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AMELIA (CHIQUITA) BARRETO BURGOS


  AL AMPARO DEL TIEMPO - Novela de CHIQUITA BARRETO - Año 2012


AL AMPARO DEL TIEMPO - Novela de CHIQUITA BARRETO - Año 2012

AL AMPARO DEL TIEMPO, 2012

Novela de CHIQUITA BARRETO

Editorial SERVILIBRO

Dirección Editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Diseño de portada y diagramación interior:

BERTHA JERUSEWICH

Ilustración de portada: LA MESA DEL COMEDOR

Henri Matisse (Pintor francés, 1869 – 1954)

Edición al cuidado de la autora

Asunción – Paraguay

Mayo 2012 (297 páginas)



I

 

“Esta es la cena preparada para todos,

he ahí el alimento para el hambre natural..."

 (Watt Whitman)


Son tan escasos los recuerdos que me pueden dar la certeza de que he vivido tanto y tantas vidas.

Los que pueden recrear las imágenes del ayer tan lejano y traerlos al presente son los olores de la cocina. No el olor del espacio físico, sino el de los alimentos en su proceso de preparación.

La comida.

El ritual de pensar qué plato se preparará, los ingredientes necesarios, la elección de las ollas o las pailas: de hierro, de cobre, de aluminio o en lozadas con sus colores o peladuras que parecen cicatrices o lunares de brujas; las espátulas de madera o los cucharones y las espumaderas de cobre o las de alpaca.

Cómo será la cocción: al horno, al vapor, en baño de maría, frita, a las brasas, al rescoldo o sobre las llamas amarillas, naranjas y rojas lamiendo el costado de las ollas, mientras el perfume de la leña se mezcla con el olor oscuro y salvaje de un pato hirviendo en una cazuela con hojas de salvia, orégano y cebollitas de verdeo arrancadas de la huerta, llorando unas lágrimas espesas.

El aroma denso y untuoso de las salsas recorriendo los oscuros corredores del vetusto edificio del convento. El eructo dulzón del dulce de guayaba escupiendo su saliva oscura en las enormes ollas de cobre.

Todos los aromas: la canela y la vainilla prometiendo dulzuras; el azúcar quemado para el caramelo o los pollos agridulces. El jengibre, la pimienta, el tomillo y el ají respirando ese olor a carne jugosa y roja. El comino, el orégano y el ajo regalando por anticipado las sabrosuras de las albóndigas. Las longanizas que mi madre dejaba goteando en el cobertizo bajo un mosquitero que las resguardaba de las moscas.

El olor a fritanga del costillar de cerdo, escapándose furioso como un río de lava que arrastra y cubre el aroma amargo del cigarrillo fumado a escondidas en los atardeceres de invierno de mi primera juventud, agregando burbujas a mis arterias que palpitan en la pasión recién florecida; la sopa de gallina, resucitándome de la pulmonía pescada en un aguacero mientras me dejaba robar el primer beso castísimo, que fue más bien un leve soplo de aroma impreciso que me dejó las piernas temblorosas.

Tantos olores juntos.

Tantos olores desparramados por el ancho mundo para recordarme que estoy viva, que la vida fue generosa a pesar de los dolores y las pérdidas, que la vida es buena y que, al contrario de lo que se dice, se puede repetir, porque vuelve y habla y ríe y llora en cualquier mercado entre especias, entre tantas hierbas que sueltan su aroma en cualquier puesto de guiso callejero o de la mano de la obrera que cocina un puchero de olla popular en una plaza de ciudad sitiada; en el banquete de un jeque árabe o en la boda de la hija del peluquero a domicilio.

La parte del tiempo que se comió el tiempo retorna esplendorosa trayendo mi infancia de retozos; mi juventud despertando con burbujas que revolucionan mis arterias y ponen a galopar caballos en mi corazón.

El toronjil, la yerba buena, la menta, la albahaca y el romero mezclándose en la pequeña huerta, mojados de rocío al amanecer, mientras mi madre corta con sus manos regordetas de cocinera los gajos tiernos, los junta en un ramillete y los acerca a su nariz y aspirando profundamente el olor humedecido por el sereno me hace oler a mí para que reconozca y separe dentro de mi olfato y mi memoria cada aroma.

-Olé, hija, que estos aromas nos acercan al paraíso.

-Cerrá los ojos y aprendé el olor de cada hierba. El clavo de olor como moscas atrapadas dentro del amarillo profundo de las compotas y las mermeladas de calabaza.

Sor María Eduvigis, mi abuela, fue la eterna cocinera del convento de las hermanas teresianas.

Ella le enseñó a mi madre los secretos de la cocina, del buen pan y de la mantequilla tierna, que ella misma batía, guardando el suero para tiernizar las carnes de caza. Siendo muy niña le inició en el disfrute de los aromas.

Le explicó la sacralidad de los alimentos; de las diversas ceremonias celebradas por la humanidad alrededor de la comida; de la mesa compartida.

Sor María Eduvigis era nada más que la cocinera y no tenía la ilustración de las otras hermanas, no había leído filosofía ni ciencias políticas y se introdujo en el laberinto deslumbrante de la cocina sin más instructoras que su buen olfato y su afán de servir a Dios, ofreciéndole humildemente aquel arte, que sabía estaba en ella, y que con un poco de esfuerzo y disciplina iría floreciendo en cada plato preparado con la misma devoción con que las otras hermanas preparaban sus clases de literatura o matemáticas, o el sacerdote sus homilías dominicales.

Por las noches, después de hacer sus oraciones, cuando se encontraban solas en la habitación que compartían -antes de que mi madre tuviera cuarto propio y se entregara a los delirios del cuerpo-, la hermana cocinera hablaba con su hija del alma y le decía:

-Una comida bien hecha no solamente alimenta; también consuela, sella alianzas y lastimosamente decide guerras.

-Aquí, dentro del convento, donde tus oídos solo oyen las oraciones del ángelus y la monotonía de los rosarios, y a veces percibís que afloran odios y rencores guardados celosamente, y también allá afuera, donde la vida tiene otros ritmos y el rencor y el odio y la envidia y la soberbia y el dolor toman rumbos insospechados, igual allá afuera como aquí adentro todo se realiza alrededor de una mesa de comida.

-Los duelos y los ritos de consolación se celebran alrededor de la mesa; las bodas y los bautismos; la culminación de una carrera, la despedida y la bienvenida de un amigo se realizan alrededor de la mesa.

-La preparación de un plato es tan sagrada como la consagración de la eucaristía. Por eso, el hambre en el mundo es el pecado más grave cometido contra el creador.

- El acaparamiento de los alimentos con fines de lucro es un atropello criminal.

Y María Pía preguntaba mientras pasaba sus manitas por la cabeza rapada de su madre, despojada en la intimidad de su cofia de monja:

-¿Qué quiere decir acaparamiento, madre?

-¿Qué significa lucro?

-¿Por qué vos sos cocinera y no enseñás literatura?

-¿Cómo sabés que el mundo tiene hambre?

Y su madre contestaba con simplicidad y sabiduría de cocinera.

Sor María Eduvigis no dio un mal paso; murió casta y pura, sin haber conocido hombre, pero tuvo una maternidad feliz.

No fue una abeja reina, ni una hembra de marsupial; simplemente Dios le colocó en el camino un canasto con una niña abandonada que ella recogió camino al mercado y se negó a entregarla en adopción.

En el momento que levantó la sabanita que cubría la canastilla y vio la carita roja por el esfuerzo de chupar sin resultado la manga de la camisita rosada, supo que también tenía vocación de madre y que sería una buena madre y cargó con la canasta dispuesta a quedarse con el contenido.

Ya en el convento, cuando el llanto de la niña llegó a oídos de la superiora que tomaba té con leche con pan y mermelada en el comedor, ésta se sobresaltó y trató de distinguir de dónde provenía aquel lloro tan vigoroso; quedó con la taza en alto, abandonó la tostada y con la taza levantada como una bandera pidiendo armisticio, llegó a la cocina. Contaba mi madre que su madre le había contado que la superiora quedó mirando la escena como un general miraría un campo de batalla devastado y que tras un largo silencio preguntó:

-¡Hermana! ¡zor María Eduvigis, de dónde zacó ese niño!

Y mi abuela contestó, creando más confusión aún:

-No es niño; es niña, hermana superiora. Dios me la regaló esta mañana.

La madre superiora no bajó la taza, pero bajó el tono de su voz:

-No importa si ez niño o niña, pero cómo llegó hasta la cocina ezo que tú llamaz regalo de Dioz.

- Llegó como Moisés.

En medio de su confusión la superiora trató de poner la taza sobre la mesada de mármol, pero no logró acertar y la loza cayó al suelo con tal es trépito que asustó a la niña quien volvió a llorar con ímpetu. Sor María Eduvigis metió un dedo en el azucarero y lo puso en la boca de la niña quien se calmó inmediatamente.

La superiora miró el azucarero y luego a la niña y una mezcla de ternura e indignación la invadió. Tardó un momento en recuperar la voz:

-Que yo zepa el Nilo queda en Egipto -dijo, tratando de pensar con claridad.

Se sentó al lado de sor María Eduvigis y vio con extrañeza que todas las hermanas se habían congregado en la cocina, atraídas por el llanto.

La hermana cocinera contó dónde la encontró y cuando la superiora, primero, y las otras hermanas, después, le hablaron de que la niña debía ser entregada en adopción, ella guardó silencio.

Ese día y los siguientes un desfile de gente aconsejaba, sugería, exigía y hasta amenazaba para que entregara la niña a alguna familia.

Ella guardó silencio y siguió cocinando sabrosuras y agenciándose en su nuevo papel de madre. Ganó la batalla con la madre superiora, el arzobispo y el nuncio, y cuando le entregaron la carta enviada por el Papa, la guardó silenciosamente. No abrió la boca para refutar los argumentos contundentes de las autoridades eclesiásticas ni de las autoridades civiles que intervinieron a solicitud de la madre superiora. Bajó la cabeza y guardó silencio y sus lágrimas silenciosas tuvieron más poder que cualquier discurso.

Así fue como mi madre María Pía fue criada en el convento.

Mi abuela, sor María Eduvigis, le enseñó a leer y escribir, a sumar y restar, a multiplicar y dividir y le transmitió todos los secretos de la cocina. Madre no fue a la escuela ni le llevaban a misa y únicamente le permitían entrar a la biblioteca para sacar el polvo de los libros. No tenía amigas y solamente conocía el mundo multicolor del mercado. No se contaminó de culpas. Su mundo eran la cocina, el amplio regazo de la hermana cocinera y el inmenso patio del convento, con sus hileras de uvas, que ayudaba a recoger cuando llegaba la época.

El tiempo pasó y la niñita se hizo mujer, reventando las costuras de sus vestidos grises. Su cuerpo floreció como las amapolas en los campos de arroz.

Cuando acompañaba a su madre al mercado sentía los ojos de los hombres resbalando por su cintura, deteniéndose en las colinas de sus nalgas, en las pequeñas torres de sus pechos y una especie de fiebre líquida le recorría la espalda hasta detenerse en el centro de gravedad de su cuerpo.

Ella nunca supo si alentó a alguno a ir más allá de la mirada. Y dio el mal paso o el mal paso llegó a su cuarto y una noche cualquiera se metió entre sus piernas dejando en su cuerpo una languidez de cansancio gozoso. No le interesaba saber quién llegaba en la penumbra de su cuarto dejándole un manantial entre las piernas, un aroma de menta en la boca y una pereza placentera en las extremidades. Aquello era tan grato que debía ser algo que venía de Dios. No se debatió en culpas; simplemente dejó que siguiera ocurriendo.

Pero un mes no llegó la regla y al mes siguiente tampoco y ella guardó silencio hasta que el cintito que usaba sobre su vestido gris ya no alcanzó y una mañana que le servía el té con leche a la superiora, ésta se fijó en el detalle que faltaba y llamó con la campanilla a la hermana cocinera:

-¡La cabra tira al monte! ¡Ezta niña dejó de zer niña! -rugió la superiora.

Sor María Eduvigis guardó silencio y disimulada-mente se fijó en la cintura ensanchada de su hija. La hermana superiora, que ya no tenía los bríos de la juventud, los recuperó en ese momento al gritar como si sus pulmones tuvieran veinte años, dirigiéndose a María Pía:

-¡Muchachita dezcarriada, quién te hizo ezo! María Pía apenas pudo balbucear:

-¡Qué me hizo qué, madre superiora?

-¡No te hagaz la tonta! ¡Sabez a qué me refiero! ¡Quién ez el padre de tu hijo!

Ella dijo no saber.

Y no lo sabía. Ni siquiera sabía que llevaba un hijo en el vientre.

Ya en la cocina habló con su madre y ésta le explicó, de acuerdo a lo poco que sabía sobre esas cuestiones y le abrazó como cualquier mujer que se emociona ante la posibilidad de ser abuela.

Yo nací en la casita que la superiora, en complicidad con la hermana cocinera -mi abuela monja-, alquiló para mi madre en las afueras de la ciudad, entre olores de tortas de boda, bocadillos y pancitos chip. Mi abuela hizo de partera improvisada y la madre superiora me cortó el ombligo con una hoja de afeitar -  comprada en apuro.

Yo sí fui a la escuela y a la universidad. Mi madre nos dio a mis hermanas y a mí una vida buena cocinando “para afuera” y luego abriendo las puertas para que la gente viniera a probar sus sabrosos platos.

Se hizo famosa.

La casita de alquiler donde nací se convirtió en una mansión fastuosa donde se comía el mejor estofado de paloma acompañado de un puré picante de zapallo y el arroz con leche más rico del mundo. Figuraba en el itinerario turístico como sitio obligado y las reservaciones para cenar o almorzar en la Mansión de María Pía debían hacerse con semanas, y a veces meses, de anticipación.

Pero ella siguió dejando la puerta entreabierta para que en la penumbra de su cuarto siguiera llegando aquel visitante que le dejaba manantiales entre las piernas y olor de menta en la boca. Tuvo cuatro hijas y un hijo, sin importarle quién sembraba sus entrañas y dejaba sus piernas como de trapo.

Mi abuela, sor María Eduvigis, me entregó con su voz apenas audible el secreto del arroz con leche, a pesar de que sabía que a mí no me interesaba la cocina más que como una respetable historia de la humanidad.

Me dijo como en sordina porque su voz ya se iba apagando:

-Para conseguir un arroz con leche delicioso tenés que empezar por elegir el arroz más natural que encuentres, el más barato; nada de arroz tratado con goma ni con nada; lo limpias y lo lavas estrujando bien para que suelte el almidón que es lo que va a espesar el postre. Por cada litro de leche agregas cuatro cucharadas de arroz y cuatro o cinco de azúcar, no más; una ramita de canela y un trozo de cáscara seca de limón antes de llevarlo a fuego lento; de ser posible usa olla de hierro, que proporciona la cantidad necesaria de ese mineral y agrega sabor. Cuando el arroz esté reventando como capullitos de jazmines, más que tierno casi derretido, es el momento de retirarlo del fuego, opcionalmente puedes agregar, según la cantidad de la preparación, uno o dos huevos bien batidos y luego lo pones a enfriar en un recipiente con agua. El arroz con leche se sirve a temperatura ambiente. Y se le apagó la voz. Murió tan dulce y calladamente como había vivido y sin haberse acostumbrado al frío artificial de la heladera.

Los secretos que le había entregado a mi madre, aquella niña que una mañana encontró camino al mercado, salieron de la cocina del vetusto convento y su fama recorrió el mundo, pagó mis estudios y el de mis hermanas; nuestras locuras, mis viajes y mi fiesta de boda. Porque a diferencia de mi madre, que solo vivió un amor, un largo y único romance que floreció, dio frutos y desapareció en lo oscuro, sus hijas tuvimos muchos amores: impetuosos y breves; largos y felices, cortos y desgraciados; escandalosos o intrascendentes. Debo aclarar que no todas. Las que siempre necesitábamos una piel masculina éramos María Victoria y yo. María Eugenia, desde que le dejó a aquel sujeto que hizo trizas sus sueños de cantante, no aceptó ningún requiebro y no ocultaba su irritación cuando después de un fracaso amoroso intentábamos otra relación; en cambio, María Candela miraba con tolerancia nuestros romances, escuchaba con atención cuando necesitábamos una confidente, nos consolaba con ternura y era capaz de encontrar las palabras exactas para calmar nuestra pena de amor, pero desconocíamos su vida amorosa; a veces, se nos ocurría que tal vez fuera como nuestra madre y vivía algún romance en lo oscuro. Ella se reía ante tales suspicacias y contestaba que la idea no le parecía tan descabellada, que sería bueno un amor vivido de esa manera, fuera de miradas extrañas y lejos de cualquier comentario, mientras no dejara resultado que cuidar y amamantar.

Fue duro y siguió siendo duro el trabajo de mi madre hasta el día que dejó todo a cargo de María Eugenia, o, mejor dicho, hasta que un día la vejez se le cayó encima tan de repente, con su carga de desmemoria; perdió su porte y comenzó a andar encorvada como si sobre sus espaldas llevara una viga que la obligaba a mirar el suelo; se encogió y la cascada de su pelo matizado de gris, de corte siempre perfecto, de un día para otro se convirtió en un rodetito minúsculo. Su constante buen humor fue sustituido por un estado de ánimo inestable y ríspido. Se refugió en un mecedor y allí murió.

De la nada había construido un imperio de sabores que permitió mis viajes para llorar mis tristezas frente a los soberbios acantilados donde mis lágrimas se mezclaron con el olor salado y acre que subía del fondo del mar, y a desgranar mi risa bajo el sol mirando cómo los nómadas del desierto asan la carne de camello en los hornos subterráneos y cocinan en el rescoldo un pan áspero bajo el cielo estrellado.

Sí, los aromas me retornan a tantas vidas. Viví tantas vidas en esta única vida.

El recuerdo de los corredores sombríos, de las habitaciones lúgubres, el patio del convento donde mi abuela tenía unas hileras de uvas de muy buena cepa y la casita de dos habitaciones de mi infancia, la muñeca despelucada por la que peleábamos con mis hermanas, se desdibujan en mi memoria, pero apenas un olor de laurel o de jengibre escapa por algún resquicio...todo vuelve.


II

 

“Ha venido el cansancio infinito a clavarse en mis ojos al fin”

(Gabriela Mistral)


En su lecho de muerte, la superiora, entre tantos recuerdos borrosos, recordó como una buena acción, que tendría su recompensa en el cielo, la historia de María Pía. La que nunca supo ni se inquietó por saber quién fue su madre biológica.

Recién nacida fue abandonada en la vía pública y recogida por la hermana cocinera del convento, a las cinco de la mañana, cuando iba al mercado, absorta en sus alegres soliloquios con Dios. Recuerda que frunció la nariz asociando a la bebecita arrugada, hambrienta y llorona, con pecados de lujuria.

Objetó argumentos aparentemente irrebatibles y dijo ¡No! ¡No! y ¡No! a la idea de que la niña se quedara al amparo de la madre cocinera. Aunque en el fondo de su ser sintió un extraño cosquilleo se mantuvo firme con el ¡No!

Por medio de una carta urgente consultó con su asesor espiritual, un prelado de la capital -Golondrina aún no tenía episcopado-, y llamó a una junta a los cooperadores y hasta se reunió con las autoridades civiles y políticas y siguió diciendo ¡No! Sin embargo, la niña se quedó, porque no hubo razón más fuerte que el silencio de la hermana cocinera que se volvió sorda y muda ante las explicaciones más exhaustivas sobre los reglamentos, los deberes y las obligaciones de la Orden.

Ganó la batalla y luego la guerra.

La superiora sabe, siempre supo, que no utilizó todas las armas de que disponía y su severidad fue más fingida que real, al solo efecto de salvar las apariencias. Recordó fragmentos de la carta que le enviara su asesor espiritual; entre otras cosas, le decía: “No está registrado en los anales que una hermana religiosa que haya tomado los votos hubiera intentado reconocer como suya o asumir la maternidad de una criatura, pues su misión no es esa, pero tal vez la niña pueda quedarse bajo el manto protector de la comunidad religiosa y hasta puede ocurrir que con el tiempo también tome los votos -aunque el origen incierto sería un impedimento más que vencer-. Los designios del Señor son inescrutables...”

Y María Pía, como la bautizaron en una solemne y sencilla ceremonia, creció entre los aromas de perejil y cebolla, el tufillo del café y la leche derramada, la salsa untuosa recorriendo pasillos y corredores, la menta y el toronjil, el clavo de Indias y la vainilla, acunada por el mullido y tibio colchón del regazo inmenso de la cocinera, que calmaba su desasosiego de niña abandonada con sus pechos castos y vacíos, ofreciendo a Dios su placer de madre sustituta y entregándose entera a ese éxtasis de comunión tripartita.

María Pía intuía y pudo comprobar después de pasar la cuarentena de su primer parto que su intuición no era errada. Supo quién le fue sembran do las hijas en el vientre, pero fue feliz desde las puntas de los pies hasta la punta de cada hebra de su cabellera torrencial por haber participado de semejante milagro.

En las noches de su madurez ya no espera ninguna visita que reviente las burbujas de su sangre caliente y espesa, pero siente que el cansancio resbala por su cuerpo como una cascada tibia al rememorar aquel tiempo de prodigio y gozo.

La superiora sabe que aquella niña abandonada convertida en mujer, con todos los atributos de su sexo, guarda en su memoria con nitidez los olores. También intuye que lo llevará con ella siempre, hasta el final de sus días; intuye con cierto placer -que ahora ya no le crea culpas- el aliento a miel y la piel de alhucema; a veces de azúcar quemada, pegándose a las enaguas de lienzo, blanqueadas con lejía y perfumadas de pacholí.

En el momento en que se está muriendo, la superiora olvida la noción de pecado y eso le da una profunda paz; evoca la juventud solitaria de María Pía y recuerda cómo la castidad le reventaba las costuras del corpiño, le ponía ritmo a sus caderas, le agregaba leña al fuego de sus ojos; cómo sus hormonas se disparaban ante las miradas entornadas y sus nalgas duras se movían invitando a revisiones más rigurosas:

-¿Quién ez el padre del hijo que estáz ezperando?- exige una y mil veces, y la vocecita aún infantil cargada de miedo:

-No sé. Viene en lo oscuro y no lo veo.

-Tienez velaz en tu cuarto, por qué no laz prendez.

-La prendo, pero él la apaga y no me deja verlo. Erez una perdida, hija, y tendráz que hazerte cargo de tu vida. Cuando dezcubraz que no ez tan fázil criar un hijo, con velaz o zin ellaz, vaz a dezcubrir quién llega en lo ozcuro.

Imagina con tal claridad el suave chisporroteo de la vela apagada con las yemas de los dedos mojados de saliva y la carita que no se vuelve, porque no le interesa ver quién la apaga.

María Pía aprendió a leer y escribir, y recibió principios básicos de aritmética elemental con su madre, la hermana cocinera, que le enseñó las cuestiones esenciales para que siguiera su mismo rumbo. Siente un leve remordimiento que no llega a alterar su paz por la omisión de enviarla a la escuela, a pesar de que una ley nacional hacía obligatoria la educación primaria para los niños de seis a catorce años y obligaba a los jefes políticos a censar cada año a los niños en edad escolar de su jurisdicción y comunicar al Consejo Nacional de Educación, con sanciones inapelables para padres, directores y jefes políticos. María Pía no fue incluida en ningún censo, ni siquiera fue registrada como nacida viva. Solo cuando tuvo a la primera niña, la superiora cedió al pedido de la hermana sor María Eduvigis para registrarla con su apellido.

No le incomodan demasiado esos recuerdos, porque no era una cuestión fácil. Inscribirla con el apellido de una monja que había hecho voto de castidad significaba pasar por encima de siglos de principios inamovibles y prejuicios. Si la expósita no hubiera incurrido en el quebrantamiento de las reglas, no habría sido necesario proveerla de apellido.

Viene a su memoria cómo la niña aprendió casi instintivamente todos los secretos de la buena cocina y las exquisiteces del bordado. Parecía saber que su destino era ser cocinera. No discutiría ni discurriría sobre apologética, ni sería maestra. Piensa que no pudo tomar una determinación diferente a la que tomó, cuando la gravidez fue notoria. Ella, la madre superiora, la dura, la fuerte, en complicidad con sor María Eduvigis alquilaron -sin que nadie se enterara jamás de la confabulación-una casita en las afueras para que María Pía diera a luz y orientaron sus manos hacendosas para que pudiera vivir de lo que sabía hacer: deliciosos bizcochuelos y tentadores panes y tortas merengadas, que vendían en el convento y en el colegio y muy pronto en algunos negocios de golosinas, además de la propaganda que hacían sobre las habilidades que la muchacha tenía para los bordados primorosos, antes de que su cocina fuera famosa.

Era tal la delicadeza de su trabajo que le llegaban pedidos de ajuares de novia, desde lejanos lugares, que María Pía ya no daba abasto y contrató una ayudante para satisfacer todos los encargos y luego otra y otra más.

Según los cálculos de su madre -que no conocía los trajines de tales menesteres-, estaba en la última semana de embarazo y María Pía se movía pesadamente leyendo listas de pedidos:

-Veinte kilos de pan de molde y mil pancitos semidulces para el sábado; una torta gigante de doscientos kilos para la boda de la hija del gobernador que se casa el viernes; dos manteles bordados con veinticuatro servilletas de lino blanco; media docena de sábanas con fundas, también bordadas y almidonadas, para el jueves veinte de abril.

-Ay, ay. Hoy es miércoles y el pedido es para mañana.

Con la lista en la mano se dobló sobre sí misma y un líquido blanquecino se le escurrió por las piernas:

-Ay, ay, ay, se me reventó la bolsa -murmuró. Respiró hondo y dijo despacito:

-Me estoy partiendo en dos -y siguió dando órdenes:

-¡Apúrense a preparar el almidón; tiene que ser un almidón suave para el juego de cama blanco y celeste y los tres manteles de lino crudo.

-Pongan a hervir agua, quemen con alcohol la palangana nueva, pongan los manteles bien estirados al sol y recójanlos antes de que parezcan cuero seco; doblen sin arrugar para que sea fácil plancharlos -iba dando órdenes.

Al amparo del tiempo

-Ay, ay, ay, mis huesos se están quebrando... La ayudante sugirió:

-Debemos llamara la partera -pero María Pía, respirando por la boca entre uno y otro jadeo y entre una y otra contracción, contestó:

-No quiero ninguna partera; solo quiero que venga mi madre, la hermana cocinera. Ay, ay, ay, un terremoto me está destrozando las entrañas, llamen a mi madre.

Y la hermana cocinera llegó con la blanda barriga bamboleándose y los ojos chiquitos bañados de lágrimas y la superiora con su autoridad asfixiada por una argolla de ternura, y llegó también, en una explosión de puertos, una marinerita arrugada y roja que echa sus anclas en medio de tantas mujeres conmovidas y desconcertadas.

La superiora olvida la apologética y la gramática, la cultura helénica, los poemas homéricos y los misterios de la trinidad y trata de recordar cómo se corta el cordón umbilical.

La noticia circuló rápidamente y una hora después el obispo en persona llegó con su regalo -corría el año 1941 y hacía once que Golondrina contaba con un prelado.

La presidenta de la comisión cooperadora también se hizo presente con una bolsa de ropa; el secretario del gobernador llegó con un jeep -escapado del estropicio de la Guerra del Chaco- repleto de obsequios para la recién nacida, así como el intendente y su señora esposa y la comisión de políticos desahuciados y las solteras honorables y un hombre flaquísimo de mirada alucinada en representación de los retirados de la vida mundana; los payasos de un circo de paso también hicieron llegar sus regalos.

Llegaron tantos obsequios que la Comisión de Emergencia Nacional, a pedido de la superiora, hizo construir de urgencia un galpón cerrado, con buena ventilación y luz, para guardarlos.

El confitero de la esquina de la Catedral, pese a que no la veía con buenos ojos a María Pía, por considerar que su trabajo era una competencia des leal, mandó un vale para retirar durante cuarenta días masas, facturas y chocolate caliente, y la peluquera de la esposa del gobernador se trasladó con todo su equipo y mobiliario hasta la casita para cuidar el cabello de la madre reciente, que nunca conoció otra tijera más que la de la hermana cocinera.

María Pía tuvo otra y otra y otra hija más, abriendo las puedas de las semanas, los meses y los años y dejándolas destrancadas por las noches para sumergirse en lo oscuro en la gelatina olorosa de miel, alhucema y azúcar quemado, que ablandaba sus huesos y derretía su corazón, sin variar la respuesta cuando le preguntaban por el padre de las niñas.

Se acomodó suavemente en la madurez como antes en los juegos en lo oscuro, pero cuando llega por las rendijas de su puerta el olor de azúcar quemado los recuerdos le brotan como luciérnagas y recuerda a aquel hombre que impregnaba con ese olor sus enaguas y su piel.

Al amparo del tiempo

La superiora sonríe y su último pensamiento antes de cerrar los ojos es que fue bueno no ser tan dura y...


 

III

 

“Con qué tristeza miramos el amor que se nos va.

Es un pedazo del alma que se arranca sin piedad”

(María Teresa Vera)



En la oscuridad ella sintió los temblores del hombre que tenía el rostro apoyado en su sexo; la lengua tibia se había quedado quieta en su flor húmeda y abierta y algo tibio corría en el musgo enmarañado de su sexo. Se puso tensa. Los estremecimientos parecían más sollozos contenidos. No eran los temblores orgásmicos; entonces extendió el brazo y prendió la luz. El hombre levantó el rostro bañado de lágrimas y se le quedó mirando. La mujer le acarició con un gesto casi maternal el pelo ralo y blanco y dijo, en un murmullo, como si solo hablara para sí misma:

-Siempre supe que usted era el padre de mis hijas. Mi madre me enseñó no solamente a disfrutar los olores, sino a identificar personas, lugares y cosas valiéndome del olfato.

-Al principio, cuando usted venía a tomar el té con la superiora y su olor vagaba en la sala y me perseguía hasta la cocina, aturdiéndome dulcemente, no conseguía identificar por qué me parecía tan familiar, tan cercano a mi piel, pero después de que nació nuestra primera hija y luego del tiempo reglamentario de la cuarentena, sus visitas se reanudaron y en mi cuarto y en mi piel volvieron a pegarse su olor a espliego y altares, ya no tuve dudas.

-A veces, mi madre me sometía a interrogatorios ingenuos -ella ignoraba las urgencias de la carne o la placidez del deseo satisfecho; yo conocía y desconocía, al mismo tiempo, todo eso-, y usaba las mismas armas que ella utilizó para quedarse conmigo. Hasta ahora no sé si alguien conoce o intuye por lo menos nuestro secreto. Golondrina es una ciudad pequeña y, sin embargo, entre tantas especulaciones descabelladas nunca nadie mencionó su nombre. Tal vez por el poder que usted representaba o representa.

El hombre se incorporó un tanto, hasta que su voz tocara el oído de la mujer, apagó la luz y le dijo despacito:

-No digas nada, por favor... abrazame como si fuéramos un matrimonio antiguo... calmá esta desesperación con tus manos que huelen a jengibre y a tomillo y dejá que mis manos deshilen los hilos de plata que el tiempo puso en la oscuridad de tu pelo aromado de romero.

En los largos años de encuentros en la oscuridad nunca le oyó siquiera murmurar algo. Conocía su voz. Claro que lo conocía. Conocía su elocuencia, pero esa catarata de palabras tan bien enhebradas la conmovió tanto como el primer llanto de sus niñas al nacer. Pensó que esas palabras dormidas tantos años en el interior de ese hombre estropeado en su virilidad eran una forma de amor que le fue vedada por la clandestinidad de sus encuentros.

María Pía lo separó suavemente, volvió a prender la luz y miró con ternura el racimo marchito entre sus piernas, que parecía un pequeño pájaro muerto y desplumado y dijo:

-No puedo. Ahora que le vi la cara, ya no puedo. El hombre se levantó lentamente y María Pía lo vio alzarse con alguna dificultad; observó todas las ruinas de su desnudez: los colgajos de piel en las nalgas, las tetillas caídas entre la maraña del escaso pelo del pecho, los hombros flojos, el arrugado miembro viril que más parecía una flautita de barro de las que se venden en las alfarerías y que los niños usan para armar ruido; los testículos colgando casi hasta las rodillas dentro de la bolsa fruncida de piel amarronada. Miró los pies con los dedos en martillo y sintió una profunda melancolía por no haberla visto desnudo cuando su carne era firme, sus espaldas anchas y rectas; por no haber conocido con la mirada la plenitud de ese cuerpo ahora agotado; por ignorar las palabras de amor que se susurran los amantes en los momentos de pasión.

Recordó la primera vez que fue a su cuarto; tenía dieciséis años. Recordó el tiempo en que acompañaba a su madre, sor María Eduvigis, al mercado, cosa que ocurría dos o tres veces por semana. Recordó el candial tibio que le brotaba en el centro de gravedad de su cuerpo ante las miradas atrevidas de los muchachos; esas miradas que resbalaban como aceite por las torres gemelas de sus senos, se enrollaban como serpientes en su cintura, se detenían en las colinas de sus nalgas y ponían zancadillas en sus tobillos, para volver a subir lentamente y detenerse en la cascada de su pelo.

En aquel entonces, el convento solo tenía luz eléctrica durante las primeras horas de la noche. Concluida la cena y cuando las hermanas se retiraban a su cuarto, y su madre, la hermana cocinera, terminaba de lavar las lozas, la superiora apagaba el generador y solo quedaban las velas para alumbrarse.

En las noches de luna llena, la sombra del convento se proyectaba como un animal fabuloso cuya respiración hacía gemir los árboles del huerto y se arrastraba con un silbido en el viñedo. Abría, de vez en cuando, sus grandes ojos y su mirada alumbraba por instantes las habitaciones de las otras hermanas, a través de los ventanales vidriados.

En la de ella y su madre, la que compartían, no penetraba esa mirada, y tampoco en la que ocupó después. Esas ventanas eran ciegas a cualquier resplandor: no tenían vidrios, sino unas rústicas hojas de madera sin barnizar. Ni en aquella donde se entregó sin culpas a las delicias misteriosas que se volvieron vida en su vientre sin que María Pía supiera explicarse cómo.

Cuando cumplió quince años, la superiora mandó a sor María Eduvigis, su madre, a que limpiara y ordenara el cuartito de los cachivaches. Juntas lavaron con lejía el piso de baldosas descoloridas, las paredes manchadas de humedad, acomodaron las cosas inservibles sin destino ni destinatario hasta conseguir un espacio minúsculo.

La superiora consideró que la niña, súbitamente convertida en una mujer, cuyas carnes apretadas se iban acomodando en sitios estratégicos, ya no debía compartir la habitación de la hermana cocinera.

Así fue como María Pía tuvo cuarto propio. Allí se trasladó la pequeña cama de hierro que usaba desde que la hermana cocinera la encontró camino al mercado y la adoptó como hija, venciendo la resistencia de toda la comunidad.

El colchón de estopa aún guardaba el olor de orín de su infancia.

Recordó el dolor de la penetración como el de un estoqueador herido por el pitón agudo de un toro -esa comparación se le ocurrió mucho después, cuando conoció por don Juan Pinzón la historia de los toreros y manejó los vocablos taurinos como: novilleros, picador, ganadería y otros-. A la mañana temprano lavó la sábana manchada que no llamó la atención de su madre, que era casi más inocente que ella.

María Pía había intuido algo en las miradas de los muchachos y los hombres, un mensaje oscuro e inquietante que su cuerpo respondía con la dureza de sus pezones y el manantial tibio que manaba en goteo lento de sus entrañas estremecidas.

El visitante nocturno tardó un mes en regresar a su cuarto.

Ella evocaba con placer la herida del pitón desgarrando su carne y supo sin saberlo, por el grito de su cuerpo, que el dolor de la primera vez sería sustituido por un júbilo misterioso. Que el desconcierto y el desasosiego de su cuerpo serían calmados.

El olor del hombre se pegó a su piel antes que la puerta chirriara levemente y la luz de la luna alargó la sombra del visitante hasta su cama, abrazándola. La puerta se cerró y ella dio gracias a Dios por haber escuchado sus súplicas desatinadas; ensordecida por el tum tum de su corazón enloquecido sintió que las manos de aquel fantasma de olor dulce comenzaron a despojarla suavemente de su camisón de lienzo, de lo que tenía debajo hasta dejarla arropada solo con su cuerpo.

Recordó cuando no llegó la regla un mes ni el otro ni el siguiente, hasta el día que el cintito ya no alcanzó a prenderse en su cintura y la mirada de espanto de la madre superiora y su propio espanto. Repasó mentalmente todos los años de su vida, acomodada al código del disfrute silencioso. El duro tiempo de las interrogaciones diarias y luego la casita alquilada donde se acomodó con sus torteras y sus hilos de bordar.

Al correr del tiempo, cuando ya había nacido su segunda hija, decidió dejar el bordado a una de sus ayudantes, la que tenía más talento para ese arte y no era muy diestra para la mezcla de condimentos y especias y ella se dedicó en cuerpo y alma a la alquimia culinaria.

Abrió un comedor modesto y tuvo tanto éxito que antes de nacer su tercera hija había comenzado la construcción del ambicioso edificio que luego sería el restaurante más elegante del país.

“La Mansión de María Pía” -como era conocido- terminó de construirse después del nacimiento de María Victoria, la menor de sus hijas.

El diseño nació de la imaginación alocada de don Juan Pinzón, que aunque no había terminado la carrera de arquitectura era mejor que muchos de los arquitectos extranjeros llegados al país, contratados por familias de abolengo. De la construcción se encargó una cuadrilla de albañiles bajo la dirección del bisnieto del mejor maestro constructor de la región -el que construyera el convento, la Catedral de Golondrina, y el extraño castillo que luego fue la sede del seminario menor- que llevaba en su sangre los secretos de la plomada, la argamasa y la armonía de los arcos.

En la planta baja de la casa había una inmensa cocina y una mesada de mármol, donde podían trabajar al mismo tiempo y sin estorbarse cuatro cocineros con sus ayudantes; dos tinajas gemelas también revestidas de mármol: una para lavar cacharros y platos y otra para vasos y copas de cristal -los de vidrio habían sido sustituidos, así como la cubertería de hojalata-. Cada personal de la cocina tenía un sitio propio.

Una puerta vaivén comunicaba con el gran comedor y en una esquina estratégica, los sanitarios, disimulados por un mural pintado por don Juan Pinzón.

Tenía además dos comedores pequeños con bar y un salón con pianola.

Detrás de la cocina estaba el lavadero y la sala de planchar.

En el segundo piso, los cinco dormitorios y un gran cuarto de baño con bañera de jaspe y patas de león revestidas de alpaca.

Al lado de uno de los salones estaba el solitario dormitorio de María Pía. Era un santuario sombrío y, al mismo tiempo, lujurioso. Los dos amplios ven tanales de cortinajes de terciopelo oscuro, una vez cerrados, no dejaban filtrar ni un hilo de luz. Se abrían hasta el mediodía para que entrara el sol de la mañana y el azul de los cerros, con sus festones de oro o su neblina gris de los días de invierno, mientras la mucama hacía la cama y la limpieza, y luego se cerraban hasta el siguiente día.

Cuando la electricidad llegó a Golondrina, María Pía hizo colocar en el techo del comedor grande y en su cuarto unas lámparas con caireles, pero nunca tuvo la osadía ni la necesidad de prenderlas en su habitación.

Volvió a recorrer el largo camino andado sin demasiados tropiezos. Los recuerdos fluían como un río manso y llegó a ese momento con el dolor dulce de quien encuentra un refugio, una ciudadela donde protegerse del olvido y la memoria.

Desde esa noche echó llave a su puerta y ordenó que los amplios ventanales se mantuvieran abiertos hasta la entrada del sol, para que toda la luz y el azul de los cerros se quedaran a acompañar su soledad.

 

 

 

 

 

 

 

LA MEMORIA ES EL HOGAR

Por MARCOS REYES DÁVALOS

 

            Sobre AL AMPARO DEL TIEMPO, novela de CHIQUITA BARRETO.

 

            Decía Carlos Fuentes (1928-2012) en una de sus novelas inolvidables, que la memoria es nuestro hogar, y así se convierte en el único deseo verdadero de nuestros corazones". La novela de Chiquita Barrero atestigua estas palabras de Fuentes, pues se trata de una novela de sabores intensos que gira en torno a la suerte de un grupo de mujeres, hermanas todas, Marías todas, a lo largo del turbulento siglo XX que le tocó sufrir a Paraguay. La narración abarca desde las primeras décadas del siglo hasta el fin de la dictadura de Alfredo Stroessner, pasando por guerras civiles de mediados de siglo. No obstante, la historia se ciñe en realidad a la suerte de una familia fundada en el anonimato por una niña abandonada y de origen desconocido, al principio, adoptada como hija, asombrosamente, por una monja de convento. Esta, conocida como María Pía, será a su vez la madre de cuatro hijas, alrededor de las cuales se desarrolla la historia.

            Chiquita Barrero, a quien conocimos en Paraguay en el 1994 como cuentista y poeta, aporta ahora una historia extraordinaria, de esas que nos apuran y nos apresan, gracias, por una parte a un lenguaje de gran vivacidad y aliento poético, y por otra, al de una historia rica de surcos y de retoños, de cuerpo fragmentado, repleta de deseos y de heridas, cuyas articulaciones y ramas vemos vincular y desarrollar con rapidez ante nuestros ojos. La narración combina la incidencia familiar y la experiencia íntima con la historia social de un país que vivió enormes transformaciones y dolores imponderables. Este enfoque sociopolítico no amarga la lectura, pues, por una parte los sucesos fundamentales se ventilan principalmente en provincia, en un pueblo pequeño, quizás al norte de Asunción, llamado Golondrina, y por otra parte, gracias a la manera inclusiva o trabada como se narra la vida personal y la vida social.

 

            ALREDEDOR DE LA MESA

 

            La narradora es una de las hijas de María Pía, llamada María Laura. Ella evoca la historia desde los orígenes privilegiando un enfoque femenino de la realidad, pero sin encajonarlo en el feminismo. De allí brota la fuerza de una narración que se enfoca inicialmente en los olores y sabores de la cocina, luego en la avidez del sexo, y finalmente en esa red de relaciones íntimas, familiares y sociales que conforman la vida de todos. No sin razón, o a decir verdad, verdad de templo, es la aseveración hecha en el primer capítulo en el sentido de que toda gestión humana de importancia entrañable se efectúa alrededor de la mesa de comer o sostenido por el armazón suculento de la comida.

            Cada una de las Marías vivió su vida de manera distinta -el amor, la maternidad, el sexo, la desilusión y la ilusión, la vida profesional, la muerte, la solidaridad y los conflictos, tanto familiares como políticos-, y a pesar de los deseos y los placeres cumplidos, cada una tuvo que pagar una larga deuda de desilusiones, pesares y tragedias. Este aluvión múltiple y pleno de contrastes enriquece no sólo la narración de Barreto, sino la apreciación del lector de un país sumergido gracias a la dictadura en el ahogo de sus propias penurias.

            Aquí el consabido contrapunto irreconciliable en la estructura de clases sociales, los conflictos morales dentro del convento y de la iglesia, la insalvable lucha política dirigida por los intereses de clase, la oprobiosa ley anticomunista que penalizó y ensangrentó las aguas del Paraná y los desaparecidos, las urgencias afectivas de los homosexuales rechazadas por la familia, entre tantos otros elementos, nutren nuestra cosmovisión de un país dulce de guaranias y aguas, pero aquejado de encerramientos insulares y violencia ancestral. Este ascenso y esta caída, experimentadas de manera muy diferente por cada una de ellas, dentro del marco amplio de un país grato y amargo, es el núcleo esencial de la novela intensamente evocadora y nostálgica. De modo que, si bien como decía Carlos Fuentes, "la memoria es nuestro hogar", debemos decir con Barreto, que vivimos, en efecto, "al amparo del tiempo".

 

Fuente: Correo Semanal del diario ÚLTIMA HORA

Publicado en fecha: Sábado, 23 de Febrero del 2013

 


SOBRE AL AMPARO DEL TIEMPO, DE CHIQUITA BARRETO, Y LA PROBLEMÁTICA FEMENINA

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

Siempre las historias de sagas familiares ofrecen una peculiar dificultad. No es sencillo ensamblar las vidas individuales de un conjunto de personajes, consiguiendo la verosimilitud necesaria y la unión en un fin común: la construcción de una buena novela. Si se examina la historia de la literatura paraguaya, hay creaciones bien trazadas que, sin embargo, dejan cabos sueltos en los aconteceres de sus protagonistas, hasta llegar incluso a despistar al lector o dejarlo con la duda durante la trama y, lo que es peor, sin alcanzar un desenlace armado y coherente. No es fácil construir un edificio lleno de ventanas, y dejar todas bien colocadas y con buenas vistas.

Es el caso de una novela publicada en 2012, Al amparo del tiempo. Su autora, Chiquita Barreto, es una de las más prestigiosas de la reciente narrativa paraguaya. Ya sorprendió en el primer lustro de los años 90 con tres libros de cuentos muy destacables: Con pena y sin gloria (1990), Con el alma en la piel (1994) y Delirios y certezas (1995). En ellos retrataba distintas problemáticas femeninas reivindicando el papel de la mujer para la vida cotidiana y su alejamiento del primer plano social a lo largo de la historia. Incluso Con el alma la piel se puede considerar como uno de los primeros libros con el erotismo en un primer plano en la historia de la narrativa nacional. Desde la localidad de Coronel Oviedo, no ha dejado de escribir y publicar, sobre todo obras en las que la mujer es protagonista: sus avatares, su evolución y su situación dentro de la vida paraguaya corriente. Otras obras narrativas suyas son Ese extraño que me habita (2002), Historias pequeñas. Relatos para niñ@s (2003), la novela infantil Una siesta asombrosa (2006), su primera novela: Mujeres de cera (2010) y su segunda: La voz negada (2011). Por los títulos se adivina la posición femenina, pero también la lucha por la superación de la adversa realidad para salir de la resignación de las relaciones asfixiantes de la vida cotidiana. Es una denuncia de la hipocresía y el enclaustramiento, sobre todo cuando actúa el yugo de la opresión sobre los personajes.

La novela Al amparo del tiempo, publicada en 2012, nos sitúa en la guerra civil del año 1922. Una monja, sor María Eduvigis, auspicia en su convento a una recién nacida que recoge cuando marcha al mercado. Sor María Eduvigis es la cocinera del convento, razón por la que la niña María Pía se cría entre fogones y pucheros, entre hortalizas y especias. Pero María Pía no solamente se dedica a la cocina, sino también a tener hijos sin padre declarado. En el silencio de la noche, en un cuarto oscuro, aparecerá un misterioso hombre que luego llegará a ser obispo. Ante tantos embarazos y la inmoralidad que se desprende, abandona el convento. Monta un restaurante que adquiere cierto prestigio, La Mansión de María Pía, y allí su familia vivirá los avatares políticos que ya son historia del Paraguay, desde la susodicha guerra civil hasta el golpe que derribó a Stroessner, con los conflictos, amoríos, matrimonios, y un duro episodio próximo al desenlace protagonizado por María Eugenia, que abrirá el cierre de la novela.

La línea de esa mujer acallada por los prejuicios, dominada por los estereotipos sociales, aclamada en la intimidad y acallada en la sociedad, visible en La voz negada, una novela muy interesante y fundamental en la reciente historia literaria paraguaya. Al amparo del tiempo construye un universo en el que la mujer va abriendo caminos. Con un claro mensaje sobre la hipocresía y la arbitrariedad del poder, sobre todo el peso del catolicismo no siempre acorde a lo que predica. Pero sin abandonar ese mensaje coherente de las obras de Barreto, expresado en un párrafo de la antepenúltima página de la novela: “Cuánto silencio y silenciamientos de las mujeres a lo largo de la historia. Cuántas historias crueles disfrazadas de novelas de amor”. Y es que el amor es un denominador común de las historias de María Victoria, María Candela o María Laura, por citar algunas de las mujeres de la novela; un objetivo complicado de lograr y muchas veces germen de una frustración mayor después de la felicidad. En ocasiones es el propio rechazo de la mujer a la libertad lo que denuncia la autora. Esa tragedia final de María Eugenia es la que refrenda que la autenticidad es una meta difícil de conseguir.

Los hombres quedan en un segundo plano. Entre ellos, además del obispo, destaca la omnipresente figura de Juan Pinzón, director de la escuela local de Golondrina, donde discurre la mayor parte de la acción. En su papel de comparsa, en un bachillerato que da quince varones egresados por cinco mujeres, adquiere cierto brillo como persona que con empeño vence las dificultades, igual que las mujeres protagonistas de la obra. Encuentros clandestinos, apariciones furtivas, despechos insospechados, y unas voces que entran de manera coral en el discurso, constituyen una novela que merece la pena leer.

Y ahí queda esta historia de la saga de María Pía bien construida que engarza con ese pensamiento de Victoria, nombre simbólico de la protagonista de La voz negada. Con un dolor enterrador de las alegrías. Frente al tiempo, una de las grandes preocupaciones de la autora, que acaba poniendo mantos sobre las vidas, la mayor parte de tristeza, a pesar de los episodios felices y momentos jocosos vividos durante la narración. Chiquita Barreto es fiel a unos principios narrativos; posee un estilo propio reconocible y las agallas del buen narrador capaz de combinar ingenio, destreza lingüística y dotes para la ficción pura.

Editor: Alcibiades González Delvalle - alcibiades@abc.com.py

Fuente: SUPLEMENTO CULTURAL DEL DIARIO ABC COLOR

Publicado en fecha: 21 de Julio del 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

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