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Jorge Sáenz


  EL AMIGO DE HORTENSIA - Novela de PEDRO SERVÍN FABIO (Fotografías blanco y negro de JORGE SÁENZ)


EL AMIGO DE HORTENSIA - Novela de PEDRO SERVÍN FABIO (Fotografías blanco y negro de JORGE SÁENZ)

EL AMIGO DE HORTENSIA,

Novela de

PEDRO SERVÍN FABIO

© 2007 Fotografías color:

RENÉ GONZÁLEZ

© 2005 Fotografías blanco y negro:

JORGE SÁENZ

© 1989 Edición fotográfica: JORGE SÁENZ

Diseño gráfico: TAMARA MIGELSON

ISBN: 978-99953-35-02-1

Asunción – Paraguay

2007 (111 páginas)

 

 

Consejo directivo de FONDEC

Presidente:  Bruno Barrios

Miembros del consejo directivo: Katty Ortega /

Mario Coscia Elizabeth Vinader / Judith María Vera

Director Ejecutivo: Víctor Achucarro

FONDO NACIONAL DE LA CULTURA Y LAS ARTES

 

 

 

PEDRO SERVÍN FABIO

EL AMIGO DE HORTENSIA FOTOGRAFÍAS

JORGE SÁENZ y RENÉ GONZÁLEZ

 

 

PRÓLOGO

El relato es una descripción de las características de un "hospital"-manicomio- para enfermos mentales. Pedro Servín Fabio (ilustrado por las fotografías) no solo logra hacernos ver las condiciones físicas en las que se encuentran los pacientes sino, además, nos cuenta a través de una interna, Hortensia, lo que siente, piensa, sufre y goza una persona que vive ahí en un tiempo indeterminado, siendo lo único determinado la condición inhumana.

Nos muestra, con realismo, cómo el "hospital" se constituye en un refugio (techo y comida) de gente depositada por sus familiares porque no supieron o no quisieron ocuparse de ellos. El "hospital" concibe al sujeto como un ser de pura necesidad y por eso es inhumano. Porque, hay que ver, es un esfuerzo tratar de hacer retornar al sujeto a una dimensión de pura necesidad, básicamente biológica, a un orden más de organismo que de cuerpo.

En la novela se destaca un cierto saber sobre la locura, la curación y el vivir. El relojero, el psicólogo y el director principalmente, representan la sabiduría sobre el deber-ser-vivir-así. La rutina descripta, como por ejemplo la academia transmitida constantemente, muestra cómo tanto el agente de la salud, el loco y la institución propiamente se enlazan indiferenciadamente. Conforman una totalidad. Salud-enfermedad total, terapia total, pedagogía total, educación total, recreación total, hacen una unidad, una común-unidad, que sólo puede mantenerse si cada persona de la institución, paciente o no, termina quebrándose en la cronicidad y en el deterioro.

El "hospital" de la novela muestra cómo la particularidad queda borrada en el modelo manicomial. ¿Qué quiere decir particularidad? Quiere decir que cada uno tiene su manera de gozar. La ideología de la Salud Mental dominante, el salumentismo, utilizando un neologismo, consiste en que cada uno se olvide de su particularidad y que cada uno responda con un saber vivir más o menos estandarizado. En esta novela se destaca cómo el arte del uno por uno psico-analítico, el sujeto y sus cualidades, están segregados.

Lo incomparable, enunciado por Freud poéticamente, consistente en escuchar a cada paciente como si fuera la primera vez, es decir, sin compararlo porque es inclasificable, se encuentra hoy en la mira para ser es-fumado y disuelto: todos soldaditos en el consumo, en el sufrir o en el disfrutar.

El modelo manicomial no es solo asilar, fundamentalmente es una forma de pensamiento total y viene a formar un sujeto estadístico, un sujeto promedio, busca el crecimiento de lo mediocre y sirve para identificar al sujeto en una enumeración que, desde luego, periódicamente tiene que ser evaluado, por los "nuevos inquilinos" como se destaca en esta novela. El pensamiento manicomial remplaza lo único por lo típico.

Lo manicomial es un tipo de pensamiento y no solo un "hospital".

El pensamiento manicomial está sustentado en un cierto modo de saber sobre la locura y es éste el tallo que hay que romper de forma radical.

El manicomio es el efecto de un cierto saber, por lo menos supuesto, sobre la locura y este saber es el que induce a un tipo de mirada específica sobre el loco. Y, el saber que opera en una cultura es el que determina una perspectiva significativa y un tratamiento.

En este relato se describe la permanente tentación ilusión del sujeto psicólogo por humanizar un manicomio. Lo más claro en la realidad es ver cómo el manicomio termina brutalizando a la psiquiatría en especial, aunque no es la única.

La humanización exige un esfuerzo homérico porque el manicomio es estructuralmente segregador, opresivo e inhumano, según nos ha señalado el psicoanalista Francisco Páez Barreto, hace algunos años en Paraguay.

El mayor prejuicio actual es que se asocia locura con criminalidad. Esta asociación determina encierros extremadamente innecesarios: 20 años o más. Esta vinculación es en gran medida el fundamento de la irracionalidad de la vigencia de los denominados manicomios, y es también lo que da vida a la industria manicomial y psicofarmacológica, también señalado por Páez Barreto.

El amigo de Hortensia presenta varias caras y perspectivas de la docencia, de la asistencia, caras también del dolor y la culpa y las formas en que ésta última afecta al alma humana cuando busca imponerse en una irracional satisfacción pedagógica que controla y que, por esa misma razón, acaba produciendo estragos en los sujetos.

GENARO RIERA HUNTER

 

 

 

1

Mediodía de un día de enero. El calor era insoportable. Sólo los paraguayos son capaces de aguantar un clima con más de 40 grados centígrados a la sombra.

-No distingo bien: ¿tengo hambre o sed?, dijo Hortensia.

Sus palabras parecían una pregunta con lógica pero, al mismo tiempo, eran como una queja por no tener la capacidad para diferenciar entre una y otra necesidad.

-Tal vez quiera comer y tomar agua, las dos cosas a la vez -se respondió a sí misma mientras esperaba sentada debajo de un árbol el llamado para ponerse al lado de una cacerola gigantesca de donde una enfermera, con la transpiración chorreándole del rostro, entregaba la comida a cada uno de quienes, en silencio y disciplina, se acercaban con el plato de aluminio en las manos a recibir su ración de alimentos.

El penetrante aroma era inconfundible: guiso de arroz con porotos y trozos enormes de carne vacuna, con la grasa brillando aun más con el sol. No se puede decir que no se presentaba apetitosa la comida a pesar de ser la misma de siempre. Así que con una mezcla de entusiasmo y resignación, los obedientes comensales enviaban a sus respectivos estómagos aquel guiso.

Hortensia tenía el rostro marcado por su larga exposición al sol, denunciando su condición de mujer campesina, tal vez dedicada al cultivo de rubros de subsistencia.

-En casa no comía guisos, la comida era más simple: caldo de huesos o caldo de verduras. Mi mamá compraba del carnicero del pueblo los huesos pelados que se acumulaban para el dueño de una granja que los llevaba para sus perros -relató a su amiga Nicolasa, quien parecía no escucharla.

Nicolasa aparentaba ser muda, aunque hay quienes dicen haberla escuchado pronunciar algunas frases. El hospital tenía un mismo ritmo de vida desde varias décadas atrás: a las 6 de la mañana sonaba la campana anunciando la hora de levantarse; una hora después volvía a sonar avisando la llegada del desayuno; a las 11 se servía el almuerzo y a las 6 de la tarde, la cena estaba lista. Una hora después se apagaban las luces principales de los diferentes pabellones y sólo en el patio quedaban encendidos algunos faroles. Todos los días, la misma rutina.

 

 

2

-Doctor, ¿usted me conoce?

-Claro, eres Nicolasa.

-No, Nicolasa no habla, yo sí hablo.

-Ah, perdón ¿cómo se llama usted?

-Hoy no me acuerdo de mi nombre. A veces soy María, a veces Gertrudis, tal vez Hortensia... ¿y usted se llama...?

-Tampoco me acuerdo, pero quizá mañana. -Ingeniero, ¿usted vino a visitarme?

-No soy doctor ni ingeniero.

-Ah, arquitecto.

-Tampoco.

-Pero usted me tiene cara conocida. En algún lugar lo he visto -dijo Hortensia, poniéndose pensativa, hurgando en las profundidades de su memoria.

-Todos los días nos vemos. Usted de un lado forma fila con las mujeres y del otro lado estamos los varones.

-Entonces usted es el cocinero. Por fin tengo la oportunidad de quejarme: ¿no puede cocinar otra cosa que no sea guiso?

-Pero si hoy, justamente, había tallarines.

-¿Dónde? En su casa tal vez, porque aquí...

-No, precisamente, aquí. Parecía un día domingo. Sólo faltaron los parientes en mi mesa, aunque no estoy seguro... pero aclaro que no soy cocinero ni limpiador ni electricista, soy un relojero.

-Para mí hoy parecía martes, día de guiso con po-rotos. Los miércoles nos dan guiso con lentejas; jue-ves, guiso con...

-Dígame ¿dónde aprendió a hablar el castellano? -requirió en forma cortante pero amable.

-Dígame, ¿dónde aprendió a interrogar a las mujeres?

-Dígame, ¿podría responder a mi pregunta con una respuesta que no sea otra pregunta?

-Licenciado, ¿usted vino solo o lo enviaron?

-No soy licenciado, le dije que soy relojero, pero mañana podría ser doctor, me falta poco.

-¿Poco? ¿Para qué?

-No importa, soy relojero.

-Pero aquí no hay ni un solo reloj.

-El sol es mi reloj -respondió el hombre, muy con-fiado.

Hortensia, que parecía no estar muy satisfecha con la explicación, preguntó:

-¿Dónde dejó su reloj?

-Hoy no está conmigo, el cielo está nublado.

 

 

**************************************************

 

 

11

Tempranamente, Hortensia se había acomodado en el piso debajo del árbol con un papel amarillento en las manos.

Ella parecía estar impaciente, aunque en ese lugar todos los internos iban de un lado a otro sin destino fijo, pero respetando los límites del perímetro.

-¡Por fin llega, profesor! -exclamó al ver que el relojero se acercaba en forma parsimoniosa, con la barba cada vez más crecida y el cabello enredado.

-El correo tardó mucho en entregarme hoy mi encomienda -se justificó, sacando del único bolsillo trasero de su pantalón una hoja doblada.

Hortensia, con la ansiedad incontrolable, se puso de pie.

-Conseguí otro diagnóstico sobre mi enfermedad.

Aquí dice, un momentito... Síndrome amnésico orgánico no inducido por sustancias. Deterioro marcado de la memoria reciente y remota. Memoria inmediata bien conservada. Discapacidad para aprender cosas nuevas; desorientación en el tiempo pero no en el espacio. Disminución de la capacidad de recordar experiencias pasadas. Fabulación constante. Inteligencia, aparentemente, bien conservada. Cambios emocionales, como apatía y falta de iniciativa. F04.

El relojero se había quedado completamente mudo. Nunca había escuchado tantas descripciones de un solo trastorno de una sola persona. Prefirió no decir nada o si lo quiso hacer no le salían las palabras.

-Pero aquí tengo otro diagnóstico -señaló Hortensia- A ver... espere un rato, ingeniero, me voy a ubicar mejor para leer. Ahora sí: Trastorno esquizoafectivo F25. Aparente relación con algún episodio de esquizofrenia y trastornos del humor. Difusión del pensamiento. Ideas delirantes de control referidas al cuerpo, a los movimientos de los miembros.

Escucha voces que comentan su actividad de mujer; las voces, presuntamente, son de una mujer joven, de 15 años, según relata la paciente, provienen de un espejo. Ideas inverosímiles.

-Está bien, suficiente. Allí está el espejo, ese es el objeto principal de sus recuerdos -se animó a comentar el relojero-, pero señora ahora...

-¡Señorita! -gritó Hortensia.

-S e ñ o r i t a. Yo también quiero leerle una historia.

-¿Usted es profesor de historia?

-No, traje un papel donde se cuenta una historia que va a responder a su inquietud del otro día, cuando se preguntaba si a esta clase de hospital venía gente rica.

-¿Yo dije eso?

-Sí, claro, se refería a personas que no tienen problemas de dinero como nosotros, pero igual, al parecer, pueden enfermarse. Cuentan que Inglaterra tuvo un rey anormal, de conducta enfermiza, Jorge III -comenzó el relato-. Era nieto mayor de Jorge II, quien había muerto de un paro cardiaco, sentado en el baño mientras intentaba defecar. Este nuevo monarca desde muy niño tuvo dificultades en el aprendizaje y a los once años de edad no podía leer ni escribir. A los trece se le murió el padre, desde entonces fue educado por su madre, una señora muy posesiva y nerviosa. Cuando cumplió veinte años, su escritura era como la de un niño del primer grado y su comportamiento era infantil. Sin embargo, tempranamente gustaba del trabajo. Una vez convertido en soberano, a los 27 años de edad sufrió su primer ataque, allá por 1765, pero tuvo otros. Su familia lo mantuvo alejado de la exposición pública para evitar las burlas del populacho. Lo encerraban en su habitación con guardias armados. Parecía sufrir de una insania mental. Sus asesores comentaban que la administración política lo había desgastado, sobre todo cuando supo que las colonias más prósperas del Nuevo Mundo habían declarado su independencia, autodenominándose Estados Unidos de América. Los médicos de la corte, no muy sabios por aquellos tiempos, sólo lo trataron obligándole a beber grandes cantidades de leche de burra.

Hortensia escuchaba la narración con el mismo entusiasmo de un niño disfrutando de una fábula contada por su padre.

-¡Qué rica la leche de burra! Cuando yo era una nenita, tomaba todas las mañanas en la granja cerca de mi casa -expresó con nostalgia.

-Volvemos a lo de siempre -protestó el relojero-, por favor no me interrumpa cuando estoy dándole información. Jorge III llevaba una vida aburrida en el Palacio, pero no en la alcoba con su esposa, la princesa Charlotte de Mecklenburg-Strelilz, quien era bastante fea. Algunos psicoanalistas del siglo XX explicaron que el rey, probablemente, a raíz de la escasez de atributos físicos de su consorte, desarrolló un verdadero complejo de Edipo. Pero la fealdad de Charlotte no fue obstáculo para que él cumpliera con eficiencia, como un buen caballero de la Corte Imperial, sus deberes de esposo, ya que tuvieron quince hijos. Pero una semana después de su cumpleaños (4 de junio de 1788), sufrió un ataque biliar. Los médicos dijeron que fue a causa de no cambiarse las medias humedecidas durante una jornada de cacería. Tenía dolores de piernas, intestinos y cabeza. Tras una crisis convulsiva, sus ojos quedaron como desorbitados, echaba espuma por la boca, se que-jaba de calambres y hasta llegó al delirio; hablaba y hablaba de forma incoherente durante unas veinte horas, revelando, incluso, secretos del gobierno real. Muchas semanas después, la mejoría se hizo presente. El rey volvió a jugar partidas de backgammon; se le permitió usar cubiertos metálicos, lo dejaron afeitarse con una cuchilla fina y filosa; los guardias retiraron de su cuarto-celda los colchones con los que las paredes fueron forradas para evitar que se hiciera daño, pero el pueblo no tenía oportunidad de verlo. No obstante, un 22 de febrero de 1801 sufrió otro ataque: resfriado, fiebre y delirios, coloración oscura de la piel, taquicardia. Mejoría y agravamiento. Camisa de fuerza; pérdida de la visión y la audición. Aplicación de sanguijuelas en la cabeza. Y así siguió la rutina en la corte hasta que en 1810 el paciente perdía progresivamente la dentadura y el apetito. Cada año, los mismos síntomas y signos hasta que el 29 de enero de 1820 un escueto informe al mundo dijo: Su majestad expiró a los treinta y dos minutos después de las 8 p.m. Los historiadores manifiestan hoy que, de acuerdo con estudios modernos realizados por clínicos y psiquiatras, el rey sufría de una variedad de la enfermedad llamada "Porfrias". El tratamiento, se sabe hoy, es simple: sólo hay que darle al paciente abundante carbohidratos -terminó.

-¿Qué son los carboríferos, profesor? -preguntó Hortensia como si fuera una escolar.

El relojero, con aire de sabelotodo, respiró profundamente como lo haría un académico en una conferencia magistral.

-C a r b o h i d r a t o s. Carbohidratos son las galletas, leche de vaca, carne, huevos, papas, frutas. Se convierten en energía para el cerebro y el cuerpo en general.

-Su historia me dio hambre, profesor.

-Hortensia, usted y yo estamos aquí, pero no sabemos si queremos seguir aquí, nadie nos preguntó, pero me parece que podemos curarnos si comemos más galletas.

 

 

PEDRO SERVÍN FABIO nació en Asunción el 9 de setiembre de 1957, de madre modista y padre albañil. Fue periodista deportivo de los diarios abc Color y Noticias; y ex jefe de redacción de la edición paraguaya de la revista El Gráfico. Desde 1984 se desempeña como periodista de noticias generales de la agencia norteamericana THE ASSOCIATED PRESS (AP). Ejerce, además, la profesión de psicólogo clínico. En el campo docente es profesor de Psicoanálisis, Farmacología y Psicología del Trabajo en la filial Caacupé de la Universidad Politécnica y Artística del Paraguay (UPAP) y de Psicología Deportiva en la casa central de Asunción. En el curso avanzado de periodismo dictado por el Círculo de Periodistas Deportivos del Paraguay tiene a su cargo la cátedra de Psicología Social.

RENÉ GONZÁLEZ, 1981. Posadas (Argentina). Trabajó para el Diario La Nación de Asunción del 2001 al 2004. Desde entonces trabaja en el Diario Última Hora de la misma ciudad. Las fotografías en color aquí publicadas fueron expuestas en la muestra colectiva, “ADENTRO – AFUERA” en el Instituto Cultural Paraguayo Alemán en marzo de 2005.

JORGE SÁENZ, 1958. Victoria (Argentina). Es corresponsal de la Agencia The Associated Press en Asunción desde 1993. Ha publicado y exhibido en más de 12 países los ensayos: EL ABURRIMIENTO (1995), ROMPAN FILAS (1996), EL EMBUDO (1997) y FOTOGRAFÍO POR NECESIDAD (catálogo, 2004). Es coordinador del Talleres de ensayo fotográfico en Buenos Aires y Asunción desde el 2001 hasta hoy.

 

 

 

 

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