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ALBERTO NOGUÉS


  ANTOLÍN IRALA. EL INTERNACIONALISTA - Por DR. ALBERTO NOGUÉS


ANTOLÍN IRALA. EL INTERNACIONALISTA - Por DR. ALBERTO NOGUÉS

ANTOLÍN IRALA. EL INTERNACIONALISTA

Por DR. ALBERTO NOGUÉS

Instituto Colorado de Cultura

Ciclo de Conferencias HOMBRES E IDEAS

Volumen Nº 7

Partido Colorado

Casa América S.A.

1972 (23 páginas)

 

 

 

 

 

ANTOLIN IRALA, EL INTERNACIONALISTA

 

         por ALBERTO NOGUES

 

         El hecho de que cada una de las Seccionales de nuestro Partido tenga un nombre y apellido propios no es pura casualidad ni un simple acto de cortesía para con un difunto ilustre. Con sabia previsión y con prudente tino, la autoridad partidaria ha dispuesto que estos nombres sean, realmente, un ejemplo permanente, cotidiano, en el que hemos de templar nuestra voluntad de servicio a la Patria, militando en las filas de Bernardino Caballero.

         Hoy hemos venido a rendir un homenaje -grande por vuestra presencia, modestísimo por mi voz- a un correligionario que, en su breve vida de apenas cuarenta años de existencia, honró al Paraguay con su inteligencia privilegiada, con su versación jurídica excepcional, con su patriotismo sereno y con sus indeclinables convicciones republicanas.

         Antolín Irala, cuyo nombre es airoso escudo de esta Seccional 9 a la que tengo el privilegio de pertenecer, sobrevive en nuestro recuerdo con la fuerza de un mandato extraído desde los orígenes mismos de nuestra nacionalidad, con las cinco letras de su apellido que evocan la juventud impetuosa del primer capitán español que abrió horizonte en nuestra Historia.

         «Antolín bala, el internacionalista». Hoy día es fácil -eso al menos se cree- ser especialista en cualquier disciplina del conocimiento humano. Y abundan los doctores. Los que lo son, los que merecen serlo y los que se hacen llamar así aunque no lo sean.

Antolín Irala fue, ciertamente, Doctor, como comenzó a llamársele con respeto y afecto desde que, a los 22 años de edad, presentó su tesis doctoral sobre «La República», en la que apunta ya, avasalladora, su concepción acerca del gobierno democrático, tal como la limpieza de su mocedad y el ardor de su patriotismo inspiraban un camino sin equívocos. Porque Irala, haciendo honor a esa tesis, paso inicial de su vocación jurídica, fue lo único que puede ser un paraguayo amante de su Nación: republicano, y por eso revistó, por gravitación natural de su pensamiento, en el Partido Colorado.

         A los 23 años de edad, el Presidente Ezcurra le confía, el Ministerio de Relaciones Exteriores. Días difíciles corren para nuestra Patria. No acaban de asentarse las ambiciones que crecen cada vez más voraces en el campo adversario. Aún dentro de nuestro mismo Partido se observa el fenómeno de apetitos inconvenientes y el Coronel Ezcurra, superándose en el esfuerzo, guía con fe y coraje la nave del Estado.

         El Dr. Irala se consagra, por entero, a las altas funciones que le encomienda el Presidente Ezcurra, reemplazando, al Dr. Pedro Peña el 8 de mayo de 1903. Se entrega de lleno al estudio de las cuestiones internacionales, que serán, en adelante, el objetivo preferente de su quehacer político y adquirirá fama y justo renombre por el ponderado juicio que aplicará en la conducción de nuestras relaciones exteriores en el corto tiempo en que, en dos oportunidades, dirigió la Cancillería Nacional.

         Por primera vez, a su iniciativa, se dicta el 17 de agosto de 1903 la Ley de organización del Servicio Diplomático en el exterior en la que, acomodada a nuestras posibilidades financieras y a la precariedad del material humano disponible, se trata de estructurar una especie de carrera diplomática orientada a estrechar vínculos y procurar la expansión comercial de nuestro país con las principales naciones de América y de Europa. Paralela a esta preocupación, encuadrada más bien en el plano diplomático, el Doctor Irala refrenda el 6 de octubre del mismo año, la firma del Presidente Ezcurra promulgando la Ley de Inmigración de la que es autor el propio Doctor Irala. Esta ley fue, asimismo, el primer intento serio y orgánico de promover la afluencia del trabajo extranjero a nuestro país, desangrado y sediento de savia reparadora. Y junto con esa Ley de Inmigración, la otra de Colonización y del Hogar que también fue redactada por el Doctor Irala, quien la refrendó el 25 de junio de 1904 seis meses antes de que fuese derrocado el Presidente Ezcurra.

         Internacionalista avizor del futuro y fiel a la realidad de su patria, el Doctor Irala, casi un adolescente, dejó en esas dos leyes de -«Inmigración» y de «Colonización y del Hogar»- la muestra evidente de su clara noción acerca de los problemas propios de un país que, como el nuestro, necesitaba urgentemente levantarse y echar a andar.

         Pero el episodio principal de la actuación del Doctor Antolín Irala como Ministro de Relaciones Exteriores del Coronel Ezcurra fue, sin duda, la presentación al Gobierno brasileño de su nota del 29 de abril de 1904, en la que, velando con una diligencia ejemplar por los sagrados intereses de la Patria, proclamó con gallarda actitud los derechos del Paraguay sobre el Chaco. La nota del Ministro Irala, conocida como «la resalva paraguaya al Tratado de Petrópolis», es una pieza jurídica, que, en el orden internacional, honraría a cualquier Cancillería del mundo por la altura con que está concebida, el patriotismo que la inspira, la lógica que guía su exposición y el lenguaje con que está redactada.

         Dejándose llevar de su pluma fácil, como un consumado diplomático, este Ministro de veinticuatro años comienza su nota con unas frases halagadoras para el Brasil y su experimentado Canciller, escritas con absoluta dignidad. Le expresa «verdadera complacencia» por haberse encontrado una fórmula satisfactoria para resolver un diferendo que comenzaba a preocupar vivamente a todos los pueblos de América; «estadista tan versado en las cuestiones internacionales de Sud América» -le dice a Rio Branco- llamándole, además, «digno heredero» del nombre y de los talentos del «eminente hombre de Estado brasileño don José María da Silva Paranhos». El Doctor Irala apela a la conciencia de Itamaraty para dejar oír su reclamo, exponiendo su tesis con prístina claridad, sin soberbia ni sometimiento, con sencillez sin claudicaciones, altiva y serenamente. Acosa a Rio Branco con preguntas intachables y acusa con suprema elegancia a los periodistas brasileños que, en comentarios referentes al Tratado de Petrópolis, habían dejado en dudas la legitimidad de los derechos del Paraguay sobre el Chaco. Expone con energía la causa de nuestra Patria con abrumador acopio de datos históricos y no falta en la nota, casi al finalizar su texto, un toque de exquisita ironía, exenta de malevolencia, cuando le dice a Río Branco que rehúye toda polémica con él, porque ciertas incongruencias que se advierten en la posición brasileña solamente pueden explicarse en «la presunción que abrigo de que sólo en una de esas fugas de la memoria tan explicables en los hombres de excesiva labor intelectual y de múltiples ocupaciones, ha podido V. E. hacer una declaración que no se compadece, por obra del olvido, con otras anteriores y más explícitas».

         Por razones de brevedad, conviene saber que la parte substancial de dicha nota se refiere a la objeción que el Paraguay hacía al Artículo 19 del Tratado de Petrópolis firmado el 17 de noviembre de 1903 entre Bolivia y Brasil. Por dicha cláusula se establecía que la frontera entre los mencionados países comienza al norte de Bahía Negra, «esto es -dice el Canciller Irala- en la región litigiosa donde aún no se ha llevado a cabo la demarcación entre el Paraguay y aquella República» (se refiere a Bolivia). «Claro es, pues, que los derechos que esta nación amiga pueda tener a ese territorio son inciertos y eventuales y sólo después de un Tratado en que se examinen los títulos respectivos que acrediten el dominio o prueben la posesión, podría ser ella tenida por limítrofe con el Brasil en esa parte, si las conclusiones del litigio le son favorables. En caso contrario, sería el Paraguay quien tendría que convenir el limite interior con el Brasil, ya que en el año 58 sólo sé estableció el que separaría las jurisdicciones en el litoral. Y aquí he de anticipar a V.E. que el Gobierno de mi país no hará cuestión con el Brasil respecto a la línea divisoria determinada por el Tratado de Petrópolis en la parte de frontera que en ella le correspondiere».

         Efectivamente, el Brasil en las negociaciones de límites que realizara con nuestro país en 1845 y en 1858, durante el Gobierno de don Carlos Antonio López, siempre respetó nuestros títulos al occidente del Río Paraguay. A este respecto conviene recordar, por ser altamente significativa, la declaración que el negociador brasileño don José María da Silva Paranhos, Vizconde de Río Branco y padre del Barón del mismo nombre, formuló en el Protocolo subscrito el 12 de febrero de 1858 con el Plenipotenciario paraguayo General Francisco Solano López, y que decía así: «que jamás había habido entre el Imperio y la República contestación (es decir discusión) con respecto al territorio de la ribera derecha del Río Paraguay, habiendo reconocido los dos Gobiernos la Bahía Negra como límite de los dos países por ese lado».

         «Pero debe observarse bien -como dice el Dr. H. Sánchez Quell- que el Paraguay renunciaba sólo al litoral situado al norte de la Bahía Negra, no al hinterland de ese territorio, que se extendía al oeste hasta el límite oriental de Chiquitos (Sierra de San Fernando), y al norte hasta el marco del Jaurú». («La diplomacia paraguaya de Mayo a Cerro-Corá»).

         El Tratado de Petrópolis, por el contrario, parecía desconocer aquella posición tradicional del Paraguay. Olvidaba -dice la Resalva- que «la fórmula que resume nuestras declaraciones en cuanto al límite del norte del Chaco, es que él coincide con límite sur del antiguo Gobierno de Chiquitos, y la cuestión única que sostenemos y podemos sostener con Bolivia es precisamente esa: definir la jurisdicción que alcanzaba aquel Gobierno al tiempo de la Independencia, cuyo «uti possidetis» es la norma a que se sujetará la solución».

         Irala terminaba su nota en estos términos: «Al presentar a V.E. las consideraciones que esta nota contiene, me anima la convicción, de que al hacerlo me ajusto estrechamente a los derechos que mi Patria sustenta, y abrigo la esperanza de que V.E. no se resistirá a aceptar estas observaciones en cuyo apoyo he podido recordar opiniones de tan alto valor como la del emitente hombre de Estado brasileño don José María da Silva Paranhos y la propia de V.E., digno heredero de su nombre y de sus talentos. No he querido, Señor Ministro, dejar sin enmienda una afirmación dañosa a la causa que mi país sostiene en su pleito con Bolivia, y que exigía una impugnación tanto más categórica cuanto mayor era su autoridad, representando como representaba no sólo la opinión oficial de la Cancillería de un Gobierno amigo sino también la de uno de los estadistas más conocedores de las cuestiones políticas e internacionales de Sud América».

         Admirable, magnífico! Qué otros frutos hubiera podido dar este retoño de Canciller que contendía tan bizarramente con su colega brasileño, precedido de merecida y larga fama!. Irala tuvo pasta de eminente estadista y así lo demostró, no solamente con la Resalva que Lleva su nombre sino con el Plan para la Defensa del Chaco que, poco después de despachada la nota del 29 de abril de 1904, presentó al Presidente Ezcurra a la semana siguiente; por así decirlo: el 13 de mayo del mismo año.

         En este curioso documento, injustamente ignorado, el Doctor Irala daba un toque de alarma sobre la gravedad que suponían para nuestro país los planes militares y preparativos trazados por Bolivia para apoderarse del Chaco, luego del fracasado intento de lograrlo por la vía de tratados leoninos y lesivos para los derechos paraguayos.

         Para detener a tiempo y evitar la perpetración de tamaño designio, el Doctor Irala sugirió al Presidente la adopción de las siguientes medidas, aprobadas enseguida por el Consejo de Ministros:

         1º Proseguir los trabajos de catequización que realizaba en el Chaco una Misión inglesa, estableciendo estaciones y crear varios piquetes militares en las proximidades del Parapití, en comunicación con dichas estaciones.

         2° Enviar emisarios secretos por las poblaciones bolivianas más próximas para estar al tanto de los movimientos de los bolivianos, al fin de tomar las medidas necesarias para el sostenimiento de los derechos territoriales de la República.

         3° Adquisición de buques y transportes de guerra.

         4° Adquisición de material moderno de guerra.

         5º Levantamiento del plano militar del Chaco.

         6° Apertura de caminos estratégicos en el mismo territorio.

         7° Construcción de un fortín en Bahía Negra y revisión de Fuerte Olimpo.

         8º Empadronamiento de todos los habitantes de la República aptos para el servicio de las armas.

         9º Formación de uno o dos cuerpos nuevos bajo la dirección de Jefes y Oficiales de Escuela.

         1904. Una vez más, desde tiendas levantadas en tierra extranjera, se alistan los empresarios de la rebelión para invadir el territorio nacional: en efecto, el 4 de agosto de aquel año partió secretamente de Buenos Aires el «Sajonia». La historia es bien conocida: quienes no tuvieron reparos en luchar contra su propia patria en 1865, menos los tendrían para dar Guerra civil al Presidente Ezcurra. Decía así Benigno Ferreira: «sólo la inconsciencia y la debilidad del Presidente de la República explican tanta aberración. El Poder Ejecutivo se halla en manos de una camarilla, todo un sindicato organizado para usufructuar el Poder. Es el centro de la inmensa máquina que se ramifica en el Congreso y los Tribunales. Está compuesto de ciudadanos ignorantes, de cínica concupiscencia o de humillante insignificancia». Esta literatura infamante contra el Partido Colorado se parece mucho a la de algunos organillos, radicalmente enanos, que hoy también suenan desvencijados, torpes e irremediablemente desafinados sin dar nunca en la tecla.

         Los «ciudadanos ignorantes» a que aludía Ferreira se llamaban Antolín Irala, Fulgencio R. Moreno, Francisco C. Chaves, Cayetano Carreras, etc. «Ciudadano ignorante» Antolín Irala, que mereció de parte de los mismos liberales los siguientes elogios justicieros cuando falleció: «leal y noble, el Paraguay pierde a uno de sus hijos preclaros». «Su vida fue, una perpetua emulación para hacer el bien». «Jefe de un gran partido». «Canciller celoso de la soberanía    nacional y de los derechos patrios». «Amante de su patria, a la que honró con inteligencia y sirvió con altura». «Patriota que era para el país una realidad y una promesa y que desde hoy será uno de sus reconfortantes recuerdos».

         Con el derrocamiento del Presidente Ezcurra, el Doctor Irala deja la Cancillería, después de poco más de año y medio de actuación, y cuando el General Caballero emprende el camino del destierro, el Doctor Irala le acompaña a Buenos Aires. Regresa luego para dedicarse a sus tareas profesionales como abogado, sin descuidar sus afanes políticos. Participa en la reestructuración del partido, afectado por los bandazos del período anárquico inaugurado en 1904. Cuando el Doctor Juan Manuel Frutos vio la necesidad de fundar un diario genuinamente colorado que se encargara de defender la suerte de nuestros correligionarios del campo, el Doctor Irala quiso que ese periódico se llamara -como se llamó efectivamente- «General Caballero».

         Siguen corriendo los años en que la puja por escalar el poder adquiere caracteres dramáticos. Se suceden los manotazos y llega Albino Jara a la Presidencia el 17 de enero de 1911. En abril de ese año el Doctor Irala asume la Presidencia de la Cámara de Diputados y, desde este alto cuerpo, enseguida, en mayo, promueve una ruidosa interpelación al Doctor Cecilio Báez, Ministro de Relaciones Exteriores. Deja su sitial, baja a la palestra parlamentaria desafiando la suficiencia del pontífice liberal y pone de manifiesto, una vez más, el profundo conocimiento que tenía de nuestra realidad internacional.

         Somete al Canciller de Jara treinta preguntas sobre el estado de nuestras relaciones con Bolivia, Argentina y los países europeos. Quiere saber por qué el Tratado Soler-Pinilla, firmado en 1907, vigente en la práctica, no fue sometido a la consideración del Congreso; pregunta sobre los armamentos adquiridos por Bolivia y la contratación de una misión militar alemana; pide informes sobre las medidas tomadas por nuestro Gobierno ante el establecimiento del fortín más avanzado sobre el Pilcomayo; quiere datos sobre el ejército boliviano, sus efectivos, armamento, organización y medios de locomoción; indaga sobre las medidas tomadas por el Gobierno para ocupar efectivamente el Chaco conforme a un plan racional; pregunta si el gobierno ha resumido y compilado todos los documentos, mapas y datos relativos a nuestros derechos sobre el Chaco y, a este propósito, quiere saber si el señor Manuel Gondra, comisionado por varios años para el estudio de esta cuestión en los archivos de Argentina y Brasil, ha presentado al Gobierno algún informe; también pregunta si los Señores Fulgencio R. Moreno y Manuel Domínguez han hecho lo propio; pide informes sobre los motivos, por los cuales, no obstante existir importantes cuestiones pendientes con Bolivia, el Paraguay no provee desde hace dos años la representación diplomática en La Paz, etc.

         Báez comparece y da explicaciones que de ninguna manera satisfacen al interpelante, que argumenta, severa pero implacablemente, defendiendo los derechos del país.

         Sería largo relatar el curso de esta interpelación, pero valgan ella y el temario presentado por el Doctor Irala para poner de relieve la absoluta inoperancia, por no decirla desidia culpable que caracterizó a la Cancillería paraguaya desde que la manejaron los Ministros que sucedieron al Doctor Irala después de 1904. En las manos de Irala, en las manos patriotas del Partido Colorado, no habría medrado la ambición boliviana, que cumplía sistemáticamente su penetración en el Chaco, mientras los liberales ensangrentaban la República con luchas intestinas. A pesar de las acuciantes preguntas del Doctor Irala, el Ministro Báez afirmó en aquella oportunidad, que «la independencia del Paraguay no corre riesgo de ninguna clase por parte de ninguna potencia del mundo y mucho menos de potencias vecinas», que «el Gobierno del Paraguay se complace en declarar que no tiene ninguna queja de parte de la conducta del Gobierno Boliviano en sus relaciones con el Paraguay; por el contrario, el Gobierno de Bolivia, como su Representante Diplomático en Asunción, observa la conducta más amistosa, más recta y más prudente en sus relaciones con el Gobierno Nacional».

         Esto decía cándidamente don Cecilio ignorando que, ya en 1905 (seis años antes), el Canciller boliviano Claudio Pinilla había manifestado a su Ministro en Asunción, Emeterio Cano, que «un plan agresivo y belicoso de nuestra parte ha estado siempre en la mente de todos los estadistas bolivianos». Y, por si ello fuera poco, el mismo año el propio Presidente de Bolivia, Ismael Montes, repetía que «la apelación al extremo doloroso de la fuerza en pro de los capitales intereses de la República, es un tema ya estudiado por la Cancillería Nacional». Pero, para el Doctor Báez, el Paraguay vivía en el mejor de los mundos y el Doctor Irala no pasaba de ser un «vulgar politiquero», «pescador en río revuelto», como llegó a calificarle la prensa oficialista de Albino Jara.

         El tiempo, por desgracia, dio la razón a las inquietudes patrióticas del Doctor Irala y fue necesaria una guerra internacional para reparar los errores que se cometieron en la conducción de nuestro pleito secular con Bolivia. El destino quiso, por otra parte, que el mismo Doctor Báez subscribiese el Protocolo del 21 de Julio de 1938 que instrumentó el Tratado de Paz, Amistad y Límites con Bolivia y sobre el cual la historia ya ha dado su veredicto.

         Cae Jara, a su vez, y el Doctor Irala se opone al Provisoriato de Liberato Rojas que asume, sin embargo, la Presidencia de la República el 5 de julio de 1911. Obligado por las circunstancias políticas, en un panorama sumamente confuso en el que podían producirse sorpresas, el Doctor Irala cede al deseo de sus amigos y acepta el Ministerio de Relaciones Exteriores que le ofrece Rojas. El país vive las angustias de una nueva contienda armada venida también esta vez -por supuesto y para no quebrar la regla- desde el exterior. Mediante una poderosa maquinaria financiera se adquieren en Europa varios barcos para armar una fuerte expedición y el «Constitución» -así, sarcásticamente se llama el buque artillado que cruza el Atlántico para servir de nave capitana de la flotilla radical- reedita el itinerario del «Sajonia», navegando en son de guerra contra la Capital de la República.

         Estalla la lucha y la defensa del Gobierno la hace el Partido Colorado. Eugenio Garay, Justo A. Pane, Bartolomé López, Bonifacio Caballero y Tomás Romero Pereira, comandan, al frente de una numerosa oficialidad republicana, las fuerzas que se oponen a la invasión dirigida por Gondra, Franco, González Navero y Schaerer. Pero Rojas no era hombre de fiar y, por la decisión unánime de quienes se vieron defraudados por su inepcia vacilante, debe resignar el Poder Ejecutivo.

         Pero, antes, el Doctor Irala fue protagonista de un sonado incidente diplomático con el Ministro argentino Martínez Campos, representante diplomático de su país en el nuestro. Voy a permitirme transcribir una relación hecha por Sánchez Quell respecto de este episodio, con la capacidad de síntesis y la enjundia que caracteriza al citado historiador.

         Dice así: «Era Presidente del Paraguay el señor Liberato Rojas, agrimensor y poeta. Cansado de medir tierras y de medir versos, optó por la política. Era Diputado Nacional cuando, por su parentesco con un militar influyente, fue designado para el alto cargo. Haciendo honor a su nombre bicolor, Liberato Rojas; empezó por ser liberal y terminó por ser rojo. Formó su gabinete con tres liberales y tres colorados. Los tres liberales (eran escritores: Alejandro Audibert (autor de «Los límites de la antigua Provincia del Paraguay»), Teodosio González (autor de «Infortunios del Paraguay») y Francisco L. Bareiro (poeta, Como el Presidente). Los colorados eran el Doctor Antolín Irala (de brillante actuación como Canciller en 1904, en ocasión del Tratado de Petrópolis y como autor del Plan para la Defensa del Chaco), el Doctor Federico Codas y el Doctor Eduardo López Moreira.

         Contra el gobierno de Rojas se venían simultáneamente dos revoluciones: la de los cívicos y la de los radicales. «Para proteger a sus súbditos», en el río Paraguay, cerca de la Capital, estaban surtos buques de guerra argentinos y buques de guerra brasileños. El desarrollo de los sucesos se complicaba día a día. Entre el Canciller paraguayo Doctor Antolín Irala y el Ministro argentino Gabriel Martínez Campos se inicia una polémica diplomática que va tornándose cada vez más áspera.

         Empieza Martínez Campos por protestar a raíz de ciertos hechos que en su concepto, perjudicaban los intereses argentinos en Puerto Sastre, Puerto Galileo y Puerto Pinasco. Pocos días después, protestaba porque desde la barranca de San Gerónimo se habían efectuado tiros de cañón que pasaron sobre el vapor mercante «Lambaré» de matrícula argentina. Irala a su vez protesta porque el jefe revolucionario radical Adolfo Riquelme fue invitado a almorzar a bordo del buque de guerra argentino. Y que 23 ciudadanos fueron embarcados en el paraje conocido por Chorro Caballero a una lancha de guerra argentina, sin el permiso correspondiente del Poder Ejecutivo para salir del país; a pesar de estar fijado para atracadero la escalera del muelle N° 2. Y que esto significaba una violación del derecho jurisdiccional de nuestras autoridades fluviales sobre la bahía. Además, el Vice-Cónsul del Paraguay en Formosa denunciaba el embarque diario y público de contingentes revolucionarios en aquel punto, sin que las autoridades argentinas hayan tomado medida alguna.

         Como si esto fuese poco, los buques argentinos surtos frente a la Capital han concedido refugio y asilo y embarcado con destino desconocido a 300 ciudadanos paraguayos, sin que la legación haya pasado lista al Gobierno para averiguar si son perseguidos políticos, desertores del ejército o delincuentes de derecho común. Esos 300 ciudadanos resultaron ser soldados, que uniformados y armados, fueron transportados a bordo del buque argentino hasta el campamento revolucionario de Pilar. Y de allí se dirigieron a Humaitá a combatir a las fuerzas legales. Abierta era, pues, la protección argentina a la revolución radical.

         Desgraciadamente, todas las tentativas del Canciller Irala, en el sentido de suavizar las asperezas, resultaron inútiles. Conferencias, ofrecimiento de garantías, comisiones internacionales, arbitrajes, todo era sistemáticamente rechazado por el Ministro Martínez Campos, que día a día iba subiendo de tono en sus reclamaciones.

         La cuestión llegó a su punto álgido. El diplomático argentino se dirigió al Canciller Irala informándole lo siguiente: el Contra-Almirante O'Connor, Comandante en Jefe de la División Naval Argentina en las aguas del río Paraguay, le ha hecho una denuncia. A consecuencia de un aviso verbal de que se estaba bombardeando el paraje de la ciudad llamado Belvedere, despachó hacia el norte la torpedera «Thorne». Comprobada la inexactitud de la noticia, y al regresar la torpedera, fue tiroteada con fuego de fusilería por gente emboscada en la costa, cayendo las balas muy cerca del buque sin herir felizmente a nadie. Y terminaba la nota pidiendo inmediata reparación y manifestando que el Contra-Almirante O'Connor tenía órdenes precisas para hacer uso de los elementos materiales de que disponía. Es decir, bombardear la Capital con su artillería.

         El Canciller Irala refutó brillantemente en nota de enero 22 de 1912. Después de hacer una síntesis de todas las pruebas de desconsideración de que había sido objeto el Gobierno del Paraguay de parte de las autoridades argentinas, contestó enérgicamente a la amenaza diciendo: «Declaro terminantemente a V. E. que mi gobierno no cederá bajo la presión de la fuerza». Y terminaba con esta sugestiva frase: «En el caso, que creo imposible, de que V. E. no quisiera conformarse a las prescripciones estipuladas en tratados solemnes, y quisiera acudir únicamente a su superioridad material, mi Gobierno se mantendrá siempre en el terreno del Derecho, remitiendo todos los antecedentes de la presente contienda civil y de todas las cuestiones pendientes, a la Comisión Permanente de Arbitraje de La Haya y a todas las naciones amigas, abrigando siempre la esperanza de que algún día no se podrán ya formar en el seno de su noble patria las revoluciones que destruyen a la mía, y que la Providencia justiciera reservará en el porvenir días de paz y de concordia para ambos países». («UNA AMENAZA DE BOMBARDEAR ASUNCION», Suplemento Dominical de «ABC Color», Domingo 3 de enero de 1971).

         El Doctor Irala mantuvo siempre, invariablemente, el tono diplomático conveniente en las comunicaciones que dirigió al Ministro argentino. Martínez Campos, en cambio, no supo estar a la altura de su interlocutor y cometió la impertinencia, rayana en la malacrianza, de enviarle al Ministro de Relaciones del Paraguay una nota insolente que decía así: «Asunción, enero 24 de 1912. Señor Ministro: Comunico a V. E. que si en el término perentorio de 24 horas el Gobierno de V. E. no retira la nota Nº 25 de fecha 22 del corriente, que en términos inconvenientes se ha permitido dirigirme, dando al propio tiempo las explicaciones que corresponde, tengo instrucciones precisas del Excmo. Señor Presidente de la Nación Argentina de retirarme de este país con el archivo y el personal de la Legación, a mis órdenes. Dios guarde a V.E. Martínez Campos».

         La lenidad de Rojas impidió que su Canciller diera al petulante Ministro la condigna respuesta y, entonces, el Doctor Irala asumió la única decisión que correspondía a un hombre de su honor: renunció de inmediato y se retiró injustamente agraviado por un Presidente a quien le venían muy anchas las insignias de la Primera Magistratura. Martínez Campos fue llamado por el Presidente argentino Roque Sáenz Peña y puesto en disponibilidad. El episodio sirvió para demostrar que el genio diplomático florece, no en la arrogancia, sino en el coraje discreto, revestido de sencillez.

 

         Antolín Irala nació en San José de los Arroyos el 28 de octubre de 1880. La casa de su familia ya no existe. En su brillante vida pública fue Miembro del Consejo Nacional de Educación, Defensor de Reos Pobres, Fiscal del Crimen, Fiscal General del Estado y Secretario de la Legación del Paraguay en Francia. En la docencia se destacó como Profesor de Literatura en las dos Escuelas Normales que existían en Asunción a principios de este siglo y enseñó, con ribetes de auténtico maestro, en la Facultad de Derecho de nuestra Universidad, Economía Política, Derecho Penal y Derecho Internacional Público.

         Cuando el radicalismo imperante pretendió envolver su nombre en obscuras maniobras en un asunto de tierras realizado en el gobierno de Liberato Rojas, el Doctor Irala dirigió una carta abierta al Presidente Schaerer en la que, al levantar los cargos difamatorios, trató duramente al Mandatario. Cuando oficialmente se ofreció un gran banquete de despedida al Ministro argentino Mario Ruiz de los Llanos, fue el Doctor Irala el portavoz de los sentimientos del gobierno, exaltando en un bello discurso la amistad fraterna entre los dos países. Es que, en este varón singular, la energía con que defendía siempre los altos intereses de la patria no le impedían proclamar y practicar sus sentimientos de americanista devoto y convencido.

         Luchador infatigable, hombre de acción y de iniciativas, correligionario de insospechable lealtad, reunía en su persona las cualidades que, por gravitación natural, le llevarían a desempeñar la Presidencia del Partido      Colorado desde noviembre de 1916 hasta el día de su fallecimiento.

         Llegó, desgraciadamente para la Patria y para el partido, el momento en que el Doctor Irala había de desaparecer. Su deceso cierra la lista dramática de ilustres correligionarios que en el año de 1920 vistió de luto la nómina del partido. Con pocos meses de diferencia mueren Ricardo Brugada, tribuno y caudillo; Ignacio A. Pane, maestro de la juventud; el Coronel José Celestino Meza y el Capitán Elíseo Gómez, jefe popular de las Cordilleras. Se preparaba el Doctor Irala a realizar un corto viaje a Buenos Aires y, el día anterior a la fecha señalada, concurrió al Sanatorio Nacional a aplicarse unas inyecciones. Por la tarde realizó un paseo en automóvil pon la ciudad y regresó a su casa a cenar, retirándose a su dormitorio para descantar unos momentos. Su familia le oyó toser secamente, en forma inusitada y, cuando acudió a su lado, el Doctor Irala ya había expirado víctima de una afección cardiaca. Eran aproximadamente las nueve y media de la noche del 20 de setiembre de 1920. La honda impresión que causó la noticia de su fallecimiento repercutió dolorosamente en todos los ámbitos de la ciudad. Inmediatamente se dispusieron las honras fúnebres correspondientes a su ilustre condición de Senador de la Nación. Sus restos fueron velados en el recinto del Senado del Congreso Nacional y en el acto de su sepelio, realizado el 22 de setiembre, día de Curupayty, hicieron uso de la palabra el Doctor Eduardo López Moreira, por el Partido Colorado; Don Gabriel Valdovinos, por el Senado de la República; el Doctor Emilio Pérez, por la Universidad; el Doctor Zoilo Díaz Escobar, por la Cámara de Diputados; los señores Domingo Montanaro, Antoliano Garcete y Roberto Brugada por las Comisiones Parroquiales Republicanas de la Encarnación, San Roque y Catedral, respectivamente; el Doctor César López Moreira por el Centro de Estudiantes de Derecho; el señor José María Torres por el Partido Liberal Democrático y el señor Mario Usher por el Partido Liberal.

         Sánchez Quell, en una página publicada en la revista «Ñandé» hace cerca de diez años, dejó, en una líneas el trazo físico del Doctor Antolín Irala, tal como él le recordaba en los días de su adolescencia: «El Doctor Antolín Irala, menudo de estatura, vivaz la mirada, atildado en el vestir, correcto en sus maneras, ágil y ameno en su conversación, gustaba y sabía vivir como un gran señor que era. Sin embargo, siempre fue de los primeros en abandonar su confort hogareño y acudir allí donde era necesaria su presencia, por más duras y difíciles que fuesen las circunstancias que le esperaban».

         Así, con esta estampa de caballero pulcro, Antolín Irala fue uno de los más altos exponentes de nuestra cultura y uno de los más valientes luchadores de nuestra democracia. Jurisconsulto esclarecido, orador brillante, internacionalista de nota, catedrático distinguido, escritor galano, era al mismo tiempo el paradigma del diplomático: sereno, conciliador, perfecto caballero, equilibrado y, por eso mismo, enérgico, intransigente y decidido cuando era necesario.

         Ha sido para mí un privilegio ocupar la tribuna de mi Seccional para exaltar el nombre que le da prestigio y ambicioso destino: Antolín Irala. Mayor privilegio ha sido contar en mi auditorio a tan altos y distinguidos jefes partidarios que en esta hora de reivindicación de nuestra gloriosa asociación política, bajo la conducción de nuestro gran Presidente el General Stroessner, está dando el ejemplo de un Gobierno del pueblo para el pueblo, como lo quería en su tesis doctoral sobre «La República», hace setenta años, un eminente repúblico, con arrestos de senador romano, que se llamó Antolín Irala.

 

         Asunción, Agosto 24 de 1972

 

 

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