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PAULA SUSANA AGUILERA ODDONE


  BLACKY - Cuento de PAULA SUSANA AGUILERA


BLACKY - Cuento de PAULA SUSANA AGUILERA

BLACKY

Cuento de PAULA SUSANA AGUILERA

        

         Existen muchas historias acerca de Blacky, por supuesto  la mayoría ficticias. Es común que las personas hablen por hablar y más acerca de hechos o gente que no conocen. Yo conocí a Blacky, aunque ese no era su verdadero nombre. En realidad, nunca supe cuál era, porque nunca me lo dijo. Pero lo conocí.

         Blacky era todo, menos un demonio... en el fondo era un alma atormentada... en el cuerpo de un monstruo. No me malentiendan, no lo justifico. Soy consciente de que hizo atrocidades, cegado por un rencor hacia los seres que lo convirtieron en lo que después llegó a ser.

         Blacky llevaba siglos viviendo en la Tierra, cuando recibimos el caso. Todavía lo recuerdo. Era una fría tarde del mes de julio y estábamos los tres sentados en la oficina sin nada que hacer... como todos los días.  Bueno, no es fácil ser cazador de monstruos en un mundo como éste. Por supuesto que no teníamos mucho trabajo y debíamos decir que nos dedicábamos a los bienes raíces para que no se rieran de nosotros. “¿Y usted de qué trabaja?” “Soy cazador de monstruos” Suena delirante ¿Verdad? Así que solo  muy pocos estaban al tanto de nuestra existencia, incluida gente del gobierno.  Y nosotros preferíamos pasar desapercibidos para que no nos tomaran por locos.

         Cameron, sentado en el sofá de la esquina, estaba sumido en la lectura de una revista de prensa amarillista. No, no era su lectura predilecta, buscaba alguna historia  que pudiera servirnos como caso en el que trabajar. Algo así como  “Mujer raptada por el yeti mientras iba a esquiar”; o “Nessie se comió a un grupo de turistas que visitaban el lago Ness”... o “Han nacido terneros que podrían ser hijos del chupacabras”... o cualquier historia de ese tipo.

         En el otro extremo del cuarto, Ray se preparaba un café y yo, sentada sobre la mesa escritorio, me entretenía con un videojuego.  Así transcurrían nuestros días, hasta aquella tarde en la que la campanilla de la puerta sonó y esta se abrió. De más está decir que dimos un respingo. Cameron arrojó su revista, Ray dejó caer su taza de café y yo me quedé mirando al extraño como si fuera el portador de un milagro.

         De hecho, su aspecto no era el de una persona común y corriente. El joven parecía salir de una película de terror: alto, pálido como lo sería un vampiro... pero estos salían de noche, así que no era un vampiro. Y sus ojos tenían un extraño color ámbar, de mirada amistosa.

-¿Usted es un dhampir? [1] – preguntó mi querido Cameron, sin darse cuenta de su metida de pata. Ningún humano decente desearía que lo asociaran con un vampiro. El recién llegado sonrió, negando con la cabeza. Afortunadamente el inocente desliz de mi prometido le hizo gracia.

-¿Son los cazadores de monstruos? – inquirió cortésmente. Su voz tenía un timbre agradable. Asentimos. Y seguíamos  tan sorprendidos por tener de nuevo trabajo, que olvidamos ofrecerle asiento y un café a nuestro enviado de la buena fortuna.

-Permítanme presentarme, mi nombre es Aleksei Lyovin, soy investigador de la sección de homicidios de la policía.

-¡Ah! – Cameron dio un salto - ¡Usted escribió  el artículo sobre el egipcio!

 -Veo que ya sabe de Blacky. – Lyovin sonrió.

         Cameron respondió afirmativamente.

-¿Blacky? – Ray  lo miró con curiosidad. Mi novio prefirió dejar que el experto hablara.

-Investigo  un caso desde hace un tiempo. Una serie de asesinatos aparentemente sin resolución, porque nunca se halló al asesino. Todas las víctimas presentan un rasgo en común: sus documentos o cualquier objeto que pudiera identificarlos habían desaparecido y sus bocas habían sido deformadas. Busqué antecedentes o casos similares y asombrosamente descubrí que había miles de crímenes idénticos, cuyo autor nunca fue encontrado. Lo más llamativo es que estos asesinatos vienen ocurriendo desde hace...5000 años.

         Intercambiamos miradas. En nuestro trabajo estábamos acostumbrados a oír relatos, aparentemente fantásticos, que luego terminaban siendo reales. Así que lo que nos contaba este hombre no nos resultaba tan descabellado, después de todo.

-¿Y qué tiene que ver el tal Blacky con esas muertes? – quiso saber Ray, sacudiendo una mota de polvo de su impecable y elegante traje oscuro.

-Indagando, me topé con una leyenda egipcia desconocida. Miles de años atrás vivió un noble muy rico que tenía dos hijos, opuestos como el día y la noche. El hijo mayor, cuyo nombre ignoro, era muy considerado  con los esclavos, nunca trataba a mal a nadie, siempre estaba  protegiendo  a los más necesitados y ayudando a sus padres; mientras que al menor lo que menos le preocupaba era el prójimo o hacer el bien y se pasaba despilfarrando el dinero de sus progenitores y estafando a cuanta persona pudiese para conseguir nuevas riquezas.  El hijo mayor, por supuesto, era la adoración de sus padres, quienes iban a dejarle como herencia todo lo que poseían.  El hermano menor, movido por los celos y la ambición planeó vengarse.

-Ya sé –interrumpió Ray – La típica historia del hermano bueno y del malo al que terminan castigando los dioses.

         Lyovin soltó una risita.

-Esta vez, los dioses castigaron al bueno – ante nuestros rostros perplejos, continuó – El hermano malo mató a uno de los sacerdotes del templo de Anubis y se robó la estatua del dios, escondiéndola en la habitación de su hermano, acusándolo de haber cometido tan horrendo crimen. Para resumir la historia, los sacerdotes echaron una maldición sobre el joven, convirtiéndolo en Blacky, la horrible criatura que está realizando estos asesinatos.

-¿Cómo sabe que es él? -  quiso saber Cameron.

-Cuando maldijeron a Blacky, le hicieron olvidar su nombre.

-Ya entiendo – dije yo – Para un egipcio, perder su identidad significaba que no podría decirle su nombre a los dioses, por lo que nunca entraría en el mundo de los muertos. Era la muerte definitiva.

-Exacto.

-Y el que las víctimas no tengan nada que los identifique y que tengan la boca destrozada, quiere decir que tampoco podrán continuar viviendo en el otro mundo – concluí.

         El inspector asintió, complacido.

-¿Y esa es la prueba de que el famoso Blacky es nuestro asesino? – preguntó Ray, con escepticismo. Lyovin sacó unas fotografías del sobre que traía consigo.

-Hemos encontrado inscripciones egipcias que hablan de la muerte del hermano de Blacky, Ameni, en la tumba de éste último. – nos enseñó la imagen de una cámara funeraria, cuyas paredes estaban cubiertas por jeroglíficos – Según los relatos escritos en los muros, a este joven, Ameni,  los dioses lo castigaron por sus maldades y el castigo vino en forma de una horrenda criatura... hay muchas más inscripciones referidas a la aparición de este monstruo, en este período egipcio y en períodos posteriores. Además, se han hallado escritos griegos, persas, vikingos, romanos que hablan de homicidios similares; también hay registros en la Edad Media. Diferentes lugares, diferentes siglos. Todos los casos mostraron el mismo patrón. Y varios testigos, de varias épocas, describen  a la misma bestia: de más de 1,90 m de alto, delgado, con piernas y antebrazos robustos, el rostro de una momia y con un tocado egipcio, similar al de la esfinge. Este es un retrato hecho en 1720 en Alemania – nos pasó una fotografía. La imagen era ya de por sí impresionante. Y si un dibujo era capaz de dar miedo, no quería ni pensar en encontrarme frente a frente con la criatura.

-Y ya que sabe quién es su asesino... ¿Por qué no lo atrapa? – preguntó Ray. Quise darle un pellizco ¡Necesitábamos el dinero! ¿Qué estaba haciendo?

-Yo soy un simple detective, voy tras los humanos, no tras los monstruos. No sé cómo combatirlos, por eso necesito ayuda de profesionales.

-No se preocupe, detective Lyovin, nosotros vamos a ayudarlo- salté de mi asiento antes de que mis dos socios pudieran decir  “a”. A decir verdad, me interesaba el caso y más de lo que quería admitir. Se habían encontrado en la ciudad dos víctimas de Blacky.  Recordé haber leído la noticia el día anterior, mientras Lyovin nos hablaba de su investigación. Ese ser estaba aquí y debíamos encontrarlo antes de que matara a más personas. 

         Había comprendido el motivo por el que les robaba las identificaciones a esas personas. Si él no podía ir al otro mundo y descansar en paz, entonces los demás tampoco. Ni su hermano, que lo había condenado; ni los sacerdotes que lo hechizaron.

         La calle estaba extrañamente desierta esa noche. Era como si la gente  presintiera que algo sucedería... o yo estaba demasiado sugestionada por lo que había escuchado más temprano.

         Avancé despacio en medio de la neblina. En realidad no teníamos idea de dónde podríamos hallar a Blacky. Nos separamos para así agilizar el trabajo, aunque  yo ya me estaba arrepintiendo de la idea.

         Seguí caminando lentamente, con todos mis sentidos en alerta. Esperaba no encontrarme con Blacky a solas.  Si bien uno pensaría que por el hecho de perseguir monstruos estaríamos acostumbrados a ver engendros de todas clases y no nos pondríamos  a temblar,  eso no era completamente cierto. Llegamos a ocuparnos de casos que nos causaron pavor y que nos hicieron considerar seriamente la posibilidad de cambiar de profesión.

         Sin embargo, sabíamos que no podríamos hacerlo... al menos hasta alcanzar la redención.  Este trabajo era nuestra penitencia, por los terribles  errores que habíamos cometido en el pasado... pero esa es otra historia.

         Oí un grito. Me detuve inmediatamente. Había provenido de un callejón a mi derecha. Apreté con más fuerza el arco que llevaba conmigo y corrí. Si lo encontraba pronto y acababa con él, se terminaría esta pesadilla.

         Sin embargo, cuando llegué, me di cuenta de que era tarde. Me acerqué con cautela a los restos, echando un vistazo a los alrededores por si Blacky estaba todavía en el sitio. Mas no había rastros de éste.

         Me arrodillé junto al cuerpo. Sí, presentaba la misma característica descrita por los testigos: la zona de la boca estaba completamente deformada. Pero había un detalle que otros  pasaron por alto: el cuerpo estaba momificado. Nadie hubiera creído que se trataba de una persona que vivió en este siglo. Cualquiera confundiría el cadáver con una momia antigua, a la que burlonamente vistieron con ropas modernas.

         Fruncí el ceño, extrañada. Nadie lo había mencionado antes. Saqué el teléfono del bolsillo y llamé a Cameron y a Ray para que vinieran a ver esto. Ambos se mostraron igual de sorprendidos que yo. Llamamos a Lyovin, quien se presentó treinta minutos después, acompañado de un grupo de policías.

-Se olvidó de contarnos esto – Ray señaló el cuerpo.

-Es la primera vez que lo veo– dijo él, tan asombrado como nosotros.

-¿En serio? – preguntó Cameron.

         Lyovin asintió, contrariado. Noté que tenía un extraño aspecto. Estaba más pálido que a la tarde,  cuando lo vimos por primera vez, y tiritaba como si tuviera frío.

-¿Comió algo que le sentó mal? – inquirió Ray, dándose cuenta de lo mismo.

         Aleksei negó levemente con la cabeza. Un rato después, retiraron el cuerpo. Nosotros continuamos allí, devanándonos los sesos tratando de hallar una explicación para lo sucedido. ¿Por qué Blacky había  decidido convertir en momias a sus víctimas, así de repente?

-¿Está seguro  que  no conocía ese detalle? – volvió a insistir Ray. El investigador volvió a asentir, reparando en el arco y en la flecha de plata que yo tenía en la mano. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, llenos de miedo.  Ninguno de nosotros entendió el motivo.

-¿Agente  Lyovin? – Cameron dio un paso hacia él.

-¡No, aléjese de mí! – exclamó, temblando de manera incontrolable - ¡No se acerque!

         Mi prometido se detuvo al instante, perplejo ante la reacción del hombre. Entonces, Aleksei me miró.

-Por favor – murmuró en una súplica – Acabe con esto de una vez.

-¿Qué? – parpadeé extrañada.

-Antes de que sea tarde... cinco mil años de tormento es demasiado tiempo. Nadie puede vivir cinco mil años cumpliendo un castigo por un crimen que no cometió. – cayó de rodillas delante de nosotros – He esperado todos estos siglos por alguien que pudiera salvarme... liberarme. No quiero matar a esas personas, ya no puedo luchar contra esa criatura que vive dentro de mí.

-Usted es Blacky – susurró Cameron.

         Estábamos helados. Ni en un millón de años hubiéramos imaginado que teníamos al verdadero asesino delante de nosotros.

-Por favor, apresúrense antes de que vuelva a convertirme en él, porque una vez que lo haga voy a matarlos a ustedes también  – sollozó el policía, delante de nosotros.

-Pero si lo hago... usted va a quedar atrapado en la oscuridad, porque si no recuerda su nombre, no va a poder presentarse ante Osiris y sus 42 jueces – dije sin pensar. Él me miró y pude atisbar un asomo de ternura en sus ojos y no me fue difícil imaginar al joven adorable cuya vida había sido destruida por culpa de la ambición y la envidia.  No pude dejar de sentir odio hacia los que le habían hecho aquello, y hubiera deseado que el verdadero culpable recibiera su castigo... o tal vez ya lo recibió y continuaba pagando por las maldades cometidas en el mundo mortal.

-Entonces... dame un nombre – musitó -... para que pueda presentarme ante mis dioses y para que puedan juzgarme por lo que hice.

         Dicen que cuando alguien le devuelve su identidad a una momia desconocida, le regresa su derecho a seguir viviendo en el otro mundo.

         Cameron y Ray me miraban, apremiantes. Si se convertía en Blacky, no tendríamos escapatoria, acabaríamos como todas las personas que se cruzaron en su camino. Pronuncié el nombre que tenía en la mente.

-¿Y eso qué significa? –quiso saber Aleksei.

-Quiere decir “el redimido” en idioma árabe. No sé cómo se diría en la lengua que se hablaba hace 5000 años – me excusé. Él sonrió, repitiendo su nuevo nombre.

-Me gusta. Gracias – susurró. De pronto, comenzó a sacudirse violentamente. Estaba sucediendo, se estaba transformando. Antes de que pudiésemos hacer algo, Blacky estaba frente a nosotros. Era lo más aterrador que había visto en mi vida. No podía creer que se tratara de aquel joven amable  y de mirada dulce, que unos instantes antes me pedía que le diera un nombre.

         Sin pensarlo, tensé el arco, coloqué la flecha y disparé.  La flecha de plata atravesó su corazón. Blacky me observó unos segundos y en sus ojos noté agradecimiento y alivio. Se desplomó frente a nosotros y para nuestra sorpresa, se convirtió en una momia. Cameron y Ray se volvieron hacia mí, reparando en las lágrimas que corrían por mis mejillas.

         Al día siguiente, la policía informó sobre el hallazgo una nueva  víctima de Blacky... sin saber que tenían en su poder el cuerpo del asesino. Las noticias sobre Blacky aparecieron durante dos semanas. La prensa amarillista se hizo su agosto. Cada día presentaban “nuevas evidencias” acerca de los crímenes y testigos que decían haber visto al “demonio”, inventando historias cada vez más escabrosas. La noticia de la desaparición del agente Aleksei Lyovin se publicó un solo día, en un pequeño recuadro en una de las páginas del periódico.  Después de eso, no se lo mencionó nunca más.

         Como dije antes, no voy a justificar a Blacky, así como tampoco puedo juzgarlo. De no haber conocido su historia, seguramente lo hubiera hecho, sin tener en cuenta que era un ser humano, que más fue una víctima al ser castigado injustamente por algo que no hizo... que durante sus 5000 años de vida lo que en realidad buscaba era alguien que lo liberara de aquella criatura, nacida del odio hacia quienes lo convirtieron en lo que fue y contra la luchó, tratando de impedir que se apoderase completamente de su alma. Y al final ganó.  Ya entendía por qué acudió a nosotros: quería que lo salváramos, porque éramos los únicos que en el fondo podíamos comprenderlo.

         Aquel fue uno de los casos más tristes que tuvimos y no volvimos a tener otro hasta el día de hoy, lo que resulta ser un alivio, ya que anímicamente no nos sentíamos  preparados a enfrentarnos a más miserias. Sólo esperábamos que Blacky hubiera logrado convertirse en aquello  que su nombre significaba: en un “redimido”. Que lograra alcanzar la redención que nosotros seguíamos buscando.

 

 

 


[1] El dhampir es el hijo de una humana con un vampiro.

 

Documento facilitado por la Autora (Inédito)

Registro al Portalguarani.com: Enero 2013

 



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