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CÉSAR ALONSO DE LAS HERAS


  ANTOLOGÍA POÉTICA de CÉSAR ALONSO DE LAS HERAS


ANTOLOGÍA POÉTICA de CÉSAR ALONSO DE LAS HERAS
ANTOLOGÍA POÉTICA
 
 
COLECCION GRANDES POETAS PARAGUAYOS
 
© César Alonso de las Heras
 
© De esta edición: 1997,
 
Editorial El Lector
 
 
Armado: César W. Peralta Gaona
 
Tirada: 3.000 ejemplares
 
Hecho el depósito que marca la Ley 94
 
 
Impreso en el Paraguay
 
Asunción – Paraguay 1997
 
 

PRÓLOGO
 
CÉSAR ALONSO: POETA DE DIOS
 
Cuando el Padre CÉSAR ALONSO DE LAS HERAS llegó a la Asunción en 1940, el panorama literario paraguayo carecía de contornos y perfiles estéticos relevantes. Existían ínsulas o grupos que se conformaban obedeciendo más a afinidades personales o ideológicas. La dictadura del Gral. HIGINIO MORÍNIGO no tenía política cultural alguna. Y toleraba -mal que le pese- ciertas figuras emblemáticas del mundo cultural o académico en la medida que éstas no hicieran alusión directa a su gobierno o a su persona, que de producirse respondía con el confinamiento y el exilio. La Universidad de Asunción había quedado debilitada por la intervención decretada el 26 de enero de 1940. Lo llamativo de esta determinación extrema es que fue impulsada por intelectuales de nota como Efraím Cardozo, Justo P. Prieto, Pablo Max Ynsfrán, Alejandro Dávalos. El Senado que respaldó la medida tenía en su seno a hombres de la talla de Carlos Gatti, Policarpo Artaza, Manuel Sisa etc.(1)
 
Afortunadamente, el nuevo ministro de Educación, Prof. Dr. Salvador Villagra Maffiodo, que reemplazó a Cardozo después del autogolpe del 18 de febrero del mismo año, dio término de facto a la malhadada intervención, restituyendo la paz en esa "república del saber" que hasta entonces fue la Universidad.
 
La enseñanza del castellano dominada por el liderazgo de los descendientes del insigne profesor Inocencio Lezcano -discípulo de Delfín Chamorro- resultaba dura para un país de presunto bilingüismo donde la realidad era la diglosia.
 
En este ambiente ríspido y lleno de rigideces, debió actuar el joven maestro. José Luis Appleyard lo evoca del siguiente modo: "...recordé aquel 4 de mayo de 1940... cuando en el aula del Primer Curso A del Colegio de San José apareció con su figura magra, sus ojos penetrantes y su voz levemente velada -características que conserva, sin cambio alguno- un joven sacerdote, recién llegado de España que era el nuevo profesor de Castellano. En realidad, quien llegaba sería maestro de varias generaciones de escritores, entre las cuales aquella a la cual pertenezco..." termina diciendo nuestro flamante Premio Nacional de Literatura 1997. (2)
 
Renovó la enseñanza del idioma -en cuando pudo- haciéndolo más atractivo y recreativo. Introdujo la lectura viva de los grandes autores de lengua castellana si bien hizo hincapié en los escritores de vanguardia con quienes se identificaba. Al valorar en perspectiva Josefina Plá en su obra "Españoles en la cultura del Paraguay" dice: "La enseñanza del Padre Alonso, su profundo conocimiento de la literatura española, su fervorosa admiración por los poetas del 27, y su estimulante entusiasmo impartido desde la Academia Literaria del Colegio San José, fueron decisivos para que de entre sus alumnos surgiera lo más nutrido de los escritores paraguayos de la llamada "generación del 50". (3)
 
Anota Teresa Méndez Faith que se constituyó en director del "Círculo Literario" (1945-1946), primero y luego de la famosa Academia Universitaria (1946-1960). (4)
 
Integraron dicha Academia entre otros: José María Gómez Sanjurjo, José Luis Appleyard, Ramiro Domínguez, Ricardo Mazó, Carlos Villagra Marsal, Laureano Pelayo García, Rubén Bareiro Saguier, Rodrigo Díaz Pérez, Lorenzo Livieres, Gustavo Gatti Cardozo, Eliseo Da Rosa, Rubén Talavera, etc.
 
El 8 de marzo de 1947 estalla la Guerra Civil de 1947 cuyo sangriento transcurso terminará recién el 19 de agosto del mismo año con la masacre  de Villeta. El 9 de marzo de 1948 por decreto N° 25.390 fue nuevamente intervenida la Universidad Nacional. Se pretextaron "graves irregularidades" y la politización subversiva de sus figuras.
 
"Esta situación menoscabante para la Universidad tendría su crisis el 13 de abril de 1956 en que los estudiantes de medicina tomaron la Facultad mientras se declaró una huelga general en toda la Universidad. Pronto la huelga se propagó a los colegios de segunda enseñanza adquiriendo las características de una lucha frontal". (5)
 
Por aquel tiempo una misión llamada Kimball de extracción norteamericana trabajaba en la reforma de la enseñanza superior con el pensamiento puesto en un plan piloto para medicina.
 
Las dramáticas circunstancias obligaron a la elaboración de una nueva ley que contemplara la plena autonomía universitaria. Así nació la Ley 356 que devolvió la libertad a los claustros.
 
La Guerra Civil del 47 ganada por el dictador Morínigo y el Partido Colorado impuso un clima violento aún después de terminada la contienda. Los escritores que formaron el cenáculo VY’A RAYTY, Hérib Campos Cervera, Oscar Ferreiro, Elvio Romero, Augusto Roa Bastos se tuvieron que exiliar forzosamente. Josefina Plá protegida por su nacionalidad española quedó con una de las antorchas encendidas de nuestra cultura. Frente a esta diáspora de valores, se redobló la amplitud y la intensidad del magisterio del P. César Alonso. Sus alumnos de la Academia Universitaria, entre las balas de la trifulca cívica, concurrían a expandir su espíritu en aquel refugio de libertad, belleza y fe que era el bastión académico. Toda esa desolación, tragedia, envilecimiento ciudadano habría de recoger el P. Alonso en su famoso poema "Paraguay" leído en sesión de la susodicha Academia en 1950. La mera transcripción de sus primeras estrofas de verso libre nos mostrarán de inmediato la honda cosmovisión que tenía de nuestra patria raigal:
 
"QUISIERA cantar esta vez, desde lo más íntimo de mi conciencia,/ al pueblo sumiso, en dolor, quebrantado,/ olvidado por la geografía, metido en las entrañas de América,/ y allí, en penurias, y triste, tanto tiempo abandonado./
/A ti quiero cantarte, Paraguay, sin artificios./ Quiébrense mis palabras si pretenden encubrir la pobreza de la emoción y del concepto./ Sólo un sollozo altivo quiero, un ¡ay! de angustia, primitivo,/ o el cantar variado de las aves, o el hondo palpitar del viento./
/¿Qué destino es el tuyo, Paraguay, dividido en la faz de tus tierras / por la espada reluciente y fría del río que te nombra? / ¿Qué debes hacer tú, Paraguay, qué papel desempeñas / bajo la Cruz del Sur, rumoroso y callado, ardiente / y con sangre en cada esquina de tu historia?/.
Estos versos extensos como los Whitman pero con la iracundia profética de León Felipe, constituían un grito de autenticidad y arretoricismo que dejó su huella en la poesía paraguaya. Refiriéndose a este poema dice el P Alonso: "... el poema... brotó en el año 50, como una necesidad biológica, acuciado por el pánico, la angustia y también la esperanza". (6)
 
En vísperas de despuntar una nueva promoción que sería llamada "del 60" en la cual también estarían enrolados discípulos del insigne maestro, específicamente, en el año 1959, el Padre Alonso connatural a su voto de obediencia -aunque con mucho dolor- viaja a España para continuar su apostolado y, a su vez, su maestrazgo. Su ausencia del Paraguay durará 8 largos años puesto que regresó a su segunda patria en el año 1967.
 
En ausencia del Paraguay, el P. Alonso escribió muchos de los poemas que conforman su libro "QUÉ CERCANO TU RECUERDO", editado en la Asunción en 1970. Allí por primera vez aparece el texto íntegro de su poema "PARAGUAY". Sobre los múltiples motivos de su inclusión dice el autor: "Fue, de veras, mi poema paraguayo y por eso he querido incluirlo en este libro. Además, se ha recitado, publicado y escrito muchas veces, no siempre correcto. Si, a pesar de los años, pudiera alguno encontrarle vigencia y profetismo, lo consideraría cabal visto bueno". (7)
 
En el libro que hemos mencionado más arriba hay un poema titulado "VOLVER" dedicado a todos los paraguayos exiliados donde trasparece el dolor que el P. Alonso experimentó en su trasterramiento de casi dos lustros.
 
/Hay que volver, amigo. / No dejes que una noche muy larga te lo impida. / Controla tus luceros. / Cuando sientas que va a caer la tarde / Ponte el hato a las espaldas/y regresa./
/Te esperan tus lapachos. / Hay uno, siempre -el tuyo-, inflorecido / por tu ausencia./
/Hay que volver, amigo. / Yo me vuelvo. / Es aquello lo mío. Aquí/sin duda tengo más. Tengo / los lazos de la sangre, el sentimiento, la cultura de siglos, / y un porvenir que ríe en cada alba. / Pero el hilo sutil de aquella voz, / el cuenco / de un cariño infantil, que añora verte, / el azahar de los naranjos / el sortilegio de algún atardecer / entre las palmas, / el misterio, la angustia y el suspiro, / el dolor y el gozo evíscerante, /eso sólo está allí / y yo no puedo vivir faltándome tanta alma"/.
 
Desde 1967 en adelante el P. Alonso sigue sin interrupciones su papel de numen intelectual, reconocido por todas las promociones literarias que trasiegan la realidad estética del Paraguay.
 
 
 
ENTRE EL LIRISMO, LO SOCIAL Y LA POESÍA MÍSTICA
 
La variedad de los temas abordados por el P. Alonso hace difícil clasificar su producción protéica, pues "nada humano le ha sido extraño". Hay una particularidad, en ningún caso, sea su poesía de tono civil o social, religioso o metafísico, la raíz lírica deja de estar siempre presente como cuño de reverberante belleza. Ello le da una pureza insobornable a su poesía alejándole del prosaismo exclamativo y vacuo de lo panfletario.
 
La Editorial Alcándara que publicó uno de sus mejores libros intitulado: "ANTOLOGÍAS" expresa: "El silencioso alerta de Dios, la inmemorial conmemoración de la belleza, el regreso de los sueños, refluyen con tensa pureza en la poesía de César Alonso de las Heras... despojada de pausas y atavíos, quieta palabra desnuda frente a los tumultos de la sombra" (9)
 
Hay como una relación cuasi personal del poeta con Dios quien -cuando menos desde su conciencia- lo asiste con su omnipresencia como testigo insobornable de sus actos humanos. Ello nos ha llevado a compendir su genio y figura en la expresión: "ALONSO, POETA DE DIOS". (10)
 
JOSEFINA PLÁ calificó al P. Alonso como "otro nombre español de alto vuelo entre la mejor poesía paraguaya" (11)
 
La poesía religiosa del P. Alonso está enriquecida -como ya hemos subrayado- por un intenso lirismo, una inspiración que brota de la radicalidad de una vocación religiosa sentida con mismidad, y, a su vez, un espiritualismo logrado por ascesis, ese entrenamiento positivo y perseverante de la voluntad, cuya télesis es un ideal moral. Esta purificación - cilicio del espíritu- se hace más tangible pues las figuras santas de María y José, así como la divinidad del Niño, están recortados de los sitios santos de la Palestina auténtica donde ocurrieron los hechos encantados. Se diría que el P Alonso lleva la tierra Santa en sus pupilas.
 
Sus libros de estampas poemáticas deben ser leídos desde esa singular óptica telúrico-religiosa. Ello se advertirá sin esfuerzo y, más bien, con gozo en "MARÍA DE NAZARET" (Estampas y Misterios), As., 1958. En el proemio de esta prosa afiligranada dice el autor: "Sólo he puesto, al escribirlo, toda mi simpatía y el conocimiento del ambiente, adquirido en seis años de estudios en Palestina". "Por lo demás, en un esquema tradicional, he volcado, en parte, lo que la sana tradición nos refiere de Ella y lo que la imaginación me pudo sugerir". (12)
 
En su obra breviario "ROSARIO Y VÍA CRUCIS" (1979) se mantienen las características antes señaladas, si bien impresiona haber ganado -si se pudiere- en sencillez y poesía, con reminiscencia del inmortal "Platero y yo".
 
Nos queda por último hablar de la poesía mística. Hay que decir de inmediato la finalidad esencial de la poesía mística es llegar al éxtasis. La  etimología de la palabra nos señala que viene del gr. ex=privativo y stasis=acción de estar. El ilustre psiquiatra Prof. Dr. Guillermo Vidal la define del siguiente modo: "Fuera de la propia razón por gracia divina". "Amentia. Esta idea griega de arrobamiento, abandono a los lazos que unen el alma a lo material y el ascenso de ésta, por la ascesis a la purificación, a la presencia directa de Dios, es lo que caracteriza la presencia mística del éxtasis". (13)
 
Más adelante Vidal hace una aclaración imprescindible: "Queda claro con esto que no se trata de una experiencia irracional, efecto de fuertes emociones, como el trance. Por el contrario, el éxtasis conduce a la pura SUPRARRACIONALIDAD, que es la perfecta CONTEMPLATIO".
 
Quien se aboque a la lectura del breve poemario: "MÁS QUE TÚ LO HE DESEADO", As., 1995, encontrará poemas que bordean las costuras del alma, una experiencia en la cual una lucidez perfectísima nos impulsa plus ultra del yo, quedado de éste, un continente capaz de ser abarcado por un nuevo contenido: Dios.
 
Los críticos podrán señalar influencias de Santa Teresa de Ávila y de San Juan de la Cruz, empero, ningún místico tiene otra vía que la senda iluminada para siempre por tan excelsos poetas. Se podrá decir que el camino es el mismo mas la pisada peregrina diferente.
 
Es cierto que en este poemario el autor ha incluido poesías antes publicadas lo que no le resta unidad puesto el grado lírico es idéntico en profundidad y altitud.
 
Digamos por último que el maestro que hizo de su vida "lógica viva", como quería el gran filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira, no podía coronar su obra sino en la cima de la palabra que para él fue, a su vez, siempre cima del acto.
 
 
 
(1) Historia de la Universidad Nacional, Tomo III; pp. 37-38. Edición Universidad Nacional, As. 1994.
 
(2) Apud: Navidad; César Alonso, p. 9, As. 1985.
 
(3) Españoles en la cultura del Paraguay, Josefina Plá, p. 165. Editorial "Ara Verá", As. 1985.
 
(4) Breve Diccionario de la literatura paraguaya, Teresa Méndez-Faith, pp. 6/7, Edit. El Lector, As. 1994.
 
(5)Historia de la Universidad Nacional, Tomo III, p. 62. Edición de la Universidad Nacional, As. 1994.
 
(6) Qué cercano tu recuerdo, C. Alonso, p. 5. Editorial FVD. As. 1970.
 
(7) Idem, p. 6
 
(8) Idem, p. 61/62/63.
 
(9) Apud, Antologías, César Alonso, contratapa.
 
(10) La literatura como expresión de la realidad nacional, Tercera Edición, pp. 94/95. Editorial El Lector, As. 1996.
 
(11) Obras completas, Tomo IV Josefina Plá, p. 163. RP Ediciones, As. 1992.
 
(12) María de Nazaret, César Alonso, p. 7. Edit. FVD. As. 1958.
 
(13) Apud: Enciclopedia Iberoamericana de Psiquiatría, Tomo I p. 275, Editorial Médica Panamericana, Bs. As. 1995. (Ibídem), p. 275.
 
 
 
 
 
MARÍA DE NAZARET
 
ESTAMPAS Y MISTERIOS (1958)

ATRACCIÓN DE MARÍA
¡Ella! María de Nazaret. La Virgen candorosa que atrae irresistiblemente el corazón y la mirada. Porque es pura y porque es buena. Como atrae una sonrisa y una flor. La joven de Nazaret, humilde, sencilla, espontánea y resplandeciente, sin saberlo. La nieve que nadie ha pisado en la cumbre de la sierra, y que brilla. El arroyuelo claro que sale del manantial brincando entre los cantos y las matas. ¡Claridad! Así es la Virgen María: pura y hermosa y sencilla, como la luna llena. La Virgen que pintó el Angélico.
 
Y anhelante, ansiosa, de algo por encima de ella que la eleve, como un ciprés se va irguiendo ella misma. Y la vemos llegar poco a poco, dibujarse en las figuraciones bíblicas, desde el paraíso terrenal, en la noche del alma, a través de esas mujeres castas y fuertes, avanzar como una aurora hacia nosotros.
 
Y es la Estrella. La estrella de la mañana, la última que se queda cuando se desvanecen las demás. La estrella de la tarde, la primera que apunta ¡Estrella!, nombre de poesía, nombre de elevación, que nos obliga a dirigir nuestras miradas a lo alto. ¡Nuestra Señora de la Estrella!
 
¿Quae est ista? ¿Quién es ésta que se adelanta cual la aurora, hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible como un ejército en orden de combate?
 
¿Quién es ella? Es la Virgen, es María. Qué bien comprendemos todas esas comparaciones bíblicas que nos reflejan algo de su ser profundo. Erguida como el cedro en el Líbano y como los cipreses en las colinas de Sión, hermosa cual palmera y como un rosedal fragante, y bella como la luna, en plenitud, de Galilea, y fuerte como un baluarte.
 
La virgen candorosa que atrae irresistiblemente el corazón y la mirada; que nos atrae y nos eleva por cima de nosotros hacia esas regiones más altas del cedro y del ciprés, de la palmera y de la aurora, y de la luna, de las estrellas.
 
Los artistas la han pintado, queriendo cada cual reflejar en sus lienzos un rasgo de su carácter o un momento de su vida. Y ninguno, tal vez, haya acertado como ese Fray Angélico, que le ha puesto una faz serena y reposada, sencilla y dulce como lo es la luna; o bien como Murillo, en sus Purísimas, que responden a los más íntimos conceptos de una devoción popular.
 
Por doquier se han elevado templos, humildes y grandiosos, ermitas y catedrales, a su glorioso nombre.
 
Y en esos admirables pórticos de las catedrales, los piadosos maestros de la Edad Media nos han legado unas Vírgenes inigualables de expresión recogida, que causan nuestra admiración, desde aquella, en el claustro de la Catedral de León, ingenua, atrevida y de tan alto sentido místico, que muestra al Padre Eterno al Hijo de sus entraÑas, pasando por todas las representaciones de la Expectación, hasta aquella perfectísima de Chartres.
 
Se han fundado ciudades que llevan sus misterios como apelación.
 
Y la han cantado los poetas. La han cantado los Padres de la Iglesia; la han cantado aquellos bohemios de la Edad Media. La cantó Berceo. Y en melifluas cantigas la requebró el Rey sabio. Los clásicos y los románticos han pulsado sus liras para ella. Y hoy día, pequeños y grandes poetas la siguen cantando.
 
Atrae irresistiblemente.
 
Atrae cual la aurora radiante en primavera, clareando y clareando, con temblores de hojas en los árboles y trinos armoniosos.
 
¡La Aurora! Con tanta claridad ya ella, que está anunciando inminente al sol.
 
Así María, dulce aurora de cuyo seno nace el Sol de nuestras almas que es Jesús.
 
 

MARÍA DE NAZARET
 
Al cumplir los quince años terminaba el tiempo de permanencia en el Templo para los consagrados a Dios. María salió también. Se halló sola en Jerusalén. Cerca, en Karem, tenía unos parientes, Zacarías e Isabel, que se habían encargado de sus cosas. Allá fue. Tenía también otros en Nazaret y Seforis donde su madre había visto colmada la gran esperanza. María decidió trasladarse allá. Seforis no le gustó. No podía gustarle. Ella tan recatada y silenciosa, recién salida del recogimiento del Templo, no podía quedar en una ciudad bulliciosa, mundana, donde abundaban los romanos y sus diversiones. Nazaret, por el contrario, había quedado completamente provincial, lejos del trajín y de las muchedumbres; un pequeño pueblo tan sólo conocido por los pueblos vecinos que lo tenían en menos. Fue el lugar escogido por María, la patria de su corazón. Para siempre ha de llamarse la Virgen Nazarena. También era el lugar elegido por Dios. Y en verdad que no era mala la elección.
 
¡Nazaret! ¿Quién hubiera pensado, en los tiempos aquellos de las doce tribus, la gloria que un día iba a adquirir? Unos cuantos pacientes arqueólogos se acuerdan todavía de ciudades antiguas que han ido a des entrañar del seno de la tierra; ¡y habían sido famosas! Mientras que Nazaret, que la Biblia no menciona, que el Talmud desconoce, es conocida en el mundo entero y, en todas las lenguas, las sílabas de su nombre tienen un ritmo angelical de música.
 
¡Nazaret! No es tan sólo ese país de ensueño, hermoso porque desconocido, que aquellos que han tenido la dicha de visitarla no paran en su alabanza. Y cuando, sobre todo, se ha vivido unos años en ella, su recuerdo es ya imborrable y queda en la memoria como solaz del corazón.
 
Llegando de Jerusalén, al cabo de la llanura de pan llevar de Esdrelón, se alza un macizo roquero. Un camino de herradura debía escalarlo entonces, y todavía, por uno semejante lo suben los naturales en borriquillos y camellos para evitarse los rodeos de la ruta asfaltada que, hoy día, serpenteando, lo domina. Ya en la cumbre, Nazaret se muestra, en toda su hermosa sencillez, sin atuendos, sin celos.
 
Descolgándose, risueña, por las faldas del monte y por las de otros tres que así la encierran en un cuenco. No se esconde, no hace alarde de murallas, no es hostil. Invisible a primera vista, allí está. Como un lago en las cumbres. No se deja ver de lejos, hay que llegar a él, tras la ascensión. Y se nos entrega por completo, transparente hasta en sus profundidades. Así es Nazaret. Alta sin pretensión, de auténtica nobleza, no se yergue en las cimas, se recata con ellas. Es preciso alzarse hasta su altura, salvando el repecho roqueÑo, y, entonces, héla ahí, transparente, a los pies.
 
Es blanca, muy blanca, de casitas pequeñas, en cubos, sin tejados que otra vez la rebajen, pero con azoteas que conservan la altura conquistada y son base desde donde las miradas pueden elevarse hacia los cielos.
 
Ese su afán de altura, se realza todavía con los cipreses que la adornan. El ciprés es el árbol de Nazaret. Se destaca por encima de los pinos que se han plantado en los últimos años. Tiene la majestad de las alturas y la sencillez de una exclamación. Toma su savia de la tierra humilde y asciende ufano, valorando su origen en esa su elegancia. Así Nazaret parece elevarse con ellos y sublimar su humilde apariencia en ese gesto ingenuo que la muestra sin atuendo a nuestros ojos: como una afirmación de la esperanza.
 
Atrevidos, ya entramos y vemos que no ha sido espejismo su atracción. Ahí está como la vimos. Y ni sus calles estrechísimas le dejan apariencia de recónditos designios. Es un rostro sereno y franco, sonrosado y alegre como un albor de primavera. Por eso la primavera parece haber asentado en ella sus reales. Sin alarde tampoco, que no es primavera de rosedales artificiales y orgullosos. Es la verdadera primavera, primavera ingenua de los campos: arroyuelos que nacen adrede para ella, pájaros que son suyos y miles de florecillas que se iluminan a su paso, con la más hermosa de todas, la anémona, que, sintiendo su hermosura, se enciende ruborizada y la acrecienta.
 
Así es Nazaret. Y la Virgen así. Es sublime y sencilla. Encumbrada por encima de todas las mujeres, sin alarde. Recatada. Tan sólo inaccesible para aquel que no quiere salir de sí mismo y alzarse, que si no héla ahí, en toda su límpida hermosura, como el lago montañés, como la villa que ha escogido. Bella como la anémona, encendida por el soplo del Espíritu y erguida en su grandeza y hermosura como el ciprés de la colina.
 
Humildemente recatada y recogida como él, mirando hacia la altura, anhelante de vida; y en lo alto, inclina su cabeza sobre el pecho con los brazos cruzados y medita, como el ciprés que se recoge allá en la copa, al soplo de la brisa. ¡En la serenidad!
 
¡La Serenidad! La más alta virtud de María, que es la Paz, la verdadera, que su Fe en Amor le ha otorgado para ser, del mundo entero, la afirmación de la Esperanza.
 
 
LA ANUNCIACIÓN
Ya tenía María consumado su total sacrificio. Todo su afán interior lo había cifrado sólo en Dios: El era su único amor. El voto de virginidad, insospechado entre las otras jóvenes, la colocaba aparte. Pero ahora, con la aceptación de José, podría vivir tranquila, sin temor de singularizarse.
 
La fina esencia de su alma se exhalaba para Dios, El Señor. Su cuerpo, virginal, su tierno afecto, su dulce mirar y su ingenua sonrisa, los había confiado a su primo José. Su humildad, como de semilla en tierra, la había desprendido de todo, y se elevaba, tallo de José, tan grácil que pareciera en hermosura inmaterial. Mas no infecunda, que, sin rosas, no se concibe un rosal. La humildad de María, sin que ella lo supiera, y por eso ante todo, la preparaba a la fecundidad más exquisita. Voluntariamente abnegada, desprendida de todo engarce humano, y del engarce del pecado, humilde, como semilla en tierra, ya reventada su envoltura, la Virgen va llegando a la maternidad: el tallo de Jesé, en lozanía, va a dar su fruto de milagro.
 
Terminados los quehaceres de la casa, María, con la aurora, se ponía a meditar. Elevaba a Dios su pensamiento, gozosa de consagrarle exclusivamente las primeras horas del día. Era un íntimo coloquio, a veces, y, a veces, un recogimiento delicioso, contemplando esa presencia en ella del Señor. Desde su compromiso con José, desde aquella mañana de la confidencia, ninguna preocupación molestaba su dicha: su ideal lo iba modelando bajo la mirada de Dios.
 
Un día, mientras así se recogía en los cerros despuntaban las primeras claridades de la aurora, oyó suave aleteo y una voz: "Yo te saludo, oh llena de gracia, el Señor es contigo". María se turbó preguntándose qué podría ser ese saludo, pero reconoció la forma maravillosa de un ángel, inclinado ante ella. Y el ángel le dijo: "No tengas miedo, María, pues has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y darás a luz a un hijo a quien llamarás Jesús. Será grande y lo llamarán hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin".
 
La presencia del ángel la tranquilizaba: su mente, vuelta hacia Dios, no podía arredrarse ante lo espiritual. Así, fuera de la primera impresión, la serenidad de la Virgen le da a esta escena una sencillez que apenas concebimos. De ser inventada, nos hubieran puesto teatralidad, y, sin embargo, tampoco concebimos nosotros, después de tantos siglos de cristiandad, lo sorprendente de estas palabras del ángel. Un sinnúmero de profecías hablaban de ese Rey Eterno; a veces, de paso, un historiador consignando fríamente un hecho; otras, recordando un personaje la promesa de Dios; las más, exaltándose los videntes de Israel en sublimes arrebatos que enardecían al pueblo. Durante siglos, todo un pueblo ha ido sosteniéndose en las desgracias con la promesa de ese Enviado; la humilde nazarena, en sus ensueños, parecía vislumbrarlo y he aquí, esta mañana, que, en el patio de su propia casa, así, sin ningún estruendo, sin trompetas de heraldos, a ella, un ángel le comunica que la hora ha llegado y que es ella, la escogida por madre. Es tanta la humildad de María, y su serenidad, que no se inmuta. Indaga, solamente, con la sencillez de quien no alcanza a comprender cómo podrá ser todo ello, viniéndole en recuerdo las palabras misteriosas de Isaías sobre aquella doncella que concibe. ¡Y es ella! Su voto de virginidad ha sido confirmado por José. Todo ello fue una idea en su mente y le pregunta al ángel: "¿Cómo será esto pues no conozco al hombre?" Y el ángel le responde: "El Espíritu Santo bajará sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el que va a nacer será llamado santo, Hijo de Dios". No es muy claro todavía y no puede serlo más, que el misterio es así, pero a María le basta, le basta con saber que, en ella, todo será obra del Altísimo, de Dios, de su Señor, que tan cerca ha sentido siempre, y ya se inclina, humilde, sencilla, mientras, por cima de los cerros, la aurora, extendida, cada vez más se enciende en púrpura y oro. El ángel sin embargo, no ha cumplido su misión y le anuncia a María el gozo de su prima: "E Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo, ella también, en su vejez, y éste es el sexto mes de la que decían estéril; pues nada le es imposible a Dios". Al oír hablar de su prima volvió a alzar la cabeza hacia el ángel María, contenta por la felicidad que suponía en Isabel. Las últimas palabras del mensajero, como apoyo y confirmación de todo su discurso repercutieron en la Virgen con eco prolongado de serena tranquilidad.
 
¡Claro que nada le era imposible a su Señor! Los Libros Santos están llenos de prodigios y ¡cuántas veces se había valido Dios de humildes criaturas para ello! que su portento mayor quería realizarlo con la más humilde de todas, ¿quién era ella para pensar oponerse ni un momento siquiera? Así dijo, admirable de sencillez y en la plenitud de su donación: "He aquí la esclava del Señor: ¡hágase en mí según tu palabra!"
 
El Ángel se marchó, llevándose a los cielos la aceptación de María. Y el Verbo Eterno se hizo carne en las entrañas virginales. El amor en plenitud que la Virgen consagrara a su Señor ha dado el fruto de milagro. Encima de los montes surgió, radiante, el sol. El ciprés del patio recibió su caricia con temblor y una paloma que en él descansaba, se elevó batiendo con ruido. María no la oyó: la cabeza reclinada sobre el pecho, hacia las manos cruzadas, adoraba la presencia, en ella, del Señor.
 
 
 
 

ROSARIO Y VÍA CRUSIS
 
 

ROSARIO
 
INVOCACIÓN

Quiero cantarte a Ti, Virgen María,
Recoger de una vez, en un apretado
Todo mi amor filial, ingenuo, mi amor de caballero enamorado,
Un haz de flores vivas, sencillas y fragantes del campo de mi poesía.
De una vez quiero hacer el poema ardoroso y cabal que me rinda a tus plantas.
El poema que encierre tu vida en estrofas de lento pasear de un parque.
Las amplias avenidas para el recogimiento en la brisa que orea y que descansa,
Recorriendo tu existencia virgen y maternal en los misterios
del Rosario que tú misma ordenaste.
 

Virgen, ayúdame a escribir sin empaÑar tu cara.
Para que los sencillos, ella, mi madre, dulce hermana, sonría de contento,
Madre, dame tu vida, dame que se desprendan los frutos del anhelo.
Para que se alimente y crezca tu Hijo en nuestras almas.
 

¡María! Oh, tú la más hermosa de todas las mujeres,
"Trazada y compasada con el compás divino que no admite
mengua"          (Dionisio)
"TrigueÑo y ovalado el rostro, humilde y sonriente"
"Rubio el cabello, verdes ojos, labios suaves hablando, manos
y dedos largos de tejer finezas".        (Nicéforo)
 

¡Oh!, tú, ángel en carne y "entre espinas lirio",
Con gracia y resplandor del alma, hermosura cabal que no abochorna,
Vuelve a la tierra, vuelve entre nuestros pecados y delirios
Vuelve a darnos la idea auténtica de la Hermosura, el hambre
del Bien y la Verdad tranquilizadora.
 

MISTERIOS GOZOSOS

¡Los misterios gozosos! El misterio del gozo tan profundo
     como el misterio del dolor.
¡Y el gozo del misterio! Y sumergirse en él y allí perderse
     anonadado en la Totalidad.
El gozo y el dolor del Paraíso en un mismo ser y un momento
     unidos para incitar a Amar.
Y tú, María, gozosa en el dolor y en los gozos herida porque
     anhelabas siempre Más.
 

LA ANUNCIACIÓN

Hay un brotar de aurora por los cerros de Nazaret y se mecen
     los cipreses con la brisa.
Empieza apenas a surgir esa clara mañana de finales de marzo.
Ha puesto con esmero el orden en la casa y ahora eleva su
     mente a Dios María.
Y de repente suspende su oración: parece que algo la ha
     turbado.
 

Y asistimos al diálogo trascendental del Arcángel Gabriel
     con la Virgen nazarena:
Que no se asuste, que ella va a concebir y dar a luz un hijo
     llamado Jesús, cuyo reino no tendrá fin.
Que no es obra de varón, que la Virtud del Altísimo la cubrirá,
     que Dios está en la espera.
Y María, la virginal doncella, tuvo humildad y sencillez, creyó
     en el portento y dijo: ¡Sí!
 

¡Oh Virgen de la Encarnación, arca del Verbo que se hace hombre.
Ayúdanos a comprender y a recibir todas nuestras anunciaciones.
Sé tú la Virgen y la Madre para alentar la Vida que en nosotros brote!
 
 

EL NACIMIENTO

En Belén, va cayendo la tarde y apuntan las estrellas con frío de relente.
Va saliendo del pueblo un grupo humilde: un asno, una mujer
     sobre él, encinta, un hombre.
El se ha estado cansando de llamar a las puertas de todos los albergues.
Y humildemente van a buscar en las afueras algún refugio de pastores.
 

Y el portento se unió a la sencillez: así no más.
A la pobre mujer, le ha llegado la hora y alumbra.
Es María, la Virgen del anuncio, virgen luego, y ahora Virgen,
     en el parto sin dolor y en dulce paz.
Y el niño es Dios, la luz del mundo, el más fino diamante en
     la ganga de tierra, hasta su hora que lo cubra.
 

¿Oh, María qué vamos a decir ni pensar en esta hora?
Sólo quedar muy recogidos, en tierna adoración, y sin decir nada,
     pues todo nos asombra.
 

 
INDICE
Prólogo: César Alonso: poeta de Dios (Roque Vallejos)

MARÍA DE NAZARET : Estampas y misterios / Atracción de María / Retablo / La virgen niña / María de Nazaret / La Anunciación / María y el justo José / Los pastores

ROSARIO Y VÍA CRUCIS : Rosario / Invocación / Misterios gozosos / La anunciación / El nacimiento / La presentación / Misterios dolorosos / La agonía de Jesús / La cruz a cuestas / Misterios gloriosos

QUÉ CERCANO TU RECUERDO : I / II / III / IV / Presentimiento / Qué cercano tu recuerdo / Paraguay / Volver / Sencillamente, así / Ellos, sí cantan / En la tristeza de la lejanía / Tierra

SILENCIO : Silencio / La cruz del Sur / Misterio / En medio del silencio / "El se, callaba" / La anciana en su sillón / Y aun más / Soledad sonora / La música callada / La voz de la indulgencia / Este susurro / La silenciosa prisa / Díptico de los pájaros / I / II / Entre pinos, la tarde / Silencio con estrambote

ANTOLOGÍAS : Vida / Empieza el año / Vengo con mucha paz  / Cuánto dolor / ¡Sol! / Alárgame la mano / Acércate / Arquea el alma / Vida / Paseo / Sorbos de Valdepeñas / San Martín de Valdeiglesias / Coplas / «Estos, Fabio, ay dolor. . ." / Delfi

RECUERDOS : Gregorio de las Heras / El puerto / Pedro / León Felipe en su centenario
MARÍA (invocación y arquitectura) : Invocación / María estrella / María Ciprés / María cedro

MEMORIAS : Abuela Clara / Colores del otoño

MIS SALMOS : El escudo de Dios
RETRETA : Oración de la noche

NAVIDAD. VARIACIONES : Invocación / La gran promesa / En la entraña de la tierra / ¡Ay niño de espera larga! / Un hostal para el niño / Qué contento que está el heno / Dale, borriquito /  La paja se ha estremecido / Oh gruta abierta / Pan y vino / Es la tarde en Belén / La roca lo espera  / Que locura de cueva / Villancicos / Al filo de media noche / Pipu.. . !

Epílogo: CÉSAR ALONSO: EL VERBO DE UN LARGO MAESTRAZGO.
 
 
 
 

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