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CATALO BOGADO BORDÓN


  EL FOLCLOR Y LO FOLCLÓRICO - Por CATALO BOGADO BORDÓN - Domingo, 18 de Diciembre de 2016


EL FOLCLOR Y LO FOLCLÓRICO - Por CATALO BOGADO BORDÓN - Domingo, 18 de Diciembre de 2016

EL FOLCLOR Y LO FOLCLÓRICO


Por CATALO BOGADO BORDÓN

 

 

catalobogado@gmail.com

 

«Se presenta lo folclórico como divorciado de lo culto, y se omite decir que el hombre culto, propiamente hablando, no es necesaria ni exclusivamente el que ha sido educado en la universidad, como se pretende, sino también el hacedor de cultura», señala el escritor e historiador villarriqueño CATALO BOGADO en este artículo.

 

Paísaje Chaqueño, óleo sobre tela de Guido Boggiani.

 

Hace poco, un conocido «gestor cultural», para justificar la privatización de un renombrado festival folclórico, me escribió una carta que decía: «... hoy, pretender arar con arado de madera y bueyes no va más; forzosamente (en los festivales) hay que entrar con formas modernas del espectáculo; con la privatización, tendremos atrás del escenario una pantalla gigante que mejorará mucho el espectáculo, y habrá un dron sobrevolando toda la noche». Tras leer aquella carta, me quedé pensando en lo incultos que los paraguayos seguimos siendo sobre ciertos temas, como el folclor, que la humanidad trata desde hace muchísimos años.

En nuestro país, cubrimos con el término «folclórico» cualquier disparate individual o social, y asociamos a él todo tipo de barrabasadas. Comúnmente, la gente llama «folclóricos» a los actos groseros. Se le ha ido restando al término significación y jerarquía, empujando su procedencia hacia la oscuridad, y su real contenido, hacia el desprestigio. Se presenta lo folclórico como divorciado de lo culto, y se omite decir que el hombre culto, propiamente hablando, no es necesaria ni exclusivamente el que ha sido educado en la universidad, como se pretende, sino también el hacedor de cultura.

Para entender una manifestación folclórica, para encontrar su extraordinaria dimensión cultural, su vitalidad inextinguible, su profundo contenido simbólico, hay que mirar siempre hacia el fondo del tiempo. El folclor –gran forma de entendimiento humano con la naturaleza– es saber colectivo, heredad no verbalizada, conocimiento por comunión; obra por contagio, por comunidad, por tradición. Y, aunque el hombre o la mujer de pueblo, «folk», no tienda a verbalizar, a distinguir en el tiempo y en el espacio la procedencia de lo que expresa, este hecho no debe autorizar, bajo ningún aspecto, a nadie a tildarlos de «incultos». Es culto el que hace cultura, y hace cultura el grupo humano apegado a la heredad. Toda cultura ha nacido en estrecho contacto con la tierra. Es el producto de las relaciones del hombre con su medio ambiente.

Quizás por eso, en las ciudades, los hombres «folk» –la gran masa de campesinos que han abandonado su tierra para migrar a la capital y las ciudades vecinas– enraizados en una tradición, organizados en función de ritos agrarios y ritmos climáticos, resultan enteramente extraños a este mundo urbano donde el cemento y el asfalto tapan la tierra y los avisos de neón ocultan el firmamento.

Hoy, este grupo humano conforma, económicamente hablando, un gran mercado. Y quizás por eso últimamente en nuestro medio al folclor le han surgido muchos ilustrados cultores y admiradores; artistas y empresarios fabricantes de un arte intermedio, sin jerarquía ni don de inventiva, situado entre lo popular y lo erudito, que pretende justificarse afirmando que «estiliza», que «categoriza» el folclor, que lo depura, que le da pantalla gigante, semitonos y falsetes, que pone más botellas sobre las cabezas de las bailarinas, que le suma drones e instala más luces en el escenario para hacerlo presentable y digno de un «Show».

 

Areguá, detalle de una fotografía de Miguel Ángel Fernández.

 

En esta «cruzada», los artistas, especialmente los músicos, en su afán de «modernizar y modernizarse», entran en una confusión sicodélica que no tiene nombre. A tal punto que algunos arpistas, por ejemplo, en pleno festival folclórico se vuelven una mezcla de Rubén Rodríguez y Richard Clayderman; y si tocan «lo nuestro», convierten el modesto y noble Tren Lechero (inspirado en un ritmo folclórico) en un estrepitoso tren bala que pareciera estar cruzando la estepa siberiana y no el breve y quebradizo trayecto que existía entre San Lorenzo y Asunción. Poniendo turbo a su pequeño instrumento, los requintistas tratan de imitar a los arpistas, y producen en Carreta guy un torbellino de compases que rompe todas las barreras del sonido... Y están los que convierten una nota mayor en descalabrada disonancia, y los que convierten un ritmo de guarania en balada o en blues; y el de la polca, en rock, en reggae y en cualquier cosa.

Estos esfuerzos estilizadores, por lo general, resultan un fracaso artístico. Porque, por una parte, la calidad y condición folclóricas se conocen, precisamente, en la espontaneidad, la autenticidad, la simplicidad de cualquier manifestación de música, baile, verso o cuento. Al sufrir procesos de elaboración intelectual y culterana, pierden esas características y dejan de ser folclor. Al mismo tiempo que, por otra parte, muy pocas veces se convierten en gran arte. Porque el artista «innovador» que se preocupa por corregir o mejorar el folclor, a la vez que copia sus formas, no solo comete un atropello cultural, sino que, creativamente, cojea, y busca un bastón para andar.

No confundimos música paraguaya con música folclórica, pero, en mi opinión, en la música paraguaya tenemos, por ejemplo, un Efrén «Kamba’i» Echeverría cuyas obras (al igual que las de Flores) trascienden y respiran folclor en su forma y, aunque su autor sea conocido, son totalmente folclóricas; pues el folclor es él mismo, lo lleva dentro, perpetuamente. Debe entenderse que lo esencial del folclor es la energía interior transfiguradora con la cual la inspiración suele vaciarse dentro del molde establecido, contenido caliente de inventiva, de gracia y de vida, y no sus limitadas y tradicionales formas reguladas, sean danzarinas, musicales o literarias.

 

Paísaje, de Víctor Soler.

 

Por otro lado, cada ámbito cultural ha tenido su folclor. Y sería un error deducir que el folclor no existe en las ciudades. Se desarrolla en ellas, pero atado a una práctica de brujería tecnológica realmente asombrosa y desligado del sentir telúrico, sin la peculiaridad de la sabiduría popular, serena y térrea, del vigor asentado del hombre de pueblo, «folk», entre sus animales y sus plantíos, sus solsticios y sus equinoccios. Lo cierto es que los citadinos –y es trivial decirlo– no tienen la misma profundidad de sentimientos telúricos. Las subculturas de las drogas, las luces y los estímulos sicodélicos y un erotismo, si no más degradado, sí bastante más descarnado, que tienden a confundirse con el crimen, el maquinismo, etcétera, conforman en ellos el «lore» –el conocimiento, la «sabiduría»– del «folk».

El folclor campesino –conocimiento por comunión– y el folclor citadino –conocimiento por distinción– son sendas paralelas, y, cuando entre ellas se establecen afluencias, se destruyen mutuamente. No porque uno sea menos culto, propiamente hablando, que el otro, sino porque entre el arte erudito y el arte popular hay una especie de incompatibilidad que vuelve su mezcla frágil e insípida, pues ni lo erudito tiene la gracia y sinceridad del folclor, ni lo folclórico tiene la elaboración y perfección de formas y pensamientos del arte erudito. Esto no quiere decir que rechacemos el uso de temas folclóricos para expresiones artísticas innovadoras (las mejores músicas eruditas tienen origen folclórico), sino que más vale abstenerse de ello cuando no se tiene talento creador. Y, desgraciadamente, es necesario advertir que hoy el folclorismo es refugio de muchos artistas mediocres y sin inspiración, y de oportunistas que hacen de empresarios.

 

 

Fuente:Suplemento Cultural de ABC Color - Página 4

Domingo,  18 de Diciembre de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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