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HÉRIB CAMPOS CERVERA


  JUAN HACHERO (Obra de HÉRIB CAMPOS CERVERA)


JUAN HACHERO (Obra de HÉRIB CAMPOS CERVERA)

 JUAN HACHERO
(CRÓNICA DRAMÁTICA EN UN PRÓLOGO,
TRES JORNADAS Y UN EPÍLOGO)
Obra de HÉRIB CAMPOS CERVERA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
 

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JUAN HACHERO
Crónica dramática en un prólogo, tres jornadas y un epílogo
 
PERSONAJES
MACHU: Paraguaya típica, de unos 50 años, vestida de la manera usual. Usa alpargatas, vestido de colores un poco fuertes, etc.
MIGUEL, CANTALICIO, SATURNINO, hacheros típicos; jóvenes de unos 25 a 30 anos. Robustos, alegres. Zapatones cuarteleros, pierneras de cuero altas, arriba de las rodillas; pantalones cualquieras y camisa verde olivo, abierta. Sombreros de paja de alas amplias. Cinturones anchos y siempre: cuchillo.
AVALOS: Hombre más bien bajo, de unos 55 anos; barba larga, bien peinado. Zapatos comunes, camisa abierta, pantalón recto y faja, en vez de cinto; saco corderoy. Biblia grande, de cuero, y bastón. Una especie de bolsón cruzado en bandolero.
ISABEL: Joven paraguaya, como de 20 años, pelo negro, linda. Viste sencillamente, uso común del país, calza zapatillas.
JUAN HACHERO: Muy envejecido, la primera vez. Robusto y bien visto, después. Viste camisa verde olivo militar, zapatones y bota corta. Eja colorada, cuchillo. etc. Sombrero de paja.
ELSA, MABEL: Gente europea, rubias, de unos 30 años una y más joven la otra. Son altas, sofisticadas. Ojos claros, peinados altos, visten a la europea, con evidente elegancia, a gusto del Director.
NORMAN: Unos 45 años. Alto y enjuto. Viste con sobriedad; camisa abierta, de buena calidad; pantalones de franela Blanca, zapatos de calle.
LORENZO PONCHITO: De edad indefinible, pareciendo tener unos 40 años. Camisa abierta, corriente; sombrero ancho y botas altas, gastadas y brich viejo. Una fusta corta en la mano. Un poncho cortito, que apenas le llega a la cintura.
FAUSTINO, JOSE: Hacheros, jóvenes, de unos 25 a 30 años; vestidos como los otros.
SANDALIO: Joven, de unos 22 años; vestido en forma corriente, como peón de servicio, no como hachero.
INGENIERO, CONTADOR: Gente de unos 40 años, corriente. Vestidos como gente de escritorios; camisa sin corbata, saco abierto, pantalón de calle, etc. Nada particular. El ingeniero, alto y rubio, fuma en pipa.
COMISARIO, SARGENTO: Vestidos con ropa militar, polaina, saco cerrado, cinturón, arma. etc.
HACHEROS 1 y 2: Como los anteriores. No mayores de 40 años.
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PROLOGO Y PRIMER ACTO
ESCENARIO PARA EL PROLOGO, PRIMER ACTO, SEGUNDO ACTO (Segunda Escena). TERCER ACTO (Segunda escena) y EPILOGO:
Rancho, en un claro de la selva; convergen hacia el rancho varios senderos. El rancho se compone de solo dos paredes, con una puerta pequeña y una ventana aun más pequeña. El rancho ocupa el costado izquierdo del escenario y desde el corredor hasta la empalizada es un clásico patio de casa campesina pobre, con piso de tierra firme. Hay un fogón típico, de ladrillos; arden tizones de rajas de quebracho.
Cántaro colocado sobre trípode de madera de troncos; un molejón de afilar a pedal; un caballete para apoyar hachas; un banco largo, hecho de costaneras. Todo el conjunto, cercado por una empalizada de costaneras y troncos de quebracho colorado. Hay dos entradas: una hacia la derecha del escenario y otra, que se supone existir hacia la parte trasera del rancho.
Los senderos van: uno hacia el pueblo, que se supone esta hacia la derecha del escenario; y el otro se supone que se interna hacia la selva.
LUGAR DE LA ACCION:
Puerto Casado, alrededores y quebrachales vecinos.
EPOCA:
Entre los anos de 1936 y 1942.
 
CANTALICIO: (Recibe el mate de manos de Machú  y le da una chupada.) Esta bueno tu mate, Machú... Me gustaría llevar un poco de esta yerba a la "picada". Un buen Terere" después del asado, sería muy sentador...
MIGUEL: (Arreglando el fuego) Sí: la que venden en el almacén de la administración es peor que yerba usada.
MACHU: (Recibiendo el mate de manos de Cantalicio); Y cómo no, mi hijo! Ustedes saben que todo cuanto tengo es de ustedes no más. Esta de ahora es de un sobornalito de mi "gasto" que me envió uno de mis hijos desde Santaní.
CANTALICIO: (Se levanta, toma un hacha y va hasta el molejón, preparándose para afilarla.) Pero Machu, ¿querés decirme cuántos hijos tenés? Según la cuenta que llevo, te he oído nombrar a más de veinte...
MACHU: (Ríe con sorna y le pasa un pate a Saturnino.) ¡He! ¡He! Los hijos que tengo, ¿eh? Podría hablar de ellos todo el resto de mi vida y no terminaría de contar cómo eran de buenos y considerados. ¡Ay! (Suspira hondamente) Pero el que más quería, se me fue...
SATURNINO: ¿Murió, Machu?
MACHU: No, mi hijo. Ese no morirá nunca... Dios sabe dónde se habrá metido, con sus artes, su "paye" y su buen corazón...
MIGUEL: ¿Quién era ése, Machu?
MACHU: (Se seca unas lágrimas, como si fuera efecto del humo.) Lorenzo Ponchito: fue el mejor de mis hijos; el más querido de todos.
SATURNINO: (Sorprendido) Lorenzo Ponchito? ¿Pero existe, acaso? (Devuelve el mate a Machu, esta se lo toma y ceba otro.)
MACHU: ¡Cómo no va a existir, Saturnino! ¡Cómo no va a existir! ¡Si toda la selva está llena de su presencia, mi hijo! No hay un quebracho en todo el Alto Paraguay que no lo conozca.
MIGUEL: Yo oí contar historias muy divertidas de Lorenzo: decían que tenía "paye", que hablaba con los animales y con las plantas; que escuchaba el canto de los árboles y se hacía acompañar por la sombra de los hacheros enterrados en los quebrachales.
MACHU: ¡Y cómo no, mi hijo! (Le pasa el mate a Miguel.) Precisamente en el alba o al anochecer, en los días de tormenta, se oye contar a la selva y se ve caminar a la sombra de los hacheros que se fueron... Van por los caminos abandonados de los quebrachales.
CANTALICIO: Yo también escuché algo, pero fue solamente sobre una broma que él hizo al recibidor aquel que robaba en el metro de las piezas...
MACHU: (Riendo con picardía) ¡Eh! ¡eh! Fue muy gracioso el caso... Pero no fue una broma. ¡Qué esperanza, mi hijo! Ponchito no hacía bromas; hacía justicia, mi hijo...
SATURNINO: ¿Cómo fue eso, Machu?
MACHU: Y ya les voy a contar... Un momento, ya vuelvo... (Se levanta, entra en el rancho y regresa rápidamente, trayendo algunas chipas, que reparte a cada uno. Cada cual toma la suya.) Se va a acabar el mate y ustedes en ayunas, mis hijos... ¿Cómo van a poder trabajar así?
CANTALICIO: Pero esta Machu... Siempre atenta a las cosas importantes.
MACHU: Y güeno... Les voy a contar... Sucedió que Lorenzo contrató la entrega de 400 piezas lampinadas, para 60 días adelante...
SATURNINO: (Sorprendido) 400 piezas, él solo... No puede ser, Machu; no puede ser…
MACHU: Pero ¿quién es el que sabe aquí? Yo soy la que está contando... Bueno, Lorenzo cobro su anticipo y fue a divertirse un buen rato. Su plata corrió por todos los ranchos de la "picada" y ayudó a muchos necesitados. Cuando faltaban ocho días, llego Lorenzo de vuelta y comenzó a trabajar... de noche.
MIGUEL Y CANTALICIO: (Ambos a una) ¿De noche? (Hacen un gesto dubitativo con la cabeza.)
MACHU: Sí... De noche. Nadie lo veía, pero todos oían desde lejos el ruido de los hachazos y el "sununú" de los árboles cayendo cada media hora... El día de la entrega, el recibidor fue, con su metro tramposo, a contar las piezas: estaban todas, en la planchada, apiladas, contadas y numeradas.
SATURNINO: ¿Y cómo? Las acarreo el solo?
MACHU: (Ceba un mate y se lo pasa a Saturnino.) Lorenzo siempre hacía su trabajo solo (Enciende un poguasu.) Cobro su "resto" y se vino hacía el puerto, acompañando al recibidor. Cuando llegaron los vagones a cargar las piezas no las encontró...
CANTALICIO: ¿Y quién se las llevo?
MACHU: ¡Nadie, mi hijo! ¡Nadie! Las piezas no existían, mi hijo. Lorenzo las hizo aparecer ante el empleado para vengar a los hacheros de los robos que le habían hecho los recibidores, con sus metros falsos y sus planillas mentirosas.
MIGUEL: ¡Que bárbaro! ¿Y no lo llevaron preso, Machu?
MACHU: ¡Que esperanza, mi hijo! Lorenzo tenía su boleta de entrega en forma. Era hombre de muchos recursos... Además, cuando Lorenzo quería ayudar a algún hachero necesitado, si no tenía dinero, entraba en los almacenes de la Administración, sacaba del bolsillo algún dinero chico y después de comprar cualquier soncerita, se hacía dar una cantidad de guelto...
SATURNINO: ¿Y cómo Machu? (Se miran unos a otros con gesto de asombro.)
MACHU: ¡Eh! Eso... solamente Lorenzo lo sabía. Le daban 990 pesos de guelto, cuando el entregaba solamente un diez pesí... Luego tomaba la plata y se la daba al hachero necesitado... Y otras muchas cosas hacía... Hablar con los pájaros y hacerlos bajar en sus manos, para el era cosa de nada... Tenía tanta fuerza como un Kavureí para atraer a los animalitos. Pero el nunca les hacía daño... Por eso lo querían y lo seguían a todas partes. Recogía víboras y se las llevaba debajo del sombrero, en la cabeza... Y curaba animales abichados, con "vencimientos"...
CANTALICIO: (Mira hacia lo lejos entre el alto follaje) Bueno, muchachos... (Se levanta.) Ya tenemos el día casi encima. Muy linda la reunión, pero... Vos Saturnino, vas a comenzar el destronque de la "Picada 7". Podes empezar allí donde sale el piquecito indio, antes de llegar a la Cruz de quebracho. Allí comienza tu "lote".
SATURNINO: (Se levanta, retira un hacha del caballete y prueba el filo con la yema del dedo pulgar.) ¿Voy solo, Cantalicio? Me parece que entre dos podríamos terminar más pronto...
CANTALICIO: Y bueno... Podes llevarlo a Ventura, que esta ahí no más, en su rancho, a la salida de la Picada... (Dirigiéndose a Miguel) Y vos, Podes continuar en la "Picada 21"; hay que terminar de lampinar esas piezas que ayer dejé marcadas con tiza. Tenemos que completar 80 piezas esta semana, muchachos.
(Entra Juan Hachero. Camina con pasos inseguros, como de mal dormido. No saluda. Se dirige hacia Machú, quien le pasa un mate, que él recibe con la mano derecha. Al extender la mano, se debe notar que le falta el dedo pulgar. De dos chupadas agota el mate y lo devuelve, siempre callado. Los hacheros toman sus elementos: hachas, bolsas de provistas, caramañolas, etc. Cargan, junto al cántaro, sus caramañolas. Juan Hachero va hacia el caballete de las hachas y levanta una con la mano izquierda, en cuyo momento se nota que también esa mano carece de pulgar. Trata de verificar el filo, pero el hacha se le desliza y cae. La levanta y luego la arroja con violencia al suelo y sale pausadamente por el lado contrario de su entrada. Toma uno de los caminos de la selva.)
SATURNINO: (Entre curioso y sorprendido) ¿Y ese? ¿Quién es?
MACHU: ¿Ese? Ese... es Juan Hachero. ¿No lo conocen, acaso?
CANTALICIO: (Con asombro) ¡Juan Hachero! Había oído hablar de el, pero nunca lo había visto. ¿Donde vive?
MACHU: (Riendo) En todas partes, mi hijo. Es el verdadero dueño de la selva. Tiene todos los ranchos que quiere; cada árbol es una casa para él.
MIGUEL: ¡Qué raro es este! Nunca lo había visto por aquí.
MACHU: ¡Y claro! (Pausa. Da unas chupadas a su mate.) ¿Como lo ibas a ver, si se vuelve invisible Cuando quiere? Cuando ve venir a la gente, se oculta en un momento y no lo podría encontrar ni un perro amaestrado... Además, es amigo de Lorenzo Ponchito.
MIGUEL: ¡Ehá! ¿Y ese también es tu hijo, Machu?
MACHU: Y claro, Miguel; tan hijo mío como vos y como los otros (Levantándose). Ustedes me preguntaron hace un momento cuántos hijos tenía... (Pausa breve) ¡Eh! Si tuviera que contarlos, no me alcanzarían los dedos de las dos manos, ni de cien manos... Son tantos mis hijos! Cada una de las pequeñas cruces que ustedes encuentran por ahí, por los caminos y por las taperas, cuida uno de mis hijos muertos... Son cientos, son miles! Cada vez que uno de ellos cae, yo corro y le cavo con estas mis dos manos una fosa pequeña y después de rezar por ellos, espero el próximo... Y otros ya están muertos pero aun no están enterrados... Ese que salió ahora ya tiene su cruz asegurada, por ahí, por un rincón de la selva. Ese no se va más: la selva lo tiene preso para siempre.
SATURNINO: Machu, ¡qué hizo ese hombre? ¿Conocés su pasado? ¿A quién mató?
MACHU: (Parada frente a los tres hacheros, con solemnidad) Sí, hijos míos; conozco su pasado. El pasado de Juan Hachero es el presente de ustedes. Esta es su historia... Escúchenla...
APAGON
MACHU: Un matecito, don Avalos... (Le pasa un mate que éste, distraído en la lectura de su Biblia, tarda en tomar.)
AVALOS: (Melosamente) Muchas gracias, señora. Los mates que usted prepara tienen tanta substancia como este libro, lo cual ya es macho decir, ¿eh?
MACHU: Pero este don Avalos, siempre tan adulón...
ISABEL: (A Machú) Machu: Machú ¿hace mucho tiempo que conoces a Juan Hachero?
MACHU: Desde que llegó aquí, mi hija. Nadie llega a estos lugares sin pasar por esta casa, Isabel.
ISABEL: (Preocupada) Cuando lo conocí y me fui a vivir con él en su rancho era un hombre alegre. Se levantaba con el alba, cantaba a todas horas, trabajaba sin quejarse y Cuando venla del monte, por la noche, siempre traía alguna historia que contar.
MACHU: (Se levanta y recibe el mate de manos de Avalos.) ¿Y ahora, ha cambiado? Yo no lo he notado, mi hija. De todos modos, los hombres tienen ahora muchas preocupaciones aquí... Yo creo que en todas partes es lo mismo.
ISABEL: (Está preparando café en una gran cafetera oscura. Va y viene de la mesa al fuego donde hierve la pava de hierro.) Sí, Machu... Desde que vino ese muchacho... ese Feliciano, se puso así, ya no cuenta historias de Perurimá... Regresa tarde, a veces con la madrugada y sostiene largas conversaciones con el estudiante ese... Leen unos papeles, escriben algo, discuten lo que escriben y después se levantan y se van al Puerto, sobre todo cuando llegan los vapores... Yo no sé, Machu... (Suspira) ¡Ay!
AVALOS: (Aproximándose a la mesita, donde Isabel ha colocado la taza de café, el pan, azúcar; etc....) Deben ser papeles del demonio, seguramente. De lo contrario, no discutirían. Si leyeran, como yo, la palabra del Señor, estarían tranquilos.
MACHU: No tenés que preocuparte, Isabel. Y no le hagas caso a este viejo charlatán de don Avalos. Juan tiene motivos para estar preocupado: gana poco, mi hija, y su plata ya no alcanza para dos. Además, le roban su trabajo en el recibimiento, lo mismo que a todos los hacheros. La vida, mi hija, está cada día más difícil... Eso nomás es lo que pasa con Juan...
ISABEL: ¡Ay, Machú! Hubiera sido diferente si Juan no anduviera con ese Feliciano... Me parece que va a traer desgracia, Machu.
AVALOS: Tienes razón, muchacha: esos son emisarios del demonio. Vienen a empujar a la gente a buscar pelea por dinero; por un aumento de moneditas. No quieren comprender que no se vive solamente de pan. La riqueza no trae felicidad; eso está probado, mi hija. ¿No me ves a mí? Yo estoy trabajando también y no me quejo.
MACHU: (Sirviendo café a Isabel) ¿Y de que podría quejarse usted, don Avalos? Usted tiene su chatita, hace sus negocios vendiendo bien caro sus bastones y no desperdicia ni la viruta, que recoge en bolsitas de seda y vende bien caras, ganando mucho.
AVALOS: (Se levanta, mete su Biblia en su bolsita y saca un bastón sin terminar y comienza a rebajarlo con un trozo de vidrio.) Usted, señora, no entiende lo que yo quiero decir. A mí no me hace feliz el dinero que gano, sino lo que llevo aquí, en el corazón (Se toca el pecho) y aquí en la cabeza (Se toca la cabeza.) Usted me ve aquí, buscando raíces y maderas para hacer bastones y recoger virutas. Yo pago buenos precios por todo eso y mi trabajo de artista hace el resto. Pero no es lo material lo que me interesa, señora. (Se inclina ante Machu.) No, señora... Yo hago bastones y los vendo, pero también hago otro trabajo, que nadie me compensa con dinero; ese trabajo lo hago gratis.
MACHU: ¿Gratis, usted, don Avalos? No me haga reír... A mí nunca me regalo nada y, sin embargo, siempre que llega aquí, le atiendo, le doy mate, le lavo la ropa y le cuido como si fuera un hachero, que para mí, es la mejor gente del mundo.
ISABEL: (Lleva su taza hasta la mesa, donde la deja.) No hay que discutir tanto. Machú. Vos ya lo conoces a don Avalos, que discute no más por discutir.
AVALOS: Usted, Machú, no me hace justicia. Yo pago esos servicios que me hacen. Les pago con dinero, como me piden, sin regatear nunca. ¿Pero acaso me paga nadie la luz de este libro (Levanta su Biblia) que traigo hasta su casa?
MACHU: ¡Que luz ni que broma, don Avalos! La luz que tenemos aquí viene de esa lámpara "mbopí”' y del kerosén que me trae de contrabando el macatero de Nenito García. Cuando no hay kerosén, no hay luz, don Avalos...
AVALOS: Usted no me entiende, señora. (Enfático)Le hable de los bastones que hago y que vendo, es cierto. Pero hay otra clase de bastones que yo regalo a todos. El alma del hombre es débil, señora, y también necesita bastones para apoyarse y vivir entre sus semejantes.
MACHU: (Acercándose a la mesa y cortando una rodaja de pan) ¿Bastones para el alma? Usted está loco, don Avalos. Nosotros, los pobres, no necesitamos esa clase de bastones. A los pobres hay que darles lo que es de ellos; pagarles su trabajo. Don Avalos, no robarles el sudor de su frente. ¿Por qué  no le ensena al administrador esa ley, don Avalos?
AVALOS: Mr. Norman es un hombre justo, Machú. El lee este libro y practica las enseñanzas del Señor. Además, va a los oficios todos los domingos...
ISABEL: (Comienza a retirar las tazas de la mesa) Bueno, Machú, yo me voy. Puede ser que Juan este ya en casa. Dijo que volvería temprano.
MACHU: ¿Por qué no te esperas un "sapy'aite" más? Nunca deja de pasar a verme, aunque sea de pasada. ¡Es tan considerado, Juan Hachero! Además, es un poco tarde y no quiero dejarte ir sola.
(Llegan Faustino y Juan. Este último con una mano cubierta de sangre. AI verlo, Isabel da un grito y corre hacia él y le toma del brazo.)
ISABEL: ¡Juan; mi hijo! ¿Qué desgracia te ha pasado? Machú, pronto....
JUAN: No, es poca cosa, Isabel; me desgarre la carne del dedo grande... Sangra un poco... Vine a casa y no encontré el frasquito de tintura de yodo y recordé que Machú tenía otro y me acerque hasta aquí.
MACHU: (Que ha estado preparando salmuera caliente, vendas, etc., se acerca y revisa la mano de Juan.) No es nada, mi hijo... A ver, aquí... (Le lava la herida.) Sí, parece que no es gran cosa... Bueno, ya está... (A Isabel) A ver, vos, atajáme la punta de este trapo (Isabel ataja la venda, mientras Machú pone yodo con una pluma de gallina.) Ahora hay que atar, así, suave, sin apretar, mi hija, muy suave. (Lo venda.)
ISABEL: ¿Como ha ocurrido, Juan? Te "desgracio" pico alguno, mi hijo?
JUAN: (Riendo) No, mi hija. Estaba afilando el hacha nueva y se me escapo la piedra del molejón. Quise atajarla y el eje de fierro me entro en la carne. Pero no es nada... Desgracia con suerte, Isabel, porque me voy a quedar en casa unos días. ¿Que te parece?
AVALOS: ¡Así me gusta, Juan! ; Así me gusta! Voy a aprovecharme de vos, para llevarte un poco de luz... Y a pelear un poco contra ese "añamemby" que te está llevando a la perdición...
JUAN: ¿A quien llama "añamemby", don Avalos? En mi rancho no hay mala gente, mi amigo...
ISABEL: Así le llama el a Feliciano, Juan. Para el, todos los que no leen la Biblia son malas personas.
AVALOS: Y claro... Así es verdaderamente, mis hijos. La verdad esta allí y solamente allí. Todo lo demás es extravío y perdición.
JUAN: (Se palpa la mano suavemente.) Ahora sí que esta embromado. Si hubiera sido cualquier otro dedo, sería más fácil. Pero... el dedo grande, es cosa grande... Sin él no valgo nada. Los hacheros no valemos nada sin el dedo grande: es como la llave de un candado que se cierra, fuerte, dejando atada el hacha dentro de la mano.
MACHU: (Retirando las cosas de la mesa) No hay que preocuparse, Juan. Dos o tres días de descanso, te van a sentar mucho. ¿Avisaste ya al capataz? ¿Diste parte a la enfermería?
JUAN: No. Mañana voy a mandar a Isabel con el parte del accidente. (Pausa. Se mira la mano mostrando preocupación.) Parece mentira que toda la fuerza de un hombre este en un dedo no mas... Justo me viene a ocurrir esto hoy, que lampine cuatro piezas, sin apuro, así no mas...
AVALOS: (Sentencioso) Es la ley de la vida, amigo Juan. Se vive para morir no más. Así le estaba explicando a esta señora, tan buena, pero tan materialista, que siempre está preocupada por la comida de hoy o de mañana. Hay que atender un poco el alma; hay que asegurarse un lugarcito en el cielo, al lado del Señor... Entre tanto, aquí abajo, Dios proveerá. ¿No recuerdan la parábola de las flores del campo y de los pájaros...?
JUAN: (Encarando a Avalos con cierto fastidio) Pero dígame don Avalos, ¿por qué Ud. nos habla siempre de la otra vida? Siempre la otra vida... Dígame, o no tiene otro tema? Sí, está bien que ganemos el cielo y todo eso que Ud. dice... Pero, ¿es necesario hacer, para eso, un infierno de la vida? Nosotros, los pobres, queremos que un pedacito del cielo exista aquí, en la tierra, don Avalos. ¿Acaso es un pecado eso?
AVALOS: No, Juan, no lo es. Pero estamos todo el tiempo cuidando lo material; todo lo que sirve para dar gusto a esta mortaja de la carne. Comer, beber, vestirse... ¡Bah...! Vanidad pura; todo placer y vanidad. Pero... (señala a Machu) esta señora es la que me tiene preocupado. No reza nunca y le disgusta escuchar la Santa Palabra...
JUAN: Mire, don Avalos, usted no ve nada más que su libro y su libro... Fuera de allí, o un metro mas allá, no hay nada para Ud. Sus sermones nos tienen cansados ya, don Avalos... ¿Por qué no habla un poco de otras cosas? ¿Acaso el mundo es solamente un libro?
AVALOS: ¡Ah, ah! Veo que te duelen mis verdades; Juan Hachero. (Con jactancia) Veo que estoy en el bueno camino.
JUAN: Aquí, don Avalos, no hay otra verdad más grande que la projimidad de esta mujer, a quien usted esta agraviando a todas horas. Para ella, los diez mandamientos, los libros y esas cosas, están demás, porque toda su vida no es más que el cumplimiento de una sola cosa: el amor al prójimo. Ella no tiene hijos, pero todos los pobladores de este lugar son sus hijos... Los recibe, los atiende y los ama desde la puerta de la vida, hasta más allá del entierro... No vive más que para eso. (Se levanta para irse, mientras también Isabel hace lo propio.)
ISABEL: ¿Vamos, Juan?
JUAN: Si, nos vamos. (Dirigiéndose a Avalos) Y usted, don Avalos, acompáñeme, tengo que hablarle un poco... (A Isabel) Y vos, mi hija, quédate a esperar a Faustino, que nos tiene que traer del Puerto los últimos diarios de Asunción. (Salen Juan y Avalos amistosamente tomados del brazo.)
ISABEL: (A Machu, con preocupación) ¿Es grande la herida, Machu?
MACHU: No, mi hija, no es nada. Eso le va a venir bien. Va a descansar un poco y se va a poner contento otra vez, como antes... Se puso así porque se trata del dedo grande no más. Los hacheros cuidan mucho su dedo grande, porque sin eso no pueden sostener el hacha, mi hija.
(Se oyen ladridos de perros, murmullos de voces de gente llegando. Entra Mr. Norman solo, se supone que sus acompañantes se han quedado atrás.)
NORMAN: Buenas noches, señora... ¿Qué dice por aquí la gente?
MACHU: (Pone yerba nueva en el mate y va a cebar uno.) Aquí estamos, señor administrador, aquí estamos no mas, como en pan que no se vende, como dicen.
NORMAN: ¿Hay alguna novedad? ¿Han vuelto los hacheros de la Picada 21?
MACHU: Todavía no, don Norman, pero... ¿por qué me pregunta a mi esas cosas?
NORMAN: Hay algo raro en todo esto. Desde hace un tiempo regresan muy tarde; ya tienen tiempo de haber llegado. Me huele mal esto... Me voy... (Cuando va a salir, Machú le cierra el paso, colocándose en el portón del cercado.)
MACHU: (Aplomada y resuelta) Pero don Norman, ¿por qué viene a buscar a los hacheros en mi casa? Hay veinte lugares más donde ellos pueden estar...
NORMAN: Es que aquí está pasando algo raro, lo he notado. De todos modos, me voy... Buenas noches, señora.
(Cuando va a salir-, Machu cruza y le ofrece el mate que tenfa en la mano, ya pl epar ado.)
MACHU: ¿Por qué no toma un mate, don Norman? El mate hace pasar el mal humor y las malas ideas...
NORMAN: (Saliendo ya) No, no... Buenas noches...
ISABEL: ¡Que hombre este...! Siempre nervioso... Parece que tuviera miedo.
MACHU: Así es, mi hija. Tiene miedo del mate, tiene miedo de los hacheros y tiene miedo de los indios.
ISABEL: Bueno, Machu. Faustino está tardando demasiado. Me voy nomas... (Va a retirarse, pero ya en el portón tropieza con Norman, que vuelve. Le habla con brusquedad a Isabel, encarándola directamente.)
NORMAN: (Exaltado) ¡Ah! A usted quería hablarle. Le espere fuera para eso, usted es una mujer de su casa y debe cuidar a su marido. Ese Juan está haciendo algo... Sabemos que tiene papeles y que los está repartiendo por los obrajes. Si usted quiere que no le pase nada, debe cuidar eso, ya lo sabe. Tenga cuidado, ¿eh? (Se va con apuro.)
ISABEL: (Corriendo hacia Machu, alarmada) ¿Viste, Machu? Esto es lo que me tiene asustada... Todos se dan cuenta, Juan está corriendo peligro. (Se arroja en brazos de Machú, llorosa. Esta le alisa el pelo con cariño.)
MACHU: No hay que pensar en eso, mi hija; el mal pensamiento atrae a la desgracia.
AVALOS: (Llega y entra por el mismo portoncito por donde salió Norman. Habla solo.) Este hombre me hace perder el tiempo; siempre defendiendo a la gente sin oficio ni beneficio... (AI ver a Isabel, se sorprende.)
MACHU: ¡Qué suerte que haya venido, don Avalos! Esta muchacha está muy preocupada. ¿Por qué no la acompaña un poco hasta su rancho, don Avalos? No la deje sola, ¿quiere? Y espere que llegue Juan, don Avalos...
AVALOS: i Como no, señora! Como Ud. ordene será. Vamos, Isabel, a lo mejor Juan ya está en el rancho, esperando.
ISABEL: (Mimosa, le pone una mano sobre el brazo.) Don Avalos, ¿porqué no me cuenta donde fueron hace un rato, don Avalos? Cuénteme...
AVALOS: No sea curiosa, mi hija, ya lo sabrá, ya lo sabrá... Vamos andando, pues. (La toma del brazo y salen, yendo hacia el rancho de Juan.)
 
(Entran Elsa y Mabel, un momento después. Machu, delante del fogón, prueba su comida, pone sal y agita el contenido de la olla. Canturrea por lo bajo algo que no se entiende. Sorprendida, al ver llegar a las extranjeras, se arregla la ropa y el pelo.)
ELSA: Buenas tardes, señora. Usted siempre trabajando, ¿verdad?
MACHU: Y... usted ya sabe, señora. Tengo que atender a mis hijos. Dentro de un rato nomas estarán aquí.
AVALOS: (Entrando. Saluda muy meloso.) ¡Señora! ¡Mi señora! ¿Ustedes por aquí?, ¿que puede haberles traído hasta la morada de este pecador? (Elsa y Mabel se miran significativamente y con fastidio evidente.)
MABEL: ¿Sabe, don Avalos? El Sr. Norman me encargo de avisarle que en la administración hay un paquete grande, recibido a su nombre y que espera allá.
AVALOS: ¡Que buena noticia, señorita! Deben ser mis Biblias que llegan.
MACHU: Sí, don Avalos, deben ser mas bastones... Vaya, vaya pronto a buscarlos.
ELSA: Sí, sí, don Avalos... ¿Por qué no va a buscarlos? Norman debe estar ahora solo y podrían conversar un rato. Le haría tanto bien...
AVALOS: ¡Cómo no, señora! ¡Cómo no! (Hace una reverencia y se va.) (Elsa, muy inquieta, mira hacia la administración. Luego se encara con Machu y le toma de la mano.)
ELSA: Machu, usted me prometió que un día viernes me echaría las cartas... ¿Lo va a hacer? He oído hablar tanto de las cosas que descubre usted con las cartas, que tengo curiosidad por saber...
MABEL: (Muy agitada) Sí, Machu... ¿porque no nos echa las cartas?
MACHU: Pero, señora... Es demasiado tarde ya. A lo mejor viene otra vez el Sr. Norman y las encuentra aquí...
ELSA: (Alarmada) ¡Cómo! ¿Ha estado aquí hoy? ¿A que vino? (Mira a Mabel.)
MACHU: Y vino nomas, a hacer preguntas. Y, para no perder la costumbre, a amenazar, a causar susto a la gente...
ELSA: ¿A quién amenazo?
MACHU: A Isabel. La mujer de Juan Hachero.
MABEL: (A su hermana) Elsa, vamos a eso de las cartas. Se hace tarde...
ELSA: (Con dulzura, a Machú) ¿Me va a hacer el gusto, Machu?
MACHU: Y bueno, señora... ¿Quien podría decirle que no? (Machú entra en el interior de su rancho para buscar sus barajas.)
ELSA: Oye, Mabel, ¿no te parece sospechoso que este últimamente tan agitado? ¿No sabrá algo?
MABEL: No lo creo, Elsa. La carta que me diste, la quemé por exceso de precaución... No hay pruebas de nada, querida... También tú te estas poniendo nerviosa.
ELSA: (Muy agitada) Yo estoy asustada de todo esto. ¡Es tan distinto a todo cuando pensé, cuando Norman me propuso casamiento y viaje al Trópico! Y después, ese telegrama de mamá pidiéndome que regresara... Y esa carta de Richard... (Se refugia en su hermana.) ¡Oh, Mabel! ¿Qué debo hacer?
MABEL: ¡Es que este ambiente es tan angustioso! Estas selvas... estos hombres que no hablan nunca con una... Pasan a nuestro lado y nos miran como si fuéramos troncos secos...
ELSA: Desde que Norman comenzó a beber en exceso, vivo entre ascuas, Mabel. El otro día lo encontré con los ojos fuera de las orbitas, paseando como un loco. La ropa de cama estaba tirada por el suelo y cuando le hable, no me contesto, salió dando un portazo.
MABEL: Es raro todo esto. Viene la gente normal y aquí se conduce como loca. (Machu viene saliendo de su rancho con sus barajas. Sale contándolas.)
MACHU: Aquí están... Treinta y siete, y ocho, y nueve, y cuarenta. Sí, están todas. Me costó encontrarlas... Hace como seis meses que no hago pruebas, ni solitario siquiera... A lo mejor ni me acuerdo ya...
ELSA: No, no, señora Machu, usted debe recordar, debe recordar...
(Machu coloca .sus cartas en tres hileras de tres camas, haciendo nueve montones. Coloca el resto al costado.)
MACHU: Bueno, ahora tiene que cortar, señora. (Levanta el mazo, una vez cortado y comienza a leer.) ¡E ah!, señora, aquí le sale un hombre rubio, que piensa en usted todo el tiempo. Esta muy triste... Ah, viene una carta de ese señor... El piensa en usted todo el tiempo... ¡Ah! Le sale plata a ese señor, montones de oro, señora, y con triunfo. ¡Uy, cuánta plata, señora! Bueno, ahora corte el otro mazo, señora, corte otra vez... (Elsa lo hace temblando.) ¡Ay, señora! Después le viene un viaje lejos, un viaje largo y después se encuentra con el señor ese que le quiere ver... (Pausa larga) Y después viene una desgracia; una gran desgracia. (Se oyen ladridos de perros y voces de hombres que se acercan.)
MABEL: ¡Elsa! ¡Elsa! ¡Vámonos rápido! Viene gente por el camino de allá...
MACHU: Sí, señora... Váyanse, no conviene que las encuentren aquí.
(Mabel y Elsa se retiran precipitadamente, mientras Machu recoge las cartas y las guarda en el seno. El grupo que llega trae un hombre sostenido entre tres hombres: Faustino, José y Lorenzo Ponchito. El yacente es Sandalio.)
LORENZO: Rápido, Machu! ¡Rápido! ¡Traiga el banco largo! (Machu entra a sacarlo y viene con él a estirones. Es un banco largo y pesado, de costaneras.)
MACHU: Pero ¿qué ha pasado, mis hijos?
FAUSTINO: Le ha picado una yarará, Machu.
MACHU: ¿Una yarará?  ¡Dios mío!
(Colocan a Sandalio a lo largo encima del banco.)
LORENZO: Cortále la piernera, Faustino. ¡A ver! ¿Quien tiene un cuchillo sin uso? Tiene que ser nuevo del todo...
JOSE: Natalí compro esta mañana, en el almacén de la administración, un cuchillo grande, un poco grande, casi un machete corto... ¿Puede servir, Lorenzo'?
LORENZO: ¡A buscar ese cuchillo, José! ¡Corriendo, que hay peligro! Y vos, Machu, prepara un fuego fuerte, con tacos de quebracho, como para hacer brasas grandes.
(José sale corriendo a buscar el cuchillo. Machu trae y coloca unas rajas grandes de quebracho en el fuego y activa este.)
AVALOS: Pero que se propone hacer, Lorenzo? ¿Por qué mejor no avisan al idóneo? En la farmacia de la administración hay suero antiofídico, de ese del Brasil, que sirve para todas las mordeduras.
MACHU: (Siempre soplando el fuego) Otra vez, don Avalos predicando... ¿Por qué no nos deja a nosotros, que somos de aquí, atender estos asuntos? La picadura de yarará no se cura con lectura de libro... Ahora va a ver a Lorenzo como cura con "vencimiento" no más...
AVALOS: ¿Vencimiento? ¿Qué es eso de "vencimiento"?
MACHU: Ahora lo va a ver, don Avalos, ahora lo va a ver...
LORENZO: (A Machu) ¿Tenés una vela y un vaso de caña? Voy a necesitar eso. Hay que preparar todo y traer aquí, a mano, para cuando sea necesario usarlos...
JOSE: (Entra con el cuchillo, que le entrega a Lorenzo.) Aquí esta, Lorenzo. ¿Te va a servir pa?
LORENZO: (Toma el cuchillo.) Sí, pero aviven el fuego... (Va hacia el fogón y coloca el cuchillo sobre la llama viva, repasando varias veces la hoja sobre la llama viva.) Ya está. Ahora, así, de canto, con el filo para arriba, para que no se embote... A ver, Miguel, ataja aquí... ¿Cortaron ya la piernera?
FAUSTINO: Sí, ya la corte... ¡Pobre Sandalio! ¿Se salvara, verdad? (Entretanto Machu coloca el vaso de caña y la vela sobre la mesa.)
AVALOS: Si no le ha llegado su hora, sí. Pero siempre hay que confiar en la voluntad del Señor...
LORENZO: (Se inclina sobre la pierna ya descubierta de Sandalio.) ¡Claro que se va a salvar! ¡Claro que sí! Hasta hoy no se me ha muerto uno solo. Bueno, ahora deben salir todos. Tengo que trabajar con Machu solamente, es la única persona sin pecado en esta casa.
(Salen Faustino, Miguel, José y Avalos, este último protestando y blandiendo su Biblia).
AVALOS: (Ya saliendo) Tengo que buscar el versículo... (Ha salido, pero ha quedado cerca, porque se oye su plegaria.) Señor mío, no desampares a este tu hijo, que aunque pecador es tu hijo...
(Lorenzo aplica el cuchillo al rojo sobre la mordedura y hace dos tajos en cruz en tanto que Machu sujeta con vigor a Sandalio, quien se revuelve al sentir el fuego. El herido grita, pero Machu lo sujeta con fuerza. Lorenzo retira el cuchillo y acercando sus labios, chupa la herida abierta y escupe sangre, por dos veces.)
LORENZO: Bueno. La parte dolorosa, ya está. Ahora viene lo más difícil. A ver, Machu, alcanzáme la vela. (Esta se la da y Lorenzo enciende el cabo, tras voltear la vela. Una vez encendida, la da vuelta y se acerca a Sandalio, rezando con solemnidad.) "Poderoso Señor San Patricio. Escucha a este tu fiel servidor que te pide amparo con fe y devoción. Deja el caer la bendición de tu mano sobre las heridas de este hombre que consagro a tu fe y sálvalo de todo mar. Y ahora, Señor San Patricio, arráncale del cuerpo toda ponzoña y haz que el mar vuelva por el camino por donde entro y se hunda en la tierra, creada por Dios Nuestro Señor, que todo lo guarda y todo lo purifica. Amén".
"Amén. Purifica lo y guarda lo todo que Señor Nuestro Dios por creada tierra la en hunda se y entró donde por camino el por vuelva mal el que haz y ponzoña toda cuerpo del arráncale, Patricio San Señor ahora y. Mal todo de sálvalo y fe tu a consagro que hombre este de heridas las sobre mano tu de bendición la caer deja. Devoción y fe con amparo pide te que servidor fiel tu este a escucha. Patricio San Señor Poderoso".
(Hace una señal a Machu para que le alcance el vaso de caña. Hace la señal de la cruz sobre la cabeza, el pecho y la herida, siempre mascullando su rezo y pasando la vela encendida sobre cada una de las cruces trazadas. Luego levanta un poco la cabeza del paciente y le desliza en la boca pausadamente tres tragos de caña, mientras dice.)
Uno, dos, tres. ¡Ya está! Ahora me toca a mí.
(Baja la cabeza del paciente y se pone de espaldas a él, toma pausadamente tres tragos, luego derrama hacia atrás el resto, por encima del hombro izquierdo, mientras reza siempre en voz baja.)
¡Ya está, mi hijo! ¡Ya está! ¡Te vas a curar pronto!
(Avalos entra con su Biblia en alto y se sienta en la punta del banco. Al reanimarse el herido, grita.)
AVALOS: ¡Milagro! ¡Milagro! ¡Es el poder de Dios! ¡Es la fuerza de la oración!
LORENZO: Sí, don Avalos, es la fe y..., es mi poder. Es mi poder, don Avalos...

 
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Fuente:
TEATRO PARAGUAYO DE AYER Y DE HOY TOMO I (A-G)
Autora: TERESA MENDEZ-FAITH
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay – 612 páginas.

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