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AMELIA (CHIQUITA) BARRETO BURGOS


  CON EL ALMA EN LA PIEL (9 RELATOS ERÓTICOS) - Por CHIQUITA BARRETO - Año 1994


CON EL ALMA EN LA PIEL (9 RELATOS ERÓTICOS) - Por CHIQUITA BARRETO - Año 1994

CON EL ALMA EN LA PIEL, 1994

(9 RELATOS ERÓTICOS)

Por CHIQUITA BARRETO BURGOS


Edición impresa: RP EDICIONES

Edición digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
 

 

DEJANDO DE LADO LA SOLEMNIDAD

 

Siempre me he preguntado, por qué no una tradición literaria en Paraguay. No podemos, por ello, referirnos a la novela de los años 50, 60, 70... Esta carencia, supongo que se debe a que somos demasiado solemnes y nuestras novelas son los libros de historia en los que todos los personajes son héroes militares que han vencido en mil batallas, aunque la realidad haya sido otra.

No puedo desconocer los esfuerzos aislados de algunas mujeres, así como también los resultados de talleres literarios, que editan su producción con gran esfuerzo personal

No conozco sin embargo, ningún trabajo de rescate de obras de mujeres que hacen cuento.

En realidad, esto de ver a la mujer en todos los terrenos es cosa muy reciente, y la literatura no ha escapado al fenómeno. Una muestra es el esfuerzo de algunas importantes mujeres sumidas en la oscuridad del anonimato, rescatadas en el trabajo de investigación de Line Bareiro, Clide Soto y Mary Monte, Alquimistas. Y más difícil aún es verlas cuando la literatura pretende, como en los cuentos de Chiquita Barreto, pintar a los personajes claramente, poniendo al descubierto sus emociones y sensualidad.

Ana Iris Chávez, siempre me decía que la mujer paraguaya no escribe novelas, porque los lectores la tienen siempre por protagonistas y si ella se manifiesta un poco atrevidita, ya comienzan a mirarla de manera diferente y a hurgar en su vida privada.

Sin embargo, creo firmemente que la literatura femenina expresa de manera muy especial la vida y el color de sus personajes, una visión completamente diferente a la del varón. Las sensaciones que el personaje femenino siente en un cuento de Moncho Azuaga, no son las mismas que siente un personaje de Chiquita Barreto ante la misma situación.

Las mujeres vemos la vida, la desciframos y escribimos mediante un código muy especial. Eso fue lo que sentí desde el primero al último cuento de CON EL ALMA EN LA PIEL... «...Ahora estaba casada desde hacía muchos años, y a pesar de que creía no amar a su marido, y no le proporcionaba el más mínimo placer la intimidad con él, tampoco le interesaba ningún hombre» (Despertar).

«Retozaron desnudas, turnándose en ofrecer y recibir. Disfrutaron de lo que él podía y estimulaban para que pudiera más, con la sangre alborozada...» (Mistela).

«Ellos, ajenos al tumulto, se amaban sumergidos en ese candial tibio,  acoplados como animales acuáticos» (Luján).


LOS CUENTOS DE CHIQUITA, MERECEN GANAR LA LUZ.

Estuve leyéndolos y confieso que lo hice de un tirón, sin pausa y con un deleite que iba in crescendo ya que son sencillamente deliciosos. Cortos, concretos, pero hurgando en las profundidades del alma de cada personaje, sin descuidar por ello nada de la superficie de sus cuerpos.

Estos cuentos apuntan directamente al erotismo. Nos van llevando lentamente de la imaginación y el ratoneo (como dicen los argentinos), a los cambios físico-químicos que ocurren en nuestro organismo a medida que avanzamos página tras página.

Aquí quiero hacer una pequeña confesión en cuanto a mis impresiones acerca del arte: lo único que me interesa es que un cuadro, una película, una obra de teatro o como en este caso, unos cuentos, me impresionen, conmuevan mis sentidos... en algunos, ella, la autora, fue capaz no sólo de despertar mi imaginación, sino de lograr eso que dije antes: que vaya subiendo escalones, desde la fantasía hasta llegar a la cima de la proposición erótica que produce la reacción físico-química...

¡Compruébenlo, vale la pena!

GLORIA RUBÍN
 

 

Enlace al ÍNDICE de la versión digital en BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES - CON EL ALMA EN LA PIEL- 9 RELATOS ERÓTICOS (Enlace externo)

DEJANDO DE LADO LA SOLEMNIDAD

MISTELA

CUATRO NOCHES DE AMOR Y OLVIDO

TRANSGRESIÓN

LIS

REGALO

ENCUENTRO

LUJÁN

DESPERTAR

ÉL NO LO SABE

 

 

MISTELA

 

Ella trémula se ciñe toda entera al amado, en un dulce inconfesado anhelante tarova - Rigoberto Fontao Mesa
Catalina lloraba con un lamento de perra herida, sin saber exactamente por qué, estaba casi contenta y no sentía culpa alguna de sentirse así, ante la muerte de Azuar, su marido durante veinte años. Ella no lo eligió ni lo amó, y jamás lo humilló ni en privado ni en público con rechazos de ninguna laya.

Fluctuaba entre la alegría y la tristeza. Azuar descansaba en paz y ella era libre


Sentía el corazón alborotado.

La muerte es un viaje trascendente y también la vida.

Por temor a que su estado de ánimo, tan contradictorio entre la repentina alegría y la frágil tristeza, creara confusión, se encerró en el dormitorio matrimonial y conversó con el difunto, sin culpas. Le contó que sintió hacia él una ternura remota y una compasión de hija. Que no vivió obsesionada con su muerte, que sólo de vez en cuando se le cruzaba esa idea por la cabeza, como un relámpago que se apaga enseguida.

Se entregó a sus urgencias de viejo tratando de mantener intacta su alegría y encaramándose al recuerdo de Jorge.

Le contó que fue una excelente esposa que nunca le adornó la frente, pero pensaba que por la diferencia de edad se iría primero él, y que entonces ella daría a su vida el rumbo que quisiera.


Retornó al pasado.

Al ir desgranando sus recuerdos, se vio tan hermosa, tan borracha de amor y de mistela.
Eran cinco muchachas ardientes despertando a la vida; todas enamoradas de Jorge; un muchachón hermoso, inocente y lleno de fuego como ellas.

Él las miraba con sus ojos transparentes de gato y ellas se derretían en un líquido tibio que las volvían ingrávidas.

Pero él sólo sabía mirar.

De su hermosa boca no salía ni una palabra. Entonces ellas decidieron por él.

Fue cuando inventaron la mistela, la bebida más rica: dulce, olorosa y picantita: sus ingredientes, jugo de mandarina hervida con azúcar, canela y pimienta en grano, hasta obtener un jarabe espeso de ámbar y cristal derretido, mezclado con el alcohol más puro.


Le contó al difunto como soñó con quedarse ella solita con Jorge para toda la vida. De como cada una había prometido respetar la decisión de él, esperando ser la elegida, y que al cabo de una semana de compartirlo alegremente, él había mostrado una clara predilección hacia ella, pero que el abuelo decidió darla en matrimonio al viejo bonachón cargado de dinero y ella no tuvo más remedio que aceptar.

Le relató las noches de mistela. De como burlaron la vigilancia del abuelo, única autoridad en su casa poblada de mujeres. Sus amigas tampoco tenían padres y a diferencia de otras madres las suyas no eran desconfiadas ni veían con envidia los secreteos de las muchachas.

La semana anterior a su cumpleaños número quince, el hombre de la casa viajó a la ciudad por una semana y la abuela interinó la vigilancia. Entonces ellas trazaron el plan y lo llevaron a cabo.


Se reunieron las cinco, y antes que nada fueron a visitar a Ña Flori, la comadrona, para conocer las precauciones a tomar.

Luego entre todas inventaron una historia creíble e inocente que cada una debía contar para justificar las reuniones nocturnas durante cinco noches.

Una vez establecido el plan, fueron a invitar a Jorge a compartir como único convidado de una fiestecita íntima, sin enterarle que ésta se repetiría cada noche hasta el regreso del abuelo.

El dormitorio de Catalina, un cuarto de adobe como toda la casa, tenía una ventana estrecha hacia el exterior y una puerta interior. Era además el oratorio familiar, y ahí estaba el nicho habitado por santos y santas inverosímiles.

Con el consentimiento del mujerío familiar, ella trasladó todo a la habitación principal y con sus amigas convirtió el oscuro y humilde cuarto en un ambiente casi de lujuria.
Alguien trajo una colcha de seda, otras adornaron las paredes con racimos de uvas maduras, en una esquina fue colocado un pequeño canasto con carnosas y perfumadas guayabas, dando al ambiente un olor de paraíso terrenal.

El cántaro con mistela fue colocado sobre una mesa salida de quien sabe donde, cubierta con un mantel rojo de aho poi, y alrededor los vasos ordinarios, que lucían como cristal legítimo bajo la luz descolorida de las velas.

Un antiguo traje de novia salido de baúles misteriosos fue sacrificado para cubrir el tapizado -hecho de cobijas en desuso- de la silla preparada para el agasajado solitario. Con encajes olvidados de mejores tiempos adornaron la ventanita por donde entraría como un ladrón, temeroso y emocionado, el invitado.

Apenas el poblado se llamó a reposo, Jorge arañó tres veces la ventanita, y la tranca fue retirada y sus hojas se abrieron como las alas de un pájaro nocturno y él como un felino se introdujo en el santuario, con la sangre latiéndole alegremente en las venas.

Las muchachas le recibieron suavemente mareadas y súbitamente cohibidas.

Alguna debía dar el primer paso, y fue Catalina: se dirigió resuelta hacia el muchacho -que también perdió las agallas al verlas intimidadas- y parándose en la punta de los pies le dio un profundo beso en la boca y luego con una voz desconocida para ella misma, le dijo,

-bienvenido-

Después lo empujo suavemente hacia la silla vestida de novia.

Cuando lo tuvieron sentado empezaron a ensayar caricias tímidas.

Pasado el primer momento, descubrieron la honda sabiduría dormida en cada una.
Era sólo cuestión de dejarse llevar: sus cuerpos eran sabios y la piel tenía respuestas precisas cargadas de gozo.

Retozaron desnudas, turnándose en ofrecer y recibir. Disfrutaron de lo que él podía y estimulaban para que pudiera más, con la sangre alborotada y el corazón galopando como caballos desbocados.

Una mordisqueaba suavemente la oreja caliente, otra deshilaba el cabello rojizo; unos dedos desenredaba el musgo del pubis y otras manos suaves daban masajes resucitadores en el órgano desmayado, hasta volverlo a la actividad.

Lo montaban entre susurros, o se dejaban montar entre gemidos ahogados, hasta dejarlo alegremente agotado.

Durante cinco noches realizarían aquel ritual de amor, al cabo de los cuales él debía elegir y una vez hecha la elección, prometer que no molestaría a ninguna, nunca, ni haría comentarios. Y Jorge se decidió por Catalina, pero el abuelo resolvió casarla. Y la casó.
Con el tiempo todas se convirtieron en respetables esposas, recordando de vez en cuando entre cacerolas y ropas sucias las ardientes noches de mistela.

Jorge quedó soltero.

Guardó en la piel del alma la ardiente dulzura de Catalina y en su memoria bebió infinitas copas de amores pasajeros que no le dejaron huellas.

Se enteró de la muerte de Azuar, y una alegría parecida a una pálida tristeza le envolvió.

Descubrió que era su última oportunidad y decidió no perderla.

Al atardecer del noveno día se presentó temeroso y emocionado como aquella lejana noche de mistela.

Pasaron tantos años, pero sintió latir su corazón con la misma intensidad, de aquel entonces. Le pidió mentalmente perdón al muerto por sentirse tan feliz, y sobre todo por el torrente de fuego que corría por sus venas sin poder remediarlo.

Catalina lo vio llegar y una ternura intensa la envolvió como una cobija de seda, al verlo tan esforzado en dar a sus pasos la elasticidad de los años mozos. Se encontró con asombradas ocho estrellitas de brillo húmedo, asombradas y felices; sus amigas de toda la vida, la observaban con la mirada cómplice de quienes sabe descubrir el milagro entre eros y thanato, y hacer placentero el viaje -largo o no- por la vida. No dio explicaciones, sus amigas no las necesitaban y los otros no entenderían.

Guardó unas pocas ropas en un atado, le entregó las llaves a la muchacha que había contratado para ayudarla en los últimos tiempos de enfermedad de Azuar, y sin turbación alguna, fue hasta el Jorge un poco envejecido y le dijo,

-estoy lista-.

Caminaron muy juntos hasta donde se encontraba el alazán. Jorge montó primero, y le puso el pie como estribo para que ella a su vez montara y emprendieron por fin el galope postergado por tanto tiempo.

Cabalgaron apretados, disfrutando el olor del caballo mezclado a sus propios olores y rememoraron el olor y el color de ámbar y cristal derretido de la mistela.

 

 

CUATRO NOCHES DE AMOR Y OLVIDO

 

Andrés llegó a la media tarde. Elisa no fue a esperarle, no quería verlo arrastrando maletas cargadas de ausencias, además no le gustaba los aeropuertos.

Un taxista le esperaba con el clásico cartelito.

Lo llevó a un chalé en las afueras de la ciudad, donde lo aguardaba una bañera repleta de agua celeste y espumosa y una lacónica nota: Amor, nos vemos esta noche. Elisa.

Al principio se sintió defraudado, pero luego entendió y agradeció el delicado gesto de ella que le permitía reponerse del cansancio del largo viaje, mejorar su aspecto y practicar a solas el rito de coquetería varonil antes de la ceremonia amorosa. Después del largo baño perfumó su cuerpo con un paño untado en un aceite oriental, estrenó una bata de seda china y preparó la habitación para transformarla en un lugar único: que el paso del tiempo no desdibujara su recuerdo.

De su valija fueron saliendo velas perfumadas, estatuillas de porcelanas representando infinidad de posiciones amorosas, máscaras de sonrisas enigmáticas y sugerentes tapices de seda. Cambió la ubicación de la cama y el espejo y por último colocó una gota del aceite, sobre la bombilla de luz, dejó que el perfume invadiera la habitación y la apagó sustituyéndola por las velas.

Apenas éstas comenzaron a arder, mezclando el olor de la cera al aroma dulzón del perfume, llegó Elisa.

Se miraron. Tal vez se saludaron.

La mirada de ambos resbaló y subió desde los pies hasta el alma, se sostuvieron como espada de fuego que escarba la piel con dulce lastimadura.

Cada cual buscó en el otro las huellas del tiempo, asombrados de descubrirse idénticos y cambiados.

Hasta que por fin se funden en un abrazo silencioso, cargado de promesas, que se prolonga hasta que el tumulto de sus pechos estremecidos por cien palomas volando se apacigua.

Por fin estaban juntos. Después de tanto tiempo, de tanta vida gastada.

Él tembloroso como un adolescente en su primer encuentro amoroso, la guió a tientas, aturdido por un tropel de imágenes, hasta la amplia y mullida cama, y descubre en el espejo su propio desconcierto, volteó entonces suavemente la cara de ella hasta que sus miradas se encuentran, desvalidas y felices, en la superficie de cristal.
Muy lentamente la fue despojando de sus ropas, besando cada espacio liberado de su cuerpo.

Ella desató la bata que suavemente resbaló hasta el suelo, y por primera vez mira embelesada la desnudez, la bella y potente desnudez tal como la imaginó tantas veces. Y fueron tanteando, con los ojos, con las manos, con la boca...

Ella intuía su prisa y fue guiándole con ayes y gemidos, a andar más despacio.

Él comprendió su ritmo y fue ajustándose a la deliciosa lentitud de ella.

Fue desenredando con sus dedos la cabellera torrencial, enterneciéndose con los hilos de luna con que el tiempo la matizó, descendió por la espalda hasta la curva de las nalgas, oprimiendo o aflojando, obedeciendo el mensaje de la piel suavemente erizada.

Recorrió con su boca el mapa tembloroso lleno de colinas y descubrió aromas insospechados, se deleitó con los pechos pequeños y suaves como duraznos maduros, se detuvo en el molusco tierno y rosado de humedad salada de su sexo para aprender su sabor de mar.

Ella, como una enredadera estremecida trenzada al cuerpo de él, en una danza suave o brusca, con los ojos cerrados aprisionando bajo los párpados las estatuillas que cobran vida, que danzan al mismo ritmo que ella y él; explora con el olfato abierto a todos los aromas, el olor de levadura fresca del pubis, mordisquea cada músculo palpitante, afina su oído para escuchar el rugido de la sangre recorriendo las venas y arterias desde los pies de franciscana belleza, como un territorio ignorado por el tiempo, hasta el robusto cuello surcado de diminutas líneas que fue llenando de besos para volver a hundir su cara en el musgo oscuro y tantear con su lengua el firme mástil que se yergue perlado de rocío salado.

Giran, se levantan, caen juntos como si sus movimientos fueran sincronizados. Unen sus bocas y el gusto salobre de los fluidos íntimos se mezcla con la saliva sabrosa y fragante como un licor exótico. Se deleitan en el beso largamente, se exploran con la lengua, hasta que ella le ofrece sus ancas de potra para que él monte y él ve el hermoso y apretado ojal como una boquita enojada. Descubre con los ojos lo que antes descubriera con la boca: la pulpa oscura, abierta y húmeda como una fruta tropical, y se hunde en ella y un temblor de tierras agita las entrañas tibias, al emprender el galope sobre el volcán en erupción.

Elisa abrió los ojos y miró el bello acoplamiento en el espejo, le gustó. Encontró la mirada de él alucinándose con el espectáculo de absoluta armonía entre lo cóncavo y lo convexo, convertidos en un solo animal victorioso, cuya garganta guardaba la onomatopeya de todas las especies, y entre relinchos y maullidos, gemidos y gritos, apresuraron el galope y entraron en un universo constelado de estrellas fugaces y arcoiris sonoros y un estallido de mil petardos los volvió fugazmente eternos.
Cuando retornaron a la tierra como dos seres comunes, Andrés le contó a Elisa, como recordaba en el exilio sin saber por qué el cascabeleo de su risa de cristal quebrado, el aleteo de mariposa de sus pestañas, como soñó con tener de ella recuerdos reales. Llegó a convencerse que la soledad ya no tendría cabida en su vida si ella le regalaba su risa.

-Siempre amé tu risa. Nadie se ríe como vos.

Ella a su vez le contó como recordaba su voz y el movimiento de sus manos.

Se conocieron mucho tiempo atrás, pero no se prestaron atención. Él era un exiliado político y ella una exiliada económica. Él tenía cierta ventaja: no necesitaba parecerse a los habitantes de su nueva patria, podía seguir hablando con la lentitud acostumbrada de su tierra, paladeando cada palabra como un bocado sabroso, en cambio ella tuvo que mimetizarse, esforzarse por dejar de parecerse a sí misma para sobrevivir, porque comprendía que una extranjera pobre no puede darse ese lujo.

Había estado casada, e intentó que fuera hasta que la muerte los separe, pero no aguantó tantas pequeñas muertes, y antes de olvidarse de la vida decidió divorciarse, desde entonces nunca intentó ningún encuentro amoroso; se refugiaba en el recuerdo de la voz querida imaginando susurros de amor, palabras ardientes como brasas entibiándole la sangre para protegerse de la soledad y el desamparo, o las manos firmes recorriendo su cuerpo, abriendo caminos de deleites ignorados, estrechando su cintura, aprisionando sus pechos, penetrando su interior húmedo, hasta que llegó aquella carta sorprendente. Nunca supuso siquiera que él la recordara, si se había casado con una mujer de oro y porcelana y ella se pensaba de material ordinario; si una semana después, partió con su esposa a un país de hielos y abetos, y la neblina del tiempo borró en la memoria de Elisa la claridad de los contornos de su cara y sólo se le quedó la desvalida imagen de unas manos sin cuerpo y la lenta y descompasada música de la voz.

Llegó una carta. Y otra.

Así se enteró que se había separado de su mujer, de cuanto intentó aturdirse y trató de encontrar inútilmente la risa de Elisa en otras mujeres, que por favor le contestara. Y ella contestó todas las que fueron llegando, abriéndose en cada una de ellas, desnudándose ante él.

Y, por fin acordaron encontrarse.

Ambos se habían dado pocos lujos en la vida, y ésta se iba yendo tan de prisa que decidieron que bien valía la pena embriagarse de amor y placer durante cuatro noches.

Cuatro noches para aprender con la memoria de la boca, las manos y la piel el territorio de sal y miel de sus cuerpos.

Cuatro noches solamente y olvidarse recordando; no más cartas, sólo recuerdos.
Gemidos gozosos que vendrán en el murmullo de las lluvias o en las olas que se rompen en los acantilados cuando la mirada ya no tenga brillo.

Llamas ardientes para calentar todos sus inviernos cuando éste se instale en los huesos.

Cuatro noches de entrega, hundiéndose en ella sin encontrar el manantial donde brota el cristal de su risa, para desaguarse tembloroso y desmemoriado saciado para siempre y para siempre sediento.

Cuatro noches, sintiendo en sus entrañas los embates gloriosos, la dulce furia exploradora clavando en sus profundidades banderas territoriales, mientras ella llegaba victoriosa y vencida, galopando sobre un animal alado, a una galaxia donde los colores, los olores y los sonidos se juntan para estallar sin estridencias en un río de metal derretido y un naufragio gozoso y tibio la dejaba inundada.

Cuatro noches, suficientes para atesorar recuerdos para el resto de sus vidas, para saciar sus hambres, para impregnarse la piel con el olor del otro, para sorberse el aliento hasta perder el propio, para saborearse sin el peligro de asistir a la declinación forzosa de los años, para guardarse en la memoria, maduros, plenos y estremecidos.

 

TRANSGRESIÓN

 

José tenía ya más de veinte años y aún era virgen. Apenas si conocía algún beso ligero; no se atrevía a más por miedo a que el tumulto interior que le producía el contacto de una boca fuera a provocar un cataclismo irremediable en la geografía misteriosa de su cuerpo. Y por temor a Dios.

Lucía le abrazaba con los ojos cada vez que se encontraban, y él se derretía en un líquido caliente, deseando quedar para siempre envuelto en esa mirada aguada y pidiendo a Dios que la apartara de él.

Se proponía evitarla y sin embargo rondaba obsesionado los lugares por donde necesariamente debían encontrarse.

Adoraba y aborrecía todo en ella: la curva de sus caderas, el temblor de los senos bajo la blusa, el suave balanceo de las nalgas, la cintura pequeña y movediza, los ojos mojados, la boca siempre entreabierta con los dientes pequeños y blancos royéndole el alma.

Ella representaba el pecado y la gloria.

Era la vida y la muerte.

El estremecimiento y la languidez que volvían sus piernas de algodón y su lengua de trapo, no podía ser amor. Era simplemente el diablo que le tentaba.

El placer presentido, ansiado y rechazado, no estaba en el mismo paquete del amor predicado por su religión, tenuemente develado por la madre sumisa y apagada, exaltado en la iglesia por su padre: el pastor.

Lucía intuyó la tormenta interior de José y se propuso remediarla: cuando lo encontró en la parada de colectivo, sin hacer caso de la turbación no disimulada de él, le plantificó un profundo y sonoro beso en la boca y antes que atinara a reaccionar le invitó a escuchar música y comer algo a la noche -y ver que se puede hacer después- y se alejó sin esperar respuesta, segura de que todo iría bien.

José, más que nunca, se sintió feliz y desgraciado al mismo tiempo. Se dijo que no iría. Pero fue.

Escucharon música, comieron pizza, bailaron y compartieron los gastos de la consumición y el taxi que les llevó a un sitio elegido por ella.

Cuando estuvieron solos, confundidos y conmovidos, Lucía, asustada ante el desconcierto de él, le confesó que también seguía virgen; le habló de lo hermoso que era para ambos juntar su inexperiencia y aprender a descifrar el idioma estremecido y estremecedor de sus cuerpos.

Le hablaba en susurros entre besos y mordiscos suaves, mientras le despojaba de sus ropas al muchacho petrificado de susto y gloria.

Cuando lo tuvo desnudo lo recorrió con la boca desde las calientes orejas hasta el sexo erguido. El contacto de la lengua suave en el órgano de piedra le dio vida a la estatua, que con manos ansiosas y torpes al principio, comenzó a explorar el cuerpo tibio y tembloroso de su compañera. Desprendió lo que había que desprender, hasta dejarla desnuda y luminosa, y quiso descubrirla entera, mirar la rosa escondida de su sexo, ahogarse en su olor de durazno maduro, mojarse en la humedad presentida en el centro de su geografía.

La recorrió como si tuviera cien manos y cien bocas. Se deleitó en los pezones color manzana, ansiando calmar su hambre de siglos, sorbió su olor y su jugo, olvidó la noción de pecado, la comió a besos, la ahogó en abrazos y se hundió en ella feliz, agradecido y tembloroso; y el ciclón contenido de sus ansias se desaguó en un estallido de luces y se encontró con la cara sonriente de Dios.
 

 

LIS

 

Se sintió feliz de estar en su casa.

A pesar de no encontrar el peculiar olor a pan y anís que guardara en la memoria durante los años de encierro.

Un poco intimidada sí, por la madrastra que se esforzaba en parecer más amable de lo que era, -seguramente por amor, pensó-.

No estaba acostumbrada al trato zalamero, ni siquiera estaba acostumbrada a la cortesía.

Durante los ocho años que vivió con las monjas, éstas se esmeraban más en ser desagradables o crueles, pero Lis simplemente se evadía de esos momentos calzando sus zapatitos mágicos, cerraba los ojos y emprendía viaje al país de los sueños, así que no esperaba pasar mal con su madrastra.


Todo parecía tranquilo, hasta que apareció su hermanastro.

Un bellísimo muchacho.

Tendría su edad.

Sólo le faltaba el altivo caballo blanco para ser el príncipe de sus lecturas solitarias.

Con la piel casi oscura y el cabello de bronce antiguo, ensortijado como los ángeles de las estampitas.

Sintió una especie de mareo al verlo tan hermoso y tan cercano.

Escuchó el vozarrón de su padre atenuado por el galope de su corazón, que le decía:

-Será como tu hermano de verdad-.Una dulce languidez le dio plena conciencia de su cuerpo; por un instante se detuvo embelesada en su propia piel palpitante y un torbellino líquido le humedeció el alma.

Lis se instaló en la casa junto a un hermanastro bello y huidizo.
Se veían poco durante la semana, porque iban al colegio en horarios diferentes, cuando él llegaba ella iba saliendo, pero los domingos, por una decisión de los padres, concurrían juntos al cursillo de la iglesia. Se sentaban en el mismo banco, y mientras el cura hablaba de las ocasiones de pecado y la debilidad de la carne, Lis divagaba aburrida de escuchar las peroratas hipócritas sobre virtudes que todo el pueblo sabía que el sermoneador no practicaba. Imaginaba lo que el hermanastro tendría guardado bajo el holgado pantalón y se preguntaba si él, de tanto escuchar hablar de pecado, no tendría ganas de pecar -con ella-.

Regresaban tarde y se sentaban a almorzar solos.

Lis había pasado mucho tiempo sin tener con quien conversar, y estaba acostumbrada a los soliloquios mentales, y él se volvía mudo ante la mirada de ella que descompasaba los latidos de su corazón y llenaba de burbujas calientes su sangre.
Comían en silencio y a las apuradas, porque a los dos les incomodaba estar soportando el sonido de cien campanas latiéndoles en el cuerpo.

Él se refugiaba en su ajedrez solitario y ella iba al corral a mirar a las vacas. Le producía una suerte de reconciliación con el mundo -que no consideraba malo, pero sí muy frío- la ternura de las lecheras lamiendo, mansamente a sus terneros hasta dejarlos como peinados con brillantina.

El toro montando a las vaquillas que seguían rumiando sin inmutarse por su presencia, la llenaba de una confusa languidez y también daba respuestas a inquietantes desconciertos de su cuerpo.

Al finalizar el año ambos perdieron el sueño y el apetito.

Se buscaban y se evitaban.

Un domingo regresaban como siempre silenciosos, y antes de llegar al comedor donde les esperaba el almuerzo frío, ella le tomó de la mano al confundido muchacho y lo llevó detrás del corral en un lugar que sólo ella conocía, lleno de florecillas multicolores, íntimamente estremecida se despojó rápidamente de sus ropas domingueras, miró con sorpresa admirada su propia desnudez, le entregó un extraño sobrecito al hermanastro y le dijo con su voz ronca por falta de entrenamiento.

-Ponete eso y hagamos como el toro y la vaca.

Él miró alucinado el cuerpo de terciopelo de la muchacha, las pelusillas doradas de su espalda y comprendió, aturdido por el galope desbocado de su corazón que latía al mismo tiempo en su cabeza y en el órgano casi dolorosamente erecto, que era tan sabio como ella, y que tan solo debía seguir las señales ardientes de su cuerpo para no extraviarse.

Se colocó el condón, ayudado por Lis.

Ambos cerraron los ojos enceguecidos por perturbadoras imágenes y se entregaron inocentes y felices al placentero juego, como dos cachorros.
 

 

 

 

REGALO

 

Facunda era un regalo para los ojos de cualquiera.

Parecía hecha de miel y cobre.

Bajo la burda ropa se adivinaba la perfección saludable de su cuerpo, elastizado por el trajín diario.

Manejaba con destreza los implementos de labranza y desde niñita trabajaba duramente hasta el mediodía ayudando en las faenas de la chacra y el ardiente sol bruñía su pelo de bronce y producía cosquillas picantes en su piel.

Su piel. Esa envoltura mágica.

Últimamente su piel casi hablaba; se erizaba bruscamente ante las intensas miradas  de los duros muchachos, enrojecía o palidecía; se ponía caliente o fría.

Pero de a poco fue aprendiendo a controlarla. Mas eso no le era posible ante los ojos afiebrados de Víctor.

Víctor -un larguirucho insignificante según su madre- tenía una mirada húmeda que parecía pedir consuelo y ella deseaba brindárselo.

Ambos buscaban encontrarse, fingiendo casualidad y sabiendo que sabían que no lo era.

Facunda era regaladora, pero como no poseía gran cosa que regalar, ofrecía como presente lo que tenía: un cántaro de agua fresca perfumada de flor de caña.

Al atardecer iba al manantial y antes de llenar el cántaro se entregaba al rito de reconocimiento de su cuerpo, se fregaba con suavidad con la arena áspera y blanca, dejando que el agua recorriera sus curvas y protuberancias, formando pequeñas cataratas de cristal  líquido e imaginando, las manos afiebradas de Víctor calentar con su ardor el agua clara que la envolvía, y una suerte de temblor gozoso estremecía su cuerpo.

Todas las mañanas, cuando el sol aún era promesa se cruzaban camino a la chacra.

Con solo mirarse acordaron como punto de encuentro el ycua, bordeado de flor de caña, siempre verde, adornada de perfumadas estrellas blancas.

La primera vez se dedicaron a cavar hoyos con los pies y a tocarse a las disparadas las manos, mientras un terremoto interior rompía diques de aguas dormidas en sus cuerpos ardidos y ardientes.

Al primer encuentro siguió el segundo y el tercero y....

Facunda por un tiempo olvidó regalar cántaros de agua.

Como si no tuvieran apuro, contrariando el grito de sus cuerpos fueron descubriéndose despacio, un poco más cada día, hasta a develar con la boca y las manos los estremecedores misterios contenidos dentro de la tibia frontera de piel.

Cada rincón de sus cuerpos tenían voces. Podían gritar erizados y aplacarse en sus exigencias mutuas.

No hubo lugares inexplorados, y ninguna porción de piel que no tuviera un lenguaje propio y enardecido.

Se volvían cuadrúpedos; siameses nadando en las aguas espesas de una matriz inmensa.

Centauros en un concierto de relinchos y gemidos.

Ángeles embelesados, sirenas, lombrices, palomas.

En el punto exacto donde ella le recibía humedecida y temblorosa, él se entregaba con energía, penetrándola con su órgano de roca y terciopelo. Atrapados en un concierto de gemidos, exploraban juntos otros universos de  soles más brillantes de donde regresaban temblorosos y mojados de leche y sal.

Para disipar sospechas, Facunda retornó a regalar cántaros de agua perfumada de flor de caña.

Después de las prolongadas sesiones de cuerpos trenzados, se lavaba despaciosamente las huellas queridas, para luego llenar la olorosa vasija, que colocaba con gracia sobre su cabeza, con la alegre sensación de estar llevando una ofrenda a algún dios pícaro, y una sonrisa de relámpago lejano iluminaba su cara.

Víctor tenía los ojos más afiebrados cada día y una dulce pereza de gato satisfecho.

 



 

ENCUENTRO

 

A Leda había que mirarla despacio, para descubrirla.

Era de piel muy blanca y le sobraba carne para esta época donde la ley era ser flaca y había que conseguir el color del bronce para ser bella. Tenía unos ojos negrísimos y una mirada de terciopelo, unas manos regordetas llenas de hoyuelos cuyos dedos de niño terminaban en unas uñas naturalmente rosadas.

Nunca tuvo novio y su pequeña boca carnosa no conocía el sabor del beso.

Iba en el compartimiento económico leyendo un libro, hasta que el calor de una mirada la obligó a levantar la vista; sentado frente a ella, un hombre joven la estaba registrando con cálido detenimiento.

Leda, que era de temperamento tímido, no se ruborizó como siempre le ocurría, sino levantó los ojos hasta los del compañero de viaje, sostuvo la inquisidora mirada por un rato y luego fue bajándola recorriendo lentamente la rubia geografía, descubriendo imaginariamente lo que ocultaba la camisa entreabierta, el apretado vaquero, sintiendo entibiársele la sangre en un raro cosquilleo. Sin saber como ni porqué escuchó que de su boca salía una pregunta, como si de repente otra mujer la estuviese habitando, sin ruborizarse preguntó,

-¿pasé el examen?, ¿te gusté? o preferís a las desnutridas-.

La rubia piel del hombre se tiñó de un rojo intenso y con un hilo de voz contestó

-Pasaste el examen con muy buena calificación-.

A Leda se le terminó la osadía y al otro se le apagó el rubor. Ambos quedaron callados optando al parecer en descubrir la punta de sus  zapatos o hacer el inventario del compartimiento.

Continuaron así un largo trecho, dejándose envolver por el ruido acompasado del tren, hasta que la desconocida instalada dentro de Leda la impulsó a acercarse al compañero de viaje, y ensayar un juego insólito.

Empezó soplando despacito con su fresco aliento detrás de las orejas del muchacho, aspirando la suave colonia de su nuca, le acarició la velluda mano, el brazo, el cuello; le desparramó suavemente el cabello y fue desprendiendo lentamente todos los botones de la camisa: él se aflojó, entregándose a ese placer imprevisto, que iba volviendo espumosa su sangre.

Con el pecho descubierto, volteó el cuerpo y respondió a las caricias.

A pesar de la urgencia de la sangre galopando desbocada por sus venas él la besó con suavidad y recorrió la blanca piel erizada, lentamente, y ella se dejó guiar por la sabiduría desconocida de su piel.

El tren se detuvo en una estación desierta, y con sólo mirarse decidieron descender.

Ninguno de los dos tenía equipaje, así que pararon en aquel pueblo desconocido.

Recorrieron tomados de la mano, las calles polvorientas y entraron al único hotel.

El cuarto no contaba más que con una amplia y dura cama, un largo y estrecho espejo y una rústica mesa, pero ambos lo vieron como la habitación más lujuriosa.

No se tiraron el uno sobre el otro, estaban tácitamente de acuerdo en disfrutar con lentitud, bebiendo despacio el ardoroso vino, prolongando el placer del deseo hasta encontrar el cauce más apropiado para dejar salir el agua represada que rugía en sus palpitantes arterias.

Leda se despojó de sus ropas sin ningún rubor; se sentía hermosa en su realidad de ballena. Toda la piel le palpitaba en un gozo anticipado.

Paseó su abundancia plenamente asumida por el cuarto estrecho y luego se metió bajo la ducha a darse un largo remojón.

El muchacho fue a hacerle compañía. Se fregaron mutuamente la espalda. La tenue luz fue apagada y la última claridad de la tarde que se filtraba por un tragaluz del techo, los volvió luminosos. Empezaron a descubrirse bajo la lluvia dorada de la ducha, y húmedos como estaban se trasladaron hasta la cama para terminar de reconocerse.

Él la recostó en el lecho y como si ella fuera un helado, la lamió entera.

Comenzó por el cuello, se detuvo en los pechos y los chupó con suavidad, hasta sacarle punta a los chatos pezones color frutilla, y fue recorriéndola con la boca, maravillándose de que esa piel tan blanca brillara ahora como si debajo de la epidermis se hubiera prendido una luz rosada. Descendió hasta los pies carnosos y tibios y despacio fue subiendo la colina inmensa de los muslos entreabiertos, hasta el trigal oscuro que dejaba levemente descubierto los pétalos aterciopelados y húmedos de su sexo, lo acarició con la lengua tibia, hasta que tocó el duro capullo del clítoris y Leda dio un salto y ocupó el lugar de él, no tan despacio como deseaba.

Con brusca ternura, con un ardor recién descubierto y entrenando una sabiduría ignorada, su boca y sus manos se multiplicaron para recorrer maravillada y trémula el cuerpo del compañero. Masajeó, lamió y sorbió el desconocido placer.

Miró como hipnotizada el órgano erecto, lo acarició con asombro y luego montó encima y no sintió el intenso dolor que le pronosticaron, sino una raspadura casi deliciosa, y galopó como si tuviera alas, envuelta en un arcoiris.

Vio el rostro desfigurado de él y supo que el juego llegaba a su fin.

Una languidez exquisita y levemente dolorosa la echó de espalda.

Durmieron felices y agradecidos.

Tres días después se despedían, seguros de que fue un hermoso encuentro.

 

 



 

LUJÁN

 

Habían reservado, hacía una semana, una mesa para tres, en aquel restorán, para escucharle al guitarrista que cantaba boleros con voz de terciopelo.

Se instalaron atropelladamente -no era común que las mujeres asistieran sin compañía masculina a esos sitios- y pidieron un cóctel suave, y mientras conversaban, bebían a tragos lentos, hasta que la armoniosa y potente voz comenzó a llenar la sala, y un placentero silencio permitió un disfrute pleno.

Luján, en principio, le escuchó distraída, pero cuando vino a la mesa, una especie de torbellino la envolvió y la distanció del mundo. Ese era su hombre.

Luján no tenía idea de qué hacer para llevarse a un hombre a la cama.

En realidad nunca se interesó por esas cosas, porque nunca le interesó ningún hombre. Escuchaba con ternura tolerante los apasionamientos de sus amigas, pero muy en el fondo se sentía superior a ellas, por no tener ese tipo de debilidades, y ahora se enredaba pensando qué, cómo y cuando.

Miraba embelesada al muchacho y se perdía por senderos entrecruzados, sin saber cual tomar. Se descubrió a sí misma observando con admiración las orejas perfectas, y unas ganas locas de mordisquearlo le hizo tragar saliva; los dientes de brillo húmedo, invitando a besos locos; descendió la mirada hacia el velludo pecho y los comparó con los frescos pozos coloniales cubiertos de culantrillos, se detuvo por un instante en las finas manos que pulsaban la guitarra e imaginó sus pechos anidando en ellas como dos palomas estremecidas.

Un deseo ardiente fue posesionándose de ella, separándola de todos. Se encontró sola con él, sin saber que decir ni hacer, sólo atinó  a mirarlo, a envolverlo con su mirada hasta que él se sintiera como preso en una red. Cuando terminó la música los aplausos la devolvieron a la realidad, y ella supo que no podía dejarlo ir sin decirle nada. Y no se le ocurría nada.

Como siempre pensó que la verdad sería más convincente que cualquier discurso de conquistadora y le dijo apretándole suavemente la mano,

-me muero si no te veo otra vez-.

Y para sorpresa de ella, él le contestó casi al oído

-y yo me muero si no te veo dentro de una hora-.

Luján quedó suspendida entre el desconcierto y la gloria. Pensó a donde iría con él; no quería que la situación se le escapara de las manos. Ella no quería ser engañada, no necesitaba ninguna promesa, ningún juramento, sólo quería disfrutar el fuego gozoso que de repente le incendiaba, sin sentirse menoscabada por su apresuramiento.

Mientras escuchaba el bolero en la melodiosa voz, se preguntaba cómo y porqué ese hombre producía en ella ese torbellino de placentero calor. Ella conocía y trataba diariamente con muchos hombres hermosos, inteligentes y simpáticos, pero nadie hasta ese momento había logrado despertar un deseo como él que estaba sintiendo: mezcla de ternura y pasión.

Era hija de meleros y no se le ocurrió una comparación más exacta que la cachaza. Se sentía dulce y ardiente como cachaza. Ella era el líquido y la caldera de cobre que lo contenía y él el fuego de furioso chisporroteo que la convertiría en espesa miel.

Sus amigas discretamente se retiraron sin que Luján lo advirtiera, demasiado ocupada como estaba en buscar metáforas para su piel en llamas.

Esperó los sesenta minutos más desamparados de su vida y cuando él llegó hasta ella no necesitaron hablar, ya que ambos sabían el riesgo de muerte que corrían si se desencontraban.

Tomaron un taxi destartalado y dejaron que el chófer decidiera donde llevarlos -aún no existían los moteles faraónicos donde mucho tiempo después fueron concebidos sus nietos-.

Mientras él desataba lazos y corría cierres, ella desprendía botones, sin que sus bocas se separaran, alucinados por el sabor de la saliva que contenía todas las mieles y la sal de la tierra, hasta que ambos miraron embelesados la bella, rotunda y deslumbrante desnudez del otro. Entonces inventaron todos los juegos. Ella dibujaba en la cabeza del lustroso y rosado órgano una cara, y con el lazo de la blusa le encorbataba, para desatar el nudo con los dientes. Él pintaba con carmín de labios la boca pulposa de su sexo para borrarlo con besos.

Se exploraron con la lengua todos los recovecos de sus cuerpos hasta que la lluvia interior les mojó enteros, inundó el cuarto y salió a la calle y los vecinos inventaron pequeñas embarcaciones para salvar sus cosas y los niños somnolientos arrancaban hojas de importantes documentos para hacer barquitos y los serios y amargados nadaron vertiginosamente felices y las hipocondríacas bailaron desnudas con el agua hasta la cintura, y los curas corrieron a reconocer a sus hijos y a pedir la mano de las muchachas deshonradas a los desconcertados padres que no entendían porqué lo hacían a esa hora y con la sotana toda pegajosa, y el olor de panaderías abiertas al amanecer. Los ancianos se despertaron con insospechadas erecciones y las viejitas se desvistieron a las apuradas para contestar sus reclamos, sin avergonzarse por sus pellejos marchitos cantando a grito pelado «cuando calienta el soooooool aquí en la plaaaaya...», retozaron como chicuelas descubriendo casi al final de sus vidas al impetuoso amante que durante cincuenta años jamás les dio el placer de esa madrugada.

Ellos, ajenos al tumulto, se amaban sumergidos en ese candial tibio, acoplados como animales acuáticos. Ella le contenía en sus entrañas gozando de su dureza y él se pegaba a sus espaldas penetrando su interior de engrudo.

No se prometieron nada, pero descubrieron que continuar el viaje sería más hermoso si lo hacían juntos y se casaron Y tuvieron unos hijos apasionados y generosos y vivieron felices, porque todos los días le dedicaban algún tiempo a reeditar aquella noche de encantamiento.

 



 DESPERTAR

 

Lucrecia Isadora.

Un nombre tan sugerente, tan sensual, tan a propósito para el placer erótico.

Sin embargo su piel enmudecía ante cualquier caricia.

La voluptuosidad, que despertaba en ella, una mirada exploradora, o tierna se volvía malestar con el más leve contacto.

Cuando jovencita le excitaba adivinar el deseo en algunas miradas atrevidas y se esmeraba en resaltar sus formas con ropas ajustadas o transparentes, lo cual le daba un aspecto de mujerzuela que a ella íntimamente le complacía.

Ahora estaba casada desde hacía muchos años, y a pesar de que creía no amar a su marido, y no le proporcionaba el más mínimo placer la intimidad con él, tampoco le interesaba ningún hombre.

A decir verdad, lo único que le dejaba un pálido reflejo de gozo en la piel dormida, era ganar dinero: para agregar habitaciones a la casona inmensa y comprar joyas; adornarse barrocamente con oro y piedras encendía una llama pálida y diminuta en el rescoldo de su epidermis.

Era una guitarra sin cuerdas.

Recordaba con nostalgias el tiempo en que los muchachos, hermosos y altivos, hacían apuestas entre sí, para llevarla a la cama, pues tenía fama de calentadora; le encantaba jugar a mujer ardiente, quería hacerle honor a su nombre.

Pero esos romances no duraban mucho y nadie jamás ganó en las apuestas, ella era inconmovible.

  A pesar de que sentía un manantial tibiecito en el centro de gravedad de su cuerpo, nunca sintió el impulso de entregarse.

Su placer consistía en hacer perder las apuestas y comprobar que todos los apostadores, languidecían suplicantes, perdían la voluntad, y se derretían en sus manos en un líquido lechoso con las exploraciones calculadas y las caricias fingidas.

Terminó casándose con uno de ellos, porque ya era tiempo de terminar su soltería.

La noche de bodas fue una gran desilusión para ambos; ella se aburrió de inventar caricias que no la estremecían y él descubrió la torpeza de unas manos y una boca que no tenían la fiebre desmemoriada del deseo, ni la tibieza de la ternura, sino la fría agilidad del cálculo.

El tiempo fue pasando y continuaron casados, demasiado apegados ambos a la idea de éxito que significaba mantener un matrimonio.

Lucrecia Isadora se entregaba con desgano y hasta con rabia a su marido, pero poco a poco la persistencia de él, despertó en ella un raro sentimiento, mezcla de ternura y compasión, una sensación híbrida que le humedecía el alma, para sorpresa de ella.

Estando en ese tren de dejarse amansar, llegó el terrible tornado, que se llevó casi todo el pueblo, convirtió en escombros el caserón horrible y enterró las joyas de dudoso gusto. En medio de ese desastre, se descubrieron por fin.

Ocurrió así:

Él fue a buscarla al único sitio intacto.

Entró al gran salón de la iglesia, saturado de olores, con niños durmiendo amontonados, y la vio parada, quieta, bañada con la luz parpadeante y esquiva de las velas, contempló su nuca blanca, su mata de pelo, sus hombros pequeños, con una ternura inmensa y una oleada de deseo lo fue envolviendo como un paño caliente.

Cuando la tuvo a su alcance besó con suavidad su cuello y ella se dejó abrazar por el aliento tibio y extrañamente fragante, mientras experimentaba por primera vez en su vida un estremecimiento gozoso: el manantial inconmovible de su sangre se volvió catarata fragorosa y pudo percibir como rugía en sus arterias amenazando desbordarse, y una especie de vértigo ardiente la obligó a sostenerse del órgano tanto tiempo, ignorado, como si fuera el último resquicio de salvación. Lo sintió tan firme, tan suave, tan tibio y perturbador que su vértigo subió de puntos, y se dejó envolver por él, desmemoriada y dichosa.

Sintió las manos de él multiplicadas en su cuerpo, oprimiendo sus pechos, bajando por sus caderas, recorriendo sus muslos, separándolos con ternura y firmeza, penetrando su interior dormido con los dedos tibios.

Se encontró hambrienta, vulnerable y feliz y le ayudó a despojarla de los obstáculos que les impedían encontrarse.

Descubrió de pronto que había abierto sus sentidos a la luz, al calor y al olor.

Contempló desconcertada el lugar, poblado de bultos humanos, el altar desdibujado por la tenue luz de las velas, y se dejó llevar por el torbellino luminoso.

Por un instante eterno dejó de habitar la tierra, para ser sirena de profundidades azules.

Se abandonó al placer glorioso y con un gemido a dos voces retornó mojada por una lluvia espesa, a la realidad, definitivamente transformada.

Su piel dormida había despertado por fin como un erizo suave, para defenderse del desamparo, después de navegar con maestría inédita un embravecido mar.


 

 

ÉL NO LO SABE

 

Sacó la llave del bolsillo interior de la cartera y con un leve temblor la introdujo en la cerradura.

Aspiró el fuerte y agradable olor a café al penetrar al cuarto, escasamente amoblado.

Se despojó de la caliente y seria ropa de oficina y entró al cuarto de baño a darse una larga y refrescante ducha, luego se maquilló esmeradamente y vistió un fresco vestido de seda, completando su atuendo con unas finas medias negras.

Miró con cierto desagrado sus velludas piernas enfundadas, y se preguntó si a él le parecerían feas; palpó la turgencia de sus senos, se miro al espejo y dio unos pasos por la habitación, luego con lánguida tristeza se echó en la solitaria y amplia cama, pensando en su imposible amor.

Imposible, no, se dijo; irrealizable tal vez.

Nadie podía impedirle amar, pero ese amor estaba destinado a morir en su corazón, nunca llegaría al oído amado.

El pequeño cuarto con su lujo barato, los vestidos de seda ordinaria, los escasos pares de zapatos taco aguja que no conocían las calles, el pequeño calentador eléctrico, la cafetera de acero inoxidable, el juego de porcelana china, todo comprado y mantenido en la clandestinidad, soñando compartirlo con él aunque sea un solo segundo de su vida.

Su aventura solitaria. Su doloroso amor.

Ese cuarto preparado para la pasión y la ternura, siempre estuvo huérfano. No tenía guardado el olor ni la risa del amado. Ni siquiera su silencio.

Un nudo doloroso le apretó el cuello. Imaginó la voz de él en un susurro de amor, el brazo fuerte y varonil aprisionando su cuerpo; la risa de él enternecida por su pudor, el éxtasis de la entrega, la emoción de recorrer con manos temblorosas la desnudez amada, la tibieza de la ternura después de la pasión.

El sueño cerró las ventanas de sus párpados pintados y se perdió en ese mundo de pequeña muerte, donde sus ansias de por lo menos declarar su amor se confundieron con las cosas cotidianas. Ganar el pan, soñar.

Sentir la mezcla del furioso deseo y la tibia humedad de la ternura mojándole el corazón. Y la absurda culpa como un veneno amargo en la garganta.

Su amor tan lejano y cercano al mismo tiempo.

Se despertó de repente.

Fue a lavarse la cara para borrar el espeso maquillaje, y después de apagar el velador que proyectaba una tenue luz en la habitación, repitió el acto de entrada a la inversa, se sacó las tetas postizas, las acarició como una parte querida de su cuerpo de la cual se mutilaba cada semana.

Ya en el pasillo se colocó de memoria la corbata.

Llegó a su casa un poco más tarde que de costumbre, besó distraídamente a su mujer y sintió, como un aleteo apresurado de palomas en el pecho, al escucharla decir:

-Te llamó Jorge, quiere que le devuelvas la llamada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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