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LISANDRO CARDOZO


  ÚLTIMO VIAJE, 1995 - Cuento de LISANDRO CARDOZO


ÚLTIMO VIAJE, 1995 - Cuento de LISANDRO CARDOZO

ÚLTIMO VIAJE

Cuento de LISANDRO CARDOZO

 

ÚLTIMO VIAJE

La actividad en la playa era intensa, los changadores con sus bultos a cuestas se cruzaban jadeantes y olorosos. (Miguel venía ansioso en un colectivo repleto.) Algunas lanchas calentaban sus motores y otras amarraban con piolas gastadas el cansancio del viaje nocturno. Llegaban los pasajeros madrugadores entre cajas apiladas y el mal humor del lanchero.

La planchada de madera estaba extendida sobre el agua de marchones de aceite. (Miguel saltó del colectivo en Montevideo y Pdte. Franco.) El olor a gasoil flotaba denso en el ambiente, el soldadito de chomba azul y fusil deslustrado hacía guardia sin fijarse en lo que pasaba. Un aduanero bostezaba con aire de lejanía en la taza de café que se enfriaba.

Miguel Franco llegó corriendo al embarcadero, después de sortear a oficinistas perezosos y al coreano que sacaba el cajón de basura a la calle. El apresurado café con leche ya se le agrió definitivamente en la boca del estómago, cuando pasó su documento para que lo registre un uniformado en la planilla de aduanas. Siguiendo el ejemplo de otros viajantes subió presuroso a la lancha.

El inexperto viajero se ubicó como pudo, pero con tanta mala suerte que se sentó entre dos antiguas contrabandistas, que no paraban de hablar. Miguel era un obstáculo para ambas, pues no podían verse fácilmente. Al final, cedió su lugar a una de ellas al percibir el fastidio.

La lancha maniobró para salir de la maraña de embarcaciones, entre penosas aceleraciones y una intensa humareda que hacía toser a los pasajeros. La playa Montevideo iba quedando atrás, con su paisaje de chiperas, changadores y oportunistas.

Miguel palpó automáticamente su bolsillo para cerciorarse de que la billetera seguía ahí. Consultaba también la lista de prioridades que había hecho para las compras en Clorinda.

Embelesado lustró sus zapatos en las botamangas de su pantalón. El farallón de Itá Pyta Punta, en su roja fachada fue lo último que vio antes de entrar por Río Negro hacia Puerto Elsa. Después de media hora de viaje, por el repentino movimiento de la gente buscando sus bolsones bajo los asientos y las mujeres acomodándose las carteras al hombro, dedujo que estaban próximos al destino final. No necesitó preguntar, pues al trasponer un recodo del río, vio la playa llena de gente y en un lugar más alto una bandera paraguaya, que era señal de un puesto naval. Desde ahí el viaje era en un vehículo mitad de carga y mitad de pasajeros, sobre un camino de tierra polvorienta.

Esa ciudad fronteriza era nada más que una gran calle repleta de comercios. Las mercaderías cubrían casi todos los espacios y había un apretujar de gente, que en su mayoría eran paraguayos. Miguel calculó mentalmente los precios al cambio y pudo imaginar las ganancias que tendría al final de la jornada.

Llegada la hora de volver, le aconsejaron que el camino más fácil era el de Itá Enramada. "Por ahí hay más movimiento y ni se van a fijar en vos. Das algo de dinero si te atajan y ya está". Le advirtieron que ponga comestibles encima de lo que traía para disimularlos, "por cualquier cosa". Sonreía pensando en las bromas que le harían en su casa: "Aquí viene el contrabandista, el clorindero pyahú".

Miguel vivía con su mujer e hijos en dos piezas alquiladas, compartiendo con otras familias la misma casa. Cuando lo despidieron de la desmotadora, le pagaron la indemnización y con ese dinero emprendió este trabajo alternativo.

Dijo su nombre al oficial de resguardo, bajando sus bolsones y éste lo miró con cierto interés cuando vio su documento y frunció el ceño. "Espere un momento aquí señor", y le mostró un banquito. A Miguel le dio un vuelco el estómago y el corazón se le desbocó en el pecho. Estaba asustado.

Vino un funcionario de bigotes erizados a reemplazar al oficial y lo miró inquisitivamente. A las mujeres sonreía con sus porcinos ojos, tocándoles las manos al recibir o dar los documentos. Era más calentón que mono de zoológico. Al rato el jefe de seguridad, un comisario barrigón, portaba la cédula de Miguel, seguido de cerca por el oficial. Con un gesto le indicaron que espere. Una señora, entrada en carne y años, se acercó a preguntarle qué pasaba. El dijo no saber nada y que no se explicaba la retención. Ella le aseguró que no pasaría nada, que a lo mejor era un mal entendido y se fue por el corredor, sin ser controlada, porque ya era como de la casa.

Fueron pasando los minutos y con ellos se hacían trizas las ganas de hacer algún dinero en el negocio de frontera. "Por qué a mí me tiene que pasar esto. Seguramente me sacarán todo lo que traigo y adiós mi indemnización. ¡Soy un verdadero fracaso!».

El oficial le dijo entono irónico: -Estamos verificando sino sos el que tiene problema con la justicia. Tenemos un Miguel Franco que tiene orden de captura.

-A lo mejor es homonimia-, dijo él.
-Y vamos a ver, pero mientras tanto espere nomás ahí-. Miguel quiso protestar, gritar que no era ningún ladrón, ni traficante, mientras se le iba el alma del cuerpo.

-Yo era un simple operario en la desmotadora. Nunca robé nada -decía en voz baja. -¿Y si esos empresarios inventaron algo y me denunciaron? Qué motivo... aunque debo reconocer que era sindicalista; pero nunca activé como para que me tengan muy en cuenta...

Volvió al banquito y entre fugaces lágrimas se vio llegando a su casa tras el sufrido viaje en colectivo. Imaginaba a su familia reunida para abrir los paquetes. Hasta la vecina y el viejito del fondo vinieron... "Aquí hay remedios para mamá, el juego de bols que siempre quisiste mi hija, las ropas para los chicos y ésas son las cosas para vender. Hay de todo un poco".

Sus cavilaciones fueron cortadas cuando volvió el oficial con un papel en la mano: "Lo vamos a llevar a la Central, para aclarar todo", le dijo. Esta vez el terror se apoderó de él. «¿A la Central?», repitió angustiado, mientras un torrente de lágrimas le llegaban saladas a la boca. Desvió su vista del mostrador hacia la playa. Ahí cargaban camionetas directamente desde las lanchas. Las bolsas de harina "triple cero— eran estibadas por soldaditos a un camión militar. El movimiento de vehículos era incesante. Se escuchaban gritos y bromas; ahí todo era fiesta, pues el dinero corría en abundancia y todo tenía su precio. Los mismos guardias se encargaban de abrir de par en par los portones y saludaban reverentes a los choferes.

Unos minutos después, para completar el circo, los de la represión salían en su persecución por las calles hasta el mercado cuatro.

"Todo depende de las recomendaciones de los capos. Y yo por un bolsoncito o porque un bandido tiene mi mismo nombre, tengo que ser demorado", pensaba Miguel con la cabeza gacha.

"En el bolsón más grande hay jabón de olor, ropa interior de mujer, tricotas, y pailas enlozadas que podemos vender muy bien. En ese paquete hay otras ropas, que ya son pedido de tu hermana", le decía Miguel a su esposa. Los chicos se disputaban el privilegio de abrir los bultos y ver el contenido. "Mirá estos vasos de plástico floreados, están súper baratos. Este paquete es el encargo de don Luciano».

- ¡Es por el bromato para Don Luciano pues carajo! ¡Es por eso que me están reteniendo! - Casi gritó volviendo a la realidad Miguel. -Me advirtieron que estaba prohibido traer eso, pero no hice caso. ¡Si es por eso nomás, ahora mismo les tiro en la cara y me voy!

Ahí estaban los pesados paquetes del producto químico que se usaba en la elaboración de pan. Sintió que alguien se sentó a su lado, volteó a ver y encontró que era un policía. Se paró del susto y el agente lo retuvo tomándolo del brazo. "Tranquilo nomás, no pasa nada".

La línea más cercana al monte de Venus, la de la vida, siempre le preocupó porque era muy corta.
 
 
De: REVISTA JAZMÍN, N° 5
 
(Asunción, 1995).
 

(Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L). Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH. Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999. 433 páginas).
 
 
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