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NUMA ALCIDES MALLORQUÍN
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Datos biográficos:

NUMA ALCIDES MALLORQUÍN

PALABRAS PRELIMINARES - Por ALFREDO MARTÍNEZ MORENO

Presidente de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española.

 

Hace poco más de cuatro décadas que llegó a El Salvador, con la casaca de diplomático, un joven paraguayo, que al poco tiempo se captó el respeto y el afecto de los salvadoreños, no sólo por su fecunda labor de acercamiento internacional, sino por su lúcida inteligencia, su amplia cultura y, sobre todo, su integridad moral. Sobresalió tanto en los salones, como en el campo deportivo, pero, especialmente, en los círculos intelectuales.

Antes de su llegada a Centro América, su noble patria, era virtualmente desconocida en la región, y los pocos datos que se tenían sobre su historia —que en realidad sobrepasa los linderos de la epopeya— procedían de escritores sudamericanos más inclinados a favorecer el interés local que a apegarse objetivamente a la verdad. Lo que sí era extensamente sabido, y aún reconocido, pues no se puede ocultar el sol con un dedo, era la consistencia férrea, dura como el quebracho de su tierra, de un pueblo de estirpe realmente heroica.

Ese joven paraguayo, Numa Alcides Mallorquín, que hacía sus pininos en el campo de la diplomacia, pronto se destacó como un auténtico humanista, que había leído a los clásicos, estudiado a fondo el pensamiento de Unamuno y de Ortega, y escribía en una prosa con atisbos cervantinos, y que, dotado de un fervor patriótico a toda prueba, daba a conocer la grandeza y el arrojo de su pueblo y las gestas épicas de sus antepasados por sobrevivir como nación, enfrentándose, en los campos de batalla, a adversarios muchísimo más numerosos, y sobreponiéndose al martirio con un temple genuinamente espartano.

¡Todavía no se ha escrito el canto homérico que realce las hazañas de un pueblo, cuyos varones casi habían sido totalmente aniquilados, pero que el combate final, con el paladín a la cabeza, lo mantenían principalmente mujeres y niños! Cerro Cora está a la altura, como paradigma de valor y sacrificio, del desfiladero de las Termopilas, y Solano López se compara, en el Olimpo de los héroes, con el legendario Leónidas.

La divulgación sobre la idiosincrasia y el pundonor de su pueblo, en charlas y escritos, abarcaba otros temas, como el de la dulzura y excelencia sintáctica de la lengua Guaraní y el encanto melódico de la música autóctona y de sus maravillosas arpas y guitarras, que hacían recordar la magia de Mangoré, cuyos restos reposan con honor en suelo salvadoreño.

Mallorquín continuó luego su ascendente carrera diplomática en otros países de América y de Europa, pero guardó siempre, como reliquia sagrada, la Gran Cruz de la Orden “José Matías Delgado”, con que el Gobierno salvadoreño lo honró por su gestión de auténtica confraternidad.

Regresó a su patria, a pugnar por el mejoramiento de sus hermanos indígenas y a desempeñar cargos de asesoramiento ministerial, y salió de sus funciones con la satisfacción del deber cumplido, con la frente en alto por la probidad de su actuación, a defender, con una vehemencia con rasgos a veces de apasionamiento, sus principios ideológicos y sus opiniones políticas en pro de una verdadera justicia social y de un proyecto cívico, “libre de conexiones o ataduras externas, para resolver con criterio paraguayo el concreto desafío político social del país”. A ese ideal republicano —razón y fe de su existencia, heredado sin duda de su ilustre padre— ha dedicado de lleno sus últimos años, con el apoyo de un selecto grupo de ciudadanos de singular devoción patriótica.

Su acuciante vocación política, que lo ha mantenido indeclinablemente fiel a sus principios, sin embargo, no le ha impedido dar rienda suelta a sus inclinaciones humanísticas y a su vena literaria. Así, sus artículos y estudios se caracterizan por su claridad y coherencia, sin artificios barrocos o pomposos. Su prosa es de una sencillez cautivadora. Por ello, se puede afirmar, conociendo su posición sin dobleces, diáfana dentro de su impetuosidad, con el Conde de Buffon, que “el estilo es el hombre”, máxima que como dijimos en anterior oportunidad, “no es sino el eco fiel pero lejano de otro aforismo expresado allá, en la Roma de los albores del Cristianismo, una época de esplendor y de crueldad, por Lucio Anneo Séneca, quien afirmó que “el estilo es el rostro del alma; tal es el estilo en los hombres como en su vida”.

Esta última reflexión nos ha venido en mente al leer y releer, con deleite espiritual, sus cortas narraciones, que ahora, con el título de Cuentos Contados, salen a luz, a instancias de sus amigos, que lamentaban que su producción quedara únicamente en los archivos polvosos de los periódicos. Algunos de ellos fueron publicados en las páginas del suplemento literario dominical de “La Prensa Gráfica”, en El Salvador, y los rescatamos recientemente de la colección ordenada de ese periódico.

Las narraciones del cuentista paraguayo, por lo variado de la temática, no se pueden definir dentro de un solo género, pues a veces son pinceladas de hechos ocurridos efectivamente al autor, otras pertenecen a la especie costumbrista y son un espejo de la sociedad, y otros, como “Malacara”, “un caballo bueno y manso, que gustaba hacer libremente su vida”, forzado a competir en pistas hasta morir, son un análisis realista y crítico de la imposición del hombre sobre el animal, pero con una fuerte dosis de ternura.

Son cuentos sumamente amenos, que sin pretender adquirir la jerarquía de magistrales, dejan casi siempre en el lector un sabor a sentimiento puro. Son relatos que demuestran la penetración psicológica del autor y su lúcida imaginación. Algunos de ellos, como “Pueblerinas”, tienen detalles verdaderamente sobresalientes, como la descripción admirable de “la cruz en la empinada cuesta”, que solo un auténtico narrador puede diestramente reseñar.

Estudioso del pensamiento de Ortega, y por lo tanto, de su discípulo Julián Marías, Mallorquín sabe que la novela, y en general la narración, es para este último un método de conocimiento, y como dice el escritor salvadoreño Matías Romero, “ciertamente así es. Por medio de la novela, y digamos lo mismo del cuento, del drama y de la poesía en general, se descubren y se dicen secretos y aspectos del alma humana que no habrían podido ser descubiertos sin el auxilio de la imaginación creadora”.

Numa Alcides Mallorquín no es únicamente un pensador y luchador político, un abanderado de la comprensión internacional y un defensor de los valores patrios, sino como lo demuestra Cuentos Contados, es un creador de límpida fantasía, que enaltece al Paraguay con una obra literaria plena de encanto y amenidad.

No hemos podido comentar una obra sin enjuiciar al mismo tiempo al autor y si bien nos honramos de larga data con una amistad fraterna con Numa Alcides Mallorquín, que el tiempo y la distancia no han podido limitar, las glosas anteriores superan sinceramente el afecto y son el producto de la más pura y honda convicción. 

San Salvador, 17 de diciembre de 2001

A MODO DE EXPLICACIÓN

Para cualquier lector ocasional —o accidental, mejor—, aun conociéndome, será seguramente una sorpresa la aparición de éste pequeño libro. En primer lugar, porque no soy ni escritor, ni cuentista, por lo menos en el contexto en que tales títulos son tenidos. En segundo lugar, porque es difícil encontrar una explicación para un librito de cuentos y relatos, escritos al azar, con mucha anterioridad, y sin más valor que el que le fueron otorgados en otros medios, y publicados en páginas literarias de diferentes y lejanas latitudes. Salvo, naturalmente, el valor que tienen para mí por ser mis criaturas.

No creo que nuestra vida, la de cada cual, responda a un itinerario previsto, a un plan anticipadamente preparado, por nuestros padres, ni mucho menos, por nosotros mismos, al hacernos grandes. Por lo menos, en mi caso particular, tomó rumbos tan insospechados e inesperados que, aún hoy día, me cuesta hacerme a la idea del porqué mi vida tuvo tan curioso desarrollo. Nacido en Asunción, solo porque nadie me consultó sobre el hecho, pasé una niñez descalza —el primer par de zapatos lo tuve a los siete años— en el pueblo de Acahay. Jamás me hubiera imaginado, ni entonces, ni después, que con tiempo recorrería casi todo el mundo; que tendría, entre tantas eventualidades, la oportunidad de estrechar la mano del Emperador Hirohito y su esposa e hijos —los actuales emperadores del Japón—; que sería recibido en los salones reales del Palacio de Buckingham por la Soberana británica; y, arribaría a una entrevista con el Presidente Chang Kai Shek, por espacio de más de una hora. Otro tanto podría decir sobre el hecho de haber formado parte de la Delegación Paraguaya a la Tercera Asamblea General de las Naciones Unidas, (París 1948), apenas salido de la adolescencia, y haber participado en los trabajos de la Tercera Comisión, donde se hizo el estudio formal y final de “La Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Y paremos de contar, porque mis andanzas y sucesos —los más de ellos triviales— han sido muchos y muy variados, y sería de nunca acabar.

Entonces: ¿Por qué la edición de este diminuto libro, ahora y en nuestro país? Las razones son muchas, pero bastarían solo algunas. Ya lo dije antes: son criaturas de un paraguayo ambulando lejos del terruño, y como tales criaturas, mías. Por lo mismo, quiero ir poniéndolas juntas, tal como lo quisiera hacer con mis criaturas de carne y hueso, que en las correrías por el mundo, en muy variados y alejados medios, muy a pesar mío, el destino ha querido que quedaran dispersas; entre Londres, Atenas, México, y Asunción. Otra, lamentablemente, se quedó para siempre en el camino. En San Salvador, generosa tierra centroamericana, quedaron para siempre sus restos, interrumpida su existencia al cabo de pocas horas de nacida. De igual forma mis relatos breves, mínimos, como me gusta llamarlos, quedaron diseminados por varios países; y, de a poco, quiero ir juntándolos también en la quietud de mi final retiro, contando, para ello, con la amistosa disposición de muy buenos amigos que se ocupan de obtener para mí los originales publicados.

Pero, entre todas las razones, nada me impulsó tanto para ésta publicación, como el incitante requerimiento de un entrañable amigo, salvadoreño él, el Doctor Alfredo Martínez Moreno, ex Ministro de Relaciones Exteriores y ex Presidente de la Suprema Corte de Justicia; Internacionalista de nota, vastamente conocido, y a la vez Presidente de la Academia Salvadoreña de la Lengua, Correspondiente de la Española, quien con su encantadora esposa Alicia, cuidan como propia, la tumba que guarda los restos del hijo muerto en San Salvador.

Los relatos de mi extraordinario encuentro con el Poeta Juan Ramón Jiménez, los incluyo en el libro por un motivo muy particular. Alguna vez— he venido a enterarme recientemente—fue dado a luz un pequeño y breve folleto, con cartas intercambiadas entre el Poeta paraguayo Herib Campos Cervera y su tío Don Viriato Díaz Pérez. El primero, favorito Poeta mío; el segundo, nuestro inolvidable Maestro de Literatura en el Colegio Nacional de la Capital. Pues bien: el consagrado Poeta paraguayo tiene, en una de las cartas al viejo Tío, expresiones extraña e injustamente ofensivas para mí, mozalbete al fin, refiriéndose a mi encuentro en el mar con Juan Ramón Jiménez. Hoy día, desaparecidos los tres (el Poeta español, el Poeta paraguayo y el Maestro español, residente éste último hasta su muerte en nuestro país), no me queda otra alternativa que, incluir en éste pequeño libro, algunos de los artículos publicados sobre la notable aventura que me tocó vivir, en un viaje sin escalas, entre las ciudades de Nueva York y Buenos Aires, con Juan Ramón Jiménez, en Barco Carbonero. El folleto en cuestión, cayó tardíamente a mis manos, motivo por el cual no tuve oportunidad alguna para develar con anterioridad toda la tramoya innoble montada artificialmente en contra mía. Cuáles serían las causas tan serias y profundas como para que el laureado Poeta compatriota se sintiera tan molesto —por decir lo menos— por mi largo viaje en la compañía amable de Juan Ramón Jiménez, y se tomara la molestia de llenarme de improperios, las desconozco en absoluto. Ni siquiera en el puro marco de la conjetura asoma una atendible explicación; salvo que el arribo de Juan Ramón, con sus múltiples compromisos y el asedio permanente de los medios y los círculos literarios, le hayan impedido al Poeta compatriota conseguir una entrevista con el ilustre visitante, de acuerdo con presumibles instrucciones del Tío, que en su juventud, muchas décadas atrás, conoció e hizo amistad con Juan Ramón, como consta en los artículos por mi publicados. Por otra parte, vale la pena anotar que no nos conocíamos, ni de cerca ni de lejos, Herib Campos Cervera y yo, lo cual me parece natural considerando nuestras respectivas edades, y su trascendencia de él en el campo literario a nivel nacional y rioplatense. En fin, más me vale extender un velo piadoso sobre el triste episodio protagonizado por el distinguido Poeta compatriota, a quien, lo mismo que en vida, ahora ya desaparecido, rindo el sentimiento de la mayor admiración.

Soy acaso, el único paraguayo vivo, que tuvo la fortuna de conocer y disfrutar, en íntimas pláticas, la compañía del excelso Poeta, Premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez. Si bien este hecho singular en mi vida no llamó mucho la atención de nuestros compatriotas; sí, debo decirlo ahora, me ha servido de mucho para ganar el mejor trato y la más alta consideración de Literatos, y medios calificados de prensa, en otros países de habla hispana, por donde la vida me arrastró a lo largo de varias décadas.

Encomiendo, pues, “Cuentos Contados” a la condescendencia amable de las personas, en cuyas manos caiga este pequeño libro. Reitero: no soy profesional de las letras y por lo tanto las excusas me las otorgo yo mismo. Para quien encontrara, con la lectura de “Cuentos Contados”, momentos de esparcimientos, por mínimos que estos fuesen, adelanto desde ya mis más expresivos agradecimientos.

El Autor - Asunción, Paraguay. Año 2001.

Fuente: CUENTOS CONTADOS. Obras de NUMA ALCIDES MALLOQUÍN. Editorial Cuadernos Republicanos. Tapa y diagramación: FRANCISCO AQUINO. Asunción – Paraguay, Enero 2002 (81 páginas)




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