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HILARIO ORTELLADO JIMÉNEZ

  EL CASO ORTIGOZA - MEMORIAS DE UN OFICIAL PARAGUAYO, 1990 - Por CAPITÁN HILARIO ORTELLADO JIMÉNEZ


EL CASO ORTIGOZA - MEMORIAS DE UN OFICIAL PARAGUAYO, 1990 - Por CAPITÁN HILARIO ORTELLADO JIMÉNEZ

EL CASO ORTIGOZA

MEMORIAS DE UN OFICIAL PARAGUAYO

EL EJÉRCITO PARAGUAYO DOBLEGADO Y HUMILLADO

POR EL STRONISMO

Por CAPITÁN HILARIO ORTELLADO JIMÉNEZ

RP EDICIONES

Edición del libro: JUAN F. SÁNCHEZ

Tapa: CELESTE PRIETO

Asunción – Paraguay

Enero de 1990 (220 páginas)

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

            Cuando lo arrestaron para averiguaciones, aquel 20 de diciembre de 1962, el capitán Hilario Ortellado no imaginó que irían a comprometerlo en el affaire Ortigoza, torturarlo, que recuperaría su libertad sólo unos 8 años después, en 1970, fugándose del Paraguay.

            Ciertamente, el arresto del capitán Ortellado no revistió todas las formas de la legalidad pero el respeto a las normas no era una costumbre sólidamente arraigada en 1962 y, seguro de su inocencia, él pensó que la molestia no se prolongaría más allá de algunas horas (a lo máximo días) de arresto arbitrario. Sin embargo, los malos tratamientos que le dispensaron en las dependencias policiales, le permitieron comprender, al poco tiempo, que era víctima de una maquinación del gobierno: la conspiración del capitán Napoleón Ortigoza, inventada por el propio gobierno con el fin de someter a los sectores institucionalistas del ejército.

            De acuerdo con la versión oficial, publicada a partir de enero de 1963, se había descubierto una vasta conspiración, en la que tomaban parte el comunismo internacional, el partido liberal paraguayo, el líder colorado Epifanio Méndez Fleitas y numeroso oficiales, militares y civiles, como Napoleón Ortigoza (el "cabecilla"), su chofer, el sargento Escolástico Ovando, otro chofer, Domingo Brítez, los capitanes Hernán Falcón e Hilario Ortellado. Víctima de la conspiración, según la versión oficial, había sido un cadete del Liceo Militar Acosta Ñú, Alberto Anastasio Benítez, quien había sido asesinado por Ortigoza, Ovando y Brítez debido a sospechas de que pensaba denunciar la conspiración a las autoridades. Y así tuvo lugar una intensa campaña de propaganda gubernista que se proponía convencer a la opinión pública de la culpabilidad de los reos. La prensa sensacionalista y favorable al gobierno se adhirió a la campaña: la revista Ñandé publicó foto de una carta supuestamente enviada por los conspiradores pero nunca presentada en el proceso: Radio Comuneros lanzó una radionovela, Curuzú cadete, cuyo título tenía relación con el lugar en que, según la policía, fue ahorcado el cadete Benítez y donde, supuestamente, el alma del finado hacía milagros (el oratorio de curuzú cadete llegó a tener una gran popularidad).

            Esta campaña propagandística tuvo un efecto muy favorable al gobierno: insensibilizar a la opinión pública a los atropellos que se estaban cometiendo contra un número considerable de ciudadanos, civiles y militares, en las dependencias policiales. En efecto, como averiguación de la supuesta conjura, la policía torturó brutalmente a una buena cantidad de detenidos, sin que esto produjera mayor alarma. Desde luego, se sabía que la policía era brutal, pero esa brutalidad, para mucha gente, no significaba que la policía estuviera equivocada en las acusaciones de homicidio y conspiración contra Ortigoza y otros. La campaña, además, tranquilizó al ejército; mejor dicho, impidió que éste pudiera reaccionar en forma enérgica ante las violaciones del estatuto militar. Y, combinando astutamente la persuasión con la fuerza, el gobierno inició una parodia de juicio contra un buen número de personas. Para simplificar la larga y penosa historia, digamos que hubo dos procesos: uno por homicidio del cadete Benítez; otro, por conspiración. Como resulta del primer juicio, se dictó una sentencia de primera instancia, el 22 de julio de 1963, condenándose a Ortigoza, Ovando y Brítez a la pena de muerte por asesinato del cadete Benítez. Sin embargo, un padre franciscano, Josué Arketa, impugnó públicamente la justicia del fallo y, como el propio gobierno sabía que el sacerdote decía la verdad no ejecutó la sentencia. Una segunda sentencia hubo recién seis años después, el 18 de febrero de 1969, cuando el Superior Tribunal Militar y de Apelación; en curiosa sentencia, absolvía a Ovando y Brítez, ni condenaba ni absolvía a Ortigoza, condenaba a 4 años de cárcel a los capitanes Hernán Falcón e Hilario Ortellado, que ya había cumplido la condena en un malsano calabozo (en compañía de Ortigoza, Ovando y Brítez) pero que no pudieron obtener su libertad. Una tercera resolución, del 20 de noviembre de 1969, condenaba a 25 años de cárcel a Ortigoza, a 15 años a Ovando (Brítez había muerto en la cárcel), desconociendo la primera sentencia de segunda instancia en lo referente a las condenas de Ortigoza y Ovando y permitiendo suponer que los cuatro años para Ortellado y Falcón no habían sido aumentados, con lo que quedaban libres...

            Pero no fue así: el capitán Ortellado sólo pudo quedar en libertad en 1970, escapándose del país. La persecución contra los demás implicados en el affaire Ortigoza continuó, prácticamente hasta el 3 de febrero de 1989, cuando cayó la tiranía estronista.

            A partir del 3 de febrero, muchas cosas se han hecho públicas, como las declaraciones de la madre del cadete Benítez, quien afirmó que a su hijo se lo llevó de la casa la policía, y no Ortigoza, y que la policía se lo devolvió a la casa muerto. También aparecieron las declaraciones de un personero del dictador, Facundo Recalde, quien confesó haber presionado a la familia del asesinado cadete para declarar en contra de Ortigoza y otros. Estos testimonios, sumados a la presencia de nuevos elementos de juicio surgidos después del 3 de febrero, permiten pedir, con fundamento, una revisión del proceso y una rehabilitación de Hilario Ortellado y muchas víctimas de la persecución estronista. Permiten, además, aceptar con fundamento la versión que, a pesar de la censura, comenzó a circular en Asunción a partir del momento en que el padre Arketa impugnó  la validez de la condena de Ortigoza: al cadete lo mataron en la policía y, para encubrir el crimen tanto como para reprimir a la oficialidad mis idealista, se atribuyó el asesinato a Ortigoza. Resultaba más fácil, para el gobierno, hacer un escarmiento en la persona de alguien contra quien existían serias sospechas de asesinato y conspiración - sospechas infundadas, pero suficientes para servir a los propósitos del gobierno.

            Lamentablemente, las investigaciones sobre las irregularidades del caso Ortigoza no han tenido, hasta el momento, la seriedad y la celeridad deseables. Y es así que Ortigoza sigue en el extranjero, y que todavía se pretenden justificar los atropellos contra las víctimas de la supuesta conspiración preparada por la misma policía de Stroessner como pretexto para reprimir...

            De cualquier manera, estas memorias del capitán Hilarlo Ortellado, residente en el Uruguay desde 1970, son un testimonio impresionante de la arbitrariedad estronista. Escritas con la sencillez de un hombre que no pretende ser escritor, tienen la fuerza de la verdad. Con serenidad y con ingenio, su autor las fue componiendo en pedazos de papel; y clandestinamente, logró hacerlas pasar la vigilancia de los carceleros; fue capaz de compilarlas hasta formar el volumen que hoy se ofrece al público, para comprender y para denunciar una época siniestra.

 

            Aunque un prólogo tiene que referirse a un libro y no a un autor, pienso que, en este caso, la obra es inseparable de la dignidad y entereza de quien la escribió, y no quiero prologar estas sin rendir un cordial homenaje al capitán Hilarlo Ortellado.

 

            Asunción, 27 de noviembre de 1989

            GUIDO RODRIGUEZ ALCALA

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

            Amigo lector:

 

            Al correr de estas páginas entrarás por la puerta ancha que se abre al amigo para hablar con sinceridad de lo sucedido a un hombre, una familia y una sociedad, bajo el Régimen de barbarie de un tirano que hace más de dos décadas viene llenando de horror y lágrimas a la sufrida raza guaraní.

            No importa qué o quién seas, porque seguro estoy que cualquiera sea tu credo, creencia política y filosófica, siempre serás amigo de la libertad y la justicia. Con ello, es más que suficiente para gustar y comprender del comienzo al fin estas páginas que te esperan.

            Encontrarás pasajes detallados de:

            - torturas violentas del hombre, por hombres drogados, incentivados y bien pagados para el efecto;

            - reuniones dantescas de jerarcas ejecutivos de un Gobierno prostituido que hace acusar y escupir al rostro a un inocente entre whisky, cigarrillos y látigos;

            - la vida diaria en las mazmorras construidas especialmente para esconder del periodismo internacional a prisioneros políticos;

            - prisioneros que escuchan su sentencia de muerte encerrados en condiciones infrahumanas, sin ninguna oportunidad de defenderse;

            - hombres que mueren lentamente, encadenados, sin atención médica, bajo la desesperada mirada de sus compañeros impotentes;

            -  madre que, con el cadáver de su hijo en brazos, es maltratada por la policía del Tirano;

            - malos tratos premeditados de cancerberos instigados por sus propios superiores;

            - amores y versos desesperados de un prisionero y detalles de otros sucesos al correr de siete largos años que sufrió el autor, todo dentro del humano sentimiento, escrito en los mismos lugares de los hechos y, por sobre todo, completamente verídico, con nombres verdaderos de personas, lugares y momentos en que se ha desarrollado esta historia.

            Adelante amigo.

 

            El autor

 

 

 

APRESAMIENTO

 

            Comenzaba ese día el verano en la República del Paraguay del año 1962, el entonces Cap. de Cab. Hilario Ortellado Jiménez, Jefe de Personal de la 1ª. Región Militar, con asiento en Asunción, estaba tranquilamente en su despacho cuando fue notificado que debía concurrir al Gran Cuartel General, por un llamado urgente del Alto Mando, cosa algo rara pero no alarmante cuando se desarrollan normalmente. Esta vez no sucedió así, porque, apenas a minutos del aviso, se presentó el Tte. Cnel. de Rva. Arístides Campos con un transporte con varios soldados armados para acompañarme, síntoma evidente de un apresamiento. Si bien me causó desagradable sorpresa, acompañé con naturalidad y sin preguntas al que me invitaba a acompañarle. Ya por el camino procuré averiguar sobre motivo de este apresamiento insólito al saberme completamente seguro de no haber cometido falta ninguna de índole alguna.

            Pero mi acompañante se negó con cara de circunstancia ni siquiera me informó si estaba detenido, dando por toda respuesta que existía una orden del Comandante en Jefe - Gral. Stroessner- para procederse así. Llegado al Batallón Escolta Presidencial, en la oficina de guardia encontré de casualidad a mi hermano, Cap. de Inf. Francisco Ortellado, y que por entonces estaba a disposición del Comando en Jefe. Después de conversar un momento con él se despidió, prometiendo volver por allá para saber lo que estaba sucediendo, pues hasta ese momento todo era inexplicable. Minutos después, cuando era mediodía, fui conducido y encerrado en sucio calabozo a cargo de la policía militar.

            Antes de ser encerrado, el oficial de guardia me comunicó que estaba preso e incomunicado, además me dijo que debía hacer traer ropa civil para vestir. Con estos hechos comienzan las primeras disposiciones arbitrarias, pues, qué razones puede haber, para que un oficial tenga necesidad de vestir de civil para guardar arresto. Estas razones y/o móviles el amigo lector irá comprobando a medida que vaya leyendo este penoso relato ocurrido a un oficial del Ejército paraguayo en manos de la Policía del dictador Stroessner durante la era de violencia, cobardía e injusticia que corría entonces.

 

            JEFE INCAPAZ

 

            Es de notar que antes de ser detenido y recluido sin explicación, no he tenido ocasión de conversar con mi superior directo, que era el Cmdte. de la 1ª. Reg. Militar, General A. Cáceres, caso bastante notable, siendo lo normal que un oficial tenga la oportunidad de aclarar y defenderse ante alguna acusación que exista contra él y aclarar, si le es posible, cualquier duda que haya sobre su proceder, primero ante su superior directo, si éste último ha de proceder con caballerosidad y nobleza con su subordinado. En este caso, no sucedió nada parecido, porque el comandante Cáceres se ha sentido incapaz de ejercer su legitimo derecho y con ello el de su subalterno, que pierde así su más preciada oportunidad de defenderse antes de ser torturado, como es la norma impuesta por el jefe de Policía Central, Ramón Duarte Vera, sea inocente o no el acusado.

            Cualquier persona que ha ejercido cargo de responsabilidad con personales sabe que el subalterno cifra siempre gran esperanza en su superior en todas circunstancias de su vida, sea de índole profesional y/o privada inclusive. Esto, porque de la reciprocidad de apoyo y confianza depende la mancomunión de fuerza y tranquilidad que hace fuerte a las instituciones y la sociedad.

            Cuando los hombres con responsabilidades son incapaces de defender en lo más mínimo a sus subordinados y tratar de averiguar la verdad de la acusación que pesa sobre él, es que la moral ya no existe y por tanto se desmorona cuanto pueda quedar de bueno alrededor de tan inútil personaje. Este tipo de jefe me tocó en suerte cuando fui apresado y recluido a un calabozo, sin poder siquiera preguntar el motivo, ni de qué se me acusaba para tan arbitrario procedimiento. Porque es lógico que, si el más interesado, en este caso el superior directo, no hace los pasos necesarios para saber noblemente la verdad, otros personajes tendrán menos consideraciones, ya que no me une a ellos relación y conocimiento alguno para llegar a dilucidar la duda existente.

            De esta manera, desde el primer instante quedé en manos de desconocidos sin ninguna oportunidad de defenderme, y fui arrastrado por torbellinos sucesivos de violencia y arbitrariedades hasta el final.

 

            CON LA CAMARILLA STRONIANA

 

            A las 21.00 horas, aproximadamente, de ese mismo día viernes 21 de diciembre, fui conducido con fuerte escolta al Departamento Central de Policía de la Capital donde me enfrenté a un pleno de jerarcas gobernantes, que supongo se habían reunido expresamente para escuchar mi declaración sobre la supuesta falta de que me encontraba sin conocimiento alguno hasta hacerme la primera pregunta del caso esa noche.

            Estaban reunidos en el despacho del Jefe de Policía los siguientes:

            El jefe de la institución, Cnel. Ramón Duarte Vera: jefe de Investigaciones, Alberto Planás; Jefe de E.M., Gral. Leodegar Cabello; Sub. Jefe E.M., Gral. Marcial Alborno, Cmdte. R.I. 14, Gral. Patricio Colmán; Cmdte. Batallón Escolta Presidencial, Carlos Fretes Dávalos: Mayor Art. Rva. Pedro Mieres, este último adepto personal de Stroessner; Cmdte. de la 1ª. Región Militar, Gral. Antonio Cáceres; Jefe del Tribunal Militar, Domingo Palau; el agregado militar en Argentina, Gral. Germán Martínez; el edecán militar de Stroessner, Mayor José M. Argaña; secretario privado de Stroessner, Peralta Arellano; el subsecretario del Ministerio del Interior; y los tres próximos torturadores personales, a saber:

            Jefe de Política, Insp. Víctor Martínez;

            Insp. de Policía Rigoberto Fernández;

            Insp. de Policía Raúl Riveros Taponier.

 

            El ambiente que llenaba esta reunión era amenazador y desprovisto de toda formalidad institucional, en vista de la heterogénea clasificación general desde cualquier punto de vista, y para más se me obligó a presentarme en mangas de camisa de civil. ¿La razón? Ellos ya sabían que me iban a torturar. ¿Yo? No sabía aún ni para qué me habían llevado hasta ahí.

            El recinto era reducido para tanta gente calificada que querían estar cómodos en la platea. Una vez adentro me indicaron un banquillo del centro para sentarme. Ante este hecho por demás sorpresivo para mí, por lo anormal de la situación, tuve una sensación de incertidumbre y dudé de mi comportamiento inmediato respecto a tanta gente conocida, todos con rostro de circunstancia, sumamente grave. No obstante, reaccioné enseguida y saludé a todos en general, saludo éste que cayó en el vacío del silencio absoluto de todos, signo evidente que existía antes de comenzar un pre juzgamiento en el consenso de todos los reunidos, aún antes de la primera pregunta que me iban a hacer.

            Reinó un silencio presagioso durante demasiados segundos, pues todos callaron cuando entré y siguieron en silencio para no contestar mi saludo.

            Después de notorias indecisiones de iniciar alguna pregunta por parte de Leodegar Cabello, en visible estado etílico Duarte Vera tomó la "voz cantante y desde ese momento ya valía lo que solamente él decía para todos los presentes.

            La indagación fue una sola pregunta y más que pregunta fue una acusación reafirmada de que estaba participando en esos días en una conspiración contra Stroessner y que se desarrolló textualmente así: "Capitán, sabemos positivamente que anda metido en una conspiración con otros camaradas del Curso de Aplicaciones que venía siguiendo, y ahora, nos va a contar detalladamente sus actividades, de no ser así, no respondemos por lo que pudiera pasarle en el Departamento de Investigaciones".

            Me levanté para responder a la pregunta, mejor, a la acusación que me hacían. Todos se pusieron inquietos cuando me levanté, pero algunos reaccionaron y en forma despectiva, casi burlona, me insistieron para que contestara sentado, por supuesto más incómodo sicológicamente para un oficial de más de veintitrés años continuados de servicio. Contesté la verdad diciendo:

            - Me doy cuenta de la gravedad de la acusación que se me hace, pero me es absolutamente imposible contestar nada al respecto, por desconocer totalmente cuanto me pregunta y, de haber sabido algo, ya lo hubiera informado a tiempo a mi superior directo aquí presente".

            Ante esta respuesta, el general Cabello, reaccionando algo de su estado etílico, comenzó con otra serie de amenazas en tono subido y arrastrando las palabras. Insistió repetidas veces que haga una declaración de la conspiración, que solo existía en la mente paranoica de Stroessner y ellos no hacían otra cosa que tratar de justificarla inventándola. Al terminar éste último, después de abarcar a todos los presentes con la mirada, volví a repetir mi desconocimiento del asunto y, con profunda tristeza en el espíritu, guardé silencio.

            El general Antonio Cáceres tomó la palabra, diciendo una serie de ambigüedades sobre mi pasado que no venían al caso, todos negativos. ¡En qué momento! Así me dio el empujón final, limpiándose las manos y echándome indefenso en manos de la violencia que comenzaba desde ese instante. Así fue el pobre comportamiento de este sujeto, que en vez de callar, me dio una dentellada de hiena para defenderse.

            A esta altura de los acontecimientos, saltó prácticamente de su asiento el acordonado edecán de Stroessner, mayor artillero José M. Argaña y, dirigiéndose a mí, comenzó una serie de improperios y amenazas de torturas en los siguientes minutos, haciendo gestos desmesurados, desmanes de escupirme en la cara, como un vulgar desequilibrado mental, dando el espectáculo final a la reunión de la camarilla.

            Acto seguido fui entregado a los torturadores, que con el nombre de sumariantes policiales, se constituirían más adelante en torturadores permanentes hasta el fin.

 

            CON LOS TORTURADORES

 

            El primero en aparecer fue el Insp. Rigoberto Fernández, ya en su oficina ubicada entonces contigua a la cámara de torturas, en el Dpto. de Investigaciones, Sección Robos y Hurtos, en la esquina de las calles Nuestra Señora de la Asunción y Presidente Franco. Este comenzó con la misma pregunta que hiciera el jefe de Policía y una larga serie de amenazas de torturas y violencia que podía terminar en la muerte, ya que tenían "carta blanca" de Stroessner para proceder así sea cual fuere la consecuencia. A continuación me instó a hacer una declaración escrita de la supuesta conspiración, citando a todos los participantes. Le contesté igualmente la verdad de mi desconocimiento sobre lo preguntado. Seguidamente apareció el Insp. Víctor Martínez, repitiéndose la misma pregunta, las mismas amenazas con algunos pretendidos consejos que, por interesados y falsos, fueron rechazadas con mi silencio. Entonces apareció el Insp. Raúl Riveros Taponier, que en forma intempestiva entró en el despacho expresándose en estos términos: "DÉJEME MARTÍNEZ CON ESTE GALLITO, QUE YO AQUI CON LOS MUCHACHOS LE HAREMOS DECIR LO QUE NO QUIERE CON NUESTRO MÉTODO MODERNO".

            Desde este instante ya no hubo conversaciones y entró a tallar la violencia que describiré hasta donde recuerdo: entraron detrás de Riveros Taponier como cinco o seis torturadores más y comenzaron a golpearme con los puños y los pies. Después de caer ensangrentado al suelo, me ataron los pies y las manos por detrás y me arrastraron a la cámara de tortura. Serían aproximadamente las 02.00 horas del sábado 22/XII/62, cuando me tiraron a la pileta de agua sucia para seguir allí la tortura. Entre todos me apretaron bajo el agua, uno de la cabeza, dos de los hombros, otro con el pie sobre el pecho, otro sobre el abdomen, mientras varios se turnaban para flagelarme en la planta de los pies con cachiporras de goma. Esta violencia siguió, no puedo decir cuánto tiempo, pero para mí fue interminable.

            Cada vez que me alzaban la cabeza escuchaba los gritos desaforados de todos juntos, carcajadas, risas sarcásticas, una radio a todo volumen que ponían como cortina para apagar los gritos que profería contra ellos por el dolor del flagelamiento. Lo que entendía es lo que repetían cada instante. Era: "DECLARE CAPITÁN, DE LO CONTRARIO VA MORIR AQUI". Esta frase seguía golpeándome constantemente, mientras sacaba agua sucia por la boca y nariz, la fuerza de resistir me iba abandonando rápidamente, pero ya no podía decir nada, pues en ese ambiente dantesco ya no se entendía nada y... perdí el conocimiento.

            Cuando desperté todo giraba alrededor, y volví a escuchar los mismos gritos, las carcajadas, la radio y muy cerca mío un personaje con bata blanca, más tarde supe su nombre, era un tal Yampey, practicante del Policlínico Policial. Estaba tendido en el suelo, desnudo, sin fuerza para levantarme, ensangrentado, dolorido totalmente, apenas podía respirar, no entendía los ruidos por el agua de los oídos. Traté de incorporarme y con muchos dolores apenas pude quedarme sentado. Observé a los que me rodeaban y pude reconocer a los tres inspectores de policía ya mencionados, más el Sub-Com. Régulo Sánchez, oficiales Zayas, Díaz, Lucio Benítez*, Gibaldi y Paoli.

            Alguien me ayudó a ponerme de pie, con la planta de los pies destrozada, no era para otra cosa sino para que Riveros Taponier pudiera darse el lujo de pegarme parado, volví a caer por el golpe inesperado y entonces todos los presentes contribuyeron con una patada o puntapié contra mi cuerpo; me cubrí la cara en espera del final, alguien gritó y aquello terminó entre carcajadas de los torturadores que me levantaron y me depositaron sobre un banco de madera en un corredor cercano.

            Desde este lugar fui testigo presencial de la tortura del capitán de Infantería, don J. Bautista González, por los mismos personajes. A este camarada ya lo vi cuando se había desmayado y lo sacaban de la pileta a depositarlo en el suelo, rápidamente Yampey le aplicó una inyección, seguramente estimulante para el corazón, y lo llevaron de urgencia en una ambulancia. Fue la única y última vez que lo vi a este excelente compañero y amigo. Me preguntaron si le conocía, dije que sí y que sabía que tenía problema cardíaco y no podría soportar otra sesión de tortura.

            Cuando terminó la tortura de este compañero, volvieron a mí para arrastrarme hasta la Jefatura de Policía, donde seguía la camarilla stroniana esperando mi declaración "VOLUNTARIA", como dijeron después.

            Una vez nuevamente ante ellos -algunos se habían ido-, me di cuenta que todos eran mis enemigos y pobres títeres bajo la voz de mando de Duarte Vera que seguía llevando la voz cantante.

            Como la situación no había cambiado nada para mí, la pregunta seguía siendo igual, la intención la misma y el ambiente peor, pues habían pasado muchas vueltas de whisky y cafecito, más la espera había enardecido los ánimos; me pareció mejor guardar largo silencio, observándolos a cada uno para recordar quiénes eran. Al final del silencio largo, pedí me dieran unos calmantes para mis dolores. El único que seguía vociferando insultos fue José M. Argaña, mientras yo apenas podía mantenerme, con mucho esfuerzo, sentado en la silla, atajándome del respaldo.

            Serían como las cuatro de la madrugada cuando me llevaron de vuelta al calabozo de la policía militar en el Cuartel General, donde pasé, tirado sobre un camastro sin colchón ni otros enseres, todo ese día sábado, sin poder moverme a causa de los intensos dolores en todo el cuerpo. No me trajeron nada de comer, ni de obligación. A la tarde pedí un mensajero para avisar a mi familia y pedir algunas ropas livianas, ya que la que tenía puesta estaba inservible y con mucha sangre en todas partes. Envié el mensaje diciendo a mi esposa que estaba bien y que no se preocupara. No creía sinceramente que aquello pudiera durar mucho tiempo, sabiéndome inocente de los cargos que pretendían aceptara a la fuerza.

            Todo ese día, largo y doloroso, pasé haciéndome miles de preguntas, hipótesis y pensamientos para tratar de adivinar de dónde surgió tan tremenda situación sin haber hecho nada al respecto.

 

(*) Nota: Posiblemente se trate del tristemente afamado Lucilo Benítez.

 

            GUARDIA DE SEGURIDAD.

 

            En la noche del domingo 23-XII-62 fui trasladado a la Guardia de Seguridad, en el barrio Tacumbú, donde quedé alojado en otro calabozo de inhumanas condiciones por la suciedad y el calor reinante. Sin embargo, me trajeron algo para comer, pues hacía casi tres días que no comía ni pedazo de pan.

            Así es el trato que le dan a un oficial del Ejército apenas que Stroessner tenga una ligera duda sobre su culpabilidad, más aun si le ataca su mal paranoico. Este calabozo no era otra cosa que un pequeño depósito de leña anexo a la cocina, así que el calor era doble, porque la puerta daba al oeste, y en horas de la tarde se volvía insoportable. Allí habría de pasar los peores días del verano y los momentos más desesperantes, entre torturas y torturas.

            Al día siguiente pude observar que también estaban prisioneros los siguientes jefes y oficiales (S.R.) y otro del cuadro permanente de servicio activo: Mayor D.E.M. José Tomás Núñez; Cap. de Artillería Geraldo Osta Mendoza; Cap. de Artillería Eladio Gómez; y Cap. de Infantería Hernán Falcón, éste último de servicio activo. Todos estaban en piezas separadas en carácter de incomunicados.

 

            NOCHE BUENA DE TORTURAS

 

            Ese lunes 24, a media mañana, aparecieron el trío de inspectores de policía torturadores, quienes, después de deliberar por largo tiempo, se acercaron de a uno y nuevamente comenzó la serie de amenazas de muerte con tortura que me esperaba esa noche de no aceptar totalmente lo que me proponían en ese momento. Reiteraron repetidas veces que tenían expresa autorización para seguir con la tortura de parte del general Stroessner, hasta conseguir su objetivo y que era crear una conspiración inexistente para poder acusarme de ello.

            Para el efecto me presentaron un sobre cerrado que tenía mi dirección postal, diciéndome bajo amenaza que debía abrirlo. Así pensaban crear una prueba, sobre una supuesta carta que yo había recibido del capitán Ortigoza por medio de un cadete del liceo militar.

            Esta hipótesis hacen ellos sobre la cual tratan de armar una supuesta conspiración. Argumento pobre y ridículo para estos tiempos modernos y la experiencia que todos tienen en este país en materia de comunicaciones confidenciales. Sobre la hipótesis de haber recibido una carta y que debía confesar lo que decía fue la tortura del viernes pasado. Pero, a pesar de las torturas de varios oficiales hasta ese momento seguían igual sin poder obtener clarificación ni confirmación.

            Pero para los torturadores no hay nada difícil: recurrieron sencillamente a mandar hacer por el Cap. Ortigoza una carta y me la llevaron para que la abra, así presentarían la carta dictada por ellos mismos y escrita por Ortigoza como verdadera y confirmarían el primer eslabón de la hipótesis.

            Mi negativa de recibir y abrir la carta para la prueba fabricada, me valió esa noche otra violenta y vengativa tortura, con participación personal de los tres directores de ejecución: V. Martínez, Fernández, Riveros Taponier, el general Patricio Colmán y una caterva de ayudantes. Renovaron sus amenazas repetidas estos tres torturadores y se retiraron "muy ofendidos", según sus manifestaciones.

            Con este precedente y mientras el mundo cristiano festejaba al Niño Dios nacido en Belén para traer paz y alegría a los hombres, yo era conducido con ulular de sirenas por las calles de Asunción, rumbo a nuevas torturas.

            Esta vez era que yo debía confirmar declaraciones de otros oficiales que también fueron sometidos a interrogatorios bajo violencia. Pero, según ellos, "VOLUNTARIAMENTE". Querían que dijera algo a la reunión de la camarilla stroniana que nuevamente estaba reunida para escuchar mi declaración, ya que a pesar de las torturas a varios capitanes desde hacía varios días atrás, no habían podido coordinar la disparatada hipótesis que inventaron con mente incapaz y enfermiza.

            Esta hipótesis se venía repitiendo cada día en la cámara de tortura a todos los oficiales víctimas, intimándoles que después la repitieran en la reunión de los generales. El coordinador permanente era Raúl Riveros Taponier, quien era el que participaba en todas las torturas realizadas.

            Esa noche me recibió el general torturador Ramón Duarte Vera, con la visible intención de llevarse el galardón de mi declaración "pacífica". Pero los argumentos que esgrimió en toda ocasión, como en ésta, fueron tan pobres y repugnantes, como: la forma que había hecho declarar a guerrilleros, cómo habían muerto durante las torturas dirigidas por él, todas estas historias reales y ficticias me contaba para atemorizarme. No obstante, la conversación duró poco tiempo, en vista de no conseguir su objetivo, empezó con el único método en que era práctico. Subió de tono la discusión y se convirtió rápidamente en amenaza de muerte bajo tortura si no declaraba como él quería. Así terminó abruptamente la reunión y ya llamó a gritos a los torturadores que estaban esperándome afuera.

            Comandaba el grupo de torturadores el infaltable R. Riveros Taponier, quien me recibió con cínica sonrisa, diciéndome: "Así que no quiere recibir carta, no quiere abrir, no quiere contar nada. Veremos al final de la noche si no cambia de parecer, después de jugar con nosotros, tus amigos".

            Cuando fui entrando hacia la cámara de tortura, sería casi la medianoche y cuando me vieron el resto de torturadores que esperaban allí, noté demasiada alegría insana en el comportamiento de todos ellos. Algunos cantaban, saltaban, reían haciendo calentamiento para entrar en acción contra mi persona. Verdaderamente sentí temor ante este espectáculo anti-natural, pues, es de suponer que torturar no puede causar alegría a nadie; sin embargo, eso sucedía allí aparentemente. Me di cuenta enseguida que era efecto del whisky y del café que tenían a discreción allí para tomar y tomar falso coraje, seguramente también para embotarse el pensamiento ya que esa noche para todas las familias paraguayas era Nochebuena; sin embargo, aquellos torturadores estaban allí para cometer el cobarde delito de lesa humanidad contra un inocente, contra quien nada tenían en lo personal.

            En esta ocasión, ante tantas amenazas de todos y cada uno de los torturadores, no opuse resistencia alguna al inicio de la tortura, además no me había recuperado todavía en fuerza de la otra violencia. Me encomendé en silencio al milagro del Niño Jesús y dejé que la tortura siguiera su curso, dispuesto a cualquier fin.

            Sin embargo, miles de pensamientos me asaltaban para poder salvar la vida de manos de esta caterva de seres anormales, incentivados para este delito y ofuscado alguno por la resistencia que venía ofreciendo para vencer mi voluntad.

            Después de sufrir los primeros golpes y descarga eléctrica en la pileta de agua, atado siempre de pies y manos, escuché los gritos de siempre de: "¡DECLARE CAPITAN, QUE SI NO VA A MORIR AQUÍ!", cantinela que ya iba haciendo flaquear mi voluntad, pues fuerza física ya no sobraba para luchar contra tanta fuerza y los elementos de violencia.

            Se me ocurrió una estrategia de torturado con el fin de ganar tiempo saliendo aunque sea por un rato de la mano de estos torturadores que pensaban esa noche llevar a cabo una venganza personal contra mi resistencia, por lo largas que fueron las distintas amenazas desde los más encumbrados hasta el más pintado de la camarilla stroniana. Con este pensamiento fijo y antes de ser ultimado, acepté concurrir ante la camarilla para decir algo importante, no expresé allí lo que diría, yo sabía que era una forma de hacer tiempo, nada más.

            Enseguida hubo llamados telefónicos, con aires de victoria para los torturadores, informando a Duarte Vera mi conformidad de declarar ante los que estaban reunidos en representación del tirano.

            Fui llevado enseguida de vuelta a la Jefatura de Policía, donde al entrar noté que allí también estaban de festejo, con whisky y otras bebidas alcohólicas dispersas en todas partes, cantidad de colillas y tazas de café. Ante este antro de prepotentes y cobardes reunidos en son de festejo, pensé en mi esposa y mis hijos, como los hijos de los que estaban allí, que seguramente en su inocencia dirían: "Mi papá, pobre está trabajando", sin saber que ellos se dedicaban a torturar inocentes como ellos. Por ello y todos los inocentes violentados recé una protesta a Dios por todos aquellos de todos los tiempos. Estos pensamientos me pasaron vertiginosamente mientras observaba a los allí reunidos, que paso a describir.

 

            LA CAMARILLA ANTE UN TORTURADO

 

            Es digno de describir el ambiente de miedo, tensión nerviosa y desconfianza reinante en este grupo de jerarcas serviles de Stroessner cuando la voz cantante hacía la pregunta y la respuesta se demoraba por mi parte. La voz cantante era de Duarte Vera y apenas de quedarme parado en el centro de la reunión, vino la pregunta de siempre y la combinación de declarar. Mientras tanto, me dediqué a observar a cada uno de los presentes, sacando la siguiente conclusión:

            LOS MIEDOSOS, miraban con ojos sorprendidos a los más "capos", como suplicando que no desconfíe de él porque yo le había mirado bien.

            LOS PREPOTENTES mantenían el rostro altanero con aire de perdonavidas.

            LOS CINICOS mostraban su sonrisa forzada y despectiva, dándose aire de tranquilidad, que lejos estaban de sentir.

            LOS TORPES mostraban su cara de circunstancia para apoyar cualquier moción de otro, porque ellos nada podían pensar ni opinar por su propia condición natural.

            LOS INCAPACES, que viene a ser mayoría, se hacían los indiferentes ante los acontecimientos y estaban allí, más para cumplir orden o evitar que se dude de su lealtad, sin interés que se haga justicia o no a sus semejantes.

            LOS INTERESADOS, que forman el jefe de policía y todos los torturadores, particularmente Riveros Taponier, que siempre decía la última palabra en todas estas reuniones y torturas de todos y cada uno de los acusados.

            Este bárbaro torturador hacía y deshacía como quería todo el merengue de supuestas declaraciones hechas por él mismo a los torturados para que, después, en la desesperación, se repita. Hacía promesas de toda laya para engañar y tratar de hacer coincidir una o dos declaraciones supuestas.

            Con esta treta de decirle a los torturados lo que debían de hablar o declarar para suspenderle la tortura, consiguió engañar a toda la camarilla y a Stroessner que existía una conspiración y que él solo la descubrió.

            La pregunta e instigación que me hiciera Duarte Vera de declarar no tuvo valor, porque les dije a todos los presentes que había firmado un papel al borde de la pileta de tortura y que suponía habría de ser mi declaración, y que no tenía nada que decir.

            Allí saltó Riveros Taponier sin pedir permiso a los generales y ministros presentes para proferirme unos insultos y amenazas por lo que acababa de decir. Así, con prepotencia personal, atemorizaba a los propios generales del régimen stronista y hacía cuanto se le daba en gana a cualquier miembro de las FF.AA. de la Nación. ¡Qué ironía! La dignidad del glorioso verde olivo del Ejército paraguayo, pisoteado por un cobarde torturador de la policía, que a nombre de Stroessner ha cometido los más brutales atropellos a los derechos humanos y a la Constitución Paraguaya, obligando a base de tortura a inocentes a firmar declaraciones contra sí mismos por salvar la vida.

            Durante mi permanencia ante la camarilla stroniana, las preguntas de algunos generales y mi contestación fueron varias veces cortadas violentamente por la intervención de Riveros Taponier, para decirme: "¡Cuidado con decir macana porque volverá conmigo a la pileta!". Estas expresiones las usaba campante en presencia de toda la reunión de supuestos generales del régimen, que así quedaban como simples monigotes sin voz ni voto para decir "esta boca es mía" siquiera.

            Al final, me di cuenta que el único que mandaba allí era el torturador y que los demás, por el temor reinante, no eran nada, de esa manera decidí no intentar informar nada para mi defensa mientras dure la tortura y este personaje tenga atribución de vida y muerte sobre mí por orden del tirano Stroessner.

            En conclusión, la camarilla stroniana venía a ser en este caso una figura decorativa que servía de marco dorado de alcohólicos para que la policía y los torturadores hagan lo que quieran con los gloriosos oficiales del Ejército Paraguayo, contra toda legalidad del orden constituido por las leyes militares y los derechos naturales de los seres humanos.

 

            MAYOR VIRGILIO CANDIA - OTRA VÍCTIMA

 

            La misma madrugada de Nochebuena, a la vuelta a Guardia de Seguridad y cuando iba al baño, vi al mayor Virgilio Candia sentado en el corredor y soplándose con frenesí con una pantalla de karanda'y, debido al intenso calor reinante a esa hora en sus calabozos. Nos saludamos desde lejos mutuamente, haciendo algunas bromas circunstanciales sobre los "baños nocturnos" o torturas de donde venia yo a esa hora, y él a la incómoda situación en que se encontraba.

            Así fue la Navidad del año 1962, llena de barbarie, orgía de torturas y borracheras. Lágrimas amargas de esposa e hijos, de padres inocentes arrancados de sus hogares por las malas autoridades de un régimen de prepotencia, y que ve enemigos en cada esquina de las calles. Producto psicológico mismo de las arbitrariedades que viene cometiendo desde tiempo atrás en perjuicio de los sagrados derechos humanos del sufrido pueblo paraguayo.

            La fuerza de represión encargada de la seguridad del tirano ve en cada gente honrada un enemigo, ya que los que forman la claque gubernativa no son más que un grupo de incapaces que comulgan una sola hostia y están manejados por la misma cadenita de los serviles, por ende, se sienten en constante peligro ante el pueblo que los contempla acusador.

 

            MILICOS SUMARIANTES

 

            El día jueves 3 de enero apareció recién en escena el mal llamado sumariante militar, acompañado de un ayudante. Eran el Cap. Velázquez y el Tte. Flores. Se instalaron en la puerta de mi calabozo y con gesto de pocos amigos manifestaron su misión de sumariante del tribunal militar.

            Después de las preguntas de forma y antes de entrar a los de indagación, este pobre mandadero me pasó un papel escrito por los torturadores policiales, intimándome que debía forzadamente declarar como estaba escrito en el papel si no quería volver a ser torturado.

            Después de leer lo escrito en el papel le manifesté que todo cuanto decía allí yo nunca había hecho ni dicho ni siquiera bajo tortura y que personalmente me era imposible declarar así.

            Me contestó textualmente lo siguiente: "Si Ud. no declara así como está en este papel volverá a ir a parar en la pileta de tortura esta noche y yo, por deber de conciencia, le aviso de este peligro".

            Le hice entender que entonces él no quería mi declaración sino que le firmara la monstruosa mentira inventada por la policía, obligándome a declarar contra mí mismo por la fuerza y amenaza de muerte por violencia, que es lo que se enfrenta cada vez en las torturas policiales.

            No obstante estas manifestaciones, confirmó su posición, por ser una orden expresa de Stroessner que se proceda así, a pesar de su conciencia y deber.

            Ante esta alternativa única y sabiendo no tener garantía ninguna de vida, decidí ser: "CULPABLE VIVO, QUE INOCENTE MUERTO.

            Así se llevó a cabo esta farsa de declaración por el juez Velázquez, que no fue sino otro más de los tantos torturadores que con uniforme de capitán del Ejército vino a cumplir una triste misión impuéstale por Stroessner, sirviendo de campana repetidor el presidente del tribunal militar, el general Domingo Palau y como mudo testigo el teniente Flores.

            En realidad, fue un acto secreto entre estos dos visitantes y yo, pues no había nadie más presenciando o escuchando lo que decíamos.

 

            TERCERA SESION DE TORTURAS

 

            Comenzó a media mañana del día viernes 4 de enero de 1963, con la presencia ante mi calabozo del trío de torturadores de la policía. Esta vez decían que para investigar una supuesta pérdida de armamentos. Llegaron los tres al mismo tiempo y empezó Rigoberto Fernández con sus acusaciones, pues estos "inteligentes" no hacen preguntas, sino hacen directamente acusaciones. Mi respuesta no le satisfizo y se retiró, dijo, muy indignado. Los otros dos, mientras, ofrecían sus caras de circunstancia con risitas irónicas, las causas de estos gestos nunca supe, pues en esas ocasiones solemnemente angustiosas para mí, no eran nada propicias al parecer para esos gestos. Bueno, tratándose de personas normales. Pero, como estos tres no lo eran, lo que pasaba ya parecía normal en cualquier ocasión.

            Siguió Víctor Martínez con los mismos métodos del anterior, con distinto tono, que pretende ser amigable para tratar siempre de impresionar con sus amenazas y falsas promesas, buscando siempre su objetivo que era mi autoacusación en este nuevo y desconocido caso para mí. Al poco tiempo, también éste se retira reiterando su amenaza de torturas en vista de no conseguir nada.

            Por último, corno siempre, intervino el más sádico de los torturadores, Raúl Riveros Taponier; este personaje en realidad no sabe siquiera conversar, sino amenazar con palabras hirientes para la personalidad humana, que no caben en estas hojas por ser en toda su extensión ofensivas para la clase humana en general.

            Siguió largos momentos con burlas contra mi resistencia y lo que me pasaría al final de la tortura de la noche.

            En apretada síntesis trataré de describir el estado de ánimo en que me dejaron estos embajadores de la opresión y del despotismo, hacía apenas horas que los milicos sumariantes me hicieron aceptar una supuesta declaración mía contra mi voluntad para defender la vida, ya que no me sentía casi con fuerzas para soportar más torturas.

            ¡Y AHORA! Sin saber nada que decir, estoy en el comienzo de otro mucho más peligroso, cual es la acusación de tener en mí poder armamentos militares. Si fuera cierto no habría problemas, pero lastimosamente es falsa la acusación y estos torturadores por orden de Stroessner pueden llevarme a la muerte sino encuentran las supuestas armas.

            A quien no ha pasado por estos trances le sería difícil comprender lo que pasa por la mente de un inocente que ya ha sido torturado despiadadamente en dos ocasiones y que ahora nuevamente vengan los mismos torturadores a exigirle la entrega de algo material que no tiene. En esa situación estuve todo ese día, haciendo miles de pensamientos en desordenado desfile, todos, tratando de encontrar alguna solución viable a esa situación angustiosa en extremo.

            Mi pensamiento revoloteaba en mi pasado y presente, pensé en mis pequeños hijos, en mi esposa, mi madre y todos mis seres queridos. En las cosas buenas que hice por la Patria y la clase humana, después... decidí con firmeza defender la vida con toda las fuerzas que Dios me dé ante esa horda de torturadores que horas más y estarían gozando con mis sufrimientos, atado de pies y manos.

            Con la infalibilidad del tiempo, la hora de partida llegó esa noche y, tal como estaba previsto en la voluntad, sucedió. A alta hora de la noche fui llevado directamente a la cámara de tortura de la calle Ntra. Sra. de la Asunción y Pdte. Franco donde, sin pregunta previa, se me sometió a la violencia de golpes y puntapiés hasta caer al suelo; allí me ataron de pies y manos y nuevamente a la pileta de agua sucia fui a parar. Cuatro a seis torturadores empezaron a apretarme bajo agua y otros tantos se turnaban en el azote en la planta de mis pies. Los gritos de insultos, que hacía cuando podía, los enardecía más a estos bárbaros. Pronto perdí el conocimiento y no sentí más nada, no sé cuánto tiempo pasó, pero cuando me recobré a medias, estaba tirado en el suelo en un charco de agua con olor a excrementos. Me levantaron a gritos y siempre la misma cantinela de "¡declare capitán o va a morir!" repetida por varias voces distintas a la vez.

            Cuando iban a seguir torturándome más dije un montón de mentiras para que me dejaran en paz por algún tiempo. Frenéticamente anotaban todas las mentiras, con la alegría del triunfo y creían cretinamente que encontrarían armas para tener como cuerpo de delito. Algunos nombres y lugares que dije fueron los que los mismos torturadores me habían dicho durante las torturas de esa noche, seguramente sobre la hipótesis que habían elucubrado en sus mentes poco desarrolladas.

            Verdaderamente me dejaron de torturar esa noche para despachar a todas direcciones las camionetas rojas, cargados de policías armados para hacer allanamientos en varias partes de la República con la creencia que encontrarían armas, inexistentes, en todas partes.

            Mientras salían uno tras otro los medios de atropellos que disponían, yo seguía tirado en el suelo y con la cantinela de amenazas del que estaba de turno para el efecto. A esta altura ya me acostumbré a las amenazas y me quedé dormido recostado contra la pared en la cámara de tortura. Me despertaron violentamente para trasladarme nuevamente al calabozo de la Guardia de Seguridad, donde llegué al amanecer del día sábado 5 de enero.

 

 

 

            CUARTA SESIÓN DE TORTURAS

 

            Esta no se hizo esperar sino algunas horas, mientras hacían más apresamientos de inocentes en busca de armas que no encontrarían nunca, por no existir.

            A media mañana de ese mismo sábado de tortura me volvieron a llevar para continuar la violencia, como si así fuesen a encontrar lo inexistente. Nuevamente ante la cámara de torturas de la Policía Central fui recibido con agresiones e insultos por los que estuvieron atropellando domicilios ajenos a altas horas de la noche. En una pieza contigua a la cámara de tortura me pusieron en compañía de los tres jefes torturadores, para mirar las reacciones anímicas, dicen, de los que desfilarían ante mí, para reconocerlos; pues, según ellos, todos estaban complicados conmigo en la conspiración.

            Como resultado del desfile sucedió lo normal, ninguno de los nuevos presos, que fueron como siete u ocho, pudieron reconocerme ni yo a ellos. Por este ridículo que pasaron los autores de la hipótesis, estaban alterados y ofuscados, por el error - digo horror- que estaban cometiendo ante los superiores y, por tanto, para calmarse mutuamente,   destilaban venenos y amenazas contra mí, haciendo juramentos y promesas de más violencia para las próximas torturas de ese día.

            Ante el resultado totalmente negativo de tantos apresamientos de inocentes y para justificar otra nueva tortura contra mí, trajeron al capitán Modesto Napoleón Ortigoza y al chofer Domingo Regalado Brítez, para hacerme acusar por ellos de la tenencia de las armas. Estos dos prisioneros, ya torturados varias veces, por lo que supe después, más muertos que vivos me acusaron directamente de la supuesta tenencia de armas.

            ¡Increíble! Hasta dónde llega la entrega total del hombre ante las repetidas torturas. Vinieron a condenarme a muerte sobre la misma pileta de tortura donde ya estaba atado de pies y manos para comenzar. Allí recién me di cuenta del por qué era tan violentamente maltratado, y que mi resistencia no valía nada habiendo otros torturados que para defender sus vidas estaban mintiendo contra mí. No dije casi nada ante tan tremenda acusación, solo que esos hombres estaban anormales por el miedo y Dios sabe que soy inocente de la acusación. Así me encomendé al Supremo Creador del Universo y dejé en silencio que la "función" siguiera hasta el fin.

            Así, estimado lector, puedes estar seguro que la tortura como medio de confesión no sirve, porque, el hombre cuando se ve vencido y por defender la vida, es capaz de dejar que otro muera en su lugar.

            Lo único que se saca de las torturas son las complicaciones en cadena de inocentes que son nombrados por los mismos torturadores, sobre ridículas hipótesis e intenciones prometidas, alevosas, contra enemigos personales de los torturadores o indicadas por Stroessner para hacer la "purga comunista" que todo déspota hace de todos los hombres honrados a quienes les tiene miedo.

            Con todos estos prolegómenos volví a ser torturado vengativamente, particularmente por Raúl Riveros Taponier, que realizó su venganza personalmente.

 

            EL POLICIA ASESINO Y TORTURADOR

 

            Corresponde al entonces comisario de Trinidad, Raúl Riveros Taponier que, como vieron, era el más interesado en crear una conspiración, crear robo de armas, torturar personalmente a todos para poder hacer coincidir algunas declaraciones que él mismo le ha indicado al torturado. Más adelante el lector se irá dando cuenta del por qué de tanto interés en enredar los hilos y crear más cada día, para confundir a todos los demás componentes de la camarilla stroniana que en realidad en esos días fue una figura decorativa para su quehacer.

            Su única intención, y lo consiguió, era encubrir con una supuesta conspiración de capitanes el asesinato del cadete Benítez, del Liceo Militar, que probablemente lo realizó él personalmente.

            Todos los nombres de las personas que habían apresado la noche antes, me fueron suministrados por R. Riveros T. Eran un grupo de gente desconocida para mí, que dicen haber traído de Ypacaraí. También esa noche fueron apresados el doctor Enrique Riera y el suboficial Blaires, de la Primera Región Militar. Este último fue torturado en mi presencia, pero al instante le hice sacar diciendo que dudaba que él estuviera implicado en la supuesta conspiración.

            Al promediar la tarde de ese sábado, ya no me quedaba fuerza física para seguir ni contestando preguntas, así que grité a todos los que estaban por esa área que en adelante no diría palabra alguna ni contestaría preguntas y que estaba dispuesto a morir antes si por ello la vida me iban de quitar.

            La reacción de los torturadores fue inmediata, hablaron por teléfono a Duarte Vera comunicándole mi decisión. Vinieron todos a observarme, como si nunca me hubieran visto, y a continuación dijeron que estaba al borde de la locura. Bueno, primera vez que seguramente escucharon de viva voz el desafío de un hombre ya martirizado en extremo de morir por la verdad si necesario fuere, después de pasar ya por todas las violencias que habían cometido contra mi persona física, pues moralmente aún seguía en condiciones de luchar hasta morir, ya que Dios sabia de mi inocencia y además soy buen cristiano con creencia absoluta en la voluntad de Dios.

            Vino al instante a integrar el corrillo de observadores el jefe de Investigaciones, el borracho Alberto Planás, que también quedó de acuerdo con los demás que había yo perdido la razón. Mientras se hacían estos comentarios a mí alrededor, seguía yo sentado en el suelo, apoyando la espalda en la pared, pues, en otra posición yo no tenía fuerza para mantenerme. Siguieron las carcajadas, burlas, insultos de todos los que formaban el corrillo y eran los mismos de siempre que yo había nombrado la primera vez, con R. Riveros T. como comandante supremo de acción.

            Perdí después la noción del tiempo y cuando reaccioné me encontré transportado a través de la ciudad en dirección a Guardia de Seguridad. Sentí que el transporte paraba cuando hubo un llamado del radioteléfono. Sonó la conocida voz de Duarte Vera, preguntando al oficial custodio si cómo seguía y si había reaccionado, éste le contestó textualmente: "Está aún completamente flequi". Después de la respuesta seguimos, llegamos a destino, me ayudaron para llegar al calabozo, me dejé caer en el camastro y seguí durmiendo, o inconsciente; hacía tres días que no comía ni dormía a causa de las torturas.

 

            QUINTA SESIÓN DE TORTURAS

 

            Sentí que me sacudían violentamente en mi calabozo y seguidamente me arrastraron a la camioneta que me esperaba. Casi no podía dar paso del agotamiento y dolores en todas partes.

            Serían seguramente las 22.00 horas de ese mismo sábado en que me llevaron de vuelta por agotamiento, y ahora de nuevo entraba a la cámara de tortura. Encomendé mi alma a Dios y dejé de defenderme de hecho ni palabras. Siguieron gritando y pegándome, ahogando mis débiles gritos con carcajadas y un receptor a todo volumen. Lo último que recuerdo era que estaba tocando la música llamada "Marcha del elefantito". Recuperé el conocimiento vagamente y estaba tirado en el suelo, dentro de mucha agua alrededor, a oscuras.

            Traté de levantarme, no pude y volví a perder la noción del tiempo. Cuando volví a sentir algo, vi un guardapolvo blanco, era Yampey que me estaba tratando de reanimar a base de inyecciones estimulantes para el corazón, seguramente. Me levantaron sobre un banco, me recostaron contra la pared y así siguieron insultándome, especialmente R. Riveros T., para ver si decía alguna cosa, pero esta vez no hubo conversación, ya que no había contestado absolutamente nada a nadie.

            Los TORTURADORES que siguieron hasta este extremo fueron los mismos, a saber:

            - RAUL RIVEROS TAPONIER, comisario en ejercicio de Stma. Trinidad;

            - RIGOBERTO FERNÁNDEZ, Insp. Mayor, Jefe de Inteligencia.

            - VICTOR MARTINEZ, Jefe de la Sección Política.

            - REGULO SÁNCHEZ, Sub-comisario.

            - GIBALDI, funcionario de Investigaciones, moreno, estatura mediana, 30 a 35 años, usaba bigote y con dientes incisivos centrales mellado.

            - DIAZ, funcionario de Investigaciones, moreno, gordo, petiso, 35 a 40 años, muy borracho.

            - LUCIO BENITEZ, funcionario de Investigaciones, moreno, delgado, 28 a 30 años, estatura mediana, usaba bigote.

            - RAMON PAOLI, funcionario de Investigaciones, cutis blanco, 25 a 30 años, estatura mediana, mellado de incisivos superiores centrales, usaba bigote.

            -  ZAYAS, funcionario de Investigaciones, moreno, 25 años, estatura mediana y gordo.

 

 

 

           

 

            COMO SE INVENTO LA CONSPIRACIÓN

 

            Entre los días martes y miércoles continuaron los trabajos de ablandamiento, entiéndase por torturas físicas y mentales, de los dos prisioneros, ejecutado personalmente por R. Riveros T., que ya andaba eufórico por su triunfo reciente. El nuevo objetivo era dejar en condiciones sicológicas "adecuadas" a los prisioneros para declararse culpables ante el juez civil.

            Durante estas torturas y amenazas, Riveros tuvo "la brillante idea" de inventar una gran conspiración, sexta "casualidad", y para ello, sencillamente se valió de la técnica de siempre. Aprovechando un momento de desesperación de Brítez, y cuando estaban solos, le conminó que debía decir lo siguiente para que definitivamente le dejaran en paz: "que posiblemente detrás de esto - refiriéndose a los sucesos- había algo más importante".

            Después, todo ya fue fácil, ya que en la próxima tortura de Brítez, cuando se le preguntó, repitió lo que le sugirió Riveros Taponier, el mismo que en ese momento, en compañía de otros, hacía las preguntas en voz alta respecto al supuesto móvil del crimen.

            A partir de ese instante, los procedimientos de violencia subieron de tono y rigor, ya no habría contemplación de ninguna clase para los próximos prisioneros que iban a ser detenidos. Especialmente de parte de Riveros Taponier: ya desde ese momento se consideraba a sí mismo un héroe, al descubrir una conspiración contra Stroessner, sin saber los demás jerarcas del Régimen que fue inventado por él mismo.

 

            DECLARACIONES Y JUECES

 

            Después que Riveros T. inventó la supuesta conspiración, se convirtió como por arte de magia en el "PRIMER ACTOR" de todas las jornadas posteriores, en este acontecimiento que conmovió al pueblo paraguayo por la crueldad policial.

            Cuando llegó esta tremenda mentira a Stroessner, éste lo tragó enterito, y procedió en consecuencia a ordenar la detención de todos los civiles y militares que no le caían en gracia y/o a quienes tenía miedo.

            A esta altura de los hechos e inventos, las actividades legales, leyes y jueces, prácticamente dejaron de tener importancia para los componentes de la camarilla stroniana, como ya lo vimos en las actuaciones posteriores, en las páginas anteriores.

            Bueno..., como íbamos diciendo, que esto dejaba de ser importante, aquí va la primera, "como en la cueca":

            El juez civil en lo criminal, de apellido Rienci fue obligado a instalarse en la misma repartición donde se realizan las torturas para cumplir su triste misión de tomar la declaración.

            En verdad, mal podríamos llamarlo a esto declaración, ya que los prisioneros en ningún momento tuvieron la mínima ocasión de decir la verdad de su situación, en vista que el mismo torturador Riveros les acompañó a cada uno frente al juez, intimando abiertamente en cada caso a declararse contra sí mismos o volver a las torturas. Para el efecto, tenía un papel en la mano desde donde dictaba al prisionero lo que debía decir. Esta es la séptima "casualidad".

            ¿No le parece, amigo lector, que son muchas las casualidades? Bueno, como "primer actor" debe estar en todas partes en primera plana.

            Pero... ¿quién le hizo primer actor? ¿Es que se hizo a sí mismo, con la tolerancia de los demás?

            ¿Quiénes se beneficiaron directamente con el invento de la conspiración?

            Las conclusiones quedan a cargo del lector hasta el momento, ya que hay mucho que recorrer aún. Quizás más adelante este autor emita su opinión, y... que a lo mejor no será nunca necesaria.

            Pocas horas después ya apareció en el mismo lugar el juez militar Velázquez.

            El procedimiento seguido fue igualito que con el anterior, el mismo acto teatral y... ¡por supuesto! el primer actor, digo primer torturador, no podía faltar en ese acto. Esta parte fue más fácil aún, como que al pobre infeliz Velázquez ya lo conocían mejor.

            Así, de manera y forma insólita se le hizo firmar declaraciones fraguadas, especialmente por Riveros Taponier en complicidad de todos los actuantes, a los dos prisioneros, sobre un supuesto crimen que más tarde le costaría una rimbombante sentencia de muerte aplicada a los cuatro vientos por todos los medios de difusión de la dictadura.

            Una vez preparados los falsos documentos y firmados por los indefensos prisioneros, -pues hay que destacar que los acusados estaban incomunicados y no se les ha permitido la presencia de un defensor, ni de oficio- se procedió a la comparecencia del principal acusado, el capitán de caballería don Modesto Napoleón Ortigoza.

 

            CAPITÁN ORTIGOZA

 

            He aquí la historia verídica de lo que le pasó a este oficial del Ejército, narrado personalmente a este autor durante su cautiverio.

            Fue apresado el día lunes 17/12/62, cuando pasaba tranquilamente sus días de vacaciones dentro de la villa militar de la 1ª. Div. de Caballería "Gral. B. Caballero" y conducido a un calabozo del Gran Cuartel General a cargo de la Policía militar. Como a todos les sucedió, nadie le informó del motivo de su detención, no tuvo oportunidad de hablar con su comandante inmediato; no obstante, por medio del Tte. Brozón de la Policía Militar, se enteró algo de lo que se trataba, pero como se sabía inocente, no le dio importancia.

            En la noche del miércoles se le exigió desechar su traje militar y vestir un SHORT -que le prestaron allí- para ser llevado al Departamento Central de Policía para declarar ante los jerarcas.

            ¿No encuentra, amigo lector, un tanto cómico? que: un oficial del Ejército en servicio activo, con cargo de importancia en el Ejército, sea de antemano prácticamente prejuzgado, en lo que había de sucederle, exigiéndole vestir grotescamente para comparecer a prestar su primera declaración ante las autoridades.

            ¿Cómo supieron que precisamente habría de ser necesaria la tortura para su declaración y por eso ya le llevaron con esa vestimenta ridícula de antemano?

            Más adelante veremos otras sinrazones; ahora seguiremos al prisionero que fue llevado con fuerte custodia rumbo al Dpto. de Investigaciones de la Policía. El oficial que le acompañó como custodio fue el Tte. Maqui. Llegado a destino fue introducido hasta la guardia, donde quedó esperando en la incertidumbre, recuerda que escuchó las campanadas de la iglesia Catedral que dieron nueve de la noche.

            Pocos minutos después apareció como paseando su enemigo personal, ahora PRIMER ACTOR, Riveros T., con aire de perdonavidas y le dijo:

            "Nos encontramos otra vez, Ortigoza".

            Esto le dijo en vista que pocos días antes se habían encontrado en el local policial de Trinidad en ocasión en que Ortigoza acudía a hacer averiguaciones del motivo de la detención de su chofer, pues, realmente él desconocía la posible causa.

            ¿Le parece, estimado lector, que un supuesto co-autor de asesinato, iría a preguntar de buena fe por su compañero que ya está preso por el crimen?

            La conversación que siguió entre los dos fue de poca importancia, ya que Riveros T. venía nada más que a vengarse, burlándose del prisionero que estaba "en capilla", y a pocos minutos de serle entregado, atado de pies y manos, para torturarle a su antojo y capricho.

            ¿Sería mera casualidad que él primero se presentara para intimidar a Ortigoza? Bueno..., con esta ya sería la octava "casualidad".

            Así comenzaron a desfilar ante este oficial cuatro jerarcas policiales antes de ir a parar a la cámara de torturas que ya estaba prevista en el "programa" que habían preparado.

            El segundo en aparecer fue Rigoberto Fernández, ya conocido por el lector: éste hizo su parte de teatro y se retiró para dar lugar al siguiente, que fue esta vez el jefe de Policía Central, coronel R. Duarte Vera, quien también hizo lo propio, retirándose enseguida sin conseguir ninguno de los precedentes que el prisionero declarara lo que ellos querían.

            Entró entonces el "maestro de ceremonia", jefe de Investigaciones, Alberto Planás, para hacer el careo que pidió el prisionero para saber quiénes eran los que le acusaban con tamaña mentira.

            Para la realización de este acto ya lo llevaron a la pieza contigua de la cámara de torturas. Cuando entró, estaban presentes, recuerda, los siguientes: R. Riveros T., Fernández, el mayor de Art. Rva., Pedro J. Miers y el Sub-comisario Régulo Sánchez.

            Reconoció al que iba a actuar como testigo de cargo, el chofer Brítez, a quien conocía por haber revistado este último en la D.C.1 como chofer del Cnel. Duré Franco. El aspecto que presentaba Brítez físicamente era lamentable, porque instantes antes Riveros le estaba sometiendo a violencia y amenazas, para que pueda acusar a Ortigoza en el careo.

            Verdaderamente, de careo no hubo nada, pues el acusador no hacía otra cosa que aceptar los cargos que los propios torturadores allí presentes enunciaban a su gusto y de acuerdo a lo que ya le habían hecho firmar a Brítez.

            El segundo supuesto autor que trajeron ante el prisionero era su propio chofer y compadre, Sgto. Ayte. Escolástico Ovando. Este prisionero, actuando con valentía y sinceridad, a pesar de las torturas ya pasadas, dijo a viva y firme voz que todo lo declarado y firmado anteriormente era mentira forzada, y que el Cap. Ortigoza era tan inocente como él mismo de toda culpa.

            Intervino inmediatamente Planás, diciendo a Ovando: "¿Cómo pudo entonces hacer la reconstrucción del hecho?".

            Ante esta pregunta, Ovando contestó tranquilamente la verdad, buscando con la vista a Régulo Sánchez, lo señaló diciendo: "Este me conminó a aceptar su ayuda de dirección en el lugar de la reconstrucción, indicándome todo lo que yo no sabía".

            Esta verdad, expresada con toda sinceridad y entereza, hizo enmudecer y agachar la cabeza al cínico lazarillo allí presente. Momentáneamente creó un ambiente de esperanza e ilusiones en el corazón de los dos prisioneros, zozobra entre todos los policías presentes y sorpresa en el mayor P. Miers, que manifestó a Planás que informaría de esto a Stroessner, de quien era representante personal en ese acto.

            Entonces Planás, después de rogar a Miers que esperara un poco más, salió corriendo a informar a Duarte Vera de lo que estaba ocurriendo en ese momento. El resultado inmediato vino como orden cortante y el prisionero fue arrastrado a la pileta de torturas. Así, Duarte Vera aplastó la verdad con las torturas de inocentes y desencadenó todas las injusticias que escribo en esta memoria.

            Pocos minutos después, Riveros T. se hacía cargo de la tortura de su enemigo personal. Se retorcía las manos de alegría, mientras sus ayudantes ataban de pies y manos a Ortigoza para comenzar la violencia. ¿El resultado del acto?

            Bueno..., la aplicación de estos "modernos métodos" de declaración -como lo llaman ellos- siempre tiene resultado favorable para quienes lo aplican, y como tal, el prisionero, en defensa de su integridad física y la vida, ¡aceptó todo lo que los torturadores querían!

            Antes de amanecer del día jueves, Ortigoza, convertido en piltrafa humana, firmaba un documento al borde de la pileta de tortura, en que aceptaba ser el autor moral de un crimen alevoso, que no cometió, y para más, como no sabía qué decir, aceptó también como móvil de supuesto crimen, una supuesta conspiración para derrocar a Stroessner.

            ¿Y... ahora?

            Comenzó una actuación teatral increíble, pero.... no hay más remedio que creerlo, porque son realidades de la "segunda reconstrucción" de Stroessner.

            Para la media mañana de ese mismo día jueves, ya estaba el juez Rienci instalado en el mismo lugar de la tortura tomando declaración a Ortigoza. Como las otras veces el prisionero repetía y aceptaba cuanto decían los torturadores que estaban allí con él para imponer la mentira.

            Para la tarde se repitió este acto teatral con el juez militar Velázquez y su secretario Bosco Flores.

            De esta manera insólita hicieron declarar al prisionero, nada menos que TRES VECES antes de las 24 horas.

            ¿Será que la ley permite esto?

            No obstante a las declaraciones y firmas de documentos del caso, este prisionero tuvo aún esperanzas en el que fuera hacia poco tiempo su superior directo, el general Leodegar Cabello, ministro de Defensa Nacional y jefe de Estado Mayor General de las FF.AA. y pidió una entrevista con él, la que se hizo efectiva en las primeras horas de la madrugada del día viernes 21/12/62. Este ministro ya vería después de asistir a la tortura del capitán H. Falcón, que por lo visto era una de las primeras víctimas de la supuesta conspiración. Se hizo acompañar por el comandante del Batallón Escolta, Carlos Jorge Fretes Dávalos, seguramente por el "mieditis" que le atacaba entre copas y copas, para enfrentarse al prisionero que le diría la verdad de su situación. La entrevista se realizó, pero el resultado inmediato fue una nueva sesión de torturas, vengativa y feroz, realizada... ¡por supuesto!, personalmente por el comisario R. Riveros.

            Con los antecedentes entre ambos, no es nada de extrañar.

 

            SENTENCIAS DE MUERTE

 

            El día lunes 16/9/63, en horas de la mañana, por todos los medios de difusión oral y escrita disponibles por la dictadura, se anunciaba sensacionalmente el fallo de un juez de 1ª. Instancia en lo militar, de un proceso por causa política contra un capitán y dos choferes. Algo bastante raro en el Paraguay de otros tiempos.

            ¡Ah! Pero esta vez se trata de chantajear al pueblo todo y particularmente a los miembros de las Fuerzas Armadas de la Nación.

            Para el efecto, el dictador ordena que se dicte esa sentencia y se le dé la mayor publicidad posible. En cumplimiento de esa disposición secreta, sádica, bárbara e injusta, se anunciaba esa mañana de setiembre la condena a muerte de Ortigoza, Brítez y Ovando.

            En esta ocasión, el títere de turno era el mayor de reserva asimilado de nombre Fructuoso Flores, que de esta manera, de la noche a la mañana se convirtió en "personaje importante" como idiota útil del Régimen, al vender por treinta dineros su conciencia, si es que la tuvo alguna vez, que al fin de cuentas es bastante dudosa, dadas las circunstancias. Los adjetivos que puede merecer esta persona, dejo a cargo del lector.

            Analizando ligeramente el asunto presente, se puede deducir fácilmente que existe otro móvil inconfesable por parte del dictador Stroessner al teatralizar y magnificar esta cuestión anticipadamente. Pues, la sentencia de 1ª. Instancia no tiene valor alguno mientras no sea ratificada por todos los miembros del Tribunal Superior y aún existen otras instancias, más difíciles de salvar para los caprichos personales como en este caso.

            Además, existen otros problemas de forma y fondo, a saber:

            Para llegar a esta sentencia, además de lo que ya sabe el lector, recurrieron al Código Penal Civil, considerando el supuesto caso, como un crimen común; sin embargo, por otra parte, el ministro Edgar Ynsfrán, en los periódicos del 12/1/63, hizo publicar su declaración oficial considerando el caso como un movimiento político de carácter "Méndez-Castro-Pastorista".

            Así son de pobres los teatros del dictador.

            El ministro del Interior declara que es un caso político, mientras el Tribunal Militar hacía el proceso como si fuera un crimen común.

 

            CONFINAMIENTO

 

            Jueves 15 de julio de 1970

 

            En horas de la mañana fui conducido por el Tte. 1° de Justicia Militar, Guastella, al pueblo de Yaguarón, para hacer mi convalecencia, a cargo nuevamente de la Policía de ese pueblo. Me recibieron las autoridades civiles, Insp. Rivas y el comisario Insp. Olmedo. Estos, ya enterados con anticipación, me estaban esperando para comunicarme sobre las órdenes existentes respecto al régimen a que sería sometido durante mi permanencia allí en calidad de confinado. Me informaron que debía hospedarme cerca de la comisaría y que todos los días tenía que presentarme dos veces a la misma para control de mi permanencia. Además, no podía salir del radio urbano sin comunicar al oficial de guardia.

            Una vez enterado de estas condiciones, pedí que me llevaran a la casa de la señora América Cáceres Vda. de Knief, que también enterada me estaba esperando en estos días. Una vez en casa de ésta, que me recibió muy emocionada al leer una carta que llevaba para ella de mi esposa, en la que le explicaba mi situación, se retiró el Tte. Guastella y quedé por primera vez desde el 21/XII/ 1962 sin un custodio a la vista.

 

            2º quincena de julio:

 

            Con mamá América

 

            Este corto tiempo lo dediqué a la familia, a los parientes que venían a verme, a hacer de jardinero en la casa de mi nueva "mamá", a recorrer el área cercana del pueblo, a visitar la casa de Dios y las autoridades eclesiásticas y tratar de planificar mi nueva vida en este ambiente de aparente libertad, aunque en realidad me di cuenta que seguía muy custodiado por cancerberos vestidos de civil que permanentemente estaban por allí, cerca de la casa. Aparte de mi presentación obligatoria dos veces al día, como era lo dispuesto por las autoridades policiales.

            El primer domingo de mi estadía concurrí a la misa y posteriormente conversé con el padre Díaz, y padre Gaona, quienes me dieron la absolución de mis pecados que como cristiano pudiera haber cometido durante tan larga prisión.

            Uno de ellos me preguntó si tenía odio y guardaba rencores para mis enemigos. La respuesta no pudo salir de mis labios, así que seguimos conversando de otras cosas más favorables como tema de conversación.

            Durante algunos de mis paseos por el pueblo, llegué al local de la Seccional Colorada, pero al presidente del mismo, un tal Cantero, ni los pelos le pude ver. Parece que siempre está "ausente" cuando paseo por allí cerca. No obstante, me enteré que a menudo "empina el codo" más de la cuenta y hace su regular escándalo callejero con las personas que en ese instante no le caen en gracia.

 

 

            1º semana de agosto

 

            Intimidación policial

 

            A pesar de observar una correcta conducta con los cancerberos policiales, al final de esta semana el comisario me dijo que había tenido informes de que había salido del pueblo sin comunicarle. Eso quería decir que fui intrigado por alguien o que él está queriendo intimidarme para posteriores represalias, que es forma muy común de actuar de los cancerberos, para ganar puntitos con Stroessner, maltratando a los prisioneros políticos.

            Este hecho me puso sobre aviso que estaría expuesto próximamente a mayores intrigas por parte de mis propios custodios y que podría significarme un nuevo encierro riguroso, que ya no estaba dispuesto a soportar y mucho menos ahora, que fui dado de baja del Ejército Nacional sin derecho a percibir mis legítimos haberes de jubilación ganados por más de treinta años, dejando con esta injusticia sin el pan de cada día a mi pobre familia.

            La situación por demás crítica y afectando directamente a la familia me hizo apurar la decisión de escapar de la opresión de este Régimen, buscando el camino más seguro, cual es la vía del asilo político de un país extranjero, con representación legal en el país.

            Con la premura del caso mandé estudiar la situación de vigilancia en tres embajadas de países del Cono Sur. Una vez enterado, analicé las posibilidades y riesgos de cada una y decidí que debía ser el de los EE.UU. del Brasil.

 

            ASILO POLÍTICO

 

            15 de agosto de 1970

 

            La noche antes había hecho los preparativos de documentos probatorios de mi situación ante el Régimen imperante, a los efectos de justificar el pedido de asilo que haría, si lo planeado saliera bien.

            Así, a las 03.00 hs. aproximadamente, me recogió un transporte de personas amigas en los alrededores de Yaguarón y me condujo directamente a Asunción, donde llegamos antes del amanecer, y como el portón de acceso auxiliar de la embajada recién se abre a las 07.30 hs. para la entrada del personal auxiliar, debía forzosamente esperar esa hora para poder entrar. Esta espera tuve que hacerla ya solo, en un mercado cercano, donde desayuné un buen pastel mandi'ó con mbeyú y cocido negro. Cuando estaba amaneciendo, fui a dar una inspección ocular a los puestos de vigilancia que tenía la embajada. Como estaba lloviznando, pude usar mi piloto y sombrero con anteojos grandes que cubría completamente mi apariencia normal. Pasé indolentemente al lado de los dos policías que estaban situados en las esquinas diagonales de la manzana completa que disponía la Embajada del Brasil en la calle Mcal. López. Me di cuenta que ninguno de ellos podía reconocerme fácilmente, porque no eran de los que hacían guardias en el Dpto. Central de Policía en los últimos siete años. Seguí dando mi paseo, haciendo tiempo para poder entrar cuando se abriera el portón que da sobre la calle Río de Janeiro. Observé que algunos dueños de casa se levantaron temprano para colocar la bandera patria frente a su casa, para conmemorar la fundación de la ciudad y lejanos toques de marchas militares de algunas unidades que se desplazaban para la parte céntrica.

            Eran aproximadamente las 07.45 cuando entré por el portón que estaba ya abierto, al primero que encontré fue a Cirilo -nombre de batalla-, que cumplía servicio de vigilancia nocturna. Estaba por tomar un cafecito de costumbre, nos saludamos como si fuéramos viejos amigos, sin embargo, éramos apenas conocidos de otros tiempos, cuando acudía a la Misión Militar Brasilera que funciona allí. Cuando me di cuenta que él estaba de servicio, le manifesté la razón que me llevaba allí a estas horas. Para corroborar mi identidad le mostré el documento del caso. Seguimos charlando hasta la llegada del primer secretario de la Cancillería, quien era la persona indicada para plantear el pedido de asilo político formalmente.

            Durante la espera conocí a la mayoría de los muchachos que realizan los servicios de vigilancia, limpieza y comida de la Embajada. Por sus nombres de batalla, eran: Cirilo, Lorenzo, Justino y Benjamín; Sebastián, Joao y Gibón, Simón y Sánchez, respectivamente.

            Enterado de mi presencia el secretario, vino a conversar conmigo, planteándole formalmente el pedido de asilo político al país que él representa. Estudió someramente los documentos que le entregué en fotocopia e inicialmente me dijo que tendría dificultades y que haría las averiguaciones a las autoridades de Asunción antes de darme respuesta. Ante esta dudosa situación en que me iba a dejar, le expresé que sabía muy bien lo estipulado por el Derecho de Asilo y que creía firmemente que estaba con derecho a recibirlo. Además, dije, vine acompañado hasta aquí por tres testigos calificados, que son: un periodista, un abogado y un miembro del Clero Secular, quienes saben que estoy aquí y si cualquier cosa me pasara por la violencia, harían publicar la verdad por los periódicos. Me dijo el secretario que estaba haciendo amenaza a su país, pero que él comunicaría mi pedido al Canciller tan pronto llegue éste a su despacho.

            Serían como las 09.30 hs. cuando el Canciller me recibió en su despacho para recibir oficialmente mi pedido, ya enterado de lo conversado con su secretario y hechas averiguaciones al ministro del Interior, Sabino Montanaro, quien dijo de mi que era un delincuente común. Esta mentira, comprobada por los documentos firmados por Stroessner, cuya copia presenté al Canciller, seguramente lo hizo decidir a darme o recomendar mi asilo al Embajador.

            El Canciller me dejó y fue a informar al Embajador, quien cerca de las 11.00 hs. me hizo pasar a su despacho para notificarme que estaba enterado de mi situación y que él provisoriamente ya me otorgaba el asilo territorial en el Brasil, esperando confirmación de Itamaratí, donde comunicará inmediatamente. Así, este caballero, doctor don Lauro Escorel de Moraes, con cargo de Ministro Plenipotenciario en representación oficial de su país en el Paraguay, me daba la seguridad necesaria para salvar la vida y la libertad de la persecución e injusticia de Stroessner. Antes de retirarme de su oficina, el Excmo. Señor Embajador tuvo la gentileza de informarme del régimen a observar aquí adentro, mientras se gestionaban los documentos necesarios para salir fuera del país. También me proporcionó personalmente libros y revistas del Brasil, con sus adelantos técnicos y científicos de la actualidad, gesto que agradecí muy sinceramente, más aún en el estado de alegría en que me encontraba al recibir la aceptación del asilo político, que esta mañana a horas tempranas llegara a pedir.

            Antes de mediodía llamaba por teléfono a mi esposa para informarle que todo había salido bien, ya que ella sabía muy bien el paso que estaba dando y fue testigo presencial de algunas partes de este suceso hacia la libertad. Con esta comunicación llegaba el fin de esta mañana y fui hospedado en una habitación especial en la planta alta, con todas las comodidades del caso.

 

 

            LA FUGA

           

            Como ya estuviera planeado con anticipación con dos guapas valentinas, una: la propia compañera y amante esposa, y otra, una reverenda hermana Rosarina, quienes en raudo vuelo a las primeras horas de la madrugada del 15 de agosto, fueron a buscarme hasta los alrededores de Yaguarón y me trajeron hasta la capital, bajo el manto protector de la Virgen de la Asunción y la gran valentía de estas dos mujeres, que supieron cumplir en la hora necesaria como verdaderas heroínas la peligrosa misión que voluntariamente se habían impuesto como prueba tangible de amor, caridad, hermandad y espíritu de lucha contra el tirano que oprime al pueblo paraguayo.

 

            BAJO BANDERA DEL BRASIL

 

            Durante esta primera semana dentro de la Embajada del Brasil en Asunción, recibí las primeras visitas de mis parientes y amigos que hace casi ocho años no podían verme. También recibí los "chismes" sobre mi fuga de Yaguarón hasta aquí. El Régimen dio una lacónica noticia sobre el hecho, pero tomó severas represalias contra los últimos cancerberos que me custodiaban en el confinamiento.

            El cumpleaños de mi querida esposa, que fue en estos días, lo pasamos dentro de la reducida libertad, alegremente, festejando con besos y abrazos todos los buenos acontecimientos, aún teniendo al horizonte el nubarrón de la próxima forzosa separación, pero ese sacrificio ya lo habíamos pensado antes y no oscureció nuestra alegría de mi próxima libertad total, aunque sea en el destierro.

            No obstante mi libertad para recibir a mis parientes, muchos no se han animado a hacerlo por temor a las represalias que pudieran recibir por ello. Así que, tuve que despedirme de aquéllos por carta, ya que si no deseaban arriesgarse no los podía invitar a hacerlo. En verdad, muchas cosas que les ha pasado en estos años no sé, pero que recibieron persecuciones y molestias de la Policía de Stroessner me enteré.

 

            Viernes 28 de agosto de 1970

 

 

            HACIA RIO DE JANEIRO

 

            Ayer me notificaron que hoy saldría del país con el viaje regular del avión militar a Río de Janeiro, a los efectos de poder preparar mi equipaje y despedirme de mi familia.

            A media mañana subieron junto a mí Lorenzo y Joao para ayudarme con el equipaje; lo acomodaron abajo en el coche de la Cancillería y seguidamente el señor Embajador me deseó "buena suerte" en tierras del Brasil, al despedirme. Partí en compañía del Canciller y el Primer Secretario hacia el aeropuerto de Asunción. Mi equipaje pasó por la aduana, pero yo seguí directamente en el coche hasta la escalerilla del avión que estaba estacionado en la pista de aterrizaje.

            Cuando eran cerca de las 10.30 ya estaba sentado en el D.C. 3 observando el aeropuerto y las gentes que estaban en la terraza, pero no pude identificar a mi familia a causa de la distancia en que estaba estacionado el avión. No obstante, cuando poco después comenzó el carreteo de despegue levanté la mano despidiéndome de aquellas gentes, porque sabía que entre ellas estaban mis seres queridos dándome el feliz viaje desde lejos. Antes de levantar vuelo comencé a sentir las nostalgias del terruño que habría de durar muchos años.

 

           

INDICE

 

Prólogo

Biografía del Cap. de Caballería Hilarlo Ortellado Jiménez

Introducción

Apresamiento

Con la camarilla stroniana

Con los torturadores

Noche Buena de torturas

La camarilla ante un torturado

Mayor Virgilio Candia

Milicos sumariantes

Tercera sesión de torturas

Cuarta sesión de torturas

El Policía asesino y torturador

Quinta sesión de torturas

En Reyes, en tercer calabozo

Intento de acomodo

Consummatum est

Calabozo N° 4

En compañía

Compañeros, pero sin causa

Declaración de rectificación y ampliatoria

Los traslados

Defensor samaritano

Calabozos escondidos

Cabezas de turco"

Chofer Domingo Regalado Brítez

Reconstruyendo lo ignorado

Como se inventó la conspiración

Declaraciones y Jueces

Capitán Ortigoza

Sentencias de muerte

Padre José Arketa     

Calor y oscuridad

Retracción

Cayo "Chucho" Miranda

Cartas

Noches tenebrosas

Amar por minutos

Tribunal Militar

Influencia gala

Año Nuevo con Miranda

Salud resentida

Tribunal impotente

Diario

Mentiras premeditadas

Estudiantes prisioneros

Dejar morir

Caen los torturadores

Pedido humanitario

Mi último Adiós a Maité

Diario

Sentencia N° 1

Último capítulo de D. R. Brítez

Convención Nacional Constituyente

Iglesia Paraguaya

Abertura clausurada

El autor

Pedido de hospitalización

Diario del 12/2/1967 al 17/2/1969

Prisioneros de Stroessner

Bendición Apostólica

Foto Secreta

Inspección médica y represalia

¡Salir o Morir!

Hacia "Peña Hermosa"

Baja del Ejército

A Puerto Casado

Confinamiento

Asilo Político

En el D.O.P.S. - "Huésped"

 

 

 

 

 

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