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TERESA GODOY


  LA GENERACIÓN DISPERSA - VÍCTIMA DEL TERRORISMO DE ESTADO TAMBIÉN EN PARAGUAY - Por TERESA GODOY - Año 2012


LA GENERACIÓN DISPERSA - VÍCTIMA DEL TERRORISMO DE ESTADO TAMBIÉN EN PARAGUAY - Por TERESA GODOY - Año 2012

LA GENERACIÓN DISPERSA

VÍCTIMA DEL TERRORISMO DE ESTADO TAMBIÉN EN PARAGUAY

Por TERESA GODOY

Editorial SERVILIBRO

Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Cuidado editorial: NILA LÓPEZ

Diseño de tapa y diagramación: MARÍA JOSÉ DEL PUERTO

Foto de tapa: TERESA GODOY en Buenos Aires

Asunción – Paraguay

2012 (246 páginas)




LAS VOCES QUE REGRESAN


         "¡Ojalá mi canto despierte

         las almas de mis compañeros muertos!"


         Nezahualcoyod


         ¿Cómo abordar la propia biografía sin asustarse? ¿Cómo apostar a la vida en medio de secuestros, asesinatos, bebés desaparecidos, amigos del alma enterrados en fosas comunes?

         Sonriendo, Teresa Godoy lloró al mismo tiempo y cruzó, valiente, decidida, su historia: una como pocas, que la lanzó a un destino insólito y arriesgado, provisto de informes con rabia por lo que no pudo hacer, pero sin dejar ver ningún deseo de venganza, noblemente, aunque a sabiendas, y se nota, que para ella nada está concluido: su postura revolucionaria, su pasión por modificar las injustas estructuras políticas, siguen en pié.

         Me impacta la forma en que se salvó de la muerte y los valores espirituales que la llevaron a establecer vínculos profundos con sus semejantes.

         Un día, repentinamente, aparecí en su vida. Éramos dos jovencitas que trabajábamos en el Diario la Tribuna -cuando todavía funcionaba sobre la calle 15 de Agosto-. Tere diagramaba mis escritos en las páginas culturales, mirando su diseño y delineando las marcas pertinentes, con la cabeza gacha. Y yo, ponelo así, insertalo acá... La escrutaba...

         Enseguida comenzamos a hablar y cada vez más me sentía sorprendida por su agilidad mental y la originalidad con la que abordaba los temas de nuestras conversaciones, siempre frente a frente, con el escritorio de por medio. Yo intuía que algo había en la luz de su mirada y que su boca ocultaba una tragedia en penumbras.

         No pasó mucho tiempo para que saltara y le dijera: ¡Qué estás haciendo aquí! ¿No te das cuenta de cómo perdés el tiempo? Me miró desconcertada y le dije: Deberías estar aquí mismo, pero redactando artículos periodísticos, con ese rico vocabulario y tu capacidad para ahondar en la condición humana.

         Hablamos con el doctor Oscar Paciello, director del diario, y así empezó Teresa, sin dudas, atrevida en el sentido de "atreverse", su magnífica carrera periodística. No sé quiénes sabían que ella cargaba sobre sus espaldas la amenaza de convertirse en nada.

         Pasaron los años y no la volví a ver, aunque muchas veces la tenía escondidita en mis pensamientos. Hasta que en octubre de este año me llamó y me entregó este libro: La generación dispersa. ¡No lo pude creer! ¡Cómo era posible que ella nunca me hubiera contado todo lo que comenzaba a leer, el testimonio que como un espejo me devolvía lo que ella pasaba en Buenos Aires y yo en Asunción!

         Me alegré: el futuro no sería silencioso. Me sorprendió que hubiera trabajado mano a mano con el famoso Héctor Germán Oesterheld cuyos comics siguen siendo para mí los mejores de este género literario en Latinoamérica. Su nieto, Fernando Carlos Araldi Oesterheld afirma: "No fueron mártires ni héroes que se inmolaron por una utopía, fueron militantes de carne y hueso, asesinados por luchar por una sociedad mucho más justa".

         La voz lúcida encarnada en cada relato, el estilo de Teresa Godoy, sus saberes y su capacidad de investigación, sitúan fechas, revelan datos comprobados utilizando el análisis, la interpretación, la síntesis, la crítica y sus experiencias minuciosamente apuntadas, fruto de una búsqueda a fondo del pasado y del presente, pero cubierta por los finos hilos de una intimidad que acerca al lector a sucesos humanos violentos, controvertidos.

         Había un gran silencio. ¿Cómo veía, cómo sentía sangrar sus heridas? ¿Cuántas realidades y nombres tuvo que negar hasta llegar a esta obra? Tal vez ella quería ignorar o burlar o situar como extraños los motivos de una lucha también consigo misma.

         La singularidad de un conglomerado de hechos donde se juegan cara a cara la vida y la muerte, le confieren a este material la fuerte presencia de una sabiduría natural que busca los tiempos geográficos, personales y sociales. Asume las dificultades de escribir al desnudo sobre situaciones que nunca podrán ser olvidadas.

         Este libro marca la voz de Tere en la concepción de su historia, con una redacción que nos va dirigiendo hacia un relato sobre el que creíamos estaba todo ya contado. Con el arma minuciosa de la verdad, recapitula el teatro de las acciones violentas en la Argentina y en América Latina, la Operación Cóndor, y también instruyendo, tratando de escaparse de los vacíos en una narración en la que es visible la manera en que limó sus escritos partiendo de un estudio que averiguó lo sucedido con sus compañeros de causa: la lucha por la libertad, la justicia, el honor, en Argentina y Paraguay.

         Así ella se suma a una historia nunca acabada de contar, con el aporte de lo que ocurre en este tiempo, con el esfuerzo de aclarar en qué se centra nuestra realidad.

         La obra tiene sus fundamentos ideológicos e intelectuales, con un carácter, un tono y un ritmo que le confieren a la intrahistoria una dirección intensamente reveladora, donde los informes se decantan y hay hipótesis manifestadas en su curiosidad por entender y "fichar" el pasado, el ayer que vuelve, apartada del camino trillado, en una resurrección donde es toda ella, enteramente ella: Eligió vivir con la mirada limpia hacia adelante.


         Nila López





1


HIJA DE LA EMIGRACIÓN


         Corrían los primeros tiempos de 1970.

         Vivía siempre emocionada ante todo lo que sucedía cerca de mí.

         Y pensaba, pensaba en mundos de colores y cielos lejanos que podía explorar, hasta que de manera absolutamente casual me relacioné con un grupo de militantes peronistas argentinos y paraguayos, en los años '70, en la Villa número 21, Barracas, zona sur de Buenos Aires, Argentina.

         Compartimos una experiencia que marcaría nuestras vidas para siempre.

         Éramos idealistas con expectativas de una sociedad justa para todos: ¿Una utopía?

         El sólo intento nos costaría muy caro: una violenta represión se manifestó contra nosotros: detenciones, secuestros, desapariciones, asesinatos y exilios fueron algunas de las duras circunstancias que nos tocó experimentar. Sobrevivir también fue muy difícil y doloroso.

        

         En el 2012, 36 años después de los hechos, comparto mi especial punto de vista sobre nuestra experiencia gracias a sorprendentes circunstancias, para rendir homenaje a mis compañeros y amigos asesinados y desaparecidos.


         Mi familia es parte de ese contingente de miles de familias campesinas paraguayas que desde las primeras décadas del Siglo XIX sufrió la dura experiencia del exilio económico. Paraguay es un país ubicado en el centro de América del Sur, con una población estimada para el año 2012 en más de 6.600.000 habitantes, según la publicación de la Dirección General de Estadística, Encuestas y Censos (DGEEC), cifra que aún sigue siendo afectada por el complejo fenómeno de la emigración.

         Jóvenes paraguayos debían emigrar en busca de trabajo (lo siguen haciendo hoy). Desde que tengo memoria hemos vivido en un constante ir y venir de Paraguay a Argentina. Primero, a Montecarlo, Misiones, y después a Buenos Aires. Hasta que finalmente en mi itinerario se sumaron Asunción - Buenos Aires.

         Las primeras migraciones de paraguayos al exterior se registran durante la revolución de la independencia de 1811. Esta experiencia se acentúa durante los gobiernos de los López (1844 a 1870). Tal corriente migratoria fue debida a causas políticas. Los primeros migrantes paraguayos se trasladaron a la Argentina, específicamente a Buenos Aires, autodenominándose "Legionarios". Ellos pelearon contra el Paraguay en la guerra del '70. La migración es un fenómeno complejo, de causas múltiples y de alcance mundial. La paraguaya no es un fenómeno nuevo y es un problema eminentemente social. Su expansión mayor comenzó en la década del '40 del Siglo XX y tuvo un crecimiento permanente, con causas políticas bien conocidas (guerras civiles y gobiernos dictatoriales). Las corrientes migratorias hacía los países limítrofes, tal como lo demuestra la historia, fueron y son recurrentes.

         En este marco de la dinámica emigración, mi mamá, la joven paraguaya Albina (madre soltera ya de tres hijos) se embaraza de mí en la misionera localidad de Santa Teresita (de ahí mi nombre). Vuelve expresamente al Paraguay para tenerme y regresa a los pocos días a la vecina provincia argentina.

         Mi madre tendría alrededor de 25 años cuando conoce en Misiones a un joven, Andrés Godoy, del cual se enamora. Él, paraguayo también, oriundo de Iturbe, era contratista y capataz de numerosos trabajadores paraguayos (incluyendo a misioneros argentinos) que llegaban en busca de trabajo (mamá estaba en uno de esos grupos) en yerbales, naranjales, plantaciones de tung o té que abundaban en la época en esa zona de la mesopotamia argentina. Inmediatamente establecen una relación sentimental, vienen al Paraguay y se casan.

         En este acto, el esposo de nuestra madre nos reconoce a todos como sus hijos, dándonos así su apellido y protección. Y ella continúa su eterno ir y venir de un país a otro, sumando hijos a los cuatro de soltera que ya tenía hasta llegar a la cantidad de ocho en total.

         He aquí el origen de mi binacionalismo: concebida en un lugar, nacida en otro y criada en las chacras de la tierra colorada, de los tupidos montes interminables y caudalosos arroyos. Tales las imágenes que recuerdo de la querida provincia misionera.

         No pude haber tenido un mejor padre. Fui una hija muy querida, pues a pesar de no serlo biológicamente, él me conoció con meses de vida y me crió con infinita protección. Siempre tenía un regalito para mí y me compraba revistas con historietas infantiles cuando era pequeña y fotonovelas cuando ya fui más grandecita.

         En la primaria era yo una excelente alumna; me encantaba ir a la escuela, la municipal Número 254, ubicada en el centro de la misionera ciudad de Montecarlo, ubicada a varios kilómetros de nuestra casa. Caminábamos en medio de bulliciosa alegría por las rutas de tierra colorada aún sin asfaltar en la época. Mis hermanitos y yo íbamos en compañía de los hijos de parientes o de nuestros vecinos, como los hijos de los paraguayos, los Paniagua, muy amigos de mi familia, o los de los alemanes Krieger, o los Fogel, también muy queridos vecinos, entre otros.

         Mis amistades escolares también incluían a niñas de diferentes nacionalidades: descendientes de paraguayos, misioneros, alemanes y brasileros. Recuerdo a dos alemanas en especial, ambas gorditas. Andábamos muchas veces juntas por el patio de la escuela en los recreos y los compañeritos nos llamaban "sándwiches". Ellas eran rubias (blancas como el pan) y gorditas. ¡Yo era morena y flaquita! Recuerdo especialmente a Norma Bergman, mi mejor amiga de la primaria, hija también de alemanes, con cuya hermana mayor tendría una negativa experiencia.

         Papá era un convencido de que yo debía seguir mis estudios, una vez concluida la primaria. Así llegué a cursar el primer año de la secundaria en Montecarlo. Recuerdo que mi nota más baja allí fue un 6 de 10 puntos en Matemáticas. El hecho significó una gran frustración para mí ya que estaba muy acostumbrada a las notas altas. Nunca había repetido un grado o aplazado en materia alguna. Era muy exigente conmigo misma.

         Este nivel de educación era bastante inusual para niñas de las familias del lugar, pues la mayoría de las hijas de los trabajadores campesinos eran preparadas para las tareas del hogar o del campo y no para el estudio. Algunos de mis contemporáneos ni llegaban a terminar la escuela primaria o eran repitentes.

         Recuerdo que papá me traía ancianos profesores de alemán a nuestra humilde casa con pisos y paredes de madera y escaleras de piedra. Siempre me pregunté qué jerarca nazi habrá sido el viejito que venía cada tarde a enseñarme la lengua de la mayoría de los vecinos germanos; como sabemos. Numerosos alemanes se afincaron en esa zona de la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial y en varios otros países latinoamericanos. Nosotros vivíamos en medio de ellos, de los misioneros originarios y la colonia paraguaya.

         Un día mi padre se sintió muy orgulloso de mí porque nos había comprado una bicicleta, usada ¡por supuesto! Nos llevó al potrero cercano a nuestra casa y ya en el primer empujón fui manejándola solita ¡sin caerme! Mi papá me aplaudía a rabiar. Mis logros eran la alegría de mi familia.

         Era una hija sobreprotegida. Esta situación generaba envidia entre los familiares de mi padre, pues mimaba tanto a una niña que biológicamente no era suya. Además, en varias ocasiones yo evidenciaba un carácter de real hija malcriada, pues hacía más de un berrinche y corría a mis primitas cuando éstas intentaban tocar mis cosas. Mi padre siguió criándome así, con cariño y protección.

         Sin embargo, pronto llegó a su fin esta vida plena de contención familiar, de alegría, transitando ya la juventud, que parecía marcada para vivir las cosas propias de la edad, estudiando y anhelando días plenos de expectativas positivas.

         Todo cambió para mí un día de 1969. Tenía 15 años. Mis padres me enviaron a Buenos Aires con una familia de descendientes de alemanes (Los Bergman), para seguir estudiando con una hija del matrimonio, que tenía alrededor de 10 u 11 años.

         ¡Qué tristeza! Vinieron en una camioneta a buscarme y ya estando en marcha miré mi casa por última vez y lloré profundamente angustiada. Nadie me preguntó si quería irme. Mi padre aceptó el ofrecimiento deseando que yo tuviera estudios superiores. Allí todo empezó a cambiar en mi vida.

         La familia en cuestión (la señora, hermana de Norma Bergman, mi mejor amiga de la escuela primaria) me quiso convertir en su empleada doméstica en un departamento alquilado de Buenos Aires.

         Nunca me enviaron al colegio y yo poco y nada sabía hacer de las tareas domésticas. Recibí muchos retos durante los primeros meses en Buenos Aires, por tareas domésticas supuestamente mal realizadas. Me calificaban de inútil, de desatenta ("dónde tenés la cabeza", "no servís para nada"). También me decían "negrita inútil" y otros calificativos denigrantes. La nena de la casa resultó ser mucho más insoportable que yo cuando vivía en mi casa misionera. La impotencia me llevaba a mi piecita a llorar amargamente.

         Hasta que... nunca olvido que me ordenaron hacer un guiso de arroz. El plato, evidentemente, me salió un asco. La señora se enojó muchísimo y una vez más fui víctima de innumerables calificativos peyorativos. Claro, primero lloré. Pero enseguida me sequé las lágrimas y en un primer acto de verdadera rebeldía en mi vida terminé tirando la cacerola al piso. El desabrido guisado manchó paredes y piso. La malhumorada señora abrió enormes los ojos y ¡no podía creer cómo esta "negrita inútil" era capaz de semejante acción!

         Con una bolsita de plástico en la mano en la que puse mis escasas pertenencias, abandoné a esa familia y me fui a la casa de una amiga: en Muñecas 1386, Capital Federal, dirección que figura en mi Documento Nacional de Identidad (DNI) original, que fue expedido en el momento de mi nacionalización en 1973 (Naturalizada argentina el 26 de febrero de 1973 mediante Certificado de ciudadanía del Juzgado Nacional de la Instancia en lo Civil y Comercial Federal N° 2, Capital Federal, a cargo del Dr. Eduardo Craviotto, que tengo en mi poder).

         Recuerdo que mi amiga se llamaba Cecilia y ella y su familia merecen unas líneas especiales de agradecimiento por haberme abierto las puertas de su casa para brindarme apoyo en un momento de total desprotección y soledad en la capital argentina. Empecé a realizar tareas varias. Pagaba mi estadía con ellos, ayudaba a la mamá de la casa que me enseñaba con ternura las tareas del hogar. Fui niñera un tiempo, entre otras actividades que me enseñaban con afecto y yo las aprendía con empeño y mucho gusto. Me permitieron ir a un colegio nocturno de las cercanías a estudiar Secretaría Ejecutiva y Francés. Y más tarde, Dactilografía en la Pitman (pinceladas de mi destino se iban dando, evidentemente).

         A los pocos años, se instalaron en el sur del país, lugar al que incluso me fui con ellos por unos meses.

         Así las cosas, mi vida reorganizada, empezaba a mejorar en el trabajo. Entré a una fábrica que producía envases para medicamentos. Era muy eficiente y cuando se enteraron de mis habilidades para la oficina me ascendieron: salí del área de producción de los envases y me trasladaron a la oficina.

         Era una joven satisfecha con lo que iba logrando. Me vestía a la moda (largas polleras que se usaban entonces con minishorts y botas, los famosos "hot pant"). Me gustaba leer las revistas de moda, incluso tenía cuadernos en los que escribía sobre temas varios y los usaba como diarios igual que otras jovencitas. Recuerdo que en uno de esos diarios escribía notitas a Sandro (sí, el cantante popular argentino) de quien de jovencita (y varios años antes de la militancia) me había enamorado platónicamente y le escribía cartitas de amor, por ejemplo). Pero todo esto no evitaba que siguiera muy triste por la separación de mi familia.

         De manera casual, un día me fui a la Villa 21, ubicada en Barracas, (zona Sur de Buenos Aires) en busca de una carta que me enviaba mi madre desde el Paraguay, donde se habían mudado por corto tiempo, tras mi partida a Buenos Aires.

         En los años '70 el lugar era conocido como "La villa de los paraguayos". Ahí se instalaban la mayoría de las familias que emigraban, ya que queda en zona céntrica y a media hora de la terminal de ómnibus de Retiro, uno de los lugares de llegada a la capital porteña.

         Fue un gran susto para mí llegar a semejante lugar: No conocía lo que era una villa miseria. Conocía la pobreza, sí. Pero la miseria no. Como señalé, vivíamos en medio de gente trabajadora, sí, pero en prósperas chacras, con casas de madera, clásicas viviendas misioneras.

         En Montecarlo, mi madre manejaba un gran criadero de cerdos para el dueño de la chacra que habitábamos, la familia del alemán Cole. Mientras, nuestro padre seguía con su trabajo de contratista y capataz de la cooperativa del pueblo. Y en nuestra casa y alrededores abundaban las frutas, las verduras, los animales domésticos: gran cantidad de gallinas, muchísimos conejos y cerdos también nuestros, además de los que mamá criaba para el patrón, claro.

         Al llegar a la Villa 21, desde una altura observé las viviendas hacinadas, de chapa o cartón o madera. Me asustó y me sorprendió que existieran lugares así habitados por personas.

         Tras superar el miedo y recoger la carta, me alejé rápidamente de allí. Desprecié el lugar. Durante muchos meses nunca volví hasta que un día mis padres me informaron que estaban viviendo justamente allí con todos mis hermanos.

         El hecho de que mi familia viviera en un lugar así, para mí, era una vergüenza total. Me acerqué para influenciar a mis padres, para convencerlos de comprar un terreno y que se mudaran inmediatamente de allí. Pero...

         Al poco tiempo, mi madre se convirtió en gran adherente de un movimiento político, el peronismo, integrado por jóvenes que iban y venían por toda la villa. Eran sumamente activos. Andaban de un lado a otro dando asistencia médica, provisión de agua potable, energía eléctrica, ladrillos, cables para el tendido eléctrico, entre otras varias acciones tendientes a mejorar la calidad de vida de familias paraguayas y argentinas, además de otras nacionalidades, aplastadas por la miseria del lugar. Y ella, mi madre, estaba muy empeñada en presentarme a sus amigos peronistas.

         Yo sentía un rechazo total a la realidad que estaba viviendo mi familia. Había logrado muchos avances en mi vida de joven con grandes expectativas. Vivía un profundo desclasamiento. Despreciaba todo lo que se vinculaba con la vida en una villa miseria. No era el nivel que quería para mí, ni' para mis hermanos.

         Sin embargo, mi madre, de fuerte carácter, impondría su voluntad. Fue quien me presentó al grupo que tenía como responsable política a una joven argentina, hermosa y carismática, llamada Dina.

         Esta presentación fue gradual, primero a unos, luego a otros y tras muchísima insistencia de mi mamá. Es que ella también, estaba muy orgullosa de mí y quería mostrar a su hija a tan amables, activos y hermosos jóvenes, psicólogos, médicos, sociólogos, odontólogos, entre otras especialidades, que desarrollaban intensas tareas en toda la zona. Así, los fui conociendo. Yo vivía fuera de la Villa, pero volvía una y otra vez sobre mis pasos a ver a mis hermanos, todos menores que yo, hacia quienes siempre tuve un amor inmenso.

         En concreto, yo estaba en la pavada total. Sin conciencia social, con un alto sentimiento individualista. No quería saber nada de villas, inquilinatos, ni de estudiantes secundarios, universitarios o médicos, o psicólogos revolucionarios o de solidaridad social. No quería involucrarme en nada.

         Como queda claro, no tenía absolutamente ninguna conexión con la política y la militancia en el momento en que conocí a Dina y a sus compañeros militantes peronistas. No me interesaba en lo más mínimo. Nada sabía y de partidos o movimientos políticos o militancias.

         Todavía los ensueños gobernaban mi vida.




2


MI INCORPORACIÓN A LA UTOPÍA


         Andábamos de un lado a otro, yendo y viniendo, hablando, sonriendo... Siempre en medio de gran algarabía.



         En su calidad de responsable del grupo, Dina me prestaba especial atención. Fue naciendo entre nosotras una gran relación, como con otros miembros del grupo, que se consolidaría y se mantendría a través del tiempo. Dina fue conquistando mi confianza por su profundo sentido de la amistad, mutua simpatía y la solidaridad que fue demostrando en la práctica concreta de la vida durante los años que compartimos. Éstos fueron pocos, pero muy intensos.

         Nuestra relación de afecto creció en las largas charlas que fuimos teniendo en diversas circunstancias y lugares. Compartiendo un café, sentadas en el banco de una plaza (por ejemplo en algunos de las que están en la Avda. Vélez Sársfiel e Iriarte, en los alrededores de la Iglesia Sagrado Corazón). Nuestras ruedas de mate con otros compañeros en la Villa 21 de Barracas, eran larguísimas y reiteradas. Compartíamos nuestros ideales en inquilinatos o en elegantes casas particulares, o en departamentos de edificios de primerísimo nivel de algunos de los compañeros, durante la realización de tareas reivindicativas y políticas concretas.

         Dina y sus compañeros peronistas. Eran en su gran mayoría jóvenes, lindos, estudiantes o profesionales. Según mi madre, hoy en el 2012 con 84 años, testigo fiel de los hechos que iré relatando, no fue Dina su primera relación con los militantes. Fue Adriana (sicóloga, si mal no recuerdo, casada con Tito, "el boga", abogado, también militante) que desde la Agrupación Evita, la convirtió en fiel y activa adherente a ella y a otras vecinas.

         Según mi mamá, compartió muchas cosas con Adriana, incluyendo lo personal. Ya en el 2012 confirmé que ella y su esposo Tito fueron padrinos de mi sobrino Andrés Marcelo, hijo mayor de mi hermano Marcelino. Hay una foto de ese día que atesoro en uno de mis queridos álbumes familiares. Mamá tiene gratísimos recuerdos de Adriana, incluyendo una fuente amarilla que le regalara en uno de sus cumpleaños y que también guarda amorosamente hasta hoy.

         Mi madre y las señoras del barrio compartían tareas sociales continuamente. En un gran galpón del lugar, organizaban fiestas por el día del niño, de la madre y festivales culturales (bailes, actuación de artistas folclóricos, títeres para niños, etc., rifas para la construcción de la "unidad básica (el PC)", o compra de cables para la instalación eléctrica u otros elementos básicos para la provisión de agua.

         Así, en muy poco tiempo, la casita que habitaba mi familia se convirtió en un punto seguro de encuentro de los jóvenes militantes y de las numerosas personas y familias convertidas en adherentes políticos de aquéllos. En circunstancias de esa naturaleza fui siendo presentada a los mismos. Por supuesto, Adriana no estaba sola, era parte de un gran grupo: Jorge (abogado), María Elena (creo que sicóloga también), Lidia, en pareja con El Francés, Adriana y su pareja Tito (El Boga), Liliana y Manolo, Papón, y entre ellos estaba Dina, claro. Nos conocíamos así, con estos nombres. Y eran, evidentemente, los que tenían la zona a su cargo. Eran muchos más. No me cuestionaba si eran los nombres reales de cada uno de ellos. Yo, por ejemplo, era Graciela, cuando íbamos a otros lugares.

         No recuerdo las primeras acciones como militante que tuve con Dina y los compañeros. Ella era, físicamente, alta, flaca, muy linda. Era una persona cálida y lo demostraba con su carácter, su semblante alegre, movimientos y hablar pausados, argumentos sólidos. Era muy segura de sí misma, muy tierna, lo que hacía que todos los que la conocían enseguida la quisieran, incluyéndome yo. Con estas actitudes ella me convertiría en una persona que encara la amistad como uno de los valores fundamentales de la vida. Entiendo que estas características la acercaron fácilmente a los habitantes de todos los lugares donde llegara, incluso, claro, en la Villa 21 de la zona sur de la capital porteña.

         En un momento dado, para ella empezó de manera práctica su tarea de concientización conmigo. Compartíamos larguísimas charlas y con mucha alegría desarrollábamos tareas reivindicativas y políticas, por supuesto, con todo el grupo de militantes. Una de las primeras actividades fue la formación de una Comisión Vecinal, organización de base que nos permitió trabajar con los vecinos para mejorar las instalaciones eléctricas o reconectarlas cuando se cortaban, también las instalaciones para la provisión de agua potable, para asfaltar algunas callejuelas del barrio y supervisar las atenciones médicas que se brindaban gratuitamente. Por otra parte, atendíamos la distribución de ladrillos, cal o cemento y varias tareas similares.

         Otra de las grandes actividades que ejecutamos en la zona fue la coordinación para la documentación legal (radicación definitiva) de miles y miles de paraguayos y no sólo de esa zona sino de muchas otras. Muchas personas, enteradas de nuestra gestión, llegaban del Paraguay exclusivamente para la obtención del Documento Nacional de Identidad (DNI).

         Formábamos largas caravanas de personas, uno o dos días a la semana y con previas gestiones de Entradas al País y Partidas de Nacimiento. Los acompañábamos transportándolos en colectivos hasta la Dirección Nacional de Migraciones (DNM). La indocumentación era uno de los graves problemas que afectaban a estos inmigrantes y nosotros atendimos esta situación.

         Casi 36 años después me enteraría de que este proyecto nació entre 1972 y 1973 "a través de Consultorías Jurídicas Gratuitas de la Facultad de Derecho. Constituí la Consultoría de Parque Patricios en la Unidad Básica de Cortejarena e Iguazú, desde donde organizamos la campaña masiva de documentación", me comentó un ex compañero de entonces.

         Este mismo compañero reencontrado me comentaría también que en una reunión de "ámbito" (palabra muy usada en la jerga de la militancia de entonces, y que significaba reunión de gente de un mismo nivel de compromiso), al analizarse el sistema y la marcha de la ejecución del proyecto de documentación, Dina, nuestra responsable, dijo: "En lugar de trasladar compañeros indocumentados a Migraciones, tenemos que lograr que vengan a la Villa los funcionarios". "Hoy, después de treinta años de democracia con nueve años de Kirchnerismo, esto lo puede decir cualquiera, pero en el 73, tal propuesta era francamente subversiva".

         Muchas personas beneficiadas con nuestra gestión aún viven y me han mostrado orgullosos en más de una ocasión "el documento que tus compañeros peronistas y vos me sacaron". Aún hoy me lo siguen diciendo en cualquier encuentro casual, a pesar del tiempo transcurrido. No nos olvidaron a pesar de que su situación de pobreza sigue siendo la misma, en muchos casos. Pero este es otro tema.

         Dina y sus compañeros peronistas y militantes, al explicarme el significado de estas tareas, me transformaron. Del desprecio inicial que yo sentía por la miseria me hicieron ver que esta tristísima realidad era producto de la aplicación de una política económica determinada, de la distribución injusta de la riqueza, y de que la solución debía venir como acción del conjunto de la sociedad. Entendí y asumí que para mi familia yo debía perseguir tal objetivo y no el individualismo, o la solución particular sacando de allí únicamente a mi familia. Al contrario, debía sumarme a la lucha para un aporte positivo, para un cambio radical de tan triste realidad.

         Me dediqué de lleno a la militancia. Nuestra popularidad era muy alta. Estaba feliz. Me instalé en la pequeña casa de mis padres en una piecita, y actué desde allí. Acepté ser parte de la directiva de la Comisión Vecinal, como secretaria. El presidente era Teodoro Urunaga Martínez, acompañado de Ricardo Gamarra Ortiz (Ricardito, para todos, ambos paraguayos) y otros compañeros (militantes de la Juventud Peronista de la zona sur de Buenos Aires) que también vinieron a vivir allí, como Oscarcito Salazar y su compañera Mary.

         Conociendo mis habilidades para el trabajo, al poco tiempo Dina me presentó a un señor para que fuera su asistente. Se llamaba Héctor Germán Oesterheld. No tenía la más mínima idea de quién era este señor, sólo comprendí que era escritor, que hacía guiones de historietas. En mi nuevo rol empezaría a poner en práctica mi velocidad como dactilógrafa, ya que una de las funciones sería transcribir los guiones de historietas que mi jefe escribía.

         En esos tiempos también ya desarrollaba con mis compañeros algunas acciones políticas de relevancia, que buscaban "molestar" al "enemigo". Ya entendía que teníamos enemigos. Éstas pueden ser consideradas como mis primeras gestiones políticas como militante peronista. Hacíamos alegres pintadas (convertidas después en riesgosas acciones), distribuíamos panfletos, cortábamos avenidas y calles importantes con clavos "miguelitos" para que las ruedas de los autos "pincharan". El objetivo era llamar la atención, sea como sea.

         También en esos tiempos, se sumó a nuestro grupo un joven compañero de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), Papón, quien se convertiría en uno de los grandes amores de mi vida. Y hablando de afectos, debo señalar que también fui muy amiga de Adriana y su madre, la señora Ofelia, con la que llegué a compartir muchas conversaciones que me sirvieron de apoyo a lo largo de mi vida.

         Asimismo, tuve muy buenas amistades con personas mayores que yo, como Ofelia o Héctor Oesterheld, de quienes aprendí mucho y me ayudaron (por los valores humanos que me brindaron) a sostener mi soledad en varios momentos de mi vida en el exilio. Pero esto pasaría mucho más adelante. Aún hoy la recuerdo a la señora Ofelia, también con especial cariño, igual que a otros, como Doris, Yiyi, Celia, don Silvero (el verdulero), entre otros numerosos luchadores políticos de la Villa 21. Es que entre nosotros no existía discriminación de ningún tipo. Compartíamos un ideal. Eso nos unía. Militábamos en medio de gran camaradería. La relación se profundizó en algunos casos y en otros no, como es normal en toda relación en grupos humanos.

         Mi imagen externa era también reflejo del cambio que se iba produciendo en mí, en cuanto a concepto de vida. Hacía rato había dejado las largas polleras y botas, los mini shorts. El atuendo cotidiano pasó a ser un vaquero acompañado de una remera. Dina lucía siempre viejos vaqueros desteñidos, repetidas blusitas sueltas y cortas y zapatos bajos. Teníamos la clásica imagen de las militantes, el vaquero, la remerita, los bolsos (indígenas o étnicos) grandes, aunque yo siempre completaría mi atuendo con un alto sueco, para contrarrestar mi poca estatura. Claro, seguía siendo muy coqueta.

         Ya tenía una identidad de clase asumida, me sentía parte de una realidad que había que cambiar. No podía pedir nada más a la vida. Tenía un trabajo maravilloso siendo asistente de un jefe que me hacía vivir aventuras tras aventuras, mientras transcribía sus guiones... Y también allí había llegado el amor... Además tenía a mi lado a muchos compañeros que se iban convirtiendo en alegres amigos y a una gran amiga, Dina. Solamente Dina. No había necesidad de conocer su apellido, ni los de todos los otros compañeros con los que vivíamos la ilusión de lograr un cambio social radical, una utopía que nos costaría muy cara, y nos marcaría para siempre.

         En la vida de mi amiga Dina, ¡también había llegado el amor!









INDICE


Dedicatoria

Presentación

1 Hija de la emigración

2 Mi incorporación a la utopía

3 Militantes, sí. ¡Pero femeninas también!

4 La fascinante aventura de trabajar con un gran ser humano

5 Intensa gestión y el inicio del terror

6 La amistad y el amor amenazados por la violencia

7 La violencia llegó a nuestras vidas y comenzó la Generación Dispersa

8 ¡Nunca los olvidé!

9 "Hormiguita viajera": el amor, a pesar de todo

10 La soledad, la reinserción social y sus costos

11 Meditaciones

12 El miedo no llegó a vencerme

13 Libertad condicionada a los informes

14 ¿La fama como protección? Sí, ¡pero incluido el calabozo!

15 Añoranzas

16 ¡Reencuentros más que maravillosos!

17 Compañeros de ayer... Amigos de hoy

18 POR UN REENCUENTRO MAS QUE MARAVILLOSO

 

 

 

 

 

 

 

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LA GENERACIÓN DISPERSA

VÍCTIMA DEL TERRORISMO DE ESTADO TAMBIÉN EN PARAGUAY

Por TERESA GODOY

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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