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SANTIAGO DIMAS ARANDA


  LA PESADILLA (Cuentos de SANTIAGO DIMAS ARANDA)


LA PESADILLA (Cuentos de SANTIAGO DIMAS ARANDA)

LA PESADILLA

Cuentos de Dimas Aranda, Santiago (1924-)
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Editorial Manuel Ortiz Guerrero, 1980.
**/**
 
CUENTOS DE SANTIAGO DIMAS ARANDA
 
 
QUE LOS PERROS PERDONEN

En un punto cualquiera de la historia, de pronto, traspasando la capa temporal del grito, un antiguo dolor estalló en las gargantas. Había llegado la suma contención súbitamente, y fue la pesadilla.
** Corría la primavera del año de la desgracia. El vencido combatiente Cándido Paná, hundida la osamenta en una monstruosa medianoche, soportaba el último delirio. Días antes, bamboleándose sobre un par de palotes, gemebundo y chorreando sanguaza, se había escapado hacia los fondos de donde sustrajo pequeñas latas de éter con cuyo contenido, abundantemente, se empapó las gusaneras del sexo, los gangrenosos muñones y las tronchas orejas, e hizo buches y gárgaras increíbles.
** Y dejó de sufrir. Quizá, de haberlo podido, le hubiese gustado relatar el proceso de tan insólita cura. Zancajeaba de pared a pared emitiendo tartajeos desesperantes, sin sentido para los demás aunque de mortal coherencia para él. Y aquí cabe anotar que habiendo sufrido mutilaciones horrorosas, que siendo declarado muerto y arrojado a los cuervos, manos piadosas lo rescataron consiguiendo tan sólo prolongarle la agonía. Y es en tal estado de violenta soñarrera que los hechos, retrospectivamente exhumados de algún inexplorado área de la conciencia, íbanse reanimando, escapándosele por los ojos en llamas y la boca espumajosa, despachados por la inminencia del fin.
** Si habremos de reconstruir el fantástico sueño, forzoso será aprehender su crucial contorno, insertarse en aquella inmensa lobreguez que aún aterra, recuperar las voces deshumanizadas que giraban en el corpóreo clímax del miedo, penetrar la atmósfera de putrideces que sublevaban los pulmones, reatizar la enloquecida fiebre, la sed, tortura transmutada en gemido innumerable; la ínfima vida, inmundicia disipada por entre las grietas de un adefesio asistencial de triste fama en esa hora en que la paz era un bien de las tumbas.
** Acaso una esperanza de lluvia, de torrentosa lluvia, fue la que atrajo al moribundo junto al negro ventanal donde permaneció de cara al misterio, sobrecogido ante la espantosa retrovisión de tantas atrocidades en cuyas huellas había sangrado, como releyendo inversamente la tragedia de una comunidad en cuya llamarada ardía, él, sin identidad válida, en completa soledad, enteramente ajeno a todas las víctimas que con él se pudrían, ajeno a sí mismo, atrapado en el vértigo de un desplome sin término.
** Empezó pues del extremo por donde su acerba historia estaba a punto de concluir, remontándola torrente arriba, hacia los orígenes, hacia las raíces hundidas en vergonzantes desórdenes genesiales, para luego regresar, embadurnarse en los contemporáneos orinales políticos y, finalmente, ser arrojado a esa extrema medianoche de octubre, meollo de la fetidez, allí donde nadie parecía interesarse por su fuga, nadie, ni los heridos cuya agonía colectiva desbordaba los muros perimetrales, ni la doble guardia que eructaba guarapo en las esquinas. Su fuga no le importaba a nadie. Y Cándido Paná se fue. Tampoco a él ya le importaba el miedo ni la gangrena ni los gusanos que le taladraban los tuétanos. Tampoco le importaba ya si los ebrios vencedores continuaban o no causando estragos en su familia, en su casa, en la tierra regada con su sangre. Era bien pasada la media noche cuando las tres enfermeras que subsistían en el hospital lo acomodaron cuidadosamente en una hilera de cadáveres.
** Pocas personas aún íntegras quedaban en varias leguas a la redonda, entre ellas las tres enfermeras, las que venciendo el terror saltaban de sala en sala con el «Jesús» en la boca, paliando el desconsuelo generalizado tras el apresamiento masivo de las vísperas. Una, alta, espigada, anestesista, apodada Dalma, se reservaba la asistencia de la sala III, tumba ululante, refugio de numerosos rebeldes sobrevivientes de la derrota, en cuya salvación parecía empeñada a muerte. Las dos restantes, humildes chateras de oficio, habían cobrado cada cual en su sala múltiple rango. Y así, juntas las tres, más hermanas y madres que enfermeras, veíanse afrontando inauditos días de asedio y desamparo total.
** Sus nombres golpeaban el aire nauseabundo, por momentos en alucinado coro, repetidos por decenas de voces plañideras. Pero entre tanto clamor esperanzado, en tan controvertido momento, era natural que tampoco faltase algún repudio. Provenía en efecto de unos pocos, diez o doce tal vez, moribundos casi todos, que viéndolas proteger a los rebeldes, barbotaban maldiciones repugnantes. Eran los pobres adictos a todo trance reclamando todavía el reconocimiento de peregrinos privilegios, sin lograr otra cosa que el lacerante espantaperros con fruición escupido por las bocas rebeldes. No sin razón babeaban de felicidad cuando uno de éstos amanecía cadáver, cosa frecuente, y ese goce les resarcía de la repulsión en que se consumían lentamente.
** Nadie, por otra parte, piense en caridad ni misericordia. Nadie pierda el tiempo jugando con palabras vacías. El que afrontaban Dalma y sus inverosímiles chateras no otorgaba sitio a semejantes idioteces. Era opción temeraria, eso sí, aquel abierto desafío al miedo, aquel crudo enfrentamiento al crimen y a la muerte, sin más alternativa que resbalar al charco y pudrirse.
** Ellas no vacilaron. A la saña contra el poblado en desbande opusieron el fuego de la voluntad salvadora, la osadía del amor verídico. Y sobreponiéndose a la masacre, a la desfloración de inocentes en plenas calles, al destrozo del pudor impúber y desuello de cueros cabelludos, a la devastación, a los saqueos e incendios, a todo el raudal de traiciones, ellas cogieron lo inasible, desenterraron el sepulto coraje, lo sacudieron de sus horrores y anduvieron con él a cuestas noches y días.
** En pasados tiempos, iglesia y hospital solían ser sitios vedados al pisoteo de los punidores. Pero aquéllos eran otros tiempos. Al término de la abominable requisa, fin de la insurrección, la jefatura vencedora se percató con rabia de cierta ridícula omisión: ¡el hospital regional! Y dos horas más tarde, acusado de encubrir a un peligroso montonero herido, el cuerpo médico completo mascaba quina en los calabozos.
** El procedimiento había pisoteado por igual prestigio y esperanza. Todos fueron maniatados y puestos en marcha a punta de bayonetas, excepto las enfermeras que huyeron, avispadas a tiempo, abandonando sus puestos. Pero tres mujeres volvieron, una de ellas Dalma. Pasado el hospitalazo recuperaron la calma y resolvieron continuar en esa batalla sin lauros y sin tregua.
** Y transcurrieron semanas de ominosa vigilia. Entre tanto, en el departamento de policía, los médicos permanecían callados. Al parecer, los novísimos métodos persuasivos fracasaban con ellos. Por otra parte, el éxodo en respuesta al terror implantado, lo complicaba todo. Y temiendo ver burlado el operativo montado para la captura del montonero prófugo, el flamante delegado del nuevo orden resolvió, como recurso extremo, convocar a todos sus servidores a urgente consulta. Fue en esa secreta y atropellada reunión que el siniestro sujeto a quien iremos conociendo, de dudosa jerarquía pero ducho en rastreos, torturas y otras yerbas, marcó la pauta que debía valerle buenos puntos en favor. Si le autorizaban otra rastrillada por el hospital, con personal por él mismo escogido, lograr la pista del sedicioso se le hacía una fija. Su seguridad sonaba a desafío, abonando la sospecha de que algún doctorcito le hubiese susurrado al respecto interín lo interrogaba. ¿Por qué no darle pues otra oportunidad?
** Y así las cosas, para aquella jornada, vergüenza mayor inscripta en el calendario de la violencia, sea este destacado recuerdo.
Tristemente bello nació el sol sobre el cerro. Un claro día primaveral pudo haber sido aquél. Pero en la sala III, emergiendo del sofoco y la agonía, de pronto jadearon voces aterradas maldiciendo la tan presagiada reaparición. Dalma, permanente atalaya pese a sus muchas faenas, había dado el alerta. Y ahora, lanzada como un soplo a través de la sala, llegó a la cama VI donde un herido rebelde dormitaba.
** -¡Pablo!, lo sacudió, te sacaré enseguida de aquí. Y corrió, regresando al punto con una inmunda bolsa destinada a ropas de cama usadas. Pablo despertó sobresaltado, desconociendo la única voz que podría llamarlo por ese nombre. La única porque fue Dalma quien lo recibió la noche del desbande cuando, destrozada la pierna por un proyectil de los perseguidores, arrastrose hasta la sala III. Se reconocieron entonces; habían compartido alguna vez un banco de colegio. Yo te conozco, susurró ella. Yo también te conozco, se alegró él, y ahora estoy en tus manos y debo confiar en vos.
** Esa confianza fue gestando al rigor de la atroz realidad un sentimiento cada vez más hondo y de rotundo compromiso. Y al producirse la orden de captura contra el herido, ella hizo de su amor ingenio, de su deseo coraje. Salvarlo, salvarlo para ella o simplemente salvarlo; tal la férrea consigna impuéstase a sí misma convencida de que la vida de ambos era exactamente una sola.
** -Metete dentro sin hablar, le impuso sin tiempo a decir más.
** Y para qué hablar de sanguaza o lamparones ni hedores nauseabundos que contuviese aquella bolsa providencial, ni del suplicio de meterse dentro. Pequeño, descamado, cetrino entre penosos trapos no obstante ser el más entero de los sobrevivientes, Pablo se largó de la cama a la bolsa en tanto ya resonaban los múltiples tacazos en la entrada. Y Dalma, sacando fuerzas del miedo, deslizose por el patio con el bulto a rastra. Por pura suerte, o por sagaz previsión suya, los demás heridos roncaban boquiabiertos bajo el efecto de los piramidones abundantemente recibidos por la noche.
** Uno con gafas negras y guardapolvos de médico entró seguido de un sartal de tipos con los sombreros puestos. Disimulaba mal su empeño. Todos olían a transpiración y a odio. Atravesó el pabellón un par de veces en muda y felina paseata antes de detenerse justo delante de la cama vacía, desde donde clavó ojos en todos, minuciosamente. Ninguna voz. Los heridos dopados seguían como muertos. Ningún gemido. Solo los moscardones, en zumbante zig-zag, prorrumpían de tanto en tanto. El visitante cruzó hacia el patio interior seguido del tropel. Silencio. Oscuros y agachados, en círculo, dispusiéronse allí a mascullar cosas. Movíanse vacilantes, como cuervos, acaso rumiando la inconcreta imagen del perseguido. Entre tanto, desde el extremo opuesto del patio, sucio baldío, por un ventanuco tragaluz, Dalma observaba sus movimientos y escuetamente daba cuenta de ellos a Pablo.
** -Ese tipo no es médico. Lo hubiera conocido. Además, un médico no andaría seguido de esos perros con sombreros. Esperá; miran una foto.
** -¿Una foto? La noticia lo sustrajo de golpe de la repulsión que le causaba el recinto.
** -Sí, una foto; la pasan de mano en mano; la observan todos.
** -Sin duda, son pyragüés. Y estoy seguro de que allanaron la casa de mamá. ¡Miserables!
** -Tranquilizate; parece que se van; ¡ojalá! Te envuelvo y voy a investigar. Vengo a buscarte cuando se marchen.
** -En esta tumba colectiva, es fácil que me encuentres cadáver.
** -Tené paciencia, querido; salvar la vida es parte de la lucha. Adiós.
** Lo besó por encima del lienzo envolvente y salió empujando una camilla rodante abandonada allí luego de transportar con ella los restos de Cándido Paná. Le extrañaba que desde entonces no hubiera fiambre en ninguna de las tres salas. La empujaba sin dejar de escudriñar. Habiendo perdido de vista a los advenedizos, le asistía la débil esperanza de que se hubiesen ido. Pero no. Al instante los localizó merodeando sin apuros. Dalma dio un envión a su inútil camuflaje, la camilla, dejándola al amparo de unos ligustros salvajes, vestigios de algún malogrado jardín, y cruzó la galería hacia la sala III. Los cavilosos huéspedes, al verla, se dieron prisa. No obstante, ella pudo mantener el artificio, avanzando entre las camas como si nada sucediera, en tanto reprimía todo visible signo de temor. Pero, pese a su sereno esfuerzo, uno de los tipos la alcanzó, le enganchó la mano en el hombro, y haciéndola girar, le gruñó en plena cara:
** -Linda... ¿y el de esta cama? Y comenzó a manosearla. Al verlo rebosante de alevosía como un maniático, Dalma, azorada, atrapada, casi una prostituta frente al truhán, reaccionó con violencia rechazando el manoseo en tanto le decía airada: Ya no está; se ha escapado, ¿sabe?
** -¿Escapado? ¿En qué momento?
** La voz del tipo sufrió repentina agriera. Los vidrios ahumados de las gafas empañáronsele de ácido. Dalma, atosigada por los nervios y la hediondez dominante, sentía ganas de escupirle en la cara el bolo líquido que soportaba en la boca. Pero más valía dominarse o estropearía sus planes. Escupió en el piso y habló con algo de calma: Ahora, antes de que ustedes hayan entrado.
** -¿Qué?
** El huésped veíase como realmente escupido. ¿De modo que le estaba haciendo de campana y le avisó, verdá? Dalma se rió replicándole que eso ni falta haría. Él no precisa espías, le aseguró; es una antena viva...
** -Y ¿cómo cree que nos reconoció?
** -Por esos tacones de potro, seguro. Hoy por hoy, nadie más que ustedes los usa.
** El visitante se enfadó exigiéndole que hablase claro, y Dalma, mofándose, mostró con un ademán las botitas reglamentarias, comentando: Ya no se necesita estrellas para merecerlas.
** -Eso no le interesa, barbotó el otro; lo que sí va tener que decirme dónde está el de esta cama.
** -¿No me cree? Le dije que se escapó.
** Le saltaban los negros ojos, fijos en los cristales sombríos de las gafas.
** Él no la creyó: ¡En pleno día, carajo, imposible!
** Imposible, se burlaba Dalma por dentro, para los que piensan con anteojos negros. ¿Imposible por qué? ¿Por los perros de las esquinas?
** -¡En pleno día, carajo! ¿Quién era el tipo?
** Dalma lo miró, y con la solemnidad con que se nombra sólo a quien se admira, le respondió: ¡Pablo Gamarra!
** Él sintió hielo en la sangre. Luego ardió hasta el rojo oscuro y explotó salpicando a los subordinados: ¿Parados allí? ¡A buscar, carajos! ¡A buscar, a buscar, a buscar! ¡Que no quede un puto agujero libre!
** La máquina arrancó frenética, el vociferante sujeto detrás, en terrible carrera de fieras hambrientas, repechando sombras, husmeando antojos, de una sala a otra, de un rincón a otro, ¡de un agujero a otro!
** Y todo en vano. Los minutos y las horas pasaron sin atisbo de pista alguna. Ya visiblemente atormentado hacia el medio día, el hombre de las gafas se secaba y resecaba un dudoso sudor. ¡Imposible, carajo! ¡Pablo Gamarra sin rastro!
** Cuando parecía no quedar sitio por hurgar, cuando a lo largo y ancho del predio sanitario todo era pisadura, alguien de la partida descubrió ¡ay! la camilla rodante emboscada entre los ligustros y un par de huellas frescas de misterioso destino. Las siguieron en tropa, desaforados.
** El patio de la III asomaba al sur sobre una callejuela fangosa y hedionda. Cruzándola, en la oquedad de un vetusto señorío vegetal, cubríase de hiedra y musgo la traza de un pórtico en cuya parte menos verdinosa gracias al manoseo se leía malamente 'morgue'.
** Semiderruida por la dejadez y el triste uso que le fuera asignado, la otrora bella mansión ocupaba un sector del vasto charco en que agonizaban los árboles. El cieno alimentado por los desagües del hospital llegaba a las paredes y se extendía a las adyacencias. Según refieren, moraba en ese abandono, además de los difuntos depositados por si acaso apareciese algún deudo, la contrita sombra de quien fuera su propietario, un afamado santero solterón y misántropo, perpetuo reparador de iconos de la parroquia local.
** La sucia callecita, desahogo de un barrio gris, límite sur de un pretérito proyecto urbano, lo era ahora de una aldea con susto de ciudad, la misma que un mes antes aguantara la más cruel masacre a que diera lugar la hecatombe civil. Pasmosamente inmersa en su letargo postbélico, parecía como si la calleja inmunda la hubiese desmembrado del territorio histórico. Varias veces mártir y más conocida por su mala estrella que por su pomposo nombre, el que no quiero mencionar por lástima, cobijaba además de terror y desamparo una degradación brutal. Despojadores y prostitutas la dominaban al amparo de las armas triunfantes. Y entre los escombros y basuras de las calles, una no menos cruenta y cotidiana guerra se libraba, la guerra por matar el hambre y salvar la osamenta, guerra entre rateros armados y vampiros encumbrados por una parte, y una masa asquerosamente despojada y deshumanizada, por la otra. Niños mendigos y ratas invadían y unos y otros perecían apestados entre la infecta basura de los tugurios incendiados. Amargos y legañosos veteranos de dos guerras tiritaban de cara al lodo, como abrazados a la tierra que una vez creyeron salvar, pisoteados por los fantasmas de una generación sin rostro, por hombres reptiles paridos por culebras, por cristianos que confundían un lupanar y un templo.
** Y a propósito de templos y cristianos, los domingos, las campanas herían desde temprano la rotunda paz impuesta por las balas. Un cura cicatero machacaba sobre el acatamiento. Y entonces, confundidos entre todo género de parias y malparidos, los héroes atestaban la placita de enfrente llamada Libertad, matando piojos con los dientes podridos en espera del óvolo ritual. Las mujeres, viudas casi todas, de apellidos ilustres o anónimas, cargando con sus reumas hacia la casa de Dios, desviaban píamente los ojos de la lacra penante. Al centro de la plaza, verde de orín, la libertad de piedra. A una cuadra, la escuela. En las mañanas hábiles trepaba el canturreo del himno nacional, jamás tan falso y desfigurado como en los tiempos del odio.
** -¡Vaya y dígale a esa puta que me traiga la llave!
** El de la voz de mando inequívoca, hecho un coloso frente a la puerta de los muertos, braceaba feroz. Dos, los más próximos, partieron de un salto, disputándose el cumplimiento de la orden dirigida a cualquiera, en una timorata carrera de perros amaestrados a fuerza de patadas, e irrumpieron en la sala III, donde un herido torturado por los gusanos clamaba el favor de la muerte. Dalma lo asistía, y de tanto en tanto miraba por la ventana al patio, hacia la morgue, angustiada por Pablo. Los belicosos emisarios la acorralaron jadeantes, la acosaron, la amenazaron, la rogaron. Y ella, demorando en lo posible la acción policíaca, les declaró con irónica benevolencia: Las llaves están con el director, en algún calabozo de Investigaciones. Así que vayan allá a buscarlas. Solamente él las puede entregar.
** Entre tanto, el asco y unas ganas de reír y llorar a la vez le revolvían las vísceras, viéndose en la necesidad de salir al patio y vomitar. Lo hizo con toda intención delante de los sabuesos que no la dejaban, con fuerza y rabia, exagerando sus náuseas, hasta notar que la operación daba resultado. Y sólo cuando los sujetos retomaron la senda a todo humo dejándola, ella abandonó las arcadas para tornar al auxilio del moribundo, satisfecha con su ingenio pero sintiendo como un nudo en el pecho al pensar en el peligro que Pablo afrontaba y atribuirse cierta culpa por haberlo conducido allí. Miró nuevamente por la ventana hacia el repulsivo depósito. Tenía que inventar de inmediato un truco heroico capaz de desviar la atención de los perseguidores, ocupándolos por unos buenos minutos. Si pudiera convencer a uno de los heridos a escapar ahora mismo... Eso es... Ya lo creía de pronto resuelto. ¡Ya está!, se dijo; la cosa ocasionará suficiente revuelo y mientras...
** No tuvo tiempo de concluir su propio pensamiento. Los dos individuos aparecieron de vuelta con renovada furia. Y ahora, el apremio fue brutal. Ante los gritos de Dalma escuchados desde las otras salas, sus dos compañeras corrieron a prestarle ayuda, pero el ominoso poder de la bestia se impuso.
** -¡Carrera mar..., gramputa, carrera mar...!
** A empujones y patadas, las tres viéronse obligadas a trotar hasta la puerta de los muertos. ¡Tráiganme aquí todas las llaves que haya... y pronto!, les gruñó el de las gafas negras al tenerlas delante; ¡o se abre la puerta o se abrirán las piernas... carajo!
** Ahí y entonces, claro está, nada inicuo podía parecer exagerado. Las mujeres doblaron el sendero sumidas en los peores presentimientos, deshecha la moral y con las feroces sombras pisándoles los talones. ¡Carrera mar...!
** En críticos minutos revolvieron cajones, estanterías y todo habido escondite, reuniendo un sartal de antiquísimas llaves, todas oxidadas. Pero qué importancia podía tener el que sean viejas o nuevas si de todos modos la treta iba a ser descubierta. ¿Y Pablo? ¡Carrera mar...!
** Y sofocadas, más por odio que por cansancio, llegaron de regreso ante el mandón en medio de risotadas, patético anticipo de cualquier salvajada previsible.
** Y el mandón se dispuso a abrir. A medida que probaba y reprobaba las llaves, fuésele la ira creciendo y traduciendo en sudor que le ponía cada vez más lívida la cara. Y las enfermeras, irremediablemente atrapadas en medio de la abyección, veían con progresivo espanto, una a una, las inservibles llaves arrojadas al lodazal, sintiéndolas como si fuesen ellas mismas, probadas, manoseadas y arrojadas después hechas un asco, deshumanizadas, perdidas, confundidas con el cieno apestoso, drenaje putrefacto de todas las miserias.
** Sin embargo, para sorpresa y súbito alivio de las infelices, ocurrió que el hombrón de las gafas, gastando sólo algunos de sus más soeces adjetivos, les declaró ser él también, pese a todo, un... varón. Y que por unción y respeto al recuerdo de su madre, santa mujer y no una puta como ustedes, les concedía la última oportunidad de rehabilitarse cooperando en defensa del orden constituido, entregándole debidamente la llave que les pedía, pues no deseaba violentar la puerta de los difuntos por consideración a sus ánimas, y pues que, según la certidumbre metídasele en la cabeza, el tal Pablo Gamarra, montonero con carta blanca en contra, debía estar oculto en ese lugar.
** Y diciendo todo eso a su manera y otro tanto pensando, en material testimonio de su blandura de perro grande, se acodó contra la puerta para así, sin apuro, otorgando tiempo al tiempo, aguardar la respuesta a su benevolencia. Pero el tiempo, pésimo aliado en ciertos casos, esta vez fue peor. En efecto, con el peso de su huesuda humanidad, la mohosa madera giró sobre sus goznes, y el de las gafas, a fuerza de braceos y pataleos, fortuna aparte la suya, pudo evitar la patinada. La puerta estaba sin llave. El tufo escapado los abofeteó con la hediondez de veinte cadáveres. Huelga aclarar que el de suyo precario suministro eléctrico había también sufrido bajo el flujo y reflujo de los atracos, y que desde entonces, sin nada de hielo para la refrigeración, los despojos yacían hacinados como mazorcas en perchel, sin tiempo ni cuidado de ser puestos en cristiana sepultura.
** El intrépido profanador hizo tapaboca con su pañuelo, peló un puñal de pie y pulgada que traía en la cintura y, ¡macho el hombre!, se detuvo unos pasos adentro echando ojo a cada uno de los blancuzcos envoltorios malamente visibles en la penumbra. Y a pesar de la putridez que ahí se respiraba, ante el probable chasco y con el acre moco del papelón ya en el gaznate, adelantose unos pasos todavía, y entonces, excediendo todo lo previsible, rasgó de un tajo la primera envoltura de la serie, y Cándido Paná, que era él precisamente a quien se profanaba, le enseñó unos ojos vueltos y amarillos, una bocaza hinchada y oblicua, unos dientes de fiera muerta de hambre.
** Y el puñal se elevó con rabia, cortó en media luna el caliginoso espacio, y, al hincarse con hueco toquido en el tumefacto abdomen, un chorro escapó, violáceo y viscoso, bañando al infeliz desde las gafas hasta las botas. Y éste corrió, huyó gimiendo a través del patio y de la calle como si recibiese su propia puñalada, dejando tras de sí tal nauseabunda huella que jamás hombre alguno dejó en vida, y una rueda de caras descompuestas por el asco, la risa y el miedo.
** Las últimas en irse fueron las mujeres, excepto Dalma. Ella se detuvo ahogando dentro del pecho un llanto de triunfo. Veía a los hombres alejarse y desaparecer uno tras otro detrás de la colina próxima. Y recién cuando el más alto de la partida se hubo perdido de vista pudo convencerse de que había concluido el episodio, uno más de la pavorosa [16] pesadilla. Y antes de que otro comenzara, pues estaba segura de que la tregua sería breve, con borbotones de lágrima en la cara, irrumpió en el depósito donde Pablo Gamarra, uno de la veintena de bultos, con enorme ansiedad la esperaba. Puesta de rodillas y temblando, desató los nudos que aferraban la quietud sepultífera en que el tenso rebelde ardía. ¡Pablo, mi amor!, pudo al fin hablar ahogada por la emoción; cuando la vida es digna hasta los muertos la defienden; ¡se fueron, Pablo, se fueron! Y lloró con toda el alma en tanto ayudaba al herido a desentumecerse y levantarse. ¡Estoy vivo!, exclamó él como estallando; pero esta vida más te pertenece a vos que a mí, por haberla salvado y vuelto a salvar, exponiéndote como jamás he visto a nadie hacer; ¡Dalma, mi amor, soy tuyo!
** Abandonaban el depósito hacia el tremendo camino de la fuga cuando Cándido Paná, amigo hasta después de la muerte, crujió de pronto dentro de su quebrantada envoltura, obligándolos a detenerse un instante junto al despojo apuñalado, y luego, en atribulado silencio que un hondo reconocimiento cargaba, traspusieron el umbral. Y la notable puerta rechinó nuevamente clausurando a la luz la estancia de los muertos. Una porción de esperanza se acababa de salvar.
 
 
 LA FUGA

    Un canto de gallo marcó medio día. Dalma no volvería hasta la noche. Las moscas verdes entretejían zumbonas a ras de los altos yuyos, lanzándose en furiosas picadas. Ni era eso un buen signo ni convenía que las vieran en tan intrigante revoloteo. Dos de ellas cayeron y acabaron aplastadas.

     El escondrijo donde Pablo aguardaba, provisto por el sagaz y apasionado genio de la muchacha, resultaba admirablemente seguro pese a las moscas. Pero el sol apretaba. El tubo de hierro con medio siglo de óxido acumulaba la temperatura de esa brutal primavera hasta quemar la piel a través de la ropa. Inclinado y medio sepulto entre la maleza, tal una maltrecha pieza de artillería apuntando a una redonda porción de cielo metálico, lo estaba cocinando vivo. Parte, en su tiempo, de una caldera industrial muerta en ese lugar, según dicen, de muerte natural, sin que jamás prestara servicio alguno, su metal subsistía no obstante, mutilado parcialmente por ojeras de herrumbre, pero de pie, testimoniando heroicos propósitos malogrados, yacente en el sucio traspatio contiguo al de la morgue, en preterición perpetua.

     Con lentitud enervante bajaba el sol. Al atardecer, la brisa paulatinamente fresca empezó a descender una y otra vez por el tubo. Y al cabo de un derroche de paciencia, en el redondo boquete se asomó el crepúsculo. Ya llegaba pues la noche, ya llegaba. Pero otra eternidad fue necesaria para que Dalma, sudorosa y fatigada, pudiera hacerle sentir su presencia.

     -¿Qué tal estás?, escuchó Pablo a través de una suerte de tronera practicada por la herrumbre. Y él contestó que «fenómeno» con musitante ironía.

     Dalma, dolida del ingente sufrimiento de su hombre, trató de animarlo anunciándole una aparente amenaza de lluvia. ¡Ojalá que no!, dijo él y tenía razón, porque entonces moría de frío dentro del tubo. Pero ella traía un plan definido. Tenés que salir, le dijo; partiremos enseguida. Pablo, por su parte, mostrose preocupado por la suerte de otros heridos rebeldes que debían ser salvados antes de que nuevamente cayera la requisa. Yo estoy relativamente bien, afirmó; traeme agua y aguantaré. Pero Dalma fue rotunda. No estás bien, sostuvo; dos días más y te viene la gangrena; eso si antes no sucede algo peor; pegaron afiches con tu foto por las calles; dicen que se ofrece diez mil por tu cabeza. Mucha plata por un trabajo tan fácil, se burló él; sin embargo aguantaré un día más. Entonces Dalma recurrió a otro argumento: Tu situación es insostenible, insistió; te buscan y tengo órdenes para sacarte de aquí enseguida.

     Pablo guardó silencio. Sin indagar la certidumbre de tales órdenes, usó de sus menguadas fuerzas para zafarse. O el hueco estaba más estrecho o él bastante más hinchado. Al cabo de enorme penuria lo logró. Y en ese momento, Dalma, echada en tierra y bien a oscuras, emitió un quedo chistido en señal de peligro, viéndose él obligado a demorarse. Sólo un prolongado minuto después, con ayuda de una muleta que Dalma le tenía preparada, pudo dejar el escondite. Y ambos, él renqueando atrozmente y casi colgado del hombro de la muchacha, se deslizaron a través del patio y la calle protegidos por la oscuridad. Pablo ignoraba la causa del chistido que lo forzó a demorar la salida, mas nada dijo. El miedo era cosa real que obligaba a superar las dificultades sin palabras. Ahora avanzaban por malísimos terrenos, con el mayor sigilo posible, por lugares donde todo parecía muerto, hasta los perros. Solamente a lo lejos, de tanto en tanto, pedía oírse la aterrante vibración de un estampido o un grito perdido en la atmósfera. Los alcoholizados vencedores se ufanaban sembrando plomo sobre las huellas de los derrotados. Los sobrevivientes que no estaban en fuga yacían impotentes, igualmente beodos bajo el sopor del escarnio. Aparte de los tiros y gritos esporádicos, todo era silencio, paz de cementerio.

     Detuviéronse al borde de un bajío maloliente, entre chatos arbustos y desechos de toda procedencia, amontonados y homogeneizados por las lluvias. Habían logrado en dura marcha recorrer cierto trecho imposible de precisar, aunque muy fatigoso. Y por fin, pese al cansancio, podían hablar.

     -¿A dónde iremos?

     -A tomar un vehículo.

     -¿Hablás en serio?

     -¡Sí, claro!

     -¡Qué grande sos! ¿Un auto?

     -Un camión arenero. Hará un viaje expreso para llevarte hasta la ribera.

     -¿Dónde espera?

     -En el arenal de Paso Pucú.

     -¿Paso Pucú dijiste? ¡Como una legua! ¿Cómo llegamos?

     -El camionero prometió ayudar pero puso sus condiciones. Nada mejor pude encontrar. Y tenemos que llegar hasta allá, Pablo, cueste lo que cueste. Es una orden.

     -¿Podés decirme de quién?

     Dalma sintiose de pronto lastimada y calló. También Pablo permaneció callado. En el fondo de su ruina necesitaba creer en la supervivencia de algún vestigio revolucionario, en alguna expresión viva, oculta, de la energía deshecha. Necesitaba aferrar en algo su esperanza. ¿Esperanza? ¿Quedaba acaso alguna en pie? Él no lo creía. Y sin embargo accedió a seguirle el juego a Dalma como induciéndola inconscientemente a mantener la fe por él perdida. Pero al final se le escapó una risa amarga. Dalma se violentó.

     -¡Shhhh! ¿Pensás que se resignen con tu escapada?

     Tenía razón. Los cazadores, acicateados por la anunciada recompensa, les andarían rastreando como lobos. Él, sin embargo, esperaba una respuesta y no la obtenía. La censura de Dalma, si bien oportuna, había caído justo para evadirla. De momento no pensaba en otra cosa, ni siquiera en el disgusto logrado con su impaciencia. En una legua de camino podemos caer diez veces, dijo; ¿no pensaba en eso quien te dio la orden?

     Dalma guardó silencio. El súbito mal genio de Pablo la afectaba. Pensaba en la fatiga causante, la que, por otra parte, también ella sufría sin que por ello perdiese la calma. Estaba preocupada. ¿Habrían avanzado bastante? ¿Cómo de lejos estaría el arroyo? Quiera Dios que no perdamos el rumbo, susurró. Y de pronto, ¡shhh!

     Paralizáronse olvidando toda cuestión anterior, y hechos un haz de sombras entre los ásperos arbustos, trataron de captar nuevamente el ruido que acababa de producirse. Avanzar sin aclararlo era como entregarse. Y de inmediato, muy cerca del hueco donde atisbaban, otro similar se hizo sin que tampoco ahora lograran el origen. La ansiedad apretaba en tanto huía el tiempo. ¿Qué hacer? Al poco rato, surgiendo de los arbustos, dos orejas pardas, altas como espadañas, aparecieron; enseguida un brillo turbio de ojos y una borrosa forma animal de tamaño algo mayor que un perro grande.

     -¡Es un burro!

     -¡La salvación!

     Dócilmente, el borrico se dejó atrapar y montar. Dalma quitose el cinto de la ropa, lo aplicó a modo de brida y tiró de él en lento trote a través del silencio. Los minutos, estirados como siglos, llenáronse de pasitos apremiantes.

     Ya perdían la cuenta del tiempo que llevaban andando. A medida que se alejaban del terror habitado, hubiese sido de esperar algo de calma, pero el miedo marchaba con ellos, pegado a la piel y susurrando en el aire. Dalma tiraba y tiraba; Pablo azuzaba al pobre burro más y más. Impaciente por momentos a causa de la lentitud, Dalma probaba empujando la grupa y el animal parecía comprenderla. ¡Cuánta paciencia! La marcha iba de a poco haciéndose más dura, la llanura más abrupta, la oscuridad oprimente, los minutos hostiles y dilatorios. De pronto, en el borroso horizonte, un perfil de bosque apareció. La marcha se contuvo espectante. ¿El arroyo? ¡El arroyo! ¿O estarían siendo juguetes de la ansiedad? A propósito, nunca habían estado en tal arroyo ni conocían su ubicación exacta. Ella pasó sus años en el redondel poblado. En cuanto al comandante de montoneros, aunque nativo del lugar, lo era del lado de los cerros, razón que lo indujo a preferirlo para sus operaciones, no habiendo incursionado jamás hacia esos bajíos que ahora osaban atravesar. ¿No serían pues víctimas de alucinaciones? Porque la cresta forestal aparecida en el remate de un cielo de plomo sucio comenzaba a desplazarse por delante, alejándoseles a medida que ellos avanzaban. ¡El arroyo! ¡Paso Pucú! Y continuaban trotando, persiguiendo la larga sombra cuyas crestas arbóreas concretaban por momentos formas apasionantes. Pablo, cuyo estado febril había empeorado con el estropeo, sudaba copiosamente. Y la ventaja de ir montado sumaba al dolor de la pierna tumefacta una quemante opresión en los omóplatos. Los ojos fijos en la distancia también dolían. La boca seca de tragar jadeos, ideas hostiles, sorbos de sombra, también dolía.

     Ya Dalma no se aventuraba a precisar lo que todavía les faltaba por andar. Sólo tiraba y tiraba. ¡Cuán inmensa la noche en el país del miedo!

     Fue en lo más depresivo del trayecto que el burro empezó a resoplar aterrado negándose a dar un paso más. Pronto, al hundírsele los pies en una orilla cenagosa y tibia, Dalma comprendió lo inútil que sería insistir. Tendió las manos palpando el contorno de torvas cortaderas en cuyos dominios acababan de caer. Ninguna duda tenía. Estamos en un pantano, dijo tristemente. Y de inmediato surgió en ambos la ingrata idea de tener que renunciar a la caridad del burrito. Pablo reaccionó impaciente:

     -¿Podré saber alguna vez por qué escogimos este estupendo itinerario?

     -¡Pcccciiiiuuuuu!

     La respuesta la dio un fiero proyectil que pasaba rasante, un tiro de fusil de procedencia no muy lejana.

     -¿Nos habrán visto?

     -Imposible; más creo que tiran por sentirse seguros. Además, eso prueba que el arroyo está cerca.

     -Sé que en la zona hay un acantonamiento o algo así.

     -¿Por qué lo decís?

     -Entonces, ¿por qué no me advirtió el camionero?

     -No lo sé. Me dijeron que está sobre una loma. Lo formaron hace poco.

     -Me pareció que el proyectil venía de nuestras huellas. ¿No será que nos vienen siguiendo?

     -Pudieron sentirnos cuando lidiábamos con el burro.

     -Entonces están cerca. Tengo miedo, Pablo.

     -Según creo, no nos queda más remedio que avanzar.

     Ambos ignoraban la distancia que los separaba de la loma, que en efecto estaba cerca, que merced a la oscuridad se salvaban de ser vistos desde lo alto, que en lugar de acantonamiento era ésa una pequeña aldea abandonada por sus moradores naturales y ocupada por gente armada. Tratábase de una suerte de voluntarios fanatizados desde el seno materno en un morboso odio a los que llamaban rebeldes.

     Vacilaban entre soltar el burro o bordear con él de algún modo el pantano cuando otro disparo de fusil, éste bastante próximo, los obligó a lanzarse al cruce, único escape posible. De entrada, el agua fangosa les llegaba a las ingles y la hirsuta vegetación los cubría enteros. Por fortuna, el fondo ofrecía cierta solidez y pudieron avanzar tanto como la circunstancia les permitía. Y otro tiro acabó con cualquier ilusión que se hiciesen. Perdimos la cuenta del tiempo, susurró Pablo zancajeando asustado; está amaneciendo. Dalma miró al oriente y tembló: ¡Nos vieron! Avancemos cuanto podamos, la animó Pablo; no creo que se arriesguen en el malezal; más vale, tratarán de cazarnos desde la orilla; debemos continuar hasta encontrar un amparo. Dalma murmuraba como rezando: Gracias a Dios hay viento; el movimiento de las hojas nos ayudará.

     Ya no caminaban; se arrastraban. Y en tanto menudeaban los tiros, ellos hacían lo imposible por alejarse. Pablo, que reptaba adelante, empezó de pronto a sentir agudos dolores causados por el agua sucia que le anegaba el yeso de la pierna. Ya la aurora iniciaba su lenta expansión por el cielo que pasaba de plomo a marrón y rosa, aunque en el fondo del cortaderal fuese todavía noche. Ahora, a través de la maleza, podían entrever la sombría línea vegetal del arroyo. ¡El arroyo! No parecía distar más de un kilómetro, demasiado para la urgencia que vivían. Pablo se detuvo y habló al oído de Dalma: No podré seguir; si nos capturan será por culpa mía, y no es justo que vos caigas. Acordate que salvarse es parte de la lucha. Es tu deber hacerlo. Dalma no pensó para replicarle: Mi deber está a tu lado. ¿Te olvidás que soy responsable de tu vida? No lo repitas. Tomó la muleta que Pablo llevaba a rastra, se la aseguró al torso con el trozo de cinto que había quitado al burro, y tiró de ella ayudando al compañero a seguirla. Al rato éste insistió: Ya no puedo, Dalma, comprendeme; tu vida es tan importante como la mía; salvate vos.

     Se detuvieron. Dalma sacó del corpiño un pequeño lío en cuyo interior guardaba unas grageas: Es piramidón; te calmará por unas horas, fue su respuesta. ¡Piramidón!, repitió Pablo con alivio. Ahora, el problema era con qué tragarlo. El agua en que chapoteaban apestaba. Tomalo con un sorbo de orín, le indicó ella. Y en tanto él se disponía a lograrlo, Dalma trató de asomarse a ras de las cortaderas y escudriñar. Casi al instante volviose al barro con emoción en los gestos:

     -Hay un refugio más adelante, dijo; un matorral de güembé.

     -¿De veras? ¿A qué distancia?

     -Cerca, como a diez metros, veinte tal vez.

     A Pablo se le cortó el orín. Pero había llegado a tragar la pastilla. Vamos a ganar ese refugio, dijo, si hay güembé es señal de que la tierra es firme.

     Clareaba velozmente. Entre las cortaderas, a rato chatas, dos sombras como reptiles deslizábanse penosamente sobre el barro fétido, sobrecogidas a cada ruido causado por sus propios movimientos o por la brisa entre las cañas. Sufrían lo indecible por alcanzar el matorral cuando una nueva rociada de plomo los dejó quietos, casi pétreos. Pero esa quietud, plagada de latidos angustiosos, ya no podía durar más que el instante del susto primero, pues en tanto nuevos tiros estallaban al aire, sacudiendo el barro, el cielo, haciendo blanco en cualquier parte sin puntería fija, ellos continuaron ganando centímetro a centímetro la cercanía del matorral. Pablo estuvo en lo cierto al suponer que los tipos preferirían sembrar balas desde la orilla antes que aventurarse fango adentro. Silbaba el plomo abriendo claros entre las hojas finas y lacerantes. El fondo, felizmente, comenzaba siendo más firme, ya no légamo, lo cual sumaba una gota de alivio, poco o nada válido en un mar de desesperación. Reptaban tragándose sus nervios, su miedo, sus esperanzas, dilacerados y sangrantes, y de pronto, los doloridos dedos de Dalma crispáronse al asir un áspero tallo rastrero: El güembé, musitó. Pablo llegó tirando de su pierna enyesada como de una carga odiosa. Los pajarillos festejaban el arribo del sol cuando la maltrecha pareja se introducía en la carpa verde, verdadero hogar dádose el caso. Por suerte, debajo del güembé no crecen las cortaderas. Un pasto claro y blando se les ofrecía, casi un mullido tapiz. Entre matas y matas bien tupidas había lugar para dos cuerpos resignados a una indefinida vigilia en compañía de mosquitos, jejenes, sanguijuelas y alacranes, únicos libres y en paz en esa hora de muerte.

     A poco de haber nacido el sol, comenzó el viento a castigar el fango. Primero a remezones, arremolinando la alta maleza. Después ya era el diablo batiéndose con su sombra a lo ancho del madrejón.

     Finalmente llegaron voces; voces entrecortadas; a veces claramente audibles; hamaqueo de voces entre la orilla y el matorral, tal vez un centenar de metros, tal vez dos. O tal vez la fatiga magnificaba la proeza de conquistar palmo a palmo el barro. Repentinamente, una voz muy clara se hizo oír:

     -Me parece que viste algún pora.

     Y otro remezón de viento la devolvió haciéndola volar en cualquier dirección. Pero al rato llegó otra voz:

     -Allá no entra ni las vaca..., chamigo; e un caruguá; si queré, metete vo; yo, en la puta vida...

     El viento.

     -Para entrá ahí se tiene que sé loco o se tiene que sé rebelde. ¡Eh, mirá eso!

     -Un burro.

     -Con un trapo en la boca.

     A Dalma le dio un brinco el corazón. Con la premura, no pudiendo desanudar la brida, la había cortado dejando el trozo en la boca del burro.

     -Eh, ¿nunca pio vite un burro que come trapo?

     -Alguno sí, por ejemplo vo...

     El viento abatió una risa sorda, de borrachos. Alivio. Por otra parte, debajo del güembé, la tierra parecía ceder. En los huecos, debajo de los cuerpos, brotaba tibia el agua. Dalma empezó a alarmarse: La tierra es falsa, dijo. Paciencia, si vive el güembé, viviremos nosotros, repuso Pablo en un susurro. Su muleta y los troncos rastreros en que se apoyaban quedaron debajo del agua, prueba de que a cierta profundidad yacía la arena movediza que mencionaban las voces: el caruguá. Valor, mi vida, viviremos, animola Pablo que ahora mostraba notable mejoría de espíritu, signo de que el terrible dolor había pasado. En eso, una voz nueva llegó con claridad, una tercera voz. Llegaba sumándose a las otras.

     -¿Encontraron algo?

     -Un burro.

     Desde el escondite podían ver el sol que subía de prisa. Aunque no veían los persecutores, los imaginaban trasnochados y brutales, con los fusiles listos, al acecho para matarlos. La nueva voz insistía:

     -¿Todavía pio no encontraron nada?

     -Ya ve, solamente un burrito, tu pariente...

     La risa se generalizó. Podían imaginar las caras descoloridas, las barbas ralas y crecidas, el olor a guarapo. Repentinamente, cerradas descargas retumbaron en la loma. Siguieron luego varias ráfagas y el eco de uno y otro grito. Ahora conocían la ubicación aproximada de la loma de donde llegaron los primeros tiros y más tarde los cazadores. Desde el refugio pudieron distinguir el trote del burro a fuerza de culatazos. Convenciéronse entonces de que durante el día, desde la loma dominaban totalmente el pantano. El burro empezó a galopar. Vibraban los cerrojos en la corrida. Uno que permanecía en la orilla gritó:

     -Para qué llevá ese burro...

     -E burra, boludo...

     El sol se daba prisa. Debajo del güembé, el viento jugaba con la ropa andrajosa de Dalma. El mismo viento que le secaba la ropa trajo de pronto una risa, después un silbido desentonando cierta polquita de moda, el silbido del que había quedado de guardia en la orilla. Podían imaginarle perdidos los ojos en la distancia, las manos en el cerrojo listas para el tiro mortal, la cara deshumanizada, la ropa inmunda; un miserable con olor a sangre. Ambos, instintivamente, se buscaron para protegerse. El cuerpo de Dalma buscó al de Pablo. Y éste la abrazó suavemente, oprimiéndola contra sí. Ningún dolor sentía en ese momento y sus nervios vibraban al contacto de la piel amada. Ni miedo, sólo deseo de ser fuerte y poseer ese cuerpo de latidos ardientes. Tal vez ésta sea nuestra última cita, le musitó al oído; te amo, Dalma; te amaré hasta morir.

     -¡Mi amor!

     Húmeda flor en el pantano bajo la luz temprana, dulcemente se abrió. El viento salvaje pirueteaba sacudiendo la cola en el matorral. ¡Gracias al viento!

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- II - LA FUGA

- III - LA PALABRA EMPEÑADA

- IV - DE LA PESCA Y LOS PESCADOS

- V - ENTRE EL AMOR Y LA MUERTE

- VI - EL PRECIO DE LAS HORAS EN SOMBRA

- VII - EL DIENTE DE ORO

- VIII - DE SORPRESA EN SORPRESA

- IX - PERPETUA MEDIA NOCHE

 

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