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JULIO SOTELO


  HISTORIA DEL CARNAVAL ENCARNACENO, 2014 - Por JULIO SOTELO


HISTORIA DEL CARNAVAL ENCARNACENO, 2014 - Por JULIO SOTELO

HISTORIA DEL CARNAVAL ENCARNACENO

Por JULIO SOTELO.

julio_sotelo22@hotmail.com

Encarnación – Paraguay

2014

 

 

 

 

ENCARNACIÓN: MÁS DE UN SIGLO BAILANDO EN CARNAVAL

Investigación de JULIO SOTELO



Investigación histórica de Julio Sotelo para el libro Historia del Carnaval Encarnaceno.

Encarnación, 27 de enero de 2014.


El carnaval más famoso del Paraguay, la mayor fiesta que tiene a nuestra ciudad como principal referente en la región, que despliega brillo, lujo y esplendor nació a principios del siglo XX. En la actualidad, la combina­ción de sol y arena de la Costanera, con el majestuo­so río Paraná de fondo, y los carnavales encarnacenos, convirtieron a Encarnación en el principal centro turís­tico del país.

Pero, ¿cómo surgen los corsos más espectaculares? Para conocer el origen vamos a remontarnos hasta fines del siglo XIX, acompáñenos en este viaje al pasado.

Nuestro país comenzaba a resurgir de las cenizas de la guerra genocida que dejó a una población diezma­da con cinco años de cruenta guerra contra la Triple Alianza. Pasaron tres décadas y los sobrevivientes que volvieron de los campos de batallas reconstruyeron sus familias y los inmigrantes que llegaron de lejanos luga­res del planeta y eligieron a Villa Encarnación para echar raíces, lograron que para 1906 pudieran nueva­mente tener alegría después de años de tantas tristezas.

El majestuoso río Paraná que constituyó una vía esencial desde la época del descubrimiento contribuyó para que Encarnación prospere nuevamente. El Paraná siempre fue productivo ya que desde las primeras co­lonias se trasladaban por esta vía los productos que ya existían naturalmente como la yerba mate y la madera, que comenzó a explotarse en los obrajes de la región.

La Villa Baja recostada a orilla del río, bordeada por verdes colinas, era una bucólica aldea, bellísima como un jardín, con vegetación exuberante, cuajada de flo­res de naranjos, apepús, embalsamando con aroma a azahar el ambiente. En 1906 Encarnación contaba con 10 000 habitantes, estimativamente. El país alcanzaba 635 571.

Un gran flujo migratorio de sirio–libaneses, fran­ceses, italianos y algunos españoles, trajeron consi­go un mosaico humano que sumaron sus aportes a la conformación de una sociedad nueva. Los pobladores adquirieron un refinamiento cultural apreciable. Los encarnacenos pronto adoptaron costumbres distintas. El auge comercial posibilitó a la gente acumular rique­za que le permitió realizar fastuosas construcciones y adquirir enseres domésticos al estilo del Viejo Mundo.

Las clases más adineradas sucumbieron ante la fiebre de demostrar su condición económica, de salir de ese común denominador determinado por la arquitectura, reemplazando a las primitivas construcciones de aleros o corredores, apareciendo algunos balcones, lunetas, capiteles, guirnaldas y balaustres que le daban un aire europeo.

La entrada del siglo XX transformó su perfil urbanís­tico. Las construcciones que empezaban a engalanar el núcleo urbano se realizaron con aporte artístico de los maestros constructores provenientes de Italia, Francia y España. Los edificios tenían un estilo de paredes grue­sas y adornadas que dieron a la Villa un aire de ciudad, sin afectar el carácter coloquial que caracterizó siempre a Encarnación.

De aldea fue convirtiéndose en una urbe impor­tante. En todo el país se hablaba del éxito económico alcanzado. La prosperidad hizo que la Villa Encarna­ción comenzara a tener un ambiente de casa grande. Las viviendas construidas en los primeros años de 1900, en su mayor parte ya tenían características europeas, notándose la influencia de los inmigrantes. Alguna sun­tuosa, como la residencia de don Domingo Bado, acau­dalado comerciante, tenía grandes salones para bailes, que se desarrollaban periódicamente, y a los que concu­rrían lo más selecto de la sociedad de Encarnación y Po­sadas cuyas familias estaban estrechamente vinculadas por lazos de amistad, y algunas por afinidad.

La comunidad contaba con un núcleo selecto de fa­milias respetables, vinculadas muchas de ellas con las de la capital de la república, que hacían una activa vida social íntima. Ofrecían espléndidas reuniones sociales y fiestas bailables. Contribuyó a ese entusiasmo de rela­ciones entre los vecinos de Encarnación y Posadas,

Normal era ver a las damas de las familias acauda­ladas sentarse en sus balcones con balaustradas con sus abanicos en mano. Los paseos por las calles céntricas con aire europeo alegraban la vista de los transeúntes. Así, con esta incipiente élite familiar, se funda el Centro Social, el 4 de marzo de 1905.

Como las fiestas de carnaval están estrechamente li­gadas a la abundancia y a la riqueza, a fines de febrero y comienzo de marzo de 1906, la gente que fundó el Centro Social, realizó un desfile de carrozas y celebra­ción de los días de carnaval, con ocasión del primer año de la fundación.

Este primer desfile se realizó frente al edificio de la Aduana que representaba la majestuosidad y el desa­rrollo. A estas fiestas de disfraces y desfile de carrozas llamaron corsos florales, similares a las estudianti­nas que se realizaban en el exclusivo club El Porvenir Guaireño de Villarrica y que tenían reminiscencias europeas, incluso las telas para las vestimentas, las be­bidas, los accesorios, perfumes, etc., se traían especial­mente de Europa.

Los corsos florales que duraban tres días eran derro­ches de creatividad, papel picado y serpentina. Desfila­ban carros estirados por caballos lustrosos adornados y las niñas ataviadas con trajes de fantasía quienes al cru­zarse con otro coche intercambiaban pequeños ramos de flores en señal de amistad. Infaltables eran los trajes con máscaras, vestimentas multicolores, sombreros co­ronados con plumas de avestruz. Acompañaban a los carros adornados de flores, dos o tres comparsas, cons­tituidas por muchachos que salían a desfilar, tirando serpentinas y ofreciendo confites a los que participaban. Cada comparsa integrada por los jóvenes más distin­guidos de la sociedad. Era la expresión de una juventud bullanguera, de recreación sana y contagiosa.

Los desfiles de carnaval se realizaban en horas de la tardecita. Si bien ya había iluminación artificial, la cos­tumbre de la época no permitía que los jóvenes estén en las calles en horario nocturno. Pero aún así, luego de los desfiles, estas comparsas visitaban las casas de familias para hacer las tertulias, bailar y beber los mejores vinos y champagne europeos.

Siendo una actividad de los jóvenes más pudientes, estos se costeaban exóticos y costosos trajes. Las flores, pomos de perfumes para utilizarlos en los días de jol­gorios se importaban de los centros comerciales más importantes del Río de la Plata y de países europeos. Las fiestas terminaban indefectiblemente el día martes, víspera del Miércoles de Ceniza que las familias respe­taban por la entrada de la Cuaresma.

Desde 1908 hasta 1913 debido a una gran inestabi­lidad por las constantes asonadas militares, las activi­dades sociales, deportivas y culturales desaparecieron. Recién en 1914 con estabilidad política volvieron y con ellas nuevamente la celebración del carnaval que se realizaba en casas particulares donde se reunían los directivos de los clubes y sus familias para divertirse sa­namente.

En 1916, siempre en la zona del puerto, se reinicia­ron los desfiles de carros estirados por caballos, deno­minados Victoria, reiterados por tres días en horas de la tarde, aprovechando la luz del día. Caballos lustrosos y enjaezados, clavel rojo en la negra solapa del traje del cochero, capota baja del coche, las familias encarnace­nas desfilaban por la calle Convención (Mcal. José F. Estigarribia) desde Yegros hasta Caremá (Iturbe), al­gunas en sus propios “victoria” y otras en los de alqui­ler haciendo despliegue de señorío y distinción. De diez a doce coches integraban el desfile.

En las veredas de esas tres cuadras, las personas se reunían para ver pasar a las señoras, niñas y caballeros, quienes, al cruzarse con otro coche, intercambiaban pe­queños ramos de flores, preparados por las damas, en prueba de amistad y demostrando el regocijo que los envolvía al celebrar tan originalmente la fecha.

Los oscuros coches se veían engalanados con las al­midonadas enaguas y crujientes brocados que lucían las señoras que completaban su elegante tenida, con enor­mes abanicos de plumas. Al término del paseo de las tardes de carnaval, se disponían las familias a disfrutar de las alegres como distinguidas fiestas de carnaval en el Centro Social. Estos desfiles duraron alrededor de 5 años, hasta que en 1922 fueron suspendidos debido a la guerra civil que se inició ese año. Luego, el ciclón del 20 de setiembre de 1926 que destruyó la Villa Baja cortó toda algarabía.

Alrededor de 1928, volvieron los desfiles, pero en otro lugar, en el barrio Hospital. Quedaron atrás los desfiles florales. Los corsos que tenían como principal atractivo a los jóvenes más distinguidos de la sociedad fueron reemplazados por las comparsas municipales. Estas agrupaciones tenían especiales características, por cuanto estaban integradas solamente por varones de entre 18 y 30 años, y sumaban 120 integrantes aproxi­madamente uniformados y acompañados de orquestas típicas. Estos jóvenes provenían de los barrios y mar­ chaban por la calle Santa María (Lomas Valentinas), desde Unión (Jorge Memmel) hasta 25 de Agosto (pa­dre José Kreuser).

Como presagio de la inminente guerra, los pasos te­nían más relación con el ejército que con el baile, el desplazamiento de las comparsas se realizaba en estricta doble fila india, al son de marchas más bien de estilo militar. La vestimenta consistía en pantalón blanco, al que se le adicionaban listas o franjas laterales, y cami­sa también blanca, a veces con las listas, o camisas y chalecos de fantasía; acompañados de sombreros y bas­tones que sobresalían tanto por sus colores como por sus diseños. Los comparseros ensayaban sus marciales “coreografías” en las calles de las inmediaciones del Hospital Regional, por ser estas arterias las que, sin ser empedradas, estaban en mejores condiciones que otras para este efecto.

Luego del desfile, la gente se reunía en algunas pistas para bailar hasta la medianoche. Los clubes aun no te­nían locales, a excepción de Centro Social. Estos desfi­les se hicieron hasta el inicio de la guerra en 1932.

Algunos nombres de esas comparsas fueron: “La vuelta de los Trovadores”, “Los Improvisadores”, “Los Caballeros del Sur” y “Los Alegres Muchachos”, entre otras. Los dirigentes de los clubes deportivos y sociales eran los directores de las comparsas. Quedan para el re­cuerdo los nombres de don Agapito Ortiz, don Vicente Cardozo y don Federico Latti, citamos a estos, a modo de ejemplo.

Luego de un paréntesis debido a la guerra por el Cha­co, entre los años 1936 y 1940, tímidamente se van re­verdeciendo otra vez las celebraciones del carnaval. En 1941 comenzó una época que se constituiría más ade­lante como el cimiento del Carnaval Encarnaceno y de ahí en adelante seguiría hasta hoy sin grandes interrup­ciones, en franco aumento de la calidad y esplendor.

En esta década, de a poco se fueron animando las mujeres, en un ambiente distinguido, y con grupos de 10, 12 y hasta 20 parejas por cada club, iban despla­zándose al son de redoblantes y trompetas y orquestas típicas interpretando ritmos tropicales. Las pequeñas comparsas iban acompañando preferentemente a las carrozas.

En los años cincuenta, junto a las carrozas aparecie­ron algunas comparsas de clubes con una activa parti­cipación de las bellas señoritas. En este periodo había más carrozas que comparsas. Es así que desde la década del cincuenta las jóvenes encarnacenas sobresalen por su belleza, de forma natural con su sola presencia, en las carrozas alegóricas que se constituyeron en un elemento del desfile de Carnaval, que adquiere mayor presencia, jerarquía y calidad.

Desde 1960 hasta 1975, aproximadamente, aparecen los trajes de los participantes. Si bien eran originales y coloridos, distaban mucho de tener el brillo que tienen los trajes de la actualidad. Todos los accesorios existían en el mercado, no así las lentejuelas pequeñas que se compraban de Posadas. Estas, en algunos casos borda­das y en otros, pegadas, dejaban como saldo una calza­da de desfile bastante regada por las mismas.

Los participantes, en su mayoría encarnacenos, eran aplaudidos por parientes y amigos, que, ataviados de la mejor manera asistían a las rondas carnestolendas; era una fiesta familiar y de alegría, donde el público llevaba sus sillas hasta las calles céntricas de la Villa Baja para su mayor comodidad y con la sana intención de tirar serpentinas y jugar con lanzanieves. Los premios con­sistían en quién tenía más aplausos.

Las mascaritas eran otra atracción de esos memora­bles años, algunas iban vestidas de un solo tono, con antifaces y prendas de fantasía bordadas y otras con tra­jes hechos de papel. Participaban además de los corsos de antes, los Diablos Rojos, que con su tintineante cola “reprimían” el desborde de los niños en el trayecto del corso, algunos ponían cara de susto, otros daban rienda suelta a sus travesuras. También estaban los Pieles Ro­ jas, elegantes, con un gran despliegue de flecos en sus trajes y tocado de plumas de complemento. Los más solicitados para constituirse en Jefe de Cuidadores de Comparsas eran los Pieles Rojas de atuendo blanco.

Con el correr de los años la organización sufrió gran­des cambios. La base de los carnavales encarnacenos contemporáneos se dio gracias a la formación de la Co­misión de Arte y Cultura de la Municipalidad, el 26 de febrero de 1973, presidida por el profesor César Duba Yunis y eficaces colaboradores, tuvo magnífica organi­zación.

Por quince años, estuvo a cargo de esta comisión y los corsos se realizaban en la calle Juan L. Mallorquín, desde Capellán Molas hasta Mcal. López o calle de la Vía y un año se realizó sobre esta última arteria. Se pasó de los carnavales tradicionales de los años anteriores a unos carnavales espectaculares en los que comenzaron el predominio de las comparsas sobre las carrozas.

De 1977 a 1987 fueron años de importancia para el crecimiento del Carnaval Encarnaceno, los corsos eran organizados por la Comisión de Arte y Cultura coincidente con el inicio del apogeo de las comparsas que mantienen hasta hoy su sitial de privilegio, ya por alrededor de cincuenta años. Las carrozas, hasta la ac­tualidad, siguen siendo el eficaz complemento en el de­sarrollo integral del espectáculo.

De a poco las comparsas van evolucionando, las danzas entonces ya eran realizadas con largas marchas al ritmo de la samba brasilera, y empiezan a presentar los trajes con mayor elaboración en su confección, apa­reciendo en escena tocados, caderales, cuellos y espal­dares, estos últimos serán los de mayor vigencia por la posibilidad de obtener un diseño más impactante en creación y volumen. Así también, irá en constante au­mento la utilización de lentejuelas, pedrería y abalorios, además de las plumas de gallo, plumero, egret, faisán, pavo real y las indiscutidas reinas: las lumas amazonas (de avestruz).

Un día, a mitad de la década del ´70 va llegando Sussy Sacco, una profesora de danza, la que era figura emble­mática de los carnavales de Corrientes, y le propuso a la Comisión de Arte y Cultura incluir en las comparsas los tocados a las bailarinas, se le preguntó quién o quiénes podrían ser los responsables de la ejecución: aparecen los nombres de Betty Cabrera y su esposo Mario Pérez. Allí comienza el periodo del carnaval contemporáneo cuyo sello es el lujo y belleza, además del gran ingenio que ponen los profesores de baile en las coreografías, los vestuarios y los ritmos, ejecutados por las batucadas, que a nivel local se van creando en esta etapa.

En 1982 el desfile se realiza sobre la calle Dr. Juan León Mallorquín entre las calles 25 de Mayo y 14 de Mayo. En 1983 no se realizan los corsos porque la Villa Baja sufrió una gran inundación. En 1984 vuelve a la Villa Baja y despidiéndose definitivamente de la calle de los inicios en 1985. En los años siguientes los corsos se trasladan definitivamente a la Villa Alta de la ciudad, llamada también Zona Alta.

El 22 de setiembre de 1986, en reunión realizada en la sede social del club 22 de Septiembre, se aprobó el primer estatuto de una Comisión de Carnaval que a partir de la fecha rigió el funcionamiento y organiza­ción de la misma. Su domicilio legal se fijó en la ciudad de Encarnación, República del Paraguay y estableció que la Comisión de Carnaval se constituye por los clu­bes sociales y deportivos con personería jurídica y las entidades o asociaciones, sociales, culturales o de ser­vicio con o sin personería jurídica, con domicilio legal en Encarnación y que deseen integrar esta comisión. Su primer presidente, el profesor Cesar Abrahan Duba Yu­nis. Unos años después, esta Comisión se desintegró y la organización de los corsos a partir de 1988, presenta variables, ese año es organizado por la Municipalidad.

En los años 1986 y 1987, los corsos se realizan en el medio de las dos zonas de la ciudad, la calle Mariscal Mcal. José Félix Estigarribia en el tramo comprendido entre General Cabañas y Monseñor Wiesen. En 1988 los corsos se realizan sobre la calle Mariscal José Félix Esti­garribia entre 14 de Mayo y 25 de Mayo.

En 1989 es organizado por una asociación de los clubes participantes. En 1990 los vuelve a organizar la Munici­palidad, mientras que en 1991 lo hace el Club de Ami­gos de Encarnación (CADE) con el Encarnación Rugby Club y desde 1993 por una nueva Comisión de Carnaval.

La Comisión de Carnaval constituida en 1992, en funcionamiento, está conformada por representantes de clubes sociales y deportivos, entidades y asociaciones so­ciales, culturales, comisiones vecinales y de servicio. Sus Estatutos Sociales fueron aprobados el 3 de agosto de 1993 y la personería jurídica desde el 31 de mayo de 1995 (Decreto Nº 9110 P.E.).

El escenario para los años 1989, 1990, 1991, 1992 y 1993 fue la calle Carlos A. López en el tramo compren­dido entre las calles 25 de Mayo y Cerro Corá. Como un hecho peculiar se recuerda el corso del año 1991, que partiendo desde 25 de Mayo sobre Carlos A. López, gira por la Plaza de Armas, sobre la calle 14 de Mayo, para tomar Mariscal Estigarribia hasta Arquitecto Tomas Ro­mero Pereira.

Desde la edición 1992, cada año se rinde homenaje a un protagonista de los corsos encarnacenos, en esa opor­tunidad recayó la distinción en la profesora Hilda Gómez Crosta de Villalba. En 1993 al señor Agapito Ortiz, en 1994, los organizadores eligieron al señor Ciriaco López y en 1995 al señor Olegario “Papi” Ríos y así, sucesiva­mente.

En 1994, merced a una gestión de la Comisión de Car­naval en los trabajos de ensanchamiento de la calzada, adecuándola a los nuevos requerimientos del Carnaval Encarnaceno, la avenida Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia se convierte en la Zona de Corso. El viernes 11 de febrero de 1994, bajo una intermitente lluvia, se inaugu­ró el denominado “Sambódromo” de la Av. Rodríguez de Francia. Dieciocho años después, en 2012, los desfiles se realizan en el “Sambódromo” de la avenida Costa­nera denominada “República del Paraguay”.

El Carnaval Encarnaceno ha pasado por una larga etapa de crecimiento, donde la fantasía es la que reina. Los espectadores ya no son solo locales, Encarnación tiene durante los días del Carnaval, la visita de miles de turistas que llegan hasta la ciudad para disfrutar de un espectáculo que crece año tras año. Su fama ha trascen­dido las fronteras.

Gracias al esfuerzo de muchos que ofrecieron su tiempo y voluntad en más de un siglo, se ha logrado que los corsos encarnacenos sean de creatividad, brillo, lujo y originalidad y ganarse con ello el título de “En­carnación, capital del carnaval” que este año, 2014 inaugura su casa propia en el monumental Centro Cí­vico donde funcionará el Sambódromo como escenario de los corsos más espectaculares del país en el que des­filarán las comparsas y carrozas.

 

 

 

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