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JOSÉ R. ZUBIZARRETA PERIS


  EL TESORO DE LÓPEZ - Relato de JOSÉ ZUBIZARRETA PERIS


EL TESORO DE LÓPEZ - Relato de JOSÉ ZUBIZARRETA PERIS

EL TESORO DE LÓPEZ

Relato de JOSÉ ZUBIZARRETA PERIS

 

En 1868, el ejército de López diezmado por los combates y las epidemias había perdido el control de la guerra y retrocedía batiéndose palmo a palmo frente a la abrumadora superioridad de las fuerzas aliadas.

El despótico Mariscal-Presidente se encontraba en el tercer año de una guerra suicida, con sus huestes mermadas, desnudas, hambrientas, sin armas, obligado a batirse sin tregua contra un enemigo encarnizado, muy superior en armas y recursos.

Perseguido como una fiera llegando en su larga vía-crucis, casi a la frontera del Brasil, y allí le encontramos en un agreste campamento, en una caliginosa tarde leyendo los partes del frente que le traían los correos reventando los caballos. Las noticias eran adversas para sus armas, el invasor seguía su enconada persecución, ávido del rico botín de su tesoro presidencial, de su vida misma y de los seres queridos.

A su lado, como una sombra funesta, su amante favorita, la madama, le incitaba al odio, a la matanza, a continuar una guerra que ya estaba perdida.

Había perdido sus ilusiones de poder reinar como una soberana en un país rico y sometido, hoy convertido en cenizas... ¡Adiós sus románticos amores con el gallardo Mariscal, que soñaba con ser Emperador de la América del Sur, compartiendo con ella el poder y la gloria!...

La triste realidad era ahora vivir en campamentos, huyendo siempre, perseguidos como feroces alimañas desafiando los peligros de la selva, las fieras y el puñal de los traidores.

Desesperada, al fin, ella había intentado en vano vencer el terco orgullo del tirano y lograr una paz a cualquier precio, o huir de aquel infierno, con sus hijos y sus tesoros, regresar a la dulce Francia a disfrutar de los halagos del amor y de la fortuna!...

Pero el Mariscal no se hace ilusiones y sabe que es inútil pedir clemencia a sus enemigos, que si no le mataban le encerrarían de por vida en una fortaleza separándole de su madama y de sus hijos.

Tenía ante todo que salvar los tesoros acumulados en los cofres, que llevaban seis enormes carretas. Los pesados carretones con su magno botín de oro y pedrería eran arrastrados por perezosos bueyes, que avanzaban con desesperante lentitud por los peligrosos senderos selváticos y corrían peligro de ser copados por el enemigo.

El pueblo diezmado y miserable achacaba todas las calamidades de la guerra a la "Francesa" la esbelta y orgullosa amante de López, seducida por éste en París y unida a él por un trágico y violento romance de amor teñido de sangre y de luto.

El famoso tesoro de la "Madama", como la llamaba el pueblo -era un botín fabuloso, expoliado con el bárbaro sacrificio de millares de vidas inocentes. Eran los últimos años de la guerra, con la despiadada cacería humana de los brasileños, ávidos del tesoro y de arrancarle la vida, con inaudita ferocidad.

Por un momento, López pensó en negociar la rica presa de su tesoro con sus enconados enemigos, para rescatar su vida y la libertad de los seres queridos.

Le perseguía también como una pesadilla la terrible maldición del anciano obispo, testigo impotente del saqueo y rapiña sacrílegas de las iglesias. Arrasadas la sagrada platería, áureos copones, el vestuario litúrgico, hasta los altares fueron demolidos para arrancarles las escamas de oro, profanados por la brutal soldadesca, sopretexto de evitar que cayera en manos de los invasores.

-¡Miserable, de nada te servirá ese oro que tus manos han envilecido!... Morirás maldito, y tus hijos y esa prostituta Madama te abandonarán!...

Esta siniestra anatema fue la sentencia del martirio del valeroso Obispo, que cayó malamente herido defendiendo su iglesia.

Al día siguiente, él y otros sacerdotes contumaces fueron fusilados. Antes, casi en estado agónico fueron amarrados a unos árboles y allí consumada la impía represalia.

Después, la fuga interminable huyendo del tenaz adversario, a través de la selva inhóspita, de voraces fangales, acosados por las fieras, el hambre y la sed, por ásperos senderos. Huyendo siempre con las carretas del tesoro, que de nada les servían en aquellos inaccesibles desiertos. Detrás quedaba una fúnebre estela de los que caían vencidos por el hambre y las enfermedades. Eran los pobres civiles obligados a seguir a López, que imitando a Atila dejaba los campos talados y las aldeas evacuadas e incendiadas al aproximarse el invasor.

La inerme población civil formaba la lúgubre "caravana de la muerte". Los infelices no tenían otra alternativa, después de ver arrasados sus sembrados y sus hogares convertidos en cenizas, para que el enemigo no tuviera alimento ni posada. Lo poco de valor que tenían había sido enterrado, para evitar que fuera a enriquecer el tesoro del tirano.

Millares de ancianos, mujeres y niños fueron quedando rezagados con los pies desollados en los candentes arenales, agonizaban bajo los rayos inclementes de un sol de fuego, destrozados por las malezas y cubiertos de andrajos.

Enloquecidos, acechaban la agonía de sus prójimos para robarles sus joyas, y otros objetos de valor, y se disputaban a puñaladas el poco alimento que hubieran podido conservar.

El Mariscal y la Madama cabalgaban delante de esta caravana de espectros montados en fogosas caballerías, rodeados por una escolta de lanceros, envueltos en un silencio lúgubre. López temblaba agobiado con los recuerdos no muy lejanos de sus años felices en Europa, disfrutando de los halagos de amor y del poder, en la corte del Pequeño Napoleón.

Ahora, todo estaba perdido, el amor de su bella que envejecida por las fatigas, rodeada de sus tiernos hijos, le rehusaba sus brazos amorosos, y le envolvía en sus miradas de rencor y desprecio. Ya no le importaba su "Tesoro", ni sus hijos sino le gélida actitud de ella, que no le perdonaba su fracaso y su estolidez, huyendo siempre como un asesino... ¡Y ella se lo había pronosticado!

 

II

 

En su cuartel de campaña, López meditaba nuevos planes de defensa. Sentado en el corredor de un rancho, el Mariscal saboreaba el "mate", ceñuda la frente que perlaba el sudor de una cálida tarde de diciembre con 40° C a la sombra. El Mariscal estudiaba una carta del lugar mirando tenazmente un punto rodeado de un círculo rojo marcado en el plano.

Después de unos minutos de meditación, López salió del rancho y caminando lentamente llegó a la plaza principal de la aldea.

En el pueblo vivaqueaban soldados, acémilas y grupos miserables de civiles fugitivos, que de grado o por fuerza seguían al ejército en su retirada. Un cuadro lúgubre se ofrecía a los ojos febriles del tirano.

Al aire libre se veían multitud de heridos y enfermos rodeados de paisanos llorosos que rezaban por ellos, mientras agonizaban con estoica resignación. Un hato de mujeres jóvenes y viejas hacían vendas y calentaban unos repugnantes caldos, un poco de agua sucia con yerbajos y piltrafas de animales silvestres.

Al lado de las viejas, que oraban a la luz mortecina de una vela, unas jóvenes, horriblemente envejecidas por la miseria, daban el enjuto seno a sus hijos que moribundos trataban aún de extraer algunas gotas de leche de la exhausta mama. Más allá, alrededor de la fogata, un grupo de soldados rancheaban mientras uno de ellos arrancaba a la guitarra una melancólica guarania.

De súbito, unos gritos desgarradores salieron de una casa cercana, mezclados con el siniestro silbido del látigo. Era el calabozo donde sufrían el tormento los enemigos de López, sospechosos de atentar contra su vida o de estar en inteligencia con el enemigo. El látigo zumbaba rítmicamente, arrancando aullidos cada vez más lastimeros al caer sobre las espaldas desolladas de una ringlera de reos, flagelados sin piedad, hasta la muerte.

En la plaza, varios de estos conspiradores sufrían el tormento llamado "cepo uruguayana" una refinada tortura que consistía en poner a los reos de rodillas, maniatados a la espalda, y hacerles soportar durante días sobre la nuca y los hombros varios fúsiles hasta que el peso les luxaba las vértebras.

Un oficial se presentó a dar el parte nocturno a López. Este leyó indiferente:

Parte Nocturno: Oficiales: 25.- Soldados: 370.-Paisanos: 722 (mujeres y niños). Enfermos: 190.- Heridos: 233.- Prisioneros: 120.- Para ser fusilados: 11 espías.- Bagaje: 8 carretas con 16 bueyes.

…Campamento de Holguín, 8 de diciembre de 1868.

El Mariscal sólo leyó el final del parte que se refería a su millonario bagaje los pesados carretones que llevaban bajo sus toldos de cuero, el fabuloso Tesoro presidencial, fruto del saqueo de todo un pueblo, montañas de monedas, alhajas, la platería de las iglesias, y lingotes de oro del tesoro fiscal. Aquella inmensa fortuna estaba vigilada día y noche por un pelotón de fieles soldados al mando del sargento Carrillo, un mulato fornido y feroz, leal como un perro al amo supremo.

-Que venga el sargento Carrillo-, ordenó secamente el Mariscal.

El oficial de guardia saludó y se retiró dando un enérgico taconazo.

El Mariscal volvió a su comando ensimismado en una intensa obsesión: La de ocultar su tesoro, y esto le tenía perplejo, angustiado, desde hacía algún tiempo. Pero no había remedio; no era posible seguir huyendo con todo aquél pesado bagaje, con el enemigo pisándole los talones.

Aquella noche se pernoctó en la mísera aldea, ocupando la familia presidencial la vivienda más aparente, dejando a los civiles y paisanos ubicarse a la buena de Dios, bajo la sombra protectora de los umbrosos árboles, cuyas intrincadas ramas dibujaban extraños arabescos en el dosel plateado del cielo.

El Supremo dio audiencia secreta a un mensajero que llegó esa noche y le esperaba impaciente. Era un oficial alto, erguido, demacrado, que había realizado una agotadora cabalgata, a juzgar por lo ajado y polvoriento de su uniforme y de sus botas.

La audiencia duró una hora y muy importante debía ser para el Mariscal, que no estaba menos fatigado después de una marcha vertiginosa de dos días.

La plática fue áspera y agitada por momentos. López escuchaba impaciente, dando fuetazos y puñetazos en la mesa que le servía de despacho. Evidentemente, el informe del oficial le había decepcionado.

-¿Habló personalmente con el Márquez de Caxías?

-Sí, mi Mariscal-, contestó el Coronel-, e insistió que el tesoro sería el rescate de la Madama, pero que usted tenía que ser sometido a un Consejo de Guerra Imperial, en Rio de Janeiro... Y que el Emperador decidiría de su suerte.

-¿Y mis hijos? ¿Se les dará salvo conducto con su madre?

-No, mi Mariscal. El Marques me explicó que los niños quedarían bajo tutela de la Corte Imperial, y que quizás una hermana del Emperador cuidaría de ellos.

-¡La Princesa Adelaida! -,rugió López dando un puñetazo sobre la mesa-.

Una mujer frívola y sin corazón que primero me aceptó como marido y que después cediendo a las órdenes de su despótico hermano, me desairó! ¡Y todo porque la francesa es mi amante! ¡Cómo si yo no tuviera el derecho de tener una esposa legítima y todas las concubinas que se me antojen!...

El Mariscal medía la exigua habitación a grandes pasos, como un animal acorralado, sin mirar al Coronel que seguía de píe, inmóvil, como una estatua. López se detuvo al fin, exclamando:

-Puede retirarse, Coronel. Vaya a descansar que mañana necesitaré de sus servicios. ¡Detener a esos negros que piden mi cabeza!...

El coronel se retiró, y el Mariscal, ya calmado pasó a una habitación contigua que era la alcoba de la Madama y de sus hijos. Esta había escuchado la conversación y trataba en vano de dominar sus nervios acariciando a un loro parlanchín, su animal favorito, el único que podía hablar libremente en la casa del déspota.

López se acercó tímidamente a su amante francesa. Ella palideció y tomando un espejo procedió a desatar su opulenta y leonada cabellera.

-¿Qué dijo el Coronel Martínez? preguntó tranquilamente.

-Creo que lo has oído todo-, contestó malhumorado su amante.

-Es decir, que no tenemos escapatoria! ¡Que es necesario entregamos a esa soldadesca, que abusarán de nosotros! Me humillarán, te matarán a tí y a nuestros hijos!... Y encima, ¡entregarles el Tesoro!...

-¿Es que tiene alguna idea mejor la Madama? Tú, si quieres, puedes salvarte con los pequeños... Pero el Tesoro...

-¡Qué... ¿lo perderemos? ¿Y de qué viviremos en el extranjero? En el destierro ¿qué será de nosotros, de tu hijos...?

-No hay más remedio. Olvida el Tesoro y pensémos en cómo podemos salvamos... Hace un año te ofrecí un salvo conducto y el tesoro, con ese Cónsul americano que tenía una cañonera a tus órdenes.

-No podía hacerlo... Y tú lo sabes, soy leal a mis amantes y a mis hijos! ¡Huiremos todos juntos... EL tesoro puede ocultarse en un lugar seguro y después, cuando todo esto acabe, rescatarlo...

Ambos conversaban en francés y un rato después, López taciturno, abandonaba la residencia de su mujer que lo manejaba a su capricho, dándole las órdenes más crueles y violentas. Al salir, tropezó con el sargento Carrillo, a quien dio una breve orden.

 

III

 

El enemigo estaba próximo, a unos pocos kilómetros, y sus avanzadillas podían irrumpir en cualquier momento, El y su familia debían salir al día siguiente, al amanecer, a caballo, porque en adelante sólo les esperaba una selva hostil, por unos angostos senderos, en la maraña.

Era pues necesario ocultar aquella misma noche en algún lugar selvático el Tesoro, en un sitio fácil de identificar después, cuando algún día, terminada la guerra ellos volvieran al país, a rescatar la cuantiosa fortuna y disfrutarla en París, como quería su mujer, la hermosa y valiente Madama, fiel heroína de sus infortunios.

El lugar ya estaba elegido, en un pequeño calvero de un bosquecillo, a diez kilómetros del pueblo, regado por un ameno arroyuelo. A cien metros de éste, se erguía un robusto y frondoso lapacho de lujuriosas flores rojas, como un erecto y sangriento mástil en el verde felpudo de la selva. Allí, a la sombra de este árbol, sería enterado el tesoro.

Después...

Una mueca siniestra torció diabólicamente la amarga boca de López, que mordiendo un cigarro penetró en su despacho, encerrándose con orden de no ser molestado, salvo por el sargento Carrillo.

El Presidente abrió un baúl y cogió una botella de ron, su licor favorito, al que se había aficionado morbosamente con los desastres de la guerra. Bebió ávidamente y su vista brillante como alucinada, quedó fija, cruelmente, en la vacilante luz del candil que pendía del techo, y que alumbraba confusamente la humilde estancia.

Un hombre se hallaba de pie en un rincón, rígido y firme. Era Carrillo, el lacayo perruno, el bestial cerbero del tesoro presidencial.

El Mariscal pareció advertir, al fin, a su subordinado, y durante unos minutos ambos hombres se miraron de hito en hito, en silencio.

López sacó de su bolsillo el plano del lugar, con el arroyo y el lapacho, se lo tendió al sargento y con voz queda le dio sus órdenes.

-Escuche, saldrá de inmediato, puede disponer de diez caballos y de ocho hombres. No es necesario que la fosa sea muy profunda, pero no hay que dejar huellas. Cumpla como le he dicho, y le espero mañana, a las cuatro para saber cómo ha ejecutado la orden. Puede retirarse.

El sargento se despidió después del saludo de rigor.

 

* * *

 

El día amaneció cálido y húmedo. Todo el campamento estaba en abullición disponiéndose a una inmediata evacuación. A la lívida luz de unos candiles se escurrían sigilosos hombres y bestias, arrastrando los cañones, que desfilaban por los tenebrosos senderos, huyendo del avance del ejército brasileño cuya proximidad anunciaban los frecuentes disparos que se multiplicaban con un eco ronco y fatídico.

El Mariscal, la Madama y sus hijos se despedían con tiernos abrazos pues ellos debían alejarse antes del amanecer, siguiendo López una vez liquidada la comisión del sargento Carrillo.

Sólo quedaron el Presidente y una escolta de cien lanceros, veteranos centauros con destreza y coraje, que protegían día y noche el caudillo.

López, nerviosamente, apuro su vaso de ron matinal y consultó su enorme reloj de oro; eran ya casi las cinco y en el cielo el horizonte se abría como una gigantesca amapola, presagiando un día de fuego y de muerte.

Un cañonazo como un bramido iracundo y un alarido salvaje rompió de pronto la idílica paz de la aldea abandonada, que parecía despertar de un fastidioso letargo. La escolta, como un solo hombre, montó a caballo y los puños se crisparon en los sables y en las lanzas.

Todos los hombres miraban al Mariscal que aún permanecía de pie con una fusta en la mano y la otra sobre la culata de una pistola.

Era menester huir si no se quería chocar con las patrullas del enemigo cuyos ¡Hurras!, se hacían cada vez más nítidos.

El Mariscal se mordía los labios furiosos. Pero ¿cómo marcharse sin saber la suerte del tesoro? ¿Por qué no volvían Carrillo y su pelotón?

Súbitamente, se oyó un furioso galopar y cinco hombres a caballo irrumpieron en la plaza principal del pueblo mustio. Eran Carrillo y cuatro de sus soldados que habían sido emboscados a pocos kilómetros del pueblo por un batallón brasileño.

El sargento estaba gravemente herido; en la refriega había perdido cinco hombres y él tenía incrustado un proyectil en la columna que le había destrozado la médula, dejándole paralítico.

Sus compañeros le habían atado al caballo para rescatarlo, porque el infeliz no podía moverse. Cuando le desataron delante del Mariscal, el sargento cayó de rodillas, como un pelele flácido, a los pies de su amo.

-¡Cumplida su orden mi Mariscal!-, pudo balbucear con voz desfallecida-, Nos sorprendieron al regreso... pero todo está... a salvo!...

López, lívido, le dio una patada imponiéndole silencio y se arrodilló a su lado para decirle algunas palabras.

Carrillo, con un movimiento convulsivo de dolor, se arrancó del pecho un papel arrugado -el plano-, y se lo dio al Mariscal. Este se acercó más y premiosamente le hizo algunas preguntas, que nadie pudo oír. Carrillo contestaba en la misma forma, jadeante, desfallecido y sudoroso, mordiendo el polvo como una bestia herida.

El Mariscal, terminado el interrogatorio, se levantó y miró a su alrededor. El sol como una bola de fuego subía lentamente en el horizonte hiriendo a la naturaleza con ígnea caricia.

Después volvió a mirar al sargento que palpitaba moribundo a sus pies con un resuello estertoroso. Un relámpago de ira brillo en sus ojos enrojecidos y crueles. Lentamente desenfundó la pistola y la amartilló encañonando la inerte cabeza del herido.

Este, por un momento, pareció reaccionar de su sopor. Abrió los ojos y lanzó una mirada de estupor a la pistola que le rozaba el cráneo. Con un movimiento convulsivo irguió el busto, levantó los brazos suplicantes que enlazaron las botas del Mariscal.

-¡No...! ¡no... noo... mi amo! No me mate... Yo cumplí su orden... yo....

El disparo a quemarropa volteó examine el cuerpo del sargento, cuyas manos quedaron crispadas sobre el charolado espejo de las botas de López.

Este retrocedió asqueado y dando un puntapié al cadáver avanzó hasta el centro del recinto donde esperaban tiesos y mudos, el resto de los enterradores de su tesoro.

El Mariscal montó en su brioso corcel blanco y llamó a un oficial a quien dio una breve orden que nadie escuchó. El oficial llamó a sus soldados y les ordenó desarmar y conducir a los cuatro hombres de Carrillo, a un corral detrás de la iglesia del pueblo.

Eran cuatro adolescentes, casi niños, escuálidos, haraposos, y casi huesos por el hambre y la fatiga. López y sus ayudantes los vieron pasar en silencio.

El oficial con sus soldados y los cuatro detenidos habían desaparecido detrás del muro de la Iglesia, marcando marcialmente el paso.

-¡Alto!-, gritó el oficial con voz tonante-, Compañía... a formar, de frente... ¡ Carrera... maarr...!.

So oyó el ruido de las culatas golpear contra el suelo. Luego, un silencio lúgubre. El calor era insoportable y las cigarras cantaban.

-¡Jesús Benítez!

-¡Presente, mi capitán!

-¡Nicasio Rojas!

-¡Presenteee!

-¡Ireneo Centurión!

-Presente!

-¡Toribio Ortiz!... (*)

-Presente...!

Se hizo un breve silencio y el capitán gritó:

-¡Viva el Mariscal! ¡... Viva la Patria!...

-¡Vivaaa!...-, corearon los cuatro ayudantes de Carrillo.

-¡Soldados... firmes... Apunten...!, ordenó el oficial.

-¡Fuego!

La descarga hizo encabritar al caballo del Presidente, que dio un bote parándose sobre sus cuartos traseros, pero su jinete le dominó con mano firme. Luego, levantó el latiguillo y con un golpe seco espoleó a su cabalgadura que arrancó al galope. Detrás de él se lanzaron los de su escolta.

El pueblo desierto quedó pronto envuelto en una densa humareda y en pocos minutos ardía por los cuatro costados. Los brasileños sólo encontraron, horas más tarde, un montón de cenizas y cuatro soldaditos acribillados al pie de la iglesia.

El tesoro de López estaba a salvo... Ahora nadie le encontraría.

Nadie... ni él mismo.


(*) La segunda parte de esta historia se refiere en el cuento

"El Harten de Toribio Ortíz", Premio de Novela corta de "La Hora XXV".


 

 

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