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ADRIANO MATEU AGUIAR


  YATEBÓ Y OTROS RELATOS, 1983 - Narrativa de ADRIANO M. AGUIAR


YATEBÓ Y OTROS RELATOS, 1983 - Narrativa de ADRIANO M. AGUIAR

YATEBÓ Y OTROS RELATOS

EPISODIOS DE LA GUERRA CONTRA LA TRIPLE ALIANZA

Narrativa de ADRIANO M. AGUIAR

Edición, compilación y noticia preliminar de

FRANCISCO PÉREZ MARICEVICH

Tapa­ SAN LA MUERTE – Talla Popular de ZENÓN PÁEZ

DIAZ DE BEDOYA – GOMEZ RODAS EDITORES

© Copyright by F.P.M. y ZENDA – Selección Cultural, 1983

Diseño de tapa: Francisco Corral y Osvaldo Salerno

Logotipo Carlos César Almeida

Primera Edición Paraguaya, 1983

Asunción – Paraguay (203 páginas)



LA PRELIMINAR

Dentro del escaso y, con frecuencia, poco crítico conocimiento de que se dispone del proceso la literatura paraguaya en general, el que se tiene de la del último tercio del siglo XIX es de veras indigente y, por sobre todo, confuso y equívoco. Entre los nombres repetidos de Victorino Abente, de los Decoud —José Segundo y Diógenes, en especial—, de Fidel Maíz, Juansilvano Godoi, Juan Crisóstomo Centurión y Enrique D. Parodi, ocasionalmente suena, entre los poetas elegiacos, el de Adriano M. Aguiar.

Las noticias que nos proporcionan sobre él antólogos e historiadores son exiguas y por completo insuficientes. Nos informan de su residencia en Montevideo y de su inclinación hacia los temas patrióticos, pero más allá de aludir a su tendencia romántica —que siempre ven en él— no avanzan ninguna formulación crítica o, cuando menos, alguna opinión fundada que nos permita inducir que conocían, si no toda, gran parte de su obra. No debe esto extrañarnos, sin embargo, una vez conocida la poca inclinación de nuestros autores de generaciones pasadas a ocuparse en la materia estética. Son conocidas las razones -cultural-históricas y coyunturales— que obligaron a ello, entre las cuales no deberían incluirse ni el desinterés, ni la insensibilidad, ni el desconocimiento.

Adriano M. Aguiar nació en el seno de una distinguida y acomodada familia asuncena, no se sabe con exactitud si en las postrimerías de 1848 o a los comienzos de 1849 —él confiesa tener 21 años a fines de febrero de 1870—, y falleció en Montevideo, donde fijó residencia casi inmediatamente de finalizada la guerra de 1864—1870, en 1912. En su Asunción natal debió recibir una educación todo lo buena que se podía obtener en ese tiempo, y hay indicios de que sus latines y su francés los obtuvo aquí, acaso a través del brillante y erudito P. Fidel Maíz, el fiscal de sangre de San Femando que condenó como culpable de conspiración contra el Mariscal—Presidente al tío paterno de Adriano, Eugenio Aguiar.

Estallada la gran guerra contra la Triple Alianza en 1864, los Aguiar, encendidos de ardor patriótico, se alistaron en el ejército y en él tuvieron notable participación. Adriano, al parecer, y es probable que por su corta edad, sólo tomó parte en las batallas, a partir del postrer ciclo de la guerra, el de la resistencia y éxodo desesperados hacia el confín septentrional del territorio devastado. Es fácil presumir el despavorido mundo de angustia que debió llenar su ánima con su calcinante fuego.

Esta experiencia radical, lacerante y compleja, configuró en adelante su percepción de la realidad, sometiéndola a los contradictorios impulsos del pesimismo y la esperanza. El orgullo de su nacionalidad, profundamente herido por la opinión humillante en que se tenía a su patria y a su pueblo, le impulsó a escribir relatando —con sorprendente objetividad, aunque no siempre lo lograra— la grande heroicidad de los soldados de su país, de la que fue testigo y, ¡qué duda cabe!, protagonista ejemplar aunque desconocido (y aunque él lo calle con varonil pudor).

Es necesario imaginarse el ambiente de hostilidad casi fanática que existía, pujante y dominador, en los países aliados contra el Paraguay, para alcanzar una razonable comprensión del coraje o la audacia de Aguiar en contradecir esa opinión al mismo tiempo adversa, falsa e injusta. Si bien en lo superficial y aparente manifestó compartir el juicio liberal sobre Solano López vigente en ese tiempo, replicó siempre defendiendo a su pueblo en lo que su pueblo fue en la guerra, cuestionando de ese modo la justificación ideológica liberal de la misma como acción “civilizadora” contra la “barbarie” (famosa dicotomía con la que Sarmiento enmascaró el proceso de inclusión subordinada de Latinoamérica en el interior del capitalismo, entonces británico). (1)

La obra en prosa de Aguiar se contiene casi toda en los folletos titulados genéricamente Episodios de la Guerra del Paraguay: Yatebó, Montevideo, 1899; Tacuatí—Itapirú, Montevideo, 1902, y Varia, Montevideo, 1903, una colección de relatos y algún poema en prosa. También escribió otros similares correspondientes a la guerra de Cuba. Sus poemas, de gran interés para la comprensión enriquecida de nuestro proceso poético, se encuentran dispersos en las páginas de los periódicos del Río de la Plata, en algunos asuncenos y recogidos en libros colectivos. Pero no han sido reunidos orgánicamente nunca, y bien que merecen que alguien se tome ese trabajo. (2)

La escritura de Aguiar —único, que sepamos, excombatiente del 70 que narra como escritor, con sentido y don de arte y desde su experiencia de soldado acciones de la guerra—, admite ser ubicado en el contexto postromántico (por usar este término inespecífico) del llamado americanismo lunario, una difusa y ambigua corriente estética subsidiaria del romanticismo, con su color local, el paisajismo envolvente, su superficial visión del mundo humano, que confundía la materia americana con la autenticidad de la expresión de América. Pero no toda la escritura de Aguiar puede ser legítimamente incluida en tal tendencia. Es ya visible en ella su búsqueda de lo exótico, su estrañeza léxica, su cuidado expresivo, su afán de estilo, notas que parecen denunciar a un frecuentador de los refinamientos modernistas. Es cierto que ninguno de esos rasgos son específicos del modernismo —que es, en lo esencial, sugerencia y música, y alarde formal. Es también cierto que Aguiar tiene prosa y verso sometidos aún al patrón que, en ese tiempo, los modernistas superaban, pero con todo es innegable su vinculación con los afanes de la nueva escritura.

Esto parecería autorizar su categorización como un escritor de transición, lo que, de confirmarse a través de un estudio más profundo y fundado de su obra —que yo me permito creer— vendría a reestructurar nuestra actual comprensión del itinerario de nuestra literatura. Lo que constituiría una buena justificación para aceptar esta primera edición paraguaya de parte de su digna obra, si ya no lo fuese el hecho de que estos textos son valiosos de por sí.


Francisco Pérez-Maricevich


NOTAS

(1)     “La civilización que fue a libertarle y a regenerarle pero que, como el carro hindú de Jaggernauth que al pasear triunfante su ídolo sanguinario por las márgenes del Mahanaddy, avanza destrozando con macizas ruedas el cráneo de sus víctimas, mató por la fuerza incontrastable de sus armas a los sestea- dores candorosos del eterno Sueño misionero. Los civilizadores, por medio de una guerra lenta, suprimieron a cañonazos a los guaraníes como una vieja raza inútil.

Durante un luctuoso lustro centelleó la espada abriendo ancha tumba al pueblo paraguayo, y a los sobrevivientes del desastre de ese pueblo, que creyeron ser afeminado, pero que demostró una entereza viril a toda prueba, si una fe le quita ron otra no supieron darle, olvidando que un dogma ha de sustituirse con otro dogma ya que el hombre, aun mejorando de condición, no puede vivir sin creer en algo, sin tener una religión.

Y después de destrozarle calculadamente, después de cercenar su patrimonio, a la vera de los caminos ascendentes al ideal que proclamaban, le dejaron abandonado, triste y solitario, como si fuera un leproso depravado, corroído por llagas incurables. Luego, este mendigo despedazado y enfermo debía pagar a los soberbios vencedores la tasa de su heroica resistencia.

De este modo, presidiendo sus exequias sólo Libitina pudo sentarse en el umbral de los vencidos tendiendo su manto funerario sobre sus hogares destruidos y sobre los yermos campos de la patria.

De este modo, no hay redención posible.

“Nulla est redemptio!”. (Fragmento final de Yatebó, no narrativo, y desglosado del relato como justificación argumentativa de la heroica defensa paraguaya. Este fragmento se excluye de nuestro texto publicado. F.P-M).

(2) “El Señor Aguiar, -dice Constantino Becchi, el editor y prologuista de Varia— ha hecho conocer en Montevideo numerosas producciones literarias suyas de mérito innegable, en diarios, revistas y semanarios. Pueden encontrarse en El Nacional (primera época), La República, La Lucha, La Época, El Indiscreto, El Plata Ilustrado, La Revista Nacional, Montevideo Musical, La Tribuna, Rojo y Blanco, Vida Moderna, La Alborada y otros que sería prolijo enumerar. En Buenos Aires colaboró en Fígaro, Ecos de Salón, El Oriental y La Biblioteca Popular”.




 

YATEBO

 

DEDICATORIA

Dedico este episodio militar a los sobrevivientes gloriosos de la cruenta Guerra del Paraguay, cualesquiera que sean su cuna y su religión americanas, porque las virtudes guerreras: el valor, la abnegación, el heroísmo, no son patrimonio exclusivo de una sola nación y es un deber perpetuar el recuerdo de todos aquellos que tuvieron el coraje de acudir a los campos de batalla para defender el honor de sus banderas.

Es también esta narración modesta flor depositada en el inmenso sepulcro donde duermen eterno sueño los héroes que en esa campaña rindieron su vida combatiendo por un ideal y que no temieron morir por su país y por los suyos.

El homenaje a los valientes que allí donde asientan su planta o sucumben tienen una nueva patria inmortal, puede sintetizarse en esta frase del insigne poeta clásico solitario de Tibur:


Non ille, pro charis amicis,

Aut patriae, timidus perire!


El autor

Montevideo, abril 19 de 1889



“Yatebo”

¡Heu! ¡quan rubra est terra ubi sumus!


EL Sol por todas partes y sobre todo. Un Sol de verano paraguayo, bravo y picante como ají cumbarí.

Aquél sábado, 26 de febrero de 1870, día de San Porfirio, como para no desmentir a su Santo Patrono en lo purpúreo, el abrasado celaje del Este, al romper el alba, a pesar de lo fresco de las últimas horas de la noche precedente, había aparecido incendiado por largas franjas rojizas y violáceas haciendo presentir una jomada de calor inaguantable. Transcurrió el tiempo; el astro rey alcanzó el cénit y, poco después, llegada la hora de la temperatura máxima, se nos hizo imposible a los del destacamento en exploración el continuar la marcha.

Eran las dos de la tarde; una luz meridiana, deslumbrante y poderosa, un polvo espeso y luminoso levantado en espirales parduzcas por un solano ardiente que soplaba sus bocanadas de aire caldeado como salidas de las requemadas fauces de un homo monstruo, nos envolvían por entero con su mortificante caricia de fuego.

El Sol por todas partes, y todo lo que anda, corre, nada, se arrastra o vuela sumergido en la modorra peculiar a aquellas latitudes, durmiendo perezosamente la siesta invencible del Trópico.

Todos menos nosotros. La inmensa variedad de seres nacidos a la vida en aquel privilegiado suelo, solitario, y triste despojo de un perdido paraíso americano, parecía gozar, al abrigo de las penumbras de una vegetación lujuriante, de la placidez de aquellas somníferas sombras en esa tarde calurosísima.

Sólo los porfiados de cabeza de hierro, audaces como los yaguarundís plomizos, de encéfalo achatado y garra poderosa, nacidos entre los tacuarales hobís, atravesábamos, en esa hora insólita para una marcha en aquella parte del mundo, esas comarcas poco pobladas aún, sumidas en el más triste abandono, pero con elocuentes vestigios de una época más feliz, de una edad más pura en la que allí asentara una raza fuerte.

Cinco meses hacía, desde que abandonamos la cordillera del Urúcatí, que, costeando las fronteras del Este, caminábamos en los Departamentos del Norte, haciendo marchas y contramarchas al través de las vastas soledades de aquella parte de nuestro territorio, por senderos casi ignorados y verdaderamente salvajes.

Repasada la gran cadena del Amambay nos dirigimos a los montes yerbales del Chirigüelo, y cruzando éstos, en marcha forzada sobre Cerro Cora, esperando ganar tiempo para reunir y reorganizar en ese punto nuestras maltratadas fuerzas. Importaba para ello esquivar todo encuentro con el enemigo que, hasta muy cerca de allí, nos había perseguido tenazmente.

Desde el ocho de febrero el Mariscal don Francisco Solano López ocupaba la meseta pedregosa del Cerro Cora con la brigada ligera de nuestro mermado ejército, estableciendo en ella su Cuartel General, en espera de las divisiones de infantería y artillería que se habían retrasado por el mal estado de los caminos.

Las más elementales nociones de la guerra ir prescribían prevenirse contra un ataque de flanco que pudieran traerle las fuerzas brasileñas que, al mando del general Cámara, ocupaban casi todo el Departamento de Villa Concepción y quizá el del Divino Salvador.

Mandó, pues, partidas exploradoras al Norte y al Oeste, no sólo en descubierta del enemigo, asunto primordial en este caso, sino que también en procura de víveres y recursos.

Nuestra fuerza que debía reconocer la zona del Oeste y recorrer las estancias del valle del Aquidabán iba al mando del mayor Lara. Algunos días después, entregado en el Boquerón del Chirigüelo el ganado recogido en Punta Porá, nuestra tropa de caballería se dividió en el Paso de Itá, marchando una parte con el mayor Lara por el camino grande de las carretas con rumbo a los yerbales de Tacurú-pitá (1) a descubrir las puntas del arroyo Guazú, el paso de Ihú y la laguna de los Ciervos.

El resto, la fracción menor, al mando del teniente Segovia, llevando como segundo al sargento Ño Indalecio, siguió por el mismo camino en dirección opuesta, alcanzando a tres leguas de allí, el Puente Quihá (2) donde pernoctamos. Llevábamos la misión de adquirir a toda costa noticias de la caballería brasileña explorando el campo hasta el río Negla, o más allá si se podía.

Distábamos unas siete leguas, poco más o menos, de dicho río y nos había tocado en suerte la parte más peligrosa de la expedición. Diez y nueve hombres, bien contados, incluso el teniente, el sargento, que iba como “baqueano”, y el clarín, avanzábamos al Oeste en procura de la descubierta del adversario.

Elegidos entre los mejores rifleros que aún quedaban como escolta del Mariscal, éramos de los pocos leales que el plomo de los combates, las penurias de una interminable campaña o la intriga en los campamentos habían respetado hasta entonces, restos de un formidable ejército tendido ya por siempre, en innúmeros campos de batalla; de los pocos abnegados que hacía cinco años que teníamos por almohada la “municionera” donde guardábamos con la avaricia del árabe errante en el desierto, para hacerla estallar entonando la canción de la muerte, nuestra compañera inseparable: la pólvora.

Ciertamente que el sol que nos partía “el mate” con la insoportable pesadez de sus rayos, diplomados a pique sobre nuestras cabezas, no reverberaba en ellas ni en nuestros lomos arrancando brillantes reflejos al metal de bruñidas limaduras en almetes y corazas.

Nuestro pelotón de caballería en cuanto a indumentaria, era sólo un hacinamiento de andrajos, de uniformes rotosos y desteñidos, cubriendo cuerpos delgados y flexibles, próximos a la extenuación y sostenidos únicamente por las indoma- energías de la selvática sangre, con anhelos de venganza o fiebres de pelea.

La cabeza cubierta por los grandes y burdos sombreros de palma caranday-tí —prenda que vino a darnos el sobrenombre de “Acá-morotís” (3) — bajo el ala inmensa de esos sombreros, rostros atezados; sobre espaldas de bronce, ponchos desflecados, ralos de trama; ceñidos por cintos de cuero, chiripás bicolores y calzoncillos cribados y de liencillo ordinario, y entre la ósea horcajadura de nuestras piernas desnudas, a cuyo extremo chirriaban, agitadas en el traqueo de la marcha, las enormes espuelas nazarenas, calzadas en el calcañal pelado, el “matungo” de largas crines, que llevábamos al trote, sucio y sudoroso.

Y luego, los arreos de guerra, las armas. Pendiente de la charpa albayaldada, corta y de gancho sobaquero, el famoso rifle Turner, y al flanco, colgando de tiros improvisados con tortiles tientos, no curtidos, el corvo de ancha hoja, afilado como navaja de barba, cuyo brillo siniestro en la hora de la matanza había hecho estremecer más de una vez a otros soldados de piel más obscura que la nuestra, a los sumisos esclavos de un Imperio.

No cabían acicalamientos en nuestro bélico atavío, porque insensibles al dolor y sufrimiento, sin hábitos de lujo y con cualidades guerreras eminentes —que desarrollaran la pureza de la raza y una larga vida militar— éramos los hijos de una nación de combate que acudían a una cita, no de amor sino de guerra.

Y tampoco contábamos con aterrar al presuntuoso enemigo con miradas feroces y aspectos terribles, sino con nuestra audacia, con nuestro valor y la pujanza del brazo.

Imposibilitados por el calor sofocante que reinaba, de continuar nuestra atrevida marcha en esa hora tórrida, buscamos dónde guarecernos para el alto y acampe, esperando seguir nuestra jomada en condiciones más favorables al caer la tarde.

Cierto se nos hizo entonces el refrán que dice que: “En febrero busca la sombra el perro”. Y vino en nuestra ayuda el que a nuestra derecha, en la gran llanura que cruzábamos y en la parte relevante del terreno, más allá de los pantanos y tembladerales de lama pegajosa que habían formado las aguas de un cañadón profundo desparramándose en la cuenca del Arroyo Yuí-hí (4) se elevaban dispersos, sin orden ni concierto, como los túmulos de un inmenso cementerio salvaje, multitud de tacurús gigantescos, masas cónicas de más de dos metros y medio de altura, ejemplo admirable de la maravillosa industria y pudente actividad de las cupiis (5) pertenecientes al género “Termites” blanquecino.

En aquella especie de campamento indígena, de tiendas bermejas y macizas, desde donde descubríamos gran parte del camino a recorrer, sitio bueno para emboscarse y de fácil defensa contra una fuerza de caballería mayor que la nuestra, nos internamos rápidamente buscando la sombra escasa de sus montículos.

En la hondonada al Este de un grupo de ellos donde comenzaba a extenderse la sombra, por la caída del Sol al Poniente, que indicaban con su mutación a ese rumbo los girasoles, siguiendo el astro en su marcha aparente, dimos todos en el fondo del choclón y nos fuimos acomodando sobre el pastito ardido, medio seco, dejando los caballos ensillados por buena precaución, dada la supuesta proximidad del enemigo.

No hay para qué decir, que sin andar con muchas vueltas y sin hacer caso del cantar delirante de las chicharras y del zumbido persistente de los ñate-hús (6), atronador como el de un birombóo, nos dormimos a pierna suelta.

También, así nos lo pedían las nueve horas que llevábamos sobre el caballo y las exigencias de la humana naturaleza cediendo a los rigores del clima.

Dos horas después, cerca de las cinco, estábamos todos a caballo. En una laguna cercana al pie de grandes espadañas, donde la sombra que proyectaban mantenía más fresca el agua, dimos de beber a nuestros pobres “montados” , y en fila prolongada, de a uno en fondo, seguimos marcha por un sendero poco trillado y semi-perdido entre las altas yerbas.

Describiendo una inmensa curva que nos apartaba cada vez más del camino principal, continuamos subiendo por aquella oculta senda, áspera y estrecha, que cortaba a menudo la cabeza de grandes bancos de almendrilla cuarzosa siguiendo los movimientos del terreno en lomadas y bajos, siendo el suelo más accidentado cuanto más nos acercábamos al Cerro de Tranquerita, primera estribación de la Sierra de las Quince Puntas.

En esa marcha estratégica hacia el Noroeste, buscábamos el llegar al cerro mencionado por su lado más accesible con una contramarcha que haríamos al Sur, evitando así el encontrarnos de manos a boca con el enemigo, cosa que no dejaría de suceder si continuábamos nuestra exploración por el camino real.

De pronto, cuando íbamos por un bajo encajonado entre los muros de greda rojiza de una cortadura, sentimos unos ladridos furiosos y un momento después, saltaba sobre la franja terrosa del culebreante sendero, un perro grándote, que corría delante de nosotros, apareciendo y desapareciendo entre los matorrales de los flancos, girando a intervalos sobre sí mismo, para no perdernos de vista y ladrando siempre. Debía haber alguna habitación cercana y aquel “barcino” vigilante daba el alerta a sus moradores.

Efectivamente; al subir al alto que teníamos enfrente y rodear un montecito de espinillos, en el hueco de una pequeña quebrada surgió a nuestra vista como la imagen de la desolación una “tapera” ruinosa a la que daba protectora sombra un corpulento ombú. Al pie del árbol gigante que extendía sus ramas de espeso follaje sobre la quincha de totora del derruido techo del rancho, miserable vivienda perdida en aquellas soledades, había un pozo de balde y un palenque.

A la izquierda del rancho, en el fondo y al reparo de una talanquera de cañas bravas, un horno de ladrillos de adobe mostraba su boca ennegrecía por el fuego con trazas de no haber sido entendido en mucho tiempo.

A pesar del espléndido marco que le daba una vigorosa vegetación, no faltaba más que un ñacurutú (6) posase sobre el caballete de la techumbre de aquella habitación para completar el lúgubre cuadro de soledad y tristeza que a nuestros ojos se ofrecía.

Avisada por los ladridos del perro y, después por el estruendo de nuestra llegada, no tardó en aparecer en la única entrada del rancho desvencijado una india anciana, delgada, pero de alta estatura y de aspecto imponente, que respiraba un no sé qué de sombrío en toda su persona.

De pie sobre el umbral de la puerta, tranquila y al parecer, indiferente, nos vio llegar a la desfilada.

El teniente se acercó saludándola y tirándose del caballo se puso a interrogarla, mientras una parte de la gente, desmontando, descansaba en el solejar del rancho y bajo el ombú, con los caballos de la rienda.

Yo, como otros, permanecí montado y llevado por la curiosidad, a pretexto de buscar sombra bajo el alero corrido del encañado techo, me acerqué, a mi vez, y a una prudente distancia por respeto a mi jefe, para oír lo que decían y pude observar entonces atentamente a aquella extraña mujer.

La vieja de rostro aquilino, largo y demacrado, que animaban unos ojos obscuros, pequeños y vivaces, vestía el traje nacional: amplio y blanco typói con adorno de randas negras en el escote y en el ruedo, y sobre sus hombros el gracioso “cherife” o rebujo, pendía flotante, terciado, como al desgaire.

Colgante de su rugoso cuello por un collarín de rojos corales y cayéndole entre los senos secos y fláccidos, llevaba un escapulario de la Virgen del Rosario, muy venerada en Horqueta, y sujeto con un grueso cordón de piel de yacaré, su sagrado amuleto indígena el Isipó-payé, la pálida y virtuosa “Flor del Brujo”.  f

Como una sibila antigua que, consultado el oráculo, lanzase sus profecías haciendo visajes espantosos, hablaba con voz sorda en la que vibraba la cólera al referirse a los invasores.

Se lamentaba de que pronto arrasarían aquellas tierras fértiles levantando al cielo sus brazos descarnados, para bajarlos luego y replegarlos violentamente sobre el pecho, cruzando con fuerza los dedos de ambas manos e inclinando a uno y otro lado la cabeza desgreñada.

Era una curandera que sacaba el “daño” en los campos del D. Salvador, entre el Aquidabán y el Apa, y hacía poco que había llegado de vuelta a su rancho.

Venía de allá, muy lejos, del otro lado del río Trementina de asistir a un epiléptico enfermo en la Estancia Observación, y había visto a los “cambá”. (7)

Según ella eran muchos, muchísimos, todos a caballo, carabineros y lanceros.

Habían cruzado el Aquidabán por el paso “Barreto” y su vanguardia, cuando ella los vio, salía de la posta “Carayá” (8) en dirección al Norte.

Aquellos datos eran preciosos para nosotros, pero también indicaban claramente el gran riesgo que corríamos hallándonos tan alejados de nuestra base de operaciones y en número tan reducido.

Era evidente que el grueso del enemigo, que venía bien montado, ilustrado por algunos traidores de la situación precaria y punto en que se hallaba el ejército paraguayo, una vez llegado al empalme de los caminos en Estancia Observación, en lugar de salir al Norte para el campo de Bella Vista, tomaría a su derecha el camino de las Carretas avanzando por “Casal cué” y “Yataibá”, en cuyo caso no tardaríamos en tenerlo encima.

Al ver nuestra comprometida situación, un estremecimiento involuntario corrió por todo mi cuerpo, pensando que nos las íbamos a ver amargas.

Sin que pudiera evitarlo, nerviosamente, mis pies descalzos empezaron a temblar golpeando en los estribos, y se oyó el “chirrín-chirrín” de mis espuelas.

El instinto de conservación es grande en el hombre y los más templados tienen sus momentos de desfallecimiento.

La verdad es que a uno le entra un desasosiego particular ante la perspectiva de una lucha con desventaja; y aunque de los hombres de nuestro pelotón todos eran aprobados y podía contarse con ellos, vi que algunos se agitaban inquietos en el “recado”, como acomodándose mejor sobre el caballo.

Por mi parte, debo confesar que maldita la gracia que me hacía el morir a los 21 años, en un combate obscuro y con una tarde tan linda, cuando uno tiene derecho, por su edad, a gozar de la vida, y no puede menos que amarla.

Cuando oímos a la india vieja, que nos aconsejaba “nos hiciéramos humo” rumbeando a los espesos montes del Noreste, donde era fácil ocultarnos, nos miramos todos con desconsuelo, como preguntándonos qué iba a ser de nosotros, y luego todas las miradas convergieron hacia el teniente.

Este ni pestañó, y no era parada suya. Sereno y guapo era aquel joven oficial de rostro moreno, varonil y enérgico; ya lo había probado largamente en la campaña y, sobre todo, en Yatayibá, cuya medalla conmemorativa ostentaba con orgullo en su ancho pecho.

“¡Euy la cunhá-carai!” (9), dijo dirigiéndose a la anciana al mismo tiempo que plegaba sus labios una burlona sonrisa. “Hemos de darles una afeitada, si emparejan esos ‘negros feos’, a los que se pongan a tiro”. Y volviéndose a nosotros, ordenó: “¡Vamos, muchachos, a caballo! Al trote y nadie afloje, porque el caraí-guazú (10) espera algo bueno de nosotros”.

Montamos rápidamente y, dando por el flanco izquierdo, en columna de fondo, por dos, salimos al andar indicado con rumbo al Cerro de Tranquerita.

Entretanto, la meguera india volvió a meterse en su “tapera”, entonando un cantar pausado y melódico que llegó a nuestros oídos triste como el sonido quejumbroso de una “quena”.

Desde la loma, que coronamos pronto, me volví a contemplar aquel paisaje agreste por última vez, y aún alcancé a distinguir, parado junto a la tranquera, al morrudo mastín de piel leonada, overo de amarillo y pardo, que, con la vista fija en nosotros, nos seguía con larga mirada rencorosa, plantado allí como un centinela avanzado de aquella ignorada mansión.

Y como el canto de la india vieja, tristes eran también mis reflexiones al pensar que cuando llegásemos al choque, nuestros enemigos y nosotros, llevaríamos la completa ruina, la desolación y el incendio a aquellos villorrios tranquilos, estancias y chozas del campo, interrumpiendo la paz y la labor de los sencillos moradores de esos ranchos, que hacía el cultivo de sus campitos penosamente, llevando, por su pobreza y su aislamiento y por los ardores extremados de un clima caliente, una vida frugal y una desnudez verdaderamente pagana.

De la abstracción melancólica en que me hallaba, recorriendo en mi memoria, con la rapidez pasmosa del pensamiento, todo lo que habíamos sufrido en aquella ardua guerra y lo que, con constancia infinita, habíamos hecho por nuestra religión, y por nuestro fogón, me arrancó de súbito el eco vibrante del clarín que tocaba “ ¡alto!”

La columna se detuvo, agrupándose en la cima de una lomada del terreno, mientras a su cabeza nuestros jefes se concertaban tomando nuevas disposiciones sobre la dirección que habían de seguir.

El teniente Segovia decidió que el sargento con la mitad de la gente reconociese el Cerro de Tranquerita, ya muy cercano, y tratase de llegar hasta su riscosa cumbre para descubrir desde allí, si era posible, al enemigo. El, con el trompa y el resto de la fuerza, marchando oblicuamente hasta encontrar el camino de las carretas, reconocería Ytitebó.

Ño Indalecio miró enternecido a nuestro jefe y acercándose a él le quiso disuadir de esta determinación, diciéndole cariñosamente: “Mirá, teniente, que ‘la mar que se parte arroyitos se hace’, y si te caen de golpe los ‘cambá’ no vas a tener gente para aguantar la atropellada. Vamos todos juntos a descubrir desde ‘Tranquerita’;es mejor”.

“Eguatá teré-ejó!” (11). Sargento: obedezca que hay orden formal de hacer el reconocimiento a fondo y llevar pronto el ‘parte’ al Mariscal. Vaya, no más!”.

“Ejejé ché-rubichá”, (12) contestó el sargento, saludando con respeto; y sin más dilación, tomando ocho hombres, entre los que me contaba yo, partió en dirección al monte indicado.

En dos repelones, cortando campo, llegamos a “Tranquerita” y sujetamos en el requejal para dar un descanso a nuestras pobres cabalgaduras, jadeantes y extenuadas de cansancio, antes de meternos por las quebradas que contornean la base del empinado cerro. A poco rato emprendimos la ascensión de éste por un sendero natural, bastante tortuoso y áspero, abierto en su lado Norte por la acción constante de las aguas despeñadas desde su cumbre, que con el tiempo formaran aquella ancha grieta, con laderas de divos rápidos donde crecían espesos matorrales de ortigas y escaramujos silvestres.

Las zarzas de ramos esquinosos y púas ganchudas crecían allí con una fecundidad feroz, dificultando en mucho nuestra subida.

A cierta altura de la falda del cerro tuvimos que desmontar dejando los caballos al cuidado de uno de nuestros hombres, y continuamos nuestra ascensión a pie hasta alcanzar su cumbre basáltica, buena para un ojeo del terreno a larga distancia por su altura y por lo acantimplorado de sus hendiduras que el desagüe de las lluvias torrenciales, por medio de su continuo desgaste, había practicado en los bordes calizos de la meseta, formando naturales “vichaderos”, quizá en otro tiempo utilizados por los primitivos hijos de aquel rojizo suelo, los valerosos indios Mbayás.

Desde aquella almenada y granítica atalaya podíamos distinguir a los corredores de la caballería adversaria desde lejos y prevenir su aproximación, cumpliendo así, uno de los preceptos de la guerra que manda “ver sin ser visto”, a cuya condición nunca debe sacrificarse por de “ver mejor, descubriéndose”.

Dividida nuevamente nuestra pequeña tropa y sin sostén de ninguna clase, adquirí la certidumbre, que por otra parte a nadie podía ocultarse, de que nuestro propósito no era combatir, sino ampliar el radio de acción de nuestras investigaciones para averiguar con toda certeza el paradero del enemigo, o la marcha que siguiese. Y no tardamos en saberlo.

El primero que llegó a la cumbre del cerro fue el cabo Gordillo, un correntino diablo, oriundo de la Capilla de Ytay, aparaguayado que había hecho con nosotros toda la campaña, mocetón robusto que en cuanto a cualidades físicas para la guerra nada tenía que envidiar a nuestros mejores soldados y que en el ejército había prestado importantes servicios por su astucia y su valor sereno, ya como escucha o bombero, ya en otras expediciones arriesgadas. Era gran charqueador y mascador sempiterno de pety-pará (tabaco fuerte), y aunque lo mismo servía para un fregado que para un barrido, nunca se le caía el escapulario de la milagrosa patrona de su pueblito, la Tupacy-Itatí (13) del Alto Paraná.

Apenas llegado al borde Sud de la meseta, Gordillo lanzó una exclamación particular e hizo un movimiento de sorpresa que no pasó desapercibido para nadie.

“Eye-é cherejé, sargento!” (14) gritó con su voz “meliflua y acaponada”, que no correspondía a la corpulencia de su cuerpo y con esa tonada cantora peculiar de los guaraníes. “Amboé oteté cambá”, (15) añadió señalando con su brazo extendido hacia el Sudoeste.

El sargento acudió prontamente hasta encaramarse con un esfuerzo poderoso sobre el inmenso areolito que sostenido en un escalón de la ladera del cerro y caído allí quién sabe cuántos siglos había, servía de pedestal al cabo, quien desde su base, se había trepado sobre él ágilmente aprovechando sus asperezas y desigualdades.

Ya encima del peñasco, y siguiendo la dirección que parado junto a él le indicaba Gordillo, Ño Indalecio observó un instante el circuito del horizonte, poniéndose para hacerlo mejor su mano abierta en forma de pantalla o visera sobre los ojos, a la altura de las cejas.

Su vista poderosa debió descubrir en seguida lo anormal que señalara el cabo porque, antes que llegásemos a reunimos en la cumbre, empezó a descender de la roca, arraigada en un flanco de la cima, puede decirse que por un milagro de equilibrio acompañado de aquél, presurosamente y gritándonos: “¡Depoaé! ¡Depoaé, los mitá! Güeco ubichá-güer'á!” (16). “A caballo, vamos por donde el teniente”.

Sin esperar más, a la voz de mando bajamos a trompicones y casi en volandas, en procura de nuestros jamelgos, sobre los que saltamos en un abrir y cerrar de ojos, descendiendo cautamente el peligroso despeñadero hasta llegar al llano.

Allí arrancamos al trote largo tomando la dirección que para acercarse a Yatebú (17) había seguido el teniente Segovia, al que apenas nos llevaría veinte minutos de ventaja, debido a que su marcha sería más lenta por las precauciones que habría tomado al efectuarla.

Ya he dicho que los hombres más esforzados se resienten de la influencia que causa en ellos un acontecimiento repentino, resistiendo malamente cualquier sorpresa y de nuevo, al pensar que habíamos de luchar, renacieron mis inquietudes; pero oculté cuidadosamente el estado de mi espíritu,

Sin embargo, esta ráfaga de temor fue, en mí, pasajera. Durante la marcha me rehice de aquel momentáneo abatimiento que, estoy seguro, no había experimentado nuevamente ninguno de mis bravos camaradas, ya ganosos de pelear.

Al rodear el pie del cerro, costeando una loma de su falda, vimos también lo que habían descubierto nuestros jefes, desde su altura. Sobre los montes de Yataibá una multitud de cuervos volaba inquieta, describiendo anchos círculos concéntricos, y en ese punto varias columnitas de humo azulado se elevaban tranquilas, destacándose perfectamente visibles sobre el fondo anaranjado del cielo, a la luz indecisa del día ya expirante.

Del lado de Yatebú, una nube de polvo se cernía baja, como arrastrándose sobre los campos y alejándose por momentos a impulsos de la brisa. Lo primero era, sin duda, un campamento enemigo, lo segundo, una pequeña tropa de caballería en marcha, o un combate. Si era esto último debían llevarlos mal y doblados al teniente Segovia y a sus nueve hombres.

Nuestro oficial no podía haber visto lo que nosotros desde la altura del cerro, estando él en marcha por un terreno más bajo y cubierto de bosquecillos de tupido follaje.

Debíamos alcanzarle para prevenírselo cuanto antes, e ir en su auxilio porque, ciertamente, no habría otro remedio que combatir, en vista de que los brasileños habían avanzado más de lo que creíamos, pasando casi a nuestra retaguardia.

A la aproximación de la inevitable peripecia guerrera, nuestra decisión estaba hecha, renaciendo en nosotros esa pasiva bravura paraguaya, testaruda sin alarde; esa calma estoica que, aun sufriendo lo indecible, nos hacía mantener firmes en nuestros puestos bajo una granizada de balas; ese ímpetu que nos llevaba con sin igual entereza a los minutos terribles de los combates cuerpo a cuerpo; esa resistente naturaleza y férrea voluntad para dominar el cansancio y la impaciencia de largas horas de espera buscando el momento propicio para lanzarnos a las cargas al arma blanca: coraje ciego, valor inquebrantable y porfiados propósitos que muchas veces nos hicieron ir sobre el humo de cañones y las bayonetas de los cuadros enemigos; esfuerzos titánicos, despreciadores de la vida, ante los cuales también retrocedieron alguna vez tropas más disciplinadas y más numerosas que las nuestras.

A fuerza de vivir en continuo sobresalto, dado las manías feroces y las disposiciones aterradoras del Mariscal López, que de continuo establecía en la Orden General del ejército, con ejecución inexorable, pena de la vida, al que echase pie atrás en el combate, autorizándonos hasta a dar muerte a nuestros oficiales en el acto que dieran

la espalda al enemigo: nos habíamos acostumbrado al peligro, que menos temíamos cuanto más cerca lo teníamos, aunque fuera como en la circunstancia presente, el de las armas y número superior del enemigo, pudiendo aplicársenos, en todo su valor, el proverbio inglés: “What can not be cured, must be endured!”.

Con tales disposiciones y con tales jefes, ¡ya lo creo que endurecíamos!, bien es verdad, que no siempre muy a gusto y pocas veces con provecho.

He mencionado antes, cuán excelentes eran las cualidades militares del teniente Segovia, y también, las del cabo Gordillo, pero, Ño Indalecio no les iba en zaga como veterano y hombre de acción. Membrudo, de complexión robusta, tenía un color atezado, moreno-mate; de facciones regulares pero muy acentuadas, con sus pómulos juanetudos y su mirar fuerte, su aspecto y su fisonomía respiraban una energía indomable. Era uno de los valientes de “Itororó” (18) y de los sableadores jefes de la sorpresa del reducto brasilero de “Paso Poí” (19) al alborear el día de Navidad del año 1867; y hasta el trompa “Qui-michí”, (20) un indiecito guaycurú, tallado en el mínimo de la materia con que puede hacerse un hombre, que asentaba su “pajizo” sobre una espesa panoja de mechones de pelo negro, recio y cerdudo como el de un jabalí, a pesar de sus pocos años y de su rostro imberbe, siempre risueño, ya había experimentado, echando espumarajos por la boca y con los ojos inyectados en sangre, la vigorosa voluptuosidad que se apodera de los hombres bravos en el peligro.

En la aventura empeñada, no podíamos desconfiar de nuestro guía siendo éste tan astuto como valeroso. Por su pericia, el baqueano sargento era para mí, en esos instantes, el “Teucro Duce” de la sentencia de Horacio.

Por eso, sintiéndonos bien mandados, levantamos nuestros caballos al galope en busca del enemigo, cual se levantan los buitres, sin graznar, olfateando en el aire la sangre de la batalla. Y a nuestro séquito no faltaron las aves de rapiña. Haciéndonos lúgubre acompañamiento, allá, atrás y no muy en alto, sino horizontalmente, los hediondos carnearás (21) nos seguían ojos avizores, con rápido vuelo rastrero.

Su instinto carnicero les decía que corríamos a la horrible realidad de una matanza, y su insaciable voracidad esperaba el opíparo festín que había de proporcionarles la podre de nuestros insepultos cadáveres.

Distaríamos un kilómetro de Yatebú y nos faltaban unos trescientos pasos para llegar al camino real, cuando por encima de los cactus y nopales que a esa altura lo bordean, vimos salir de un recodo del mismo un jinete que, a toda brida, venía en dirección a Yataibá.

Aquel lancero enemigo, de uniforme oscuro con vivos verdes, era, sin duda, un “chasque”

que iría a dar cuenta del encuentro de una de nuestras partidas en Yatebú.

Galopando a nuestro frente, Ño Indalecio vio que aunque era el mejor montado de todos nosotros, no tenía caballo para apareársele a aquel hombre, al que era de todo punto necesario hacer prisionero, o matarle, para que no llegase a su destino; y lanzó un rugido de tigre al ver que se le escapaba la presa.

Apuraba, a rebenque, su montura, cuando por una feliz casualidad, en el momento en que él salía al camino, el soldado brasileño, ignorante de que cortando campo y oculta a su vista llegaba sobre él otra partida enemiga, sé bajó a acomodar la cincha de su gran cabalgadura y aquello fue su perdición. Cuando se apercibió de nuestra presencia y que cargábamos en su demanda, ya era tarde.

Aunque sorprendido, el negro de un salto estuvo a caballo; pero, en el instante en que cerrando piernas se tendía al galope a ochenta pasos, más o menos, de nosotros, nuestro sargento paró en firme su “montado”, de un golpe brusco tiró hacia atrás su sombrero de anchas alas y desengandose con presteza su rifle ya cargado. Luego, pasándose rápidamente el revés de la mano con que se empuñaba, por los ojos, como para secarse alguna gota de sudor, o temiendo quizás que la rabia le hubiese enturbiado la vista, pálido y ceñudo, con la rienda colgante pasada por sobre la sangría del brazo izquierdo, se empinó afianzándose en los estribos de hierro, y echándose el arma a la cara apuntó con cuidado e hizo fuego.

La bala dio en el blanco; el jinete enemigo, atravesado de parte a parte, abrió los brazos soltando las riendas y la lanza, bamboleó perdidos los estribos y se desplomó pesadamente sobre el colchón de espeso polvo del camino, resbalando por la grupa de su caballo, mientras éste, un tordillo de buena estampa, aunque algo estrecho del encuentro, cubierto de su gran gualdrapa de aleteadoras puntas, de paño azul oscuro, ordinario, con ancha franja carmesí o color “borra de vino”, saltaba la profunda zanja del borde de la carretera y huía espantado por entre el pajonal reseco, rumbo al Norte, perdiéndosenos de vista bien pronto.

“Ya ca...yó ese agñarai-curú” (22) gritó el sargento, enganchando en el porta su carabina humeante aún. Después, sacando su terrible y pesado montante y conteniendo con un ademán enérgico a alguno de los nuestros que quería acercarse a “carchar” al chasque muerto, nos mandó con voz segura: “Muchachos, sable en mano y al galope! ¡Viva la Patria!”.

Nos señaló con el sable el rumbo de la carga y salió adelante, haciendo punta el primero. Nosotros, desplegados en una sola línea a todo el ancho del camino picamos espuelas y le seguimos raudos precipitándonos en pos de él a la carrera, envueltos en un torbellino de polvo.

Luego, contestando a su entusiasta grito, vibró en los aires, formidable, un alarido salvaje y atrás el rumoroso: ras del desenvaine, brillaron rápidos describiendo centellante arco de círculo a toda la extensión del brazo, los altivolantes corbos en cuyas laminadas hojas de templado acero se quebró con reflejos purpúreos un último rayo de Sol.


 

II

Citius venit periculum cum

contemnitur

Laberio

 

“¡Carga! ¡Carga! ¡Muerte a los cambá! ¡Adelante, viva la Patria!” Eran los gritos que resonaban en el camino lanzados por nosotros al unísono y que los ecos repetían confundidos con el retumbo del pesado galopar de nuestros caballos.

¿A dónde íbamos? ¡A morir!, era la orden que siempre se nos había dado haciéndonos despedazar en brutales ataques de frente.

¡Carga y adelante! Una vez más, con esa intrepidez nunca desmentida en todos los que tenían algún mando en el ejército paraguayo, cualquiera que fuera su grado, oficial o clase, Ño Indalecio y Gordillo, el sargento veterano y el cabo, nos dirigían en el ataque, avanzando a nuestro frente por nuestras alas, a uno y otro flanco del camino, animándonos con ardorosas frases de desafío e insulto al enemigo.

Al iniciarse la carga a rienda suelta y ya sable en mano, me incliné sobre el cuello de mi montura casi hasta tocar sus crines con mi cara, cerré los ojos acordándome que mejor hubiera sido seguir los consejos de la vieja curandera de la tapera “Mboy-cuá” (23) e “in mente” me encomendé a la Santa Protectora de mi pueblo, Nuestra Señora de la Asunción, volviendo a mis fervores de niño en la hora en que, de veras, el peligro arreciaba.

En Yatebú se sentía fragor de combate; el clarín de “Qui-michí” tocaba “llamada” y empezaba a oírse un nutrido fuego de rifle.

El teniente Pedro Segovia al penetrar en el villorrio mencionado siguiendo la única calle del mismo formada por el camino, a cuyos lados asienta su escasa ranchería, se halló de repente frente a un piquete compuesto de una veintena de hombres de caballería brasileña que, regresando de una descubierta, venía en sentido opuesto al que él llevaba y que no sólo le cerraba el paso, sino que, al reconocerle, se tendió en batalla y en ristre se aprestó a cargarle.

Lo prudente hubiera sido tratar de evitar el choque, pero, el oficial paraguayo era un hombre de empresa, que tenía el gusto de las cosas singulares o inverosímiles. De naturaleza viva y enérgica y dotado de un coraje ciego, nunca miraba el peligro ni tenía en cuenta para nada los obstáculos, a cuyas condiciones agregaba un desprecio profundo por el enemigo, máxime si éste se enramaba en los negros chuceros que tenía a su frente en línea y en son de ataque.

Conociendo a sus adversarios y calculando que mal montado como estaba, sería alcanzado si daba vuelta, dando así ánimos a aquéllos y quebrantando la moral de su propia gente, optó por jugar el todo por el todo, viendo si podía salvarse por un rasgo de audacia, prontamente concebido.

Previniendo, pues, el movimiento del enemigo y aprovechando como hombre avezado en esta clase de guerra, cierta vacilación que notó en aquél, causada por la sorpresa de la aparición por el lado en que menos lo esperaba, de una fuerza paraguaya chica pero, que bien podía ser la avanzada de otra mayor, como ocurría en este caso con los mismos brasileños, se lanzó temerariamente a su encuentro mandando rápido: “Adelante! ¡Carguen!”. Y yendo el primero, seguido de su trompa y de sus ocho soldados, cayó vigorosamente sobre la caballería contraria, cuya línea rompió en uno de sus extremos, atravesándola sin pérdida alguna.

El enemigo furioso, cambió de frente y se revolvió para devolverle el ataque mientras desprendía un “chasque” que avisase lo que ocurría al grueso de sus fuerzas, no sabiendo qué proporciones tomaría aquel combate, que podía ser serio por la entrada en él de nuevos factores de uno y otro bando.

Pocos momentos después, interceptando el mensaje con la muerte del “chasque”, según lo ya relatado, entrábamos nosotros en acción, llegando felizmente a tiempo para restablecer el combate igualando las fuerzas en lucha.

Al llegar al otro extremo de la aldea junto a la casucha que servía de posta. Segovia, que se había cortado de sus hombres, diligente, buscando un sitio donde éstos pudiesen defenderse, encontró cuatro o cinco brasileños más, que habían echado pie a tierra para “ranchear”, abandonando en un corral lindero al camino sus caballos.

Acto continuo y pistola en mano les intimó que se rindiesen pero, en vez de obedecer, se arrojaron sobre él intentando hacerle prisionero.

Nuestro oficial, sin intimidarse, le quemó la cabeza al primero que se acercó a tomar la brida de su montura, partiéndole a otro la mandíbula inferior de un golpe de bancal.

Pero un tercero, que había cabalgado ya, alcanzó a herirle gravemente de dos lanzazos que le derribaron del caballo.

En auxilio de su jefe el heroico trompa “Quí- michí” abre el cráneo de un feroz hachazo al soldado que hiriera a aquél y otros dos brasileños son muertos enseguida por los nuestros, el uno de un tiro y el otro a cuchilladas.

Atendido prontamente, Segovia es transportado a la casa de posta, donde por disposición de él se atrinchera su gente, rompiendo el fuego de rifle sobre la caballería enemiga que le acosaba por todas partes.

Los que acudíamos al ruido del entrevero más que al galope, volando entramos a Yatebú, y cargamos por su retaguardia a los brasileños, que hicieron esfuerzos por resistir esta nueva acometida.

El choque fue rápido y sangriento.

Los brasileños tomados entre dos fuego no pudieron resistirnos mucho tiempo.

Fusilados por una parte y cargados muy vigorosamente por otra, muerto ya el oficial que los mandaba, se dieron a la fuga, y pude ver una vez más, con la embriaguez de ejercitar mi oficio guerrero, cómo nuestros sables, símbolos terribles de la fuerza bruta, con golpeo espantoso sobre espaldas que cuerpeaban al acero, mostraban la ferocidad que la exaltación del combate da al hombre luchando contra el hombre, el desprecio de los fuertes hacia los débiles y la siniestra magnificencia del músculo triunfante.

Casi equilibrado nuestro número con el del adversario no hubo remedio para él y estos paulistas o mamelucos modernos no hallaron tan fácil el saqueo de Yatebú, porque, en vez de encontrar, como sus feroces antepasados en los campos de las antiguas Misiones, indígenas medrosos guiados por pastores evangélicos, dieron con gente de armas llevar que castigaron en ellos a los fáciles depredadores de inermes campesinos e infames violadores de mujeres indefensas.

Doblados a sablazos, con el desespero del peligro les entró el “acabrunhamento” de los hombres pacatos que sólo pelean obligados en el riesgo, cuando no tienen otra salida y si ésta se presenta la aprovechan sin escrúpulos, aunque no sea airosa, fiando a las patas de su caballo lo que debían obtener por el esfuerzo del ánimo y el vigor del brazo.

Pero, a nuestra vez, estábamos en grave peligro. El rumor del combate, siguiéndose por nuestra parte un fuego bastante vivo sobre los jinetes enemigos en retirada debía haber llegado hasta las avanzadas brasileñas porque ya negreaban en el fondo del camino y en las alturas cercanas a él otros pelotones de su caballería y era posible que las fuerzas acampadas al Sud de “Tranquerita” se moviesen en sentido de rodearnos y perseguirnos.

Así sucedía poco después y hubiera sido insensato esperarlas, echando a perder el pequeño triunfo obtenido.

Temiendo ser copados salimos por la izquierda del camino y ganamos los senderos del monte, y galopando a lo poco que ya daban de sí nuestros caballos, yendo un tanto dispersos porque la cosa apremiaba y había que buscar paso costeando los tembladerales de un estero intransitable que a poco se nos presentó, antes de llegar al Yui-hí.

Rumbo al Noroeste tratamos de alcanzar la costa de ese encajonado arroyo para ponerlo de por medio entre nosotros y nuestros enemigos y aunque concretamente no se había dado a toda la partida punto de reunión, los rezagados a quienes se les empantanó la cabalgadura o que por cansada tuvieron que abandonarla, nos siguieron el rastro, dando felizmente sobre él, “Paso-Mi” (24) punto por donde vadeamos la corriente de agua antes citada.

Esto no se hizo sin dificultad.

En aquel paraje la pendiente del ribazo, del otro lado del arroyo, parecía cortada a pico y era tan empinada que tuvimos que formar una especie de escalera, sirviéndonos de nuestros sables para ahondar sus tramos en la parte más alta de la rampa, operación que concluimos cuando apenas había ya luz para poder hacerla y tironeando de a pie nuestros “montados” a fin de que pudieran salvar aquel obstáculo.

En cuanto terminamos, nos metimos en el monte de la costa del arroyo y seguimos marcha hasta atravesarle por completo y volver de nuevo al camino real seguros de haber despistado al enemigo, que anduvo lerdo en la persecución.

Los “catingudos” se quedaron atrasados quiza porque “não tiveran ordem” para efectuarla, o porque “a cousa tinha mao cheiro” a juzgar por la dentellada que habíamos dado a sus exploradores, siendo por otra parte muy peligrosa por la proximidad de la noche y lo dificultoso del terreno en que nos habíamos engolfado.

En el encuentro el destacamento brasileño perdió su oficial, el alférez Nascentes de Azambuja, y cinco muertos más fuera del “chasque”, también muerto, y varios heridos. Tres caballos ensillados y algunas lanzas quedaron en nuestro poder. Pero, el que vence también sufre.

En nuestra partida además del teniente Segovia que llevábamos herido, tuvimos que lamentar tres bajas sensibles, siendo la principal la del sargento Ño Indalecio que se batió con un arrojo indecible y fue factor importante de la ventaja obtenida por la que salvamos milagrosamente, retirándonos antes que nos cayeran encima las fuerzas enemigas que adelantaban en protección de su derrotada descubierta.

Nuestro baqueano cayó mortalmente herido en el momento álgido del combate, con el pecho acribillado de heridas manchando su desgarrada camiseta con el más glorioso de los estigmas: el de la sangre vertida en defensa de la patria.

Un soldado veterano de la partida, quien siempre combatía a mi lado y que habiéndome tomado cariño verdadero, fue mi protector en este ardoroso encuentro: el “payaguá” Miguel pereció allí también víctima del mayor de sus vicios: la embriaguez.

Este indio viejo, que en sus contestaciones nunca afirmaba ni negaba, era un liberto nacido en Lambaré (25), manumiso indígena de don Eugenio M. Aguiar, antiguo y fuerte comerciante de la Asunción sacrificado hacía ya algún tiempo, como tantos otros inocentes, a los insanos furores de López II

El horro en cuestión había tropezado en la casa de postas de Yatebú con una “guampa” llena de “chicha” y se la había echado al coleto, casi de un tirón con la sequía de este licor, que experimentaba hacía muchos días. Así, ya concluido el combate, al emprender la retirada, sin poderse tener a caballo, cayó al suelo en un fangal, donde acabaron de estirarlo, lanceándolo algunos jinetes enemigos que recelosos nos seguían a lo lejos.

Aún costeábamos las lagunas y carrizales de este lado del “Yuí-hi” cuando ya ardía Yatebú por sus cuatro costados.

Los brasileños, haciendo sonar mucho sus clarines, habían entrado allí en número y aquellos brutos se vengaban del contraste sufrido con el incendio de su pobre y abandonada ranchería.

Más tarde supe que habíamos tenido en frente nada menos que todo un escuadrón del 6o. de lanceros y ochenta tiradores del Regimiento de “Macapá”; los primeros al mando del valeroso capitão Joaquim Filinto de Mello Moráes y del 2o. tenente Manõel Aprigio Carneiro Forte da Miranda, y los segundos, al del no menos esclarecido alférez João Aranha de Ferro é Vasconcelos; fuerzas todas pertenecientes a la 5a. División de Caballería brasileña bajo el comando superior del intrépido general Cámara.

¡Era mucho, aquella gente, para nosotros que apenas nos llamábamos Pedro!

 

 

III

Patrios fumus, igne alieno, luculentior Lat.

Cerraba ya la noche cuando reunida nuestra pequeña tropa formamos de nuevo en columna, por dos, y emprendimos con rápido galope la retirada, no pareciendo muy pronto, para el que nos hubiera visto desde lejos, más que un rasgo obscuro y prolongado, un bulto informe deslizándose en silencio sobre la banda terrosa del camino; y más a la distancia, un punto negro que a intervalos despedía reflejos acerados, y se agitaba devorando el espacio dentro de un movible horizonte que incesantemente iba abriéndose delante de nosotros y se cerraba detrás, cambiando a cada instante sus variados e indecisos perfiles y caprichosas perspectivas.

¡Qué recuerdos!

Jamás olvidaré aquella furtiva retirada por la costa arbolada del Yuí-hi, en la hora del crepúsculo vespertino, la hora triste en que el hombre por indiferente que sea a todo lo bello, entra en relación tan íntima con la Naturaleza.

Moría la tarde y el panorama era espléndido el conjunto maravilloso.

El “cuá-cuá” metálico, alternado y monóton de las ranas “toneleros” había sustituido al chirrido estridente de las chicharras, las eternas can toras de las horas de sol. A nuestra espalda, en fondo de las lejanías azuladas del horizonte al Oeste se distinguía una aureola dorada, un nimbo de luz de rayos divergentes salidos de un punto rojizo, como la brasa de carbones encendidos, crisócoma cabellera que con resplandores de incendio indicaba el sitio por donde el sol había desaparecido; a nuestro frente, brotaba la sombra tras los apiñados grupos de árboles alzados aquí y allá en la llanura ardida y solitaria, y coronados de espesos ramilletes de flores salvajes, cubiertos de plantas parásitas cual si fueran otras tantas islas errantes, flotaban arrastrados lentamente por la corriente en el manso río los “camalotes”, muertos troncos color ocre con vetas parduzcas en su base, a flor de agua, y aterciopelados con una capa de mullido verdín en el lomo, que empanachaba a trechos, con sus variados colores una flora abundante de perfumes agrestes.

El “terral” del Nordeste con su brisa templada, agitaba muellemente, inclinándola hacia el lado opuesto de donde soplaba, la tostada extremidad de los pajonales cercanos al camino y el espeso ramaje de los curupais y de los morosimos en flor.

Más allá una gran bandada de picasús revoloteaba inquieta sobre los palmares del Sud, que espesándose cada vez más se extienden hasta la margen del correntoso Aquidabán. Del otro lado del arroyo, los tuyuyús y los yabiris se guarecían en busca de reposo entre los carrizales crecidos al borde arenoso de los pantanos, donde en la tarde dormitaban los anfibios, y un “flamante rojo” replegado sobre sí mismo, tieso sobre uno de sus zancos y en descanso, se alzaba sobre un pedestal amarillento de acuáticos abatí-irupés (26) en el centro del estero inmóvil y dormido también, como cansado de exhalar sus emanaciones palúdicas.

A medida que se hacía la obscuridad el aire cargado de aromas campestres se poblaba de millares de lucecitas fosforescentes. Enlucernando la sombra infinidad de elatéridos erraban en caprichosos giros por el espacio; el rapacobá, el cuyuyú y el taca-huá, bichos alados de luz verdosa, luciérnagas de una potencia fosfórica extraordinaria, encendían y apagaban rápidos sus focos, dominando en altura a los tatá-bebés, fuegos fatuos que más bajos, estallaban de tarde en tarde los miasmas deletéreos flotando suspensos sobre el haz de los pantanos.

Un vaho tibio brotaba de la tierra, que despedía de sí el cálido vapor que en ella concentraran los ardores del día; rumores de aguas ocultas y cascadas venían de las frondas de las cercanas puntas del Aquidabán, y mil voces extrañas, vagas e incoherentes, resultado de esa animalidad nocturna no explicada, pero sí sentida, producían en la sombra con sones misteriosos, un himno indescifrable, revestido con toda la grandeza d un poema en el que parecía palpitar el “alma parens” de la Patria.

Como hijos de Yxion y de la Nube, quirónica y fantástica tropa corriendo en la oscuridad, seguimos largo tiempo las revueltas de la selva, saliendo otra vez al camino de las carretas cerca del puente Quihá, que cruzamos a escape.

Medianoche sería cuando llegábamos de regreso al Paso del Ytá, y torciendo a la derecha nos internamos en uno de los extensos palmares que allí hay.

Por un largo rato caminamos aún dentro del monte, llevando de tiro nuestros caballos reventados, hasta que quebrantados todos, hombres y bestias, por una inmensa fatiga, a la que se agregaban las torturas del hambre sin poder dar un paso más, nos entregamos al descanso.

En este alto, el número que me tocó en la guardia me constituyó en velador de medianoche del sueño de mis compañeros. Y estuve ojo tirita con las armas al alcance de la mano, porque, en mi exaltada imaginación, cualquier rumor cercano que se escuchaba en el palmar, me parecía ruido apagado de los pasos o el rozamiento de las tropas del enemigo al deslizarse entre los troncos de los árboles y arrastrarse en los pastos, siguiendo nuestra huella.

Sentía íntimamente que como un ser animado, tomo un espectro de formas vagas e invisible merodeaba el peligro, precursor de la muerte, en torno nuestro.

En algún momento, resonando del lado del rio ahullidos de los aguarás me recordaban bruscamente, cuando cabeceaba adormecido en vigilia, haciéndome pensar en la tremenda nubilidad de una centinela dormida.

Poco a poco me fui serenando y continué mi facción con los ojos fijos en la medrosa oscuridad, y vuelto hacia el lado por el que era presumible la aparición del enemigo hasta que llegó mi relevo.

En la tierra dura, envueltos en sus ponchos, dormían mis compañeros, los hombres de guerra, y en el azul etéreo palpitaban temblorosos los astros.

La diosa Urania recobraba en las tinieblas profundas el imperio de su esplendidez maravillosa. Allá, muy abajo, como tocando la cima de los árboles, la Cruz del Sud brillaba potente, con sus cuatro puntos bordados de luz, calatraveña condecoración gigante, prendida a un costado en el inmenso manto de los cielos.

La constelación zodiacal del “Taurus” lucía en todo su esplendor con su hermosa y rojiza “Aldebarán” y a su derecha, cerca del horizonte, las luminosas “Pléyades” cabrillaban fulgurantes, asomándose aglomeradas sobre los abismos azules para ver, como en el sitio de Troya, con los horrores de la guerra nuevas crueldades de los humanos.

* * *

Cuarenta y ocho horas después, también entre las sombras de otra noche serena, poco antes de que las primeras luces de la Aurora anunciaran con sus pálidos fulgores el último día de la guerra, los de vanguardia éramos sorprendidos y desechos a punta de lanza en el “Paso Tacuara”, sangriento y mortal comienzo del combate supremo de Cerro Corá.

(…. ) (27)


NOTAS

(1) Montaña roja.

(2) Puente Sucio.

(3) Cabezas Blancas.

(4) Arroyo de la Rana.

(4) Hormigas blancas.

(5) "Mosquitos negros”.

(6) Búho grande.

(7) Los negros

(8) Posta del mono.

(9) Tranquilízate, vieja.

(10) Así llamaban familiarmente, en guaraní, los soldados a López, designándole, al hablar entre sí, con esas palabras que quieren decir; el Hombre grande.

(11) “Ande ligero, sargento”.

(12) "Está bien, mi jefe”.

(13) “La Virgen de Piedra Blanca”.

(14) "Arrímate a mí, sargento”.

(15) "Te mostraré muchos “negros”.

(16) ¡Ligero! Ligero, muchachos ! Bajen de este lugar alto.

(17) Garrapata.

(18) Arroyo de chorro; salto de agua cascada.

(19) Paso delgado o estrecho,

(20) Piojito.

(21) Carancho, cuervo chico.

(22) Ese hediondo hijo del diablo.

(23) Agujero de la víbora.

(24) “Paso Chico”

(25) El decreto del 24 de noviembre de 1842 estableció la libertad de veintitrés, aboliendo la esclavitud desde el 1o. de enero de 1843, en el Paraguay

(26) Maíz de agua

(27) Se omite el fragmento final no narrativo, que el propio autor separó de su relato (F P-M).

 

 

 

CONTENIDO

Noticia Preliminar - 7

Yatebó - 13

Tacuatí 55

Itapirú - 93

VARIA

El Encuentro - 117

Tupandi - 130

El toque de Animas - 138

Los Dos Clarines - 145

Caa-Icobe - 159

N'ihil Desperandum - 170

Stabat Mater - 180

Jabin - 184

Las Naranjas Rojas - 190

Eglon - 194

Yguar-í Paso - 198

 

 

 

 

 

 

 

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LA GUERRA DEL CHACO (PARAGUAY - BOLIVIA) AÑOS 1932 - 1935

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