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NEIDA BONNET DE MENDONÇA


  JUEGO DE VILLANOS y LA VOZ DE ANDREICA - Cuentos de NEIDA DE MENDONÇA


JUEGO DE VILLANOS y LA VOZ DE ANDREICA - Cuentos de NEIDA DE MENDONÇA

JUEGO DE VILLANOS y LA VOZ DE ANDREICA

Cuentos de

NEIDA DE MENDONÇA

 

 

**/**

 

 

JUEGO DE VILLANOS

 

-¡Tía, murió Facundo!

Así me enteré de que Facundo no encontró nada mejor que ahogarse.

-Estaba viejo para cruzar el río a nado; ya no le dio el cuero- comentan los jóvenes del vecindario.

Y el pueblo entero, reunido sobre las barrancas, mira correr el agua como si todavía fuera posible verlo aparecer dando sus largas brazadas.

-¡Qué desgracia!- repiten compungidos.

-Desgracia será para ustedes; no lo es para mí- murmuro yo.

Tengo bastante con ser solterona por culpa de Facundo. Solterona en un lugar donde una mujer sin hombres, y sin hijos es como si no hubiera nacido. ¡Véanme! ¡Aquí estoy!, desvencijada, barajando proyectos, buscando criar vidas ajenas para no ser olvidada como difunto. ¿Cuánto puede importarme la muerte de Facundo? ¿Cuánto?

Facundo había sido la mano derecha de mi padre. Juntos manejaban la chacra y la hacienda lidiando de sol a sombra. Desconocían el miedo y el cansancio. ¡Eran imparables!

-¡Facundo, hoy debemos pasar una tropa al otro lado del río!

-Sí, patrón- se anticipaba en la respuesta nuestro loro Celedonio.

Y Facundo, al poco rato, ida y vuelta cruzaba el río arreando animales con tres o cuatro señuelos por delante. Los otros peones iban en canoas o prendidos a sus montados. Parecía invencible ese hombre flaco, recio, medio animal. Entonces tenía yo siete años y así lo veía.

-¡Facundo, esta misma noche tiene que fumigarse el algodonal! Mañana será tarde; las langostas no dejarán ni los tallos.

-Sí, patrón- contestaba Celedonio, el loro.

Facundo se ponía en movimiento. Encendía lámparas y faroles. Buscaba linternas y preparaba tachos y tachos de "Verde París". Iniciaba la marcha seguido por todo el personal, cargando sobre sus espaldas el tanque con agua envenenada. A los perros y a mí nos enclaustraban como si un vendaval estuviese por llegar. El amanecer cansado los pillaba despiertos para llevarlos en tropel hasta la chacra. ¿Quién sobreviviría, el algodonal o las angurrientas langostas?

Mi padre, agradecido, decía: "Facundo ni se acuerda de la paga, le interesa no defraudar mi confianza".

Se le trataba de un modo diferente. Comía solo, nuestra misma comida. Los otros peones tenían mesa aparte y cuarto aparte. Con tabaco y caña completaba Facundo sus jornadas.

Hoy busco cabos sueltos, intentando explicarme los obscuros sentimientos que ese hombre despertaba en mí. ¿Temores? ¿Celos? No lo sé... Eran los míos siete años consentidos, malcriados. Años en los que mis deseos se cumplían sin discusión. ¿Todos? Todos, menos uno: mis padres no me permitían comer el plato de mazamorra que a media mañana merendaban los alumnos de la escuela. Ese plato de lata cargado de maíz, leche y miel, y que a mí me estaba prohibido, era lo único que me apetecía.

Regresaba de la escuela a las corridas, zarandeando mis útiles y levantando polvo del callejón. Al llegar, enfurecida, interrogaba cargosamente a mi madre: "¿Por qué? ¿Por qué?"

-Puede enfermarte... comen varios chicos con la misma cuchara... ¡Quién sabe cómo la preparan! El cuartucho que sirve de cocina está lleno de mugre y de moscas. ¡Yo lo conozco!- respondía mi madre con su cara de bruja (¿sería una bruja verdadera?)

-¿Qué tienen de malo las moscas?- le preguntaba con altanería.

Venía entonces una larga, larguísima lección sobre higiene, suciedad, las patas llenas de enfermedades, las pestes y la muer te. Después de muchas e interminables peleas acabé creyendo que moscas y muerte estaban tan ligadas que eran una misma cosa. Supe que tenía razón el día en que murió el hijito del señor Espinoza, el director de la escuela. Yo no lo quería al señor Espinoza porque él había cambiado a su esposa por la sirvientita de la casa. La pobre señora se fue del pueblo con una valija de cartón y sus dos hijos. Sus dos hijos eran mis únicos amigos. Mamá y yo lloramos; mi papá dijo: "!Es un mal ejemplo! ¡Pediremos que lo trasladen...!".

Mientras tanto, a la sirvienta del señor Espinoza le creció la barriga y le nació un niño peludo y raquítico. ¡Castigo de Dios!, dijeron. Pocos días más tarde el recién nacido murió. Murió sin bautizarse, porque el cura no estaba. ¡Otro castigo de Dios! Entonces la maestra nos puso a los escueleros en fila y nos llevó al velatorio. A pesar de mi enorme curiosidad, todo cuanto pude ver fueron unas horribles moscas verdes revoloteando sobre el cajoncito blanco. Al lado, una mujer rezaba, otra chillaba y las dos manoteaban procurando cazar moscas. Había olor a velas de sebo, a flores podridas y las moscas, inquietas, querían poner sus huevos y sus patas sobre la muerte. Antes de terminar mi vuelta alrededor del cajón, vomité la mazamorra que, justo ese día, comí por primera vez.

Ya en casa escuché que mi padre le decía a mamá: "Adriana debe salir de aquí".

-¡Tía Adriana, Rodrigo no me deja en paz! ¡Me empuja! ¡Me toca! ¡Y toca mis muñecas!

-¡Rodrigo, venga para acá! ¡Deje a las niñas tranquilas! Juegue con los varones..., y no olvide: "Juego de manos, juego de vi llanos". ¡Repita cinco veces!

-"Juego de manos, juego de villanos. Juego de manos..."

Me llamo Adriana porque mi abuelo, un hermoso señor francés, se llamaba Adriano. Mi abuelo no era un hombre anormal y se hizo rico porque le regalaron todas las tierras que pudo quitarles a los indios. Mató a muchos, incendió montes y tolderías y allí plantó algodón y crió vacas. Se hizo muy rico, repito, pero, sobre todo, civilizó este lugar. Como premio, además de las tierras que recibió, le pusieron su nombre a un puente que cruza el río. Ahora no hay un solo indio; en cambio hay vacas, muchas vacas y algodonales... Por todo eso me llamaron Adriana. Tampoco yo soy anormal y si no me casé fue por culpa de Facundo, el ahogado.

El día del velatorio del angelito del señor Espinoza estaba yo aterrorizada porque descubrí los castigos que Dios les manda a sus criaturas. Al señor Espinoza le mató un hijo y a mi me hizo devolver mi mazamorra por desobediente. Fue entonces cuando juré (¡por siempre jamás!) que nunca haría niños para que las moscas no les hicieran gusanos, como a los terneros.

Facundo, con un palito, saca uno por uno los gusanos que los terneros tienen en sus ombligos. Luego les echa varias gotas de creolina en los agujeros para matar hasta los huevos. ¡Facundo es puerco! Tiene uñas largas y negras en dos de sus dedos, ¡y no se lava las manos! ¡Me repugna! Tampoco puedo verlo cuando tiene el pantalón a medio prender y las moscas le dan vueltas tratando de entrar por la bragueta. ¡¡¡Me repugna!!!

Aquella mañana del velatorio salí de la escuela descompuesta y asustada. Recorrí el callejón lentamente, arrastrando mi bolsa de útiles. Observaba cualquier movimiento, cada ramita del camino, no fuera el caso de que me topara con una víbora. Sentía el peso y el miedo de la primera culpa. ¿La culpa de Eva? Sí, debía ser, por eso buscaba la serpiente. Llegué a casa y fui derechito al galpón. Allí me vio Facundo, metida entre aperos y fardos de alfalfa. Yo hablaba sola. El me dijo:

-¿Quiere jugar, patroncita? Bueno -le respondí, consolada-. Con tu ayuda voy a saltar desde este carro hasta el suelo.

Y Facundo, grandote, forzudo, me levantó como si fuera a volarme; luego, con suavidad, me depositó sobre las tablas del carro. Y en el momento en que acomodaba mi pollera para largarme al vacío, justo en ese momento, Facundo metió entre mis piernas esa uña larga y negra. Y cada vez que me levantaba y me bajaba volvía a meterla un poquito más...

-¡Adriana, papá y yo queremos hablarte!- gritó mamá.

Salí disparando. Disparando de algo desconocido. Algo que se parecía a la muerte. Dos semanas más tarde me llevaron a un colegio de la ciudad. Desde entonces ningún hombre me volvió a tocar. ¡Ninguno! ** -¡Tía, a Facundo lo tragó el río!-grita Rodrigo.

-En buena hora- murmuro yo.

 

**/**

 

LA VOZ DE ANDREICA

 

"Un perro virtuoso -decía el padre Luis- no roba comida aunque tenga hambre". Y como Andrea intentaba ser una niña incorruptible (así se lo exigían la madre, la gente, el cura, en fin, todos menos Andreica), ella aprendió a no tocar un caramelo aunque se muriese de ganas. Lo malo del caso es que Andreica le creaba confusiones... Le apuntaba sin cesar: "No seas como el perro del cura. ¡No, por favor!".

Pulcras, sentaditas en los bancos de la iglesia, las niñas del tercer grado llevaban escuchando aquella historia del perro virtuoso desde el primero. Agobiadas por el aburrimiento, debían recurrir a la imaginación para perseguir distracciones esquivas. Andreica intentaba arrancarle las vendas a su amiga, aventurando oraciones del revés. Le dictaba: "Hágase tu voluntad llena de gracia Señor creador de los infiernos de esta casa y de los infiernos de nuestra casa ahora es la hora de que te acuerdes del pan nuestro de cada día...". En ese momento la pobre Andrea sentía unos locos deseos de tomar su café con leche, con pan, manteca y azúcar encima. Si el deseo le bajaba hasta el estómago, se escuchaban chillidos y revoltijos simultáneos. Celia, una compañera santurrona, le daba unos codazos en las costillas; entonces, Andrea decía en voz baja: "¡No molestes, bruja!". Y tragaba saliva, calculando que de ese modo se llenaría de silencio. Subrepticiamente, y para su desconcierto, Andreica le preguntaba: "¿Dónde podremos encontrar la bondad si no damos con ella en nosotras mismas? ¿Dónde?..."

Habían llegado penosamente a la mitad del sermón; el padre Luis continuaba con el cuento de la templanza y el perro sin pecado. "¿Ni siquiera el original?" - curioseó Andreica en el mismo momento en que Andrea fue sorprendida por un ataque de risa. Esa risa no llegó a salir, a explotar, pero se le contagió a casi toda la capilla. En pocos minutos los bancos se sacudían; la tentación se había extendido. Andreica le recordó a su amiga: "También tu cama tiene chucho cuando le agarra la fiebre -y agregó-: Si el virus te entra un domingo, no te mandan a la misa. ¡Qué bendición!", concluyó. Era cierto. Por casualidad, varios domingos la niña tuvo dolores y calenturas, pero la madre, metida en desconfianzas y adherida a sus mandamientos, una mañana le ordenó sin condescendencia: "Andrea, levántese y vístase. Es día de guardar...".

Andreica nunca comprendió por qué y para qué se guardaban los días y los pensamientos. Una porfiada tristeza la invadía al saberlos cautivos en los cuartos, en los libros, en las personas. "¡Tan lindos como son los días sueltos y los pensamientos soberanos!" se decía-, pero no los dejaba escapar... Años más tarde, entrevió el rostro de la tiranía. Grande fue su sorpresa al descubrir de quién era la imagen que miraba. Eso fue hasta ayer...

Andrea continuaba arrodillada e incomunicada, observando de reojo la cara de soufflé de zapallo de la hermana Rosa. Andreica le recordó: "El zapallo te repugna; se parece a la caca de tu hermanito Matías". Poco rato antes, la hermana Rosa le había ordenado: "Andrea, venga a misa con el cabello recogido y los zapatos lustrados. Es indigna de entrar en la Casa de Dios...". La muchachita pudo precisar que el miedo se le caló por los pies, rápidamente le recorrió las piernas flacas, se demoró un ratito en las rodillas y luego fue trepándose hasta llegarle al estómago. Allí, el miedo aprovechó el hueco, se atrincheró un momento y luego salió. Primero fueron dos arcadas y luego otras dos más. Celia le dio un nuevo codazo y Andrea se quejó en voz alta: "¡Ayyyyyy!". El padre Luis la escuchó; interrumpió el sermón y apuntándole con el dedo le preguntó: "¿Qué hay, Andrea?". El cura la había reconocido en el acto, pues le enseñaba catecismo para la primera comunión de setiembre. La niña echó de ver que su situación era delicada, pero acudió en su auxilio Andreica, quien le sopló: "Hay que probar si su perro es capaz de no comerse los salames de las hermanas". Se escucharon risas cercanas y lejanas; las monjas inclinaron la cabeza como si buscaran al perro del cura. (Fue entonces cuando Andrea tomó aliento y puntualizó para sí misma, sin manifestar signo alguno que revelase su reflexión: "Debemos ser perras, porque todas somos mujeres y es un cuento para mujeres"). El padre Luis aceptó el desafío: "Muy bien -anunció-, traeré a mi Petuza y la dejaremos a prueba por dos o tres días, en la despensa de las hermanitas. Ahora continuemos con la Santa Misa..."

¿Cómo hizo la pobre Petuza para resistir dos días de hambre y tentación? ...En el tercero, la perrita pecó. ¡Qué tragedia, mi Dios! Nadie lo quería creer. Al cura le dio un soponcio; las monjas gimoteaban alrededor de sus quesos franceses, tirados y mordisqueados. Andrea y sus compañeras recogían chocolates suizos, mientras Celia lloraba la vergüenza ajena. Pasado el momento de estupor se ocuparon del padre Luis, semidesvanecido en un sillón. Por turno lo abanicaron y la hermana Rosa le puso paños fríos en la cabeza calva. Apenas se repuso, el cura sentenció con tono admonitorio: "La virtud no debe ser probada, sino protegida. Pro-te-gi-da". Se tomó un respiro, recogió su sotana y soltó: "Rezaremos tres rosarios..."

Desde esa ocasión Andrea comprendió que los pecados son cadenas y que unos eslabones a otros se agregan. Resolvió que lo mejor era resguardarse y, aun cuando el problema le pareció complicado, el resultado fue excelente. El sentimiento de culpa le inspiró terror. Andreica aprovechó la ocasión para aconsejarle a su amiga: "Aun no es tiempo de primera comunión. Comenzarás a quebrantar leyes y recibirás castigos. No. Todavía somos muy chicas para eso". Andrea estuvo de acuerdo.

Pero su madre, que no entendía lo que pasaba, le dio una ejemplar paliza; la abuela prendió velas a la Virgen Niña y el padre se mantuvo en silencio, porque él no creía en Dios. La tía Angelita la incitaba, como habían hecho con la perra Petuza: "¡Qué hermoso vestido!, idéntico al de las novias... ¿Y tu fiesta?" Andrea resistió todas las pruebas, sin ceder un ápice, y Andreica la defendió como gata panza arriba. Eso fue hasta ayer...

Hoy, fecundados los años, Andrea y Andreica avanzan con el corazón al desnudo, por callejones con niños vagabundos, se sumergen en ríos y amasan el pan; prueban y aprueban el fruto de todos los árboles, abren los ojos de sus pensamientos y les dan fuego a las palabras. Andrea y Andreica "experimentan el áspero placer de leer la vida en todo rostro humano", a sabiendas de que son el anverso y el reverso de un mismo ser.

 

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Fuente:

ORA PRO NOBIS

Por NEIDA DE MENDONÇA

INTERCONTINENTAL Editora y ÑANDUTI VIVE Ediciones

Asunción-Paraguay 1993 (193 páginas)

 

 

Ilustración del libro:

 

Retrato de un niño de Luque (Detalle)

Obra de ROBERTO HOLDEN JARA

 

 



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Leyenda:
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