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RAFAEL BARRETT


  MORALIDADES ACTUALES - Ensayos de RAFAEL BARRETT


MORALIDADES ACTUALES - Ensayos de RAFAEL BARRETT

MORALIDADES ACTUALES

(pepitas de calabaza ed.)

PRIMERA EDICIÓN

 

Con un prólogo de GREGORIO MORÁN

 

Autor: RAFAEL BARRETT


 ISBN: 978-84-938349-0-6

Páginas: 372

Formato: 12 x 17 cms.

Año: 2010

 

 

 

 

LA VIDA es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Las fuerzas que el destino olvidó un instante en nuestras manos son fuerzas de tempestad. Para el que tiene Jos ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemidos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, corno una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible y nuestro espíritu ávido se desgarra.

Poner pie en la playa virgen, agitar lo maravilloso que duerme, sentir el soplo de lo desconocido, el estremecimiento de una forma nueva: he aquí lo necesario. Más vale lo horrible que lo viejo. Más vale deformar que repetir. Antes destruir que copiar. Vengan los monstruos si son jóvenes. El mal es lo que vamos dejando a nuestras espaldas. La belleza es el misterio que nace. Y ese hecho sublime, el advenimiento de lo que jamás existió, debe verificarse en las profundidades de nuestro ser. Dioses de un minuto, qué nos importan los martirios de la jornada, qué importa el desenlace negro si podemos contestar a la naturaleza: —¡No me creaste en vano!

Es preciso que el hombre se mire y se diga: —Soy una herramienta. Traigamos a nuestra alma el sentimiento familiar del trabajo silencioso, y admiremos en ella la hermosura del mundo. Somos un medio, sí, pero el fin es grande. Somos chispas fugitivas de una prodigiosa hoguera. La majestad del Universo brilla sobre nosotros, y vuelve sagrado nuestro esfuerzo humilde. Por poco que seamos, lo seremos todo si nos entregamos por entero. Hemos salido de las sombras para abrasarnos en la llama; hemos aparecido para distribuir nuestra sustancia y ennoblecer las cosas, nuestra misión es sembrar los pedazos de nuestro cuerpo y de nuestra inteligencia; abrir nuestras entrañas para que nuestro genio y nuestra sangre circulen por la tierra. Existimos en cuanto nos damos; negarnos es desvanecernos ignominiosamente. Somos una promesa; el vehículo de intenciones insondables. Vivimos por nuestros frutos; el único crimen es la esterilidad.

Nuestro esfuerzo se enlaza a los innumerables esfuerzos del espacio y del tiempo, y se identifica con el esfuerzo universal. Nuestro grito resuena por los ámbitos sin límite. Al movernos hacemos temblar a los astros. Ni un átomo, ni una idea se pierde en la eternidad. Somos hermanos de las piedras de nuestra choza, de los árboles sensibles y de los insectos veloces. Somos hermanos hasta de los imbéciles y de los criminales, ensayos sin éxito, hijos fracasados de la madre común. Somos hermanos hasta de la fatalidad que nos aplasta. Al luchar y al vencer colaboramos en la obra enorme, y también colaboramos al ser vencidos. El dolor y el aniquilamiento son también útiles. Bajo la guerra interminable y feroz canta una inmensa armonía. Lentamente se prolongan nuestros nervios, uniéndonos a lo ignoto. Lentamente nuestra razón extiende sus leyes a regiones remotas. Lentamente la ciencia integra los fenómenos en una unidad superior, cuya intuición es esencialmente religiosa, porque no es la religión lo que la ciencia destruye, sino las religiones. Extraños pensamientos cruzan las mentes. Sobre la humanidad se cierne un sueño confuso y grandioso. El horizonte está cargado de tinieblas, y en nuestro corazón sonríe la aurora.

No comprendemos todavía. Solamente nos es concedido amar. Empujados por voluntades supremas que en nosotros se levantan, caemos hacia el enigma sin fondo. Escuchamos la voz sin palabras que sube en nuestra conciencia, y a tientas trabajamos y combatimos. Nuestro heroísmo está hecho de nuestra ignorancia. Estamos en marcha, no sabemos adonde, y no queremos detenernos. El trágico aliento de lo irreparable acaricia nuestras sienes sudorosas.


LOTERÍA

EN LA ARGENTINA, en el Uruguay, en España, llueven los millones. El Estado talla, traficando con la corrupción pública. ¿Por qué no monopoliza también el alquiler y venta de mujeres? La prostitución daría grandes entradas al Erario, y afianzaría el Poder Administrativo. El gobierno es tanto más sólido cuanto más .débiles y viciosos son los ciudadanos.

No seamos injustos con el vicio, que suele llevar consigo gérmenes de poesía. La degradación no está reñida con el ensueño. Baudelaire sabe que el mal tiene sus flores, y no las menos bellas. En el azar que enriquece o despoja hay una elegante anarquía, un desafío satánico a las leyes económicas. Firmar el contrato de la propia ruina es original; adquirir de pronto una fortuna, sin trabajo y sin mérito, y sin la amenaza del gendarme, es maravilloso, lírico y libertador. Agradezcamos a los Ministerios de Hacienda, Casas de Hadas, esa consagración oficial del juego, esa distribución de un poco de ideal barato a la ingenua multitud.

¡ Lástima que sea tan barato! El prosaísmo oficinesco ha desfigurado el drama del tapete verde. Imagino cosas que alguna vez fueron ciertas: náufragos en un bote, en medio del mar sin orillas, locos de hambre y de sed. Lo humano y lo razonable sería que los tripulantes fuertes devorasen a los inútiles, para prolongar la resistencia. No: los náufragos son posteriores al 89, y profesan la igualdad de los derechos cívicos.

En vista de ello se sortean, aunque los favorecidos, doblemente caníbales, se coman al piloto. He aquí la tragedia del juego en todo su esplendor romántico. Otros náufragos, agarrados a la mesa del bacará, sortean su destino y su honra, siempre con arreglo a la Constitución. Y en el espectáculo de estos' vanos espectros perdidos en el océano de las ásperas realidades, y condenados a retardar la catástrofe final despedazándose equitativamente, palpitan aún sombríos fulgores funerarios.

Pero, ¿qué resta del poema byroníano en la burguesa lotería, entretenimiento de solteronas después de cenar? Ju-gaditas cada semana o cada mes; partida de gastos varios: la lotería figura en la columna del teatro o de los cigarrillos. ¡Adiós riesgo del deshonor, de la miseria, del suicidio! ¡Adiós desesperación, dignidad y hermosura! La lotería nacional es la parodia, la caricatura doméstica de una pasión libre: codicia de pirata convertida en ratería de lacayo; hazaña de escaleras abajo, envilecida por la protección; libertinaje de Don Juan, reducido a onanismo metódico y prudente.

¡Oh, burocracia! ¡Oh, fealdad! ¡Aventuras enjauladas por la higiene, torres de Babel aseguradas de incendio, nerones de levita usurera, milagros con tarifa; reos a quienes se toma el pulso, lujuria desinfectada, loterías benéficas, progreso, en fin! Los moralistas escarban la uniforme corteza hipócrita de la democracia; subterráneos, los arroyos negros de la maldad huyen. Y como las altas estrellas no reflejan en el barro endurecido su temblorosa imagen, los poetas lloran.

 

 

BUENOS AIRES

 

EL AMANECER, la tristeza infinita de los primeros espectros verdosos, enormesj sin forma, que se pegan a las altas y sombrías fachadas de la avenida de Mayo; la vuelta al dolor, la claridad lenta en la llovizna fría y pegajosa que desciende de la inmensidad gris; el cansancio incurable, saliendo crispado y lívido del sueño, del pedazo de muerte con que nos aliviamos un minuto; el húmedo asfalto, interminable, reluciente, el espejo donde todo resbala y huye, los muros mojados y lustrosos, la gran calle pétrea, sudando su indiferencia helada; la soledad donde todavía duermen pozos de tiniebla, donde ya empieza a gusanear el hombre...

Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el hambre y la ciencia de la vida retratados en sus rostros graves, corren sin alientos, cargados de Prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso, alimentada con anuncios de rematadores. Pasan obreros envejecidos y callosos, la herramienta a la espalda. Son machos fuertes y siniestros, duros a la intemperie y al látigo. Hay en sus ojos un odio tenaz y sarcástico que no se marcha jamás. La mañana se empina poco a poco, y descubre cosas sórdidas y sucias amodorradas en los umbrales, contra el quicio de las puertas. Los mendigos espantan a las ratas y hozan en los montones de inmundicias. Una población harapienta surge del abismo, y vaga y roe al pie de los palacios unidos los unos a los otros en la larga perspectiva, gigantescos, mudos, cerrados de arriba abajo, inatacables, inaccesibles.

Allí están guardados los restos del festín de anoche: la pechuga trufada que deshace su pulpa exquisita en el plato de China, el champaña que abandona su baño polar para hervir relámpagos de oro en el tallado cristal de Bohemia. Allí descansan en nidos de tibios terciopelos las esmeraldas y los diamantes; allí reposa la ociosidad y sueña la lujuria, acariciadas por el hilo de Holanda y las sedas de Oriente y los encajes de Inglaterra; allí se ocultan las delicias y los tesoros todos del mundo. Allí, a un palmo de distancia, palpita la felicidad. Fuera de allí, el horror y la rabia, el desierto y la sed, el miedo y la angustia y el suicidio anónimo.

Un viejo se acercó despacio a mi portal. Venía oblicuamente, escudriñando el suelo. Un gorro pesado, informe, le cubría, como una costra, el cráneo tinoso. La piel de la cara era fina y repugnante. La nariz abultada, roja, chorreante, asomaba sobre una bufanda grasicnta y endurecida. Ropa sin nombre, trozos recosidos atados con cuerdas al cuerpo miserable, peleaban con el invierno. Los pies parecían envueltos en un barro indestructible. Se deslizó hasta mí; no pidió limosna. Vio una lata donde se había arrojado la basura del día, y sacando un gancho comenzó a revolver los desperdicios que despedían un hedor mortal. Contemplé aquellas manos bien dibujadas, en que sonreía aún el reflejo de la juventud y de la inteligencia; contemplé aquellos párpados de bordes sanguinolentos, entre los cuales vacilaba el pálido azul de las pupilas, un azul de témpano, un azul enfermo, extrahumano, fatídico. El viejo —si lo era— encontró algo. . . una carnaza a medio quemar, a medio mascar, manchada con la saliva de algún perro. Las manos la tomaron cuidadosamente. El desdichado se alejó.. . Creí observar, adivinar. . . que su apetito no esperaba. . .

¡También América! Sentí la infamia de la especie en mis entrañas. Sentí la ira implacable subir a mis sienes, morder rnis brazos. Sentí que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza del gesto anarquista, y admiré el júbilo magnífico con que la dinamita atruena y raja el vil hormiguero humano.

 

MI HIJO

HACE algunas horas que ha nacido; es uno de los seres más jóvenes del "Universo. Es el más hermoso: su naricilla apenas se ve. Es el más fuerte: temblamos en su presencia, y apenas nos atrevemos a tocarle. Ha nacido y ha llorado; ¡admirable lección, fenómeno extraordinario! Ha bostezado después: ¡inteligencia profunda!

Mama, reuniendo todas sus energías. Ha sabido expresar en un solo gesto los gestos dispersos de la humanidad. Desde que él vino al mundo, el mundo es otro. Un soplo de primavera refresca las cosas, reanima las marchitas flores y renueva el cielo. Él ha salido a la vida, y ha explicado la vida. Ha abierto los ojos, y ha creado la luz.

Ahora comprendo lo que ha resistido a los esfuerzos de los filósofos. He descubierto que los hombres son buenos, que los crímenes más infames no lo son sino en apariencia. Sólo el bien existe. La realidad es buena; la realidad es feliz. El mal y la desesperación no son más que impaciencia. Todo marcha; todo se arreglará. Mi hijo, promesa infinita, duerme; él salvará a los desgraciados. Es el niño-Dios; los Reyes Magos contemplan su sagrado sueño.

Una probabilidad virgen ha entrado en la tierra. Yo no soy quien la ha traído, no somos quienes la hemos traído. No existo, no existimos desde que él nació. Nació y ya no es nuestro hijo, sino hijos suyos nosotros; discípulos y servidores suyos. Nuestro padre, nuestro maestro. Bajó a decirnos lo que ignoramos, lo que escucharemos religiosamente.

Tomo mi pluma para anunciaros la buena nueva, para hacer el elogio de mi hijo. Podéis reíros, no os oigo. Estoy deslumhrado por el Mesías, y no distingo vuestra indiferencia.

¿Indiferencia?, ¡oh, no! ¿Qué nos queda, qué queda al destino si no viven nuestros hijos, si no son dioses en nuestro corazón y en nuestra mente? Ellos lo son todo, toda la belleza, toda la verdad, toda la esperanza. Por eso estoy seguro de que festejáis conmigo el nacimiento de nuestro hijo, de nuestro querido hijo que duerme.

 

LA CHINA Y EL OPIO

LA EMPERATRIZ manda cerrar los fumaderos públicos, atentando así al genio nacional, que es el genio de lo inmutable. En China obrar es copiar, vivir es repetir; un camino nuevo, una nueva idea son algo sacrilego. Esa civilización colosal y complicadísima ha recorrido su ciclo, y después de miles y miles de años de oscilaciones y de estremecimientos, ha descendido al punto del equilibrio absoluto. El péndulo ha quedado por fin inmóvil. Hace siglos que en China se ha escrito el último poema, se ha construido el último palacio y se ha dictado la última ley. Todo es definitivo, todo está previsto. El Imperio Celeste es prisionero de un espejo alto y frío, que oculta todos los horizontes bajo la vana imagen del pasado. Y allí esperar no es más que recordar.

El flanco del inmenso continente de sangre se contamina. La tercera parte de la humanidad, amontañada en un bloque único, siente sus bordes corroídos por la lepra europea. Construir acorazados, seguir los cursos franceses y alemanes, obligarse a tomar al Occidente sus armas y su ciencia para intentar resistirle, será un adelanto en el Japón; en China ha de ser una enfermedad. Lo que en otros sitios renueva y vivifica, en China pudre. Es que la China es un cuerpo en catalepsia, suspendido al filo del sepulcro. Cambiar, para ella, equivale a descomponerse; es un mecanismo inexorable a quien, sólo le está permitido pararse, devorado por el orín. La orilla oriental supura; el odio al extranjero fermenta en las conspiraciones boxers, y los escalofríos del tétanos hacen temblar las embajadas.

Puntos de gangrena, apenas perceptibles en la masa enorme. Cada chino es una máquina y continúa siéndolo. Se cuenta que habiendo un sastre de Hong Kong recibido unos pantalones viejos con el encargo de hacer otros iguales, reprodujo concienzudamente las manchas y agujeros de la prenda entregada. El reloj de bolsillo constituye para el celeste un juguete encantador. La hora le es indiferente. El disco minutero, que para el blanco es una rueda veloz sobre el camino sin fin de lo posible y de lo deseable, es para el amarillo un eterno girar, un círculo idéntico donde todo vuelve, donde nada importa la efímera posición de la aguja. Lo que al amarillo maravilla es el monótono y misterioso tictac, y se pasa larguísimos ratos escuchándolo religiosamente. En una de las más crueles batallas de la guerra chino-japonesa, empezó a llover; los chinos, bajo un fuego terrible, abrieron sus paraguas. Y en el conjunto de máquinas, el Estado es la gran máquina impasible, la que lamina las inteligencias bajo la presión uniforme del mandarinato, la que archiva y clasifica hasta los órganos sexuales arrancados a los eunucos.

Los egipcios consagraban su existencia a embalsamar y empaquetar los cadáveres; los chinos han embalsamado las almas, han enterrado en ellos mismos sus antepasados difuntos; se han convertido en momias vivas. Y como también se sueña más allá de la tumba, los chinos sueñan y sueñan con el sueño y con la muerte. No quieren el alcohol que irrita la delicada sensibilidad de los occidentales, sino el opio que embrutece en seguida. Poco a poco sienten sus nervios agotarse; son precisos los suplicios espantosos del jardín de Octavio Mirbeau para producir algún dolor en su carne lívida y blanda. Necesitan la poesía funeraria de las tablas, parecidas a tablas de ataúd, donde envueltos en humo mortífero yacen los fumadores de opio; necesitan el opio, necesitan dormir, porque la poesía de los pueblos es la visión del destino, y para la China no hay ya destinos; necesitan detener el tictac formidable de la máquina inútil. La Emperatriz no debió, estorbar a su raza la ilusión consoladora del reposo.

 

UN MONSTRUO

UN DESCONOCIDO ha regalado un millón de liras al papa Pío X. El caso no es nuevo: hace pocos años que la entonces reina regente de España heredó de un tipo análogo respetable fortuna. Victoria de Inglaterra lo mismo, varias veces. Hay individuos que el trono hipnotiza, que nunca agradecen bastante a los reyes el esplendor de su poder y la majestad de sus figuras tradicionales. Deploran no ser bastardos de algún príncipe. Y nada les enorgullecería tanto como prostituir sus esposas o sus hijas en los rincones de los palacios. Serían felices con el cargo cortesano de porte-chaise d'affaires, en ejercicio bajo los grandes Luises de Francia; este título enigmático designaba un funcionario que, descubierto, espada al cinto y con traje de terciopelo, se encargaba, según cuenta el conde de Hézecques, "de disimular las últimas miserias a que la naturaleza nos obliga". El porta-silla entraba al despertar el rey, en cuanto llamaban a la primera entrada', pasaba en seguida al guardarropa, cerca del lecho, para ver si no había algo en el pequeño mobiliario, que reclamase su vigilancia o su solicitud (L. G., Hygiene d'autrefois]. Transportar los bacines del monarca es oficio glorioso.

¡ Regalar un millón de liras al Papa! No a un obispado, a una parroquia, a una orden, a una misión, sino al Papa; ni siquiera al Papa, al favorito celeste que conferencia con su Dios en el templo más suntuoso de la tierra, sino al hombre de carne y hueso que habita monumentos incomparables, servido por un aristocrático ejército lacayuno; al dichoso capitalista cuyas propiedades constan en el registro, y que depositará su millón en el Banco. El incógnito donador sabe que la desesperación conduce a los campesinos rusos al canibalismo; que bajo los puentes de Londres se encuentran cada mañana por docenas los cadáveres de los mendigos; que igual que a fines del siglo existen suelos desolados "donde el labrador hambriento se echa de bruces, para morder las hierbas que los animales rehúsan", que no faltan madres pordioseras que abrasan a sus hijos los ojos, con nitrato de plata, para enternecer al transeúnte; que no tan sólo los miserables, sino los fuertes, el talento y el genio, agonizan bajo el peso de la atrocidad colectiva. Pero, ¿qué importa? Lo urgente es regalar un millón a Pío X.

¿Habrá muchos monstruos capaces de obsequiar con un millón al Papa? Por muchos que sean, no dejarán de ser monstruos. La sociedad entera puede ser monstruosa a un tiempo. La normalidad se refugia entonces en el cerebro de Sócrates, en los labios amorosos de Jesús, en los planos pueriles de Colón o en los toscos cristales de Galileo. No es lo normal aquello que abunda, sino aquello que dura. No está la verdad en lo presente, por enorme y brillante que parezca, sino en lo futuro, por débil e indefenso que palpite su germen. El hombre del millón papal, el que ha ocultado su generosidad lo mismo que un crimen, estará o no conforme con el ambiente católico; de todas maneras es un monstruo acabado, digno de nuestra curiosidad y de nuestro estudio.

Pío X. cuya vida guarde la Providencia, tiene un tocayo apostólico, Pío III, contemporáneo de aquel ardiente y vivaz Renacimiento de las artes y de la libre política, de aquella densa vegetación donde las plantas de más acre ponzoña ostentaban las flores más bellas. Estación tropical de la historia, en que crecieron plenamente sabios universales a lo Leonardo de Vinci, críticos a lo Maquiavelo, cíclopes a lo Miguel Ángel y bandidos a lo César Borgia. Si enfrente cíe Pío X se levanta hoy el discreto favorecedor del millón de libras, enfrente de Pío III se levantó en la época del frenesí y de los fanatismos Pandolfo Petrucci.

¿Qué hizo Pandolfo Petrucci con Pío III? Pandolfo andaba en antiguo pleito con el Vaticano. Pío III cayó enfermo, quizá sin ayuda ajena. El hecho es que Pandolfo, carácter emprendedor, aprovechó las circunstancias, introdujo en lugar oportuno sus sicarios, y logró hacer impregnar de veneno las cataplasmas que se aplicaban a Su Santidad.

Las relaciones de Pandolfo con el Vicario de Cristo fueron también monstruosas. Sin duda: pero monstruo por monstruo,, prefiero a Pandolfo. Hay en él mayor naturalidad y mayor inteligencia.

 

EL CINEMATÓGRAFO

DE REPENTE la oscuridad, y con ella el silencio precursor de milagros. Un haz de pálida luz brota de la negra hendidura proyectante, y se abre hacia el blanco lienzo que espera. No es el inocente rayo de sol entre el follaje espeso, sino un mágico surtidor, preñado de gestos y de ideas, es un mundo agitado, una oleada de vida que surge otra vez del abismo. La delgada claridad que cruza el espacio lleva consigo una chispa de nuestro espíritu inquieto; es nuestra mirada misma atravesando las tinieblas.

El hombre había obligado a la placa fotográfica a estremecerse y a conservar la huella de un instante; había obligado a la materia bruta a tener memoria. Pero esa memoria no era más que un espasmo, un resplandor en la noche. La materia se acordaba, pero de un momento solo; palpitaba un segundo, y se petrificaba en el único ademán inteligente de su existencia. Una fotografía es una sombra inmóvil, un cadáver. Un retrato hace pensar en las cosas pasadas de igual modo que un pétalo seco, hallado dentro de un libro, hace pensar en la primavera ausente.

Y eso no nos bastaba. Hemos querido galvanizar los espectros y hacer retroceder a la muerte. No contentos con engendrar innumerables formas nuevas, hemos querido robar las que estaban condenadas a desaparecer. Ángeles anunciadores de lo que vendrá, somos también buzos de lo desvanecido, y remontamos a la superficie cargados de tesoros que dormían en el fondo del mar. Nuestro genio tuerce las corrientes del destino, y una resaca maravillosa, después del naufragio, esparce sobre la tela tirante del cinematógrafo las mil figuras alegres de la tripulación resucitada.

Vemos lo olvidado; vemos lo que nunca hemos visto. Viajamos por tierras desconocidas. Bajo árboles acariciados de brisas disueltas para siempre, nos reclinamos a descansar de un camino que no hemos hecho. .. Pisamos la trepidante cubierta de un buque ignorado, y aguardamos el redondo empuje de las olas que más tarde, no sabemos cuándo, habrán desfallecido en playas remotas. .. Ahora es una ciudad inmensa, donde jamás habitaremos. ¿Qué pensamientos arrastra el transeúnte que pasa rozándonos, durante ese minuto perdido en el caos. . . ? Y así desfilan ante nuestra retina absorta, escenas, paisajes, fantasmas vivos que acuden a nosotros desde las profundidades del tiempo, y que se mezclarán a nuestros sueños y a nuestras nostalgias. La realidad delira como un moribundo, y nos arroja al rostro ráfagas de su enorme historia.

Titubea de pronto el cuadro. A intervalos una mancha o una quebradura nos trae a la mente nuestra debilidad. Estamos aún lejos de la perfección absoluta. Nos sacuden los choques de nuestra penosa marcha hacia el futuro. El aparato sublime vacila. Pero esa misma flaqueza vuelve la lucha más trágica. Estamos combatiendo cuerpo a cuerpo, y el temblor del cinematógrafo es el temblor de la divina presa entre nuestras manos crispadas.

En la penumbra la multitud entrega sus cándidos ojos de niño. Nos baña un ambiente religioso. Las almas ceden al encanto confuso y penetrante de lo incomprensible. La fe, como en otros siglos, baja al valle de lágrimas. Pero baja libre de terrores. Ya no teme, la muchedumbre, la cólera ni la venganza de los dioses ciegos. Por eso, familiarizada con el prodigio, confía serenamente en sí misma. Por eso delante del cinematógrafo, como delante de otras recientes conquistas de la razón sobre el Universo, se mueve en nuestra conciencia la inmortal esperanza.

 

LYNCH

No PASA día sin que los admirables, los nunca bastante imitados yanquis descuarticen un negro o dos. Puesto que ellos lo hacen, está bien hecho. A nosotros, modestos comentadores, no nos toca sino penetrar y comprender los principios en que se inspiran los jefes de la civilización a la moda.

El linchamiento es recomendable por su baratura. Ahorrarse de un golpe fiscales, abogados y jueces no es chico negocio para un norteamericano. Go ahead! Fuera código. Cárceles inútiles. Única pena: la del ratón devorado por el foxterrier. Verdugos gratuitos y en abundancia. En esta justicia reducida a su esencia, sólo queda el elemento indispensable: el verdugo nato, el bárbaro que se encarga de ejecutar las sentencias, y sin el cual todo nuestro aparato administrativo se vendría al suelo.

Además, ¡qué rapidez! Time is money. ¿Qué hay? Dicen que un negro ha pegado a un blanco. Dicen que un negro ha caloteado a un blanco. Dicen que un negro ha hecho el amor a una blanca. Ahí sale el negro huyendo. ¿Es él? Y si es él, ¿es culpable? ¡Bah! Es negro,. Nació con la culpa pintada en la piel. ¡A muerte! La horda, el galopar aullador de la jauría, la matanza. En un cuarto de hora, la sociedad se ha vengado.

¡Y con cuánta majestad! Es una ola humana lo que aplasta al reo. La horca solitaria, el fusilamiento correcto detrás de una tapia, el sillón que fulmina entre cuatro paredes, son ceremonias mezquinas y como vergonzantes. El patear de la multitud sobre un cadáver caliente tiene algo de grande, de ultraenérgico, de pseudoelectoral, muy conforme con la psicología yanqui.

La práctica de Lynch robustece y renueva el importante instinto de la caza. El linchamiento es ante todo un sport. Luis XI solía perseguir con perros de presa, en sus jardines, a los delincuentes de baja estofa. Esta distracción, sazonada a la salsa moderna, había de cultivarse naturalmente en el país de los pioneros, batido por cow-boys, cazadores pura sangre, país donde el duelo, durante muchos años, ha consistido en acosarse rifle en mano, entre los árboles. Sólo por higiene, conviene de cuando en cuando, al aire libre, correr un negro. Correr un negro, es decir, una pieza magnífica, un animal casi humano, que sufre casi como nosotros.

Por último, el linchamiento es un medio sano de que el pueblo torne parte en los juicios. El linchamiento, tranquilizaos, es absolutamente democrático. Es la sacrosanta voluntad del pueblo, satisfecha en el acto. Es el ideal de los tiempos. Notad que el Jurado resulta una concesión torpe. El hombre del pueblo no se siente a gusto disfrazado de toga y hojeando legislaciones. ¿Para qué obligarle a razonar? ¿Para qué inquietarle con la idea de lo justo? Nada más contrario a su naturaleza. Lo lógico está en hacerle juez sin quitarle su condición nativa; lo equitativo está en hacerle soberano sin libertarle de sus pasiones; en darle el poder sin imponerle la hipocresía. Lo galante está en abrir las válvulas, en soltarle desensillado por las calles, en permitirle una pequeña revolución contra un negro, en agasajarle con una pequeña fiesta neroniana donde sea a la vez espectador y actor, donde goce del asesinato y lo ejercite sin remordimiento. Y lo bello es contemplar, en los linchamientos de los Estados Unidos, el juego perdurable de las ferocidades necesarias.

 

DE DEPORTE

TODOS los juegos son simulacros de combates, representaciones atenuadas de la esencia misma de la vida: la guerra. Entre ellos, los deportes expresan más agudamente la lucha. Los ingleses, tenaces hombres de acción, llaman también deporte al boxeo sin guantes. El desarrollo de los deportes es por lo común beneficioso, porque despierta y disciplina los instintos fundamentales del animal humano: la audacia, la astucia, la resistencia, la crueldad. Mediante el ejercicio de sus músculos, el individuo se convierte en una unidad útil, puesto que se hace temible.

Las campañas modernas, moviendo enormes masas de soldados y de material y exigiendo preparativos incalculables, se resuelven en meses, en semanas. Las campañas antiguas, en años, en siglos. Constituían un estado nacional cuasi normal; eran la sola carrera de los nobles y su ocupación corriente. Así el deporte se cultiva por los nobles de hoy, es decir, por las clases ricas. Reemplaza al viejo oficio de las armas. La lanza y la armadura se sustituyen por la inofensiva pelota de fútbol y el jersey de grueso estambre. Antes se llevaba al cinto la afilada hoja de Toledo. Ahora se la despunta y se la cuelga en la sala de esgrima. El drama ha pasado de la realidad al escenario. Mas no deja de ser idéntica su psicología y semejantes sus ventajas.

¿Por qué? Por la facilidad con que se vuelve del escenario a la realidad. La gente de teatro gesticula fuera de él con entusiasmo parecido, y sus pasiones suelen ser tumultuosas. Goncourt, en su extraño libro La Faustin, cuya base documentaría se advierte a la legua, nos pinta a la gran actriz copiando maquinalmente los gestos de su amante moribundo. El artificio cubre la verdad, y acaba creándola. Un duelista, quizá muerto de miedo, repite automáticamente las estocadas aprendidas en los asaltos, y hiere a su adversario. La ficción lo salva de un peligro positivo.

Pero tal vez el ejemplo está mal puesto. Un duelo se combina de antemano. Las horas de idea fija disuelven al cobarde y fortifican al valiente, que en una noche tiene tiempo para dar las últimas órdenes a su organismo y poderlo lanzar a la pelea bajo la libertad de juicio y la serenidad. No es raro que un principiante venza en duelo a un maestro. Aquí el deporte no sirve de mucho. Su papel es capital en las sorpresas. La necesidad urgente de hacer algo pierde al no sportman., al contemplativo que requiere juzgar para decidirse. La inminencia lo inmoviliza. Su sistema nervioso no está canalizado, y su energía se estanca contra el obstáculo de la torpeza física. El sportman obra inmediatamente, por la fuerza del hábito. La estupefacción misma de la sorpresa le es favorable, libertando al mecanismo muscular que funciona por sí solo. La cobardía, si la tiene, le es fatal únicamente a la larga.

Se cree que el deporte cura a las personas y reforma las razas. Según: la moda del deporte ha sacrificado a muchos infelices, para los cuales atletismo significa tuberculosis. Hay casos en que la higiene mata. La opinión de que los griegos fueron grandes por hacer gimnasia, resulta pueril. Al contrario: hacían gimnasia porque les sobraba vitalidad. La barra y el disco son para los robustos; la salud individual o colectiva, como la inocencia, no se recobra nunca del todo, y el deporte es una cataplasma poco eficaz para torcer el destino de los pueblos.

La belleza no ama al deporte. Hemos concentrado la poesía en el matiz y en la penumbra sugestiva. Preferimos la elocuencia de las frentes pálidas, de los ojos profundos y de las amargas sonrisas, a la gallardía vulgar de los clásicos bíceps helenos. Encontramos la inteligencia solitaria superior a los populares Juegos Olímpicos. Por eso el deporte reciente, a pesar suyo, empieza a penetrar en regiones vírgenes. Evoca la eterna obra de conquista sobre la naturaleza, y se vale de las admirables máquinas imaginadas por la ciencia actual. La bicicleta y el automóvil, dignificando al deporte por medio del riesgo, le proporcionan el dominio de la velocidad, elemento incomparablemente más espiritual que la potencia impulsiva. Colocado en la cúspide de los Juegos Olímpicos Modernos, Santos Dumont es un deportista sublime.

 

LA LUCHA

EL TEATRO estaba lleno. Abajo un mar, y arriba una muralla de cabezas. De pronto, en el escenario desierto apareció un niño.

Solo ante la inmensidad, avanzó. Parecía un insecto. Estaba metido en un sayal negro como una mortaja, y un enorme sombrero de teja abrumaba su carita amarilla y sin edad, cara de cómico. Impávido al terrible murmullo de la muchedumbre que ha pagado y quiere divertirse, llegó hasta el borde del abismo, y empezó a cantar.

Cantó un couplet de los creados por otro héroe, Frégoli, y el insecto indefenso conquistó al público. La gente rió y el niño resistía el oleaje inmenso de las risas para dominarlo y desencadenarlo otra vez con aquel talento que sin duda le había costado muchas lágrimas.

Alegre era el couplet, pero ¡ qué triste era la voz, vocecita débil y sin timbre, gemido arrancado al hombre por la vida despiadada!

En vez de dormir sosegadamente, con el profundo sueño protegido de los niños felices que de día juegan al sol, aquel niño se abrasaba a medianoche en la atmósfera envenenada de Un teatro, y luchaba para hacer reír a la multitud, para hacer reír a otros niños grandes en sus palcos. ¿Y cómo no había de hacer reír con aquella facha diminuta y ridícula, con aquellos gestos de miseria y de desesperación?

Espectáculo quizá doloroso, pero seguramente necesario y justo. Necesario es que ese chiquillo crispe su garganta, y que otros chiquillos más desgraciados aún descoyunten sus miembros o vuelen de un trapecio a otro como pelotas vivas, para divertir también a los dichosos que se aburren. Necesario es luchar; y lo necesario no puede ser malo.

Lo único malo es la resignación. Admiremos a los que no se entregan jamás, a los que tienden sus músculos contra la mole social que a ciegas los aplasta; admiremos la rabia de vivir que agita todavía el cuerpo de los decapitados; admiremos a los que, como el Frégoli en miniatura de anoche, se adelantan desnudos al encuentro de la vorágine, y se lanzan en ella para vencer o morir.

¿Quién dijo que venimos al mundo para pasar el rato? Venimos a hacer esclavas nuestras las realidades de que merezcamos ser dueños, venimos a concentrar en nuestra alma de una hora la mayor suma de energía posible. Venimos a ser fuertes, o a resignarnos a servir a los fuertes.

¿Serás tú fuerte, muñeco disfrazado de cura, que me hiciste pensar anoche? ¡Quién sabe! Mañana serás un gran actor, y deberás a los duros años en que de niño halagabas las crueles aficiones del vulgo, el poder divino de hacer llorar y soñar a los hombres.

 

 

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LA LUCHA

 

 

Material:  AUDIOCUENTOS DE RAFAEL BARRETT

 

 

 

LOS COLMILLOS DE LA RAZA BLANCA

EN CHINA resucita la agitación antiextranjera. En Tánger un fanático se remanga los brazos y enseña los puños a los cañones de la civilización. ¿Quién sabe? No hace mucho que otro exasperado lanzaba hasta Karthoum la horda de sus negros mastines y se permitía matar generales y emancipar, con las uñas y los dientes, un inmenso territorio. Y hace menos que unos cuantos miles de italianos, representantes forzados de la cultura europea, caían bajo la cultura abisinia. No eran ellos los feroces; iban a morir lejos de su tierra, porque nuestros soldados son aún demasiado cobardes para fusilar a sus jefes cuando hace falta; iban, como los niños españoles a Filipinas y a Cuba y los aldeanos rusos a la Manchuria, castrados por el miedo y atontados por la gritería de la farsa patriótica. No; los feroces eran los que se quedaban en casa, en sus despachos de ministro o de banquero, administrando los fondos.

Y cuando una expedición contra las razas "condenadas a desaparecer" sale mal, ¡de qué pésimo humor se ponen los imperialistas de toda categoría, desde los reyes del negocio internacional hasta los oficialillos hambrientos de grados! Nada más divertido que el gruñido rabioso de los blancos ante la tajada que no se quiere dejar morder. El egoísmo tiene ingenuidades y asombros encantadores. Nos inculcaron desde la primera infancia la cándida filosofía del más fuerte, de los colmillos más agudos, y no hemos cambiado de libro. Dios era el más fuerte, el que apretaba más; el hombre era su criatura y su criado; nuestra salvación era temerle y servirle considerablemente. Sobre el planeta, el hombre era Dios; los animales, nuestros fieles: tenían la obligación de sernos útiles, de consentir en ser devorados. La abeja cumple con su deber; hay una devoción laboriosa en la estupidez con que nos abandona su trabajo: ella será con nosotros en el paraíso. El tigre es absurdo; es el réprobo, el bello Satanás de la creación. El buey, el cordero, el burro, la gallina, he aquí tipos recomendables. Obsequiamos con una hipócrita estimación a las bestias abyectas que nos lamen los pies ¡ Cuántos elogios y cuántos palos al perro! Es que el perro, ese amigo que tratamos a puntapiés con toda confianza, es el modelo de la humildad cristiana.

Humanos que no sois blancos, creed en el misionero y en su frasco de alcohol, en el traficante y en su látigo de negrero, creed en Jesucristo y en Darwin, porque son lo mismo; sacrificad a los ídolos de los blancos, a los crucifijos y a las máquina? Civilizaos; que os podamos vender vuestros harapos y que podamos ensayar en vuestra carne nuestra última carabina; sudad y creed en nosotros, sed nuestros perros.

Concepción simple y eterna, del Faraón a Tiberio y de Maquiavelo a Nietzsche; mecanismo rudimentario de nuestra ciencia sajona. Teoría de Caín: problema de colmillos. Pero, ¿y Porth Arthur?, ¿y Mudken? Esperemos.

 

LA HUELGA

HUELGAS por todas partes, de Rusia a la Argentina. ¡ Y qué huelgas! Veinte, cincuenta mil hombres que de pronto, a una señal, se cruzan de brazos. Los esclavos rebeldes de hoy no devastan los campos, ni incendian las aldeas; no necesitan organizarse militarmente bajo jefes conquistadores como Espartaco para hacer temblar al imperio. No destruyen, se abstienen. Su arma terrible es la inmovilidad.
Es que el mundo descansa sobre los músculos crispados de los miserables. Y los miserables son muchos; cincuenta mil cariátides humanas que se retiran no es nada todavía. El año próximo serán cien mil, luego un millón. El edificio social no parece en peligro; está cerrado a todo ataque por sus puertas de acero, sus muros colosales, sus largos cañones; está rodeado de fosos, y fortificado hasta la mitad de la llanura. Pero mirad el suelo, enfermo de una blandura sospechosa; sentidlo ceder aquí y allí. Mañana, con suavidad formidable, se desmoronará en silencio la montaña de arena, y nuestra civilización habrá vivido.
Hay un ejército incomparablemente más mortífero que todos los ejércitos de la guerra: la huelga, el anárquico ejército de la paz. Las ruinas son útiles aún; el saqueo y la matanza distribuyen y transforman. La ruina absoluta es dejar el mármol en la cantera y el hierro en la mina. La verdadera matanza es dejar los vientres vírgenes. La huelga, al suspender la vida, aniquila el universo de las posibilidades, mucho más vasto, fecundo y trascendental que el universo visible. Lo visible pasó ya; lo posible es lo futuro. Asesinar es un accidente; no engendrar es un prolongado crimen.
No importa tanto que la sangre corra. Los ríos corren; lo grave es el pantano. El movimiento, aunque arrolle, afirma el designio eficaz y la energía. El hacha que os amputa una mano no se lleva más que la mano; mas si los dedos no obedecen a vuestra voluntad, estremeceos, porque no se trata ya de la mano solamente, sino de vuestra médula. La huelga es la parálisis, y la parálisis progresiva, cuyos síntomas primeros padece la humanidad moderna, delata profundas y quizá irremediables lesiones interiores.
Todo se reduce a un problema moral. Es nuestra conciencia lo que nos hace sufrir, lo que envenena y envejece nuestra carne. Hemos despreciado y mortificado a los menos culpables de entre nosotros, a los humildes artesanos de nuestra prosperidad; no hemos sabido incorporarlos a nuestra especie, fundirlos en la unidad común y en la armonía indispensables a toda obra digna y durable; hemos querido que la suma total de los dolores necesarios cayera únicamente sobre ellos. Y ese exceso de dolor torpemente rechazado y acumulado en el fondo tenebroso de la sociedad vuelve sobre nosotros, y se levanta y crece a la luz del sol y al aire libre, de donde jamás debió haber desaparecido.

 

REPRESALIAS EVANGÉLICAS

EL PARTIDO de Dios —entendámonos, del Dios católico, segunda parte de Jehová— camina de descalabro en descalabro. Los productos de la manufactura romana van bajando en plaza. La mercadería laica, más barata, confeccionada a la vista, y con buen reclamo, desaloja a la otra. En Francia el desastre es tal, que el Papa no ha intentado una sola estratagema. España, que teníamos por ensotanada para siempre, inicia un vago movimiento contra la Santa Iglesia. Esto es suficiente a enloquecer al episcopado, ya furioso y prevenido por los últimos acontecimientos. Los ministros del suave Jesús se preparan a vengarse cruelmente.
Dios, para ser popular, tuvo que hacerse vengativo. El miedo es lo que ata a los hombres más fuertemente entre sí, y a los hombres con Dios, porque la ira y el encarnizamiento son más humanos que el amor, y Dios, para subsistir en los hombres, debe ser humano ante todo. La venganza es el acto fundamental del Todopoderoso, y sus sacerdotes, al practicarla, se ajustan a la legítima tradición apostólica. Los obispos de hoy son tan ortodoxos como los dignatarios del Santo Oficio. Su anhelo es venerable, porque para ellos vengarse es triunfar nuevamente, devolver su gloria, un instante oscurecida, al natural Señor de ella.
Pero ¿de qué manera se vengan los obispos? Aquí entra lo original. Han boicoteado a los liberales españoles, a los parientes de los liberales, y a los que leen los diarios liberales. Se resisten a administrar los sacramentos a los boicoteados. Niegan los funerales y las indulgencias "a los muertos cuyas familias publiquen sus avisos" en los mencionados periódicos. Era lógico que la Iglesia cerrara su aduana a los que trafican con el enemigo. El libre cambio es fatal al Vaticano, y la guerra religiosa resulta en el fondo una guerra de tarifas. Sin embargo, un punto extraño queda en la resolución vengadora: la persecución a los muertos.
El Purgatorio existe; hemos de creerlo, aunque no fuera sino por los millones que ha producido. El Purgatorio es una mina de almas, la mejor propiedad del clero; allí los difuntos en cuarentena sufren torturas espantosas, durante miles de años, hasta que el Padre de misericordia infinita se da por satisfecho y descorre el cerrojo. El plazo depende también de los obispos; la pena, a semejanza de la de los presidiarios, puede ser conmutada y acortada por la caprichosa generosidad de los personajes en candelero. Sólo que no se trata aquí de generosidad, sino desprecio. El tormento de nuestros padres fallecidos se compra. Sus dolores sin cuento dependen de nuestro bolsillo. Mas si hemos anunciado los funerales en un diario liberal, estamos frescos; no hay mostrador para salvar a nuestro padre.
El Dios del Sinaí reventaba a los vivos. El Dios de Pío X comprende que "su reino no es de este mundo", y revienta a los muertos. No son nuestros hijos hasta la cuarta generación los amenazados por la cólera divina, sino nuestros abuelos y bisabuelos hasta la cuarta generación. El efecto retroactivo de las nuevas disposiciones es extraordinario, sin precedente en la historia. Las ánimas, las pobres ánimas que se nos aparecen de cuando en cuando, implorando con sus tristes miradas de espectro un alivio a los suplicios que padecen, estarán consternadas. Sobre ellas, inocentes sombras desvanecidas en la gran sombra augusta de la muerte, cae el peso entero de la rabia eclesiástica.
A esto se reduce la venganza de los herederos de Dios; a atizar el fuego pueril de las calderas del Purgatorio. A esto se ha rebajado la grandeza de una organización colosal, que llenó quince siglos con los milagros de sus mártires, la ciencia de sus monjes y el fausto admirable de su trono. Y en Francia, ¿se ha encontrado algo menos ridículo? ¡Sí!, han encontrado un desquite magnífico; han quemado azufre en los templos, para hacer estornudar a los soldados.

 

EL ROBO

HE OÍDO hablar de un robo reciente. Sin invitación previa, los ladrones entraron en la casa, abrieron el baúl y se llevaron algunas joyas, dejando intacto un número de papeles manuscritos, notas, borradores de literatura y de matemáticas, el fruto de dos o tres años de vida intelectual. El hecho en sí no tiene nada de notable, ni sería justo echar en cara a los rateros su poca afición a los desarrollos de la idea pura. Cada cual en su oficio. Pero es precisamente lo vulgar de un fenómeno lo que debe inclinarnos a la meditación. No es el azar, sino el orden lo que debe maravillarnos. No es milagroso lo que ocurre raras veces, sino lo que siempre ocurre. Y figurándome filósofo al dueño de las joyas robadas y de los papeles perdonados, le filosofaría en estos o semejantes términos:
—"Si te hubieran quitado tus cuartillas queridas, cansadas aún de tu mano febril y vacilante, llenas de surcos negros, de tachaduras —¿te acuerdas?, gestos de rabia o de triunfo—; si te hubieran quitado las compañeras de tu soledad agitada, las hijas y herederas de tu pensamiento, darías por rescatarlas tus joyas y tus vestiduras y el lechoen que descansas. Y ves que no te han hecho padecer tanto como pudieran, y que no es necesaria a la felicidad de los que nos parecen malos toda la desdicha de los buenos. Y sentirás que tus cuartillas, arraigadas en ti, son en verdad tuyas, mucho más tuyas que tus joyas y que tus muebles. Y advertirás que los ladrones buscan lo que es menos tuyo, y rechazan lo tuyo de veras, lo que por serlo pierde su precio y su virtud apenas sale de tu voluntad y dominio.
"Admitirás entonces que no son las joyas de tu propiedad legítima, sino de quien las hizo, igual que son de quien los escribió los papeles que guardas. El palacio pertenece al arquitecto, y la tierra a quien la fecunda y embellece. Sólo es nuestro lo que engendramos, lo que por nosotros vive, lo que como padres no repudiaremos nunca; sólo es nuestro lo que sólo con nosotros resplandece y obra. Y he aquí que el oro inerte, anónimo, el esclavo que a todos sirve, no es de nadie, o es de todo el mundo. El oro y el aire y el agua y el cielo no son de nadie, porque no son humanos; tu joya tiene dueño, no por ser de oro, sino por ser joya, porque un hombre al cincelarla retrató en ella la imagen fugitiva de su espíritu.
"Robar el oro es un acto indiferente. Nosotros lo castigamos, lo llamamos delito. Esto es una monstruosidad, una locura. Nos volvimos locos el día en que pagamos con oro al que hace una joya y al que escribe un libro. ¿No comprendes que no hay equivalencia posible entre un pedazo de metal y un pedazo de alma? La base de la sociedad es una inmensa mentira, un tráfico ilusorio entre cosas intraficables. Nada profundamente nuestro es susceptible de abandonarnos. Vende tus cuartillas, y cuenta tus monedas, mas no juzgues que lo que creaste cesa de ser tuyo, ni que ese dinero pasó a serlo. Te está permitido únicamente darte, no cambiarte. Los ladrones no te hurtaron nada, y nada te entregan los que te abonan tu salario.
"Los ladrones, pues, no son culpables. Si sacaran un vaciado en yeso de las joyas, para el artífice que las ejecutó, y se quedaran con el oro, harían un gran bien. El robo suele restituir. Sin embargo, mételos en la cárcel. Conviene que sufran, y que sufran también otros infelices: los carceleros. Conviene que el dolor absurdo remueva el fondo de las conciencias, y que se hinche siempre la ola vengadora".

 

LA CONQUISTA DE INGLATERRA

¿SE AMAN los hombres más que antes? ¿Se aman siquiera algo? Preguntas sin contestación posible. Hoy, lo mismo que ayer, goza el odio una autenticidad negada al amor. Todos sabemos que no son las malas pasiones las que se falsifican. La desconfianza, la crueldad y la concupiscencia siguen siendo los movimientos espontáneos del alma. Mas tal vez ponemos mayor energía y mayor ingeniosidad en disfrazarlos. Tal vez conseguimos imitar mejor la virtud. Tal vez modelamos en el lodo maloliente de nuestros instintos estatuas más perfectas de la piedad. Y este afán artificioso de representar lo que no existe y esta necesidad de introducir en las costumbres mil prácticas hipócritas demuestran precisamente la realidad de una vida superior. Nuestra bondad, de dientes afuera, quizá anticipa gritos sinceros; nuestras fórmulas generosas, figuradas y sin cuerpo como los planos arquitectónicos, quizá retratan la ciudad futura.
Dice Lamartine que el ideal es la verdad a distancia. El ideal es la mentira, pero la mentira que cesará de serlo, la mentira-verdad, la mentira-germen. Y por una curiosa ley, preceden a la encarnación del ideal preparativos materiales cuyo verdadero destino nadie sospecharía. Así el pájaro primerizo ignora por qué un anhelo irresistible le empuja a buscar y reunir las briznas de su nido. Creerá que lo que le impele es codicia de urraca y no ternura de tórtola. Así gentes pasadas ignoraron que al hacer la guerra fundaban la paz, que al destruir cimentaban, y que con sangre fecundaban el mundo. Así ahora, ante el hecho universal de la disolución de las fronteras por obra de las grandes compañías de comunicaciones y transportes, podríamos concluir que no se trata sino de ganar dinero, cuando en el fondo se trata del advenimiento enorme de la solidaridad humana.Los pueblos que eligieron para defender su territorio cordilleras heladas, ríos traidores y mares infranqueables, trabajan en romper la cárcel de la naturaleza. No hay ya precipicios bastante profundos ni rocas bastante inmensas para detener la civilización. Donde las hordas feroces retrocedían, continuamos nosotros el camino. No pasarán muchos años antes de que hayamos puesto el pie o la quilla en los últimos rincones del planeta, ni antes de que nuestra palabra se oiga a un tiempo, semejante a la de Dios, en todas partes. La ciencia nos acerca y aprieta unos con otros, por mucho que nos aborrezcamos. La inteligencia nos unifica y nos funde; era la ignorancia la que nos separaba. Y las ideas, las únicas católicas en el sentido etimológico del vocablo, las ideas nacidas del hecho experimental y no del terror religioso, han perforado los Alpes y van a construir el túnel bajo la Mancha.
Inglaterra había proclamado que no sólo ella, sino que cada inglés era una isla. Su política tradicional era la del soberbio aislamiento. No esperó a Ibsen para sentar que el más fuerte es el que está más solo. El ejército permanente de las olas atlánticas se encargaba de volver inaccesibles las costas y de asegurar la independencia nacional. Siempre rechazó Inglaterra el túnel, en tantas ocasiones proyectado, que la atara al continente. Y por fin se nos asegura que cederá, y que la nación orgullosa por excelencia tenderá la mano al resto de Europa. La isla se convertirá en península. Un istmo misterioso la unirá a otros suelos, y unirá la raza robusta y desdeñosa a otras razas. El juego fatal de los intereses económicos ha vencido los antiguos resabios, y mezclará elementos sociales aún enemigos, creando la continuidad de la tierra firme. El oro conquista a Inglaterra. El oro, hijo de la avaricia, padre de la envidia y de la desesperación, gran envenenador de conciencias, amalgama las carnes. El oro, con la tiranía que heredó de la espada, aparta los espíritus y junta los cuerpos.
Y cuando el oro haya desaparecido al igual de la espada, cuando se hayan desvanecido las mezquinas emociones que cual andamiaje fútil acompañan a la acción incalculable del capital moderno, quedará el edificio levantado por el mal para que el bien lo habite. Se irán las empresas infames, los trusts abrumadores, los propietarios de todo género, engrandecidos con el robo y con el ejercicio de la esclavitud, pero dejarán al porvenir sus minas abiertas, sus ferrocarriles, sus telégrafos, sus puentes y sus túneles, sus máquinas poderosas, sus instrumentos delicados, el tesoro entero acumulado por la rapiña para que generaciones menos despreciables lo usen y multipliquen noblemente. El amor entonces hallará dispuesto su nido, y no le importará conocer con qué intenciones fue preparado. Las heridas de la espada y del oro serán surcos donde germinarán las plantas nuevas.

 

DIPLOMACIA

Los GRANDES de la tierra, a imitación de Dios, procuran ocultar las razones de su conducta. Los capitanes no explican sus órdenes: las dan. La famosa rapidez de Napoleón se reduce a la famosa obediencia, al absoluto acatamiento y maleabilidad de sus soldados. Poned en un soldado un átomo de espíritu crítico, es decir, un átomo de inteligencia, y habréis suprimido al soldado, convirtiéndolo en un hombre, en un ser poco apropiado para morir por voluntad ajena. Es que mientras se discute un mandato no se le ejecuta. El secreto: sin él no hay poder posible sobre la tierra. La Iglesia se mantiene por el prestigio de los dogmas absurdos y por el empleo del latín, lengua incomprensible que fascina a las mujeres. La misa, celebrada en castellano, perdería mucho de su majestad. El Padre Rivadeneyra, en nombre del cielo, aconseja a los príncipes que disimulen los móviles de sus actos. No le parece correcto que el común de las gentes se dé cuenta satisfactoria de lo que hacen con ellas. Maquiavelo opina igual. César Borgia, su modelo, vive de noche; nadie sospecha, ni los más próximos, lo que la madrugada traerá consigo. Todos los tiranos, desde Sila a López, esconden sus designios, como la tempestad esconde entre las nubes sus maquinaciones eléctricas. Todos saben, grandes y chicos, que el pensamiento los disminuye y arruina; en cuanto hemos visto en qué consistía el rayo, nos hemos reído de él y lo hemos hecho prisionero.
La diplomacia practica un misterio solemne. Los gobiernos se entienden a espaldas de los interesados. En la sombra, ejecutan las cancillerías el arte de engañarse. Y no se inquiera hasta qué punto somos culpables o víctimas de la perfidia internacional. La razón de Estado prohíbe enterarse de ello. Los Parlamentos de los países llamados libres ignoran los compromisos de la patria, y cuanto más grave es el asunto, más se tapa. Cuanto más profundo es el despeñadero, menos se alumbra el camino. El fruto de las cosechas, la labor de miles de ciudadanos que desean trabajar en paz y que son los únicos que constituyen la energía de los pueblos, el destino colectivo, en fin, se encomienda a unos cuantos señores que se han pasado la vida estudiando la letra muerta de las Administraciones y que, en materia de sociedad, no conocen sino la de los que comen bien y se visten mejor. He aquí los árbitros que se encierran con llave en un gabinete, para decidir las alianzas y los rompimientos, y para preparar la concordia y la guerra. Profanación será buscarle en su escondrijo. Son los ídolos de máscara inmóvil, que no contestan cuando se les pregunta, sino cuando quieren.
¡ Cuántas veces nos hemos sonreído al divisar entre nosotros la gravedad tenebrosa, la frente olímpica y hueca del inmortal Pacheco de Ega de Queiroz! ¡ Cuántas veces, si hemos cruzado la palabra con el personaje, hemos despreciado sus escrúpulos de hembra, su horror a la claridad y a la salud! ¡ Cuántas veces hemos contemplado su fuga ante la idea! Esa levita ministerial, abotonada sobre el inflado abdomen, es insignificante. Y sin embargo la levita diplomática mandó los españoles a sucumbir a Filipinas y a Cuba, los italianos a África y los rusos a la Manchuria. ¡ Qué hermoso, qué fuerte y qué sencillo hubiera sido responder: "¡No vamos!" Pero fueron.



LA ELOGUENCIA

HAY GENTES enamoradas de la elocuencia. Desean ser convencidas en seguida, ser arrastradas por un río sonoro de palabras familiares y fácilmente comprensibles. Admiran la gimnasia del orador congestionado; se beberían el sudor heroico de las cabezas retumbantes. Les encanta ser dominados en tropel, apretados unos con otros; sentir en las espaldas, al mismo tiempo que los demás, el latigazo de las parrafadas finales; perderse en la adoración común; vaciar su mente de toda serenidad, de toda crítica, a la música vulgar de los tribunos; estremecerse con el espasmo ajeno, impuesto por la carne próxima; abandonarse al pánico que aplaude.
Hay inteligencias impúdicas, que abren su intimidad a las primeras galanterías oratorias, y que se dejan poseer en público por los charlatanes. Charlatanes extraordinarios, Demóstenes, Cicerón, Castelar, tiranos de la lengua, domesticadores de almas fútiles, jefes de la orgía mental, predicadores de la guerra que se quedan en casa, y que sólo fueron grandes cuando no fueron elocuentes y se les pudo leer después de haberles oído. Espectáculo innoble de mandíbulas colgantes, de ojos en catalepsia; pensamientos violados por un sugestionador que grita: pasividad de bestias ensilladas. Y el desenlace: manos inútiles que se chocan, un ruido vano como el discurso; los cerebros hueros. "¿Qué dijo? —No sé; pero estuvo sublime".
Viento. Mentiras que pasan. No se entrega nuestro ser a un puñado de frases. Nuestras entrañas están muy hondas. No es el clamor palabrero el que llega hasta ellas, sino el silencio y la meditación del libro. Id a los parlamentos, a las cátedras y a las iglesias, los que no tenéis entrañas. Id en rebaños; vuestras conciencias, igual que los cuerpos, no se tocan entre sí más que en sus superficies; eso os basta, a vosotros que sois únicamente superficie y corteza. Id: la voz despótica atronará vuestra vacuidad interior, mentes desalquiladas. Id innumerables, alargad a la vez las orejas, y felicitaos de volver cargados de ecos, y dichosos de vuestra docilidad. Para nosotros, el libro cortés, que no nos aturde a destiempo, ni nos soba, ni nos pisa, ni nos abruma; el libro, nuestro por siempre, desnudo y amoroso, que nos da de él lo que queramos tomar, lo que reconozcamos nuestro; el libro mudo, sin retrato de autor; el libro impersonal, abstracto, que preferiríamos sin nombre en la portada, título, firma, ni fecha, pedazo de espíritu caído al mundo para nuestra comunión ideal. Vosotros necesitáis una caja de resonancia, teatro, circo, la promiscuidad de los que acuden a venerar un saltimbanqui. Nosotros, la soledad.
Oradores, España, Moret, Santiago de Cuba. En el colegio me obligaron a reírme con el epigrama clásico:
Para orador te faltan más de cien
Para arador te sobran más de mil.
Ya no es del orador de quien me río, aunque por allá siguen riéndose del que ara, y encantados del que ora. No me río de ti, siervo que apenas sabes hablar, y que para explicar las cosas las dibujas con tus dedos rudos, o las construyes pacientemente. Tú lo has fabricado todo, porque no sabías hablar. No es en el aire donde están los surcos de tu labor, sino en la tierra humilde. Te llaman bruto porque no sabes hablar, se ríen de ti. Y tú aras, cubriendo de surcos toscos el campo eterno. Ellos pronuncian sermones solemnes, en que se atreven a recordar la vida de Jesús; declaman patrióticamente en el Congreso, donde se atreven a recordar tu vida; sueltan con arte exquisito los brindis al champaña, desabrochándose el chaleco que les oprime demasiado el vientre. ¿Qué importa? Surquen ellos el aire con su vocear frenético, sus manotones descompasados, y tú, amigo mío, surca la tierra, la madre segura, la hermosa tierra firme.

 

LA DINAMITA

Los ESCONDRIJOS de Barcelona están llenos de bombas, listas para la catástrofe. Día a día descubren unas cuantas. Indignación del gobierno y de los moralistas de sobremesa. Se dice aún: "esto es moral, esto es inmoral; esto natural, esto no", como si todo no fuera naturaleza, como si pudiéramos trazar en otra parte que en la imaginación los meridianos del mundo y de la vida. La Venus de Milo, o el Quijote, o la Basílica de San Pedro, son igualmente naturales que el Mediterráneo y Saturno y las selvas del Brasil. La ciencia existe porque borra las divisiones aparentes de la realidad. Si la naturaleza ha producido algo en absoluto extraño a nosotros, jamás tendremos de ello la menor noticia. Conocer es parecerse; una relación es una reciprocidad o no es nada.

¡ Profunda naturalidad la de la dinamita y la del anarquismo! Esas energías no son mejores ni peores que las que dislocan cordilleras y arrasan San Franciscos y Martinicas. La dinamita, que en manos de ingenieros hiende la roca para abrir paso al ferrocarril, sirve lo mismo para hacer volar los ferrocarriles y los ingenieros y los dueños del negocio. Los apóstoles de hace veinte siglos eran anarquistas a su modo; por muy cruel que sea la legislación proyectada con el fin de ahogar el anarquismo, no lo será hasta el punto extremo de las persecuciones dioclecianas. ¡Qué error el de creer a la naturaleza indiferente a los nombres! El milagro, el magnetismo encantador de lo desconocido, bajó a iluminar las frentes piadosas de los santos; entre los suaves dedos que absuelven se ablandaron y torcieron las leyes físicas; las cosas se enternecieron y amaron. Y hoy, a semejanza de otro tiempo, los profetas de la desesperación se sienten auxiliados por la esfinge silenciosa. A la cólera intolerable que crispa los músculos en el bajo fondo social, responde la cólera química de las entrañas del globo. Los ascetas cristianos hacían brotar las flores de los yermos entumecidos; los ascetas anarquistas —sí, recorred la serie, rara vez hallaréis uno que no sea inteligente, elevado y robusto— llevan en el puño el prodigio feroz de la dinamita, el verbo que suprime, la voz que mata.

Vicio, crimen: palabras fáciles. Si cada uno de nosotros fuera un Róbinson, ¿qué significaría robar, mentir, asesinar? ¿Qué es la moral en una isla desierta? El delito no es individual, sino social. No es culpable el ladrón, el falsario y el asesino, sino la colectividad. Tenemos la carne podrida, y pedimos cuentas a las pústulas que nos manchan. La codicia nos envilece, el miedo nos disminuye, la vanidad nos aturde, y nos hacemos la ilusión de curarnos metiendo en la cárcel a los infelices que la epidemia general ha castigado con mayor dureza. Pobres diablos, grieta por donde trasuda la masa de bajas pasiones que nos emponzoñan, triste remedio es amordazaros. El veneno se queda adentro. Las raíces del árbol están heridas, y nos enfurecemos contra las hojas que vemos amarillear y marchitarse. ¿Por qué no se corrigen, por qué no se enverdecen? ¿Acaso no gozan del albedrío? Hojas melancólicas, vuestro libre albedrío os permite vacilar al viento; del árbol fatal sólo os separará la muerte.

El anarquismo no es el crimen, sino el signo del crimen. La sociedad, madre idiota que engendra enfermos para martirizarlos después, crucificará a los anarquistas; hará lo que aquellos Césares cubiertos de sarna: se bañará en sangre. Y seguirá enferma, y seguirá en nosotros el vago remordimiento de lo irremediable.

 

 

LA JUSTICIA

 

DAR A CADA uno lo suyo. Sí, pero, ¿cómo se sabe lo que hay que dar? Aunque imagináramos costumbres justas, ¿cómo practicarlas justamente? Aunque tuviéramos leyes justas, ¿cómo interpretarlas? Apenas conocemos, por ráfagas, nuestra propia conciencia; la conciencia ajena es la noche. Cometamos de una vez la suprema injusticia de no ver las intenciones; juzguemos los hechos. Los hechos también son la noche. ¿Cómo restablecer la realidad física de un episodio social? No podemos averiguar el tiempo que hará mañana, y queremos definir los remolinos misteriosos de la vida. En la selva inextricable de los apetitos queremos encontrar el testimonio incorruptible. Queremos, para iluminarnos, hacer comparecer a las sombras; para convencernos, hacer declarar a la hipocresía; para no ser crueles, citar a la crueldad; para sentenciar contra los hombres, oír a los hombres. ¿Dónde está la verdad? ¿Está en el silencio de los que dejaron crujir sus huesos dentro del borceguí inquisitorial, o está en las confidencias del acusado a la moda? Los inocentes se alucinan, y confiesan crímenes que no han hecho. ¿Qué mayor gloria para un abogado, que la de salvar a un bandido? Nos quejamos de la lentitud de los procesos: si los jueces fueran absolutamente justos y medianamente razonables, no se atreverían a fallar nunca.

Ilusionémonos con que nuestras leyes fueron justas ayer, y soportémoslas hoy, mas recordemos que la moral es distinta según la época y el sitio, y que no cabe la ilusión de que la justicia presente no sea la iniquidad futura. Demasiado débiles para las responsabilidades de la hora actual, lo somos mucho más para las responsabilidades del porvenir. Las consecuencias de nuestros actos son incalculables. Lo infinitamente pequeño aterra. El problema fatal lo penetra todo. No caminemos un paso por no aplastar al laborioso insecto. No respiremos por no quitar su átomo de oxígeno a pulmones venerables. La duda nos amordaza, nos ciega, nos paraliza. Lo justo es no moverse. El justo, como el fiel de la balanza simbólica, debe petrificarse en su gesto solemne. Resolverse a no hacer el mal es suicidarse, y sólo los muertos son perfectamente justos.

Para volver a la Naturaleza, soberbiamente injusta, forzoso es elegir entre la clemencia y la ferocidad. Para existir, Dios se hizo a ratos despiadado, y a ratos misericordioso. O verdugos o víctimas. Perdonar a unos es castigar a otros, y la tiranía está hecha de servidumbres. Sancho Panza, por cuya boca solía hablar la sabiduría del inmortal caballero, no gobernaba su ínsula igual que Nerón gobernaba Roma, pero ambos son humanos. La sociedad completa el destino fisiológico de las criaturas. La injusticia de las civilizaciones prolonga la injusticia fundamental de la especie. Por el único crimen de nacer, unos nacen débiles y enfermos y otros robustos; unos inteligentes y otros idiotas; unos bellos y otros repugnantes. Algunos están ya condenados al asco y al desprecio en el mismo vientre de su madre; algunos ni siquiera nacen vivos. Nosotros hemos añadido algo a todo eso; por el único crimen de nacer hemos conseguido que unos nazcan esclavos y otros reyes; unos con el sable y otros bajo el látigo.

¿Nuestra justicia obra porque es esencialmente injusta. Se apoya en la fuerza armada. Su prestigio es la obediencia de los que no tienen fusil. Su misión es conservar el poder a los que lo gozan. Su objeto, defender la propiedad. ¿Por qué indignarse de la venalidad de los magistrados? Ceden a la energía soberana según la cual está organizada la humanidad moderna: el oro. Emplean en su pequeño mundo el espíritu universal. Cuando se acerquen siglos mejores corromperemos los tribunales por medio de nobles ideas y hermosas metáforas. Mientras tanto, no lloremos demasiado las injusticias que nos hieren; no nos lamentemos sin medida del brazo brutal que nos sacude, de la calumnia que nos envenena. Las injusticias extremas son útiles; ellas, sembradoras de cóleras sagradas, han despertado el genio, han revolucionado los pueblos y han fecundado la Historia.

 

 

LOS NIÑOS

 

DE TRES a seis años. Los bucles de oro, embriagados y henchidos de la savia primera, ruedan sobre las mejillas olorosas; los ojos, bañados de húmedo amanecer, entreabren su curiosidad amante; las bocas inmaculadas ensayan la sonrisa y el beso; el alma en capullo no sabe aún la crueldad ajena ni la propia; la carne resplandece de una sagrada claridad. Adoremos la casta flor humana; purifiquemos nuestras manos en las cabelleras de los niños, acerquémonos a la inocencia perdida.

Pero, ¿somos capaces y dignos de ello? ¿Cómo acariciarles? ¿Qué decirles? Son seres de otro mundo. Son ingenuos; nosotros, falsos. Son limpios y hermosos; nosotros somos culpables, y estamos manchados, marchitos y viejos. ¿Cómo atrevernos a hundir nuestra mirada turbia en esas pupilas transparentes? ¿Impondremos a nuestras arrugas hipócritas la horrible mueca del candor? Necesitamos mentir nuevamente para hablar a los niños, y ellos lo ven y nos huyen. Nos han desterrado de sus juegos, de sus carreras aladas, de sus gorjeos celestiales. Justo castigo el nuestro: no podemos comunicarnos . con la pureza de nuestros hijos.

No acusemos a la vida. La vida moral es obra nuestra. Nosotros también fuimos ángeles. Nos convirtieron en demonios; nos corrompieron lo mismo que corrompemos a los niños de ahora. Éramos luz, y nos emparedaron. Éramos movimiento y nos amarraron los miembros con vestimentas estúpidas, y clavaron nuestros cuerpos en el potro de la mesa de estudio, y doblaron nuestros frágiles cuellos sobre el deber inepto y asesino. Pronto conocimos la cárcel y el trabajo forzado. Éramos belleza, y nos rodearon de cosas repulsivas y sucias. Éramos inteligencia, y nos la ahogaron en la tinta de interminables letras sin sentido. Nos obligaron a aborrecer el libro y a despreciar al maestro. Nos separaron para siempre de la naturaleza; nos envenenaron para siempre la libre alegría de los cielos, del mar y de los bosques. Una vez desprendidos de los jóvenes brazos de nuestras madres, sólo encontramos la amenaza, jamás el amor; nosotros, que éramos amor. En nosotros entró el miedo, después la vanidad, más tarde la única, absorbente, degradante pasión del oro. Hicieron lo que somos, incomparables estupradores de la razón y del sentimiento que nacen, corruptores de niños, cegadores de fuentes»

Cuando preguntaron a Garriere cómo debería el proletariado contribuir a la paz internacional, contestó:

"¡No golpeéis, no injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños..."

Salvémonos, salvemos la humanidad. Volvamos a los niños, y volvamos llenos de respeto y de fe. Así el recuerdo de la niñez propia, recuerdo que canta y que se queja en el fondo de nuestra conciencia, nos será menos triste; así conseguiremos prolongar la divina cosecha de bucles de oro, bocas inmaculadas, de ojos de aurora y de carne en flor que cada primavera nos trae el destino; así lucharemos contra el mal, y evitaremos que en un día quizá próximo nuestros hijos nazcan manchados, marchitos y viejos como nosotros.

 

EL QUE FUE

LA IGLESIA pone en escena el misterio de la muerte de Dios. Año tras año, Dios muere más hondamente, y resucita al tercer día con menos gana. La ficción es dos veces trágica, porque es también realidad. Dios se muere y se muere de veras.
Ha vivido veinte siglos en plena gloria. Injertado en el vetusto tronco bíblico, brotó al aliento de la poesía asiá-tica, y esparció un inesperado aroma de ternura por el Walhalla demasiado imperioso de las antiguas divinidades. Los mitos más adorables del Oriente acariciaron el rostro dolorido del Apolo en la cruz. La madre de Buda sonrió a las madres humanas, y subió al Olimpo con su niño en brazos. Las mujeres pudieron rezar. La sangre de los mártires era sangre alegre. Una cortesía nueva se extendió por la tierra en flor. Los hombres no aparentaron odiarse tanto, ni los infelices estuvieron tan solos. Un simulacro de piedad refrescó el mundo. La desesperación fue un pecado; la compasión devota visitó todas las catástrofes y todas las inmundicias; se insinuó en todos los crímenes; y el signo de la redención brillaba en los mangos de los puñales. El amor del Cristo no soportaba infieles: ajustició a los críticos y violó a las tribus salvajes; encantó a las vírgenes y consoló a las abandonadas. Los misántropos descubrieron tesoros en sus almas ardientes y sombrías; los pensadores aprendieron a tallar en silencio el diamante de la conciencia; los artistas pintaron la aurora, y levantaron bosques de piedra para solaz de los santos, y desencadenaron huracanes de melodías para cantar el triunfo místico; los libertinos inventaron la respetuosa galantería, y los soldados el honor. El cielo se mezcló con el suelo. Una comunión terrible, familiar y sabrosa nació entre lo finito y lo infinito. Hubo una ciencia del milagro, un lenguaje universal y litúrgico, una categoría intelectual y moral. La sociedad crecía bajo una sombra sagrada, y la soledad se poblaba de demonios y de ángeles. Los dogmas se fijaron en el esplendor del trono más augusto de los tiempos, y la fisonomía y la historia del Hijo llegaron a su definitiva figura. Dios existió.

Por haber existido plenamente tuvo que morir. El microbio germánico, cultivado por los Renán, enfermó a Jesús. Asistimos a los funerales de la divina persona. La muerte de los dioses es parecida a la nuestra; es la utilización total de su ser. Los dioses no tienen el defecto de la inmortalidad. Inmortal es la nada, y eterna; lo inmortal es lo inmóvil. Pero vivir es darse poco a poco a lo desconocido, y morir, darse de un golpe. Se perece como unidad; se subsiste como acción. Quizá sea la individualidad una ilusión innecesaria; los hombres y los dioses son quizá depósitos provisorios de energía, puntos ficticios en que se concentra el poder para gastarse con mayor eficacia. ¡ Quién sabe si lo importante no es nacer, sino morir! ¡ Quién sabe si a partir de la muerte verdaderamente vivimos, es decir, verdaderamente colaboramos en la obra inmensa! El genio es postumo. La leyenda cristiana es de una significación sublime. El Salvador debía morir. El error fue resucitarle. Y ahora que muere sin resurrección posible, vivirá para siempre en las entrañas de la humanidad.

Desapareció la simiente; es que se enterró en el surco. El sol cayó detrás del horizonte y, sin embargo, la noche está tibia y contemplamos sin miedo las tinieblas; el sol palpita aún en la juventud de nuestros músculos, y en el ritmo sereno de las aguas y de las savias; un suspiro
luminoso vaga por el firmamento. Las formas idolatradas se desvanecieron; no importa: la vital sustancia ha bajado al fondo de las cosas; todo lo asimilable empapa nuestra carne y nuestro espíritu; ha quedado en la razón y en el ensueño cuanto era de quedar. Si olvidamos, es que no es preciso que recordemos. Ya no hay inquietud en nosotros; hemos cesado de buscar; poseemos a Dios con la tranquila y formidable posesión del sepulcro. Dios se ha hecho invisible, porque por fin está dentro. "Tomad y comed", nos dijo, y le hemos devorado. Nos sentimos dioses. Nutridos de Dios, nos atrevemos a mirar cara a cara la Naturaleza, y proyectamos dominar el Universo.
LARULETA

¿DÓNDE CAERÁ, por fin, la esferilla vibrante? Las almas están suspendidas de un capricho idiota. ¿En qué hueco de los treinta y seis se consumará la irremediable injusticia? La enviada del destino salta, vacila, amenaza, huye...; su chasquido malvado ríe en el jadeante silencio; y cada número negro o rojo que toca hiere un corazón cobarde. Mirad esos ojos de sentenciados; esos cuerpos que aguardan el golpe del verdugo, caídos contra la mesa; esas manos enfermas que han traído sangre, fortuna, honra, en ofrenda a la impenetrable divinidad. Mirad al hombre entregado a la lujuria de la desesperación.

Azar, nada. Somos inteligencia, es decir, orden. Comprender es modelar; encajar la pasta amorfa de los hechos: en la estatua vacía de la razón. Somos voluntad, es decir, dirección y designio. Hemos privado a los vientos y a las aguas de su libertad salvaje, y los hemos condenado a los trabajos forzados de la rueda. Hemos ido a despertar las energías ocultas bajo las rocas y los siglos, y hemos vuelto a hacer arder el sol en las calderas de nuestras máquinas. Hemos recogido lo impalpable para que nos sirva; hemos aprisionado la electricidad dispersa en el espacio, y la hemos hecho volar por un hilo y ramifícar nuestros nervios. Hemos avanzado en la sombra; hemos descendido al abismo; hemos arrancado al misterio cosas informes para esculpirlas después. Hemos humanizado la naturaleza; hemos apretado con tal fuerza la realidad contra nuestro espíritu que en ella ha quedado estampada nuestra efigie. Hemos ensanchado la armonía alrededor de nuestra inteligencia, y por cada paso nuestro hacía adelante ha retrocedido otro la casualidad.

El jugador se abandona a esa casualidad que es nuestro único obstáculo y nuestro enemigo. El jugador funda su vicio en la ignorancia y en la impotencia absolutas. Traidor de la humanidad, ha prostituido la conciencia a la monstruosa caricia del caos. Ha agotado sus recursos en ajustar un mecanismo donde se condensa la noche mientras los demás construyen mecanismos donde se reúne la luz. En tanto que se creaba el disco de la dínamo; el creaba, el disco de la. ruleta. Otros agrandaban su mente, y él se decapitaba. Otros introducían la vida plena en el Universo, y él partía su vida en treinta y seis porciones. Otros nacían, y él se suicidaba. Pero la palabra suicidio es denasiado débil. Los que se matan aun esperan; llaman con la hoja del puñal o con la culata del revólver a, la puerta formidable que no se abre más que una vez y detrás de la cual puede haber algo. El jugador se destruye con exactitud. Sólo él conoce la verdadera muerte. Felizmente el que juega se arruina. Las matemáticas lo establecen, y los fenómenos lo confirman. Sería espantoso que se ganara al juego, y que el azar fuera fecundo.Una fatalidad profundamente sana devora al jugador y barre todos los años millares de seres indignos de existir. A esa fatalidad se punían en la obra saludable los banqueros con ventaja; los tramposos de ingenio que dejan al cartón señales imperceptibles y mortíferas, o que guían bajo el tacto finísimo una gota de goma transparente; los prestidigitadores que resbalan paquetes de naipes preparados y escamotean la catástrofe que asoma; los audaces que asaltan los tapetes y violan los bolsillos; aquellos, en fin, que se mantienen erguidos en la lucha. Ellos, tahúres, ladrones, bandidos, despojos del hampa cosmopolita y de los naufragios sociales, representan la moral en su sentido más hondo, porque enfrente del eterno enigma se conducen como hombres y no como espectros.



L A  G L O R I A

CARTA ABIERTA al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:

Distinguido señor:

He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero, ¿tienen razón las perSonas deceníes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.

Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este. . . ¿cómo diré?... de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.

Pues bien, no sólo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.

¡No llevo dos anos de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.

Por otra parte, ¿ qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡ oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo,uiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibsidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: "¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!".

Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma a]'ena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.

Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?

¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía
que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.

¡ Salud, señor de Phocas!



PASIONALES

"LA MATO porque la amo".

¿Hay quien crea al insensato que esto diga? Sí, señor, y no sólo las porteras lacrimosas y las señoritas traslúcidas, sino una gran parte del ilustrado público y hasta los mismos jueces. ¡ Ay del que mata por odio, por miedo o por hambre! ¡Bienaventurado el que mata por excesiva ternura! Si no completó armoniosamente el consabido "cuadro de horror" saltándose los sesos, vaya seguro a los Tribunales; el jurado, inclinándose ante la hazaña, pondrá en libertad al héroe, y las damas se interesarán por un tenorio tan bruto.

Asesinos se encuentran más interesantes. Wainewright, pintor y literato inglés, envenenó a su mujer porque esta señora tenía los tobillos demasiado gruesos. ¡ Pobre pintor! ¡ Cuántas indecibles torturas sufrió, él, tan artista, tan exquisito, al contemplar a todas horas la fealdad de los tobillos conyugales! Un jurado de estetas hubiera absuelto a Wainewright ¿no es cierto?, un jurado hipersensible, un jurado del porvenir.

¡ Qué lejos estamos de la humanidad! Y, naturalmente, de la verdadera estética: el sentimentalismo de nuestro
público y de nuestros jurados es el que trasudan Antony y cíen dramones más; el de Dumas hijo, el moralista (!!) del famoso mátala', el sentimentalismo de ojeras pintarrajeadas y melenas sucias, envejecido, descompuesto, maloliente, repulsivo, después de sesenta años de majaderías peligrosas a todo corazón sano; el sentimentalismo de folletín. Por eso la página del código en que se autoriza y alienta al marido a sacrificar una mujer indefensa, no es a secas una de las manchas infames de la civilización; es, además, algo repugnante, cursi, lamentablemente melodrama barato.

Acabemos de arrancar su aureola embustera a los que, si no cedieron al más bestial y egoísta de los instintos, no pasaron de ser falsificadores de las nobles energías del alma, comediantes, histriones del sentimiento, payasos trágicos. ¿Compasión para ellos? ¡ Oh, sí! Compasión a los enfermos, a los bárbaros extraviados entre nosotros. Compasión, mas no admiración. Y no dejemos de compadecer a los otros homicidas, más modestos y más perseguidos. No dejemos de compadecer sobre todo a las víctimas de la
ferocidad sexual.

No habléis de las locuras del amor. ¡No! El amor es lúcido y sereno. El amor no mata. Lo bello, lo fuerte, no conduce jamás al asesinato. Los fuertes mueren tal vez, pero no matan. "Los que matan, como los que se matan, dice Gourmont, son débiles. Los que tienen algún vigor se alejan, sufren, meditan y viven". ¡Viven! No es la misión del amor quitar la vida, sino darla, engendrarla valientemente, alegremente, contra todas las barreras, todas las emboscadas, todas las traiciones, todas las catástrofes. ¿Qué es necesario para matar? Bien poca cosa: un arma y una cobardía. Basta el momento delirante, la chispa lanzada por la hoguera siniestra que arde en la oscuridad de las pasiones, el espasmo sombrío de un segundo. Para vivir es necesario el amor. Para esas vidas lentas, preñadas de él y de cariño, para esas santas vidas largas, generadoras de lo grande, es indispensable el amor. El amor no desconfía, no se venga, no hiere; el amor siempre cree y perdona y vive y hace vivir.

"La mato porque no se me vuelve a entregar". ¿Es un amante el que así blasfema? ¿Amó algún día el que no consiguió despertar en otro el amor duradero y cesó él mismo de amar? ¿Temblaron algún día de amor las manos que hoy firmes apuñalean la carne adorada? ¿Amó siquiera un instante quien no vacila en desencadenar la angustia en el alma amada, y sin turbarse ve los espectros del terror en los ojos que él hizo triunfar antes de exaltación magnífica? El amor cruel es mentira. No hay amor donde no hay piedad. ¿ Qué es el amor más elevado, sino una piedad devoradora? "La mato porque no la amo ya- porque nunca la amé". Pie aquí lo cierto; y si el matador, analizándose, supiera eliminar el falso prejuicio del honor, las punzaduras de la vanidad, el afán de lo notorio y mil razonamientos parásitos que acompañan a la explosión. salvaje sin motivarla, descubriría en el convulsionado fondo de su conciencia esas larvas del tenebroso origen universal, que arrastran confundidos los gestos de la fecundidad y de la muerte.

Para el amor, elegir es respetar. El amor es esencialmente religioso; la luz que crea en torno de la mujer jamás se extingue. Por una ilusión generosa objetivamos los rayos invencibles cuyo centro está en nuestro espíritu, y se nos figura que amamos la belleza, cuando precisamente es la belleza lo que en nosotros ama. La mujer amada es intangible. Nos mentirá, nos atormentara, nos abandonará, si es posible que un amor profundo no sea recíproco, pero el resplandor inmortal seguirá iluminándola. El culto a la felicidad se habrá convertido en el culto al dolor, pero el templo estará en pie. La dulce fuente se habrá cambiado en fuente de amarguras, pero no se habrá agotado. Si no la dicha, la desdicha será nuestra razón de vivir y la explicación del universo. No renunciaremos a las sagradas ruinas. Preferimos un, recuerdo melancólico a todas las tentaciones del presente y a todas las promesas de la esperanza. ¡ Y en qué silencio, en qué intimidad secreta no resucitaremos del olvido, como Dios de la nada, las imágenes del joven amor y de la vida! Venturoso o no, el amor auténtico se oculta; el pudor es la mitad de su poesía. Un amante es un iniciado; no elevará en el arroyo el ara ni el altar. No expondrá al escándalo las embriagueces de su victoria, ni la liquidación de sus desastres. Quizá sucumba en un rincón, mas no representará gratis, ante la tribu reunida, una escena vulgar de quinto acto.

¡Matar! El amante de veras no mataría en ningún caso porque comprende que sería inútil. Es que el amor abre el entendimiento, revela lo invisible, y el seudo amante ignora que ante el amor la muerte es pequeña y transitoria. Sin embargo, el niño enamorado, al balbucear las eternas palabras, que a un tiempo se inventan y repiten, proclama la verdad: "Siempre te amaré". "Siempre nos amaremos".Siempre, es decir, no hasta la muerte, sino en la muerte y más allá de la muerte. Heme imita al niño: "En el día del juicio final, anuncia, los muertos se levantan, las trompetas les llaman a las alegrías ya las penas; en cuanto a nosotros, no nos inquietaremos de nada, y nos quedaremos acostados y abrazados". Y si para el amor la muerte no es un obstáculo, ¿cómo sería una solución? La muerte deja intactos los problemas de la vida.

En apariencia, fácil es hacer desaparecer al vivo. La cuestión es hacer desaparecer al muerto. Un cadáver se entierra, un fantasma, no. ¡ Matar! Y ¿después? ¿Para qué cerrar la puerta al vivo durante el día, si ha de venir el muerto cada noche a sentarse en el borde de la cama?



L A  R E G L A

DE NIÑO me inculcaron con seriedad que se debe decir la casa y no el casa; yo como y no yo comes. Se obstinaron símente en asegurarme que tarde es un adverbio y sobre una preposición. Guando había aprendido bien una regla me descubrían que no era tal regla, que había numerosas excepciones, las cuales a su vez tenían excepciones. Al fin me libraron del colegio y me di prisa en olvidar cuanto en él había sucedido. Con asombro noté que no me hacía falta saber gramática para hablar en castellano.

Asombroso me pareció también que personas que no conocen la anatomía ni la fisiología del estómago digieran durante largos anos imperturbablemente. Cuando me hube habituado a estos hechos, sospeché que las reglas no tienen quizá la importancia que los académicos y los dómines quisieran. Leí verdaderos libros, y vi que el talento y el genio suelen fundar la gramática futura sin molestarse en saludar la presente. La policía aduanesca de mis profesores perdía su prestigio. De dictadores pasaban a copistas. Encargados de medir el idioma, creían engendrarlo.

—Hombre se escribe con h —me corrigíeron un día.

—¿Por qué? —pregunté, tímido.

—Porque viene del latín homo.

—¿Por qué entonces no escribimos todo igual: homo?

—¡Silencio!

Observé en los ojos del maestro la misma furia del presbítero que nos dictaba doctrina cristiana. Una regla no se discute. No se discute el código ni el catecismo. Explicar una regla es profanarla.

Escribir hombre sin h, ¡ qué vergüenza! Y si en Italia se escribiera uomo con h, ¡ qué vergüenza! Si una soltera pare, ¡qué vergüenza! Y si un hotentote encuentra virgen a su esposa, ¡qué vergüenza!

No examinéis las reglas. Examinar es desnudar, y el pudor público no lo permite. Perteneced, si podéis, a la innumerable, a la invencible clase de los archiveros, guardianes y administradores de LA REGLA, y si no podéis, doblad el pescuezo. Pensar es exponerse a ser decapitado, porque es levantar la frente.

La regla es la mentira, porque es la inmovilidad; pero no lo digáis, no lo deis a entender; defended el pan de vuestros hijos.

 

DEUDAS

ME ENCUENTRO en la urgencia de hablar de mí. Particularmente considerado, mi caso no interesará a nadie, pero el hombre es un animal que induce. Tal vez el lector saque del ejemplo individual consecuencias generales. No de otro modo Isaac Newton, según cuentan, al ver caer la manzana se preguntó por qué no cae la luna. La misma lógica que fundó la gravitación universal la amenaza hoy día. Es que la razón, pálida sombra de la vida, crea y destruye sucesivamente. He aquí ahora lo que a vuestra razón someto:

Debo un traje al sastre y no puedo pagárselo. Mi oficio de fabricante de ideas no me permite por el momento pagar al sastre. El sastre se desespera y parece culparme de vagos crímenes.

He hecho mi examen de conciencia, y me he hallado limpio. He llegado a la conclusión de que mi deber es no pagar. Me he convencido de que sólo por indolencia y por una especie de distracción rutinaria he seguido la costumbre viciosa de pagar las cuentas. Si trabajo sinceramente en una sociedad donde hay gente que bosteza en medio de un lujo grosero, ¿cómo es posible que no se me asegure el abrigo contra la intemperie y una alimentación correcta? No soy quien debe, sino a quien se debe. No tengo para qué pagar el mercado, ni al casero, ni al sastre.

Él hace trajes, yo hago artículos. Yo le ofrezco cordial-mente mis artículos. ¿Por qué no me ofrece cordialmente sus trajes? Lo natural es que aprovechemos en fraternal reciprocidad nuestras aptitudes; él me viste el cuerpo, yo le visto la inteligencia. Si el mecanismo económico de nuestra civilización me obliga a caminar desnudo por la calle, no es culpa mía, sino de la civilización falsa en que vivimos.

Dios me libre de creer que es más meritorio escribir que cortar tela. Dios me libre también de creer lo contrario, y de aceptar como equitativo que mi sastre gane una fortuna con sus tijeras mientras yo apenas tengo con qué comer. Quisiera que nuestra dignidad representativa fuera idéntica. Si se me concede que no pague mis modestas y pocas vestiduras, no tengo inconveniente alguno en que no se me paguen mis artículos, ni mis libros futuros, que son muchos y hermosos. Así evitaría tocar el dinero, repulsivo como un sapo.

El dinero desaparecerá. Todo lo feo y lo absurdo desaparece tarde o temprano. Maravillosa es la división del trabajo y la perfección social de los hormigueros y de las colmenas. Sin embargo, ni las hormigas ni las abejas conocen el dinero. El dinero pretende reducir a cifras nuestra aptitud espiritual. Pretende introducir la aritmética donde nada existe de aritmético. La moneda es un malvado fantasma que nos da la ilusión de medir el egoísmo y aprisionar la humanidad. Y los fantasmas, aunque sean aparentemente más poderosos que los dioses mismos, están destinados a desvanecerse al soplo frío y puro de la mañana. Despertaremos, y nos avergonzaremos de nuestras pesadillas.

Al establecer que no debo pagar al sastre, me adelanto a la época, y anticipo, aunque parcialmente, un mundo mejor, hasta para los sastres. Al no pagar, yo, que nada poseo y siempre produzco, realizo un bello simulacro. Las cosas suceden exactamente igual que si el sastre me regalara con qué cubrir mi carne pecadora. Ya sé que no hay tal, que él deplora haberme fiado, mas éste es un fenómeno interior. Exteriormente, prácticamente me ha amado, puesto que me ha socorrido gratis. En el terreno de los hechos, no pagar es instituir sobre la tierra el régimen sublime de las donaciones. Practicad, decía Pascal a los ateos; la fe vendrá. Comulgad todas las semanas y concluiréis por persuadiros de que la consagración es un misterio auténtico. Trabajad y no paguéis nunca, digo yo. A fuerza de ejercitar la caridad a pesar nuestro, acabaremos por sentirla. A fuerza de no cobrar, los sastres y demás obreros de la colmena humana se olvidarán de cobrar. Habrá otros móviles de acción que el oro, y una edad más razonable habrá dado comienzo.




LA NODRIZA DEL INFANTE

Mi ACTUALIDAD, a estas fechas, es todavía la resolución que ha tomado la reina de España de no amamantar a su augusto hijo. Esta resolución terrible ha sido comunicada instantáneamente a los más remotos lugares del globo. En el Japón, en el Canadá, en Nueva Zelandia, en Noruega y en Sud África, las gentes se han enterado a las pocas horas de lo que sucedía. No acierto lo que habrán hecho al enterarse; en cuanto a mí, he caído en profundas reflexiones. Por más que se diga, los reyes son aún personajes trascendentales. Es inútil que el sentido común advierta que un rey es menos hombre que los demás, porque es un prisionero de la protección y de la farsa; no consigue el público despreciarles o compadecerles, ya que les paga y les aguanta. Un rey continúa siendo algo notable. ¿Qué extraño que el pueblo español se preocupe por la leche de su soberana, si menos de un siglo antes adoró de rodillas a un canalla vulgar, Fernando VII? Pero no se trata de España. ¿Acaso no ha sido locamente festejado Alfonso en París, en las mismas calles donde el zar, cobarde y siniestro fantoche, fue recibido en triunfo? ¿Acaso los ingleses, a cada momento, no limpian devotamente el polvo a los viejos trastos y disfraces de sus carnavaladas palaciegas? ¿No ambiciona Guillermo, el emperador ómnibus, pangermanizar la tierra? ¿No llovieron de todos los países, a la preñez de Ena, felicitaciones sobre el espermatozoide real que salvó la dinastía? Al nacimiento del vastago ¿no se disputaron Eduardo y Pío, Inglaterra y el orbe católico, el puesto de primer maestro de ceremonias? El buen Max Nordau creía, a los veinte años, que no transcurrirían treinta sin que se desplomara el último trono europeo. "Me equivoqué", declara recientemente. Sí, nos engaña el sentido común; tenemos reyes para un rato.

¡ Qué pequeño es el sentido común delante de la vida! Los nueve décimos de la humanidad no han salido de la esclavitud, y queremos que esa hambrienta carne se ofrezca el lujo de filosofar a imitación nuestra. Nos figuramos que lo absurdo no es viable, y que la inteligencia es una energía. Porque vemos en los reyes a unos mediocres cómicos, subvencionados por la resignación de la masa, pretendemos que la masa nos escuche y vea igual que nosotros. Como si la masa no fuera esencialmente religiosa, es decir, sujeta al poder de los signos. Mucho después de que hayan perdido toda influencia, directa o no, sobre la marcha de las naciones, los reyes subsistirán en calidad de signos externos. Hay algo que dura más que lo útil, y es lo inútil. Hay ciertos cadáveres que no se van, ciertas fórmulas que no se suprimen. Hay inscripciones fúnebres imborrables. Hay cosas muertas que se cuajan para siempre. El pasado de las especies extinguidas archiva su forma fosilizada en las entrañas del suelo; hasta los excrementos hallan su estatua. La piedra inmortaliza la nada. Manías estériles del destino. ¿Cuándo se desvanecerán del pecho viril los pezones sin jugo? ¿Cuándo huirán definitivamente las coronas y las cruces? Hoy seguimos, y seguiremos mañana, elevando templos a los dioses difuntos; seguiremos respirando el vacío, y vistiendo momias.

La lactancia alfonsina es, por lo tanto, de interés capital. La nueva nodriza del príncipe de Asturias se ha convertido en un funcionario de alta categoría. Cuando la excelente mujer vuelva a su aldea, ¡con qué ansiedad oirán la fantástica aventura parientes y vecinos! Contará la heroína de qué manera unos señores de gafas de oro la examinaron los más íntimos repliegues del cuerpo, para atestiguar que no se contaminaría la patria. Contará la unción con que presentó la ubre plebeya a los labios de S.' M., y el hijo a quien se privó de ella se sentirá cubierto de honor, y soñará con la gloria de que lo fusilen más tarde, sirviendo al rey. Respetemos emociones tan puras, tan arraigadas y antiguas. Reconozcamos la debilidad de lo que sólo es lógico y razonable. Lo razonable ha nacido evidentemente del hombre, y carece del prestigio de lo disparatado, de lo que se ignora de dónde nació. El disparate es el misterio; vino de la naturaleza o de Dios; con la edad se hace sagrado. Engendrado por el abismo y defendido por el tiempo, ¿quién lo atacará?

Respetemos asimismo el cambio de teta cuestionado. La reina, que herida por la gracia, iluminada por el Espíritu Santo, renunció a las herejías protestantes para abrazar la fe romana, edificando a tantas almas piadosas, hace bien en no amamantar al probable Alfonso XIV. No sienta a una reina dar el seno a un niño. Estas frivolidades no son dignas del cetro.

 

 

MARRUECOS

 

FELICITÉMONOS. Una vez más triunfa la civilización.

Francia ha tenido la buena suerte de que mataran los moros de Marrakech al doctor Mauchamp. En estos casos, la víctima es siempre un sabio, un artista, un valiente explorador, algo, en fin, civilizado en extremo. No caen tales gangas todos los días. No se encuentran al volver la esquina tan bellas ocasiones de que la civilización se vengue y resplandezca. Los exploradores, sabios y misioneros que a guisa de cebo usan las potencias en la pesca colonizadora no suelen perecer con oportunidad. ¡Ay! ¡Qué no daría Inglaterra por el asesinato de un par de doctores ingleses en un rincón de Asia o de África!

Es claro que en los países civilizados no se asesina a nadie. Si se comete un homicidio, es por razones civilizadas. Supongamos que matan en Berlín al doctor Mauchamp, y que los criminales no aparecen. ¿Mandará Francia sus buques de guerra a bombardear los puertos alemanes? No tendría semejante medida sentido común.
Pero en Marruecos, es decir, en una región rica y mal defendida, es muy distinto. La civilización entonces habla con arrogancia, alto, y sobre todo lejos. Los cañones civilizan a dos leguas de alcance. En Casablanca han muerto los marroquíes a centenares. Los infelices, con sus espingardas y sus malos fusiles viejos, vendidos por la civilización a medida que los fusiles nuevos la permiten herir a mayor distancia, estaban demasiado mal armados para hacer respetar su tierra y sus costumbres. Mejor armados, quizá podrían tener razón. Mejor armados aún, podrían fundar colonias en la costa francesa —no sería la primera vez que los árabes habrían puesto el pie en Europa— y conquistarían el derecho a mostrarse extraordinariamente susceptibles con las agresiones cometidas en Francia contra doctores marroquíes.

El único criterio que nos sirve para comparar y juzgar de civilizaciones es el siguiente: tanto más brutal y perentoriamente me dejes fuera de combate, tanto más civilizado te reconozco. El más civilizado es el que ha empleado con más éxito su voluntad y su inteligencia en inventar y manejar aparatos de destrucción fratricida, el que supo, desde niño, desde que entendió a su madre, cultivar los instintos feroces necesarios a la matanza, y los instintos abyectos necesarios a la ciega disciplina guerrera. Puesto que en Casablanca —¡salud, general Drude!— hemos cazado a los bereberes, desde el mar, como a conejos, es que los civilizados somos nosotros. Apenas el Japón ahogó en sangre a trescientos mil labriegos rusos, nos desplomamos de rodillas ante la maravillosa civilización japonesa, y si China aplicara un definitivo puntapié a los ponzoñosos europeos que la pican y chupan, nos guardaríamos en lo sucesivo de burlarnos de la intelectualidad celeste. Haríamos también el reclamo a la sabia administración de los chinos vencedores.

Fácil es, en los sesudos diarios parisienses, en los que con más exquisita solicitud espían los apetitos del público burgués para halagarlos, seguir la vanidad patriotera bajo la cual se oculta la codicia nacional. Los rentistas chicos y grandes, y medianos, que después de tomar el café y el petit vene verifican sobre el mapa los heroísmos que les telegrafió el periódico, piensan lo mismo que los rond de cuir prendidos al interminable artefacto de la burocracia, que detrás del hierro va el oro, y que las hazañas de Casablanca representan negocios que emprender y explotar. La ametralladora abre paso al banquero, y la bayoneta a la segunda tropa de corredores y caballeros de industria ultramarina. Mas no es preciso leer Le Temps. La Revue des Deux Mondes, el solemne órgano de la ciencia oficial, el insondable charco de erudición académica en cuyos bordes beben asnos temibles, se frota las manos al igual del último agiotista, y se congratula hipócritamente de los mortíferos beneficios de la civilización a lo Krupp. ¡ Qué alegría indecente al recordar las innumerables bajas indígenas! ¡ Qué mal disimulada cobardía ante la probabilidad de que Drude se envalentone y se arriesgue a alguna aventura en que los luchadores de Marruecos hallen desquite! ¡Oh! Cumplamos las convenciones de Algeciras; no inquietemos a las demás naciones civilizadas, no avancemos al interior, no perdamos el apoyo de los cruceros, no sea que estos bárbaros, al fin y al cabo atrevidos, nos arrimen una buena y resulten más civilizados que nosotros.

Pero el colmo de la verdadera barbarie es el pasaje en que la grave revista se queja de que los franceses no hayan ganado cierta —no mucha, ¡ cuidado!— posición en Casablanca, lo suficiente para no haber sufrido que los marroquíes recogieran sus muertos. ¿No distinguís, entre los correctos labios del circunspecto y archicivilizado cronista, relucir los colmillos del chacal?

Por dicha, por esperanza, no es la Francia toda la que así reflexiona y siente. Debajo de la Francia legal y representativa que con tanto cinismo descubre en su política exterior la baja moralidad que en la política interior es regla secreta, hay otra Francia. Debajo de cada pueblo aparente de Europa hay otro pueblo, y estos pueblos subterráneos, todavía silenciosos, que crecen en la sombra, son un pueblo solo. Uno solo, hasta con las plebes humilladas y fanatizadas de Marruecos.

 


EL BANDIDO GENEROSO

DONDE las gentes honradas se mueren de hambre y queda todavía en la casta un resto de vitalidad, se declara el bandolerismo. Esto ha pasado y pasa en muchas regiones europeas. La Calabria nos dejó ejemplos ilustres; ahora Andalucía renueva los pintorescos laureles de José María, Diego Corrientes y los siete Niños de Ecija. Casi olvidado Musolino, tenemos al Vivillo y a su famoso lugarteniente Pernales, entregado, según rezan los telegramas, por un quijotesco denunciador que no acepta recompensa alguna del gobierno. El gobierno insiste, y en verdad que fue grande el servicio prestado a las autoridades exasperadas, puestas cien veces en ridículo gracias a la temeridad de doce o quince revoltosos.

La partida del Vivillo, durante años dueña de la campiña andaluza y hasta de ciudades, hallaba abrigo en los innumerables escondrijos de las sierras, pero fundó siempre su oculta seguridad en la complicidad de las poblaciones. Baste decir que se paseaban los bravos en plazas y ferias, y que hacían política. Los miserables simpatizan con los bandidos generosos. Vivillo lo es: nada sanguinario, excelente padre de familia, desempeña gravemente sus funciones providenciales. Desvalija al rico, socorre al necesitado; le adoran, y con razón. Por medio de él se cumple, aunque no del todo bien, la justicia. Restituye a medias, mas al fin restituye. Robar, en tal caso, redime. No es extraño que otro facineroso andaluz, tiempo atrás, recibiera el apodo de Cristo. Y ¿acaso el mismo Cristo no entró en el paraíso acompañado del buen ladrón?

Pernales, más bruto que su jefe, tiene varias muertes de que arrepentirse, la mayor parte, es cierto, hechas en defensa propia. Es también bandido generoso. He aquí una anécdota entre mil: "El 22 de marzo de 1907 se metió, buscando refugio, en un cuarto habitado por una vieja; ésta, ignorando de quién se trataba, se puso a contarle sus penas: la iba a expulsar su propietario, a quien debía la suma de 300 pesetas. Sin decir una palabra Pernales salió, montó en su caballo, y se fue derecho a donde vivía el dueño, a quien, por la violencia, obligó a entregar 300 pesetas. Después volvió a casa de la pobre mujer, y la dio el dinero, diciendo simplemente: tome para pagar su deuda. En seguida se alejó, dejando que su favorecida se deshiciera en agradecimientos". Éste es el hombre no sé si preso o muerto por la guardia civil. Es de esperar que el Vivillo viva aún, siquiera por la fuerza del mote, y que continúe gobernando unas cuantas provincias.

Parece, en efecto, conveniente el bandolerismo, por lo menos en España. Ciertos excesos de miseria pública y de corrupción parlamentaria provocan y exigen una compensación extralegal. El bandido generoso corrige la defectuosa administración de los bandidos oficiales. Introduce una distribución más equitativa de la riqueza. Cierto que para ello establece la coacción y el robo, pero lo mismo hace el Estado. Todos los Estados, empezando por Roma, nacieron del robo. Todos ellos subsisten del robo. ¿Qué es el robo? ¿Quitar lo ajeno contra la voluntad del poseedor? No veo que se cobren los impuestos con el beneplácito del contribuyente. Si se cobran, es merced al terror de las bayonetas. El pretexto será respetable, no lo dudo: se necesitan fondos para defender la patria, etcétera; confesemos que tampoco es detestable robar al ahito mercader con el fin de dar un pedazo de pan al hambriento.

El bandido generoso gobierna de un modo irregular. Su tribunal, ambulante y perentorio, recuerda a don Quijote, poco amigo de mercaderes. No deja de ser algo significativo aquel encuentro del inmortal Hidalgo con el bandolero Roque Guinart. Se admiraron mutuamente. Es que ambos tipos habían sido engendrados en la infeliz y ensangrentada tierra, feudo de los Austrias. Ambos representaban la protesta del espíritu libre contra la explotación metódica de los cortesanos y de los obispos. Don Quijote profesa un ideal demasiado alto, futuro; el ridículo rompe las alas de su genio a cada paso. Guinart, como su digno descendiente Vivillo, es más real, más visible. No cabalgan en escuálidos Rocinantes, sino en potros magníficos; sus armas son modernas y temibles. Signo definitivo: las mujeres se enamoran perdidamente de ellos. Son la vida, la alegría, la belleza sana. Encarnan este fenómeno único: su acción social, puramente económica, está profundamente impregnada de poesía.

Si el bandolerismo español se extendiera y organizara, el país gozaría de un equilibrio bienhechor. De un lado el gobierno; de otro, en los montes, un ejército intangible de salteadores altruistas, encargados de crear una contracorriente monetaria del rico hacia el pobre: en medio la multitud, obediente al Estado, y encubridora fiel del bandido generoso. Todo sin asesinatos ni ejecuciones. De arriba, impuesto al proletario; de abajo, por intermedio del buen ladrón, impuesto al capitalista sorprendido. ¡ Programa tentador! Pero me temo que esos andaluces sean poco prácticos.




FECUNDIDAD

EN los últimos telegramas del extranjero viene una noticia importante. Se trata de una buena señora que desde hace años no pare más que gemelos. Es joven aún, y ya tiene 25 hijos.

Lejos de mí el propósito de quitarla méritos, pero hay que ser justo. Una sola hembra de Hyphantria produce 125.000 orugas en una estación, según los datos que tomo de la reciente obra de H. de Varigny; el arenque deja de 20.000 a 80.000 huevos; el lenguado, de 500 a 800 mil; la sarda, de 600 a 700 mil; la pescadilla, de 200 a 800 mil; la platija, de 100 a 150 mil; el rodaballo, de 8 a 9 millones; el bacalao, de 3 a 7 millones; la truchuela, de 17 a 30 millones.

Todos estos animalitos están con el primer Evangelio de Zola. Han hecho voto de fecundidad. Lanzar a pares los individuos al mundo es muy bonito, mas no comparable con los 7 millones que suelta el bacalao. En el voto de castidad los bichos nos ganan igualmente. No existe entre nosotros pureza sexual parecida a la de las hormigas obreras.

Tales cotejos podrían dar a entender que la fecundidad y la castidad son cosas fatales, independientes de nuestro albedrío. Quizá no sea así. El hombre influye sobre la marcha de su especie un poco más que en los eclipses de luna o en la temperatura del sol. Es capaz de torcer la trayectoria de las poblaciones en un poquito mayor escala que la trayectoria de los astros. Sin embargo, confesemos que algo ayudan a la castidad ciertas enfermedades y la vejez. Abelardo estuvo en espléndidas condiciones para evitar la lujuria. No es hacedero a cualquiera dar a luz de dos en dos. Deben colaborar los órganos involuntarios en tan sorprendente fenómeno.
Observaremos que la buena señora de quien hablo se entrega a los partos dobles porque quiere. Seamos claros: no basta querer, pero bastaría no querer. ¿De qué nos serviría la ciencia, sino para corromper a la naturaleza? Sería fácil a la buena señora defraudar las intenciones de su organismo. No lo hace, y en ello reside su virtud.

Pienso en el buen padre de los 25 hijos. Existe, no lo dudéis; es único, y además legítimo. Semejantes proezas no se llevan a cabo fuera del matrimonio. ¿Por qué no hay alabanzas para el marido, y se atribuye lo entero de la hazaña a la esposa? ¡Ah!, es que los sabios moralistas son muy desconfiados, y la paternidad, como ha dicho Goethe, es cuestión de confianza. En la maternidad no hay duda. Enviemos no obstante una felicitación sub conditione a los anónimos gérmenes, y recordemos que mientras el voto de castidad es egoísta, el de fecundidad exige por lo menos un cofrade para cumplirse. Es de índole social, y por eso está a la moda.

Tal vez sea más moral que el otro, más doloroso, pues si la moral no consiste en aprovechar el dolor, ¿en qué consiste? Un parto doble no ha de ser excesivamente divertido, ni para la paciente, ni para los que esperan turno en la aduana, ni para el médico. Si los candidatos se presentan de cabeza, menos mal, pero si pretenden desembarcar de pie, y asoman dos o tres pies a un tiempo, se comprende la angustiosa incertidumbre del doctor, señalada en los tratados de obstetricia y no siempre en ellos remediada.

Pero esto es el inocente prólogo. Lo serio viene después. Nacer o morir no es nada: durar es lo terrible. ¿En qué estrato económico han aparecido los 25.000, perdón, los 25 pequeñuelos copiosamente engendrados por la buena señora? ¿Son ricos? ¿Qué fortuna resiste tanta partija? ¿Son pobres? Es probable. Pobres y desgraciados, y por lo mismo de casta prolífica. Si la truchuela pone 30 millones de huevos, es porque están condenados a perecer casi todos antes de lo justo. Viva la madre, y verá sufrir a los numerosos pedazos de sus entrañas; los verá sucumbir desesperados bajo la feroz fraternidad humana. Creerá haber criado vida donde sólo crió dolor. Y he aquí lo meritorio: multiplicar el dolor, multiplicar la rabia sublime que empuja hacia adelante esta abrumadora máquina del universo.

 

EL CASO NAKENS

No SE INDULTA a Nakens. La comisión nombrada para informar sobre el caso ha dictaminado en contra. Ignoro la nómina de los miembros, pero me figuro lo que son: mercachifles, vizcondes, coroneles, curas y oradores baratos, ingredientes de las comisiones por el estilo en las cinco partes del mundo. Donde no hay vizcondes que movilizar, como en América, se refuerza la dosis de mercachifles y de personajes altilocuentes. El noble anciano seguirá encarcelado por generoso, por no haber querido ser delator y verdugo a tiempo. Su vida, ejemplo resplandeciente de fidelidad a la idea y de bondad inagotable, se extinguirá entre las sombras malditas de un presidio.

Esta gran infamia es propia de esta época de terror de los ricos. Las ideas nuevas atacan directamente la propiedad, fundamento inconmovible hasta ahora de las crueles relaciones humanas. En su afán sencillo de abolir los privilegios, más irritantes por más aparentes y personalizados, la revolución hirió a la monarquía, la aristocracia y la iglesia, sin tocar a la propiedad. Por el contrario, la afianzó doblemente con sólo respetarla. No consagró el advenimiento del pueblo, sino el de la burguesía. Proclamó los derechos del hombre, olvidando los del mono, según se ha observado, y además los del niño, condenado antes de nacer a la esclavitud o a la ociosidad, a la desesperación o a la hartura, y además los de la mujer, porque era pobre. Así la civilización moderna, bajo la cómica insignia democrática, se basa únicamente en la propiedad, es decir, en la avaricia. El crimen sumo es pretender modificar la monstruosa distribución actual de las riquezas. Atentad en hora buena a la religión, a la leyenda, al respeto de la estirpe, al pudor de las costumbres, a las cosas del alma, pero no atentéis al bolsillo, no amenacéis el cofre. Ya lo canturreó La Fontaine con su fulminante sentido común:

La clef des coffre-forts et des cceurs est la méme.

La llave de las arcas y de los corazones es la misma. Esas gentes se dejaron arrancar su Dios sin dificultad, y su abolengo venerable, y se dejarán arrancar lo que les resta de honor con tal de conservar su dinero. Renunciarán a la familia, no al oro. Para defenderlo serán héroes por primera vez. Por protegerlo viven llenos de espanto. ¿Perdonar a Nakens? El terror no perdona.

Es que el golpe de Morral iba contra las finanzas españolas, no contra el rey. La palabra rey no significa lo que significaba antes. ¿Quién, como no sea alguna vieja campesina que nunca haya visto a don Alfonso, le creerá sentado por el Padre Eterno, en el trono de Fernando el Católico? Se trata de un muchacho que se puede comprar automóviles y a quien no negaremos toda influencia política. En cuanto al afecto personal que a él y a los suyos se profesa, sé de memoria los motes soeces que se les aplica en palacio y fuera de palacio; no los recogerá mi pluma. Lo importante es que muchos miles de soldados presentan las armas a Alfonso XIII, y que esas armas pinchan; lo importante es que el monarca representa a los capitalistas del país, posee magníficos edificios, colecciones, tesoros, goza un sueldo formidable y, mediante su trato, proporciona negocios lucrativos a quienes le divierten o le sirven. Matarle era algo más que un suceso dinástico; era un argumento contra el régimen económico. Lo grave de Morral es que no le impulsaba el odio, ni la codicia, ni la locura, sino sencillamente una opinión.

Los sistemas conservadores resisten a los episodios del combate mecánico, pero se estremecen ante el pensamiento puro. El pensamiento es unidad, dirección, designio. Constituye un núcleo intangible en torno del cual la historia encarna ineluctablemente la realidad futura. El débil y quizás aislado cerebro del reformador es un torbellino implacable que todo se lo traga, en imagen primero, y de veras después, cuando reproducido en otros cerebros agita las manos numerosas. La violencia homicida del anarquista es mala; es un salvaje espasmo inútil, mas el espíritu que la engendra es un rayo valeroso de verdad. No es la bomba lo que se teme, y con razón, sino el justiciero y lejano porqué de la bomba. En la oleada de miedo que corre por el mundo, se intenta apagar chispa por chispa el incendio fatal cuyo foco se mantiene inaccesible y secreto.

Como siempre en épocas semejantes, se practica el espionaje despiadado, y se dictan leyes todavía más bárbaras que las usuales. En varias naciones hay contra las novísimas sectas una legislación especial. Se ha llegado en Cataluña a sustituir los tribunales ordinarios por los militares; es la famosa cuestión de las jurisdicciones, que trae convulsionada a media península. Lo más curioso es lo que ocurre en ciertas repúblicas, las más libres del globo, según ellas, y las más metalizadas también; donde se desencadena más ferozmente el afán de hacer fortuna cueste lo que cueste, donde el fanatismo de la propiedad alcanza su grotesco máximo, donde, en fin, el progreso a la moda, encabezado por los yanquis, semidioses a máquina de esta época en cuatro pies, brilla en todo su intolerable prosaísmo. Apenas desembarcados en medio de tanta libertad, os exponéis a que os violen el domicilio y os lancen hospitalariamente al agua, sin juicio previo. La policía se encarga de tales faenas. ¿Para qué jueces? Los espías de profesión, despreciados en lugares decentes, recobran su dignidad; salvan el botín. ¡Oh, el terror de los Shylock y de los Grandet!

Los Shylock y los Grandet, los avaros eternos que Cristo arrojó de sí, son los carceleros de Nakens. No le soltarán, porque no denunció al enemigo, porque no fue espía, porque no hizo traición a su semejante, porque fue hombre y no tigre. No le soltarán; serían capaces de sacarse las tripas y atarle con ellas.

 

EL RIO INVISIBLE

¿RECORDÁIS, allá cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos empinábamos nosotros sobre la punta de los pies para ver lo que ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en el caos sin fondo y sin término, donde es locura aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando reconoció en el pálido horizonte las montañas de la patria.

Crecimos, y el espacio disminuyó, como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.

El tiempo se modifica también con la edad, y esto es más grave/Vivir en un espacio más o menos ancho no nos atañe tan íntimamente, no afecta tanto nuestra conciencia como vivir más o menos de prisa. Cada vez vivimos más de prisa. No busquéis la impresión de lo eterno en las conjeturas de lo prehistórico, ni en los abismos de la geología, sino en la cinta esfumada de vuestros recuerdos remotos. ¿Qué son las épocas del globo comparadas con la inmensidad de siglos que hemos necesitado para separar nuestro ser de la realidad exterior, para distinguir los lineamientos fundamentales de nuestro espíritu, para cuajar en él una sensación definida, una idea, para comprender la palabra ajena y pronunciar la propia, para tender uno a uno los hilos sutiles que nos atan a las cosas? Los sabios dirán que al cabo de tres o cuatro años un niño ha logrado todo eso. Mas esta apreciación se hace desde afuera. Por dentro, la formación de los sentidos y de la razón del hombre exige una eternidad. Retroceded en vuestra memoria, cavad el lecho de vuestro pasado; nunca hallaréis su límite, nunca exclamaréis: "comencé aquí". Siempre la oscura avenida se prolongará en la llanura, juntando y desvaneciendo trazos y colores en un punto inaccesible. Siempre quedará una vaga y creciente región por sondar. Llegaréis a las tinieblas, pero no al principio de vuestro ser. Todos llevamos en nosotros una historia tan antigua y venerable como la de la creación misma.

Constituido lo esencial del alma, fijos los rasgos principales del carácter y de la fisonomía, el tiempo se acelera. Todavía chiquillos aún, las horas duran; un día de fiesta, un almuerzo en el campo, representan tesoros casi inagotables de alegría; un mes resulta plazo indefinido; un año es la mitad de la existencia. Más tarde, adolescentes, el tiempo se encoge. Nuestra mirada alcanza más lejos; calculamos sin vértigo la fecha en que acabará el curso y hasta la carrera emprendida. Concebimos con exactitud sucesos que antes teníamos por prácticamente imposibles, la muerte de nuestros padres, nuestra propia muerte. Vemos envejecer. Envejecemos. El tiempo se apresura. El ritmo de nuestra vida retarda, y el tiempo corre y nos sumerge y nos desmorona. Cuando nuestro organismo, en su período inicial hacia las conquistas primordiales de la especie, se transformaba con frenesí creador, poseíamos el tiempo, es decir, el ritmo general de todo, nos uníamos a él, a él nos enroscábamos y le acompañábamos, y él era para nosotros espléndidamente interminable. Pero detenidos en nuestro desarrollo, inmóviles en nuestra efigie, el tiempo nos deja atrás y se aleja riendo, y pasa, insensiblemente más y más rápido. Apenas vivimos; somos un bloque de costumbres inveteradas, plantado en un ángulo del camino para marcar la distancia que otros recorren. En nosotros se lee la horrible velocidad del tiempo.

El tiempo vuela, nos araña, la carne, nos estruja, nos destroza al intentar arrebatarnos en su ligera huida. Ni siquiera nos aburrimos despacio. Hasta el dolor, hasta la desesperación concluyen pronto. ¿Qué son los años para el viejo? Minutos que faltan. Las aguas del río invisible se deslizan tan veloces que descubrimos al fin que algo las llama, las sorbe. El cauce se estrecha, las aguas no fluyen, caen. El tiempo se precipita, se desploma. Una línea cortala corriente. Es la catarata final: al borde el tiempo enloquecido empuña nuestros despojos miserables, y con ellos se lanza a la sima de donde nada vuelve.

 

LO VIEJO Y LO NUEVO

No TODOS los argumentos de los que defienden el pasado merecen nuestra estima. Hay quien venera lo viejo porque de lo viejo vive, a semejanza de esos gusanos que roen madera descompuesta y papel de archivo. Cuanto más antigua es una ley, una costumbre, una teoría o un dogma, se los respeta más. Habiéndolos contemplado en la lontananza de los siglos que fueron, se los vislumbra en la de los futuros como una provisión inagotable que podrán roer las generaciones conservadoras.

Y, sin embargo, ¡ qué pobre argumento el de la ancianidad de las ideas! Es difícil no sonreír cuando se abre un código y se lee al pie de la página la sesuda nota en que el comentarista fundamenta un artículo. "Este artículo es casi sagrado, murmura el infeliz, nos viene de las Partidas, de los Romanos". ¡Ah, los Romanos sobre todo! Pero la humanidad cambia, inventa, sueña y por lo común cuanto más vieja es una cosa, más inútil es. Lo viejo es un resto de lo bárbaro. Es un vestigio del mal, porque el mal es lo que dejamos a nuestras espaldas. Cierto que las leyes que nos encadenan son romanas aún, lo que me parece escandaloso después de dos mil años; felizmente nuestra física y nuestra biología no son las de Roma, son las nuestras.

Muchas inmemoriales construcciones deben su duración a su divorcio mismo con lo real. No son ni siquiera obstáculos. Las corrientes de la vida se han acostumbrado a rodearlas para pasar adelante, y pasan en graciosa curva sin tocarlas ya. No es obediencia, es olvido. ¿Quién hoy, por muy Papa y muy obispo que sea, ha dedicado media hora a meditar seriamente en el problema de la Santísima ¿Trinidad? Y no obstante a causa de él se han dado en otro tiempo de puñaladas por las calles. ¡Oh, armatostes apelillados, erguidos en medio de la distracción universal! Un buen día el pensador os ve, se ríe y os derriba de un soplo. Bastó un irritado sacudir de hombros para que el pueblo francés volcara el trono más glorioso de Europa. Mañana bastará un gesto para barrer del mundo las sobras romanas. La inmutabilidad no es signo de fuerza, sino de muerte. Hay entre nosotros ídolos enormes que no son sino cadáveres de pie, momias que una mirada reduce a polvo.

Otros adversarios, delicados amantes de las ruinas, nos dicen: "¡Qué ingratos sois con los muertos! Sois hijos y herederos de los muertos; cuanto tenéis era suyo. Vuestro pensamiento y vuestro idioma, vuestras riquezas y vuestros amores, todo os lo legó el pasado. Y volvéis contra el pasado, de que está hecha vuestra sangre y hecho vuestro espíritu, las armas que habéis recogido de las tumbas. Os suicidáis cortando vuestras propias raíces".

Pues bien, ¡ no! No somos solamente hijos del pasado. No somos una consecuencia, un residuo de ayer. Antes que efecto somos causa, y me rebelo contra ese mezquino deter-minismo que obliga al Universo a repetirse eternamente, idéntico bajo sus máscaras sucesivas. No; el pasado se enterró para siempre en nosotros mismos. Decid que es quizá limitada la materia disponible, que fabricamos el ánfora nueva con el viejo barro, que para cuajar mis huesos tomaron las cenizas de mi padre. Decid que la Naturaleza, en su noble afán de hacerla más hermosa, funde y torna a fundir infatigablemente el bronce de la estatua. ¡ Pero qué importa la materia! La forma, el alma es lo que importa. Sobre el pasado está el presente. Todo es nuevo; nueva la alegría de los niños, nueva la emoción de los enamorados, nuevo el sol de cada aurora, nueva la noche a cada ocaso, y al morir nuestra angustia no será la de nuestros antepasados, sino un nuevo drama a las orillas de un nuevo abismo. No digáis que el hijo reproduce al padre. No pronunciéis esta frase cruel y necia: "Nos heredamos, nos reproducimos, somos los de antes". Blasfemia profunda, que hace de la humanidad espectros y no hombres. No somos el pasado, sino el presente, creador divino de lo que no existió nunca. No somos el recuerdo; somos la esperanza.

 

ACTO DE ESPERANZA

ANALIZAD las virtudes viriles y descubriréis que se reducen a una: la esperanza. No seríamos jamás constantes, heroicos, verídicos, pacientes, si no esperáramos, si no esperara nuestra carne, nuestra inteligencia, nuestro ser oculto, si no confiáramos, hasta durante la agonía, en los frutos del tiempo. El tiempo camina sin mirar atrás; todo le es permitido menos arrepentirse y deshacer su obra. No podemos más que avanzar. El Universo no retrocede. ¿Cómo no llenarnos de esperanza? ¿Cómo no adelantarnos a las posibilidades maravillosas? ¿Cómo no sentir la inminencia continua de lo nuevo, de lo que a nada se asemejará? Creíamos que no se debe esperar sino en los dioses; que sólo ellos son sagrados. Error: todo es sagrado, todo colabora, puesto que todo vive. Somos sagrados en primer término; la naturaleza no nos ha revelado hasta hoy ningún factor tan prodigioso como el hombre. Admirémonos de nosotros mismos; esperemos en nosotros mismos. Aprendamos a venerar los misterios que encierra nuestro espíritu y a fiarnos de su incalculable potencia.

El mal es profundamente insignificante, porque no es capaz de detener el mundo. No demos demasiado valor a los males que hicimos; no recordemos demasiado los momentos en que la noción de nuestro destino se oscurecía. Ahuyentemos los dolores estériles, el remordimiento, la idea del pecado, la manía de la expiación. No somos pecadores, no somos culpables; la mayor y la más estúpida de las culpas sería castigarnos o castigar al prójimo. No somos reos ni jueces; somos obreros. No atribuyamos al mal una consistencia que no tiene; matémosle con el olvido. Nuestro corazón está limpio; levantémonos alegres y ágiles en el designio del bien. Un minuto de bien anula los crímenes de la historia. Y olvidemos con igual serenidad el mal y el bien que pasaron. Si fuimos santos o delincuentes, ¿qué importa? No somos ya lo que fuimos. Nos despertamos otros cada mañana. ¿Quién dijo que en nuestra vida no vuelve la primavera? Vuelven amorosamente sobre nosotros innumerables primaveras. Nos renovamos siempre; vivir es renovarse. Olvidemos los fantasmas; esperemos en lo único que existe: en el porvenir.

Y olvidemos también el mal y el bien que nos hicieron. Seamos bastante -grandes para amar sin causa. Además, el hombre sincero merece sufrir. Por mucho que yerre, lleva en sí un átomo de esa cosa terrible: la verdad. La especie humana, con un pudor salvaje, se resiste a la verdad que la fecunda, y el hombre sincero padece la traición de los amigos, la persecución de los poderosos, y conoce el abandono y la miseria. Mas ¿qué valen sus molestias exteriores si se las compara con la divina exaltación de su alma? El que bebe en esa copa sublime no se cura nunca. Y poseídos de la embriaguez del bien, del vértigo del futuro, seguimos la marcha. Apartemos los ojos de la noche que se inclina; fijárnoslos en la aurora. Y si el pasado intenta seducirnos con su arma de hembra, la belleza, rechacemos la belleza, y quedémonos con la verdad.

 

EL MILAGRO

FELICITÉMONOS. Tenemos un jiuevo milagro. No es católico; no es la Virgen de Lourdes quien lo ha preparado, sino Alá, lo que me contraría un poco, Pero lo esencial es que siga habiendo milagros en alguna parte, porque si los hay en Marruecos, ¿con qué derecho se discutirán los de Roma o de Sevilla? Las religiones se ayudan entre sí. El hombre es tan débil que no debe despreciar ninguna, y quizá nos conviene creer en todas. Baudelaire, al presentarnos un monstruoso fetiche malayo, nos advierte: "No riáis, tal vez sea éste el verdadero Dios".

Muley Hamed, pretendiente al trono rifeño, está, según se sabe, sometido a la custodia europea en Casablanca. Molestado por un agente de la policía francesa, el augusto moro le increpó con furia, y le deseó que se volviera ciego por obra de Alá.

Y así fue, ¡oh incrédulos! Al día siguiente el pobre hombre perdió la vista.

El milagro es auténtico. Los médicos nos lo prueban, ya que no han encontrado otra escapatoria que suponer en la víctima una "predisposición" a la ceguera, y una lamentable tendencia a la "autosugestión". No se puede confesar la propia ignorancia de una manera más científica.

¿Qué es un milagro? ¿Una excepción a las leyes de la naturaleza? ¿Será una ley natural que los agentes de policía se vuelvan ciegos por autosugestión? Entonces. . .

Me objetaréis que no conocemos todas las leyes de la naturaleza, ni las conoceremos nunca, y que no estará jamás en nuestra mano separar la porción milagrosa del Universo de la que no lo es. Los milagros lo son por cierto tiempo.

Pues bien, Muley Hamed se ha colocado entre los mejores taumaturgos. Ha tenido la bondad de realizar un milagro "actual", y de refrescar nuestras sensaciones de maravilloso, de absurdo y de imposible, que tanta falta nos hacen para vivir. La ciencia, irritada, ha recibido un espolazo de su misterioso jinete, y los bárbaros marroquíes se han afirmado en su fe. La energía total del mundo se ha aumentado.

 

EL UNIFORME

LA ACADEMIA Española ha llamado a su seno al P. Luis Coloma, de la Compañía de Jesús, y autor de Pequeñeces. Hacía catorce años que el Padre no escribía, y no sabemos si al cabo de tan largo plazo ha resuelto la Academia premiar aquel libro, o aplaudir el discreto silencio del ingenioso jesuíta, porque sin duda la fecundidad no está muy bien vista entre los inmortales, a juzgar por su nómina, y la montaña de los volúmenes de Zola se interpuso siempre entre la Cúpula y él.

La fecundidad de un sacerdote —la fecundidad literaria— no le sienta; si los asuntos tratados no son puramente religiosos, es de sospechar en el autor, y más si se inclina al naturalismo, como Coloma, un pecaminoso amor a la vida, una admiración, un interés por las cosas de la tierra, un olvido, en fin, de lo trascendental, que no cuadran con el ministerio católico ni con su uniforme.

¡Ah, el uniforme! Este problema: el P. Coloma, quedándose mudo de repente, después de la serie de cuentos y de la célebre sátira en dos tomos, ¿no os preocupa? Un buen día fueron suspendidos los "Retratos de Antaño", y lo que es más inexplicable, la novela Boy, que publicaba el Mensajero del corazón de Jesús. Se empezó a hablar respetuosa y lamentablemente del estómago del P. Coloma. El P. Coloma no podía escribir, no se lo permitían los médicos, se arrastraba de balneario en balneario... Y menos mal que el estómago no lo mató en catorce años, ni felizmente se habla de ello. Pero ni una línea, Dios mío, ¡ ni una línea!

Que el estómago haya partido por el eje los "Retratos de Antaño", pase. Trabajos de erudición, que se hacen por secciones, enfocándolos continuamente con los datos de la última nota sacada al archivo, de la última obra recibida, se concibe que sean ante el público truncados de pronto. En cuanto a Boy, una novela. .. Es claro que un escritor como el P. Coloma no envía una novela a una revista •—y su segunda novela—, sin tenerla concluida y rematada. ¿Por qué no se imprimió una letra más? ¿Es que el estómago impedía hasta corregir las pruebas?

No: hubo algo serio, más serio que la enfermedad. Aquella visión alegre y ágil, aquel estilo descuidado y encantador, aquella gracia andaluza con que Coloma contaba sus cuentos, aquella burla siempre simpática, siempre temible, que no respetaba a la aristocracia madrileña, la amiga del clero, ni se detenía en ocasiones a la puerta de las sacristías, aquella fidelidad a lo real no fue aprobada por los superiores. Y el P. Coloma colgó su pluma.

¡ Cuánto habrá sufrido! Impuso la castidad a su cerebro, y las imágenes se agolparon, numerosas y estériles, en aquel espíritu enamorado del mundo, para marchitarse y morir en la fría celda del jesuíta. El P. Coloma es una noble víctima del uniforme, y no creemos que la Academia le consuele de su talento mandado emparedar.

 

LA GUILLOTINA

EL PARLAMENTO francés ha resuelto conservar la guillotina. Esto se comprende en un país donde es necesario condecorar a las personas honradas. La Legión de Honor supone el patíbulo.

Hay que premiar; hay que castigar. No es tiempo aún de salir de ahí. La idea de justicia no lleva a la acción, sino a la parálisis. Un hombre mata: acontecimiento tan fatal como un eclipse de luna. ¿Qué sabemos de la responsabilidad? Que es científicamente inadmisible. Todo hecho tiene sus causas, y es ridículo atribuir a una consecuencia el delito de serlo. Existe una escuela que declara enfermos a los criminales, pero tal detalle no nos importa. Enfermo o sano, un criminal es un efecto de circunstancias anteriores. El juez se figura haber condenado a un culpable, y está en un error; a quien ha condenado es a las eternas leyes de la naturaleza.

Para esas leyes no se encuentran prisiones ni guillotina. La sociedad fabrica al asesino y después le corta el cuello. ¿Es justo? No se trata de ser justos, me contestaréis, se trata de nuestra defensa. ¡Conforme! "Aquel a quien la mordedura de un perro produce la rabia, dice Spinoza, es seguramente disculpable; y sin embargo se tiene el derecho de ahogarlo". También está rabioso el asesino, el "haschis-chino", el bebedor del siniestro "haschich", que produce la furia homicida. Hemos sacrificado a los hidrófobos hasta que vino Pasteur, y ¿qué hemos de hacer, Dios mío, sino guillotinar a los asesinos hasta que sepamos curarlos?

Aquí entra en escena la compasión. "No los matemos. Dejémosles que vivan". Dan ganas de replicar, como M. d'Argenten al abate Desfontaines: "¡no veo la necesidad!" Resulta demasiado caro. ¿Cómo? ¿Regalaremos una casa, alimentación, escuela y asistencia médica a los degenerados irremediables, mientras millones de trabajadores sucumben lentamente a la miseria y a la angustia? ¿Enviaremos, de un plumazo, por negras intrigas, ambiciones despiadadas, o por un acto de demencia, a millares de jóvenes honrados, sanos, alegres, esperanza del mundo, a que les rompan los huesos a balazos en el fondo de las trincheras, y no nos permitirán nuestros nervios de colegiala enviar a las fieras humanas a la guillotina, bajo la cual, según el P. Coloma, sólo se siente un ligero frescor? Hay injusticias indispensables, pero la piedad arbitraria es odiosa.

Confesemos virilmente que la vida moderna exige muchas crueldades y que no es lo más urgente proteger a un Soleilland. Suprimir una existencia es irreparable. ¿Y bien? Por muchos siglos estaremos sujetos a lo irreparable; por todos lados se alza el mal; a cada instante es preciso tomar resoluciones rápidas y supremas. Admiro al médico norteamericano que propuso terminar ciertas dolencias incurables y dolorosas con inyección de morfina. Cuando vivir es verdaderamente inútil, ¿para qué vivir? La muerte es a veces una solución, una economía, una ventaja. "Llamemos a la muerte en socorro de la humanidad", ha escrito Wells. Mañana dispondremos de otros recursos. No falseemos los que tenemos hoy. La guillotina debe ser un gran bisturí, y debe manejarse por un técnico social, por un cirujano y no por el verdugo, tipo que ciertamente nos desacredita y nos avergüenza. Y pasarán los años, hasta que un día el cirujano se guarde su bisturí y nos diga: "Señores, he descubierto que esto se cura sin operar".

 

LAS MÁQUINAS DE MATAR

HAN FONDEADO algunas en la rada. Son colosales y maravillosas. Hay que contemplar los cañones, los reyes de la muerte, y pensar en el mundo complicado y poderoso que los engendra. Para conseguir transportarlos sobre las aguas, hubo que resolver los más arduos problemas de la navegación, y la carabela que llegó al Nuevo Mundo es un juguete ridículo al lado del crucero. Los tubos formidables por donde se envía la catástrofe al horizonte son un resumen de todas las ciencias, desde la geometría a la termodinámica; de todas las industrias, desde la metalurgia a la óptica de taller. Rígidos, relucientes, acariciados y cuidados como telescopios, han exigido más todavía: ha sido necesario fabricar una multitud de mecanismos humanos que engranaran con ellos, y que funcionaran automáticamente en medio de los horrores de la batalla; ha sido preciso inventar una nueva clase de heroísmo. Y aun no basta; hacen falta otros cañones, más grandes, más exactos, más implacables, y los sabios buscan en el secreto de los laboratorios; los ingenieros ensayan sin descanso; miles de trabajadores forjan las armas que los destruirán mañana. La sociedad no se considera bastante hábil en el arte de matar, y se diría que le urge reunir todos los medios para poder suicidarse de un golpe.

El cañón moderno es el resultado de los esfuerzos de largas centurias; los proyectiles que lanza surcan el espacio con una majestad casi astronómica. La bala es el bólido: la guerra, una sucesión de cataclismos. ¡Qué modesta el hacha de pedernal de nuestros antepasados! Había que servirse de ella varias veces para rajar el cráneo espeso del enemigo hermano. Del hacha al cañón: he aquí lo que muchos llaman el progreso. Pero, ¿por qué nos asesinamos los unos a los otros? ¿No es tiempo de arreglar las cuestiones de distinta manera?

Signo funesto: Inglaterra, que ha preparado las libertades políticas de la raza blanca, la nación que mejor conoce la vida por lo mucho que ha viajado, luchado, y sacado partido de la realidad; Inglaterra, que tan dispuesta se mostró recientemente al desarme, sigue construyendo buques, y acaba de aprobar el proyecto del "Neptuno", acorazado de 20.000 toneladas, ¡un prodigio!

Y esos millones de libras esterlinas arrojadas a las olas no son aún más que la paz, el "miedo armado".

Una de dos: o Inglaterra está decidida, en caso de conflicto, a no dejarse guiar por la razón, sino por las ventajas impunes de su enorme poder material, o supone probable un injustificado ataque de los demás países, si en él ven suficientes probabilidades de éxito. Y lo que decimos de Inglaterra es aplicable a Francia, a Alemania, a Norte América, a Italia, al orbe civilizado, sujeto a la fiebre de los armamentos indefinidos. Este crimen sin nombre: una agresión caprichosa, una guerra provocada fríamente, es un fenómeno que el mundo entero juzga próximo y natural. Recordad el pretexto para la campaña del 70: los candidatos al trono español. Hace pocas semanas Europa se estremecía de angustia; las hostilidades estuvieron a punto de romperse, por los enredos de un escribiente de consulado en Casablanca. Y hoy mismo nos comunica el telégrafo que el principal obstáculo a la tranquilidad de los Balcanes es la antipatía que se tienen los ministros de Estado de Austria y de Rusia. El hecho es que al principio del siglo XX continuamos expuestos a caer en los abismos de la matanza, empujados por lo arbitrario, lo inicuo o lo imbécil.

El hecho existe, aplastador. En ciertas cosas somos lógicos; si un aparato se descompone, acudimos al técnico; si nos enfermamos, al especialista. Los pueblos se van acostumbrando a la higiene, a la educación razonada. Marchamos hacia la justicia, que es la ciencia del corazón, y hacia la ciencia, que es la justicia de la naturaleza. Solamente cuando se trata de las relaciones de los pueblos entre sí, es decir, de las que mueven los más vastos e incalculables intereses, es cuando no queremos salir de la barbarie.

Conferencias de la paz, masas de labradores y de obreros que piden la paz, comerciantes partidarios de la paz, pensadores y artistas que hacen la propaganda de la paz, todo eso es platónico. Son gérmenes. Todo eso se estrella contra los armamentos insensatos, contra la coraza de hierro que nos abruma. No se objete que el partido de la paz es una mayoría; una mayoría impotente no es tal mayoría. Por eso la humanidad es bárbara, porque en ella la justicia y la fuerza no están juntas. Los fuertes no son justos; los justos no son fuertes. La generosidad carece de brazos; la espada abusa. Y tal será la obra de la civilización: armar a los pacíficos.

Entonces será imposible que un gobierno mande invadir el ajeno territorio. Entonces tendremos la satisfacción de que los extranjeros arriben a nuestras playas en traje común, y no pertrechados hasta los dientes. Los caminos del planeta estarán seguros, y la hospitalidad gozará de la confianza. Mientras tanto, no admiremos demasiado las portentosas máquinas que matan; símbolo de nuestra potencia física, son también un símbolo de nuestra debilidad moral

 

EL PORNO-CINEMATÓGRAFO

HABÍA un predicador que consagraba todos sus sermones a condenar la lujuria. "Ya se ve, le dijo una penitenta, que no piensa usted más que en eso". Por mi parte no insistiré mucho; sobre todo, no lo haré con tono de predicador. No me halaga la idea de convertirnos en un catálogo de virtudes. "Los hombres, dice Anatole France, honran la virtud como a una vieja; le dirigen un saludo respetuoso, y se alejan rápidamente". Es que no pueden divorciarse largo tiempo de sus apetitos. La moral no consiste en cegar los instintos, esos manantiales de la vida, sino en utilizarlos, en canalizarlos. No nos hagamos ilusiones; la salacidad de nuestra especie es grande. La de los monos también; son nuestros parientes — ¿qué remedio? Se trata de rasgos definitivos, y felizmente no está en nuestro poder el que sean otros. Una epidemia de castidad comprometería la conservación de la raza. El elefante se extingue; es virtuoso con exceso. No se acerca a la elefanta más que una vez al año.

Y, sin embargo, protesto contra el porno-cinematógrafo, cuyas vistas obscenas, toleradas por la policía, van invadiendo las ciudades latinas, Buenos Aires, Madrid, París, Barcelona. Entendámonos: protesto contra la publicidad. Los fenómenos del amor no deben hacerse públicos. El desnudo mismo, si no es bello, es indecente, fuera de las mesas de disección. La belleza, como la ciencia, atañe a la colectividad. Las carnes que se muestran al pueblo tienen la obligación de parecerse al mármol. El arte salva el resto: las escenas de algunos libros de Zola, contadas por un burgués, serían de un odioso cinismo. El estilo las limpia. Hay en Nápoles el famoso grupo de Leda y el Cisne, de un atrevimiento absoluto; pero el vicio se consume en el resplandor de aquella hermosura. Si los modelos del cinematógrafo pornográfico fueran Apolos y Venus, vacilaría en condenarlo. Por desgracia, sospecharéis qué tipos lamentables se prestan a semejantes funciones. La belleza es de carácter social: un estimulante cuya eficacia se multiplica con la presencia de la multitud. El amor es individual y secreto: es lo único inadaptable a lo múltiple; es un vértice que avanza solo. La belleza no tiene nada que ver con el amor. Las estatuas no se aman. No lo necesitan. Admíralas y punto concluido. En cambio una mujer fea tiene doble derecho al amor; el ideal se ha fatigado en transfigurarla. La fealdad se disuelve entre los brazos del amante: en amor, como dice Nietzsche, el alma cubre el cuerpo. El público desaparece; las dos personas indispensables a los misterios amorosos son todavía muchas: de ahí el afán que sienten de confundirse en un ser. Y aun es demasiado; llega el instante de inconsciencia en que todo lo humano se ha desvanecido; en que solamente lo divino obra.

Imponer espectadores al amor es desnaturalizarlo. La verdadera voluptuosidad es púdica. Los gérmenes se ocultan bajo tierra. Levantad los velos; exponed el santuario a la curiosidad imbécil, y las generaciones futuras lo expiarán. Son los salvajes los que andan desnudos. El vestido es el primer culto a la augusta delicadeza del amor. Está en nuestro interés dejar libres a las fuerzas desconocidas y creadoras, ahorrarlas testigos. No sabemos lo que llevamos con nosotros, qué hijos saldrán de nuestra sangre. Todo cálculo es ilusorio: no se hereda el genio, el talento, la belleza ni el crimen. Somos un pretexto, un vehículo, y sólo nos toca abandonarnos ingenuamente y en una discreta soledad.

Apaga tu foco, cinematógrafo atrevido. Ante tus vergonzosos espectros los hombres se ríen. No los invites a tal profanación. Si se ríen del amor, la muerte se reirá de ellos, y no los perdonará.

 

DORANDO

DESPUÉS de 26 millas de correr en círculo, Dorando ha caído desmayado, vencido por Longboot. ¡ Qué golpe para Italia! No he visto la cara del mártir en aquel momento, pero me la figuro. Me ayuda el recuerdo de la célebre fotografía que sacaron hace algunos años a otro gran corredor, al tocar la meta. No era la figura de la victoria, sino la de la muerte: un rostro crispado, estrujado por la angustia; un infierno de arrugas desesperadas, alrededor de ojos cerrados de sonámbulo, una mueca de llanto convulsivo, inerte, como si lo hubiera provocado el galvanismo en un cadáver; un rostro en fin más espantoso que cualquiera otra expresión de terror o de tortura física. Así habrá caído Dorando: así caen los animales desmedulados, dando vueltas. ¿Y todo para qué? Para alcanzar una cifra inútil. El último paralítico, sentado en su automóvil, llega mucho antes que Longboot.

Nadie niega los servicios que presta el deporte a las invenciones. Ahí está la historia del ciclismo, del automovilismo en mar y tierra; el deporte nos conduce actualmente a la conquista del aire. Pero hay ciertos deportes que son manías dignas de lástima. En nuestros juegos olímpicos sólo ha quedado la pasión del juego; todo lo olímpico desapareció. El público no busca la belleza del cuerpo humano; es incapaz de comprenderla ni de desearla después de tantos siglos que la escondemos; no le interesa más que la sensación del azar y de la lucha. Para un griego, la carrera a pie tenía un carácter sagrado; la había instituido el mismo Hércules. Para nosotros es una vulgar apuesta entre dos paquetes de músculos.

En Occidente nos enloquece el afán de la velocidad; en Oriente se cultiva la quietud. Tal vez importemos la moda, y preparemos concursos de hombres estatuas; dudo de que nuestro mejor campeón se compare a esos gimnosofistas que se pasan la existencia en el fondo de los bosques indos, con los brazos en cruz, de rodillas, matemáticamente inmóviles, sin que los hayan visto pestañear los pájaros que anidan en sus enormes cabelleras. Tan desprovisto de alma está un ejercicio como otro. Y no nos bastan las pruebas paralelas: necesitamos las convergentes, aquellas en que los adversarios tratan de inutilizarse. Una capital vecina ha tenido el orgullo de hacer presidir un asalto de box por un diputado de la nación; el contendiente derrotado fue llevado a la asistencia, con los huesos faciales rotos. ¡ Cuánto heroísmo! Y sin embargo el porvenir de la humanidad no está en los puños. La cuestión es jugar, y si el juego es un poco bárbaro, mejor; tal es el gusto del pueblo, que jamás los tuvo exquisitos. Observadle cuando entra en un museo, y estremeceos ante los cuadros que le entusiasman. Id a la plaza, y si queréis que apedree a la banda, haced que se ejecute una sinfonía de Beethoven. Se lee mucho en Inglaterra y en los Estados Unidos: miles de mujeres escriben novelitas, casi todo el alimento intelectual de gentes que dejaron morir en la miseria a Edgar Poe y pagan a Conan Doyle veinte francos por palabra. Curiosidades rápidamente satisfechas, problemas pintorescos y fáciles, acertijos, charadas, escándalos de una semana, crímenes de un mes, un menú muy menudo, muy picante, muy frivolo, he aquí lo que apenas aguanta nuestro estómago. Es preciso economizar pensamiento: vengan hechos incoherentes y siempre renovados —triunfo de la prensa— y la distracción de lo aleatorio. No tenemos aliento para seguir una larga construcción mental: huyendo de la idea nos entregamos a la casualidad. Nos consumimos en microscópicas oposiciones. La democracia se agota en cortos circuitos. Jugamos. Si no echamos a reñir hombres, echamos caballos, gallos, perros, ratas. Los presidiarios se divierten haciendo trotar pulgas. Si no hay hechos a mano, una máquina, una rueda nos hipnotiza. Inventamos los caballitos de plomo, la Diosa Ruleta, y a veces ni el mecanismo contemplamos; nos es suficiente un número final. La lotería; un pedazo de papel en el bolsillo nos llena de nobles ilusiones, y satisface todos nuestros apetitos poéticos.

Existe una experiencia clásica, la de las orugas en el borde de un vaso. Anhelan escapar, y no se les ocurre abandonar el borde. Dan vueltas y vueltas, como Dorando, hasta que caen extenuadas. Un sabio supone que no conocen más que una dimensión del espacio, y que por eso están condenadas a no salir de su línea. Nos conviene meditar la experiencia y refrescar en nuestro espíritu las dimensiones del universo, la vertical, sobre todo.

 

LA POLICÍA

ABUNDAN los descontentadizos, los exigentes, los difíciles. Veo una triste unanimidad de opiniones contra la policía, y me doy cuenta de lo arduo que es gobernar. Por unos miserables palos, trompadas, tumbos y arrestos el domingo, he aquí que el público protesta, y reclama de las autoridades no sé qué extraña suavidad de procedimientos.

Se olvida que los agentes tienen la misión de obrar —el nombre lo dice—, no la de juzgar ni discutir. Un guardia civil es un arma: se dispara como un revólver. ¿Pedís tacto a la bala? La policía debe ser enérgica, veloz: está enderezada a defendernos de bandidos y de reformadores sociales. Una energía veloz sólo puede hacer una cosa: destruir. En la Plaza de Toros se desencadenó de repente una potencia devastadora, a la cual nada hay que objetar, porque funcionó conforme a su calculada y útil estructura. La policía está obligada a ser como un martillo pilón: o brutal o inmóvil.

La policía es un mecanismo que se adapta a los delincuentes seguros o probables. ¿Queréis que distinga entre las personas decentes y las que no lo son? Para ella no existen los seres inofensivos. No tiene que ver con ellos y en consecuencia no los ve. Desde el punto que asienta su garra sobre un ciudadano, ese ciudadano es culpable, y merece malos tratamientos, aunque se crea inocente. ¡Ay! Es imposible ser inocente en un calabozo. Felicitémonos de que la policía no sea amable con los honrados; es el único modo de que tampoco lo sea con los granujas. Los vejados del domingo llevan en sus cuerpos señales ciertas de que la seguridad y el orden de la ciudad están en manos robustas.

Consideremos que un instrumento de administrar fuerza no es sensible a la justicia, no delibera. Deliberar es perder el tiempo, paralizarse, volverse débil. La fuerza sentaba bien en aquel escenario, donde se exige a los toros la bravura y el empuje. El ingenuo aficionado que bajó al redondel admiraba la fuerza; anhelaba desafiar el destino, y los cuernos le fueron leves. Mas si las fieras le perdonaron, no así los hombres. Lanzado del tendido al callejón por los brazos férreos de la autoridad, la confundió tal vez con un Miura, y le agitaron nobles ansiedades. Otros personajes del enorme coro entraron en el rápido remolino, y consumieron por torrentes su reserva nerviosa. El heroísmo se contagia. Y al fin, como era de esperar, la policía salió triunfante del choque, cargada de humanos trofeos.

¡Ah! La fuerza es infalible, porque es irremediable. Me agrada contemplar la majestad de la policía. Derrotada por un público temblaríamos todos al descubrir la flaqueza de nuestros protectores. Conviene que sean capaces de hacer frente a los individuos sueltos y a las multitudes. Gonvieno que aplasten. Examinad la policía rusa: ha dominado la revolución, ha maniatado al país. En Sebastopol ha arrancado las uñas a los presos, pero no lo juzgo indispensable. De 1906 a abril de 1908 se ha condenado a muerte a 3500 sediciosos ; se ha encarcelado y deportado a más de dos millones de rusos. Ha habido por término medio 100 ejecuciones mensuales. ¡Qué hermosas cifras! ¡Qué poder magnífico! Y las cosas han llevado después parecida marcha, según el telégrafo: el último mes de noviembre hubo 210 condenados a muerte y 82 ejecuciones. Y así es como Rusia, ha conquistado el orden, establecido el Parlamento y las libertades cívicas y obtenido continuamente dinero de Francia. ¡ Aprovechemos la lección!

 

LA BARBA DEL PRESIDENTE

EL PRESIDENTE Fallieres llegó hasta mí y me habló de esta manera:

"Caballero, me acaban de tirar de la barba. Estoy consternado. Estoy atribulado como hombre y como presidente de la república. Para los chinos la trenza constituye un objeto inviolable; yo me enorgullecía de mi barba, florida cual la de Carlomagno, y ahora me avergüenza; me la han manoseado. Si hay en Francia un hombre ajeno a la política, ése soy yo. Sonrío y saludo a todo el mundo; no me duran los sombreros ocho días; se me rompen por el ala. Cuando hablo, es para desear prosperidades a cuantos me escuchan. Mis palabras son conciliadoras; lo mismo frente a los ejércitos que a las escuadras, hallo razones para confiar en la fraternidad de los pueblos. Mi oficio es ser amable; lo soy por convencimiento y por vocación. Me siento inofensivo; y sin embargo me ofenden.

"Esto es injusto. Usted lo reconocerá. Usted es razonable, incapaz de tirarme de la barba. Lo leo en sus ojos corteses. ¡Ay! ¡Qué costumbres las nuestras! ¡Con qué facilidad un mozo de café —mi enemigo es mozo de café— falta al respeto al jefe de la nación! En Oriente, caballero, la persona del rey es sagrada. Una reina de Siam se ahogó a la vista de su corte, tomando un baño, porque ninguno de sus subditos se atrevió a cometer el sacrilegio de ponerle la mano encima. Y yo, que no corría ningún peligro.. . ¡ Qué costumbres las nuestras! Cierto que sin ellas jamás hubiera sido presidente. Lo que me ha pasado es feroz. Prefiero una bomba de dinamita. Es más serio. ¿Qué debo hacer? ¿Afeitarme?"

El afligido rostro del viejo me enterneció, y contesté a guisa de consuelo lo siguiente:

—Señor, lo ocurrido carece de importancia. Los médicos han declarado que el agresor es un espíritu débil.

 

REFLEXIONES

¿Qué ES la poesía? El amor que descubre su propio ritmo.

No hay remordimiento más triste que el de no haber pecado.

"Padre, padre... ¿por qué me has abandonado?"
No alces los ojos. No hay Padre. Hay la tierra, la Madre al pie de tu cruz. La madre de carne y hueso, ¡ tan poquita cosa! Conténtate con sus cuatro lágrimas. La realidad no da más.

La máquina es una frontera. Es el extremo inteligente de la naturaleza y el extremo material de nuestro espíritu.

Un ladrón es un financista impaciente.

El corazón que no ama es una cisterna tenebrosa, un depósito inmóvil que no recibe ni da. El corazón que ama es el remanso a cielo abierto, donde las mil corrientes del mundo descansan un instante para partir otra vez.
En política no hay amigos; no hay más que cómplices.


No sé si en la época de las cavernas se moría la humanidad de hambre y de frío, pero ahora no cabe duda.

La aparición de la fuerza inclina a la desconfianza. Si deseas convencerme, suelta el palo, y si alzas el palo, sobran los discursos. Con las armas no se afirma la realidad: se la viola.


¿Quién mejor que el buen presidiario cumple la ley? Es el ciudadano ideal. Es la ley hecha carne, hecha ejemplo.

El destino, débil aún, se ensaya. Somos en sus manos flechas sin empuje bastante. Estamos condenados a inclinarnos y a ir a tierra. La fealdad pegajosa de las agonías es el cansancio del mundo.

Desconfiemos de los que no hacen caridad más que a Dios.

Quiero la idea que avanza hacia lo desconocido sin mirar atrás; la idea clavada en las entrañas del misterio, en el fondo del agujero donde sólo cabe una mano; la idea embriagada de soledad y de fe, la idea cuyos golpes no son oídos de nadie. Para ella no hay caminos, porque ella se los abre y no retrocede nunca; no hay propaganda ni comercio posibles. No está en poder de nosotros recompensarla, sino seguirla. Es el vértice sagrado de la humanidad en marcha.


Nuestra imaginación, al crear los dioses, no hacía quizá sino soñar con el destino humano.

Como trabajador que soy, tiemblo a la idea de que un químico humanitario y genial descubra una alimentación baratísima. Si bastan diez centavos al día para no perecer, el salario corriente del obrero en los distritos de alta civilización será de diez centavos con toda evidencia, y los demás salarios —incluso el mío— se resentirán de una ciencia tan misericordiosa.

El amor es inmoral por esencia, porque las costumbres cambian, y el gesto del amor es siempre el mismo.

El amor es una obscenidad deliciosa. Lo ocultamos como los tesoros y los crímenes.

Amor, hecho individual. Hijos, hecho social. De aquí los conflictos eternos y desesperados.

La vida es corta, la muerte es larga. El amor es una estrategia contra la muerte. Ya que hay que acabarnos, queremos siquiera repetirnos, repetir un capítulo, una línea, una letra de nuestro ser.

Matrimonio: amor enjaulado.

Pudor: el terror sagrado ante el más cruel de los dioses.

Siempre inventamos grandes cualidades en los que nos adulan. Éste es el secreto de muchas carreras políticas.

Un hombre aislado puede ser valiente. La multitud es cobarde, quizá por economía.

Buscad el origen o el resultado de vuestra felicidad, y encontraréis la desgracia ajena.

Triste es que no se realice ninguno de nuestros sueños, y más triste, que se realicen todos.

Desgraciados los que tenéis llagas, porque no os faltarán moscas.

Hay quien se extraña de que por lo común los ricos sean avaros. Y, sin embargo, si no hubieran sido avaros cuando eran pobres, no hubieran llegado a ricos. El procedimiento que conserva es el mismo que cría. Para encontrar generosidad es preciso dirigirse a los pobres consuetudinarios o a los salteadores de caminos.

Se creía antes que el honor se heredaba con la sangre, y que era una ventaja tener padres nobles. "Soy hijo de un caballero y de una señora, y me he educado como un rey", era la frase victoriosa que os lanzaban al rostro. La democracia ha invertido el argumento. "Me engendraron en la miseria, os dicen con arrogancia; he hecho de todo para no morir de hambre, he lustrado botines y he fregado platos". Algunos se glorian de no saber de dónde salieron. Las ideas sociales y políticas cambian, pero la vanidad, no.

El amor es fecundo, sí, ya lo sabemos. Admiremos no obstante la fecundidad del odio. El amor auténtico tiende al platonismo, y con frecuencia la lujuria encadena a un hombre y a una mujer que se odian. ¡Cuántos pueden decir: "Mis padres se odiaban, pero he nacido"! Todos los que trabajan para no perecer, o sea los cuatro quintos de la humanidad, odian a muerte, odian al patrón, al capataz, al propietario, al jefe, al negrero. El trabajo terrestre está empapado en odio. Sobre el odio está cimentada la civilización moderna.

Hay un triste momento, y es cuando la farsa humana deja de divertirnos. Cansados del saínete, esas muecas de monos afortunados no nos hacen ya reír, y murmuramos con repugnancia: "Realmente, esto es lamentable, y el autor, muy torpe. Échennos a la calle. Salgamos de este teatrucho infecto a respirar el aire casto de la noche y a contemplar las altas estrellas".

En la vida de Cristo hay un pasaje que siempre me ha reconfortado: "¿Por qué me abandonaste?". Dios abandonó a su hijo, pero la madre dolorosa, la madre de carne y hueso no le abandonó jamás. No vale gran cosa la tierra, pero el cielo es el gran traidor.

¿Qué es lo más interesante de la vida? —Lo imposible.

¿Y lo más piadoso? —La muerte.

¿Y lo más cruel? —¡ Ay! La belleza.

 


AÑO NUEVO

No ES EL AÑO quien se renueva. El mismo rosario, con tantas cuentas como días, se deslizará otra vez entre nuestros dedos. Por un solo reloj resbalan todas las horas y todos los minutos. Omega es también alfa; el tiempo no avanza, gira; no tiene edad. ¿No comenzó un año ayer, y no comenzará mañana? ¿Qué importa hacer aquí o allá la raya en el río? Cada instante es principio y fin.
Año nuevo: y el verano continúa. El viento no tropezará el 1 de enero, ni el canto del pájaro quedará cortado en dos, ni tampoco el gemido del moribundo. Soldadura invisible a cuyo través pasan las cosas sin estremecerse. Ninguna quilla de buque ha chocado con el Ecuador. Traspasamos al año nuevo nuestro activo y pasivo intactos, nuestras energías y las lacras de nuestra carne; se nos arrastra con idéntica rapidez, englobados en la enorme continuidad de la naturaleza. El año ha empezado; somos un poquito más viejos y nada más.
No es el tiempo el que envejece, somos nosotros. Cuando jóvenes parece llevarnos sobre su ala; más tarde nos deja atrás, y nos fatigamos corriendo en pos de él, hasta que nos abandona, y su terrible corriente nos echa a un lado. Un cadáver es un despojo escupido a la orilla. Pero, ¿por qué entristecernos? Lo que no tiene remedio se examina y se acepta. Envejecer es una prueba de haber vivido, de que se está viviendo aún, y vivir es renovarse para los que son dignos de vivir. Lo dijo el poeta: "Puesto que hay que usarnos, usémonos noblemente".
Ya que no el año, su contenido será nuevo y bello si nos usamos noblemente. Compadezcamos a los seres pasivos que consideran 1909 como un número de lotería, y el horario como una ruleta. Preferible es entregarse al más bárbaro de los dioses y no al azar. En Moloch queda todavía el tosco designio de lo bestial, mientras que la casualidad es totalmente estúpida; prostituirse a ella es prostituirse a las tinieblas, suicidarse con un arma sin nombre. No; que nuestras divinidades sean humanas; que trabajen con nosotros, que nos comprendan y, si lo merecemos, que nos admiren. En cualquier circunstancia hay lugar para el heroísmo, ¿ya qué hemos venido al mundo si no a ser héroes? No necesitamos esperar a que concluya el 31 de diciembre; cosecharemos el año próximo lo que hayamos sembrado antes, y seguiremos sembrando para después. La realidad no se acota; olvidemos el calendario, y atendamos al manantial constante y silencioso que nos brota del alma.

 

L A  C I E N C I A

LA CIENCIA, la del momento, es una religión corta. Como en las demás religiones, la turba no iniciada cree a pies juntos, y son los altos sacerdotes los que vacilan. Hay devotos de los rayos X y devotos de San Expedito. La ignorancia está siempre en terreno firme. Ocupa el seno seguro de los valles, largamente apisonado por las acémilas. Arriba reina el vértigo. ¿Qué Papa no habrá sido ateo un instante? ¿A qué sabio no ha estremecido de angustia el soplo de lo ignorado?
Para los débiles, dudar es desplomarse; para los fuertes, dudar es creer. Sólo nos acercamos a la verdad mientras dudamos; sólo mientras dudamos somos religiosos. La duda al desgarrar ensancha. La certidumbre es una falsedad y un sacrilegio. No hay pensador —hablo de los auténticos, limpios de popularidad— cuya obra no haya sido negación y duda. Los que suspendidos en el vacío de la duda avanzan sin caer, son los que tienen alas: con ellas pasarán sobre la sima, y subirán hacia la luz de las tinieblas.
Los débiles necesitan demostrar lo que ven y lo que no ven, o darlo por demostrado; necesitan la fe, una barra que les sostenga, aunque les empale; necesitan la prueba, el signo, el milagro. De puro débiles no juzgan posible vivir sino por milagro. Necesitan un Dios prestidigitador. La ciencia en uso, eminentemente prestidigitadora, les satisface. Los milagros antiguos eran desordenados y a veces inoportunos. Cuando hacían más falta no acudían y llegaban cuando se les esperaba menos. Los de ahora son dóciles, naturales. Las academias los explican. El débil se figura que la ciencia explica, que la ciencia resuelve, y que debemos maravillarnos de unas cosas más que de otras. En cambio el fuerte sabe que todo es igualmente sobrenatural.
Además, el débil no concibe bien sino la fuerza. Es preciso ser fuerte para comprender que más allá de la fuerza hay algo. El Dios juglar de los débiles ha de manifestarse también hercúleo y suntuoso. Ha de hendir, incendiar, anegar, aplastar y machacar cuando convenga. Ha de conquistar, deslumhrar y explotar el mundo. Así se postra la turba ante la ciencia de la dinamita y de los martillos pilones, la ciencia industrial cebadora de trusts, la ciencia inevitable y práctica que acumula en moles ciclópeas el hierro y el oro.
¿De qué sirve al elegido, al que marcha delante, esa tumultuosa confianza, amplificada por la única fuerza de los débiles, que es el número? ¿De qué le sirve la baja ilusión de los beneficiados a máquina? Ni siquiera le alcanza el clamoreo común. No oye a los hombres, ni es oído. Está solo; es la proa de la humanidad; de frente al infinito, no toca más que aguas oscuras y la sombra magnífica. La ciencia en sus manos no es un arma, ni un amuleto, sino una sonda. Cada eslabón que añade ahonda el precipicio; cada antorcha que enciende revela lo impenetrable de los cielos. La soberbia magnitud de lo desconocido le hace temblar. Embriagado de misterio, y dueño de enriquecerlo y de esparcirlo mediante la ciencia, se siente creador del espectáculo sagrado. Descubre que el drama de la realidad se cumple en su propia conciencia, y que al hundir en la noche el follaje de su espíritu, expresa lo absoluto. De este modo se le aparece él Universo como el molde cambiante y fiel de lo invisible.

 

 

EL CATACLISMO

 

DOSCIENTAS, doscientas cincuenta mil víctimas, provincias arrasadas, ciudades que se desploman de un golpe, el apocalíptico oleaje de lo sólido, el mar que se levanta como un muro, el juicio final para el sur de Italia, muertos lanzados de sus sepulturas, vivos enterrados, los espectros, la llama y la demencia corriendo sobre las ruinas, el infierno abriéndose paso hacia la tempestad.. . Y el cataclismo hiende también las edades, y llega hasta nosotros la voz de Isaías: "La tierra se tambaleará como un hombre ebrio; será transportada como la tienda que se alza por una noche".
La realidad formidable es que el planeta vive. Respira, suda, se estremece; su sangre de fuego circula bajo nuestros pies, su pulso late en los volcanes; sus ondas nerviosas van a las antípodas en pocos minutos; sus polos se aureolan de palpitaciones eléctricas. Somos microbios pegados a su piel. Calabria, San Francisco, La Martinica, Valparaíso, Messina.. . El monstruo se despereza.. . ¿despertará? Un escalofrío algo más profundo, una crispadura que amontone las aguas del Océano en una gota inmensa, irritada lágrima del Cosmos, y la humanidad será barrida.
¿Nos dejaremos barrer? Sin duda es bella la reacción contra la catástrofe. El rey se inclina ante la democracia de la muerte, y trabaja como los demás en arrancar jirones de carne a los escombros. Los pueblos espantados reúnen dinero, y hasta el buen Morgan —¿quién no sabe que hizo su fortuna a fuerza de bondad?— ha enviado su níquel. ¿Y después? ¿Reedificaremos nuestras viviendas sobre el abismo de mañana? ¿Nos resignaremos a lo desconocido?
Ahora es ya imposible. Nuestras almas caminan en tal dirección que no encontrarán quien las detenga. La única manera de vencer lo desconocido es conocerlo. La naturaleza se arma de misterio; desnuda o medio desnuda, como hembra que es, se defiende mal. Y ¿ por qué no confesar aquí nuestras ignorancias del día? Demasiado absorbidos quizá por la lucha con lo infinitamente chico, con los seres que nos devoran célula a célula, descuidamos el ser enorme que nos arrastra a través del espacio, y cuyas menores sacudidas nos aplastan en masa. Apenas nos damos cuenta de lo que ocurre en la superficie del globo, y menos todavía de lo que ocurre debajo. La astronomía es nuestra obra maestra; la meteorología, nuestro bochorno. La humana inteligencia es más poderosa a veces de lejos que de cerca, pero de cerca o de lejos constituye nuestro solo recurso. Para dominar es necesario comprender.
Hay que comprender los terremotos. Cuando los comprendamos estaremos tranquilos. Hoy expresan aún la voluntad del caos, el aullido de la gran bestia. "La tierra se tambaleará como ebria...", sí; ebria de azar. Enfrente nos erguiremos nosotros, ebrios de razón; la voz del profeta era fuerte, la nuestra casi no se oye, y sin embargo a nuestras palabras obedecerá el universo, porque ellas, y no la de Isaías, son verdaderamente mágicas.

 

UN DIOS QUE SE VA

Pío x HA TENIDO una frase desgraciada, Ha dicho que los terremotos de Calabria y Sicilia son un castigo de Dios.
Nada más ortodoxo. Si no se mueve la hoja del árbol sin que Dios lo quiera, mal podrán venirse abajo las ciudades contra la voluntad divina. Pero nada más inoportuno. Esta época necesita otros dioses; quiere ser dirigida por la esperanza y el amor, no por el miedo.
Bastante divorciada está de nuestro siglo la Iglesia para que su jefe aumente el descrédito recordando tan anacrónicos dogmas. No son los espíritus positivistas a lo Littré, escépticos a lo Gourmont, materialistas a lo Haeckel, dilettanti a lo Renán los únicos que se apartan del catolicismo; son los espíritus religiosos. Hemos presenciado una reacción espiritualista dentro de la misma ciencia; Büchner es ahora una antigualla. Mientras la física evoluciona hacia lo imponderable, y la psicología nos hace sospechar la significación de lo subconsciente, una nueva escuela filosófica, que reúne sus diversas orientaciones bajo el nombre de pragmatismo y que cuenta con los más ilustres ingenios del mundo, refuta el determinismo mecánico, valiéndose de los procedimientos lógicos y experimentales de la cultura moderna. Todos estos "no ateos" vuelven la espalda al Vaticano, como se la vuelven los místicos desde Emerson y Whitman a Tolstoi, y las sectas recientes derivadas del puro cristianismo, para las cuales lo importante es la acción social, la eliminación del dolor. Es que no nos cabe ya en la cabeza que debamos aceptar el dolor, que lo debamos justificar, que lo suframos cobardemente como expiación de nuestras culpas. Nos hemos examinado y nos hemos absuelto. Somos inocentes y pretendemos ser menos infelices.
Dentro de la Iglesia vemos un culto idolátrico; el bajo pueblo ario no ha salido del paganismo. Existen docenas de Cristos diferentes, centenares de Vírgenes Marías distintas y una innumerable caterva de santos. Cada fiel adora su pedacito de madera pintada, y no hallaréis un templo sencillamente consagrado a Dios. Roma trafica con fetiches. Por encima de los magos y curanderos de sacristía están los gerentes, muchos de ellos hombres superiores que, incapacitados de hacer religión, hacen política. El catolicismo es un partido, una burocracia, que se sostiene aún merced a su maravillosa estructura. La Iglesia sucumbirá por falta de fe; nada prueba mejor su irreparable anemia espiritual que la nulidad vergonzosa de sus edificios actuales y de sus imágenes; su literatura presente está impregnada de esa nauseabunda dulzarronería de lo que empieza a pudrirse. Quedan algunos núcleos vitales; varios obispos católicos de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos son de su tiempo, y la Inquisición los respeta, por no provocar cismas. Hay sacerdotes heroicos, como el padre Loisy, que se ríen de la cosmogonía del Génesis, y ¡ cuántos no sueñan a semejanza del Froment de Zola y del "santo" de Fogazzaro, con una regeneración del catolicismo! Pobres almas extraviadas en el sagrado ministerio, sufren y callan, agarrotadas por los concilios, y no se atreven a tocar a la formidable vieja, que por mucho que chochee en su agonía es siempre la Madre.
¡ Qué momento para desenterrar los pecados de Dios! Rechazamos a la persona Todopoderosa e infinitamente buena, no por absurda, sino por inmoral. Lo infinitamente bueno no es capaz, no, de aplastar a los niños de Messina para vengarse de la política de Combes y Clemenceau. Si es bueno es impotente como nosotros, y si es Omnipotente es perverso. El Dios que atormenta a los animales y a las plantas no es Dios, es el Demonio. Hace seis centurias la catástrofe hubiera hablado en su gloria; hoy sirve para procesarlo. Le hicimos perfecto, y por lo tanto inmóvil, inmutable; nosotros, desdichados pecadores, avanzamos- en el camino del bien, y dejamos atrás a nuestro Dios. Triste es decirlo, pues triste es también la muerte de los dioses: el Jehová pontificio se reduce a un vulgar homicida y la antropología italiana encontrará en él una ascendencia de epilépticos y de alcohólicos. El Papa estuvo torpe: nunca hubiera cometido tal error León XIII. Lo grave no es que se haya acusado a Dios de un crimen: lo grave es la infalibilidad de quien acusa.

 

 


JABÓN PARA LA SOGA

 

RUSIA se cubre de horcas. De cada horca pende una cuerda que hay que untar de jabón, para que el nudo corra bien y no sea preciso molestarse demasiado en tirar de los pies a las víctimas. Un bosque de horcas, porque la canalla enloquece; los campesinos tienen tanta hambre que se comen los muertos y muerden a los vivos; los estudiantes, justicieros suicidas, vagan con la aurora en los ojos y la dinamita en la mano. Horcas, más horcas; se condena a muerte por sustraer 25 kopecks (12 céntimos); es el duelo final entre los espasmos de la multitud y la bota del zar, del "padrecito", jefe de una secta cristiana. En las primeras Dumas había algunos hombres libres, lo que era intolerable; fueron perseguidos, encarcelados, deportados, torturados; la Duma actual es lo que debe ser, reaccionaria; se ahorca parlamentariamente. El 93 quedó vencido; la guillotina, humillada. ¡ En tres años, tres millones de rusos han pasado por la justicia! ¡Tres millones de presos confinados o ahorcados! ¡Y nos espantamos de los cien mil caídos en Messina! La naturaleza no igualará nunca en barbarie a la humanidad.
Ahorquen, sí; sálvese Rusia. Pero la horca cuesta dinero; supone policías que espíen y rastreen la presa, soldados y gendarmes que la cobren, carceleros que la guarden, juez que la condene, cura que la absuelva, verdugo que le ponga el nudo al cuello y ayudantes que tiren de los pies. El jabón con que se unta la soga es caro. El "padrecito" necesita recursos para ahorcar a sus hijos.
¡Recursos! ¿Dónde sacarlos, en un país devorado por la miseria y la ignorancia, medio demente a consecuencia del terror actual y del shock traumático de la guerra, debilitado por la emisión indefinida de papel, agobiado por la elefantíasis de una burocracia monstruosa, por los funcionarios infinitos que desde los palacios de Petersburgo y Moscú a la más humilde aldea, sólo se dedican a delatar y a robar?
¿Recursos? La noble Francia, la gran Inglaterra los proporcionarán. Francia lleva dados quince mil millones de francos. Inglaterra cubre con ella el último empréstito. Se trata de colocar los fondos, de hipotecar una nación enferma. Así se hizo con Turquía, donde los más feroces crímenes sociales fueron asesorados por el silencio de Europa. Es que el prestamista cuida del deudor, y los gobiernos clientes son sagrados. ¡ Las horcas que se han plantado con esos quince mil millones! Horcas respetables. ¿Qué habíamos creído? ¿Que el hombre se emancipa en un día? Estamos poco a poco descubriendo que las libertades políticas no desempeñan otra función sino la de suprimir rozamientos al mecanismo opresor del oro. Las leyes inglesas, honra del mundo, se declaran inaceptables en la India, donde no favorecen al capital. He aquí las palabras textuales de lord Morley en la Cámara: "No retiraremos al Poder Ejecutivo el derecho de desterrar, sin previo juicio, a los elementos peligrosos".
Tolstoi, en su famosa proclama de 1908, pedía para sí el nudo corredizo. El inmenso anciano, venerable bloque de granito que, como una cima evangélica se yergue sobre la desolación de la patria, fue respetado por los "verdaderos rusos", tal vez porque predicaba la no resistencia al mal, es decir, a ellos.
Pero si le ahorcan a pesar de todo, consuélese pensando que el jabón de la soga lo pagan los pueblos más libres y civilizados de la tierra.

 

LA APARICIÓN

Pío SE RETIRÓ aquella noche, asediado de grandiosos presentimientos. Sentía que en el cielo se ocupaban de él, que a veces la divinidad merodeaba en torno de él. Quizá fuera causa de tales mercedes su fe, intransigente, absoluta, invulnerable como el granito; nada mejor que el granito para sustentar la mole de la Iglesia: super hanc petram.. . Pío había condenado la ciencia actual, no por atea, sino por falsa. ¿A qué los laboratorios, cuando tenemos la revelación? Todo está en la Biblia. Al surgir el primer conflicto entre el libro de los libros y la naturaleza, debimos abandonarla, y comprender que nos mentía. Los fenómenos mienten; están de acuerdo con el diablo. La astronomía, la geología y la física verdaderas, las que nos hacen falta para salvarnos, están en el Génesis.
El vicario se acostó, pero el sueño huía de sus ojos. Dieron las doce, y una claridad extraña, difusa, bañó el aposento. ¿Sería otra vez Juana de Arco? Pío estuvo por acudir a la habitación próxima, donde reposaban el secretario y un mayordomo aficionado a la fotografía. La idea de retratar las apariciones no era mala; se puede anatematizar la ciencia en sus principios, y sin embargo acoger ciertas aplicacioncitas útiles hasta en la propaganda religiosa. Mas el favorecido de Dios temió desvanecer con un gesto el prodigio, y se mantuvo quieto, con el corazón palpitante. En el centro de la claridad una sombra traslúcida se fue cuajando, bruma irisada con los orientes del paraíso; una imagen al fin quedó formada, vibrante de una realidad tan soberanamente poderosa; de una vida tan alta y tan intensa, que los objetos circundantes parecieron perder su sustancia misma. Pío cayó de rodillas, con el espíritu sorbido. No era Juana, era María. Lo advirtió, más que en sus celestes pupilas maternales, en las estrellas que la coronaban, y en el pálido creciente que asomaba bajo sus pies infantiles. Así los atributos adoptados por la iconografía nos sirven para reconocer los visitantes del otro mundo.
María dijo:
—Esta mañana me aparecí modestamente a un empleado del ferrocarril. Le anuncié por el ventanillo de su escritorio que Messina no existirá dentro de dos días. A ti te anuncio además la ruina de Reggio. Se acerca el mayor cataclismo de la historia. Somos muy débiles allá arriba, Pío. Vemos el porvenir sin ser capaces de detenerlo, y envidiamos a los mortales que tampoco evitan el fatal futuro, pero siquiera lo ignoran. ¡Santo Dios! Esos niños destrozados... ¿por qué?, ¿por qué?
Y la Madre dejó rodar dos lágrimas hasta las manos trémulas de Pío.
Dos días después, la inmensa catástrofe. Y en el alma del Vicario, catástrofe doble. Su fe resistía, pero sangraba. Como hombre, como italiano, los horrores del terremoto le impresionaron al punto de perder la salud. Un áspero consuelo —el único— hubiera sido la certeza de que aquello era la voluntad del Eterno, y he aquí que la aparición de María le desconcertaba. Sabía cuan difícil es, en los expedientes de canonización, distinguir los milagros impostores de los divinos. El demonio también es mago, y más ingenioso que los ángeles. ¿Qué hacer? ¿Rechazar el dolor de la Madre, y aquellas lágrimas que perfumaban aún las manos creyentes? ¿Aceptar la impotencia del Todopoderoso? Y en la soledad de su magnífico palacio, el pobre Infalible luchaba con la incertidumbre

 


D E I B L E R

FRANCIA, privada de guerras civiles y de corridas de toros, se iba quedando anémica. La pobrecita necesitaba sangre, y Deibler se la ha dado. Guando hablemos de franceses ilustres diremos: Poincaré, Anatole France, Rodin, Deibler. Pero Deibler, más que ninguno, llega al alma del pueblo. No solamente lo congrega y lo exalta, sino que lo alivia y después lo cura. En las bacanales de este imposible sileno se exprime la carne y no la vid; es otro mosto el que nos embriaga.
Sangre, zumo de la vida, rubor de la doncella, sagrada lascivia de la esposa, veneno del corazón enemigo, oculto río que bajo la piel late y arde y odia y ama, sangre de los desfloramientos, de los partos y de las agonías, sangre mágica, líquido único, ¿quién no ha sentido en el fondo tenebroso de sí mismo el ansia de verla y de saborearla? ¿Qué son nuestra fútil inteligencia, nuestra moral de ayer, ante el vértigo de esa sima deliciosa, abierta desde la eternidad? Bajo la paz enferma de nuestra extraña civilización, los años pasan a veces sin que se celebre el espectáculo supremo, la vuelta al rojo manantial, y entonces la multitud, ya enervada por crecientes armamentos que en vano le prometen la matanza, empieza a padecer la sorda nostalgia de la sangre.
¡ Oh, salvadora, dulcísima sangre, rica y tibia, eyaculada al sol por las carótidas! ¡ Bebed, hermanos! ¡ Gracias, Deibler! Dios, apenas creó los seres vivos, se enamoró de la sangre, instituyó el sacrificio; "el sacerdote degollará la ofrenda, y los hijos de Aarón esparcirán su sangre sobre el altar". Y más tarde fuimos nosotros los que quisimos la sangre de nuestro Dios. El gentío que aclamó en Bethuen al verdugo era el mismo que gritaba hace veinte siglos: "crucifícale". Y las pocas supersticiones vivaces que nos restan de la caduca religión católica son las que están impregnadas de sangre, las que nos muestran despedazado a Jesús, el lindo Jesús de cromo, el amante que favorece a sus santas predilectas, como a Margarita de Cortona, dándolas a chupar la llaga de su divino costado.
¿Será la envidia lo que nos lleva a linchar a los criminales? Ellos se saciaron por su mano su deseo, y a nosotros nos remorderá el no habernos atrevido nunca a dejar libre, siquiera una vez, la gran bestia fundamental. Hay algo de magnífico en los asesinos y en los suicidas. En lugar de obedecer a la muerte, la hicieron su esclava. Forzaron la naturaleza, se sustituyeron al destino, y rasgaron a puñaladas el velo misterioso ante el cual retrocedemos temblando. No os perdonaremos, reos en capilla, vuestras orgías solitarias. Buen Pollet, no nos invitaste. Un crimen egoísta debe ser pagado con el crimen colectivo. Buen Pollet, hábil bandido, astuto estratego del asalto, ¡ qué excelente guerrillero serías en defensa de la patria! ¿Por qué no entraste en una academia militar, y no dominaste tus instintos hasta el momento oportuno? Hubieras quizá honrado a tu país. Al menos sucumbiste con decencia. En tal trance no dijiste la frase prosaica de Goethe: "Ahora es la partida a más altas esferas". No; fuiste más original y más hondo: "¡ Mueran los curas!" Eres bueno, porque eres humano; eres como nosotros, que te hacemos guillotinar porque tenemos sed. Ven tú, Deibler, hijo de Aarón; degüella, esparce sangre.
Tú eres el héroe, y no esos jueces que no se animan a ejecutar lo que sentencian. Tú, y sólo tú, eres el cimiento social. Francia te adora.
¿Dónde está lo humano? ¿En los soldados y marinos que fueron en Messina piadosos por orden, o en los que se lanzaron inmediatamente sobre los moribundos, para arrancarles los dedos y las orejas adornados de joyas? Vivimos de la vida ajena; no hay pan para todos; subsistimos mediante la ruina de los demás, y nuestra felicidad es una forma de la desgracia del prójimo. El más inocente de nuestros juegos es un simulacro del feroz combate que jamás concluye. Seamos humanos. Confesemos nuestro amor a la sangre. ¡Gloria a Deibler, restaurador de la fiesta nacional! Amargo, muy amargo... pero por el sabor se conoce lo verdadero.

 

EL LOCO

SE ESCAPÓ un loco del manicomio. No se lo censuremos; un cuerdo en su lugar hubiera hecho lo mismo. La policía se alarmó; un loco suelto por una ciudad de trescientos mil cuerdos es caso grave. Se ha visto a un solo energúmeno levantar países enteros, derribar tronos y fundar religiones. El Mullah loco inquieta a Inglaterra justamente. Es un loco rebelde, que quizá no se satisface con romper las cadenas de la lógica, mientras que el rasgo característico de la cordura es someterse a la autoridad. Así el loco puede alegrarse y nuestra cordura nos entristece y nos pesa y a veces la perderíamos con gusto. La policía, pues, buscó al loco.
Los comisarios sabían de él tres cosas: que usaba lentes, que llevaba pantalón blanco y que estaba loco. Recorrieron los teatros, juzgando que era natural encontrarlo allí, y al cabo vieron entre el público del Casino a un sujeto de pantalón blanco y de lentes. Era "él". Se le hizo salir de la platea y lo arrastraron a la comisaría, donde se puso en claro que no era "él", es decir, que se llamaba de otro modo. Se le pidió disculpa y se le dejó libre.
Estos hechos son instructivos. Encaminan a la meditación. Pronto se advierte cuan precipitadas son las recriminaciones de que se ha hecho víctima al comisario engañado; ¿de qué se le acusa? No será de no haber utilizado correctamente los tres datos que tenía. Dos de ellos eran verificables, el tercero, no. Nada más fácil que reconocer si un individuo lleva lentes y pantalón blanco; nada más difícil que reconocer a simple vista si está loco. El comisario aplazó con acierto el último problema, problema arduo porque los manicomios están llenos de personas que no se sabe a punto fijo si están cuerdas o no lo están. El señor detenido, que era profesor agrónomo, debe considerar que de no detenerle a él, tampoco detendrían nunca al demente verdadero, y nos confesará que si le soltaron no fue por cuerdo, sino por tener distinto nombre. Comprendemos su ira; él está seguro de gozar de su sano juicio, pero esto tampoco hubiera sido un dato útil al comisario, porque la mayor parte de los locos ignoran que lo son.
Sospecho que el comisario se inclinaba a dar por locos a cuantos llevaran pantalón blanco y lentes, y a sorprenderse de que no los llevaran los locos reconocidos, pero tal es el papel de nuestra inteligencia, unir con toda energía los elementos de que dispone. En el cerebro del comisario había tres vértices luminosos que formaban un triángulo indestructible. Ese cerebro funcionaba bien. La relación era extraña; si retrocediéramos, sin embargo, ante lo inverosímil, nuestros conocimientos serían muy pobres. Darwin observó que los gatos blancos, de ojos azules, son siempre sordos, y jamás ha fallado la regla. Pantalón blanco, lentes, loco; blanco, ojos azules, sordo. He aquí la imagen de nuestra ciencia. Explicar es hacer corresponderse dos figuras inexplicables. Estamos ensayando nuevas parejas; las antiguas han envejecido, como envejecerán las de hoy, y la realidad, eternamente ágil, joven, inesperada, se escapa riendo. Entretanto, ¡ cuidado con las combinaciones actuales! Lejos de mí la idea de asustar al señor profesor, mas si yo estuviera en su pellejo no llevaría más pantalones blancos.

 

LA CONQUISTA DEL CIELO

SE ESTÁ cumpliendo ante nuestros ojos un hecho formidable: estamos aprendiendo a volar. Ciertamente que ningún acontecimiento de la historia humana, salvo tal vez la invención del fuego, habrá tenido tan profundas consecuencias. Los profetas a posteriori saben que esto era de prever. La evolución no sólo avanza, sino que asciende. Del seno de los mares primitivos, cuya sal llevamos en las venas todavía, salieron los seres arrastrándose sobre las islas que afloraban, y más tarde brotaron alas en aquellos insectos a quienes su vida breve y febril no daba tiempo para hallar y fecundar la hembra. Por lo que se refiere a los vertebrados, parece que las aves aparecieron sobre la tierra después que el hombre. Hora es de que nosotros, mejor armados, nos transformemos en ángeles.
Lo que distingue nuestra inteligencia de la de nuestros "parientes pobres", como decía Scholl, es que se nos ocurren muchas soluciones ante un mismo problema, y a los animales no se les ocurre por lo general más que una. ¿Por qué? Porque sus instrumentos de acción son sintéticos, específicos y, por lo tanto, únicos. Un animal no dispone de otra máquina que la de su propio organismo; impuesta por la herencia, no la puede cambiar, no la puede adaptar a lo que la naturaleza no calculó. Las alas del cóndor son admirables, pero siempre las mismas. Nosotros construimos órganos exteriores, impulsados no por nuestras fuerzas limitadas, sino por las de un inmenso depósito ajeno; nuestras máquinas son analíticas, y por lo tanto múltiples; hemos descubierto pronto que elementos iguales se combinan de una infinidad de modos diferentes, y que se obtiene un idéntico resultado mediante varios sistemas. Entonces, la razón, no madre, sino hija de la obra, se ha hecho también analítica y múltiple. Las alas del cóndor son perfectas, sí: son superiores a cualquier aeroplano. Y he aquí nuestra ventaja: que jamás encontraremos perfectas nuestras obras; jamás pensaremos haber agotado las combinaciones posibles, jamás nos cruzaremos de brazos ni creeremos haber concluido nuestra labor. ¿Y quién nos detendrá?
Hemos ensayado en seguida, después de lo más ligero que el aire, lo más pesado que el aire. Y, sin duda, el aeroplano es todo él activo, y utiliza el viento que trabaja contra el volumen del dirigible como contra una masa muerta. Nada en el aviador está ocioso ni flota. Llegaremos a conseguir una reacción automática a cada presión ambiente. La realidad abrumadora es que hemos conquistado el cielo. Se ha vaticinado mucho sobre los fenómenos sociales que han de acaecer. ¿Qué será de las aduanas, del comercio, de las fronteras políticas, de las guerras futuras? Más nos importa meditar los efectos que se producirán en nuestras almas. Nos movíamos sobre superficies, a lo largo de caminos artificiales. Estábamos distribuidos en una red; estábamos presos. El ferrocarril no había alterado la situación; era un vehículo de mayor velocidad, pero sujeto doblemente a la fijeza de una línea. Navegar era libertarnos a medias. Ahora es cuando estamos en plena posesión del espacio. Ahora somos capaces de contemplar los países, no de canto, sino cara a cara. Lo que hemos adquirido es de trascendencia incalculable: la tercera dimensión del mundo. ¿Y no hemos de estremecernos al considerar que esa tercera dimensión es prácticamente infinita?
Nos habituaremos a la impresión de lo infinito, de la ausencia absoluta de obstáculos en torno de nosotros, y a la impresión de que nuestro peso se aniquila y desaparece. Nos sentiremos más sutiles que la brisa, nuestra esclava, y próximos al éter. Nos acercaremos a lo imponderable; desearemos, ya que dejamos de ser materia, ser luz. Iremos sospechando lo que verdaderamente somos, y una dignidad nueva nos ennoblecerá. Porque cada vez comprenderemos mejor que en medio de las enormes energías naturales que manejamos, nuestro cuerpo físico se desvanece. Nos reducimos poco a poco a un punto que siente y dirige. Nos espiritualizamos sin cesar. Ha caído de nuestros hombros un manto de plomo, y en parte emancipados del planeta hemos dado un paso hacia el sol.

 

TRAGEDIAS BALADÍES

HE VISTO el retrato del doctor Palacios —¿recordáis?—, el que fue asesinado en La Plata por haber causado con sus desdenes, según se dice, el suicidio de su novia. He reconocido el bigotito fatal; el romántico mechón sobre la frente, las facciones vulgares y simétricas del tenorio sudamericano. El hombre que gusta a todas las mujeres es necesariamente común, algo sustancioso y familiar como el pan fresco. La excepción circula poco. Además, la mujer hace bien en no apreciar las excepciones; el amor no puede aprovecharlas, puesto que no se heredan. Si la hembra desprecia el talento y el genio, es con motivo; están de más en la alcoba. Una salud a toda prueba, el impudor consiguiente, y un cerebro sin pretensiones, he aquí lo que se exige al amante ideal. El resto lo añade la ilusión, con su generosidad reconocida. Así, a no ser que me equivoque, como buen psicólogo, el doctor Palacios era "él", era la ganzúa que abre los corazones más diversos. El público se indigna contra este extraordinario conquistador, porque leía en los cafés la carta donde la enamorada le anuncia que se matará pegándose un tiro en la boca "para seguir siendo linda después de muerta". El pobre don Juan no había cometido otro crimen que el de medir exactamente la talla media de la humanidad. Era el tipo normal y por lo tanto irresistible, ya que el sueño ardiente del sexo es la vuelta al tipo, la conservación de nuestra interesante figura. El doctor se había llevado sin esfuerzo una hermosísima muchacha que tenía con la lengua fuera a una porción de ciudadanos, y cacareaba su victoria con la inocencia del macho feliz. No censuramos la jactancia del valiente gallo, la alegría de la siembra copiosa. El amor es así; profundamente natural, bestial, y por eso es todopoderoso.
En cuanto a ella, a la primera víctima, ¡ nada de enternecimientos! El ojo del microscopio no llora. Soportemos el frío glacial de la verdad. La "Venus Platense" era insignificante y débil. Su muerte fue un bello naufragio, pero las naves no se han hecho para irse a pique. ¡ Quería que su cadáver fuera bonito, con el crucifijo inevitable en el pecho! Sobre esa alma instruida y enclenque descubro la baba de la literatura. ¿Quién pasó por allí? ¿Feuillet, Prévost, Bourget? ¿Cuál de esos pegajosos falsificadores de la realidad? Si se tratara de una hija portera, culparíamos a la crónica de policía, que también es literatura. ¿Qué decir de aquel frágil espíritu, hundido para siempre en la sombra bajo el peso fugitivo de una imagen?
¿Por qué no esperaste, heroína de un minuto? En dos días te hubieras salvado, en dos meses te hubieras curado; a los dos años te hubieras reído de tus amores, y después, tarde o temprano, aunque no lo desearas, te hubieras vengado, porque para vengarse basta aguardar. El tiempo es más cruel que nuestros odios, y a nadie perdona.
La vida auténtica no tiene más que un programa: vivir. El doctor Palacios era un organismo fuerte. ¡ Qué pronto se hubiera consolado él, qué pronto hubiera encontrado remedio a su pena! La vida olvida, y vuelve infatigablemente a empezar su obra, cien veces arrasada. Mirad cómo la araña rehace su tela rota, y las hormigas su vivienda, y el pájaro su nido desgarrado. ¿Y qué son nuestros hijos, sino ensayos nuevos, nuevas tentativas para ganar la empresa en que fracasamos nosotros? ¡ Una mujer joven y robusta que se mata antes de tener un hijo! Pero, ¿qué madre se suicida? Morir, matar... fútiles violencias. Lo grande no se improvisa. Que un enfermo incurable, un canceroso o un tuberculoso, prefiera concluir en seguida su existencia condenada, se comprende; y quizá protestemos, pues nos queda la curiosidad del mal, y todavía podemos examinar el dolor. Hay algo contra la importancia de la muerte, y es que no nos inspira curiosidad ninguna. Lo importante es vivir.
Vivamos, pues; y si es preciso morir o matar, que sea por razones serias, y no por nuestras aventurillas personales. No degrademos hasta ese punto la majestad del misterio que nos rodea. Sepamos resistir a la seducción de los gestos de teatro, y al encanto vicioso de las tragedias baladíes.

 

LA SIRENA

MADAME STEINHEIL, indispuesta, ha dado cita al juez, a solas en la celda, para "revelárselo todo". La célebre amorosa está acostada. El magistrado entra no sin alguna majestad.
—Siéntese usted aquí, a mi cabecera, como un confesor. Siento bastante fatiga, y tengo que hablarle bajo, casi al oído.. . así. Quiero desahogar mi corazón, decirle la verdad entera y acabar de una vez.
—Empieza usted siempre sus mentiras de ese modo.
—¡ Ah! señor juez, nuestras mentiras y nuestras verdades valen poco más o menos lo mismo. ¿ Quién es capaz de averiguar la causa primera de las cosas, y de gritar: "¡Tú eres responsable!"? Usted, mejor que otro, sabe que la justicia humana no puede ser justa. Pero se trata de un hecho.. .
—Esta entrevista no es correcta. .. daré orden de que venga el escribano y los...
—¡ Oh! No se mueva. Nada de testigos. La galería es la que echa a perder los negocios. ¿No está usted harto del público? Aprovechemos la ocasión, el secreto instante. Piense que si me callo ahora, me callaré después. . . Quédese, sea amable. Mañana ratificaré mis declaraciones...
—¿Cuál es el hecho?
—He aquí: yo lo maté.
—¿Y el cómplice?
—No se aparte usted de mí, no me, huya. ¿Le causo horror, asco? Yo lo maté. "Yo", mis manos, la idea fija, la fatalidad, la locura; aquello, ¿era yo? También maté al presidente ; entonces, sí que era yo... Y él no fue el único; ¡ ay! Vea usted, no soy mala, lloro amargamente. Ignoro lo que soy. ¡ Piedad!
Madame Steinheil desploma su hermosa cabeza sobre la almohada, y sus párpados, brillantes de lágrimas, entreabren el abismo de donde no se vuelve.
—¿Y el cómplice?
—¿Qué importa el cómplice? ¿Cree usted que el cómplice tenía algo de particular? ¿Que era un temible sujeto? No se repetirá su crimen. Descuide usted, no hay muchas Meg en el mundo. ¡ El cómplice era cualquiera, cualquiera! ¿Quién no hubiera aceptado apasionadamente ser instrumento mío? Conténtese con esto: yo maté.-Yo maté, se lo juro. Durante semanas y semanas le he mareado a usted, le he desesperado, le he enfermado. Me ha inspirado usted lástima; más que lástima, afecto. Me he resuelto a sacarle del laberinto. Yo lo maté, se lo juro por mi hija.
La palma cálida de madame Steinheil se ha posado sobre el juez. A través de la epidermis, las dos sangres pactan lo que no tiene remedio. . .
—Deseo premiarle señor juez. ¡Juez! ¿Qué es eso? Un oficio. ¿No le ha repugnado a usted de cuando en cuando su virtud? ¿No está usted cansado de ser una fórmula? Conozca usted la vida. Yo soy la vida. Maté; pero no es posible ser la vida sin ser al mismo tiempo la muerte. Tus leyes; tus códigos, ¿de cuándo son? Del año pasado. Mi boca es eterna. Venus no era más que una diosa; yo soy la mujer. Sólo entre mis brazos serás un hombre. ¡Ah!, tiemblas, como temblaban los otros que fueron felices. Ven, regresa al sexo de donde saliste. Ansiabas analizar mi alma. Mi cuerpo es más interesante. ¿Qué han sido tus amores? Tragos de agua sucia con que aplacabas la sed, al borde del camino. Yo soy la sabia, la inagotable embriagadora; yo conozco tus nervios, yo adivino tus vicios, que no sospechas. Yo te devolveré la juventud que perdiste sin haberla poseído, y haré de tu vejez una llama. . . y tus huesos se acordarán de mí bajo el lodo.
El señor juez, en efecto, recobró su virilidad, y se puso a la disposición de la buena Meg, que le suspiraba:
—En cuanto esté libre, gran curioso, te diré quién es mi cómplice.

 

DON TANCREDO

DON TANCREDO I fue un honrado padre de familia, de esos que prefieren la muerte a la miseria, y comprenden al pelícano. Tuvo una idea genial, nacida de la angustia que se apoderaba de él cuando pensaba en el pan de sus hijos. Se le ocurrió plantarse en medio de la plaza., pintado de blanco por toda defensa, inmóvil por toda astucia, a esperar la acometida de un toro recién soltado. Abatido bajo ciertos prejuicios, no se decidió a hacerse ratero, ni a vivir de la prostitución de su mujer. Amaba demasiado a sus niños para descoyuntarles los huesos, o para amaestrarles a palos en cualquier prueba de circo. Tampoco se resolvió a pedir limosna por las calles, acompañado de una flaca chiquilla, a quien hubiera cauterizado los ojos, lo que suele enternecer a los transeúntes. No: se sacrificaría él solo. Mejor que el torero del cuento, podía responder a los que le hablasen de cornadas: "¡Peores cornadas da el hambre!"
Don Tancredo tenía razón. Las afiladas astas eran menos inseguras que el corazón del prójimo. Entre la sociedad y la fiera prefirió la fiera. En aquel estúpido espectáculo no había lucha, esgrima ni arte posibles. Se reducía, en su sobriedad feroz, a un riesgo. Se sorteaba allí una vida humana. Era un juego bárbaro, es decir, lo más interesante para el público. Todo público es público de guillotina.
Para saber lo que son los hombres, hay que juntarlos. Admirable lección la de diez mil espectadores que permiten, cobardemente sentados detrás de la barrera, el pasivo ofrecimiento de la sangre. Entre ellos se divisan cabezas inteligentes, perfiles elegantes; no es la chusma vil; están diputados, escritores y señoritas sensibles. Tal vez, en su palco vestido con la púrpura de Nerón, avanza el débil soberano su mandíbula. Don Tancredo aguarda. Le han arrojado a la fosa de los leones. ¡ Pero qué ruin es la crueldad moderna! Los diez mil verdugos no tienen el valor de su deseo; son verdugos compasivos; si su víctima sucumbe, huirán espantados, incapaces de soportar el peso de su felicidad.
¡ Esos gobiernos!, exclamaréis. Mas, ¿qué gobierno se opone a los vicios fundamentales de la nación? ¿Pretendéis que un gobierno no sea nacional? ¿Cómo se sostendría? Panem et circenses. No vayáis contra los principios democráticos. El pueblo francés pide que se degüelle, y el gobierno degüella. ¡No toquéis el hacha! Bajad a la entraña de la multitud, y veréis al cacique de aldea, que es a veces jefe de bandoleros, y mantenido por la Cámara: veréis lo secretamente benévola que es la autoridad con las amas de lupanares, y con los tahúres ricos, dueños de timbas. Nada tan sagrado como un canalla que tiene en el arroyo doscientos amigos, doscientos electores. Imposible gobernar sin el apoyo de los granujas. ¡Ah! El día en que el sufragio universal sea verdaderamente un hecho, ¿cuántos horrores subirán a la luz? Don Tancredo tuvo muchos discípulos, que se exponían igual y cobraban menos. Por un puñado de pesetas se dejaban olfatear de un toro; considerad que el menor movimiento era la catástrofe. Ni siquiera se atrevían a temblar. Y al fin tanto heroísmo perdió su interés; pasó la moda, y los últimos tancredos, en los ruedos de provincia, ante plebes cursis, repitieron a cara o cruz, por cenar una noche, suicidios sin resonancia. Y he aquí que a orillas del Plata, después de años, un "rey del valor" resucita la suerte con los famosos "toros sin cuernos". Se trata todo lo más de romperse una costilla, pero aun así resulta divertido. Supe que el postrer Don Tancredo anduvo por los aires, lo cual fue un éxito sin duda. Supongo al protagonista casado, como su ilustre modelo, y con algún nene de bucles rubios, algún ángel de esos que nos convierten, cuando bajamos a la hedionda arena social, en "reyes del valor". Y me figuro al padre, de vuelta del tormento, con unos pesos en el bolsillo y el cuerpo lleno de cardenales, entrar en su casa y decir a su mujer:
—Prepárame la cama, y busca árnica para unas frotaciones. .. ¡Ay! Vengo de distraer al respetable público.

 

EL CARNAVAL

"UNA MÁSCARA, sobre otra", dice Shakespeare. Hace falta una doble protección para arriesgarse a ser sincero. El Carnaval es, ante todo, la fiesta de la sinceridad. Durante algunos días somos todo lo francos que se puede, a costa de caer en la desvergüenza; hablamos casi lo que pensamos; nos atrevemos a parecer locos, es decir, a parecer lo que somos; nos desahogamos de doce meses de hipocresía. ¡Admirable privilegio! Nos es permitido correr, cantar, gritar y reír a gusto, y uno se viste como quiere. Se suprime la rutina, la correcta convención, la mitad de las farsas sociales; se nos cura del terror más ruin, el terror al ridículo, se nos felicita de lo grotesco, se descorre el cerrojo a la fantasía, se nos vuelve espontáneos, se nos improvisa una especie de segunda inocencia. Es una hora de libertad, un ensayo de una vida mejor y futura; un relámpago. Pronto se torna al fondo gris de la vieja costumbre. La alegría no es de este mundo. Somos fieras astutas; somos otra vez hipócritas: ¡defendámonos! Rechacemos el júbilo; guardémonos de llevar a la práctica las soluciones de nuestra razón. ¡Orden, orden! No hay nada tan anarquista como el sentido común.
"Todo el año es Carnaval"; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el arbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron: Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los "arrivistas". Y los que llegaron, siempre en carácter, cambian de mueca. "Perdonadme mi talento", nos imploran. Es el saínete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta de carne. No es la vejez la que abre las arrugas del rostro; es el gesto variado y continuo de la mentira humana. Ni la edad ni el dolor son capaces ya de hacer respetable la efigie de los que viven del odio y del engaño. El carnaval celebra las vacaciones de la fisonomía. Detrás de la máscara, la faz es devuelta al verismo de la soledad o del sueño.
Máscara: escudo. Enmascarados: descarados. El repugnante y el tímido toman su desquite: se convierten en el enigma que quizás atrae, en "el muro tras el cual está pasando alguna cosa". El leproso, si tiene imaginación, seducirá a la virgen. Es el momento de ocultar el cuerpo para mostrar el espíritu. Es el instante de la venganza, en que se murmura al oído del prójimo la broma más terrible: la verdad. Es la época en que se triunfa y en que se tiembla, en que los maridos descubren su desgracia y las feas confiesan su amor. El cartón no se ruboriza. Mujeres silenciosas y desdeñadas, que no tenéis otra belleza que la de vuestros ojos magníficos, otro tesoro que dos diamantes desengarzados, sed efímeras huríes bajo el antifaz. Sed solamente vuestros ojos; solamente los agujeros sombríos por donde asoma el alma desnuda.. . solamente el misterio.
Así el Carnaval, en su fugaz y frenética agitación, hace subir a la superficie del mundo la realidad y el misterio, que no se desunen nunca. Símbolo es del carnaval de la naturaleza, carnaval trágico, en que el fondo inaccesible se cubre cada siglo con un disfraz diferente. Ayer fue la idea, fue la llama, fue el átomo, fue el capricho de los dioses irritados. Hoy es la sed infinita del número. Nuestras manos trémulas se cansan de buscar. La Isis se esconde bajo un velo que renace sin tregua, y nos estremecemos a la idea de que tocamos los despojos de un Carnaval difunto, los restos de un festín olvidado, las cenizas de una fiesta apagada. El Universo se nos aparece como una inmensa máscara por cuyos agujeros negros mira la muerte, y no encierra más que el vacío.


EL ANARQUISMO EN LA ARGENTINA

A RAÍZ de los sangrientos sucesos del primero de mayo, en Buenos Aires, el jefe de policía elevó al ministro un curioso informe, pidiendo reformas legales para reprimir el anarquismo, el socialismo y otras doctrinas que fueron juzgadas por el autor de acuerdo con su puesto, aunque no con la verdad. No puede haber a los ojos de un funcionario opinión tan abominable como la de que su función es inútil. Ahora el Poder Ejecutivo presenta al Congreso un proyecto de ley contra la inmigración "malsana". Se trata de impedir que desembarquen los idiotas, locos, epilépticos, tuberculosos, polígamos, rameras y anarquistas, sean inmigrantes, sean "simples pasajeros". Lo urgente es librarse de los anarquistas. El Poder Ejecutivo no disimula cuanto le inquietan "los que se introducen en este hospitalario país para dificultar el funcionamiento de las instituciones sobre que reposa nuestra vida de nación civilizada".
Es una suerte que M. Anatole France haya llegado a la Argentina antes de que estuviera en vigencia la ley, porque no le hubieran dejado bajar del vapor. La obra de France es un curso de nihilismo, y si el señor Falcón la ha leído, habrá colocado al maestro en la columna malsana de las rameras y de los epilépticos. No conozco más formidable enemigo de las instituciones que el padre de "Crainquebille". ¿Ravachol era anarquista? También lo fueron los ascetas, San Francisco de Asís; también lo es Tolstoi. El anarquismo es una teoría filosófica. ¿Ha tomado el Poder Ejecutivo un diccionario para enterarse? Anarquista es el que cree posible vivir sin el principio de autoridad. Hay organismos esencialmente anarquistas, por ejemplo la ciencia moderna, cuyos progresos son enormes desde que se ha sustituido el criterio autoritario por el de la verificación experimental. ¿Que la sociedad de hoy no está preparada para constituirse anárquicamente? Es muy probable. Discútase, examínese. ¿Qué tiene que ver todo esto con la inmigración malsana?
Protesto contra la teoría temible de perseguir a los que construyen un sistema de ideas, clasificándolos entre los polígamos y los idiotas. No sé si Vaillant o Henry dijo que la lectura de Spencer le había inducido al atentado. ¿Qué nos importa? Muchos ladrones profesan el capitalismo. Muchos asesinos adoran a Dios. Aun hay quien se figura que la idea abstracta conduce al crimen. No: no es el metafísico libertario el que lanza la bomba, sino el gorila de los bosques prehistóricos. ¿Y con qué derecho nos opondríamos a que una inmensa clase de hombres que trabajan y sufren se apropie las ideas que le convienen? El Poder Ejecutivo tiene su sociología; ¿por qué no han de tener los obreros la suya?
Volvemos a lo de siempre: a la pretensión de matar las ideas, como si jamás se hubiera conseguido, con poderes incomparablemente mayores que los del señor Falcón, matar una sola. Se dificultará el funcionamiento de las instituciones sobre que reposa la vida de la nación civilizada, sí; por dicha no hay otro remedio. ¿Qué sería de la nación, si no cambiasen las instituciones? Ese cambio es la vida; la inmovilidad que ansia el Poder Ejecutivo es la muerte. ¿De dónde vinieron las instituciones actuales, sino de la derrota de las instituciones viejas? ¿De dónde viene el orden presente, sino del desorden de un minuto genial? ¿Quisiera el señor Falcón que el tiempo hubiera pasado en vano, y que la Argentina fuera una colonia turca, y los jefes de policía grandes eunucos? La cultura occidental no ha concluido su viaje y es notoria necedad ir a detenerla en la dársena. Por favor, permita el Poder Ejecutivo que siga girando el mundo, y no se obstine en emitir juicios finales. Tenga un poco de modestia, y, recordando las enseñanzas de la historia, admita que las instituciones de 1909 no sean definitivas. No se asuste tanto del anarquismo; consuélese con la certidumbre de que los anarquistas parecerán algún día anticuados y demasiado tímidos. ¡ Sólo la vida es joven!

 

PSICOLOGÍA DEL PERIODISMO

ESTÁS a punto de fundar un gran diario, y me pides consejo. Como no tengo mayor experiencia personal en este negocio, te aconsejaré con entera libertad de ánimo; por otra parte me tranquiliza el saber que los consejos no se siguen nunca. Empiezo, pues. Un diario vive del número; si se aparta de lo vulgar está perdido. Te conozco: eres un desdeñoso, un difícil, un artista, y me replicarás: "No vengo a servir, sino a iniciar; no quiero halagar al público, sino educarlo". Educaciones costosas. Además, para educar un público hay que comenzar por tenerlo, y para tenerlo hay que halagarlo. ¿O es que te resignas a ser el único suscriptor? Un gran diario, es decir, un diario con un gran público, es un partido; cada vintén representa un voto. Y se trata de electores que dan su voto y dinero encima: ninguna política consigue tanto; gracias que a cambio del dinero se obtenga el voto, y eso a fuerza de elocuencia republicana. Claro que un diario político es diario de una minoría, y lo mismo si es científico o literario, o religioso. Una tendencia moral o intelectual definida disminuirá inmediatamente el tiraje.
La democracia —o sea el desmenuzamiento humano— ha hecho posibles los grandes públicos. Es menester que te lean los negreros sin ortografía y los esclavos que aprendieron a leer; el patricio y su lacayo, la niña sentimental y la cocotte de seda o de algodón; el poeta y el croupier, el médico y el jockey, el ministro y el vendedor de verduras, el cura y el apache, madame de Stael y su portero y Moliere y su criada, el presidente y el reo en capilla, y Deibler y hasta tus compañeros en la prensa. Un gran diario debe ser caótico. Busca un interés común a los infinitos "cualquiera", un interés que los obligue por una hora, por media, por diez minutos, según las dimensiones del oasis de ociosidad cotidiana, a contemplar tu hoja. Cuando el tiempo es dulce y no hay energías suficientes para pasear, la gente se asoma a los balcones. Toda la familia: los nenes miran los caballos y los eléctricos; la casadera mira los mozos de zapatos de charol, el estudiante las caderas redondas, la mamá los sombreros femeninos, la suegra las inconveniencias del tránsito, el abuelo, con sus ojos turbios, el río urbano que pasa, y la sirvienta, fregados los platos, mirará también algo por su ventanillo. Y si dos borrachos riñen y se pegan o se acuchillan, ¡ qué suerte para los del balcón! He ahí tu público. Has de ser un balcón, y tu diario, la calle universal.
El periodismo es la síntesis y el comercio de la curiosidad. Pero mientras la curiosidad del pensamiento y del bien es rara, la curiosidad del hecho es general porque es instintiva. Lo indispensable es el hecho. Del hecho parten el sabio, el esteta y el moralista que desprecian la prensa, y con el hecho se contenta la enorme mayoría cuya sola cultura es la prensa, y que no va más allá de la sensación y de la imagen corriente. Un gran diario no ha de encerrar sino hechos, o que parezcan tales. La esencia del periodismo es dramática. El periodista auténtico oculta lo suyo y revela lo ajeno; reúne en sí las vibraciones dispersas y las transmite; semejante al cómico, desaparece bajo la realidad que nos transfiere. Cargado de tesoros incesantemente renovados, su misión es repartirlos ilesos entre nosotros, y su ideal se reduce a la rapidez y a la exactitud. El periodista es el buzo de los hechos. Su carrera es una de las formas modernas del heroísmo, y las kodaks enfocadas por los reporteros en plena batalla durante la guerra ruso-japonesa son más eficaces hoy que las ametralladoras. No tengas otro programa que presentar el máximo de hechos recientes y distintos. Preséntalos con simplicidad; no te olvides de que tu lector es simple —por lo menos en tanto que te lee—. Huye de toda elevación. Elevar fatiga, y tu público es débil de cascos. No soporta sino el desfile de los hechos brutos; su afición se detiene en lo pintoresco; su delicia es la verdad en folletín. De ahí la desmesurada importancia del deporte y de los crímenes. Atiende tú, en tus informaciones, antes al último estupro que a la última encíclica; en tus crónicas literarias no salgas de lo anecdótico; describe sobriamente las teorías y minuciosamente los escándalos; no publiques los versos del genio ignorado si no se suicidó aún. El vago afán de lo nuevo y la cobarde pereza engendraron la moda. Sea tu diario una vasta moda que muere y renace cada mañana.
La caza de los hechos... la cartera, morral de noticias ensangrentadas, calientes todavía. . . Elige empleados de moderada inteligencia, de memoria fiel, de buenas relaciones y sobre todo de piernas ágiles. Aprovecha las maravillas de la industria para enterarte pronto. La gloria de Blowitz era "tener un hilo". Apodérate de los hilos secretos. Entonces, en premio al estremecimiento periódico y fugaz que sentirán a la vez, por mediación tuya, miles de seres aburridos, gozarás de una incalculable potencia. Serás el instrumento del reclamo, la encrucijada fatal de las combinaciones financieras y políticas. Serás, ¡ oh colector!, el arbitro invisible, el que manipula esa montaña de granos de arena, ese mar de gotas, esa totalidad de nadas: la opinión pública, y si así lo quieres, te enriquecerás tanto con tu palabra como con tu silencio. ¡Bello destino! Pero, ¿eres digno de él? ¡Ay! Te conozco... Tienes demasiadas ideas... El periodista es un hombre de acción: ¡menos libros, pues, y más gimnasia!

 

 

EL DERECHO A LA HUELGA

 

PARECE que algunos gobiernos marchan hacia una concepción nueva: la de que no sea permitido al obrero abandonar su labor, salvo que le despidan. Se ha presentado al parlamento español un proyecto de ley negando el derecho a la huelga. En la Argentina y en la India inglesa se lanza del territorio, sin formalidad ninguna, a los "agitadores", como suele llamarse a los que se cansan de sufrir. Durante la magnífica parálisis de los servicios postales y telegráficos franceses, se dijo que el Estado no podía tolerar, por capricho de los trabajadores, el aislamiento de Francia.
Se dio entonces a los modestísimos empleados el pomposo nombre de "funcionarios públicos", y se declaró que un funcionario público está en la obligación de no interrumpir un minuto su trabajo. Sería una grave falta de disciplina. Se ve la habilidad con que el gobierno —que al fin cedió ante la fuerza huelguista— trataba de introducir ideas sublimes y palabras altisonantes en el conflicto. Había que asimilar el cartero y el telegrafista al soldado. El único deber del funcionario, es funcionar. No hay huelgas; no hay más que deserciones. Mañana se aplicaría el mismo razonamiento a los operarios de las industrias nacionales; pasado mañana, a los peones agricultores, al bajo personal del comercio. Suspender la faena productora es una indisciplina, un delito, una traición. Se debilitan las energías del país; ¡ se disminuye la riqueza de la patria!
Así rehabilitaríamos la esclavitud —y conste que en ella se ha fundado la civilización más ilustre de la historia. ¿Por qué no hemos de ser consecuentes? En resumen, el Estado no es sino el mecanismo con que se defiende la propiedad. Si se castiga al que atenta contra ella mediante el robo, y al que la mueve antes de tiempo mediante el asesinato, ¿no es lógico castigar también al que la suprime en germen? La propiedad se gasta; su valor se consume, y es necesario reponerlo sin descanso. El ladrón la mata; pero el huelguista la aborta. Para un fabricante, una huelga prolongada de sus talleres equivale a la fuga de su cajero; el patrono volverá los ojos al Estado, exigiendo auxilio. Un trabajador es una rueda de máquina; mas una rueda libre, capaz de salirse de su eje a voluntad, es algo absurdo y peligroso. No se concibe una propiedad estable sin la práctica de la esclavitud.
Todavía la practicamos, sin duda, aunque cada vez menos. Estamos desde hace siglos en presencia de un hecho formidable: la masa anónima, el inmenso rebaño de los que nada tienen sube poco a poco acercándose al poder. He aquí al viejo Estado enfrente del número. Mejor dicho, ahora es cuando el número adquiere, gracias a la cohesión, todo su terrible peso. El pueblo comienza a dejar de ser arena; se cuaja en roca. No es extraño que el sufragio universal haya sido tan inocuo; encontró una multitud incoherente, incapaz hasta de conocer sus males, y vagamente de acuerdo con el Estado. Detener al pobre trabajador, sucio y jadeante, de regreso al negro hogar, donde como de costumbre hallará dormidos a sus hijos, y proponerle que gobierne su nación, es en verdad pueril. Preferirá comer mejor y disponer de dos horas para jugar con sus niños. Y lo ha logrado en muchas regiones. Lo instructivo es que los obreros se van agrupando y organizando por el trabajo mismo; sus herramientas se convierten imperceptiblemente en armas; los aparatos con que la humanidad circula y trasmite el pensamiento están en sus manos; el alambre que lleva la orden de un Rockefeller no se niega a llevar la del siervo rebelde, y nuestra cultura, que día por día necesita instalaciones fabriles y de tráfico más y más enormes, pone en contacto y en pie de guerra mayor cantidad de proletarios; las huelgas —esas mortíferas declaraciones de "paz"— aumentan en extensión y en rapidez, y a medida que la propiedad se acumula en moles crecientes, su estabilidad se hace siempre menor.
El Estado se batirá; opondrá al número el número. Opondrá el ejército compuesto de hombres educados para esperar la muerte, al proletariado, compuesto de hombres que tienen la irritante pretensión de vivir. Ya que de derechos hablamos, ¿qué es un derecho, sino una concesión, un permiso de las bayonetas? Recordemos, no obstante, que los soldados no son ricos ni felices, y que los fusiles, los cañones y los acorazados no se construyen solos. ¿Vendrá el momento en que los astilleros huelguen? ¿Vendrá una huelga militar? Lo ignoramos. Es evidente que los trabajadores atraviesan una época de prosperidad, de juventud. A regañadientes, como a lobos que le persiguieran, el Estado les arroja jornadas breves, salarios más altos, pensiones, indemnizaciones, y los lobos tragan esos pedazos de carne fresca, y corren con doble vigor, y avanzan y se echan encima. ¿Dominará el Estado? ¿Aprovechará la obediencia aún bastante segura del Ejército? ¿Será vencido? Nadie lo sabe. Los vastos movimientos sociales nos son tan misteriosos como nos lo serían las mareas, si un cielo nublado eternamente nos ocultara la luna y el sol. Aguardemos los episodios de la lucha entre el trust del oro y el trust de la miseria.

 

 

MARCAR EL PASO

 

No HAY nada tan prudente, tan correcto, tan tranquilizador como marcar el paso. Educar es enseñar a marcar el paso en los negocios de la vida, a copiar el ritmo ajeno y conservarlo, a integrar el gran volante regulador de la maquina humana. Hoy como ayer, mañana como hoy, he aquí la divisa de toda sociedad perfecta, y naturalmente del Estado, que se cree perfecto; el Estado es lo contrario de cambiar de estado; no existe gobierno que no se estime lo suficiente para conservarse a sí mismo, y sería absurdo que no fueran conservadores los que se encuentran a gusto. Los demás, los que obedecen, deben obedecer siempre, y siempre igual, de idéntica manera; deben evitar molestias a los que mandan, y guardarse de provocar contraórdenes, rectificaciones y reiteraciones. ¿De qué serviría mandar si costara trabajo? Lo razonable es que el mando sea definitivo y eterno.
Se ve cuan sensato es el proceder de ese oficial argéntino que durante la instrucción atravesó con la espada la ingle a un estúpido recluta que no marcaba bien el paso. ¡ Pobre oficial! Había perdido la paciencia. ¡Cuánto habrá sufrido, cuántas veces habrá repetido sus órdenes! Obligar a repetir una orden, ¿no es ya rebelarse a medias? Tal vez murió el recluta. Pero un recluta que no consigue aprender a marcar el paso es, desde luego, algo contradictorio y casi inexistente. No es justo llamar homicidio a una sencilla verificación. Un recluta es un aparato que marca el paso. Un soldado es un aparato que transporta las armas de fuego y aprieta los gatillos. El emperador Guillermo dijo en una revista que un soldado, si se lo ordenan, está en la obligación de fusilar a su madre. Comprended de qué modo se hizo Alemania poderosa y magnífica.
¿Queréis orden? Cumplid la orden. Ciudadanos, ajustaos a la ley. No es buen juez el que la discute y mejora, sino el que la ejecuta. Imitemos a los astros; admiremos la exactitud verdaderamente militar con que acaecen los eclipses; los planetas marcan el paso, y los átomos sin duda también. Nuestra ciencia busca la ley en todos los fenómenos, y lo terrible es que la va encontrando. Quizá se llegue al ideal de prever matemáticamente los detalles del porvenir. ¡Gracias que tendremos nosotros la suerte de irnos mucho antes! Cosa triste ha de ser el predecir los movimientos de nuestro cielo interior, calcular para dentro de diez años los eclipses de nuestro espíritu, conocer a un tiempo la fecha del placer y la del sufrimiento, la de la ilusión y la de las decepciones; saber en plena juventud el minuto de la primera cana, la enfermedad que nos asesinará y las muecas de nuestra agonía. La esperanza se hará, más insoportable que el recuerdo. Si nuestra alma marca el paso, ignorémoslo.
Marcar el paso no supone avanzar. En táctica, equivale a suspender la marcha y simularla agitando las piernas sin adelantar un centímetro. Símbolo curioso. La existencia de la ley no supone una realidad concreta. Al revés. Por ejemplo, la ley de los días de la semana es que detrás del lunes venga el martes, luego el miércoles, etc. "Si" hoy es lunes, mañana será martes, pero ¿qué razón hay para que hoy sea lunes, y no viernes? Ninguna. Estamos, ¡horror!, fuera de la ley. "Si" Mercurio se halla hoy en tal lugar del firmamento, mañana estará en tal otro. ¿Pero por qué "está" en este instante aquí y no allí? La ley no es una realidad, es una relación, es un "si". La única salida de semejante laberinto es que no hay aquí ni allí, ni ayer ni hoy y que el Universo marca el paso, como un juicioso recluta, sin abandonar su socarrona inmovilidad.

 

LA INDEPENDENCIA DE CATALUÑA

CATALUÑA marcha hacia el separatismo. ¿Llegará? La cuestión no es que los catalanistas sean bastante razonables, sino que sean bastante fuertes. La razón, cuando está sola, es una pordiosera que aguarda con la mano extendida. Ya se ha dicho que acertar demasiado pronto es equivocarse. El mundo se ríe de los argumentos. Ante la indignación de los "españoles" que no comprenden por qué se obstina en reclamar nuevos privilegios una provincia escandalosamente favorecida ya por el arancel, cabe replicar: "Los catalanes eran fuertes, puesto que obtuvieron esas ventajas; ahora, gracias a ellas, son doblemente fuertes, y exigirán ventajas dobles". Es la ley elemental de la vida. Ni la vida ni la muerte se hartan jamás, y hasta se devoran las dos entre sí. Por el momento hay una fusión catalanista de hombres de todas las tendencias: el "solidarismo". En un mitin solidario se vio al ateo Salmerón abrazarse con un sacerdote. Cómo los solidarios han conquistado a Maura y al rey, es un misterio. Qué negocios habrá debajo de semejante alianza, se ignora. Según la definición clásica, la política es "lo que no puede decirse". Si pasa en las cámaras el proyecto del gobierno sobre administración local, o de las célebres "mancomunidades", el separatismo ganará una buena baza y el Estado tenderá a destruirse por altos secretos de Estado. Las mancomunidades anularán el sufragio, y constituirán un maravilloso instrumento de opresión católica. Quizá sea esto lo que ha sucedido a la dinastía. Cuando un monarca se hace devoto, la nación es la que lleva el cilicio.
El ideal, o si se quiere el capricho de los catalanes, no está reñido con la disolución moderna del concepto de patria. Hemos quitado a la patria lo religioso; lo legendario con el análisis histórico; la estamos quitando con la uniformidad de las leyes lo político, y con la uniformidad de las costumbres lo pintoresco; la tierra ata cada vez menos, a medida que los productos circulan y se trasmite la energía; la fraternidad del dolor borra las fronteras entre los proletarios; las artes de la codicia, volviendo internacionales a los trusts, hacen más y más difícil la guerra, que es un mal negocio; la flor de la patria, que debe regarse con sangre, se marchita y desfallece. "La patria es donde a uno lo tratan bien", ha dicho Aristófanes, y después Séneca; y más tarde, si no lo dijeron, lo pensaron y lo piensan muchos. Pero en otro tiempo, por poco bien que le trataran a uno, peor era intentar trasladarse. Hoy nos movemos fácilmente, y cambiamos de patria. El árbol, sostenido y nutrido y sujeto por sus raíces, es un organismo patriótico. El ave, si posee alas anchas y robustas, tiene opiniones cosmopolitas. El calor de la civilización nos torna ágiles y sueltos; nos clarifica. La sociedad no es tan viscosa; el plasma humano es capaz de dividirse en pequeñas gotas. Por eso no es paradójico que debilitándose el concepto de patria, matiz que irá relegándose a la sensibilidad estética, aumente el número de patrias. Nacionalidades recientes han brotado en Centro América, en Escandinavia, en los Balcanes, y sin esfuerzo, porque el asunto va perdiendo su importancia. Y así bajaremos de fracción en fracción hasta el individuo, que en realidad es la única nación perfecta. Los catalanes acompañan las causas profundas de su destino con "epifenómenos" insignificantes. Argumentan ellos también, como si el vencedor necesitara argumentar. Se ha impreso un "compendio de la doctrina catalanista" que es de leer. El autor, enemigo de los "españoles", fue condecorado con la gran Cruz de Isabel la Católica. En el compendio se exige el separatismo porque el idioma catalán es conciso, mientras que el castellano es ampuloso; porque los catalanes tienen un pasado limpio, mientras que los "españoles" lo tienen sucio; porque lo catalán es siempre de mejor marca, de género más resistente; por ejemplo, los santos. No hay nada tan recomendable como San Paciano, San Pedro de Claver, santos catalanes. "¿Cuál es la patria de los catalanes?" El compendio responde con sencillez: "Cataluña", y esa evidencia etimológica impresiona a cualquiera. En el parlamento se declamaron algunas vulgaridades. Moret dijo que en la historia de España había muchos heroísmos. Un diputado solidario contestó: "y muchas cobardías", con lo cual se produjo un tumulto espantoso, de que se dio en seguida cuenta por telégrafo al orbe civilizado. La patria es heroica, definitivamente, y es locura discutirlo; el diputado solidario estaba convencido de ello, pero se refería a otra patria. .. No pelean de distinto modo los pilludos de Madrid. "¡Tu madre!", "¡la tuya!"...

 

SUICIDAS ANÓNIMOS

TODAS las ciudades populosas del globo ven de año en año aumentar el número de suicidios. Buenos Aires se contenta con tres o cuatro diarios; Nueva York, más civilizada, llega a veinte, a veinticinco, a treinta. Siempre hay algunos anónimos; un tiro suena en un solar de los suburbios; o bien al despuntar el alba los traperos descubren un despojo humano que cuelga de una verja. Es un muerto, y nada más. Es uno que se ha marchado dejando tan sólo un cadáver mudo, sin papeles en los bolsillos. Es uno que se ha llevado entero su secreto. Y por diez casos, si queréis, de suicidios que se deben a la degeneración, habrá uno en que la víctima —o el triunfador— es un hombre inteligente y sano; en que un alma fuerte ha hecho su balance, y ha encontrado preferible el silencioso abismo sin color y sin fondo al vil padecer de todos los días. ¿Cobarde? ¿Cuál es la cobardía mayor, temer la vida o temer la muerte? ¿Resignarse a lo conocido o afrontar el misterio? Matarse es una cobardía a la que pocos se atreven; el presidiario que intenta evadirse, horadando el muro, es más viril que el que se queda esperando órdenes en el calabozo, y me parece cosa grande convertir en llave el cañón de un revólver, y salir del mundo por el pequeño agujero de la sien.
Y hacer esto sin discursos, ¿no es soberbio? "Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse", dijo el sombrío Vigny; las "siete palabras" de los fanáticos, desde Jesús a Ravachol; de los filósofos, desde Sócrates a Goethe; de los guerreros, desde Leónidas hasta el oficial español que rodeado de carlistas les invita a fusilarlo de una vez: "¡Libradme pronto de vuestra presencia!"; las de los infinitos moribundos históricos, de los que se despiden del respetable público y de los que todavía se yerguen en el patíbulo para que los fotografíen, son interesantes y suelen ser ingeniosas, pero indignas de la muerte. No hay sepulcro ni epitafio a la altura del asunto. Las Pirámides, en su pretensión de luchar contra la Nada, se vuelven microscópicas: hacen reír. Admiremos el buen gusto de los que desaparecen por su voluntad y sin literatura.
Mejor sería que estos héroes vivieran. Vivirían si fueran religiosos, y también si tuvieran ideales terrestres. Las vírgenes de Esparta dieron en suicidarse, y la epidemia cesó en cuanto fue ordenada la exposición de sus cuerpos desnudos, como castigo postumo. Virginia perece por no desnudarse. Un sentimiento bien cultivado hace despreciar por igual la vida y la muerte. Es pueril reprochar al cristianismo su falta de verosimilitud científica; el cristianismo sacó del dolor recursos maravillosos, y libró a los bárbaros de la negra pesadilla final; ¡ cuántos, a cambio de evitar el aniquilamiento absoluto, elegirían el infierno! En el infierno se sufre, se conspira, se maldice, se vive. ¡ Venga la inmortalidad, aunque sea la de la desesperación! Los atenienses, enamorados de lo perfecto, no se suicidaban; no querían perturbar con lo ignoto la armoniosa teoría de sus ritmos; no querían oscurecer la faz radiante de sus estatuas con la sombra del Enigma; negaron la muerte sonriendo; robaron la carne a las podredumbres, haciendo de ella una llama alegre, y cubrieron con una máscara de flores las fauces del horror. Tomaron de la Esfinge su cabeza de diosa, y sus voluptuosos pechos; no vieron el tronco bestial que se hundía en la noche. Nosotros no comprendemos siquiera lo perfecto; lo hemos reemplazado por lo infinito; estamos en viaje; no podemos detenernos, y nuestra única fe es la velocidad. Los dioses, Dios, lo bestial, la noche, la locura, todo lo hemos recorrido, a la luz glacial de la ciencia. ¿Y qué han de hacer los de tardo paso, aquellos para quienes la religión y la verdad son igualmente irrespirables? ¿Qué será el suicidio para ellos? ¡La última invocación al azar!
Les habéis dicho: "sois libres", y habéis creado la clase lastimosa de los ciudadanos libres que "se alquilan por pan", según la expresión bíblica; les habéis dicho: "hemos restablecido las posibilidades; el cualquiera tiene abierto el camino para ser rey; el mendigo para ser millonario", y habéis añadido a las viejas desdichas una esperanza absurda. El suicidio no es hoy signo de decadencia. Lo era en Roma; pero en Roma no eran los esclavos los que se suicidaban, eran los señores. Hoy no son los señores los que se suicidan; son, sobre todo, los esclavos. Y por mucho que volemos hacia el vago horizonte, quizá no nos desprendamos en seguida de los espectros que nos persiguen; quizá nos acompañen largo trecho los suicidas anónimos.

 

LA PLEGARIA DEL BURRO

LA RECIENTE psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d'un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cascara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:
"Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡ oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.
"Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡ Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.
"Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad, nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.
"Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores oscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.
"Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora.)"

 

ABDUL-HAMID

ESPERO que cuando este artículo se lea habrán matado por fin al sultán de Turquía. No hay otra solución; desde luego no hay ninguna que se ajuste tanto a las costumbres del Oriente. Consideremos que Abdul-Hamid es cabeza de la Iglesia, jefe del Islam y hasta del panislamismo, pues no en vano hizo consejero suyo a Abul-Huda, aquel frenético derviche enviado en calidad de curioso presente por el gobernador de Alepo. El califa puede abdicar su majestad humana, no su dignidad divina. Que lo quiera o no es "la sombra de Dios sobre la tierra", y el único medio de aniquilar ese flaco fantasma es ahogarlo en la enorme sombra de la muerte.
Además, ya es hora de que pase un mal rato la decrépita hiena que adoran los musulmanes, y que había convertido el país en una ruina, el ejército en una horda de bandoleros, el Estado en una burocracia de espías y de empleados a la venta, el pueblo en un rebaño idiota de terror, y las matanzas de judíos y cristianos en fiesta nacional. La cuestión religiosa no es más que un pretexto. Los hombres no se destripan por un dogma, por una idea —¡sería demasiado bello!—; se destripan por un pedazo de tierra, un pedazo de pan, un pedazo de oro. El armenio es el enemigo porque es el que trabaja. ¡Guerra al que trafica y gana dinero y lo presta, y no dispone del poder de las armas! Expedito modo de negociar es el saqueo de los depósitos ajenos, para evitar que baje el precio de las mercaderías propias; cómoda manera de saldar cuentas es acuchillar al acreedor. ¿Qué han de hacer los militares turcos, si no aprovechar la menor ocasión de concluir con los que les adelantan sueldos? Y el Estado, para asegurarse su parte de lucro en la usura, se asocia con los prestamistas y no paga a los funcionarios, que tienen permiso tácito de atropellar a su placer. El Estado roba con una mano y degüella con la otra.
Cómplice de Abdul-Hamid ha sido Europa entera, como ahora lo es del zar, verdugo en Petersburgo y pacificador en La Haya; Europa, que ha colocado sus fondos en Turquía y se contenta con que el déspota siga ordeñando a su patria y abonando intereses. Pero el mejor amigo del "Sultán Rojo", del "Asesino", según lo llamó Gladstone, es Guillermo II. Guillermo ha recibido de Abdul-Hamid regalos por valor de millones, y después de pronunciar el más cristiano de sus discursos sobre la tumba de Jesús, pronunció el más mahometano sobre la tumba de Saladino. Guillermo, a cambio de fuertes contratas a la casa Krupp, solía remediar con su poderosa influencia ciertas dificultades turcas, manchadas de sangre. ¡Un cliente de Krupp es sagrado! Para el emperador, Krupp es Alemania. El emperador fue paladín del degradado tío Krupp, muerto en la orgía, y asistió paternalmente a las bodas de Berta Krupp, la valquiria administradora de los inmensos talleres. Entonces soltó una de sus célebres frases: "Berta, hija mía, Dios te ha asignado un magnífico centro de actividad. . ." ¿Qué importan unos cuantos armenios sacrificados? Dejemos en paz a nuestros banqueros, a la clientela de nuestras armerías. No nos mezclemos en su política interior. Si se tratara de Marruecos o de Indochina, de negros o de indios, sería diferente; habría que defender la cultura moderna. ¿Verdad que no hay naciones civilizadas? Yo no he visto civilizadas sino a personas, y no muchas.
El Corán no es contrario a la nueva Constitución ni al parlamento. Dice que "se debe al califa el décimo de los productos", pero dice también que "el Profeta mandó tomar consejo", y que "cualquiera medida mala, tomada después de consulta, es preferible a una medida saludable, tomada arbitrariamente". ¡Bah! ¿Acaso la tiranía no es compatible con el sufragio universal? La América latina sabe algo de eso. "No existen gobiernos liberales, apunta Proudhon; no existe sino el gobierno o la negación del gobierno; fuera de ahí, nada". O mandamos o no mandamos. Y si es agradable torturar a esclavos, ¿no será doblemente sabroso torturar a ciudadanos libres? Un Abdul-Hamid, en medio de sus dos Cámaras, sería siempre el "Asesino".
Estudiad su retrato, su perfil de vieja envenenadora, perita en estupros, experta en abortos; sus ojos cóncavos, donde están las heces de todos los vicios, y donde está el miedo, el miedo continuo que padecen los monarcas. El venerable Abdul-Hamid, cargado de años y de crímenes, ha baleado a inocentes servidores, demasiado solícitos, que al acercarse le dieron un susto. Una muchacha del harén, favorita de una noche, se olvidó del protocolo y abrazó al Sultán dormido; el cobarde despertó sobresaltado, sacó su revólver de bajo la almohada, y saltó los sesos a la infeliz. En Yeldiz se lee a Gaboriau y a Montepín, traducidos por "chambelanes negros". El amo puede "vivir" su literatura. Ha tenido constantemente entre sus garras de lechuza un racimo de muñecos humanos. ¿Y "eso" es la sombra de Dios?
Y quizá lo sea, verdaderamente.

 

DIOS

LA GRANDEZA de Dios, velada de azul con la distancia, aparece en lo alto del pasado como deslumbradora cumbre de soledad y de hielo; a instantes se disuelve el ancho y oscuro pedestal que la ata a tierra y entonces, suspendida en el vacío, finge una ilusión tejida por la luz.
Pero las ilusiones, si alguna lo es, tienen un poder mayor que la evidencia, porque no son destruidas sino por otras ilusiones y no por las cosas. La mentira divina fue más real que todas las verdades. Llenó el firmamento y el abismo, y nuestra ciencia terrible es incapaz todavía de medir el hueco que ha dejado. Preñó las almas y moldeó las pasiones, dando al crimen mismo un sagrado resplandor. Fue la poesía de la vida para las vírgenes, el consuelo de ella para los miserables y el desprecio de ella para los héroes. Hizo surgir y flotar las entrañas sobrenaturales del mundo, desvanecidas hoy y buscadas a tientas.
Y sin embargo, Dios fue vencido: vencido por el número. Era fuerte, mas estaba solo; tenía que luchar contra la humanidad innumerable, contra las humanidades renovadas en cada siglo, inquietas, diversas, imprevistas; contra las humanidades lejanas que no alcanzó a poseer bastante pronto; contra las ideas, los caprichos y las locuras; contra la marcha insensible de lo desconocido; contra lo infinitamente pequeño, contra el azar y la fatalidad. Para someter a lo múltiple, intentó lo múltiple. Preparó santos y predicadores, mártires y filósofos, templos y fortalezas y expediciones de conquista, el rayo del milagro y el recurso de la esperanza y de lo imposible. Aplicó la tortura y sembró el ensueño. Desató un huracán de llamas y de prodigios. Se volvió político y guerrero, y por fin, para apoderarse del hombre, se hizo hombre. Y todo fracasó. Sus huestes se desgarraron entre sí, desgarrándole a Él. Su enorme sombra vaciló. Una doctrina extraña nació en silencio: una divinidad nueva se levantó en el horizonte, prometiendo riqueza y libertad aquí abajo. Los hombres consentían en vivir y aceptaban la muerte. Y Dios fue desposeído, desahuciado, procesado y condenado; le imputaron y le imputan todas las injusticias, todos los embustes, todos los absurdos, todos los males. Hasta se le echó en cara que no existe.
Y existe, sí, respira en larga decadencia. Su dolor infinito baña las fábricas complicadas que sobrevivieron a su gloria; su débil voluntad estremece aún, de tarde en tardé, la red ya caduca con que sus ministros trataron de apresar el globo. Su espíritu, despedido de la razón viril, se refugia en la ingenua y mudable fantasía de las mujeres y de los niños; su historia marchita entretiene a los poetas y a los sabios; su espectro vaga en la penumbra de las catedrales desiertas. Dios se arrastra entre sus propias ruinas; sólo las ruinas humanas se arrastran hacia Él; sólo la desesperación y la noche visitan su fúnebre aislamiento. Apagada la radiante hoguera, todavía remueven la ceniza manos temblorosas y humildes, manos de viejos y de agonizantes. No fue el Hombre quien perdió la fe en Dios, sino Dios, al renunciar a su ideal inmenso, quien perdió tal vez la fe en el Hombre. Pero ni los Hombres ni los Dioses conocen el destino.

 

LA MUJER Y LA MUERTE

APENAS nacemos, nos sentimos copados por la muerte. Avanzamos irresistibles y atónitos dentro del círculo, atados al lomo de los potros salvajes. Y árboles, astros y bestias, y las olas y la llama y nuestros mismos sueños son figuras indescifrables que se yerguen o huyen. Y vivimos inclinados y llenos de angustia, y no vemos el fondo de las cosas.
Pero entre las formas sin número que pasan rozándonos, o espían, o aguardan inmóviles, hay una más dulce y más fuerte. Es una sombra tan familiar y tan próxima, tan semejante a nosotros, que nos dejamos ir a la ilusión de que es nuestra sombra, y de que palpita cuando palpitamos; nos parece nuestro propio rostro, reflejado en aguas invisibles que lo deforman vagamente. Es el extremo accesible del misterio, la flor maravillosa que alzan hasta nuestro ser los tallos plantados más allá de la muerte. Y el amor, que es sed de misterio, nos lleva a la mujer; nos asomamos a sus ojos porque está en ellos la sima eterna; su boca de sangre es la esclusa en que nos hemos de encajar y desvanecer, y entre sus brazos ensayamos la agonía.
Amar es el simulacro de morir. Nuestra existencia se ennoblece con estas representaciones del drama sagrado. El amor, que, como todo lo real, arraiga en el espíritu, arrastra la carne y estremece la médula de nuestros huesos; en su corriente todo vacila y cae, se transfigura el mundo y cambian de color las estrellas. Sólo la muerte tiene poder tan grande; sólo ella devora también con nuestro espíritu nuestra carne y nuestros huesos; sólo ella es capaz de abrir el mundo y revelarlo. Y así como ponemos en la muerte un tesoro de certidumbres, lo ponemos en la mujer, salvadora de gérmenes, hermana de la tierra, fresca fuente de olvido, madre de la belleza y de la melancolía. La mujer sabe que no se la posee sin desearla; la mujer puede decir: "Éste es mi hijo". Nosotros amamos y dudamos. El misterio se vuelve múltiple, irónico y cruel. Nos preguntamos quién es mayor enemigo del amor, si la traición o la fidelidad. Y la sabia vejez, trayéndonos el dolor y el hastío, afina nuestra inteligencia y nos prepara a los últimos amores.
Para la muerte es lo que en nosotros sobra de la mujer, o lo que la mujer nos dio. La mujer empieza y la muerte concluye. Ir hacia una es hacer camino hacia la otra. Son las aliadas del misterio. Adivinamos sin embargo en la muerte algo absoluto y suyo, radicalmente nuevo; nos basta entrever, al fulgor del postrer relámpago, el terrible gesto que no termina, para convencernos de que la muerte es más seria y más definitiva que el amor. Agradezcamos el destino que orna nuestros pobres días, enviándonos ese profundo y suave emisario de ultratumba, símbolo de la vida y de la fecundidad.

 

" M E   V O Y ..."

MUCHOS días después de acaecido, me enteré del fallecimiento de Blixen. ¡ Quién habría sospechado que el hombre que dejé lleno de vida en Montevideo moriría antes que yo, que me estoy muriendo desde hace dos años! Y de cuanto he leído sobre la desgracia de "Suplente", lo que me conmueve más es su frase en la agonía: "Me voy. . . me voy..."
Sí; esto sólo podemos decir, que nos vamos. Y antes de irnos del todo, nos vamos yendo desde que nacemos, hora por hora, minuto por minuto. Nuestra carne cambia sin cesar sus moléculas, nuestro corazón cambia sus amores, nuestro espíritu cambia sus figuras. ¡ Qué de cosas mueren a cada instante en nosotros! Nuestro pasado es un cementerio, y tiene que serlo para que el porvenir exista. No se avanza sin dar a algún horizonte la espalda. Hay en el mundo una irreductible cantidad de sombra, y amanece aquí porque anochece en otra parte. Si no olvidáramos, no respiraríamos. Sucumbimos cuando no es posible renovarnos. Entonces somos una gastada molécula del cosmos, una figura ociosa en el espíritu universal; entonces es la naturaleza la que nos olvida, y morimos como habían muerto ya tantos recuerdos en nuestra memoria.
Nos vamos. Es muy sencillo. ¿ Por qué marcharse había de ser más misterioso que llegar? ¿Es acaso la muerte más incomprensible que la vida? Nos vamos con la eterna, la angustiosa pregunta en los labios y en los ojos. ¡Tan angustiosa, tan mezclada con el dolor y el espanto fúnebre que compartimos con las bestias! Y sufrimos de lo que ellas quizá no sufren, de la imagen de nuestro cuerpo convertido en podrida carroña, de nuestras pupilas cegadas para siempre por la gusanera, de nuestra boca que tembló contra la boca de la mujer y gritó y cantó al sol, condenada a comer lodo en el negro sumidero. Los que se han inclinado sobre el abismo y aseguran haber oído una respuesta, no oyeron sino el eco de sus propios sollozos. A los que han escuchado en silencio, ha contestado el silencio. No son los vivos los que tienen la clave de las tumbas.
Basta la proximidad de la muerte para que sintamos la mentira de las soluciones metafísicas y religiosas. Nos vamos, y no sabemos adonde. Pero tampoco sabemos de dónde venimos y dónde estamos. Un profundo instinto nos advierte que de la ciencia no saldrán sino certidumbres negativas y siniestras. Gracias a la ciencia, nuestras manos se incrustan más y más adentro en la realidad exterior y nos hacemos más fuertes; gracias a ella, en cambio, la realidad exterior nos penetra con el frío de sus leyes fatales, y nos oprime bajo su zarpa inmóvil el cerebro, haciéndonos más duros y más tristes. La ciencia nos arma para la vida, y nos desarma para la muerte.
¡Ay! Queremos la paz. No la alegría, no la felicidad, sino la paz, es decir, queremos librarnos del miedo a la muerte. Ese miedo es el fondo de todas nuestras cobardías íntimas, de todas nuestras verdaderas derrotas, de todo lo que no nos perdonamos. El que no consiguió nunca dominar ese miedo comprende que su vida ha sido totalmente inútil. Y siendo absurdo buscar la paz por medio del pensamiento, debemos buscarla por medio de la acción, a semejanza de los santos y de los héroes. La acción hiere al Universo, y tal vez, a ciegas, logremos despertar y obligarle a mudar de rumbo. El heroísmo sube a una región en que la muerte y la vida se confunden y se explican la una por la otra. ¿Y cuál es la acción heroica, la acción buena?, interrogaréis. ¡Ah!, imposible equivocarse. Es la que nos permite pensar sin terror en la muerte.
Hagamos, pues, el bien. Aprovechemos el secreto remedio para afrontar en calma lo desconocido. Ya que es necesario marcharnos, marchémonos en paz.
¡ Pobre Blíxen! Se fue. Y también nosotros nos iremos, como dice la copla,
y no volveremos más...

 

 

LA BENEFICENCIA

 

LAS INSTITUCIONES de beneficencia se multiplican y se perfeccionan. Las vemos crecer rápidamente. Cada vez remediamos en mayor escala la extrema miseria, la ignorancia y el vicio, el abandono de los niños, la vejez, la enfermedad, los accidentes del trabajo. Nótese que la acción individual, pese a los Carnegie y a los Morgan obstinados en hacerse perdonar, a fuerza de donaciones, sus monstruosas fortunas, es mucho menos importante que la acción colectiva. De una parte el Estado, sin dejar de invertir sumas inmensas en el aniquilamiento de las razas —presupuestos de guerra— dedica fondos cada vez más copiosos a la asistencia pública; de otra parte, el proletariado aprende a defenderse por sí, con el instrumento cooperativo, organizando servicio médico, dispensarios, sanatorios, reservas de toda clase para la lucha económica.
Conviene advertir que no se trata de caridad ni de amor al prójimo, sino del provecho común. No confundamos el altruismo con el egoísmo del conjunto. En enero de este año empezó Inglaterra a pagar las pensiones a los ancianos pobres. Muchos quisieron cobrar en persona la primera cuota y se arrastraron a las oficinas. Tres murieron de conmoción cerebral. Si fue la alegría, pase; es un caso en que el placer del siervo se manifestó superior al del amo; Schopenhauer se hubiera sorprendido. Si fue de agradecimiento, se equivocaron. La beneficencia moderna es una función necesaria, en que ni el que recibe tiene nada que agradecer, ni el que da tiene nada de que ufanarse. ¿Caridad, cuando vivimos de la semi-esclavitud de los trabajadores? ¿Amor, cuando lo normal no se concibe sin la base del odio y del miedo, y todo nuestro progreso consiste en haber sustituido la ferocidad por la codicia, la agresión inmediata por la agresión calculadora, la sed de sangre por la sed de oro? En las sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también; las "eranias", las "tiasias" griegas, accesibles a los esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos desvalidos. En cuanto a Roma, la magnífica cruel, la que se divertía despanzurrando infelices con la zarpa de sus felinos, tuvo sabias instituciones benéficas y poderosas corporaciones gremiales. Flexibilicemos la inteligencia, viendo a Nerón preocuparse por los menesterosos, y consagrar grandes cantidades en entierros gratuitos. ¿Qué importa que los hombres se aborrezcan, si al fin se ayudan; si al fin comprenden que es indispensable una disciplina de náufragos?
El amor puro no sería tan eficaz. ¿De qué servirían en nuestros hospitales los santos de la Edad Media? Una María Alacoque, aquella que con la boca limpiaba los pisos, no vale lo que el último enfermero de una clínica. La bienaventurada había llegado, de éxtasis en éxtasis, a quedarse tan imbécil, que "la ensayaron para la cocina, y hubo que renunciar, todo se le caía de las manos", según cuenta su respetuoso biógrafo, monseñor Bougaud. Lamer las llagas para ganar el cielo no es lo que nos hace falta, sino curarlas con regularidad. El milagro es demasiado caprichoso; socialmente, su efecto es casi nulo. Sin duda que para resucitar a Lázaro es preciso el amor de Jesús; pero ¿en qué nos ayudaría resucitar a un Lázaro cualquiera cada medio siglo? ¿No es preferible apelar a procedimientos más prosaicos y más dóciles? La humanidad no merece salvarse de golpe, sino ruin y penosamente. No somos dignos de que nos salve el amor, sino la ciencia. Hagamos de la práctica del bien un oficio lucrativo, honroso y libre de apasionamientos. Si los dedos del cirujano temblaran de compasión, serían menos útiles.
Procuremos cuidar la salud de las gentes como un juicioso criador de ganado cuida la de sus bestias. Si conseguimos por el mismo salario obreros mejor construidos, capaces de resistir mejor al uso, habremos adelantado nuestra cultura y elevado nuestro nivel moral. Lo bello, lo justo, es que nos volvamos más hábiles, más pacientes en la labor, sin que robustezcamos en exceso nuestras almas. Evitemos todo romanticismo, todo misticismo, todo sueño desordenado. Seamos máquinas honestas. La beneficencia es un buen negocio. ¿Acaso las compañías de seguros indemnizan por piedad? La beneficencia es el seguro de la civilización.

 

INTELECTUAL

ESTOY satisfecho. Conozco a un intelectual auténtico, que me honra con sus confidencias. Es un joven sucio y elocuente. Ayer me llamó en el café y me habló de este modo:
—Soy el único intelectual desde que murió Verlaine. ¿ Los demás?, ¿qué importan que tengan talento? Son talentos industriales. Vea usted a Blasco Ibáñez y a Anatole France, dando palmaditas al potro porteño, herrado de oro; véales hacer muecas almibaradas para que las señoras vayan a las conferencias, o siquiera paguen las localidades...
—¡Oh! —protesté.
—Sí, señor —prosiguió el intelectual, echando furiosamente azúcar en su taza—. Esos caballeros explotan su chacra literaria con abonos químicos, y consiguen fabricar por año un volumen, vendido previamente. ¿Intelectuales? ¡Nunca! ¿Sabe usted lo que es un intelectual, lo que soy yo, por ejemplo? El que reduce el universo a ideas. ¿Y quién confiará un centavo al infeliz que padece semejante enfermedad? Yo arrastro sobre mí ese estigma indeleble. Cuando empecé a hacer un uso inmoderado de mi inteligencia, no sospeché lo que me esperaba. Hoy es ya tarde. Debí haber comprendido que el espíritu pertenece a los órganos vergonzosos del hombre, y que también existe el libertinaje de la razón. La costumbre de pensar a todas horas tiene algo de vicio bochornoso ante el común de las gentes, y me ha convertido en un ser inútil, a veces nocivo, odiado, despreciado...
—Exagera usted.
—El intelectual puro, señor mío, es un bufón serio, un loco tranquilo con el cual las personas normales y equilibradas se divierten cuando el desdén se lo permite. Un filisteo, un beocio, un burgués, o como ustedes lo llaman: un prudente ciudadano, vendrá a oírme a mi mesa, a pasar el rato, porque yo hago lo mismo que el mar y las puestas de sol, lanzo la belleza sin mirar adonde, y no trafico con mi genio, colocándolo a tanto el centímetro. Charlo, ¿entiende usted?, como charlaron los verdaderos intelectuales, desde Sócrates a Barbey, ante cualquier auditorio, o lo que es mejor, sin auditorio, y si algún escriba me escucha y quiere conservar mis frases para la posteridad, allá él. Ahora voy a explicarle a usted por qué me persiguen y me odian.
—¡Bah! Nadie le odia.
—Me odia el Estado, y hace perfectamente. Como llevo dentro de mi cráneo un átomo de lógica absoluta, es decir, la chispa inicial que andando el tiempo y a través de la mecha inerte de las masas, concluye por hacer estallar las bombas, soy el enemigo del Estado. El Estado es práctico, y la lógica no lo es. El pensamiento en sí es una energía anarquista, puesto que no es pensamiento lo que sustenta el orden sino los intereses, y no cabe duda que si aplicáramos las reglas del buen sentido a la política, la sociedad se hundiría en una catástrofe espantosa. Antes, a nosotros, los intelectuales se nos quemaba vivos. En esta época aciaga se sigue otro sistema: se nos mata por hambre. Así resulta que no puedo saldar con el mozo la miserable factura de una taza de café.
Alargué un billete de cinco pesos al intelectual, y me despedí cordialmente.

 

 

INSUBORDINACIÓN

 

EL CONSEJO supremo de guerra —supremo, ¡ay!— ha castigado al conscripto Gismani, de Paraná, con tres años de presidio. Se trata de una insubordinación. Parece que es un crimen terrible. ¿Qué ha hecho Gismani? Dirigir frases ofensivas a su sargento. ¿Por qué? Esto no interesa mucho al consejo supremo, pero de la misma sentencia se deducen algunos antecedentes. La familia de Gismani tramitaba la excepción. "Está probado que Gismani padece de una bronquitis asmática crónica... El sargento Pedroza oyó decir, durante el descanso, al soldado Gismani, que aunque le dieran de palos no trotaría más por no poder ya hacerlo, y entonces mandó formar inmediatamente y ordenó diversos movimientos al trote... El soldado Gismani, después de dar algunos pasos al trote, terminaba dicha instrucción al paso, contestando al sargento Pedroza, que cada vez le gritaba que trotara: «no puedo trotar, mi sargento...»"
Si el consejo hubiera sido menos supremo y más humano, habría dicho: "Gismani, eres un mártir, Pedroza, eres un bestia. Que cuiden a Gismani y que apliquen un bozal a Pedroza. ¿Y qué ejército es ése donde los enfermos trotan mientras se averigua si pueden trotar o no? ¡ Remédiese tanto desatino!" Por desgracia, el consejo estaba formado de héroes, y según su ley de hierro la insubordinación privaba sobre lo demás. Insubordinarse contra la justicia, contra la piedad, contra los derechos del dolor no es tan grave como insubordinarse contra su sargento. Tres años de presidio. Y gracias. Un conscripto es muy poquita cosa ante un consejo supremo de guerra. Si Gismani hubiera tomado la precaución de ser general, habrían respetado su bronquitis. Ya lo ha observado Clemenceau: "Guando un soldadito da un puñetazo a su sargento, se le fusila; el honor del ejército lo quiere. Mas cuando los grandes jefes, todo galoneados de oro, faltan a su deber, el honor del ejército no permite que se les pida cuentas"* Clemenceau aludía a la expedición francesa de Madagascar, donde sin combatir murió cerca de la mitad de las tropas, por la ineptitud de los superiores. Yo no aludo a la Argentina, ni a nadie; recuerdo que el rigor de los tribunales se reserva preferentemente para los pobres, para los inofensivos. Es un hecho común. Los fuertes no serían fuertes si no impresionaran al juez. Por otra parte, Gismani era estudiante y repórter. Era con razón sospechoso. Un intelectual en un cuartel es ya una insubordinación presunta. La inteligencia es sediciosa. Siendo difícil desterrarla de la vida civil, suspendámosla siquiera en las filas, o dejarán de ser filas —alineación de cráneos y de mentes— para ondular como un látigo. Y quizá Gismani era algo peor: un original. ¿Concebir un original haciendo el ejercicio? ¿Un poeta trotando a la voz de orden? ¡ Cuánto desprecian, y con cuánto motivo, a esos soñadores, a esos cobardes, los varones auténticos, educados en la escuela del sargento Pedroza!
—"¡Trote usted! —¡No puedo!" Hay que obedecer, sin embargo; hay que trotar, aunque el asma te ahogue. No eres un asmático, eres un recluta. Habrías de trotar aunque no tuvieras piernas. El sargento es Dios. Para Dios no hay imposibles. Resucita a los muertos y los hace trotar. ¿No trotas? Tres años de presidio. Detrás del sargento-Dios está la sociedad llena de espanto; si el sargento pierde sus atributos celestes seremos todos aniquilados, raídos de la faz de la tierra. La autoridad del sargento es nuestro talismán precioso. Conservémoslo. ¡ Tabú, tabú! En cuanto a la justicia... es una preocupación de anarquistas. Pretender que sea justa la máquina de guerra, es ocurrencia de locos. Una espada es justa si corta bien. Hubiera yo deseado discurrir sobre el asunto Gismani, no como militar, sino más modestamente: como hombre. Me detiene el peligro de pasar por dinamitero. ¡El buen sentido es tan revolucionario! No es tiempo aún de que la humanidad sea humana. La Nación, de Buenos Aires, en cambio, no se resigna. Propone para Gismani el indulto. "No tiene otro objeto esta atribución del presidente, de la República, dice, que impedir cualquier error posible, cuando las disposiciones generales de la ley, aplicadas en un caso particular, resultan contrarias a la inspiración de la justicia". Enternece la humildad con que se confiesa que las leyes son injustas, a la vez que sagradas. Si conducen a monstruosidades demasiado intolerables —caso Gismani— queda el recurso de implorar de rodillas, ante el señor presidente, una excepcional contraorden, una gracia, un milagro. Así la justicia es, entre nosotros, de índole milagrosa. La justicia debe administrarse muy de tarde en tarde, so pena de debilitar profundamente el organismo social. El primer magistrado —indulte o no a Gismani— comprenderá que su poder se funda en la intangibilidad de los sargentos, y que aplicar con exceso la justicia sería antipatriótico.

 

LA OBRA QUE SALVA

CASI SIEMPRE que el telégrafo nos anuncia el fallecimiento de un hombre ilustre, se nos advierte que el condenado trabajó hasta el fin. Coquelín estudiaba el papel que le había confiado Rostand; Mendés escribía una comedia; Nogales, ciego a consecuencia de la enfermedad que le aquejaba, dictaba artículos a su hija. No cito sino desgracias recientes. Esos cadáveres, con la herramienta en la crispada mano, nos dan una lección.
Nos es permitido creer que el trabajo es indispensable a la escasa felicidad que puede encontrarse en la vida. No el trabajo esclavo, el trabajo que repite, sino el trabajo libre, el trabajo que crea. El primero es una inútil tortura, y la mayor parte de nosotros estamos sujetos a su ignominia; el segundo es una emancipación gloriosa; y Dios, al contemplar de qué modo ha embellecido y ensanchado el universo, aquello que por castigo nos impuso, debe de estar lleno de asombro. Deseemos que en el porvenir sean las máquinas las que sé encarguen de ejecutar inhumanas labores, libertando la inteligencia del obrero servil, y haciéndole partícipe de la alegría máxima. Sin duda sería mezquino y vano pretender vivir sin dolor; nada tan despreciable como el ser que consiguiera mantenerse indiferente o satisfecho ante el espectáculo de las cosas. El dolor es un elemento normal en el mundo. No sufrir es un síntoma patológico. O los nervios se desorganizan, o el alma se pudre. Se trata de utilizar el sufrimiento, y sobre todo se utiliza lo que se ennoblece.
La vida es un drama misterioso. No lo comprendemos, pero conocemos bien los instantes en que la acción se vuelve decisiva y suprema, y sabemos, vendados los ojos, que en cierta medida de nosotros depende aumentar la hermosura del destino. ¿De qué manera? Siendo lo que somos, realizándonos, renovándonos en la obra. Nacemos con inmensos tesoros ocultos, y la verdadera desdicha es la de hundirnos en la sombra sin haberlos puesto en circulación, así como la dicha verdadera consiste en la plenitud del organismo entregado por entero a lo que no es él. La solución egoísta es la peor, porque es insignificante. ¡ Qué tristeza, llegar intactos y con los bolsillos repletos a la tumba! No defraudemos a lo desconocido. No desaparezcamos a medio consumir. Que la muerte nos sea natural.
En la lucha por afirmarnos y prolongar nuestro grito, disponemos de recursos muy superiores a los de otras especies. El animal vence al tiempo gracias al amor físico. Nosotros poseemos además la prodigiosa matriz del genio. Y convenzámonos de que todos, microscópicos o gigantes, tenemos el genio; todos traemos algo nuevo a la tierra. Hay que descubrirlo; hay que beneficiar el metal del espíritu, y trabajar es trabajarnos. El sexo asegura la carne de la próxima generación, y el genio prepara los materiales para el genio futuro. Sin el trabajo que edifica y conserva la cultura de hoy para el trabajo de mañana, la humanidad estaría detenida en un perpetuo comienzo. Nuestra persona continuaría, por breve espacio, y fragmentariamente, representada en nuestros hijos, que a veces son nuestra antítesis, y a veces nuestra caricatura. Combatiríamos al azar, privados del monumento, de la estatua, del cuadro y del libro, naves sublimes con que cruzamos el océano de los siglos.
Es por la obra que nos ponemos en contacto con la enorme esfinge. No es seguramente como espectadores que descifraremos el enigma de la realidad, sino como actores. El trabajo hace la autopsia. No extrañemos la calma con que los héroes del arte y de la ciencia aguardan el término necesario de sus tareas. Para ellos, para su sensibilidad maravillosa, la vida es un viaje divino y resplandeciente: mueren fatigados y encantados; así se duermen los niños en la mesa, sobre sus cuentos de hadas, cuando viene la noche. El mayor problema filosófico es reconciliarnos con la muerte, y quizá lo resolvamos mediante la obra. De la adoración a la obra propia, nos elevamos al culto de la obra colectiva. Pensaremos en lo pobre, en lo ruin que sería a la larga una sociedad de inmortales, aunque estuviese compuesta de Newtons, Horneros y Césares. Pronto agotaría sus recursos; pronto giraría, estéril, en la presión de la forma única, y reclamaría desesperada una salida hacia la negra inmensidad. Entenderemos que la muerte es la gran renovadora, que no es ella quien nos destruye, sino quien nos engendra, y acogiendo maternalmente los trabajos de las venideras centurias, no sólo diremos, como el poeta a su poesía: "Ya puedo yo morir, puesto que tú vives"; diremos también: "¡Muramos contentos para que vivas tú, oh poesía universal!”

 

 

Fuente digital: www.rafaelbarrett.net/

Registro de enlace : Agosto 2012

 




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