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RAFAEL BARRETT


  RAFAEL BARRETT - OBRAS COMPLETAS IV - TEXTOS INÉDITOS Y OLVIDADOS, NOTICIAS Y JUICIOS y APÉNDICE DOCUMENTAL


RAFAEL BARRETT - OBRAS COMPLETAS IV - TEXTOS INÉDITOS Y OLVIDADOS, NOTICIAS Y JUICIOS y APÉNDICE DOCUMENTAL

RAFAEL BARRETT - OBRAS COMPLETAS IV

 

TEXTOS INÉDITOS Y OLVIDADOS

NOTICIAS Y JUICIOS

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

Introducción, compilación bibliográfica

y notas de MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ

 

 

© Miguel Ángel Fernández / Francisco Corral

Instituto de Cooperación Iberoamericano

Responsable de la edición: FRANCISCO CORRAL

RP ediciones, Asunción-Paraguay 1990 (395 páginas)

Tapa: EL NACIMIENTO DE LA MELANCOLÍA

Xilopintura de CARLOS COLOMBINO, 1979

 

 

 

 

 INTRODUCCIÓN

 

VIDA Y OBRA DE RAFAEL BARRETT 

 

         La consideración de la vida y de la obra de Rafael Barrett presenta una serie de dificultades que no será inútil exponer antes de intentar una aproximación biográfica y crítica, que en esta ocasión ha de ser forzosamente provisional y sumaria.

         Barrett suscitó, después de su muerte y con motivo de la publicación de sus obras, en su mayor parte póstumas, un cierto número de opúsculos e incontables ensayos y artículos. Su figura fue exaltada y su obra comentada con entusiasmo, al mismo tiempo que sus libros eran reeditados y sus textos reproducidos por periódicos y revistas de Uruguay, Argentina, España y Paraguay. Sin embargo, el historiógrafo, el crítico o el simple lector apenas encontrarán hoy, en medio de esa profusión de textos, unas pocas referencias documentadas y escasos estudios realizados con el debido rigor metodológico.

         Aunque parezca increíble, durante treinta o cuarenta años, cuando las fuentes de información aún eran accesibles, se perdió la oportunidad de trazar una biografía fidedigna de Barrett. En cambio, abundaron las versiones más o menos fantasiosas acerca de su vida y las interpretaciones "impresionistas" de su obra. Durante mucho tiempo se ignoró o se conjeturó erróneamente sobre el lugar de nacimiento del autor de Moralidades actuales, se divagó respecto a su extracción social y se dijo poco, o nada, acerca de las circunstancias reales en que produjo su obra. La publicación, en 1967, de sus Cartas íntimas -dirigidas a su esposa, Francisca López Maíz- vino a arrojar nuevas luces sobre su vida en el Paraguay, no obstante lo cual subsisten, en este aspecto, zonas en penumbra. De su existencia en España casi nada se sabe más allá de las fragmentarias noticias que dio Ramiro de Maeztu y de las borrosas y distorsionadas imágenes de Pio Baroja.*

         En lo que respecta a su obra, tropezamos con serias dificultades de orden filológico. Hay que tener en cuenta que, con excepción de Moralidades Actuales y del folleto El terror argentino, todos los libros de Barrett fueron publicados después de su muerte, sobre la base de recortes periodísticos. Sólo El dolor paraguayo, además de los que hemos citado, fue ordenado por el propio autor. Por lo demás, en ninguna edición se indicó nunca la localización y fecha de aparición de los textos, originariamente redactados para diarios y revistas. Súmese a esto el hecho, poco conocido, de que un considerable número de sus escritos no fueron reunidos en volumen y no figuran, por tanto, en las dos ediciones anteriores de sus Obras Completas. De este modo, el conjunto de su obra se presenta como un corpus en el que difícilmente puede distinguirse el proceso de su producción multifacética.

         He ahí el punto en que nos encontrábamos hasta ahora, sobre todo en lo que hace a sus escritos. Aún es posible, afortunadamente, publicar el centenar de textos que quedó olvidado y hacer una edición filológica, ya imprescindible, de sus Obras Completas. Demás está decir que en cuanto al estudio riguroso de la obra de Barrett, en sus diversos aspectos, casi todo está por hacerse.

 

* V. ahora el "Estudio introductorio" de Francisco Corral, en el primer torno de esta edición de las obras completas de Rafael Barrett.

 

 

VIDA

 

         Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo nació en la villa de Torrelavega, en la Provincia de Santander, España, el 7 de enero de 1876. No se trata de un dato reiterativo. Otros han dicho que nació en Asturias, en Algeciras, en Madrid, en Cataluña. Sin embargo, ya Viriato Díaz Pérez, en un artículo de 1917, decía haberle escuchado a Barrett mencionar a Santander como lugar de origen. Y en 1943, en la tirada de sus Obras Completas hecha por la Editorial Tupac, con prólogo de Rodolfo González Pacheco, se reproduce la ficha de ingreso de Barrett al hospital "Fermín Ferreira" de Montevideo, de fecha 7 de enero de 1909, en la que consta su edad (33 años) y su lugar de origen (Santander). Por nuestra parte, hemos tenido acceso a la traducción legalizada del acta de defunción -cuyo original se halla archivado en la Alcaldía ele Arcachón, Francia-, en la que se precisa el lugar de nacimiento, Torretaviga (pero se trata evidentemente de un error del escribiente, pues el topónimo es Torrelavega), y se da el año de 1877 como el de su nacimiento. Nos atenemos sin embargo a la primera fecha, conforme a los testimonios del propio Barrett, y de acuerdo con el acta de inscripción que hemos obtenido.

         Era hijo de George Barrett, natural de Coventry (de origen escocés, según Panchita Barrett), muerto en Madrid el 25 de mayo de 1896, y de María del Carmen Álvarez de Toledo y Toraño, fallecida en Bilbao el 19 de marzo de 1900. Por línea materna, a juzgar por el apellido, estaba efectivamente emparentado con una familia de la alta aristocracia española, la de los duques de Alba. En cambio, poco sabemos acerca del padre, excepto lo que dice Panchita en la Introducción a las Cartas íntimas: que era caballero de la Corona británica, contador y matemático, y que cuidaba de intereses ingleses en España. En el acta de nacimiento de Rafael figura como de profesión "literato". Tales son los datos con que contamos para determinar el origen de clase de Rafael Barrett, quien fustigaría en sus escritos a las clases dominantes, adoptando una posición ideológica diametralmente opuesta a la de las mismas.

         Aunque nacido en la península ibérica, el autor de El dolor paraguayo era ciudadano inglés por el jus sanguinis. También sobre este punto se han hecho afirmaciones dispares, a pesar de que en una carta abierta a Juan Silvano Godoi, del 6 de enero de 1906, Barrett ya ponía en claro la cuestión. Además, puede verse el acta matrimonial de Barrett, en el Registro Civil de Asunción, donde también consta su nacionalidad.

         Era sin embargo Barrett español (un español europeo, habría que agregar) por su formación y por ciertos rasgos de su carácter. Pero en un sentido más hondo era sobre todo un español americano, y, por razones entrañables, un español paraguayo, puesto que aquí avizoró la luz de un nuevo mundo y se encendió el fuego de su infinita esperanza de hombre entero. "Paraguay mío -escribió en una hora de angustia-, donde ha nacido mi hijo, donde nacieron mis sueños fraternales de ideas nuevas, de libertad, de arte y de ciencia que yo creía posibles -y que creo aún, ¡sí!- en este pequeño jardín desolado, ¡no mueras!, ¡no sucumbas! Haz en tus entrañas, de un golpe, por una hora, por un minuto, la justicia plena, radiante, y resucitarás como Lázaro" ("Bajo el terror", volante, 3-X1-1908). Y en una carta de 1909 le dice también a Panchita: "En el Paraguay y al lado tuyo me hice al fin hombre".

         De sus primeros años y de su juventud no sabemos casi nada. De esa época sólo ha llegado hasta nosotros el mudo testimonio de algunas fotografías borrosas y amarillentas, indicios melancólicos de una existencia desahogada y amable. Sin duda recibió una excelente educación, y, según parece, pasó algunas temporadas en París, asistiendo quizás a cursos y conferencias. En Madrid hizo estudios en la Escuela de Caminos, donde no sabemos si concluyó la carrera, pero que le servirían años más tarde para hacer trabajos de agrimensura en el Paraguay. Fallecidos sus padres, y en posesión de una discreta herencia, hizo, según Ramiro de Maeztu, que lo conoció en aquellos años, "vida de joven aristócrata, más dado a la ostentación y a la buena compañía que al mundo del placer". Un penoso incidente -relatado por el mismo Maeztu- lo alejó para siempre de aquel ambiente, cuya inmoralidad y estulticia denunciaría después en diversos escritos.

         Lo que más importa señalar acerca de este período de su vida acaso sea el hecho de haberse formado en la misma atmósfera conflictiva de los hombres de la generación del 98, que en su juventud, esto es, durante los últimos diez o quince años del siglo pasado, y aún a principios del XX, militaron, casi todos ellos, en tendencias políticas radicales. Pero a diferencia de estos escritores, que involucionaron hacia posiciones moderadas, tradicionalistas o incluso reaccionarias (con excepción de Antonio Machado y de Ramón del Valle Inclán), Barrett hizo el camino inverso. Partiendo de una situación de clase privilegiada -lo que por lo demás le permitió acceder a los instrumentos teóricos y de análisis de la realidad social-, en contacto con las dramáticas condiciones del Paraguay y de los demás países del Plata, llegaría a asumir plenamente la causa de las clases oprimidas y explotadas.

         La ruptura existencial con el mundo en que se había desenvuelto su juventud lo indujo, probablemente, a dejar España. Ignoramos la fecha precisa en que Barrett llegó a Buenos Aires, donde se había radicado una rama de los Álvarez de Toledo. Vladimiro Muñoz, quizás el único investigador que ha intentado hacer una cronología estricta de su vida, conjetura que pudo haber sido a fines de 1902, si bien la propia viuda del autor de Mirando vivir afirma que lo hizo en 1904. Nos inclinamos a pensar que Barrett llegó a la Argentina en 1903. En todo caso, nuestras investigaciones nos han llevado a constatar que ya en agosto de ese año colaboraba en la revista Ideas, que dirigía Manuel Gálvez en Buenos Aires. Se ha dicho que fue redactor de El Diario Español, pero se trata de un error, pues fue en El Correo Español donde colaboró y quizá fue miembro de la Redacción. En este periódico aparecen algunos artículos bajo su firma. Pasó después al diario El Tiempo, en cuyas páginas se encuentra por primera vez su nombre al pie de un comentario sobre una exposición pictórica, en abril de 1904.

         ¿Qué hizo Barrett en el año y medio, aproximadamente, que vivió en la Argentina, además de trabajar, posiblemente con desgano, en tareas periodísticas? Si tomamos como indicio su artículo "Buenos Aires", incluido en Moralidades actuales, y según algunos publicado originariamente en dicha ciudad, colegiremos quizá que allí empezó a ver la realidad social y a percibir las profundas contradicciones que estremecían a una sociedad fundada en la miseria humana. Ese artículo es, ciertamente, uno de los textos más impresionantes y mejor escritos de Barrett. Debemos agregar, únicamente, que por nuestra parte lo hemos visto publicado por primera vez en Asunción en noviembre de 1906, esto es, en la época en que, precisamente, parecía abrirse Barrett a las ideas sociales más radicales. De cualquier manera, es indudable su valor como expresión de su actitud vital frente a una situación que su sensibilidad y su inteligencia no podían admitir ni silenciar. Lo cierto es que en Buenos Aires Barrett participó en actos políticos de la inmigración republicana española, y que a raíz de ello tuvo una disputa con un señor Juan de Urquía, que desembocó en un desafío a duelo que no se llevó a cabo, pues el mencionado Urquía decidió a última hora no batirse con Barrett, invocando el incidente madrileño de 1902. Los detalles pueden verse en El Correo Español, de fines de abril de 1904.

         Sea como fuere, el hecho es que sus inquietudes no le dejaron echar raíces en la Argentina. Fue así como, en octubre de 1904, se vino al Paraguay como corresponsal de El Tiempo, con motivo de la revolución iniciada aquí en agosto de ese año. Barrett, que había llegado como periodista, simpatizó inmediatamente con los revolucionarios liberales, en cuyo campamento de Villeta desembarcó. Cuando envía su primera y única crónica de la "revolución" a El Tiempo, a principios de noviembre, ya se hallaba incorporado a sus filas. Ese texto, inédito en volumen (y que ahora publicamos), es el primero de Barrett sobre el Paraguay y revela ya el punto de vista liberal-crítico de su autor frente a los problemas del país.

         Barrett llegó a Asunción probablemente el 24 de diciembre junto con las fuerzas revolucionarias triunfantes. Su vida, aquí, en los primeros tiempos, nos ha sido referida sumariamente por su amigo José Rodríguez Alcalá en dos artículos, publicado el primero en 1911, recién fallecido Barrett, y el segundo treinta y un años después, en 1942. Lamentablemente, otros amigos de la primera hora, como Manuel Gondra y Modesto Guggiari, no han dejado, que sepamos, nada escrito sobre Barrett en aquellos días. Volvamos, pues, a los documentos.

         En el Registro Oficial de 1905 se encuentra un Decreto en que se nombra a Rafael Barrett auxiliar de la Oficina General de Estadística, con fecha 31 de enero de 1905. Meses después, el 26 de agosto, por otro Decreto se le nombra jefe de sección de la misma Oficina "en reemplazo de don Hérib Campos Cervera, que renunció". Pero Barrett no persistió en las tareas burocráticas, que sin duda se avenían poco con su carácter y su real capacidad intelectual, y menos de un mes después, el 15 de setiembre, aparece otro Decreto en el que se nombra un nuevo jefe de sección, dándose "las gracias al dimitente (Barrett) por los servicios prestados". Por ese tiempo también Barrett entra a trabajar en el Ferrocarril, como secretario general (según su viuda), cargo al que renunciaría en 1906, en desacuerdo con el trato que la empresa daba a sus trabajadores.

         Barrett se incorporó enseguida a la vida "social" de la ciudad. Fue electo secretario del Centro Español, que por entonces reunía a lo que se solía llamar la "gente bien". Allí conoció a Francisca López Maíz, su futura esposa. Y de esa época (1905) son estos tres encantadores versos, impregnados del espíritu galante de la "belle epoque", autografiados sobre el paisaje crepuscular de una postal dirigida a la joven Leonor Montero:

         La mañana es azul, la tarde es roja,

         Y es blanco el sol; pero en la noche augusta,

         La sombra es del color de nuestros sueños...

 

         Barrett no tardó tampoco en integrarse a las actividades intelectuales y periodísticas de Asunción. El 26 de enero de 1905 se publica su primer artículo en el Paraguay, bajo el título de "La verdadera política". Se trata de un texto particularmente interesante como índice de su manera de ver la actividad política y la función de los partidos políticos en general, y en particular de su visión de la situación paraguaya en esos momentos.

         El optimismo de este artículo se desvanecería con el correr del tiempo, al observar Barrett más detenidamente los manejos de la vida política, que llegarían a repugnarle profundamente. En 1905, aunque resulte notorio el conocimiento que tiene de los movimientos sociales y políticos de la época, habla todavía como una conciencia liberal progresista, que confía en la acción política positiva para la solución de los problemas del país.

         Pero las miserias de la vida política, precisamente, le producirían una honda conmoción poco más de un año después de su llegada al Paraguay, cuando, a raíz de una polémica periodística, se enfrentaron en un duelo dos jóvenes liberales, Gomes Freire Esteves y Carlos García. Este último, que era miope, fue herido en el lance y falleció casi inmediatamente. Barrett, indignado, publicó el mismo día un artículo responsabilizando a los padrinos de García por el luctuoso hecho. Aquellos padrinos se llamaban Miguel Guanos y Albino Jara.

         Algunos días después, Miguel Guanos encara airadamente a Barrett en el Centro Español. Según referencias periodísticas, Barrett adoptó una actitud serena, pero la gravedad de los insultos proferidos contra él lo obligaron a desafiar a Guanos a un duelo, que éste no aceptó. En esos hechos, que dejaron en posición desairada a los padrinos del difunto Carlos García, puede verse uno de los motivos (pero solamente uno de los motivos) del ensañamiento de Albino Jara contra Barrett, tiempo después, cuando se convirtió en el hombre fuerte del gobierno en 1908.

         Tenía treinta años Barrett cuando se casó el 20 de abril de 1906 con Panchita. No se trata de un mero dato para su biografía, pues hay que decir que su matrimonio y el nacimiento de su hijo constituyeron para él acontecimientos entrañables, que sólo pueden compararse a su decisión de darse enteramente a la causa de la humanidad oprimida. Las huellas de su relación afectiva con su mujer y su hijo han quedado marcadas en su correspondencia con Panchita, llena de ternura, y a veces de dolor, y en algunos textos como el admirable artículo titulado "Mi hijo". Si hubiera alguna duda sobre la nobleza y la sinceridad de este escritor, ahí están, para confirmarlas, sus cartas íntimas, en total correspondencia con las ideas y sentimientos que expresaba públicamente.

         En cuanto a su lucha por la redención social, no fue por cierto una mera pose, como en tantos otros, sino una opción existencial plenamente consciente y responsable, con la cual comprometía no sólo su inteligencia sino su vida entera. Su decisión de asumir esa causa se gestó, posiblemente, entre 1906 y 1907, y se transparenta en diversos artículos de esos años. Pero es en 1908 cuando se dedica a dar conferencias para los obreros y hace la tremenda denuncia de Lo que son los yerbales. Ese trabajo, que se publicó originariamente como una serie de artículos entre el 15 y el 27 de junio de 1908, le costó la ruptura con la gente "respetable" y la opinión adversa de algunos periódicos.

         Por entonces ya había contraído la tuberculosis, que le obliga a recluirse algunas veces en San Bernardino, otras en Laguna Porá. Pero sus fuerzas para la lucha no decaen. Poco tiempo después de iniciada su campaña contra la explotación del hombre en los yerbales, se produce el cruento golpe de estado de julio, que depone al General Ferreira y convierte al Coronel Albino Jara en árbitro de la situación política. En medio de la lucha armada, Barrett y José Guillermo Bertotto, con riesgo de sus vidas, salen a recoger heridos y a prestarles los primeros auxilios. Saldo de la revolución: sesenta muertos y ciento cincuenta heridos; y, por supuesto, apresamientos, persecuciones, arbitrariedades... Barrett, que no podía hacerse cómplice callando, funda un quincenario, Germinal, desde el cual sigue denunciando, al margen de toda bandería política, las condiciones de vida del pueblo y sus causas reales. Demasiado enfermo ya, deja Germinal en manos de Bertotto y se va a San Bernardino. Pero al ser clausurado el periódico, que sólo alcanza el undécimo número, vuelve a la lucha, proclamando en volantes su resistencia al terror, actitud que le cuesta el apresamiento, igual que a Bertotto. Estos hechos son bastante conocidos, pues han sido relatados por Bertotto. No nos detendremos en ellos, ni en la deportación que sufrió Barrett casi inmediatamente, y que lo llevó a Puerto Murtinho y Corumbá primero, y a Montevideo después, entre octubre y noviembre de aquel año. Detalles sabrosos y patéticos se encontrarán en las cartas que escribía Barrett a Panchita en esos días.

         La ciudad de Montevideo, en la que en un primer momento se siente desorientado, pronto se abre para él. Allí hace amistad con Frugoni, Herrera, Falco, y comienza un fecundo período de colaboraciones en el diario La Razón, que dirigía un hombre abierto y generoso, Samuel Blixen. Pero la tuberculosis, que apenas lo deja vivir, lo obliga a internarse en un hospital, desde donde sigue sin embargo escribiendo. No se quedó mucho tiempo en la capital uruguaya, en la que acaso por vez primera sintió una atmósfera intelectual verdaderamente fraternal, y donde las primeras inteligencias del país reconocieron de inmediato su excepcional talento.

         Fiel a su vocación y a sus convicciones libertarias, después de tres meses y medio en Montevideo, decide volver al Paraguay a vivir confinado en una estancia de Yabebyry, inmerso en la naturaleza y la realidad campesina. Barrett, que, a raíz de su destierro, había sido invitado a hablar del Paraguay, y que se negó porque no quería "contribuir al descrédito de un país que tanto amo", y porque "los trapos sucios se lavan en casa", como lo decía en una carta a Hérib Campos Cervera, Barrett, desde su confinamiento, levantará su voz para defenderlo cuando es ofendido gratuitamente desde un periódico de Corrientes.

         Al cabo de un año, se le permite radicarse en San Bernardino, a cincuenta y tantos kilómetros de Asunción. Desde allí colabora en El Nacional, un diario fundado ese mismo año de 1910. Y en sus páginas publica una nueva denuncia de las condiciones de vida en el campo bajo el título de "Lo que he visto", luego incorporado a El dolor paraguayo. En esta ocasión le salió al paso el doctor Manuel Domínguez, bajo el seudónimo de Juvenal, en un artículo titulado "Lo que Barrett no ha visto", donde afirmaba, poco más o menos, que Barrett veía la realidad con ojos de enfermo. Este contestó, dolido y exasperado, con un desgarrador "No mintáis". Un poco más tarde entregaba a las prensas del mismo periódico los capítulos de su notable estudio sobre "La cuestión social". Escrito como refutación de un extenso trabajo del Dr. Rodolfo Ritter -en el cual éste niega la existencia de problemas sociales en el Paraguay, o los minimiza-, Barrett reafirma y refuerza, en su ensayo, sus juicios sobre la realidad paraguaya, además de subrayar las grandes direcciones ideológicas de las luchas sociales modernas.

         El 21 de agosto del mismo año lo visitan en San Bernardino sus amigos sindicalistas, por quienes aparece rodeado en la penúltima fotografía que conocemos de él. Barrett, consumido por la tisis, era físicamente apenas "un fantasma de sí mismo", según dijo José Concepción Ortiz. No obstante, escribe con más pasión e inteligencia que nunca. Moralidades actuales había sido editado en Montevideo, y casi al mismo tiempo se había publicado en Asunción su folleto El terror argentino. Y el 1° de setiembre parte hacia Francia en busca de un ilusorio alivio, llevando consigo los originales de El dolor paraguayo, que Bertani imprimirá después de su muerte, en 1911. En el Paraguay se quedan Panchita y su pequeño hijo, aguardando el milagro de una recuperación imposible.

         En Montevideo se detiene sólo el tiempo que falta (menos de un día) para tomar el barco que ha de llevarlo a Europa. En ese lapso acuden junto a él sus amigos -como cuenta él mismo en una carta a Panchita, escrita el 11 de setiembre en el "Re Vittorio", vapor italiano en el cual viajaba-, "y los que más me agradaron, obreros, tipógrafos, jornaleros que me llamaban "maestro" y me estrujaban las manos entre las suyas callosas". Los periodistas le agasajan, los fotógrafos le retratan, los editores le piden originales de libros que no ha escrito aún, "en fin -sigue diciendo Barrett-, la prosperidad al cabo...". Y en el muelle, "la despedida final... un desconocido me dio unos ramos de violetas, diciéndome: las últimas flores de Montevideo -y lloré pensando en ti, en mi amor y en tu orgullo..."

         No se olvida del Paraguay. "A bordo del "Re Vittorio", Setiembre 1910", escribe la primera de sus "Cartas de un viajero". Desde París, desde Arcachon -una villa sobre el Cantábrico, donde pasará los dos últimos meses-, Barrett sigue enviando sus artículos a los periódicos paraguayos y uruguayos. La muerte de Tolstoi, uno de los pocos contemporáneos que admira, motiva dos de sus más hermosos artículos, uno de ellos publicado ya póstumamente en Asunción.

         El 13 de diciembre de 1910 Barrett sabe ya que la llama está a punto de apagarse. Sus manos trazan, entonces, para su mujer y su hijo, las últimas palabras "para decir que estoy demasiado bien cuidado, y que mi alma está serena y llena de confianza en la vida que os recompensará de vuestros dolores si los examináis y sufrís con lealtad y con valor". Y el día 17, a las cuatro de la tarde, su vida se extingue. Había muerto el hombre, no su palabra, fundida ya en la sangre y en la conciencia de la humanidad oprimida.

 

OBRA

 

         En poco más de seis años, o sea el tiempo que duró su permanencia en América, realizó Barrett una excepcional labor intelectual y artística, la mayor parte de ella a través de sus colaboraciones en la prensa paraguaya y en la de los países del Plata. Barrett no llegó a ver reunida en volumen, como ya hemos dicho, sino una pequeña parte de su trabajo. En los años siguientes a su muerte fueron publicándose compilaciones de sus numerosos escritos, y en 1943 y 1954, respectivamente, aparecieron la primera y la segunda edición de sus Obras Completas, reunidas sobre la base de los volúmenes editados por Bertani y Claudio García en Montevideo, y por La Protesta y Fueyo en Buenos Aires. Sin embargo, más de un centenar de textos, dispersos en periódicos de Argentina, Uruguay y Paraguay, fueron omitidos. Esos escritos abarcan una amplia gama temática, semejante a la de sus obras conocidas. Algunos de ellos se refieren al Paraguay.

         Escritor de agudo espíritu crítico, Barrett se revela en la plenitud de su fuerza creadora sobre todo en sus escritos sobre la problemática social y humana. En sus artículos, ensayos y conferencias cobran relieve especialmente las cuestiones morales, la injusticia social, el problema de la religión en el mundo contemporáneo y las creaciones artísticas. No tuvo tiempo de sistematizar su pensamiento, si alguna vez se propuso hacerlo, pero en sus textos la razón y la fe humanista guardan perfecta coherencia.

         Una parte considerable de los artículos de Barrett son, por su estructura y contenido, ensayos breves. Son también numerosos los artículos en que comenta o critica hechos de la época. En unos y en otros pueden apreciarse la lucidez de su espíritu y la firmeza y profundidad de su ideario humanista.

         El autor de El dolor paraguayo cimentó su literatura y su prédica social en una filosofía del altruismo que entronca con las doctrinas libertarias y el humanismo evangélico. "Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo", dice en uno de sus ensayos capitales, "Filosofía del altruismo". Esa energía es concebida no como una fuerza orientada por leyes convencionales sino como una tendencia radical de la naturaleza humana, "hermana de la humilde energía celular que convierte los jugos oscuros de la tierra en pétalos perfumados..." Barrett hace también en el citado ensayo una crítica del intelectualismo, cuyos esfuerzos por reducir la realidad a rígidos esquemas racionales llega a considerar como "signo de atrofia en la intuición". Es evidente que con esa postura intenta superar, estimulado por el pensamiento de Bergson -a quien considera uno de los "príncipes de la especulación contemporánea"-, las limitaciones del positivismo, y en particular de la filosofía del altruismo tal como la había concebido Comte.

         Consecuentemente, el pensamiento de Barrett se abre a las ideologías sociales más avanzadas de la época, propiciando la liberación del hombre mediante una revolución espiritual y moral que lo haga dueño de su destino.

         Su crítica alcanza, así, no sólo al sistema económico vigente, sino también a las superestructuras que atan al individuo a formas de relación social contrarias a la razón y a la naturaleza solidaria de la especie humana. "Matad el principio de autoridad donde lo halléis", dice Barrett. "Que el hombre lo examine todo por sí. Que sea responsable de sí propio".

         Sus ideas se proyectaron en la prédica de la solidaridad obrera y de los valores ideológicos del anarquismo, que "tal como lo entiendo -dice Barrett- se reduce al libre examen político". No se limitó a exponer su pensamiento libertario. Lo que son los yerbales y El terror argentino son denuncias concretas de una situación social monstruosa, frente a la cual callaba la mayor parte de sus contemporáneos ilustrados. Al rechazar la explotación del hombre por el hombre y renunciar a los privilegios de su clase, conoció en sí mismo el dolor y la ira de los humildes. Su libro El dolor paraguayo es una revelación desgarradora de las condiciones de vida del pueblo al cual "honró y castigó con su gran amor y su gran talento", como dijo también José Concepción Ortiz. En dos libros póstumos, Mirando vivir e Ideas y críticas, se encuentran, asimismo, algunos de sus mejores artículos de crítica social y moral.

         Particular interés tienen sus breves narraciones, en algunas de las cuales se nota la huella del decadentismo finisecular. Barrett propiciaba una literatura realista -dando al término un sentido menos estrecho, ciertamente, que ciertos teóricos revolucionarios- y entre sus creaciones más interesantes se cuentan, precisamente, aquellas en que consigue plasmar su visión crítica de la realidad y la vida. Cabe mencionar, como ejemplo, su cuento "El maestro", donde ha configurado una patética situación humana mediante una estructura narrativa rigurosa y una expresión precisa y sugerente al mismo tiempo, sin concesiones al esteticismo que caracteriza la literatura de la época. Por su valor simbólico-ideológico y por la economía y unidad de su construcción literaria, hay que citar otros dos cuentos, "El propietario" y "El pozo", en cuyo universo semántico subyacen, curiosamente superpuestos, elementos de la escatología bíblica y del materialismo histórico.

         Aunque poco conocido, pues no figuraba hasta ahora en sus Obras Completas, su poema "Decadente" -título por demás significativo-, publicado originariamente en la revista Cri-Kri, de Asunción, en 1905, podría figurar en la más rigurosa antología de la poesía modernista hispanoamericana. En la misma revista dio a conocer otro poema: "Fuego y ceniza". Se trata, al parecer, de las dos únicas poesías (en verso) publicadas por Barrett.

         Pero el valor estético de su obra no radica sólo en esos intentos de creación literaria, sino también en el potente y luminoso estilo de sus artículos y ensayos. En este aspecto puede ubicarse a Barrett entro los escritores de lengua castellana más destacados. Su rigurosa prosa, en efecto, supera largamente los límites de la literatura de su época y afirma su calidad hoy, más allá de lo que Gillo Dorfles ha llamado "las oscilaciones del gusto".

         Barrett formuló su pensamiento sobre el hecho artístico en diversos escritos, y especialmente en su ensayo "De estética". En este campo sus ideas se vinculan a las teorías que consideran el arte como un fenómeno estrechamente ligado a la evolución y a la naturaleza humana, a la cual revela y exalta. "Todos seguimos - dice en el citado ensayo- en un poema, no una ficción, sino una historia y no una historia cualquiera, sino nuestra propia historia", Y la función del gran arte, la misión del genio, "es fijar y animar los gérmenes nacidos inconscientemente en la obscuridad de las mentes, fecundar las matrices sociales de donde saldrán las ideas y las emociones futuras y gestar poco a poco las concepciones venideras en lo moral". Barrett concibe, pues, el arte también como un compromiso y una función moral, pero no en relación con una normativa convencional y petrificada, sino con una concepción humanista tendiente a formas espirituales y sociales superiores.

         Por lo demás, no queda espacio ahora sino para indicar, sin detenernos en ellas, sus sorprendentes observaciones sobre la naturaleza y las notas diferenciales del lenguaje literario.

         Sus consideraciones estéticas no se redujeron al campo teórico. Se ocupó concretamente de diversas producciones literarias y artísticas. En el comentario de libros se mostró como un crítico penetrante, de vasta cultura y fina sensibilidad. Aunque no sean muy numerosas las páginas en que intenta la valoración estética particular, bastan para calificarlo como uno de los críticos más inteligentes de su tiempo. Sus artículos sobre Tolstoi, Gorki, Rodó, Delmira Agustini y otros escritores, son magistrales. Su crítica no se limita al examen de los contenidos o a la paráfrasis impresionista. Poseía Barrett un saber filológico que le permitía estimar con precisión el valor y la función de la materia lingüística en la obra de arte literaria, como lo prueban sus páginas sobre Lugones y Vargas Vila.

         Por la amplitud y profundidad de sus intereses intelectuales y morales, Barrett podría ser ubicado en el nivel de los escritores de la generación española del 98, a la cual sin duda pertenecía originariamente. Pero no fueron las circunstancias españolas sino los problemas humanos de América, y particularmente del Paraguay y de los países del Plata, los que acuciaron su espíritu y motivaron sus candentes escritos. Por ello Barrett vino a ser una de las figuras capitales del novecentismo rioplatense (particularmente en su línea modernista), así como uno de los grandes precursores de la literatura social americana, vasta corriente que ha traído a primer plano el tema del hombre oprimido por estructuras socio-económicas anacrónicas e irracionales. Para terminar, hay que subrayar otra vez que por la potencia intrínseca de su discurso y el esplendor de su lenguaje es, sin duda, uno de los mayores escritores de nuestra lengua en el siglo veinte.

 

 

LOS TEXTOS INÉDITOS Y OLVIDADOS

 

         Los textos inéditos, no fueron nunca recogidos en volumen. Como ya hemos dicho, prácticamente toda la obra de Barrett fue publicada originariamente en periódicos. El mismo autor organizó personalmente sólo dos volúmenes y un folleto, y el resto fue ordenado por sus amigos y editores para libros que sucesivamente publicaron O. M. Bertani y Claudio García en Montevideo después de la muerte de Barrett. Las dos ediciones de las Obras Completas, hechas en Buenos Aires en 1943 y 1954 respectivamente, omitieron algunos textos e incluyeron otros "olvidados". Se ignoró durante mucho tiempo la existencia de un número considerable de escritos, aparecidos también en periódicos, que merecían difusión. La tarea de compilar estos textos requirió años de investigación. Solamente ahora se cumple nuestro propósito de darlos a conocer. El conjunto es variado e incluye tanto artículos y diálogos como unos pocos escritos puramente literarios. Las notas al texto son del compilador, excepto cuando concluyen con las iníciales V. M. (Vladimiro Muñoz).

         El Correo Español y El Tiempo se publicaban en Buenos Aires; El Diario, La Tarde, El Cívico, Cri-Kri, Los Sucesos, Rojo y Azul, La Patria, La Capital, Germinal, La Evolución, El Nacional, El Economista Paraguayo, La Revista del Centro Estudiantil y Alón en Asunción; El Liberal y La Razón en Montevideo.

 

         Miguel Ángel Fernández

 

 

BIBLIOGRAFÍA DE RAFAEL BARRETT

 

La Huelga (folleto), Asunción, 1908.

Lo que son los Yerbales Paraguayos (folleto), O. M. Bertani, Montevideo, 1910. Con Prólogo de José Guillermo Bertotto.

El Terror Argentina (folleto), Grabow y Schauman, Edición de Miguel Vila, Asunción, 1910.

Moralidades Actuales, O. M. Bertani, Montevideo, 1910.

El Dolor Paraguayo, O. M. Bertani, Montevideo, 1911.

Cuentos Breves, O. M. Bertani, Montevideo, 1911.

Al Margen, O. M. Bertani, Montevideo, 1912.

Ideas y críticas, O. M. Bertani, Ed. Montevideo, s.f. (1912).

Diálogos, conversaciones y otros escritos, O. M. Bertani, Montevideo, 1912.

El Dolor Paraguayo, Editorial Bautista Fueyo, Buenos Aires, (s.f.).

Mirando vivir, O. M. Bertani, Montevideo, 1912.

Artículos diversos (folleto), San José (Costa Rica), 1913. Con Prólogo de José Guillermo Bertotto.

Diálogos, conversaciones y otros escritos, Claudio García editor, Montevideo, 1918. Con Prólogo de Alberto Lasplaces.

Moralidades Actuales, Editorial América, Biblioteca Andrés Bello, vol. LVIII, Imprenta de Juan Pueyo, (Luna 29, tel. 1430), Madrid, 1919.

Cuentos Breves, Editorial América, Biblioteca Andrés Bello, vol. LIX, Imprenta de Juan Pueyo, Madrid 1919.

Palabras. (Obra formada por Juan Ramón Uriarte con textos de Jean Marie Guyau, Rafael Barrett y Vaz Ferreira), Zenith, San Salvador (El Salvador), 1922.

Moralidades Actuales, Buenos Aires, 1922.

Páginas escogidas (folleto), La Paz (Bolivia), s.f., con prólogo de Carlos Medinacelli.

Páginas dispersas (folleto), Buenos Aires, s.f.

El Dolor Paraguayo, Sembrando Ideas, Buenos Aires, 1923.

Páginas dispersas, Claudio García editor, Montevideo, 1923. Con Prólogo de Armando Donoso.

Lo que son los Yerbales Paraguayos. Claudio García editor, Montevideo, 1926. Con semblanzas de Barrett por: Ramiro de Maeztu, Emilio Frugoni, J. G. Bertotto y José Enrique Rodó.

Lo que son los Yerbales Paraguayos. Suplemento quincenal de La Protesta, número 306, Buenos Aires, 1929.

Barrett sintético, Claridad, Buenos Aires, s.f. (1929). Selección y Prólogo de Juan Guijarro.

Obras Completas, La Protesta (dirigida por Diego Abad de Santillán), Buenos Aires, s.f. (1932).

Obras Completas, Tupac/Américalee, (1 tomo), Buenos Aires, 1943.

Obras Completas, Amigos de Rafael Barrett/Américalee; Montevideo, 1943.

Páginas selectas, Biblioteca Enciclopédica Popular, Méjico, 1947.

Obras Completas, Tupac/Américalee, (3 tomos), Buenos Aires, 1954.

Cartas intimas, Biblioteca Artigas, Colección de clásicos uruguayos, vol. 119, Montevideo, 1967. Prólogo de Luis Hierro Gambardella. Introducción y notas de Francisca López Maíz de Barrett.

El Terror Argentino, Proyección, Buenos Aires, 1971. (Contiene "Notas críticas", "Lo que son los Yerbales Paraguayos" y "El Terror Argentino").

Mirando vivir, Tusquets, Barcelona, 1976. Selección y prólogo de Carlos Meneses.

El Pensamiento vivo de Barrett, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1977. Estudio introductorio y selección de Vladimiro Muñoz. (Contiene artículos inéditos).

El Dolor Paraguayo, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1978. Prólogo de Augusto Roa Bastos, compilación y notas de Miguel Ángel Fernández.

Cosa sono gli Yerbales, II Libero Acordo, Turín 1979.

Barrett en Montevideo, Imprenta García, Montevideo, 1982. Estudio de Vladimiro Muñoz. (Contiene cartas inéditas).

Rafael Barrett, anarquismo y denuncia, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1987. Introducción y selección de Jorge A. Warley.

Obras Completas, Ediciones Populares para América Latina, Montevideo, 1988. (Repite la edición de 1943).

 

 

 

TEXTOS INÉDITOS Y OLVIDADOS

 

MISERIAS*

 

         Un padre desesperado se ve en el caso de no poder enterrar a su hija, porque el médico no quiere extender el correspondiente certificado de defunción.

         Este facultativo exige el pago previo de los cinco pesos que su asistencia importa, y el padre no los tiene.

         En los tiempos primitivos, el hombre se hubiera echado a la espalda el cuerpecito de su niña, y lo hubiera ido a enterrar piadosamente al pie de un árbol.

         La sociedad moderna no permite soluciones tan sencillas.

         Es indispensable sepultar los muertos cuanto antes. La higiene pública lo impone. Ya que no se consigue acabar con los microbios que producen la muerte, protejámonos siquiera de los que la muerte produce. Nada más sensato. ¡Qué responsabilidad para este miserable, si conserva su cadáver querido en un cuartucho sin infecto más tiempo del reglamentario! Podría quizá replicar que a él no lo han protegido bastante del microbio del hambre, tan mortífero por lo menos como los otros... pero no hay que ser demasiado exigente.

         Penetrado, pues, de sus deberes, aterrado al verse desprovisto de un certificado, el héroe de mi historia acude a la Comisaría 6ª. La Comisaría 6ª. se declara incompetente y lo envía al Consejo Nacional de Higiene.

         Esta es la segunda parte ¡Qué sería de nosotros si no nos cercioráramos de que ha muerto esa niña! La ciencia del médico a no haberle apurado tanto esos dichosos cinco pesos -el precio de un cigarro- nos hubiera sacado del paso. Se podría asegurar, sin error probable, que la desdichada no ha fallecido de indigestión; pero no basta. Hay que descuartizar ese triste pedazo de carne inocente, martirizado en vida y después de la vida, y sólo entonces nos quedaremos tranquilos.

         Habrá quien se indigne con el médico ¿Por qué? Es una víctima también.

         No será seguramente un príncipe de la medicina, un poderoso industrial de específicos, un detentador de secretos vedados al público indefenso, un augur de los que cobran sus oráculos a 2.000 pesos consulta. Será un infeliz agobiado por la competencia, agriado, oscurecido, vencido en la lucha cruel por la vida.

         Nosotros la hemos hecho así. Sobre todos nosotros cae la infamia y la miseria de los pisoteados...

 

         (El Correo Español, 20 de Noviembre de 1903)

 

* Este parece ser el primer texto de Barrett publicado en un periódico de la Argentina. Antes de esta fecha sólo encontramos los "Aguafuertes" aparecidos en la revista Ideas, N° 4, Agosto de 1903.

 

 

JOSE MARIA NIÑO

 

         La suavidad sudamericana del idioma va en José María Niño más allá del acento. La dulzura de su palabra es un eco de la dulzura y de la bondad irreductible de su espíritu. Recurso vivo para la amistad afligida, ejemplo perenne de cordialidad altruista, es aquel que con Romero Jiménez, el inolvidable fundador de este diario, compartía el único no envidiado privilegio: el de hacer el bien a todas horas.

         Infatigable en su generosidad, es también infatigable en el trabajo. De los treinta y cinco años de su labor periodística, treinta fueron para la Nación. La voz de este hombre es tenue, y sus ideas gritos de combate. Sus crónicas sobre la política de la Provincia llevan en sí la vida arrolladora de la sinceridad y del valor. Así como otros prueban su debilidad con la fortuna, Niño, varias veces diputado, diarista y hoy senador, vinculado con todos los ciudadanos importantes del país, prueba su honradez con su digna pobreza.

         No es un fabricante de sorpresas, un mercader de influencias políticas, un usurero de situaciones, sospechoso y amenazador como la mayor parte de sus contemporáneos: todo el mundo encontrará siempre a Niño en el mismo puesto. A eso quizá se debe el cariño que sus enemigos mismos le tienen. Un noble adversario es menos temible que un amigo mañana desleal, y Niño es un niño fuerte e ingenuo, detentador de las más nobles simientes del porvenir de su patria.

         El partido republicano presentara en sus listas como candidato a la diputación nacional el nombre de José María Niño.

 

         (El Correo Español, 9 de Diciembre de 1903)

 

 

COMERCIO LATINO

 

         Es una ley natural que viva largo tiempo lo que tardó mucho en crecer y llegar a madurez completa. Hay una relación constante entre el período de desarrollo y la duración total de una especie cualquiera, y así es argumento corriente entre los que atacan y vituperan por antihigiénica la civilización actual en las grandes ciudades, el hecho inductivo de que la vida humana debiera alcanzar habitualmente los cien años, para multiplicar por cinco, como en los demás animales, el lapso de formación acabada del individuo.

         La misma observación se aplica a las colectividades de todo género. Lo que ocurre con los individuos ocurre con las sociedades, desde el modesto gremio hasta las naciones más poderosas, y las propias razas.

         Se puede medir el destino de un organismo político o económico por la lentitud o la precipitación con que nacen y se agrupan los elementos vitales que lo sacan a luz. Las revoluciones son mucho menos fecundas de lo que ellas se imaginan.

         Los hombres y los pueblos creen eficaces los primeros movimientos, y todo aquello que agite en su alma el huracán que pasa. Pero en las mayores tempestades las aguas del océano están inmóviles a pocos metros de profundidad, y las olas altas como montañas no hacen subir un milímetro el nivel medio de los mares.

         Los verdaderos gérmenes del porvenir esperan en intimidades más hondas, y se mueven penosamente en la oscuridad. Ellos, más sabios que nuestra inteligencia de ayer, saben dónde van y lo que hacen. Debemos tener un gran respeto por todo lo que ignoramos, y amar la vida, no la frase; creer en la infalibilidad de la naturaleza, no en la infalibilidad de nuestros libros; obedecer a la realidad, y no forzarla.

        

         La fantasía y el entusiasmo debilitan a las razas latinas. El exceso de ingenio natural y de rápida asimilación, unido a la intrepidez que de una existencia fácil y ardiente, las hace consumir energía en movimientos inútiles. La agilidad de su espíritu las quita paciencia y peso. Todo lo empiezan antes que nadie, y por eso se les acaba antes.

         Han hecho en la historia el papel de sembradores. El latino lanza la semilla al surco, y el sajón ara el campo y guarda la cosecha. El latino descubre los continentes y el sajón los explota. El latino establece las leyes científicas y el sajón las aplica. El latino crea el arte y el sajón trafica con él. La idea es del uno, pero el hecho es del otro, y con las ideas no se come.

         El latino no es comerciante. Será siempre un consumidor pobre; su riqueza es puramente espiritual, y no susceptible de evaluarse; será el humilde servidor que sabe el camino; se le admira en silencio, y se le paga poco.

 

         Un país latino es único exportador de un producto, y se arregla para ser esclavo del mercado.

         Para comprender semejante prodigio hay que recordar el temperamento latino. La Argentina, por ejemplo, comienza hace años a producir en condiciones admirables. Nada se le aparece más fácil que matar los mercados del mundo e improvisar fortunas. ¿Qué hace? El productor vende, y vende en consignación.

         El fabricante no debe vender nunca, por lo mismo que no se puede nadar y guardar la ropa. Desembarcad en Manchester o en Liverpool, y pretended comprar a un fabricante. ¿Qué os dirá? Que os entendáis con su casa representante. El no vende, fabrica; su misión es saber cuánto tiene que fabricar, y de qué modo llegaría a producir mejor y más barato. No es un comerciante.

         El latino no entiende de eso. Si produce mucho y bien, le faltará tiempo para lanzar sus mercaderías.

         En lugar de contratar en firme su producción anual, para tener una idea de su situación y proporcionar sus medios económicos, se entrega a las fluctuaciones de un mercado que no conoce, que lo mismo puede enriquecerle instantáneamente que arruinarle.

         Está en plena aventura, es decir, en su elemento.

         La casa que recibe en consignación no tiene para qué defender la mercadería. No es dinero suyo. Buscad un inglés, un alemán, un sueco que vendan así.

         En cambio España remite en consignación sus naranjas a Inglaterra, como Italia sus tejidos a la Argentina, y la Argentina sus mantecas a Europa, et sic de coeteris. El productor latino ni siquiera vende, subasta.

         ¡Qué más quieren los mercados! Todo va bien -dirán los productores argentinos- hasta ahora. Pero del golpe que quizá les espera no es fácil levantarse. Venden al fiado, y tienen cerrado el camino que debieron tomar desde el primer día; cuando pretendan atacar en firma no podrán, a menos de una entente que me parece imposible y a cualquiera que conozca la raza.

         Es este afán de forzar las cosas, de construir en tres años lo que para existir normalmente necesita treinta, de forjarse la realidad tan plástica como el deseo; es esta índole esencialmente especulativa de nuestro carácter.

         Todo es en nosotros exaltado, inseguro, cuando la regularidad es la condición indispensable de funciones vegetativas como las económicas. El mundo económico es el aparato digestivo de la humanidad, tanto más perfecto cuanto menos se le siente; pero los latinos se pasan la vida entre inaniciones y empachos.

 

         (El Correo Español, 9 de Enero de 1904)

 

 

 

LA MORAL DEL SPORT

 

         Si algo nos descubre el carácter de una persona, no es ciertamente lo que hace para ganarse la vida, sino lo que hace cuando no tiene nada que hacer. Lo mismo en los pueblos; ¡Pan y Gladiadores! clamaban los romanos: pan para el cuerpo, gladiadores para el alma. La ruina más imponente que nos han dejado es el Coliseo, un circo. ¿Con qué se han de divertir las masas, en época sin religión como la nuestra? Inglaterra palpita por entero en el football, y España en las corridas de toros. El arte, ese sport del talento, retrata las clases superiores de una civilización, pero el sport pinta al vulgo. Hay que mirar jugar a los niños.

         He ido al Casino; he vuelto a presenciar la lucha entre Paul Pons y Raoul le Boucher. Había perdido de vista a estos dos ilustres excitantes de la bestia humana. La última vez que me fue dado contemplarlos ocurrió en París. Constato que se conservan muy bien, y que siguen cumpliendo su misión con la solemnidad del sacerdote; más si el espectáculo es idéntico, el público es completamente otro.

         La sala de Folies Bergére estaba llena de mujeres. Las infelices, con los ojos clavados en los grasientos torsos desnudos de los luchadores, se olvidaban de su oficio. Siquiera por una noche hacían su gusto, y no el de sus amos. Respiraban con ansia el aire mortal de aquel recinto atestado de vicio y en sus blancas sienes brillaba el sudorcillo de los grandes goces. Cosa natural y plausible. La compañera del hombre debe ser lasciva, porque debe ser madre.

         No se explica tan bien que un público de honrados comerciantes y mozos chic, se conviertan en hordas de pieles rojas lanzando el grito de guerra ante el legendario poste de la tortura. Comprendo que el hombre sea feroz; de lo contrario no podría defenderse, ni defender su patria. Comprendo que ese instinto salvador desempeñe su papel en tiempo de paz, pues no se suprime un instinto como quien cierra una válvula, pero creo firmemente que no necesitamos ser tan feroces como antes, y sobre todo, que no necesitamos serlo de la misma manera.

         Vista la cuestión así, resulta la lucha romana un atavismo lamentable. Nunca ha necesitado más el hombre de la salud, nunca ha necesitado menos de la fuerza bruta, cuantitativa, de sus músculos; jamás le ha sido tan inútil su peso, esa tara de centenares de kilos que constituye la fortuna de un Antonitch y de su empresario.

         La guerra, ocupación primordial de los pueblos, la guerra, de la que son simulacros todos los sport, no sólo ha dejado de ser una ocupación primordial, sino que ha cambiado radicalmente de carácter.

         Llevamos la guerra más con la inteligencia que con los brazos, y por eso no nos hace falta ser muy feroces y muy fuertes, sino saber más. Los músculos indispensables no son ya esos músculos voluminosos de la resistencia pétrea o del empuje insensato, sino otros músculos, rápidos, ágiles, hábiles, fáciles de aplicar a los mecanismos, hijos inmortales de nuestro pensamiento. El cuerpo se espiritualiza; hasta para matar queremos alas.

         ¿No es aflictivo que las gentes se deleiten con dos enormes moles de carnes, arrastradas pesadamente por el sucio suelo? Ese miserable sport de la lucha romana, desprovisto hasta de riesgo, haría el encanto de un público de paquidermas.

         El músculo colosal y rudo, al perder su utilidad, ha perdido también su belleza, si alguna vez la ha tenido. Se ilusionan los que sostienen que nuestros sports resucitarán la hermosura plástica.

         No recobraremos jamás la belleza corporal al estilo antiguo, producida por las costumbres, no conseguida con recetas. Los griegos eran hermosos, porque iban desnudos. En su ingenuo y sublime antropomorfismo, se adoraban como centro y medida del universo; pero nosotros no pensamos como ellos, ni amamos las mismas cosas, ni vivimos a su manera. Pretender la pureza de líneas en una carne que cubrimos de paño negro, hurtándola a la luz del sol, es algo grotesco.

         Bajo vagos pretextos de higiene, hemos copiado sus sports a los sajones. Ellos satisfacen así su afán eterno del combate, su obsesión de la lucha. De paso queman la grasa de su organismo y canalizan su sangre. Nosotros no tenemos para qué abrumarnos de ejercicios violentos con el objeto de digerir una montaña de beefsteaks que no hemos comido o con la preocupación de evitar una apoplejía que no nos amenaza. Somos latinos, es decir, somos seres de viva imaginación, esbeltos, nerviosos, pálidos. Lo hemos sembrado todo en este planeta: es probable que las ideas madres sigan engendrándose en cerebros latinos. Faltamos sin duda a la dignidad de nuestra estirpe al imitar hábitos de vida íntima que no tienen nada que hacer con nuestro genio ni nada que añadir a nuestra obra futura.

         Debemos ser francos. Debemos decir: "me entrego a todo el sport porque al tocar mi florete el pecho de mi contrario, al domar un potro, al doblar la musculatura de un hombre bajo la mía, siento una exaltación deliciosa, una alegría de vivir tan aguda, que se parece mucho a la ferocidad". Hay que confesar que somos aún animales de presa, que si conservamos colmillos y uñas como los tigres, es seguro que todavía tenemos, debajo del cráneo, algo que también tiene el tigre: instintos salvajes y esenciales, antiguos como la vida y la muerte; instintos sagrados, creadores. Sin ellos no habríamos existido; sin ellos desapareceríamos. Pero esos instintos se transforman, y no hay, más divino ejemplo que el amor. Quien no ha sentido nunca la delicada voluptuosidad, es tan digno de lástima como el eunuco, y debemos aspirar a las formas elevadas y progresivas del instinto de dominación cruel, con la misma energía con que combatiríamos la cobardía y la indecisión, calamidad magna de individuos y de pueblos.

         La lucha romana es el tipo del sport indigno, embrutecedor. Está contra los destinos del hombre, que ha de ser cada día más veloz, más diestro, más ingenioso. La bicicleta, el automóvil, todos los sport en que entre el mecanismo, pertenece a la era luminosa de mañana. Nunca se hace más sublime la alegría de vivir que en esos momentos en que suprimimos el espacio y el tiempo, en que sentimos la naturaleza ceder, dominada, seducida por el espíritu, no por la fuerza. Por eso los ensayos de Santos Dumont y de sus émulos son el tipo del sport ideal, y figurarán en la historia de la humanidad, poetizados tierna y augustamente, como los juegos olímpicos de la antigua Grecia.

 

         (El Tiempo, 14 de Julio de 1904)

 

 

 

LA LEY DE RESIDENCIA

 

         No se insiste bastante en lo único que puede justificar la ley de residencia. El gobierno, por boca de sus diputados, pisaría buen terreno presentando la ley como una defensa necesaria del genio nacional.

         En vez de esto, se hace de la cuestión que se debate en la cámara una cuestión de doctrina económica, y los defensores de la ley se pierden en generalidades inexactas.

         El diputado Lucero, por ejemplo, pinta la lucha entre los que nada tienen y los que tienen todo, suavizada y razonable como una partida de ajedrez. Evolución, no revolución. Los burgueses se enternecen, los anarquistas y socialistas radicales son ya niños juiciosos arrepentidos de sus diabluras pasadas, los teóricos proponen arreglos cada vez más hacederos, más inocentes, y la ley de residencia es un lubricante, que aceitando rozamientos, ha venido a facilitar, dentro de lo justo, la emancipación del proletario. Un paso más, y se diría que la ley de residencia se ha dictado contra los capitalistas.

         Nada de eso ocurre. ¿Por qué no llamar las cosas por su nombre? El pobre odia al rico. Lo odia con toda la amargura de su humillación, con toda la desesperación de su hambre, con todo el veneno de su envidia.

         Odio se le vuelve el amor a los hijos extenuados; odio se le vuelve el cariño a la mujer explotada o seducida, odio la incertidumbre de los años de vejez, y el terror a la enfermedad y a la muerte, y más odio la frívola lástima de una beneficencia insultante. Ese odio es fundamental, y existirá siempre. ¿Cómo no creer que irá aumentando? Cuando había Dioses, algunos de ellos se ponían del lado del pobre, y le prometían una compensación ultra terrena, pero la helada divinidad de los tiempos modernos, la ciencia, no favorece más que al rico. También ella es partidaria del orden y de las instituciones. El capital, armado de sus mecanismos de trabajo, más mortíferos que las máquinas de la guerra, hace del obrero, poco a poco, una triste herramienta anticuada, y el contingente del abismo, como llama Vells a la masa desposeída, se convierte en un inmenso rebaño, cuya misión es producir por un mínimo de salario y consumir por un máximo de precio. Así, análogamente a esos aparatos que separan el oro de sus impurezas, el mundo, en su movimiento vertiginoso, aglomera en dos moles enormes la riqueza del rico, y la pobreza del pobre, polarizando la humanidad, galvanizándola con un odio irreductible.

         Difícil es imaginar, desde la Argentina, el verdadero estado social de España y de Italia, de gran parte de Francia y de muchos distritos de Alemania, de Austria y de Rusia, y la colosal cantidad de publicaciones que no se ocupan de otra cosa. Nadie ignora sin embargo, que esos problemas preocupan a los más nobles pensadores, y en cuanto a su gravedad actual, no es preciso preguntar a los jefes de estado de Europa y de América misma si han disminuido la legión de agentes secretos que protegen su existencia. ¿Qué día no da cuenta la correspondencia telegráfica de una huelga ruinosa, de un conflicto, de un choque? Constantemente reluce en algún rincón de la tierra el síntoma fugaz del infierno interior. Como a lo largo de una costa abrupta donde bate el mar, seguimos con la vista, en la hoja cotidiana, la espuma de la batalla eterna.

         Debemos pues creer que el pobre continuará atacando con todas las fuerzas de su odio, y el rico defendiéndose con todas las fuerzas, muy superiores, de su poder político y de su organización como clase. El diputado Palacios es de felicitar por haber llevado al Parlamento el eco sincero de la verdad. Siempre es bueno decir la verdad, por inútil y de mala educación que parezca decirla. Autorizado está el doctor Palacios para ello, ya que un episodio electoral le constituye en el más legítimo de los emisarios.

         Pero, aun suponiendo el extraordinario fenómeno de que el diputado Palacios no se deje deformar por el nuevo ambiente que le acaricia, y persista en decirnos la verdad, esa verdad no es importante. Lo será algún día, cuando llegue para la República, como para tos demás pueblos, el instante en que el contingente del abismo se apodere de la civilización, o se resigne a ser una especie domesticada.

         Hoy por hoy, el problema social no apremia a un país de grandes reservas nutritivas, de una extensión inacabable donde las agitaciones se esfuman y se pierden ensanchándose, sin encontrar focos de industria que las concentren y las enloquezcan. Aquí la pulpa trabajadora, empleada en un comercio que hace posible la fortuna o la esperanza de la fortuna, y en faenas agrícolas aisladoras y sedantes, no está crispada de angustia y de cólera. El obrero latino, apenas alimentado en su patria, da a su acción social el halo trágico de la furiosa resistencia a la muerte; pero desembarca en la Argentina y come carne.

         El diputado Mujica ha tocado el nervio de la cuestión, aludiendo a la amenaza del extranjero, no como agitador, sino como extranjero. Me asombra que un punto tan absolutamente trascendental para un pueblo como es la defensa de su genio nacional, no se estudie de veras y no absorba la atención de los que ejercen el poder con otro objeto que satisfacer su vanidad, su codicia, o simplemente su vicio de dominar.

         En cierto sentido es más urgente la defensa del genio nacional que la defensa del territorio. Se concibe un pueblo sin suelo que pisar, un pueblo cautivo o errante. No se concibe un pueblo sin espíritu, sin fisonomía. El deber primero de los argentinos no es ser ricos, ni siquiera fuertes, sino ser argentinos.

         La inmigración es algo secundario. Es cierto que la República, pobre de músculos, necesita traer del exterior alimentos plásticos. ¿Pero está dotada de la inervación indispensable para nutrirse, para descomponer esa materia extraña y vivaz que puede sobrevivir como un elemento parásito, y formar las islas étnicas de que habla el diputado Mujica?

         La República Argentina no ha nacido, como la norteamericana, de un núcleo prodigiosamente vital y puro, sobre el que se han depositado después las capas afines de una inmigración hermana aumentando la masa del país sin desnaturalizarlo. Desgraciadamente han caído sobre el Plata, apenas terminada la sangrienta gestación del estado, precipitados de toda procedencia, y precisamente en mayor cantidad los más propicios a desviar y desleír el genio originario: italianos y españoles. Nada me parecería tan justificado como la ley de residencia, o leyes más violentas aún, en defensa de la personalidad nacional, aún demasiado tierna para imponer rápidamente su energía de asimilación. Ante nada se debería retroceder si se evidenciara el peligro, remoto o no, de que extensos distritos argentinos se convirtiesen en colonias italianas. Y como este ejemplo se podrían citar muchos otros.

         Se hace palpable que enfrente de estos elevados motivos de obras se desvanecen las objeciones de un altruismo suicida y los temores de los que ven las cosas de su patria con ojos europeos - ¿qué dirán en Europa de nosotros?- Se oye a cada paso. He aquí un débil y miserable estado de conciencia. ¡Desgraciados los que buscan su orientación en la opinión ajena, y no son capaces de sacarla de sí mismos! No les falta mucho para dejar de ser sobre la tierra.

         He hablado ya de los Estados Unidos. Pocas naciones habrán que posean un genio nacional más peculiar y poderoso, a pesar de no haber creado todavía una literatura. Por lo mismo se apreciarán en su valor significativo las líneas siguientes, que traduzco de un importante artículo de Roosevelt:

         "La gran marea de la inmigración nos ha traído mucho bien y mucho mal, y el triunfo del bien o del mal depende de cómo se arrojen los recién llegados, en cuerpo y en alma, a nuestra vida nacional, cesando de ser europeos para convertirse en americanos, como nosotros. Más de una tercera parte de la población de los Estados del Norte es de nacimiento extranjero, o de descendencia extranjera. Un gran número de estos habitantes se han americanizado completamente, y se encuentran al mismo nivel que los descendientes de un puritano o de un Knickerbocker cualquiera; toman participación honorable en el trabajo nacional. Cuando por lo contrario los inmigrantes o hijos de inmigrantes, no confunden su vida con la nuestra, sino que se esfuerzan por conservar la lengua, las costumbres, los hábitos de vida y de pensamiento del Viejo Mundo abandonado, se hacen daño y nos lo hacen a nosotros. Si quedan como extranjeros, no son asimilados, conservan sus intereses separados de los nuestros, obstruyen la corriente de nuestra vida nacional y, además, no sacan ningún provecho propio. A pesar del daño que nos causa su error, ellos son los que más sufren. Para el inmigrarte europeo es una inmensa ventaja llegar a ser ciudadano de la república americana. Llevar el nombre de americano es llevar el más honroso de los títulos; el que no esté convencido de ello no tiene ningún derecho a llevarlo, y si viene de Europa no le queda más que volverse cuanto antes. Además, el inmigrante que se niega a americanizarse, no puede seguir siendo europeo, ni continuar como miembro de la sociedad del Viejo Mundo. Si intenta conservar su idioma, éste se convierte en una jerga bárbara al cabo de unas cuantas generaciones; si quiere seguir fiel a sus viejas costumbres y hábitos de vida, se hace un zafio grosero. Se ha desterrado del Viejo Mundo y no puede conservar relaciones con él; si desea llegar a algo, debe lanzarse en cuerpo y alma, sin reserva, en la nueva vida que ha venido a buscar. Es urgente contener y regularizar nuestra inmigración por medio de leyes más severas que las que existen actualmente, a fin de alejar los trabajadores que tienden a hacer bajar el precio del trabajo, las razas que no se asimilan fácilmente a la nuestra, los individuos indignos de todas las razas, -no solamente los criminales, los idiotas y los indigentes, sino también los anarquistas del tipo Moxt y O'Donovan Ross (...)".

         Este es el lenguaje duro y cruel como la vida misma, de un pueblo fuerte y personal. Ahora bien ¿es necesaria la ley de residencia? ¿Es todavía insuficiente? He aquí lo que es imposible decidir, cuando está aún casi sin tocar el problema capital del genio argentino. Lo cierto es que la ley de residencia no se hizo en virtud de estas altas consideraciones. Se hizo bajo una sensación intolerable de miedo. No fue una medida pensada, sino un gesto de espanto. Nada tan excusable. La República es un inmenso palacio vacío, del que se narran mil leyendas sangrientas, y en donde las voces más inofensivas retumban como cañonazos.

 

         (El Tiempo, 26 de Julio de 1904)

 

 

RUSIA

 

         ¡Oh el pueblo, el plácido niño grande, el buen pueblo!

         Una tarde de sol, de toros y de bailoteo público, bajaba por la calle más transitada de Madrid una pobre vieja, pañolito a la cabeza y humilde falda de percal colgada a la cintura. Era día de viento, y se le voló el pañuelo de repente, dejando desnudo el cráneo calvo, pelado y mondo que pudiera desear para sí un profesor de lenguas muertas. Risas. Una tropa de chiquillos, pronto reforzada por personas respetables, siguió a la víctima ruidosamente, asaetándola a burlas, abofeteándola a carcajadas afrentosas como salivazos. La desgraciada quiso huir, pero la jauría la acometió de cerca. Alguien gritó: - ¡es un hombre! ¡un hombre disfrazado!-. Entonces una alegría feroz pintó de sangre los rostros crispados. -¡Un p...! ¡Es un p...!- Había colmillos y garras en aquellos aullidos. Se cazó a la vieja según se cazan las ratas. Se la acosó, se la golpeó, se la volcó sobre las piedras, y allí saciaron los niños grandes su curiosidad horrible. En las caras ávidas que se abrían al guiñapo humano, no había quedado sino la faz del gorila, el rictus del salvaje mono gesticulador que vagaba todavía ayer por las selvas vírgenes.

         El pueblo en acción, la multitud, al fundir las semejanzas, anula las diferencias, sumando lo que hay de común a la inmensa mayoría de los que, si los sagrados libros dicen verdad, fueron criados a imagen y copia divina. Por eso la multitud, expresión de los instintos primordiales y generales, es estupidez, cobardía y crueldad; por eso es tan parecida en todas partes. Es la que clamaba a un juez oportunista de la antigüedad: -Suelta a Barrabás: danos a Jesús-. Es la que en nombre del propio Redentor bailaba religiosamente, al estilo de David, ante las llamas de los autos de fe. Es la claque de los patíbulos; la misma que inmoló a los médicos que llevaron por primera vez la vacuna a las aldeas inglesas, la que apedrea los trenes y guillotina a Lavoisier declarando que la República no tiene necesidad de químicos, la que espantaba los eclipses y ahora los aplaude. Es la idiota, la eterna bestial incendiadora de bibliotecas, rajadora de cuadros y mutiladora de estatuas, la saqueadora y violadora de lo que odia por no entenderlo. ¡Es la que en estos momentos desangra tabernas y vientres, degüella judíos y desgarra lúbricamente a las niñas de las escuelas rusas!

         Gorki, a quien no preocupa halagar las orejas del asno ensillado por los diputados sin votos, nos muestra con la linterna de su talento el fondo de las almas oscuras y tantos años silenciosas. El violento Maupassant eslavo nos hace imaginar lo que será la multitud furiosa en el frío y la aridez de la enorme Rusia aplastada. ¡La Revolución francesa conserva su aureola en los peores instantes; es una hoguera luminosa! La Revolución rusa es una hoguera sombría. El estruendo del 93 parece a lo lejos una marcha triunfal; el genio francés es armonioso hasta en sus espasmos. De la Rusia convulsionada no se oyen sino rugidos terribles y vulgares. A la absoluta barbarie de abajo contesta la degradación de arriba. No esperemos que los nobles de Petersburgo y Moscú mueran con la trágica elegancia del siglo XVIII, sonriendo desdeñosamente a sus verdugos. El jefe actual del Imperio y de la Iglesia, con su vapor siempre listo y sus anuncios continuos de suicidarse como una muchacha sentimental, resulta un personaje ridículo y lamentable, y nos sugiere bien triste opinión de la corte.

         El espectáculo indigna a un espíritu refinado, mas lo esencial no es indignarse sino comprender. No debe extrañarnos que la idea -fenómeno individual- esté ausente del sacudimiento colectivo, donde no quedan más que gestos y emociones. La idea es el gatillo, inútil en el arma descargada; en la mina dispuesta cualquier accidente provoca la explosión. Probablemente la causa inmediata de la revolución rusa reside en algún factor económico de los que la verdadera erudición histórica descubre bajo todas las transformaciones políticas. También habrán contribuido las derrotas de Extremo Oriente, y el abandono en que Dios, que cada día se ocupa menos de la tierra, ha dejado al ejército del zar. La información provisoria y embrollada del telégrafo no permite aún estudiar con fruto el problema.

         Lo cierto es que el pueblo, el colosal depósito de energía, la reserva inagotable de las generaciones futuras, el pueblo que cuando habla brama en olas y cuando mueve estalla en volcanes porque es mar de vida y montaña de carne en quien modelar nuevos seres, el pueblo se ha puesto de pie sobre la estepa. No busquemos crímenes ni virtudes donde sólo hay mecánica. Lo importante será saber que las aguas fecundas han crecido hasta romper sus diques, y que el ancho torrente dispensador de gérmenes se precipita a la circulación universal.

 

         (Los Sucesos, 18 de Noviembre de 1905)

 

 

EL ASESINO

 

         La noche estaba transparente, llena de majestad. Marché por el sendero pálido que sinuoso como un capricho se hundía bajo los árboles negros. Las hojas mudas encubrían misterios inmóviles que abrían los ojos. A mis pasos la arena crujía suavemente, y el leve frotar de mis ropas susurraba a mi oído el galopar lejano de un escuadrón en furia, o el vuelo pegajoso y repugnante de los murciélagos. De repente me detuve. A poca distancia de mí había un hombre arrodillado, y tendida en el suelo una mujer. Me acerqué a ella tembloroso, y vi las rosas blancas que adornaban su seno cuajadas de sangre.

         Miré al hombre, que me contestó que sí con la cabeza. Pero levantó las anchas órbitas a cuyo fondo no llegaba la luna, y me dijo:

         - No haga usted alguna cosa irremediable, Usted no ha visto nada, no sabe nada. Usted no debe mezclarse en lo que no le atañe.

         - Me atañe. Es una mujer.

         - No es la suya;

         - Que encuentro muerta.

         - Me ha tocado a mí encontrármela viva.

         - ¿Asesinada por usted?

         - Sí.

         Se puso de pie, y añadió:

         - Usted cree que su misión de ciudadano es denunciarme. No debe intentar denunciarme, porque me obligará usted a...

         Hizo un gesto rápido. Después bajó el brazo con pausa.

         - Parece usted inteligente y sereno. Escúcheme. Mi acción no importa a la sociedad. No la amenazo. ¿Acaso tengo carne y huesos de bandido o de loco?

         Me enseñó sus manos nobles, su frente que clareaba como un astro.

         - A nadie he matado más que a ella. A nadie mataré ciertamente. No se repiten fatalidades tales en una existencia ni en un siglo. Lo hecho está hecho y acabado para siempre, y delante de mí espera la vida. Y mi vida será libre por fin, útil y bella. Usted sí que cometería un verdadero asesinato.

         Se volvió a la mujer caída en tierra cual una flor tronchada. La brisa respiró moviendo los mil ruidos secretos del bosque, y lo desconocido escuchaba en la sombra.

         - ¡Qué hermosa era! Ni usted ni yo contemplaremos jamás aquellas pupilas donde he visto nacer y morir mis ilusiones, aquella boca donde he bebido el amor y la mentira hasta saciarme, aquel cuerpecito malvado que encerraba mi alma. Ahora todo eso se pudrirá. Se ha empezado a pudrir. Hace dos horas que presencio esta divina podredumbre. Se concluyó. He desencadenado los pequeños demonios. Ahora la enterraré, y los pequeños demonios seguirán pudriéndola, disolviéndola átomo por átomo. ¿Y quién podrá encontrar los átomos mañana, quién los reconocerá esparcidos por el mundo inmenso? Podredumbre y disolución maravillosas. Lo último que resistirá será el pelo, su enorme pelo rubio que cuando la herí se le desplomó sobre la cara. Pero se pudrirá también. Y yo que lo quise, viviré. Merezco vivir y olvidar, porque he tenido el valor de libertarme, de estrangular al verdugo. Viviré.

         Su alta figura se irguió en la penumbra. La muerte a sus pies yacía indecisa. Entonces me alejé lentamente por el sendero pálido, sinuoso como un capricho...

 

         (Cri-Kri, N° 45, 25 de Noviembre de 1905).

 

 

OPTICA

 

         Se usa en el lenguaje culto o esencialmente retórico aquello de que el ser mira los hombres o las cosas, los acontecimientos o lo por acontecer, con los ojos del alma, ojos del corazón, ojos del sentimiento, cuando a mi entender no hay sino los ojos de... la cara.

         Está probado, sancionado y promulgado por las resoluciones de los hombres que el espíritu o llama sutil que nos da vida y que se cree soberano de nuestras acciones, es lo más caprichoso que darse puede. 

         De él dimanan por supuesto el foco de luz que presta a la estatua de la ilusión la fascinadora hermosura que cumple al deseo.

         Con él nos parece bello lo que a otros monstruoso y él nos hace aborrecer lo que otros aman; de donde viene a resultar que el espíritu o llama que vivifica es dueño absoluto del sentimiento, dándonos él o ella la luz que refracta en los ojos con que ha mirado los hombres o las cosas, los acontecimientos o lo por acontecer.

         ¿Podrían Uds. explicarse la siguiente antítesis? Contemplamos una mujer que nos parece modelo de todas las perfecciones humanas y aun divinas; esto es física y moralmente. Creemos que no hay nada más perfecto en la tierra, y, sin embargo, si preguntamos el parecer de nuestro vecino nos dirá que la belleza física de esa joven es vulgar y que sus cualidades morales son imperfectas y que no reúne nada que pueda llamar la atención a los ojos de la Estética, física y moralmente hablando.

         Es que nosotros la vemos con los ojos de la pasión y el vecino con los ojos de la fría indiferencia.

         Esa otra mujer ama a un hombre; no hay para ella felicidad en la tierra que pueda compararse a la felicidad de llamarse suya; en él encuentra la realidad de sus ensueños y, sin embargo, para vosotras que miráis a ese hombre con los ojos de la realidad, ese hombre es feo de alma y cuerpo, encontrando en él todos los vicios y todas las miserias humanas y, es que ella lo mira con los ojos del amor... aunque pintan a Amor ciego.

         Hay seres que no perdonan un agravio, porque la óptica del rencor lo agranda hasta lo infinito.

         El perdonar dicen que es atributo de las almas nobles: se forma y no perece, porque las almas nobles le prestan sus divinos cristales, para amenguar la ofensa, para hacerla desaparecer, comparando el rencor y el olvido, entre lo bello y lo deforme.

         Unos miran su felicidad en las riquezas materiales, otros en ese lecho de Procusto que se llama política; otros, y son los menos, en la posesión de una mujer honesta; otros en la gloria y todos, ¡pobres Ilusos!, en las bellas ilusiones.

         ¿Por qué creéis que eso se concluye alguna vez? Sólo con la existencia. La desgraciada humanidad no vive de otra cosa. ¿De qué otra cosa que de ilusiones de óptica se produce la ambición, el odio, el orgullo, la soberbia, el amor, el desengaño?

         ¡Oh le pouvoir de les yeux!

 

         (Cri-Kri, N° 48, Diciembre de 1905).

 

 

 

LA MUERTE

 

         ¿Quién no se ha asomado al negro problema? ¿Quién no se ha sentido fulminado, entre la soledad y el silencio de la noche, por la tremenda certidumbre de morir?

         Es una sensación de espanto físico: el trou noir de Maupassant, la angustia sudada en cada página de Edgar Poe y cada línea de la tolstoiana muerte de Ivan Ilitch: es una amplificación enorme de lo que se experimenta en las antesalas de los dentistas.

         La muerte de los demás nos parece razonable. La nuestra nos parece absurda y cruel, un complot especialmente urdido contra nosotros por la naturaleza.

         Detrás del miedo gime la melancolía. Pensemos en las primaveras que jamás respiraremos, hermanas de las que gozamos ahora que se perdieron bajo tierra nuestros padres. Pensemos en los adolescentes que se pasearán enlazados, heridos de amor al declinar un bello día, allá cuando no quede recuerdo de nuestros pasos por el mundo, pobres huellas borradas por miles de huellas. Más que la muerte nos abruma el implacable desplome de la vida.

         Ni el terror ni el abatimiento son emociones dignas. Los infelices que apartan la vista del agujero sin fondo merecen morir según ellos se figuran. Hay que combatir. Sin dioses, milagros, hospedaje estipulado de ultratumba, ni nada que esperar de fuera, hemos de ser fuertes, puesto que estamos solos. Con la ciencia por arma única, hemos de mirar la muerte cara a cara y medirnos con ella.

        

         No pasamos ya por el Universo como insectos sobre los caracteres de un libro. Nuestra ignorancia no es absoluta. Sobre todo, no padecemos los errores de otro tiempo. No pretendemos luchar contra la muerte al estilo de los egipcios, petrificando cadáveres y almacenando momias. Los cándidos archiveros del sepulcro creían que la vida consiste en la persistencia de la sustancia y que les urgía protocolizar los clichés de los futuros resucitados.

         Sabemos hoy que la muerte destruye la materia orgánica y que la vida la destruye igualmente. Cada molécula de nuestro ser se renueva muchas veces antes de la descomposición final. Morir es transformarse, y vivir también. La muerte no existe. No queda más que la vida. Pero si la vida es una transformación armoniosa que conserva entre los innumerables elementos corpóreos la unidad interior -lecho del río bajo las aguas siempre fugitivas-, la muerte es una transformación desordenada, un Waterloo donde se dispersan y reagrupan los infinitesimales soldados del ejército-organismo. No muere nuestra carne, sino el plan director de la campaña fracasada.

         ¿Ese plan director sucumbe verdaderamente o se oculta tan sólo? Los materialistas dirán que sucumbe por culpa del cuerpo gastado e impotente, dirán que la melodía expira en el violín cascado; Metchnikoff atacará la vejez lo mismo que otra enfermedad cualquiera, y buscará evitar la muerte y mantener la melodía afinando el violín. Los espiritualistas dirán que el plan director, el alma, remolino aéreo visible un instante al agitar el polvo humano, perdura invisible a través del ambiente puro de la muerte; dirán que la melodía, rota la cuerda sonora, marcha, sin embargo, a lejanas distancias en ondas indestructibles; dirán que morir es escandirse. Y la ciencia desata el vuelo de la imaginación soñadora. Las ideas modernas del éter y de la cuarta dimensión, la extraña estructura de las fuerzas nerviosas, el desconcertante hallazgo del radium, las exégesis orientales, las tendencias a lo metafísico y a lo místico de muchos sabios auténticos, todo produce una reacción poderosa contra el pueril determinismo del año 60 y hace adivinar descubrimientos próximos a una trascendencia incalculable.

 

         Más, supongamos evidenciado matemáticamente en nuestra razón y palpado en nuestros laboratorios que nos aguarda la muerte completa, la nada irremediable, el infinito negro donde nuestra voz no alcanza. Supongamos necesaria la muerte definitiva de los individuos y hasta de las especies. Entonces se nos habrá revelado una de las más profundas intenciones del destino. La muerte nos ligará íntimamente a la verdad de las cosas y por ella tocaremos las entrañas de la realidad.

         Comprenderemos que no somos sino el vehículo de las formas, y que la inmortalidad pesa todavía demasiado a nuestros hombros flacos. Aceptaremos prolongar nuestra raza y nuestro pensamiento sacrificando nuestra individualidad inútil. Aceptaremos la muerte, no despiadada al separarnos pronto de los buenos, sí piadosa al barrer a los débiles, a los abortados y a los viciosos.

         Amaremos la muerte, gran amiga de los héroes y de los mártires, fondo tenebroso sobre quien se destaca estremecido el cuadro centelleante de la vida. Sentiremos que debemos morir, porque aún no somos perfectos y porque es indispensable nuestra sangre a nuevos ensayos. Sentiremos que somos nobles tentativas en manos de la naturaleza, la cual en su afán sublime de conseguirla más hermosa, funde y vuelve a fundir infatigablemente el bronce de la estatua.

 

         (El Cívico, 19 de Diciembre de 1905).

 

 

 

EL CANCER POLITICO

 

         Si yo tuviera influencia sobre los estudiantes -¿pero qué influencia sobre nadie podrá nunca tener el que no miente?- les diría:

         "Estáis sanos aún. Conservaos sanos. No hagáis política. Pensad que es muy difícil hacer política sin deshacer la patria -sin deshacer la humanidad, que es la patria verdadera de los hombres. Pensad que es muy fácil hacer humanidad trabajando sencillamente en vuestro oficio. ¿Sois médicos? Aprended a curar. ¿Sois ingenieros? Aprended a construir. ¿Sois profesores? Aprended a enseñar. ¿Sois poetas? Aprended la vida. Pero no aprendáis a gobernar; tened lástima al mundo. No os inquietéis por vuestro país: el ambiente no permite ya sobre la tierra los Napoleones ni los Francisco Solano, y el mal que ocasionaréis en resignaros a no moralizar la política es insignificante al lado del enorme bien que haréis trabajando sencillamente en vuestro oficio. Trabajad, producid. Sois células normales. Conservaos normales, rechazad las adherencias con el cáncer; rechazadlas, y proliferaréis, porque la realidad es buena. Formaréis vastos tejidos de salud, y el cáncer irá secando sus raíces. Si os molestan, protestad, pero desde casa. Si no os dejan trabajar, id a trabajar a otra parte. El que trabaja no es extranjero en ningún sitio, y además, como decía Ganivet, una nación suele ser más grande por los hijos que se van que por los que se quedan. No desesperéis. La política paraguaya es el colmo de la virtud, si se la compara con la de los Estados Unidos, donde salen los ciudadanos de presidio y ocupan el sitial de juez. Y sin embargo Norte América es Norte América... ¿por qué? Porque la inmensa mayoría de los norteamericanos ha vuelto su robusta espalda a la política, y han trabajado sencillamente en su oficio. Han cortado las adherencias con el cáncer, y el cáncer se ha convertido en quiste... ¡Oh! el más inofensivo de los quistes, un tumorcillo que rueda bajo la piel, lejos del corazón, lejos del cerebro..."

         Si yo tuviera influencia sobre los estudiantes.

 

         (El Nacional, 25 de Abril de 1910)

 

 

        

 

LA TUBERCULOSIS EN EL PARAGUAY

 

         La tuberculosis aumenta de un modo alarmante. No pasa día sin que el departamento de higiene certifique una defunción o dos por tuberculosis pulmonar. Vemos las familias diezmadas por la pálida segadora y estamos bajo la impresión de atroces desgracias recientes. Los viejos aseguran que en otro tiempo era muy rara la tisis en el país.

         La extensión actual de la vacilosis se debe a dos circunstancias. Si no se quiere admitir que la raza ha degenerado, por lo menos es forzoso reconocer que está muy mal preparada para defenderse de la infección. El abandono terrible de los niños hace hombres débiles, la alimentación monótona empobrece su organismo, la falta de higiene los desarma y el alcohol los entrega. Por otra parte, el tráfico con la Argentina ha importado una masa de gérmenes que no encuentran obstáculo en su desarrollo funesto. San Bernardino, donde hay cantidad de tuberculosos indígenas y que como se sabe constituye por su clima benigno el refugio de los enfermos extranjeros, a semejanza de Niza en la Costa Azul, es una prueba de lo que aseguro.

         Los hoteles de Asunción han emponzoñado la ciudad en los últimos 20 años. ¿Qué hacer? ¿Prohibir a ejemplo de los EE.UU. el desembarco ele tuberculosos comprobados en el Paraguay? Sería muy ruin por cierto. Ya que gozamos de un bello clima, ofrezcámoslo generosamente a los que necesitan de él para recobrar su salud. Si el clima paraguayo fuera favorable a los cancerosos y a los leprosos, creo que deberíamos abrirles las puertas de par en par. Toda solución contraria al altruismo es un error. Pero el propio altruismo nos dice que no se puede tratar a un tuberculoso como a un normal. Por él y por su prójimo es preciso tomar las lamentables precauciones que indica la ciencia. Abunda una particular psicología de los enfermos contagiosos y de sus parientes: ocultar la dolencia como si fuera un delito hasta que la farsa se hace imposible. Así se retarda o se aborta la curación y se propaga el mal. Hay tísicos curados que guardan el secreto toda su vida. Es indispensable que disminuya el número de esas pobres gentes, peligro nacional. Si no se enseñan esas cosas a los chicos en la escuela ¿qué diablos les enseñan?.

         Sea eternamente nuestro guía la verdad. La verdad es que por lo menos en un largo período de la tuberculosis (no me refiero a la aguda, a la galopante, a la granulia, formas de una virulencia media fatal), no es difícil obtener la antisepsia exterior del sujeto. El bacilo está en el esputo y solamente en el (1). Se trata de una bacteria resistente hasta lo sumo pero que no aguanta una temperatura de 35 grados ni un contacto leve con un antiséptico como el formol. ¿Tan magna empresa es destruir el microbio a su salida? Observar limpieza continua en boca y manos. Tener vajilla aparte y lavada por inmersión en agua hirviendo, vivir en piezas separadas y desinfectada de cuando en cuando, pasar la ropa sucia por una caliente lejía previa. Y cuántas existencias se salvarían así empezando por el enfermo que suele reinfectarse a sí mismo.

         He aquí lo que los médicos deben exigir. Verificación de los tuberculosos que entran en el Paraguay, comprobación de que se cumple la higiene en sus alojamientos, como por supuesto en las casas de los tuberculosos paraguayos. Los hoteles podrían disponer habitaciones especiales bajo inspección facultativa, ensayos de sanatorios. Por lo demás, un sanatorio en San Bernardino sería un gran bien y un negocio excelente.

         Falta un capítulo de importancia suprema: la leche. Todo el mundo toma leche cruda y apuesto mi cabeza a que el ganado vacuno paraguayo, a pesar de ser criollo, está tuberculoso ya. El diagnóstico por la tuberculina es facilísimo. ¿Hay tuberculina en el departamento de higiene? ¡A que no!

         Sobre todo, difundamos la cultura, el amor a la verdad, sin el cual el amor a nuestros semejantes es una mentira. Desnudémonos y examinemos vuestras lacras o nos pudriremos en pie. El Paraguay va a ser devorado por la tuberculosis si no se acude rápidamente. Quisiera añadir algunas líneas sobre el tratamiento más apropiado a nuestras condiciones económicas, pero no me queda lugar hoy.

         Se me dispensará que insista en un asunto que conozco por padecer la tuberculosis desde hace años.

 

(El Nacional - Asunción 29 de Abril de 1910)

 

(1) Aludo siempre a la tuberculosis pulmonar.

 

         Marginalia

 

 

AL DOCTOR BAEZ

 

         En un artículo excesivamente benévolo, el doctor Báez me atribuye opiniones que no son las mías. Creo que he tenido yo la culpa de este malentendido: no me he explicado acaso bien, en una breve Marginalia sobre las relaciones entre la poesía y la historia, asunto capaz de justificar un libro. El doctor Báez me hace decir que el alma de los pueblos no está en la historia, sino en la poesía: "Está en la poesía y en la historia", rectifica el doctor Báez. Y yo repito: está en la poesía de la historia.

         Claro que no confundo poeta con versificador. Hay muy poca poesía en la Pucelle de Voltaire, y está en verso; hay mucha poesía en un capítulo de Michelet o de Carlyle, prosa histórica. Poeta, para mí, equivale a creador de vida. El poeta pide al mundo la materia, para dar la forma viviente. Pintor, pide líneas y colores, músico, pide sonidos, escritor, pide vocablos, escultor, pide mármol y bronce. Materia, cualquier materia, luz, aire, roca; el espíritu hará lo demás, y si no tuviera en torno suyo sino sombra, en sombra esculpiría sus ensueños.

         No puedo considerar historia una obra que habla del pasado, sin producirme una sensación de vida. Todos los historiadores célebres fueron grandes creadores o resucitadores de vida, grandes artistas, grandes poetas en el amplio sentido de la palabra. La materia del historiador, la documentación, le es indispensable, ¡sin duda!, como la piedra es indispensable al estatuario, y cuando más dura, más resistente, más real sea la piedra, más noble será la estatua. Busque el historiador su hostil realidad en los archivos, y escúlpala, como los poetas esculpen la realidad que almacenan en los ávidos archivos de la memoria. El doctor Báez me dice que se encuentra poesía en las narraciones de Domínguez y de Godoi; bien lo sé, y bien sé que en estos instantes Godoi y Domínguez fueron historiadores, fueron poetas, a no ser que dejemos de llamar poetas a los que hacen poesía, cosa que me sorprendería mucho.

         El equívoco está en haber supuesto el doctor Báez que cuanto a dicho de los recopiladores lo decía de los historiadores. Me niego a denominar histórica la labor de un Muñoz que compila 150 volúmenes de copias de documentos. El verdadero historiador interviene más tarde, insufla su alma en ese caos, como Dios hizo en el suyo, y levanta el poema. Dios historió el futuro, ¡el entero futuro!, nosotros el pasado; dos operaciones que nos aparecen distintas merced a una ilusión, porque nada de lo que ha pasado vuelve a pasar... Lázaro, al incorporarse en su tumba, es un recién nacido.

         Si el doctor Báez se toma la molestia de leer un artículo que acabo de enviar a "La Razón" de Montevideo, y titulado "De historia", en el cual me explico extensamente, acaso acepte mi punto de vista, que no ha de estar muy distante al suyo.

         Me apena la sospecha del doctor Báez: que me burlo de los trabajos históricos emprendidos por la intelectualidad paraguaya. Jamás me siento inclinado a menospreciar los esfuerzos de nadie. En varias ocasiones me he referido al doctor Domínguez, al doctor Báez, al señor Godoi, en términos que traducían exactamente mi estimación por sus prendas literarias (véanse mis artículos "Domínguez" en "Los Sucesos", "El libro del Dr. Báez" en la "Revista del Instituto Paraguayo", etc.). En nuestro ambiente reducido no podemos por desgracia echar a volar las ideas sin tropezar con las personas y herirlas. Escriba usted sobre el postulado de Euclides o sobre la vacuna, y le dirán que hace política; trabaje usted con el ánimo puesto en lo infinito y en lo eterno, y cuando concluya se verá clasificado entre los colorados o radicales. Antes que atenuar la expresión de mis ideas, me he resignado a hacerme enemigos y no aludo por cierto al doctor Báez, que tan generosamente me trata. Si no parezco amable, es por mi exagerado horror a la mentira. Si parezco rudo, sea mi excusa que también lo soy conmigo mismo. Tengo presentes siempre, como los navegantes tienen sobre su cabeza las estrellas, los nombres supremos para quienes todo culto es bajo. He llorado demasiadas veces de admiración al contemplar el genio, y de rabia al contemplarme a mí propio, para servir a la redonda el jarabe de las congratulaciones.

 

         (El Nacional,  2 de Mayo de 1910)

 

         Marginalia

 

 

 

EL ETERNO RESABIO

 

         Pues señor, dos trabajadores de cierta empresa juzgaron conveniente dejar el trabajo, y lo hicieron así.

         El comisario de policía les dijo: Si dejan ustedes el "servicio" - porque aquí los trabajadores son sirvientes-, si dejan el servicio les encuartelo. Encuartelar, efectivamente, es un modo de reventar al prójimo. "Servir", siempre servir -servir a la patria equivale a recibir cuarenta palos.

         Y los trabajadores no quisieron reanudar el servicio y el gerente fue a ver al jefe de policía y le pidió que metiera a los trabajadores en la cárcel, y el jefe obedeció al gerente, restableciendo la esclavitud en el Paraguay.

         El jefe no podía obrar de otra manera puesto que el gerente estaba bien vestido y los trabajadores van descalzos.

         El gerente se aprovechó de las circunstancias. ¡Si se hubiera quedado en su país, jamás se habría atrevido a dirigirse a las autoridades con la pretensión de restablecer la esclavitud!... pero habitaba en South América.

 

         (El Nacional, 6 de Mayo de 1910).

 

         Marginalia

 

 

 

GONDRA

 

         Ya que la barbarie de los tiempos impone un presidente a los que no lo necesitamos, yo preferiría a Manuel Gondra. La idea de que no se meterá en nada me llena de sosiego.

         Siempre recordaré los meses de tranquilidad que gozó el departamento de Yabebyry cuando llevaron por fin a la cárcel al jefe político y nos quedarnos sin autoridades.

         Siento hacia Gondra una verdadera simpatía. Es, aunque a medias, un compañero. Es un intelectual puro. Por su desgracia, todo lo comprende sin esfuerzo, y lee, lee, lee con la continuidad de lo irremediable. No puede escribir; sólo puede leer. Sólo puede comprender; no puede producir. Su hermosa inteligencia, intacta en su mitad receptiva, ha muerto en su mitad creadora.

         Hace años, recién venido yo al Paraguay, el espíritu de Gondra estaba ya paralítico. Paseábamos de noche por las calles de la Asunción y hablábamos de arte, de ciencia, de literatura. Maravillado yo de su talento, le instaba a escribir. El, con su dulce voz resignada, me explicaba que no se resolvía jamás, por miedo a no engendrar algo perfecto. Y yo protestaba contra tan estéril y culpable preocupación, y él, mirando azorado en torno suyo, me decía:

         - Hable usted bajito...

         Es fama que no contestó a ninguna de las notas que le enviaba su gobierno a Río de Janeiro. Esta conducta magnífica se deberá a que la pluma es más pesada para Gondra que la palanca de Arquímedes.

         Ved otro caso. El año pasado mandé a Manuel Gondra mi desistimiento de la reclamación diplomática que tenía entablada. Pues no encontró energía suficiente para acusarme recibo, y si no fuera por mi correspondencia con el ministro inglés en Buenos Aires, aún se me echaría en cara, y con razón, que ando buscando en el Paraguay propinas a mi comportamiento.

         Temo que haya que renunciar a un gobierno que no gobierne, y a un presidente que no presida, ideal de este país destruido por la actividad de sus funcionarios. Gondra no se decidirá nunca a ser presidente ni a dejar de serlo, ni a pronunciar el "sí" ante los altares, ni creó que a morirse. Vivirá interminablemente bajo nuestra admiración hacia lo que habría llegado a hacer si le hubiesen dado cuerda.

         Su enfermedad no es fingida. Nadie sufre de ella tanto como él. Gondra merece nuestra cariñosa piedad. Pero lo malo es que le ha salido un enjambre de discípulos que han hallado muy cómodo eso de encaramarse a todas partes sin más sistema que el de guardar un silencio de asnos meditabundos. Y esta gente no está enferma -¡vive Dios!-; tiene un apetito que aplasta.

 

         (El Nacional, 7 de Julio de 1910)

 

         Marginalia

 

 

SOR CANDIDA

 

         Os supongo al corriente de las aventuras de Sor Cándida. Inteligente, enérgica, relacionada con los millonarios católicos de París, los niños tuberculosos la sirvieron de reclamo para abordar por su cuenta toda clase de especulaciones sospechosas. Fundó sanatorios, dispensarios, balnearios, hoteles. Organizó loterías, compró y vendió inmuebles, hipotecó edificios cuya construcción no había pagado aún, se hizo corredora de alhajas que empeñaba en el monte de piedad de Londres, enajenando después las papeletas, manejó sumas colosales, cedidas por capitalistas devotos, fue, en fin, bajo su hábito de monja, uno de los más audaces banqueros de Francia. La demanda de un joyero estafado reveló de pronto estos delitos de la beneficencia. El secretario de Sor Cándida -un infeliz- se suicidó. El déficit de la religiosa se calcula en ocho millones de francos...

         Sor Cándida es un símbolo. Su caridad es la del Estado y la de la gente rica. En los países mejor administrados, las estadísticas nos demuestran que apenas llega a su destino la tercera parte del presupuesto de la caridad oficial. El resto se pierde en los bolsillos de un ejército de paniaguados, burócratas y ladrones legales. En cuanto a la caridad de los ricos, es una afrenta. Los ricos -que consienten en dar limosna con tal de seguir siendo ricos- se figuran que la caridad es un buen negocio, cotizable en dinero. La imbécil dama del "gran mundo" que regaló quinientos mil francos a Sor Cándida se habrá imaginado hacer un bien. Se creerá con derecho al agradecimiento de una oscura masa de miserables a quienes no se dignó conocer, y cuyos dolores y rebeldías no comprenderá jamás. ¡Pobre dama; pobre hija del Sagrado Corazón, pobre presidenta de caridades a la moda, perfumadas por Lenthéric, encorsetadas por Paquin y paseadas en automóvil! No te hagas la ilusión de que tus fútiles quinientos mil francos han ensanchado el ojo de aguja por donde ha de pasar el camello de tu alma.

 

         (El Nacional, 9 de Julio de 1910)

 

         Marginalia

 

 

CRIMENES

 

         Las lecciones de derecho penal del doctor Teodosio González me han afligido mucho. Están concienzudamente redactadas. Son de un profesor que sabe lo que han dicho todos los demás profesores. Y esto es lo triste. El doctor nos habla del crimen y de la pena con una frialdad que me sorprende. Cierto que los otros criminalistas se expresan con la misma frialdad. Me sorprenden tanto como el doctor González. Se diría que se ocupan de lo que no les importa, y que están seguros de no haber cometido ni de cometer nunca ningún crimen.

         Y sin embargo no puede ser así. Nos asimilamos el crimen y lo segregamos. Lo respiramos. El crimen es una atmósfera social. Está consagrado en las costumbres y en las leyes. Vivimos de la congoja humana, vivimos del crimen, no prohibido, sino regularizado por el código. Nos despojamos jurídicamente los unos a los otros, y sólo nos indignan los ladrones poco versados en derecho civil. Nos asesinamos lentamente los unos a los otros, y sólo nos sublevan los homicidas con demasiada prisa o sin graduación militar. Nos odiamos desde el fondo del alma, y sólo condenamos a los que no lo disimulan en público.

         ¿Cuándo tendrán los profesores conciencia de la solidaridad de nuestra especie? Los más audaces admiten que el criminal es un enfermo, víctima de taras por lo común hereditarias. Se quedan a medio camino. La tara es nuestra. Y sobre todo, no es preciso colocarla en el pasado. Es actual, ubicua, inagotable. Por una onda altruista que cruza el mundo, ¿cuántas ondas silenciosas y sombrías, que oleaje de feroz egoísmo bate continuamente los cerebros? ¡Qué sugestión perpetua y cruel sobre los débiles? Y si el "criminal", medium extenuado a veces por la miseria y la desesperación, ejecuta lo que pensáis, y hace el gesto a que no os atrevéis, ¿quién será el culpable? ¿Por qué no sois consecuentes hasta el fin? ¿Por qué no procesáis la ganzúa que forzó el cofre, la bala que forzó el cráneo? ¿Dónde, ciegos, localizaréis el crimen?

         A cualquier parte que os volváis, os cierra el paso el espectro de la justicia. ¿Torturáis al delincuente por lo que cometió? ¿Para qué un nuevo delito, si el consumado no tiene ya remedio? ¿Torturáis al delincuente con objeto de que no reincida? Entonces lo torturáis por lo que no ha cometido aún. Si no es semejante vuestro, ¿por qué pretendéis someterle a vuestra moral? Defiéndase quien sea atacado, pero no juzgue. Y si es vuestro semejante y vuestro hermano, ¿cómo no comprendéis que únicamente a causa de un capricho del azar no está él en vuestro lugar y vosotros en el suyo? ¿No veis que el juez es cómplice del reo?

         Creedme; no hay otro medio de disminuir el mal sobre la tierra que juzgarnos y castigarnos, no unos a otros, sino cada cual a sí mismo. Y no imaginéis que es cosa fácil.

 

         (El Nacional, 12 de Julio de 1910)

 

         Marginalia

 

 

 

ASESINOS CRISTIANOS

 

         Si es cierto lo que con ingenuo cinismo cuenta el cronista de El Diario en el número del martes, confesemos, que la palabra asesinato es la única propia de las circunstancias.

         Parece que unos indios, cerca de los obrajes de Carayá Vuelta, en el Chaco, trataron de arrear una vaquillona ajena. Este tremendo crimen bastó para que en Villa Concepción se organizase una fuerza militar, al mando del teniente López, con el objeto de invadir las tolderías. ¡Ah!. ¡Os aseguro que las vaquillonas están bien guardadas en Carayá Vuelta! El teniente López y su gente mataron veintidós indios, hirieron a muchos más, y, según El Diario, entre los cadáveres hay mujeres y niños de pecho.

         El teniente López -¡buen portaestandarte para el próximo centenario!- es héroe con oportunidad. Es un hombre resuelto a representar la civilización siempre que le den Mausers contra flechas. A los indios de Carayá Vuelta les habrá quedado memoria de lo que son los tigres cristianos. Pero ya los conocen, desde hace siglos. Conocen hasta qué extremo son salvajes los tenientes cultos. Han recibido una nueva lección que deben aprovechar, preparándose a una resistencia obstinada.

         En cuanto a nosotros, ¿qué queréis que os diga? No tenemos nada que hacer a la izquierda del río. Hemos llegado a la perfección. Entretengamos pues nuestros ocios cazando indios indefensos. Cultivemos la bizarría nacional. Es lo que opinará el teniente López: "hace casi un año que no peleamos con nadie; las armas se oxidan". ¡Qué precioso teniente! Ha fusilado mujeres y niños. Se impone su ascenso.

 

         (El Nacional, 15 de Julio de 1910)

 

 

 

ÍNDICE

 

INTRODUCCIÓN - VIDA Y OBRA DE RAFAEL BARRETT

Vida

Obra

Los textos  inéditos y olvidados

Bibliografía de Rafael Barrett

NOTA DEDICATORIA

 

         TEXTOS INÉDITOS Y OLVIDADOS

Miserias

José María Niño

Comercio latino

A los inmigrantes españoles

El  impudor  yanqui

El Rey reza

¡Carnaval!!

La visita del Rey a los republicanos

Exposición Arango

Los prudentes y la Liga Republicana

La moral del sport

La Ley de residencia

La revolución de 1904

La verdadera política

El amor

La cruz

El juego

De pintura

La curiosidad

Partidos políticos

La guerra

Los ojos negros

Fuego y ceniza

Extranjeros

El concierto Centurión

Decadente

La inexactitud

Las manos

De estética

Rusia

El asesino

Óptica

La muerte

Carta abierta

La tragedia de hoy

Dalmau

El hombre - nación

Glosa (I)

Glosa (II)

Glosa (III)

A propósito de una frase

De trapos

¡Protesto!

Diálogos contemporáneos

La tierra

La caridad

De sociedad

Los emigrantes españoles

Santos Dumont

Amatistas

El Congreso de la Haya

Militarismo

Alcohol

Los reyes niños

Sangrías

Revoluciones

Tarifa médica

El calor

Furor sin culpa

Vagancia

Cartas inocentes

Cartas inocentes

Cartas inocentes

Cartas inocentes

Cartas Inocentes

Circenses

La estética del toreo

Mosquitos

Dactiloscopia

Tahures

Entendámonos

Cenáculos

El virus político

Carta a Rojo y Azul

En torno al libro del Doctor Báez

Burocracia médica

Jurados

Santos Chocano

Carta sobre el concepto de "Intelectual"

Contesto

El humanismo y la política

Nuestro programa

La Argentina y la revolución

Nuevo cuartel

La     lista   de      espías

Reclutamiento como siempre

Un     pueblo        sin     pan

El arreo al cuartel

Polémicas vanas

Actualidad política

El asuntó Peña

La cuestión pan

La crisis económica.

El ambiente

Epifonemas revividas

Un amor desgraciado

¿Toros?

Del natural (I)

Del natural (II)

La casa de los tísicos

Sin sacramentos

Día    gris

El símbolo de un gran libro de Anatole France / Los Pingüinos

En defensa del Paraguay

Absurdos coronados

Arbitrajes

Naturología

Constitucionalismos

Justicias

Chantecler

Nerón filántropo

La amnistía

Los niños se mueren

Los trabajos históricos

¡Toma y lee!

El cáncer político

La tuberculosis en el Paraguay

Al Doctor Báez

El eterno resabio

Bertotto

De aquí y de allá

Muertos

Minas

Carlyle

La lucha social

Delegaciones

Percances del centenario

Los obreros y el centenario

Nenes patriotas

Mea culpa

El padre Conrady

Las razas en San Bernardino

Los verdugos del país

Alcoholismo

Emigración

La multitud

Gondra

Sor Cándida

Crímenes

Asesinos cristianos

La multiplicidad del universo (Divagaciones lógicas)

Efemérides

Esclavitud

¡Esos extranjeros!

De aquí y de allá

La última primavera

Cartas de un viajero

Cartas de un viajero

Cartas de un viajero

Fragmentos

Moralidades de hoy

La clerofobia

El optimista

 

         NOTICIAS Y JUICIOS

 

En Buenos Aires

En Madrid

En el Paraguay

En Montevideo

Las "Moralidades" de Barrett

Barrett: Un hombre ejemplar

 

         APENDICES DOCUMENTALES

 

APENDICE I (Barrett en España)

El incidente del duelo

La polémica del duelo

El falso suicidio de Barrett

Pío Baroja recuerda a Rafael Barrett

Barrett en un cuento de Manuel Bueno

 

APENDICE II (Barrett en Argentina)

Un asunto de  honor

Cuestión de honor

 

 

 

 

 




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