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JOSÉ R. ZUBIZARRETA PERIS


  CUENTOS TRÁGICOS Y FRÍVOLOS (TOMO III) - Narrativa de JOSÉ R. ZUBIZARRETA PERIS


CUENTOS TRÁGICOS Y FRÍVOLOS (TOMO III) - Narrativa de JOSÉ R. ZUBIZARRETA PERIS

CUENTOS TRÁGICOS Y FRÍVOLOS (TOMO III)

Narrativa de JOSÉ R. ZUBIZARRETA PERIS.

Impreso en Gráfica MONARCAS S.R.L.,

Asunción – Paraguay.



 

INDICE DEL TOMO III

CUENTOS TRAGICOS Y FRIVOLOS

1).- HIROSHIMA (Cuento de Portada) - Pág. 1

2).- SICOANALISIS DE UNA SIRENA - Pág. 10

3).- EL PETITORIO DE MANO - Pág. 14

4).- EL BISTURI ASESINO -  Pág. 20

5).- LA PRIMA SARITA -  Pág. 38

6).- UNA BUENA SIMIENTE - Pág. 44

7).- VENUS GANO LA GUERRA - Pág. 50

8)- REQUIEN PARA UN CREYENTE - Pág. 60

9).- LOS TITERES DEL AMOR - Pág. 68

10).- ¿SE HIZO JUSTICIA?  - Pág. 74

11).- LOS ORACULOS DE LA GITANA - Pág. 80

12).- LUNA DE MIEL PARA TRES - Pág. 91

13).- SUCEDIO EN MIAMI - Pág. 97

14).- LA SECRETARIA PRIVADA  - Pág. 104

15).- LOS SECRETOS DE UN VAMPIRO -  Pág. 110

16).- EL TESORO DE MCAL. LOPEZ - Pág. 127

17).- EL HAREN DE TORIBIO ORTIZ - Pág. 136

 

 

 

HIROSHIMA (CUENTO DE PORTADA)

Fumiko bostezaba de frío y de sueño esa mañana gris en el viejo barrio de koytú, al este de la ciudad de Hiroshima, un sector pestilente, refugio de inmigrantes, prostitutas, hampones y asesinos, infestados de burdeles y amparo de matuteros. Una pequeña Sodoma, sentina de vicios, donde los sabuesos de la policía ni con sus feroces mastines osaban meter las narices en sus antros tenebrosos.

El policía que allí entraba uniformado, jamás volvía a dormir con su “geisha”, ni a tomar el té con sake en su casa de loto y bambú del otro lado del rio.

Este accidente fluvial divide la ciudad en dos zonas diferentes: la moderna, industriosa, mercantil y opulenta; con lujosas pagodas y hoteles y apartamentos de cemento a prueba de sismos, de tipo occidental, amobladas con lujo y confort.

Su barrio residencial era exótico, con jardines, de cerezos y limoneros perfumados, con sus coquetos chalecitos de bambú donde mora la clase media y la muy raleada de los ricos que la guerra y la miseria han mermado en esta pacífica y devota ciudad de Hiroshima, del Mar Interior.

En el otro barrio, allende del rio estaba el “zocco” se hacinaba la población miserable y sórdida en cuevas fétidas, en rústicos bohíos de cartón y lata, de un solo ambiente, donde andan familias fecundas, con sus crios haraposos, perros, gatos, pájaros y gansos vocingleros.

Fumiko tiritaba y se rascaba los sobacos apurando de pie su té matinal. Luego se tapó con su chal, se puso una gorra de cuero, para ocultar el desaliño de su cabellera negra y espesa; se envolvió en un árido piloto y se fue para el trabajo como todas las mañanas.

Era una fábrica de motores de aviones, tanques, municiones y explosivos, sito en los arrabales al oeste del Puente Nuevo.

Allí con otras setecientas chicas como ella, trabajaría sin descanso desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, con algunos minutos de descanso al medio día, para tomar una taza de té y unos bizcochos con pescado salado, como frugal almuerzo; y otro intervalo de tarde, para un tenue colación con té y un panecillo con miel y arroz.

Luego, casi en tinieblas, se trabaja al tacto, porque los “raids” aéreos no permitían ningún alumbrado desde hacía tres años.

Pero los ataques arreciaban. El día anterior, esos dragones voladores habían arrojado más de mil bombas sobre Kyoto, e Hiroshima, durante tres infernales horas.

Alrededor de un millar de aparatos, en sucesivas oleadas, las envolvieron en llamas, con sus mortíferos “huevos”, torpedos y bombas, causando horribles estragos, demoliendo villas y barrios enteros, sepultando en un mar de fuego en ruinas humeantes a millares de mujeres y niños inermes.

El barrio humilde de Hiroshima había sufrido poco, pero la zona industrial, la radio aconsejaba su "evacuación", que en la clave popular significaba "daño cuantioso..."

El ataque de anoche había sobrepasado en mortandad a todos los anteriores. Ahora, las cosas iban de mal en peor, a pesar de los partes oficiales que divulgaban los periódicos y las radios del estado.

El instinto del pueblo no se engaña, y ya sentía las miserias de la guerra y la triste suerte de sus hijos dispersos en los frentes de batalla de Korea, Manchuria, China, Filipinas, y en los islotes de la Micronecia.

Por los pocos heridos que llegaban, sabían que la guerra era dura y porfiada, y que el enemigo aumentaba su poderío y que sus acorazados y aviones se acercaban cada vez más a las islas del Imperio.

Fumiko apretó el paso para llegar a tiempo a la fábrica, porque su bicicleta estaba sin cámaras. Tropezando, ensimismada, iba por las sucias callejuelas, apenas amanecía. No se podía contar con los trenes ni automotores, porque las vías habían sido destrozadas por las bombas y los ómnibus y toda clase de carro estaban requisados para los servicios del frente.

Una larga y silenciosa manifestación callejera de mujeres avanzaba por la desolada avenida que llevaba al parque industrial; pero a medida que amanecía, el panorama urbano, el día antes fabril, con enormes galpones de cemento y altas chimeneas, mágicamente, habíase esfumado.

Desde hacía una semana, y Fumiko no lo olvidaría nunca -Desde el 21 de junio- la guerra había llegado a Hiroshima, como a sus hermanas Yokohama, Fukuoka, etc., sometidas a demoledores ataques.

Pero el ataque del 1 ° de agosto, que duró toda la noche, los daños eran catastróficos. El panorama era impresionante; la muerte reemplazaba a la vida; un paisaje árido y desolado, como un panorama selenita, sucedía a donde antes existiera un pujante complejo industrial, que era el orgullo y la vida de Hiroshima y de sus laboriosos habitantes.

El rio humano, abigarrado, huraño, de centenares de mujeres y adolescentes, pálidos y ateridos por el frio matinal, casi desnudos, se detuvo súbitamente.

Un sordo murmullo brotó de aquellas masa de mujeres semi-desnudas y los chicos con un taparrabos, miraban mudos y sombríos el dantesco drama que tenían delante de sus ojos.

De entre las ruinas humeantes, salieron algunos ingenieros, que evaluaban los daños, agobiados por el enorme trabajo de salvar algunas maquinarias de entre el montón ruinoso de chatarra que restaba de la gran fábrica.

Algunos cañones anti-aéreos apuntaban todavía el cielo, que poco a poco se iba tiñendo de una inmensa mancha rojiza, como un coágulo de sangre, preludiando la inminente salida del astro solar.

Chirrió un alto-parlante y una voz chillona e imperativa, habló a la multitud laboral, ordenando lacónicamente cooperar en remover los escombros, para salvar lo que se pudiera.

Una parte del rebaño femenino obedeció pasivamente, pero la mayoría, displicentemente, giró sobre sus talones y silenciosamente volvieron a sus hogares. Entre ellas Fumiko, que caminaba como una sonámbula, porque el estruendo de las bombas y el fuego anti-aéreo incesante había desvelado a todos, y ella no había dormido nada cuidando de sus cinco hermanitos y de sus viejos, que vivían adorando el ingrato Buda doméstico, y en el que ella no creía...

Sí, porque todos esos ídolos de bronce y jade, no eran más que adornos; símbolos, o fetiches, inventados por la ignorancia y la superstición popular, y por los crueles "samurais", que explotaban a la plebe servil y fanática. Desde que recibió del ministerio de Guerra de Tokio la breve comunicación de la "Gloriosa muerte en combate del Tte. Piloto Naval, Hideyo Nakago, en Okinawa", ella se había desmoronado y perdido la fé en las tradiciones, poderío y gloria inmortal del Invencible Imperio Nipón...

El Tte. Nakago era su amante, y pensaban casarse apenas terminara la guerra; y como eso en 1945, no parecía lejano, ella había accedido a sus amorosos deseos, y cohabitaba con él las veces que él venía a Hiroshima, de licencia, por unos pocos días.

La última vez había sido en mayo, antes de partir en un portaviones con su escuadrilla, para defender el cinturón insular del Imperio, Okinawa y Formosa, amenazados por el arrollador poderío bélico de los americanos.

Durante una semana habían vivido solas y felices, en una borrachera de lujuria, desnudos, aislados de todos, en su casita de Hiroshima, porque sus padres se habían mudado a Tokio, para mayor seguridad.

Maquinalmente ella contó con los dedos los últimos meses... mayo, junio, julio, hasta hoy, 1º de agosto, en que ella soñolienta, abatida, vagaba por las callejuelas ,como alma en pena, pensando en su amado muerto...

Ahora, no hubiera querido que su amor diera fruto.

Muerto él ya nada le importaba y pensaba suicidarse, como es tradicional en su raza, cuando la vida y el honor son un lastre inútil, absurdo y estúpido.

El orgulloso Tte. Nakago!. Él era culpable de su muerte en su necia fiebre de heroísmo, y que no contento con ser aviador naval, tripulando los primitivos aparatos de la flota Imperial, se había ofrecido de "kamizaque", - convencido decía-, de que era el único modo de hundir a los acorazados enemigos, e impedir que la flota "yankee" anclara en la bahía de Tokio.

Y así, el trece de junio mientras en Okinawa, un puñado de nipones defendía los últimos reductos, de un enemigo abrumadoramente superior, el Tte. Nakago, integrando una flotilla de doscientos "kamikazes" (aviones-suicidas), se lanzaban a un ataque en masa sobre la flota enemiga que desde hacía meses sitiaba la isla tenazmente, defendida por los imperiales.

El ataque suicida de los "Kamikazes" fue un sacrificio terrible e inútil, porque sus cargas explosivas eran muy débiles para hundir los colosales navíos enemigos; causaban daños e incendios en la super- estructura, y sólo algunos destructores eran hundidos, magro saldo para un sacrificio tan tremendo, en que morían destrozados, por sus propias bombas, centenares de jóvenes pilotos....

De pronto, Fumiko se sintió cogida de los brazos y oyó unas risitas conocidas. Se volvió temerosa y se vio rodeada por Azuma y Sumiko, dos compañeros de la fábrica, que estaban como ella, de vacaciones forzosas por las demoliciones del bombardeo nocturno.

Las dos eran mujeres jóvenes y debieron ser bonitas en mejores tiempos; como Fumiko, no tenían más de veinte años. A pesar del desaseo, de los harapos que cubrían sus cuerpos enflaquecidos por las privaciones y las fatigas, se adivinaba en ellas, la tierna lozanía del loto en primavera.

Una de ellas, Ayama, era una adolescente, y portaba en sus brazos una niña de año y medio, y la otra, Sumiko, estaba con una preñez avanzada, por el abultado promontorio de su vientre que parecía haber absorbido toda la grasitud de la madre, flaca y macilenta como una vieja.

- A dónde ibas, Fumiko?-, dijo Sumiko, que era la mayor, de cabellos canos, a pesar de su juventud. Te hemos llamado y seguido desde hace una hora pero no nos hacías caso...

En nada, -contesto la interpelada con apatía. Estamos sin trabajo, no ganaremos nada, y no duermo desde hace una semana. Que será de nosotras?. Y de nuestras familias?... Oh!... La guerra... la guerra...

Las dos amigas se miraron confusas y la sonrisa se esfumó de sus labios.

- Por lo menos vivimos, Fumiko, - habló una de ellas. Nuestro barrio está todavía indemne. Vivimos!...

- Peor está la Ciudad Nueva, - dijo la otra -, casi no queda nada de pie. El Hotel "Osaka", se incendió y murieron más de mil niños, casi todos huérfanos e inválidos. Si no fuera por la fábrica, casi seríamos felices.

Las tres mujeres se quedaron silenciosas, y reanudaron su marcha con el cadencioso meneo de sus caderas juveniles y de sus hombros gráciles.

-A donde vamos?-, Preguntó Azuma.

-A donde ibas, Fumiko?- dijo la otra.

-A casa, -contesto ella- A dónde se puede ir hoy?... A dónde?...

-Tienes razón... Vamos al cementerio!... -dijo Azuma.

Habían llegado a las orillas del rio y se detuvieron a la entrada de un puente de bambú, que unía ambas orillas la urbe y la campiña.

Las mujeres se inclinaron pensativas sobre la baranda del puente, observando la turbulenta corriente del rio, muy caudaloso en esa época del año.

El tráfico por el puente era intenso, sobre todo de pequeños vehículos tirados por macilentos borricos, y de bicicletas, con mujeres y niños, que se dirigían al campo-santo.

-Qué pocos hombres se ven hoy!, dijo Azuma. No se ven más mujeres, niños y viejos que apenas pueden caminar...

-Después de la guerra nos pelearemos por un hombre...

-Podemos ir a ver cómo están nuestros antepasados, -dijo una. Todas tenemos allí algún ser querido.

-Yo, a mis padres-, habló Azuma.

- Yo solo he perdido a mis hermanos explico Sumiko uno murió en Guadalcanal y dos en Iwo-Jima. Allá no tengo más que a mis abuelos.

- Yo creo que no tengo a nadie-, musitó débilmente Sumiko. Además, hay muertos que no tienen la paz de un pedazo de tierra, como el Tte. Nakago ... Ni eso... Ni siquiera un pedacito de tierra para sus huesos!...

Las dos amigas que sabían la triste historia de sus amores con el valiente piloto, movieron la cabeza asintiendo:

-Murió como un valiente!, dijo una.

-Era un patriota... y muy gentil!, pronunció la otra.

-Bah!.. Murió para nada! -, expresó Fumiko con desgano. Es casi seguro que no logro su objetivo de hundir un acorazado... Su gran ilusión!... Murió destrozado por las bombas que llevaba para sus enemigos. Mi pobre y generoso Nakago!.

Fumiko se irguió tensa y lívida; hablaba con calma, rígida; después, se aflojo, y su talle se dobló y se quedó mirándose los pies calzados en unas sandalias de maderas.

-Murió tan joven!... Era temerario como un águila!...

-No!... Murió como un pajarito, destrozado por la escopeta del cazador. Su cuerpo cayó al mar envuelto en llamas... No tiene un pedazo de tierra donde pueda llevarle flores!... La guerra!...

Terminó Fumiko sordamente, como ensimismada, en una triste obsesión; tenía los ojitos grises, arrasados por las lágrimas.

Para alegramos vamos al cementerio! -exclamó Azuma que ya había acabado de lactar a su pequeño-. Aquí, nuestras lágrimas van a desbordar el río.

-Sí, vamos a pasear un poco-, apoyó la otra, la preñada. Mi marido está en Manchuria y me escribió la semana pasada. Dicen que van a invadir a Rusia...

-Que sabes del tuyo, Azuma?...

-Nada... Hace un año estaba en Birmania. Ahora, Dónde estará?...

-Un año es mucho tiempo!...

-Pero, por lo menos, me queda la esperanza!, replicó la otra.

-Yo, ni eso!... -habló Fumiko.

-II-

Las tres amigas se separaron en la puerta de la casa de Fumiko, quien se despidió sin invitarlas a entrar, como otras veces, y a tomar té.

El hogar era humilde, una miniatura, de bambú y laca, frágil como un crisantemo y dulce como un nenúfar de Yokohama. Se respiraba un ambiente alegre e íntimo a la vez, y los rincones estaban perfumados suavemente con magnolias y camelias que se veían dispersos en búcaros y vasos, por doquier.

Los cojines, los biombos, los farolillos de papel multicolores, y las acuarelas que pendían de las paredes, daban un aire idílico y risueño; pero el silencio y la soledad que reinaba en la casita, disipaba de inmediato la calma y la dulzura interior.

Solo "Togo", el pekines, un can diminuto, blanco con manchas negras, salió de un rincón, meneando la cola tristemente. El animalito, en realidad, no pertenecía a la familia de Fumiko: era del Tte. Nakago, que se lo había dejado a su amante, para que lo cuidara en su ausencia.

El pobre animal parecía haber adivinado la muerte de su amo, porque desde hacía una semana, apenas sí probaba algún bocado, y esto gracias a los melindres y paciencia de Fumiko, que lo engreía como un recuerdo vivido de su amante.

Era de siesta, y el sol deslumbrador doraba suavemente la ciudad adormilada bajo el peso del tremendo bombardeo de la víspera. En un rincón interior, detrás de una mampara dormitaban los abuelos, dos ancianitos, acostados en unas esteras de bambú; los hermanitos quizá ambularían por el barrio, en pandillas, elevando cometas y cazando gatos y perros vagabundos que luego servían de puchero a los más pobres y famélicos.

Fumiko, agotada, se dejó caer sobre un cojín, mientras el cariñoso "Togo", se ponía delante de ella, de pie, haciendo monerías, inútilmente, para distraerla.

Ella, distraída, tomóse una taza de té, y un dulce de higos en compota. Estaba desganada por las emociones de la noche anterior. Tomó un espejo y se miró preocupada. Se vio fea, ajada y sucia.

Advirtió alarmada algunas hebras blancas en su negra y hermosa cabellera; la piel pálida y terrosa, las ojeras profundas y moradas; los ojos hundidos y febriles; los labios descoloridos y los pómulos amarillentos.

-"Estoy más fea y vieja que ellas"!, se dijo pensando en sus amigas.

Ellas por lo menos, tienen algo porqué vivir... sus hijos, sus maridos. Pero yo, qué tengo?. Mis padres y mi amante han muerto, mis hermanos no me necesitan... No tengo hijos... Soy pobre, ignorante y fea... No creo en los dioses, ni en las tradiciones... Estoy aburrida y hastiada de todo...

Había tomado una determinación desesperada... Sí, se mataría en la primera oportunidad, no sería un suicidio deliberado, una muerte brutal, violenta por el puñal, el veneno o en las aguas verdosas del golfo del "Mar Interior".

Ella detestaba la violencia, la sangre y el agua salobre del mar, donde su cuerpo sería pasto de los tiburones.

Sería más sencillo, casi natural; en el próximo bombardeo, saldría a las calles, cuando cayeran las bombas, y una de ellas la destrozaría como a su amante, el Tte. Nakago.

Se levantó más tranquila, casi dichosa, porque tenía su meta y sabía que su fin era inminente... Quizá esa misma noche...

Pero antes tomaría una ducha.

Corrió el biombo y se desnudó voluptuosamente como para una entrega amorosa. Así se bañaba ella antes de que su amante muerto le tomara en sus brazos ansiosos, y la poseyera hasta que el alba los encontraba dulcemente dormidos.

Cuando se despojó del kimono de seda y quedó desnuda, se miró orgullosa frente al gran espejo, como si fueran los ojos del amado ausente, que le había prometido hundir un porta-aviones, como regalo de bodas por la salud del Imperio y su honor de "samurai"...

Fumiko sonrió dolorosamente y se aflojó las matas de su hermosa cabellera, que como dos serpientes de azabache cayeron sobre sus espaldas, sus hombros de nácar, y las turgencias del busto.

Luego tiro el cordel de la ducha y el agua corrió por su cuerpo mansamente, como un río de perlas y zafiros, besando gozoso su vientre y sus muslos finos y níveos.

Fumiko se despertó sobresaltada.

Era casi noche, la despertaron el parloteo y la risa de los chicos. Había tenido un sopor con sueños extraños: ella vagaba como loca por la ciudad que se desmoronaba por todas partes. Un terremoto?. O quizá un incendio, porque todo era un mar de llamas, y el cielo parecía una esponja de sangre, que escupía carbones encendidos y lenguas de fuego.

Fumiko se vistió y compartió la colación nocturna con la familia.

Después, con los hermanitos salió a dar un paseo, como todas las tardes, sólo que esta vez no se alejarían mucho por el toque de queda, y la oscuridad de las calles.

Tomó por una avenida ribereña que terminaba en el puerto, sobre el golfo de Hiroshima. Era una amplia caleta, con largos muelles donde dormían las flotillas de pescadores y cabotajes con China y Korea.

-Hermana, -dijo uno de los chicos-. Crees que esta noche volverán?...

Quien puede saberlo?. No te preocupes.

-Porque el cielo está oscuro y no hay luna.

-Estamos alertas, -habló ella-. Mira los reflectores!. Esta noche dormiremos.

En el centro del golfo se distinguía vagamente como un ataúd flotante la isla de "Isku-Sima", "Isla de la Luz". Parque insular de recreo y religioso con hermosas pagodas y templetes; clubes sociales, charangas y bailes populares. Pero con la guerra, parece un atolón fúnebre, por lo apagones y con una selva de cañones para rechazar los ataques aéreos.

-Mañana, si el tiempo es bueno, iremos a la isla, y nos bañaremos-, dijo Fumiko.

"Togo" lanzó unos sordos gruñidos a la luna que corría veloz, escurriéndose detrás de los celajes nubosos.

Aulló la sirena avisando que eran las diez de la noche y que todo el mundo tenía que recogerse en sus hogares. Los reflectores seguían perforando las tinieblas del cielo como los haces luminosos de un faro.

-III-

El día siguiente, seis de agosto, Fumiko se levantó tarde, tomó su baño cotidiano caliente, y desayunó con sus abuelos y sus cinco hermanitos que era todo lo que tenía en el mundo.

La radio emitía un boletín matinal anunciando que el ejército nipón se movilizaba en la frontera ruso-manchu. Y se pedía al pueblo más sacrificios porque el enemigo lanzaría nuevo ataques contra los centros industriales, etc., etc., Fumiko cerró la radio y se marchó a la fábrica para saber si el trabajo se reanudaría, o si serían transferidas a otros centros industriales.

Era las once de la mañana y el día se presentaba sofocante y nublado.

Pero antes, como no tenía apuro, decidió ir a la Ciudad Nueva a dar un paseo; entraría en la Casa del Té, con baños y peluquería para señoras, el mentidero más popular de la ciudad, y la única que, por milagro estaba indemne.

Avanzó unos cientos de metros y se detuvo asustada...

Se tapó los oídos para resistir un bramido horroroso... Un estruendo pavoroso de voces, aullidos, conmovía toda la ciudad, que estaba a esas horas en su máxima actividad. Sus ojos se nublaron por una espesa humareda.

-Un maremoto! -gritaban algunas mujeres horrorizadas-. El mar nos invade!. Moriremos todos!... Hiroshima se hunde!...

Pero no... El golfo estaba tranquilo, terso y radiante como un espejo de plata.

-El cielo arde!, -gritaban otros. El cielo se abre!, Es el fin del mundo!.

Débilmente podían oírse las sirenas de alarma, pronto ahogadas por un rugido espantoso, por la loca estampida de millares de personas que se lanzaban a las calles, atorando las avenidas, chocando las mareas humanas con incontenible furia... Ríos de seres enloquecidos que se despedazaban en furiosos torbellinos!...

Fumiko estaba cerca de los muelles fluviales; se sintió sofocada por el polvo y el humo y un súbito enrarecimiento de la atmósfera. El aire se había vuelto un fuego que quemaba las entrañas. En los muelles buscó un poco de fresco, para sus pobres pulmones que solo recibían un vapor acuoso en ebullición.

Miró el cielo, tropezó y cayó de bruces.

El cielo de Hiroshima era un techo de humo y llamas; una especie de hongo monstruoso, una amapola gigante que se abría cubriendo como un quitasol de friego toda la ciudad.

Sofocadas por el aire irrespirable, a su alrededor todo se volatizaba en lenguas de fuego, con un calor insoportable que fundía las casas, los árboles, los puentes, las embarcaciones, enrojecidas como el acero en una fragua. Millares de personas, como ella, llegaban al rio para tirarse en él, buscando un alivio momentáneo, y caían segadas como las espigas, aplastadas como hormigas, antes de alcanzar las aguas...

Fumiko, gateando, chamuscada, medio asfixiada, llegó a la orilla. Pero el rio se había evaporado!.

Sólo encontró centenares de mujeres y niños chapoteando en el fango, aullando de dolor con sus espaldas escaldadas, por las quemaduras que le dejaban el cuerpo en carne viva!...

Fumiko, desnuda, ampollada, moribunda, arrastrándose llegó hasta el desaguadero donde el rio se vertía en el golfo... Si llegaba hasta allí quizá se salvaría... El golfo era el mar, y el mar no herviría como el rio...

Con dolores horribles, llegó al muelle de los pescadores, calva, casi ciega, dejando un reguero de piel y sangre por la tierra.

Haciendo un esfuerzo supremo alcanzó el extremo del espigón, que como una espada se hundía mar adentro... Quiso retroceder espantada, porque el mar también bullía como un puchero en una marmita.

Un terrible vapor de centenares de grado salía de la superficie de las aguas, matando todo lo que caía en su seno.

Fumiko se sintió arrollada, empujada y finalmente cayo en el infernal caldero del golfo, donde se coció, desollada, en pocos minutos.

Fumiko fue una de las 200.000 víctimas inocentes que causó el artefacto de plutonio que estalló en el cielo de una urbe inerme y laboriosa, una mañana. Fumiko no lo supo nunca, y lo mismo sus compañeros de infortunio. Al día siguiente, las aguas del golfo arrojaban en la costa un mucílago de millares de cadáveres y de peces achicharrados, descamados, que fueron varados y sus esqueletos se abrazaban en una dantesca orgía... HIROSHIMA! ...

 

 

 

SUCEDIÓ EN MIAMI

-I-

"-¿Podía él acaso, con su enfermedad, abrigar los sueños de la juventud?"

Salvo un milagro, sus días estaban contados, según le habían pronosticado los galenos nativos, que le habían aconsejado visitar los centros médicos de los EE. UU. donde se estaban ensayando nuevas drogas para su mal, que podían darle una sobrevida, de siete u ocho años, o más con un poco de suerte.

No era mucho a su edad, -23 años-, pero un plazo suficiente para permitirle un goce moderado de la vida, hasta inclusive casarse con su novia Anita.

Raimundo y su madre Irma, se embarcaron en los primeros días de julio para Nueva York, con escala en Miami, que le permitiría aclimatarse y de paso someterse a un examen médico en una clínica de enfermedades de la sangre de prestigio internacional. El viaje fue feliz, y el viaje de doce horas de vuelo con una escala en México, pasaron inadvertidos.

Raimundo se las pasó dormitando, repasando los últimos días pasados en Lima bajo severa atención clínica, para frenar su leucemia y una anemia progresiva . Sólo con las transfusiones y potentes drogas anti-tumorales, el mal retrocedía pasajeramente, pero su decadencia física era irreversible.

Saboreando su "martíni", se repetía las palabras cautelosas de su médico cuando le preguntó si algún día podría casarse...

"Amigo mío", -le había dicho el doctor-, es difícil contestar a su pregunta con un mal que tiene una evolución caprichosa y complicaciones inesperadas. Pero sí puede tener relaciones sexuales con sobriedad y hacer una vida social casi normal. Pero el matrimonio no es aconsejable".

Al mediodía, el parlante del avión les anunció que estaban llegando al aeropuerto de Miami, dónde ellos pensaban descansar dos o tres semanas, según su estado físico. En la aduana les esperaba un matrimonio amigo, que les acompañó hasta el Sheraton, donde ya tenían reservado un apartamento. Mientras Irma platicaba con sus amigos, Raimundo, fatigadísimo, se acostó y se durmió como un leño, hasta el mediodía siguiente.

A esa hora, ya estaban madre e hijo en la Clínica Internacional, para cuyo director tenía Raimundo una carta de presentación de sus médicos limeños. El médico director les atendió de inmediato al saber que era un "peruviano con plata", y dispuso su internación para un examen completo por un equipo de médicos hematólogos, especialistas en leucemia.

En el acto, nuestro amigo pasó por todos los exámenes y análisis químicos por una junta de galenos que le examino largamente. Al día siguiente, todo estaba concluido con el pronóstico y el tratamiento adecuado, disponiéndose que el enfermo estuviese internado durante tres semanas para evaluar la eficacia del complicado y novísimo tratamiento con drogas de reciente uso clínico. Irma no necesitó quedarse con su hijo porque éste fue confinado estrictamente, con enfermeras de guardia las veinticuatro horas.

Una semana después, este rigor fue atenuado, en vista de la favorable reacción, y se le permitieron visitas, lecturas y paseos por su habitación. Raimundo estaba satisfecho, algo aburrido de oír hablar sólo en inglés, que él conocía muy poco.

Felizmente, le pusieron una enfermera cubana, americana, llamada Dorothy, una mulata, joven, esbelta como una palmera, servicial y amable, con quien podía charlar en español y a ratos practicar el inglés.

La cubanita se alternaba con otra enfermera que era netamente "yankee", una rubia platinada y sofisticada, más comunicativa que Dorothy, pero que no sabía ni jota de castellano. Pero Raimundo se las arregló pronto para sacar partido de sus dos enfermeras, enseñándole español a la rubia Jean y aprendiendo inglés con la morena antillana, para matar el ocio de su internación. Pero, de pronto, a la segunda semana, Raimundo empeoró, sea por un retroceso natural de esta maligna enfermedad o por un efecto alérgico de una nueva droga recién estrenada. Irma se alarmó, pero los médicos la calmaron explicándole que la reacción sería pasajera, y que en pocos días más su hijo estaría notoriamente mejorado.

Así sucedió y a la tercera semana fue dado de alta, con el permiso de poder hacer una vida normal, cumpliendo el tratamiento ambulatorio que se le indicó hasta su llegada a Nueva York, donde recibiría nuevas atenciones.

-II-

Aunque ya nada le retenía en Miami, Irma accedió a prolongar su estancia en la hermosa ciudad para permitir a su hijo disfrutar de las playas y ella hacer sus compras. Raimundo se sintió feliz de esta demora, y lo primero que hizo fue ponerse en contacto con sus ex-enfermeras que le habían prometido, al despedirse, salir con él a divertirse en sus horas libres.

Empero, por teléfono sus gestiones fueron estériles, con motivos que le parecieron fútiles. Al final, decidió aclarar sus negativas, y como sabía las horas de salida de las chicas, las esperó en la portería del hospital.

Comenzó el sitio por la que más le gustaba, que era Dolores, que se quedó muy sorprendida de verle aparecer a su lado sorpresivamente.

-¡Señor Malvin! ¿Pero, no se iba Ud., a Nueva York?-, le dijo ella, asustada.

-Me he quedado unos días, y pensé que podíamos salir juntos a divertimos... Serás mi cicerone".

-¿Y qué hacemos con mi marido jovencito?. ¡Te advierto que es muy celoso y que pega muy fuerte!

-¡Pero tú me habías dicho que eras libre!

Ella se echó a reír y le palmoteó el hombro familiarmente.

-¡Hombre, no seas ingenuo... Eso se le digo a todos los que me hacen invitaciones raras! Pero la verdad es que estoy casada y de que tengo un bebe de seis meses, al que todavía doy la teta, porque tengo mucha leche...

-Eso nada importa... Ni tu marido ni el chico nos impiden divertimos una noche solitos. Tú sabes, estoy sano y no conozco a nadie en Miami, y me aburro atrozmente. ¿Quieres?

Ella le miró pensativa, y le tomó del brazo amistosamente.

-No sé, y ¿No te hará mal esa clase de juergas? He leído que los que tienen tu enfermedad deben cuidarse y no derrochar sus fuerzas. Yo...

Raimundo le cerró la boca con un beso ardiente pero ella le rechazó, diciéndole:

-Bueno, creo que te concederé una cita, una hora y los dos solitos. ¿Te parece bien? Conozco un motel a diez millas de Miami, muy discreto y muy caro, donde nadie, ni la policía nos molestará. ¡Y ojalá que mi marido no se entere! Porque te mata... es un boxeador aficionado y una bestia.

-¿Nada más que eso? Aparte, también me hubiera gustado alquilar un carro, y pasear hasta la bahía Byscaine o Cabo Kennedy, ir a las botes, etc...

-¡Oh, conmigo eso no puede ser, porque mi marido trabaja con un taxi y puede vemos, y te repito que te matará y a mí me dará una golpiza feroz!.

Malvin, contrariado, guardó silencio, y ella añadió en seguida:

-Escucha niño, lo que ibas a gastar en botes y paseos prefiero que me lo des a mí, que lo necesito con urgencia. Para ir a ese motel tienes que alquilar un carro, si es que tienes licencia de conducir.

El asistió con la cabeza.

-Mejor, entonces te espero esta noche en el bulevar Roosevelt, al 2000, a las ocho en punto. A esa hora mi marido ya está en casa, y recién a la media noche vuelve a salir para hacer su tumo hasta el amanecer. El me creerá en la casa de una vieja a la que suelo atender, que está aislada. Hoy no iré...

-Pero dime, ¿cuánto piensas gastar?

-Tengo trescientos dólares:

¡Nada más! Es una miseria para una noche en Miami! Escucha: el motel sólo te costará 80 dólares, el alquiler del carro, a 15 dólares la hora. Un lunche que tomaremos en el motel, al despedimos, unos 50 dólares, y unas copas de entrada... 25. Y para mí, me contento con 150 dólares. ¿Conforme?

-¿No estas exagerando un poco?-, le dijo él asombrado-. Por unas horas que pasaremos solos, necesitaré 300 dólares? En Lima, por esa suma puedo darme la gran vida una semana!

-Lo siento, querido, pero yo no soy una prostituta callejera, que se encaman por 20 dólares. Además, aquí estamos en los Estados Unidos, y con la inflación... tú sabes. Pero, si no te gusta, no hablemos más.

-Bueno, será como tú quieras... Le robaré a mi madre los pesos que me faltan. Aunque insisto que es mucha inflación... Para una noche.

-Vamos niño, veo que sabes poco de la vida, si crees que todo es fácil. No es mucho para acostarse con una mujer casada y lactando... Te daré de mamar, y eso aquí se paga extra, por lo menos 100 pesos más. ¿Estamos? ¿Sabes lo que perdería si mi marido llega a sospechar algo?

Raimundo no dijo más, y con un beso se separaron.

Él se fue al hotel y durmió la siesta pero le atacó una jaqueca al despertar, tomó una aspirina y llamó a la portería pidiendo un carro en alquiler por toda la noche. Tomó un baño y a las ocho le avisaron que el carro le esperaba a la puerta del hotel.

Raimundo tenía licencia internacional para conducir, así arrancó y dando un rodeo se dirigió al lugar de la cita, que era frente al cine Broadway.

Apenas llegó vio a la mulata que cruzaba la pista, y de un salto se metió en el carro, diciéndole que siguiera por el boulevard Lincoln de la ciudad. Cuando tomaron la autopista marítima el tránsito se hizo más fluido, entonces ella que estaba acurrucada, emergió y empezó a cotorrear. Le explicó que el motel "Apolo XI" estaba a media hora de viaje.

Cuando llegaron, la playa de aparcamiento ya tenía medio centenar de carros, y dentro se oía música estridente de batería y un sordo murmullo humano.

El motel tenía en la parte delantera sala de baile, restaurante y un casino. Al fondo rodeado de palmeras, estaba el bloque de Venus, que se arrendaba por horas o días. Pero antes, fueron al bar y se tomaron un par de martinis y bailaron un rato. A las diez, Malvin algo cansado, pidió una habitación que les fue cedida de inmediato. Le volvió la jaqueca y recordó la estricta prohibición de los médicos de trasnochar, y no olvidarse de que su mejoría era inestable. Tomó otra aspirina, pero el mareo persistía.

Les dieron una habitación pequeña, con su lecho, su roperito y el baño anexo. Pero antes de desvestirse, Dorothy le pidió su parte y él se la dio sin regatear. Mientras ella se desnudaba, se acostó un momento algo aturdido por los tragos que había tomado con unas aceitunas.

De pronto se sintió sacudido, y algo soñoliento vio a la negra excitante y perfumada, oliendo a leche, con un bikini de tul rosado, y los pechos al aire que le empujaba para meterse en la cama.

-III-

Dormían cuando un timbre sonó tres veces, y les despertó de su dulce modorra.

-Raimundo, tenemos que irnos-, le dijo ella sacudiéndole-. Son las doce, es tardísimo, mi marido me estará esperando furioso!.

Él se despertó atontado y se dio vuelta como para seguir durmiendo.

Estaba pálido, lechoso como si fuera de yeso. Ella le tomó el pulso, que estaba muy acelerado. ¿Qué hacer? No podía esperar más, su esposo podía telefonear a la casa donde ella cuidaba de una vieja millonaria y saber la verdad.

Vistióse rápidamente y llamó al mozo y lepidio que le ayudará a vestirse a Raimundo, explicándole que estaba un poco bebido, pero que manejaría si se le daban un café cargado. Mientras el mozo salía ella le revisó los bolsillos y le despojó de 50 pesos más. Cuando el mozo volvió entre los dos le vistieron y le hicieron beber una taza de café. Malvin reaccionó y penosamente pudo ponerse de pie, con mareos y náuseas. Ella le miró inquieta, pero ¿Qué hacer, cómo pedir auxilio en un motel sin riesgo de un cacheo policial?.

Así de enfermo no podía manejar y la negra optó por zafarse ella, pidiéndole al mozo que le tuviera despierto dándole más café hasta que se recuperara.

Ella se marchaba enseguida. Le dio una buena propina, le dijo que esperara media hora más y que después el hombre se marcharía.

Pidió un taxi y regresó a la ciudad.

IV

Raimundo, ya vestido, tiróse de nuevo en la cama presa de extrema lasitud, pero ya despejado con los dos cafés que había tomado. Ingirió otra aspirina y decidió esperar otro rato. El mozo volvió poco después y le pidió que desocupara la habitación, y le dijo que su amiga ya se había marchado. Él podía esperar en el bar, tomarse otro café, y luego si no podía manejar, tomarse un taxi.

Malvin, abatido, se fue al bar donde pidió un ron con hielo, tenía fiebre y la cabeza le dolía atrozmente. Algo repuesto, y viendo que el taxi no aparecía, abandonó el local y salió al exterior a tomar aire puro.

El frío del ambiente le despejó la modorra y pensó que ya podía volverse en su carro a Miami. Lentamente, llegóse hasta su carro y se metió en él, empuñó el timón e intentó meter la llave de contacto, pero no pudo.

El sueño le venció y la cabeza se le cayó inerte sobre el volante. Durmióse hasta el amanecer, y le despertó el ruido de los carros y de la ebria clientela que se marchaba a las primeras luces del alba. Salió del carro y caminó unos pasos con firmeza. Estaba mejor, ya no tenía mareos pero sí fiebre.

Se acercó al malecón de la extensa costanera que une Miami Con Cabo Cañaveral. Se reclinó sobre la cornisa del murallón y se quedó viendo el parto de un nuevo día. Soñoliento, bajó hasta la playa para darse un baño que le reanimaría. Se sentó en la arena y se desnudó quedándose sólo con los calzones y avanzó hasta las aguas en retirada. El agua fría le devolvió toda su lucidez.

Pensó en su madre que le estaría esperando, en su nueva recaída y que su internación sería inevitable, largas horas inmóviles con las transfusiones. ¡Y todo para qué? Para prolongar su martirio?

Con paso firme avanzó hasta que el agua le llegó al pecho. Un bandada de gaviotas le rodeó chillando como avisándole de un mortal peligro.

"-Cuidado, -parecían decirle- No te acerques mucho que puedes ahogarte...". Pero él no hizo caso, y siguió avanzando hasta que el agua le llegó al cuello y una ola le cubrió todo.

 

 

 

 

 

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