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ESTELA FRANCO GUERRERO


  EL VUELO DEL PYKASÚ, 2013 - Novela de ESTELA FRANCO


EL VUELO DEL PYKASÚ, 2013 - Novela de ESTELA FRANCO

EL VUELO DEL PYKASÚ

Novela de ESTELA FRANCO

PREMIO LITERARIO GRUPO GENERAL DE SEGUROS

3ra. EDICIÓN – PRIMER PREMIO NOVELA

Editorial SERVILIBRO

Dirección Editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Tapa: CAROLINA FALCONE sobre dibujo de HARRISON FISCHER

Diseño Gráfico: MIRTA ROA

Asunción, noviembre 2013

 


PRÓLOGO

La novela que ha sido premiada en el Concurso que organiza del Grupo General de Seguros, con un alto sentido de apoyo a la cultura nacional, en especial en la rama de la Literatura, lo ha sido por la decisión unánime del Jurado, cosa no frecuente en este tipo de concursos.

Recurro a un gran escritor para entender lo que es una novela: Kundera. Él mismo nos aclara el concepto al decir: “la novela es una meditación sobre la existencia vista a través de personajes imaginarios. La novela es, por tanto, el esfuerzo supremo por iluminar aquello de lo que no podemos tener conocimiento de otra manera. En su visión, los valores estéticos no quedan relegados a un segundo plano, sino que deben acompañar a esa reflexión sobre la existencia derivada de unos personajes a los que se coloca en un determinado contexto para observar cómo lo “experimentan”.

En el caso de la novela premiada, vemos que se cumplen estos conceptos ya que la misma tiene los componentes que delinea este autor, porque sin dejar de lado lo estético reflexiona al mismo tiempo sobre un tiempo histórico de nuestro país, con un componente, que evidentemente la enriquece, el de una apasionante historia de amor, contexto en el cual son colocados los personajes centrales.

Se dejan entrever también reflexiones aspectos sociales de la época de la colonia y la Independencia del Paraguay, lo que la autora lo hace con disimulada comprensión de una realidad que imperaba en esos momentos para no hacerla tan cruda.

Se nota en toda la obra, que la autora no es una improvisada en la literatura. Ha leído mucho y autores de muy bien nivel. Pero se advierte una preferencia especial por el Quijote, con lo cual demuestra que está en las raíces de la novela en español, sin descuidar la lectura de otros autores que ella va citando en el transcurso del trabajo.

Puede decirse que la novela tiene dos etapas bien definidas. Una, la primera desarrollada en la Asunción de antaño, donde hace una descripción del momento previo a la Independencia, como se movían algunas personas que ayudaban a la Revolución de la Independencia, en estricto secreto, para no delatar a las autoridades españolas lo que estaba ocurriendo, y que si bien aparecen de la mano del Gobernador Velasco, en verdad, en la obra son un capitán del Cuartel de la Rivera y el padrino de Pykasu, a la que los españoles la llamaban, traduciendo dicha palabra Paloma. Era esta una huérfana de padre y madre criada por su madrina, la esposa del coronel.

Surge entre Paloma y el capitán un romance lleno de pasión, al cual Paloma se entrega sin condiciones, pero que en el momento en que el capitán debe cumplir con su deber militar, prevalece este sobre su amor, que luego se verá, estaba teñido también de otras realidades.

La segunda etapa en Europa, donde la autora recorre España y Francia, demostrando un conocimiento acabado sobre todo de Barcelona y París.

Es ahí donde la trama se vuelve realmente apasionante, y donde la autora demuestra un manejo muy bueno de los personajes y de cómo moverlos en la escena de la novela con destaques que nos hacen presagiar estar frente a una escritora que tiene la literatura en la sangre, y que debe dejarla fluir para que en el futuro podamos tener otras obras que enriquezcan las letras paraguayas.

Como integrante del Jurado, me siento complacido de decir estas breves palabras de introducción, pero dejo al lector de quien dice nuestro gran Gabriel Casaccia: ““El lector no es ya un marginal de la literatura; no sólo siente el tema y por tanto se reconoce en la obra de arte sino que además se siente partícipe y a veces solidario”, que la aprecie en su verdadera dimensión y por sobre todo abrigo la convección de que estamos viendo nacer a una muy buena escritora.

José Antonio Moreno Rufinelli



PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

SANGRE FOGOSA DE MI TIERRA

 

Estoy aquí parada mirando hacia atrás, quizás sea la última vez... se me han caído las vendas de los ojos y he dejado de temer a todo, cuando la vida me ha intimado a partirme en dos partes iguales, una muy etérea, sutil y la otra algo más tangible y real, cuando comprendí que la verdad es una en el corazón y otra en la razón.

Desde mi niñez hasta mi juventud he dormido un largo sueño, pero me he despertado con algo más que bríos, con ganas de búsqueda, con deseos de romper cadenas, ataderos que coartan al hombre y más aún a la mujer de este tiempo en el que vivo. En medio de mis limitaciones deseé buscar una forma de la libertad, la emancipación de mi tierra a un yugo impuesto, la anhelada independencia iba prendiendo fuego en mi sangre y a desear, además, el rescate de mi identidad por medio de mi propia libertad.

Amo profundamente el llano de mi tierra; sin embargo, desde ahí imaginé las montañas al otro lado del mundo. Recogí del suelo el coraje que me faltaba para seguir a mi estrella, yo sabía que existía y salí en su busca olvidando mi origen, mis restricciones.

He sentido un llamado desde mi interior, el de la pluma y su tinta y le di su espacio, en trocitos de papeles guardando las manchas del infortunio hasta la magia de la gloria. He aprendido a apreciar la belleza de la vida en sus sutilezas y en sus penalidades con cúmulos de esperanzas. Mi tímida vida interior estaba plena de sueños, de imaginaciones, de deseos, escribirlos era un acto reflejo de mi alma.

También sufrí mis pérdidas, entre ellas el amor; cuando yo lo entendía puro y sin límites, conocí también su lado egoísta. Mi amor no conoció de fronteras, lo he lamentado en demasía ¿estuvo bien?, ¿estuvo mal? no lo sé, solo sé que lo que he vivido me volvió más fuerte.

Yo no pude mantenerme en los límites... no pude con mis alas que parecían tener vida propia, solo entendí que debía desplegarlas y empezar a volar creyendo en el calor de mi alma sin subestimar la frivolidad del razonamiento, sin saberlo cargué la palabra destino sobre mis plumas y pude ver, pude tocar, pude sentir...

Todo lo recuerdo muy bien, era el año 1811. La vida en la colonia era intensa y activa, de calles atestadas de comerciantes de diversos frutos y enseres hechos a mano, los niños corriendo por todos lados, las mujeres con diversos atuendos; unas con mantillas, abanicos y primorosos quitasoles y las otras, las de largas trenzas, con canastas sobre sus cabezas, estas casi siempre parecían volar sobre las calles presurosas de vender sus mercancías, trocarlas con otros productos o bien, para seguir el paso a sus amas como si fuesen ángeles de Dios protegiendo las delicadas mantillas.

Los hombres, también parecían proceder de vertientes muy diferentes unos de otros. Los señores de elegante porte eran los españoles, vestidos con singular estilo, llevaban sus ajustados pantalones blancos y casacas traídas de Europa, con aires de estar siempre caminando sobre mármoles resplandecientes, y sus caballos, estos parecían entender que eran los dueños de esas calles y paseaban con actitud displicente.

Los otros hombres, aquellos de ojos taciturnos y lejanos, eran los nacidos en esta provincia, que anhelaban arraigar aún más las esencias propias que se ha logrado con casi 300 años, era un casi perpetuo cruzamiento de nuestras razas. Estos hombres eran caballeros mansos, labradores de la tierra y de recorrer las calles en rústicos carros tirados por sus toscos corceles, hombres del sombrero pirí, de amplios pantalones, camisas blancas y el poncho, que colocado sobre uno de los hombros, le daba al paraguayo la elegancia campesina, propia y mítica de la raza. En una mano la fusta y en la otra la guampa del mate que, desde una ennegrecida pava, era cebado mitigando el frío y mitigando el hambre.

En las noches se reunían estos caballeros, era bello escucharlos a lo lejos rasgando sus guitarras y entonando sus hermosos cantos, unas veces tristes y melancólicos y otras veces tan alegres que parecía arrancarles el alma con sus aullantes gritos.

Los caballos y los carruajes transitaban por las calles, abriéndose camino a relinchos y voces de hombres fuertes, que casi no daban tiempo a que la gente se apartase discretamente sino a grandes saltos para llegar a la esquina más próxima, entre perros que ladraban y las gallinas locas del susto dejaban una estela de plumas flotando en el aire para caer suavemente al suelo rojo polvoriento.

Estas calles angostas y enfiladas de hermosas casas parecían estar forjadas a hierro por sus imponentes presencias, con sus faroles encendidos a velas de ceras. La columnata frente a esas casas se erguía con un señorío pueblerino y era la típica imagen de la Asunción, capital de la Provincia del Paraguay, todavía dependiente del yugo español.

Bordeaba Asunción, el río Paraguay, importante lugar de embarco y desembarco de personas y productos que iban y venían constantemente; mi mente volaba en los pocos momentos que he podido ver ese vertiginoso subir y bajar de personas y de cosas, ansiaba calladamente algún día formar parte de un aventurero viaje hacia la Madre Patria. Yo era consciente de que mi deseo era pretencioso, finalmente era solo un sueño y lo abrigué en mi corazón como una joyita del más prestigioso orfebre europeo, joyita que la desearía una de esas damas que subían para volver a su amada España.

En las afueras de Asunción había hermosos pueblecitos y su creciente población se ganaba la vida en las duras labores de agricultura y ganadería; eran la yerba, el tabaco, la mandioca y los más brillantes frutos de la tierra, los resultados de tanta laboriosidad, bendecida la tierra, de ella brotaba por doquier el sustento familiar.

Las mujeres llegaban a Asunción, montadas sobre sus mulas. Ellas eran las emisarias para llevar a los mercados la leche, la miel, el maní y el maíz; al verlas a lo lejos siempre me imaginada bajando las lomadas a la misma Virgen María, tan serena, tan laboriosa y con un dejo de preocupación en el hijo que abandonaba en la casa por procurar el pan con que alimentarle a su retomo por la noche.

Yo tenía 20 años en ese año 1811, según un certificado de nacimiento. Soy bisnieta de una india guaraní que servía en la casa de una familia española y mi bisabuelo era un español, el dueño de la casa, un hombre soberbio que obligado por su esposa católica debió reconocer a la hija bastarda e impura. Mi abuela y mi madre, ya mestizas, eran resultado de una hermosa aleación del oro y la plata, pero ambas corrieron la misma suerte que mi bisabuela.

Mi madre murió cuando yo apenas tenía dos meses de haber nacido, por causas que jamás he sabido. Antes de morir me había entregado a una familia de mestizos para que se encargasen de mi crianza. Todo cuanto he sabido sobre el sufrimiento de mi madre y mis abuelas fue a costa de mucho escudriñar en la población de mestizos que nada tenían que ver con la familia que me albergaba, y todo lo que he sabido me ha causado mucha tristeza desde que era muy pequeña.

De mi padre tenía un vago recuerdo, como si lo hubiera visto en un sueño y ni siquiera estaba segura de que hubiera sido de esa manera su imagen. He sabido que fue militar español y que había sido trasladado a Buenos Aires, en ese tiempo todavía provincia dependiente de la Corona española, y también sé que su nombre era Augusto Manuel y su apellido Casas, por cierto, apellido que me ha negado, pero dicen que durante los tres primeros años de mi vida se ha preocupado por mí y me ha visitado varias veces. Conservo de él una muñeca que me ha traído de regalo en mi tercer cumpleaños, ya casi no tiene cabellos y su cara está morena cuando alguna vez tuvo la tez tan blanca como rozagante. Se también de algunas características físicas de mi padre, producto de mis lánguidos recuerdos. La familia a cargo con quienes viví me dieron en adopción por ser de condición muy humildes y, para mi buena suerte, cuando yo tenía siete años una familia de españoles se comprometía a alimentarme, vestirme, cuidarme, darme amor y educación a cambio de servirlos como mis nuevos amos.

Mi nombre es Pykasu, en idioma guaraní, y es Paloma en idioma español, su literal traducción, mi apellido es Del Solar por parte de mi madre, quien tuvo la suerte de ser reconocida por su padre español. En estos años que han pasado he deseado haberla conocido y casi todas las noches, acostada en mi cama y mirando el cielo a través de mi ventana, podía imaginarme su rostro sonriente en la cara de la luna llena.

La gente que la conoció me decía que yo había heredado no solo su apellido sino además su marcado mestizaje y soy su viva imagen, sé que mi rostro es parecido al suyo, de nariz pequeña, mi piel tostada por el sol, y esta cabellera oscura y lacia que caen pesadas sobre mi espalda, tengo sangre de india guaraní, en mí corre la fogosa tierra roja en vez de sangre.

De mi padre, me dijo un día en confesión el viejo sacerdote de la santa Iglesia, que heredé -y estas fueron sus palabras-su esbeltez casi aristocrática, su sentido práctico y su permanente predisposición por aprender. También los reflejos dorados que matizan mis oscuros cabellos, los ojos grandes de miel con abanicos como pestañas. Mi porte, definitivamente castizo, de aristocrática elegancia con el salvaje guaraní. Siempre me he sentido avergonzada y cohibida ante las miradas, como si hubiera cometido un pecado mortal, vivía apenada y cabizbaja para no mostrarme a la gente, en las contadas veces que anduve sola por las calles de Asunción.

En la casa de la familia Castro Fernández me han tratado bien, ellos han cumplido el pacto con mi antigua familia adoptiva, pues me han alimentado, me han vestido y me han inculcado los modales y conocimientos como muy pocas niñas en la colonia. Mi madrina, siempre suave y amorosa, se ha dedicado a educarme de una manera especial, he entendido después que ha sido así porque no ha concebido hijas, sin embargo, ha tenido dos hijos varones que habían partido a vivir y continuar sus estudios en España. Con ella me unía la pasión por la lectura de libros, especialmente la literatura novelesca, las horas de bordados y largas conversaciones, los días destinados a los trabajos de jardinería, fue gracias a ella y solo a ella que me han instruido los mejores profesores y maestros de la colonia, en las materias como las ciencias naturales, las matemáticas, la lengua castellana, las literaturas, las artes, música, eran clases particulares que las tomaba en el salón de la casa, las niñas no teníamos acceso a recibir educación en los colegios públicos y menos en el Colegio San Carlos, a solo 500 metros de distancia de la casa Castro Fernández. Yo crecía plenamente feliz y mi madrina de bautismo, doña Victoria Fernández de Castro, me hacía sentir afortunada cuando me daba ella misma clases de piano en aquel gran salón, además del idioma francés, idioma que ella amaba por haber sido francesa su madre.

En mi mente existía un paraíso imaginario que lo había dibujado desde niña, una idea que la quería realizar, un deseo sobrenatural que me seducía, este paraíso no estaba en la colonia y mi vehemente ilusión la alimentaba leyendo cuantos libros podía que llegaban desde el lugar de mis sueños, España.

Aunque siempre mis pies estuvieron bien clavados en la tierra roja y sabiendo que las posibilidades de llevar a buen término mis anhelos eran vanas, más me preocupaba en perder algún día a mí hada madrina y su amor maternal, ella era el más grande tesoro que yo poseía.

Desde niña me ha gustado leer novelas y cuentos, quizá haya sido por ello que he sentido el deseo impetuoso de escribir algunas historias románticas, o mis encuentros mágicos con mis amigos de fantasías. Todo era consecuente con lo que sentía, si tenía temores, miedos, entonces me hacía introvertida, hablaba sola y escribía cortos diálogos y respecto a escribir sobre el amor, aunque lo intentaba, no podía lograrlo porque no sabía lo que era, lo que significaba, no podía explicarlo pero quería sentirlo.

Sentía un profundo pesar hacia mi colonia del Paraguay, cuánto deseaba verla libre del prolongado yugo español, tomando de una vez las riendas de su propio destino, como un gran toro salvaje que vive atrapado por unos hombres para ser domado y que, a fuerza de su ímpetu inconmensurable y su sangre hirviente, desafía a todas las fuerzas humanas y corre ignominioso, execrando a sus opresores que le salen al paso hasta llegar a derribar las cercas que lo condenan al sometimiento. Así soñé yo... soñé ver a mi Paraguay siendo libre, siendo pleno... viviendo.



CAPÍTULO II

UN NUEVO HÉROE

 

Me latió el alma en la boca, al momento de verlo... era un hombre hermoso, de tez clara y lustrosos cabellos negros, sus ojos marrones parecían enmarcados entre sus frondosas cejas, parecía un semidiós grecorromano, su edad frisaba los 27. Su uniforme de militar español le sentaba como guante en la mano.

Él estaba atento, mirando adelante... a lo lejos, como si esperase encontrar a alguien. Aquella primera vez que lo vi era una tarde de abril, un día fresco de otoño, estaba a unos siete metros de mi corazón, sentí un hormigueo que subía por mis pies y me erizaba la piel, yo estaba con mi madrina doña Victoria de regreso de la iglesia; su presencia era majestuosa sobre su caballo, solo sé que él miraba lejos y yo lo miraba de cerca, no sabía quién era, su nombre, su rango, nada en absoluto y no tenía idea de qué cosas hacer para averiguarlo, mi condición de ahijada castiza se complicaba a la hora de tratar con los españoles, con la dificultad mayor de mi extraordinaria timidez, carácter que cundía y era propio de mi ascendencia materna.

De regreso a la casa empecé a imaginarme al lado de aquel caballero, hablando con él, mis manos en sus manos, sus ojos atrapando los míos, y entonces abandoné a mis amigos de fantasías, rápidamente pensé en escribir un cuentito donde él era mi protagonista. La voz de mi madrina retumbaba como a lo lejos en mis oídos; a pesar de que ella caminaba a mi lado, no podía concentrarme en lo que decía.

Pasaron unos días y yo continuaba con la fantasía de encontrarme de nuevo con aquel caballero, armaba supuestos encuentros con él, paseos juntos por esas calles, por los pueblitos a caballo; el tiempo se detenía y me sentía como una tonta cuando él ni siquiera tenía idea de mis alocados sentimientos. Deseaba que mi madrina me solicitase realizar alguna diligencia fuera de la casa, cosa muy improbable, porque yo vivía asida a ella todos los días.

Mis momentos de lectura, de mis amadas novelas y cuentos románticos ya tenían a su nuevo héroe, como fueron Eros, Paris, Romeo o Tristán, El Quijote y Adán, el gran amor de Eva, el mío era un hombre sin nombre. Y me sentí inquieta, era parte de un cuento que se escribiría en mi corazón desde ese momento, del cuento fantasioso o la novela romántica de mi vida.

Un día mi madrina despertó con alta fiebre, con vértigos y rechazaba todo alimento, a pesar de que intentaba controlar su fiebre con cataplasmas e infusiones de hierbas al segundo día amaneció peor, al verla más delicada de salud la ansiedad me descontrolaba y tuve ganas de buscar al médico, en la casa estábamos las dos y también la cocinera; el señor de la casa hacía ya más de un mes había partido hacia Villarrica, enviado por el gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro, jamás he sabido a qué exactamente se dedicaba el señor Castro y casi puedo asegurar que mi señora madrina tampoco conocía las funciones de su marido que lo llevaba frecuentemente a realizar viajes a distintos puntos de la provincia.

Decidida salí corriendo a la búsqueda del doctor José María Pérez, lo encontré en su consultorio tan atareado que decidí esperar sin que antes me hiciera notar, le di aviso que fuese después a ver a mi madrina. De regreso a la casa vi en el camino a mi caballero sin nombre y mi nuevo héroe por segunda vez, estaba parado frente al Cuartel de la Rivera, imponiendo su gallarda elegancia en medio de sus columnas y yo, por segunda vez, parada frente a él a unos pocos metros, a esa distancia era imposible que no me viese y me sonrió muy discretamente:

-¡Señorita, buen día! -me dijo en tono suave y yo enmudecí, otra vez el hormigueo y mi susto, él se acercó perplejo al verme pálida y perdida.

-¿Le sucede algo, señorita? ¡Parece que ha visto un fantasma! -traté de responderle con un “todo bien, señor, no se preocupe”, pero en cambio me salió un arranque histérico, me di vuelta y corrí como una liebre que la estuvieran a punto de cazar y corría por su vida.

Llegué a la casa con la emoción de haber visto a un hermoso varón que me habló y yo tan tontamente no emití sonido; sin embargo, le imprimí velocidad.

Quise borrar este último acontecimiento de mi mente, mi tonta timidez me mandaba hacer estas cosas casi sin darme cuenta y sentí la cara más caliente y roja que la cara de mi afiebrada madrina.

Pronto llegó el doctor Pérez, quien revisó a su paciente y le diagnosticó una gripe muy fuerte y comenzó un tratamiento con reposo absoluto. Los días transcurrieron y no me apartaba del lecho de mi madrina, no la veía mejorar, fue así que me agencié a llamar de vuelta al doctor Pérez una mañana y fui presurosa, sin pensar en nada más que en la debilitada salud de mi madrina, la tos era continua y muy fuerte, ni la medicación ni el estricto reposo parecían atenuar los síntomas. Con el viento rompiendo las hojas de los árboles y una suave llovizna, salí a la calle, me puse el manto sobre la cabeza y corrí a llamar al doctor; para mi sorpresa, al llegar junto a él lo encontré en compañía del enigmático caballero sin nombre, quien me arrancaba el alma del cuerpo frente al mismísimo doctor Pérez.

Tenga el doctor buen día -murmuré despacio y mirando de reojo al militar, sentí su mirada hincada en mi rostro, él giró su gallardía hacia mí que temblaba por la turbación de tenerlo cerca.

-¿Buen día, hija, qué te trae por aquí esta mañana? -respondió el doctor.

-Doctor Pérez, mi madrina no mejora. ¿Usted podría acompañarme?

- Me desocuparé en pocos minutos. Tenga la bondad de sentarse un momento a descansar, le prometo que pronto nos iremos, señorita Paloma.

-¡Sí, doctor, pero mejor estoy así parada, gracias! -mientras yo hablaba se me empezaron a helar las manos y no quería despegar los ojos del doctor que se retiraba, por no mirar al militar, aunque moría de ganas de dar dos pasos al frente y clavar mis ojos a los suyos de una vez, sentía un impulso nuevo en mí, y para mi mayor sorpresa mientras el doctor ingresó a su consultorio, el militar fue quien se impulsó frente a mí, me miró fijamente a los ojos, tomó mi mano y con reverencia, me dirigió sus palabras:

- Señorita, pude oír que el doctor la llamó Paloma, es un gusto conocerla, permiso -me dijo y en el acto besó mi helada mano derecha, yo quedé tiesa como el mármol por unos segundos.

- Soy el capitán Rodrigo Castelar y estoy bajo las órdenes del gobernador Bernardo de Velasco, aquí en la Provincia del Paraguay.

Yo abría la boca para hablar pero no salía una sola palabra, del frío extremo que se apoderó de mi pasé al calor infernal, mientras nuestras miradas quedaron fijadas en nuestras retinas.

-¡Buen día, capitán Castelar! -logré emitir mis primeras palabras a fuerza del calor de mi sangre, él se sonrió.

- Lamento haberla asustado el otro día en la Plaza Mayor, le ruego me disculpe -yo estaba absorta, él me miraba sin disimulo y se concentró en mi trenza que bajaba sobre mi desnudo hombro derecho, resultado de la caída repentina de mi manta, yo me desvanecía pero intentaba continuar en pie y no desplomarme al suelo.

-¡No se preocupe, no fue culpa suya! -le respondí tratando de sosegarme-. La verdad estaba muy preocupada por la débil salud de mi madrina, sí, ¡eso fue! -le dije, algo de calor se me iba evaporando y lograba equilibrar mis emociones.

-Deseo que la señora Victoria se reponga muy pronto.

- Sí, gracias por tan noble deseo -mi timidez hacía esquiva mi mirada y mis labios morían apretados entre mis dientes. Él estaría disfrutando de verme tan nerviosa, mientras yo revelaba sin querer mi extrema vergüenza y mi falta de experiencia, mi manto continuaba en el suelo, ni tenía la fuerza para recogerlo, ni él se había dado cuenta de ello; sin embargo, con mis pies bien firmes y con elegante ademán, logré que se agachara y lo tomara en sus manos, él se paró detrás de mí y me colocó sobre los hombros, sentí su respiración sobre mi rostro y el suave perfume de sus manos.

-¡Gracias, capitán! -y lo reverencié, nos quedamos mudos uno frente al otro sin temas que abordar, pero su mente hilvanaba algo, lo percibí en un repentino y fugaz entreabrir de sus labios mientras sus ojos parpadeaban repetidas veces, hasta que habló en tono bajo y con extremo cuidado a no ser escuchado por otras personas.

- Señorita ¿podría pedirle algo?

-¡Diga, capitán! -le respondí

-Espero no sonar atrevido, ni mi pedido se encuentre fuera de lugar y momento -en mi interior volaban mariposas y sentía que podría desplomarme al suelo en cualquier momento, quería gritarle, ¡hable ya por Dios! ¡qué suplicio! ¡qué agonía! ¿Qué podría pedirme este hombre? y ¿qué podría darle yo? Pasaron eternos segundos de tensión, él mirando hacia la puerta del consultorio, vigilando el retorno del doctor Pérez, y yo aturdida, mirando su perfecto perfil.

- Señorita Paloma, me gustaría conocerla y supongo que dadas las circunstancias que su madrina se encuentra enferma quisiera, si puede... si quiere ¡claro! -él estaba perdido, la idea daba vueltas en su mente y no conseguía salir de su boca.

- Sí, por favor, continúe.. .-le dije en mórbido estado.

- Vernos mañana a las nueve de la noche en las caballerizas de su casa.



CAPÍTULO III

ENTRE LA TRISTEZA Y LA ANSIEDAD

 

Su propuesta la recibí en medio de una tremenda conmoción, mis sentidos estaban todos alborotados y temía creer que aquello no fuese verdad y que era solo producto de mi loca imaginación, yo soñaba con esto, con verlo, con conocerlo, no era una simple veleidad y repentinamente me esforzaba por mantener la postura de una distinguida dama y demostrar lo menos posible mi sobresaltado contento.

-¡No lo creo!, aunque puede que sí, la verdad creo que no, capitán, ¡sí, estaré ahí! -y todo esto lo ensarté en una sola frase y sin mirarlo a la cara y para morir de la vergüenza.

-¡Entonces la esperaré encantado! -me besó la mano y se fue.

Regresé a la casa en compañía del doctor Pérez, haciendo honor a mi nombre Pykasu y me sentí volando levemente sobre las calles, parecía tener alas y no pies. La voz del doctor parecía salir desde algo parecido a un tubo de metal y no me esforzaba por comprenderlo.

Al llegar a la casa el doctor ingresó a la habitación de mi madrina, lo esperé en el gran salón de la casa, un presentimiento de que la salud de mi madrina empeoraba me tenía muy preocupada. Al salir de la habitación de mi madrina confirmó mi sospecha, neumonía era el nuevo diagnóstico.

Debíamos intensificar los cuidados y los tratamientos. Solo deseaba que el señor Antonio Castro regresara para estar al lado de mi madrina, aunque su retomo significaría para mí días de tormento.

Al día siguiente, el 28 de abril, en la casa se vivía el silencio y afuera la lluvia no cesaba. Me sentía triste por la salud quebrantada de mi madrina, estábamos solas. Me senté al lado de su cama, en el sillón que ella ocupaba para realizar sus oraciones, y empecé a leerle el libro que hasta hacía pocos días veníamos compartiendo en medio de risas que nos producía su estrafalario personaje, era el libro que escribió Don Miguel de Cervantes y Saavedra, llamado El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, mi señora respiraba con dificultad y me dirigía sus lánguidas miradas y sus labios pálidos no esbozaban sonrisa.

Llegó la noche, eran ya las ocho, mi tristeza embargaba mis sentidos, faltaba una hora para mi cita, debía haber estado emocionada, inquieta... feliz, pero en todo el día apenas pude recordar el tono de la voz de mi galán; más bien, deseaba que no viniera en estas circunstancias, aunque no representaba peligro a que me descubrieran yo me sentía abatida, era responsable de cuidarla y no dejarla un instante.

Faltando veinte minutos para el encuentro mi señora se durmió profundamente, fui a mi habitación, me quedé mirando mi reflejo en el espejo, me sequé las lágrimas, temía tanto un fatal desenlace, la veía tan agitada al respirar, el chillido en su pecho quebrantaba al mío. Fui entonces a mi tocador, me arreglé el pelo con una floja trenza a mi costado derecho, me coloqué las peinetas de oro, mis zarcillos de filigrana, acomodé mi typoi, mis enaguas y mi largo pollerón blanco, me cambié las sandalias por zapatos abotinados para evitar la humedad del patio trasero, con la manta en la mano abandoné mi habitación.

Miré por la ventana que daba al patio, desde allí nada era posible visualizar, la oscuridad era inmensa, encendí un farol y abrí la puerta chillona por donde debía salir para ir a las caballerizas que estaban sin los caballos, porque el patrón los había llevado tirando la carreta con provistas para el viaje, salí al patio y caminé al encuentro con el capitán Castelar.

A pesar de que la lluvia había pasado, el cielo todavía estaba encapotado de negras nubes, no había luces de estrellas y la luna estaba ausente, la oscuridad era extrema y sentí también un miedo extremo, no sé porqué y de dónde sacaba las agallas, ignoré mi cobardía y mi comportamiento siempre obediente a los consejos de mi madrina... si ella supiera esto, seguro le daría un gran disgusto y quizás la decepcionaría. Estaba en camino al primer encuentro que tendría con un hombre a quien casi no conocía. No entendía lo que pasaba conmigo, pero sentí de vuelta las alas flotar en el aire cuando vi una sombra negra, él estaba parado y recostado por la puerta de entrada a las caballerizas.

Paré la marcha cuando sentí en mi interior el aire entrecortado que me golpeaba las entrañas y agitaba mi corazón, me invadió una sensación de tremenda cobardía en ese momento, pero no podía ya declinar de esta situación cuando él me había visto y me impulsé de golpe -¡No... retroceder ya no! -fue la voz en mi interior que me pujó hacia él.

-¡Buenas noches, señorita Paloma! -tomó mi mano y quedó unos segundos detenido en un beso.

-Buenas noches, capitán, le ruego discúlpeme porque esta conversación será muy breve, tengo muy enferma a mi madrina -le dije casi sin respirar, la luz de mi farol reveló el fulgor de su intensa mirada.

- Sé perfectamente que este encuentro será breve, señorita Paloma, pero... yo no podía ya resistir, quería verla y hablarle a solas, comprendo que para usted es difícil esta reunión.

-¡Ciertamente! -fue mi respuesta-¿y qué quería usted decirme? -le inquirí con algo de arrogancia, recurso al que decidí apoyarme para darme algo de confianza

-Yo en realidad necesitaba mirarla de cerca, sin tener que alejar la vista para otro lado, tomar sus manos y llevar conmigo su aroma; le ruego, señorita Paloma, que disculpe mi atrevimiento.

Allí comprendí que aquella primera vez que yo le había visto a pocos metros de distancia, también se había fijado en mí y astuta y delicadamente distraía su mirada enfocándose en un supuesto a lo lejos.

-¡Capitán, por Dios! -solo logré decir esto cuando de un gran paso se puso frente a mí, me rodeó la cintura con sus brazos, me apretó contra su pecho suavemente y me besó, temblé... ahí mismo entre sus brazos yo temblé, correspondí a su beso y revoloteó mi pecho, todo estaba claro para mí, yo me había enamorado de ese atrevido hombre. Él me soltó suavemente, me miró fijo a los ojos, acarició mi pelo, tocó mis zarcillos y mi cuello, posó sus manos en mi rostro y volvió a besarme, sentía que quería retenerme y yo no ofrecía aún resistencia, no podía. Me impuse a su abrazo con fuerza para soltarme y huir de eso que me apeligraba y lo logré.

- Solo quiero entender qué significa esto para usted, capitán -le dije con enojo-¡yo quisiera que me hable, yo le escucho!

-Significa que usted me gusta mucho, señorita Paloma, y quisiera volver a verla mañana aquí a esta hora -me dijo en medio de un gran suspiro.

-¿Y usted que se ha creído, capitán? ¿Piensa que puede venir a atropellar con sus atrevimientos y querer hacer de este encuentro una costumbre?, ¿esa es su idea conmigo?

-Perdóneme... le ruego por favor perdóneme, es verdad que me pasé de atrevido y me avergüenzo de ello. Permítame, señorita, Paloma, volver a verla mañana, yo siento que la extrañaré desde esta noche -él dio pasos para atrás y lo vi realmente apenado y angustiado por su comportamiento, pareciendo que su pedido de disculpas era sincero.

- Debo volver a la casa ahora, espéreme mañana, solo creo que debe ser más comedido conmigo -él asintió en este punto ante mi fría respuesta-y pienso que debe cuidarse al toque de queda.

- El toque de queda no me afectará, no se preocupe, señorita, no olvide que tengo ciertos privilegios de la gobernación -Él besó los dedos de sus manos y me tiró el beso al aire, otro gesto osado, pero resolví hacer que no lo había visto para no tener que volver a reprocharlo, pensé que quizá en España los caballeros hacían esos gestos de galanteos a sus damas.

No pude dormir esa noche reviviendo los minutos de mi primera cita con Rodrigo, aunque ello significaba un gran pecado, pues no era lícito encontrarse con un hombre a solas, yo estaba jugando con fuego y podría quemarme, marcarme de por vida si la gente se enterara; decidí, entonces, tomar mi libro y lentamente fui al cuarto de mi señora y cuidé su sueño mientras buscaba encontrar paz en mi conciencia y a mi corazón darle rienda suelta.

 

 

CAPÍTULO IV

SALÍA EL SOL EN MI VIDA

 

Al día siguiente, mi madrina despertó con peor semblante y aún más debilitado su estado de ánimo, era evidente que su salud empeoraba, la felicidad que me producía haber estado con Rodrigo la noche anterior se transformó en gran tristeza por no ver mejorar a mi señora.

La mañana... otra vez lluviosa, otra vez intempestiva. Intentando mitigar un poco la pena de su enfermedad, decidí cambiar el texto y tomé un libro de autor inglés pero traducido al idioma español, el autor era Daniel Defoe y la obra Robinson Crusoe, a mi señora Victoria le pareció buena la idea y empecé a leerla con el mayor entusiasmo solo para motivarla.

-Hija querida, ve a descansar... -ella interrumpió mi lectura a poco tiempo de haber empezado.

-Madrina, querida, ¡por favor, no hable! ¡la necesito mucho, por favor, sane ya...! -le supliqué.

- Hija, siempre nos ha gustado compartir obras de la literatura española, no tenía conocimiento que esos libros ingleses estaban en la biblioteca.

- Sí, madrina, habían llegado con la última partida y están ubicados en la parte alta del estante.

-¡Paloma...! ¿Sabes dónde está situada Inglaterra?

-Madrina, no creo conveniente un diálogo en este momento, mejor sosiéguese.

-¡Paloma...! ¿Sabes dónde está situada Inglaterra?

- Sí, madrina, es una de las naciones que comprende Gran Bretaña, situada en Europa occidental... -ella me interrumpió.

-¿Y a ti te gustaría conocerla? -me di cuenta que mi madrina deliraba desde el momento en que me inquirió sobre esos libros, porque ella sabía que estaban en la biblioteca.

-¡Sí, claro! Pero, madrina, por qué hablamos de lo que yo quisiera, la verdad lo que más quiero es que usted se mejore.

- Yo quiero que tú seas feliz, hija mía, y me gustaría que conozcas Inglaterra y la has de conocer -no soporté verla tan delirante y le hice más cataplasmas, sin dejar su habitación, hasta que la fiebre iba bajando poco a poco, entonces ella se durmió el resto del día.

Me halagó su preocupación por mi felicidad en medio de su agonía y pensé... ¡Inglaterra! Jamás lo había imaginado siquiera y de hecho distaba mucho del país de mis sueños, no sabría qué loco destino podría llevarme alguna vez por aquella fría y tan lejana tierra. Lo desterré de mi mente, no lo tendría en cuenta en adelante nunca jamás.

Las horas pasaron muy rápido y pasó también la hora de mi cita, esta vez no podía ser egoísta y olvidar a mi digna señora tendida en su cama. Resolví ir al día siguiente de vuelta junto al doctor y buscar también con la mirada a mi enamorado abandonado en la segunda cita.

El 30 de abril me desperté abruptamente de aquel sillón, miré a doña Victoria, ella ya estaba despierta pero sus ojos parecían perdidos, luego de atenderla salí corriendo a cumplir con mi cometido, encontré al doctor Pérez justo al llegar a su consultorio. De regreso a la casa en compañía del doctor, miré por todas partes pero ni rastros de Rodrigo. Las calles más que nunca atestadas de gente que corrían por todas partes, ese día por fin salía el sol después de días de lluvia.

El día después, gracias a Dios, mi madrina empezaba a mejorar paulatinamente, no me alejaba de la cabecera de su cama cuidando a que la fiebre no volviese a subir y entonces ella me dijo:

-Paloma, quiero que vayas a buscar al licenciado Roberto Pardo, ya lo conoces, es aquel escribano, mi apoderado y mi estimado amigo, conoces donde encontrarlo. Corre, niña, y tráelo -asentí con la cabeza y me fui.

Dejé a mi madrina en compañía de doña Leonor, la cocinera de la casa, mujer mestiza de muy nobles sentimientos quien poseía lo que llaman en la Provincia

“la sabiduría del campo”; ella, con 65 años encima, era la comandante de toda la casa. Por medio de ella, yo formaba parte de un grupo secreto de hombres y mujeres que planeaban suspicazmente la anhelada independencia a la Corona española y aunque yo no asistía a sus ocultas y cada vez más asiduas reuniones, los miembros me mantenían al tanto de las intenciones y yo comprometía mi apoyo cada vez más a la noble causa.

Anhelaba ver otra vez a mi enamorado en el camino, aunque mi dirección me llevaba exactamente al lado contrario de donde lo solía encontrar; sin embargo, lo vi muy a lo lejos, sobre su caballo, con otros dos militares que estaban a su derecha y a su izquierda; se adelantó un tanto de los otros cuando apenas me divisó y pasó a mi lado haciéndome una galante reverencia, levantando su sombrero, yo correspondí a su saludo inclinando levemente la cabeza.

Caminé rápido como me pedía mi señora, pero no tanto como para que mi galán pudiera alcanzarme. Llegué a la Notaría y esperé por el licenciado Pardo, y para mi gran sorpresa quien llegó antes que el escribano fue mi “Romeo”, cruzamos las miradas sutilmente y puedo asegurar que me lanzó un beso con un gesto de sus labios, se acercó lentamente y me regaló una hermosa sonrisa mientras sus ojos se achicaban al punto de parecer dos líneas de espesas y tupidas pestañas... me estremecí y me dije para mis adentros con preocupación: -¡Dios mío! él juega conmigo, sabe que es un galán y sabe que me está enamorando, debo mantener la cordura y la compostura con toda mi estudiada elegancia colonial; dentro de todo, yo también merezco imponerme-y retomé mi serenidad.

-¡Señorita Paloma, está usted más guapa desde la última vez que la vi! -me dijo pícaramente.

-¡Muchas gracias, capitán! -murmuré despacio-. Mi madrina está mejorando gracias al Señor y yo, por ende, algo mejor -me permití una amplia sonrisa y él clavó sus ojos en ellos, temí con la idea de que podía saltar sobre mí en cualquier momento, como araña a su presa. Me alejé un paso hacia atrás por dictado de mi mente, pero, a la misma vez, daba dos pasos ficticios adelante ante la insistencia del corazón.

-¿Nos podremos ver mañana en la noche? Lamento que hoy no podrá ser porque debo estar en la Gobernación, pues estamos recibiendo a un importante visitante portugués -dijo esto casi susurrando y con un gesto de pena en su rostro.

- Sí... -le respondí intrigada, pensando en el visitante y que suponía vendría con una importante misión que manifestar al gobernador Velasco, eso distrajo mi mente un instante. No obstante, ese día volvía a salir el sol en mi vida por la salud mejorada de mi madrina y porque volvería a ver a Rodrigo, estaba claro el lugar y la hora, no era preciso conversarlo más. Me reverenció y se retiró sin hacer un solo ruido.

Al día siguiente, el primer día de mayo, me pasé la tarde preparándome para la noche, ya podía empezar a sentirme aliviada por todo, entré a mi habitación, me sumergí en la tina y tarareaba de tanta felicidad, estuve horas eligiendo mi vestuario y mis joyas, pero no podía evidenciarme a doña Victoria por si decidía levantarse y llamarme a que la acompañase cerca de su cama justo a la hora de mi cita, entonces renuncié a uno de los más bellos vestidos que ella me había regalado.

Me decidí por un vestido de esos que usaba dentro de la casa pero muy bonito, de color rojo con florecillas blancas, ceñido en la cintura, con mangas estrechas hasta los codos y de falda amplia, sujeté mi pelo en media coleta y dejé suelta la otra mitad sobre mis hombros, de joyas... solo un par de zarcillos de coral.

Fui entonces al gran salón y allí la encontré, parada frente al ventanal mirando hacia la calle, parecía sorprendida de verme con los zarcillos puestos, solo para estar en la casa.

- Paloma, te esperaba. ¡Hija, estás linda! -mi madrina me abrazó suavemente y me llevó hasta los sillones-. Quisiera hablar contigo, hoy hablemos de ti, cuéntame de tus inquietudes, de tus anhelos, no estarás ocupada ahora ¿verdad? -inquirió.

- Madrina, nada tengo pendiente por hacer -yo miré el gran reloj que estaba en pie a un costado del salón y daban las siete de la tarde, gozaba de considerable tiempo para hablar con mi amada madrina.

- Mi querida señora, gracias porque quiera hablar de mí, pero no sé qué decirle.

-Cuéntame sobre eso de que quieres escribir novelas...

- Bueno, esto no es fácil, me gusta la narrativa pero me cohíbe decirlo incluso a usted -le dije avergonzada y ella me miraba sin emoción alguna.

-¿Y crees tener el talento y la habilidad para ser escritora? ¿Alguna vez lo has intentado acaso, Paloma? Hasta ahora solo te has dedicado a leer novelas, historias y poesías, y eso es importante, pero tu formación es aún muy somera. Intenta realizar un ensayo o cuento breve sobre un tema que te apasione, y hazlo con pasión, fuerza y vehemencia, porque la sal de los escritores es la pasión, hija.

Me encantaban sus consejos, amaba su melodiosa voz y adoraba sus palabras, quien sino ella, mi madrina, casi una madre, ciertamente una madre adoptiva por la bendición divina, a interesarse por lo que yo soñaba; yo me preguntaba cuáles motivos la impulsaban, siendo que ella ya había criado a sus propios hijos, los encaminó, los aconsejó y los amó, ya debía darse el tiempo de disfrutar la belleza de la vida y, sin embargo, se preocupaba por mi vida, una chica sin familia y sin una sola gota de sangre que me vinculara a ella.

-Mi querida madrina, puede que no tenga el talento para la narrativa, pero la he de construir roca sobre roca y florecerá sobre ellas la inspiración que llevo en el alma. Sí, mi señora, haré lo que me pide, yo se lo prometo -le contesté ante su amorosa mirada y sonrisa.

- Pykasu, lamento que no puedas estudiar. Tú sabes que la universidad aquí es una utopía, y en toda la provincia no existen instituciones para estudios literarios; además, también sabes que solo los hombres pueden estudiar, niña.

- No, madrina, no pretendo tanto, eso no cambiará aunque más quisiera. Pero haré mi parte con pasión y ahínco como usted dijo.

-¡Eso es bueno! -me respondió.

-Pero hay algo que quisiera que usted supiera, ya que estamos hablando de todo esto... Madrina, yo sueño con conocer España, sueño con viajar, no me pregunte por qué motivo, se lo ruego, y tampoco se sienta mal si no se cumple, es solo un sueño y a veces con el tiempo los sueños se modifican.

Ella no contestó, me miró fijamente como con cierta pena porque sabía que era un sueño imposible de cumplir. No había paraguayos que iban a España, no era la regla, pero yo albergaba otro motivo más o, mejor decir, el verdadero motivo por el que quería ir a España, no era solo estudiar lo que me motivaba y eso era un secreto que lo guardaba celosamente en mi corazón.

-Mi señora Victoria, yo tengo una preocupación sobre mi personalidad y creo que es el mayor de mis inconvenientes, es algo que no sé cómo superarlo.

-¿Qué te preocupa, hija?

- Mi timidez... me siento muy insegura y rezagada frente a la gente, titubeo y me cuesta hablar. Pero esto no es novedad para usted que me conoce bien, sin embargo, yo me siento cada día más entorpecida.

-No confundas, hija, la timidez con el recato. Ya aprenderás a librarte de tu leve timidez y cuida por siempre que tu comportamiento sea sosegado, claro y reposado. Creo que la vida te dará la oportunidad de pulir tu personalidad y te sentirás más firme y resuelta a vencer lo que hoy te preocupa -luego calló clavándome su tierna mirada.

Sin saberlo, ella había dado en el verdadero trasfondo de mi condición moral, quizá estaba mal con mi prudencia desde que conocí al capitán Rodrigo Castelar, yo sabía que mi mesura y mi sensatez estaban disminuidas ante mi propia conciencia, pero yo haría algo a ese respecto, como haría que mi confianza se impusiera ante mi leve timidez.

En estas conversaciones pasaba tiempo y dieron las 20:50 de la noche, doña Victoria leía su libro en silencio, yo la miraba de reojo pues no deseaba despertar sospechas, bajó de pronto su libro, se levantó y me pidió que la acompañara hasta su cama, entonces fuimos, la acomodé en su lecho y me pidió una taza de leche caliente, volé por el pasillo, entré a la cocina ya deshabitada por doña Leonor, gracias a Dios la leña todavía ardía sobre el fogón, la acompañé hasta terminar su leche. Le di las buenas noches y volé otra vez por el pasillo, busqué mi manta y salté al patio sin mirar si había farol encendido.



CAPÍTULO V

EN BANDOS DIFERENTES

 

Llegué al portal de las caballerizas y corrí a sus brazos, solo sentí el latido de su vida, pero sus cortos suspiros parecían más nerviosos que amorosos, él me dio un beso y se detuvo en mis labios unos segundos mientras me miraba fijo a los ojos, estaba taciturno, algo esquivo.

- Rodrigo, estás extraño esta noche ¿acaso te sucede algo?

-Nada de qué preocuparte, Paloma -él me abrazó muy fuerte, lo miré tratando de encontrar el motivo, él tardo en hablar.

-Creo que habrá cambios en la Gobernación, cambios muy importantes... -bastó solo eso para que yo quedara más atenta.

-¡¿Cambios... qué cambios, Rodrigo?!

- El general Manuel Belgrano es el primer secretario del Real Consulado de Buenos Aires y jefe de una expedición a la Provincia del Paraguay, y el día 9 de marzo con sus tropas atacaron a Velasco y este, lamentablemente, retrocedió. Entonces, las tropas paraguayas contraatacaron por tres puntos distintos antepuestos por una artillería. Los argentinos insisten en derrocar a la Corona española de esta provincia y sabemos que planean además anexarla después a la Argentina, bueno... es complicado, y no sé porque te estoy contando todo esto -suspiró y continuó- ¡Me enerva lo que está ocurriendo... el gobernador...! -él se puso muy nervioso, vi su rostro exasperado y los dedos de sus manos se crisparon como queriendo golpear algo.

-No sé qué decirte, Rodrigo, puedes estar tranquilo si los argentinos ya han sido vencidos y... cuéntame ¿qué más ocurrió?

-Yo no dije eso, Paloma, solo dije que fueron enfrentados por el Ejército paraguayo -suspiró y continuó-. La fuerza y el temple que demostraron quienes comandaron las tropas paraguayas, son de temer... -sus ojos estaban encendidos y suspiraba sin cesar, pude comprender que venía de tener una discusión sobre este asunto, quizás con el mismo gobernador Bernardo de Velasco.

-¡Oh...! Perdón, entendí que habíamos vencido -mi voz interior me decía que debía ser prudente y que no era momento para hablar de la seriedad y profundidad de nuestra relación sin nombre, razón por la cual necesitaba verlo esa noche, entonces me conformé con solo escucharlo considerando la importancia del tema.

-¡Sí...! en realidad las tropas paraguayas han vencido y que se le concedió a Belgrano la derrota con honores, consintiendo su retirada y el cruce del río Paraná con su poderío en armas... Pero hay otra cosa que me preocupa más...

-¿Qué sucede, Rodrigo?... habla conmigo al menos -mi ansiedad me empezaba a traicionar y lo inquirí exaltada.

-Paloma... que la inacción de nuestro gobernador español trajo consecuencias negativas, después de la afrenta por parte de los paraguayos contra los argentinos, entendemos que les dio coraje incluso de enfrentar a la Gobernación, a la Corona española. Hemos sabido que un grupo de paraguayos están planeando atacar el Cuartel de la Rivera e intimar a Velasco, con el objetivo de lograr independizarse de la monarquía española, pero no hemos identificado aún a los integrantes, tampoco la fecha del golpe, justo ahora que ha llegado el teniente José Abreu, un emisario portugués, reconociendo a la Reina Carlota Joaquina como legítima sucesora de la Corona y de los dominios de España. ¡Ahj...! Debemos evitar toda sublevación a como dé lugar, ¡te aseguro que esa situación no se dará! -aseveró golpeando su puño cerrado contra su otra mano.

Quedé abstraída, porque yo sabía de cual grupo de sublevados hablaba, era del mismo que yo formaba parte. Si bien era una pequeña tropa de hombres y mujeres que trabajábamos muy secretamente para un golpe revolucionario y libertador de esta monarquía extranjera, ya tenía la fuerza de muchas mentes planificadoras, de mucho coraje, de mucha pasión.

-Rodrigo ¿qué más? ¡tú me asustas! -prorrumpí ya con preocupación..

-¡Estaré tan loco por contarte todo esto, tú no te preocupes, niña...! -calló después de estas palabras.

Me daba cuenta de que su ánimo había modificado, el absorto era él, sentí un miedo repentino a no volver a verlo, temí por su vida, quería retenerlo a mi lado, solo tomé sus manos y estiré cada dedo que lo tenía contraído.

- Bueno, niña, ya debes entrar a la casa, solo quería verte al menos unos minutos.

-Sufrí ese instante, quedé atribulada, perpleja. ¿Se estaría despidiendo de mí? pensé, y me quedé sin palabras, una inmensa tristeza ante esa posibilidad oscurecía mi espíritu. Lo abracé fuertemente, al punto de que hubiera sido necesaria practicamos una defección si quisiera la vida separarnos, pero él me apartó y no la vida, me miró y me franqueó el camino de vuelta a la casa y sin decir más palabras él se fue.

-Me fue difícil conciliar el sueño y desperté al día siguiente con mucha preocupación, no podía levantarme de la cama, presentía que se avecinaban problemas en el horizonte.

Estuve toda la mañana cerca de mi madrina, como siempre, y por la tarde iríamos a escuchar misa para agradecer a Dios por su restablecimiento, para mí era más que eso, le rogaría a Dios tuviera piedad y que no apartara a Rodrigo de mi lado, y le pediría también que no fuera descubierto el grupo insurgente y que llegáramos a cumplir los propósitos.

Momentos antes de salir para la iglesia, doña Leonor, la cocinera y además compañera insurgente, me llamó desde el pasillo.

-¡Pykasu, tenemos que hablar, es urgente! -me habló en tono bajo y apresurado, me estiró de la mano y entramos sigilosamente a la cocina.

-¿Qué pasa, doña Leonor? ¿Qué es tan urgente? ¡doña Victoria ya me espera en el salón! -le dije aceleradamente.

-En las reuniones en la casa de ya sabes quién se están ultimando los detalles de lo que ya sabes, y no se hará en la fecha acordada, sin embargo, ya hay nueva fecha y hora -ella me miraba con los ojos desorbitados con sus largos y huesudos dedos de la mano derecha hundidos en mi brazo izquierdo.

-¡¿Sí...?! ¿y tenemos alguna misión, doña Leonor? hable rápido y, por favor, dígame la nueva fecha -recordé mi encuentro con Rodrigo y supuse que el cambio de fecha habría tenido que ver con la venida del emisario portugués.

- Sí, hija, tenemos obligaciones indicadas por doña Juana de Lara, quiere que el día 14 de mayo, ya en horas de la noche, nos soseguemos todos en nuestros cuartos y mantengamos apagados todos los faroles de la casa, sobre todo los que dan a la calle.

-¡Solo eso! -exclamé desencantada.

-Sí, y mantener la calma, ellos están planeando atacar en la madrugada a Velasco -doña Leonor era toda una adalid y nuestra misión a sosegamos era suficiente para ella en miras a la consecución del objetivo.

-¡Dios mío, ahora voy entendiendo!

-¿Entender qué cosa, niña? -preguntó con gran curiosidad, con esa voz algo varonil que ni hablando despacio y lento lograban feminizar sus palabras.

-Nada, doña Leonor, solo pensaba en que por fin seremos libres -a regañadientes le sonreí, pensaba que el pueblo sería libre, pero mi corazón estaba preso de quien ceñía las cadenas, me sentí confundida.

-Yo la tendré al tanto de todo y veremos si habrá alguna otra misión y más importante. ¡Por mí fuera, niña, estaría al mando de los cañones! -doña Leonor lo dijo con tan gracioso ademán, ella levantó su falda hasta sus rodillas consumidas y duras, separó las esqueléticas y morenas piernas, los brazos en alto, con tal postura ella se pararía en la línea de batalla, y en eso dijo... -Y quisiera ser yo quien dé las órdenes de ¡apunten!, ¡disparen!, ¡fuego! -reí al verla tan ensimismada con la causa y por su extraño desparpajo, tan libre y tan gracioso.

-¡Doña Leonor, que así sea! ahora corro donde mi madrina que no sospeche de nuestra conversación en tan bajo tono -fui al salón buscando a mi señora madrina y nos encaminamos hacia la iglesia.

En la calle se sentía un clima de extraña tensión, la gente como siempre iba y venía, pero la guardia española estaba muy atenta, los montados en sus caballos y los centinelas de a pie se reunían de a dos, estos recorrían las aceras con rostros austeros buscando indicios de conspiración.

A doña Victoria no le parecía extraño, yo la miraba y en mi mente me preguntaba si tenía conocimiento de los últimos acontecimientos y la existencia de un grupo secreto que intentaría un golpe independentista y qué cosas me diría si supiera de mi silencioso apoyo a este grupo de rebeldes. Yo amaba profundamente a esa maravillosa señora, mi corazón se debatía en pronunciarme en contra de algo que la afectara y que nos separara, igualmente albergaba la esperanza de su perdón y abrigo, de no independizarme de su amor y de servirla hasta donde yo tuviera la vida. Yo era una pequeña pieza, pero una insurrecta convencida hasta ese momento o hasta hacía poco tiempo, yo estaba confundida, dividida por amor a un hombre español, aunque era el momento esperado con tanto ahínco, temía claudicar mi apoyo al grupo.

-¡Por amor a mi gente y a mí misma, no claudicaré! -fue mi breve soliloquio pronunciado con la voz del alma, no podía volverme atrás, el pueblo estaba ansioso por la merecida libertad.

Estaba en una situación difícil y debía separar las cosas, él era mi amor y también mi verdugo, yo tomaba una decisión concreta aunque doliera el corazón, porque era claro que Rodrigo y yo estábamos en bandos diferentes y ya no había que titubearlo más.

 

 

 

 

 

 

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