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FELIPE E. BENGOECHEA ROLÓN


  HUMAITÁ - ESTAMPAS DE EPOPEYA - Por FELIPE E. BENGOECHEA ROLÓN - Año 2008


HUMAITÁ - ESTAMPAS DE EPOPEYA - Por FELIPE E. BENGOECHEA ROLÓN - Año 2008

HUMAITÁ - ESTAMPAS DE EPOPEYA

 

Por FELIPE E. BENGOECHEA ROLÓN

(COMPILADOR)

 

 

Editor: EDITORIAL DON BOSCO

 

Diseño de tapa: BLÁS TORRES

Dibujo de tapa: FRANCISCO VERÓN

Diseño de tripa:

JOSÉ JAVIER CHIRIFE y NIDIA PAREDES DE BRÍTEZ

Asunción – Paraguay

Diciembre 2008 (280 páginas)

 

 

 

ÍNDICE

 

Prólogo

Ñe'embuku, el silencio

Prefacio

Origen de Humaitá

Comercio del Exterior

Francisco Solano López en Europa

Intimidación de Brasil y Estados Unidos de Norteamérica

Amenaza de invasión por parte de una escuadra brasileña

La compañera del Mariscal

Vestimenta paraguaya

Controversia de los Estados Unidos

Entretelones de la invasión de Estados Unidos de América

Thomas Jefferson Page

Bonpland por Humaitá

Incidente en el Puerto de Asunción

Descripciones de la primera guardia y de Humaitá por Bonpland y otros viajeros

Mensajeros de Humaitá

Disparos sobre la nave francesa "Le Bisson"

Desconfianza sobre la nave francesa "Le Bisson"

Iglesia San Carlos Borromeo

Bendición de la Iglesia de Humaitá

Escuela de sanidad en Humaitá

Materiales utilizados en la construcción de las defensas de Humaitá

Clase dirigente

Preparativos de guerra

Se inicia el conflicto

Firma de la Triple Alianza

Causas concretas

Planes de guerra

Febrero de 1865: Bloqueo aliado

Planes del Mariscal

Marzo de 1865: Campamento de Humaitá

Abril de 1865: José Eduvigis Díaz

Mayo de 1865: Humaitá principal objetivo aliado

Junio de 1865: Llegada del Mariscal López a Humaitá

Julio de 1865: Se celebra el Natalicio del Mariscal López

Inicio de la campaña de Humaitá

Agosto de 1865

Septiembre de 1865: Llegada de Telmo López a la fortaleza de Humaitá

Octubre de 1865: El Mariscal López proyecta su Cuartel General

Noviembre de 1865: Repaso del Paraná

Construcciones para fortificar el cuadrilátero

Enero de 1866: Dependencias auxiliares de los arsenales de Humaitá

Febrero de 1866: Visita de la legación de Francia a Paraguay

Marzo de 1866: Obras defensivas en Humaitá

Abril de 1866: Evacuación de Paso de Patria

Las batallas

Batalla de Estero Bellaco (2 de Mayo de 1866)

El Mariscal López abandona el campamento de Paso Rojas

Batalla de Tuyutí (24 de Mayo de 1866)

Mujeres auxilian a los camilleros

Junio de 1866: Cuartel General en Paso Pucú

Telmo regresa a Humaitá de la capital

Escuela en Humaitá

Residencia particular del Mariscal López en Humaitá

Campamento aliado en Paso de Patria

Elisa Lynch y el Mariscal López recorrerían el cuadrilátero

Combates en Yataity Corá (10 y 11 de Julio de 1866)

Batallas del Potrero Sauce (16 al 18 de Julio de 1866)

James Manlove detrás de las líneas aliadas

Matías Bado

Tiradores paraguayos

Agosto de 1866: James Manlove cruza las líneas paraguayas

Fortificación en Curuzú.

Septiembre de 1866: Batalla de Curuzú (3 de Septiembre de 1866)

Consecuencias de la Batalla de Curuzú

Curupayty

Entrevista entre López y Mitre en Yataity Corá (12 de Septiembre de 1866)

Construcción de la fortificación en Curupayty

5.000 hombres trabajaron en la magna obra

Las defensas de Curupayty

Batalla de Curupayty (22 de Septiembre de 1866)

Mujeres en los campamentos

Consecuencias de la Batalla de Curupayty

Paralizaciones bélicas

Octubre de 1866

Academia de oficiales

Telmo y la Tigra

Noviembre de 1866: Charles a Washbum llega a Paso Pucú

Diciembre de 1866

Paso de Patria

Cuartel General en Paso Pucú

Enero de 1867: Muerte del General José Eduvigis Díaz

Febrero de 1867

Julio de 1867: Aerostato enemigo de observación

Cumpleaños del Mariscal López

Agosto de 1867: Cañonera Británica en Humaitá

Amoríos del Mariscal López en Humaitá

Causas del bloqueo

La fortaleza de Humaitá entra en acción

Agosto de 1867

Se fuerza el paso de Curupayty (15 de Agosto de 1867)

Festejos conmemorativos

El Coronel Alen asume el mando de Humaitá

Planes para el Paso de Humaitá

Estrategia aliada

Septiembre de 1867

Opinan marinos brasileños

Tiradores hostilizan a los acorazados aliados

La Iglesia de Humaitá en ruinas

Octubre de 1867: La escuadra continúa bombardeando Humaitá

Disparos sobre la iglesia de Humaitá

Batalla de Tatajyva (21 de Octubre de 1867)

Descripción de los terrenos

Noviembre de 1867: Segunda Batalla de Tuyutí (3 de Noviembre de 1867)

Despojos traídos de Tuyutí

Nuevas líneas de fortificación

El Mariscal López concentra fuerzas detrás de la nueva fortificación

Reconocimiento

El Mariscal López determina acortar las líneas del cuadrilátero

Diciembre de 1867: La escuadra espera los nuevos monitores

El Paso de Humaitá se hará solo cuando no traiga la ruina de la escuadra

Asalto al reducto brasileño de Paso Po’i (25 de Diciembre de 1867)

El gobierno de Brasil insta a la escuadra a forzar el paso de Humaitá

Enero de 1868: Evacuación de las mujeres de Humaitá

La Iglesia de Humaitá en ruinas

Los monitores

El Mariscal López traslada la sede de su cuartel general

Febrero de 1868: Los jefes brasileños resuelven tentar el paso de Humaitá

Se establece en Cierva un nuevo reducto

Operación fluvial

Los altos jefes aliados no quieren correr los riesgos del pasaje de Humaitá

La división naval queda constituida

Los monitores pasan Curupayty

Defensa de Humaitá por agua y por tierra

El plan

Los acorazados fuerzan el Paso de Humaitá

La versión paraguaya

Detalles del Coronel Centurión sobre el pasaje

Ataque el Reducto Cierva (19 de Febrero de 1868)

Plan de sitio a Humaitá

Los brasileños no logran completar el cerco

El ejército paraguayo se desplaza hacia el Tebicuary

Marzo de 1868: El Mariscal López abandona Humaitá

El Mariscal López tiene libre comunicación por el Chaco

Orden general

Ocupación de los aliados del cuartel general en Paso Pucú

Los aliados ocupan nuevas posiciones

Abril de 1868

Instrucciones del Mariscal López

Las fuerzas de Villa Encarnación se incorporan a las del Tebicuary

Construcción de trincheras paralelas

Nuevas baterías aliadas bombardean Humaitá

Los atrincheramientos del enemigo

Se considera ridículo el bombardeo a Humaitá

Expedición del Chaco

Inacción de Caxías

Doble desembarco aliado en el Chaco

Plan aliado para la ocupación del Chaco frente a Humaitá

Las fuerzas que defienden Humaitá

Movimiento de ocupación del Chaco por los aliados

Mayo de 1868

El camino del Chaco cortan 5.000 aliados

Defensa desesperada y heroica de Humaitá

Reconocimiento sobre el Reducto Andaí

Comunicaciones entre Humaitá y Timbó

Noticias alentadores del exterior

Envío de los despachos del Mariscal López a Humaitá

Plan de ataque a la fortaleza de Humaitá

Las operaciones son debatidas en la Cámara de Diputados del Brasil

Los aliados descubren las rutas de los correos paraguayos

Bombardeo a los aliados en el Chaco

Una gran explosión interrumpe las comunicaciones

Junio de 1868

Julio de 1868: Tentativa de evacuación

Asalto a la Fortaleza de Humaitá (16 de Julio de 1868)

Combate de Acayuaza (17 de Julio de 1868)

Los últimos defensores de Humaitá

Muerte del Comandante Alen (17 de Julio de 1868)

Portador de la orden de evacuación

Característica del Chaco

Preparativos para la evacuación

Evacuación de Humaitá

Entrada de los aliados en la Fortaleza

Tragedia en Isla Po’í

Requerimiento de rendición

Escena conmovedora

Heroísmo paraguayo

Humaitá bajo el comando aliado

Cartas desde los campos de batalla por el Capitán Sir Richard Francis Burton

Un paseo por el cuadrilátero de Humaitá

La regeneración y otros

Planes de guerra fracasados del Mariscal López

Los masones

Política dudosa de Urquiza

Archivos robados

El saqueo de Asunción 

Retiro de las tropas argentinas del Paraguay

La ley de los vencedores

Bibliografía

Anexo

Resolución N° 27/08

Una aclaración

 

 

 

PRÓLOGO

 

         Inmarcesibles, los destellos fulgurantes de tantos sacrificios y tantas glorias nos llegan a través de esta asombrosa y enriquecedora compilación.

         Bucear en ella implica disponerse a conocer, sufrir, gozar, pero por sobre todo enorgullecerse ante tanto valor, tanta abnegación y entrega, que es menester conocer para aquilatar en su exacta dimensión el legado de quienes nos quisieron siempre ajenos a las cadenas.    

         Legado de alas y alturas, legado de estirpe que nunca abdica. Prosapia y linaje de pueblo eterno. Patria grande, digna y altiva.

         Preservar la memoria del holocausto, no es -en absoluto- el simple regodeo en las vicisitudes, tristezas y lamentos de aquel episodio infeliz de la historia de América, sino el símbolo vital del cual debe nutrirse el accionar de lo por-venir.

         Sin dudas que este material habrá de constituirse en un irrenunciable elemento de apoyo para exhaustivas investigaciones posteriores sobre situaciones, batallas, anécdotas, etc., que conformaron la realidad de aquella conflagración en la que nuestro país conoció de viles vejámenes y los atropellos más inexcusables.

         ¡Pero qué paradójica es la vida! Pues justamente ahí, a partir de tantos desmanes, surgió en una sola voz el nombre de la Patria, se sangró por la misma herida y henchido el pecho de cada paraguayo en un solo grito proclamó su existencia de infinitudes.

         Permítaseme por último, agradecer sinceramente al amigo Felipe por honrarme en prologar su interesante trabajo de investigación histórica, e insertar un escrito que lleva mi firma, como un humilde homenaje a todos quienes ofrendaron sus vidas en la Guerra Grande.

 

         Ñe’embuku, el silencio

 

Tal vez en el Guairá

brillante el verbo,

con gusto a cañadulce,

nació en el cerro.

 

Aquí en mi pueblo en cambio

es el silencio

la música de gritos que trae el viento.

Cómo no habrá de ser así,

si en estos lares

lloró la patria con su sangre

y corazón, y frente en alto

hizo de hombres, cumbres

y de mujeres, hizo pilares.

 

¿Qué más silencio que en la fatiga y en el

hambre?

¿Y qué más gloria que en Humaitá,

Curupayty y en Tuyutí,

En esa exacta dimensión de los titanes?

 

         Jorge -Leco- Sánchez Villa

 

 

 

PREFACIO

 

         El 1° de agosto, un contingente paraguayo embarcado en 10 canoas, intenta pasar de Isla Po'í hacia la margen occidental, en cumplimiento de una misión, siendo atacado por 8 lanchas y canoas brasileñas al mando del Capitán Stepple, y 5 argentinas dirigidas por el Mayor Bueno. Los paraguayos pierden en la acción algunos hombres y casi todas sus pequeñas embarcaciones, pero logran causar al enemigo unos 40 muertos y heridos.     

         Desde las primeras horas del 2 de agosto, se reinician los hostigamientos en Isla Po'í y Laguna Verá. Hacia el medio día el ataque enemigo asume un vigor inusitado. Al declinar la tarde, el Coronel Martínez recibe a un parlamento argentino, portador de un requerimiento de rendición. El compelido responde con el fuego de sus armas, cargadas con esquirlas de bayonetas, ya que las municiones se hallaban agotadas.

         Continúan los combates el 3 de agosto en Isla Po'í y Laguna Verá, con importantes pérdidas para ambos contendores. El General Rivas envía un nuevo parlamento invitando a Martínez a rendirse, con garantías y honores para todos. El jefe apremiado responde del mismo modo que en la víspera.

         El 4 de agosto, en vista de las reiteradas negativas para la rendición propuesta por el Coronel Francisco Martínez, sitiado con su tropa en Isla Po'í desde el 25 de julio, el General Rivas despacha en calidad de parlamentarios en nombre de la religión, a los reverendos padres Ignacio Esmerati, capellán de la escuadra brasilera, y Fray Abolla, llevando por delante una cruz sacada de la iglesia de Humaitá. Tuvieron una entrevista con los sitiados, y hablándoles en nombre del crucificado, consiguieron ablandar, con la palabra del evangelio, la resolución y bravura indomable de aquellos para que no prolongaran más la resistencia. El jefe paraguayo promete responder al día siguiente.

         Esta se llevó a cabo el 5 de agosto, al mediodía. Los delegados de ambas partes se reunieron en el puerto donde se encontraba anclado el acorazado brasileño "Cabral". Concurrió el Coronel Martínez con escolta, haciéndolo por parte de los aliados el General en Jefe interino del ejército argentino, General Gelly y Obes, y el Comandante en Jefe de las fuerzas aliadas en el Chaco, General Ignacio Rivas. La jerarquía de los comisionados aliados indica que ya estaban pactadas, de antemano, las cláusulas de un entendimiento.

         El Coronel Martínez -según informó el General Rivas- pidió "no se obligase a ninguno de sus soldados a tomar servicio en nuestro ejército, a lo que accedí sin trepidar, previniéndole que nosotros nunca habíamos procedido de esa manera, y que los paraguayos que había al servicio de nuestro ejército era por haberlo ellos solicitado espontáneamente".

         Rivas concede a los jefes y oficiales prisioneros el honor de conservar sus espadas.

         Con esta promesa -basada en irritante falsedad- se produjo la rendición a la una de la tarde de ese día.

         Estos acontecimientos de bravura indomable ocurrían hace 139 años. A pesar de haberse escrito sobre ella bibliotecas enteras, la Guerra contra la Triple Alianza sigue siendo objeto de investigaciones en el mundo; tanto el mundo de los historiadores de los cuatro países actores, como también desde hace bastante tiempo, entre investigadores de otros lugares, no sólo en el resto de América Latina, también en Estados Unidos y en Europa, que ha provocado ríos de tinta y punzantes polémicas a lo largo de la historia.

         Es muy frecuente decir que la historia es la maestra y guía que regula la vida pública, la cual es, lo mismo para los individuos que para las sociedades, de tanto interés como la privada. El pasado inmediato es la llave de los tiempos actuales.

         La historia, diferenciándose de las demás ramas del saber, no puede imponerse limitaciones. El hombre necesita que la experiencia del pasado venga a auxiliarle en sus esfuerzos prácticos, a ponerle en condiciones de comprender la posición de los problemas de actualidad que afectan a su época. Para esto le son indispensables hechos comprobados, no opiniones, por plausibles que sean, faltas del apoyo de los hechos. Al propio tiempo, tropieza el historiador con un aumento constante en la variedad de asuntos que forzosamente ha de tratar la historia. El escritor de historia se ve obligado a luchar con todas sus fuerzas contra exigencias diversas que amenazan convertirle de hombre de letras en compilador de una enciclopedia.

         La historia trata un asunto que varía constantemente en sí mismo y que cada generación estudia desde distinto punto de vista: investiga el pasado de la humanidad para deducir de él consecuencias ricas en enseñanzas para el presente y en esperanzas para el porvenir: desea descubrir tendencias de carácter permanente, ideas que prometan abundancia de frutos, concepciones que permitan acertar con el curso más conveniente para adquirir la posesión de resultados permanentes.

         Sólo la memoria puede permitirnos renacer de la nada. No importa dónde, no importa cuándo, pero si conservamos el recuerdo de nuestra pasada grandeza y de los motivos por los que la hemos perdido, resurgiremos.

         Desde la profundidad del tiempo emerge Humaitá con su imponente Iglesia San Carlos Borromeo, la fortaleza y las hermosas viviendas para constituirse en la puerta de entrada al país, en épocas en que los ríos constituían el medio de comunicación entre los pueblos y las naciones.

         En esta obra se toma como base de estudio la Campaña de Humaitá acaecida durante la Guerra contra la Triple Alianza; una de las campañas que duró casi tres años, desde octubre de 1865, hasta la capitulación de la plaza de Humaitá, en agosto de 1868.

         El estudio se inicia con la fundación de Humaitá, sus características en la época del gobierno de los López, el origen y caracterización. Críticas y opiniones sobre Humaitá como del naturalista Aimé Bonpland, Richard F. Burton, el médico italiano Paolo Mantegazza quien la describe con mucha menor simpatía, el oficial de marina francés Ernest Mouchez. El argentino Telmo López y el mayor de caballería estadounidense James Manlove, quienes llegaron durante la campaña de Humaitá y describieron sus vivencias con bastantes detalles como para que el lector las pueda imaginar.

         Posteriormente se relatan acontecimientos sucedidos en la Guerra contra la Triple Alianza, en particular los ocurridos en la campaña de Humaitá, describiendo las estrategias defensivas del ejército paraguayo en las batallas como: de Estero Bellaco, de Tuyutí, combates en Yataity Corá, batalla de Potrero Sauce, de Curuzú, de Curupayty, de Tatajyva, segunda batalla de Tuyutí, asalto a la fortaleza de Humaitá, combate de Acayuaza.

         La obra finaliza con el sitio y capitulación de esta plaza, ocurrida el 5 de agosto de 1868, de esta manera ciérrase la campaña de Humaitá. La caída de Humaitá tuvo relación con uno de los episodios más conmovedores de la Guerra contra la Triple Alianza: la tragedia de Isla Po'í. Todas estas acciones que señalan el cenit de la potencialidad guerrera del Paraguay de aquel tiempo, fueron de una intensidad dramática extraordinaria. A través de los años resuenan como cantos broncíneos de una epopeya singular. La astucia, el coraje, la abnegación del soldado guaraní y el genio guerrero de la estirpe se exaltan en esta campaña en todo su magnífico esplendor. Humaitá es la síntesis de un pasado de gloria y de tragedia. Es el monumento tallado por el hierro enemigo, al heroísmo de todo un pueblo que, dando vivencia inexorable a las palabras de su conductor, prefirió abrir una ancha tumba en su Patria, antes que verla siquiera humillada.

         Esta obra constituye un llamado a las generaciones actuales para que se interesen y lean nuestra rica historia y a través de ella recuperen su calidad paraguaya, hoy perdida tras la nebulosa que ha impuesto modas, formas de vida y sentimientos que nada tienen que ver con nuestro ser Nacional, y que Dios bendiga al pueblo paraguayo.

 

         Felipe E. Bengoechea Rolón  

         El Compilador

 

 

 

ORIGEN DE HUMAITÁ

 

         En el período pre-hispánico, antes de la llegada del europeo, la región ribereña era ocupada por los Tupí-Guaraní que utilizaron los ríos Paraguay y Paraná en su expansión colonizadora. En efecto, los ríos Paraguay y Paraná constituyeron la principal vía de comunicación de la región desde siglos antes de la llegada del europeo.

         Los Guaraní son los que en la expansión de su cultura utilizaron desde remotos tiempos precolombinos uno de los ríos más extensos del planeta, y los que le dieron el nombre de Paraguay, que significa el río de los hombres del mar (para: mar, guá: perteneciente a, oriundo de, e y: agua o río).

         Con la conquista y colonización se intensifican, desde el siglo XVI, el tráfico fluvial y los nativos canoeros que mantienen su autonomía se desplazan á los tributarios del Paraguay y Paraná, a lugares menos accesibles de la cuenca (ríos Tebycuary, Ypané, Monday, Acaray, etc.)

         Ya afirmado el orden colonial se establece la Provincia Jesuítica al Sur de los ríos Yguazú y Tebicuary hasta el Sur del río Uruguay. Diversas reducciones se establecieron en la región. Ese experimento civilizador que regulaba todos los aspectos de la vida de los nativos tuvo influencia decisiva en la región hasta la expulsión final de los Jesuitas en 1767. Muchos indígenas fueron reclutados por los ejércitos jesuíticos; durante la Revolución de los Comuneros, el ejército jesuítico fue derrotado en 1724 en la batalla de Tacuary. El ejército de ocho mil indígenas se tomó la revancha en la batalla de Tavapy en 1735, aunque los Guaraní no guerreaban ya por sus propios fueros.

         El 1° de febrero de 1778, asumió el gobierno de la Provincia el Teniente Coronel don Pedro Melo de Portugal. Desde el primer momento se ocupó preferentemente en reducir a las tribus que en crecido número seguían poblando el interior del país. Extendió el territorio controlado por la administración colonial española en lo que fue la provincia jesuítica fundando Humaitá, Curupayty, y Villa del Pilar. La fortaleza de Humaitá se construyó en lo que en su comienzo fuera una guardia, creada por el virrey Pedro Melo de Portugal y Villena. Uno de los objetivos de la expansión fue el control de las correrías de los indígenas chaqueños que pasaban a depredar en las estancias situadas al oriente del río Paraguay.

         Ubícola en la margen izquierda del río Paraguay, a 341 kilómetros al Sud de Asunción y a 28 del Paraná, en línea recta.

         En el deseo de acelerar la nucleación de la villa, el 16 de febrero de 1779 se expidió un bando, haciendo saber a los vecinos que quisiesen poblar el paso, que se les cederían tierras a título gratuito, a cuyo fin debían hacer su presentación al gobierno solicitando la licencia respectiva.

         Humaitá tal vez deriva del vocablo ymá (antigüedad), e itá (piedra, roca); piedra antigua. (Toponimia Guaraní, A. Jover Peralta).

 

         COMERCIO EXTERIOR

 

         El Paraguay está en una ebullición de progreso. Veinte años después de asumir Don Carlos Antonio López, se llega a cosechar una sorprendente suma de siete millones de kilos de tabaco; se obtienen diez millones y medio de kilos de yerba mate y había un significativo rebaño de siete millones de cabezas de ganado bovino.

         Don Carlos Antonio López construyó una industria de base, moduladora de progreso, con dominio total y absoluto del Estado y que en el Paraguay de la época equivale a decir: al servicio del pueblo.

         El Estado era, de lejos, el principal propietario, la fuerza económica más importante. Monopolizaba el comercio exterior; sobre todo en los rubros de madera, yerba mate y cueros, dejando a la iniciativa privada tan solo el negocio del tabaco.

         La Marina contaba con tres depósitos en Humaitá que eran utilizados para guardar mercaderías como: algodón, tabaco, yerba mate, cuero, guampa, madera, lana, cerda, que luego eran exportados a los puertos del Plata y de Europa, juntamente con las sabrosas naranjas producidas en la zona, siendo obligada por Ley durante la dictadura del Dr. Francia la plantación extensiva de naranjos. El algodón paraguayo conseguía cada vez mejor cotización en Europa.

         La prensa de París había dicho que el Paraguay era un país riquísimo. El Paraguay era el único país rico sin deudas en el mundo, sin embargo el Imperio del Brasil, dueño del más extenso territorio habitable del mundo, venía pagando con dificultad las deudas contraídas en las guerras de la independencia, de la Cisplatina y las revoluciones del período regencial. También la Argentina estaba en la misma situación o en una peor, al punto de que la acreedora Inglaterra se había apoderado extra diplomáticamente de las Islas Malvinas, sin resistencia como garantía de la deuda, y después se las fueron quedando.

         Comparándose la explosión nacional de progreso del Paraguay de Don Carlos Antonio López con la dependencia total de la casi inexistente industria brasileña y argentina, es evidente que el Paraguay, para la "civilización inglesa", era un peligro.

         A bordo del buque "Independencia del Paraguay" partía del puerto de Asunción, el 12 de junio de 1853, una misión diplomática enviada por el Presidente Carlos Antonio López. Como Ministro Plenipotenciario iba el General Francisco Solano López, como secretarios los señores Juan Andrés Gelly y Benigno López, y en calidad de agregados el Comandante Vicente Barrios, el Capitán José María Aguiar, el Teniente Rómulo Yegros y el Alférez Paulino Alen con el fin de ratificar tratados de amistad y comercio suscritos con Gran Bretaña, Francia, Cerdeña y Prusia. Pero, al margen de este propósito, su misión era también la de conseguir material de guerra para las fuerzas paraguayas en formación, mandar construir barcos de vapor y contratar técnicos. El General Francisco Solano López, se asentó en París, ciudad donde conoció a quien sería la compañera de toda su vida, la irlandesa Alicia Elisa Lynch.

         El presidente don Carlos Antonio López hizo venir contratados de Europa; arquitectos, geólogos, médicos, farmacéuticos, capitán de marina, ingenieros y mecánicos. Su progreso comienza a preocupar a la propia metrópolis inglesa. Ya no son apenas los representantes del capital inglés, específicamente en el Plata, que reaccionan ante la pérdida del Paraguay, que comenzó en 1811 con Francia. Ahora, ya la propia metrópolis, con las medidas bien tomadas de don Carlos Antonio López, se ve amenazada por un ejemplo que, fructificado, puede alterar su dominio. Los orígenes de la Guerra del Paraguay, que germinaban desde el inicio del siglo, comienzan a tomar contornos nítidos en la medida en que el pueblo guaraní consigue consolidar su progreso. Los buenos resultados que Don Carlos Antonio López obtiene en las relaciones internacionales, finalmente serán anulados por cualquier pretexto disponible, justamente para que un país emancipado económicamente no ponga en riesgo el "equilibrio del Plata". Un "equilibrio" que, como se verá, significa mantener el dominio del capital inglés sobre los dos más importantes países del América del Sur: Brasil y Argentina.

         El Paraguay era en 1859 una de las naciones americanas más adelantadas y prósperas con un fluido comercio exterior, no tenía ni deuda externa ni interna. Estaba llamando poderosamente la atención del mundo y especialmente de Gran Bretaña. La Argentina, en cambio, seguía siendo un hervidero de anarquía.

 

         FRANCISCO SOLANO LÓPEZ EN EUROPA

 

         Durante la permanencia del General Francisco Solano López y sus acompañantes en París, fueron declarados huéspedes de la corona. Ejercía sobre sus acompañantes indiscutida autoridad. En ocasiones daba a éstos un trato altivo y desconsiderado. Hacía excepción con el doctor Juan Andrés Gelly, por quien parecía sentir un gran respeto. Le consultaba antes de tomar cualquier decisión importante, si bien al hacerlo, cumplía recomendaciones de su anciano padre, a quien el joven López veneraba y obedecía sin discusión.

         Era en extremo laborioso. Estaba convencido de que aguardaba a su patria un gran destino que él estaba predestinado a realizar. Se proponía proveer a los suyos en el menor tiempo posible de las ventajas de la civilización y de los beneficios de la industria y el comercio más avanzado. Hablaba con entusiasmo de la virtud, docilidad, laboriosidad y natural inteligencia de sus conciudadanos. Se interesaba en las doctrinas sociales y en las diversas formas de constitución política. Era asiduo lector de Saint Simón y Lamartine. Gustaba del estilo de Chateaubriand. Adquirió gran cantidad de libros. Estudiaba las campañas de Napoleón, textos de táctica y reglamentos militares, interesándose particularmente en el tema de las fortificaciones. Consultaba con frecuencia al Coronel Mercier acerca de estos asuntos y hacía observaciones penetrantes acerca de las tácticas en uso en los ejércitos europeos. Coleccionaba grabados que mostraban los uniformes más vistosos y adquiría algunos de éstos para vestir a sus soldados y oficiales. El mismo, y sus acompañantes, llevaban una vida si no opulenta y dispendiosa, libre de privaciones. Sabía procurarse los placeres propios de su edad y condición. Era un hombre encantador. Supo ganar la simpatía del Emperador, que le honró encomendándole dirigir una parada militar en el Campo de Marte, distinción raramente concedida a un extranjero.

 

 

 

IGLESIA SAN CARLOS BORROMEO

 

         BENDICIÓN DE LA IGLESIA DE HUMAITÁ

 

         Tocaba a su término el año 1860. La villa ribereña de Humaitá, iba a ser escenario de un acontecimiento memorable. Estaba resuelto para que la solemne bendición de la iglesia se verificase el día 1° de enero de 1861. El gobierno nacional determinó poner a disposición del público los barcos integrantes de la flota del Estado, que el día 28 de diciembre del año expirante saldrían del puerto de Asunción a aquel destino.

         A las 4 de la tarde del día fijado, innumerables personas de todas las posiciones sociales llenaban el muelle de piedra, entonces en construcción, y sobre cuyos muros pronto iba a levantarse el edificio que hasta hoy es asiento de la primera institución aduanera. El espectáculo que ofrecía el puerto, lugar en donde se había dado cita todo cuanto de espléndido tenía la ciudad, era sencillamente maravillosa en el marco de aquel cielo clarísimo de una tarde tropical. Tres cuerpos de músicos alegraron el momento con las notas vibrantes de las piezas predilectas del pueblo: eran las bandas "Pytá", "Para-í" y "Muhá", dirigidas por el maestro Dupuy, contratado en Francia por Francisco Solano López, y los sub-directores sargentos Odriosola, Lid, Guerrero y Cleto.

         A las 4 y 30 de la tarde el Presidente de la República Don Carlos; como su pueblo le llamaba en tono filial, con su hija Rafaela y algunos dignatarios, apeábase de su coche frente a los malecones, donde estrechó algunas manos amigas en medio de una entusiasta ovación popular. Luego se embarcó en el "Tacuarí", lo cual hizo en compañía del Coronel Mayor de Plaza, don Venancio López.

         La flota destinada al transporte de los peregrinantes se componía de las siguientes embarcaciones: cañonera "Tacuarí", al mando del Capitán Ignacio Meza, en la que viajaban don Carlos y su familia (su esposa doña Juana Carrillo y sus hijas Inocencia y Rafaela) más su séquito; el "Olimpo", comandado por el Teniente Andrés Herrero, vapor muy lujoso en que tomaron pasaje el anciano Obispo Urbieta y el clero; el "Río Blanco", buque de alta mar que se llenó de la flor y nata de la sociedad asunceña, destacándose la presencia de doña Elisa Alicia Lynch con sus pequeños hijos; la de doña Prudencia Barrios con la hermosa Panchita Garmendia; doña Bernarda Peña de Barrios con sus hijas Bernardina, Consolación, Oliva y Dolores; doña Margarita Barrios de Valdovinos con su elegante hija Encarnación; doña Ana Peña de Velilla acompañada de sus jóvenes hijas Asunción y Mercedes, y muchas otras.

         Formaban también los vapores "Río Apa", "Mbotetey", "Jejui" y "Paraná", los tres primeros con pasajeros igualmente distinguidos, mientras en el "Paraná" tomaron ubicación las gentes del pueblo. Las distintas bandas de músicos estaban distribuidas en las diferentes embarcaciones.

         A la hora 10 de la mañana siguiente, los barcos fondearon frente a Humaitá. La batería "Londres" saludó con la salva de ordenanza, y los veintiún cañonazos fueron contestados por otros tantos desde los vapores. Luego S.E. bajó a tierra, donde fue recibido por su hijo el Brigadier Don Francisco Solano López, a quien acompañaban los jefes militares y las autoridades civiles de la villa. Por la tarde hubo ejercicios militares, juegos y retretas en la plaza de armas, ubicada al costado de la nueva iglesia. Cohetes y bombas de fiesta cruzaban el aire en todas direcciones, hasta la media noche.

         A las 7 de la mañana del día 30, mientras la población despertaba al toque de campanas y de marchas, el "Olimpo" salió con destino a Corrientes, llevando la misión de invitar al gobernador de aquella provincia, Presbítero doctor José N. Rolón.

         Esa misma mañana, el General en Jefe del Ejército, General Francisco Solano López, entrego en manos de S.E. el Sr. Presidente de la República, Don Carlos Antonio López, el parte relativo al estado de la iglesia que iba a ser inaugurada.

         El tenor de dicho documento es el siguiente:

         "Cuartel General en Humaitá, Diciembre 30 de 1860.

         Exmo. Señor Presidente de la República

         El abajo firmado General en Jefe del Ejército Nacional, tiene el honor de participar a VE. que se halla concluido el nuevo Templo que con el competente permiso de V.E. se ha editado en este campo.

         La forma, construcción, capacidad, y orden del nuevo Templo, es como sigue:

         Tiene de largo cincuenta y seis varas de frontis al mojinete, y de ancho veinte y una varas. Tiene el frontis siete arcos que dan comunicación a la iglesia y los corredores. En el frontis se hallan colocadas tres torres, la del medio tiene treinta y cinco varas de alto y cinco en cuadro: la torre del medio está sostenida por cuatro arcos que dejan libre la entrada al Templo, y un arco en cada costado de los laterales que les da comunicación con los corredores.

         Se han fundido en el Arsenal Nacional y son prontas a colocarse ocho campanas por mitad para las dos torres laterales: la de San Carlos es de veinte quintales: las demás disminuyen de peso a proporción. No se han colocado a causa de no hallarse bien seca la obra de material que las ha de recibir.

         En el interior de la iglesia tiene cuarenta y cinco varas de largo desde la puerta principal hasta el mojinete del altar mayor, y diez y nueve varas de ancho: catorce columnas de material sólido de nueve y cuarta varas de alto desde el suelo hasta el cielo raso, dividen las tres naves del Templo:

         La nave principal tiene siete varas de ancho, y las laterales a seis varas; en cada una de las expresadas catorce columnas se ha colocado en bulto de Santo, los que con otros dos bultos que se hallan en los ángulos centrales de los dos colaterales principales hacen el total de diez y seis Santos.

         El Templo tiene tres puertas a la entrada principal: dos puertas trasversales; ocho ventanas con rejas de fierro por mitad en cada costado: arriba de las tres puertas del frente se halla colocado el coro a seis varas del piso: tiene de ancho cuatro varas y de costado diez y nueve: se sube por una puerta a la torre del medio.

         Recibe luz por dos ventanas al Sud y Norte: el coro está sostenido por dos columnas y dos medias columnas en los costados Norte y Sud adonde se hallan dos escaleras de madera para subir a él.

         La Sacristía tiene diez y nueve varas de un costado a otro, y cuatro de ancho con dos puertas y cuatro ventanas: dos contra Sacristía de cuatro varas y media de largo y cinco tercia varas de ancho con dos puertas cada una que dan comunicación al altar mayor y el corredor.

         En la nave principal de la iglesia se halla colocado el altar mayor: es todo dorado, y allí está colocado el patrón de la iglesia San Carlos Borromeo en conformidad al deseo manifestado por el Ejército, y la patrona Santa Rosa de Lima: hay cuatro altares laterales bajo diferentes advocaciones.

         Las tres naves del Templo se hallan cubiertas con tejas de losa, y los corredores de azotea.

         El peristilo de la iglesia en los tres costados Norte, Este y Sud está cerrado con treinta y tres columnitas de material firme de una y media vara de alto unido con cadenas: en el frente del Templo se halla el atrio en treinta y tres varas en cuadro. La distancia del Templo al puerto principal es de trescientas varas en consideración a la fragilidad de las barrancas. Esta relación es conforme a la minuta presentada al infrascrito General en Jefe por el Capitán de Infantería ciudadano Luis González, encargado de los trabajos del Templo.

         En conclusión de este relato el infrascrito hace presente a VE. que están prontos los ornamentos y vasos sagrados necesarios para el culto público a fin de que VE. se digne mandar lo que hay lugar.

         El abajo firmado aprovecha con placer esta ocasión para saludar a V.E. con el más profundo respeto".

 

         Firma: Francisco S. López

 

         En el transcurso del día hubo paseos a caballo, visitas a los cuarteles y por la noche bailes populares como ser: las populares Galopas, Cielo, Cielito, Golondrina, Palomita, Montonero; para cada batallón había en medio del salón de baile una bordaleza de vino, de la cual sacaba cada uno la cantidad que quería tomar, sin que nadie se excediese.

         Al día siguiente llegaron los invitados correntinos, siendo saludados con los veintiún cañonazos de estilo. El padre Rolón venía acompañado de muchos caballeros, entre ellos el Ministro don Luis Garrido, el ex presidente de la Cámara don Antonio Díaz de Vivar, el Coronel don Antonio Virasoro, el Jefe de la Plaza don Wenceslao Martínez, el Director del Convento de la Merced y varias distinguidas familias correntinas. Nuestra banda ejecutó el Himno Argentino, al cual contestó, en medio de entusiastas vivas, la orquesta de los huéspedes, haciendo oír las notas del Himno Nacional Paraguayo. Correntinos y paraguayos, formando una sola familia, se confundían en un solo abrazo, hablaban un mismo idioma, identificados todos ante un altar común.

         Todo aquel día fue empleado en paseos por el pueblo y sus alrededores, visitas a la guarnición, al gran hospital, a los depósitos de armas. Por la tarde hubo vísperas cantadas frente a una capilla de campo levantada en el atrio de la iglesia.

         Y amaneció el esperado primer día del año 1861. La gran masa que llenaba el pueblo, como un río humano se desbordó hacia la iglesia para asistir a la solemne bendición de ésta. Entonces pudo advertirse cuán hermoso era aquel templo, decorado con buen gusto, cimentado sobre una explanada maravillosa. Aquel magnífico edificio, por la solidez y la estética puesta en su construcción, estaba destinado a mostrar a las generaciones del porvenir, a los pueblos del mundo, el arte y laboriosidad de los hijos de esta tierra.

         El costo de la construcción de la iglesia alcanzaría a ser muy elevado para el traslado de ladrillos en carretas de Asunción a Humaitá, razón por la que Don Carlos Antonio López destinó en la zona la construcción de un horno ubicado cerca del lugar denominado Laguna Concha y Laguna Negra. Se construyó un puente sobre la Laguna Negra por el cual se hacía pasar los ladrillos en pasamanos mediante cinco mil hombres hasta Humaitá, los cuales estaban ubicados a un metro de distancia; uno frente a otro en diagonal. El trabajo duró tres días ahorrándose los tres meses que demandaría el mismo si se los transportaba en carretas desde Asunción.

         La ceremonia estaba a cargo del Obispo Urbieta, actuando como padrino el Brigadier don Francisco Solano López. El Presbítero Justo Román pronunció una brillante alocución, llena de fervor cristiano y elevados conceptos patrióticos. Por la tarde hubo juegos de sortijas y por la noche banquetes. Durante la mañana del día 2, el Presidente recorrió una formación de 12.000 hombres bien armados y equipados, deteniéndose ante el Cuartel General, sobre la Plaza de Armas, en donde baja de su cabalgadura y se coloca frente a la puerta principal. Allí el ejército desfiló ante él, en el siguiente orden: un batallón de artillería pesada, dos compañías de rifleros, once batallones de artillería ligera, cinco escuadrones de artillería volante, la escolta del general y catorce escuadrones, lanceros y tiradores.

         A las 5 de la tarde salió de nuevo el "Olimpo" llevando de regreso a los huéspedes de Corrientes, cuyo gobernador abrazó, entre lágrimas, a nuestro obispo.

         A las 7 horas de esa misma tarde partió el "Tacuarí" de vuelta a Asunción, con el Presidente de la República a bordo terminando de esta forma la bendición de la iglesia.

 

         ESCUELA DE SANIDAD EN HUMAITÁ

 

         La concentración más importante de efectivos militares paraguayos estaba localizada en el triángulo Sur del territorio, entre Humaitá y la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay durante el gobierno de don Carlos Antonio López.

         La necesidad de proveer de asistencia sanitaria a más de 12.000 soldados y las dificultades de comunicación y transporte de dicha zona con Asunción habrían obligado a instalar un establecimiento hospitalario en Humaitá, contando con la asistencia del doctor William Stewart y otros profesionales extranjeros contratados por el Gobierno, se complementaría además con una Escuela de Sanidad creada por Stewart, uno de los más importantes aportes del escocés, el primer centro de estudios médicos en el Paraguay y uno de los primeros en Sudamérica. Iniciado el curso con 50 estudiantes, estos fueron alojados en un edificio próximo al hospital. A partir de entontes se mantendrían allí día y noche, por lo que la instalación recibió una nueva denominación: "La casa de los médicos".

         Una vez realizada la selección entre los que leían y escribían correctamente para desempeñar los cargos de practicantes, eran nombrados cirujanos. Al final de las prácticas y ya desatado el conflicto, habrán egresado algunos cirujanos como ser: Francisco Galeano, Marcelo Faría, Domingo Vázquez, Francisco Ferreira, Bernardo Carballo, Benito Franco, Felipe Talavera y Justo Pastor Candia. El hospital de Humaitá dejó de funcionar cuando el abandono de la fortaleza, el 24 de julio de 1868.

 

 

 

         MATERIALES UTILIZADOS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LAS

         DEFENSAS DE HUMAITÁ

 

         Cuando Don Carlos Antonio López asumió como primer Presidente de la República, en 1844, el país entero se convirtió en un vasto campamento y en corto tiempo la instrucción militar se difundió por todas partes, convirtiéndose en soldados todos los ciudadanos paraguayos. Antes del inicio de las operaciones, los campamentos de Asunción, el cercano Cerro León, además de los de Encarnación y Humaitá había abrigado las primeras concentraciones de tropas del Ejército Paraguayo.

         En su carácter de fortaleza, Humaitá había concentrado una gran población de efectivos militares. Con los demás componentes al servicio de la guerra, aquella demandaba una disposición urbana que respondiera a mínimos requerimientos de eficiencia, comodidades exigidas para alojamientos, cuarteles, almacenes y depósitos. Humaitá contaba con defensas que combinaban la artillería de posición con pasadizos subterráneos, trincheras con casamatas.

         Gran parte de la fama militar atribuida al Paraguay surgió de hechos o informes que, transmitidos de boca en boca, fueron exagerándose hasta ocasionar la consiguiente alarma, a miles de kilómetros de distancia. Uno de aquellos hechos casi trivial, fue el desfile militar realizado en Humaitá el 1° de enero de 1861, cuando la inauguración de la iglesia dedicada a San Carlos Borromeo.

         Otro objeto de atención para los observadores militares extranjeros fueron los dispositivos de defensa implementados por los paraguayos y que dieron a muchos aquellos emplazamientos fama de inexpugnables. Sin embargo, aquellas fortalezas hacían uso de una tecnología nacional tan eficiente como precaria. Uno de los responsables de estas construcciones, el Coronel inglés Jorge Thompson, las describe así: "...Con excepción de las antiguas baterías de Humaitá, que fueron revestidas de ladrillo, todas nuestras defensas consistían en fortificaciones de tierra, revestidas con adobes de césped, o con tejidos de ramas. El césped del Paraguay es mucho más sólido que el inglés, y cuanto más gruesos se cortaban los adobones, tanto mejor era el revestimiento; aunque el mejor que teníamos se hacía con mimbres entretejido con una enredadera llamada ysypo. Esta enredadera tiene la propiedad de no pudrirse bajo la tierra y es sumamente útil".

 

         CLASE DIRIGENTE

 

         Don Carlos Antonio López no consiguió formar una clase dirigente. La falta de una clase dirigente ligada a los intereses nacionales que podría establecer una estrategia política de lucha contra los sistemas ingleses de dominio o crear condiciones de una alianza comercial estableciendo un verdadero equilibrio en el Plata, dejó al Paraguay desarmado ante las presiones del Imperio del Brasil y de las provincias argentinas.

         Las causas fundamentales para la destrucción del Paraguay, es bueno resaltar, son nítidamente económicas. Lo que no impide que surjan otros motivos paralelos que determinarán la guerra de exterminio de la república guaraní, como: cuestiones de límite, accidentes políticos y diplomáticos inventados, calumnias manipuladas dentro de las embajadas y hasta la grotesca cruzada de civilización para "libertar" al Paraguay de sus tiranos. ¿Por qué López no comprendió anticipadamente todo eso?

         El progreso del país se impulsa realmente a partir de Don Carlos Antonio López, rápidamente, y no hay tiempo para formar una clase dirigente y ni una intelectualidad con capacidad crítica para aprender dialécticamente la realidad nacional frente a sus vecinos y de Inglaterra. Todo ocurría vertiginosamente en el Paraguay. La formación era generalmente empírica. Solo se veía lo "visible".

         Entre tanto ocurre lo contrario en el Imperio del Brasil y de la Argentina. Su clase dirigente, tradicionalmente ligada a la economía inglesa, además de estar secularmente colonizada por portugueses y españoles, comprende todo ese proceso.

         La emancipación de la economía paraguaya, que liberaba al país y lanzaba las bases de su desarrollo, trajo en su matriz una contradicción flagrante: oponerse (el Paraguay) a un sistema económico mundial controlado por una gran potencia (Inglaterra), que exportaba setenta por ciento de su producción y que no podía admitir, por más particularizada que fuese, réplica alguna a sus métodos. La incomprensión de esa situación por Don Carlos Antonio López incapacitó al Paraguay de defenderse de la agresiva política del imperialismo inglés, ejecutada por sus representantes en la América del Sur, catalizando todos los problemas de la Argentina, Brasil, Uruguay y el propio Paraguay, formando una especie de "ecuación histórica", que solo se resolvería en la guerra. Lo que no faltó al Imperio del Brasil y la Argentina fue justamente una numerosa clase dirigente, antipatriota, que estaba absolutamente enlazada con el imperialismo económico inglés. De ahí, los entrechoques de intereses y ventaja absoluta para los enemigos del Paraguay. Brasileños y argentinos, no obstante, actuando a nivel oficial y diplomático, ejerciendo además en los bastidores económicos y dentro de las Logias Masónicas.

 

         PREPARATIVOS DE GUERRA

 

         El 10 de septiembre de 1862, Don Carlos Antonio López dejaba de existir, tras gobernar los destinos del país durante 18 años. Concordante con lo conferido por la Constitución en casos de acefalia del Poder Ejecutivo, don Carlos había designado en secreto a su hijo mayor para que le sucediera provisoriamente en el poder con el cargo de Vicepresidente de la República, hasta que el Congreso eligiera un nuevo mandatario. El 16 de octubre de 1862, el General Francisco Solano López, a sus treinta y seis años de edad, es nombrado finalmente Presidente de la República del Paraguay por el período legal de diez años.

         La política paraguaya había sido de paz y un poco imprevistamente se encontró enfrentando un panorama de guerra. Cuando se produjo en abril de 1863, la invasión de Flores al Uruguay, con desembozada participación mitrista y brasileña, el General López trató de influir como agente moderador, por medio de gestiones diplomáticas, correspondencia o enviados confidenciales. Pero todos sus cálculos resultaron fallidos ante la pertinacia de los complotados en imponer soluciones favorables a la secta de los liberales. Llegó un momento en que se vio con claridad que la operación Flores, en la Banda Oriental, no era sino la etapa previa de un más vasto movimiento que se dirigía a la estrangulación y asfixia del Paraguay.

         Fue con esta certeza que el Gobierno de López, sin abandonar sus esfuerzos en pro de soluciones pacíficas y justas, entró a pensar en la necesidad de ajustar y modernizar su dispositivo militar. Colocó en el exterior los pedidos antes señalados, y por intermedio de Cándido Barreiro había encargado en Francia e Inglaterra la construcción de cuatro modernos acorazados y monitores acorazados, en cuyo trámite de planos y precios se estaba cuando ya la guerra se había encendido. Encargó a la casa Krupp, 36 piezas de artillería de grueso calibre, que emplazadas en Humaitá y otros puntos estratégicos hubieran cambiado el curso de la guerra. Pero esto se hacía en junio de 1864 y muy pronto habría de interponerse el bloqueo como una muralla, que incomunicaba a un pueblo celoso de su honra con las fuentes que podían abastecerle de elementos indispensables a sostenerla.

         Todo esto comprueba que el Paraguay no era ningún estado militarizado y poderoso, que pudiera ser un peligro para sus vecinos. Construía su propio destino en medio de una paz confiada y desprevenida, cuando ya las campañas internacionales manejadas por las logias inglesas y secundadas por sus dóciles instrumentos del Río de la Plata y de la corte de San Cristóbal, creaban el clima de prevenciones, antipatías y guerra en que debía perecer el Paraguay. Demasiado tarde lo comprendió el General López; sumergido en la placidez de pacíficos sueños, no lo había advertido su padre, Don Carlos Antonio López, y siguió algún tiempo el hijo sin tampoco descubrirlo. Cuando tuvo la certidumbre de la borrasca que amenazaba sus desguarnecidas tiendas, recién entonces se lanzó a la tarea de recuperar el tiempo perdido y lo hizo con el dinamismo, eficacia y ardor que caracterizaban a su gobierno. La preparación militar debió ser rápida, improvisada y sin duda tardía. Pero había que hacerla y se hizo como se pudo.

         El entusiasmo crecía a medida en que los sucesos adquirían mayor tensión, pero sin otras miras que las de frenar la política expansionista y agresiva del Imperio del Brasil. "El Campamento de Humaitá; escribía Berges en junio de 1864, ha sido reforzado con tres mil reclutas y en el de Santa Teresa, Villa de la Encarnación, y en las fronteras del Norte, se han hecho también fuertes reclutamientos; por fin todo el país se va militarizando, y crea Vd. que nos pondremos en estado de hacer oír la voz del Gobierno Paraguayo en los sucesos que se desenvuelven en el Río de la Plata, y tal vez lleguemos a quitar el velo a la política sombría y encapotada del Brasil". Sé ve con toda claridad que el Gobierno de López no tenía propósito alguno de interferir en los asuntos internos de las naciones del Plata, sino influir para preservar un equilibrio del que se sentía parte y al que amenazaban las intrigas e injerencias del Brasil.

 

         SE INICIA EL CONFLICTO

 

         El conflicto se inicia al intervenir Brasil en la política interna del Uruguay apoyando al General Flores y a su partido colorado. Ante esta amenaza, el Canciller uruguayo José Velázquez alerta al Paraguay, requiriendo su mediación en el conflicto el 13 de junio de 1863. Paraguay acepta el pedido, pero en ese momento, otro intento de mediación era llevado adelante por el Ministro inglés Thorton, el Canciller argentino Elizalde y el representante brasileño Saravia, que trataba de poner fin a la guerra civil entre blancos y colorados. El Imperio brasileño calificó de innecesaria la mediación paraguaya y hasta el gobierno uruguayo declaró que no haría uso por entonces de los oficios del gobierno paraguayo. Poco tiempo después, el Brasil comenzaba su agresión contra el gobierno blanco del Uruguay. El 30 de junio de 1863, el gobierno paraguayo envía su histórica protesta al plenipotenciario brasileño, en la que afirma "que el Gobierno de la República del Paraguay considerará cualquier ocupación del territorio oriental por fuerzas imperiales... como atentatoria al equilibrio de los Estados del Plata, que interesa a la República del Paraguay como garantía de seguridad, paz y prosperidad...". A pesar de esta posición, poco después se producía la invasión brasileña del Uruguay. El 12 de noviembre de 1864, tras el apresamiento del buque brasileño "Marqués de Olinda", en Asunción, quedaron rotas las relaciones entre estos dos gobiernos.

         La primera ofensiva paraguaya consistió en la Campaña de Matto Grosso, el 24 de diciembre de 1864, mientras Francisco Solano López aprestaba la ofensiva sobre Río Grande del Sur, para lo cual tenía que cruzar el territorio litigioso de Misiones, Argentina. La cancillería de ese país negaría el permiso.

         El 5 de Marzo de 1865, un congreso extraordinario nombró a Francisco Solano López Mariscal de los Ejércitos de la República. El 17 del mismo mes, ante la noticia de que Argentina había permitido la subida de una escuadra brasileña por el río Paraná, el Mariscal López autorizó la declaración de guerra al gobierno argentino.

 

         FIRMA DE LA TRIPLE ALIANZA

 

         No se hable, por consiguiente, de las mayores o menores culpas del Paraguay en las vísperas de la guerra: su destrucción había sido decretada con mucha anterioridad por los elencos liberales que se habían constituido, bajo el acicate de intereses mercantiles foráneos, en promotores de políticas propicias en las diversas regiones del Río de la Plata.

         Don José Mármol conocía las iras y maldad de los liberales, a cuyos senos tenebrosos había pertenecido. Sabía a lo que se exponía al poner en descubierto la trama criminal que arrolló a dos naciones laboriosas y pacíficas. Sus revelaciones echaron por tierra la justificación moral que Mitre se había fabricado. Y puesto que Mitre era el dios indígena de un Olimpo ideológico que no perdona las defecciones, Mármol se apresuró a escribir: "Estoy metiendo cuentos a los dioses, si continúo me expongo a que el Olimpo me haga sentir sus iras al golpe de sus rayos..."

         Lo que interesa, es dejar bien precisado, por el testimonio de sus propios actores, que las alianzas contra el Paraguay quedaron enlazadas en los primeros meses de 1864. Este solo dato servirá para poner en evidencia la hipocresía y cinismo de quienes se dijeron sorprendidos, en abril de 1865, por la iniciación de las hostilidades.

         El General Mitre, en los papeles públicos y en la correspondencia privada, reiteraba el propósito de "neutralidad" que decía ser la adoptada por la Argentina. Todavía en abril de 1865, pretextaba desconocer la declaración de guerra paraguaya y mantenerse firme en la línea de prescindencia trazada. No obstante, invitó al Brasil a que enviara a Buenos Aires un comisionado para debatir estas cuestiones, a lo que el Imperio accedió de inmediato. Invistió con su representación, con jerarquía de Ministro Plenipotenciario, al doctor Francisco Octaviano de Almeida Rosa, "una figura gallarda y desenvuelta que pertenece a la generación liberal de los políticos ilustres del Imperio", según informa Cárcano. Octaviano era Diputado en la Asamblea General Legislativa y Oficial de la Orden Imperial de la Rosa.

         Octaviano llegó a Buenos Aires el 16 de abril de 1865, pero ya a principios de dicho mes se encontraba en Montevideo, donde se entrevistó con Mármol, que se encontraba en dicha ciudad. Había, pues, partido de Río de Janeiro con mucha anterioridad a la fecha del ataque paraguayo a Corrientes (13 de abril) y nada hacía presagiar entonces la guerra. Las instrucciones de Itamaraty le habían sido extendidas el 25 de marzo anterior, y las mismas (al menos en lo que tenían de públicas) no lo autorizaban a comprometer a su país en un pacto de tan prolijas y graves disposiciones como lo fue el celebrado. Sin embargo, el Tratado de la Triple Alianza se firmó, en la casa particular de Mitre, el 1° de mayo. Octaviano asumió          transcendentales compromisos sin tiempo material de consultar a su gobierno y, por consiguiente, sin la pertinente aprobación imperial. De no mediar; según asegura el mitrismo, un acuerdo anterior, una concomitancia y un previo entendimiento, ¿cómo se explica esta autonomía del diplomático, que con libre usurpación comprometió a su gobierno en serias y delicadas cuestiones? Es éste un punto que la historia liberal se ha negado a explicar, no obstante constituir la clave de toda la armazón de derechos, deberes y acciones a que se ataron los aliados en virtud de un documento tan irregularmente concebido y ejecutado.

         Para develar este misterio, hay una referencia de don Manuel Gálvez que acaso arroje una luz esclarecedora. "Se ha dicho -escribe- que había un entendimiento previo para destruir a López, y que lo demuestra la rapidez con que se redacta el Tratado, que se firma el 4 de mayo, con fecha del 1º. En esta rapidez parece que ha influido mucho la Masonería". Ni una palabra más; la afirmación, pese al vago "parece", emerge segura y rotunda. No deja dudas de que estuvo en eso la mano de la masonería.

         En el mismo acto realizado en la casa de Mitre, se firmó un protocolo adicional cuyo texto completo determina las siguientes disposiciones: 1) Que en cumplimiento del Tratado de Alianza de esta fecha, las fortificaciones de Humaitá serán demolidas, y no será permitido erigir otras de igual naturaleza, que puedan impedir la fiel ejecución de dicho Tratado; 2) Que siendo una de las medidas necesarias para garantir la paz con el gobierno que se establecerá en el Paraguay, el no dejar salir armas o elementos de guerra, los que se encuentren serán divididos por partes iguales entre los aliados; 3) Que los trofeos y botín que se tomen al enemigo serán divididos entre los aliados que hagan la captura; 4) Que los jefes de los ejércitos aliados concertarán las medidas para llevar a efecto lo aquí acordado.

         El tratado de la Triple Alianza, según quedó redactado, es uno de los documentos más injustos, arbitrarios y humillantes de que tenga memoria la historia humana. No es posible desconocerlo ni pretender justificarlo. La conciencia universal pronunció ya entonces su veredicto inapelable. Hasta un amigo tan fiel a Mitre, como el doctor Juan Carlos Gómez, lo fulminó con palabras honradas y profundas. "El tratado -le enrostró a Mitre- es una espantosa contradicción, un mentís dado a sí mismo, una burla audaz del pueblo, de la razón y de la conciencia humana".

         Por lo demás, los propios autores de ese crimen advirtieron su gravedad y se obligaron a mantenerlo secreto. Pero las precauciones de los más comprometidos en el alevoso instrumento, no pudieron impedir que fallara uno de los resortes secundarios. Al año de su firma, el compromiso de hermetismo se frustró por obra del Ministro inglés en Montevideo, Lestón, quien logró una copia del documento y se apresuró a transmitirla a su gobierno. "Parece que Castro le dio la copia -le escribía Mitre a Elizalde -. Esto será un escándalo inaudito". El supuesto responsable (doctor de la Universidad de Pavía, don Carlos de Castro, Ministro Secretario de Estado en el Departamento de Relaciones Exteriores del Gobierno de Flores), había suscrito el tratado en representación del Uruguay y era, efectivamente, el autor de la infidencia. Tenía entonces 22 años de edad.

         El gabinete de la Gran Bretaña lo hizo conocer al Parlamento y éste, más interesado en alardear la eficacia de los sistemas británicos de espionaje, que en respetar los deberes de la discreción, dio a publicidad el texto obtenido en forma "confidencial", provocando un escándalo inaudito. La deslealtad inglesa le costó a Castro la cartera que desempeñaba; de todo lo cual le hizo agudo reproche el Canciller de la corona, Lord John Russell, en carta del 13 de mayo de 1866. Le decía: "Vos, por razones que no se conciben ni mucho menos se justifican, habéis revelado un secreto en que estaba interesado el honor de la Inglaterra. Si os visteis apremiado por las exigencias del Parlamento, no era dudosa la conducta del hombre de honor y de conciencia".

         Las protestas contra el inicuo pacto asumieron características tan impetuosas y unánimes.

 

         CAUSAS CONCRETAS

 

         En lo que respecta a las materias que desencadenaron la tempestad, se ha demostrado de manera convincente que se remontan a las cuestiones de límites y navegación que entretejieron las relaciones platinas en la década 1850-1860; investigaciones nuevas hacen recaer el peso explicativo, sin embargo, en una serie de hechos que habían sido escasamente destacados y sin que tuviesen hasta el presente, la debida acogida: en primer lugar, que a finales de aquellos años, Brasil no descartaba la posibilidad de un conflicto con el país guaraní no solo por el desacuerdo en materia de límites en la zona del río Apa, en el Norte paraguayo, sino por la restricción impuesta por el gobierno de este último país a la navegación del río Paraguay, situación que para el Imperio era crucial porque le significaba la absoluta incomunicación con sus territorios de Matto Grosso; en segundo término se ha mostrado la importancia del protocolo secreto que en diciembre de 1857 firmaran Brasil y la Confederación Argentina, en el que se consignaba que si el gobierno brasileño se veía obligado a recurrir a medidas coercitivas e incluso a la guerra contra el Paraguay, la Confederación garantizaba su consentimiento para que las fuerzas brasileñas atravesasen el territorio de Corrientes.

         La transición de Carlos Antonio López (1842-1862) y su hijo Francisco Solano López en el gobierno paraguayo se añade entre los factores importantes en la preparación del escenario bélico; el primero, a pesar de su vulnerabilidad regional; y por ello consciente de su debilidad, actuó con una visión pragmática en las relaciones con sus vecinos, mientras su hijo "pareció desconocer los límites de su poder" y se mostró deseoso de participar en las cuestiones del Plata; el Paraguay del trienio (1862-1865) se sentía igual a sus vecinos, pero estos no lo trataban como tal.

         A las cuestiones de límites debe agregarse otra, de carácter económico.

         El Estado paraguayo había entrado en la vía del desarrollo económico y del progreso técnico, y les llevaba, en este sentido, una enorme ventaja a las repúblicas vecinas. Y puesto que éstas, mediatizadas por el capitalismo inglés, no podían salir de la etapa agrícola-ganadera y pastoril, el ejemplo del Paraguay las iba a despertar de su sueño pesado. La victoria de un ensayo institucional y económico de raíz típicamente americana, autónoma y original, demostraría que el factor de atraso, en las otras Repúblicas, provenía de las instituciones y sistemas postizos introducidos por el liberalismo.

         La pasión creadora de Solano López estaba llamando la atención del mundo; fue, al mismo tiempo, pedestal de su estatua y lápida de su sepulcro. La secta de los liberales no podía ver que el progreso pasaba a su vera; mucho menos podía permitirlo la Gran Bretaña. Un Paraguay emancipado y en plena prosperidad, era un "mal ejemplo" para los países sometidos. La comparación, apenas el fenómeno se hiciera notorio, pondría en evidencia que la causa del atraso y la anarquía no era otra que la intromisión del imperialismo colonizador, disfrazado de ideología liberal.

         Fue la tremenda usura de las ideologías extranjeras, trabadas con el liberalismo nativo, la que provocó el drama en que el ensayo paraguayo debía quedar anulado. Si a la hecatombe del 64-70 no se la observa bajo esta luz clarificadora, no se podrá explicar la tenacidad implacable y el odio diabólico con que se buscó y ejecutó la destrucción del Paraguay. Detrás del inmenso y pavoroso telón de boca, se escondía la mano invisible de la Gran Bretaña. Muchos no lo han visto, otros lo han ocultado; lo cierto es que son escasos los historiadores que señalan la directa y persistente responsabilidad inglesa en aquella hoguera.

 

 

 

INICIO DE LA CAMPAÑA DE HUMAITÁ

 

         AGOSTO DE 1865

 

         Continuaban en Humaitá activamente los preparativos para el envío de nuevos contingentes a Corrientes. El Mariscal López recibió en el día una comunicación según la cual los aliados habían tenido muchas dificultades para su concentración en Concordia, donde ya se encontrarían 18.000, de los cuales sólo 4.000 eran argentinos. Aún no recibían noticias sobre el contraste de Yatay.

         Después de los terribles desastres que había sufrido el ejército paraguayo en la Campaña de Corrientes y de la rendición de Uruguayana, no se producía automáticamente la iniciación de la Campaña de Humaitá, todas las acciones que derivaron de la capitulación de las fuerzas de aquella plaza tendieron a desmantelar la Campaña del Uruguay, de la misma manera que todos los movimientos realizados a partir de entonces por los ejércitos determinaban inevitablemente, el destino siguiente de la guerra: la mudanza a territorio paraguayo y el inicio de la Campaña de Humaitá a finales de septiembre de 1865.

 

         SEPTIEMBRE DE 1865:

         LLEGADA DE TELMO LÓPEZ A LA FORTALEZA DE HUMAITÁ

 

         Telmo López, hijo del gran caudillo santafesino Estanislao López, era un hombre del litoral, empedernido, fiel a sus ideas pero, dentro del rosismo, un federal sin destino, íntegro a su manera, no cedía ante la adversidad. A quienes le preguntaban por qué se había convertido en un "pasado", les respondía: "Después de Pavón, cuando el viejo unitarismo se apoderó del gobierno, el país dejó de ser mi patria". Siguiendo sus convicciones se dirigió hacia el Paraguay, junto con su primo Silvestre Hernández y un grupo de uruguayos "blancos", con la intención de unirse al ejército del Mariscal López, en quien veía encarnados sus propios ideales. La salida de Concepción fue el 22 de agosto de 1865.

         El 4 de septiembre, Telmo y su grupo llegaron al campamento paraguayo en Corrientes, donde estaba al mando el Coronel Bruguez.

         El campamento estaba ubicado en un descampado ocupado por carpas armadas en cuadro. De una de las carpas de la comandancia salía el comandante Bruguez, de baja estatura, bien vestido de uniforme; con cara sonriente, saludó militarmente al Coronel Telmo y luego le tendió la mano y luego dio órdenes de que se atendiera al resto y de inmediato se preparara el alojamiento para los recién llegados.

         Su carpa no era un ejemplo de comodidad: sólo un catre, una mesa y una silla. Su unidad constituía la vanguardia de la columna del Paraná al mando del General Resquín, quien se encontraba con el grueso del ejército en el Santa Lucía. El Coronel Bruguez anunció la llegada de un barco de apoyo al anochecer y acordaron la partida de Telmo y su grupo para el día siguiente y urgió que se prepararan y estuvieran listos a su orden. Ya oscurecía cuando apareció el barquito.

         Al día siguiente se acercó Bruguez para avisarles que a medianoche estaría listo el barco y que sólo se embarcarían los oficiales y el señor Ministro.

         No estaban dispuestos a admitir que se los privara de sus asistentes. De las Carreras reclamó enérgicamente a su secretario Rufino Reyes, y a Bargas lo proclamó su ordenanza, y Telmo reclamó a su fiel Sargento Sosa y, de este modo, decidieron reducir la comitiva a cinco pasajeros.

         Pasada la medianoche, Telmo se despidió de Bruguez y sus ayudantes con un saludo militar y después de sus compañeros con un abrazo. La comitiva que viajaba, a Paraguay eran; Telmo, don Antonio de las Carreras, Bargas, Rufino y Sosa. La partida se produjo el 6 de septiembre.

         Telmo se estiró hasta el ojo de buey y pudo ver a ras del agua la fortaleza de Humaitá. Era el 8 de septiembre y habían andado dieciocho días para llegar al corazón de la guerra del Paraguay.

         Según Telmo; "...Desde un poco más arriba la fortaleza desencantaba. Lo que se veía era una serie de trincheras y murallones de barro y troncos que encerraban un perímetro muy grande. En el interior y sobre el río estaba la ciudadela, muy chata, toda blanca y ordenada pero sin nada que la distinguiera, salvo un campanario medio alto y esbelto que casi desentonaba con la chatura bastante tosca que lo circundaba. Era una ciudad de guerra, un campamento muy grande".

         El "Ygurey" se acercó lentamente a la costa sin que sus motores dejaran de remontar la corriente. Descubrieron el pequeño muelle hacia el que se orientaban y atrás, en tierra, un inusitado movimiento de tropa y algunos toques de corneta. Enseguida quedó formado un batallón que les dio el frente, en el centro se ubicó un abanderado con escolta y a un costado una banda de música. Había bastantes curiosos y les llamó la atención la presencia de muchas mujeres para un reducto militar. Vieron acercarse a ellos al capitán y a sus oficiales vestidos con uniforme de parada. Esquivaron varios barcos mercantes y de guerra que permanecían fondeados y tomaron amarras.

         Berges; el Ministro de Relaciones Exteriores del Mariscal López, acompañado por tres oficiales aparentemente de buenos galones, esperaba al pie de la planchada. Se dio un efusivo abrazo con don Antonio, les tendió francamente la mano a Bargas y a Telmo, y se detuvo a presentar a sus acompañantes, el General Barrios y el Teniente Coronel José Díaz y luego al Teniente Paulino Alen. Berges les explicó que el Presidente estaba ausente por razones de servicio pero que había dado órdenes para que lo representaran y les saludaran en su nombre. Charlaron algunas vaguedades empeñados todos en ser simpáticos y atentos, y después, con el compás de la banda que atacó una marcha militar cadenciosa y pegadiza, revistaron la tropa y concluyeron la ceremonia.

         Dentro de la fortaleza no cambió la impresión que tuvieron desde la cubierta. Atrás de las defensas era una edificación pobre: adobe y paja. Un sector era de ranchos chicos, como de oficiales y atrás grandes barracones para tropa. Todo ordenado y limpio. Pero chato.

         Les acompañaron a Telmo y su grupo solícitos y les indicaron sus alojamientos: un par de ranchos pegados, un poco más altos de cumbrera pero igualmente humildes. En la puerta del que supuso Telmo que era suyo lo encontró a Sosa en posición militar.

         El rancho de Telmo tiene un dormitorio sin puerta donde encontró una cama de palma y tientos, con una silla; un lugar de recibimiento con una mesa y algunas sillas, un fogón y una cuja destinada al asistente. No es malo pero tampoco muy confortable. Sosa había acomodado las pocas pertenencias y tenía encendido un fueguito para matear cuando tuvieron visita. Apareció el Teniente Alen para invitar al Coronel Telmo al comedor de oficiales. Según Telmo; "Alen es un joven simpático, entrador, delgado y alto y de buen perfil. Las mujeres pueden encontrarlo buen mozo y a los hombres puede llamarnos la atención la mirada huidiza y una expresión permanente de inseguridad". El Coronel Alen arrancó con una charla trivial y el Coronel Telmo no dejo de notar que pese a ello, de tanto en tanto se detenía en algún tema político donde preguntaba lo justo, almacenaba la respuesta y volvía enseguida a lo suyo.

         Alen le lanzó de golpe una pregunta -¿Por qué vino al Paraguay a combatir contra su Patria?

         Y Telmo le contestó: -Porque creo que después de Pavón, cuando el viejo unitarismo se apoderó del gobierno, el país dejó de ser mi patria y porque tras el abandono de Urquiza, cuando la causa federal quedó guacha, sólo Solano López tomó el mando y se convirtió en la última esperanza. Además, le aclaro que yo no huí de Concepción...-

         - El Mariscal Presidente, querrá decir... -le contestó Alen.

         Y dijo el Coronel Telmo: - ...Vea, mi teniente, en mi país el título es secundario: primero hay que tener cojones para tener jefatura y después bien grandes para mantenerla. Yo creo en Solano López porque los tiene, porque ha enfrentado valientemente esa alianza de salteadores y porque en esta guerra veo con certeza el derrocamiento de Mitre, con lo que recuperaré mi Patria, y la reposición de Berro, con lo que recuperaré mis amigos. Lo de Mariscal me interesa poco. Le diré, mi teniente: no cambia nada. Por ahora mi Patria, como usted dice, está aquí y mi espada está con el Paraguay. ¿Está contestada su pregunta?

         Mientras Sosa seguía sirviendo mate como si nada pasara, se tranquilizó Telmo y comenzó a preguntar sobre la guerra.

         Tuvo respuestas medio fragmentadas y algunas le resultaron deliberadamente dudosas. Como les habían contado durante el viaje, la columna del Uruguay se había desintegrado: una parte en Yatay y la otra sitiada en Uruguayana. Para Telmo, el Teniente Alen evaluaba los hechos muy superficialmente en cuanto al planteo estratégico de la guerra, porque lo dos sabían -tanto Telmo como Alen- que con ello se había perdido una unidad operativa importante tanto por la calidad y cantidad de tropa como por la abundancia de materiales y pertrechos con que había sido dotada y sobre todo, porque el objetivo inmediato de golpear al Imperio por Río Grande y apoyar una sublevación blanca en la Banda Oriental se había esfumado.

         La charla se interrumpió por la hora. Alen acompañó a Telmo hasta un barrancón amplio donde funcionaba un comedor de oficiales, y fue presentado a los pocos allí reunidos. Le sentaron entre el General Barrios, Ministro de la Guerra, y un Coronel austríaco llamado Wisner Morgenstem, también fueron de la mesa el Capitán de navío Remigio Cabral, que tanto se destacara en "Riachuelo", los Mayores Aquino y Cabriza y el Coronel Felipe Toledo, jefe del Regimiento "Ara Verá" que era escolta del Presidente. La charla fue amena y comieron buena carne asada acompañada con mandioca.

         Muy de refilón salió el nombre de Robles y entonces se enteró de que se lo estaba juzgando por traición a la Patria por no haber rechazado e informado de cartas que le remitieran sus amigos, Cáceres y Paunero, incitándolo a rebelarse contra la dictadura de su país para poner fin a esa guerra que creían insensata.

         La mesa se levantó temprano y la sobremesa con mate y caña fue breve. Llegó a la conclusión de que debía entrevistarse urgentemente con el Presidente para exponerle su plan de operaciones.

         Recién se dio cuenta Telmo, de que tenía un buen alero. Lindo, bien orientado y fresco, pero lamentablemente sin ninguna comodidad para disfrutarlo. Todos los vecinos tenían colgando sus hamacas.

         A la media mañana siguiente, por el oficial que los visitó, se enteraron de que el Mariscal López había retornado y que estaban citados de las Carreras y Telmo para el final de la tarde. Fueron puntuales, con las mejores ropas, bien lustrados y bien planchados.

         Caminaron hasta la plaza donde, al costado de la iglesia, estaba el edificio destinado a la Comandancia de la fortaleza y que sólo se distinguía por un gran portal y algunas banderas en su frente. Era un edificio de ladrillos cocidos al sol y muy sencillo en su construcción: tenía una salita de espera donde les recibió el oficial que les visitó; una oficina de Guardia donde vieron algunos soldados; y cuando salieron a un patio interior rumbo a otro cuerpo de la casa, alcanzaron a distinguir el despacho de la Comandancia y una pieza grande llena de mapas. Todo sin ninguna decoración. Las paredes estaban blanqueadas y sólo interrumpidas por algunos escudos y láminas de los López. En el otro edificio todo era distinto. En cuanto se entraba al primer salón se notaba abundancia y refinamiento. Muebles, fuertes de roble en la sala de reunión que se abría para un costado, buenos cortinados y cuadros no justamente épicos como correspondería al lugar, sino bellos paisajes y figuras femeninas envueltas en una nube romántica; y en el despacho, hacia el otro costado, que seguramente sería el del Presidente, algunos rincones más delicados, con pequeños sillones y mesitas cubiertas de terciopelo. Había buen gusto y un aire importado en la decoración. Además era evidente que había mano de mujer, y de mujer refinada. Desde una puerta trasera apareció el Mariscal López seguido de un par de oficiales.

         El Mariscal López usaba un uniforme de pantalón gris claro y una chaqueta blanca abotonada hasta el cuello, del cual salía un cordón corto con una medalla en forma de cruz, brillante como un sol. Caponas bordadas en oro con flecos colgantes sobre los hombros y en el pecho, al costado izquierdo, una condecoración como una roseta, bien lustrada. La banda presidencial le cruzaba desde el otro lado y sus borlas quedaban al costado.

         Se adelantó sonriente hacia don Antonio y lo tomó de los brazos, a la francesa, y luego a Telmo, sin saludo militar, le apretó fuerte y francamente la mano. Les presentó a sus acompañantes, el Coronel austriaco Wisner Morgenstern que Telmo había conocido en el comedor, y a Paulino Alen. Cambiaron algunas frases de pie y enseguida les invitó a pasar al salón de reuniones indicándoles sus lugares.

         El Mariscal López no es un hombre alto, tira a gordo aunque con buena forma, da sensación de juventud y se ríe con facilidad. Es de movimientos finos y armoniosos en todo y les trató a Telmo y a don Antonio con una familiaridad como si fueran viejos conocidos. Mientras se dirigía a de las Carreras interesándose por sus amigos comunes uruguayos, Telmo lo observaba atentamente. Es un tipo atrayente. Pelo y barba renegridos y un bigote lustroso que bordeaba labios gruesos. Nariz pequeña. Lo más interesante era su forma de mirar a su interlocutor y el brillo de sus ojos que cambiaba con cada tema y a veces parecían dos fuegos chisporroteando. Pero había en su expresión cierta melancolía, como si siempre estuviera recordando otros lugares y otras épocas.

         De golpe le encaró a Telmo y comenzó un elogio a su padre y de su tío Juan Pablo. Sin ditirambos frívolos. Con un comentario medido y justo. Lo terminó también con la frase exacta para cambiar de tema:

         - Celebro que un hijo del gran caudillo federal argentino esté a mi lado en esta guerra.

         - En todas las que sean por la causa... -contestó Telmo.

         Quedó un instante en silencio como si meditara las trascendencias de la respuesta de Telmo y volvió a la charla general, con el rostro distendido y franco. Sin duda tenía una cualidad cautivante: sabía en qué momento debía dejar de ser formal, y tenía rapidez y gracia espontánea para abandonar la corte europea y pasar a charlar con sus amigos americanos en el medio de la selva paraguaya. Es inteligente, de respuesta inmediata y aguda y sabe mantener a su interlocutor en el límite justo entre la intimidad y la distancia.

         Enseguida tocaron el tema principal: la guerra. Les explicó que cada día veía más lejos sus esperanzas de un levantamiento de disidentes argentinos comandados por Urquiza. No confiaba ya en los hombres del litoral, y a aquellos más proclives a la causa del Paraguay como Pascual Rosas, López Jordán y hasta Juan Saa, tampoco los creyó capaces de desobedecer a Urquiza. De Buenos Aires, ni hablar. Medio sonriente afirmó que con poetas y periodistas no se cambiaban gobiernos ni se hacían revoluciones, al menos serias. Para él, Uruguay estaba aplastado bajo la bota de Flores, y el gaucho General Netto de Río Grande era insobornable y todas sus ideas secesionistas habían desaparecido con la guerra.

         Giró su posición y preguntó muy serio a Telmo:

         - Y usted, coronel, ¿qué opina de las operaciones militares? -

         - Mariscal, el éxito está en mantener la iniciativa y el movimiento. En atacar siempre, con rapidez y en varios lugares distintos. Lo único que no se puede hacer es retroceder a los límites del Paraguay. Eso sólo es válido por derrota aplastante y como última trinchera. Situación que no se daba entonces - contestó Telmo.

         Quedó flotando un silencio. Telmo pidió permiso para ampliar.

         - Siga, coronel

         Prosiguió Telmo; -Al Brasil, un gigante dormido que con seguridad vamos a despertar, hay que golpearlo ahora, que está somnoliento. Después, con todos sus recursos en juego será una potencia imbatible. Pero ahora tiene un ejército escaso, inexperto y sobre todo distraído en la invasión oriental. Por eso Mariscal, las operaciones paraguayas sobre el Matto Grosso, que siempre consideré como una idea brillante de distracción, creo que no se profundizaron lo necesario. La fuerza que comandó Resquín era demasiada para tomar un fuerte destartalado y desguarnecido como el de Corumbá, pero era justa para sobrepasar Cuibá y convulsionar todo el estado, convirtiéndose en una amenaza para los de Sao Paulo y Paraná, que están a espaldas de Río Grande y Río de Janeiro. Este sigue siendo un frente no para ocupar territorios o dar grandes batallas pero sí para alarmar con mucho bochinche y guerrilla. Por eso Mariscal, volver a Matto Grosso todavía es posible y necesario para dar espacio a los restos de la columna del Uruguay para que se desprenda de la costa y se una a la del Paraná. Pero en el centro de Corrientes, que es por donde siempre marcharon los ejércitos de Belgrano, de Echagüe, de Paz, de Urquiza y de todos los que fueron o vinieron por la provincia, porque por ahí el camino es más fácil que por la costa de los ríos, siempre cortada por desembocaduras anchas, lagunas y esteros

         - Siga, mi coronel- le contestó el Mariscal.

         - Usted acaba de advertir, Mariscal, que con la invasión a Corrientes no se produjeron las adhesiones esperadas. Está bien. Es un hecho cierto. Pero creo que tales adhesiones se obtienen con triunfos y que todavía esa etapa no ha llegado. Con triunfos, aunque sean pequeños, pero que den presencia en todas partes. Aquí es muy difícil que se den batallas a la europea; no da ni el medio ni la geografía. Por eso la batalla frontal y decisiva no debe ser el objetivo del Paraguay sino que su preocupación debe concentrarse en desarticular al enemigo, dividir sus ejércitos y desestabilizar sus gobiernos y para eso hace falta movilidad y una gran cuota de imaginación. El ejército estático o que se mueve con lentitud indica para dónde va. Causa impresión pero no por mucho tiempo, y no conmueve ni decide a nadie, salvo a los que lo van a combatir.-

         - Siga, coronel- dijo el Mariscal, como sí ya fuera una orden.

         - Si el litoral no se conmueve, entonces hay que buscar otro lugar. La tercera columna de invasión a la Argentina tiene que ser por el Norte de Santa Fe. No avanzando desde el Chaco que es región intransitable, sino cruzando el río mucho más abajo, frente a la cabeza de la columna del Paraná y entrando lo necesario para pisar terreno firme. Es cierto que no hay dominio fluvial, pero nosotros, Mariscal, viajamos en el "Igurey" sin dificultades. Cruzar a Santa Fe una columna ligera de no más de 2.000 hombres bien montados no es un problema. Observe, señor, que ése es un nuevo frente no esperado y donde se puede operar con independencia en una guerra de movimientos, que puede ser abastecida y reforzada en todo momento. Sólo hay que conocer bien la región y le adelanto que nadie lo conoce mejor que yo y nadie mantiene con la indiada mejor trato que yo

         El Mariscal solamente asintió con la cabeza.

         Telmo prosiguió con su plan; "el punto más vulnerable del gobierno mitrista está en las provincias del Noroeste, donde la montonera fluye diariamente. Ahí es donde hay que amenazar y, si es posible, estar. Bolivia es neutral pero simpatizante declarada del Paraguay. Hay trato comercial permanente y aprovisionamiento de elementos médicos a través de su frontera. Si se cruza el Chaco oriental es fácil llegar a Salta sin franquear la frontera boliviana. Otra columna ligera, la cuarta, puede conmover la región y lograr mayores y mejores adhesiones que las esperadas en el litoral. Felipe Varela, Santiago Elizondo, Santos Guayama, Aurelio Zalazar, Videla, Chumbita y otros sublevarían en un pestañeo todo el Noroeste argentino, si tuvieran algo de apoyo, pero próximo, Mariscal, como una realidad y no como una expectativa. Esa es la espalda desguarnecida del gobierno usurpador de Buenos Aires y un solo golpe en ella podría mostrar más pronto a Urquiza que las columnas de invasión a Corrientes elaboran un proyecto más completo". Y con esto daba por terminada Telmo su intervención. Hubo un silencio de todos como si estuvieran masticando una propuesta que parecía audaz pero no alocada y, aunque sonara más atrayente que posible, todos estaban dispuestos a considerarla.

         Instantes después el Presidente se levantó y la reunión se dio por terminada. El Mariscal dijo a Telmo; - Muy interesante lo suyo. Haga un informe más amplio y lo volvemos a conversar en unos días. Me harían falta muchos coroneles como usted.-

         Un día, Telmo, tras forzarle la invitación a Alen, salieron a recorrer Humaitá, la Fortaleza, como ellos la llaman. Pudo enterarse de que sus obras estaban prácticamente finiquitadas gracias a la intervención de un par de ingenieros ingleses que el Mariscal había contratado en Europa, y que el complejo defensivo era realmente importante. Por Alen supo Telmo algo de su historia. En realidad fue Carlos Antonio López, padre de Francisco Solano López, el que planeó y en gran parte ejecutó el plan de defensa paraguayo, porque su política exterior nunca la supuso agresiva. Por el contrario, siempre creyó que en la estrategia del Río de Plata, su país iba a adoptar una actitud defensiva. Creía firmemente en que su habilidad negociadora era capaz de disuadir enemigos y de lograr una convivencia pacífica con sus vecinos, pero no desconocía que Brasil y la Argentina podrían ser sus rivales inmediatos. Y esto era razonable ya que el Imperio necesitaba permanentemente remontar el río Paraguay para comunicarse con su provincia del Matto Grosso y equivocadamente creía que la Argentina, que mantenía diferencias profundas sobre los territorios de las Misiones, sólo podía llegar a Asunción por agua. Esto último Telmo se lo advirtió a Barrios como una concepción defensiva peligrosa y otra vez, junto al austriaco Morgenstern, le pidió que recordara la expedición de Belgrano en 1811 y le hizo la sugerencia de planear defensas en el oriente paraguayo y sobre las costas del Paraná, especialmente a la altura de La Candelaria por donde se podía ingresar con rumbo a Tacuarí directo a Asunción pisando terreno firme y llano. Telmo no tuvo mucho éxito con su inquietud y quedó convencido por sus respuestas de que Barrios era un zoquete decorativo cuyo principal mérito era ser cuñado del Presidente.

         El Mariscal López, igual que su padre pensaba que toda invasión iba a ser por la costa del Paraguay, y con la participación de Thompson y Taylor, sus técnicos contratados, completó una guirnalda de fortalezas fluviales que arrancaba en Itapirú y seguía por Paso de Patria, Curupayty u otras más hasta llegar a Asunción. Humaitá era el mejor y más sólido de los reductos artillados sobre el río. Era parte de un inmenso "Cuadrilátero", como lo llamaban en todo el ejército, que desde sus baterías corría hasta El Sauce, reducto escondido en el monte, y protegidos sus flancos por el estero Rojas, seguía luego al S.E. con una línea de trincheras que se bifurcaban hasta formar una inmensa y peligrosa red que terminaba en el Espinillo, un enclave artillado y bien protegido por pantanos en su frente, y desde allí, en dirección E.O.; a la espalda, una complicada defensa de abatíes, de bocas de lobo y cuanta trampa podía imaginar un hombre de la selva, hasta llegar a la Laguna Chichi frente a Tuyutí. Sin incluir la plaza de Humaitá, tenía una superficie de 2000 hectáreas y lo consideraban invulnerable no sólo por las obras de ingeniería sino por la topografía de la región. En el centro se encontraba Paso Pucú, donde se estaba terminando la sede del Estado Mayor, para tener a mano todos los enclaves, los casi quinientos polvorines y depósitos de municiones y el control de toda la guarnición. Sin duda era una defensa formidable, de fuegos cruzados y de acceso muy costoso.

         Pero lo que más llamó la atención a Telmo fue el control que ejercía sobre el río, que a esa altura tiene una curva cerrada, con buena profundidad pero bastante angosto. No más de cuatrocientos metros. En el centro de la curva le indicaron una batería de treinta cañones de grueso calibre que estaban en posición de recibir al enemigo primero de frente, luego de costado en la maniobra de virar, siempre lenta en los navíos a vela, y luego de popa. Antes y después de tres gruesas cadenas afirmadas en la costa, quedaban otros ciento veinte cañones en diversas baterías ubicadas a distintos niveles sobre el río. Parecía inexpugnable. Le pareció colosal. Los aliados nunca podrían pasarla y llegar a Asunción por esa ruta; y si alguna vez llegaban, les iba a costar muchísimo. Imposible.

         Con entusiasmo, Telmo ha visitado algunas unidades, sobre todo de caballería, y hasta participó de pequeños ejercicios. La caballada es buena; son animalitos que no dicen nada, de poca alzada y de cabeza gacha, pero resistentes y veloces, especialmente en los bañados. El soldado es estupendo. Distinto de todos los que conoce. Es asombrosamente sobrio. Prácticamente no tiene necesidades y se mantiene con muy poco, demostrando que en la selva sus recursos para sobrevivir son inagotables. No hay mestizaje, todo es indio pero hay buena parada. Salvo algunas unidades especiales y distinguidas como el escuadrón escolta "Ara Verá" y el "Batallón 40", el resto está apenas uniformado: un gorro de cuero tipo morrión que protege la cabeza del sablazo, una camiseta roja y una especie de chiripá corto que de lejos parece un faldón, eso es todo. En patas y con sólo un cinto de cuero que le permite sostener la ropa, llevar un par de municioneros y la bayoneta o el machete. Todo hace que se trate de tropa que se moviliza en el acto, que tiene rapidez de maniobra y poca necesidad de abastecimiento. Lo más notable es su resistencia física y su fatalismo ante la muerte. Tal vez eso sea parte de su valentía y de su arrojo, y de esa tranquilidad que le han dicho que tiene al comenzar un ataque. Podría relatar muchas anécdotas que le han contado de estos soldaditos, indiados, flacones pero musculosos y que tienen tan pocos compromisos con la vida. La vida en Humaitá es decididamente aburrida. Hay movimientos de tropa, pequeños pero llamativos por su marcialidad, y también un caminar siempre apurado de oficiales que no se sabe de dónde vienen ni adónde van, pero que parecen en misión importante.

         Telmo fue invitado formalmente al comedor de oficiales. La charla de los asistentes es insulsa; para ellos todo marcha en forma excelente y las dudas, los supuestos negativos o las alternativas sugerentes no son aceptadas ni tenidas en cuenta ni como divagación. Pareciera ser que el optimismo fuera parte del uniforme y la confianza ciega, la base de la religión militar.

         La charla de sobremesa: pavadas, detalles intrascendentes del campamento o las defensas, pero ni una palabra de lo ocurrido en Corrientes. Se había perdido un ejército y otro descabezado regresaba sin gloria, y eso no alteraba a ninguno, ni parecía afectar a nadie. Alguno de pasada se refirió al tema y a Telmo dio la impresión de que para él como para el resto era algo sin importancia. Lo que para Telmo era un desastre para ellos parecía un simple contratiempo que en nada variaba el esquema de la guerra, ni amenazaba lejanamente el triunfo final.

         Pasan los días, y el Mariscal no está en la fortaleza.

         Por un extraño movimiento imperceptible, pero cierto, y después por algunos chismes, supieron que el Mariscal había regresado. Paulino Alen llegó al rancho de Telmo para informarles que tenían que estar, al oscurecer, en la Comandancia.

         Fueron recibidos por una guardia marcial y atenta, cuyo jefe les introdujo en el recinto que conocían de la otra reunión. Se encontraron con un grupo de oficiales de toda graduación y sin saber de qué se trataba. Si el Mariscal se lo permitía, Telmo estaba dispuesto a decirle la urgente necesidad de rectificar la estrategia general de la guerra para evitar el ser irremediablemente vencidos, porque en cuanto fueran encerrados y el enemigo desarrollara todo su poder, serán aplastados sin remedio. Pero el Mariscal nada cumplió. No hubo reunión de mandos sino reunión social para          festejar todavía no se sabía qué. La mesa del gran salón, en vez de tener mapas, se había convertido en una mesa para comer puesta con un lujo y detalle que Telmo no conocía. Copas, platos y cubiertos brillaban repitiendo destellos de las luces de muchos candelabros que inteligentemente distribuidos iluminaban todo el salón.

         Circulaban sirvientes esta vez vestidos de saco blanco, que escondían las manos indias en guantes también blancos y en todo el salón que ellos atendían diligentemente se respiraba un ambiente fresco y perfumado. Es como sentirse en un salón francés.

         Todos los presentes de uniforme, con más o menos galas y medallas pero sin denotar los grandes y los más humildes entorchados, salvo Telmo y su compañero. De las Carreras con su mismo levitón oscuro y Telmo con su única chaqueta de caponas y codos gastados. Les recibió Barrios y no hicieron falta presentaciones porque salvo unos pocos todos eran conocidos. Cabral, Toledo, Morgenstern, el valeroso Díaz, el infaltable Paulino Alen, el Capitán de navío Pedro Ignacio Mesa; el de "Riachuelo", Resquín y nada menos que el conocido de Telmo el Teniente Coronel Bruguez, aquel que les recibió cuando llegaron al ejército paraguayo en Corrientes y que de comandante de la batería sobre el Paraná había pasado a ser el Jefe de la Artillería Paraguaya. Era una reunión notable por la mezcolanza de grados y donde el inferior, si bien mantenía el mismo respeto que exigía de sus superiores, no estaba cohibido ni achicado. Era evidentemente una reunión de camaradas, y de ella Telmo aprendió otra habilidad del Mariscal, que no sentaba a su mesa sólo a los generales sino a los valientes, sin importar el grado, que por otra parte entre ellos era sólo un accidente que cambiaba vertiginosamente después de cada batalla.

         No esperaron mucho. Por la puerta posterior apareció el Mariscal acompañado por una mujer realmente atrayente, por su belleza y por su elegancia. Alta y delgada, peinada hacia atrás con una raya al medio le caía una cascada de bucles rubios que a los costados se ordenaban tras las orejas. En su cara ligeramente ovalada la nariz y el mentón marcadamente voluntariosos, dejaban como principal atracción unos ojos grandes de un color que nunca Telmo había visto; eran gris verdoso pero la tonalidad cambiaba con las luces, con la risa o cuando los fijaba prestando atención. Ni el blanco rosado de su piel bastaba para evitar la atracción de la conjunción de esos ojos que podían ser fríos e insensibles como la boca de labios capaces de contraerse y ser finos como una daga. Era Elisa Lynch, "la inglesa", "la madama" o "la reina" según fuera el sector social del Paraguay que la considerara y estaba vestida con ropas lujosas, suntuosas. Aparte de ello está adornada con una excelente          colección de joyas. El Mariscal lucía su mejor uniforme francés. Los presentes se quedaron embelesados mirando a la pareja.

         Como en un salón de alguna corte la pareja recorrió cada uno de los grupitos que se habían formado y cuando llegaron a don Antonio y a Telmo, el Mariscal les presentó con un caluroso elogio a ella, sin dejar su sonrisa de la corte, les miró impersonalmente, dijo algo que Telmo no entendió y se volvieron hacia la mesa.

         Fue una comida medio estirada al principio porque muchos no sabían utilizar tantos cubiertos y copas pero la gracia de Madama, como la llamaban todos y la charla agradable y sencilla del Mariscal, la disimularon bastante hasta hacerla pasar al momento de los postres en una reunión de buenos amigos. El Presidente está sentado entre su mujer y Resquín, que era el oficial de más grado y de más respeto en la reunión, el resto se acomodaron sin mucho orden. Alen que no es persona de la simpatía de Telmo se sentó a su izquierda y a su derecha el gringo Morgenstern. Y si bien era previsible que Telmo soportara preguntas indiscretas del primero, su conocido Morgenstern, simple y medido, lo protegería de avances impertinentes. También fueron útiles a Telmo para intentar proseguir la charla de su entrevista anterior con el Mariscal cuando tuvo la oportunidad de exponerle al Mariscal su plan de lucha. Sin embargo no tuvo mucho éxito. Telmo se desilusionó porque pareció entrever que después de aquella charla ni entre ellos ni con el Mariscal se volvió a tratar el tema, y lo peor; que ambos, pasaron por alto las consecuencias graves de la campaña correntina. Eso no fue todo, tuvo que escuchar nuevamente con sorpresa y pena cómo Alen, ante el silencio de Morgenstern, calificó de ineptos y traidores a Estigarribia y a Duarte de quienes Telmo tenía un gran concepto. Morgenstern no despegó los labios ni en ese tema ni cuando Telmo quiso sacar el de la necesidad de modificar y adecuar razonablemente toda la estrategia futura de la guerra, y cada vez que lo apuraba, quedaba mirando o tomando un trago del buen vino francés que les servían. Telmo abandonó el intento justo cuando llegó el momento de los brindis. De pie lo hicieron por la Patria, por el Mariscal, por Madama y por el éxito final de las armas nacionales y después pasaron al salón escritorio donde se les sirvió café y licores.

         En un momento el Mariscal se le acercó a Telmo.

         - "No olvide su propuesta, coronel, y espero que pronto podamos conversar con tranquilidad". Le dijo el Mariscal.

         No hubo trasnochada. Telmo pasó una última ronda de licor con unos bombones de chocolate tan ricos, y enseguida el Mariscal anunció su retirada, ofreció el brazo a Madama, saludaron en general y se retiraron sin más ceremonia. Telmo y don Antonio volvieron a sus ranchos.

         Al día siguiente, a de las Carreras estaba por pasarlo a buscar Berges para partir rumbo a Asunción. No hubo tiempo para nada, subió al coche donde ya lo esperaba el ministro. En uno más desvencijado se instaló Rufino Reyes.

         Telmo se enteró que el Mariscal no está en la Fortaleza. Acompañado por Madama Lynch, excelente jineta, salieron para Paso Pucú en una inspección de rutina. Ella es su sombra, está permanentemente a su lado y es asistente obligatoria de toda reunión civil o militar. Sobre todo en estas últimas donde da opinión y en las que junto a Morgenstern son las voces finales, en público o en la intimidad, para el consejo estratégico. El Mariscal la escucha y ella no es desacertada. Madama Lynch, a su regreso seguirá viaje a Asunción para estar cerca del Vicepresidente Sánchez, un viejo decrépito a quien hay que orientar en el pensamiento del Mariscal.

 

         OCTUBRE DE 1865:

         EL MARISCAL LÓPEZ PROYECTA SU CUARTEL GENERAL

 

         En Humaitá el Mariscal López dirigía activamente los preparativos para hacer frente a la invasión del territorio nacional por el ejército aliado que esperaba se produciría en poco tiempo. Los planes dependían del punto que eligieran los aliados para iniciar la invasión. El Mariscal López creía que el General Mitre; gran admirador de Belgrano, seguiría sus huellas durante la campaña de 1810-1811 y que el ejército aliado cruzaría el río Paraná en la zona de Villa Encarnación. Pero que también podía tomar como base la ciudad de Corrientes y avanzar en la dirección de Paso de Patria bordeando el río Paraguay para aprovechar la fuerza de la escuadra, aunque en este caso tropezaría con el obstáculo insalvable de la fortaleza de Humaitá. Para encarar cualquiera de las dos posibles emergencias, el Mariscal López proyectó instalar su cuartel general en Santa Teresa, uno de los más antiguos campamentos paraguayos, y que estaba equidistante de Villa Encarnación y Paso de Patria. El 16 de octubre, en el cuartel general de Humaitá se congregaron los jefes y oficiales del ejército y las localidades vecinas para congratular al Primer Magistrado por el tercer aniversario de la asunción al poder del Mariscal López. El Obispo Palacios oficio una misa, y hubo durante el día bailes, sortijas y serenatas.

         Para Telmo no se justificaba permanecer más tiempo en total pasividad y que lo razonable era que, lo aceptaran o no, se resolviera su participación en alguna de las columnas de invasión, o que se hiciera cargo de una unidad de combate. Pidió audiencia con Barrios que se la concedió en el acto y solicitó un cargo en el ejército.

         Le propuso que se hiciera cargo de una unidad de reclutas, que se estaba creando en Asunción, pero que en definitiva, aun eso, lo tenía que resolver el Mariscal, dadas las condiciones en que Telmo había llegado a Humaitá. Esto acontecía a principios de octubre.

         Avanza octubre. A la mañana llega un mensajero a comunicarle a Telmo que tenía audiencia con el Mariscal a primera hora del día. El Mariscal estaba en un salón chico, estaba uniformado en azul marino, con chaqueta cerrada sin otro brillo que los botones dorados. Tenía cara de preocupado, con el ceño fruncido. Se paró y después del saludo militar de Telmo, le tendió la mano, apenas con una sonrisa.

         - "Tome asiento" -le dijo. Después de un corto silencio y ya mirándole de frente, agregó: - "Las cosas no andan como me hubiera gustado. He pensado en su propuesta pero creo que llegó un poco tarde y no hubo tiempo para unir las columnas de invasión a Corrientes. Además, la aflojada de Estigarribia no sólo me privó de un buen ejército y para incursionar sobre Río Grande sino que desguarneció la espalda de Resquín sobre el Paraná. Sé que a usted no le gustó que se ordenara su retirada, pero dadas las circunstancias estará de acuerdo en que sin apoyo iba a ser cortado indefectiblemente. Mitre no sé si sabe lo que ganó en Uruguayana".

         - "Señor Mariscal, si me permite, considero que ese terreno perdido todavía puede porfiarse con otro tipo de guerra", -contesto Telmo.

         - "No, López, tengo que concentrar mis fuerzas para defender al Paraguay, que con seguridad será atacado. Hay que cambiar todo el esquema estratégico"; -dijo el Mariscal.

         - Señor Mariscal, todavía se puede atacar en los otros frentes que ni don Pedro ni Mitre los imaginan como posibles"; -agrego Telmo.

         - "No. Eso ya no puede prosperar", -le contestó el Mariscal, prosiguiendo; - "No dispongo de fuerzas suficientes como para atender tantos frentes y en zonas tan distantes, cuando en cualquier momento los aliados pueden invadir el país. Además, vea, sin un ejército paraguayo en Corrientes no se puede ni pensar en pasar a Santa Fe, y usted sabe mejor que yo que invadir por el Chaco es imposible. Después de nuestra primera entrevista hice averiguar la posibilidad de invadir por Salta. Políticamente me pareció una idea estupenda y estratégicamente mejor. Me informaron que es mucha la selva y pocas las aguadas pero que eso no sería tan grave para el ejército paraguayo. Lo preocupante es que aunque esté seguro de que mis soldados pueden hacerlo no lo estoy tanto respecto al apoyo que lograrán al llegar. Los gobiernos de esa región son todos adictos a Mitre, y aunque se encuentren muy desarmados y sin recursos serán inmediatamente asistidos desde Santiago del Estero donde los Taboada siguen siendo los comisarios del mitrismo, o desde Santa Fe donde Nicasio Oroño, pese a sus discrepancias políticas, sigue firmemente adicto a la Constitución y al Gobierno Nacional, o desde Buenos Aires, si quiere, donde pueden faltar soldados pero no recursos. Frente a todo eso la montonera no infunde seriedad ni respeto. Sin Urquiza, que no se pronuncia ni se pronunciará, no es más que una banda, ciega y sin objetivos, que se desplaza escapando de sus perseguidores sin tener ni programa ni destino. Ni siquiera una razón clara de su levantamiento y de su lucha. En esas condiciones habría que mandar más tropa de la propuesta y sobre todo, más recursos de los normales. Cuando nuestro soldado salga de la selva en la cual vive y de la cual recibe todo, estará perdido en esos llanos polvorientos y en esas distancias en las que él no puede pensar. Y nada de eso, le repito, puedo distraer en este momento".

         - Señor Mariscal, pero para compensar la pérdida del ejército del Uruguay, ¿no cree posible una mayor penetración por el Matto Grosso? ¿No sería ésa una forma de obligar al Imperio a distraer tropas?", -preguntó Telmo al Mariscal.

         - "No, coronel. Tampoco. También pasó el tiempo para eso. Estoy informado de que don Pedro reforzó la región trayendo enganchados del norte y que hasta ha contratado mercenarios para taponar esa entrada. Por supuesto que es toda tropa floja y bisoña, pero en el combate de todos los días la va a foguear lo suficiente como para contrarrestar una acción de guerrillas, que es lo único a lo que podemos aspirar por el momento. Le diré, ese frente hay que abandonarlo definitivamente, como el de Corrientes y Santa Fe. Sólo si la montonera triunfara -dificulto que suceda- podríamos invertir su propuesta, coronel: en vez de ir nosotros buscando apoyo, ir para apoyar los nuevos gobiernos. Pero no sueñe López...", -contestó el Mariscal.

         - "El Paraguay tiene una sola alternativa, -le dijo el Mariscal, prosiguiendo- y hace días que lo medito; y no hay otra. Una paz ahora es imposible, hay que prepararla. Todo indica que los aliados van a invadirnos por el Paso de Patria olvidándose de Belgrano. Y entonces va a ser una guerra larga y penosa para todos y, según mi información, eso será inaguantable para los argentinos. Salvo Mitre y Buenos Aires, nadie más quiere esta guerra y cuando la sangría sea grande, muy grande, el resto del país impulsará un pedido de paz y ellos serán proclives a aceptarlo".

         - "El proyecto grande, -continuó el Mariscal- el hacer del Paraguay una potencia americana capaz de constituir una gran confederación con Corrientes, Entre Ríos y la Banda Oriental ya naufragó. Un Paraguay con acceso al mar hubiera sido el Estado poderoso que separara a Brasil de la Argentina en condiciones distintas a las que pensaron los ingleses; hubiera pasado a ser el árbitro de la política no ya del Río de la Plata sino del Atlántico Sur. ¡Si no hubiera sido por la ceguera de Urquiza y la terquedad de mi cofrade Antonio de Souza Netto...! Ambos pasaron años en luchas estériles, empequeñecidas en contiendas civiles, sin advertir que con muy poco tiempo de una guerra grande, hubiéramos cambiado esta parte de América. Ya no es posible..."

         - "Lo importante ahora es obtener una paz no ya decorosa sino conveniente y por la cual se nos reconozca como nación clave en el equilibrio de sus mutuas pretensiones. Estamos encerrados, es cierto, pero estamos a sus espaldas, y como conservaremos siempre nuestro poder militar, somos y seguiremos siendo un factor gravitante en la política de los Aliados".

         - "Pero una paz así -agrego enérgicamente- hay que hacerla obteniendo victorias aplastantes y en eso estamos en mejores condiciones que ellos para lograrlas. Nuestra producción bélica no para, nuestro tesoro está intacto, las pérdidas de Estigarribia ya fueron repuestas y, en cuanto arriben los tres acorazados que nos están construyendo en los astilleros Arman de Francia, con blindaje de once centímetros y cañones de calibre desconocido en el Plata, terminaremos con el bloqueo brasileño y vengaremos los muertos de "Riachuelo" destruyendo la famosa flota imperial".

         - "Y cuando llegarán", -preguntó Telmo.

         - "Pronto, coronel. Por eso no me preocupa retroceder y abandonar la guerra ofensiva. Los vamos a esperar y nuestros triunfos tendrán nombres guaraníes", contestó el Mariscal.

         Se paró, dando abruptamente por terminada la entrevista, con una voz distinta e impersonal le ordenó a Telmo que por el momento se incorporara a su Estado Mayor y que se presentara al día siguiente a Barrios o a Morgenstern para recibir órdenes. Se saludaron militarmente y salió Telmo.

         Morgenstern, estaba muy ocupado desde muy temprano cuando recibió a Telmo en un pequeño cuarto que usa en la Comandancia. Está lleno de mapas, dibujos y papeles desparramados en una mesa, todo desordenado, pero bajo su control. Está hasta muy tarde, e invariablemente lo invita a tomar un trago antes y después de comer. Durante el día Morgenstem no prueba alcohol pero ya fuera de lo que él considera su servicio, parece no tener medida para estar satisfecho. Lo notable es que nunca pierde su compostura y que nunca se lo ve mareado y salvo un par de veces, muy tarde, en que lo notó Telmo la lengua dura, nadie podría decir que es un bebedor descomunal. Tiene amenidad en la forma de relatar la historia de su vida, y a veces las horas se les pasan sin darse cuenta con sus relatos de Europa, de sus guerras y sus deleites. En realidad es austríaco o como él aclara, austrohúngaro, que ingresó de cadete en un regimiento de ingenieros y que recorrió casi todos los campos de batalla hasta la caída final de Napoleón. Con la Restauración fue dado de baja aunque no por causas político-militares sino por otras que explicó pero que le sonó a Telmo muy confusas. Morgenstem no precisa la fecha en que llegó al Paraguay, pero Telmo deduce de que fue al final de la presidencia de Carlos Antonio López y que enseguida se incorporó al grupo del Mariscal, junto con Elisa Lynch, Taylor y otros extranjeros, hasta ser contratado como ingeniero militar para terminar las defensas sobre el río Paraguay. Es un hombre culto, que ha andado mucho y conoce su profesión y sobre todo, con un gran sentido común y profunda agudeza para tratar temas militares. Es un observador y comentarista imparcial, equilibrado, y ajeno a toda adulación, y tal vez por eso es consultado permanentemente por el Mariscal y Madama constituyendo con ellos la máxima jerarquía en la deliberación y ejecución de proyectos.

         Pese a que Morgenstern no es amigo de hacer comentarios sobre sus colegas, siempre algo se les escapa. Por lo que parece, López tuvo sólo dos hombres brillantes: Robles, antiguo en el grado de general, y Estigarribia promovido cuando se le dio mando de tropa importante. Hombres capaces, eficientes, con larga experiencia militar y poder de mando y sobre todo de pensamiento y mentalidad independiente, lo que según Morgenstem los convertía en críticos del Presidente. Fueron puestos al frente de la invasión a Corrientes porque también se los sabía a más aptos, disciplinados y subordinados a las órdenes superiores. Cuando todo comenzó a empantanarse, cuando arreciaron sus reclamos insatisfechos de refuerzos y más que nada de definiciones en cuanto a nuevos objetivos y políticas, las diferencias con el Presidente comenzaron a hacerse notar, y cuando López inconsultamente le dio órdenes de retroceder y suspender sus movimientos tácticos y Robles lo ignoró por considerar que el Mariscal desde Humaitá no conocía el lugar ni la situación, Barrios ascendido a general e incondicional de su cuñado-Presidente, fue, lo arrestó ante la tropa formada en la recepción y lo remitió a Humaitá donde fue juzgado y fusilado. Morgenstem le ha dado a entender a Telmo que se trató de un bolazo urdido por chismosos inferiores y rastreros, sirviendo a envidiosos, que le llenaron la cabeza al Mariscal, quien entonces cometió el error de privarse en ese momento de un general como Robles. En cuanto a Estigarribia no hubo tiempo para nada, porque agotado su ejército sin combatir no le quedó otra que encerrarse en Uruguayana para rendirse con decoro.

         El resto del generalato o es de pacotilla como Barrios o improvisado como Resquín, que pasó de un día para otro a la jefatura de todas las operaciones sin otras condiciones que su lealtad y valentía. No es brillante. Ni siquiera físicamente, porque es gordo y retacón pero tiene indiscutido méritos como organizador incansable, buen planificador táctico y excelente como cartógrafo. Bien provisto de mapas y estadísticas era un destacado Jefe de Estado Mayor como le explicó Morgenstern a Telmo, pero no un estratega, lo que más falta le hacía al Paraguay. En cuanto al resto, se trata de hombres jóvenes tan valerosos y temerarios como ambiciosos, muchas veces de la gloria y otras muchas del calor oficial, pero todos carentes de experiencia militar. Del grupo le llamó la atención a Telmo el Capitán Juan Centurión, valiente y arrojado como los otros pero destacado por su inteligencia y nivel cultural. Valía la pena su charla siempre fresca e interesante. Su natural sencillez lo había convertido en integrante obligatorio de la tertulia del mate. Y un Capitán, Bernardino Caballero, que le impresionó como un hombre serio y honesto en su profesión. Al lado de Morgenstern, Telmo supo que había sobrevalorado lo que rodeaba militarmente al Mariscal-Presidente y realmente tuvo cierta desilusión.

         Estaba terminando octubre cuando regresó a Humaitá doña Elisa Lynch, Morgenstern, que la admira por sus condiciones personales y la respeta como la segunda autoridad del país, se permitió una broma, una de sus agachadas de gringo; como haciéndose el despreocupado comentó y en voz baja:

         - "Madama sabe con los bueyes que ara y debe de haberse enterado de que Juanita Pesoa, antiguo amor del Mariscal, estaba en Pilar... demasiado cerca de Humaitá".

         El Presidente dispuso una visita a Paso de Patria, y le incorporaron a Telmo en la comitiva. Para evitar a la escuadra brasileña que estaba fondeada en Corrientes y que siempre tenía un barquito vigilando la boca del Paraguay, se resolvió ir por tierra. Los cuarenta kilómetros se recorrieron no sólo con facilidad por el buen estado del camino sino también con amenidad, porque el paisaje resultó cambiante y atrayente.

         Se cruzaron con alguna tropa, primero abatatada por la presencia inesperada del Mariscal y luego alegre y saludadora queriendo hacerse notar. Telmo vio muchas mujeres viejas andando en burros, siempre pitando cigarros de hoja e inmutables como si anduvieran solas en un mundo desierto, y también algunas más jóvenes que miraban y sonreían con picardía. Todas con su typoí ajustado al cuerpo, sus crenchas renegridas partidas al medio y caídas en trenzas brillantes. Iban cargadas de bastimentos destinados con seguridad a sus hombres, que no era de dudar estaban en el ejército, y todas mantenían un porte y un andar como para llamar la atención.

         Sobre algunas lomadas vieron construcciones y un mástil con bandera que les indicaron la llegada al centro militar de la población. Paso de Patria es un extenso rancherío que alberga una vanguardia que según Morgenstern superaba los 20.000 hombres con un centro bien delineado.

 

         NOVIEMBRE DE 1865: REPASO DEL PARANÁ

 

         Los contrastes de la batalla del Riachuelo, Yatay y la pérdida de un ejército de 10.000 hombres en Uruguayana, obligaron al Mariscal López a revisar su plan ofensivo y a transformar totalmente el orden estratégico que se tenía trazado. Las circunstancias aconsejaban retrogradar todos los efectivos al territorio nacional, volviendo en defensivo el signo de las operaciones. El Mariscal López cursó las instrucciones correspondientes al comandante de la División del Sud, Brigadier Resquín, recomendándole muy especialmente atender a los movimientos de la escuadra enemiga. "La situación de Mbatará sobre la costa del río -le decía, puede ser ocupada por nuestra artillería ligera en caso de que la escuadra pretenda subir a molestar nuestro pasaje".

         La operación del repaso del Paraná, por una masa de 30.000 hombres, se efectuó de una manera tan ordenada y perfecta, que puede considerársela una victoria de excepcional magnitud. La situación extrañaba peligros tan considerables, que el río Paraná, de 3.000 metros de ancho, pudo ser el sepulcro de esas bizarras tropas guaraníes.

         El Comandante en Jefe de los Ejércitos era, el Brigadier Resquín; pero el comando de la operación le fue confiado al entonces Teniente Coronel José E. Díaz, que ya se había singularizado por su serenidad, coraje y pericia. Todo se realizó con una perfección inigualable, y durante cinco días, cientos de balsas y canoas, respaldadas por los vapores "Yporá" y "Pirabebé", fueron devolviendo al territorio nacional aquellos valiosos elementos, de que la patria necesitaba. El 3 de noviembre, sin haber disparado un solo tiro y sin haber sufrido pérdida alguna, aquella masa ingente de hombres, pertrechos de guerra y animales de consumo, se encontraba en la tierra querida, dejando a sus espaldas el ancho río, pudiendo ser su tumba, fue como un arco fluvial de victoria.

         Después de desembarcar en Paso de Patria los últimos contingentes paraguayos, el "Pirabebé" y el "Ypora" navegaron la corta distancia hasta la desembocadura del río Paraguay que remontaron rumbo a Humaitá. A bordo viajaron los comandantes Díaz y Bruguez. Con gran júbilo se recibió en Humaitá la noticia de la feliz conclusión de la evacuación de Corrientes por el ejército. El Mariscal López felicitó al General Barrios que había dirigido la operación desde sus comienzos, y lo mismo al General Resquín, a los Comandantes Díaz y Bruguez, que cubrieron la retirada, y al Capitán Remigio Cabral que dirigió el transporte fluvial. Por la noche se efectuó un gran baile en homenaje de los mismos. La prensa aliada, en Río de Janeiro y en Buenos Aires; agrandó la significación del retroceso paraguayo y poco menos que anticipó el final inminente de la guerra. También lanzó gruesas difamaciones contra el proceder de los ejércitos paraguayos, especialmente por el cautiverio que se aplicó a algunas damas correntinas. Thompson dice que "...seis u ocho señoras de Corrientes; esposas de algunos distinguidos oficiales argentinos, fueron enviadas como rehenes a Humaitá con el pretexto de estar en correspondencia con el enemigo". No fueron seis u ocho; sino cinco: las señoras Encarnación Atienza de Osuna, Carmen Ferré de Alsina, Jacoba Plaza de Cabral, Toribia de los Santos de Sosa y Victoria Bahrt de Cevallos. Trasladadas como medida precautoria, el bloqueo hizo imposible su retorno, hasta cuatro año después, en que las tropas de la alianza rompieron su cautiverio. Las privaciones y penurias que sufrieron fueron las comunes que el dramatismo de la situación imponía a todos, comenzando por los paraguayos. No podía el Mariscal López imputarles como un delito, la fidelidad de su patriotismo.

 

         CONSTRUCCIONES PARA FORTIFICAR EL CUADRILÁTERO

 

         El Mariscal López asumió el mando del ejército paraguayo en persona; y al efecto partió de Humaitá a Paso de Patria. Todo el personal del Cuartel General, inclusive los que componían el cuadro pasivo de la mayoría, lo acompañaron.

         El Mariscal López enviaba pequeñas partidas de pomberos (espías), al otro lado del Paraná, que mataban a los soldados aliados que se encontraban aislados o dispersos.

         Una vez, un sargento volvió trayendo en un saco nueve cabezas de soldados aliados que fueron puestas en exhibición para servir de escarnio. El referido sargento que era un negro fue promovido por sus hazañas a alférez, uno de los pocos ejemplos de que hombres de esta raza hayan llegado, hasta entonces, a ese grado, en el ejército paraguayo.

         El 26 de noviembre y continuando con el reacomodo a las nuevas circunstancias, el Mariscal López iniciaba las construcciones para fortificar el cuadrilátero, geometría fundamental que permitía completar las defensas de aquel pantanoso triángulo del sur paraguayo, en los sitios que la naturaleza había olvidado poner las suyas. Toda esa región era un enorme estero, poblado de alimañas, anegado, hostil, impenetrable, con algunas fisuras de tierra firme llamadas "pasos"; estratégicos corredores que López mandaba defender con fortificaciones de diversa envergadura.

         Frente a Curupayty se plantó en el lecho del río una estacada, se tendieron tres gruesas cadenas de una a otra orilla y se colocaron torpedos. En Humaitá, todas las baterías, sobre todo la famosa llamada "Londres", fueron reforzadas con nuevas obras. La artillería de posición estaba integrada por 31 cañones de tipo moderno, aparte de más de 200 piezas de modelos antiguos.

         El 28 de noviembre, Telmo ha recibido orden de viajar a Asunción. Otra vez, al muelle de Humaitá, donde Sosa esperaba. Otra vez a navegar en el "Igurey". El 1° de diciembre a la mañana estaba en Asunción. Telmo se presentó en el Ministerio de Guerra.

 

         ENERO DE 1866:

         DEPENDENCIAS AUXILIARES DE LOS ARSENALES EN HUMAITÁ

 

         El Mariscal López dispuso que en Humaitá, bajo la dirección del Coronel Elizardo Aquino, se instalaran dependencias auxiliares de los arsenales, a objeto de cooperar en la elaboración de equipos para el Ejército Nacional. El Coronel Aquino, que ya actuó en la fundición de Ybycuí, fue autorizado para solicitar directamente de los Arsenales de Asunción la maquinaria y el material necesarios para cumplir los pedidos militares.

         Continuaba la afluencia de gente de la capital y de la campaña al gran campamento fortificado de Paso de Patria. Con ese motivo el lugar adquirió las características de una verdadera ciudad pues se multiplicaron las viviendas y aparecieron muchos negocios. Natalicio Talavera escribió para su crónica de "El Semanario"; "...la llegada de gente desde esa capital y de la campaña, da un carácter de novedad, de interés y de movilidad constante a la vida alegre y bulliciosa del campamento. En tal sentido hemos de decir que Paso de Patria está de lujo". Recordó el cronista que Paso de Patria, fundado en 1847 por el General López en el lugar donde estaba el antiguo Paso del Rey, fue abandonado en 1855 cuando la expedición brasileña del Almirante Ferreira d’Oliveira, en cuya oportunidad la guarnición se replegó a Humaitá, quedando el lugar desierto hasta fines de 1864 en que fue elegido nuevamente por el Mariscal López como lugar de concentración del Ejército Nacional.

 

         FEBRERO DE 1866

         VISITA DE LA LEGACIÓN DE FRANCIA A PARAGUAY

 

         Monsieur Peralt de Caravaliere de Cuberville visitó el Paraguay en la cañonera "Decide" acompañado de monsieur Maurice de Vemoulliet, Secretario de la Legación de Francia en Buenos Aires, quien era portador de una carta autógrafa de S.M. el Emperador Napoleón III para el Mariscal López. Pasaron sin ser molestados a través de la flota imperial del Brasil desplegada en las Tres Bocas, que así se llama la confluencia de los grandes ríos Paraná y Paraguay. Hacia el Este se oía un violentísimo cañoneo. Al llegar a Humaitá fueron recibidos en audiencia solemne por el Mariscal López. Según por lo observado de monsieur Cuberville; "El Mariscal López es un hombre encantador. Humaitá es una fortaleza inexpugnable. Ocupa la margen izquierda de una cerrada curva en la que el río Paraguay se estrecha. Puede cruzar los fuegos de sus baterías en un amplio recodo de las aguas. Dentro de su perímetro reinan el orden y la limpieza. Los cuarteles son sólidas construcciones de adobe con techos de paja, amplios y aireados. Sobre la ribera se levanta una hermosa iglesia de alto campanario. Los oficiales visten a la francesa. Los dragones de la guardia usan casco de bronce con una cola de mono en la cimera. La tropa de línea lleva altos morriones de cuero, roja blusa de bayeta, pantalones blancos de lonilla y no gasta calzado. Esta parece ser una costumbre del país. Me han dicho que los jefes y oficiales cuando están de fajina se libran de las molestas botas. Los soldados tienen un magnífico aspecto, nunca he visto reunida una juventud tan espléndida. Se los ve bien nutridos. Son por lo general altos, espigados. Abundan, sobre todo en la caballería, verdaderos gigantes. Llevan una corta melena, el rostro afeitado y grandes bigotes, si bien abundan los muy jóvenes que muestran el rostro limpio, de notable finura de rasgos. Predomina la piel cobriza, aunque hay también no pocos blancos, algunos tan rubios que parecen anglosajones. He visto también indios puros, negros y mulatos, pero son lo menos. No se observan diferencias de casta o raza entre jefes, oficiales y soldados. Los mandos provienen invariablemente de la tropa de línea, cosa que no ocurre en los ejércitos aliados, en los que la oficialidad está formada por individuos de las clases educadas y pudientes, que deben sus grados no a la experiencia y al mérito sino que los ostentan como un privilegio. El Ejército paraguayo está formado por hombres vigorosos, disciplinados, entusiastas, y por tanto, temibles, aunque sus enemigos les tripliquen en número, dispongan de reservas inagotables y estén mucho mejor armados". Después de la corta visita a Humaitá, se les autorizó a continuar viaje hasta Asunción.

 

         MARZO DE 1866:

         OBRAS DEFENSIVAS EN HUMAITÁ

 

         Bajo la dirección del ingeniero Jorge Thompson se efectuaron nuevas obras defensivas en la fortaleza de Humaitá. Se le agregaron varias baterías, y se ensanchó la línea de trincheras que circundaban la plaza. Comenzó a instalarse una cadena que unía las dos costas y que sería un obstáculo insalvable para la escuadra, salvo que el río creciera extraordinariamente. Estaban construidos sus eslabones con madera de timbó. Cada trozo era de seis varas de largo y 18 pulgadas de ancho, unidos por ganchos manufacturados con rieles de ferrocarril divididos en dos. La cadena tenía de largo una cuarta parte más que la anchura del río, y sus cabezas se aseguraban en cuatro fuertes estacas metidas en tierra. Por su propio peso estaba casi toda bajo el agua y los brasileños podrían hacerle fuego por largo tiempo con poca probabilidad de hacerle daño.

 

         ABRIL DE 1866:

         EVACUACIÓN DE PASO DE PATRIA

 

         Iniciada la evacuación de Paso de Patria, cuyas viviendas tenían que ser incendiadas cuando se retiraran las últimas tropas, el Mariscal López analizó distintas alternativas para la ubicación de su Cuartel General. Inmediatamente después de la salida de Paso de Patria y mientras el enemigo aún no se movilizaba de Itapirú, el jefe paraguayo se había establecido en el lugar conocido como Nduré. Desde allí siguió hasta el extremo Norte del Bellaco, en el Paso Rojas, donde se detuvo a organizar sus efectivos e instalar su Cuartel General. En ese lugar planeo la acción de Estero Bellaco.

         Se divisó largas columnas de mujeres que se alejaban de Paso de Patria con canastos sobre la cabeza, acompañadas de niños, igualmente indiferentes al fenomenal bombardeo.

         Días después, un formidable ejército de 65.000 hombres, de los cuales por lo menos 50.000 eran brasileños, inicia la marcha al interior del país. Está armado de moderna y abundante artillería, y de fusiles de fulminante cuyo alcance y velocidad de fuego son incomparablemente superiores al de los cañones lisos y los viejos mosquetes de chispa de sus adversarios.

         Advertido de la aún precaria situación del ejército aliado de vanguardia y fundamentalmente por hallarse paralizado este en el extremo Sur del estero, por desconocimiento del terreno y de los pasos, el Mariscal López decidió efectuar un ataque al campamento enemigo.

 

 

 

PARALIZACIONES BÉLICAS

 

         OCTUBRE DE 1866

 

         Aparece por primera vez la palabra "cuadrilátero", con que se habría de designar al gran baluarte paraguayo extendido desde Humaitá hasta Rojas, unidos ya los dos sectores; anteriormente desconectados, en un frente continuo que habría de resistir todas las embestidas aliadas durante cerca de dos años. A menos de dos semanas de Curupayty estaba ya completo el sistema de fortificaciones. Era inmensa el área del Cuadrilátero. Medía cerca de dos mil hectáreas (veinte millones de metros cuadrados), excluida Humaitá, y estaba cercado por largas trincheras completadas por traicioneros esteros, apoyado al Oeste en el río Paraguay. El Mariscal López supo defender la frontera Sur mediante perfectas obras de ingeniería, valiéndose con maestría de las condiciones topográficas de la región, ya casi invulnerables por naturaleza. En su vasto interior plantaba maíz y mandioca y criaba ganado para alimento de las tropas.

         Pertenece al General Mitre la siguiente descripción de las posiciones paraguayas en la nueva fase de la guerra de posiciones que se había abierto: "...el enemigo ha ido perfeccionando" -decía a Paz- "sus líneas, hoy se halla en verdadero cuadrilátero fortificado, que se compone de su línea de Tuyutí, apoyada en sus dos puntos fuertes de Rojas-cué y Britez-cué, donde tiene concentradas sus reservas, que se hallan a igual distancia de Curupayty, cuyas líneas se ligan con las de Tuyutí, a lo largo de los esteros y lagunas de las costas del Paraguay defendidos por espesos bosques, ligándose además dicha posición de Curupayty con la de Humaitá, que constituye el punto fuerte de esto que llamaremos cuadrilátero". Comenzaba pues la Campaña del Cuadrilátero.

         Después de Curupayty si no hubo paz al menos hubo descanso. No había movimiento alguno y todo hacía suponer que el ejército brasileño se estaba reorganizando para seguir el ataque.

         En Humaitá, a donde llegaron rengueando Telmo y su tropa pero con buen ánimo, armó el campamento como pudo, buscando un buen lugar, porque todas las versiones indicaban que el descanso iba a ser largo. La tropa tiene un misterioso sentido para detectar su futuro y muestra síntomas que son más claros que discursos: cuando se ve que cada cual va mejorando su nido, cuando se nota una misteriosa abundancia y variedad de comida o cuando los vicios se convidan, como cuando aparecen las mujeres que al principio revolotean por afuera pero que después cada día se las encuentra más adentro y más tarde, la cosa va para largo. Y no hubo equivocación. La guerra estaba parada.

 

         ACADEMIA DE OFICIALES

 

         Se menciona que Curupayty impuso una serie de cambios en los operativos de guerra, modificaciones que incluso afectaron a los gabinetes ministeriales de cada uno de los gobiernos de la alianza y demoraron por largo tiempo las acciones propiamente bélicas. Aunque continuaban los bombardeos de línea, las operaciones estaban paralizadas, pues los aliados no daban señales de vida y el Mariscal López no deseaba arriesgar sus fuerzas en planes ofensivos, entretanto no se completara el sistema de fortificaciones en el extenso cuadro del cuadrilátero, sobre el modelo del que tanta eficacia había demostrado en Curupayty. Y teniendo presente aquello "que la ociosidad es madre de todos los vicios", según refiere el Coronel Juan Crisóstomo Centurión, el Mariscal quiso que se aprovechara "en algo útil el tiempo de ocio a que daba lugar la paralización de las operaciones de guerra". El mismo Centurión quedó encargado de llevar a la práctica un pensamiento para ese efecto.

         Con esta mira dice en sus memorias: "...me ordenó que estableciese bajo el naranjal una especie de escuela o academia, y enseñara gramática castellana, geografía y los idiomas francés e inglés, teórica y prácticamente, a todos los ayudantes jóvenes y otros individuos del Cuartel General y de la mayoría que quisiesen estudiar". Continúa Centurión: "...algunos de mis discípulos lucían galones de alta graduación, ganados en acciones heroicas en defensa del sagrado suelo de la patria. En circunstancia tan anormal, en medio de la atmósfera candente de las armas, no era de esperar que nuestra escuela pudiese continuar sus tareas sin interrupción, ni pudiesen alcanzar un alto grado de prosperidad. Sin embargo, tal fue la aplicación que desplegaron y el deseo de aprender de que estaban animados, que consiguieron vencer, en breve tiempo, las primeras dificultades, y traducían algunos de un idioma a otro bastante bien".

         Acota el comentador de Centurión, Mayor E. González: "...la belleza que ofrece al lector aquella escuela de circunstancias en el Cuartel General de Paso Pucú, es conmovedora. Antonio González, Valois Rivarola, Matías Bado, Manuel Antonio Jiménez, Real Peró, Saturnino Viveros, regresando de un ataque a los convoyes enemigos en los esteros o de una carga a espada y lanza o a bayoneta, colgando las armas y el quepis, secándose los sudores heroicos y empuñando el lápiz para traducir inglés o francés".

 

         TELMO Y LA TIGRA

 

         Una noche salió Telmo medio desvelado a recorrer el campamento. Fogones, guitarras, mate y alguna caña escondida.

         Volvió a su carpa que cada noche la encontraba más chica, con menos aire y con la luz del farol maloliente más mortecina, y miró el catre: no tenía atractivo y seguía prometiendo una soledad cada vez más larga. Le resultó insoportable y de rabia no quiso entrar. Se desvió hacia un descampado donde escuchó un forcejeo a sus espaldas, casi en la costa del monte y enseguida unos gritos ahogados de mujer. Como el barullo aumentaba corrió hacia el lugar buscando la cartuchera que por suerte no tuvo necesidad de abrir, porque enseguida encontró una mujer empuñando un rebenque y que a los carajazos, mitad en castellano y mitad en guaraní, lo hacía silbar sobre un negro lomudo que quería manotearla. Con el peso y algún tropezón la había volteado al pastizal. La mujer entonces gritaba poco pero era una fiera desatada que bufaba, escupía insultos, arañaba y mordía dejando surco. Le pareció que el tipo estaba borracho y en la oscuridad, aunque le resultó cara vista de su escuadrón, no tuvo tiempo para confirmarlo. En cuanto vio la sombra de Telmo y escuchó su voz, el susto se le debió pasar de golpe porque salió como un zorro haciendo gambetas y metiéndose entre el ramaje. No quiso buscarlo. Al darse cuenta tenía enfrente una mujer ya de pie, bien plantada. No estaba amilanada ni llorosa y se arreglaba la ropa sin decir una palabra. Cuando terminó sólo le miró: de los ojos le salían chispas y en silencio buscó su burro y se llevó cabrestiando.

         Como de esos casos Telmo tenía muchos y había aprendido a no darles importancia.

         Pero no quedó ahí la cosa. Al día siguiente, a la tarde, cuando Telmo se estaba lavando para ir a comer a la Comandancia, el asistente anunció que querían verle. Frente a la entrada de su carpa estaba inmóvil una mujer que con sólo mirarle los ojos se dio cuenta de que era la de la noche pasada. No salían chispas. Tampoco dulzura. Le miraba profundamente. Era alta, el typoí no le podía disimular unos pechos grandes y bien formados y la tela se le apretaba en las caderas haciendo una curva suave. Telmo se quedó encandilado y cuando quiso hablar, la mujer con voz grave y pausada le obligó a atenderla.

         - "Te agradezco, che coronel, por lo que hizo" -dijo la mujer.

         - "No tiene nada que agradecerme. Estaba en mi obligación de..." -contestó Telmo.

         - "No me importa" -le interrumpió tal vez para no enterarse de la vulgaridad de su frase.

         - "Lo hiciste y estoy contenta de conocerlo" -dijo la mujer.

         Se dio vuelta y se fue caminando con paso firme. No la pudo parar. No se trataba de una mujer común, de esas que entraban al campamento o que encontraban en los pueblos, con las que bastaban algunas miradas, un cruce de sonrisas, unos requiebros y una caminata al monte para acariciar esos cuerpos siempre resignados a sentir un hombre. Esta le impresionó a Telmo de otra forma. Tenía algo particular. Era una belleza indomable y voluptuosa y cuando miraba, clavaba los ojos hurgándole todo. Cuando volvió a terminar de vestirse Telmo, le preguntó a su asistente quién era.

         - "Es la Tigra, mi coronel, es brava..." -dijo el asistente.

         La vida de guarnición iba a ser larga y eso no era bueno para la tropa. Telmo decidió apretarle la cincha a la tropa, obligándoles a todos a salir a hacer ejercicios. Hizo doblar las guardias y dispuso dos pases de lista en el día.

         Por entonces Telmo se mudó a un rancho bastante más confortable que la carpa. De un lado lo hizo Jefatura del Escuadrón y atrás, con otra entrada, su vivienda. Telmo estaba poco en las dos porque le gustaba ir a la Comandancia de la Fortaleza a encontrarse con Bruguez, con quien tenía buena relación. Salían a recorrer las defensas charlando de todo.

         De la Tigra, a Telmo le atrajo con ganas desde el primer momento, medio se había olvidado y hubiera pasado como un fogonazo si en alguno de esos regresos no la hubiera encontrado en la puerta del rancho. Le estaba esperando. Le hizo pasar a la Jefatura pensando que venía por un tema de servicio y la hizo sentar frente a su mesa de trabajo. Mientras ella hablaba de vaguedades pudo contemplarla más en detalle por donde antes no la había mirado. Tenía ojos grandes y rasgados, medio amarillentos, los pómulos altos y la frente despejada, cosa rara en los nativos del país, y en ese óvalo que se afinaba en los cachetes tenía una boca grande de labios gruesos. Si hubo cruza pensó Telmo, ahí afloraba el indio guaraní. Pero lo más notable era su cabellera retinta y brillante con tonalidades rojizas de caoba muy larga y pesada, que movía y acomodaba con movimientos suaves de cabeza, no controlados, como si fuera la cola de un gato y que le impedía concentrarse en la charla. La piel era del color del panal, también indicativo de la cruza.

         Se fue como vino, sin razón ni ruido, con la suavidad de una tigra. Días después, la segunda vez que apareció sonriente, como sospechando que le gustaba a Telmo, y que la estaba esperando, entró con naturalidad, revisó su vivienda con disimulo como verificando su soledad femenina y satisfecha se arrimó al fogón. Apartó a su asistente con gracia pero con firmeza y, diciendo que en un campamento el mate lo cebaban las mujeres, agarró la pava y se sentó a contarle cuentos de la selva. Su voz, que le sonó esta vez más cantarina, le tenía agarrado a su asiento. Cuando se levantó para irse le dijo, como si él ya lo supiera:

         - "Coronel, te hace falta mujer"

         Y se fue como una sombra más porque ya había oscurecido.

         Telmo quedó pensando. La Tigra tenía razón y la mujer era ella. Telmo, inventando excusas salió a buscarla en los días siguientes preguntando muy discretamente en el almacén de la fortaleza y en los boliches nuevos instalados cerca del campamento. También a algunas mujeres lavando en la costa del arroyo. De ella se sabía poco: los hombres recordaban su belleza y las mujeres algunos chismes y todos acertaron contando de su coraje y su bravía, pero en concreto nada. No supo dónde vivía.

         Calculó que se había ido a Humaitá y negándose a la evidencia de que le había alzado, dispuso lo necesario para olvidarse del tema: salió al campo con la tropa. Se cansó. Ni así la olvidaba. Pero no fueron muchos los días de esa fajina inesperada.

Una tarde, casi a la oración, cuando su asistente se había ido a la matera, la encontró parada frente al rancho. Estaba impávida, con un bulto que le colgaba de un brazo y su burro en el cabestro. Se lo dijo con suavidad:

         - "Coronel, vengo a ayudarte..."

         No hizo falta ninguna explicación. Los dos sabían todo y como si fuera algo normal y convenido, ató el burro y dejó el bulto en un rincón y empezó a ocuparse del mate y de la comida. Ese día Telmo se quedó sin asistente. No lo lamentó. Y esa noche fue distinta a las que está acostumbrado hacía tiempo, porque Telmo conoció el amor de una tigra que realmente pareció estar en celo y que le hizo notar la diferencia entre pisar una gallinita mansa y cambiar arañazos y besos por un momento de pleno amor.

         Había tenido razón la Tigra: le estaba haciendo falta mujer y encontró en ella algo más que el esplendor del catre. Descubrió una compañera inteligente y dulce en la intimidad y una mujer admirablemente discreta para la vida de campamento: Era franca y leal y no tenía tapujos. Se hacía respetar y era dura, y todos sabían que con ella no se jugaba. Fue un gran cambio para Telmo, todos notaron y conocieron su causa, pero nadie se dio por enterado ni se permitió la más leve insinuación. En el campamento la fama de hombre de Telmo se había elevado mucho porque quien había conquistado y dominado a la Tigra no era un tipo común. Pero ellos nunca supieron que fue ella la que le cazó a Telmo, como una palomita en el monte.

 

         NOVIEMBRE DE 1866:

         CHARLES A. WASHBURN LLEGA A PASO PUCÚ

 

         A principios de noviembre, el Ministro norteamericano Charles A. Washbum apareció en las Tres Bocas, confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, a bordo de la cañonera "Shamokin", que traía órdenes imperativas de forzar el bloqueo. Le cerró el paso la flota imperial, desplegada en batalla, y enfiló sus cañones contra la cañonera, amenazando con hundirla si proseguía la navegación. Pero, el Almirante Tamandaré, al observar que la "Shamokin" se aprestaba al combate, cambió de idea. Subió a un bote y fue a visitarla personalmente en son de paz.

         Se deshizo en amabilidades con el Capitán Crosby y Mr. Washburn. Aconsejó que pidieran un práctico del río a los paraguayos y concertó con éstos una tregua para que el buque neutral no tuviera percances en la navegación. La "Shamokin" ancló en la rada de Curupayty a media tarde del 5 de noviembre, e inmediatamente desembarcaron Mr. Washbum y sus acompañantes. Fueron recibidos por el General Díaz, su plana mayor y una multitud que aclamó al diplomático. Un ayudante presentó los saludos del Jefe de Estado. El Mariscal López se encontraba gravemente enfermo. Desde su lecho dispuso la libertad de James Manlove, quien debería trasladarse a la capital en el mismo vapor que Mr. Washburn.

         Mr. Washburn había observado durante su permanencia en Paraguay que, a pesar de que la población masculina había sido movilizada en su totalidad casi desde el comienzo de la guerra, la producción, en vez de disminuir, había aumentado. No sólo en la agricultura. Las artesanías domésticas tradicionales habían logrado sustituir en gran medida los productos industriales que no tenían entrada al país debido al bloqueo.

         Se cultivaba conforme a planes que establecían rigurosamente la cantidad de liños a sembrar. Había premios en metálico para quienes superasen las metas y mejoraban la calidad de las cosechas. Los labradores se ayudaban unos a otros por el sistema de la minga, que consiste en trabajar por turnos en las distintas chacras. Todo se hacía bajo el severo control de celadores, que informaban regularmente al gobierno de la marcha de los trabajos. Sin embargo, los productores estaban libres de impuestos y podían disponer libremente de sus cosechas. Si las vendían al Estado, se les pagaba al precio de plaza. Circulares impresas y sueltos en "El Semanario" advertían frecuentemente a los funcionarios que no debían presionar en modo alguno a los campesinos.

 

         DICIEMBRE DE 1866

 

         El 12 de diciembre llegan a Humaitá 50 niños para la guerra. En septiembre, el Mariscal López había lanzado una nueva orden de leva. En aquella ocasión convocaba a todo y cualquier hombre capaz de llevar armas. Consecuente con aquella orden, el maestro Fermín López reunió en Villarrica a cincuenta niños de 10 a 14 años, para incorporarse a los contingentes. En la fecha desembarcaban en Humaitá. El maestro guaireño prometió, no obstante, al Mariscal que seguiría enseñando a aquellos niños en las pausas de la guerra.

 

         PASO DE PATRIA

 

         En los campamentos aliados desde Tuyutí hasta Paso de Patria continuaba inalterable el armisticio para la recomposición de los ejércitos desbaratados por el General Díaz, que causó o apresuró una desbandada de generales enemigos. Paso de Patria se había transformado en una verdadera ciudad. Se edificó una iglesia, se estableció una imprenta donde aparecía un periódico, abrió sus puertas un teatro, y hasta el banco Mauá inauguró una sucursal. La que sacaba provecho de la paralización de las operaciones militares era la tropa, que podía dedicarse al ocio y a los programas que Paso de Patria ofrecía, con sus casinos, cabarets, bares donde se encontraban finas bebidas, desde cerveza alemanas e inglesas y vinos de las más famosas cantinas italianas y portuguesas hasta champagnes franceses. No faltaban los enlatados y conservas de reputadas marcas europeas. Y hasta ropas de confección y cortes de casimires. Jugadores profesionales llegaban de Río de Janeiro, Buenos Aires, Nueva York y ciudades europeas para arrancar las libras de oro que los soldados y oficiales brasileños recibían como sueldo. Otros se dedicaban a las carreras de caballos, la pesca y la caza. Prácticamente había el mismo número de mujeres que de hombres. Como bromeaban, era el sexto ejército aliado.

         El Mariscal Marqués de Caxías, no bien llegó a Tuyutí, cumplidas las formalidades de presentación a su superior General Bartolomé Mitre, evaluó la situación y trató de terminar con ese "carnaval". Puso al personal brasileño en severo entrenamiento: formaciones y revistas diarias, orden y hasta maniobras en pleno campo.

 

         CUARTEL GENERAL EN PASO PUCÚ

 

         Washburn describe en su "Historia" el Cuartel General del Mariscal López en Paso Pucú, tal como lo vio en su primera visita al histórico lugar. Dice así: "...a igual distancia de ambos puntos (Humaitá y Curupayty), poco más o menos, estaba el Cuartel General del Mariscal López en Paso Pucú, situado sobre una hermosa llanura abierta, ligeramente inclinada, con varios naranjales que diversificaban el paisaje y daban sombras contra el sol. Al borde de los naranjales se alzaba la casa ocupada por el presidente. Estaba hecha de tacuaras y paja, con techo del mismo material. Había enfrente un extenso toldo, y al costado, un largo edificio destinado a la plana mayor. Detrás, completamente escondida por los naranjos, estaba la casa de Madama Lynch, y otra más allá, ocupada por el General Barrios y su esposa. Otros jefes que disfrutaban de la confianza de López, como los Generales Resquín y Bruguez, el Coronel Thompson, etc., tenían casas en las cercanías todas protegidas por los naranjales de la lluvia y del sol. A mí se me asignó una estructura parecida a poca distancia del naranjal, muy cerca de la ocupada por el cirujano mayor del ejército, doctor Stewart".

 

         ENERO DE 1867:

         MUERTE DEL GENERAL JOSÉ EDUVIGIS DÍAZ

 

         El General Díaz se veía cotidianamente con el Mariscal López, por lo ordinario a horas avanzadas de la noche, en que le traía el parte oficial de las últimas novedades omitidas en las transmisiones telegráficas; después de haber recorrido el perímetro de las trincheras, cuarteles y puestos de guardia avanzadas, cerciorándose personalmente de la tranquilidad y completa seguridad del campamento. Penetra sin ninguna formalidad, sin previo anuncio, apenas descendía del caballo, con sus armas al cinto, grandes espolines, y su chicote de plata pendiente de la muñeca; llegando así a la cama del Mariscal López, si es que ya se había recogido. (El Mariscal López durante la guerra dormía siempre en hamaca). Más era el único que gozaba de semejante prerrogativa, como era también el único que solía conversar con él sobre los asuntos de la guerra, y el único que en algunas ocasiones se atrevió a emitir observaciones en su presencia.

         Cierta mañana de enero de 1867, el General Díaz y algunos compañeros fueron en canoa a pescar al río Paraguay, a la vista de los acorazados brasileños. De repente, una bomba enemiga de un Whiteworth 150 mm explotó a treinta metros de la frágil embarcación; los astillazos le reventaron la borda y la hundieron e hirieron gravemente al héroe de Curupayty y a otro oficial. El fiel Sargento José Cuati, indio payagua, que velaba por su general como un cerbero inarredrable, se zambulló para buscarlo, lo sacó a la superficie ya medio desfallecido y, venciendo la corriente, lo colocó en la barranca. La pierna derecha, destrozada por la granada y empapada de sangre, estaba casi separada del tronco. Transportado de allí a su tienda se reanimó, pidió un trago de caña, lápiz y papel y redactó de propio puño y letra un telegrama para que se le transmitiera al Mariscal López, en Paso Pucú, en el que le avisaba del accidente. Recibido el despacho, el Mariscal López mandó inmediatamente al doctor Skinner, reputado como el mejor cirujano del país, para que examinara la herida y tomara las providencias que el caso requiriera. Skinner, previniendo la gangrena, sin pérdida de tiempo procedió a la amputación, y el General Díaz, que no aceptó ser anestesiado, siempre original, pidió un cigarro para fumar; recomendó que le embalsamaran la pierna y la guardó en un cajoncito. El Mariscal López y Elisa Lynch, impacientes por tener noticias, no se alejaban de los receptores telegráficos. Por último ella resolvió partir hacia Curupayty en un coche espacioso para llevarlo a Paso Pucú, más cerca de Humaitá. El caso exigía la máxima urgencia; el doctor Skinner informó por el telégrafo que había habido seccionamiento de la arteria femoral y que ya había perdido mucha sangre cuando lo socorrió. La distancia era poco más de cinco kilómetros, y Elisa Lynch ordenó tocar a disparada. Lo trasladó con todo cuidado a Paso Pucú donde fue alojado en los aposentos del General Barrios, al otro lado del Cuartel General. El Mariscal López fue inmediatamente a verlo. Lo encontró acostado, extremadamente pálido y con la cara seria. Al ver a su jefe estimado sonrió. El Mariscal López procuró disimular la angustia que lo embargaba y le preguntó en guaraní qué bromas había estado haciendo cerca de los cambás; Díaz sonrió y respondió que había ido a "...evaluar la puntería de los cambás y había visto que sólo acertaban por aproximación"... El Mariscal López se río fuerte para darle coraje, porque sintió que el caso era grave. El valiente hijo de Pirayú tenía la vida pendiente de un hilo. En ese instante entró Elisa Lynch, que llevaba en un plato un puchero bien caliente, de carnes y verduras, para intentar devolverle las fuerzas. Díaz se recostó en la cama con la ayuda de los dos y tomó la sopa con avidez. Quería sobrevivir, no por temor a la muerte, sino para ser aún más útil a la patria y convivir con los amigos. Entró el doctor Skinner y dos médicos más y le aconsejaron mantener el máximo reposo para restablecerse cuanto antes. Le hicieron las curaciones y se quedaron conversando con el Mariscal López y Elisa Lynch. Todos los días Elisa Lynch iba a visitarlo, le llevaba los diarios, frutas y alimentos fuertes. El Mariscal López a toda hora mandaba preguntar por su estado.

         Tenía 32 años. Había nacido en Pirayú el 17 de octubre de 1833, hijo de Juan Andrés Díaz Barboza y Dolores Vera. Su nombre completo era José Eduvigis pero nunca fue conocido sino como José Díaz. Ingresó en el ejército el 12 de mayo de 1852. Era Jefe de Policía cuando se inició la guerra. Organizó el famoso "Batallón 40". Ganó todos los grados, de capitán para arriba, en acciones de guerra. Participó en las batallas capitales de Corrales, 2 de Mayo, Tuyutí, Boquerón, Yataity Corá y Curupayty. Era el ídolo de la tropa y el favorito del Mariscal.

         Aludiendo a apuntes íntimos de Madama Lynch, que transcribe en parte, Juan Silvano Godoy, en sus "Monografías Históricas", refiere detalles de los últimos momentos del general Díaz: "...el día de su muerte, a las 2 de la tarde, pidió que se le dejara solo. Ordenó a su ordenanza Cuatí (no se había separado de su lado desde el día de la tragedia) que le cambiase de ropas y le pusiese el traje de general. Así lo hizo, luego de una alusión con agua tibia aromatizada, Díaz le dio instrucciones para que la pierna embalsamada le fuese colocada tal como lo había llevado antes de ser herido, calzada con bota, para ser depositado con las dos piernas en el cajón fúnebre. A las cuatro de la tarde el General Díaz mandó decir al Mariscal López que deseaba hablarle. El Mariscal se presentó inmediatamente y quedó sorprendido al encontrarle en traje de gala, recostado contra la cabecera de la cama. ¿Se siente mejor?", -le dijo- aproximándosele. "Por el contrario, señor", -contestó Díaz-, "me siento morir y he querido despedirme de VE. en estos pocos momentos de vida que me quedan..." Díaz volvió a tomar la palabra: "...esta espada, señor", -continuó mostrándole la espada que mantenía en la mano el Sargento José Cuatí, "es la prenda que más estimé en mi vida, regalo de VE. después de la batalla de Corrales, y que la he llevado el 2 y 24 de Mayo, en Sauce y Curupayty; tiene instrucciones José para que terminado mi entierro, entregue a manos de VE. como homenaje a la sincera y leal amistad que le he profesado". Le preguntó el Mariscal López si tenía algún encargo que hacerle: "nada, señor", -repuso-, "todo lo he sacrificado a la patria, consagrándome en absoluto al servicio de VE. Por lo demás he vivido siempre como hombre de bien, y no tengo de qué acusarme ante mi conciencia; si siento morir es solamente porque dejo a VE. frente a poderosos enemigos, pudiendo aún serle útil..."

         El Obispo Palacios recogió su confesión y le impartió los sacramentos. Las últimas palabras del héroe de Curupayty fueron dirigidas al Mariscal para despedirse de él y "...hablarle de perdón y Patria", según consigno su biógrafo oficial. "...Como un verdadero cristiano y fiel patriota, expiro el 7 de febrero a las cuatro y tres cuarto de la tarde, invocando a Dios y a la Virgen de la Asunción..."

         Refiere Godoy: "...el Mariscal López, abstraído por la emoción, permaneció contemplando fijamente el cuerpo inanimado de su favorito, que salvo la palidez transparente de su fisonomía, parecía dormir tranquilo sueño. Si López hubiese sido hombre de verter lágrimas en presencia de los padecimientos humanos, las hubiera seguramente derramado sobre la tumba del General Díaz; más él había nacido a prueba de este género de sensibilidades, que en su concepto no pasaba de reprochable debilidad, indigna de un espíritu fuerte. No las tuvo para la muerte de su propio padre...". Ordenó el Mariscal que le fueran puestas sobre el pecho las condecoraciones, e hizo sacar, con todo esmero, una fotografía del cuerpo yacente de su llorado amigo.

         Tronaron los cañones de Curupayty con el primer homenaje a su héroe desaparecido. La bandera nacional fue puesta a media asta sobre sus trincheras y la del "Batallón 40" cubrió el féretro (un sólido cajón de cedro con otro interior de plomo) que fue trasladado desde la casa del General Barrios a la mayoría del Cuartel General donde se instaló la capilla ardiente. Soldados del Regimiento Escolta rindieron honores con sus espadas desnudas en el trayecto. Delegaciones de las distintas unidades se turnaron para cubrir la guardia. Dice el historiador Chaves: "...fue incesante el desfile de oficiales y soldados de todos los sectores y campamentos que acudían para darle la despedida. El Mariscal López, con un brazal negro, hízose presente, permaneciendo en larga meditación frente a los despojos del mejor de sus lugartenientes; Elisa Lynch, pálida y enlutada, depositó una palma de laureles sobre el ataúd..."

         Ya clareaba el día cuando el cortejo llegó a Humaitá. A los graves sones de las marchas fúnebres se sumaron los dobles de las campanas de la iglesia. Frente al altar mayor, entre grandes candelabros de plata, fue dispuesta la capilla ardiente. El Obispo Palacios rezó los responsos litúrgicos. El Mariscal López ordenó al Vicepresidente, don Francisco Sánchez que se organizaran en Asunción las exequias más imponentes que jamás se hubiesen efectuado en el país, y con los máximos honores militares. De esta manera se efectuó la despedida al más grande héroe de Curupayty.

         Natalicio Talavera telegrafío a "El Semanario"; "...con el más profundo pesar tengo que comunicarle la muerte temprana y sentida del benemérito General Díaz. Tan infausto acontecimiento ha venido a sorprendernos, cuando mayores esperanzas teníamos de una convalecencia no lejana, porque las fuerzas de su naturaleza y el buen carácter que llevaba la herida hacían creerlo así; pero su excesiva debilidad, sin prestarse el estómago a una alimentación regular y las convulsiones periódicas que sufría, ha venido a arrebatarle de entre nosotros el 7 del corriente a las cinco de la tarde, día en que parecía haber amanecido más aliviado".

 

         FEBRERO DE 1867

 

         Durante los primeros meses de 1867, las incursiones seguirían sin pausa, y aunque fortalecida la flota aliada con nuevas unidades y renovados los bríos que el nuevo comandante imponía a sus embestidas contra las defensas paraguayas, seguía demorándose el intento de cruce de la flota por el lugar. El 2 de febrero, cañoneras, monitores, acorazados y chatas artilladas iniciaron un nuevo bombardeo a Curupayty. A diferencia de anteriores ocasiones, las piezas paraguayas esta vez contestaron el fuego. Con las naves imperiales, también se aproximaron a las trincheras algunas fuerzas de infantería de la alianza. Estos avances se verificaron desde la Laguna Piris y desde la extrema derecha del ejército aliado, pero todos los intentos fueron abortados por la artillería paraguaya, sin necesidad de oponerles otras fuerzas. El mismo procedimiento también se manifestó eficaz para repeler el avance de los buques, tanto que en lo más recio del combate cayó muerto, en su puesto de combate, el Capitán Marco Antonio Vital de Oliveira, comandante del "Silvado".

         Hacia finales del mes de mayo, los ataques continuaban. El 29, un total de 16 embarcaciones de la flota aliada arrojaron, en dos horas, alrededor de 2.000 proyectiles. El intenso como ineficaz ataque ocasionó, esta vez, solo dos muertos y dos heridos.

         A estas alturas, el comando aliado ya había elaborado su plan de flanqueo, que consistía en efectuar un avance hacia las trincheras paraguayas del cuadrilátero, por el flanco Este. Tuyucué y San Solano serían, a partir de este plan, dos sitios de estratégica importancia.

 

         JULIO DE 1867:

         AEROSTATO ENEMIGO DE OBSERVACIÓN

 

         El Mariscal Marqués de Caxías introdujo una serie de innovaciones para acabar de una vez con la guerra. Había convenido con Osorio, que viniera con sus caballerías armadas con modernísimas armas Spencer de repetición, usadas en las luchas contra los indios pieles rojas, en lugar de la lanza tradicional. ¡Y ahora los globos! Esos aparatos eran tripulados por dos técnicos del ejército; cargaban una máquina fotográfica, material para diseñar croquis y pertrechos de señalización. Se elevaban a la altura de trescientos treinta metros, y su visión llegaba hasta donde alcanzaba el ojo humano. "Era como tirarle a un elefante desde un atolladero".

         Caxías estaba decidido a arrancar de Tuyutí, donde el ejército aliado ya estaba acampado hacía un año y tres meses. El 21 de julio de 1867, después de la observación aérea, inició la famosa marcha de flanco en dirección al Este del cuadrilátero, a través de esteros profundos y cerrados bosques y aun combatiendo con las fuerzas paraguayas extramuros comandadas por el joven Mayor Bernardino Caballero. Elisa Lynch seguía con el binóculo los ataques infligidos por la caballería de Caballero, que no conseguían detener la marcha del ejército enemigo, con un efectivo de veintiséis mil setecientos setenta y un combatientes y personal de servicio, sin contar con el bando de las mujeres... El Mariscal Marqués de Caxías había dejado el segundo ejército en Tuyutí; y a medida que avanzaban iban enterrando la red telegráfica para la comunicación con esa base con lo que extendieron cuarenta y cinco kilómetros de hilo, que fue el penoso transcurso recorrido. El ejército del generalísimo acampó en Tuyucué, en la cima de una colina, a cinco kilómetros al Este del Cuadrilátero, desde donde se veía, bien distante, la ciudad fortaleza de Humaitá.

         "Allá está ella, con su iglesia, con sus miradores y mangrullos, con sus cuarteles; del lado del río se elevan los mástiles de los buques allí anclados. Es una pequeña ciudad erizada de cañones. Existe de veras: no es una fantasía con la que se entretenía la imaginación. ¡Humaitá!", exclamaban los soldados aliados, como los franceses, al divisar las cúpulas de las iglesias y los edificios de la ciudad sagrada de los rusos, aullaban llenos de entusiasmo: "¡Moscú! ¡Moscú!".

 

         CUMPLEAÑOS DEL MARISCAL LÓPEZ

 

         El 24 de Julio de 1867 el cumpleaños del Mariscal López fue conmemorado con los festejos de costumbre, pero sin el placer personal del homenajeado e inclusive de Elisa Lynch. Primero, a causa de la terrible epidemia que comenzaba a declinar y que había matado a tantos valerosos defensores de la patria; inmediatamente, el flanqueo aliado del cuadrilátero con el ejército enemigo acampado a ocho kilómetros de Humaitá. Aun así fue conmemorado con un Tedeum oficiado por el Obispo, con bailes públicos y la cena en la residencia de la pareja López-Lynch. El agradeció con pocas palabras la salutación proferida en nombre del Ejército por el General Resquín, el más antiguo. Estaba muy abatido y triste. Nunca lo habían visto así.

 

         AGOSTO DE 1867:

         CAÑONERA BRITÁNICA EN HUMAITÁ

 

         Al mes siguiente (Agosto) apareció en Humaitá la cañonera británica "Dottorel", que traía a Mister Gould, Secretario de la delegación inglesa en Buenos Aires, para repatriar a los súbditos de Su Majestad si así lo querían.

 

         AMORÍOS DEL MARISCAL LÓPEZ EN HUMAITÁ

 

         Elisa Lynch resolvió partir hacia Asunción para visitar a los hijos, especialmente a Leopoldito. En Humaitá tomó el vapor de la carrera junto a Rosita y a la mañana siguiente desembarcaba en la capital donde la esperaba en coche el Capitán Panchito y su ordenanza. Después de hacer visitas a sus hijos, familias y amigas, consolándolas de la pérdida de sus varones en el transcurso de la impresionante sucesión de combates diarios en torno del cuadrilátero, a Elisa Lynch le pareció mejor regresar a Paso Pucú. Fue hasta Humaitá a bordo del "Paraná", acompañada por Rosita Carreras, dejando a los hijos con Isidora.

         Llegada a Paso Pucú, Elisa Lynch se dirigió directamente al cuartel general, donde el Mariscal López la recibió con su acostumbrada discreta alegría. El Mariscal López tenía un ánimo inquebrantable. Elisa Lynch notó que andaba un tanto eufórico, lo que alertó en ella el sexto sentido de las mujeres. Cuando el Mariscal López canturreaba o silbaba "La flor de la canela" es porque había algunas faldas extrañas de por medio... Sus botas estaban demasiado relucientes y a veces desaparecía por algunas horas sin que nadie supiera dónde se había metido. Evitando demostrar curiosidad por tanto optimismo fuera de tiempo, ella llamó a un pyragüe de su confianza y lo puso en el rastro del Mariscal López. El hombre se sintió amedrentado e intentó esquivar la "sacrílega" misión, pero ante la insistencia y las más solemnes garantías de ella el Mariscal López fue investigado. Días después el detective fue a verla y relató que el Carai Guazú iba a Humaitá para visitar a una señorita Burgos; la de Luque, cuyo novio había muerto en combate. Elisa Lynch se tomó el problema en serio. Tenía que romper el eslabón disimulado que los unía y alejar a la mujer definitivamente de los brazos del compañero. Debido a su larga y variada experiencia, ella siempre temía que el amante, acostumbrado a mandar y ser adulado, un día la abandonara cargada de hijos, como ya había procedido con otras, inclusive con Juanita, a quien había visto pocos días antes relegada en aquel pueblito de campaña. Este amor furtivo parecía amenazarla y aumentar las preocupaciones que la atormentaban... Tenía que hacer valer sus derechos, si no legales, por lo menos naturales: catorce años de compañera, en el lecho del Mariscal López, y ¡madre de cinco hijos de él! Llamó a dos pyragües más, de los más temidos, inclusive por sus aspectos siniestros, y mandó por su intermedio un recado sigiloso a la rival, diciendo que si "...ella no volvía rápidamente a Luque, sería raptada y lanzada fuera de las trincheras a los negros del Brasil". Al recibir tal ultimátum de la mujer más temida del Paraguay, la muchacha se aterrorizó y sin avisar al Mariscal López tomó el primer barco a Asunción y desapareció del camino del Mariscal.

 

 

         CAUSAS DEL BLOQUEO

 

         En el campo paraguayo escaseaba todo, excepto la valentía, la disciplina, el mate y el humor. Elisa Lynch, en ocasión de sus habituales paseos, verificó apenada la falta de ropas que sufría el personal, que, agravada con la carencia de medicamentos, los pocos fenoles y cloroformo que procedían de Bolivia, era la consecuencia inmediata del bloqueo efectuado por la Marina Imperial. Munición había en abundancia para la artillería y los fusiles; la fundición de Ybycuí trabajaba sin cesar articulada con el arsenal de Asunción. El salitre para la fabricación de la pólvora se extraía de la sal de la orina del personal de la tropa, que orinaba en grandes tachos que permanecían al sol para que se evaporara el vehículo líquido, ya que Paraguay no tenía mucha sal. Y el azufre, de la pirita de hierro, abundante en él país. Un técnico alemán montó una fábrica de papel, para la que se aprovechaban las fibras del karaguatá y del algodón, que producían un artículo de buena calidad. Aun así, el Mariscal López dio órdenes severas para ahorrar papel; los documentos fueron reducidos de tamaño y llenados con letra menuda. La tinta para escribir comenzó a obtenerse de las cenizas de una haba negra muy abundante en el Chaco, de rápido secado. Las cosechas de alimentos habían disminuido por motivos obvios, muy a pesar de la condecoración instituida para galardonar a los campeones de la producción. Maíz, mandioca y carne aún eran el plato principal de la tropa y también de la población. La organización en profundidad que tal coyuntura representaba, articulando el frente consumidor con la retaguardia productora, en un país bloqueado hasta por la geografía, jamás encontró similar en América.

         Sin embargo, los prisioneros de guerra y condenados comunes por crímenes infames, imperdonables, pasaban por privaciones inauditas. Se les servía únicamente un caldo sin sal todos los días. A veces el hambre los dejaba fuera de sí y, reuniendo las últimas energías, intentaban trepar las cercas y derribarlas tirándose contra ellas; entonces, los centinelas los fusilaban sin dolor ni piedad, al bulto; de esa manera tan inhumana disminuían la cantidad de bocas consumidoras, motivó por el cual el gran miedo de los aliados era caer prisionero. 

 

 

 

HUMAITÁ BAJO EL COMANDO ALIADO

 

         CARTAS DESDE LOS CAMPOS DE BATALLA POR EL

         CAPITÁN SIR RICHARD FRANCIS BURTON

 

         El autor de estas cartas, el Capitán Sir Richard Francis Burton, nació el 19 de marzo de 1821.

         Fue soldado, científico, explorador, traductor, caballero de la Reina, escritor, diplomático y espía. Hablaba veintinueve lenguas y recorrió el ancho mundo desde las praderas norteamericanas al estrecho de Magallanes, desde el corazón de África a las ciudades prohibidas del mundo árabe.

         El 6 de agosto de 1868 el capitán se embarca desde Río de Janeiro con destino a Montevideo. Ha pasado los tres últimos años como Cónsul de su Majestad en Santos.

         El 11 de agosto en 1868 desembarca en Montevideo y luego se embarca con destino a Humaitá, pasa un día en Bueno Aires y sigue camino remontando el Paraná hacia el escenario de la guerra. El día 23 de agosto llega a Humaitá, visita el frente brasileño y recorre las posiciones de los aliados hasta la desembocadura del río Tebícuary entre el 1 y el 4 de septiembre.

         El objetivo principal de estas cartas es presentar ante el público descripciones y observaciones simples y sencillas de los registrados por quien visitó el teatro de una campaña que trajo, en nuestros días, muerte y desolación a los hermosos valles de los ríos Paraguay y Uruguay

 

         HUMAITÁ, 23 DE AGOSTO DE 1868

 

         En el Riacho (también Boca) de Oro, el Paraguay da comienzo a su gran curva hacia el Sudeste y forma la aproximación a Humaitá. A las fuerzas de la boca hay islotes, que varían en número según las crecidas. El primero, es conocido como la Isla de Humaitá. Forma un triángulo bastante parejo, con el vértice en dirección Sur; y curiosamente no fue ocupada por ninguno de los dos bandos. Los postes de telégrafo paraguayos, de madera buena y dura, siguen estando en la orilla; de la punta de cada uno asoma un pararrayos, un buen dato para las líneas brasileñas. El Mariscal López pasaba la mayor parte del tiempo, enviando y recibiendo mensajes sobre las cuestiones más triviales. En la margen occidental queda una residencia de descanso y un jardín. Allí también figuraba la torre vigía, un sistema de señalización muy conocido en Paraguay que es el mangrullo. En terreno tan chato el mangrullo funciona muy bien. Cuando la guerra aún no había comenzado, era parte del espionaje nacional y, mucho antes de inventarse los telegramas, podía transmitir en pocas horas un mensaje de la frontera a la capital. Dado que el Presidente era el único autorizado a comprar y vender sin permiso, era necesario mantener una estrecha vigilancia sobre las exportaciones e importaciones. El mangrullo también se utilizaba para dormir por encima del nivel de los mosquitos y, por ese motivo, todas las guardias contaban con uno.

         Pasamos al Oeste del islote al Sur de Humaitá. El Teniente Day (1858) muestra que la profundidad mínima cerca de la costa izquierda es de once pies. Luego hacia el Este vemos la gran curva denominada la "Vuelta de Humaitá", de unos 1.500 metros de largo, con un ancho de río de 200 metros; la corriente es de 2.8 nudos por hora y en algunas partes de 3, difícil de enfrentar y peligrosa para los torpedos. A la distancia asoma la blanca torre de la iglesia. Avanzamos con lentitud entre una flota de buques mercantes de vapor y veleros; de tanto en tanto veíamos un acorazado y por todas partes las lanchas de vapor, recientemente incorporadas entre nosotros, volaban zumbando como moscas.

 

         HUMAITÁ, 24 DE AGOSTO DE 1868

 

         La ubicación de las baterías es la típica vuelta de la margen occidental, aunque la curva es más cóncava que de costumbre, para beneficio de la artillería y detrimento de las embarcaciones. Nada más peligroso que este gran recodo, donde se daba casi por sentado que las naves iban a quedar confundidas bajo el fuego. La costa pareja, a unos veinte o treinta pies sobre el nivel del río y con declives en algunos sectores, está rodeada de pantanos hacia el Norte, y hacia el Sur. Las defensas, trincheras, muros y redientes, dispuestos a intervalos donde fuera necesario, apoyan ambos extremos en el río, que a esta altura tiene forma de U, y se extienden corcoveando tierra adentro hacia el Sur. En total alcanza casi las 8,5 millas de largo y encierra un prado de 8.000.000 de yardas cuadradas, un espléndido campo de batalla. Este exagerado recinto, que necesitaba una guarnición de al menos 10.000 hombres, fue planeado por cierto Coronel de ingenieros húngaro, Wisner de Morgenstern.

         En 1854 Humaitá no era más que una simple guardia en el Departamento de los Desmochados, un llano ribereño, cubierto de bosques. Cuando en 1855 Asunción fue amenazada por la flota brasileña y se esperaban problemas de parte de los Estados Unidos, el mayor de los López hizo derribar el bosque virgen y dejar unos pocos árboles, mandó arrancar las raíces e instalar las primeras baterías, que demoraron dos años en finalizarse. El sitio no figura en el mapa del Sr. Carles Mansfield de 1852-53. En 1863, el señor M. Mulhall describe "una serie de formidables baterías que nos miraron con desaprobación cuando pasamos al alcance de sus cañones; están ubicadas sobre una pequeña saliente y parecen piezas de grueso calibre. Primero, cuatro baterías a la barbette, cubiertas con cobertizo de paja, que puede quitarse de inmediato; luego una larga casamata (la "Londres"), con dieciséis cañones y un techo a prueba de bombas; y finalmente otras dos baterías a la barbette, lo que significa un total de siete baterías. Dado que el canal corre cerca de la orilla, cualquier embarcación, a menos que se trate de un acorazado, que intente pasar termina hundiéndose bajo el fuego graneado de esa fortificación, que es la clave de Paraguay y de los ríos superiores". Al comienzo de la guerra sólo contaba con noventa cañones en siete baterías. El gobierno paraguayo siempre le ha adjudicado una importancia desmedida; se convirtió en un gran misterio y a los extranjeros no se les permitía visitar el sitio que era considerado puramente militar. El Sr. William Thompson, de Buenos Aires, casi se ve envuelto en problemas cuando paseaba admirando el bonito paisaje y la apacible belleza de Humaitá, en ese entonces tan ameno y tranquilo.

         Ahora vamos a desembarcar e inspeccionar las defensas del lado del río, comenzando aguas arriba o en el extremo Este.

         Pasamos en medio de la flota mercante, con unas 270 naves que aprovisionan a los 3.000 puestos en tierra; esta cifra incluye los pontones de la proveeduría. Hay una fila de botes-almacén, de cuyos mástiles cuelgan verdes toldos impermeables; cada uno transporta a una mujer y un ancla y venden artículos menores: hilos, espejos, etc. Dos chatas están fondeadas junto a la orilla; en una vemos un mortero de 10 pulgadas y en la otra un cañón de hierro de 8 pulgadas. Fue una ardua trepada por la costa dura, que carecía de escalones o de una simple rampa.

         En el extremo Este encontramos el corral del ganado de la proveeduría que ocupaba el sitio donde antiguamente estaban los galpones para el carbón y la fundición de hierro. Allí habían situado el cañón "Cristiano", recientemente enviado como trofeo a Brasil, con un peso de doce toneladas y fabricado con el metal de las campanas tomadas de las iglesias. Disparaba una andanada de 150 libras. Luego de la fundición, un escabroso naranjal señalaba la ubicación de las barracas paraguayas; las de la infantería estaban más al Sudoeste. Los galpones denominados barracas y que alojaron a la escolta del Mariscal Presidente se situaban un poco al Norte de la iglesia de San Carlos Borromeo, homónimo del mayor de los López. El 1° de enero de 1861 había sido consagrada, entre el regocijo general, por el obispo. Originalmente se parecía a la Catedral de Asunción, según descripciones del Capitán Page. Está pintada de azul y blanco y las cornisas y pilastras evidencian cierto gusto. En 1863 leímos: "La iglesia es un espléndido edificio con tres torres, de las cuales la central mide entre 120 y 150 pies de alto; el interior es de líneas puras y un peristilo rodea el exterior; hay cuatro campanas grandes que cuelgan de una estructura de madera; una de ellas con la inscripción "Sacte Carole, ora pro nobis". Ahora no es más que un montículo de ruinas pintorescas, con tablones de madera dura apenas sostenidos por agrietadas paredes de ladrillo; estos ladrillos están inusualmente bien cocidos y su tamaño es el de los antiguos romanos: doce o catorce pulgadas de largo, ocho de ancho y dos de espesor. Un campanario, con techo y fachada, ha quedado reducido a escombros; la torre Sudeste aún se levanta por encima de las ruinas pero con un estado lamentable y frágil. Los brasileños le apuntaban al templo con tanta persistencia como una cañonera angloindia a un mástil; y por momentos los paraguayos se entretenían haciéndoles reparaciones.

         En las proximidades se encuentra el "palacio" presidencial, un galpón de ladrillo de una sola planta, con techo de tejas, tres puertas, cuatro ventanas y una gran entrada , pintada a la cal como señal de dignidad, que conduce a una bonita quinta, encima de cuyos muros de ladrillo asoman naranjos y "curii" achaparrados. Los "tres enormes tigres", que comían un ternero cada uno para el desayuno, han desaparecido; el frente está acribillado con disparos y no veo indicios del lugar blindado en la que, según dicen, el Mariscal Presidente solía guarecerse. Los cuarteles ocupados por Madama Lynch están lejos hacia el fondo, en el "campamento de las mujeres". Nos mostraron la sala principal, de donde echó a patadas y bofetadas a los oficiales que le anunciaron la destrucción de sus esperanzas por la caída de Uruguayana. Allí los argentinos encontraron cajas sin desembalar con muebles de París. Este fue su único "botín" civilizado; el resto consistía en cañones oxidados, mulas flacas, 100 cajones de botellas con aceite de palmera y unos cincuenta tercios de bolsas de mate, con ocho arrobas cada una y aquí de un valor de $4.

         Al Oeste del "palacio" se hallan los cuarteles del personal, el arsenal, el Almoxarifado (Aduana, etc.) y la fábrica de jabón. Estas son las "magníficas barracas" para 12.000 hombres: ranchos largos y bajos, de paredes de adobe y techados con una mezcla de paja, tejas y chapa corrugada. Nunca les habían hecho troneras y se las veía muy derrumbadas por los cañonazos. El arsenal se ha convertido ahora en una proveeduría y depósito de municiones. Al frente hay una garita y un mástil enorme con el pabellón brasileño.

         Las baterías son ocho y una vez más comenzaremos a recorrerlas desde el Norte. Luego de una serie de cañones dispersos, algunos al descubierto y otros con unos pequeños parapetos, llegamos a la batería "Cadena" con trece cañones y las barracas de la artillería a sus espaldas. La cadena, que consistía con siete cadenas retorcidas juntas, atravesaba en diagonal una especie de túnel de ladrillo. De este lado estaba unida a un cabrestante apoyado en una construcción a una 100 yardas de la costa. Más cerca de la batería había otro más grande todavía, aunque este no era lo suficientemente fuerte como para tensar la cadena.

         Después de cruzar por uno de los tres puentecitos el Arroyo Humaitá un poco por debajo del "palacio" presidencial, llegamos a la batería "Londres", ese Príncipe de los Fraudes. Fue construida por un ingeniero europeo a pedido del mayor de los López. Las paredes tenían veintiséis pies de ancho y eran de ladrillo (no de piedra y cal). Se suponía que con sus capas de tierra apoyadas en arcos de ladrillo resultaría aprueba de bombas y había troneras para dieciséis (y no veinticinco) cañones.

         De estos puertos, ocho se tapiaron y se convirtieron en talleres, porque los artilleros temían que cedieran y se derrumbaran en cualquier momento.

         La tercera batería es la "Tacuary" con tres cañones. Luego viene la "Coimbra", con ocho cañones al mando del comandante Hermosa. Las siguientes tres son la "Octava o Madama Lynch", con tres cañones en barbette; la "Pesada", con cinco cañones, y la "Itapirú", con siete cañones; todas parcialmente revestidas de ladrillos. Siendo las que están ubicadas más al Oeste y las menos expuestas al fuego, sufrieron mínimos daños. Por último, en la Punta de las Piedras (Ita Punta) se erige el reducto de Humaitá, armado con un único cañón de ocho pulgadas.

         A partir de ese punto comienza la línea de trincheras que corre en dirección Sur Sudoeste a lo largo de la Laguna Concha, también Ambericaia, para luego torcer al Este con una interrupción donde el agua hacía imposible cualquier ataque.

         El perfil resulta bueno simplemente porque está defendido por el monte impenetrable. Los cañones se agrupan de a pares, con un pañol o polvorín cada dos de estos y un suministro de 200 proyectiles. El foso con agua sigue negro de pólvora inglesa; en algunos casos de buena calidad pero en la mayoría, mala.

         Estaban desmantelando las baterías con rapidez; la "Cadena" y sus dos vecinas se habían salvado hasta cierto punto. Todos los cañones estaban en barbette, un sistema obsoleto. Reductos y redientes, sectores cubiertos, ciudades y trincheras eran desconocidas por igual. Cuando se utilizaban talas, se arrojaban ramas sueltas sobre la tierra y nadie soñaba con poner estacas de madera. Aunque se usaba la empalizada, esta no se incluía en la base de la cuneta o foso. Así las defensas eran totalmente inadecuadas para resistir el desarrollado poderío de los fusileros, el fuego concentrado de las naves e incluso el exacto y escudriñador disparo de la carabina Spencer. La batería "Londres", además de su estado de abandono, era un montículo de mampostería y, cuando el granito cede, no puede esperarse que resulten los ladrillos.

         El Teniente Day (1858) les atribuyó a las ocho baterías que figuraban en su carta 45 cañones; a la casamata (Londres), 15 y a la batería "Este", 50, lo que representaba un total de 110. En 1868 el río y las baterías contaban con 58 cañones, 11 polvorines y 17 tanques de ladrillo (depósitos de agua). La totalidad de las líneas de Humaitá estaban armadas con 36 cañones de bronce y 144 de hierro; estos 180 aumentaron a 195 al incluirse el cañón de 8 pulgadas y los catorce de a 32 libras hallados en el Gran Chaco. Sin embargo, las piezas en funcionamiento no superaban las sesenta. A muchas las habían arrojado a las profundidades de las aguas y se podrán recuperar cuando bajen su nivel. Cinco quedaron semienterradas en la base de la barranca y diez permanecieron instaladas, de las cuales tres eran de ocho pulgadas, cuatro cañones cortos de a 32 o 36 libras y dos carronadas largas de a 32 libras.

         Frente al "palacio" del Mariscal Presidente encontramos una docena de avancargas Whitworth, cuyas líneas proporcionadas y excelente terminación los hacía parecer, al lado de otras armas, caballos de carrera junto a caballos de tiro. La heterogeneidad de las armas paraguayas conformaba un curioso espectáculo. Al lado de algunos proyectiles para los Blakel, había granadas de mano, que resultaron de utilidad en la victoriosa campaña de Abisinia, y cohetes Hall giratorios, sin las manivelas que simplemente los dirigen viento en contra; también enormes tacos guaraníes, círculos de palmera trenzada, como los que las campesinas egipcias se colocan entre la cabeza y las tinajas de agua; metralla en baldes de cuero de fabricación tan peculiar que apenas podría resultar eficaz a la habitual distancia de 300 a 400 yardas; proyectiles armados con tornillos y trozos de barras de hierro y otros hechos con viejos cerrojos y restos de mosquetes, toscamente envueltos en cuero y atados con lianas. Perder la vida por unos de estos bárbaros artefactos añadiría otro sufrimiento más al de la muerte. Vimos grandes montículos de proyectiles cargados, algunos con unas diez u once onzas de pólvora, para incendiar carpas y derribar defensas. Los conquistadores no se habían tomado el trabajo de mojarlos y un viejo caballero de la partida se dedicaba a raspar la pólvora con la punta de la bota. En los últimos tres días se produjeron varias explosiones.

 

 

 

 

 

 

 

         UN PASEO POR EL CUADRILÁTERO DE HUMAITÁ

 

         HUMAITÁ, 27 DE AGOSTO DE 1868

 

         Deseosos de recorrer Humaitá, nos dirigimos al General Gelly y Obes, quien muy cortésmente nos cedió sus propios caballos y nos envió a uno de sus oficiales para que nos acompañara.

         Nuestra primera visita fue al comercio, o bazar al aire libre, situado inmediatamente detrás de la ruinosa iglesia. Banderas de todas las nacionalidades flameaban por encima de ranchos de madera, cobertizos de juncos y carpas de lona, que con su apariencia inmunda formaban un cuadrado alrededor de un charco de agua estancada. Algunos llevaban los pretenciosos nombres de "Hotel Franyais", "Bordeaux" y "Garibaldi". En estos sitios se puede conseguir una cama y quizá un magro desayuno por una libra. En las sucias vías que hacían las veces de calles, holgazaneaban indolentes rufianes, asesinos borrachos prestaban oído a guitarras o acordeones y, en todas partes, ya sea a pie o a caballo, aparecían las enaguas y los trajes de montar de las representantes de una profesión inconfundible. El atuendo preferido era la seda brillante y muchas estaban ataviadas.

         Algunos de sus miembros hacían fortunas con las más prudentes "viudas californianas". Supe de una que obtuvo de un oficial brasileño honorarios por 35 libras, suficiente como para hacerle agua la boca a la persona más digna.

         Tomamos hacia el Sudeste rumbo a los hospitales, de los cuales dos son amplios y uno chico, el "Hospital dos Coléricos". Luego de la terrible epidemia del año pasado, todas las indigestiones y colerinas eran registradas como si se tratara del verdadero flagelo asiático. Estaban cavando una docena de tumbas, por supuesto para víctimas del cólera. Se esperan casos esporádicos y el General Argolo nos contó sobre un hombre que había muerto de puro susto. Pero esta es la estación calurosa e incluso el río no se ve insalubre, a pesar de la mugre reinante. Algunos padecen de severos resfriados como consecuencia del viento helado del Sur que repentinamente suplanta al cálido viento Norte.

         Continuando en dirección Sudeste, disfruté por primera vez en el hemisferio Sur de una buena galopada por la fresca, suave y mullida superficie del campo. Estaba cubierta de Cepa de Caballo, y con un hongo de rayas rosadas que la gente llama "carne de sapo". Habían derribado la mayoría de los naranjos, plantados por orden presidencial, y cinco naranjas cuestan un chelín en lugar de un centavo. Por doquier se esparcían proyectiles Whitworth, de a 40, 120 y 150 libras, con un costo unitario de 20 a 50 libras. Muy pocos habían explotado y una punta que asomaba de inmediato explicó el motivo; no los habían cargado con pólvora sino que con un solo de sus componentes, con carbón. Enseguida los paraguayos fabricaron un cañón para aprovecharlos, el "Criollo", rayado para munición de a 150 libras, y devolvieron a su lugar de origen miles de los proyectiles que les habían arrojado.

         Luego de pasar por la prisión militar, llegamos al cementerio. En el sólido muro de ladrillo abrieron una prolija entrada, con una cruz en la parte superior. Los brasileños y los argentinos descansan en su exterior y hacia el Oeste hay un sector destinado por el Mariscal Presidente a los hetéricos ingenieros que cayeron en el Riachuelo. Las tumbas eran en su mayor parte nuevas, con un mosaico de pequeños azulejos rojos que hacían las veces de lápida.

         Este cementerio evidentemente era el sitio adecuado para una ciudadela: un sólido terraplén central rodeado de minas y capaz de dominar todo el recinto, que ahora no cuenta con ningún tipo de defensa. Al controlar la parte posterior de las baterías, tanto las de la margen del río como las del interior, podría haber convertido lo que en la actualidad es un campamento apenas atrincherado.

         A continuación visitamos el sitio al Noreste de la iglesia por donde, el 16 de julio de 1868, el valeroso General Osorio ingresó por primera vez a Humaitá. Los brasileños, con seiscientos hombres, no se "retiraron con estandartes flameando y bandas al frente, como si estuvieran marchando en un desfile". Según el "Semanario" la guarnición paraguaya recibió la cruz de oro de la Orden de Mérito.

         Sin duda el terrible revés de Curupayty había influido en el comandante en jefe y, junto con sus tropas, creía naturalmente que un puesto de avanzada tan poderoso debía ocultar un bastión formidable. En cualquier momento, un ataque simultáneo sobre tres o cuatro puntos habría ciertamente servido para tomar Humaitá, con la pérdida quizá de unos 500 hombres. Sin embargo, permitieron que la evacuación se llevara a cabo en paz y lo que se rumoreaba en el campamento era que un panadero francés, otros dicen que era un mercanchifle italiano, fue el primero en ingresar a la ridículamente denominada, "Sebastopol del Sur".

         Este sector de los terraplenes es muy deficiente, hasta un perro de caza irlandés podría treparlo. Las únicas defensas eran las típicas barricadas de ramas y matas que protegían una trinchera de no más de cinco pies de hondo, con un máximo de once pulgadas de agua. No existía ninguna defensa interna más que un foso de drenaje de dieciocho pulgadas de profundidad y cuatro pies de ancho. El parapeto de tierra de apenas cuatro pies de altura y no más de nueve pies de ancho estaba sostenido con troncos de palmera y provisto de una banqueta. Los cañones son una míseras piezas de a 32 libras, con 300 proyectiles cada una. No existen las troneras y los polvorines tienen cubiertas redondas como hornos, para alojar las bombas y dejar entrar el agua de lluvia. Algunos están cubiertos; otros explotaron con las andanadas; y en la trinchera se ven los característicos restos de cartuchos y bolsas de pólvora. Saliendo del recinto, doblamos hacia el Sur por el Curupayty, o mejor dicho por la ruta del Angulo. Estaba poblada de carros, caballos y vivanderas, todos dirigiéndose hacia Humaitá.

         Al cabo de una milla y media arribamos a las líneas de circunvalación brasileñas diseñadas por el General Argolo. Eran a una escala muy superior a la de las defensas del lugar sitiado. Las troneras estaban recubiertas de fajinas y las jambas, con panes de pasto; la berma se había trazado con gran cuidado y los polvorines, aunque sin un techo inclinado, parecían lo suficientemente sólidos. Como las líneas nunca se utilizaron como base de operaciones, fue un esfuerzo inútil.

         Un galope tranquilo de media hora nos condujo a Paso Pucú, también conocido como Brítez, por una hacienda que había en el lugar. El Mariscal Presidente López convirtió a ese sitio, clave para la segunda línea, en su Cuartel General y lo defendió por largo tiempo después de que la primera línea o línea más externa, a orilla de la margen septentrional del Estero Bellaco Norte, cayera en manos enemigas. En ese importante punto central convergían diez líneas de cables telegráficos provenientes de todos los sectores del así llamado "Cuadrilátero". La casa ocupada por el Presidente del Paraguay y su familia estaba ubicada en una pequeña plantación de naranjos; y el galpón de techo bajo de paja y paredes pintadas a la cal había sido garabateado por los visitantes en un estilo poco halagüeño. Había dos habitaciones de reducidas dimensiones: una para la recepción y un oscuro rincón con un catre para dormir. Frente a la puerta se veían los restos de un rancho, donde la "Suprema" dirección había realizado fiestas y bailes. Hacia el Sur se encontraba el cobertizo del Obispo, ya en ruinas; y el de sus asistentes, los frailes franciscanos, estaba corriendo igual suerte. El "esporón" o reducto antibombas, denominado la "caverna" por la prensa, había sido derrumbado. Fue construido por el Tte. Cnel. Thompson con seis pies de tierra en la parte superior y a ambos lados, y dicen que allí solía ocultarse el Mariscal Presidente. Como se hallaba a unos pocos cientos de yardas de las baterías enemigas, la edificación estaba reforzada con tres traveses, sin los cuales no habría resultado segura en absoluto. No podíamos menos que reparar en el alto mangrullo, con sus escaleras rodeadas de cueros y esterillas, una precaución inusual con el objeto de ocultar los tobillos que revelaban las enaguas. Me aseguraron que desde ese punto la intrépida Madama Lynch solía dirigir operaciones belicosas.

         Subimos al través más ancho, que contenía 422.080 panes de pasto; estos tenían por lo general 0,25 cm2 por 0,10 cm. de espesor. Un total de casi cinco millones de panes se habían colocado en las defensas, incluyendo los de Tebicuary, y de estos cerca de un millón se encontraban en los alrededores de Paso Pucú. Aquí, en el diáfano aire nocturno, disfrutamos del espléndido panorama de un territorio por el que se luchó más de dos años; y el primer vistazo demostró que el Cuadrilátero era un extenso óvalo que longitudinalmente iba desde Humaitá al Norte hasta el punto Sudoeste del Estero Bellaco superior, mientras que transversalmente abarcaba desde Paso Espinillo hasta el río Paraguay. Tenía una longitud de seis millas y media y un ancho de casi cuatro millas y media. El total de líneas defendidas por los paraguayos entre el inicio de la guerra y el 22 de marzo de 1868 llegaba a los 56 kilómetros.

         Detrás de nosotros, hacia el Norte, se encuentra el recinto de Humaitá, que constituye la tercera línea o línea más interna. Esta se conecta con la segunda línea o línea intermedia mediante un zigzag que va de Norte a Sur y bordea los diferentes "pasos" o cruces de ciénagas, conocidos como Pasos Benítez, Yacy (de la luna), Tanimbú (de las cenizas) y Espinillo, llamando así por el árbol con espinas. En este último lugar se inicia la segunda línea hacia el Oeste que luego se desvía rumbo al Sur, a lo largo de una loma rodeada de pantanos, comunicados con la Laguna Chichí.

         La tercera línea o línea más externa se dirige hacia el Sur por el Paso Mora hasta el Angulo Redán; de allí, torciendo bruscamente hacia el Sudoeste, atraviesa casi en forma paralela con la segunda línea el Estero Rojas, un brazo del Bellaco Norte, el reducto Madama Lynch y el Paso Gómez hasta el reducto Sauce, para finalmente terminar en la Linha Negra. Allí el foso externo contaba con un tajamar o una presa que elevaba el nivel del agua a un metro y que así logró destruir una parte de las municiones aliadas.

         Hacia el Noroeste del Paso Pucú, y aparentemente a unas seis o siete millas de distancia, vemos el monte y las plantaciones de naranjos de Tuyucué, "el barro que fue". Los brasileños ocuparon esa posición por largo tiempo. Más al Norte en la ruta principal a Asunción y también oculta entre el monte y los naranjales está San Solano, una estancia perteneciente al estado. Era el extremo izquierdo del campamento aliado durante los primeros ataques y se ubica casi al Este del Humaitá, a cinco leguas del Paso Pucú y a siete de El Pilar. Hacia el Sur, y a unas dos horas de marcha, divisamos la Loma y el palmar de Tuyutí, un punto que estuvo mucho tiempo en manos de la segunda división brasileña.

         El Mayor Costa, comandante de un destacamento de la caballería argentina estacionado en el Paso Pucú, tuvo la cortesía de suministrarnos un guía hasta el Angulo Redán. Al salir de la segunda línea en Paso Espinillo, vimos que los accesos estaban fuertemente protegidos; había bocas de lobo incluso debajo del agua. En ese lugar el enemigo había estado más activo que de costumbre: el parapeto y los pasajes cubiertos aparecían a menudo construidos encima de pantanos por muchas yardas y se habían colocado pasarelas con sumo cuidado.

         Al poco tiempo llegamos al Angulo, un sitio donde se ha talado el palmar y donde aún se ven los tocones de los árboles; y desde la ondulante loma en la que pasta el ganado se domina toda la zona. Afuera se huele el vaho de los esteros y bañados que se comunican con el Bellaco Norte. Las defensas consistían en dos bastiones en el frente y en una muralla con un bastión de menores dimensiones que cerraba la gola. En la parte externa hay una trinchera poco profunda y un foso hondo que requiere escalas. La guarnición está compuesta de 200 hombres, que operaban sólo dos de sus dieciséis cañones. Había algunos polvorines y traveses de escasa importancia. Los brasileños atacaron el Angulo mientras que los argentinos ocupaban posiciones más al Norte cerca del Paso Espinillo, donde las defensas eran más débiles. Dicen que el General Emilio Mitre comandó 7.000 hombres; los brasileños reducen la fuerza a 5.000; y estuvieron aquí durante dos horas a una distancia de trescientos metros.

         En el Angulo encontramos a un hermano de nuestro guía, con soldados de caballería alojados en unos cobertizos hechos de cueros. Había una gran cantidad de carne cruda colgada para secarse y no faltaba la provisión de caña. Dejamos atrás el rediente y anduvimos por la línea externa de las defensas. Allí vimos el mismo tipo de obras: trincheras de 18 pies de ancho y profundidad; plataformas para cañones de 14 pies con 6 pulgadas de superficie y 3 pies con 6 pulgadas de altura; polvorines cada 36 o 42 pies; traveses, parapetos revestidos de panes de pasto de 6 pies de alto e igual grosor; un solitario jinete y una granja en ruinas. La principal dificultad para el ataque era la naturaleza del terreno. Hacia el Sur un arenal nos oculta Fuerte Itapirú. En eso torcimos rumbo al Norte, yendo de la línea exterior a la intermedia, y cruzamos perpendicularmente tres esteros. El agua nos llegaba hasta la cincha y el fondo era de barro oscuro y maloliente. De allí el nombre de Paso Pucú, el Paso Largo.

         Después doblamos hacia el Noroeste y enseguida alcanzamos las famosas líneas de Curupayty. Las defensas, que se extienden casi al Norte a Sur, eran mucho más sólidas y mejor hechas que las vistas hasta el momento. Lamentablemente para sus defensores, se podía recibir el bombardeo de los acorazados, a apenas treinta pies más abajo. Las obras comprendían un glacis, un foso y parapetos de adobe recubiertos de panes de pasto. En el interior había un foso de tres o cuatro pies de ancho, con un muro de aproximadamente igual altura, que servía de protección y de drenaje para el terraplén. Están ubicadas sobre la meseta de Humaitá; una barranca boscosa que se eleva unos veinte pies por encima de las lagunas y pantanos al frente. El ataque por ese lado presentó inconvenientes especiales. A la derecha (Norte) se veía el monte bajo por donde avanzaron los brasileños y donde se demoraron al toparse con un pequeño puesto de avanzada.

         Así fue que sufrieron pocas bajas y se los acusó de salvarse a expensas de sus aliados. El flanco izquierdo daba a una profunda laguna y entre esta y el monte se entendía una ciénaga hedionda que llegaba a la rodilla y que los argentinos intentaron atravesar.

         Detrás de las defensas había un pueblito en ruinas. A continuación nos dirigimos al comercio de Curupayty. Las paredes de madera y techos de lona eran de mayor tamaño y solidez que de costumbre. Los vivanderos que querían o no esperaban que se tomara Humaitá con tanta rapidez. Ahora no les quedaba más que seguir al ejército; y la activa multitud de soldados y vivanderos que retiraban pilas de madera y tablones, sacos de provisiones, montículos de armas viejas y de cueros confirmaba que no era su intención quedarse atrás.

         Después galopamos por una polvorienta ruta cruzando las líneas brasileñas, estrechamos la mano de nuestro guía y le agradecimos al General Gelly y Obes por prestarnos sus cabalgaduras. Habíamos logrado rodear casi dos tercios del así llamado "Cuadrilátero", o sea unas veinte millas en cinco horas.

 

 

 

LA REGENERACIÓN Y OTROS

 

         PLANES DE GUERRA FRACASADOS DEL MARISCAL LÓPEZ

 

         Francisco Solano López es una creación de don Carlos el Creador. Ha sido educado por su padre y en ninguna otra escuela. Recuerda de memoria lo que le dijo el viejo López acerca del General José María Paz, durante la campaña de Corrientes, en 1845: "No te mortifiques mucho por penetrar los misterios de las operaciones del General en Jefe. Es materia delicadísima. ¿Quién sabe si él mismo habrá formado ya su plan? ¿Cuántas veces tendrá acaso que variarlo? Todo esto es menester que por ahora sólo él sepa, porque en ello va el prestigio de la fama que forma la importancia de un General; si llegan a fallar las ideas o esperanzas de sus comisiones o empresas parciales, también convendrá que sólo él esté al cabo de los pormenores. Sobre todo, el peligro de que llegue a transmitirse al enemigo, cualquiera de esas disposiciones, justifica altamente la mayor reserva posible. No quieras creer que sus oficiales estén al alcance de esos misterios".

         El Mariscal no confía a nadie sus planes de guerra. Es el único que conoce en detalle el efectivo del ejército, el despliegue de las tropas, los informes que llegan acerca del enemigo. Está terminantemente prohibido tanto a jefes como a soldados hablar de cuestiones de servicio, por insignificantes que éstas son. Las penas por faltar a este precepto son severísimas, y alcanzan no sólo a los indiscretos, sino también a los que oyéndolos no los denuncien en el acto. La reserva se ha hecho carne en el ejército paraguayo; nadie sabe ni quiere saber nada. Los aliados se admiran de la escasa información que pueden conseguir de prisioneros y pasados.

         Hasta cierto punto están excluidos de esta regla los Generales Barrios, Resquín, Bruguez, y sobre todo, José Díaz. Suele conversar también con el Coronel húngaro Wisner de Morgenstem, quien desde hace veinte años está al servicio del Paraguay, posee sólidos conocimientos teóricos sobre cuestiones militares y ha sido de hecho el preceptor de López en estas materias. Pero Wisner es demasiado rígido en sus conceptos y no acaba de entender la clase de guerra que se está librando. Díaz le supera con creces con su talento natural, y López se ocupa en persona de educarlo, como lo hará más adelante con Bernardino Caballero. Bruguez tiene demasiadas ideas propias, que no siempre coinciden con las del Mariscal. Tal vez por eso nunca la ha encomendado -ni le encomendará-, dirigir una batalla al más ilustrado de los jefes a su mando, y uno de los más valientes, formado en el Brasil y en Europa, sin dejar por eso de tratarlo como al mejor de sus amigos.

         Las veces que el Mariscal López ha confiado misiones de importancia a sus subordinados, lejos de su control directo e inmediato, aquéllas se cumplieron a medias, fracasaron o acabaron en el desastre.

         La batalla de El Riachuelo, que fue concebida como una acción combinada de fuerzas navales y terrestres destinada a apoderarse de la flota imperial encerrándola en el riacho donde está fondeada, se malogró porque el Capitán Meza perdió tiempo en reparar las averías de uno de los barcos de la flotilla y atacó con varias horas de retraso. No atinó a seguir los consejos del maquinista inglés John Watts de hundir uno de los navíos en el canal, con lo que la flota enemiga hubiera quedado atrapada sin remedio. En vez de seguir instrucciones, que eran las de lanzarse inmediatamente al abordaje bajo la protección de la artillería de Bruguez, que se emplazó en las barrancas, el Capitán Meza se entretuvo en un duelo a cañonazos en el que llevaba todas las de perder. La flotilla paraguaya se salvó de la completa destrucción gracias a la extraordinaria pericia de los jóvenes oficiales y marineros paraguayos, que con sus barquitos mercantes, maniobraron, abordaron, fueron rechazados, hundieron dos cañoneras brasileñas en una batalla de ocho horas de duración y finalmente pusieron en fuga a los que intentaron perseguirlos. La captura de la Flota Imperial hubiera sido un golpe de muerte para el enemigo. Una oportunidad única, perdida por la indecisión y falta de iniciativa del Capitán Meza, que tuvo la suerte de caer mortalmente herido en la acción.

         En la expedición a Río Grande del Sur, el Coronel Estigarribia, desobedeciendo instrucciones precisas, fue a encerrarse en Uruguayana, justamente en el sitio donde el enemigo podía cercarlo por tierra y agua. Fue obligado a rendirse por hambre, sin combatir.

         El General Robles se movió en Corrientes de manera lenta y vacilante, mantuvo correspondencia no autorizada con el enemigo; se desmoralizó, se entregó a la bebida, rechazó con grosería una condecoración que le mandó López para tratar de levantar su espíritu, estuvo a un paso de la insubordinación. Fue destituido, procesado y fusilado. No se probó que hubiera sido un traidor, solamente un incapaz.

         El General Barrios, que mandaba en jefe el 24 de mayo en Tuyutí, debía dar la señal de ataque a la madrugada. No llegó sino a mediodía a sus posiciones de partida. No atinó a suspender el asalto. El General Resquín, en vez de romper la línea enemiga y lanzarse como una trompa con su magnífica caballería a la retaguardia del campamento aliado, se entretuvo en sablear batallones argentinos y en alzarse al asalto de reductos artillados.

         Los jefes de la primera hora resultaron ser apenas unos buenos cuarteleros. Después se destacarían los Díaz, los Jiménez, los Zayas, los Rivalora, los Olavarrieta, los Montieles, los Caballero; pero, para entonces, ya se había perdido un año y la mitad del ejército.

         ¿Cómo saber lo que hará un hombre antes de probarlo? Después de más de medio siglo de paz nadie en el Paraguay tenía experiencias de combate.

         Comentaba al respecto el Dr. Faustino Benítez: "López sabía que era el único responsable, porque no supo elegirlos. Se lo diría a Mitre en Yatayty-Corá, cuando elogió al general argentino por haber sabido aprovechar los errores de su adversario. López tenía esas cosas. Este, como muchos otros rasgos notables de su carácter, quedaron ocultos por la tremenda culpa de la derrota. Le sobraba valor moral y físico, como lo demostraría en su momento. Pero se cree indispensable, el único que puede salvar a su país, y evita exponerse más de los necesario. Quisiera poder estar en todas partes al mismo tiempo; como esto es imposible, se vale del telégrafo e inaugura de este modo un método moderno de conducción militar que, por lo menos, resultó más efectivo que el de Caxías y Mitre, siempre en primera línea, en lo más reñido del combate. El Mariscal López no necesita hacer alardes, ni dar ejemplos a sus hombres, que en lo que a coraje se refiere son todos ejemplares. Ni siquiera anda armado. Su trabajo es usar la cabeza, no la espada; pero, solamente confía en su propia cabeza, lo cual es el peor de los errores que puede cometer un hombre. Fue un héroe trágico, tal como lo concebían los griegos: noble y grande, pero no sin tacha; el fatal desenlace proviene del carácter y no del simple azar".

 

         LOS MASONES

 

         El inglés Alonso Taylor, comenta de Enrique Tubo: "Poco antes de la guerra llegó a Asunción un italiano llamado Tubo y abrió allí una escuela; era hombre agradable y comunicativo, pero no me gustaba. Sin embargo envié por algunos meses a uno de mis muchachos a su escuela. El Sr. Tubo se aprovechó de esto para pedirme dinero prestado. Algún tiempo después me mandó un recado invitándome a una reunión que debía tener lugar en su casa, con el fin de iniciarme en los misterios de la franc-masonería".

         "Habiendo oído que era cosa buena hacerse masón, sobre todo en el extranjero, y teniendo también curiosidad de conocer sus secretos, fui, pero encontré que todo era una pobre farsa con el objeto de arrancarme dinero. No obtuve otra cosa que un delantalcito, la vista de algunas letras cabalísticas con que el farsante Tubo había adornado el cuarto, y una cantidad de disparates místicos que no pude comprender. No pronuncié una palabra en todo el tiempo que estuve presente y partí tan pronto como me fue posible, llevando conmigo el delantalcito para no perder del todo mi dinero, aunque era demasiado pequeño para serme útil".

         "Al siguiente hablé de esto con el señor John Watts, maquinista de una de las cañoneras, y me contestó que todo era una farsa y que el tal Tubo no sabía nada de franc-masonería".

         El maquinista John Watts, héroe de la batalla de El Riachuelo y caballero de la Orden Nacional del Mérito, pertenecía a la logia "Conway", que llegó al Paraguay en 1853 a bordo del buque de guerra inglés "Locust", que traía como pasajero en viaje de placer a Lord Stapleton; y, en misión diplomática, al ministro Sir Charles Hotham, a los efectos de reconocer la independencia, siempre y cuando se firmase previamente con Gran Bretaña un tratado de comercio y navegación. El gobierno paraguayo respondió que ambas cuestiones debían tratarse por separado. Si deseaba hacerlo, Sir Charles podía reconocer la independencia en nombre de Su Majestad Británica, y luego negociar de igual a igual cuantos convenios gustase proponer.

         El inglés no estaba acostumbrado a este trato en las republiquetas sudamericanas, pero, aunque a disgusto, tuvo que avenirse al capricho del déspota indiano.

         Los estados mayores de la marina británica aplicaban en el Río de la Plata el "Plan Triángulo" valiéndose de las logias masónicas volantes. Abordo de la "Locust" se afiliaron a la logia "Conway" el Dr. Juan Andres Gelly, consejero del Presidente de la República; don José Falcón, encargado del Archivo Nacional; los marinos Pedro V. Gill, Remigio Cabral y Andrés Herreros; los oficiales del Ejército Vicente Barrios y Germán Serrano. Más adelante lo harían varios ingleses al servicio de la marina paraguaya, y entre ellos John Watts, que le dijo al buenazo de Alonso Taylor que "Tubo no sabe nada de franc-masonería".

         En tiempos de los López la masonería funcionaba en una suerte de semiclandestinidad tolerada. Como se desprende de la correspondencia entre "Nicolás Pérez" y "Pedro Fernández", el viejo López la tenía bajo control y la usaba en su provecho. Basta recordar un párrafo de una de sus cartas firmadas con el seudónimo de "Nicolás Pérez", dirigidas a Samuel Ward, que se ocultaba tras el nombre de "Pedro Fernández": "No dude que nada se me oculta de las que dicho infame perro llama maniobras de asesinato, ni de lo que allí pasa de masónico, no sólo en ese grupo de canallas, sino en el mismo Círculo Dulcamara".

         Como diría don Carlos el Astuto, les pegaba con su propio rebenque. Jamás se hubieran atrevido los paraguayos arriba nombrados a hacerse masones sin su conocimiento y consentimiento, y es posible que lo hicieran cumpliendo sus instrucciones. Pero después, las urgencias del frente y el tedio de la retaguardia aflojaron el control de tales aficiones, en principio inofensivas; hasta que, al parecer, dejaron de serlo.

         La masonería fundamentaba el liderazgo en el valor personal, en el merito individual, inalienable. El monarca que quisiera gobernar con tranquilidad debería atender algunas exigencias de la masonería.

         Dicen que Francisco Solano López venció en la votación presidencial del 16 de octubre de 1862, porque en París estaba afiliado a la masonería, y un alto número de diputados e inclusive sacerdotes pertenecían a esa influyente asociación secreta. También, algunos historiadores informan que Francisco Solano López era masón. Para algunos, el Duque de Caxías no lo persiguió en 1869, solo por ese motivo: los dos eran masones. A pesar de ello no existe prueba alguna de que Francisco Solano López era masón, ni en el Plata ni en Europa, en donde pudo haberse afiliado a una Logia por mera formalidad, no consta en registro alguno. Francisco Solano López no era y nunca fue masón.

         En el Brasil, el Emperador Pedro I constituyó su corte distribuyendo títulos de nobleza sin transmisión dinástica, individuales, como premio al mérito personal. Recibió el título honorífico de Gran Maestro.

         Las razones económicas que llevan a la destrucción del Paraguay son revestidas de innumerables causas. Papel preponderante para dar ropaje a esos principios ejerció la Masonería, en el Imperio del Brasil o en Buenos Aires. Todos los hombres con poder de decisión en el Plata y en el Brasil, eran masones. Pedro II pertenecía al Gran Oriente del Brasil, del cual José Bonifacio había sido el primer Gran Maestre. Manuel Calmon du Pin y Almeida, de gran peso en la diplomacia brasileña, era masón. El, inclusive, otorgó varias cartas para la fundación de Logias en diversos locales del Plata. El Duque de Caxías fue masón y más: El General Osorio, Menna Barreto, el Barón de Río Branco, Joaquin Marcelino de Brito, hasta el mismo Saldaña Marinho y Deodoro da Fonseca. Era una tradición la presencia masónica en todas las luchas de importancia en la América del Sur. El entendimiento de "logia a logia" se hacía internacionalmente: de Londres a Río, de Río a Buenos Aires o a otros centros, estableciendo un entendimiento más fácil entre sus cofrades.

         En el momento de los acontecimientos que resultaran en la Triple Alianza; todos los hombres claves del gobierno argentino eran masones, siendo Mitre, inclusive, historiador de la Masonería argentina.

         Cuando fue descubierta una conspiración en retaguardia, hubo sobrados motivos para maliciar que el enemigo se había valido de las logias para introducir sus agentes. Si entre los masones hubo también simples incautos, muy cara pagarían su manía, como el propio Alonso Taylor, que por un delantalcito pasó por el suplicio del cepo uruguayana y se salvó de milagro de la última pena. John Watts fue fusilado, se dijo que el mismo día que James Manlove; pero, en esto último, no basta un testimonio para hacer una evidencia.

 

         POLÍTICA DUDOSA DE URQUIZA

 

         Todos cuantos tenían algo que ver con las cuestiones que se debatían en el Río de la Plata, le desconfiaban a Urquiza. El encargado de negocios del Uruguay en Asunción, don Federico Brito del Pino, le informaba a su gobierno: "El ciudadano de Entre Ríos parece que está haciendo de las que acostumbra, es decir, que está traicionando". Idénticas desconfianzas asaltaban al agente confidencial paraguayo en Montevideo, Brizuela; ponía en duda las versiones sobre actitudes decididas de Urquiza, a quien le llamaba "ese hombre" y decía que no depositaba "ninguna fe en su política ni en sus compromisos".

         Dudas y diatribas cosechaba Urquiza con su política esquiva y vacilante. Hacía equilibrios entre Mitre y López, y mantenía con ambos copiosa correspondencia. Cerraba la puerta a éstas o aquellas opiniones, pero se cuidaba de dejar entreabierta la ventana. Cuando se le pedían definiciones precisas, las rehuía, y para no disgustar apelaba a pequeñas obsequiosidades.

         No obstante estas cuidadas especulaciones, Urquiza llegó más lejos de lo que hubiera deseado y el Mariscal López creyó tener su compromiso formal de encabezar el "pronunciamiento" que el federalismo argentino le reclamaba. El General Resquín, que actuó durante toda la guerra al lado del Mariscal López y se desempeñó como Jefe de Estado Mayor de sus ejércitos, luego de ser hecho prisionero en Cerro Corá, fue trasladado al Cuartel General del comando del ejército brasileño, en Humaitá. En las declaraciones que se le hicieron prestar en este punto, el 20 de marzo de 1870, afirmó "que el Mariscal López le había dicho anteriormente que el General Urquiza se había comprometido a unirse con él para hacer la guerra al Brasil, a la Confederación Argentina; pero que cuando el Mariscal López hizo la protesta del 30 de agosto de 1864, el General Urquiza se apartó de él". Alberdi afirmó categóricamente que "el Mariscal López tenía documentos que le hacían esperar la cooperación del general Urquiza".

 

         ARCHIVOS ROBADOS

 

         Los archivos del Paraguay fueron saqueados por los invasores a raíz de la guerra de la Triple Alianza. Muchos documentos nos faltan, inclusive para reconstruir nuestra historia, y podemos afirmar que al despojarse nuestro Archivo se seleccionaron todos aquellos documentos que podían comprometer la versión histórica que se fraguaba para quitarnos toda esperanza de reivindicación.

         Según es sabido, el Mariscal López había establecido la sede del gobierno y el comando de los ejércitos, en Piribebuy. Allí hizo trasladar, bajo la custodia de las armas nacionales, el tesoro de la República y su acervo documental. Figuraban en éste las piezas fundamentales de la historia del Paraguay, desde la etapa primitiva hasta los años decisivos de la Triple Alianza. Los brasileños tomaron la ciudad el 12 de agosto de 1869. El comandante el jefe de las tropas, Conde d'Eu, dispuso del botín como si fuera propio y puso esa ingente riqueza a disposición de don José María da Silva Paranhos, Vizconde de Río Branco, que en ese momento desempeñaba una misión especial de su gobierno en el Río de la Plata. La remesa estaba constituida por 45 gabetas con 49.313 documentos. El despojo militar fue convertido en apropiación individual, y el beneficiario conservó hasta su muerte un repositorio que constituye una propiedad inalienable de la Nación y el pueblo paraguayo.

         El vizconde, que se orlaba con el título de "Gran Maestro y Grande Comendador General de Oriente de Labradío", enriqueció la colección con algunos documentos personales, entre los cuales se destaca la nota del obsequio, que le hizo don J. Ewbank da Camara, de las insignias de masón que pertenecieron a D. Pedro I. Honor al que Río Branco correspondió diciéndole que "mucho le agradezco esta su fineza y conservar las insignias como una reliquia preciosa". Esta incorporación nos sugiere un interrogante: ¿había alguna relación entre la Masonería y el exterminio del Paraguay?

         El Vizconde de Río Branco murió en 1880. Al año siguiente, su hijo, el Barón de Río Branco, donó a la Biblioteca Nacional la Colección que lleva el nombre del usurpador. Pero no está todo ahí. El botín debía repartirse y muchas piezas valiosas, y documentos de extraordinario interés, fueron a parar a Buenos Aires.

 

         EL SAQUEO DE ASUNCIÓN

 

         La población de Asunción debió evacuar la ciudad, de acuerdo a un bando del Vicepresidente Sánchez, emitido el 22 de febrero de 1868. La medida fue adoptada como consecuencia del paso de Humaitá por la escuadra brasileña, que tornó vulnerable el recinto de la capital. Pero los cautelosos procedimientos de los marinos del Imperio mantuvieron alejado el peligro, hasta que las tropas brasileñas del Marqués de Caxías procedieron a la ocupación de la ciudad, el 1° de enero de 1869. El viejo guerrero entendió coronar así su campaña bélica y proclamó la conclusión de la guerra, embarcándose rápidamente para Río de Janeiro.

         Las tropas argentinas al mando del General Emilio Mitre acamparon en Trinidad, a una legua de distancia. El Presidente Sarmiento aprobó esta manera de proceder, y con vistas a la historia, le escribió al nombrado militar: "Aplaudo la determinación prudentísima de Vd. de no entrar en Asunción, dejando a la soldadesca brasileña robar a sus anchas. Esta guerra tomará proporciones colosales en la historia y es bueno que nuestro nombre figure limpio de reproche".

         De "robar a sus anchas" hablaba Sarmiento; y así fue, efectivamente. La pintura del saqueo que durante tres días consecutivos realizó "la soldadesca brasileña", asume un vigor y patetismo que contrista los corazones. Cardozo la describe así: "Novecientas mujeres que cayeron en poder de los brasileños fueron víctimas de la lascivia de la soldadesca... Los brasileños, posesionados de la ciudad, se entregaron al más implacable saqueo y devastación. Ni las legaciones, ni los consulados, ni los sepulcros, ni las iglesias fueron respetados. La tarea destructora prosiguió varios días. Durante la noche, las casas de fácil combustión, incendiadas después de saqueadas, y grandes fogatas alimentadas por los muebles sin valor y por puertas y ventanas, alumbraron el cortejo de vehículos que transportaban hasta los buques los frutos del saqueo. Las embarcaciones zarparon hacia Buenos Aires y Río de Janeiro repletas de objetos de valor. La escuadra brasileña también se prestó a esa tarea". Así se inició, por la capital, la regeneración que había prometido los invasores. Su codicia no se detuvo ni ante las más sacrílegas exteriorizaciones. Hasta las tumbas y los cadáveres fueron despojados. Cuenta un testigo de aquellas lacerantes escenas: "A mediados del año 1869 visitamos el cementerio de la Recoleta, y quedamos pasmados ante el repugnante espectáculo que presentaba aquel recinto. Los aliados vencedores del Paraguay, habían extendido el ignominioso saqueo de la ciudad de la Asunción hasta el valle santo, donde descansan los muertos; demoliendo los nichos, deshaciendo los ataúdes y cajones fúnebres, violando los cadáveres, en busca de alhajas..." Lo dice Juan Silvano Godoy, convencional del 70 y fuerte puntal del edificio del liberalismo.

         Las riquezas de aquel pueblo manso y humilde, los tesoros penosamente acumulados, los muebles valiosos que constituían el encanto de los hogares, las alhajas de las sepulturas, todo fue llevado al exterior, principalmente a Buenos Aires.

         También la villa de Humaitá no fue una excepción al saqueo. Terminada la guerra la villa quedó desolada, en ruinas, sus habitantes sufrieron las crueles consecuencias de la Guerra. Los aliados llevaron todos aquellos objetos que tenían valor, entre ellos el General Urquiza que llevó en dos barcos los objetos saqueados de las viviendas como: horcones trabajados, puertas, vigas, ventanas, rejas, entre otros para construir una estancia en la provincia de Entre Ríos, República Argentina que la llamó "Humaitá" por todas las cosas llevadas del lugar. El templo fue saqueado totalmente. Hasta la imagen del santo patrono, San Carlos Borromeo, fue robado, pero debido a su gran peso la abandonaron junto a la barranca del río. Recuperada por los pobladores, la misma se conserva hasta hoy. Los lugareños comentan que fue el mismo San Carlos el que a propósito se hizo tan pesado, porque quería quedarse en Humaitá. Pese a que consiguió permanecer en su paraje, sufrió un corte a la altura de la rodilla. Los invasores creían que en el interior de aquella pieza tallada en tronco único existía oro.

 

         RETIRO DE LAS TROPAS ARGENTINAS DE PARAGUAY

 

         A mediados de 1869, corrió el rumor de que la Argentina retiraría sus tropas que estaban bajo el mando del General Emilio Mitre; el consejero Paranhos comentó: "Parece que el gobierno argentino piensa retirar sus tropas de Paraguay. Creo que militarmente nada perderíamos con la retirada de Mitre y sus fuerzas, que siempre faltaron en las mejores ocasiones".

         La vanidad íntima y el opulento lenguaje de aquellos orgullosos representantes del Imperio, les movía a buscar atenuantes a sus propios fracasos, indecisiones y cobardías. Como en el caso de la fortaleza de Humaitá, ante cuya sombra agigantada por el miedo, se mantuvo paralizada casi tres años la colosal escuadra y el imponente Tamandaré.

         Sus críticas y reproches no hacen sino traducir la impotencia del rencor que profesaba el Imperio a la vencedora dignidad de la Confederación Argentina. No pueden admitirse sino como producto de la pequeñez cuando pretenden rozar a la decisión y bravura con que se batieron los soldados argentinos. Pero sí interesan en cuanto se refieren a la persona de Mitre pues son un duro castigo a la soberbia y empecinamiento con que el jefe del liberalismo porteño secundó los planes del Brasil en detrimento de los que convenían a la República Argentina. Cuando Caxías emitía su opinión, encontrándose de nuevo Mitre en el comando en jefe de los ejércitos aliados, la situación militar era lo siguiente: las tropas de tierra paralizadas frente a Curupayty y la flota brasileña embotellada entre Humaitá y Curupayty. "Mitre era en aquellos momentos -escribe Carlos Pereyra- el árbitro de los destinos del Río de la Plata y de la suerte del gobierno imperial. Una maniobra inteligente podía restablecer en un instante el buen acuerdo entre paraguayos y argentinos. Un solo movimiento de entusiasmo habría hecho de Mitre el semidiós de las provincias argentinas, de la República Oriental, del Paraguay, de Bolivia, y aún de Chile, del Perú y del Ecuador". El error de Pereyra consiste en pensar que Mitre podía servir a su país, con abandono de la filosofía política a que se debía. Al no ver esto, Pereyra extrae erróneas conclusiones. "Mitre no podía traicionar a su aliado -apunta-. Es verdad. Un principio de moral impide que quien ha traicionado a su patria firmando un pacto impolítico, falte a este pacto, máxime cuando la traición como la de Mitre, no es de las que ve todo el mundo..." Lo que Mitre no estaba en libertad de traicionar, no era el pacto con el Brasil, sino el mucho más hermético que lo ataba a la Gran Bretaña y al liberalismo.

 

         LA LEY DE LOS VENCEDORES

 

         La guerra que el liberalismo llevó contra el Paraguay, al quedar victorioso el partido de los agresores, impuso a la desgraciada República vencida las instituciones y métodos de la ideología vencedora. El Paraguay pasó a ser un nuevo campo de aplicación de la doctrina liberal, cuyos nocivos efectos ya podían advertirse en los países vecinos. El poema del gaucho "Martín Fierro", del inmortal Hernández, comenzó a tener su versión paraguaya.

         El proceso iniciado con la ocupación de Asunción por las tropas aliadas, iba a ejercerse paulatina y sostenidamente, no importa cuáles fueran los partidos y quiénes los hombres que se alternaran en el poder. La ley de los vencedores regía para todos y, matices aparte, no restaba en el Paraguay fuerza alguna que pudiera oponerse a la marcha compacta y arrolladora de las ideas, que al servicio de intereses foráneos, habían penetrado sostenidas por las bayonetas de los invasores.

         Una literatura de atrayentes contornos nos ha venido inculcando la idea de que en esas abstracciones, en esos derechos ilusorios, en esas promesas verbales, está la felicidad de las naciones y los pueblos. Pero la realidad ha dado al traste con tales prédicas, poniendo en evidencia que los que deben predominar son los derechos genuinos y las libertades concretas, en las que el hombre encuentra los elementos fundamentales para el desarrollo de su personalidad.

         Los grandes conductores del Paraguay, como el doctor Francia y los López, no hicieron sino ceñirse a la realidad paraguaya, despreciando las experiencias exóticas y las utopías inverosímiles. Comprendieron que tenían una atmósfera natural y un proceso individualizador, que eran la sociedad y la historia paraguayas. Con esos elementos propios e intransferibles se pusieron a la obra de construir la nación; no una nación cualquiera, sino la nación paraguaya. Tuvieron la inteligencia de mantenerse en sus límites; es decir, de limitarse para definirse. La naturaleza de este hecho es de muy vastas consecuencias. El objeto de nuestra historia es la sociedad limitada, exaltada en culto religioso, tangible podríamos decir, que es nuestra nación. Esa nación tangible era la que estaban edificando, bajo la dirección realista de sus próceres nativos, aquellos paraguayos a quienes la guerra de la Triple Alianza descuajó violentamente de su eje histórico: del único eje en que su vida y su personalidad eran posibles.

         Nadie podía engañarse sobre los frutos de la nueva política; la divisa no era de emancipación sino de colonización. El cuadro de la vida paraguaya, a poco de triunfantes esas aprovechadas inspiraciones, lo ofrece Natalicio González con admirable exactitud. "Triunfantes los Aliados -escribe-, organizan en el país vencido un Estado montado para servir, no lo ideales de la nación, sino los intereses extranjeros que le dieron origen. La clase rural se vio desposeída de las tierras de sus mayores; el patrimonio territorial de la Nación pasó a ser propiedad de los banqueros londinenses; la explotación de los medios de comunicación y de las riquezas básicas del país quedó a cargo de empresas extrajeras; se imputaron al erario deudas provenientes de empréstitos dilapidados, de escandaloso origen; y la guerra civil, efectiva o latente, corroyó como un cáncer el organismo nacional".

         La etapa que se inició con el establecimiento del Gobierno Provisorio, cuya docencia procedía de las bayonetas extrajeras, y que se coronó institucionalmente con la Constitución de 1870, rindió todas las ventajas que los directores lejanos habían entrevisto. A partir de ese momento, el hombre paraguayo quedó desamparado, porque la ley y las instituciones no funcionaban sino para el resguardo de los grandes intereses económicos, de origen extraño, que se habían asentado sobre el país. El nativo vio paulatinamente naufragar los derechos consuetudinarios de que venía gozando, desaparecer las "estancias de la patria" y anular el régimen solidarista -de sólidas estructuras sociales- que anteriormente le proporcionaba tierra, trabajo, educación y felicidad.

         De dueño del solar nativo, el hombre paraguayo se transformó en un paria acorralado y perseguido por un régimen político-económico que su discernimiento no alcanzaba a descifrar. Sobrevinieron así los pesimismos, desentendimientos y ocios, que luego los autores de sus infortunios volverían contra él, a manera de acusaciones y amenazas, cargando sobre las espaldas del bracero paraguayo las responsabilidades de un fracaso que pertenecía por entero al sistema de explotación que las instituciones foráneas introdujeron al Paraguay.

         La literatura liberal es, en este sentido, de un cinismo conmovedor. Porque crearon la miseria económica y destruyeron los hábitos sociales que ennoblecían la vida del trabajador paraguayo, y luego le motejaron de indolente, perezoso, vicioso, disipado y retardado mental. Todo esto sin que les dijera nada el hecho positivo de que tales lacras aparecían con posterioridad al establecimiento del régimen de "progreso", "riqueza" y "regeneración" que ellos mismos habían establecido.

         ¡Qué panorama tan distinto el que primaba con anterioridad a la implantación de la ideología liberal! Un veterano de la guerra, el Teniente Manuel Frutos, evocaba en 1914, aquellos tiempos, diciendo: "Fuimos muy ricos, señor; nadábamos en la abundancia, éramos felices. Mi pueblo natal, Ybytimí, hoy pobre villorrio, tenía entonces veinticuatro escuelas y en el presente apenas tiene una. Con esto le digo todo... No había un ciudadano que no tuviera su casa, sus útiles de labranza y sus extensos sembrados. No conocíamos el hambre. Éramos una raza bien alimentada, sana y fuerte. Éramos alegres y dichosos... a pesar de lo que llaman nuestra tiranía, gobierno patriarcal, ejercido por verdaderos patriotas, que sólo deseaban la prosperidad de su país... Pero vino la guerra y todo lo perdimos. Peleamos desesperadamente, porque todos teníamos algo que perder y porque amábamos a nuestra tierra con locura".

         La pintura dolorosa y realista del Teniente Frutos, tomaba como punto de referencia su pueblo natal: Ybytimí; pero podía generalizarse a toda la República. Ese pobre villorrio tenía, con las tiranías oscurantistas, veinticuatro escuelas; cincuenta años después, apenas conservaba una. En Paraguay no había analfabetos hasta que se declaró la guerra de la Triple Alianza. Todo el mundo sabía leer y escribir. Era el pueblo más adelantado de América. A los gobiernos bárbaros se lo debía. Tuvo que penetrar la civilización liberal para que el analfabetismo sentara sus reales en el país de las selvas guaraníes. Esto lo reconocen hasta los propios liberales, y son curiosas las explicaciones con que tratan de encubrir esa terrible prueba que se vuelve contra ellos. El General Mansilla, que fue combatiente de esa guerra y que se caracterizó por la aceptación plena de los fines ideológicos que la movieron, pone esta nota al pie de página de una de sus bobaliconas "causeries", como él mismo las llama: "Es un hecho comprobado que en el Paraguay, durante y después del Gobierno de Francia, era raro encontrar quién no supiera leer y escribir. En toda villa o aldea, los tres edificios que primero se construían por el Estado eran, y estaban siempre en la plaza: la iglesia, la comandancia militar y la escuela. Con la Guerra de la Triple Alianza esto concluyó. La instrucción primaria solamente no es, pues, un argumento definitivo para la realización de ciertos ideales". Sin duda; hay ciertos ideales, como los que ellos llevaron al Paraguay al filo de las cuchillas, que mejor se compaginan con el analfabetismo. Porque la "civilización liberal" es luz para los poderosos y tinieblas para el pueblo.

         Las escuelas que sostenían el régimen de López, fueron arrasadas con la guerra. Nada edificaron en su lugar.

         Terminada la guerra, la doctrina liberal -banderías aparte- dominó todos los sectores de la vida paraguaya. La tierra había sido arrasada, exterminados sus hijos, destruidas sus riquezas, saqueados sus despojos, pero aún así se consideraron necesarios seis años de ocupación militar para extirpar hasta la más leve sombra de los viejos sueños. La mentalidad "legionaria", empujada por las bayonetas extranjeras, destruyó todo cuanto representaba creación original, sustancia autónoma y espíritu nativo.

         El cuadro del país, así que pasaron treinta años de aquella victoria de la ideología liberal sobre la muy distinta experiencia histórica paraguaya, era de tan penosas características, que solamente el empecinamiento de la logias podía permanecer en la contemplación gozosa de sus resultados, que no había sido otra cosa que la extirpación de los bienes, instituciones y libertades características del país...

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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- ROLÓN MEDINA, Anastasio. Temple y Estirpe. Ensayos Históricos-Apologéticos sobre la Raza Guaraní y el Criollo Paraguayo. Asunción-Paraguay.

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- SÁNCHEZ QUELL, H. La Diplomacia Paraguaya de Mayo a Cerro Corá. Edit. Comuneros. 1981.

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