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DELFINA ACOSTA


  TODAS LAS VOCES, MUJER…, 1986 - Poemario de DELFINA ACOSTA


TODAS LAS VOCES, MUJER…, 1986 - Poemario de DELFINA ACOSTA

TODAS LAS VOCES, MUJER..., 1986

Poemario de DELFINA ACOSTA

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Ediciones Taller, 1986.

a mi hijo



Enlace al ÍNDICE del poemario TODAS LAS VOCES, MUJER... (Enlace externo) en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


** Máscara de neurastenia / Evolución / Marginamiento / Estalactítico /Fiesta / Premeditación / Cianuro / Límite / Fichero / Agenda / Nueve horas / Hechizo / Argucias femeninas / Posdata / Rehabilitación / Las otras / Trilogía / Magia / Precaución / Gesto / Química del rechazo / Poeta de altillo / Ojos / Coraje / Tiempo / De mi mano / Muelle / Ceniza / Electra duda / Las cuatro lunas / Enredadera / Grito / Exactitud / Dogo / Momento / Fuga / Petición / Riesgos del arte / Salitre / Análisis del rayo / Conclusiones / Píldoras / Resoluta Marta Lynch / Nacimiento / Té.

 

 

 

 

MÁSCARA DE NEURASTENIA


Terrible oficio disponer de modo

     

correcto la tristeza que me quema.

     

Podría haber escrito que sostengo

     

gigante frustración con estos párpados,

     

y sin embargo digo que me aflige

 

   

el óxido febril de la acrotera,

     

que muerta de vergüenza pido sombra

     

en tanto desabrocho mis corpiños

     

y digo sin embargo que mi cuerpo

     

es lámpara incesante de deseo.

 

   

Podría haber escrito que esta airosa

     

premonición de muerte prematura,

     

 

es sólo neurastenia, pero insisto

     

cerrar los versos en su propia ley

     

e invento un mar y la debida pena.

 

   
 



 



EVOLUCIÓN


Curioso ser de traje claro oscuro:

     

levantas rascacielos y planeas

     

tender un puente desde cierto límite

     

de luces hasta alguno de penumbras;

     

ajustas entretanto la aritmética

 

   

de incomprensible yeso sobre mármol

     

que el mundo en una plaza va a aplaudir

     

a la señal unísona de flashes,

     

y apuras tus almuerzos enlatados

     

con píldoras de flúor y titanio

 

   

amando bajo agenda rigurosa.

     

(Tus hijos se postergan en el fresco.)

     

 

Ahora intentas evadir la saña

     

de la creciente selva de cemento,

     

huyendo los domingos al zoológico.

 

   

No olvides dar rosetas a los monos.

     
 



 



MARGINAMIENTO


En fin, me pasa por andar de pálida

     

y por mi mala educación de hablar

     

de sangre soterrada y trino obscuro

     

con gente tan decente y sonrosada.

     

(Si lo correcto exige ponderar

 

   

el máximo centígrado del día

     

y disponer la voz a más asombros

     

previstos en tertulias de mujeres)

     

Me pasa por llevar a donde vaya

     

un extravío antiguo de relojes

 

   

y por dejar caer del gesto mío

     

fosilizados dientes de jazmines.

     


 

Los hombres ya se cuidan de mi lengua.

     

-Que tiene el virus -corre la señal;

     

y es improbable expectorar con suerte

 

   

el cúmulo de líquenes del pecho.

     
 



 



ESTALACTÍTICO


Y cómo cuesta no ponerme triste

     

en esta tarde abierta al viento norte,

     

no replegar mis alas y sumirme

     

en las suaves olas de mi lecho.

     

Entonces, ya acostada, hacer memoria

 

   

de algún afortunado parpadeo,

     

mi calculada prohibición, mi airosa

     

tristeza alimentada con argento.

     

Y cómo cuesta no volver el rostro

     

en dirección al fresco de violetas,

 

   

y preguntarme en dónde he malogrado

     

los últimos temblores de mi sangre.

     


 

Hubiera sido justo que en la hora

     

exacta del hechizo, cuando terso

     

aún tenía el rostro que tú amabas,

 

   

me hubiera vuelto yeso en la intemperie.

     
 



 



FIESTA


De golpe una vigilia la aparta de mi lado

     

y un azul la devuelve con su luz recobrada.

     

¿De dónde vino?

     

¿Cuándo he dejado las puertas entreabiertas

     

que la tengo de pronto en mis faldas sentada?

 

   

¡Y es que se anticipa en cada fiesta ella!

     

Flameante, resuelta,

     

me anima desde el fondo del ropero, desnuda:

     

pruébate el celeste,

     

pruébate el rosado,

 

   

el de antriscos ardientes cruzándole las palmas,

     

y hay en su mirada, en su boca pequeña,

     

 

el acecho constante de un lagarto en las sombras.

     

¡Y es que se abandona a baratijas, ella!

     

¡Qué escándalo incesante de anillos y collares

 

   

cuando avanza vidente, en las sombras, su mano!

     

Pero luego me cerca,

     

pero luego se atreve a agitar mi abanico,

     

a fingir un revuelo, un pudor todo chispas,

     

si en mi escote entreabierto

 

   

caben tanto atavío,

     

tanta hiena aferrada.

     

¡Dios, el secreto reniego de vivir siempre juntas!

     
 



 



PREMEDITACIÓN

 


Supongo que fue inmensa

     

la tarde nuestra aquélla:

     

el pájaro lavándose con aire

     

y el rápido aleteo de azúcar a la brasa

     

que el viento se aferraba herido de fragancia.

 

   

Después, la mente abierta

     

y el grillo en el aljibe,

     

el sol en la pilastra y el gato sigiloso.

     

Ay, tarde de setiembre

     

abierta al viento norte,

 

   

y aquel lenguaje nuestro que en fiesta se volvía.

     

Ay, poses de pudor

     

 

ya en franca obscuridad,

     

aún me causa gracia

     

mi voz premeditada:

 

   

¡te digo que no mires!

     
 



 



CIANURO


Aquí, debajo de esta cruz descansa,

     

digo,

     

una niña que ¡oh rara bobería!

     

a la muerte tomó de sus cuernos helados

     

y embistiéndola abrió

 

   

su quijada terrible,

     

y quedose de añil,

     

luego azul, azulísima.

     

¿No imaginas, por cierto,

     

el espanto de abajo?

 

   

Tómame de la mano,

     

yo presiento de golpe

     

 

que este aroma vivaz que despiden sus dalias,

     

y a mi blusa de azache

     

firmemente se aprieta,

 

   

es el último logro de su cuerpo en remojo.

     

¿No imaginas, por fin,

     

la familia de vermes,

     

dándole de cosquillas a su pecho dormido?

     

¡Dios, no nos exime la pena de la náusea!

 

   
 


 



LÍMITE


Paisaje de temblor: no son higueras

     

ni cerros enfilados los que trazo

     

en el cristal en polvo del espejo.

     

Yo sueño con un mar que todo obrizo

     

marea tras marea, llega ardiendo

 

   

al límite entornado de los ojos,

     

y un ave de amarillo -no el canario-,

     

su vértigo de millas reposando

     

encima de curiosos obeliscos.

     

Yo sueño, puesto el mar, con una esquina

 

   

pintada en sus orillas y el feliz

     

tropiezo que nos junte en dicho vértice.

     


 

Amado, te imaginas cuánto ocaso

     

vendrá a curar su frío en nuestra sangre.

     
 

 



FICHERO


Tomarte de las manos, eso quiero,

     

a flor de argón y trino, y preguntarte

     

si pesa tanta novedad de hallarse

     

difunto bajo ficha de cristiano;

     

tomarte de las manos y enseñarte

 

   

el nuevo poderío de mis gafas

     

-¿no es muy difícil sustraerse al cerco

     

de mi sollozo en cuentas, que te duermes?-.

     

Amigo, date cuenta de una vez,

     

tan cerca estoy de ti, que tú podrías

 

   

llegar hasta mis labios y entregarme

     

un mar voluptuoso de detritus.

     


 

Ya nadie nos observa. Ya partieron

     

las aves últimas al sur, y haciendo

     

saludos con tu estola, se apodera

 

   

un soplo sexual del camposanto.

     
 



 



AGENDA


Comprar camisas rojas y corpiños,

     

mi agenda reza en fecha de diciembre,

     

y más y más proyectos; fumigar

     

el corazón, en suma, para enero.

     

¿Y en dónde está, por fin, la novedad?

 

   

¿Se han muerto los amantes? Ah... mi sexo

     

es una inmensa aldaba toda oídos

     

de un caserón cayéndose de solo.

     

Silencio de banquillos en la plaza,

     

tan sólo las palomas en arrullo,

 

   

y sin embargo cuánta multitud

     

de soledad urgiendo por mis ojos.

     


 

Sospecho que hay un Dios, y lo maldigo;

     

es bueno entrar en cólera: me animo;

     

no obstante, yerro el tiro de la piedra

 

   

y no se rompe el círculo de pájaros.

     
 



 



NUEVE HORAS


Violenta mascarilla que ya es tarde

     

y ordena estricto horario la función.

     

Repaso el verso: casi no he venido,

     

limpiar los camafeos lleva empeño.

     

Que no me tiemble el cuerpo, que mi voz

 

   

no vaya a denunciar ningún tumulto

     

de pájaros vidriosos en mi sangre,

     

trinando por hacerte alegre ronda.

     

Lo negaría, es cierto, yo no fui,

     

-¿autillos, dices?-, rara coincidencia,

 

   

y sin embargo sé que perdería,

     

si son mis ojos grandes de asustados.

     


 

Repaso el verso: casi no he venido,

     

y es claro una vez más que ya no vienes.

     

Paciente manecilla de reloj:

 

   

¿por qué has doblado el ángulo perfecto?

     
 

 



HECHIZO


En apariencia soy vacío aljibe,

     

empuja más adentro y hallarás

     

un circo nunca visto: trapecistas

     

haciendo nuevos números sin redes.

     

Es más; cerrada puerta en apariencia,

 

   

y sin embargo escucha cuánto viento

     

de mi coraje haciéndole discordia,

     

y cuánta olada abriendo mis sostenes.

     

Es cierto que nací de rara madre:

     

pequeño caracol de río en vainas,

 

   

¡y no sabría acomodarme en tierra

     

lo mismo que en el agua cuando muera!

     


 

Ahora bien, mi magia me consume,

     

al tiempo que la voy perdiendo en fuego,

     

entonces di, terrestre, la palabra,

 

   

y absorberá mi pecho luz rosada.

     
 



 



ARGUCIAS FEMENINAS


Aún me queda un número en los guantes:

     

un hijo de ojos grandes, plasma cálido

     

y ombligo medicado con yoduro

     

que pariré en un marco de anestesia.

     

Su llanto habrá de ser tu media vuelta

 

   

después de haber dispuesto que te vas,

     

que ya te fuiste, y por aquel gemido

     

darás de nuevo con mis senos firmes.

     

A donde vayas llevarás su olor

     

y la visión compleja de su feria:

 

   

canarios de aluminio y marionetas

     

ahogándose en bañera soleada.

     


 

Imprevisible giro de coraje.

     

Ranura de tableta violentada

     

en pos del comprimido veintiuno.

 

   

Un trago de agua sella mi carácter.

     
 

 



POSDATA

a mi madre




Y cuando esté dormida, ya lo sabes:

     

empieza a abrir al norte las ventanas,

     

conoces el terrible cosquilleo

     

que un díptero en los párpados supone.

     

Y vísteme de hermosa, blusa verde,

 

   

sostenes firmes, prendedor de luces,

     

y pinta mis mejillas de azabache,

     

que así me siente excepcional la muerte.

     

Miedosa apenas, bajaré a suburbios

     

del Bosco: no te atrevas a llamarme,

 

   

ni vayas a aguardarme en la intemperie.

     

Ya no podrás echarme el brazo al cuello.

     


 

¿Mi madre? Déjala exaltar subida

     

a palco improvisado, biografía

     

y sino de mis años. Ah... gloriosos

 

   

los muertos que anteceden a sus madres.

     
 



 



REHABILITACIÓN


Y si de tanto hacerme la promesa

     

de que mañana voy a mejorar

     

finalizara mejorando en serio,

     

y sin embargo me sobreviniera

     

que ya no pueda más batir mis alas

 

   

y deba resignarme a andar a pie,

     

cargando densas plumas e intentando

     

llevar compás con otros transeúntes,

     

o no consiga asimilar la azul

     

esencia mineral por mis raíces,

 

   

y el hambre se me vaya en consumir

     

rosquillas de embalaje azucarado;

     

 

y lo que es más, si sometiera el viento

     

de mi fogosa veleidad al hábito

     

de la fidelidad, y tú, buen hombre,

 

   

dejaras desde entonces de quererme.

     
 



 



LAS OTRAS


Y desear de pronto ser aquella

     

que en corro de mujeres sonrosadas,

     

alegre va tejiendo invernaderos

     

-al ruiseñor le sienta chic el rojo-,

     

o la mujer vestida de celeste

 

   

con aros como lunas encendidas

     

alardeando párpados fatales,

     

-sus ojos resplandecen candilejas-.

     

Gozando anticipada libertad,

     

votar por la silueta del recinto

 

   

de berros y legumbres que desplaza

     

un humus saludable en su pollera.

     


 

Después la antigua historia. Sopesar

     

la florecida bolsa de detritus

     

colgando de mi pecho a la intemperie

 

   

y amarme ciegamente, qué remedio.

     
 



 



TRILOGÍA


Anoche estuvo oyendo el jazminero

     

las cosas que al oído le decía

     

un hombre a una mujer; el hombre a veces

     

llevaba hasta la boca el aromático

     

terrón desencajado, y era todo

 

   

idéntico a otras noches de sereno:

     

el miedo y la insistencia en contrapeso,

     

y el gato recorriendo el cobertizo.

     

Yo ahora me pregunto, cuál del par,

     

cristiano o jazminero fue culpable;

 

   

acaso aquel primero por decir

     

que el fresco estaba a punto para amar;

     

 

o el otro, el de los gajos tortuosos,

     

prestándole razón con su fragancia.

     
 



 



MAGIA


Un hombre lleva una mujer al río,

     

los últimos remeros ya se fueron

     

y un pájaro amarillo el agua embiste

     

quebrando el sol en oro circular.

     

Y todo se repite, el intermedio

 

   

durante el cual detalla, el brazo en alto

     

las crónicas de ahogados mientras ella

     

arrima a sus oídos caracoles.

     

Descerrajado caracol, el pecho.

     

Se van perdiendo azules, se han perdido

 

   

en ese sueño de soñar que llegan

     

mecidos por el agua a la otra orilla.

     


 

Resuelto pez. Abrazo. Escalofríos.

     

El círculo de magia fue cerrado.

     

El hombre advierte que llegó el momento

 

   

de hacer mención al nubarrón de ozono.

     
 



 



PRECAUCIÓN


Esta costumbre mía de quejarme

     

de a poco

     

y a hurtadillas, en el patio,

     

quejarme así,

     

mirando el jugueteo de los tordos,

 

   

los tordos que han hallado

     

alegre balancín en una rama

     

quebrada de un ciruelo,

     

y vuelta a los gemidos al oír

     

sus quejas caprichosas,

 

   

sus rápidos embistes,

     

sabiendo que otra vez,

     

 

pues sí, que me han vencido,

     

si nadie se acomoda a mi costado,

     

no importa cuánta precaución

 

   

con agua de jabón tomó mi cuerpo.

     
 



 

 

GESTO


Me duermo.

     

Me estoy quedando ya dormida,

     

escucho en sueños que regresas,

     

que bajas las persianas

     

y que objetas

 

   

la dimensión del lecho y la cobija.

     

Qué bien has hecho en regresar -me digo-,

     

qué bien de veras, porque ¿sabes?,

     

yo sé aguardar dispuesta tu regreso

     

y sé cuidar dormida

 

   

y ovillada

     

tu sueño con mis brazos en cerrojo.

     


 

Vigilia inmensa que te vengo amando,

     

que vengo urdiendo el gesto necesario

     

capaz de seducirte finalmente:

 

   

¡acaso el repentino desenvaine

     

de un seno

     

sobre

     

el otro tras la luz

     

del faro proyectado en la pared!

 

   

Me duermo.

     

La luz de la mañana no me alcanza.

     
 

 

 

 

QUÍMICA DEL RECHAZO

 

El viento de la noche entró en mi pecho,

     
 

así que te diré: la sed me abrasa,

     
 

la sed del mundo de la cual no hay Dios,

     
 

ni amor, ni mortandad que me liberen.

     
 

Errando voy, me fui de puerta en puerta,

 

   
 

de noche, al mediodía, bien vestida,

     
 

y no, que no es aquí, responde siempre

     
 

guardada por pilastras una voz.

     
 

El culto a la humedad de las iglesias

     
 

y a las barrocas formas de las fuentes

 

   
 

-en Ganges las hallé de mármol rojo-,

     
 

no han hecho a veces más que corromperme.

     
   
 

Salada, estoy volviéndome salada,

     
 

aquello que yo amé mudó de sombra;

     
 

por tanto no es extraño que sospeches

 

   
 

del código imperfecto de mis manos.

     
 

Yo supe del terror de algunos hombres

     
 

que dándome palmadas se alejaban.

     
 

-Extraña lengua -a veces repetían

     
 

y se perdían tras polleras frescas.

 

   
 



 



POETA DE ALTILLO

a Mario Casartelli




Poeta de anteojos obscurísimos,

     

ceñido a la ventana del altillo,

     

sorprendes la caída circular

     

de una amarilla flor al pavimento.

     

Reúnes el azar en once sílabas,

 

   

y escribes en penumbras: una brasa

     

de aroma fresca vino hasta mi puerta

     

llenándome los ojos de virtud.

     

Acabas de inventar la poesía,

     

y luego añades: ¿qué piedad extrema

 

   

es esta que me lleva a sostenerla;

     

mejor, a acariciarla con mis manos?

     


 

No obstante es sólo el sobrio desenlace

     

de aquel vahído lo que te entretiene.

     

El aire está impregnado de accidente:

 

   

cayó la rosa tanto en tu memoria.

     
 



 



OJOS


Y me atreví a mirar el firmamento

     

en el principio exacto del ocaso

     

(no volvería a hacerlo, me contenta

     

el rápido recuerdo de un azul).

     

Y me atreví a mirar la llama súmmum

 

   

de un gajo de mangal sin culpa alguna,

     

y presumí que aquello no era todo,

     

y amé unos ojos e intenté vencerlos

     

haciéndolos caer en parpadeo,

     

la voz azucarada de rosquillas.

 

   

Y me atreví a seguir el vivo vuelo

     

de un par de mariposas domingueras,

     

 

-la luz del día hacía que sus trajes

     

lucieran casi blancos en el aire-.

     

Admito haber creído en lo que he visto.

 

   

No importa cuán obscuros son mis ojos.

     
 



 



CORAJE


De ahora en más

     

nos quedan sólo el aire y un hilo de secreta rebeldía

     

soplando en la razón, obscuro hermano,

     

así es que

     

racionemos nuestras fuerzas.

 

   

Yo voy primero,

     

luego tú me sigues,

     

yo voy robusta

     

porque en mí prendieron

     

raíces como dientes

 

   

y he sorbido

     

de un golpe todo el zumo de la tierra.

     


 

El viento de la noche nos reclama,

     

escucha

     

cómo sopla rebosante

 

   

de sauce

     

en sauce,

     

cómo está que silba

     

por la quijada abierta de la patria.

     

Había que llegar

 

   

al absoluto dolor

     

y golpearnos el coraje.

     

¡Y ya no somos pocos,

     

yo presiento

     

que el aire está impregnándose de filas!

 

   
 



 



TIEMPO


El hecho es que es domingo y es preciso

     

abrir de azul a azul los ventanales

     

a un sueño en el que todo es diferente:

     

tablones de quebracho bajo el cielo,

     

y en rededor, sentados el hachero,

 

   

el padre de diez hijos y otro al paso,

     

el pescador, el vendedor de santos,

     

el ambulante de correcto lustre,

     

el jornalero a fardo y a destajo,

     

el pobre pordiosero de la esquina,

 

   

el albañil sin casa, el inquilino

     

de cuatro postes que empeñó una lámpara,

     

 

en fin, cualquier criatura obscura y viva,

     

y haciendo sitio, vino en abundancia,

     

mandioca, buena carne y condimento,

 

   

lo que se dice un vasto refrigerio.

     

Yo sé que es tiempo de tomar el hambre

     

de los demás, y hacerlo fuerza propia.

     

Y es tiempo que el poeta cante al mundo

     

su sueño de cebolla redimida.

 

   
 

 



DE MI MANO

 


De mi mano derecha,

     

que golpea clavos y enciende estrellas,

     

de mi mano tardía, revoltosa

     

-puro germen del día en donde se conjugan saludos y pésames-,

     

de aquí salió volando hacia el oeste un lepidóptero rosado

 

   

sin más sed que una gota de rocío sobre el pasto.

     

Y vinieron los vecinos a mirarme a los ojos,

     

vinieron abogados, dentistas,

     

geómetras vinieron,

     

y todos hallaron razón para encender

 

   

una vela celeste en mi costado

     

y rezar algún misterio en dirección al viento.

     


 

También los indios del Chaco llegaron

     

ataviados con aros y densa cabellera,

     

y gravemente dignos, singulares,

 

   

giraron en burbujas de luceros

     

y se fueron al alba, fastidiados por un perro.

     

(Loor a los guerreros de la enhiesta raza guaraní)

     

Pero, ¿por qué en mi mano derecha

     

la incubación imprevista de aquella mariposa?

 

   

¿En qué glóbulo, célula o hematíe,

     

comenzó a circular con suavidad?

     

Inclemente, me dice la gente por las calles:

     

Buenos días. ¿Cómo está su mariposa?

     

 

Tardía, yo contesto:

 

   

Bien.

     
 



 



MUELLE


No pidas más que el rápido recuerdo

     

de un verso de Neruda (¿barcarola?)

     

o el eco de estribillos que los niños

     

entonan en su marcha al santuario,

     

no gires ya tu rostro a la derecha,

 

   

silbando a ras del sol se fue el remero,

     

quedó en su sitio, a cambio, un redoblado

     

silencio revestido de cocuyos.

     

Acepta el platerío irregular

     

del agua golpeando las canoas;

 

   

es más, apúrate en creer que has sido

     

afortunado por mirarlo todo

     

 

(canoa, ocaso y hombre configuran

     

la cima de un fugaz imperio de oro),

     

no sea que al abrir mejor los ojos

 

   

descubras que tan sólo te has dormido.

     
 



 



CENIZA


Y aseguras que allá

     

son las rosas extrañas

     

y que un ave de fuego desde un cerro de nitro,

     

tarde a tarde las cuida.

     

¡Niño raro, qué dices!

 

   

Como quien se ha quedado dormitando en el fresco,

     

levemente te escucho:

     

casi endulzas ¿lo sabes?

     

mi perfecta y lacrada

     

convicción de ceniza.

 

   

Si tan sólo sintiera cierto frío en los huesos,

     

si creyera que el alma se soleva a formol

     

 

y el presagio del polvo

     

fuera sólo un mal sueño:

     

¡cuánto arrullo escucharte!

 

   
 

 



ELECTRA DUDA


Acaso esa mujer -creo haberla visto siempre-,

     

que me mira al modo mío

     

desde aquel inmenso espejo,

     

que viste mi traje azul

     

y lleva este pañuelo

 

   

de color dándole vueltas

     

en olas a los hombros

     

-parecía más contenta hace un instante-,

     

no soy yo.

     

¿Es posible dudar de los espejos?

 

   

¿Qué de la catóptrica1 y sus leyes?

     

¿Qué de las imágenes sensatas?

     

 

Años que llevo mirándome en sus rostros,

     

dudando seriamente de su fidelidad.

     

Anteayer el busto de Ifigenia, hija de Agamenón,

 

   

rey de Micenas y de Argos,

     

esta mañana Juana, abanderada y resuelta,

     

Virginia Woolf a la tarde, aterida de mar,

     

amamantando crustáceos.

     

Ahora, ¿quién se atreverá a decirme

 

   

que esa mujer de enfrente

     

y sentada frente al espejo,

     

soy yo, setenta veces yo,

     

sin mirarse antes en él?

     
 



 



LAS CUATRO LUNAS


Mirarme en ellos todas las mañanas.

     

Hallar distintos rostros en sus placas

     

y un caracol de obscura gelatina

     

temblándome en el pecho al respirar.

     

Reconocer que la mujer de rojo

 

   

que ríe en la instantánea frescamente

     

(le sienta tan mundano el obelisco)

     

ya no se me parece como entonces.

     

Y no. No soy la misma de anteayer,

     

la mariposa azul de la neurosis,

 

   

el viento sur y el rastro de los hombres,

     

semblante de mi madre me pintaron.

     


 

Anchísimo camino de la sangre:

     

¡Qué lejos la ha llevado el hijo mío!

     

Menguante luna de mis rostros todos:

 

   

¡De veras van cambiando los espejos!

     
 

 



ENREDADERA


Te duermes, y la noche te depara

     

un sueño prodigioso: se hallan juntos.

     

No intentas convencerla de tu apremio,

     

ahora quien dispone todo es ella:

     

el ángel cara al raso, el hielo al agua

 

   

y el celofán cubriendo el velador,

     

-la obscuridad no es causa universal

     

de sus azules párpados cerrados-.

     

Te duermes, y el aroma de las uvas

     

arrasa tus cortinas entreabiertas,

 

   

haciéndose a la pausa de tu aliento,

     

-estás en fin, feliz, aunque invadido-.

     


 

La muerte puede ahora arrebatarte.

     

Irán los dos al frente: enredadera,

     

rosados de alegría y ataviados

 

   

de colchas confundidas, lecho a cuestas.

     
 

 



GRITO


Mujer: alforja de tesoro obrizo,

     

certero escote, dentadura fresca

     

de buena voluntad a medianoche,

     

y sobria estampa de aerosol al viento;

     

y sin embargo, obscuro corredor

 

   

por el que corren rápidos tus hijos,

     

arremetida leche que prospera

     

al ritmo circular de otro apetito,

     

a veces estridencias de falsete

     

que nadie entiende, o bronca disparada

 

   

en negación del cuerpo, y es así

     

que estallas en la costa del abismo.

     


 

Hermana, aprende que si aún te amo

     

es porque sé que todos te cegamos;

     

no obstante, aguardo tu correcto grito

 

   

al frente de tu sangre aprisionada.

     
 



 



EXACTITUD


Allí el torrente de la luz bañando

     

los líquenes

     

dispuestos en coraza,

     

la cornucopia

     

y el armario aquí,

 

   

también la estampa obscura de Gabriela,

     

y la mirada trágica y lluviosa

     

de quien se sabe puesta

     

sobre un risco

     

mohoso

 

   

de Alfonsina

     

en el retrato;

     

 

(el académico, castizo cuchicheo de las dos)

     

encima del penúltimo anaquel

     

la bailarina negra

 

   

eternizando

     

su vértigo,

     

mejor: su desamparo,

     

dispuesta de puntillas sobre un pie.

     

Las cinco de la tarde.

 

   

Fresco y blanco

     

de sacarina en gotas sube el verso.

     

Vapor de té. Salud. El trino exacto

     

de un pájaro equilibra el firmamento.

     
 

 



DOGO


Certero fue el disparo de la honda,

     

y el niño celebrando el escarmiento,

     

cruzó de nuevo a la vereda opuesta

     

a contemplar al perro malherido.

     

(Vendrían luego, el tiro de revólver

 

   

preciso en su piedad, librando a Dogo

     

de la ceguera súbita, y los pájaros

     

que huían alarmados de los cítricos.)

     

Aún parece que lo veo haciendo

     

vertiginosa guardia tras las rejas

 

   

de aquel jardín, en tanto raudos niños

     

pasábanse las blendas aromadas.

     


 

Cuidado, yo me digo, está impregnada

     

su muerte de peligro, todavía.

     

La bestia puede desde obscuro ángulo

 

   

tensar aullidos por sus rosas blancas.

     
 



 



MOMENTO


Aquella pálida mujer de gafas

     

que está sentada junto al hombre y mira

     

con precaución la lenta caravana

     

de hormigas que desplazan fibra dulce,

     

que está también pendiente del posible

 

   

ardor de las cigarras limoneras,

     

y el consiguiente apremio de la tarde,

     

con su penacho vivo de cocuyos;

     

aquella dama de ligera blusa

     

y sólido reloj, que el hombre a ratos

 

   

observa sin saber a fin de cuentas,

     

si no sería bueno despedirse,

     

 

advierte que al hablar el caro hechizo

     

de tanto atardecer se va perdiendo

     

No importa cuán honesta suene entonces

 

   

la frase que de amor se torna ronca.

     
 

 



FUGA


Ya sube al muro raudamente el gato,

     

lo sorprendió en el techo nuestro susto

     

ardiendo por la luz de sus candelas.

     

(Muy tarde vino el faro de neón.)

     

Ya trepa largas gradas de azulejos

 

   

arremetiendo viento de follaje,

     

ropaje transparente y pañoletas

     

que sudan sobre el cerco lavandina.

     

Con qué cuidado anduvo entre las sombras

     

en tanto que jugábamos a ciegos:

 

   

oladas proveyendo de salitre

     

el uno al otro sobre las baldosas.

     


 

La noche nos redime con el sueño

     

y nuestra falta ahora es su pudor.

     

Mordiendo brasa el gato rasga el cielo.

 

   

¡Coraje de tejado, yo diría!

     
 



 



PETICIÓN


Entonces yo le hablaba quedamente

     

y puestos en sus ojos mis pupilas.

     

Exaltación de anillos y rosarios,

     

la rústica escarcela me entregaba,

     

y no faltó ese trino todo quiebro

 

   

que al santiguarme honró a mi ventanal.

     

Silencio de crisálida en la casa.

     

Conversación extraña. Entrega pura.

     

Aquello parecía tan dispuesto

     

a oírme cuantas veces lo quisiera;

 

   

el rostro herido de piedad extrema

     

que en franca palidez se reanimaba;

     

 

y sin embargo, vuelta toda puños

     

llevaba ya de hablarle largamente

     

aventurando petición, y el Cristo

 

   

de su bondad de mármol no volvía.

     
 



 



RIESGOS DEL ARTE

a Moncho Azuaga




Dar todas las mañanas el alpiste

     

a los obscuros pájaros,

     

y luego,

     

el rito concluido,

     

suponer que soy un ave más del pabellón,

 

   

y en fin, no es cosa fácil sujetarme

     

al brevísimo tallo del ciruelo,

     

ni es cosa fácil

     

desgranar un trino

     

que pese lo que el aire en melodía,

 

   

¿a quién no le incomoda la capciosa

     

observación de un niño todo gafas?

     


 

Difíciles auroras las del ave.

     

Honesto circo

     

y exigente público.

 

   

¡Un tiro de honda es lo que cuesta a veces

     

magnífica acrobacia

     

y canto puro!

     
 



 



SALITRE


Me cuentan de unas olas que levantan

     

embarcaciones frágiles,

     

y ciertas

     

lianas vegetales aferradas

     

a rocas deslumbrantes

 

   

de oseína.

     

Pregunto qué universo singular

     

es ese que no he visto

     

y qué poderes

     

encierran sus murallas

 

   

si entrecierro

     

mis ojos

     

 

cuando escucho datos suyos.

     

Me cuentan de unas aves bulliciosas

     

que hiriéndose las unas a las otras,

 

   

se roban los cangrejos malheridos

     

-los largavistas ya no las alarman-.

     

Me cuentan,

     

pero acaso he visitado

     

en sueños esos sitios, y no he vuelto:

 

   

me fui añadiendo al borde del paisaje,

     

volviéndome de sal,

     

ducado y junco.

     

FEBRERO. VEINTICINCO. MAR DEL PLATA,

     

 

expresa en letra imprenta la postal,

 

   

y entonces todo un mundo de salitre

     

asoma por mis ojos vivamente.

     
 

 



ANÁLISIS DEL RAYO


¿A quién le importa ya tu verde rayo

     

que lanzas sobre un páramo ofendido?

     

Tampoco tiene caso que tu oruga

     

se siga desvistiendo: nadie aplaude.

     

La vida pasa como un muro, Dios,

 

   

y el hombre no lo alcanza y se fatiga.

     

No hay modo de entender por qué la luz

     

y de improviso el corredor a obscuras.

     

Es cierto, nos ha sido concedida

     

la gracia de observar el firmamento,

 

   

y en él alguna estrella fortuita

     

el tiempo que duró una petición.

     


 

Aquello ha sido todo. Luego sólo

     

la lucidez hurgando en el metano,

     

previendo en los llamados a morir

 

   

un porvenir universal de mosca.

     
 



 



CONCLUSIONES


Poner el mundo en orden a la siesta

     

con píldoras rosadas y celestes,

     

después hacer acopio de razón

     

y concluir que todo está encendido.

     

Buscar aplomo respirando a ratos

 

   

el agua de jazmín de mis axilas.

     

Prever que no hay amor que me perdure,

     

no obstante permitirme un sentimiento

     

legal de frustración si un caballero

     

se escurre de mi magia a la mañana.

 

   

Obrar en manifiesta oposición

     

a todo cuanto afirme o contradiga.

     


 

Tejer y destejer la misma fiebre.

     

Reconocer mirando el grave salto

     

de un pétalo de lirio al pavimento

 

   

que el cielo, por de pronto, está invertido.

     
 

 



PÍLDORAS


Verás, mis precauciones son severas:

     

ración de hormonas cada anochecer.

     

Me ocurre tantas veces sin embargo,

     

que el viejo susto toca mis entrañas.

     

Aquel varón me perjudica, pero,

 

   

¿no son sus blancos dientes impecables,

     

no luce grácil arrojando al río

     

la vara con la cual adiestra al perro?

     

Me quiere ver alegre: yo sonrío,

     

y digo hidrografía, luz y piedras

 

   

(por cierto no me entiende), y es entonces

     

que en paz estamos como amantes verdes.

     


 

Verás, mis precauciones son severas:

     

a cambio me abandono alegremente

     

a dulce muerte de una sola noche

 

   

¡migraña atroz por suerte al otro día!

     
 

 



RESOLUTA MARTA LYNCH


¿Qué te traes luciérnaga?

     

¿Qué te traes que embistes

     

mis espejos, sin pausa?

     

No es de ti ciertamente esta torpe acrobacia,

     

yo te sé destinada para un rumbo más hábil

 

   

sobre un verde espacioso en la margen del río;

     

mas,

     

si acaso decides

     

dando giros mortales

     

perecer ante tanta resistencia dorada,

 

   

mira qué desconcierto:

     

¡Una luz virtuosa anhelando la sombra!

     
 



 



NACIMIENTO


Sin advertirme que hay un franco límite

     

ciñendo la extensión del albedrío,

     

y que es la muerte, el reino mineral,

     

a ráfagas de cloro me trajeron.

     

Sin advertirme que debí crecer

 

   

-entonces era cofia sonrosada-,

     

en rápida obediencia a los mayores,

     

asimilando faltas y torpezas,

     

y que debí sacar algún provecho

     

de mi temor a Dios, balanceando

 

   

de mi cerviz un breve crucifijo

     

bañado en delicado platerío.

     


 

Sin advertirme del sopor que implica

     

besarse el uno al otro en las mejillas,

     

y confirmar que todo es academia

 

   

a punto de estallar en el adiós.

     

Sin advertirme que nacer mujer

     

es irrumpir de bruces en la vida,

     

a obscuras y en el límite del sueño

     

obraron dos amantes por mi suerte.

 

   
 



 




Quién diría que estoy descontentísima

     

con las cosas, los hombres, el neutrón

     

(también las religiones),

     

vestida toda así, de azul discreto,

     

sorbiendo suavemente,

 

   

con pausas y maneras,

     

tibio té.

     

Pero alerta,

     

que puedo rebelarme,

     

que puedo levantar mi fino dedo

 

   

contra todos ustedes y el resto de la gente,

     

y embriagada de histeria

     

 

arrebatarles

     

las doradas pelucas de las frentes obscuras.

     

Alerta: estoy cansada.

 

   

Ya he vivido diez décadas.

     

No merezco este rostro de mujer aún lozana;

     

ya he mirado el revés

     

de las criptas salvajes,

     

y he probado que han sido

 

   

estafados los muertos,

     

y es estafa el respeto,

     

y es estafa la luz que engalana la vida

     

con sus siete colores:

     

nadie ha visto las rosas.

 

   
 

 

 

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