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ANAHÍ SOTO VERA

  LOS SOLDADOS (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA) - Por ANAHÍ SOTO VERA


LOS SOLDADOS (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA) - Por ANAHÍ SOTO VERA

LOS SOLDADOS (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA)

Por ANAHÍ SOTO VERA

Colección 150 AÑOS DE LA GUERRA GRANDE - N° 04

© El Lector (de esta edición)

Director Editorial: Pablo León Burián

Coordinador Editorial: Bernardo Neri Farina

Director de la Colección: Herib Caballero Campos

Diseño y Diagramación: Denis Condoretty

Corrección: Milcíades Gamarra

I.S.B.N.: 978-99953-1-428-6

Asunción – Paraguay

Esta edición consta de 15 mil ejemplares

Setiembre, 2013

(103 páginas)



CONTENIDO

Prólogo     

Introducción

Capítulo I

Organización del Ejército paraguayo

Nacimiento y evolución del Ejército nacional

Las tropas de José Gaspar

López, el viejo

Las reformas de Francisco

Fuerzas paraguayas

Armamentos, transporte y otros aspectos

Sobre vestuario y alimentación

Capítulo II

Paraguay en armas

Los ejércitos del Paraguay

Dos plagas mortales: la viruela y el cólera

Diabluras y malones de los soldados       

Otras Tareas

El último llamado de las armas

Otros soldados

Niños... adolescentes

Ancianos

El bello sexo y las armas

Indios en las tropas

Prisioneros

Soldados aliados

Capítulo III

Memorias de la tropa   

De soldado a general    

Teniente José María Fariña

José Dolores Amarilla

Pedro Antonio Fernández

Sargento Coatí

Capítulo IV

La Guerra desde los ojos de la tropa        

Carta de pedido del Soldado Hermógenes Fernández

Carta de pedido del Soldado Marcelino Fernández     

Conclusión

Bibliografía



PRÓLOGO

Este libro de Los Soldados viene a completar una representación de lo que fue la vida de los combatientes en los campos de batalla durante la Guerra contra la Triple Alianza (1864- 1870).

En este libro, Anahí Soto Vera, una joven historiadora,  despliega una investigación sobre ese colectivo de hombres que combatieron a lo largo de cinco años. En el libro se reflejan los aspectos poco conocidos sobre la vida de la que en muchos libros de historia aparece como la tropa, o representado por el número de efectivos prestos para el combate o la luctuosa cifra de bajas en una batalla.

Este libro se escribió con el propósito de darles una visibilidad más que merecida a todos aquellos que formaron parte del Ejército paraguayo, y a aquellos civiles que fueron movilizados para incorporarse a las tropas efectivas cuando aquella Guerra Grande iba acabando paulatinamente con los recursos humanos movilizados.

A lo largo de los capítulos de este libro el lector podrá apreciar los diferentes grupos etarios que combatieron como soldados, desde los niños hasta los ancianos, cuando los hombres en condición de llevar las armas habían perecido o resultaron heridos, enriquecida dicha visión con la presentación de la semblanza de algunos soldados destacados.

Además, la autora ha incluido los expedientes de dos soldados que solicitaron al gobierno acogerse a los beneficios de la pensión de guerra, cuando la ley así lo estableció más de veinte años después de concluido tan fatídico evento.

Este libro es sin duda una primera aproximación actualizada a la vida de quienes combatieron en defensa de su patria frente a los países que conformaron la Triple Alianza, por lo cual agradecemos a la autora la investigación realizada para superar aquella visión de que los protagonistas de las guerras son los comandantes.

Septiembre de 2013

Herib Caballero Campos



INTRODUCCIÓN

 

"Todo texto de un historiador es el fruto de un encuentro entre una pregunta,

un argumento, los archivos y la escritura"

(Luc Capdevilla)


Las guerras del Paraguay presentan una galería de héroes: nuestras calles, edificios y actos oficiales son una muestra de eso. Cada paraguayo tiene una versión propia de la historia nacional, pero siempre poniendo especial interés en la Guerra de la Triple Alianza. Interés que quedó casi totalmente empapado por las anécdotas de héroes militares.

La maraña de recuerdos, intereses, interpretaciones y emociones ensombrecen la visión de la Guerra Guasú, siglo y medio después, empapan cada rincón del alma paraguaya, y son el origen de una polémica sempiterna. Las posturas a favor y en contra se duplican por doquier, y son aún irreconciliables.

En medio de la considerable bibliografía al respecto de la Guerra, pocos nombran siquiera a los soldados; al empezar a buscarlos, a indagar en la tropa de esta ruinosa contienda, nos enfrentamos a la pregunta: ¿Por qué perdimos el rastro de los soldados?

Las victorias, las derrotas, los actos épicos, las misiones de espionaje y abastecimiento fueron realizados por los soldados. De hecho, todo oficial había sido alguna vez un soldado. El 80% de las huestes paraguayas estaban conformadas por soldados, sólo el 15% eran oficiales y el 5% restante eran jefes superiores. Conforme avanzaba la Guerra, ante la disminución de oficialidad, cada vez ocuparon los soldados puestos de mayor importancia. Considerando esto, es extraño que la evocación de la epopeya se centre, mayormente en los jefes superiores y oficiales, relegando al olvido a las tropas. Esta postura responde, según el historiador francés Luc Capdevilla, a ciertas circunstancias posteriores a la Guerra de la Triple Alianza:

"...las generaciones nacidas después, ávidas de nación, se la apropiaron [de la memoria histórica] y acometieron este trabajo en su lugar [...] han logrado imponer su propia versión de la guerra de la Triple Alianza [...] redactando un relato histórico compatible con su proyecto de sociedad, patriótica y autoritaria..."

El pueblo, la tropa, las tareas menos heroicas quedaron al margen del relato histórico oficial. En ese contexto, Los soldados pretende retratar al pueblo que tomó las armas en la Guerra de la Triple Alianza por medio de las memorias de los veteranos, los informes del frente y las publicaciones relacionadas con una página de nuestra historia que ha marcado nuestra identidad nacional. Los documentos históricos nos permiten revivir retazos de la vida cotidiana de quienes sacrificaron sus vidas en defensa de la patria.

Para comenzar esta senda hemos propuesto tres capítulos: Organización del Ejército paraguayo hace una rápida síntesis desde los primeros gobiernos nacionales hasta el estallido de la guerra. Paraguay en armas se detiene en algunos aspectos relativos particularmente a las tropas de este enfrentamiento. A Memorias de la tropa es una vitrina de héroes, volviendo a leer los episodios de la vida de algunos soldados, la guerra desde los ojos de la tropa es una muestra de los informes de los veteranos, tres décadas después.

Si bien, el presente texto es apenas una exploración, -no es un discurso acabado sobre el tema,- abre nuevas preguntas, organiza algunos datos y fuentes sobre un estrato que había quedado atrapado entre las líneas de la historia oficial. Aunque mucho ya se ha escrito sobre la Guerra de la Triple Alianza, todavía hay diversos aspectos que abordar. Temas sensibles, preguntas de la nueva generación, páginas amarillentas de una tragedia que todavía está demasiado viva en nuestras entrañas.


 

 

 

 


CAPÍTULO II

PARAGUAY EN ARMAS

 

"Únicamente las virtudes viriles, la capacidad de emplear las armas y la decisión consciente proporcionan a las naciones seguridad y reconocimiento de sus derechos." (Barón Von Der Goltz)

A pesar de que Der Goltz escribe estas líneas a inicios del ligio XX, es aplicable en cierto sentido al Ejército paraguayo que se enfrenta a las tropas aliadas entre 1864 y 1870.

El soldado de la Guerra de la Triple Alianza era producto de la formación ciudadana establecida por la Dictadura francista y por el régimen de los López, lo que le daba características particulares. La fe y la esperanza que sostenían a las tropas en el frente, por un lado, y las plagas mortales a las que se enfrentaban -como viruela y cólera- por el otro. Además de pelear, los soldados tenían múltiples tareas, muchas fueron relegadas, sin premios ni medallas, tareas "menos heroicas". Hubo otro "tipo" de soldados: los prisioneros que regresaban, los niños y adolescentes que tomaron las armas al final de la Guerra, las mujeres que defendieron la tierra, la patria armada; y los soldados aliados, ese rival, ese "bárbaro" – que en ciertas ocasiones- tenía más en común con las tropas enemigas que con su propio país de nacimiento. En este apartado daremos un vistazo a cada uno de esos aspectos.

En diciembre de 1864, Francisco Solano López hizo leer la siguiente proclama, al iniciarse la campaña de Mato Grosso:

"Soldados:

...En recompensa de vuestra lealtad y largos servicios, he fijado la atención en vosotros, eligiéndolos entre las numerosas legiones que forman el ejército de la República, para que seáis los primeros en dar una prueba de la pujanza de nuestras armas, recogiendo el primer laurel que debemos agregar a aquellos que nuestros mayores pusieron en la corona de la patria...".

 

Los ejércitos del Paraguay

"La subordinación militar es la primera necesidad de los ejércitos, sin ella no hay fuerza, orden, y ni tampoco victorias contra los enemigos de la Patria." (El Paraguayo Independiente, 1846)

La deserción se pagaba con la vida. Los prisioneros que volvían eran puestos en cuarentena. El robo en el cuartel, campamento o vecindario era considerado un crimen gravísimo. ¿Eran demasiado duras las leyes militares? Según el historiador uruguayo Alberto Pino, más bien era la aplicación efectiva de leyes que, en su mayoría estaban vigentes en gran parte de Latinoamérica. No eran inflexibles sin razón, eran el cimiento de un ejército y sociedad que castigaba con dureza la traición a la Patria.

Muchas leyes ya estaban asimiladas por el pueblo que había sido instruido por el régimen francista. Los varones paraguayos de entre 7 y 10 años eran obligatoriamente alfabetizados de forma gratuita. El servicio militar también era ineludible: todos los hombres aptos entre 17 y 40 años eran convocados, para servir dos años. Este sistema de formación, equipó a los paraguayos para enfrentarse a la "cruzada usurpadora" (como la llama José Victorino Lastarria), quien agrega que este patriotismo heroico y la movilización serían el inicio de una reconstrucción para toda América, y concluye:

“Paraguay presentaba el proceso integrador más avanzado, en términos de nacionalidad, la sociedad era relativamente homogénea [...] El vínculo con la nación se verificaba en la identidad de los soldados y en el reflejo que la sociedad les enviaba"

Capdevilla analiza las formas de movilización militar paraguaya, caracterizándola como "precoz, general y continua a lo largo de todo el conflicto". Cabe resaltar que la misma se inició en 1862, en el gobierno de Don Carlos. Cada localidad intensificó la formación militar a partir de ese momento: el manejo de armas, la disciplina se impartían dos veces por semana. La militarización de la sociedad aumentó hacia 1864, debido a las amenazas externas. Cerro León fue el destino de los primeros reclutas. El enrolamiento era facilitado por esa identificación del soldado con la nación, defender la patria era incuestionable para la mayoría. Caxías, conductor de los ejércitos imperiales informaba en 1867, que:

"todos los combatientes habidos desde Coímbra hasta Tuyuti, muestran y sostienen de una manera incontestable que los soldados paraguayos son caracterizados de una bravura, de un arrojo, de una intrepidez, y una valentía que raya la ferocidad sin ejemplo en la historia del mundo...”.

Este reclutamiento fue masivo y sistemático, según Laurent-Couchelet, cónsul francés. A inicios de 1865 la mitad de la población masculina en situación de tomar las armas estaba reclutada, el farmacéutico británico George Masterman reportaba:

"cien mil hombres hermosos, robustos y aguerridos, que bien mandados y con buena oficialidad, no hubieran sido inferiores a las mejores tropas del mundo”.

Una movilización de esta magnitud exigía iguales condiciones de alojamiento. Muchos enfermaron o perdieron la vida en esta etapa debido a que los campamentos no eran ambientes seguros en cuanto a salubridad, o no cubrían la capacidad de sostener esa cantidad de tropas.

Al inicio, había excepciones en la incorporación de hombres por razones médicas, con el tiempo cambió el panorama. En febrero de 1866, se decretó la movilización general, solo los verdaderamente ineptos escapaban de las listas de enrolamiento. Francisco Bareiro escribió: "los impedidos sanos, han sido despachados por pedimento del Señor Encargado...".

Bareiro era comandante político de la Villa de la Concepción. Una colección de documentos se hallan en el Archivo Nacional, papeles que reviven los días de 1866 en esa localidad. Él se dirigió al ministro de Guerra y Marina, dejando registrado el enrolamiento de los vecinos:

"El vapor Ygurey que conduce este oficio despacho a este puerto con objeto de conducir toda la gente nuevamente enrolada en esta jurisdicción y en otros partidos que estuviese reunida allí; y en esta conformidad la entregará a Usted con una lista nominal al Comandante de dicho buque".

En una nota siguiente, Bareiro indicó que los hombres que llegaron luego que el Ygurey regresó, habían abordado el 25 de Mayo con destino al Ejército nacional. Lo llamativo es que la envía sólo tres días después, lo que refleja la premura en cumplir la orden de enviar reclutas.

Las clases se suspendieron para enrolar a los maestros. Los eclesiásticos y funcionarios del gobierno también respondieron al "llamado de la patria". Hacia 1867, hasta los niños a partir de 10 años fueron reclutados. Los años de enfrentamiento hicieron de cada hombre diestro en un combatiente, sin mirar estatus social, condición o edad. Incluso aquellos que ya habían servido a la patria, volvían al frente:

"Aviso a Usted recibo de sus oficios fechas 1º, 3, 6 y 18 del corriente con las listas de los quinientos individuos nuevamente enrolados, enviados por los vapores nacionales "Paraná" y "Olimpo", y la razón de vestuarios para los individuos de una guarnición y establecimientos del Estado, de cuyos contenidos quedo impuesto".

El jefe de milicias de Luque, por su parte, dio cuenta por escrito del enrolamiento y envío de tropas de su jurisdicción, en 1868:

"El infrascrito Jefe de milicias de Luque [...] tiene el honor de dirigirse a Su Señoría el Señor Comandante general de armas, dando cuenta que en puntual cumplimiento de la respetable orden recibida de fecha 16 de corriente, haber hecho la reunión de todos los individuos vecinos y residentes existentes en este partido de mi cargo [...] para el servicio de las armas; cincuenta y nueve de ellos para el indicado fin, los que envío a la Superior disposición de Vuestra Señoría por medio de los trenes a cargo del Sargento Urbano Don Pedro Rimero..."

Las tropas paraguayas tenían rasgos, además de los propios de cualquier pueblo envuelto en una guerra [total]. Sin intención de evocar el "alma de la raza", es válido subrayar adjetivaciones que la prensa utilizaba para motivar a las tropas. La actitud, los valores, la fisonomía del Ejército nacional eran valorados por El Centinela en sus páginas, en ocasión la de victoria de Curupayty:

"Una juventud lozana, fuerte, disciplinada, unida, resuelta, obediente, valerosa y patriota forma con indeclinable entusiasmo el grande e invencible ejército libertador, que ufano y orgulloso con los innumerables laureles que en cada encuentro recoge de los despojos del cobarde invasor, le dan la prepotencia sobre ese enemigo vencido y derrotado ora en tierra, ora en agua: ya a pie o a caballo, sin que su ruidosa escuadra, sus rayados y sus profusas bombas hayan podido agobiar la majestuosa cerviz del temible león que triunfante ha paseado su gloriosa bandera de Sud a Norte, y que guarda con impasible serenidad el suelo sagrado de la Patria."

También los enemigos eran capaces de reconocer el carácter, la unidad de las tropas. Como ejemplo, traemos a memoria un controversial informe del Duque de Caxías, sobre el heroísmo paraguayo:

"Su disciplina proverbial de morir antes que rendirse y de morir antes de hacer prisioneros porque no tenían orden de su jefe, ha aumentado por la moral adquirida, sensible es decirlo pero es la verdad, en las victorias, lo que viene a formar un conjunto que constituye a estos soldados, en soldados extraordinarios invencibles, sobrehumanos."

 

 

Dos plagas mortales: la viruela y el cólera

Las amenazas más temibles, durante la contienda, fueron las enfermedades. La viruela, plaga bien conocida por la población, y el cólera. Ambas eran letales, y aunque la vacuna contra la viruela ya había sido distribuida entre la población años antes, los temores tanto a la enfermedad como a la cura todavía estaban presentes. Un panfleto de la Imprenta Nacional instruía a la población acerca de la vacunación e inoculación de la viruela:

"Puede practicarse la vacuna en los chicos desde un mes para arriba, y el brazo es el sitio más cómodo para colocarla con un alfiler, cortaplumas o cualquier instrumento puntiagudo. Se introduce lentamente bajo de la epidermis que lo más delgado del cutis una gotita del humor de la vacuna".

La vacuna se hallaba contenida entre dos vidrios, que se debían separar y humedecer con el aliento, el líquido se introducía con la punta de un escalpelo o lanceta. La ampolla formada tenía que reventarse a los ocho o nueve días, para inocular a otras personas en el brazo con el pus formado. En los adultos se recomendaba repetir la dosis, y se advertía que no se debía juzgar el volumen del "humor". Para dar cuenta del resultado se hacía un registro de las personas vacunadas e inoculadas. Ante la carencia de vacunas, en 1866 se publicó un documento acerca del manejo de la enfermedad, el aislamiento de los enfermos, y la inoculación del pus, obtenido de las ubres de las vacas.

Durante la Guerra la viruela cobró sus propias víctimas. El juez de paz y jefe de Itacurubí, Juan Bautista Falcón, da cuenta de una comisión inconclusa debido a la muerte de un soldado por viruela:

"Con la consideración debida, tengo el honor de dirigirme a Vuestra Señoría enviando un propio que es Don Gregorio Zarate por portar con el fin de entregar a manos de Vuestra Señoría una espada del Estado, que ha traído el soldado en comisión Don Juan Esteban Aveiro, que ha venido por esta vía, cuyo soldado ha fallecido en esta de la peste de las viruelas es que mi antecesor ya debía haber dado cuenta a Vuestra Señoría del fallecimiento del expresado soldado. Dios guarde a Vuestro Señoría muchos años." (Enero, 1868)

Hacia 1867, apareció un nuevo actor en escena, un enemigo que no miraba nacionalidad ni discriminaba campamentos, el cólera. Los brasileros lo sintieron de forma patente: en febrero se observó en Río de Janeiro, para marzo estaba en Paso de Patria. Thompson relata que en tres días los campamentos imperiales fueron diezmados por la peste, en Curuzú se infectaron cuatro mil hombres, de los cuales murieron dos mil cuatrocientos, medio centenar de hombres trabajaban día y noche para abrir sepulturas suficientes. En Tuyutí, a pesar de las numerosas víctimas, las bajas no fueron tantas. Esta escena era vista desde los campamentos paraguayos, pero se evitaba el acceso de los periodistas.

Los campamentos argentinos y paraguayos también fueron afectados por el mal. Se reportaban regularmente muchos cuadros de vómito, diarrea y la consecuente muerte, aunque no llegaron a ser tan mortíferos como la epidemia de 1867. Algunos atestiguaron que el propio general Bartolomé Mitre en venganza por no tener el apoyo de las provincias ribereñas, ordenó arrojar los cadáveres de los muertos por cólera a los ríos.

Los informes de soldados enfermos, licencias por enfermedad son regulares en cada distrito. Desde Limpio en 1868, se dirigía el Comandante político:

"Con el debido respeto vengo [...] a dar cuenta a Su Señoría que los seis soldados enfermos con licencia vinieron a sus casas a reposar su Salud, se hallan no bien convalecidos de sus enfermedades; por lo que omito regresarlos hasta que a Su Señoría se dignara deliberar u ordenarme acerca de ellos lo que más conveniente estima".

 

 

 

 

Diabluras y malones de los soldados

Algunos episodios retratados por el coronel británico George Thompson, que permaneció hasta el final de la Guerra, les dan algo de color a los sombríos episodios relatados. Con desaprobación él relataba que los soldados paraguayos estaban acostumbrados a hacer "travesuras". Traer ganado para el alimento de detrás de las líneas enemigas, tirarles flechas y bodoques (bolas de arcilla) a los brasileños, bombardearse, secuestrar guardias, entre otras.

"Uno de los principales entretenimientos, tanto en el campo de los aliados como en el paraguayo, era bombardearse mutuamente con cañones Whitworth de 32 [...] tenía siempre algunos oficiales colocados sobre el terraplén con telescopio en mano, que avisaban cuanto pasaba...

Tenían un sistema de codificación para informar exactamente dónde acertaban: letras mayúsculas negras sobre un cuero que representaban la zona a donde se dirigía y efecto de la bala enviada.

Un traidor fue, asimismo, blanco de las bromas, según Thompson:

"otro día tomaron prisionero al capitán Silva, paraguayo, que había desertado al enemigo y que le servía de guía. Este individúo metido en la cárcel y después de contestar a muchas preguntas que se le hicieron, fue muerto a palos."

Las tropas argentinas no se salvaban de las fechorías "nacionales":

"en otra ocasión los paraguayos arrebataron al cabo de la guardia argentina mientras hacia su ronda... el escamoteo fue tan rápido y silencioso que el hombre desapareció antes que nadie se apercibiera de su falta."

 

Otras Tareas

"Los paraguayos no se quejaban nunca de una injusticia, y se hallaban enteramente satisfechos con todo lo que determinaba su superior." (George Thompson)

Las funciones de los soldados no solo se limitaban a tomar las armas. Las tropas debían comer para lo que se debió trasladar ganado vacuno. La peste equina diezmó las huestes, lo que exigió traer caballos. Los músicos estaban obligados a animar las festividades, que no eran pocas, los enfermos debían ser atendidos. Las municiones, tropas, alimentos, vestuarios eran conducidos por soldados confiables, pero -en la mayoría de los casos- no tienen calles con sus nombres. Las misiones de espionaje también ocupaban a los hombres de tropa. Preparando este texto, apareció una vitrina de héroes diferentes. La idea arraigada de que "solo los muertos son héroes" dejó por fuera a los soldados que hicieron tareas administrativas o logísticas menos "valerosas": ¿acaso los que sobrevivieron y quedaron en el anonimato son menos valientes?

Pedro Antonio Fernández cayó prisionero, junto con Bernardino Caballero, y otros dos soldados cuando cumplían la comisión de dirigir ganado vacuno desde una estancia hasta el campamento de López. Su nombre se perdió entre montones de otros. Una nota del comandante militar de Villa del Rosario refleja el riesgo, los inconvenientes y la importancia del transporte seguro de ganado vacuno:

"El Comandante militar de esta Villa tiene la honra de participar con la consideración debida a ello de que el Soldado de Caballería Mariano Mesa que vino con pasaporte y libranza correspondientes para pasar a través de la Villa de Concepción cuatrocientas cabezas de ganado vacuno de cuenta del Estado para consumo de la guarnición de esa Capital, se enfermó gravemente de vómito y diarrea al alcanzar su casa en esta jurisdicción, y como no hay esperanza de su pronto restablecimiento, y a fin de no sufrir demora su comisión retenida a bien de enviar uno en su remplazo, como lo he despachado este día por postor al vecino Alberto Casal con un oficio ante el Señor Comandante de la expresada Villa de Concepción, dirigiéndole Adjunto pasaporte y la libranza que había traído el referido militar Mesa. Es lo que tengo a bien hacer presente al conocimiento de Vuestra Señoría, quedándome con el cuidado de volver a participar dentro de pocos días a Vuestra Señoría el estado del militar enfermo.

Dios guíe a Vuestra Señoría muchos años. Villa del Rosario Febrero 13 de 1868. José Ignacio Ojeda".

La sanidad durante la Guerra de la Triple Alianza es otro tema que aún queda en el tintero. Thompson dejó registrado que todo el sistema de salud descansaba sobre los hombros de un cirujano europeo, pero que muchos practicantes paraguayos eran enviados desde cada localidad para prestar servicio en los hospitales de sangre de campaña:

"Despachará Usted en primera ocasión para esta al practicante de ese hospital Benedicto Núñez, con orden de presentarse a su llegada a este Ministerio. Dios guarde a Usted muchos años. Asunción Julio 12 de 1866. Francisco Bareiro".

Los músicos tenían licencia para pasar de un lugar a otro, ya que las festividades eran continuas: días patrios, cumpleaños del mariscal, victorias, derrotas, aniversarios de victorias. Todas eran ocasiones para bailar, y los bailes eran obligatorios.

En muchos casos, los heridos en batalla se dedicaban a estas tareas. Entre las cartas enviadas por los veteranos para solicitar su pensión en 1900, se encuentran algunas que informan estas circunstancias. Policarpo Cardozo, luego ser gravemente herido en la batalla de Curupayty, fue asignado a la producción de salitre. Manuel Benítez fue amputado en la batalla de Tuyutí, debido a esta pérdida se dedicó a tareas de espionaje.

Los funcionarios políticos y jueces de paz fueron sustituidos en la última etapa de la Guerra por veteranos, totalmente incapaces de mantenerse en el frente, y por adolescentes que cumplieron tareas administrativas. Un diplomático europeo informó a su gobierno: "el otro día vimos al juez de paz ejercitar en el tiro con fusiles a un batallón de sus administradores."

 

El último llamado de las armas

"La entrada de los navíos aliados por el Río de Paraguay, la evacuación de Asunción y caída de Humaitá" provocaron una crispación general." (Luc Capdevilla)

En la última etapa de la Guerra, hacia 1868, la misma ya era total. La sociedad asuncena, la organización estatal, el esplendor de la era López, ya eran solo un recuerdo difuso en la mente de los sobrevivientes. Las pestes, la muerte, el desabastecimiento, la desmoralización, los temores y las pasiones, todo se entremezclaba en un escenario horroroso. Los tristemente célebres tribunales de sangre se iniciaron en esos años.

Cuando damos un vistazo a las solicitudes de pensiones de los veteranos, el regresar al campo de batalla en ese año, solo era eso: volver. Sin embargo, en la práctica, todo fue más duro en ese "último llamado de las armas". Ante este espectáculo, el enrolamiento era forzado, y hasta las mujeres fueron movilizadas para cumplir tareas de abastecimiento y logística.

Los prisioneros (soldados aliados, desertores y enemigos políticos) se contaban por cientos. Los abusos y torturas que sufrieron estos prisioneros, las condiciones en las que se hallaban hacinados provocaron una altísima mortandad. Eso sin contar las ejecuciones, los fusilamientos.

A pesar de que los principales objetivos de los tribunales de sangre pertenecían a la élite, al menos una decena de soldados también fueron juzgados y condenados por incumplir órdenes: soldados rebeldes, desertores, perezosos y que hablaron contra sus superiores. Estas condenas se hallaban dentro del marco de la Ordenanza Militar dispuesta en 1852. La severidad en el cumplimiento de la misma y la crueldad en la aplicación de los castigos aumentaron en esta última fase.

"Un pueblo que huía aterrorizado por el enemigo y por su propio ejército” Comprender esta etapa, a este pueblo es complejo, imposible. Capdevilla al respecto ensaya:

"Decenas de millares de hombres y mujeres lo siguieron porque tenían miedo, por confianza en él, porque estaban sometidos y fascinados por el karaí guazú, porque estaban aterrorizadas ante el avance de las tropas negras brasileñas, porque no tenían elección”.

José Segundo Decoud describió Asunción, en 1869, diciendo que el gentío venía a aglomerar en la capital, temeroso el ejército de López, saqueado por los aliados, apático por hambre y desmoralizado.

Los niños y las mujeres tuvieron una participación sustancial en los dos últimos años. Al finalizar la Guerra solo había quedado menos del 40% de la población inicial.

 

 

Otros soldados

"La fuerza vital de este país es verdaderamente increíble, casi todos los días llegan desde el interior a la capital tropas nuevas,

en general son jóvenes de quince a dieciséis años, pero hay sin embargo entre ellos varios hombres hechos."

Paul de Cuverville

 

Ante la movilización general, casi ningún hombre quedó fuera. Los esclavos fueron liberados en setiembre de 1866 para prestar servicio. Sus amos fueron indemnizados por el Estado. El inicial umbral de enrolamiento era de 16 a 50, fue cambiado, y comenzaron a llegar combatientes entre 10 y 60 años, siempre varones. Durante la tormenta de cinco años, los vientos arrastraron a niños, adolescentes, ancianos y mujeres a tomar las armas; los prisioneros fueron obligados a pelear contra sus hermanos; otros por propia voluntad formaron una Legión paraguaya de combatientes asociados a los aliados. En este apartado, sólo daremos una ojeada a algunos: los niños, adolescentes, mujeres, indios y prisioneros.

"El número de soldados de López es incalculable, todo cálculo a ese respecto es falible... todo calculo ha fallado... soldados, o simples ciudadanos, mujeres y niños, el Paraguay todo cuando es él son una misma cosa, una sola cosa, un solo ser indisoluble...” (Duque de Caxías)

 

Niños... adolescentes

"Lamento informar que más de la mitad del ejército paraguayo estaba

compuesto por niños de diez a catorce años de edad."

Martin Mc Mahon

 

Hacia finales de 1865, entre prisioneros, muertos, desaparecidos, la mitad de la milicia -lo mejor- se había perdido, a escasos seis meses de la invasión a Corrientes. Ante ese panorama, los varones de todas las edades fueron a los campos de batalla. En 1866 la edad de enrolamiento se redujo a 12 años. Un decreto ordenó la revisión de todos los padrones Los términos de edad -en un principio- eran entre 16 y 50, con el paso de la Guerra pasó a ser entre 10 y 60 años. Años tras año, los comandantes políticos de cada localidad volvían a hacer la leva, y reclutaban a los que había crecido lo suficiente para sostener un fusil, desde la última vez.

Benigno Riquelme García publicó en uno de sus libros un registro de los que pelearon en las batallas por la independencia y en la Guerra de la Triple Alianza. Se distinguen un grupo de nombres que no tienen grado militar, solo figuran las edades. Son los soldados niños-adolescentes de la última etapa de la guerra: entre 10 y 15 años. Martín Mc Mahon, diplomático estadounidense, comunicó a su gobierno que a partir de 1868, más de la mitad de los efectivos tenían menos de 15 años. A su vez, Laurent-Couchelet comunicó:

"Me aseguran que además de los heridos y mutilados, se reclutan incluso a niños de 7 años para conducir a los animales que llevan el correo."

Acosta Ñu es el obligado dilema con respecto a los niños soldados. Es difícil comprender las circunstancias y objetivos de esa batalla, lo que es un hecho es que los niños soldados se sacrificaron logrando retener durante ocho horas a las tropas aguerridas de la alianza, en una relación numérica de tres a uno.

Un agravante de esta etapa fue la intensidad de las violencias. Estos pequeños soldados fueron testigos y protagonistas de las visiones de horror. En los tribunales de sangre, los niños fueron testigos, inclusive hubo condenados con base en sus denuncias. Además, los pelotones de fusilamiento eran integrados por niños, quienes por su falta de puntería terminaban rematando a los penados con baquetas o bayonetas. "Esos niños daban miedo".

 

 

Ancianos

Otra cuestión que generó el cambio en el umbral de edad es que los mayores de 50 años fueron incluidos en las listas de enrolamiento. Laurent-Couchelet comentó sobre el tema:

"Solano se ve reducido a la última de las extremidades, sin recursos, casi sin soldados (si es que se puede llamar soldados al revoltijo de ancianos, mutilados, enfermos y niños que componen los últimos reclutamientos)"

Existe una fotografía significativa donde se observa a un niño-soldado y a un anciano soldado.

 

El bello sexo y las armas

Es difícil afirmar con seguridad que las mujeres hayan sido reclutadas en algún momento de la Guerra, ya que no se encuentra ningún rastro en los archivos de la práctica del enrolamiento femenino, como tal.

Hasta ahora no hay documentos oficiales que puedan dar crédito de que haya ocurrido eso. Las paraguayas iban con sus hermanos, esposos, hijos, al teatro mismo de operaciones, pero permanecían en campamentos exclusivos para ellas. Así los servían, atendían y se beneficiaban del saqueo. La seguridad fue un aliciente, luego de la invasión de Asunción. Es un hecho, que las mujeres acompañaron a los soldados a la Guerra desde el comienzo, y que pronto fueron encuadradas y militarizadas para servir a los combatientes y cumplir tareas de logística. Ellas proveían las frutas, la mandioca, el maíz, el poroto de sus chacras; además cuidaban a los enfermos y heridos, lavaban y cocinaban. En algún momento entre 1866 y 1867, fueron integradas y militarizadas para ocuparse de la distribución de mercaderías y la excavación de fosos.

Una ocupación ineludible de las mujeres en el frente era acompañar y bailar en las fiestas. Todas las semanas se hacían bailes con bandas de músicos, ron y aguardiente, a los cuales se invitaban a las mujeres que estaban en el campamento o vivían cerca. Cuando no se presentaban suficientes voluntarias, las mismas eran traídas obligatoriamente, bajo pena de castigo, si no lo hacía. El baile era una obligación nacida como parte de la guerra para las mujeres. Negarse a bailar era un acto antipatriótico.

En las últimas semanas de 1867, se organizó un movimiento femenino. Reunidas bajo la autoridad de una sargenta, se formaron batallones de obreras. Para lograrlo, las mujeres solicitaron al mariscal portar armas y vestir gorras para identificarse como combatientes. Doña Josefa Asunción de Bordón solicitó a Doña Tomasa Bedoya de Fernández que le fabrique las gorras blancas, en nombre de las mujeres de Luque, en enero de 1868:

‘‘Ciudadana Doña Tomasa Bedoya de Fernández:

La que suscribe se toma la satisfacción de dirigirse a Usted confiada en su benévolo cariño; mediante hallarse empeñada por la Asamblea general de conciudadanas de este partido para encabezar la presentación personal que intentan hacer ante Su Excelencia el Señor Vicepresidente de la República a la oferta en que se han pronunciado de empuñar las Armas en defensa de Nuestra Sagrada causa de Independencia y Libertad; y habiéndose decidido la natalidad de Luque el verificar a caballo en tono de soldados de Caballería; para cuyo fin nos es preciso de esas gorras blancas que a igual fin se han dado en la actuaría general, a cuyo objeto me dirijo a su protección suplicando se sirve si hubiere lugar de conseguirme de estas gorras hasta el número de setenta u ochenta, o lo que buenamente pueda Usted merecer; y en caso de conseguir este favor que suplico me precisa una corneta la que igual ruego me proporcione a fin de llenar el propósito de mi conciudadanas; favor que imploro merecer a nombre de toda esta sociedad."

El Centinela aplaudió la intención de las mujeres:

"Felicitaciones a las heroínas de Ybytymí y de Lambaré, que también acaban de pedir se les instruya en el manejo del fusil para defender los derechos de la patria".

En el año 1868, estos batallones de mujeres marcharon por Asunción. Según algunos testimonios cercanos, no todas eran voluntarias. Finalmente, el gobierno rehusó la propuesta. La visión de las mujeres peleando como varones, junto a ellos, era simplemente impensable. López lo presenta así, en su discurso, por medio del diario oficial, El Semanario:

“¿Qué son una o dos horas de combate en comparación a la ardua dedicación de las hijas de la Patria, a labrar la tierra para mantenerse a sí mismas, mantener a sus familias y a nosotros mismos? ¿Permitiréis acaso que ellas se crean sin seguridad, y de que nosotros no seamos suficientes para contribuir con tan viles esclavos?"

Martin Mc Mahon hace sus apreciaciones con respecto a las mujeres-soldados:

"Es ciertamente esperable que al final de la guerra, durante los momentos desesperados de reconstrucción del ejército en la cordillera, los sargentos reclutadores hayan enrolado a jóvenes mujeres para reforzar las líneas [...] Ya que el enrolamiento forzoso de trabajadoras por parte del ejército era corriente. [Pero] puedo asegurar categóricamente que durante mi residencia en el Paraguay no había mujeres en una de las batallas."

Testigos afirman que ciertas madres para salvar a sus hijos varones -niños o adolescentes- de la guerra, los vestían de niñas. Esto reafirmaría que las niñas y mujeres no eran enviadas al pelear.

Sobre la afamada batalla de Piribebuy, Juan E. O'Leary, en su poético estilo, corrobora que las mujeres no eran soldados en el sentido estricto:

"Armadas de botellas vacías, de pedazos de vidrios, de sus uñas y de sus dientes, se abalanzaron sobre el enemigo."

A consecuencia de la Guerra, la relación demográfica fue un hombre por cada cuatro mujeres entre los adultos.

 

Indios en las tropas

Los indios, ante la guerra, no quedaron indiferentes. Un conflicto que estallaba en todos lados era imposible de desconocer. Al menos, una parte de ellos se enrolaron en los diferentes ejércitos. Un grupo de Guaycurúes conformaron un batallón de lanceros para el Ejército nacional; otros se unieron a Mitre en la provincia de Santa Fe; y un tercero se adhirió a las tropas imperiales en Mato Grosso.

A pesar de haberse mantenido al margen de los embates militares, los que vivían en zonas cercanas, sufrieron directamente las consecuencias. El equilibrio de la vida de la población quedó totalmente desestabilizado. Las epidemias de cólera y viruela diezmaron las poblaciones, y la peste equino destruyó sus ganados.

 

Prisioneros

Comprender por qué volvían a luchar -o no- los prisioneros, es espinoso. Huir del enemigo era mortalmente peligroso. Realistarse con los compatriotas no era mejor. Un prisionero que escapaba de los aliados y regresaba debía pasar todo tipo de penurias en el monte: hambre, insolación, animales salvajes, indios no asimilados, enfermedades, cruzar los caudalosos ríos a nado. Si era recapturado era asesinado brutalmente. Una vez que llegaba a algún lugar "seguro", debía demostrar que no era espía. Para confirmar su lealtad, la cuarentena en prisión y hasta las torturas eran medidas reguladas.

El jefe de milicias de Capiatá, Justo Balbuena, informó al gobierno de Luque, en diciembre de 1868, sobre un caso:

"Tengo el honor de remitir a su disposición de Usted un sujeto llamado Pedro Vásquez, vecino de Yatayty, que ha sido agarrado por los enemigos el día lunes 7 del corriente: Que en razón de hallarse con vestimenta de ellos, en el partido de Areguá, por el Señor cura Don Manuel Antonio Adorno, que se ha servido remitirme. Consideran que debe ser espía de ellos, en razón de no presentarse a su vuelta ante mí para que las preguntas hechas al remitido le había preguntado por la de Su Excelencia por la Capilla de Capiatá y Luque, sin embargo debe haber hecho otras preguntas más y para examinar mejor me es indispensable conducirlo".

 

Soldados aliados

"Los aliados no conocieron la misma guerra que los paraguayos" (Luc Capdevilla)

Las naciones envueltas en la Triple Alianza estaban, al estallar el conflicto, aún inmersas en un proceso de construcción de las identidades nacionales. De hecho, Brasil y Argentina aún no habían cerrado el capítulo de las guerras civiles con intenciones secesionistas en algunos casos. Según se fundamentaba, la guerra sería una lucha entre la civilización y la barbarie; paradójicamente, Brasil tenía una economía sostenida por el esclavismo (algunas fuentes señalan de un millón y medio a cuatro millones de esclavos); Argentina confinaba y exterminaba a los gauchos en los fortines de la frontera, en el marco de su "guerra contra el gaucho". Paoli y Mercado dicen: "eran, pues, naciones que se disponían a "liberar" y "civilizar" al pueblo paraguayo".

Buenos Aires y Montevideo tuvieron serias dificultades para movilizar a las tropas, los "voluntarios de la patria", en especial los provincianos, marchaban engrillados. Rescata el historiador León Pomer, un anecdótico mensaje:

"Recibí del Gobierno de la provincia de Catamarca la suma de Cuarenta pesos bolivianos, por la construcción de 200 grillos para los voluntarios catamarqueños que marchan a la guerra contra el Paraguay." (Rafael Cano, Catamarca)

Un conocido documental sobre la Guerra comenta al respecto que "Los guerreros de la libertad vinieron engrillados". Viejos rencores entre las provincias y Buenos Aires salieron a flote con la Guerra, algunos caudillos no se unieron en ningún momento al enemigo, pero tampoco favorecieron al Paraguay para guerrear contra su patria. La relación entre los pueblos aliados no era mejor. Hipólito Irigoyen alegaba que: "Decirme que me haga mitrista es como decirme que me haga brasilero"-, y Paranhos recordaba: "... de la noche al día, el Estado Oriental, nuestro enemigo y aliado del Paraguay contra nosotros, tornose nuestro amigo y aliado contra el Paraguay."

Para el Imperio, conseguir hombres era igual de espinoso. Los soldados de las tropas eran esclavos, presidiarios, hombres considerados inferiores. El modelo de virilidad era el del hombre libre. Thompson informaba:

"Los esclavos brasileros fueron arrancados a sus amos y enviados a la guerra, porque era ya imposible reclutar hombres libres en el Brasil".



Capítulo IV

La Guerra desde los ojos de la tropa...

 

Tres décadas después, después de varios infructuosos intentos, el 16 de agosto de 1899 fue promulgada la ley de pensión a los veteranos de la Guerra contra la Triple Alianza

"que en acción de armas o por su avanzada edad (de 60 años para arriba) han quedado impedidos o inhábiles para el trabajo, gozarán de una pensión hasta su fallecimiento"

Se estableció que la pensión sería equivalente, según sus grados, a la mitad de los sueldos de los militares en servicio activo, y de pago trimestral, provenientes de las rentas generales de la Nación. Estaban privados de pensión los pensionados que incurran en crímenes o delitos, y que estuvieran privados de su libertad.

Para obtener el beneficio, los veteranos debían presentar un memorial en papel común al Poder Ejecutivo -en este caso al ministro de Guerra y Marina- ofreciendo las pruebas en que fundasen su solicitud: debían acreditar su carácter militar y su invalidez, actual o en acción de armas en la guerra pasada. Atendiendo al mérito de las pruebas producidas el Ejecutivo, por el ministerio correspondiente y el Fiscal General del Estado, concederían una certificación al interesado. En caso de no ser otorgada, se podría recurrir al Superior Tribunal de Justicia.

Los documentos presentados por los solicitantes se encuentran en el Archivo del Ministerio de Defensa, y son un valioso cúmulo de historias de vida. Hemos seleccionado una muestra de estas historias, algunos se limitaron a cumplir con lo solicitado por las autoridades, otros se explayaron más allá y abrieron las ventanas a un doloroso pasado.

Aquí se transcriben los pedidos de pensión de dos soldados Hermógenes Fernández y Marcelino Fernández. A las cartas dirigidas al Ministro de Guerra y Marina, se agregaban los certificados de salud (en algunos casos) y testimonios de los que pelearon junto a ellos.



CONCLUSIÓN

 

"Mostrad al mundo entero cuánto vale el soldado paraguayo..."

(Francisco Solano López)

 

Los soldados paraguayos, las tropas que se enfrentaron a la tempestad de 5 años -como la llama O'Leary- eran producto de un proceso histórico, político y social. Para un pueblo, cualquier pueblo, verse envuelto en una guerra total deja sus rastros y muestra aspectos inesperados.

El Ejército nacional tuvo una evolución que fue de la mano con la construcción del estado paraguayo. Los primeros diputados y gobernantes conocían bien las difíciles relaciones con Buenos Aires, las provincias fronterizas y el imperio (primero portugués y luego brasileño), por lo cual constituyó milicias que pudieran mantener la tranquilidad dentro de los límites, evitando los conflictos vecinos que afectaran la soberanía del Paraguay. El Congreso de 1811 dispuso la creación y manutención de Tropas para la defensa. El Congreso de 1813, además de declarar la República, estableció que cada cónsul contaría con un batallón.

Para lograr los objetivos de su gobierno y consolidar su poder, Francia contó con el ejército. El mismo reflejaba su idea de igualar a la sociedad. El ejército estaba bien pagado, armado y era fiel ejecutor de las órdenes -que impartía personalmente- el Dictador. Las milicias provinciales era una oportunidad para escalar socialmente, para modificar dicha situación, se prohibió que los hijos de "buenas familias" ingresaran.

Carlos Antonio López, dio un giro a la política de neutralidad del Doctor Francia; para asegurar esa nueva postura, debió fortalecer la defensa, formar la flota mercante y modernizar el país en muchos aspectos. El ministro de Guerra y Marina, Francisco Solano López en 1852, estableció las Ordenanzas Militares Generales. Una declaración de guerra a Buenos Aires señaló el inicio de una tensa calma, a poco de asumir Don Carlos. El conflicto no pasó a mayores. Los límites con Brasil (al Norte) fueron otro foco de dificultades. En 1862, en su gobierno se inició la movilización, casi permanente hasta 1870.

Las fuerzas paraguayas estaban divididas en tres fuerzas: la caballería, la infantería y la artillería.

George Thompson reportó, en sus memorias detalles importantes sobre la organización del Ejército paraguayo, y su colaboración con las obras de ingeniería. El 80% eran soldados, sólo el 5% eran oficiales superiores.

El reclutamiento se inició en 1862, poco antes de morir Carlos Antonio, y fue masivo y sistemático durante toda la guerra. Al iniciar, fueron movilizados los mejores y más robustos soldados, pero con el paso de los años todos los varones -casi sin excepción- fueron al frente: niños, ancianos, inválidos, funcionarios del gobierno, etc.

La fe cristiana fue un refuerzo para afirmar el amor a la patria, pero también fue un sostén en los tiempos difíciles. La prensa cumplió un papel importante también en esta etapa para alentar a las tropas y a la población. Las balas no fueron el único temor mortal en los frentes. La viruela y el cólera segaron miles de vidas en todos los bandos durante la Guerra. Aunque las páginas de la historia están plagadas de anécdotas épicas, esas tareas "poco" heroicas son igual de valiosas, ya que sin las mismas las tropas hubieran sufrido aún más las penalidades de la Guerra. El compromiso de los soldados que cumplieron faenas de conducción de armamento, tropas, alimentos, ganado, funciones administrativas, animación de las festividades era necesario desde el comienzo hasta la última noche de febrero de 1870.

Cuando hombres hábiles, adultos ya no eran suficientes para "poner sus pechos por murallas", fueron los niños, adolescentes, ancianos, inválidos y hasta mujeres los que siguieron la defensa, oyeron el último llamado de las armas. En ocasiones por voluntad propia, en otras por la presión de las circunstancias, por el temor. Los prisioneros paraguayos, los soldados aliados, los espías y otros soldados completan un paisaje complejo, dinámico, abrumador, un panorama que estremece el alma.

Los soldados sacrificaron sus vidas y los sobrevivientes guardaron en sus cuerpos y mentes las heridas hasta el último aliento. Sin embargo, la memoria es frágil, muchos "héroes" murieron en el total abandono, quienes eligieron seguir hasta el final a López se encontraron -con los años- de frente con un país malagradecido y cruel. Probablemente la más terrible herencia de la Guerra fueron generaciones de hombres y mujeres que aprendieron a mirar la brutalidad con los ojos inyectados en sangre, sin empatía, generaciones sedientas de hacerse con la victoria y el poder, pero con escueta sensibilidad.

El pueblo destruido se reconstruyó, intentando comprender lo que le sucedió y reconquistando su soberanía. A pesar de que hace un siglo que se acumulan obras, la comprensión del acontecimiento continúa turbada por la pasión, exaltación, o el dolor de una historia que sigue latiendo. Buscando hacer patente el pasado, cada historiador hizo el relato histórico, y en su interpretación de lo real, la escritura se hizo inevitablemente subjetiva. Sabiendo que la objetividad es inaccesible, solo nos queda ser honestos y respetuosos de los protocolos científicos, confrontar las preguntas con los archivos y escuchar sus silencios, buscando echar luz sobre puntos inaccesibles de la historia.

El Paraguay de hoy debe mirar el pasado con otros ojos, hacer nuevas preguntas, construir sobre los cimientos de la Guerra Guasú. Por sobre todo, reconocer que las respuestas no son únicas e invariables, porque la realidad no es una sola, no es plana, es más bien un prisma. Solo podemos acceder a ella con la curiosidad de un niño pequeño, dejando de lado los prejuicios. Siendo más humanos y realistas, la historia de las personas es más compleja de la que nos gustaría creer.



 

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LA AUTORA

Anahí Soto Vera nació en Asunción en 1985. Es licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Asunción en el 2009 con la investigación "El ascenso al poder de Alfredo Stroessner: Una aproximación histó-rico-social (1948-1956)''. Con apoyo de la Fundación Carolina, concluyó el Máster de Historia del Mundo Hispánico: Las Independencias Iberoamericanas, en la Universitat Jaume I de España, con el trabajo titulado "Pueblo y representación en el Paraguay: De la Revolución de Mayo a la implantación de la Dictadura Perpetua en Villarrica del Espíritu Santo (1811-1816)". Ejerce la docencia desde el 2007; ha asesorado investigaciones para la Academia de Historia del Colegio Bautista de Villa Morra y del Colegio San Ignacio de Loyola, y trabajó en la articulación de amplios proyectos interdisciplinarios desde la investigación social. Colaboró en la redacción de Historia y Geografía para 7º grado, 2º y 3º curso para Editorial Vazpi. Realizó -junto a un equipo- la edición 2011 del libro Historia y Geografía para el tercer ciclo de la Editorial Don Bosco. Participó en la colección "Las Guerras y La Violencia Política en el Paraguay" (ABC Color y El Lector), en el tomo V "Las guerras de la Primera República (1812 y 1862)"; y en la colección "Gente que hizo historia", en el tomo IV "José Patricio Guggiari". Forma parte del equipo de docentes del Departamento de Investigación, y es auxiliar de la Cátedra de Historia Contemporánea en la Carrera de Ciencias de la Comunicación (FF-UNA). Ha presentado sus trabajos en diversos espacios, como autora y tutora. Sobresalen las XVI y XVII Jornadas de Jóvenes Investigadores de la Asociación de Universidades del Grupo Montevideo, V Taller Paraguay desde las Ciencias Sociales (UNA-IR), VII Jornadas de Historia y Cultura de América (UM). Colabora en la sección de Historia del Paraguay en la revista SOMOS- UNO. Es voluntaria del comedor Ko'éju Zeballos.


 


ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL DIARIO ABC COLOR SOBRE EL LIBRO

 


ANAHÍ SOTO RESCATA EL HEROÍSMO DE LOS SOLDADOS

La historia de los soldados paraguayos que pelearon contra la Triple Alianza es el tema del libro que llega a los lectores de ABC, como parte de la colección “A 150 años de la Guerra Grande”, escrito por Anahí Soto Vera.

La joven historiadora habla acerca de su obra.

–¿Por qué escribiste sobre los soldados?

–Yo me pregunto cómo no escribimos antes sobre los soldados, teniendo una tradición bélica. Por qué no lo hicimos tiene que ver con la idea de heroísmo. Las generaciones nacidas después de la Guerra Grande hicieron una historia desde arriba, desde la oficialidad, compatible con el proyecto de sociedad autoritaria vigente por esas décadas.

–¿Sociedad autoritaria?

–Los gobiernos militares compuestos por oficiales, veteranos de la Guerra del Chaco se identifican con una historia de la oficialidad y de los jefes. En pocas palabras, diferentes generaciones ven la historia desde visiones diferentes. Considero que hoy tenemos que pensar la historia desde abajo, desde el pueblo, y hacerle nuevas preguntas a la historia.

–¿Cómo era la vida de los soldados en los campamentos?

–Los recursos eran escasos, la alimentación estaba bien racionada al inicio, y la disciplina era rígida; pero las condiciones de salubridad no eran las más aptas.

–¿Y por otro?

–Las fiestas eran regulares y las mujeres estaban en torno a los campamentos. La vida de los campamentos va oscureciéndose conforme avanza la guerra: las pestes, los muertos, los soldados menos aptos (niños, ancianos, heridos), y finalmente los tribunales de sangre van haciendo más crueles y duras las vivencias en los campamentos.

–En el libro se menciona que hubo mujeres que quisieron combatir como soldados.

–Las mujeres se ofrecieron para combatir en 1868. El Mariscal rechazó el ofrecimiento pero aplaudió la actitud.

–¿Qué hay de los soldados que sobrevivieron a la guerra?

–Creo que la peor herencia de la guerra fue la crueldad, esa extraña insensibilidad a la crueldad que se observa en las repetidas y sangrientas escenas de cada guerra civil y cuartelazo de la posguerra. Segundo, los soldados que sobrevivieron a la guerra “degustaron” el desagradable sabor del olvido. Somos un pueblo que sólo valora a los héroes muertos.

Publicado en fecha : 29 de Setiembre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py


 


 

JOVEN HISTORIADORA RETRATA A SOLDADOS PARAGUAYOS

Intentando responder al pedido de Francisco Solano López de “mostrad al mundo entero cuánto vale el soldado paraguayo…”, la historiadora Anahí Soto Vera buscó retratar al pueblo que tomó las armas en la Guerra de la Triple Alianza.


Eso señaló al referirse a su libro “Los soldados”, que aparecerá mañana, domingo, con el ejemplar de nuestro diario.

Esta obra es el cuarto título de la colección “A 150 años de la Guerra Grande”, editada por El Lector y distribuida cada domingo por ABC Color. Para su elaboración, la autora utilizó las memorias de los veteranos, los informes del frente y los estudios históricos al respecto. Soto dice que el soldado paraguayo era producto de la formación ciudadana establecida por la dictadura francista y por el régimen de los López, “lo que le daba una fisonomía propia, parte de la identidad nacional. Francia no permitía el acceso de los jóvenes de buenas familias al ejército, para no contaminarlo con ideas ajenas.

Los López instituyeron la obligatoriedad del servicio militar, bajo la costumbre imperial francesa de que todo oficial debía iniciar su carrera en las tropas. Eso significaba igualarse con el pueblo, andar descalzo, comer sencillo y cumplir prolijamente todas las tareas asignadas para lograr los ascensos, que eran algo escasos”, afirmó.

Publicado en fecha : 28 de Setiembre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py



LAS ARMAS DE LOS SOLDADOS PARAGUAYOS EN LA GUERRA

El cuarto título de la colección “A 150 años de la Guerra Grande” contiene un apasionante estudio sobre el colectivo principal de la contienda, el conformado por los soldados, hecho por la joven historiadora compatriota Anahí Soto Vera.

El libro, que aparecerá el domingo 29 de setiembre con el ejemplar de nuestro diario, se llama precisamente “Los soldados”. Hay en la obra detalles atractivos sobre cómo fueron aquellos combatientes, con qué elementos contaban, cómo se prepararon y, sobre todo, cómo murieron por ser la “carne de cañón” de aquel holocausto que casi acabó con el Paraguay.

Si la Guerra contra la Triple Alianza duró cinco años pese a la abrumadora superioridad numérica y de armamentos de los aliados, en gran parte se debe al heroísmo rayano en la temeridad, de los soldados paraguayos.

Cuenta Anahí Soto en el libro que aparecerá el domingo, que las fuerzas paraguayas estaban divididas en tres armas: la caballería, la infantería y la artillería. La Armada o fuerzas de marinería eran pocas y fueron desarticuladas muy pronto.

La caballería y la artillería estaban constituidas por regimientos, o baterías en el caso de la artillería. Cada regimiento, a su vez, en cuatro o seis escuadrones compuestos por una centena de hombres.

La artillería contaba con los batallones de artillería ligera y pesada. Los mejores soldados eran escogidos para conformar estas dos fuerzas. En la infantería, la unidad mayor era el batallón, compuesto por seis compañías de unos 100 hombres.

Cada batallón o compañía debía ser mandado por un coronel, un teniente coronel y dos sargentos mayores, sin embargo en la práctica no siempre fue así.

La infantería se armaba con fusiles de chispa, y tres batallones estaban armados con rifles Witton, fulminantes; además llevaban la bayoneta y en algunos casos los machetes.

El regimiento de dragones se componía de unos 250 hombres que tenía carabinas comunes rayadas, y carabinas rayadas, de cargar por la recámara, rifles con sistema Turner.

La artillería tenía un sistema de cañones lisos, de diferente calibre entre seis y quince centímetros. Los proyectiles eran balas esféricas y tarros de metralla. Tres regimientos de artillería volante tenían cuatro baterías de seis cañones, y otra batería de cañones rayados de acero de 12.

La de plaza era toda lisa, con 24 cañones de 8 pulgadas, dos de 56 muy pesados y aproximadamente un centenar de calibres que variaban entre 24 y 32. Algunos de estos constituían el armamento de las tan temidas baterías de Humaitá. Las chatas estaban armadas con 6 cañones de 8 pulgadas. La caballería estaba armada con sables, lanzas y carabinas de chispa.

 

Publicado en fecha : 27 de Setiembre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py


 

 

 

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