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JUSTO PASTOR BENÍTEZ


  LA RUTA, 1939 - Por JUSTO PASTOR BENÍTEZ


LA RUTA, 1939 - Por JUSTO PASTOR BENÍTEZ

LA RUTA

Por JUSTO PASTOR BENÍTEZ

Texto de lectura para las Escuelas Primarias,

Adoptado por decreto Nº 8892 del

1º de Septiembre de 1938

Asunción – Paraguay

1939 – 1985 (116 páginas)


DECRETO N. 8862

Por el cual se aprueba la "Cartilla Nacionalista" redacta da por el Dr. Justo Pastor Benítez, y se la adopta como texto de lectura en las escuelas públicas.

Asunción, 3 de septiembre de 1938

Vistos: la Resolución N. 112 de fecha 17 de marzo del cte. año, por la cual se encomienda al Dr. Justo Pastor Benítez la preparación de una "Cartilla Nacionalista"; el Decreto N. 1.371 del 23 de octubre de 1937, por el cual se declara obligatoria la enseñanza nacionalista en las escuelas primarias de la República, y el dictamen favorable del Consejo Nacional de Educación,

El Presidente Provisorio de la República DECRETA:

Artículo lo. Aprúebase la "Cartilla Nacionalista" de carácter histórico, redactada por el Dr. Justo Pastor Benítez y adóptase como texto de lectura en las escuelas públicas.

Art. 2o. Ordénase su impresión en la Imprenta Nacional.

Art. 3o. Comuníquese, publíquese y dése a la Gaceta Oficial. Firmado: FELIX PAIVA

"      Luis A. Argaña


PROLOGO

 

El doctor Justo Pastor Benítez nos ha honrado con el pedido a que escribiéramos el prólogo de este opúsculo destinado a la niñez educanda; seguramente, en mérito a la dedicación de toda nuestra modesta existencia al servicio de la educación popular y de la intensa ,fe que tenemos en el valor civilizador de la escuela.

LA RUTA, escrita con pluma ágil., la sonrisa en los labios -tal tonto debe presentarse el buen maestro ante los niños- concreta, a través de las figuras y de los acontecimientos, la estructuración, por sedimentaciones sucesivas denuestra nacionalidad, y de las evoca­ciones del pasado, hace surgir la imagen de la Patria-desde sus oríge­nes, sin violencia ni imposición EX CATHEDRA.

Siempre ha sido nuestra norma la idea de Guyau de que en materia de educación vale más la sugestión que la imposición El maestro que enseña la historia como ramo escolar, no la debe dar como simple cronología abarrotadora indigesta de la mente, o como simples exposiciones escuetas, como "tumba fría del pasado". porque, en tal caso, no cumpliría su misión social y ética, ni emplearía el importante instrumento didáctico lamateria de enseñanza, en su de­bida forma. La presentación de las figuras y de los hechos históricos, despojados de la belleza cautivante de la lejanía, sin perfumarlos con el sentimiento, no hace pasar la enseñanza de la mente al corazón. Y el niño fácilmente adquiere repulsión a la "enseñanza sin alma", sólo lo que le agrada. lo que le emociona se incorpora a su mundo espiritual.

Creemos sinceramente, que la lectura de LA RUTA contribuirá a la creación en el espíritu infantil, de las IDEAS-FUERZAS de que nos habla Fouillée(1), las que deben dar existencia a la "esencia interna de la vida "ciudadana.

La educación nacionalista, entendemos, debe consistir en la creación del mundo espiritual del niño, mediante el consorcio de ideas de la vida integral de la Nación como entidad organizada con el es­fuerzo, de luchas cruentas, el sacrificio de sus hijos, de su gloria y dolores y del sentimiento, la emoción, el amor a las cosas, los hombres y las instituciones de la Patria. Hay que pensar en que en la escuela primaria se forma la masa ciudadana, de la que muchos si no más del 90 %, no pasarán de los bancos escolares elementales.

No obstante, creemos que en ediciones sucesivas, las páginas de LA RUTA irán enriqueciéndose con otras igualmente interesantes para el espíritu infantil, extraídas del rico venero de nuestra historia y se dará cabida en ella a las tradiciones y leyendas que con su gran poder sugestivo, fortifican los sentimientos nacionalistas, porque, volvemos a repetir, la educación de este género por medio de la historia, debe valerse más del sentimiento que del razonamiento frío de acuerdo con las leyes de la evolución mental de la infancia.

Mayo de 1939

Ramón L Cardozo

(1) Alfredo Fouillée (1838-1912).

Filósofo y moralista francés que creó la filosofía de las ideas-fuerzas.



 

INDICE

Decreto No. 8.862

Prólogo

PRIMERA PARTE

El IV centenario de la Asunción

Domingo de Irala

El gobernador criollo

Las misiones jesuíticas

La revolución de los comuneros

La cultura paraguaya durante el coloniaje

Pedro Vicente Cañete

SEGUNDA PARTE

La Revolución de Mayo

Coronel José Félix Bogado

General Fulgencio Yegros

Pedro Juan Caballero

Vicente Ignacio Iturbe

Mariano Antonio Molas

José Gaspar de Francia

La obra política del Dr. Francia

 TERCERA PARTE

Carlos Antonio López

La guerra de la Triple Alianza

La Presidencia del Mariscal López  

General Díaz

General Caballero

La residenta

CUARTA PARTE

La Convención Nacional Constituyente

Los convencionales de 1870

Juan Silvano Godoi

Blas Garay

La defensa del Chaco

Manuel Domínguez, el animador

Fulgencio R. Moreno

Manuel Gondra

El soldado del Chaco

Eloy Fariña Núñez

Eligio Ayala

El folklore guaraní

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

EL IV CENTENARIO DE LA ASUNCIÓN

 

La ciudad de la Asunción ha cumplido su cuarto centenario. Cuatro siglos constituyen un reducido estadio en la historia universal, pero en América sugieren un tinte de antigüedad. Es como si hubiéramos vivido más de prisa que los hom­bres de otros continentes y devorado las etapas sin estaciones.

La casa fuerte que dio origen a la Asunción, fue edificada por Juan de Salazar de Espinosa el 15 de agosto de 1537. La ciudad fue edificada por Domingo Martínez de Irala en 1541. Este férreo viz­caíno le trazó las calles y le dio el impulso inicial de su destino. Asunción, asumir, dice el poeta. Asumió su misión histórica con el vigor de una madre fecunda. Fue una etapa en la marcha de los con­quistadores, como Alejandría en la antigüedad. De ahí partieron expediciones y refuerzos para todos los rumbos, en la enorme em­presa civilizadora de España en estas regiones sudamericanas. El sitio elegido tenía siete colinas, como el Lacio; su tierra era fértil, abundantes las provisiones y mansa la tribu de los carios, que se avino a auxiliar al conquistador. El español no exterminó al guaraní, sino se mezcló con él. Irala y sus compañeros se casaron con las hijas de los caciques. El amor selló la alianza. La india dio al criollo su pecho y su idioma. Con ser la Asunción una de las ciudades más españolas de América, por sus costumbres, su edificación y sus tra­diciones, en sus calles se habla, todavía hoy, el guaraní. Fue una madre pródiga. Con sus recursos fueron fundadas diez ciudades, entre ellas Santa Fe y la segunda Buenos Aires, pasmo hoy del progre­so americano; Santa Cruz y Corrientes. Carlos V quiso consagrar su destino, y le dio su escudo: Un león y un árbol, la fuerza y la fecun­didad: el símbolo del heroísmo y una planta de donde se sacan frutos y leña y a cuya sombra se puede descansar. Produjo muchos hijos dilectos: Roque González de Santa Cruz, el primer beato de estas regiones; Rui Díaz de Guzmán, historiador de "La Argentina", y Hernando Arias de Saavedra, primer criollo que alcanzó los hono­res de ejercer el Gobierno en el nuevo mundo. La Asunción no ha alcanzado los beneficios del progreso moderno en toda su extensión. Sigue siendo un poco colonial, con sus 150.000 Habitantes (1), sus calles angostas, sus corredores, sus naranjales y los jazmines, que le dan perfume y colorido.

Lo pasado se anidó en los aleros de las viejas casonas. Desde allí evoca los duros tiempos de la conquista, la hidalga tranquilidad del coloniaje, y los tumultuosos días de la revolución de los Comu­neros. Por la Asunción y su libertad fueron llevados al patíbulo su paladín, José de Antequera y Castro, y su regidor, Juan de Mena, en 1731, en Lima.

En la noche del 14 de mayo de 1811, Pedro Juan Caballero la despertó para entregarle el gobierno de su destino. Pero su inde­pendencia fue una conquista muy larga. La ciudad de Salazar y de Irala tuvo que refugiarse en la soledad, durante medio siglo para consolidarla. Por sus calles silenciosas cruzaron tres dictadores. El Dr. Francia montó la guardia hasta 1840, absorbido por su único pensamiento de absoluta independencia. Carlos Antonio López abrió sus puertas, y reedificó su vieja catedral cristianizadora. Solano López la convocó para la guerra. En ese aislamiento, el paraguayo plasmó su carácter, trabajó su individualidad. Marchaba aceleradamente hacia el progreso cuando vino la guerra grande de 1864. Las campanas se convirtieron en cañones. La juventud asuncena formó el Batallón 40, cifra y compendio de heroísmo. Después, huestas extranjeras pusie­ron en ella sus duras plantas.

La Asunción volvió a renacer de las cenizas en 1870, impulsada por la fuerza de su historia y el vigor de su raza. En la nueva etapa vio revoluciones, asonadas y elecciones. Vivió libre, buscando el ritmo de su pasado. La hidalga Asunción, colocada a la vera de los grandes caminos, lejos del mar, hubiera sido olvidada si no fuera por su historia. El pasado le perfuma, como los vergeles que rodean sus casitas de arquitectura colonial. No es rica, pero encierra una vigorosa espiritualidad, en un paisaje que lleva el alma a la deliciosa contempla­ción de la naturaleza.

Entre los mitos guaraníes figura uno que no ha sido aún desci­frado. Hablaban los carios de una misteriosa ciudad adonde iban a parar las almas benditas. La llamaban "Oberaba", algo así como un paraíso de los cristianos. Pero no estaba en otro planeta sino en los lindes de la gran selva tropical que viene del Amazonas y del Paraná. ¿No será acaso la bella y perfumada Asunción "Oberaba", la miste­riosa ciudad resplandeciente de nuestros antepasados? La imagina­ción del indio soñó con ella como un lugar de descanso y de reden­ción, después de las luchas y fatigas de la raza que pobló la mayor extensión del continente, y para cuyos descendientes sigue siendo la encantadora "PARAGUA-Y".


(1)     El año de 1982, la población era de 457.210 habitantes, según el censo de dicho año.



DOMINGO DE IRALA

 

En la organización del Paraguay se destacan con perfiles de fundadores la figura de un soldado y la de un abogado: Irala y Carlos Antonio López.

Domingo Martínez de Irala llegó al Río de la Plata en la expe­dición de don Pedro de Mendoza. Nació en Vergara en 1512. Fueron sus padres Martín Pérez de Irala y doña Marina de Toledo. Dotado de natural inteligencia, vigor físico y fuerte voluntad, es el arquetipo de los colonizadores. Formó parte de los contingentes de Juan de Ayolas que marcharon río arriba en busca del camino que llevaba al legendario "Paitití" ("Sierra de la Plata"), que seducía la imaginación de los conquistadores. El temerario lugarteniente de Mendoza murió en manos de los indios al regreso de su travesía del Chaco. Desapa­recido Ayolas, surgió Irala como el caudillo natural de la Conquista, por aclamación de los soldados, a pesar de rivales de valía, como Juan de Salazar de Espinosa, Gonzalo de Mendoza, Felipe de Cáceres, Diego de Abreu, y especialmente Rui Galán, que había quedado en Buenos Aires con los restos de la expedición de Mendoza.

Pronto se reveló como un conductor enérgico y hábil dirigente. Desde 1539, ejerció el mando, a pesar de los adelantados y gober­nadores designados por la Corona, por esa fuerza social que proclama la jefatura de los más vigorosos y audaces en las empresas de aven­turas. No fue seguramente el edificador de la primera casa fuerte de la Asunción; pero fue el organizador y consolidador de la ciudad, a la cual dio su escudo como emblema de nobleza y de fuerza expan­siva, en 1541. En la tranquila bahía de los carios concentró todas las posibilidades de la conquista, para proseguir el cumplimiento de los compromisos contraídos por Mendoza. La Asunción es Irala, en la hora inicial de su destino civilizador. Aquí organiza expediciones a través del Chaco, para descubrir el camino del Perú y hacia el Norte y el Guairá. Fundó a San Juan, sobre el río Uruguay, para garantir el dominio del Río de la Plata a las huestes españolas. Infatigable en la lucha y en el trabajo, fundó numerosos pueblos; estableció "re­ducciones" para la catequización de los aborígenes; reglamentó la "encomienda" para la explotación del trabajo indígena; atrajo a las tribus o las venció con su potente brazo. Dentro de su férrea arma­dura, latía un ardiente corazón. Se le acusa de haber abandonado a Buenos Aires, cargo que no toma en cuenta las circunstancias que le obligaron a concentrar todos los recursos en la Asunción, donde contaba con provisiones y el concurso de los guaraníes para continuar la conquista.

Sensual y mandón, ejercía la autoridad con vigorosa firmeza. No deben buscarse perfecciones sino pujanza en este rudo vizcaíno que comenzó su carrera como soldado de la expedición de Mendoza, y terminó por ser el jefe de la colonia platina. Si el escenario hubiese sido grande, su figura hubiera competido con Cortés y Pizarro, en fa­ma y celebridad. Pero aventajó a los conquistadores de la primera época porque su obra no fue solamente de dominación, sino también de creación.

Hombre de escasa cultura, comprendió, sin embargo, desde el primer momento, que la prosecución de la empresa exigía la coope­ración de los guaraníes. En lugar de extinguirlos como hicieron otros conquistadores, procuró atraerlos, respetando sus costumbres y creando vínculos sociales. Casóse con una india, la hija del cacique Moraquicé; conducta que fue seguida por sus compañeros. Dio por esposas a Gonzalo de Mendoza y Alonso Riquelme, sus hijas, nacidas del cruce. De este género de mezcla nació la raza paraguaya.

Irala dedicó sus afanes a la organización de la naciente colonia; hizo edificar la iglesia de la Encarnación; fundó una escuelita, según refiere su nieto Rui Díaz de Guzmán; implantó en las reducciones los cultivos tradicionales de los guaraníes; empeñóse en traer ganado mayor y menor del Brasil, para consolidar la actividad colonial; atravesó dos veces el Chaco; fundó los pueblos de Itá, Acahay, Ya­guarón, Ypané, Altos, Atyrá, Areguá, Tobatí y Guarambaré. Ese impulso culminó con la fundación de Ontiveros sobre el salto del Guairá y Jerez de la Frontera, en el norte; Nueva Asunción y Santa­cruz de la Sierra, en el remoto confín occidental. Llegó a ordenar que no se abandonara la bahía de San Vicente, en el Atlántico, como puerto natural de la conquista española.

Irala era generoso, duro, prolífico e infatigable en el trabajo. Combatía y amaba, con un ardor que honra a su raza. Se le llamaba "el General". Para completar su política, aprendió el guaraní; convir­tió a los autóctonos en aliados. Falleció el 3 de octubre de 1556, de la enfermedad que contrajo cuando estaba empeñado en la selección de maderas para la Catedral. Su larga vida está llena de proezas; su escudo, de creaciones. Su memoria es la de un fundador de pueblos. Fue un Rómulo en el medio americano.

A la muerte de Irala, el Guairá constituía una provincia capaci­tada para atravesar la historia con la raza que él plasmó, y por los caminos que señalaron sus plantas de explorador, conquistador y colonizador.


 

EL GOBERNADOR CRIOLLO

 

Pocas figuras del coloniaje encarnan mejor el espíritu expan­sivo y civilizador del Paraguay como el criollo Hernando Arias de Saavedra. Allí donde hubo un esfuerzo que realizar estuvo el esclarecido asunceno con su espada, su pala y sus instrumentos de construcción. Hernandarias es en la política, lo que Roque González y Amancio González y Escobar fueron en lo espi­ritual: un civilizador.

Hernando Arias de Saavedra era hijo de Martín Suárez de Toledo y doña María de Sanabria. Nació en la Asunción el año de 1564. Su hermano Hernando de Trejo y Sanabria, Obispo de Tucumán, fundador de la Universidad de Córdoba, nació en los dominios de la provincia del Paraguay. Fue el primer americano que alcanzó la dignidad de Gobernador.

Cuando apenas contaba 15 años de edad, acudió a las conquistas, jornadas y poblaciones en la Gobernación de Tucumán, como en las del Río de la Plata. Tomó parte en la expedición que el Gobernador Gonzalo de Abreu organizó en busca de la fabulosa tierra de los Césares; y también acompañó al Gobernador Hernando de Lerma cuando salió a castigar a los indios de Casavindo. Asistió a la pobla­ción de Buenos Aires, y acompañó a Juan de Garay en sus correrías, conquistas y descubrimientos; siguió a Alonso de Vera y Aragón en la exploración de las regiones del Río Bermejo, en 1585, donde fue nombrado alcalde de hermandad; secundó a Juan Torres de Vera y

Aragón en la lucha contra los guaicurúes. En todas esas jornadas fueron numerosos sus actos de valor. Unía al ánimo esforzado una inteligencia despierta.

Su personalidad comienza a perfilarse con la fundación de la ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, indicada como una necesidad para la expansión del Paraguay. Hernandarias trabajó en favor de esa ciudad: la fundó y la defendió de los continuos ata­ques de los indios del Paraná. Poco después fue llamado porque los guaicurúes amenazaban a la ciudad de Concepción del Bermejo. Su llegada evitó el desastre. En 1598, bajó a Santa Fe para encontrar al Gobernador don Diego Rodríguez de Valdés y de la Banda, y cola­borar a su lado en el gobierno de la vasta provincia.

Hernandarias ejerció seis veces la gobernación del Paraguay. El primer nombramiento como teniente de Gobernador y Justicia Ma­yor de la Asunción fue hecho por el Cabildo, el 13 de julio de 1592. Ejerció el cargo con "mucha paz y quietud y satisfacción de los ve­cinos, reedificando y levantando los templos y asimismo las obras públicas". Cuando Hernando de Zárate llegó a Buenos Aires, Her­nandarias descendió a esa población, donde fue nombrado el 8 de marzo de 1594 Capitán de las fuerzas.

Después de la muerte del Gobernador Ramírez de Velasco, las autoridades y pobladores de la Asunción, "eligieron y nombraron gobernador" a Hernandarias, el 4 de enero de 1598. Era la cuarta vez que el poder llegaba a sus manos.

El 19 de julio de 1598 la Asunción vivió un día de júbilo. Lle­garon acá "su señoría el señor Gobernador Hernandarias de Saavedra" y "el reverendísimo señor don fray Hernando de Trejo, Obispo de Tucumán". Ambos hermanos habían alcanzado, por sus propios méritos, las más altas dignidades en tierra americana.

El 15 de agosto de 1602 Hernandarias presentó al Cabildo de Buenos Aires su nombramiento de gobernador, expedido en Real Cédula del 6 de noviembre de 1601.

Hernandarias se preocupó no sólo del cuidado de los indios, sino también de los españoles, criollos y mestizos. En 1615, en Santa Fe, fundó una casa de recogimiento para las hijas de los españoles que quedaban sin padres; tomó a su cargo los gastos que ocasionaba la manutención de las doncellas, e hizo sembrar un algodonal para que pudiesen hilar y tejer lienzos.

El gobernador criollo era infatigable para los viajes y desintere­sado en grado sumo. Su vida era una vocación para la gloria y una energía inagotable para el trabajo. Era de la madera de los grandes conquistadores.

Uno de sus biógrafos cuenta que, cierta vez, al saber que iban a entrar unos navíos de contrabando, simuló irse a Santa Fe; por la noche subió a bordo de uno de los barcos, y secuestró mercaderías por valor de 27.000 pesos, sin aceptar para sí el tercio que le corres­pondía como beneficio.

Estaba casado con doña Jerónima de Contreras, hija de don Juan de Garay, fundador de Buenos Aires. Buen criollo, modelo de ho­nestidad y de constancia, vivió 70 años, de los cuales más de medio siglo los dedicó al bien de la provincia. Larga y fecunda existencia que se apagó en Santa Fe en 1634.

Después de Irala, fue el hombre más constructivo y organizador de esta parte del Continente. "Su nombre vale un ejército", decía una nota del Cabildo. Fue enterrado en la iglesia de San Francisco, que él hizo construir.



LAS MISIONES JESUÍTICAS

 

A fines del año de 1500 aparecieron en la Provincia algunos sacerdotes de la célebre Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola. A pedido de Hernando Arias de Saavedra, la Corona de España autorizó y formalizó la empresa. Los pri­meros en llegar a la región del Guairá, fueron Simón Masseta y José Ca­taldino. Poco después, ingresó en la Compañía el asunceno Roque Gon­zález de Santa Cruz, de principal familia cuñado de Hernandarias. Los primeros esfuerzos se realizaron en la región del antiguo Guairá, al N.E. de los grandes saltos, donde habían sido fundadas las poblaciones de Vi­lla Rica del Espíritu Santo, Santiago de Jerez y Ontiveros. En la fértil mesopotamia guaireña lograron organizar nueve reducciones y catequi­zar miles de indios. Les instruían en la doctrina cristiana, les enseña­ban oficios y les hacían trabajar en agricultura. Pero pronto se presen­tó el peligro de la invasión de los mamelucos de San Pablo, que rea­lizaban las temibles "malocas" para cautivar a los indios y llevarlos a vender como esclavos o someterlos a la servidumbre. Las misiones jesuíticas llegaban hasta el actual Estado de Río Grande del Sur. En esa empresa fueron bárbaramente sacrificados Roque González y dos compañeros, los Padres Juan del Castillo y Alonso Rodríguez, en Todos los Santos de Caaró, en 1628.

A causa de las persecuciones de los "bandeirantes", las misiones tuvieron que ser trasladadas mas al Sur, a ambas márgenes del Paraná, a nuevos sitios que comenzaban en la actual Encarnación, antigua Itapúa, y Candelaria. Allí siguió aquel supremo esfuerzo de catequi­zación de indígenas en masa, en lugar de la labor subdividida de las encomiendas. Los padres jesuítas, después de atravesar las selvas y ponerse en contacto con tribus feroces, optaron por establecerse en una región y fundar la célebre República, que tantos comentarios ha merecido en la historia. Nos referimos a las Misiones paraguayas, pues la Compañía tuvo también establecimientos en diversas pro­vincias de los dominios españoles y portugueses de América. En la Asunción contaban con un buen colegio, un convento, que fue más tarde la casa de Gobierno y Correos, y bellas iglesias en Capiatá y San Estanislao.

En la época culminante de su actividad contaban con 17 pueblos, nueve de ellos en la margen derecha del Paraná, actual territorio de nuestro país, y el resto en la margen izquierda, y llegaban hasta el Río Uruguay. Según Anglés y Gortari, reunieron bajo la más estricta dis­ciplina cerca de 150.000 indios y otras tantas indias. Sus ricas estan­cias contaban con más de 600.000 cabezas de ganado vacuno. Una de ellas estaba en Yariguaá (Paraguarí). Beneficiaban la yerba-mate, cultivaban tabaco y explotaban los bosques. Todos estos productos eran exportados al Río de la Plata. Los indios vivían bajo el régimen de la comunidad de bienes. En cada pueblo, las edificaciones obede­cían a un sistema único de construcciones. En el centro, la iglesia; luego el taller de trabajo, y al final los depósitos y habitaciones de los indios. Hermosos naranjales rodeaban las poblaciones. Los jesuitas eligieron los lugares más aparentes de la extensa región para ubicar los pueblos. Se vivía en forma monótona y regimentada. Al son de campana se realizaban todos los oficios religiosos y profanos. La dis­ciplina era estricta. Los productos se dividían en tres categorías: TUPAMBAE, ABAMBAE Y TOBAMBAE. No se conocía el régimen de la propiedad individual. El idioma exclusivo era el guaraní. Los misioneros se dieron cuenta de que para llegar al alma del indio, el instrumento recomendado era su propio idioma, y se dedicaron a cultivarlo. El guaraní era una especie de idioma internacional, en una gran extensión del continente, antes de la conquista. Se lo hablaba desde las costas del Caribe, en gran parte del Brasil actual (tupí), parte del Uruguay, Paraguay, Corrientes actual, hasta los contra­fuertes andinos, a orillas del Parapití, donde habitaban los chirigua­nos. Lengua onomatopéyica y dulce, se prestaba a la elocuencia de la prédica. El jesuita la estudió, le dio gramática y diccionario. Uno de los clásicos de dicha labor fue Antonio Rui de Montoya, autor del diccionario más conocido de la lengua. Anteriormente, ya la habían usado en sus cruzadas redentoras fray Luis de Solaños y Roque González de Santa Cruz. Las Misiones tuvieron su imprenta propia, donde se imprimían libros de lectura, catecismos y libros de oraciones. Los discípulos de Loyola no sólo habían ocupado una región feraz, regada por tres grandes ríos, sino que habían elegido para su labor, una raza accesible a la prédica, como era la de los carios. Esta raza fue la compañera y colaboradora de los conquistadores, en sus grandes empresas. Profesaban una religión primitiva pero no idolátrica. Le fue fácil al misionero convencerles de la identidad de tupá, con el Dios inmaterial de los cristianos.

A pesar de no haber estado jamás en la esclavitud ni en la servi­dumbre de otras tribus ni razas de América, como pasó con otras, los guaraníes se sometieron a las disciplinas de los hijos de Loyola, y con ellos se realizó una de las experiencias más interesantes y curio­sas de la historia. Las iglesias jesuíticas eran verdaderas obras de arte. Con altares de maderas y dorados, daban la impresión de la belleza.

Por sus conflictos con la colonia civil del Paraguay y por razones políticas, Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de sus domi­nios. Luego se produjeron incursiones despojadoras a los ricos pueblos misioneros. Los guaraníes, educados en la mansedumbre del trabajo, se dispersaron por obra de la violencia. Pronto el abandono y el desierto reemplazaron a las laboriosas poblaciones de otrora. Sólo quedaron en pie las construcciones simétricas y los ricos altares platerescos. Escasa población habitó los antes fecundos pueblos de San Ignacio, Santo Rosa, Santiago, Santa María, etc. Los jesuitas realizaron un gran esfuerzo civilizador con una masa homogénea de indígenas americanos; pero, se les critica el régimen de comunidad y de artificio que hizo deleznable su gran construcción humana.



LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS

 

En 1717, fue designado Gobernador del Paraguay, Diego de los Reyes Balmaceda. Este no tardó en plantear conflictos con los principales vecinos de la Asunción. Su nombra­miento no fue bien recibido, tanto por su vinculación con los jesuitas, como por hallarse casado con una vecina de la ciudad, pues, las leyes prohibían la provisión de cargos con vecinos de una provincia. Persi­guió a José Ávalos de Mendoza, al capitán Francisco de Rojas Aranda, a José de Urrunaga, a Antonio Rui Arellano y otros vecinos, principales. Este incidente dio motivo para que estallara la rivalidad que existía entre la provincia y las Misiones Jesuíticas. En efecto, mientras los habitantes de la colonia vivían y trabajaban en medio de grandes restricciones, las Misiones Jesuíticas se desarrollaban y prospe­raban libres de toda gabela. Además, los jesuitas intentaban ejercer influencia política en la gobernación de la provincia. A consecuencia de estas rivalidades, ya había estallado en los años de 1640 a 1660, una revolución encabezada por el obispo, Fray Bernardino de Cárde­nas, que se puso a la cabeza de los paraguayos para oponerse a la in­fluencia todopoderosa de la Compañía de Jesús. La primera revolu­ción de los Comuneros había terminado en forma cruel. Muchos no­bles vecinos murieron en defensa de la ciudad, que luchó heroicamen­te para defenderse contra un ejército de indios mandados por el capitán León de Garabito. El obispo Cárdenas, peregrinó mucho tiempo en busca de justicia y reparación.

El nombramiento de Reyes Balmaceda agitó de nuevo esa riva­lidad. El perseguido Arellano recurrió a la Audiencia de Charcas contra las injusticias del Gobernador. La provincia se agitaba en una convulsión peligrosa. La Audiencia de Charcas, Tribunal de Apela­ciones, comisionó para investigar la denuncia al Dr. José de Antequera y Castro, quien llegó a la Asunción en 1721. Antequera practicó las investigaciones y decretó la prisión de Reyes Balmaceda, quien se es­capó, y volvió ala cabeza de 6.000 indios de las Misiones para retomar el gobierno. La revolución había estallado. Vencido el ejército de Reyes Balmaceda, el Virrey de Lima, mal informado de los aconte­cimientos, comisionó a Baltasar García Ros, para reponer a Reyes Bal­maceda. Ros marchó sobre la Asunción con más de 2.000 hombres. El Cabildo y los vecinos principales resolvieron resistir a la reposición de Reyes Balmaceda y sostener a Antequera. Decretóse, además, la expulsión de los jesuitas, considerados enemigos de la provincia. Antequera se colocó al frente del movimiento reinvidicador, cuyos principales jefes fueron José de Urrunaga, Antonio Rui de Arellano, Juan de Mena, Ortiz de Velasco, Juan Caballero de Añasco, Ramón de las Llanas, Joaquín Ortiz de Zárate, Miguel de Garay, Matías Zaldívar, Sebastián Fernández Montiel y Antonio López Carballo. Antequera no era sino el jefe visible, pues, la resistencia era de toda la provincia y su cabeza, el Cabildo de la Asunción.

El Dr. José de Antequera y Castro, paladín de los derechos po­pulares, nació en Panamá. Era descendiente de una noble familia espa­ñola y graduado en leyes y cánones. Escribía con corrección y elegan­cia; tenía una vasta cultura y un corazón ardiente. A la cabeza de un ejército de ciudadanos, derrotó a García Ros a orillas del río Tebi­cuary, en agosto de 1724. Ante esta reacción popular, el Virrey de Lima ordenó al Gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio de Zabala, que se trasladara al Paraguay para dominar la provincia y remitir preso a Antequera, como en efecto lo hizo. Zabala entró en la capital y designó Gobernador a Martín de Barúa, y libertó a Reyes Balmaceda. Antequera logró escapar, y marchó a Charcas con el pro­pósito de rendir cuenta de sus gestiones. Le acompañaban Juan de Mena y cuarenta compañeros de causa. La Audiencia de Charcas no les protegió. Al contrario, los entregó presos al Virrey. Condenado a muerte Antequera, fue ejecutado el 5 de julio de 1731, juntamente con Juan de Mena. Así terminó sus días el primer caudillo de la causa popular en Hispanoamérica. Carlos III revisó el proceso, y proclamó a Antequera "honrado y leal ministro".

Durante su prisión, Antequera conoció a otro panameño de nombre Fernando Mompox de Zayas, graduado en leyes y abogado en la corte de Lima, y le entusiasmó        por la doctrina que él acababa de defender en las calles de la Asunción, la ciudad civilizadora del Plata.

Mompox escapó de la cárcel, llegó al Paraguay y se colocó al frente del movimiento popular, que esta vez se levantaba contra el nombramiento de Ignacio de Soroeta. Mompox proclamó en el Pa­raguay, a comienzos de 1700, la superioridad de la voluntad del pue­blo sobre la voluntad del Rey, es decir, el supremo derecho de las naciones de elegir su gobierno y de dictar sus leyes. Fue un precursor. El Cabildo reunido designó Presidente de la Junta de Gobierno a José Luis Bareiro, quien resultó ser un traidor. Valido de un ardid tomó preso a Mompox y lo remitió a Buenos Aires. En camino a Chile, el fogoso orador, el tribuno valiente de la causa popular, logró escapar y fue a parar a Río de Janeiro, donde falleció obscuramente. Pero ni Antequera ni Mompox eran la revolución. Apenas fueron sus voceros. El Cabildo fue el verdadero Estado Mayor de este movimiento esen­cialmente popular, que puede ser considerado como el precursor de la independencia americana. El 4 de agosto de 1731, se produ­jo otro levantamiento. Los pueblos de la Cordillera acudieron a reforzar a la Asunción. Corrientes ofreció su apoyo; Villarrica se plegó al movimiento. En esos momentos se recibió la noticia de la ejecución de Antequera. El Cabildo resolvió por tercera vez expulsar a los jesuitas. La hija de Juan de Mena, viuda de Ramón de las Llanas, una bella y elegante patricia, se vistió de blanco diciendo que no había que llevar luto por los que morían por la patria. Bruno Mauricio de Zabala recibió la orden de someter por tercera vez a la provincia.

Marchó sobre la Asunción con un poderoso ejército reclutado en las Misiones. El ejército paraguayo de los Comuneros fue derrotado el 14 de marzo de 1735, en Tabapy. Zabala entró en la capital y procedió con dura mano. Muchos de los Comuneros fueron condenados a muerte, y la mayor parte fueron enviados a los presidios inhóspitos de Chile. La sociedad paraguaya fue disuelta, perseguida, casi exter­minada por haber defendido, un siglo antes de la independencia, los derechos del pueblo, en el movimiento conocido con el nombre de revolución de los Comuneros, y que terminó en 1735.



LA CULTURA PARAGUAYA DURANTE EL COLONIAJE

 

Durante los tres siglos del coloniaje, la Provincia del Paraguay no sólo fue un centro de resistencia y de expansión, sino también un foco de cultura que extendió su influencia por medio de varones ilustres que constituyen su decoro en aquel largo período de la historia.

El primero de ellos fue Rui Díaz de Guzmán, historiador, autor del libro "La Argentina", nieto de Domingo Martínez de Irala e hijo de Alonso Riquelme de Guzmán.

De la Asunción partieron los fundadores de Santa Cruz de la Sierra, Corrientes, Santa Fe, Ontiveros, Villa Rica del Espíritu Santo, Jerez, Concepción del Bermejo. En ella se equipó la expedición de Juan de Garay para la fundación de la segunda Buenos Aires, realizada con pobladores, de la Asunción y con ganado de la provincia. De los 68 primeros pobladores de esa ciudad, 60 eran asuncenos.

Otro paraguayo ilustre fue Roque González de Santa Cruz, fundador de pueblos, catequizador de indios, civilizador de vastas regiones americanas, conocido en la historia con el nombre de Mártir del Caaró. Fue el primer americano canonizado por la iglesia católica apostólica romana.

Roque González de Santa Cruz fue el fundador de la antigua Itapúa, hoy Encarnación y de Yapeyú, donde nació el General José de San Martín. Nació el Beato en la Asunción en 1576. Fue sacrifi­cado por los indios, en Caaró (hoy perteneciente a Río Grande del Sur del Brasil), en 1628. Fueron sus padres Bartolomé González de Villaverde y María de Santa Cruz.



PEDRO VICENTE CAÑETE

 

El ilustre paraguayo, doctor Pedro Vicente Cañete y Do­mínguez era biznieto del historiador Rui Díaz de Guz­mán, nieto éste a su vez de Domingo Martínez de Irala e hijo del aguerrido Capitán Alonso Riquelme. Nació en la Asunción. Niño aún se trasladó a Chuquisaca, en cuya famosa Universidad de San Francisco Xavier hizo sus estudios de Derecho y Teología. Más tarde, pasó a Santiago de Chile, donde se graduó de abogado el lo deoctubre de 1776.

De carácter inquieto y curioso, tuvo muchas dificultades, pero aprendió en todos los trances de su vida, hasta llegar a ser uno de los americanos más ilustrados de su época. Alcanzó la jerarquía de Asesor del Gobierno de Potosí y de la Audiencia de Charcas y Asesor del Virrey del Río de la Plata, D. Pedro de Zevallos. Su palabra era escu­chada por razonable. Cultivó el Derecho, la Teología, la Historia y, principalmente, el ramo de la Hacienda Pública. Sus libros eran bus­cados por eruditos. Fue uno de los organizadores de la real hacienda en el Virreinato. Sus principales obras son: Historia de Potosí; Manejo de la Real Hacienda; Las Cartas consultivas al Virrey Liniers y al Arzobispo Benito María de Moxo.

Según el historiador boliviano René Moreno, las dificultades que encontró en Charcas al comienzo del siglo XIX por su temperamento combativo, impidieron a Cañete abrazar la causa de la emancipación americana. Aconsejó primero a Liniers, y luego al Virrey del Perú, Abascal, para sostener la causa de la dinastía española; proyectó la creación de cuatro sedes gubernativas americanas a base de los cuatro virreinatos, y discutió la capacidad de los pueblos del Nuevo Mundo para darse un gobierno propio. En tal sentido, escribió, en 1810, una carta a los compatriotas Fernando de la Mora y José Gaspar de Fran­cia. Cañete fue realista hasta su muerte, ocurrida en 1823. Pero con­tribuyó a la organización colonial, y fue uno de los exponentes de la cultura de aquella época. Uno de sus trabajos se titulaba "El Clamor de la Lealtad Americana". Fruto de la Universidad colonial, creada por España, como aporte de su esfuerzo civilizador en el nuevo mun­do, el doctor Pedro Vicente Cañete permaneció fiel a la madre patria. Fue un conservador. Pero su sincera oposición a la causa americana, su falta de comprensión del gran movimiento emancipador, no obstan a que se le reconozcan su esclarecido talento, su vasta cultura y sus grandes servicios a la organización administrativa de los pueblos del virreinato.


 

SEGUNDA PARTE

 

LA REVOLUCIÓN DE MAYO

 

La tranquila vida colonial paraguaya, de comienzos del siglo XIX, se vio turbada entre 1810 y 1811 por diversos acontecimientos exteriores que repercutieron en ella. En primer lugar, la invasión de la península ibérica por los ejércitos napoleónicos, que dejó caduco el poder central. Luego, la revolución del 25 de Mayo en Buenos Aires, que buscó proyectarse hacia todas las provincias que integraban el Virreinato del Río de la Plata. La Asunción se rebeló en 1811 por las mismas razones que Caracas, Charcas y Buenos Aires. El nuevo mundo maduraba tempranamente. Una minoría selecta, imbuida de la filosofía moderna y contagiada por los ejemplos de las revoluciones francesa y norteamericana, pro­pugnaba por la emancipación, siquiera usara en los primeros momen­tos la máscara del juramento de fidelidad a Fernando VII. En el Paraguay, ese partido estaba integrado por criollos educados en Buenos Aires y Córdoba, por sacerdotes de regular cultura y por al­gunos jóvenes militares que habían tenido actuación en la defensa de Buenos Aires contra los ingleses y en la resistencia contra el ejército de Belgrano. Rodeados de prestigio heroico, estos soldados fueron los realizadores del pensamiento.

La Junta constituida en Buenos Aires, con motivo del 25 de Mayo, por circular del 27, pidió al Paraguay su adhesión y el envío de un diputado al Congreso en que se reunirían los representantes de todo el Virreinato. Al mismo tiempo, llegaba por vía de Montevi­deo -la circular de la Regencia peninsular. El Gobernador, Dn. Bernardo cimiento de la Regencia, declarado por el Congreso del 24 de julio. El Dr. Manuel Granze, de Yaguarón, fue sospechado de conspirar. El 4 de abril fue descubierta una conjuración encabezada por los jóvenes Manuel Hidalgo y Pedro Manuel Domecq, en connivencia con Vicente Ignacip Iturbe, quien aparece desde los primeros momentos como el precursor de la revolución, su agente más decidido. Iturbe habló ya del movimiento a la vuelta de Tacuary, donde actuara con brillo. Otro movimiento de mayor vigor se preparaba, con la jefatura de los comandantes Yegros, de Itapúa, y, posiblemente, Cabañas, que re­sidía en su establecimiento de las cordilleras. Indicio comprobatorio de ese movimiento fue el estallido casi simultáneo de la revolución, en la Asunción, Corrientes (ocupada entonces por los paraguayos), donde se levantó Blas José Rojas, e Itapúa, del comando de Misiones. Otro indicio es que el Cdte. Yegros, sindicado como Jefe, llegó a la Asunción el 21, en un plazo breve que muestra su connivencia con los autores del golpe. A la sazón estaba en Itapúa, a más de 350 Kms dela capital. Yegros venía a ponerse al frente del movimiento, y recibió un aviso de Caballero, en Timacá.

Un suceso imprevisto apresuró los acontecimientos. El General Diego de Souza, Capitán General de Río Grande del Sur, había enviado como emisario confidencial al Tte. José de Abreu, para ofrecer su apoyo al Gobernador Velasco. El realismo refugiado en el Cabildo recibió con complacencia el ofrecimiento. Velasco vaciló ante la responsabilidad, pero terminó aceptando que las fuerzas por­tuguesas ocuparan las Misiones de la margen izquierda del Paraná, para interponerse entre el Paraguay y Belgrano, que a la sazón actua­ba en la Banda Oriental, y pasarle la mano en caso necesario.

La noticia de las gestiones de Abreu alarmó a toda la ciudad. El 13 de mayo sesionó el Cabildo para escuchar el informe del Goberna­dor. Se susurraba la existencia de una conspiración. Los patriotas, ante el doble peligro de la cooperación portuguesa y de ser descu­biertos, resolvieron apresurar los acontecimientos en ausencia de Yegros.

En la noche del 14 de mayo, Pedro Juan Caballero, Vicente Ignacio Iturbe y otros compañeros, se presentaron al cuartel de la plaza y se apoderaron de él en connivencia con el oficial de guardia, Mauricio José Troche. Pusieron en libertad a más de treinta presos políticos, e iniciaron las medidas revolucionarias. Quedaban en pie, fieles al Gobernador, el Cuartel de los Miñones y la guardia de Velasco. Una patrulla realista comandada por el Mayor Cabrera fue arrestada por Iturbe. Al Cdte. Gamarra le cerraron las puertas del cuartel cuando se presentó para averiguar noticias. Lo mismo al fraile español Cañete, que intentó hacer desistir a los rebelados. El 15 de madrugada, el Capitán Caballero envió la primera intimación a Velasco por intermedio del Alférez Iturbe. Exigía la entrega de todas las, armas, la admisión de dos Diputados adjuntos al Gobernador, que serían designados por el cuartel general, la separación de los funcionarios españoles Benito Velasco y José de Elizalde y de todos los miembros del Cabildo, así como del Cdte. José Teodoro Fernández. Además de ello, imponía que Abreu no abandonara la ciudad sin su conocimiento, ni que buque alguno saliera de la Asunción antes de la llegada de los oficiales de la plana mayor.

Velasco contestó en términos vagos. Negó rotundamente el acuerdo con Abreu, y procedió a quemar las comunicaciones. Caballe­ro insistió, en una corta esquela, en el envío de los documentos de Abreu y en la entrega inmediata de las armas. Luego ordenó la salida de la tropa a la plaza, con las seis piezas de que disponía. Dos disparos de artillería subrayaron la firmeza de la resolución.

Convencido de la inutilidad de toda resistencia, el Gobernador español tuvo que aceptar las condiciones dictadas por Caballero. A la tropa de línea se había unido la masa del pueblo. Al atardecer fue izada la bandera. Veinte y un cañonazos saludaron el triunfo de la revolución.

El 16 fueron designados para integrar el triunvirato, el Goberna­dor Velasco, el Dr. José Gaspar de Francia y el Capitán Juan Valeriano de Zevallos, "hasta que el cuartel con los demás vecinos de la provincia arreglen la forma de gobierno". Francia y Zevallos prestaron juramento en el patio del cuartel. Subscribieron esta primera acta, que es como la fe de bautismo de la República: Pedro Juan Caballero, José Gaspar de Francia, Juan Valeriano de Zevallos, Juan Bautista Rivarola, Carlos Argüello, Vicente Ignacio Iturbe, Juan Bautista Acosta y Juan Manuel Iturbe. El 21 llegó a la ciudad el Tte. Coronel Fulgencio Yegros, quien fue recibido por una gran masa popular, como el jefe militar del movimiento.

El triunvirato lanzó un manifiesto en que se habla de conseguir la igualdad con Buenos Aires, de los derechos naturales del hombre, de la libertad imprescriptible, etc., lenguaje típicamente francista. El 28 se reparten las circulares para la Junta General, fijada para el 17 de junio. El 9 de junio fue descubierta una tentativa reaccionaria. Caba­llero procedió con energía. Los oficiales del cuartel general se diri­gieron al pueblo en un manifiesto en que se dice que "los depositantes de la autoridad y sus viles secuaces maquinaban el detestable proyecto de someterla a una dominación extranjera. Habiendo, pues, tomado a nuestro cargo y de nuestras tropas el poner en libertad a nuestra ama­da patria", etc...

Los revolucionarios asumieron así la plena responsabilidad his­tórica. Estaba escrito el primer capítulo de la historia del Paraguay independiente.



CORONEL JOSÉ FÉLIX BOGADO

 

El Libertador José de San Martín libró su primera acción por la independencia americana el 3 de febrero de 1813, en San Lorenzo, a orillas del río Paraná. Victorioso en la acción, aceptó un canje de prisioneros -con los realistas. Entre los can­jeados figuraban tres boteros paraguayos. Uno de ellos era José Félix Bogado, llamado a glorioso destino. Desde ese día se alistó en las filas del ejército libertador, hasta 1826, en que regresó a Buenos Aires, con el grado de Coronel, a la cabeza del Regimiento de Granderos a Caballo, después de 13 años de incesante batallar. Bogado resume en sí la modestia congénita del paraguayo, su espíritu de abnegación y su bravura tradicional. Abrazó una causa, y a ella consagró sus energías con vocación heroica. Su foja de servicios es un diario de campaña constelado de hazañas.

José Félix Bogado nació en Yatayty en 1777. Incorporado al Regimiento de Granaderos a Caballo, marchó de Buenos Aires a Tucu­mán, centro de organización del ejército patriota. Formado a las órdenes del General Rondeau en la expedición al Alto-Perú. En esa campaña se endureció en la refriega de tres derrotas. Conoció los naturales reveses de una guerra, fortaleció su espíritu, y afiló su corvo sable en la piedra de los Andes para servir bien a la causa de América. Entre­tanto, San Martín comenzaba a realizar su pensamiento fundamental de organizar un ejército para batir a los realistas en Chile y en el Perú, centro este último de su poderío. Se organizaba el campamen­to de Mendoza. Allá acudió el Alférez Bogado, en enero de 1816, a ponerse a las órdenes del bravo Necochea.

En 1817 se inició la audaz maniobra que se conoce en la historia con el nombre de paso de los Andes. El ejército patriota, adiestrado por el Gran Capitán de la Libertad, ensayaba su vuelo, escalando las cumbres donde anidan los cóndores y habita la gloria. Entre mu­chos de sus compatriotas reclutados en Misiones, marchaba el jinete guaireño, cuyo bridón de guerra ascendería hasta las alturas inmarce­sibles de Junín y Ayacucho, como representante de su raza en la em­presa emancipadora.

El Paraguay fue uno de los primeros núcleos que comprendieron el sentido profundo de la revolución. Solo abatió el poder colonial; impidió toda reacción realista; sustentó al principio la idea de la fe­deración; en 1813, adoptó la república como forma de gobierno, y se constituyó en el centinela del N. E. contra las pretensiones de la Princesa Carlota Joaquina que, desde Río de Janeiro, se proclamaba heredera y defensora de los derechos de Fernando VII.

Bogado, el 7 de febrero, participó del sangriento combate de Las Coimas. Fue herido en la batalla de Chacabuco, y ascendido a Teniente el 17 de mayo de 1817. Peleó denodadamente en Cura­paligüe y Gavilán; en Gualpen y Los Perales, como en el infructuoso asalto de Talcahuano. El General Bernardo de O'Higgins, en su parte del 14 de septiembre, sobre el combate de Cerro Manzano, hace una honrosa mención de Bogado. En Maipú actuó a las órdenes del Coro­nel Zapiola y fue condecorado. Libertado Chile, había que atacar el centro del Virreinato.

El 20 de agosto de 1820 salía de Valparaíso la expedición liber­tadora. Bogado, que había ascendido a Capitán en junio de aquel año, revistaba a las órdenes de Alvarado. En Lima le cupo la misión de de­fender la ciudad contra la tentativa realista de recuperación de la Ciu­dad de los Reyes. En 1822, fue ascendido a Sargento Mayor. Formó parte de la infortunada expedición a los Puertos Intermedios, de don­de regresó desnudo y descalzo, pero con sus charreteras de Teniente Coronel fulgentes y su espíritu incólume. La adversidad no podía

hacer mella en el acero templado en las aguas del Paraná. En agosto de 1823, cumplió la difícil misión de apoderarse de Pisco. Retirado el General San Martín, la dirección de la guerra la cupo a Simón Bolívar, el Libertador por antonomasia. Bolívar confirmó a Bogado en la graduación de Teniente Coronel, que volvió a su tradicional regi­miento como segundo jefe. En ese carácter participó de la batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824. Cuatro meses después fue ascendido a Coronel.

En la batalla de Ayacucho, donde se selló la independencia con­tinental, el 9 de diciembre de 1824, Bogado comandó su clásico re­gimiento. La raza guaraní estuvo, pues, presente al pie del Condorcun­ca, encarnada en el epónimo guerrero. Bolívar le otorgó su reconoci­miento el 9 de junio de 1825, desde su Cuartel General de Arequipa. Terminada la guerra, Bogado y sus compañeros, trayendo en sus ma­nos la enseña santificada en cien combates por la libertad de América, regresaron a Buenos Aires, en febrero de 1826. El ínclito guaireño volvía como Jefe de su Regimiento después de 13 años de campaña. Murió en servicio, en San Nicolás (Buenos Aires) el 21 de noviembre de 1829.

Paraguayo auténtico, José Félix Bogado, peleó por América y honró a la patria.



GENERAL FULGENCIO YEGROS

 

ElGeneral Fulgencio Yegros nació en Quyquyó. Procedía de una familia netamente militar. El abuelo, el General don Fulgencio Yegros y Ledesma, recibió por merced real extensas tierras en Quyquyó, en pago del servicio prestado a la Corona y a la Provincia. El Teniente Coronel don José Antonio Ye­gros, padre del prócer, fue uno de los más audaces exploradores del Chaco. Allí ganó sus galones y su reputación. El hermano, capitán don Antonio Tomás Yegros, fue uno de los eficaces colaboradores de la Revolución de Mayo y un arquetipo del soldado pundonoroso y valiente.

Fulgencio Yegros resumió en su persona el prestigio de la Revo­lución de Mayo. No tenía la decisión enérgica de Pedro Juan Caballero; carecía de la ilustración del doctor Francia; no era orador elocuente como Molas; pero, en cambio, atraía, seducía, conducía por imperio de su persona; los criollos reconocieron en él a su jefe natural, y la Revolución tuvo en este soldado sin tacha, su mejor garantía. Era sencillo, generoso y espléndido.

Aunque el movimiento del 14 de Mayo le tomó lejos de la Capi­tal, intervino en sus preparativos, y a su llegada fue recibido como el Jefe y aclamado como Presidente de la primera Junta Patriótica.

Su foja de servicios tenía la prueba de fuego de las batallas de Paraguarí y Tacuary, en las cuales combatió contra la expedición por­teña. Después de la capitulación de Tacuary, tuvo oportunidad de cultivar la amistad de Manuel Belgrano y de concordar con él sobre

los propósitos de la Revolución Americana. A su regreso se puso al frente del movimiento paraguayo. Alentó a sus compañeros, y acaudi­lló al pueblo para la empresa de conquistar la independencia.

Como presidente de la Junta y Cónsul de la República, realizó una obra administrativa importante. Dictó reglamentos; creó escue­las; dio al país la impresión de que el movimiento de Mayo era una profunda transformación social, un cambio de estructura jurídica. El paraguayismo de Yegros era una mezcla de amor a la libertad y a la tierra donde nació. Su cultura no era vasta; pero su espíritu estaba inspirado por el bien colectivo. Era un soldado del derecho que manejaba tan bien la espada como el corazón.

Digna compañera de su vida fue doña Facunda Speratti, que le acompañó en su preocupación patriótica, y a quien le cupo el triste destino de recoger el cadáver de su marido, fusilado en 1821, por orden del Dictador, contra cuyo gobierno opresivo conspiró.

Don Fulgencio Yegros es la expresión más alta de las ansias de libertad y de grandeza del Paraguay naciente. Figura central del mo­vimiento, sigue siendo para nosotros el hombre-símbolo de la Revo­lución de Mayo.



PEDRO JUAN CABALLERO

 

Pedro Juan Caballero procedía de una de las familias más antiguas del Paraguay, cuyos ascendientes, los Caballeros de Añasco, tuvieron prominente actuación en la Revolu­ción de los Comuneros. Su padre, Comandante Luis Caballero, falleció a consecuencia de los excesivos trabajos realizados para abrir una pi­cada en la margen del río Tacuary y salir a retaguardia del ejército de Belgrano.

Los trabajos revolucionarios habían llegado a una efectiva coor­dinación en mayo de 1811. Sólo faltaba la disposición de su jefe el Comandante Fulgencio Yegros, pues, se preparaban movimientos similares en Itapúa, asiento de su comando, y en Corrientes, ocupada por fuerzas paraguayas a las órdenes del Comandante Blas José Rojas. La inesperada presencia de José de Abreu, emisario portugués que vino a ponerse en connivencia con el Gobernador Velasco, apre­suró los acontecimientos. Además, Iturbe tuvo noticias de que el Gobernador se hallaba al tanto de la conspiración de los criollos, por aviso de un pariente, en la mañana del 14.

El capitán Caballero, que entonces apenas contaba 25 años, asumió la responsabilidad. Se presentó en los cuarteles en la noche del 14 de Mayo. Y el 15 de mañana intimó a Velasco la constitución de un gobierno con dos diputados adscriptos en representación de los criollos insurrectos. Estos diputados propuestos por Caballero fueron el doctor José Gaspar de Francia, la ilustración más completa de la época, doctrinario de la Revolución, y don Valeriano de Zevallos, español de nacimiento, pero que gozaba de amplia confianza por su espíritu ecuánime y su conducta intachable.

El 15 de Mayo, Caballero echó los cimientos del Paraguay inde­pendiente. La Revolución tuvo en él su brazo armado, su ejecutor enérgico. Posteriormente, se convirtió en la garantía del orden públi­co, hasta que su disidencia con el doctor Francia le alejó de los cuarte­les y fue confinado en su establecimiento ganadero de Aparypy (Tobatí). Más tarde, se puso al habla con sus antiguos compañeros para deponer al Dictador. Delatada la confabulación, Pedro Juan Caballero fue encarcelado. Se cometió el error de querer ultrajarlo, olvidando que aquella alma comprimida, como la pólvora, podía estallar. Condenado a muerte y ante la inminencia de la ejecución, como una protesta, tomó una navaja de afeitar y se cortó el cuello. Escribió en la pared de la prisión, con su propia sangre, esta frase lapidaria: "Bien sé que el suicidio es contrario a la ley de Dios y de los hombres, pero la sed de sangre del tirano no se saciará con la mía".

El Capitán Caballero estaba casado con doña Juana Mayor. Dejó siete hijos. Dos de ellos llevaban nombres alusivos a la Independencia: Libertad Patricia y Liberto Patricio. Nació en la Asunción en 1787.




VICENTE IGNACIO ITURBE

 

Vicente Ignacio Iturbe fue una de las figuras eminentes de la emancipación. Antes de la Revolución, conspiró contra el poder español en compañía de los jóvenes Manuel Domecq, Marcelino Rodríguez y Manuel Hidalgo. Participó, anterior­mente, en la defensa de la ciudad de Buenos Aires contra la invasión inglesa, en 1807, y actuó como alférez en las batallas de Paraguarí y Tacuary. El 14 de Mayo acompañó al Capitán Caballero a tomar el cuartel, y fue el emisario encargado de intimar rendición al gober­nador Velasco, en la madrugada del 15 de Mayo, ocasión en que actuó con admirable energía.

En 1813, revistó como capitán de granaderos en la guarnición de la Capital. Posteriormente fue designado comandante militar de San Pedro de Ycuá-Mandiyú. En 1814, disconforme con la designación de Francia como Dictador Perpetuo, pidió su retiro. Era un carácter franco, inflexible y correcto. Fue uno de los precursores de la Revo­lución de Mayo, uno de los realizadores del pensamiento patriótico, y un adversario sin dobleces del Dictador Francia, cuyo predominio nunca aceptó.

En 1819 conspiró para derribar la dictadura absoluta.

Fue ejecutado en compañía de su hermano Manuel, el año 1821, al pie del trágico naranjito donde se realizaban los fusilamientos en aquella época.

Vicente Ignacio Iturbe es una figura broncínea de la Revolución de Mayo. No conoció más que el camino recto. Iniciado en las ideas liberales en su contacto con la juventud del Río de la Plata, en la Asunción se convirtió en el propalador de las ideas emancipadoras en los centros sociales en que actuaba.

Participó en todas las conspiraciones anteriores al 14 de Mayo, con una decisión que da derecho a calificarle como auténtico precursor de la Independencia Nacional.

Un hijo suyo continuó su tradición patricia: el capitán Policarpo Iturbe, de la escolta de López, que cayó en defensa de la patria en la guerra contra la Triple Alianza.



MARIANO ANTONIO MOLAS

 

Mariano Antonio Molas fue un girondino (1) de la revolución de 1811. Fue educado en el Río de la Plata, donde hizo sus estudios de Derecho, y se formó en el bufete del doctor Juan José Castelli. Regresó al país en vísperas de los acontecimientos de mayo, contagiado del liberalismo que ganaba a toda América, a favor de los libros clandestinos y del nuevo espíritu surgido de la revolución francesa. Hombre de ideas liberales, espíritu noble, ena­morado de las reformas, consideró una injusticia la postergación que sufrían los criollos en la vida pública, y una necesidad cambiar el régimen gubernativo de los países americanos.

Fue un hombre de sistema, un pensamiento ya maduro.

Molas pertenecía a una distinguida familia asuncena, de buena posición económica. Es de todo punto admisible que el prestigioso abogado haya tenido entendimiento con los revolucionarios para la preparación del movimiento emancipador. El 15 de mayo aparece en el grupo de Montiel, Domecq, Aristegui, Valdovinos, Acosta, Mora, Rivarola, es decir, la juventud civil de la revolución. Pero Mariano Antonio Molas no era un político ni un revolucionario por resenti­miento, sino un hombre de derecho, expositor de las ideas nuevas. A su personalidad, para ser completa, le faltaba la decisión, el amor a la acción. Descuella desde las primeras asambleas y los diversos con­gresos, como el vocero de la emancipación. Es el primero en proyec­tar declaraciones, en proponer normas jurídicas para la organización política de la nación. En la Asamblea del 17 de junio de 1811, además de las medidas políticas, como la separación de Velasco y la consti­tución de una junta netamente patriótica, propuso medidas de ele­vado concepto americanista. Entre ellas pueden ser mencionadas la autorización para que los cargos públicos fueran accesibles a todos los americanos de nacimiento. Sustentó los principios de la confede­ración de los pueblos del Río de la Plata "para formar una sociedad fundada en principios de justicia, de equidad y de igualdad"; que se enviara al doctor Francia como diputado al Congreso de Buenos Aires, con la condición de que cualquier reglamento, forma de go­bierno o constitución que se dispusiera no obligaran al Paraguay hasta tanto no obtuviera ratificación en junta plena y general de sus habi­tantes, y que los cargos gubernativos no fueran vitalicios ni duraran más de cinco años, debiendo ser siempre provistos por elección del pueblo, y que "se suspendiera el reconocimiento del Consejo de la Regencia, hasta la suprema decisión del Congreso de Buenos Aires".

Estas proposiciones formuladas en los días iniciales de la emanci­pación, muestran la filiación americanista de sus ideas, la orienta­ción democrática de su espíritu.

En el Congreso del 12 de octubre del año de 1813, expuso con claridad los propósitos de la Revolución; proyectó un reglamento, que equivalía a un rudimento de Constitución, y que fue aprobado por unanimidad. Fue uno de los auspiciadores del régimen y de la adopción de la denominación de "República del Paraguay". Implantada la dictadura perpetua, Molas se recogió a la vida privada. Siguió ejerciendo la profesión, contuvo sus convicciones jurídicas, entregó al silencio sus sentimientos, esperando que aquel régimen terminara la fundación de la independencia por el imperio del orden, para reiniciar sus actividades y dar al Paraguay su organiza­ción, a base de la libertad. Sufrió y esperó. Su pluma se hallaba afilada para condenar la dictadura, para fustigarla, pero le faltaron oca­sión y libertad. En aquel medio crepuscular no había un resquicio de luz que le permitiera articular su protesta. Libelista inédito, cuyas páginas quedaron en blanco por falta de imprenta, en la lóbrega cárcel en que pasó doce años.

Molas era un estoico. Callaba, pero no se sometía. El despotismo tiene la particularidad de perseguir las sombras, después de aplastar los peligros; castiga las intenciones, después de aplacar las conjuracio­nes. El dictador no le molestó hasta el año 28. Pero aprovechó un incidente tribunalicio, la denuncia del falseamiento de un proceso por el Juez de la Recoleta, con motivo de un homicidio, y apoyado en la denuncia de una madre que pedía justicia, lo hizo arrestar. Molas era demasiado recto para trabajar en la urdimbre misteriosa de las conspiraciones. Amaba sus ideas, pero la ambición no le acicateaba para la acción. Le faltaba aquella dosis de santa ira que hizo la gran­deza de Junio Bruto.

La dictadura, que no vaciló en eliminar a Fulgencio Yegros, el jefe militar de la revolución, ni a Pedro Juan Caballero, que fue el brazo armado de ella, se detuvo ante aquel vocero del derecho. No se atrevió a inmolarlo a la necesidad del orden. Se redujo a tenerlo preso con libre comunicación.

Durante su larga prisión, escribió la "Descripción de la antigua Provincia del Paraguay", compendio de Geografía y de Historia de positivo m éxito. Un estudio cuidadoso del texto, autoriza a sospechar que se le han hecho algunas interpolaciones, especialmente para denostar la figura del dictador.

Se le atribuyó asimismo "El clamor de un paraguayo", libelo lleno de resentimiento, de amargura y de dolor. Es un grito salido de las mazmorras, una protesta ahogada, una invectiva despiadada contra el dictador. Parece un capítulo, olvidado a Juan Montalvo (1). Mariano Antonio Molas es una figura romántica de 1811, el idealismo más puro del movimiento revolucionario. Su recuerdo debe ser perpetua­do en mármol en la plaza pública o en el recinto del Congreso, como el primer parlamentario paraguayo.

La historia perpetúa muchas injusticias. A veces recuerda a los que actuaron por casualidad o a los que triunfaron por el esfuerzo de otros, mientras suele olvidar a los que dieron contenido y orienta­ción a los movimientos libertadores.

Molas nació en la Asunción en 1787. Murió en 1844, pobre y entristecido. Está aún esperando que la justicia le arranque del olvido y lo coloque en el altar de los servidores de la nación.


(1)     Los girondinos eran miembros de un partido político formado en tiempo de la Revolución Francesa. Eran de tendencia moderada.

(1) Juan Montalvo, escritor ecuatoriano 1832-1889), enemigo implacable de dictadores y tiranos y las fuerzas de la opresión.




JOSÉ GASPAR RODRÍGUEZ DE FRANCIA

 

Nació en la Asunción el 6 de enero de 1766. Hizo sus cursos escolares en la Capital. Más tarde, fue enviado a Córdoba, probablemente para la profesión religiosa. Su tempera­mento y carácter le impidieron consagrarse al sacerdocio. Volvió a la ciudad natal, donde ejerció la abogacía y la cátedra desde 1786. Valioso testimonio de sus antecedentes personales constituye el in­forme enviado por el Cabildo al Virrey, el 18 de agosto de 1809: "Es natural de Asunción, hijo legítimo de padres notoriamente nobles como lo fueron D. García Rodríguez Francia, antiguo capitán comandante de milicia de artillería de esta Provincia, y de doña María Josefa de Valasco, habiendo sido su tío abuelo materno De. Fulgencio Yegros y Ledesma, que fue Gobernador y Capitán General de esta Provincia".

A su regreso de la Universidad de Córdoba, profesó las cátedras de Latín en el Real Colegio de San Carlos, en 1789, y de Vísperas de Teología, vacante por le renuncia del Dr. Alonso Báez. También regentó la cátedra de Filosofía. Poseía una cultura sistematizada; pues no se limitaba a rumiar Lógica y Teología medioevales.

Siguió leyendo, cultivando su inteligencia. En su biblioteca figu­raban los libros de Voltaire, de Rousseau, del abate Raynal. Recibía constantemente libros y periódicos del extranjero. Escribía con co­rrección, aunque sin elegancia. Gustaba referirse a los "derechos im­prescriptibles", a la "igualdad de los hombres", a la facultad del pueblo para darse gobierno, lenguaje que revela la procedencia rousseauniana de su ideología. Es afirmativo en sus conclusiones; razona siempre con buen sentido; fundamenta sus juicios; su estilo es áspero. Hablaba ese lenguaje penumbroso que da al auditorio la sensación de la profundidad. En lugar de usarla como tolerancia, empleaba su cultura para imponerse. Su vanidad tenía algo de orgullo. Si llegó a triunfar, no fue por casualidad. El azar no desempeñó ningún papel en su vida. Todo lo calculó y proyectó. Fue una inteligencia al servi­cio de una ambición y de una voluntad incorruptible. No un destino que se improvisa sino un trabajo que culmina. Su juventud, y aun su edad madura, fueron preparatorias de una actuación sobresaliente. Fue un hombre substantivo. Nada de dobleces ni de adhesiones. Actuó por sí; trabajó por su cuenta. Sólo le faltaba el ambiente; que llegara la hora en que debía surgir. El Dr. Francia, en 1809, era ya un serio proyecto de gobernante. Sobresalió, y, por lo tanto, atrajo al rayo. Fue, sobre todo, un carácter, esto es decir, que tuvo la colum­na vertebral de las cualidades de un hombre.

El Dr. Francia había adquirido los conocimientos que entonces se daban en las universidades de la América Española. Córdoba del Tucumán produjo hombres como el Deán Gregorio Funes, Juan Ig­nacio Gorriti, Juan José Paso y Manuel Alberti. De la Universidad de Charcas fueron alumnos Mariano Moreno, Juan José Castelli, Ber­nardo Monteagudo, Vicente López, Facundo Zuviría. Vale decir que dichos centros fueron la casa espiritual de los directores de la revolu­ción en el Río de la Plata.

No fue un aventurero, ni un corrompido, ni un resentido social. Además de la cultura general, tenía información y práctica del meca­nismo administrativo de la Colonia. En Córdoba dejó como rastro su nombre escrito en un banco de la clase a punta de cuchillo, con tan­to vigor que traspasaba la madera del pupitre. Pero, en cambio, el ambiente conventual dejó en su espíritu huellas profundas. Durante toda su vida siguió el estricto régimen de alimentación y pobreza que aprendió en el claustro. Esa misma disciplina silenciosa impuso al país.

La rectitud campea en los actos de su vida pública y privada. No defendía sino los pleitos que estimaba justos; su saber no estaba en almoneda ni su bufete se prestaba para escarnecer la justicia.




LA OBRA POLÍTICA DEL DR. FRANCIA

 

El Dr. Francia no se caracterizó, como otros estadistas, por la multiplicidad de su obra, por la organización jurídica ni por los monumentos edificados durante su régimen. Abrigó un propósito fundamental y a él lo subordinó todo. Sus ac­tividades fueron convergentes; su preocupación, única. Le acompañó desde su iniciación en la vida pública y murió con él. El 16 de mayo de 1811 integró el triunvirato, en cuyo seno representó la tendencia netamente patriótica. Fue confirmado en el Gobierno el 20 de junio. En 1813 se le designó Cónsul; en 1814, Dictador Temporal, y el año 16, Dictador Perpetuo. Realizó una carrera política firme. En el agi­tado proceso revolucionario, algunos próceres quedan obscurecidos, otros desaparecen del escenario, mientras él permanece incólume. Es un centro de gravedad de los acontecimientos. Encontró obstáculos y suscitó rivalidades; tuvo en contra fuerzas reaccionarias, pero supo defenderse e imponerse por su labor, su sagacidad y su energía. Su prestigio era grande entre la gente de campo. Su inteligencia seducía al pueblo. Marchó directa y progresivamente al gobierno unipersonal, porque se creyó el único capaz para salvar la independencia. Para ello se valió de todos los recursos de que puede disponerse en política.

El Dr. Francia asumió el poder público, como una misión his­tórica, y se entregó a ella por toda la vida. Por eso la historia lo hace comparecer solo. Tal como vivió. Sin Congresos Generales, ni defen­sores. Soltero. Sin amores, sin amistades. En esa actitud, abarcando su obra y su persona, con la necesaria perspectiva, teniendo en cuenta la época, el medio y el objeto perseguido, se le debe enjuiciar. Fría­mente, sin compasión, que él no la tuvo para nadie. Pero honrada­mente como lo fue, indudablemente. En nombre de la seguridad nacional sacrificó a sus antiguos compañeros, los próceres de Mayo.

Concibió la independencia como un postulado del Derecho Natural. El Reglamento de 1813, de su redacción, prescribe que el deber supremo es la defensa y seguridad de la República. En sus

autos supremos resalta esa preocupación fundamental; su lenguaje traduce esa obsesión. En las circulares a los delegados insiste sobre ese punto, como quien va apretando los resortes de un complejo mecanismo. Por eso se ocupaba en los detalles complementarios y manejos de la obra.

El Dictador enviaba precisas instrucciones, escribía cartas a los delegados, despachaba los numerosos expedientes de la administra­ción, concurría a los cuarteles, fiscalizaba las municiones y la pólvora, instruía a la tropa. Monopolizó el comercio de la madera y hasta se hizo tendero para comprar con las ganancias, armas y uniformes para el ejército. Todo con el objeto de equipar al país para su auto­nomía. Este déspota tuvo una clara visión de los elementos vitales de una nacionalidad. Alimentaba las raíces. Su obra no es elegante, pero es maciza.

Gobernó para el pueblo, pero no con el pueblo, cuya voluntad decía interpretar. Se acerca a él, pero no a las clases cultas, adinera­das o linajudas. Es que el sentimiento de la independencia se encon­traba más en las entrañas profundas, que en las capas doradas de la burguesía colonial. La clase media no propugnó la dictadura. La sufrió. Las clases militar y campesina fueron su sostén. Se impuso por su energía cruel.

Sus ideas políticas fueron pocas, pero firmes; la tenacidad en realizarlas, superaba al brillo o genialidad de ellas. Fue una voluntad tensa, en acción constante, con definida orientación; conocía el propósito perseguido: hacer independiente al Paraguay. A ese fin tuvo que subordinarlo todo: comercio, cultura, relaciones, ejército, administración. Con calculada y fría reflexión suspendió todas las manifestaciones de la vida de relación, hasta conseguir ese objetivo. Veló por la integridad nacional con rígida estrictez, manteniendo los límites tradicionales de la Provincia. Nunca cedió un ápice de terri­torio. A la llegada de Correa de Cámara, designado Cónsul y Agente del Imperio del Brasil, en 1825, por instrucciones del Dictador, el Delegado de Itapúa, comandante Norberto Ortellado, ratificó los límites del Paraguay, que al occidente de su río llegaban al marco del Jaurú. Ocupó el territorio de la margen izquierda del Paraná hasta la Tranquera de Loreto, con fuertes guardias, sin permitir discusión sobre su dominio legítimo. Itapúa era la segunda capital, por donde se comerciaba con el Brasil, y la mantuvo como única puerta cuando, obligado por las circunstancias, tuvo que cerrar el puerto de Ñeem­bucú (Pilar). En Misiones actuaron como delegados Vicente Matiauda, Juan Vicente Montiel, Norberto Ortellado, Sebastián José Morínigo y José León Ramírez, a quienes transmitía prolijas instrucciones, sobre las cuestiones administrativas, con una claridad que hace, de dichas notas, una fuente preciosa para el conocimiento de las ideas gubernativas del Dictador. En ninguna época clausuró el comercio con el Brasil. Por Pilar se comerciaba con Corrientes, pero con inter­mitencias, porque la verdad histórica es que no fue Francia quien "aisló" al Paraguay sino los Gobiernos del Plata, que le clausuraron el río, le requisaron sus armas, le impidieron el comercio.

El Dr. Francia falleció el 20 de septiembre de 1840. Sus restos fueron sepultados en la Iglesia de la Encarnación y honrados como los del fundador de la Patria.




TERCERA PARTE

 

CARLOS ANTONIO LÓPEZ

 

Carlos Antonio López nació en la Asunción el 4 de noviem­bre de 1797. En la primera época de su vida, se consagró a la abogacía y a la cátedra. Comenzó a actuar en política después de la muerte del Dictador Francia. Consolidó las instituciones republicanas en 1844, con la adopción de la primera Carta Política. Irala, fundó la Provincia; el Dr. Francia, consolidó la independencia; Carlos Antonio López, organizó el Estado. Fue, como su predecesor, abogado y profesor de filosofía. Pero no fue duro ni frío como él, y le sobrepasó en actividad creadora. Francia se aísla y se impone; López se relaciona y promueve la actividad general; abandona el ais­lamiento sistemático, para conseguir por medio de tratados interna­cionales, el reconocimiento de la independencia.

En 18 años de gobierno patriarcal, fundó numerosos pueblos, creó escuelas, abrió el Seminario Conciliar, edificó la mayor parte de las iglesias del país, abrió caminos, organizó los arsenales y fundicio­nes; contrató técnicos militares y de industrias. Buques construidos en los astilleros asuncenos, cruzaron el Atlántico. Dotó al país de fe­rrocarriles y de telégrafo; llenó los percheles campesinos de basti­mentos; convirtió al Estado en comerciante, y se dedicó a exportar di­versos productos. Declaró la libertad de vientres de los esclavos; elevó a los indios de las Reducciones a la dignidad de ciudadanos; dictó normas de convivencia, y discutió con las naciones vecinas las cuestiones internacionales, con energía aunque no siempre con buen éxito. Adquirió una imprenta; publicó los primeros periódicos que aparecieron en el país, y creó una Escuela de Derecho.

Sus principales objetivos internacionales fueron conseguir el reconocimiento de la independencia, resolver las cuestiones de límites, y conquistar la libertad de navegación de los ríos para el comercio.

Se vinculó ampliamente en el exterior. El Instituto Histórico y Geográfico del Brasil, la Sociedad Geográfica de Berlín y la Sociedad de Anticuarios del Norte de Copenhague, le confirieron títulos hono­ríficos. En 1852 obtuvo del Presidente Urquiza el reconocimiento de la independencia. Su Gobierno tuvo algunos incidentes con los Esta­dos Unidos de Norteamérica, que fueron sometidos al arbitraje y ob­tuvieron fallos favorables.

Su laboriosidad era proverbial. Reglamentó los tribunales, la po­licía y la agricultura. Como hombre de derecho, se dedicó a dotar al país de normas jurídicas. Redactó mensajes que honrarían a un presidente de la actualidad; hizo imprimir los primeros billetes naciona­les; fundó la marina mercante; envió a un centenar de jóvenes a em­paparse de cultura en Europa. Redactaba personalmente las más im­portantes secciones de "El Paraguayo Independiente" y de "El Semanario". El Presidente López era hombre de hogar, y vivía como un señor feudal en su granja de Trinidad, desde donde impartía órdenes con voz rezongona. Su carácter era áspero, pero bondadoso en el fondo.

Su política internacional consistió en alejar la guerra que ame­nazaba estallar por diversos factores en aquel período de formación de las nacionalidades. No pudo arreglar los límites con la Argentina ni con el Brasil, a pesar de sus esfuerzos conciliatorios. El Congreso argentino no aprobó la línea del Bermejo que se había establecido como límite entre la Confederación y nuestro país. La Cancillería de López no defendió con eficacia el territorio de Misiones; pero en cambio se afirmó en las líneas de la Bahía Negra y del Río Blanco, pues el Brasil pretendía hasta el río Apa. En 1852, contribuyó a la pacificación argentina por intermedio de su plenipotenciario, el General Francisco Solano López. A pesar de los errores de su diplomacia y del carácter un tanto arbitrario de su gobierno, Carlos Anto­nio López merece el respecto de la posteridad. Fue un propagador de la enseñanza primaria y un fomentador del trabajo nacional. Perte­necía a la estirpe de los varones consulares que confundían su vida con la de la Patria y sus atribuciones con las del Estado. Por eso su gobierno fue paternal, arbitrario y fecundo. Murió en la Asunción en 1862, después de haber ejercido la presidencia por tres veces.



LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

 

La Presidencia del Mariscal López a guerra de la Triple Alianza fue la liquidación violenta de los pleitos del coloniaje, y una consecuencia de la incierta situación política creada en esta parte de América en el período de formación de las nacionalidades. La independencia del Paraguay fue reconocida por Bolivia en 1843, por el Brasil en 1844 y por la Argentina en 1856. Pero quedaban en pie las difíciles cuestio­nes de límites, que D. Carlos Antonio López no pudo resolver. El Brasil pretendía, en la región oriental, hasta el río Apa; en el proto­colo López-Paranhos se fijó como límite de ocupación del Chaco, la Bahía Negra. La Argentina, por su parte, como precio del reconoci­miento de la independencia, ocupaba las Misiones dé la margen iz­quierda del Paraná, y no se avino con el límite del Bermejo en el Cha­co. Estas cuestiones se presentaron en forma perentoria en el gobierno del General Francisco Solano López. El Río de la Plata seguía en convulsiones políticas: en la Argentina con la lucha de Buenos Aires y las provincias, y en el Uruguay, en la pugna entre "blancos" y "colo­rados". El Imperio del Brasil intervenía con frecuencia en la política de los países del Plata. El Paraguay, para asegurar su independencia, había organizado el Campamento de Cerro León, donde se instruían cerca de 30.000 soldados y su escuadra; compraba armas en la medida de sus recursos, y sostenía guarniciones importantes en Humaitá y Concepción. La revolución uruguaya, encabezada por el General Flo­res, precipitó los acontecimientos. El Brasil amenazó con ocupar laBanda Oriental; presentó el ultimátum de Saraiva, y cumplió su ame­naza con la penetración de las fuerzas mandadas por el General Menna Barreto. López, apoyado en la declaración del 30 de agosto y en el Tratado de 1850, que garantía la independencia uruguaya, protestó contra dicha ocupación. Se sintió amenazado de correr igual suerte. Temió la ruptura de lo que su Cancillería llamaba el "equilibrio del Río de la Plata", y afrontó la guerra, sin apreciar con exactitud la si­tuación internacional, ni contar con amigos. El 14 de noviembre de 1864, desde el campamento de Cerro León, ordenó el apresamiento del barco mercante brasileño "Marqués de Olinda". Era la guerra. El Congreso paraguayo aprobó su conducta. El Mariscal López come­tió el error inicial de dividir su ejército en tres columnas que partieron con rumbo a Mato Grosso, una, a las órdenes del Coronel Barrios; otra, a Uruguayana, a las órdenes del Teniente Coronel Antonio de la Cruz Estigarribia, y la tercera al Sur, a las órdenes del General Wen­ceslao Robles. En enero de 1865, pidió permiso al Gobierno argentino para atravesar el territorio de Misiones e invadir el Brasil. El permiso fue negado. Su propósito era herir al Brasil antes de terminar su mo­vilización, y marchar sobre el Uruguay, donde contaría con el concur­so del gobierno del Presidente Aguirre. Ante la negativa del Gobierno de Mitre, el Congreso paraguayo declaró la guerra a la Argentina en marzo de 1865. El 13 de abril, una escuadrilla paraguaya ocupó a Corrientes. La Argentina reaccionó ante la invasión. El 10  demayo del mismo año, se suscribió en Buenos Aires, el Tratado Secreto de la Triple Alianza, entre el Brasil, la Argentina y el Uruguay, representa­dos por Francisco Octaviano de Almeida Rosa, Rufino de Elizalde y Carlos de Castro, respectivamente. En el Tratado se establecían las duras condiciones y los límites que se impondrían al Paraguay. La ex­pedición a Mato Grosso cumplió su cometido, pero distrajo fuerzas que hubieran sido más útiles al Sur. La columna de Estigarribia, des­pués de la derrota de Yatay, en que su vanguardia fue aniquilada, se encerró en Uruguayana, y tuvo que rendirse ante fuerzas muy superio­res. La columna de Robles llegó hasta Goya, y tuvo que retroceder. El General Robles fue fusilado en Humaitá por sospechas de connivencia con el enemigo. La escuadra paraguaya, a las órdenes del Comodo­ro Pedro Ignacio Meza, se hundió gloriosamente en la Batalla del Riachuelo (12 de junio de 1865).

El ejército aliado, a las órdenes de Bartolomé Mitre, invadió el Paraguay, desembarcando en la costa del Paraná en abril de 1866. De Itapirú a Cerro-Corá se trazó la "diagonal de sangre" que señala la resistencia de un pueblo en defensa de su soberanía y de su integri­dad territorial. La guerra duró de noviembre de 1864 al 10 demarzo de 1870, período en que el Paraguay se defendió con sus propios re­cursos, sin recibir del exterior armas ni municiones. Movilizó todas las clases aptas para empuñar las armas, inclusive los niños de 12 años. Los arsenales de la Asunción, las fundiciones de hierro de Ybycuí y la fábrica de pólvora de Valenzuela, trabajaban como fraguas ardientes para dar armas a los soldados. Hasta las campanas de las iglesias fue­ron fundidas para fabricar cañones. En el museo histórico de Río de Janeiro se encuentra amarrado el cañón "Cristianó", fundido en Ybycuí, que tiene la inscripción de "la Religión al Estado". El "Crio­llo", gemelo del anterior, está en el museo de Luján, de la Argentina. Las mujeres tejieron, durante toda la guerra, ropa para los soldados y vendas para los heridos. Nunca se pudo dar a otro ejército, con más justicia, la calificación de la nación en armas. En Humaitá, en 1865, como en Paraguarí, en 1811, y en Boquerón, en 1932, estaba todo el pueblo paraguayo formando un haz de insuperado patriotismo.

Innúmeros fueron los episodios heroicos de la jornada. Las ba­tallas más importantes fueron las de Corrales, Itapirú, 2 y 24 de Mayo, Sauce o Boquerón, Yatayty-Corá, Curupayty, Acayuasá, Tatayibá, Tuyutí (3 de noviembre), Ytororó, Avay, Itá-Ybaté, Piribebuy y Acosta ñú.

El 24 DE MAYO marca el esfuerzo supremo de López para destruir el ejército aliado acampado al Sur del Estero Bellaco. Lanzó 24.000 hombres a las órdenes de Barrios, Resquín, Marcó y Díaz contra el grueso de las fuerzas invasoras. La derrota no le amilanó. Reorganizó su ejército, y presentó nuevas batallas. La conferencia celebrada entre López y Mitre, en Yatayty-Corá, para poner fin a la guerra, no tuvo éxito.

En CURUPAYTY, la victoria coronó la titánica resistencia del General Díaz, que con 5.000 soldados contuvo a 21.000 aliados. En BOQUERÓN murió el héroe de la jornada, Coronel Elizardo Aquino, uno de los jefes más ilustrados del ejército.

HUMAITÁ fue el eje de nuestra defensa. Resistió durante dos años los ataques combinados de la escuadra brasileña y de los ejérci­tos de la alianza. La Batería de Londres parecía un volcán en erupción frente a los acorazados enemigos. En las afueras de las fortificacio­nes, operaba Valois Rivarola; el Coronel Hermosa resistía en el sector Norte, los ataques del Mariscal Osorio. Pero la situación de nuestro ejército se volvía delicada. López abandonó el cuadrilátero; la escua­dra brasileña forzó el paso del río; el “Tacuary" y el "Ygurey", restos de nuestra escuadra, que surtían a Humaitá por el Norte, fueron inu­tilizados en desigual encuentro. Humaitá quedaba aislada. Se cerraba la tenaza enemiga. El Coronel Alem, jefe de la plaza, se pegó un tiro en la cabeza. Martínez siguió resistiendo. El 23 de julio de 1868 recibió orden de evacuar la plaza. Organizó sus huestes, y atravesó en canoas el río para desembarcar en Isla Poí, aprovechando la obscuri­dad de la noche. Pero los aliados se dieron cuenta de la tentativa, y redoblaron sus ataques. Trágica lucha en las aguas de la laguna Verá, en que los cañones aliados funcionaban día y noche sobre los evacua­dos. Humaitá, vacía y silenciosa, teniendo por único centinela su iglesia en ruinas, fue ocupada. Pero Martínez siguió peleando, hasta el 30, en que tuvo que aceptar la capitulación cuando sus soldados ya no podían mantenerse en pie por la fatiga y por el hambre. Humaitá es un capítulo de nuestra historia.

En ITÁ.YBATÉ los restos de nuestro ejército resistieron siete días y siete noches el ataque furioso de fuerzas diez veces superiores, comandadas por el Marqués de Caxías. Pareció que allí debía terminar la guerra. Pero de los restos dispersos de la nacionalidad pudo formar­se un nuevo ejército, y hasta fabricar armas en los arsenales de Caacu­pé. Meses después de la hecatombe, López contaba nuevamente con un efectivo de 8.000 hombres, que parecía surgir de las entrañas de la tierra, celosa de su autonomía tradicional.

El cuarto período de la guerra se conoce con el nombre de Cam­paña de las Cordilleras. En PIRIBEBUY, fue sacrificado al pie de su enseña no rendida, el Comandante Pedro Pablo Caballero. En ACOS­TA-ÑU, el General Bernardino Caballero, presentó la última batalla al Conde D'Eu, con un ejército de niños de 12 años. Luego cayó la tarde. La sombra iba cubriendo los despojos de un pueblo irreducti­ble, que marchaba por el sendero de sus selvas hasta Cerro-Corá, pi­náculo del sacrificio. Allí murió López, frente al enemigo, fiel a su juramento inexorable.

La guerra de la Triple Alianza fue la admirable resistencia de un pueblo celoso de su independencia; es una gloria colectiva. En el vasto panorama de la lucha desigual, se destacan algunas figuras inol­vidables de combatientes, como Díaz y Caballero; representantes de la marina como Herreros, Remigio Cabral y Pedro V. Gill, después de Riachuelo, se encargaron de las baterías de Humaitá; Romualdo Núñez, que llevó los últimos restos de nuestra escuadra hasta el Yhagüy; y el Teniente Fariña, que atacaba los acorazados desde un pequeño lanchón; artilleros como Bruguez, Roa e Hilario Amarilla, diestro en el manejo de la cohetera a la "congréve"; Celestino Prieto, héroe de Corrales; el Comandante Basilio Benítez, combatiente de Itapirú y 2 de Mayo; Ignacio Genes, que asaltó los acorazados bra­sileños con tropa conducida en canoas, hazaña insuperada; el Capitán José Matías Bado, ágil y temerario realizador de sorpresas, que se arrancó las vendas de las heridas para morir antes que quedar prisio­nero; los Coroneles Alem, Hermosa y Martínez, defensores de Humai­tá; el viejo Coronel Toledo, que glorifica sus 75 años en una carga de caballería, digna de la guardia napoleónica; los conductores de infan­tería como Delgado, FIorentín Oviedo. Antonio Luis González,

Manuel Jiménez (Calaá), Escobar, Francisco Fidel Valiente; Montiel y Orihuela; audaces ejecutores de asaltos como José Dolores Molas y Eduardo Vera; arquetipos de caballeros como Mongelós y Aguiar; Valois Rivarola, el Campeador, primer espada de los entreveros, que con una grave herida recibida en Avay, todavía tiene alientos para mandar la última carga en Itá-Ybaté... Sobre las trepidaciones de la feroz lucha, hacía oír su voz de zorzal, el poeta Natalicio Talavera, muerto en plena juventud. En la resistencia colectiva, la mujer para­guaya aportó sus alhajas, su corazón y su vida. El Paraguay perdió en la contienda la mayor parte de su selecta población y 156.000 kiló­metros cuadrados de territorio.

La guerra de 1864-70 es la última etapa de la lucha por nuestra Independencia. Entre las inexpugnables murallas de Humaitá, un sol­dado de la banda de músicos de esa guarnición, que resistía, hacía meses, el ataque combinado de la escuadra y de los ejércitos aliados, evocó la trágica marcha a Uruguayana, y compuso el "Campamento Cerro León", verdadero himno popular del paraguayo. Sobre el re­moto escenario ya no canta el urutaú su desolada nenia, sino que suenan los acordes marciales del "Campamento":

"Campamento Cerro León

14, 15,16

17 y 18, 19 batallón..."

como el lenguaje musical de una raza nacida para hacer historia.



GENERAL DÍAZ

 

José Eduvigis Díaz nació en Pirayú en 1835. Sentó plaza de recluta en Cerro León. Pronto se distinguió por su carácter disciplinado, estricto, y su presencia marcial. La rigidez dominaba en toda su vida. Antes de la guerra, desempeñó con acierto la Jefatura de Policía de la Capital, y frecuentaba los salones como un caballero distinguido, al lado de Francisco Solano, Benigno y Venancio López, Barrios, Bruguez, Aguiar, Alem, Mongelós, Herre­ros y otros miembros de la juventud dorada de la época. Cuando estalló la contienda, el gobierno le confió la formación del Batallón 40, destinado a tener épico renombre. Marchó a la guerra con el grado de Sargento Mayor. Todas las miradas se concentraban en él, como una de las esperanzas en aquellos instantes supremos. El Mariscal López lo distinguió desde el primer momento; le confió las misiones más difíciles; le entregó la mejor tropa, y le dio oportunidad de revelar su valor y su competencia. Era enérgico, bravo y afortunado. En cada batalla crecía su prestigio. La victoria sonreía al impertérrito adalid de la defensa, al jefe favorito a quien se confiaba la responsabilidad de detener en los límites del Estero Bellaco la invasión injustificable de tres naciones. Dirigió la audaz incursión de Corrales y la resistencia de Itapirú. El 2 de Mayo y Sauce fueron lumbres de su gloria. El 24 de mayo atacó con vigoroso empuje el centro del ejército aliado. Díaz, depositario de la confianza del Mariscal, era también la cifra máxima del ejército, la esperanza del pueblo paraguayo. Pero su culminación fue Curupayty, timbre de su escudo. Con 5.000 soldados detuvo ante los muros de barro de sus trincheras inaccesibles, a

más de 21.000 aliados al mando de Bartolomé Mitre, Comandante en Jefe de los Ejércitos de la Triple Alianza. En Curupayty el sol de nuestra patria llegó a su cenit. Su eco lo repiten las edades, y su héroe, el General Díaz, ha pasado a enriquecer el acervo moral de nuestro pueblo.

El vencedor de Curupayty abrigaba el propósito de destruír la escuadra brasileña. Con el objeto de estudiar dicho proyecto, en la madrugada del 26 de enero de 1867 se embarcó en una canoa con su ayudante y el familiar Sargento Cuatí. Observado por el enemigo, uno de los barcos brasileños hizo un disparo que alcanzó a herir a Díaz en la pierna derecha. Se hizo operar, sin pronunciar una queja. A consecuencia de esa herida, murió el 7 de febrero de 1867, en Paso Pucú. Sus restos fueron trasladados con grandes honores a la capital. El General Díaz es un símbolo. En él se venera a nuestros heroicos soldados de la guerra de 1864-70. Murió sin probar las amarguras de la derrota. Su figura marcial apuntaba siempre hacia el triunfo. "Tú, mi General, no estás muerto", dice el verso de Fariña Núñez en su hermosa oda. En efecto, vive en el recuerdo colectivo, en el corazón del pueblo paraguayo, como cifra y compendio de heroísmo.



GENERAL CABALLERO

 

Bernardino Caballero nació en Ybycuí, el 20 de mayo de 1839. Falleció en la Asunción el 12 de febrero de 1912. Fueron sus padres don José Ramón Caballero de Añasco y doña Melchora Melgarejo y Genes. Sentó plaza de soldado en Cerro León, en 1864. Cuatro años después, el 24 de julio de 1868, era General dé Brigada. Llegó a Cerro Corá como General de División, la más alta jerarquía de nuestro escalafón militar. Inició su carrera en la expedición a Mato Grosso, como cabo de caballería. Participó en la mayor parte de las batallas contra la Triple Alianza, y mereció todas las condecoraciones, menos la de Corrales, batalla en la cual no actuó. Dios le había dado una alma generosa, un amplio corazón y una hermosa figura de varón. En sus ojos azules se leía plenamente el contenido de su espíritu. Era silencioso, modesto, discreto. Recluta al iniciarse la guerra, llegó a General, forjado en el fuego de las bata­llas. Fue un predestinado. No recibió una herida en los múltiples en­treveros de la contienda. Era un soldado a carta cabal. Recibía las órdenes, y marchaba al combate a disputar la victoria al potente ene­migo, seguro de enfrentarlo siempre con honor. El General Díaz fue el Jefe magnífico del primer período de la gran guerra. Su espada se­ñaló algunos de los hechos esplendorosos de nuestras armas. Todavía le cupo en suerte luchar en condiciones de imponerse. Caballero fue el hombre de la resistencia. Asumió el mando de nuestras tropas cuando la suerte comenzó a mostrarse adversa y eran ya escasos los medios. Sufrir y luchar. Resistir. Detener. Tal fue el destino de este héroe, erguido sobre las derrotas y la desesperación. El 2 y el 24 de Mayo, Curupayty, Yataity Corá, le vieron al frente de sus escuadrones custodiando la enseña de sus mayores. Tayí y Tatayibá, le cubrieron de gloria. En Ytororó y Avay exaltó el vigor de la raza a grados in­superables. En Acosta Ñú presentó batalla al ejército imperial con una legión de niños, últimas reservas de una nacionalidad que defen­día su hogar y su honor. Se internó en la selva, guiando a su pueblo, siguiendo a su jefe, como el símbolo de la constancia, superior a la derrota, vencedor de desastres. Bernardino Caballero no pudo morir en Cerro Corá porque era el héroe epónimo, un trasunto de su pueblo y porque debía cumplir otra misión igualmente grande: reedificar la patria. Su actuación política está librada al juicio de la historia, pero sus hazañas forman parte de la epopeya nacional. Hombre sencillo, hijo amantísimo, soldado sin gran cultura, pero recio de carácter, llegó a la cumbre sin abandonar su modestia y su bondad, consagrado en su larga existencia al bien de su país.



LA RESIDENTA


Nada más grande en nuestra historia que la mujer paraguaya. Ella ha tejido con su abnegación la urdimbre de nuestra nacionalidad. En la paz, cuida el hogar, educa a los hijos y colabora con el hombre en sus múltiples faenas; en el dolor, consue­la, y acompaña en las horas de lucha. Leal compañera, pone todo su fervor en la formación de los hijos. No hay pobreza que abata sus energías; muchos de nuestros más esclarecidos ciudadanos fueron formados al abrigo de la madre viuda o desamparada,- después de las grandes crisis de nuestra historia.

Cuentan las crónicas que la viuda de D. Ramón de las Llanas, vistió de blanco al recibir la noticia del sacrificio de su padre D. Juan de Mena, caudillo de los Comuneros. Así fueron nuestras ascendien­tes; sabían dominar su dolor en homenaje a la patria.

Durante la guerra de la Triple Alianza, la mujer paraguaya cola­boró con toda decisión en la defensa: tejió el uniforme del soldado con su huso familiar; trabajó en la chacra; entregó sus alhajas al Tesoro Nacional, y curó a los heridos. Cuando sonó la hora de la trágica re­tirada, en lugar de quedar en la casa, alistó sus escasas posibilidades y acompañó al ejército en la dura marcha hasta Cerro Corá. Este éxodo se llama, en nuestra historia, "la residenta". El pueblo en masa siguió a su enseña tricolor, y soportó indecibles padecimientos, que no lo­graron abatir su patriotismo. Los aliados sólo encontraron pueblos desiertos y casas abandonadas. Es que el Paraguay, desde su creación, fue una nacionalidad de cualidades definidas, de características propias, capaz de defender sus atributos hasta el sacrificio. Sus raíces vienen del coloniaje, y es su destino crear una civilización en el terri­torio que delimitaron sus próceres con su labor y su sangre. Es un país homogéneo, donde no existen diferencias de castas ni de clases, y amante de su independencia.

En esa tarea de fundar una nación, la mujer paraguaya ha tenido una participación decisiva por su abnegación y sus virtudes recias y cristianas. Ella reedificó la patria después de 1870. Es la vestal de nuestras tradiciones y maestra de vida. La misma encomiable conducta observó durante la guerra del Chaco, totalmente identificada con sus hermanos. Por eso, aparece encarnada en la dignidad estoica de la hija de Juan de Mena; en el dolor de Facunda Speratti de Yegros, esposa del prócer de la independencia; en Juliana Insfrán de Martínez, esposa del defensor de Humaitá; en Pancha Garmendia, heroína de su honor; en la mujer de la residenta; en la enfermera de la guerra del Chaco; en las educadoras de la niñez, como Rosa Peña, Adela y Celsa Speratti. Ella es la patria misma como corazón.


 

CUARTA PARTE

 

LA CONVENCIÓN NACIONAL CONSTITUYENTE

 

La Asamblea llamada a echar las bases de la nueva organiza­ción política de nuestro país, se reunió por primera vez el 15 de agosto de 1870.

Apenas si existía una sombra de gobierno en la capital, ocupada, a la sazón, por las fuerzas aliadas. Los hombres de 1870 pensaron fundar una democracia sobre las ruinas de la patria vieja. Fue un acto de fe en las ideas liberales que predominaban en el mundo americano, en aquella época, y un acto de fe en el porvenir de la patria.

El Gobierno provisional convocó al pueblo a elecciones de con­vencionales. Los comicios se realizaron el 3 de julio, en medio de agitaciones y de reñidas disputas por el honor de concurrir a la magna reunión.

Las actas de la Convención y la versión taquigráfica de las sesio­nes dan la impresión de que ella fue una asamblea vívida, agitada y tumultuosa. Todos sus componentes querían un gobierno responsable; odiaban la tiranía, y pensaban en una Carta Política que fijara los derechos y deberes del ciudadano. Sólo diferían en la táctica. Los principios fundamentales fueron aprobados casi por unanimidad; sólo algunos artículos fueron discutidos en sus detalles; y fueron ampliados muchos conceptos del proyecto, especialmente los que favorecían la libertad y fortalecían las garantías. Fue una asamblea de hombres libres, animados del vibrante deseo de reedificar la patria sobre bases jurídicas.

El Congreso de 1813 fundó la Independencia; el de 1844 la ratifico; la Convención de 1870 fundó la democracia, al dictar la Constitución.

Fueron ellas las tres etapas fundamentales de la historia del Paraguay independiente.

La Constitución fue promulgada el 25 de noviembre de 1870, por el Presidente Cirilo Antonio Rivarola, quien facilitó su aproba­ción.



LOS CONVENCIONALES DE 1870

 

Entre los esclarecidos ciudadanos que actuaron en la magna asamblea, podemos mencionar al doctor Facundo Ma­chaín, orador elocuente, formado en la Universidad de Santiago de Chile. Posteriormente fue Ministro de Relaciones Exte­riores. Le cupo la oportunidad de defender los derechos del Paraguay sobre el Chaco.

El primer presidente de la asamblea fue don José Segundo De­coud, fundador de la Universidad Nacional.

Le sucedió en la presidencia don Miguel Palacios, educado en Europa como becario del gobierno, y que regresó al país a la termi­nación de la guerra. Posteriormente, Palacios deseempeñó también con altura el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Los principales proyectistas de la Constitución fueron don Juan José Decoud, fervoroso paladín de las ideas democráticas, que falleció tempranamente, y don Juan Silvano Godoi, educado en el famoso Colegio de Concepción del Uruguay. Ambos fueron los expositores de las ideas modernas que inspiran nuestra Carta Magna.

Otra figura conspicua de la Convención fue Cayo -Miltos, forma­do en las universidades europeas. De regreso al país, trabajó por la reconstrucción de la patria con una fe ardiente y su verbo de fuego. Nació en Concepción en 1842. Murió en la Asunción en 1871, siendo Vice-Presidente de la República.

La Constitución lleva la firma de don José del Rosario Miranda, paraguayo de pura cepa, educado en la escuela tradicional, de recias virtudes e incólume patriotismo.

Otros convencionales distinguidos fueron Mateo Collar, Fran­cisco Campos y Agustín Cañete, nieto éste último del Dictador Francia.

El clero nacional estuvo representado en la Asamblea por sus más ilustrados exponentes, como Pedro Juan Aponte, después Obis­po; Miguel Pintos, Claudio Árrúa, Jerónimo Ortiz, Policarpo Páez, José del Carmen Arzamendia y José I. Acosta, éste último sacerdote y guerrero; confesor de la familia de López y mayor de caballería. Le cupo al Padre Acosta la triple gloria de predicar el evangelio, de­fender a la patria y trabajar posteriormente por su reedificación, como director de la escuela de Itá, durante más de cuarenta años.

La Convención de 1870 merece bien de la patria.

La Constitución nació del connubio del dolor y la esperanza. Sobre las ruínas de la patria invadida, se dictó una Carta Política que dio al Paraguay las normas jurídicas para reedificarse y volver a ocupar el puesto que le corresponde en América como pueblo homogéneo, esencialmente democrático, civilizador y expansivo.



JUAN SILVANO GODOI

 

Fue el primer vindicador del soldado paraguayo. Con su imaginación creadora y su pasión ardiente, levantó la fi­gura epónima del General Díaz. Pero, no es sólo un historiógrafo documentado y seco; es también un cultor de la belleza, en sus diversas manifestaciones. Después de haber viajado por Floren­cia, París, Madrid, Río de Janeiro, empleó su fortuna y su tiempo en crear un museo de bellas artes, una biblioteca americana y en la or­ganización del Archivo Nacional. Juan Silvano Godoi fue un hombre del Renacimiento, apasionado, violento, señorial y generoso. Su vida tuvo contornos un tanto inverosímiles, pero seductores, de una novela de Alejandro Dumas. Como hombre público, ganó una ejecutoria digna del recuerdo de sus conciudadanos: fue uno de los redactores de la Constitución de 1870, marco jurídico en que se reconstruyó el Paraguay moderno. Se formó en el Colegio de Concepción del Uru­guay, y fue condiscípulo del poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Mar­tín. Vio a la patria en sus dos fases: la de tranquilidad y riqueza, en 1862, cuando marchó al extranjero para estudiar, y luego, el 70, devasta­da por la guerra. Por eso la amó con fiera pasión vengadora, y la quiso reedificar fuerte y culta. El tribuno de 1870 afinó su espíritu en veinte años de proscripción. Fue revolucionario, escritor, duelista y cómplice de sangrientas conspiraciones. Usaba levita y pistola. En Buenos Aires conversó de estética con Aristóbulo del Valle y Ramón Cárcano. En Río de Janeiro cultivó la amistad del Barón de Río Bran­co, con quien acariciaba pensamientos de conciliación de los pueblos; pero, ser intransigencia patriótica, no guardó las fórmulas del protocolo, y tuvo que abandonar el cargo, al que aportaba las credenciales de los que pueden representar, a la vez, la política de los Gobiernos y las aspiraciones nacionales. Juan Silvano Godoi, en su vida azarosa, no contó con la suerte, compañera necesaria de héroes y de políticos. Su temperamento caballeroso y extremista, le creó enemistades, que estorbaron su carrera pública. Terminó arrinconado en las trinche­ras de sus veinte mil volúmenes, evocando la figura de Díaz, con­templando los cuadros del Tintoretto, y dudando del éxito de la Constitución de 1870, en cuya redacción colaboró. Su queja tenía la forma de ira.

Nació en la Asunción el 22 de noviembre de 1851. Murió en 1926. Sus principales obras son: "Monografías Históricas", "El Ba­rón de Río Branco" y "últimas operaciones de guerra".



BLAS GARAY

 

Fue el doctor Blas Garay un temperamento batallador, ardoroso, amigo de la improvisación. Desapareció a los 26 años de edad, en plena ascensión espiritual, legando el recuerdo perdurable de su inteligencia, chispazos de talento y los frutos de una fecunda actividad.

Blas Manuel Garay nació en la Asunción, el 3 de febrero de 1873. Fueron sus padres don Vicente Garay y doña Constancia Argaña, ambos de estirpe paraguaya.

La niñez de Garay fue digno capítulo inicial de esa vida de luchador. Sin recursos suficientes, estudió en la escuela de la Capital y luego en la de Pirayú. Sobresalió desde las primeras letras con esa capacidad prematura que le permitió después terminar el bachillerato y el doctorado en derecho, en un par de años; viajar, investigar e im­ponerse a la edad en que otros talentos apenas se insinúan.

Su capacidad de trabajo era extraordinaria; su talento, esclare­cido; cualidades que, unidas a la habilidad en la elección de elementos de estudio, le permitieron producir en una vida corta y brillante, co­mo un milagro del tiempo, obras de aliento que parecen frutos de la madurez.

Ejercía múltiples actividades, como las de periodista, abogado, historiador, político y hombre de mundo.

La absorbente preocupación de su periódico no le impidió seguir estudiando, concurrir a los tribunales e intervenir intensamente en la política. Así fue como en su niñez se improvisó un telegrafista de primera clase, en pocas semanas y, a manera de descanso para ejerci­cio de sus actividades, aprendió el ajedrez, en tal forma que se hizo campeón de los centros sociales asuncenos.

Su diario "La Prensa" hizo época en los anales del periodismo paraguayo. Sus campañas periodísticas fueron trasunto de su perso­nalidad llena de aristas, impetuosas y brillantes. No sintió temores ante los fuertes, ni perdió la serenidad en la ardiente polémica. Garay entendía que el periodismo era un palenque; no una cátedra pedan­tesca ni una agencia de información exclusivamente, y por la virtua­lidad del talento enseñaba al discutir.

En 1891 ensayó sus primeras armas en el periodismo desde "El Independiente", en compañía de Manuel Gondra, Emeterio González, Manuel Domínguez y Fulgencio Ricardo Moreno. Su estilo es castizo y elocuente, de pura prosapia española.

Escribió la Historia Nacional desde un punto de vista paraguayo. Porque es de recordarse que nuestra historia vivía en mucho bajo el dictamen extranjero, no siempre cordial ni ecuánime. "El Compen­dio de la Historia del Paraguay" fue un feliz comienzo. En el "Estudio Sobre la Independencia", destacó el papel preponderante del doctor Francia en la Revolución de Mayo. Garay entró atrevidamente en los archivos, y comenzó a recoger materiales para su trabajo. Pero su des­tino fue truncado cuando marchaba hacia la plenitud. Sus trabajos históricos se resienten de la premura con que los ejecutó, y algunas de sus conclusiones han sido rectificadas por la crítica, como la re­ferente a la fundación de la Asunción.

Desde Garay se ha proclamado, entre nosotros, el derecho que tiene cada país, privativamente, de ungir a sus héroes sin el visto bue­no de los antiguos rivales o adversarios. Los héroes son nuestros, la expresión de nuestra vida colectiva; no tienen necesidad de ser ejecu­toriados más allá de las fronteras ni recibir la consagración de ajenos criterios.

Garay señala con Rui Díaz de Guzmán en el coloniaje, y Mariano Antonio Molas en el período de la independencia, las tres etapas de nuestra literatura histórica.

Murió el 18 de diciembre de 1899.



LA DEFENSA DEL CHACO

 

El Chaco es una parte integrante del territorio nacional. Los paraguayos lo conquistaron y poblaron de acuerdo con las disposiciones del. Rey, antes de la independencia. Un jefe paraguayo, el Comandante José Antonio Zavala y Delgadillo fundó el Fuerte de Borbón, hoy Olimpo, en 1793. El Comandante José Antonio Yegros, padre del prócer de la independencia, ganó sus galones en las expediciones a la región occidental. El Padre Amancio -González y Escobar fundó a Melodía, hoy Villa Hayes, durante el gobierno de Pedro Melo de Portugal.

En materia eclesiástica, el Chaco quedaba bajo la jurisdicción del Obispado de la Asunción, y en lo tocante a la administración política, dependía del Gobernador de la Provincia. Esos títulos fue­ron confirmados por la posesión ininterrumpida de varios siglos y los actos soberanos del Dr. Francia y de los López. Las pretensiones bolivianas surgieron en la época de la guerra de la Triple Alianza. En la defensa de nuestros derechos al territorio occidental, deben ser recordados muchos esclarecidos ciudadanos que han trabajado en la noble tarea.

En la defensa de la zona comprendida entre los ríos Pilcomayo y Verde colaboraron eficazmente los señores Dr. Facundo Machaín, como Ministro de Relaciones Exteriores, el doctor Benjamín Aceval y D. José Falcón. El Presidente de los Estados Unidos de Norte América, D. Rutheford B. Hayes, en su laudo de noviembre de 1879, reconoció que el Paraguay "tiene justo título" sobre dicho territorio que nos fue disputado por la República Argentina.

En el pleito con Bolivia pueden ser recordados, entre otros ciu­dadanos que han consagrado su talento y su patriotismo a la defensa jurídica del territorio chaqueño, el doctor Alejandro Audibert, que en 1887 inició una campaña periodística en favor de nuestros derechos, y publicó una importante obra sobre la materia; el doctor Cecilio Báez y el Coronel Juan Crisóstomo Centurión, autores de un dictamen para el Congreso sobre el proyecto de Tratado Benítez-Ichazo; el doctor Juan Cancio Flecha, que articuló en 1902 la tesis tradicional de la integridad del territorio chaqueño; el Dr. Manuel Domínguez, nego­ciador y abogado brillante; don Manuel Gondra, Canciller, y el nego­ciador don Fulgencio Ricardo Moreno, que fundamentaron la tesis de la intangibilidad del litoral del río Paraguay, y de que la cuestión con Bolivia era una cuestión de límites, y no de territorio. Domínguez y Moreno expusieron con claridad los títulos del Paraguay en obras que merecen gratitud.

La verdad es que la defensa del Chaco fue un mandato de la nación entera, fruto de la voluntad colectiva, y en la cual han cola­borado estadistas y escritores, diplomáticos y periodistas, militares y civiles, en una forma digna de nuestra tradición histórica. Y cuando sonó la hora de la guerra, el pueblo paraguayo se congregó en torno a la bandera para hacer respetar sus derechos. Por eso la defensa del Chaco es una gloria nacional, y su recuerdo ha enriquecido nuestro acervo histórico de pueblo viril y altivo.



MANUEL DOMÍNGUEZ, EL ANIMADOR

 

Muera Domínguez!", se oía gritar a la multitud enfurecida, allá por 1911. Era la época de una aguda crisis política que envolvió en sus complicaciones al hombre de pensa­miento más elevado del Paraguay moderno. El viento se llevó los gri­tos; cambió la situación, y el maestro vilipendiado se reintegró a sus labores intelectuales. La política no era el campo propicio para sus actividades. Pagó también su tributo a las convulsiones democráticas, con el destierro. En 1924, a su regreso del ostracismo, el pueblo lo aclamó como el abogado de la nación en el pleito del Chaco. Es que el talento no se hunde por el mero cambio de las situaciones. La inteligencia le reivindicó de los errores que pudo cometer; por ella llegó al alma de su pueblo, y por ella perdurará. Manuel Domínguez fue esencialmente un animador espiritual.

Creció en el ambiente empobrecido de la posguerra. Su niñez floreció entre los escombros de la patria. Porque fue el fruto del dolor, conoció la pobreza y pudo medir la capacidad de sufrimiento de su pueblo; por eso llegó a ser el vindicador de su raza en las más encumbradas actividades de la cultura. Inició su carrera como orde­nanza en un periódico. Cursó, después, como interno, el Colegio Nacional. Fue maestro de primeras letras y catedrático. Estudió juris­prudencia en la Facultad de Derecho, sin dejarse absorber por la dis­ciplina estricta, pues la alternaba con las actividades de la vida pública y de los ensayos literarios. De aquel período de su actividad fueron los estudios sobre la instrucción pública; los juicios vindicatorios

sobre Carlos Antonio López y sus ardientes ataques al Doctor Fran­cia. Alimentó su lirismo juvenil en la filosofía progresista y en los escritores franceses del siglo XIX, en los cuales aprendió el método, la lógica de las ideas y la claridad de la exposición. Ernesto Renán (*)le sirvió de modelo con su agnosticismo elegante, y Eugenio Pelletan (*) le hizo amar la elocuencia mesurada. Más tarde, se emancipó de toda capilla, dueño ya de una densa cultura y de un estilo personalísimo.

Generoso y desprevenido, se prodigó en la prensa; en la cátedra, que era su vocación, y en la política, que fue su debilidad. El hombre acostumbrado a contemplar las cumbres, a apreciar la sinuosidad indefinida de los paisajes, se perdía en los vericuetos del camino. Tremendo devorador de libros, curioso insaciable, leía de todo y todo lo conservaba en su privilegiada memoria que le permitía retener extensos poemas y aforismos filosóficos, pero que también le llevaba, en ocasiones, a abusar de la cita. Pudo salvarse del enciclo­pedismo gracias a su método de trabajo. Cultivó diversos géneros, menos el verso, sin perjuicio de buscar afanosamente el ritmo, como condición de belleza. Daba vueltas a la oración, cambiaba el adjetivo, substituía sinónimos, castigaba el estilo, para dotarlo de matices, de color y resonancia. Le atormentaba el deseo de sintetizar. Un hombre preocupado por la extensión difícilmente escribe libros, y compromete a veces la espontaneidad. Amigo de exprimir, partidario del resumen, enemigo de los lugares comunes, Domínguez desparramó su labor en docenas de folletos, en lugar de haberla condensado en una obra orgánica. Escribía con sencillez, y exponía con claridad. Sus artículos periodísticos no necesitaban firma, pues había alcanzado la suprema aspiración del escritor: el estilo propio, inconfundible. Agresivos al­gunos, brillantes siempre, condensación de pensamiento en frases cortas, parecían retratos suyos incrustados en las columnas del perió­dico.

Cruzaba las calles asuncenas balanceándose con garbo que ofendía a los mediocres. Su talento era un desafío. Merecía el homenaje de la envidia. Era de abrir paso a aquel moreno elegante, que iba eli­giendo los sitios para pisar, que usaba el sombrero ladeado y los zapa­tos de tacón alto, en actitud provocativa, con la masculina coquetería del que se sabe superior. Para hacer lo mismo, o imitarle el estilo, era necesario ser un Domínguez, vale decir, hacerse perdonar lo pintores­co por el privilegio del talento.

Tenía a flor de labios la frase chispeante. A un vendedor de lo­tería lo desahució diciéndole: "No me venga con sofismas":. Se arre­mangaba el saco, se peinaba con los dedos los negros cabellos ensorti­jados por la armonía del desarreglo, y seguía disertando con su alada expresión. Maestro por naturaleza, en vez de enseñar con la gravedad que suele ser la máscara de la incompetencia doctorada, él sugería, fecundaba las mentes, encaminaba, ayudaba a pensar. Pero a este hombre del saber ordenado, no le caracterizaba la serenidad sino la combatividad. Amaba la polémica, zahería, satirizaba con cierto de­leite. Temible polemista, que a la artillería de grueso calibre prefería los miles de perforantes de la ametralladora. Ubicados los cuadros, atacaba por ráfagas. Terminaba riéndose del adversario, como que había aprendido dialéctica con Voltaire. Dejaba resentimientos en sus contendores, porque si el insulto puede ser perdonado, la burla no se olvida.

Múltiples fueron sus actividades intelectuales y varias las mate­rias que trató en su fecunda vida. Analizó algunos temas jurídicos con cierto espíritu casuístico, como la interpretación del Estado de Sitio y la Sucesión de los nietos naturales, exprimiendo la letra de las disposiciones legales. Conocedor del guaraní, lo estudió con aguda penetración filológica. Planteó problemas de actualidad, como la cuestión de tierras y de la producción, imbuido de teorías aledañas al socialismo de estado. Domínguez no era liberal, porque desconfiaba del libre juego de las actividades sociales. En diversas oportunidades propugnó la intervención decidida del Estado y los gobiernos de fuerza.

Empleó todo el vigor de su dialéctica en la defensa del Chaco. Sus trabajos dispersos tienen, en esta materia, una unidad indiscutible. Además de la exposición sintética y brillante de los títulos, se le deben aportes de valía, como la tesis de la jurisdicción del Obispado de la Asunción, las expediciones a través del Chaco, el alcance de las disposiciones virreinales y la posesión. Puede decirse en justicia, que la defensa del Chaco fue la preocupación absorbente de los diez últimos años de su vida. El escritor, el esteta, dio paso al patriota.

Fue un precursor del cultivo del algodonero, en materia econó­mica.

Quizá la más brillante de las facetas de su personalidad sea la de investigador histórico. Para esa tarea poseía, entre otras muchas cua­lidades valiosas, método, imaginación y espíritu crítico. Tomaba un hilo y lo seguía durante años, sumando indicios, descartando errores, formulando hipótesis, apelando al análisis penetrante y a la síntesis verificadora, hasta establecer la verdad, toda la verdad posible de de­sentrañar del frío y mudo seno de lo pasado. Revivía los cuadros con rasgos pictóricos y emoción de poeta. "La Sierra de la Plata" tiene la belleza convincente de una reconstrucción de Cuvier (*). Sus princi­pales obras son: El alma de la Raza; Causas del Heroísmo Paraguayo; La Constitución Nacional y la Fundación de la Asunción.

Pero una cosa es la obra del escritor y otra su misión. Manuel Domínguez fue el primero en estudiar la historia del Paraguay como fenómeno social, en lugar de hacerlo con la superficialidad de los cronistas del pasado. Acumuló datos, interpretó sucesos, indagó las causas, midió la triple influencia del medio, el momento y la raza, y se constituyó en el enaltecedor de las cualidades de su pueblo calum­niado. Señala un período en la cultura nacional, no sólo por su labor literaria, sino por la influencia profunda que ejerció en "el alma de la raza", dándole impulso de ideales, blasón en su pasado y noción de su destino substantivo en el mundo americano. Porque el Paraguay es algo substantivo en el Continente. Nunca será reflejo ni dependencia.

Es una raza, es una historia, y tiene su porvenir en su sangre. En un medio estrecho, el autor de "Las Causas del Heroísmo Paraguayo", desempeñó el papel de Fichte (*), como formador de la mística de su pueblo, y animador de las fuerzas vitales de su raza. Nació en Itauguá en 1867, murió en la Asunción en octubre de 1935.

(*)DRENAN (Ernesto), Escritor, filólogo e historiador francés (1823-1892). Sus obras exponen su fe en la ciencia y sus convicciones racionalistas.

(*)JPELLETAN (Pedro Clemente Eugenio). Literato y político francés (1813­1884). Licenciado en Derecho.

(*)J CUVIER (Jorge) Zoólogo y paleotólogo francés (1769-1832). Creador de la anatomía comparada y de la paleontología.

(*) FICHTE (Johann Gottlieb), filósofo alemán (1762-1814). Su influencia política se revela en sus célebres Discursos ala nación alemana.




FULGENCIO R. MORENO

 

Fulgencio R. Moreno fue un espíritu típicamente nacional. Sus trabajos de erudición histórica y de índole económica, no le impidieron cultivar la gracia, hacer obra satírica y perfeccionar el guaraní, que hablaba con soltura y elegancia. Nació en el histórico valle de Tapuá, el 9 de noviembre de 1872. Su forma­ción fue netamente nacional, circunstancia que influyó para hacer de él un escritor representativo. Investigó las causas de la independencia; curioseó en el pasado remoto; reconstruyó los episodios de la Con­quista; estudió la raza guaraní, y escribió la historia de la ciudad de la Asunción, con elevado espíritu y limpia prosa castellana. Moreno fue en realidad un autodidacto. No tuvo títulos universitarios. Prefirió formarse solo en el estudio, la observación y la meditación. Su saber era aquilatado. Severo en la investigación, supo ser ecuánime en sus juicios. Quizá su labor más importante sea la relativa al Chaco, a cuya defensa consagró su inteligencia penetrante y la mejor parte de su vida. Fulgencio R. Moreno, escritor castizo, ostenta la doble honra de haber sido el Historiador de la Asunción y el Defensor del Chaco. Un fortín remoto recuerda su gloria pura en los cañadones chaqueños, y una calle lleva el nombre del paciente investigador que hurgó con fortuna en los archivos, para reconstruír el pasado de la patria y la agi­tada crónica de la ciudad que fue capital de la Conquista.



MANUEL GONDRA

 

D. Manuel Gondra fue un ciudadano eminente. Se formó en el Colegio Nacional de la Capital, como alumno y pro­fesor. Cultivó la Historia y la Crítica literaria. Su ensayo sobre Rubén Darío, fue recibido como modelo de estudios, y su oración ante la estatua de Alberdi, tiene la simetría de las creaciones clásicas. A pesar de su vasta cultura humanista escribió poco. El ansia de perfección detenía su pluma; la política terminó por esteri­lizar su porvenir literario. Convencido de que el primer deber del hombre es ser un buen ciudadano, entregó a las luchas del foro las excelencias de su espíritu. Su influencia en la vida política provino de la cátedra, de la palabra fluida, de las ideas claramente expuestas, al punto de que sus mejores colaboradores fueron sus antiguos discí­pulos, que veían en él a un orientador de conciencias. Como todo hombre de pensamiento, era un tanto, anacrónico. Porque en defini­tiva era un estoico lanzado a la vorágine de una turbulenta democra­cia americana. La mejor de sus obras fue su propia vida, ejemplari­zadora; una de esas existencias que sirven de decoro a una sociedad. Emergía del grupo, con su figura de vasco, su sombrero de alas an­chas, amplia la frente constelada de altiveces, su paso firme, su po­breza sin humillaciones y su dignidad sin sospechas. Raro y solitario, llegó a acumular un caudal de prestigio popular. El fino cultor de la prosa castellana, que hablaba en voz baja y no conocía el gesto airado, fue un hombre múltiple: Canciller, sostuvo con entereza los derechos de su patria; diplomático, culminó en la V Conferencia Panamericana con el Pacto que lleva su nombre; político, fundó un partido; caudillo, arrastró a las masas; profesor, se engrandeció en la cátedra. Y para completar su figura, típicamente americana, pues, de ellas sólo pocas aparecen en nuestro medio continental; aunque civil y sin galo­nes, comandaba y dirigía las revoluciones, como un estratego. Para sobre­salir en el inseguro horizonte político, sólo le faltaron un poco de am­bición y otro poco de voluntad dinámica. Pensaba demasiado para obrar; deliberaba consigo mismo; se decidía con dificultad hasta para­lizar la ejecución de su propio pensamiento. Para ser estadista le faltó un poco de dureza. En el contraste de los valores humanos, al lado de las obras de mérito, deberían figurar también las vidas ejemplares. Porque hay existencias que son como una enseñanza para las genera­ciones, fecundas como las doctrinas, bellas como estatuas griegas, lle­nas de ritmos como los exámetros; merecedoras de que gocen, en su contemplación, la avidez de los sentidos y el ansia de los espíritus. La vida de Gondra, es digna de ser pintada en un capítulo de estética o resumida en un aforismo de moral cristiana, por su elevación. Falleció el 2 de marzo de 1927.



EL SOLDADO DEL CHACO

 

Soldado paraguayo, defensor de la patria, salve!

El triunfo es tu consigna, y la justicia tu causa.

 

Yo te he visto formar apresuradamente filas para acudir al Chaco a defender la heredad que fundaron nuestros padres. Yo sé que para cumplir tu deber ante la injusta agresión, abandonaste la mancera del arado y dejaste tus hijos al cuidado de Dios y de tu ab­negada mujer. Yo sé que no pensabas en la guerra ni nada esperabas de ella. Vivías entregado al trabajo, al- cultivo de la tierra de la cual sacas el sustento de tu familia. Hombre de paz, de manos encallecidas en las rudas faenas, tu destino no estaba en las sangrientas refriegas, sino en los "ROZADOS" que se llenan del oro de las espigas del maíx, de la blanca plata de los copos de algodón, y de las verdes hojas del tabaco que flamean al viento como banderas de esperanza.

Hijo de la tierra guaraní, colaborador de la naturaleza, vencedor del desierto, el machete es tu arma. Con él has ido, como tus antepa­sados los conquistadores, siguiendo la ruta de Domingo Martínez de Irala y Ñuflo de Chaves, a abrir caminos a la civilización, y a consoli­dar los derechos de la patria. Las selvas estremecidas saludan tu presencia de vencedor. Y fuiste sembrador de heroísmo, brazo de la justicia, continuador de la historia de la Asunción, la civilizadora del Río de la Plata y del Chaco.

Tú, obrero, que dejaste en el rincón del taller el escoplo, el mar­tillo y la plomada; que apagaste la fragua de las fábricas de tanino de Pinasco, Casado, Guaraní y Sastre, al escuchar el clarín que llamaba a la lucha cruenta en vez de la campana que señala el horario de trabajo, acudiste conscientemente, porque eres hijo de esta tierra y sabes que el Paraguay defendía lo suyo, que no codicia lo ajeno, que sólo aspira a engrandecerse con la labor de tus manos y con el sudor de tu rostro.

Y tú, joven estudiante, que abandonaste el aula para empuñar el fusil, porque has aprendido que es deber del hombre defender la justicia. Brilla en tu frente el resplandor de bellos amaneceres, y la gloria en el cruor de la sangre de Guillermo Arias, Hernán Velilla y Alcibíades Ríos.



ELOY FARIÑA NÚÑEZ

 

Nació en Humaitá. Su niñez transcurrió en medio de la ruina del templo que recuerda la destrucción de la patria y la naturaleza opulenta de la región.

Muy joven marchó al extranjero. Hizo sus estudios en un semina­rio de Corrientes, que abandonó para proseguir su carrera civil. Llegó a Buenos Aires con ansias de aprender y voluntad de triunfar. Sus primeros pasos fueron difíciles, y sólo gracias a su talento, a su abne­gación, pudo imponerse lentamente y figurar al lado de los grandes escritores del Continente. Colaboró en las principales publicaciones del Plata. A pesar de haber vivido muchos años fuera del país, con­servó su cariño al terruño, la poesía de su selva, sus leyendas y sus recuerdos; continuó hablando el guaraní, cantando a la patria ausente y honrándola con su labor.

Se formó en la disciplina clásica; aprendió el latín, el griego y el sánscrito, y cultivó la música con apasionado afán. Fue uno de los escritores más completos que produjo nuestro país. La amplitud de sus conocimientos, la solidez de su cultura, la ordenación de sus ideas, agregados a un talento intuitivo, una percepción original de las cosas, una interpretación estética y religiosa de la vida, le permitie­ron realizar una sólida labor literaria. Su prosa es sencilla y elegante; en poesía prefería el verso libre. Hay en sus estrofas algo de la sere­nidad griega. Es que Eloy Fariña Núñez era uno de esos hombres que cruzan el mundo sin mezclarse en nuestras querellas ni en las ambicio­nes terrenas, y que han llegado, con la meditación y el silencio, a una selección de alma que les permite comprender e interpretar, amar la rosa, observar los fenómenos y oír el ritmo de los mundos con alma plácida.

En su espíritu no había sombras. Puede decirse que la mejor síntesis y la interpretación leal del alma de nuestro pueblo se encuen­tra en su "Canto Secular", la más inspirada de sus obras. Versos libres, sencillez de expresión, hondura de conceptos, se hallan reunidos en sus estrofas, que hacen el rumor de alas desplegadas. Para escribir el poema evocó el alma melancólica del guaraní remoto; descifró el fondo de verdad que duerme en las leyendas indígenas, tocó con sus propias manos la polca; cultivó el idioma vernáculo, que aprendió en las calles silenciosas de Humaitá; contrastó el alma del conquistador español y la historia del Paraguay de la Conquista; las misiones jesuí­ticas y los acontecimientos fundamentales. Fariña Núñez estudió los mitos guaraníes y los tradujo en verso. Por eso fue un egregio escritor y un poeta representativo. Cuando quería recordar su tierra tocaba en el armonium, después de una sinfonía de Beethoven (*), el simple y vibrante himno paraguayo, el melancólico "Campamento de Cerro León"; y evocaba la iglesia donde aprendió el catecismo, y que se alza en la ribera del río Paraguay como un "muñón sangriento".

En medio del tráfago de la vida, leyó a Virgilio (*); descifró los mitos guaraníes, y buscó una solución para los problemas palpitantes de la vida moderna, pues, además de hombre de letras, era un pensador.

Su alma era una caja de resonancia; su cerebro, un prisma de luz. Era manso, ingenuo y curioso; cruzaba el mundo sin estorbar; inte­rrogaba a los hombres y a las cosas; conversaba con los libros, y cansado de tanto afán terreno se echaba a volar en alas de su fantasía de poeta.

Regresó por primera vez al Paraguay en 1913. Dos lágrimas fue­ron su homenaje silencioso a la tierra que le vio nacer. Había mar­chado niño, pobre, desconocido; y volvía, trayendo como ofrenda del hijo pródigo, su "Canto Secular", escrito para festejar el primer cen­tenario de nuestra independencia. Es que él, como todo buen pa­triota, llevaba perennemente el Paraguay en su corazón: "Paraguayo soy y paraguayo me quedaré", decía al recordar que había rechazado magníficas oportunidades a cambio de la renuncia de su ciudadanía.

Murió en 1927, en Buenos Aires.

(*) BEETHOVEN(Ludwig van). Célebre compositor alemán de música (1770-1827).

(*) VIRGILIO MARON (Publio), célebre poeta latino (70-19 a. de J.C.).



ELIGIO AYALA

 

En 1920, después de haberse sumergido en el estudio y en el silencio durante diez años, reaparecía en el escenario nacional, de regreso de Europa, el hombre llamado a marcar rumbo a los acontecimientos. De pequeña estatura, pero vi­goroso, amplia la frente, los labios desiguales, pronunciado el men­tón, daba la impresión de un hombre que miraba lejos y pisaba fuerte. Eligio Ayala era solitario y valiente. Vivió peligrosamente.

Por encima de las contingencias contradictorias de su vida, hay un destello de luz. La resistencia que despertaron su crítica permanen­te, su espíritu combativo, sus choques personales, irá borrándose a través del tiempo para dar paso a la mejor apreciación de su obra de ordenamiento, de orientación inteligente, de defensa del bien colec­tivo. Eligio Ayala ocupaba demasiado espacio para que pudiera ser indiferente; había que estar con él o contra él; aparte de ser la negación del personalismo, implicaba un grado de desinterés, de abnega­ción del personalismo. Hasta después de muerto, sigue mereciendo de sus enemigos el homenaje del insulto. La envidia le coronaba de dicterios, que le presentaban como un hombre temible. Le hacía un servicio, de acuerdo con la fórmula de Maquiavelo (*), de que más vale a un gobernante ser temido que amado. Ningún político paraguayo ha sido injuriado como él; pero ninguno, en el último decenio, logró concentrar en su persona mayor cúmulo de opinión pública. Su cul­tura vasta, enjundiosa, tenía dos defectos: la falta de mesura y el carácter polémico. Al pensamiento hondo y a la frase fulgurante solía acompañar un adjetivo fuerte, la calificación ordinaria. Discutía constantemente. Hasta cuando meditaba. No pesaba los argumentos; los hacía chocar. Sus mensajes, sus artículos, sus cartas, tienen un sa­bor de ensalada de frutas. Había en él dos tercios de polemista y uno de escritor. Sin ser un atormentado, carecía de esa placidez espiritual propicia a la meditación serena y al estilo impersonal. Contemplaba el mundo muy de cerca. Lo miraba de soslayo. En los acontecimientos veía con preferencia los motivos próximos, y en la conducta de los hombres buscaba el propósito inmediato. Le faltaba esa piedad que ayuda a mirar con simpatía y tolerancia a nuestro semejante. Era duro sin ser cruel; versátil en sus opiniones; pero firme en su orien­tación fundamental. En el fondo de su filosofía se nota un profundo sentimiento de justicia, velado a veces por un dejo de misantropía. En un medio oportunista, sin contenido ideológico, Eligio Ayala era un político de programa, de sistema, de filiación doctrinaria.

Leía copiosamente en los principales idiomas de la civilización occidental. No era un erudito, sino un decantador de cultura, un curioso, un peregrino del pensamiento. Escribió sobre problemas nacionales; sobre las grandes doctrinas contemporáneas, como el marxismo(*); sobre Velázquez(*) y Nietzsche M; estudió con prefe­rencia la economía; entendía a Kant M; gozó en la frágil y etérea litera­tura francesa contemporánea; comentó a Einstein (*)sin dejar de guiñar a Voltaire (*),a quien seguía sin imitar e imitaba sin querer en su sátira sangrienta. No anotaba ni citaba; prefería que la cultura, el pensamiento, la idea se sedimentaran en su mente comprensiva. El estilo persona­lísimo le inhibía de la obligación de firmar sus artículos. Dejó inédi­tos varios libros, entre ellos uno sobre "El problema agrario"; otro sobre "El Materialismo Histórico", y otro sobre "Migraciones Para­guayas". Sus mensajes y memorias son de alto valor documental y doctrinario.

Como hombre de gobierno se adelantó en las medidas financieras modernas, y estabilizó la moneda, aplicando métodos eficaces antes que otros países mejor organizados. No enriqueció a su país, contestan sus enemigos. Sí, pero ordenó su administración, la orientó, levantó su crédito, y consagró a la nación paraguaya una pasión que no tiene paralelo más que en don Carlos Antonio López.

En economía, era un liberal, en el sentido moderno del concepto. Desconfiaba de la intervención del Estado, por la falta de personal técnico. Profesaba el concepto de la jerarquía de las cosas en las ne­cesidades del país. Así contrajo el Presupuesto para hacer frente a la defensa nacional, sin comprometer el porvenir. El ejemplo de otros países que abusaron del crédito y que hoy se debaten en aguda crisis, justifica en parte la política de excesiva prudencia del estadista para­guayo. Entró a regir el tesoro, con un déficit de 90 millones, con el papel moneda desvalorizado y fluctuante, con la baja de los precios de la posguerra y en un ambiente de anarquía. Comprendió que la única política económica en aquellos momentos, era el orden finan­ciero, el equilibrio del Presupuesto, la buena percepción de los recur­sos, reglas sencillas que siguen siendo principios cardinales de buen gobierno, para cuya aplicación y éxito contaba con la confianza que supo inspirar, en grado eminente, a todo el país.

Eligio Ayala no necesitaba defensa. Porque no es un acusado ante la historia. Ni tampoco el elogio, porque la apologética no tuerce la justicia. Debe ser presentado como era: un guarismo, un valor real en la historia de la organización política y financiera del Paraguay. Diez años de política nacional giraron en torno de su persona. Nació en Mbuyapey el 4 de diciembre de 1879. Falleció en la Asunción el 24 de octubre de 1930.

(*)MAQUIAVELO _(Nicolás), político e historiador italiano (1469-1527). Se conoce con el nombre de MAQUIAVELISMO, la política conforme con los principios de Maquiavelo: desprovista de conciencia y buena fe.

(*) MARXISHO. Doctrina de Marx y sus seguidores.

(*)MARX, (Carlos), filósofo, sociólogo y economista alemán, fundador del SOCIALISMO CIENTIFICO (1818-1893).

(*) VELAZQUEZ (Diego Rodríguez de Silva y), famoso pintor español (1599­1660). Autor de obras de maravillosa ejecución. Fue pintor de la Corte de España.

(*) NIETZSCHE (Federico). Filósofo alemán (1844-1900). Sus pensamientos tuvieron gran influencia entre los defensores del racismo germánico.

(*) KANT (Enunanuel), filósofo alemán (1724-1804). Uno de los pensadores más ilustres de todos los tiempos. Concibió una teoría del conocimiento idealista y crítica, expuesta a través de sus obras CRITICA DE LA RAZON PURA, CRITICA DE LA RAZON PRACTICA y CRITICA DEL JUICIO.

(*) EINSTEIN (Albert), físico alemán (1879-1955), naturalizado norteamericano en 1940. Autor de numerosos estudios de física teórica. Formuló la TEORIA DE LA RELATIVIDAD, muy trascendentes en la ciencia moderna.

(*) VOLTAIRE. Francisco María Arcuot, llamado Voltaire. Escritor, poeta, dramaturgo, historiador y filósofo francés (1694-1778). Sus obras históricas fundaron la concepción moderna de la historia.




EL FOLKLORE GUARANÍ

 

Al dar una noticia de la literatura paraguaya, no se puede olvidar la poesía en idioma guaraní. La lírica guaraní y la polca, traducen con efusiva elocuencia el alma de nuestro pueblo. Ambas han cobrado impulso con la guerra del Chaco, que ha sacudido las raíces de la nacionalidad. No se puede mirar sin emociones a la muerte. La antigua melopea de fondo triste y senti­mental, que lloraba en las cuerdas del arpa bajo los naranjales perfu­mados, ha adquirido colorido, cobrado nuevas entonaciones, anotado nuevos registros, en la moderna guarania. Así también la poesía, del verso común dedicado a la amada, a la ingratitud del destino y a los acontecimientos corrientes, que constituían su temario, ha echado a volar en alas de un lirismo renovador. El parnaso guaraní es un tesoro egoísta y rico. Nosotros lo cultivamos como una tradi­ción y como defensa de nuestra independencia. No sé si hago una afirmación atrevida, al asegurar que los poetas en guaraní, los aedos del pueblo, los cultores de ese género aborigen, son dignos de figurar al lado de nuestros mejores poetas en español. Con Guanes y Fariña Núñez pueden ser mencionados los juglares de la lengua autóctona, Ortiz Guerrero y Marcelino Pérez Martínez.

"Ocara Poty" es un manojo lírico y un símbolo. El poeta guaraní canta principalmente el paisaje, la vida del campo, la sencillez de la belleza natural. El medio físico influye fundamentalmente en su lenguaje. El medio social le suministra tipos populares, como la morena, digna de Sevilla, y el acento heroico que tanto gusta a nuestro pueblo.

Es de notar que en el Paraguay no apareció el tipo del "gaucho" rioplatense o riograndés. El tipo popular característico del campo, fuera del agricultor un poco apegado a la tradición española, con religión, sus fiestas patronales, corridas de sortijas, carreras y cielo santa fé, es el "raído" o el "arribeño". Éste es generalmente músico. Recorre los valles buscando fiestas o para organizarlas. Su pasaporte y profesión se sintetizan en la guitarra o el arpa. Este trashumante es el aedo, el heraldo de las tradiciones populares. Es tan típico como la cigarra, música del trópico, artista de las siestas calurosas, que cantó Fariña Núñez:

En tanto que escondida en verde sauce

Entona la cigarra su sonata,

Evocadora de sandías dulces

Y de diálogos de Platón el Ático.

Rico venero poco explotado es el de la tradición indígena. Vagas leyendas duermen en la indecisa penumbra del pasado, fábulas in­verosímiles, creaciones del alma americana, ofrecen motivos para el arte.

Entre los cultores del mito guaraní debe citarse en primer término a Fariña Núñez, evocador del Curupí, del Yacy Yateré, geniecillo rubio de las selvas primitivas, de Canindeyú, dios de los majestuosos saltos del Guairá, evocador del Tupá, dios del infinito. José de la Cruz Ayala, malogrado periodista, escribió la hermosa leyenda del Carau.

Pero son los músicos y los poetas en guaraní los que explotan, en una especie de monopolio natural, la rica cantera de las tradiciones vernáculas. Allá trabajan Ortiz Guerrero, José Asunción Flores, y el indetenible bohemio Martín Barrios, hermano del cacique Nitzuga, Agustín Barrios, el guitarrista, y Herminio Giménez, que pulsa, con igual fuerza emotiva, el arpa y la lira. Pérez Cardozo es también un músico de intensa inspiración. Por labios de estos artistas habla la raza.

El idioma autóctono adquiere en el verso tonalidades nuevas; sólo en el verso toca esos nervios misteriosos que tienen los para­guayos y que vibran cuando se les habla en guaraní En las asambleas populares, el auditorio escucha con respeto y atención al orador que habla en español; lo entiende, lo sigue y hasta lo aplaude. Para con­moverlo, arrancarle una palpitación del corazón o dos lágrimas, sólo el guaraní chispeante, con sus comparaciones y sus agudezas. Por eso, un brasileño inteligente llamó al guaraní el idioma confidencial de los paraguayos. Los paraguayos estudian, piensan y razonan en español, pero se indignan, aman y pelean en guaraní.


 

 

OBRAS DEL AUTOR

 

(En orden cronológico de aparición)

La causa nacional (Antecedentes de la guerra de la Triple Alianza) Asunción, 1919.

Ideario político, Asunción, 1920.

La Constitución de 1970. Asunción, 1924. Jornadas democráticas. Asunción, 1924.

Fomento, creación y conservación de la pequeña propiedad rural. (En colaboración con el Dr. Lisandro Díaz León). Asunción, 1925.

La Convención Nacional Constituyente de 1870.

Prólogo del Dr. Manuel Domínguez. Asunción, 1928.

El Arzobispado en el Paraguay. Asunción, 1929.

La reforma de la enseñanza secundaria. Asunción, 1931.

Ensayo sobre el liberalismo paraguayo. Asunción, 1932.

Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores. Asunción, 1933.

Bajo el signo de Marte (Crónicas de la guerra del Chaco).

Impresora Uruguaya. Montevideo, 1934. Existe una 2a. edición.

Panorama de la literatura paraguaya. Río de Janeiro, 1935.

La vida solitaria del doctor José Gaspar de Francia, Buenos Aires, 1937. Apareció una 2a. edición.

Los comuneros del Paraguay (1640-1735). Con prólogo del Dr. Enrique Bordenave. Asunción, 1938.

La Ruta, la. edición, Asunción, 1939.

Paraguay independiente y organización del Estado. En "Historia de Amé­rica", dirigida por Ricardo Levene, tl.l, ps. 295-332, Buenos Aires, 1941. Estigarribia, el soldado del Chaco. Buenos Aires, 1943.

El solar guaraní (Con prólogo del ilustre escritor dominicano Max Henríquez Ureña. Talleres Gráficos Ayacucho. Buenos Aires, 1947. Formación social del pueblo paraguayo (Ensayos americanos). Edito­rial América-Sapucai, Buenos Aires, 1955.

Bajo el alero asunceno. (Ministerio de Educación y Cultura, Servicio de Documentación, Río de Janeiro, 1955.

Páginas Libres, El Arte, S.A., Asunción, 1956.

Mancebos de la tierra (Año del sesquicentenario de la Independencia del Paraguay, Buenos Aires, 1961.

Cuaderno de Peña Hermosa y otros escritos (Obra póstuma). Araverá, Asunción, 1984.


 

 

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