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LIA ITATI AVALOS CABAÑAS


  MEMORIAS DE UN YKUA - Novela de LIA ITATÍ AVALOS CABAÑAS


MEMORIAS DE UN YKUA - Novela de LIA ITATÍ AVALOS CABAÑAS

MEMORIAS DE UN YKUA

Novela de LIA ITATÍ AVALOS CABAÑAS

Imprenta SAN JOSÉ

Concepción - Paraguay



Porque los que creen en mi me dan la oportunidad de hacer brillar mi imaginación

hasta convertirse en una bella realidad, de mi gratitud dejo constancia:

 

Mi madre y mi padre de corazón.

mi abuelo Agustín y mi abuela Muñequita.

Mi familia grande….

 

Especialmente a;

Don Chango Cesar Rojas

Lic. Ramon Gimenez

Lic. Nidia Sosa Barúa


 

 

 

 

PRÓLOGO

El poeta Guaireño Manuel Ortiz Guerrero dejaba escrito en uno de sus poemas inmortales, estas estrofas que me gustan repetirlas siempre: “atrévete siempre, este es un gran culto que pocos profesan”, y se encerraba en su templo del arte a recitar su plegaria y allí nacía la poesía y las más bellas expresiones del poeta”.

Hoy, Lía Itatí Avalos Cabañas se atreve a ingresar en ese templo y empieza a escribir expresiones que nacen de su joven imaginación como una surgente mágica que nos envuelve con su pluma atrevida, abriéndose caminos en el difícil arte de la literatura.

Lía nació un 10 de junio de 1994, vive en Horqueta en el Barrio Las Palmas, termino sus estudios secundarios en el Colegio de los Hnos. Maristas de Horqueta. Actualmente realiza la Carrera de Derecho en la Universidad Teconologica Intercontinental UTIC.

En dos ocasiones gano concursos de Literatura en su colegio con el cuento LA NOVIA DEL NORTE y la novela corta MEMORIAS DE UN YKUA. Es arpista de Sonidos de la Tierra desde los 14 años, además es bailarina de Danza Paraguaya desde los 7 años, asidua interesada en la historia de la cultura y su pueblo.

Hoy ponemos en tus manos un material nacido de su joven imaginación para que lo disfrutes leyendo.


Cesar Rojas

Radio Guyra Campana



 

 

CAPITULO I

CAMINO AL MANANTIAL

 

Era una noche envuelta en un zafiro, allí me encontraba yo en un calor que sin las estrellas del horizonte parecería la hora del canto del chochĩ. La sábana pegaba al cuerpo exhalado e irrumpía una cruel sed en la garganta, al sentir que era imposible conciliar el sueño decidí levantarme a tomar agua del cántaro de la casa que se encontraba en el  zaguá continuo a mi habitación.

Al levantar la tapa, para sorpresa mía encontré el recipiente vacio, allí recordé el comentario de mi hermana diciendo que ella, por accidente se le había derramado el agua mientras preparaba el guiso de mandioca.

Entonces decidí por osadía ir hasta el manantial que se encontraba a una distancia que dura la canción que suelo tararear, la había escuchado tantas veces en las rondas de amigos que compartía mi padre cada vez que llegaba a la casa aquel ser andarín de onda mirada ser impenetrable: un tal Emiliano, quien envuelto en licores y tertulias cantaba: Yo fiaba en tu palabra cuando entonces me decías, “Yo nací en este mundo fidedigna para ti”. A pesar de que hace un buen tiempo que no he vuelto a escucharte despertaron en mi sensaciones provenientes del amor, que me ha dejado con la incógnita de cómo ha de ser vivir un amor así.

Decidida tome el cántaro en mis brazos con presteza cruce el jardín saturado con aroma envolvente de resedá, tarareando en mi mente mecánicamente aquella canción “Y con ella te arrullaba como alondra mensajera, entre el ritmo de mis versos te ofrecí mi corazón”.

Tratando de recordar la letra de aquella polca me encontré ante el silencio de las sombras que solo miraban mis pasos presurosos sobre el fresco césped. La tímida luna apenas iluminaba el serpenteante sendero fresco de arena ladina. Entonces, muy junto al manantial esperaba mi llegada con su mirada tenebrosa un solitario “Ñakurutũ”. Consciente de que el ave se imponía como guardián inexorable del manantial, me acerque hasta el brocal de madera y cargue el curvilíneo kambuchi algo de agua fresca, sin embargo, percibí que no solo el “Ñakurutũ” me observaba. Otros ojos se fijaban en mi presencia en el lugar, desde la blanca arena que mis pies pisaban subió por mi cuerpo un escalofrió inhabitual al darme cuenta que me encontraba sola, entonces ignore esa intuición decidí ahora susurrar… “Y te dije con ternura que en el mundo tu me harías el vergel mas delicioso de divina, casta flor”… con el afán de espantar el miedo.

Con el cántaro sobre la cabeza y con la imposibilidad de correr, retome el sentido a casa con serenidad. Pero vi lo que la austera claridad me consentía: una silueta cruzaba raudantemente el sendero y desapareció tras los arboles de timbó al costado del camino. Como amilanar mi miedo que se agigantaba a cada paso que procuraba dar, elevaba mi voz…” Y sumiso como un niño en mi lirica porfia, sollozándote imploraba un albergue para mí”.

Luego de cruzar el jardín, coloque el cántaro en su lugar y ya en la seguridad del cálido hogar me anime a mirar hacia el tenebroso bosque subliminal del timbó.

Atónita y con la mente insistente con mil incógnitas, observe por un tiempo difuso la silueta bajeando el mismo sendero y pude divisar que era una esbelta figura masculina caminando tranquilo, silbando la misma melodía de mi canción preferida. Un inmenso frenesí invadió mi espíritu deleznable y envolvió con violencia mi razón y mi memoria ambaladas en delicado tisú de modo a provocar una fuga fugaz….



CAPITULO II

LA MUEIRTE DE POLÍ

 

A la mañana temprano del día siguiente entre sueños extraños de aquella sombría silueta escuche apenas a mi madre que gritaba llamándome: ¡Laurena!. Despertándome así. Fui como de costumbre a la cocina a preparar el mate, mientras machacaba las hojas de la planta de ruda seguía en mi mente aquella extraña sombra que desaparecía caminando hacia el manantial.

En eso mi padre volvió agitado de la chacra y nos llamo a las tres mujeres de la casa. Por su expresión pude notar que algo grave había sucedido; pues mi padre: una persona con fortaleza de urunde’y, decidida, sin capacidad de quebrantar su sensibilidad (o tal vez carecía de ella), dio la extraña noticia de la muerte de Polí. Un personaje de la campiña eternamente borracho, tan trabajador en la chacra sin descanso sudaba alcohol, que no dejaba de pasar una sola bandera blanca de los almacenes de los alrededores, nunca faltaban en las rondas nocturnas de mi casa. Mi padre siguió contando que a Polí lo mato el Luisón, eso era seguro porque por el cuello había un moretón de mordedura, de la boca y oído salían sangre. Y los vecinos más allegados hicieron correr la voz de que mi padre había encontrado a Polí muerto por el Luisón detrás de un timbó.

Enardecido por la muerte de su amigo de tragos mi padre se propuso junto con otros acabar de una vez por todas con el maléfico Luisón que, aseguran en este pueblo era Don Hilario, un señor ermitaño proveniente de algún lugar desconocido con un hijo joven que nunca conocí, don Hilario tenía una tez extremadamente pálida, un cuerpo escuálido, una sonrisa amarilla de tanto fumar cigarros, un cuerpo que en vez de carne tenia piel de huevo, una mirada amarga… eso decían quienes pocas veces le vieron tan solo llegar en el ultimo almacén de la calle principal de donde se improvisaba. Y mi padre seguía diciendo que era seguro que vengarían aquella horrenda muerte poniendo fin a la vida del Luisón antes de que hubiera otra víctima que lamentar en este pequeño poblado.

Entonces vino en mi mente que fue aquella extraña silueta que yo había visto anoche en el bosque, la única persona que estaba en aquel lugar. Ese mismo instante sentí un escalofrió al darme cuenta de que yo hubiera podido ser la víctima. Todos los hombres ofuscados y armados con cualesquiera instrumentos que les pareciera apropiados para finiquitar brutal intensión fueron a la casa de don Hilario para matarlo.

En silencio seguí con mis quehaceres tratando de no pensar mucho en lo sucedido, así refugiándome en mi canción y esta vez cantando en voz alta… “Pero luego desviaba esa tu alma ilusoria y me arrojaba hacia el abismo tu maligna veleidad”. Al cabo de un tiempo relativamente corto llego mi padre sulfuroso diciendo que fueron a la casa de don Hilario y no lo encontraron y que los vecinos de el dieron a entender que había viajado con su hijo esta mañana hacia Callejón 40, en tono amenazante mi padre exclamo que de nada serviría que huyese, al fin y a al cabo volvería.



CAPITULO III

LA SOMBRA

 

Esa perpetua noche no paraba de dar vueltas en la cama pensando que tal vez el luisón vendría por mi esta vez, de pronto escuche como se aproximaba una tétrica tormenta, al rato empezó a llover y de lo que fue solo algunas gotas se convirtió en un verdadero diluvio. Escuchaba los ruidos en el tejado, mi interior contaba cada gota soberbia que caía, imagine aquella silueta tan extraña que por supuesto innegablemente, era el Luisón. Pensando de nuevo en aquella música que era mi único refugio y antídoto ante el miedo, pude conciliar el sueño ya cerca del amanecer.

Pronto la aurora celebro con matices de colores la perennemente monótona bóveda de tono índigo, los densos celajes viajaron hacia el poniente. Sentí una brisa suave en mi piel y desperté, a lo lejos se veía el canto del monocorde masa karagua’i, como de costumbre y con pasos muy lentos fui hasta la cocina a preparar el mate, mi hermana acababa de llegar con el cántaro lleno de agua fresca, luego de prepararme el mate de ruda fui a barrer el patio, mientras mi madre hacia los quehaceres de la casa. Mientras juntaba las hojas secas de los arboles nuevamente divise algo pasar frente a mi del otro lado del portón. Era algo negro pero no pude distinguir nítidamente, al alzar la mirada ya no había nada… solo aquella senda que llevaba al constante e infalible manantial. No preste mucha atención a eso y seguí con mis labores, al medio día llego mi padre con los porotos y maices tiernos para la comida.

-Ja’uke kumanda rykue, pevá pe’uva’erã pende akã porã haguã mitãkuñanguéra.- asevero con voz firme, como de costumbre.

-Ajapotá chipa guasu hetereíva- contesto mi madre,  al tiempo de atarearse con las espigas de maíz.

Ya en la mesa, que por cierto tuve ganas de ponerla afuera sobre los frescos arboles y al suave brisa; mi padre dio un comentario diciendo que don Hilario no volvió del Callejón 40 y que quedaba terminantemente prohibida cualquier salida nocturna para los miembros de la familia.

Quede retenida en un éxtasis de tiempo contrastando en la imaginación un mundo de monstruos malignos voraces y ávidos de muerte humana y otros más brillante y singular con cuajada de libertad y superabundancia de efusión preparado solo para el amor.

 

 

 

 

 

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