptos, como procedimiento tendiente a sacar a la gente de los errores, de las supersticiones en que se encuentran, es algo completamente válido. Lo que pasa es que si en el trámite se inculcan nuevos errores, el emprendimiento resulta completamente inane.

Lamento tener que decírtelo amigo, pero según yo lo veo, se cuela en tu exposición la actitud de un rabioso inconoclasta que rompe furiosamente todas las imágenes forjadas por los otros pero deja refulgente e incólume la propia imagen. Obviamente, no hay mala fe. Hay “buena intención”. Pero el camino del infierno se encuentra empedrado de “buenas intenciones”, ya lo dice la sabiduría popular.

Desde el punto de vista teórico tu construcción puede no adolecer de grietas.

Pero en la vida la teoría no basta. Ambos lo sabemos.

Cuando comencé a leer esta parte de tu libro, y te comenté que en cierta forma, guardando las distancias, me evocaba al Zaratustra de Nietzche, este comentario no te cayó bien. La imagen que tenías forjada de Nietzche no coincidía con la mía, y pensaste que era una suerte de desvalorización que hacía yo de tu trabajo, cuando en el comentario en verdad yo estaba pensando en la parte valiosa de la filosofía de Nietzche. Explícitamente me dijiste que si te propusieras imitar a alguna obra, sería al Evangelio de Juan, antes que a la que yo te había nombrado.

Valoro tu pensamiento en este sentido. Que habla de tus “buenas intenciones”, obviamente.

Pero permíteme que te diga que la “coincidencia” que hay entre el título del libro de Nietzche (“Así habló Zaratustra”), insinúa lo que yo vislumbro en tu filosofía, como ya lo puntualicé más arriba, es decir, la sempiterna lucha entre el bien y el mal que postulaba el creador del zoroastrismo (Zoroastro es otra de las maneras de ser pronunciado ese nombre, Zaratustra). Pero hay más: otro título de Nietzche, como te dije entonces, se denomina Más allá del Bien y del Mal. Y otro más El ocaso de los ídolos.

Nietzche intentó sinceramente derribar todos los ídolos, todas las supersticiones, todas las hipocresías que él veía en el mundo, atribuyéndolos a “la falsa creencia” en Dios y a “la errónea” concepción de los valores que tenía como pilar la compasión hacia el semejante, que derivaba de la tradición judeo-cristiana, proponiéndose “con la mejor de las intenciones” conseguir la trasmutación de todos los valores. Es llamativo que “el ataque de Nietzche a la sociedad decadente de su tiempo es el deseo por la llegada de un superhombre; no se trata de que éste posea en mayor grado la verdad sobre el mundo sino que su forma de vivirlo contiene mayor valor y capacidad de riesgo, ya que supera el mayor de los males, su prejuicio más fuerte: el prejuicio de la moral”, al decir de un comentarista de su obra. Así lo entendió “teóricamente” este filósofo.

Pero Nietzche se equivocó. Le traicionaron sus deseos, que si bien los vio, no pudo comprenderlos. Su ser único se escindió de lo absoluto al dejarse arrastrar por sus deseos, y alimentó su ego (que en cierto sentido son lo mismo, pero en otro cierto sentido no lo son) de tal forma que le parecía completamente natural vituperar hasta el paroxismo a los que habían llegado a comprender sus propios deseos a través de la realización práctica de sus propias vidas. Así, no se salvaron de sus diatribas ni Jesús, ni Sócrates, ni Buda, que habían hecho del amor y la compasión el pilar de sus enseñanzas y su vida. Pensaba que había que derribar estos ídolos sin tomar en cuenta el recto pensamiento y la recta palabra. Pero para la trasmutación de todos los valores no se necesita dejar de lado la recta palabra ni el recto pensamiento. Es más: resulta indispensable ceñirse integralmente a ellos.

Cuando uno ve sólo el aspecto teórico de la cuestión, es como si se colocara en el casco polar del planeta, se encerrara herméticamente en su iglú, y aislado del sentido de totalidad de la vida, bombardeara implacablemente al resto, que “no existe”. El “polo opuesto” no está a la vista. El hielo que se derrite de su fortaleza va ir desplazándose poco a poco hacia el mar, incluso puede que algún témpano, algún iceberg hunda a algunos Titanics, pero inevitablemente ha de quedar solo en la estacada, porque es gracias a la práctica del amor y de la compasión que conllevan el recto pensamiento, la recta palabra y la recta acción que uno puede fusionarse con la totalidad, con lo absoluto, con Dios.

El recto pensamiento es lo que Jesús llama el espíritu de la verdad, y también el espíritu santo (Juan 14: 17; 14: 26). El pecado contra el espíritu santo, contra el espíritu de verdad es simplemente atentar deliberadamente contra el recto pensamiento. Este pecado no es susceptible de ser perdonado (Mateo 12: 31-32). Se trata de la mentira deliberada, del propósito, la intención, la decisión consciente de hacer lo malo con daño al semejante. Si uno no atenta deliberadamente contra el recto pensamiento, si uno inconscientemente se equivoca, creyendo no equivocarse, entonces su castigo será más leve, como está escrito en Lucas 12: 47-48. Bien está señalar que esto debe ser entendido dentro de cada contexto pues el arrepentimiento y el perdón, como la redención siempre es posible, cuando uno advierte y rectifica su error. En otras palabras: El pecado contra el Espíritu Santa también puede ser perdonado dadas ciertas circunstancias (si uno depone su explícita y deliberada actitud contra el recto pensamiento cuando todavía transita por el tiempo, lo cual derriba la barrera de separación con lo absoluto, permite conjugar los opuestos).

Pero lo que se aprecia de forma rotunda y contundente es que cuando se atenta contra el recto pensamiento, contra el espíritu de la verdad, contra el espíritu santo, uno se coloca en una posición de separación radical del camino que conduce a la vida, entendida como la vida imperecedera para el ser venido en el tiempo, ya que la verdad y la vida son lo mismo para este ser considerado en su aspecto temporal.

Jesús comprendió plenamente que tu manera de ver la realidad era en cierto sentido normal, por eso es que dijo que: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del hombre, será perdonado”.

Pero que Jesús haya condonado ese “pecado” que implica “el rechazo de su persona”, no significa que --en mi concepto--, vos estés exento de error.

Tu buena intención, si está apoyada en errores, tendrá igualmente sus consecuencias. Así surge del texto mentado más arriba que expresa: “Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no se preparó ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Pero el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco, porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará, y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá”- (Lucas 12: 47-48).

En fin: Pienso que para el día de hoy ( y tal vez para todo lo que resta), lo dicho hasta aquí puede bastar. Se puede agregar que me cuesta mucho asumir esta postura porque a la verdad veo que tu tesis tiene el condimento de la sinceridad, de la probidad intelectual (que no excluye el autoengaño), que también había yo atribuido a las obras de Nietzche y Schopenhauer. Con la acotación de que vos estás mucho más cerca de mí que ellos.

Pero como mi tesis filosófica da por sentado que la vida imperecedera existe para el ser en su aspecto temporal, que no excluye el aspecto intemporal; que eso requiere el empleo del recto pensamiento, el espíritu de verdad que uno debe discernir en su ser interior de instante en instante, que sí excluye la mentira y el error considerados desde el punto de vista relativo, desde el punto de vista del relacionamiento entre los hombres, lo cual obviamente descarta la injuria gratuita; teniendo en cuenta que el discernimiento es precisamente la herramienta que le sirve a uno para separar la paja del trigo, para lo cual coadyuva lo absoluto inspirándole a uno siempre que uno esté dispuesto a escucharlo; que como a Abraham y como a Jesús ese absoluto puede hacer oír su voz para que uno decida hacer lo correcto en cuanto esté a su alcance; atendiendo a todas estas cosas, te expongo mi pensamiento con toda la sinceridad de que soy capaz.

Y como colofón me atrevo a resumirte dos experiencias oníricas de la noche pasada, donde se aprecia el impacto que tu obra en mí provoca, azuzándome a extraer los rectos pensamientos que por ellas naveguen, que en eso nada más consiste la comunicación que lo absoluto se digna a trabar conmigo.

En la primera, hay unas acciones no muy fuertes de pugilato, que se disipa luego, entre un abogado que es funcionario del Banco de Fomento, de apellido Gómez, y yo; abogado a quien conozco por vínculos que provienen de la Cooperativa Universitaria, de la que ambos somos socios. De ahí salta la escena a un encuentro que tengo con mis primos Cayo Gwynn y Carlos Gwynn, este último en compañía de dos nietos de muy tierna edad, una de ellas niña, muy pequeña, invadiéndome un sentimiento de conmiseración inmensa sobre lo que pudiera pasarles, sobre todo a la niña, cuando su abuelo, Carlos Gwynn, viaje a los Estados Unidos de Norteamérica, como está previsto.

La otra historia me muestra con el Dr. Samuel Drelichman que está en el intento de cobrar o recibir algún dinero de un Banco cuya sede central se encuentra en Encarnación. El Banco pudo haber caído en una especie de insolvencia, yo también estoy interesado en recibir algo, tenemos marcada una entrevista con el Gerente en un Edificio que está allende la calle Colón, del centro de Asunción, por cerca del que fuera el cine Roma, es un edificio sin terminar, en una parte de su estructura incompleta está la oficina del Gerente que nos estaría recibiendo. En una de esas, el que estaba conmigo asume otra personalidad, trasmutándose en un joven de unos quince a diez y siete años, de baja estatura, que acaba de salir de la oficina del Gerente, derramándose de entre su camisa en la parte del vientre un montón de arena que veo sorprendido caer hacia el suelo. Pienso que no tuvo éxito con su gestión, que me descorazona un tanto; y luego de nuevo está conmigo el Dr. Samuel Drelichman quien me comenta el problema del Banco y me consulta si qué podemos hacer, procediendo yo a aconsejarle alguna cosa a lo que él presta suma atención. Es como si ambos tuviéramos un interés común y estuviéramos tratando de buscar la manera de obtener el resultado deseado.

La capacidad de la mente para crear realidades que tienen como sustrato el sentimiento es algo incalculable. Son los pensamientos que se pasean y que se corporizan inventando insólitos episodios que algo dicen, si se los atiende. El Banco simboliza “lo absoluto”. El funcionario amigo sos vos, o tu obra. Ella fomenta en mí la creatividad, la creación, por medio de la confrontación de tus pensamientos con los míos. Carlos Gwynn es la ganancia posible, que está allí conmigo o contigo, reprentados por Cayo Gwynn. Los nietitos de Carlos Gwynn somos nosotros. ¡Qué sería de ellos si la posibilidad de ganar su vida emprendiera rumbo hacia Norteamérica, si les abandonara!.

El otro episodio trae similar mensaje. El Banco con sede en Encarnación, pone en el tapete el tema en cuestión: ¿cómo se darán nuestras futuras encarnaciones?. La calle Colón evoca el descubrimiento que tenemos que hacer, más allá del cine Roma, en esta película que es la vida en su aspecto temporal. Mi fe se reafirma, o para decirlo en otros términos, me reafirmo en la certeza de la verdad de mis pensamientos cuando veo que el joven, que en mi sueño te representa, deja caer de entre sus ropas la arena, que lo equiparo con los pensamientos de tu libro. Mi pensamiento entretanto apunta a ver que vos, a quien el Dr. Drelichman también representa, te mostrás dispuesto a seguir abierto a pesar de todo, ya que perseguís en última instancia el mismo objetivo que yo.

“En los postreros días, dice Dios…vuestros ancianos tendrán sueños” (Joel 2: 28; Hechos 2:17). Los postreros días ocurre para cada uno, dado que el tiempo es relativo.

Somos Dios, lo que llamamos Dios, lo absoluto, participamos de su naturaleza. Por tanto, como él, como ello, tenemos la potencialidad para proyectar y disipar mundos, pero nunca sin él. Y siendo él también todos los otros, sólo el amor como energía unificadora y creadora puede posibilitar la vida.

No diferimos sino en matices en nuestras respectivas concepciones del mundo.

El problema que a mi manera de ver te toca resolver, como a cada ser humano, es el que lo plantea Unamuno en estos términos: “la cuestión humana, que es la mía, y la tuya, y la del otro, y la de todos, …es la cuestión de saber si qué va a ser de mi conciencia, de la tuya, de la del otro y de la de todos después de que cada uno de nosotros se muera”. En cuanto a mi convicción al respecto, pasa por creer que es el recto pensamiento, el espíritu de la verdad que está en cada uno de nosotros, el que ha de determinar esa contingencia. Conforme lo decís vos, en cierto sentido es una calamidad el morir después, ya que eso implica estar poseído por el miedo y no vivir propiamente dicho. Para el que muere de continuo la vida florece sin cesar. Pero ello requiere de un trabajo en el tiempo hasta que el miedo se vaya solo, sin ser forzado por el deseo. El recto pensamiento que es con el que construimos nuestro ser esencial, nuestro ser único, se encauza naturalmente cuando uno “decide” conformarse con su derrotero.

***

Sigo con la lectura de tu Descripciones de lo Absoluto. Estoy en la página 30. Y hoy es el 11 de enero de 2008. ¡Qué fastidio esto de mentar fechas y números¡ Y sigo con mis comentarios.

Esto que leo son tus imaginaciones. Y tus experiencias. Pese a que esto no puede ser imaginado ni experimentado.

Pese a ello, esto es fantástico, no hay palabras para describir su magnificencia. Es exuberante, bello, único. Que yo recuerde, nadie ha expuesto con tanta fuerza, con tanta precisión, con tanto brío, de una manera tan deslumbradora, el juego de los opuestos dentro de la realidad conceptual. Las palabras adquieren belleza, se perfilan en su pureza, en su blancura, en su verdad.

Expresan en ellas tu filosofía. Con una preciosa construcción conceptual destinada a la destrucción, que es lo que ella implica. Difícilmente alguno será capaz de acuñar, de amonedar expresiones más asertivas, más creativas, más fantasiosas, más certeras, más poéticas, que las tuyas en este libro. Y lo que es más importante, contienen verdad en ciertos contextos. Verdades fulgurantes, relampagueantes, urticantes, aplastantes, demoledoras, pulverizadoras. Con el ropaje de la indiscutible buena intención, con el deseo de que la gente vea lo que no atina a ver, con el explícito propósito de dar la vista a los ciegos. Para ser capaces de ver sin ojos. Para vivir lo único que se puede vivir, el ahora. Estas descripciones de lo absoluto son realmente indescriptibles y la sorpresa, el pasmo, la admiración es lo que generan.

Pero también contienen mentira. ¿Cómo no habían de contener si ésta es sólo la otra cara de la moneda en el fragor de los pensamientos en el tiempo?.

Se nota en esto la influencia del Diario de Krishnamurti. De Jidu Krisnamurti, porque también se advierte la de U.G. Krishnamurti, aunque en menor medida. Se nota también la influencia de Nietzche, aunque esto pocos lo han de advertir. Pues a primera vista esto para Nietzche había muerto. Y vos hablás de esto con tanta fruición, con tanto entusiasmo, con lo que cualquiera podría tildar de una fe sobrehumana, que esa comparación con este filósofo puede hasta parecer ofensiva.

Te dije yo que en algún momento había pensado que en cierto sentido Nietzche era el precursor de J. Krisnamurti. Y me reafirmo. Nietzche ciertamente es esplendoroso. Atendé a estas palabras suyas: Empecé a comprender el verdadero sentido de la moralidad judía, el deseo nacional judío de vivir, ¡el más tenaz, como ya lo he dicho, que jamás haya existido sobre la tierra¡. Y agrega: El judío no sólo cultivó el hábito de la divinidad sino que compartía la afirmación de Plotino: Nuestra empresa no es sólo mantenernos sin pecado, sino ser Dios. Jesús pensó que era Dios y muchos judaicocristianos así como paganos bautizados, realmente creyeron que era el Señor. Y aún más: El deseo de ser Dios no solamente lo compartían los judíos sino también los filósofos románticos como yo.

No quiero hablar por vos, pero se me ocurre, y no tengo más que expresar mi pensamiento, que en estos pasajes Nietzche nos plagió, como se suele decir. O si lo preferís, me plagió.

Nietzche propugnaba constantemente vivir el ahora. No me pidas que te diga dónde, pero estoy certísimo de que así es. Es cuestión de investigar. Pero ¿para qué, si eso es lo conocido?. De lo conocido tenemos que desprendernos, tenemos que desembarazarnos. Esto lo sabemos, lo aprendimos de . Krishnamurti. Y no cabe sino admirarse de la iconoclastia de Krisnamurti, en cuanto a la implacable prédica que hace de romper con todas las creencias, con todos los tabúes, con todas las supersticiones, que en este hemisferio occidental se percibe haberse manifestado nítidamente en Nietzche algún tiempo antes.

Como lo dice Borges, el budismo presupone el hinduísmo. Y como es evidente, el cristianismo presupone el judaísmo. Y J. Krishnamurti presupone a Nietzche. Y ambos a Leonardo. Así va funcionando el mundo.

Nietzche ( y Krishnamurti, y vos, y yo) entendía que era el miedo, la falta de coraje, la falta de valor, el que impedía al hombre vivir el ahora (aún con el malentendido en que caía de que eso implicaba dejarse llevar por los deseos), y por creerse el único valiente entre la horda de pusilánimes que poblaba el mundo ideó el superhombre, que no era sino su deseo de ser Dios. El deseo, lo sabemos, no tiene nada de malo. Pero hay que comprenderlo. Porque si no, se traduce en el desenfreno del ego.

La comprensión excluye el autoengaño. O si se quiere, lo comprende. Cuando el autoengaño aparece, es absorbido por la comprensión.

Para que haya comprensión, se requiere del recto pensamiento. Ciertamente que el recto pensamiento no es una cosa que se encuentre cuajada de una vez y para siempre, y cierto que uno debe ir discerniéndolo momento a momento. Uno siempre tiene la posibilidad de rectificar el error mientras esté viviendo en el tiempo. Pero el error se acumula, va sedimentándose, cada vez que uno incurre en él se erige en un bastión que más y más cuesta vencerlo. Es como se dice en la parábola del hombre que construye su casa sobre la arena en oposición al que lo hace sobre la roca.

Nietzche acumuló y multiplicó sus errores con tanto ímpetu, con una convicción tan inmensa y poderosa, creyendo que se trataban sólo de aciertos (incurriendo con eso en el autoengaño), denostando con tanta furia y desprecio contra quienes probadamente se habían comprendido a sí mismos, que aún cuando reconoció su error en las postrimerías de su vida, no pudo ya salir totalmente de la confusión. Esto es lo que se juzga de sus últimos escritos. Esto fue lo que dijo: Tal como Empédocles saltó a las llamas del Etna, y así como puede pensarse, a la manera de Elías que se elevó en un carro de fuego hacia los dominios de Dios, yo también me arrojé al llameante cráter de la locura para completar mi apoteosis, mi derecho a sentarme en el trono vacío de Jehová. Mas ¿cómo ha de mantenerse el trono de Dios sobre un fragmento del mundo despedazado? Este fue mi error: ¡haber pensado que una criatura temporal, náufraga, estrellada y dispersada en todas direcciones, pudiera ocupar el lugar del dios de Spinoza que construyó su tribunal sobre los firmes cimientos de la eternidad¡.

El negar valor a la existencia en el tiempo. ¿no estará ocultando el miedo de vivir en el tiempo?.

Jesús, en la cruz, seguía teniendo miedo. Repitió, según se cuenta, en un clamor desesperado, lo escrito en el Salmo Veintidós: Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?. (Mateo 27:46). Pero también dijo lo que ya el Salmo Treinta y Uno consigna: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23:46).

Vivir en el tiempo requiere de mucha valentía. Conlleva la aceptación de la perspectiva de la horrible eternidad a la que se referían los epicúreos. Y esto de instante en instante. Con sus misterios, con sus riesgos, con sus imprevisibilidades. Esto apareja arrojarse a lo desconocido, inerme, desvalido, totalmente vulnerable. Con la única certeza posible, a saber, que si uno se deja llevar por el recto pensamiento, por el espíritu de la verdad, por el espíritu santo, nada malo le ha de pasar. Encomendando su espíritu a lo absoluto. Jesús lo sabía. Por eso instó a no tener miedo a nada ni a nadie, excepto de aquel que puede disponer de nuestro destino eterno. En otras palabras: a esto.

La fe es la certeza de la verdad de que el recto pensamiento es la herramienta que sirve para construir nuestro ser único. Este ser no termina, va circulando de vida en vida, aunque se olvide de su identidad. Que, por las paradojas de lo absoluto, simultánemente no se olvida. Por favor, no tomes esto literalmente, es apenas un burdo intento de describir mi fe.

Pienso que Jesús tenía esa fe, lo que hizo que resucitara, lo que le fue dado por el Dios de las posibilidades gracias a sus rectos pensamientos.

Somos Dios, pero a la vez no lo somos. Esto no es una absurdidad sino una comprensión; o una comprensión que envuelve en sí a la absurdidad.

Ya ves, qué inspirador resulta para mí tu libro.

***


Heme aquí, de nuevo, abordando este tema. Hoy doce de enero de dos mil ocho. Llegué hasta la página 43 de tus descripciones. Me faltan diez y nueve páginas. Voy avanzando. Es un juego. Un juego y un trabajo. En esto consiste la vida. No es lo uno ni lo otro sólo.

Muchos, demasiados pensamientos me generan tu libro. Imposible reunirlos, resumirlos. Desde ayer a la medianoche en que paré de escribir, ya se me ocurrieron infinidad de otras cosas omitidas. Y después, desde la mañana, y hoy en la tarde en que proseguí con la lectura.

Pero es interesante que así sea. Sin duda, con el choque o la sincronía de nuestros pensamientos, esto pasa esto va pasando. Aunque nada pase.

Entre las cosas que pensé anoche estuvo el pensamiento de que esta obra muestra la pasta que vos tenés para aceptar el desafío de vivir en el tiempo por toda la eternidad. Lo cual requiere de tremenda valentía. Hay que sobreponerse al miedo pues implica, en un principio, enfrentarse como oveja a los lobos. Pero uno constata después que la oveja y el lobo son uno, son esto. Y morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará, y el león como el buey comerá paja.

Los bodhisattvas comprendieron esto pues decidieron posponer su ingreso al nirvana hasta que toda la humanidad pueda conseguirlo. Pensamiento que, como lo señala un autor, fue desarrollado en el budismo desde el espíritu de las enseñanzas originales del Buda.

Pero el que comprendió de la manera más lúcida esta verdad fue Jesús.

Nada podía hacer. Pero podía hacer todo.

Es evidente que vos vislumbrás esto. En cierta forma, en cierta medida, vos querés ser como Jesús. Y aun, querés ser más que Jesús, y que el Buda, y que Krishna. Podés negar esto pero así lo siento yo. Pero no podés ser Buda, ni Jesús, ni Krishna. Sólo podés ser vos. Sólo esto podés ser.

Pienso yo que, al menos querés enseñar a los otros que la manera de ver que vos tenés es la que sirve. O pensás al menos que vos alcanzaste esta comprensión, y que los demás que no la alcancen seguirán en la ceguera. En suma vos pensás que hay que ser sólo Dios, un dios que no se desdobla. O, si se se desdobla es para ser enteramente indiferente a cualquiera de sus infinitos aspectos, para permanecer impasible a los clamores y cataclismos, que sólo un empalagoso chupete podría conseguir quien (¿quién?) proyectara sus pensamientos, en virtud de la inexorable e interminable disputa entre el bien y el mal.

Para esta manera de ver, no importa el recto pensamiento. En realidad, no importa desde luego para nada el pensamiento. Ni el no pensamiento. O también importa. Pero uno no lo sabe. En realidad nada se sabe. Esto es así. Esto sos vos. Y según vos, esto también soy yo. Así yo lo discierno.

Sin embargo, el recto pensamiento es a mi ver el que permite entrar en el reino de Dios. Pero porqué llamarle Dios; llamémosle esto.

Esto hay que experimentarlo. El que lo experimentó de la manera más pura, de la manera más intensa concebible, fue Jesús. Por eso dijo que resucitaría y dijo que volvería. No especificó cuándo. No lo sabía. Pero se atrevió a enfrentar a lo desconocido, al desafío que entraña comprender que el tiempo después de todo también existe, y que allí, en la vida de relación es donde vive el ser humano, y que va construyendo su vida de instante en instante. Lo cual está insertado en la eternidad, en lo infinito. El recto pensamiento es el vehículo que lleva por los caminos donde reina esto. Su reino no tiene fin.

Experimentar el recto pensamiento permite constatar que el reino de Dios está aquí y ahora, entre nosotros. La inmensa mayoría no lo ve, porque sus corazones se han endurecido, pero el que tiene ojos en el corazón puede experimentar su presencia. Las cosas pasan para él en medidas justas, a pesar de que aparentemente no existe la justicia. Él no juzga por las apariencias. Juzga con rectitud.

Ya ves, diferimos en nuestros respectivos puntos de vista. Se me ocurre que vos sentís también en carne propia la injusticia, tenés tremenda sensibilidad, te hiere de una manera demasiado fuerte la crueldad de la vida y te catapultás al infinito, pensando escapar del tiempo. Este pensamiento vos no lo ves así. Y es la libertad inenajenable que tenés como ser único el que te permite pensar y ver diferente que los otros.

Por extraña coincidencia, hoy, al abrir tu libro para comenzar su lectura, me topé con este párrafo: ¿Es la muerte evitable? ¿Es la vida inevitable? ¿Quién decide quién viene y quién va?.

Tus preguntas están dadas presuponiendo la ignorancia del ser humano y cuál si Dios (esto) las formulara.

Bien está que vos pienses que no lo sabés, si no lo sabés. Pero yo te digo que mi pensamiento, lo que yo discierno como mi recto pensamiento, apunta a afirmar categóricamente que la muerte es evitable. Y que es uno mismo el que tiene el poder de decidir evitarla.

Estas respuestas están dadas desde el discernimiento que hace mi ser único a partir de la experiencia directa de la verdad, del recto esfuerzo que vengo haciendo desde hace tiempo para vivir continuamente en la verdad, con todas mis limitaciones y deficiencias.

Tienen que ver también con lo enseñado por Buda y Jesús.

Tus palabras insertadas páginas adelante donde decís que ni Jesús, ni Buda, ni Krishna, ni los salvadores, ni las otras cigarras de la ciénaga pudieron decir, pudieron comprender, con todas sus resurrecciones, reencarnaciones, oblaciones y austeridades es: Sé quien realmente eres, se pueden tildar, como mínimo, de un error, desde mi punto de vista, pues yo pienso que aquellos sí comprendieron esto. Fueron ellos quien realmente eran, quien realmente son, fueron y lo supieron y desde ahí enseñaron. Y enseñaron a ajustarse al recto pensamiento, que conlleva la recta palabra y la recta acción.

Pienso yo que a vos aún te falta comprenderte para comprender al Buda, a Jesus, y a los demás, que como vos y yo sabemos, son también vos mismo.

Si vos pensás que lo que decís es al sólo efecto de sacudir las mentes es que, a mi manera de ver, te engañás a vos mismo. Y lo hacés porque aún te falta descubrir la verdad, esta verdad. No que ella esté cubierta, no que esté oculta, pero vos no la estás viendo. Porque ni en la ignorancia ni en el error está el recto pensamiento. Y si vos pensás que es imposible saber lo que es el recto pensamiento lo decís por vos, reconociendo tu ignorancia. Que no puede ser trasvasada al Buda, ni a Jesús ni a nadie. Y si pensás que con esto no estás transgrediendo el recto pensamiento es que estás en el error, según mi percepción.

Desde mi perspectiva, que se adhiere al punto de vista de Buda y de Jesús, y aun, de Krishnamurti, dentro del uso cotidiano del lenguaje existe una manera de comunicarse que puede ser inteligible para todos, que excluye el error y la maledicencia, y por tanto excluye el pensamiento no recto. Esto sin dejar de comprender que los opuestos designados por las palabras son nada más que los extremos complementarios de una sola realidad. Esto hace que no se distorsione la verdad, que pueda ser separada la paja del trigo.

¿Qué puedo enseñar a los otros si tanto todavía tengo que enseñarme a mí mismo?. Esto lo escribí en alguno de mis libros, y sigo con eso.

En paralelo he de decir que tu trabajo tiene intuiciones geniales, hace ver cosas que difícilmente el común de la gente puede percibir. Se nota que estás apostando al amor, y el tratamiento que das al afán de poder que corroe a la humanidad es realmente impresionante. La fabricación de metáforas es vertiginosa, se desliza como una montaña rusa. Las palabras se desperdigan en un malabarismo prodigioso, hasta provocar un mareo por momentos, exigiendo una atención lúcida para poder comprenderlas.

Aunque el tratamiento que se le da a las palabras permite siempre dilucidar su sentido, que se presenta claro e inteligible con un poco o un mucho de esfuerzo, hay que decir que no es un planteamiento sencillo. Y no puede serlo por lo nuevo, por lo inédito, por lo paradójico, a lo que las mentes corrientes no están acostumbradas.

Si mi escasa aptitud para inventar metáforas me permite, diría que el libro puede ser parangonado a una ametralladora que escupe sus proyectiles incesantemente, con el explícito objetivo de destrozar cuanto blanco se alce ante ella, tratando de hacer añicos toda efigie, todo ídolo, todo emblema, todo amuleto, todo, todo, todo, apuntalando la indescriptibilidad de lo que se dice describir, es decir, lo absoluto.

***


Terminé de leer esta mañana tus Descripciones. Son las 17:00 horas, y heme aquí presto para hacer el comentario final de tu libro. Acabo de despertarme con la escena de un sueño impresionante que reconstruido por mi indigente memoria y no menos indigentes palabras, me muestra una pelota que viene de lo alto hasta el arco del equipo de Libertad, lanzado por el chute de un jugador que está por el medio de la cancha, y a varios jugadores de ambos equipos saltando simultáneamente con el arquero allí en la meta, haciéndose el gol, en el mismo instante en que veo al arquero del equipo de Libertad morir instantáneamente, mientras cae hacia el suelo, vibrando los espectadores por el gol, y yo perplejo preguntándome si el gol puede ser tenido como válido.

Muchas cosas, demasiadas cosas me hizo pensar tu libro. Este comentario se está volviendo casi demasiado largo, pero hay que seguir hasta el fin.

En lo fundamental te digo que no cambié de opinión, y estaba con la idea de Oscar Wilde que Cristian menciona en el prólogo de mi Yo Político que expresa que un buen bebedor no precisa beber todo el tonel de vino para cercioarse de que es excelente. Mi memoria atribuía esta cita a Nietzche, pero constaté que en ese prólogo Cristian cita otro dicho de este último, que al fin de cuentas no viene menos al caso que el anteriormente citado: Los buenos lectores hacen siempre mejor un libro y los buenos adversarios lo esclarecen.

Tu libro es un juego, es otra de las cosas que pensé. Un jueguito, no en el sentido peyorativo, sino cariñoso. De esos de computadora, que te gustan tanto. Es un entretenimiento, que, dependiendo del jugador, puede ser considerado excelente.

Entretanto, pone de manifiesto nuestra diferente manera de pensar por ahora, por cuanto la mía postula que es válida la tesis de vivir por siempre en el aspecto temporal, caminando por los infinitos meandros del tiempo. La vida para el ser humano es un camino. Un camino que no termina. Dentro del cual se experimenta la intemporalidad, que es de Dios, que pertenece a Dios. El tiempo que es relativo, al que hay que vencer como lo decís vos en tu libro (que es algo que había resonado en mi mente en una ocasión desde lo inconsciente: la clave está en vencer al tiempo); el tiempo, con su relatividad permite instalarse en infinidad de dimensiones, y hace posible la relación entre los seres humanos y la relación entre el hombre y Dios.

En la relación entre los hombres, y entre ellos y Dios, se da por supuesto que debe sobrevenir el reino de Dios, que Dios es el que debe reinar, con su justicia.

Esto impone como requisito la fe; no una fe ciega, sino la certeza de la verdad de que el recto pensamiento, el espíritu de la verdad, es el que construye toda realidad. Si Dios es un dios de posibilidades, todo es posible para Dios. Y también: todo es posible para el que cree, para el que tiene fe.

Esto también requiere la aceptación (que lo mencionás vos en tu libro). La aceptación de que lo que pase, que no esté en nuestro poder, que no terminamos de entender, que no está a nuestro alcance cambiar, forma parte de aquello que es mayor que nosotros (mayor que yo, Juan 14:28).

Aceptar vivir en el tiempo es una decisión heroica. Implica aceptar, ser consciente de nuestras propias limitaciones, que es en lo que consiste, en cierto sentido, la iluminación. Como alguna vez ya lo escribí.

Pienso que no lo entendiste bien a Krishnamurti. Es como si él te hubiera iluminado con sus palabras, pero ellas te hicieron ir mucho más lejos que él, en realidad, te apartaron de él. Él no excluye el tiempo de sus enseñanzas, no excluye la vida de relación, no excluye el proceso. Si vos leés, o releés atentamente su exposición, en su mismo Diario, vas a advertir cómo él se integra con “lo otro”, así como con cada ser que se presente ante la esfera de percepción de su conciencia. Tampoco él excluye el recto pensamiento y la recta palabra. Es más: Su enseñanza se ciñe en lo fundamental al budismo, al noble óctuple sendero del budismo, aunque pone énfasis en la recta atención, que desde luego se encuentra también en la doctrina de Cristo. A ninguno de ellos, ni a su doctrina él rechaza. Así se expresa: Todo hombre liberado alcanza la Verdad, como un Cristo o un Buda. Cristo y Buda son los nombres dados a hombres que han alcanzado la Verdad; no son los nombres de la Verdad misma. Así los que se apegan a esos nombres o a los hombres que han llevado esos nombres no encuentran la inmortalidad, y los que la encuentran no son sino aquellos que se han apegado a la Verdad.

El Buda presupone al Cristo. Y ambos a Krishnamurti.

Galileo presupone a Newtom. Y ambos a Einstein.

Lo que los predecesores descubrieron se encuentra implícito en lo que descubren quienes les suceden. Queramos o no, el tiempo existe.

De hecho hay una diferencia. Siempre hay diferencias.

El Buda sabía que renacemos, sabía que nuestros actos en el tiempo (nuestros pensamientos) tienen consecuencias, y sabía que el sendero tenía que ser recorrido con rectitud, por eso resumía su enseñanza en estas simples palabras: haz el bien. Jesús también lo sabía, aunque le diera un nombre diferente, la resurrección; sabía que en el tiempo las cosas funcionan de acuerdo con nuestros actos, de ahí las bienaventuranzas y los ayes; y su exhortación de buscar el reino de Dios y su justicia y la añadidura de todo lo demás.

Hay que aprender a ver las diferencias. Y las semejanzas. Esto es lo que le toca al hombre. Ahí está la Verdad. Ahora. Cuando se dice: El bien y el mal son hermanos siameses. Y no se pueden separar, es dable pensar que se habla sólo desde el punto de vista de Dios. Desde el punto de vista del hombre, que también es un punto de vista válido, hay que separar la cizaña del trigo.

Hay que mirar bien para no confundirse. Hay que poner la recta atención. ¡Y es tan fácil confundirse! ¡Y confundir a los demás!.

Valoro y comprendo tu intento de ver (que implica el intento de hacer ver) que todo en la vida, en su aspecto temporal, es un juego de opuestos. Pero según mi manera de ver, en tu exposición se pierde de vista el aspecto relativo del ser, que también es. Este aspecto se salva únicamente si se toma en cuenta la rectitud, y en demasiadas partes de tu trabajo vos demostrás que no te importa o no importa tomar en cuenta este principio. No hace falta ser demasiado perspicaz para comprender que en el sentido relativo, en el de la relación entre los hombres, no puede ser considerado rectitud la explícita denigración que se hace del ser humano, y más, de seres humanos que han comprendido la Verdad, que han sido conscientes de su papel en el tiempo, que han trasmitido lo que han podido constatar por sí mismos, instando a los demás también a hacerlo.

Una sola muestra basta para resaltar nuestras diferentes maneras de ver: Así escribiste: Jesús y los otros idiotas murieron al pedo: su sacrificio fue en vano. Lo siento amigo, sangraste por nada; sufriste por unos cuantos perros que al fin de cuentas se iban a pelear y morder y a destrozar entre ellos nomás luego. Lo único que les diste fue una excusa. Ya que ahora lo hacen en tu nombre, y en el de los payasos como vos. ¿Contiene esto verdad en el sentido en que debe ser tenido en cuenta en el aspecto temporal, en el aspecto de la relación entre los hombres y en el de la relación del hombre con Dios?.

Recuerdo de una vez en que, queriendo desacralizar mis pensamientos, un grupo de allegados se tomó conmigo pretendiendo ridiculizarme a causa de mis creencias en el maestro, enarbolando la tesis de que yo no quería admitir que la pija del maestro era grande. Entonces y ahora sustenté, sustento, que la procacidad, lo soez, no es un medio válido para mostrar inteligencia. Pese a que la inteligencia se encuentra desparramada, es la gracia que prodiga esto por doquier.

Las comparaciones son odiosas, dice Cervantes en el Quijote, pero a veces también son inevitables. No es que te equiparo in totum con aquellos que intentaron burlarse de mí. Tus intenciones son otras. Tu buena intención yo la percibo, pero pienso que no basta. En algún punto de tu exposición das un changüi a los maestros cuyas verdades, cuando son expresadas, siempre tienen el filo de la paradoja. Y Agregás que hay verdades que están reservadas a los hijos de Dios, que aunque suene estúpido, es cierto, ya que se encuentran vedadas a los cerdos ciegos. Y a continuación decís también: en la medida en que se comparte la verdad, es que ella es consolidada y justificada. Al hablar con verdad, el sí mismo se convierte en verdad: es la verdad. Y la verdad se prosterna ante esto. ¿Qué mejor manera de mostrar tus buenas intenciones?. En medio de las paradojas resplandece la verdad.

Pienso que la dualidad no se puede trascender colocándose a un solo lado de la balanza. Y aunque no concordemos, pienso que esto es lo que vos hacés. Aunque no te des cuenta.

Mas, como dice Borges, los desacuerdos enriquecen la realidad.

La gravedad en los términos postulados por Newtom no se contradice con la teoría de la relatividad de Einstein, sino que se complementan. Con ambas teorías se pueden explicar con verdad la realidad, aunque se diría que la de Einstein afina la puntería, enriquece a la primera y constituye un progreso en relación con ella. Igual se puede decir de la teoría geocéntrica y de la teoría helicéntrica.

Lo propio cabe decir de las verdades enseñadas por Buda y Jesús.

“Libre ya de impurezas no volverás a nacer ni volverás a morir”, dice el Buda en el Dhammapada.

“El que cree en mí, aunque muera vivirá; y si todavía vive, no morirá jamás”, dice Jesús, según el Evangelio de Juan.

“No volverás a nacer de la carne”, se diría de lo dicho por el Buda poniéndolo en el contexto de lo dicho por Jesús. Es el buen entendedor el que tiene que discernirlo, y el verdadero maestro es uno. Lo dicho por Jesús complementa y enriquece lo dicho por el Buda.

Ambos maestros están contestes en que hay que separar la cizaña del trigo. Así, dice el Buda: Confundiendo lo falso con lo verdadero y lo verdadero con lo falso, dejas de atender a tu naturaleza y te llenas de vanos deseos.

Este asunto de los contextos es algo crucial. El tentador, que es el ego, es por momentos más astuto que el sí mismo.

Pero ambos estamos trabajando. Infinidad de otras cosas se puede decir de tu libro. De hecho, escribí varios pensamientos en mi Agenda Cabal mientras estaba terminando de leerlo esta mañana.

Te transcribo algunos de ellos: “Afirmaste tu diferencia con Jesús: según él, para esto todos viven. Según vos, “lo absoluto mismo es finalmente destruido”. “El sí mismo y nadie, danzando juntos, contaron tu biografía”. “Se aprecia en tu obra una pirotecnia verbal impresionante. Pero no es mera pirotecnia verbal. Están allí tus sentimientos, tus deseos, tus miedos, tu impotencia, y la desesperación por afirmarte en tu ser, ese ser único incanjeable, singular, que se despliega como el hongo de una explosión atómica. Toda esa energía que es susceptible de transformarse en sencillez, tomando en cuenta la exhortación del Buda: La enseñanza es simple. Haz el bien. Sé puro. Al final del camino está la libertad. Ten un poco de paciencia”. “Cabría configurar tu libro como un intento de anonadamiento total del ego ante la inmensidad sobrecogedora de lo incognoscible”. “Lo que pensaba: te estás torturando infinitamente. A vos te hablás y decís: ¡Vas a reventar!”. “Le llamás el sí mismo al ego. Y, si eso te conforma”. “Tu libro es tu retrato. Lo que podría recomendarte, si me lo permitís, es que te releas. Te va a servir para que te conozcas mejor”. “El colofón es espectacular: la explícita confesión de tu ignorancia. Aunque: ¿es así?”.

Según mi percepción, las diferentes maneras de pensar que tenemos es sólo de matices. Pero los matices son importantes en la tarea de discernir la verdad, sobre todo si están en juego la vida y la muerte, si es cosa de vida y muerte.

Cuando yo te dije que ya estoy salvado o que ya estoy en el reino de Dios, que en cierta página vos lo mencionás sin nombrarme, lo que te quise indicar es que me he dado cuenta de que la decisión de vivir o de morir se encuentra enteramente en mis manos, en el sentido de que sé que tengo que aceptar conscientemente este hecho, como lo hizo Jesús, comprendiendo que mi voluntad conformada con la voluntad de Dios me permite conjugar la vida y la muerte en un solo haz inescindible con lo que experimento el sentido de totalidad que me es dado experimentar. Y yo he decidido vivir, venga lo que venga, pase lo que pase, sea lo que fuere lo que me acontezca, apostando a la verdad que se ha de desplegar en el seno de la infinitud, en las infinitas dimensiones espacio-temporales concebibles, sabiendo, teniendo la certeza de la verdad, la fe, de que es con mis rectos pensamientos que voy a ir construyendo “mi realidad”, en unión con Dios, y con mis semejantes. En cuanto al reino de Dios en que te dije que estoy consiste en la constatación de que respecto a mí las cosas van sucediendo sólo en medidas justas. Lejos estoy de haber logrado “la perfección”. Pero como yo te dije, y vos también lo decís en tu libro, siento que la perfección se da dentro de la unión con Dios. En esa instancia la vida y la muerte ciertamente “no se distinguen”, pero la posibilidad de ir purificándose, de ir progresando es un hecho. Este es el caso del proceso de la vida, del camino en que consiste la vida. Todos los maestros lo dicen, y uno mismo puede constatarlo. El yugo se vuelve más liviano cuanto más uno progrese, la cuesta arriba se vuelve cuesta abajo.

En fin, son más las cosas en las que concordamos que en las que no. Como también escribí en mi Agenda Cabal al correr de la lectura esta mañana: Algo que me llamó la atención es la extraordinaria aptitud que se advierte en vos para ver los pensamientos en el mismo momento en que son expresados. Como dije más arriba, se constata que tenés pasta para aceptar el desafío de vivir para siempre, sean cuales fueren las condiciones que la vida te depare.

Y como sé que es algo que te ha de gustar, y que también viene al caso, me propuse concluir este comentario con unas reflexiones escritas esta mañana en mi Diario, al terminar la meditación:

“Tengo que curarme. Tengo que curar a este cuerpo. Tiene que curarme el que tiene el poder: el señor Dios de los ejércitos.

Estos ejércitos de seres humanos sufrientes, dolientes, que como yo andan en busca de la salud y no la encuentran.

“Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3: 24-15).

Los israelitas miraban la serpiente de bronce, tras ser mordidos por ella, y vivían, se sanaban (Números, 21: 8-9).

La serpiente, símbolo de la virilidad, símbolo fálico, que en el Paraíso tentara a la mujer, debía ser pisada por ella en la cabeza con el correr del tiempo.

El Hijo del Hombre, nacido de mujer, nacido de la carne y luego del Espíritu de Dios, es el que debía sustituir a la serpiente.

La fortaleza del varón, necesaria en los orígenes; una fuerza bruta de origen animal, fue reemplazada por la fortaleza espiritual, de origen divino.

Así se van invirtiendo los valores, se van trasmutando.

El primero que nació genuinamente de Dios, previo nacimiento de mujer, pisoteó a la serpiente y fue puesto en su lugar.

Es Cristo. A Cristo es a quien hay que mirar para curarse, para salvarse, para vivir. Él es el espejo donde tenemos que vernos para sanarnos por el poder de la empatía.

Amigo: Cuando Jesús dice: “sólo por mí se puede llegar al Padre” está diciendo que con él se da inicio a la clarificación definitiva de que cada hombre tiene la posibilidad de vivir para siempre en el tiempo en unión con Dios. A no confundirse. De Dios no podemos prescindir. Aunque no nos guste esa palabra. Llamémosle como le llamemos, esto lo satura todo, y su ley es la justicia. Esta palabra, que dentro de su respectivo contexto expresa la verdad, prevalecerá con el tiempo. Si nosotros, míseros seres podemos hacer proyectos que se hacen realidad ¿Qué impediría que esto tenga un proyecto del que nos haga partícipes? Lo único que nos toca hacer, como bien lo decís en tu libro, es vivir con autenticidad, con verdad en el ahora, que todo lo demás se nos dará por añadidura. Trabajar es la consigna. El Padre todavía trabaja. Y yo trabajo. (Juan 5: 17). Penoso es el trabajo a veces, pero hay que hacerlo. La vida no es sólo entretenimiento. Aunque finalmente se constata que es sumamente entretenido vivir. ***


Algo más…Decídí agregar algo más a estos comentarios. Al final, la vida no termina, la vida continúa ¿no?.

Demasiadas cosas, de hecho, habían quedado en el tintero. Viejo dicho éste, de cuando se usaba la tinta. Hoy 14/01/2008. Ayer me olvidé de ponerle fecha a mis comentarios. Cosa sin importancia, ya que al recordar la fecha de hoy, podemos ubicarnos en el ayer.

Entre otras cosas, quería decirte que sabemos ambos que sólo somos instrumentos de Dios. O instrumentos de esto si preferimos llamarlo así. Al despertarme hoy a las 04:11 horas, resuenan estas palabras en mi cabeza: <<“Las Juntas conciliarán vuestra justicia”, refunfuñó Jesús>>.

Instrumentos somos de Dios, pero no instrumentos ciegos. No somos como la pala, o el machete, o la computadora, o toda otra herramienta inanimada que nos sea dado utilizar.

Tenemos una pizca de autonomía para ejercer nuestra libertad ante el mismo Dios. Tenemos la posibilidad de decidir entre el bien y el mal, entre hacerlo e incluso entre pensarlo o decirlo. Es cuestión de atender. Claro, ante la infinitud, en la eternidad ¿qué importa esto?. Pienso, y hay quienes piensan, que importa. Porque es en el instante dado que es dable decidir entre vivir o morir. Si el ahora es lo que cuenta para el ser humano, ahora puede decidir no morir. Lo que pase después no es de su incumbencia. Salvo que uno tenga miedo. Pero si esto se presenta, hay que asumirlo, hay que comprenderlo. Con la comprensión uno trasciende el tiempo. Puede sobrevenir la duda cuando todavía no se ha vencido al tiempo, cuando todavía no ha desarrollado la suficiente fe, pero si decidió no morir y trabaja para ello con el recto pensamiento, esto va a suceder, porque esto está sucediendo.

Los razonamientos no convencen a nadie, decía Chesterton. Pero esto es aplicable sólo en cierto contexto. Dada la totalidad, dada la complementación de los polos opuestos, los razonamientos también convencen. Es cuestión de entenderlo, de comprenderlo.

La belleza es peligrosa, dijo alguna vez Krishnamurti, según recuerdo haber leído, en una ocasión en que se encontraba ante el imponente espectáculo de la Naturaleza, quizás por cerca de los Himalayas.

Tu libro contiene belleza, sobre todo para el que quiere verla en las palabras. Es un juego de palabras principalmente. Es una pedrería fina que se derrama en bruto. Pero necesita ser pulida, así como el joyero pule la plata, para que el sabio vaya limpiándose poco a poco a sí mismo, lenta y armoniosamente, como dice el Dhammapada.

Si la belleza es peligrosa es menester atender al peligro. No es cosa de desatenderlo, porque el valiente no es el que se lanza ciegamente a la muerte, sino el que sopesa los riesgos y los enfrenta decididamente. Ahí está su libertad, apoyada en el discernimiento. Al fin de cuentas, como lo escribí en mi Agenda Cabal entre los varios pensamientos que anoté entre los que me suscitaron la lectura de tu libro, ser fanfarrón no equivale a ser valiente. Que lo diga Nietzche. Y también: La belleza es peligrosa. Mejor llamarla Narciso. Pero puede servir para conocerse a sí mismo.

Volviendo a Krishnamurti, pienso que la insistencia con que él se refiere al poder como la causa principal de la fuga que hace la mayoría de la posibilidad de vivir el ahora hace referencia explícita al deseo de poder cualquier cosa, incluso al deseo de poder ser Dios. Y pienso que tu planteamiento de total anonadamiento del ser humano en su aspecto temporal esconde tu deseo de ser sólo Dios. Es esto desde luego lo que yo vengo impugnando en tu trabajo. Aunque la brillantez excepcional del juego de opuestos se aprecia con nitidez en él, hay que verlo fundamentalmente como una catarsis, que ya es bastante. Así me hizo sentir en el ínterin de su lectura, por eso escribí: ¡Tanta pedrería! Se te perdona, es tu catarsis.

Visto atentamente estos comentarios y tu obra, pueden ser vistos como la competencia entre ambos para que prevalezcan nuestras respectivas imágenes de la realidad. Porque tu intento de romper imágenes, tu iconoclastia tiende a formar para vos tu propia imagen de la realidad. Porque el hombre no puede vivir sin imágenes. Necesita de las imágenes. Sólo puede vivir sin imágenes en el seno Dios. Lo cual conjuga sus aspectos temporal e intemporal que están en él de manera simultánea. Sólo Dios no necesita de imágenes. En realidad, Dios, esto no necesita de nada. Hay que ver la diferencia. Que no excluye la indiferencia.

Este asunto de las imágenes y la feroz lucha entre los hombres por causa de ellas es algo de larga data. “No te harás imágenes”, está escrito en Éxodo 20:4 y Deuteronomio 5:8. A pesar de lo cual los israelitas, en ausencia de Moisés, fabricaron el becerro de oro. Moisés tuvo que darles el arca de la alianza para calmar su sed de imágenes. En Constantinopla, la lucha entre los iconoclastas y los iconodulas llegó a tal ferocidad que en el año 797 la madre del emperador Constantino IV, Irene, dispuso que su hijo fuera cegado con hierro candente y encarcelado para que ella pudiera ejercer el poder. Todavía hoy se sigue discutiendo entre los varios sectores de los seguidores de Cristo si vale o no venerar a las imágenes.

La dificultad tremenda es, desde luego, la conciliación de los opuestos.

¿Qué significará la vocecita de mi demonio vertida hoy en mi mente: <<“Las Juntas conciliarán vuestra justicia”, refunfuñó Jesús>>. A cada uno de nosotros toca discernir (si queremos) en el marco de la libertad que innegablemente tenemos.

La palabra no es la cosa es el lema de Krishnamurti. No es, pero también es. Hay que tomar su dicho en el contexto. Él lo sabía, y de la enseñanza que impartió con palabras podemos inferirlo claramente. Un último pensamiento que te cito, de entre los que escribí ayer mientras leía tu libro: El ahora no es absoluto. Hay que saberlo.

Y con toda la modestia de que soy capaz (no con la humildad que me caracteriza, ja, ja, ja), te cuento que después de dormir de nuevo por media hora aproximadamente al terminar la práctica de la meditación esta madrugada, resuena en mi mente esta única palabra: Palabra. Que me hizo levantarme a escribir el saldo de estos comentarios que faltaban.

Chau.


EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND.

 

 

Documento facilitado por el Autor

Registro: Julio 2012

 



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