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HÉRIB CAMPOS CERVERA

  HÉRIB CAMPOS CERVERA, POESÍAS COMPLETAS Y OTROS TEXTOS - Edición de MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ


HÉRIB CAMPOS CERVERA, POESÍAS COMPLETAS Y OTROS TEXTOS - Edición de MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ

HÉRIB CAMPOS CERVERA

POESÍAS COMPLETAS Y OTROS TEXTOS

Edición, introducción,  bibliografía y hemerografía

de MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ

Editorial EL LECTOR, 1999

Tapa: LUIS ALBERTO BOH

Versión digital: BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES



INTRODUCCIÓN


UNA VIDA DE POETA

 

     Hérib Campos Cervera nació el 30 de marzo de 1905 (1) y murió en Buenos Aires el 28 de agosto de 1953. Fueron sus padres Hérib Campos Cervera de la Herrería, periodista paraguayo fallecido en Madrid en 1921, y Alicia Díaz Pérez, hermana del polígrafo español Viriato Díaz Pérez, radicado en el Paraguay desde 1906.

     La vida y la trayectoria intelectual del autor de Ceniza redimida son todavía insuficientemente conocidas (2). Una infancia desdichada, lejos de sus progenitores, parece haber marcado hondamente toda su vida, y en su poesía tal vez se encuentren las huellas de esta primera etapa de su existencia. Su adolescencia y juventud no habrían sido afortunadas. En la época en que publica sus primeros poemas en las revistas ARIEL y JUVENTUD (1923) estudia, como interno, en el Colegio San José, al cual menciona constantemente como «cárcel» en un Diario de ese mismo.

     En 1923 se fundó la revista JUVENTUD -Cuyo primer director fue el poeta Heriberto Fernández (1903-1927)-, identificada con toda una generación de poetas y escritores, algunos de ellos malogrados tempranamente. Hérib colaboró en dicha revista y en publicaciones de la misma época como Ideal (3) y Alas, esta última dirigida por José Concepción Ortiz (1900-1972), que fue también el último director de Juventud, en 1926.

     Durante la década del 20 y la primera mitad de la del 30 la poesía de Campos Cervera, dispersa en diarios y revistas, se mantiene dentro del ámbito estético de esa generación, que fue, en líneas generales, la del Postmodernismo, período mal conocido y poco valorado en lo que respecta a la poesía paraguaya.

     En 1931 Hérib sufrió su primer destierro a causa de su participación en los sucesos del 23 de octubre (4). Vivió durante algún tiempo en Buenos Aires, donde trabó relación con figuras destacadas de la intelectualidad porteña, como Francisco Romero, Luis Juan Guerrero (quien lo puso en contacto con la filosofía de Heidegger), Amado Alonso (filólogo español que por entonces dirigía el célebre Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires), Raimundo Lida y otros. Noticias sobre esta etapa de su vida se encuentran en las cartas que escribió a sus amigos José Concepción Ortiz y Vicente Lamas (5). Después pasó a residir en Montevideo, donde coincidió con otros exiliados paraguayos como Anselmo Jover Peralta (1895 -1970) y Natalicio González (1897-1966), que posteriormente tendrían destacada actuación en regímenes políticos muy diferentes entre sí (6). Por entonces, ya Campos Cervera se hallaba definido como un «hombre de izquierdas», pero es difícil, por ahora, delinear con precisión su proceso ideológico.

     Es posible que en los primeros tiempos haya sido influido por las reivindicaciones sociales del anarquismo, todavía importante en la década del 20 como ideología sindicalista, y por el socialismo marxista en los años de exilio en la Argentina y el Uruguay. Cuando pudo regresar al Paraguay, hacia fines de 1935, siguió militando políticamente desde posiciones de izquierda y, según testimonio de Sinforiano Buzó Gómez, se adhirió en 1936 al movimiento revolucionario del 17 de febrero (7).  Otros afirman que en esos años se afilió al Partido Comunista (8).

     En Montevideo extravía, o se los secuestran, una novela terminada, Hombres en la selva,y el Romancero del destierro,del que se habría salvado de la destrucción únicamente el poema «23 de Octubre». Pero, pese a las penurias del exilio, Campos Cervera tiene la oportunidad de profundizar sus conocimientos literarios y filosóficos y, sobre todo, de abrir su sensibilidad poética a las nuevas corrientes literarias que están renovando, en esos años, la poesía y la prosa en América y Europa. García Lorca, que estuvo en el Río de la Plata en 1933, y a quien Campos Cervera parece haber conocido, le impresiona profundamente. Le dedica, en Ceniza redimida,un poema, «Federico», y algunas composiciones de ese libro dejan ver la huella estilística del Romancero Gitano.

     Se comprende, entonces, que con este bagaje cultural, con sus nuevas ideas sobre la literatura y sobre su propia praxis poética, Hérib se haya convertido -junto con Josefina Plá, que regresa de España en 1938- en el centro de un movimiento que tiene como participes, entre otros, a Augusto Roa Bastos, Óscar Ferreiro, Ezequiel González Alsina y Hugo Rodríguez Alcalá, los cuales pasarán a ser conocidos en la historiografía literaria paraguaya como integrantes del «grupo del 40». El cenáculo «Vy'á raity» es el lugar de encuentro de aquellos jóvenes escritores -a quienes se unirá más tarde Elvio Romero- y sus producciones van apareciendo en el diario El País y en revistas como la del ATENEO PARAGUAYO y NOTICIAS.

     Entretanto, el poder político ha caído en manos del General Morínigo, que instaura un régimen autoritario simpatizante del nazi-fascismo entre 1940 y 1948. En 1947 estalla la rebelión de un sector del ejército, con el apoyo de los partidos políticos democráticos, que resulta derrotada. Para Campos Cervera será motivo de un nuevo exilio que durará hasta su muerte en Buenos Aires, seis años después.

     En este último período de su vida, signado por el destierro definitivo, el autor de Ceniza redimida prosigue su actividad literaria sin desvincularse de la patria (9). Se afirma su voz poética y reúne los materiales que considera rescatables para su primer y único libro de poemas, que publica la Editorial Tupa, dirigida por Anselmo Jover Peralta, en 1950.

     Posteriormente escribe algunos poemas, recogidos en un breve cuadernillo póstumo titulado Hombre secreto (10); un relato, «El buscador de fe»; una novela corta, El ojo enterrado,que se ignora si llegó a concluir y que se ha extraviado, una pieza teatral, no estrenada hasta hoy y que en este volumen se recoge por primera vez, y, en fin, prepara una historia de las ideas en el Paraguay, probablemente también inconclusa.

     Esta vida de gran intensidad existencial e intelectual se apagó el 28 de agosto de 1953. Su muerte privó al Paraguay de una de sus grandes voces poéticas y de una personalidad fundamental en el desarrollo de la cultura moderna en el país.

     Humberto Pérez Cáceres, que fue su amigo y compañero en la Redacción del diario DEMOCRACIA, de Buenos Aires, recogió sus últimas palabras para el pueblo a cuya causa se había entregado desde su juventud: «Que nuestros artistas, nuestros escritores, nuestros luchadores de la causa de la libertad -le dice un día antes de su muerte- jamás olviden que toda su batalla debe tener por brújula lo nacional. Nada podrá ser construido con sentido de perennidad si se olvidan las profundas raíces nacionales. El arte, la política, el quehacer cultural, deben beber los zumos mejores de la nacionalidad. El proceso tiene este itinerario de lo nacional a lo universal, no a la inversa. Que no haya arte inútil, que no haya belleza divorciada del pueblo. El pueblo, su servicio, su redención, su felicidad, su justicia, deben constituir los motivos de todo trabajo. Lo nacional, Humberto, nuestro país, nuestros hombres, nuestros campesinos y obreros, nuestras mujeres. Es a ellos, a su elevación, que los artistas deben dedicar todos sus esfuerzos» (11).



OBRA

PRIMERAS PUBLICACIONES

 

     Hérib Campos Cervera publica sus primeros poemas bajo el seudónimo de Alfonso Monteverde en JUVENTUD y ARIEL en 1923. Un año después, lo hace en la segunda de estas publicaciones con su propio nombre.

     Previsiblemente, esos primeros textos se hallan marcados por la influencia -todavía preponderante en la poesía paraguaya a principios de la década del 20-, del modernismo rubendariano. Se trata de poemas de contenido sentimental muchas veces, de tono elegíaco en ocasiones, como cuando llora la muerte de algunos amigos. Difícilmente se podrá entrever en ellos la dirección poética que lo llevará a ser una de las figuras principales de la modernidad literaria del Paraguay. No obstante, se advierte ya su voluntad estética y su capacidad de configuración artística.

     Esta primera fase durará apenas unos cinco años. Al mismo tiempo que otros poetas de su generación -la generación de la revista JUVENTUD, que fue el más persistente e influyente medio de comunicación literaria en la tercera década del siglo-, como Heriberto Fernández (el fundador y primer director de esa revista), José Concepción Ortiz y Vicente Lamas, su poética se irá acompasando con la de sus coetáneos hispanoamericanos y españoles, más allá del modernismo.



CAMPOS CERVERA Y EL POSTMODERNISMO

 

     El Postmodernismo, período poco estudiado de la poesía paraguaya, tuvo, sin embargo, figuras de gran relieve en Hispanoamérica, y, en el Paraguay, algunos de sus mayores poetas dieron sus mejores frutos dentro de la Poética postmodernista. Tal es el caso de los poetas ya mencionados antes, y, por lo demás, las figuras fundadoras de la «poesía nueva» en nuestro país -Hérib Campos Cervera y Josefina Plá- realizaron parte importante de su obra dentro del marco de este período poético. Curiosamente -pero también comprensiblemente-, al imponerse el cambio hacia la modernidad literaria, el Postmodernismo -en todo el mundo hispánico, y sobre todo en el Paraguay quedó oscurecido por las nuevas tendencias estéticas.

     Así, en la historiografía literaria paraguaya suele pasarse del Modernismo al Vanguardismo -concepto que debe revisarse críticamente en nuestro ámbito-, marginalizándose hechos de indudable valía poética.

     En lo que se respecta a la poesía de Campos Cervera, cabe señalar que alrededor de 1928 se acentúa en sus versos la tendencia a depurarlos del efectismo retórico que caracterizó al Modernismo en algunos de sus momentos cenitales. Aparecen entonces los temas cotidianos y un tratamiento expresivo de mayor sencillez, más cercano, si se quiere, a las formas coloquiales, como ocurre con el poema «Las rayas de Fraunhofer», con la que se inicia la segunda sección de estas Poesías completas.La sencillez formal se consolidará en poemas posteriores hasta alcanzar una especie de grado cero en los «Dos poemas de Buenos Aires», en que se impone la temática de lo cotidiano, o en el «Poema a un héroe proletario», de fuerte contenido social y político.

     El Postmodernismo en la poesía de Campos Cervera -como sucede, con otros matices, con la poesía de Josefina Plá- es un precedente valioso de sus versos de madurez, desarrollados ya a partir de otras bases estéticas.



 

LA «NUEVA POESÍA» DE CARLOS CERVERA

 

     Al promediar la década del 30 Campos Cervera regresa de su primer exilio a su tierra. En Montevideo y en Buenos Aires ha tomado contacto con las nuevas corrientes en el pensamiento y en la literatura. Josefina Plá también regresará de España donde ha leído la poesía de las generaciones del 27 y del 36 y ha visto la tragedia de la guerra civil tres años después. Ambos fundarán la nueva poesía paraguaya, delineando con sus versos y con su prédica teórica una práctica literaria afín a la de los grandes creadores contemporáneos de lengua castellana.

     En la poesía de Hérib desaparece todo vestigio del Modernismo y se incorpora en cambio el temple (stimmnung) y losrecursos expresivos de una corriente poética consolidada en las voces de algunos poetas de la generación hispánica (Hispanoamérica y España) del 25 ó 27, entre los cuales se cuentan Vallejo y García Lorca, Neruda y Alberti, y después en la del 36 y la del 40, generaciones estas últimas caracterizadas plenamente ya por rasgos postvanguardistas.

     Campos Cervera tardará muchos años en reunir en libro sus poemas de este período. Lo hace al fin al cumplirse el medio siglo, en Ceniza redimida,la única obra organizada por él mismo.



CENIZA REDIMIDA

 

     La primera edición de Ceniza redimida apareció entre fines de junio y principios de julio de 1950. En una carta a Óscar Ferreiro, fechada en Buenos Aires el 27 de junio de ese año, su autor le dice que apareció el mismo día en que nacía su tercer hijo, Hérib III (12), o sea el 20 de junio. Sin embargo, el colofón del libro dice que se terminó de imprimir el 5 de julio. Poco menos de un mes después, en una nueva carta a Óscar Ferreiro y a su esposa, Ana Iris, Hérib les dice que el editor aún no le ha entregado ejemplares de su libro. Hecho curioso: según noticias que da el propio Hérib en carta a Óscar Ferreiro, del 27 de junio, el libro había tenido un gran éxito de crítica en LA PRENSA del 21 de mayo y en LA NACIÓN del 11 de junio, es decir, antes de las fechas de aparición dadas por el autor y el editor respectivamente.

     Como quiera que fuese, en agosto o setiembre de 1950 el libro debió llegar a Asunción, causando un impacto considerable en el ambiente literario paraguayo. Aunque buena parte de los poemas contenidos en el libro eran ya conocidos por haberse publicado antes en diarios y revistas de Asunción y de Buenos Aires, su reunión en un volumen constituyó un acontecimiento capital en la historia de la poesía paraguaya moderna y la influencia estética del autor se hizo aún más notoria en la formación del gusto poético de esos años.

     Ceniza redimida contiene poemas de un lapso de cerca de veinte años. En la copia de los originales preparada para la imprenta (13), constan, bajo el título, entre paréntesis, las fechas (1932-1950). En efecto, hemos podido verificar, en un original manuscrito del poema «Símbolo muerto», la datación de 1932. No obstante, cabe conjeturar que en muchos casos los textos fueron reelaborados en el transcurso de los años hasta llegar a la forma definitiva del libro, en el que raramente se hallarán altibajos estilísticos. Con la datación de buena parte de los textos de Campos Cervera en la presente edición de susPoesías completas,se pretende avanzar en la comprensión del proceso estilístico de este autor.

     En líneas generales, puede apreciarse que su poesía posterior a 1935 -año en que regresa al país tras su primer exilio- asume paulatinamente algunos de los rasgos característicos de la poesía moderna, en particular los de poetas hispanoamericanos y españoles como Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás Guillén, Federico García Lorca y Rafael Alberti. No obstante, es innegable que una nota peculiar asoma tempranamente en la escritura poética de lo que podríamos llamar su tercer período. Ella procede, posiblemente, de una reflexión crítica sobre la forma postmodernista de su fase anterior a la luz de las nuevas tendencias literarias, así como a la forma interior de su lenguaje, determinada por su particular experiencia del mundo -que, por lo demás, encuentra su correlato teórico en dos manifestaciones diferentes, pero no definitivamente inconciliables, como el materialismo histórico y la filosofía existencial, que marcaron el pensamiento y la praxis literaria y político-social del poeta.

     Por otra parte, debe tenerse en cuenta que la poesía castellana moderna, en la época en que se afirma la expresión poética de Campos Cervera -esto es, a fines de la década del 30 y principios de la del 40- entra en un período de asentamiento y moderación en los recursos expresivos, pasado el momento de ruptura con la tradición que caracterizó a los diversos vanguardismos históricos tanto en Europa como en las Américas, particularmente en lo que se refiere a las formas métricas, sin por ello renegarse de las conquistas expresivas y de las aperturas temáticas de la Modernidad. La generación española del 36 -y su antecedente del 27-, la argentina del 40 -con maestros de la generación anterior como Mastronardi y Borges- y la brasileña del 45, son ejemplos de esta tendencia de la poesía moderna que en la historiografía literaria se conoce como Postvanguardismo. Grandes figuras de la primera generación vanguardista iberoamericana, como César Vallejo (el de los Poemas humanos yEspaña, aparta de mi este cáliz),Pablo Neruda (a partir del Canto General),Manuel Bandeira y el más joven Carlos Drummond de Andrade, acompañan este proceso con obras capitales en ese período.

     Sin duda, es en este ámbito poético donde se comprenden mejor las características métricas de algunos poemas de Campos Cervera, en que el verso alejandrino se plasma con hondas resonancias, y el octosílabo y el hexasílabo convocan la gracia antigua y a la vez moderna del verso castellano de arte menor. Incluso en los poemas de versos libres se halla presente un sentido del ritmo que se afirma plenamente en estructuras poéticas de notable rigor formal y fuerte carga significativa.



HOMBRE SECRETO

 

     Entre la publicación de Ceniza redimida y la muerte del poeta median apenas tres años. En ese lapso escribió cinco poemas, de los cuales cuatro fueron reunidos en la sexta entrega de los CUADERNOS DEL COLIBRÍ, en 1966.

     En este opúsculo poético reaparecen, afirmados, los motivos capitales de su poesía: la existencia agónica, la reivindicación social-projimista y la esperanza revolucionaria. La expresión poética, salvo alguna reminiscencia lorquiana en uno de los poemas («Responso») define una voz cada vez más personal, entrañable y grave.

     La muerte (su propia muerte)interrumpió el canto y la vida del poeta unos meses después de cumplir los cuarenta y ocho años. Ese mismo año de 1953, ante el fallecimiento de Paul Eluard, escribió su hermosísimo poema «Tu nombre sobre el muro». En él se encuentran unas palabras finales que podrían referirse también al gran poeta paraguayo: «Ese pastor nocturno de la libertad / era la dignidad del hombre...»



UNA SÍNTESIS POÉTICA


     Acaso un poema como «Un puñado de tierra» -el primero de Ceniza redimida pero probablemente uno de los últimos que escribió para ese libro-, pueda ser considerado como una síntesis de los entrañables universos significativos de su poesía. Allí están expresados, en efecto, el hombre agonista y el desterrado solidario con el pueblo largamente oprimido de la patria, el paisaje desolado de una tierra ensangrentada por enfrentamientos fratricidas incitados por intereses extraños a la colectividad, así como los laberintos incandescentes de un espíritu en perpetua vigilia, radical y definitivamente opuesto a la injusticia y el despotismo.



PROSA DE POETA

 

     A lo largo de su práctica literaria, signada por la poesía, Campos Cervera escribió también artículos, ensayos y prosas de contenido descriptivo y aliento poético, así como una obra de teatro que no ha conocido la escenificación, Juan Hachero.

     Si bien hoy lo que se sigue imponiendo es su poesía, la prosa -casi siempre destinada a la hoja periodística- merece ser rescatada del olvido. En este volumen se recogen algunos de esos textos, valiosos como suelen ser las prosas de poeta y que muestran un aspecto desconocido de su personalidad literaria.



NUESTRA EDICIÓN

 

     En este volumen se editan por primera vez los textos poéticos anteriores a los que el poeta reunió en su libro Ceniza redimida en 1950.

     La transcripción de esos textos se ha hecho a partir de manuscritos originales o de copias mecanografiadas por el propio autor, con correcciones de su propia mano y en la mayoría de los casos con su firma. Se ha trabajado sobre los mismos originales o sobre fotocopias. En algunos casos, los textos han sido tomados de los diarios o revistas en que el poeta colaboraba.

     Para los poemas de Ceniza redimida,se ha tomado como base la edición de Alcándara Editora -preparada por el responsable de la presente edición en 1982-, que corregía la de 1950. Se han tenido también a la vista los originales mecanografiados con destino a la primera edición, así como diversos originales autógrafos o mecanografiados por el autor y entregados a amigos como Óscar Ferreiro, José María Rivarola Matto y Adalita Ayala Cabeda.

     Iguales procedimientos se siguieron para la sección de «Poemas no incluidos en Ceniza redimida» y para la de «Hombre secreto».

     La obra teatral Juan hachero ha sido transcripta de una copia mecanografiada, corregida, datada y firmada por el autor.

     Los artículos y ensayos proceden de publicaciones periodísticas y de copias mecanografiadas. El texto narrativo «El buscador de fe» y la prosa «Estampa de la selva y el desierto» se han transcripto de copias mecanografiadas que se hallaban en poder de Adalita Ayala Cabeda (ya fallecida).

     En todos los casos en que ha sido posible, se han consignado el lugar y la fecha de redacción, constando entre corchetes los periódicos en que fueron publicados.



AGRADECIMIENTOS

 

     El Editor agradece a las numerosas personas que le auxiliaron en el transcurso de los años en la tarea de recopilación de los materiales incluidos en esta edición. Consigna especialmente los nombres de Josefina Plá, Óscar Ferreiro, José María Rivarola Matto, Rodrigo Díaz Pérez y Alicia Campos Cervera. En la última fase del trabajo contó con la ayuda de Rivonildo da Silva. Empero, su gratitud se extiende a muchos otros que de una u otra manera colaboraron para el logro de esta edición.

Asunción, enero de 1996



Miguel Ángel Fernández

Universidad Nacional de Asunción



BIBLIOGRAFÍA SUMARIA

     ANDERSON IMBERT, Enrique: Historia de la literatura hispanoamericana. II, Época contemporánea, F. C. E., México, 1961.

     BUZÓ GÓMEZ, Sinforiano: Índice de la poesía paraguaya,3ra. edición, Niza, Asunción, 1959.

     CAMPOS CERVERA, Hérib: Ceniza redimida,Editorial Tupa, Buenos Aires, 1950.

     CAMPOS CERVERA, Hérib: Hombre secreto,Cuadernos del Colibrí, Ediciones Diálogo, Asunción, 1966.

     CENTURIÓN, Carlos R.: Historia de la cultura paraguaya (2 tomos), Asunción, 1961.

     FERNÁNDEZ, Miguel Ángel: «Literatura paraguaya contemporánea». La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Nº 82, México, Junio de 1961.

     FERREIRO, Óscar: «Hérib Campos Cervera en el 10º aniversario de su muerte». Alcor, Nº 27, Asunción, Noviembre-Diciembre de 1963.

     PÉREZ MARICEVICH, Francisco: «Campos Cervera, Hérib», art. del «Pequeño diccionario de la literatura paraguaya». Comunidad,año X, Números 391 al 395, Asunción, 1965.

     PLÁ, Josefina: «Hérib Campos Cervera». Alcor,Nº 13, Asunción, Julio-Agosto de 1961.

     PLÁ, Josefina: Literatura paraguaya del siglo XX,2da. edición, Comuneros, Asunción, 1972.

     ROA BASTOS, Augusto: «La poesía actual en el Paraguay». Revista del Ateneo Paraguayo,Año 4, Nº 11, Asunción, Enero de 1946.

     RODRÍGUEZ ALCALÁ, Hugo: Historia de la literatura paraguaya,Ed. de Andrea, México, 1970.

     RODRÍGUEZ ALCALÁ, Hugo: «Hérib Campos Cervera, poeta de la muerte», en Korn, Romero, Güiraldes, Unamuno, Ortega... México, 1958.

     VALLEJOS, Roque: «Dimensión agónica de Campos Cervera». Alcor,Nº 27, Asunción, Noviembre-Diciembre de 1963.

     VILLAGRA MARSAL, Carlos y BAREIRO SAGUIER, Rubén: «La última voz de Hérib». Alcor, Nº 4, Asunción, Junio de 1956.

     WEY, Walter: La poesía paraguaya. Historia de una incógnita,Montevideo, 1951.




ENLACE AL ÍNDICE DE POESÍAS COMPLETAS en BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES.


Poesías completas y otros textos

Introducción : Una vida de poeta / Obra / Primeras publicaciones / Campos Cervera y el Postmodernismo / La «nueva poesía» de Carlos Cervera / Ceniza redimida / Hombre secreto / Una síntesis poética * Prosa de poeta

Nuestra edición

Agradecimientos

Bibliografía sumaria

Ceniza Redimida: Un puñado de tierra / Testimonio / Regresarán un día...

Huella de hombre: Hachero

Palabras para nombrar a los míos: Federico / Simple ruego por el ausente esperado / Desvelo de los ángeles

Pequeña letanía en voz baja

Baladas : La noche de los toldos

Soledad sin recuerdo: Madrigal para la voz en fuga

Nivel del mar: Un hombre frente al mar

Tiempo de amor y soledad: Elegía para la décima noche

Poemas no incluidos en Ceniza Redimida (1935-1943): Poema a un héroe proletario

Hombre secreto (1950-1953): Palabras del hombre secreto / Tu nombre sobre el muro / Así...




CENIZA REDIMIDA

          




UN PUÑADO DE TIERRA


I




                              

   Un puñado de tierra


          


de tu profunda latitud;




de tu nivel de soledad perenne;




de tu frente de greda




cargada de sollozos germinales.






Un puñado de tierra,




con el cariño simple de sus sales




y su desamparada dulzura de raíces.






Un puñado de tierra que lleve entre sus labios




la sonrisa y la sangre de tus muertos.






Un puñado de tierra




para arrimar a su encendido número




todo el frío que viene del tiempo de morir.






Y algún resto de sombra de tu lenta arboleda




para que me custodie los párpados de sueño.






Quise de Ti tu noche de azahares;




quise tu meridiano caliente y forestal;




quise los alimentos minerales que pueblan




los duros litorales de tu cuerpo enterrado,




y quise la madera de tu pecho.




Eso quise de Ti




(-Patria de mi alegría y de mi duelo;)




eso quise de Ti.





II





Ahora estoy de nuevo desnudo.




Desnudo y desolado




sobre un acantilado de recuerdos;




perdido entre recodos de tinieblas.




Desnudo y desolado;




lejos del firme símbolo de tu sangre.




Lejos.






No tengo ya el remoto jazmín de tus estrellas,




ni el asedio nocturno de tus selvas.




Nada: ni tus días de guitarra y cuchillos,




ni la desmemoriada claridad de tu cielo.






Sólo como una piedra o como un grito




te nombro y, cuando busco




volver a la estatura de tu nombre,




sé que la Piedra es piedra y que el Agua del río




huye de tu abrumada cintura y que los pájaros




usan el alto amparo del árbol humillado




como un derrumbadero de su canto y sus alas.





III





Pero así, caminando, bajo nubes distintas;




sobre los fabricados perfiles de otros pueblos,




de golpe, te recobro.






Por entre soledades invencibles,




o por ciegos caminos de música y trigales,




descubro que te extiendes largamente a mi lado,




con tu martirizada corona y con tu limpio




recuerdo de guaranias y naranjos.






Estás en mí: caminas con mis pasos,




hablas por mi garganta; te yergues en mi cal




y mueres, cuando muero, cada noche.






Estás en mí con todas tus banderas;




con tus honestas manos labradoras




y tu pequeña luna irremediable.






Inevitablemente




-con la puntual constancia de las constelaciones-,




vienen a mí, presentes y telúricas:




tu cabellera torrencial de lluvias;




tu nostalgia marítima y tu inmensa




pesadumbre de llanuras sedientas.






Me habitas y te habito:




sumergido en tus llagas,




yo vigilo tu frente que muriendo, amanece.






Estoy en paz contigo;




ni los cuervos ni el odio




me pueden cercenar de tu cintura:




yo sé que estoy llevando tu Raíz y tu Suma




sobre la Cordillera de mis hombros.






Un puñado de tierra:




Eso quise de Ti




y eso tengo de Ti.








TESTIMONIO


I





   No sé: yo no podría nombrarlos de otro modo




que enterrando en las venas sedientas de la pólvora




sus simples iniciales de símbolos caídos.






Este que está a mi lado, redimido de luces,




palpando espesos muros de abrumados silencios;




o aquel en cuyos párpados




se demoró el relámpago del plomo,




no fueron al estrago, no acudieron al riesgo




mortal, ni al alto duelo




contra el nivel pesado del agua traicionada;




no se echaron de bruces detrás de la pequeña




frontera de sus huesos




para vestir de mármoles y nubes




la fragorosa arcilla combatiente




de su dulce estatura.






No serviría de nada labrarles una máscara




a quienes desde siempre




nacieron y habitaron entre chispas de piedra.






No. Eran otros los rumbos que imantaban los pasos




de estos inaccesibles guerrilleros del alba.




No fueron al encuentro de una selva de bronce;




no buscaron metales solemnes, no quisieron




anchas investiduras, ni charangas, ni cantos.




Simplemente




bajaron a morir para dejarnos




otro tiempo más limpio y otra tierra más clara;




algún laurel más alto y un aire más sencillo;




otra categoría de nubes y otra forma




de dar un aposento, de nombrar una cosa;




o acaso otra manera de abrir una ventana




para llamar al Día del Hombre Venidero.






¿Cómo escribir siquiera la cifra que llevaron




sin lastimar el polvo de sus nombres?






No puedo hablar de lágrimas




frente a esta primavera de espigas derrumbadas,




porque ellas no besaron las márgenes del llanto




en esos días inmensos en que el rayo buscaba




nada más que la talla del Hombre para herirla.






Si hoy nosotros estamos de pie sobre este cieno,




es porque el firme fuego de todo aquel calvario




trabajó los cimientos de este cieno.






Si mañana tocamos la espada del rocío,




es porque ellos tendieron un puente hasta el acero




y nos dieron su trigo, sus hondos minerales




y el Norte y la medida del camino.





II





Porque yo les he visto sosteniendo sus hierros,




en el trance total de estar doblados




sobre el pétalo oscuro de la sangre.






Yo estaba en el costado de la furia,




cuando ellos manejaban las aristas del trueno;




los he visto poblando de centellas azules,




las heladas esquinas de la noche.






Yo he visto el amarillo sendero que dejaba




la bandera asediada;




allí donde ella estaba




el estambre infalible de mi pequeña brújula




hallaba el brillo honrado del metal de una frente,




buscando su trinchera o su mortaja.





III





Y ahora, decidme, vosotros,




taciturnos sobrevivientes del crucial torrente;




piedras abandonadas




en la huella caliente del combate;




cal todavía sonriente sobre el alto




paredón de la muerte:




¿de qué rocas del tiempo




viene esta arena erguida que atraviesa




los párpados del aire enfurecido?




¿De qué profundo sueño están viviendo




estos ángeles claros que van hacia la lluvia,




con sus rugientes números de filos justicieros?






¿Y estos pájaros roncos que castigan




las ventanas del día?






¿De qué venas en llamas




o a través de qué dulces dominios navegantes




emergen estas aguas levantadas y alertas




que, minuto a minuto, configuran el torso,




las arterias pacientes y el rostro de diamantes




de estos vertiginosos varones del castigo?






Yo pregunto;




yo quiero que me digan el nombre




del Capitán caído debajo del silencio




de la piedra final y del madero




en cruz.






Yo quiero que me nombren el número preciso




de aquellas simples manos de labor derramadas,




desde el Norte, de rayos torrenciales,




hasta la desolada cintura de las islas.






Quiero que me denuncien la dignidad y el orden




de esta desamparada cosecha interrumpida.






Necesito bajar hasta el obscuro




nivel de la tormenta encadenada




y hacer el inventario de esta lenta yacija:




juntar las manos rotas; las frentes y los párpados;




clasificar el vasto trabajo del osario;




ver en qué forma suben las substancias terrestres




por los acantilados de la cal deshojada.






Tengo que custodiar desde hoy y para siempre:




los surcos y los hoyos y los túneles,




donde la estalactita de los ojos yacentes




y la pisoteada guitarra de estos labios




esperan la llegada de una aurora invencible.






Yo soy el Designado:




yo estoy en este duelo para marcar el hombro




de los Ángeles Negros que humillaron sus alas




bajando hasta el infierno de la sangre inocente.






Y aquí estaré por siglos -como un vigía de piedra-,




gastando las aldabas de las puertas del día,




hasta que una Bandera de olivos y palomas




se yerga entre las manos de los muertos vengados.








REGRESARÁN UN DÍA...


I




                                                  

Por los caídos por la libertad de mi



pueblo y para los que viven para



servirla, esta constancia.





   ¿Veis esos marineros aún vestidos de pólvora;




y esos duros obreros cuya sangre de fuego




circula como un río de encendidas raíces




bajo el denso quebracho de sus torsos?






¿Y esas pequeñas madres, de tan leve estatura,




que parecen hermanas de sus hijos?






¿No visteis, no tocasteis el rostro fragoroso




de esos adolescentes cubiertos de relámpagos;




seres rotos, usados, gastados y deshechos




en una mitológica tarea?






¿Los veis? -Son los Soldados




de una hora, de un día, de una vida:




todos los Hijos obscuros de la misma ultrajada tierra,




     que es mía y es de todos




     los muertos de esta lucha.






¿Veis esos ojos con dos rosas de lágrimas




     colgadas de sus órbitas azules?






¿Veis todas esas bocas despojadas de labios;




con trozos de guitarras colgados de sus bordes;




todas deshilachadas, arrojadas de bruces




sobre la inocencia triste del pasto y de la arena?






¿Los veis allí, hacinados,




bajo la misma luna de los enamorados;




agrediendo la clara piedad de la mañana




con su despedazada sonrisa?






¿Veis todo ese tumulto de la sangre temprana;




que camina de día, de noche, a todas horas




hacia los más profundos niveles de la tierra,




donde se están labrando los moldes transparentes




de todos los Soldados de las luchas futuras?






Abiertos en canal, de Norte a Norte,




-desde donde nacía la Semilla del Hombre-,




hasta el caliente refugio del grito, yacen.






Miran las altas luces del alto día del duelo,




mostrando los horóscopos helados de sus manos




y sus frentes de piedra amanecida




y la cal valerosa de sus huesos.





II





No moriré de muerte amordazada.




Yo tocaré los bordes de las brújulas




que señalan los rumbos del Canto liberado.




Yo llamaré a los Grandes Capitanes




que manejan el Viento, la Paloma y el Fuego




y frente a la segura latitud de sus nombres,




mi pequeña garganta de niño desolado




fatigará a la noche, gritando:






«¡Venid, hermanos nuestros!




¡Venid, inmensas voces de América y del Mundo;




venid hasta nosotros y palpad el sudario




de este jazmín talado de mi pueblo!






«¡Acércate a nosotros, Pablo Neruda, hermano,




con tu presencia andina, con tu voz magallánica;




con tus metales ciegos y tus hombros marítimos;




acércate a la sombra de tu estrella despierta




     y contempla estas llagas ateridas!






«¡Ven, Nicolás Guillén,




desde tu continente de tabaco y de azúcar,




y con esa segura nostalgia de tus labios




ponle un exacto nombre a esta agonía!






«¡Y tú, Rafael Alberti -marinero en desvelo,




pastor de los olivos taciturnos de España,




tú, que una vez cuidaste la sangre de los héroes




que puso a tu costado mi patria guaraní-,




     dibújanos el mapa




de estos desamparados litorales de muerte!






«¡Venid, hombres absortos; madres profundas; niños:




buscadores de Dioses; pordioseros;




máscaras evadidas y nocturnas del vicio;




patentados jerarcas de la virtud de feria;




     venid a ver el rostro del martirio!






«Venid hasta el remanso de este dolor antiguo;




simplemente venid: así, sin lámparas;




sin avisos, sin lápices y sin fotografías




y dejad, si podéis, en las riberas:




la memoria, los ojos y las lágrimas.






«Tocad con vuestras manos estos lirios dormidos;




tocad todos los rostros y todas las trincheras;




la numerosa muerte de todos los caídos




y el polvo que sostuvo esta batalla.






«Apartad con la punta de vuestros pies desnudos




todos estos metales de nombres extranjeros;




estos lentos escombros de torres agobiadas;




     esta antigua morada de la miel




     y la verde pradera




     de esta selva temprana de soldados».






Sí. Todas estas torres de acumuladas ruinas,




     son nuestras.




Aquella sangre rota y estas manos deshechas,




     son nuestras:




son nuestro honor de ayer y de mañana.






Yo lo proclamo ahora desde el hondo reverso




     de esta paz de cadáveres:




     todas estas banderas




y estos huesos, abrumados de luchas,




son el metal de nuestro riesgo;




son el emplazamiento de nuestra artillería;




     nuestro muro blindado;




     nuestra razón de fe.





III





Porque no está vencida la fe que no se rinde;




ni el amor que defiende la redonda alegría




de su pequeña lámpara, tras el pecho del Hombre.






Con estas simples manos y estas mismas gargantas,




un día volveremos a levantar las torres




del tiempo de la vida sin sonrojos.






Desde el fondo de todas las tumbas ultrajadas,




crecerán las praderas del tiempo de soñar.






Aquí, cerca, en las márgenes de la tierra pesada;




junto a la sal antigua del mar innumerable;




en la madera espesa y el viento de los árboles,




     están creciendo ya.






Yo sé que en la mañana del tiempo señalado,




     todos los calendarios y campanas




     llamarán a los Hijos de este Día.






Y ellos vendrán, cantando, con su misma bandera;




     con su mismo fusil recuperado;




vendrán con esa misma sonrisa transparente




     que no tuvieron tiempo de enterrar.






Vendrán la Sal y el Yodo y el Hierro que tuvieron;




cada terrón de arcilla les tomará los ojos;




la cal de su estatura se asomará a su cauce




y alguna eterna Madre de un eterno Soldado




los llevará en la noche caliente de su sangre.






Y en la hora y el día de un tiempo señalado,




regresarán, cantando, y en la misma trinchera




dirán, frente a la misma bandera de mil años:






«¡Presente, Capitana de la Gloria!




¡Aquí estamos de nuevo para cuidar tu rostro,




tu ciudadela intacta; tu imperio invulnerable,




Libertad!».








HUELLA DE HOMBRE





HACHERO


I




                                                         

En memoria de los Hijos de la selva



que agonizan y mueren en silencio en



el vasto imperio del Quebracho.





   Este es Benigno Rojas: hijo y nieto de hacheros




y hachero él mismo. Viene de selvas torrenciales




y está como de paso frente a mí, porque siempre




camina hacia otras selvas cada vez más lejanas.






Lo veo marchar llevando sobre la cruz del hombro,




el fulminante símbolo de su poder: el hacha;




y siento que en su pulso rotundo le circula




-como en perpetuo flujo-, la fuerza y el coraje.






Es el Hachero. Viene de selvas torrenciales.




Su alzada poderosa recorta una silueta




de aborigen, tallada sobre un friso de piedra.






El instinto certero de vientos y de lluvias




le da esa taciturna sabiduría de anciano




y aunque apenas levanta dos décadas de vida,




sus experiencias llevan una herencia de siglos.






Es todo brazos. Tiene sobre el antiguo sitio




de la sonrisa, un tajo que le madura el gesto;




la frente toda: un amplio lugar de sufrimientos,




donde vidas y muertes libraron su batalla.






Sellado de miseria, lleva un sombrero roto




para cubrir el rudo tumulto de su pelo,




un recuerdo de viejas altanerías le sube




por el torrente ardido de la sangre, a los ojos.





II





Esta es la Selva. En ella su existencia se expande




hasta llenar sus densos dominios germinales.




Respira el sostenido perfume de las hojas




y en la solemne cúpula del aire mañanero




va eligiendo los cantos de pájaros amigos




que regirán la rítmica jornada de sus horas.






Y cuando en rojos círculos, los límites del día




despuntan, el hachero, poderoso de orgullo,




sacude la cabeza para alejar el sueño.






Cincuenta metros dentro de su reino, detiene




sus pasos e investiga con cauteloso atisbo




las invisibles huellas de las bestias nocturnas.






Cuando sus ojos cumplen la selección certera




del tronco favorable,




baja el hacha; se arranca los harapos del torso;




lubrica con saliva las palmas de las manos




y comienza su rito con taciturna furia.






Sube el hierro y de vuelta, su filo incandescente




con impacto tremendo se incrusta en la corteza.




Regresa diez, cien veces sobre la misma vértebra,




hasta que la garganta desgarrada se rinde




y entre un furor de gritos, se acuesta en la picada.






Luego vendrán, en lenta sucesión de torturas:




el corte de los brazos -la dulce cabellera




que en amistad de pájaros vivió quinientos años-,




y la final injuria de ser oreado al viento




su corazón sangrante, lampiño y desolado.






Después, lo que suceda ya no tendrá importancia:




viajar, quedarse quieto o arder, será lo mismo.




Ni las nubes del alba, ni pájaros, ni lluvias




recostarán su vuelo sobre la cruz difunta.






La selva castigada, se duele de sus llagas




petrificando el alma de sus hijos intactos.




A izquierda y a derecha de sus heridas, yacen




la sangre milenaria y el corazón constante,




con las venas abiertas y el canto sofocado.






El humus -que ha labrado la columna tranquila




del árbol y le ha dado su dulzura de sombras




(y que nunca, en mil años, descansó en su tarea




de levantar la lenta catedral de un quebracho)-,




llora, junto a las rojas cicatrices y tiende




sobre las venas rotas sus manos de substancias




para que en los futuros milenios no perezcan




los encendidos brotes que duermen bajo tierra.





III





Tras la blindada puerta duerme el Oro encerrado.




Lo guardan hombres duros, de corazón metálico,




más fríos que las hojas del hacha y más tenaces




que el músculo tenaz de los hacheros.






Infinitas planillas, con infinitos números,




tamizan el trabajo del Hachero de Bronce.




Drenan los calculistas la sangre peregrina,




hasta dejar un pálido puñado de centavos.




Abren, al fin, la puerta blindada y con sus garras




de pájaros nocturnos -como quien da la vida-,




su paga dan al hijo diurno de la Selva.






Después... Es el camino; los puertos; las nostalgias




de amor y la guitarra y el cuchillo y la caña.




Lento o precipitado rodaje hacia el agobio;




siempre es igual: un día, de nuevo hacia la noria;




el hacha compañera sobre la cruz del hombro




y un infinito sueño colgado de los párpados.






Y así una vida entera. Los hijos: con anemia;




la mujer: amarilla de pestes y fatigas




y él, en perpetuos trances de enganches y despidos.





IV





Y su final fue duro, como es duro el oficio;




como también es dura la materia que amasa




y es duro el hierro ciego del hacha compañera.






Ciertamente. Un domingo, en que iba de retorno




-con la noche ya entera tapando los caminos-,




vio cruzar un ardiente relámpago de acero.




Desde el costado izquierdo




bajó una catarata caliente y fragorosa




buscando el nivelado descanso de la tierra.






Vieja ley de cuchillos lo llamó por su nombre,




sin darle tiempo alguno para mirar el ceño




del que lo ató a la tierra del canto y del gusano.




Un eco, casi helado, de relinchos de potros




le fatigó un instante los tímpanos dormidos




y un silencio de tiempo sin voz le fue cayendo




sobre el cristal velado de los ojos.






Cuando quiso la mano dolerse de sí misma




y buscó asir el grito que se le estaba yendo,




sintió que le pesaba más que el hacha: la vida,




y que la cruz del hombro lloraba por marcharse.






Un sueño de guitarras, de puñales y música




le completó la muerte que ya llevaba dentro,




y entre la luz de sombras, de su fin reiterado,




sus turbios ojos vieron levantarse, muy lejos,




sobre un alto horizonte de oxidados contornos




una cruz de quebracho de brazos encendidos




-velando el firme sueño- y en ella, recostada,




-sosteniendo el sombrero y en actitud de espera-,




el hacha compañera de hazañoso recuerdo...








PALABRAS PARA NOMBRAR A LOS MÍOS





FEDERICO




                                                       

El Hombre cae en la tierra, mas su



tiempo cae en la Eternidad.





   Federico:




te he visto, aquí, sentado, sobre una piedra negra,




frente al mar que amansaba su furor en la playa,




mientras el sol pulía tu perfil de gitano




sobre el remolino limbo de la tarde dormida.






Te he visto así: sentado, con la camisa abierta




calcinando tu pecho bruñido de marino;




apagando las voces de tu guitarra ardiente




con el opaco grito de un puñado de arena.






Verde gitano nuestro que maduró la muerte:




cuando pasen mil años, junto a esta misma piedra,




la misma arena amarga que levantó tu mano




aún estará llorando tu nombre amanecido.






Cuando te arrodillaste sobre la tierra tuya,




el mar, que oreó tu pecho con su aliento de yodo,




calló... Las caracolas rumorosas de música




apagaron de pronto sus milenarios cánticos.






Granos de terciopelo de la arena marítima;




caminos de los vientos que se llevan los sueños;




noches enloquecidas por júbilos de mundos;




alas que traen y llevan su música encendida;




todo: viento y arena; mundos y alas y noches




lloran albas de sangre sobre tu nombre claro.






Federico: los años han secado tus carnes;




en ellas han penetrado gusanos de la tierra;




pero tu voz remota, poderosa de símbolos,




como el mar, no está muerta...




Entre un vuelo de albatros y un tumulto de estrellas,




se volvió al infinito tu fiesta de canciones.






Cuando pasen mil años, junto a esta misma piedra




que destacó tu estampa sobre el telón atlántico,




aún estaré esperando que otra música análoga




taladre el laberinto de cal de mis oídos.




(Junio 1940-43)                                     








SIMPLE RUEGO POR EL AUSENTE ESPERADO




                                                       

Para el recuerdo de Andrés Campos



Cervera -(Julián de la Herrería)-, que



era de mi amistad y de mi sangre.





    Yo te esperé:




eras como un hermano cuya mano se busca,




para oprimir los labios calientes de una herida.






Y faltaste, hermano: te quedaste sin voz




cuando todos rogaban tu presencia.






Pero vino tu sombra:




nada más que tu sombra, hermano ausente.






Abrió la boca antigua, todavía sellada,




y dejó florecer sobre los labios duros




esta solicitud de perdón por la ausencia:




«...Ya he devuelto a la tierra lo que era de la tierra,




pero os queda a vosotros lo que seré mañana.






»No me lloréis, hermanos: estoy entre vosotros.




Ya no me lleva el tiempo con sus manos de leguas,




ni me oprime los ojos la forma del espacio.






»Mi vestidura flota sobre el Alba y la Noche,




más allá del recuerdo.




Mis avatares buscan otro vaso más puro,




para infundirme un cuerpo que regrese a vosotros».






Calló tu voz: sentimos que temblabas de frío,




pensando en que podrías sufrir otra caída.






Como quien se defiende de una angustia indecible,




murmuré, como un rezo, tu súplica inefable:






«Ya no me lleva el Tiempo con sus manos de leguas




ni me oprime los ojos la forma del espacio...».






Así sea.








DESVELO DE LOS ÁNGELES




                                

Para Lidia y Augusto enla hora del tránsito



del Hijo.


                                                       

«Escucharé en la noche tus palabras:



... niño, mi niño...».



Pablo Neruda




I





   Sobre albas de maitines los Ángeles caminan.




¿Hacia qué territorios de música y laureles




llevan su paz inmensa y transparente?




¿Junto a qué latitudes de transido desvelo




van con el nardo intacto de su historia?






En espejos de nieve se miran y en perpetuo




sosiego, nos recuerdan.






Pero no duermen nunca:




arañan nuestra sangre llena de amargas heces;




suben por nuestras duras primaveras de sueños,




y en nuestra cal sonámbula y helada,




sollozan...






Y un día están, de nuevo,




con su ceguera triste de raíces




oprimiendo el camino de las llagas.





II





Los Ángeles son nuestros: son nuestras alas rotas;




son las anclas dormidas sobre lechos de herrumbres,




en la raíz penosa de la tierra.






Es nuestra voz de niebla y de distancia:




-esa que no pudimos usar en el instante




de elegir el camino marinero.






Los ojos de los Ángeles no duermen:




están en nuestras órbitas salobres




buscando el necesario reverso de la luz.






Y sus labios sumisamente eligen




las palabras que nombran la morada del sueño.






Sus manos son jazmines sellados de silencio,




junto a una cruz de nieve, eterna y pura.





III





Los Ángeles navegan siempre...




Un necesario acontecer los llama




hacia seguras islas de recuerdo y nostalgia.




Ardientes Rosas de los Vientos crecen




sobre el pecho, librado de mármoles tempranos,




y una remota música de brújulas




les traza itinerarios sobre un atlas de nubes,




hacia dolientes rumbos de lunas desoladas.






Están entre archipiélagos de sombras,




reinando sobre imperios de glaciales contornos.






Cruzan la absorta dimensión del aire,




y el alba numerosa que los lleva




se ilumina de pájaros azules.






Los Ángeles, sin rostro y sin memoria,




navegan por los cauces nocturnos de la sangre.






Un cielo azul, invicto y despejado,




cuida su paz de sueños sin fronteras.








PEQUEÑA LETANÍA EN VOZ BAJA




                                                 

Para el recuerdo de Roque Molinari Laurin.



-Donde estuviere.





   Elegiré una Piedra.




Y un árbol.






Y una Nube.




Y gritaré tu nombre




hasta que el aire ciego que te lleva




me escuche.




(En voz baja).






Golpearé la pequeña ventana del rocío;




extenderé un cordaje de cáñamo y resinas;




levantaré tu lino marinero




hasta el Viento Primero de tu Signo,




para que el Mar te nombre




(En voz baja).






Te lloran: cuatro pájaros;




un agobio de niños y de títeres;




los jazmines nocturnos de un patio paraguayo.




Y una guitarra coplera.




(En voz baja).






Te llaman:




todo lo que es humilde bajo el cielo;




la inocencia de un pedazo de pan;




el puñado de sal que se derrama




sobre el mantel de un pobre;




la mirada sumisa de un caballo,




y un perro abandonado.




Y una carta.




(En voz baja).






Yo también te he llamado,




en mi noche de altura y de azahares.




(En voz baja).






Sólo tu soledad de ahora y siempre




te llamará, en la noche y en el día.




En voz alta.













BALADAS

          




LA NOCHE DE LOS TOLDOS




                                           

Para José Asunción Flores








                              

   Siete hogueras arden...


          


Siete hogueras cantan




músicas de luces.




En la noche blanca




de los toldos indios,




siete hogueras arden...






Palmeras salvajes




del desierto mudo,




destrenzan al viento




su música verde.






En los algarrobos




madura la chicha




que emborracha al indio




y da a sus tobillos,




cosquillas de danzas.






Mientras, en la noche




de los toldos indios,




siete hogueras arden...






Furor de tan-tanes:




se puebla el silencio




de mudas presencias.






Máscara de piedra




sobre el rostro verde




tiene el indio joven;




culebras azules




surcan sus mejillas,




ajorcas de plumas




ciñen los tobillos




de la joven india.




Mientras, en la noche




de los toldos indios




siete hogueras arden...






Frente al Sacerdote




siete hogueras arden.




Callan los tan-tanes




de la voz de cuero.




En la noche blanca




de los toldos indios




sube a las estrellas




un rumor de ruego:






«Kilikamá oú...




   Kilikamá oú...




      Kifikamá oú...




         Kilikamá (14) oú...»






En la noche blanca




de los toldos, arden




siete hogueras rojas.




El jhú-jhú acelera




su ritmo frenético




y arroja a los indios




hacia las doncellas,




en un entrevero




de danza nupcial.






Los labios ofrecen




sus copas de fuego,




para que mis indios




ardan en amor.




La Luna, que otorga




sus lágrimas rojas




a las indias núbiles,




escucha los ruegos




del Gran Sacerdote,




que en la noche blanca




de los toldos indios




le pide su amparo:






«Ta-aná oú...




   Ta-aná tojhó...




      Ta-aná tojhó...




         Ta-aná  (15) tojhó...»






La noche del toldo




huye hacia los montes;




ponchos de cenizas




cubren los rescoldos




de las siete hogueras...






Duermen los tan-tanes




de la voz de cuero,




pero aún se escuchan




en la noche blanca




rumores de ruego:






«Kilikamá ojhó...




   Kilikamá ojhó...




      Kilikamá ojhó...




         Kilikamá ojhó...»






Ya no hay siete hogueras:




la noche del toldo




se durmió en el alba...




(Fiesta de los Toldos de Pozo colorado - 20 deoctubre - 1942)







SOLEDAD SIN RECUERDO





MADRIGAL PARA LA VOZ EN FUGA





      ¡Oh, voz de nube!




      ¡Oh, terciopelo!




¿Cómo nombrar tu música de musgo




sin disipar las brumas que te velan?






Viene la voz entre un aroma urgente




de jazmines de luna y se derrama




sobre el camino ciego de la noche.






Baja por escaleras de tristeza,




para perderse entre remotos pinos




y aliviarse de penas en los duros




espejos de la nieve desolada.






Deja en el aire en llamas su caricia




y al recorrer los círculos del viento,




un caracol incierto la recoge




y la devuelve, al fin, yacente y pálida,




muerta sobre un paisaje de silencio.






¡Y no saber cómo nombrarte,




para que vuelvas a llorar, subiendo




los senderos de luna y de jazmines!




      ¡Oh, voz de nube!




¡Oh, inasible perfil de ausencia y lágrimas:




      verte morir




      y no saber cómo nombrarte!




      ¡Oh, terciopelo!




(En Asunción del Paraguay - Agosto de 1944)








NIVEL DEL MAR





UN HOMBRE FRENTE AL MAR





   Es como yo: lo siento con mi angustia y mi sangre.




Hermoso de tristeza, va al encuentro del mar,




para que el Sol y el Viento le oreen la agonía.




Paz en la frente quieta; el corazón, en ruinas;




quiere vivir aún para morir más tiempo.






Es como yo: lo veo con mis ojos perdidos;




también busca el amparo de la noche marina;




también lleva la rota parábola de un vuelo




      sobre el anciano corazón.






Va, como yo, vestido de soledad nocturna.




Tendidas las dos manos hacia el rumor oceánico,




está pidiendo al tiempo del mar que lo liberte




de ese golpe de olas sin tregua que sacude




      su anciano corazón, lleno de sombras.






Es como yo: lo siento como si fuera mía




su estampa, modelada por el furor eterno




de su mar interior.




      Hermoso de tristeza,




está tratando -en vano- de no quemar la arena




con el ácido amargo de sus lágrimas.






Es como yo: lo siento como si fuera mío,




su anciano corazón, lleno de sombras...




(En Asunción, a 5 de agosto de 1939)








TIEMPO DE AMOR Y SOLEDAD





ELEGÍA PARA LA DÉCIMA NOCHE





Para Carlos Abente





   Y he estado nueve noches bajo el abierto cielo,




arañando la tierra, para calmar la sangre,




y adelgazando el grito de mi voz encerrada;




mientras el viento amargo se llevó brizna a brizna




este perfil de sombras de mi cuerpo en tinieblas.






Y luego te he entregado, noche mía, la sangre.




La sangre. Sí: la sangre. La sangre que solloza




por túneles azules su vida equivocada;




la sangre, que no quiere desintegrar su grito,




porque es el fundamento de la Flor y del Canto.






Y luego di mi frente. Tras su mármol tranquilo




vivió el furor del sueño su tormenta diaria,




sin que una sola arruga marcara su oleaje;




ni el pensamiento puro lo anegara en su sombra




al horadar mis sienes su vertical tortura.






Y ahora, son los ojos: los taciturnos ojos,




donde guardaba el alba sus pétalos de estrellas;




los ojos de agua clara, donde iban las gacelas




a buscar mansedumbre para su sed de fuga.






Y también va la piedra, ya muda, de los labios:




los labios ya besados por muertes numerosas.




Y los pies marineros, llagados de caminos;




el corazón ausente y el pecho amanecido.






¿Después? -Después, la mano: la calcinada mano,




marcada en su pecado con un buril de fuego;




la mano que no quiso pagar su duro crimen




de haber asido un sueño con sus garfios de carne.






¿La visteis algún día flotar sobre las cosas,




-pájaro alucinado, que aprisiona en su pico




luciérnagas azules que mueren de su fuego?




Después de nueve noches, sus lirios fatigados




-sin memoria y sin nombre- se volvieron recuerdo.






Todo se te reintegra: noche profunda y alta.




La tremenda parábola ya no se apoya en Ti;




y aquel temblor de siglos que me entregaste un día,




aquietó, al fin, por siglos también, su inenarrable,




desesperada angustia de ser humanidad.






Un día, desde el fondo caliente de la tierra




-seno eterno de Madre, que pare su cosecha




con una indiferencia de sexo apaciguado-




saldrá el rosario triste de mis huesos dolidos,




libres ya del espanto de su cárcel de vida.






Y nunca más la dulce canción que dio belleza




al peregrino tránsito por la prisión de piedra;




nunca más el lamento secreto de la flauta




encenderá en la tarde su rústico llamado.






Pero será otra vida. Sí: otra vida. Distinta.




Despojada del largo castigo del recuerdo.




Un árbol o una piedra: algo que mire al Tiempo,




mudo y sordo y sin ojos, por una Eternidad.




(En Asunción, a 11 de agosto de 1943)














POEMAS NO INCLUIDOS EN CENIZA REDIMIDA

 (1935-1943)





POEMA A UN HÉROE PROLETARIA




                   

   DesdeEspartaco hasta hoy, nuestros héroes se llamaron:


             


Stenka Razin, caudillo campesino, vengador de su clase;




comuneros de París, innumerables y anónimos, fusilados en




     el muro;




pero sobrevivientes para siempre en el gran corazón de los




     obreros;




trabajadores de Moscú, de Leningrado, de Hamburgo y de




     Viena.




Los héroes de nuestra clase se llamaron:




Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht: ambos fuego, cora zón y brazo de la Revolución;




ambos padre y madre del Partido Comunista Alemán.




Los poetas revolucionarios de hoy




cuando queremos cantar a un héroe proletario,




cantamos a Jorge Dimitrof.






Cada clase tiene los héroes que se merecen:




que los poetas burgueses levanten hasta las nubes a sus héroes




     sangrientos;




que canten epopeyas a sus masacradores de obreros y a sus




     mariscales de la matanza;




que tallen estatuas a sus financieros de la rapiña;




dejemos que tejan charreteras de oro para los generales




que han sobrevivido a los millones de soldados que condujeron a la carnicería;




que ellos canten al rufián Horst Wessel -héroe de las bandas




     de Hitler-




Nosotros, los poetas revolucionarios de hoy,




cantaremos a un descamisado;




a un revolucionario,




al héroe proletario Jorge Dimitrof.






Sobre los escombros de la Europa imperialista y guerrera




todos los días amanece una aurora roja.




Hoy es Hamburgo la que levanta su voz de metralla;




ayer fue Reval la que cantó su himno insurgente;




luego Bulgaria inició su guerra campesina.




El fuego del incendio alumbró la estampa del obrero Dimitrof,




alta, la figura;




imponente, la voz;




todo él, extraordinario y vencedor.






Asia se despereza y contesta:




Cantón la Roja ha izado una vez y otra vez la bandera de la




     Hoz y el Martillo.




El «Zeven Provincien» -hermano glorioso del Potemkin-




     telegrafía al mundo:




«¡Hermanos! ¡No disparéis sobre nosotros!»




Entre el mar de las banderas rojas;




entre el sordo rugido de las masas que se aprestan a la lucha




     final,




las ametralladoras y los gases acuestan sobre las calzadas a




     las blusas azules.




Caen, se levantan, caen y se yerguen de nuevo;




héroes sin nombre sostienen en alto el símbolo rojo de la




     gloria revolucionaria;




voces anónimas cantan la marsellesa proletaria:




«...Es la lucha final...




...Unámonos todos con valor...




...Por la Internacional...».






Luego llegó «la noche de los largos cuchillos».




Sangre, cadenas, ley de fuga, «suicidios», horas y hachas;




noche de San Bartolomé de los asesinos al servicio de la Alta




     Finanza.




El fuego, las torturas: un aquelarre de la Edad Media




fue lo que la burguesía ofreció a los obreros de Alemania.






Pero las blusas azules prepararon su desquite.




...Y amaneció la mañana de Leipzig.




El Mundo, de nuevo pudo ver la estampa del héroe;




alta, la figura,




imponente, la voz;




encadenadas las manos laboriosas,




pero todo él, extraordinario y vencedor.






Los jueces callaron; los falsos testigos agacharon la cabeza,




y el preso clavó a sus verdugos en el banco de los acusados.




Habló. Habló para los suyos. Dijo su verdad de clase.




El supremo verdugo chilló aterrorizado:




«¡Sus palabras son excesivamente duras!».






El obrero Dimitrof piensa en la vida, en el dolor y en las luchas




de todos los suyos,




y exclama:




     «Mis palabras son ardientes y duras




     porque ardiente y dura ha sido toda mi vida;




     ¡mis palabras son como la vida y la lucha de todos los




     míos!».






Y venció.




Venció porque era un proletario comunista,




venció porque sabía que todos los obreros del mundo




estarían a su lado en la agonía y en el triunfo.




Los verdugos desarmaron la guillotina;




Goering se hundió en su noche de crímenes y de morfina.






Manchester, Chicago, Skoda y Creuset han parado sus




     máquinas;




los negros de la Carolina del Sur, de Liberia y del África




     Central,




los comunistas chinos que siembran de Soviet su país




     milenario,




los «mensúes» del Alto Paraná y los mineros taciturnos de las




     montañas de Bolivia,




todos han escuchado la palabra de Jorge Dimitrof,




el corazón del mundo no tiene más que un único latido.




Una voz rompe el hilo de todos los telégrafos




y se derrama por las calles y por los caminos del campo y de




las ciudades;




la consigna del Socorro Rojo Internacional pone de pie a




     todos los oprimidos de la tierra.




«Libertad para Jorge Dimitrof! ¡Abajo los jueces de Leipzig!




Las radios de Moscú interrogan a Berlín:




     «Capitán Goering: ¿Quién incendió el Reichstag?»






La respuesta fue un avión que cruzó el cielo de Varsovia:




La Patria del Proletariado -que reclamó la vida de sus hijos-




la Unión Soviética, desde el Ártico hasta Crimea




abrió sus 170 millones de brazos para recibir al héroe




     vencedor.






Nosotros, los poetas revolucionarios de hoy,




cuando queremos cantar a un héroe proletario




cantamos a Jorge Dimitrof.




(1935)









HOMBRE SECRETO (1950-1953)





PALABRAS DEL HOMBRE SECRETO




     

   Hay un grito de muros hostiles y sin término;


          


hay un lamento ciego de músicas perdidas;




hay un cansado abismo de ventanas abiertas




hacia un cielo de pájaros;




hay un reloj sonámbulo




que desteje sin pausa sus horas amarillas,




llamando a penitencia y confesión.






Todo cae a lo largo de la sangre y el duelo:




mueren las mariposas y los gritos se van.






¡Y yo, de pie y mirando la mañana de abril!




¡Mirando cómo crece la construcción del tiempo:




sintiendo que a empujones




me voy hacía el cariño de la sal marinera,




donde en los doce tímpanos del caracol celeste




gotean eternamente los caldos de la sed!






¡Dios mío! -Si no quiero otra cosa




que aquello que ya tuve y he dejado,




esas cuatro paredes desnudas y absolutas;




esa manera inmensa de estar solo, royendo




la madera de mi propio silencio




o labrando los clavos de mi cruz.






¡Ay, Dios mío!






Estoy caído en álgidos agujeros de brumas.




Estoy como un ladrón que se roba a sí mismo;




sin lágrimas; sin nada que signifique nada;




muriendo de la muerte que no tengo;




desenterrando larvas, maderas y palabras




y papeles vencidos;




cayendo de la altura de mi nombre,




como una destrozada bandera que no tiene soldados;




muerto de estar viviendo de día y en otoño,




esta desmemoriada cosecha de naufragios.






Y sé que al fin de cuentas se me trasluce el pecho,




hasta verse el jadeo de los huesos, mordidos




por los agrios metales de frías herramientas.




Sé que toda la arena que levanta mi mano




se vuelve, de puntillas, irremisiblemente,




a las bodegas últimas




donde yacen los vinos inservibles




y se engendran las heces del vinagre final.






¡Cuánto mejor sería no haber llegado a tanto!




No haber subido nunca por el aire de Abril,




o haber adivinado que este llevar los ojos




como una piedra helada fuera lo irremediable




para un hombre tan triste como yo!






Dios mío: ¡si creyeras que blasfemo,




ponme una mano tuya sobre un hombro




y déjame que caiga de este amor sin sosiego,




hacia el aire de pájaros y la pared desnuda




de mi desamparada soledad!




(En Buenos Aires, a 29 de diciembre de 1951)








TU NOMBRE SOBRE EL MURO





Para el nombre y el hombre Paul



Eluard. Para el hombre infinito que



vivió en él. Para la vida sin término



que vive en su nombre.




I





   ¿Cómo hacer para verte




acostado en la tierra, desde hoy y para siempre?




¿Desde qué primavera de flores infinitas




nos estarás mirando con tus ojos de luz




y tu pecho




de capital altura?




Ayer nomás estaba moviéndose entre vértigos




de lutos y vejámenes, todo el aire de Francia;




estaba todo lleno de ángeles transparentes,




todo lleno de Pablos luchadores.




Estaba allí el de España, vestido de rocío,




con su pólvora amarga, con sus limones verdes;




con sus rostros divididos




y sus metales hondamente fundidos en la arcilla.




Estaba allí el de América, nuestro Pablo más alto,




todo crucificado de mineral y Chile;




y estabas tú, Paul Eluard,




el hombre total, francés del universo,




el más Pablo de todos.




Y hablabas y cada uno de tus pequeños pájaros




cruzaba el horizonte y encendía una estrella




y la noche del hombre se arrodillaba y moría,




frente al fuego magnético de tu luz boreal.





II





Estaban floreciendo los naranjos de España,




flores de antigua sangre;




y tú, desde la dulce medida de tu pecho,




te arrancaste un duro fusil de miliciano;




un fusil infinito de balas infinitas,




que mataba a la muerte.




Y otro día, cuando los verdes prados




granaban en furiosas cosechas de ensangrentados cereales;




cuando el gas y las bombas y el humo y el uranio




quemaban todo el polen y las hojas y el tallo




de la definitiva madera de los hijos de Dios,




tú, Paul Eluard,




con tu mirada-Eluard y con tu voz-Eluard,




te asomaste al estrago.




Y cuando los ángeles de la venganza




te pidieron tu cuota;




cuando te reclamaron los ojos y las frentes




y las gargantas mudas,




y las pobres garras calcinadas,




y las ametralladoras y los gritos




de los ajusticiados por tu mano,




tú señalaste el muro; mil muros;




todos los muros de París y de Francia




y del mundo.




Y allí estaba tu firma: ese día te llamabas:




«Eluard-la liberté».





III





Ayer, una criatura, hija clara del alba,




te buscaba, Paul Eluard:




te buscaba, para hablarte de amor.




Era un día de flor perenne, de perfumes ciegos,




en que nadie debería morir.




Te golpeaba la puerta, sacudiendo los arcos de tu jardinería;




probaba con ingenuas ganzúas tus firmes cerraduras




y escudriñaba las rendijas de tus paredes,




buscándote, preguntando por ti.




Alguien le había pasado




una pequeña esquela con un mensaje tuyo,




escrito con minúsculas azules y con pulso de fiebre:




«si buscas al Amor, buscas a Paul Eluar...»




Recuerdo, hace unos años, cuando desde mi patria,




mi Paraguay de sueños, azúcar y agonía,




veíamos volverse tinieblas la mañana...




Recuerdo cuando el aire oreaba la sangre




recién desparramada sobre la tierra ardida,




de Oradour y de Lídice...




Recuerdo lo que estabas haciendo,




porque cuando llevábamos la cabeza a la almohada,




llegaba a nosotros los confundidos ecos




de las crepitaciones de leños y esqueletos




estallando entre el fuego...




Pero en la noche ciega,




alguien que no dormía levantaba su lámpara,




y la luz cariñosa del aceite prohibido




alumbraba las palabras inmensas:




«Allons, enfants de la Patrie,




le jour de gloire est arrivé...»




Ese pastor nocturno de la libertad,




era la dignidad del hombre y se llamaba:




Paul Eluard.




(En Buenos Aires, a 3 de agosto de 1953)








ASÍ...





   Dejo aquí, en tus umbrales,




mi corazón inaugurado; mi voz incompatible;




mi máscara y mi grito y mi desvelo;




todos los carozos desnudos, roídos de intemperie;




todo lo que decae como un pétalo seco




en los vencidos días de otoño.






Hoy quiero verlo todo desde dentro;




todo el hilván y el esqueleto de sostén;




toda la utilería;




los telones y relieves prolijos del sueño.




Hoy recorro los acontecimientos




como quien navegara a lo largo de la miga cariñosa




de un pan




y saliera, de golpe, a flor de costra,




en llegando a la ciega corteza




apoyado en carbones de próximos diamantes.




Así, ejecutado y prolijo,




con la corbata puesta y los zapatos en su sitio:




como un muerto que espera el turno de su leño.






Así.




Porque es hora ya de irse preguntando:




¿A qué tanto jadeo y tanto andar a pie,




con la corbata puesta al revés,




y el corazón al aire, allí,




justo sobre las coyunturas desangradas




y los dedos haciéndole señas al Dios de nadie?




¿A qué los ojos cayéndose de tanto ver osamentas




y los párpados, ardiendo




sobre el aire podrido de un tiempo miserable?






Bueno: dejo aquí, en tus umbrales,




mi corazón de arena; mi voz toda desecha




y mi máscara rota y mi mano sin horóscopos,




sin huellas saturnales de lunas muertas;




todo aquello que amé;




todo aquello que pudo ser un canto y es solamente




desprendido terrón de cementerio.






Tómalos todavía: colócalos




en un hondo nivel de marineros descansos;




ponles un grano de sal sobre las órbitas;




ponles una flor marchita en los ojales...




Llámalos a esa muerte que tú no desconoces




y entrégalos a la dulce vocación de los pájaros




que emigran hacia el Sur...




Y no los nombres nunca, si no es para amarlos




en recuerdo, en piedad, en dulzura de tarde quieta

5



-como quien acunara la cabeza de un infante sin madre-,




Así.




(1953).










NOTAS

1.       Esta fecha no ha podido ser constatada documentalmente.

2.       V. la Semblanza de Hérib Campos Cervera, Memoria de Licenciatura (inédita) de Jorge Aguadé Smith. Facultad de Filosofía de la Universidad Católica, Asunción, 1975.

3.       Con respecto a las revistas ARIEL e IDEAL, los datos fueron proporcionados al Editor por Sinforiano Buzó Gómez (ya fallecido). No se han podido encontrar colecciones de las misma en las hemerotecas de Asunción.

4.       En este controvertido episodio de la historia paraguaya una manifestación estudiantil fue ametrallada desde Palacio por la Guardia presidencial. El hecho dejó como saldo varios muertos y numerosos heridos.

5.       Cfr. las cartas a Vicente Lamas del 31 de diciembre de 1931 y a José Concepción Ortiz del 10 de mayo de 1932, publicadas en la revista ALCOR, Nº 27, noviembre-diciembre de 1963.

6.       En el archivo del Editor se conservan tres fotografías, tomadas en Montevideo, de un grupo en que figuran Hérib Campos Cervera, Anselmo Jover Peralta y Natalicio González. Jover Peralta fue ministro de Justicia del gobierno del Coronel Rafael Franco en 1936 y Natalicio González ministro de Hacienda del General Higinio Morínigo y luego Presidente de la República en 1948.

7.       De acuerdo con este testimonio Campos Cervera fue integrante del Club Revolucionario 17 de Febrero.

8.        En este sentido, pueden valer como indicios, en tanto no aparezcan pruebas documentales al respecto, dos poemas (inéditos en volumen) de distintas épocas que se incluyen en esta edición de sus Poesías completas: el «Poema a un héroe proletario» y las «Palabras para el prisionero iluminado». El primero de ellos estaba dedicado al dirigente comunista Jorge Dimitrov, apresado y torturado por los nazis bajo la acusación de haber participado en el incendio del Reichtag en 1933; el segundo, al dirigente del Partido Comunista Paraguayo Obdulio Barte, que había sido encarcelado en Asunción, en 1952, por el gobierno de Federico Chaves. Asimismo, hay una primera versión del poema «23 de Octubre», escrito en Montevideo en 1935, donde pueden leerse, en la cuarta estrofa, los siguientes versos: «Sólo la bandera roja / del Martillo y de la Hoz, / nos dará de nuevo patria, / pan, trabajo y libertad»; en la estrofa seis: «Bajo las rojas banderas / que agitan sobre los vientos / las insignias victoriosas del Martillo y de la Hoz, / volveremos a abrazarte / Asunción del Paraguay»; y, al fin, en la estrofa siete: «Sólo la bandera roja / nos dará de nuevo patria, / pan, trabajo y libertad». De este poema, que también se publica ahora por primera vez en volumen, se ofrece en esta edición la que parece ser la versión definitiva.

9.       En esos años publica sobre todo poemas en el Suplemento dominical del diario LA TRIBUNA, dirigido por su amiga Adalita Ayala Cabeda.

10.       CUADERNOS DEL COLIBRÍ Nº 7, EDICIONES DIÁLOGO, Asunción, 1966.

11.       V. carta de Humberto Pérez Cáceres a Roque Gaona, fechada en Buenos Aires el 2 de setiembre. Copia de la misma en el archivo del Editor.

12.       Hérib Campos Cervera tuvo otro dos hijos de María Carmen Palermo Falabella: Alicia Raquel y María Carmen.

13.       Archivo del Editor.

14.       Kilikamá: equivalente del Añagguaraní, en la mitología de los indios Lenguas.

15.       Ta-aná: literalmente, esta palabra designa al Tigre (Yaguareté) en el dialecto Lengua. Pero Ta-aná es más que un Tigre común para los Lenguas, porque se les aparece cargado de sentido animista, como animal fabuloso.

Las palabras guaraníes y tojhó, del texto, están escritas con la significación ritual de: viene, se va, respectivamente.

 

 

 

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