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CARLOS R. CENTURIÓN


  EL PERIODO DICTATORIAL DE JOSÉ GASPAR RODRÍGUEZ DE FRANCIA - Por CARLOS R. CENTURIÓN


EL PERIODO DICTATORIAL DE JOSÉ GASPAR RODRÍGUEZ DE FRANCIA - Por  CARLOS R. CENTURIÓN
EL PERIODO DICTATORIAL DE JOSÉ GASPAR RODRÍGUEZ DE FRANCIA
 
HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS
 
 
 
 
 
 

Desde 1810 hasta 1840 aparecen muy contados tipos representativos en el escenario intelectual del Paraguay. Podríase citar, sin embargo, además de José Gaspar de Francia, a Fulgencio Yegros, Manuel Pedro de la Peña, Fernando de la Mora, Francisco Xavier Bogarín, Amancio González y Escobar, Marco Antonio Maiz, Mariano Antonio Molas y Martín López. Otras figuras de menores quilates completan el panorama de aquellas tres décadas primigenias de dolorosa gestación patricia, en cuyos veintiséis últimos años se ahogó todo comercio intelectual y ninguna inteligencia pudo florecer en las letras ni en las artes en tierras del Paraguay. Clausuradas las escuelas, prohibidas las reuniones, adormilada la conciencia ciudadana, sólo asomó a la vida, en el decurso de que nos ocupamos, como un raro fantasma, la enigmática figura del solitario de Ybyray. Han de contarse, pues, los días del primer período de verdadera libertad, genuinamente paraguaya, desde el 14 de mayo de 1811 hasta el instante en que José Gaspar de Francia asumió, omnímodamente, la dirección del nuevo Estado. Desde esa fecha, vale decir, desde el mes de octubre de 1814 hasta el 20 de septiembre de 1840, día de su fallecimiento, al imperio del dictador sólo emuló el reinado del mutismo en toda la república. Fulgencio Yegros, luego de ocupar un calabozo, fue torturado y fusilado; Mariano Antonio Molas sufría, en ese tiempo, una prisión injusta y cruel, en los ergástulos carcelarios del viejo cuartel; en la celda vecina, Manuel Pedro de la Peña aprendía de memoria, como entretenimiento, el diccionario de la lengua castellana; Carlos Antonio López, quien debía de sobresalir, años después, en la política, en la cátedra y en el periodismo, rumiaba sus anhelos patrióticos en una estancia de Itacurubí del Rosario, en el lejano y montuoso norte del país, o en su añeja vivienda de la Recoleta; el padre Amancio González y Escobar optó por acallar su elocuencia admirable, y hundióse en las verdes planicies del Chaco, en su afán de civilizador; Fernando de la Mora, perseguido por la saña voluntariosa del magro anacoreta, buscó refugio en el misterio del anónimo más impenetrable, pero no pudo escapar, y murió atormentado en una mazmorra de la Asunción; Juan Andrés Gelly, obligado por las circunstancias, lejos de sus lares, actuaba en la Argentina y en el Uruguay. Sólo después de la desaparición del cetrino personaje regresó al Paraguay, a cuyo servicio consagró los años postreros de su existencia, con inteligencia esclarecida e insospechable patriotismo.

Ocuparnos, pues, de José Gaspar de Francia en esta reseña histórica de las letras paraguayas parecería ser una paradoja. Y la es. Pero es necesario, es imprescindible ubicar esta singular personalidad en el panorama literario hispano-guaraní. Ya se verá por qué.
 
JOSÉ GASPAR DE FRANCIA, quien se asemeja, en la perspectiva del tiempo, a un recio árbol de encrucijada en el que – según el símil de Lugones – los leñadores prueban sus hachas al pasar, nació en la Asunción, al parecer, el 6 de enero de 1766. Según los Robertson, en 1758; según Wisner, en 1758, en la Recoleta. Era hijo del capitán de artillería García Rodríguez Francia, natural de Mariana, estado de Minas Geraes, y de la criolla paraguaya María Josefa de Velasco, descendiente de Fulgencio Yegros y Ledesma, antiguo gobernador de la provincia del Paraguay. Inició sus estudios en una escuela de su ciudad natal. Más tarde se trasladó al extranjero. Ingresó en el Colegio de Monserrat, de Córdoba del Tucumán, donde, en 1785, se graduó en teología y filosofía. Regresó a la Asunción, en 1786, vistiendo hábitos talares e intitulándose clérigo de órdenes menores, "pues en Córdoba los más de los alumnos se hacían sacerdotes, ministerio que él rechazó después". (108)

El año de su arribo al Paraguay se le confió la cátedra de latín en el Colegio Seminario de San Carlos. También dictó en la misma institución la de vísperas de teología, ganada en concurso de oposición.

En ese tiempo, en América comenzaba a trabarse la lucha religiosa. Las opiniones estaban enfrentadas y las pasiones exaltadas. El doctor Francia – quien, según Mariano A. Pelliza, era uno de los mejores representantes de las ideas nuevas en el Río de la Plata – se indispuso con el vicario provisorio del Real Colegio de San Carlos, por su ideología liberalista, y fue privado de su cátedra. El futuro dictador reclamó la injusticia con tenacidad ponderable, que obligó a dimitir a quien le sucediera en ella, quedando así vacante la cátedra de referencia. (109)

Al abandonar el colegio carolino se consagró al estudio del derecho. Poseía el francés y el inglés con bastante corrección. En 1809 fue electo por el Cabildo de la Asunción diputado para las cortes españolas. Anteriormente, en 1803, fue alcalde ordinario de primer voto de dicha ciudad, diputado interino del Real Consulado y síndico procurador general. (110)

Al referirse a su aparición en la revolución de la independencia, escribe Fulgencio R. Moreno: "Todo dispuesto así para asegurar el éxito material de la revolución, quedaba en pie un punto fundamental: la orientación del nuevo gobierno, la dirección de los negocios públicos, que requerían la intervención de un hombre civil, de capacidad notoria y de alto prestigio moral. Fue con este motivo que hizo su aparición en el escenario de la independencia el hombre que había de encadenarle más tarde a la fúnebre inmovilidad de su larga dictadura: el doctor José Gaspar de Francia." (111)

El 16 de mayo de 1811, al constituirse el Triunvirato, Francia formó parte de él, como es sabido, e integró después la Junta Superior Gubernativa, compuesta de cinco miembros. Su influencia fue decisiva en el Congreso general de 1813, el cual, al establecer el Consulado, designóle como uno de sus titulares. En 1814 otro Congreso de mil diputados le confirió la dictadura temporal, y, en 1816, una tercera asamblea nacional le otorgó el título de Dictador Perpetuo del Paraguay, con el cual perdura en la historia.

Una providencia, recaída en cierto expediente de queja, iniciado por una viuda desconsolada, con motivo de la rotunda negativa del cura párroco de la Encarnación a practicar oficios religiosos y a otorgar permiso para que los restos del difunto marido san inhumados en el cementerio católico de su parroquia, pinta, gráficamente, a José Gaspar de Francia. Héla aquí: "Para el cura de la Encarnación, para que manifieste adonde ha ido a parar el alma del difunto. Si no le fuere posible averiguarlo, procederá inmediatamente a enterrar el cadáver en sagrado. Francia."

El doctor Francia falleció en la Asunción el 20 de septiembre de 1840. Sus restos fueron depositados en la antigua iglesia de la Encarnación, a la derecha del altar mayor. Años después, manos anónimas violaron su tumba y aventaron sus cenizas.

José Gaspar de Francia no fue un literato en la acepción exacta del vocablo; fue un político de recia envergadura. Sus actividades en el manejo de los negocios públicos le obligaron a escribir. Colección de cartas hay suya digna de un minucioso estudio. El Archivo Nacional de la Asunción es, en ese sentido, un venero interesante.
Documentos éditos e inéditos acusan en el doctor Francia un hombre de notoria cultura. Mas, su estilo no ha obedecido a cánones de ninguna escuela.

Como muestra de su literatura, he aquí un fragmento de una de sus famosas cartas:

"Asunción y Agosto veinte y cinco de mil ochocientos veinte y quatro.

"El Mayordomo Receptor de derechos en Itapúa hará al Enviado la reconvención siguiente a saber, que él no ignora, que los Americanos tienen sobrados motivos para rezelar y desconfiar de la introducción y manejo de los franceses en el tiempo presente. Lo primero porque la Francia no sólo profesa y sigue ideas y máximas contrarias a los principios Republicanos, y al Systema de Gobiernos representativos, sino que además es empeñada con otras potencias en aniquilar y destruir estos mismos principios y esta clase de Gobierno, cuyo plan ha llevado a efecto con el auxilio de tropas del Rey de España para volver a someter a los españoles constitucionales de la Península.

"Lo segundo porque el Duque de Angulema, Pariente de los Reyes de Francia, y Generalísimo de éstas tropas auxiliares en su proclamación entrando a España, ofreció también el auxiliarla para volver a destruir y subyugar las nuevas Repúblicas o Estados independientes establecidos en las Américas..." (112)

Los párrafos transcriptos pueden servir para formar juicio sobre el valor puramente literario del estilo de José Gaspar de Francia. No constituye su prosa, como se comprueba, una expresión de belleza, ni siquiera de claridad, de concisión ni de pureza. Por otra parte, haciendo abstracción de ese aspecto, mirado como hombre de estado, antes que aparecer como un hito de cultura, el doctor Francia es justamente tenido como un motivo obstaculizante de la evolución intelectual del Paraguay en la primera mitad del siglo XIX. En efecto; no puede ser calificado de otra manera quien, desde 1816 hasta 1840, se abocaba, arbitraria y exclusivamente, el derecho de manifestar con libertad sus deseos y de exponer su pensamiento. Si otros lo hicieron en aquel tiempo, tal como se constata en la correspondencia de sus delegados, era en cumplimiento estricto de sus órdenes y de acuerdo con sus indicaciones. Más todavía; sabido es que el doctor Francia "nada hizo por crear el equipo que, en definitiva, engrandece o arruina a una nación, pues los mediocres sirven para todo menos para gobernar". No amparó la inteligencia, escribe, refiriéndose a "El Supremo", el historiador Justo Pastor Benítez; y Julio César Chaves, glosando este juicio, apunta, que más ajustadamente sería decir que la persiguió sin tregua. "Clausuró los centros de cultura superior como el Seminario de San Carlos – agrega – y no permitió que los paraguayos de valer se educasen en el gobierno. Fue tan larga su dictadura que los emigrados paraguayos fueron totalmente absorbidos por las comunidades del Plata."

En lo referente a la instrucción primaria durante las casi tres décadas de que nos ocupamos, es interesante escuchar a Manuel Domínguez quien, con su elocuencia característica, nos dice "que la Junta Gubernativa representada por Caballero, Yegros y Fernando de la Mora, dio en 1812, en el curso de pocos meses, un impulso tan poderoso y tan inusitado a la instrucción pública que, si su ejemplo hubiera sido seguido por los gobiernos sucesores, con igual vigor, a la hora presente el Paraguay no cedería en instrucción a ningún otro pueblo. Sus trabajos en beneficio de la enseñanza pueden resumirse así: Crea la Sociedad Patriótica Literaria, presidida por ella, la que tomó a su cargo la confección de un reglamento de educación común; hace abrir una Academia Militar en el Cuartel; promete una Facultad de Matemáticas y busca al profesor que la regentee; reabre la cátedra de latinidad en el Colegio de San Carlos, al que devuelve sus bienes, y que organiza convenientemente; establece el sistema de premios para estimular a los niños, sistema que introducido por los jesuitas en los colegios europeos, contribuyó tanto al éxito de la enseñanza; manda que el Cabildo examine al maestro de escuela de la capital y los demás de la campaña, entre tanto encuentre uno más competente que le sustituya al primero; encarga al Cabildo arbitre los medios de hacer estudiar a los jóvenes huérfanos y a los muy pobres; dispone que a los que sobresalgan por su inteligencia en las escuelas se les enseñe la historia sagrada, la geografía, la historia de América y la paleografía; pide a Buenos Aires La educación de los niños por Locke y el Emilio de Rousseau para repartirlos a los maestros y padres de familias; hace que el Cabildo nombre inspectores que cada mes visiten las escuelas y examinen a los niños; regulariza las pruebas anuales; demuestra la necesidad de la educación; establece el sistema de la enseñanza mutua, que tanto renombre dio al escocés Bell y al inglés Lancaster y que Buenos Aires conoció solo más tarde, bajo la administración de Rivadavia; declara la guerra al guaraní y da (¡la misma Junta Gubernativa!) reglas de pronunciación, notables por lo sencillas y claras y que bastaban por sí solas para producir una revolución en el silabario antiguo; deplora que un sinnúmero de talentos privilegiados se hayan perdido por la falta de cultivo; declara que "el lustre de una República, su carácter y su gloria se derivan de las escuelas" y augura que el Paraguay pronto será el "areópago de las ciencias".

"La mayor parte de estas determinaciones las fijó en una Instrucción para los Maestros de Escuelas, con láminas y modelos, en que declaraba así mismo la educación obligatoria e insinuaba el principio de la pedagogía moderna, que la letra antes entra con bondad y con cariño, que con sangre.

"A poco que se reflexione – continúa diciendo Manuel Domínguez –, se concluye que si aquel gobierno que desarrollaba tan bello programa, en la aurora de nuestra emancipación política, hubiera durado, el Paraguay de un salto se hubiera colocado por encima de sus hermanos. Y el pueblo heroico cuyas armas llegaron al Atlántico y a los confines de la Patagonia, que fundó Santa Cruz de la Sierra, Corrientes y Buenos Aires, que amamantó al más grande de los gobernadores coloniales, Hernando Arias de Saavedra, y fundó por iniciativa de uno de sus hijos más ilustres, Hernando de Trejo y Sanabria, el colegio de más fama de este lado de los Andes, y fue el primero en desafiar el poder absoluto de los reyes y quiso llevar a término, antes que en Europa, uno de los más notables acontecimientos del siglo XVIII, la expulsión de los jesuitas, y fue la sibila que rebeló a la América los secretos del porvenir con su Revolución de los Comuneros, hubiera llegado a ser también uno de los centros de donde irradiara la luz de las ciencias y de las artes.

"Hubiéramos tenido hombres de gobierno que dirigieran con talento y patriotismo la República, jurisconsultos que dictaran nuestros Códigos, hombres de ciencias que enseñaran a explotar las riquezas de nuestro suelo, literatos que levantaran monumentos a los acontecimientos memorables de nuestra historia, poetas que cantaran el melancólico destino de la raza guaraní, el brío de nuestro pueblo y el esplendor de nuestro cielo.
"A la hora presente este país hubiera sido grande por el único poder que legitima la gloria: el poder de la inteligencia.

"Pero vino al mando quien trató a nuestro país como a bando enemigo, como a partido cuyos intereses eran contrarios a los suyos, y el bello programa de educación quedó sepultado, olvidado, desconocido, en nuestro archivo.

"Rivadavia en su país crea un departamento central de escuela, trae profesores extranjeros que enseñan en la Universidad de Buenos Aires, envía a Europa jóvenes para que se instruyan, favorece la publicación de periódicos, anima las sociedades literarias y a las que han de favorecer el desarrollo físico y moral de los niños de ambos sexos, enriquece la biblioteca pública fundada por Moreno.

"En el Paraguay Francia hace desaparecer el Colegio Carolino y dispone de sus rentas, clausura las escuelas mejor montadas al cerrar los conventos, suprime el Correo, el Tribunal de Comercio y el Cabildo, alto cuerpo al que estaban vinculados gloriosos recuerdos y que había sido como el ángel tutelar que velaba por los derechos del común; restablece el sistema de las Misiones jesuíticas, el aislamiento, y después de haber hecho despedazar en el tormento, envía al patíbulo a uno de los que soñaron hacer grandes a su patria y quisieron verla convertida en el areópago de las ciencias.

"De las numerosas escuelas de varones que hubo en la capital, solo quedaron dos que merecen nombrarse: la nacional, regenteada por José Gabriel Téllez, nombrado maestro por Lázaro de Rivera, en 1802, y confirmado en su nombramiento por la Junta Gubernativa de 1812, y la particular, dirigida por el argentino Juan Pedro Escalada.

"Bajo la Dictadura el Tesorero no gastó ni un centavo en pro de la instrucción general, fuera del sueldo de Téllez. Los pobres maestros de la campaña, muy al contrario de lo que pasaba en otro tiempo, como hemos visto, vivieron como pudieron. EL 30 de agosto de 1834 el Dictador fijó el sueldo de seis pesos mensuales a ciento cuarenta maestros que quedaron de los tantos que había nombrado el gobierno colonial. (En 1790 el maestro ganaba, como se recordará, doscientos pesos con casa y comida). Pero según el incontrovertible testimonio de los que sobrevivieron a aquella época, ni la miseria de los seis pesos se pagó a ningún maestro. Este ganaba un real por alumno, de los padres de familia.

"Decididamente, el Dictador, en materia de instrucción pública, como en lo demás, hizo peor que no hacer nada. Su inmenso poder, con el que hubiera podido fundar colegios de segunda enseñanza, escuelas normales, universidad, cuanto quería, no empleó en beneficio del prójimo, bajo ningún concepto, y el amigo de la humanidad tiene que lamentar, con amargura, el bien que dejó de hacer y los males que causó.

"Desde 1821 – prosigue Domínguez –, el país fue de mal en peor. Con la clausura de los puertos no entró en el Paraguay ni un sólo periódico, ni un sólo libro fuera de lo que recibía el Dictador para su uso, y los que existieron con anterioridad se emplearon en la fabricación de naipes. La capital, que a la llegada de Rengger y Longchamp tenía quince mil habitantes, en 1825 quedó reducido a diez mil. Hasta la guitarra enmudeció, decía Rengger.

"El doctor Francia fue el único, entre los que gobernaron la República, que no estableció ninguna escuela. Precisamente al que ejerció el poder por mayor número de años y por modo más absoluto que otro alguno, el Paraguay no le debe la educación de un sólo niño." (113)

A este juicio lapidario de Manuel Domínguez, escrito hace muchos años, en un ambiente terriblemente hostil para la memoria del dictador Francia, vamos a agregar el que sigue, formulado, en 1942, por Julio César Chaves: "La educación popular era atendida. Dio al pueblo instrucción primaria multiplicando escuelas en todos los puntos de la Provincia, dijo Roger. La instrucción era obligatoria y gratuita según Grandsire: Itapúa tiene dos mil habitantes; los nativos puede dirigirse al Dictador para educar a sus niños a expensas del Estado. La educación es por de pronto militar; el tambor reemplaza a la campana para llamar a los alumnos a la escuelas; casi todos los habitantes saben leer y escribir, y los Alcaldes elegidos todos los años por la población fijan el tiempo durante el cual los jóvenes deben frecuentar la escuela." (114)

"No solo le preocupaba la enseñanza en la capital, sino también, y muy especialmente, en la campaña. En su correspondencia con el comandante de Concepción han quedado datos de sumo interés a este respecto. Los maestros de escuelas – en el departamento de Concepción había ocho – recibían además de su sueldo una res por mes: Después dispondré que se les ministre algún otro auxilio, a fin de que puedan dedicarse con más esmero a la enseñanza de las primeras letras, de que son encargados. (115)

"Recibían también ropas. En uno de los repartos que se hacían habitualmente, ordena que a cada maestro se le entregue: dos camisas, la una de listado y la otra de lienzo inglés; más dos pantalones, uno de brin y otro de lienzo asargado, dos chalecos, uno de nanquín, otro de bayeta; dos chaquetas, una de paño y otra de listado; un poncho, un sombrero y un pañuelo. De la nota que transcribimos a continuación, consta que había en la República ciento cuarenta maestros, que ganaban mensualmente seis pesos fuertes y enseñaban a cinco mil niños: Siendo el presente más crecidos los gastos de la Hacienda pública por el considerable aumento de mil quinientos hombres de la Tropa y que además del acordado éste Gobierno asignar al menos el limitado sueldo de seis pesos fuertes mensuales a ciento cuarenta maestros de Escuela de la Campaña que tienen la enseñanza sovre cinco mil jóvenes a fin de que con esta ayuda de costa pueda dedicarse con más esmero a su ministerio sin las distracciones por el cuidado de su propia subsistencia, cuya asignación que debe correrles desde principio de este año, asciende anualmente a más de diez mil pesos fuertes en consideración a todo se reduce el sueldo del Maestro de Escuela de esta Ciudad a veinte pesos fuertes mensuales, y a este respecto se le abonará también el segundo tercio de este año. (116)

"Otra vez pide al comandante que le mande la lista de los muchachos de las escuelas con expresión de los que ya andan escribiendo. (117)

"El Estado controlaba el grado de adelanto de los alumnos. El ciudadano Fernando Antonio Meza – alcalde primero y juez ordinario de la capital – en cumplimiento de una orden verbal del Dictador –, se apersona a la casa de escuela pública de primeras letras y por intermedio de dos sujetos inteligentes llamados al efecto examina a los niños escueleros del maestro ciudadano José Gabriel Télles y comprueba el competente adelantamiento de un año a esta parte. (118)

Existía una biblioteca pública en La ciudad de Asunción; algunas obras que formaban parte de la biblioteca de Cavañas fueron enviadas allí: Remitirá acá la obra titulada Falsa Filosofía, con las a las cartas de Constantini para su agregación a la Biblioteca establecida en beneficio público. (119)

Más adelante agrega Julio César Chaves: "Llamó la atención de Sarmiento la falta de adalides en el Paraguay: Otro rasgo distintivo del Paraguay me sorprende, y es no haber en él un solo nombre propio que descuelle sobre el nivel que pesa sobre toda la población. Al principio de la tiranía de Francia había unos Yegros entre otros paraguayos notables. Hoy no nos llegan otras reputaciones que las del Presidente y sus hijos. Ellos son, a lo que parece, los únicos sabios, los únicos prudentes, los únicos ricos, los únicos fuertes. (120)
"Hay en este orden una prueba concluyente; en 1864, en momentos bien dramáticos, el Mariscal López se excusó de designar un ministro plenipotenciario ante el gobierno de Mitre, arguyendo que no podía alejar de su lado a los pocos hombres capaces de desempeñar la misión.

"Como si fuese realmente inmortal, cimentó su sistema sobre su persona, sin pensar que toda política, toda obra necesita de continuadores. Los paraguayos más inteligentes tuvieron que emigrar y fueron absorbidos por las comunidades del Plata. Roger anotó que nadie seguiría la obra: El Dr. Francia como lo he dicho, es de edad avanzada. La muerte puede de un momento a otro hacer caer la muralla que ha levantado, pues, no hay persona bastante fuerte para sostenerla después de él. Francia habituando a sus conciudadanos a la obediencia no ha educado a nadie para el poder. Hay en esto, creo yo, un profundo pensamiento de egoísmo. "Después de mí vendrá el que pueda", se le atribuye.

"Aprés nous le déluge, fue su divisa egoista." (121)

Luego de conocidos los juicios transcriptos, expresados en tiempos y circunstancias distintos y con gran acopio de datos históricos, puede comprenderse, fácilmente, la razón por la cual José Gaspar de Francia tiene ubicación propia y singular en la historia de las letras paraguayas.

 
El brigadier general FULGENCIO YEGROS, el caudillo militar de más alta graduación y de mayor gravitación en los sucesos del 14 y 15 de mayo de 1811, no era un lego en aliños literarios. La versión difamante de sus pocas luces intelectuales debida, originariamente, al encono tenaz de su rival político, el doctor José Gaspar de Francia, se desvanece ante la corrección de su prosa y ante la realidad de sus versos. Para juzgar la cultura de Yegros no habremos de cometer el error de utilizar tipos de comparación hallados fuera de su medio y de su época. Siguiendo la sabia directiva de lord Macaulay y de Fustel de Coulanges, el celebrado autor de La Ciudad Antigua, regresamos con la imaginación a los lejanos días del Paraguay de la independencia. Poniéndonos, como quería Manuel Domínguez, en el alma del prócer y dentro del espíritu de su tiempo, hallamos en el ilustre patricio versación literaria considerable. Cartas hay suyas, guardadas en el archivo de Fulgencio R. Moreno, en que se ve campear un estilo sobrio, natural, espontáneo. Y existen versos, como los escritos en la prisión, días antes de ser ejecutado, y que se reproducen más adelante, probadores de las aficiones literarias del hacedor de nuestra emancipación política.

Ha de tenerse en cuenta, además, para juzgar a Fulgencio Yegros, su tradición familiar, los estudios por él cursados y su influencia preponderante en los acontecimientos anteriores e inmediatamente posteriores a los sucesos del 14 y 15 de mayo de 1811.
Nacido en Quyquyó, en el año 1780, pertenecía Yegros a una noble y acaudalada familia que había dado hombres de valer a la provincia del Paraguay. La mayoría de los mismos abrazó la carrera de las armas. El apellido Yegros hállase ya, en los albores del siglo XVII, inscripto en la historia colonial. En la centuria siguiente, destácase con personalidad propia y brillante, el maestre de campo, justicia mayor y capitán a guerra, Fulgencio Yegros y Ledesma, quien en 1767 ejerció el gobierno del Paraguay. Hijo de éste fue el teniente coronel José Antonio Yegros, "uno de los paraguayos más distinguidos de su tiempo y que por la naturaleza de sus cargos militares y civiles ejerció una gran influencia en la campaña del sur". "Don José Antonio Yegros, sujeto de la primera nobleza de esta provincia, según reza un testimonio del Cabildo – escribe su descendiente, Fulgencio R. Moreno –, comenzó a figurar en el ataque contra el fuerte de Igatimí, tomado a los portugueses, y en donde, según una información de sus méritos, fue Yegros el oficial que más se expuso, debiéndose a su celo, en mucha parte, la gloria de que disfrutaron en esa expedición las armas de nuestro legitimo soberano.
"En 1779 aparece con el grado de sargento mayor. El mismo año el gobernador Melo le comisionó a Buenos Aires, para una importante misión relacionada con el gobierno, y el Cabildo de la Asunción le dio su representación para seguir en la capital del Virreinato el litigio de límites con la provincia de Corrientes.

"Cuando en 1781 el Virrey ordenó el envío de mil soldados paraguayos al Río de la Plata, el comandante Yegros fue designado jefe de dicha fuerza, que partió a mediados del mes de junio. Don José Antonio Yegros desempeñó muchas otras comisiones y empleos de carácter civil y militar, gozando del más alto concepto por su pericia, capacidad y honradez. Las inclemencias del Chaco no le fueron desconocidas, habiendo sido, en ocasiones, compañero del célebre catequista, el padre Amancio González y Escobar.

"Fue comandante de las tropas encargadas de fundar Curupayty y Humaitá, interviniendo en la ubicación estratégica de estos fuertes. En 1780 era comandante general de las Milicias y Nuevas poblaciones del sur. El gobernador Alós le nombró posteriormente primer comandante de Milicias con el grado de teniente coronel y sub delegado intendente de las Misiones." (122)

Fue, pues, Fulgencio Yegros, según se ve por lo transcripto, heredero de una familia de abolengo y, además, de cuantiosa fortuna. Educóse en la Asunción. Cursó estudios en la escuela del Convento de San Francisco. En esta misma modesta institución de primeras letras el futuro dictador Francia aprendió los rudimentos del saber. Dictábanse en sus aulas lecciones de lectura y escritura. También se enseñaba gramática castellana, ortografía y doctrina cristiana. Los textos eran catones, cartillas y catecismos; la enseñanza "consistía puramente en el aprendizaje memorístico y colectivo, y el principio pedagógico dominante era la letra con sangre entra."

Es de suponer que los estudios de Fulgencio Yegros no se circunscribieron a estas lecciones. Es posible que, como se cree que lo hizo Francia, haya ingresado posteriormente en algún establecimiento de ilustración superior. "Los franciscanos tenían, a más de su escuela de primeras letras, cátedras de latinidad, y los dominicos de latinidad, filosofía y teología. En 1779 los últimos obtuvieron del Rey facultad de otorgar títulos de licenciado y doctor." Unos de estos institutos pudo haberle contado como alumno. Nada, sin embargo, se tiene averiguado; pero lo cierto es que Fulgencio Yegros, cuando se le dio de alta en las filas del ejército, siguiendo el imperativo de su propia vocación y el de la tradición de sus mayores, no era un hombre de bola y lazo, como acertó a apuntar su voluntarioso rival político.

De sus andanzas militares, huellas quedaron en la defensa de Buenos Aires y Montevideo contra los ingleses, y en los combates de Paraguarí y Tacuarí, contra las huestes de Manuel Belgrano. Su nombre ocupó el primer plano, a pesar de hallarse ausente, en los sucesos ocurridos en la Asunción en mayo de 1811. Llamado con urgencia, apareció como el jefe natural de la revolución.

Al constituirse el nuevo gobierno, el primero de carácter netamente paraguayo, el 23 de junio de 1811, el que ha quedado en la historia con el nombre de Junta Superior Gubernativa, Fulgencio Yegros ocupó la presidencia de la misma. Y su primera preocupación de gobernante fue la escuela. Es a éste prócer a quien corresponde compartir con Pedro Juan Cavallero y Fernando de la Mora, el insigne honor de la reforma y el fomento de la instrucción primaria, la iniciación de la primera biblioteca pública, la reapertura de los cursos de enseñanza superior, la creación de la primera sociedad literaria y la inauguración de la primera academia militar en el Paraguay independiente. Emulo del doctor Francia, – escribe Justo Pastor Benítez –, no pudo vencerlo porque carecía de ductilidad, de las mañas y recursos del político. (123) Fue un soldado leal, un patriota sin mácula, un gentilhombre que amaba la libertad. Su espíritu rebelóse contra el régimen despótico del doctor Francia y conspiró contra la dictadura, en 1819, juntamente con Pedro Juan Cavallero, Vicente Ignacio y Manuel Iturbe, José Montiel y otros. Fue ejecutado al pie del histórico naranjo de la ribera, el 17 de julio de 1821. "Cayó con la majestad de una fuerza que había cumplido su destino."

He aquí los versos que Yegros escribió en la prisión:
 
En plantar una esperanza
Me perdí todos los años
Y floreció un imposible
Con frutos del desengaño.
 
Con gran cuidado busqué
Un dorado pavimento
Para poner allí dentro
La planta que cultivé.
Para regarla encontré
Arroyos de confianza
Y no se encontró mudanza
En mi intento verdadero
Pues puse todo mi esmero
En plantar una esperanza.
 
Con cuidado la mantuve
Planta tan particular,
Que de lágrima un mar
En su cimiento lo tuve,
Al pie del árbol estuve
Contemplando su tamaño
Con un gozo muy extraño
De alcanzar su fruto y flor
Y por cuidarla mejor
Me perdí todos los años.
 
Con suspiros solamente
Refresqué sus hojas verdes
Como mi esperanza quiere
Le decía continuamente
Con vigilancia patente.
Con ingenio imprescindible
La mantuve aplausible
Que pudo dar un botón
Que cautivó el corazón
Y floreció un imposible.
 
Viendo contraria mi suerte
Me quedé tan sorprendido
Que maldixe haber vivido,
Y luego busqué la muerte;
Si en este trance tan fuerte
Causó un dolor tan extraño
Que el corazón con desmayo
Me dixo haber florecido
Aquel árbol tan querido
Con frutos del desengaño. (124)

 
MANUEL PEDRO DE LA PEÑA, quien se llamaba a sí mismo "El ciudadano paraguayo", nació en la Asunción en 1811. Inició sus estudios bajo la dirección del maestro Juan Pedro Escalada y los prosiguió en el Convento de las Mercedes de su ciudad natal. Durante la dictadura de José Gaspar de Francia, en 1827, fue encarcelado. En el tiempo de su cautiverio, que se prolongó hasta el 14 de mayo de 1841, aprendió de memoria, como entretenimiento, el diccionario de la Academia Española. También en aquélla época se especializó en el estudio del derecho. El 23 de enero de 1841, desde su prisión, dio a conocer un Himno a la Libertad dedicado al gobierno surgido a consecuencia de la sublevación de los sargentos Duré y Campos. En ocasión de reunirse en la Asunción el congreso extraordinario del 25 de noviembre de 1842, Manuel Pedro de la Peña inició su vida pública en el gobierno, ejerciendo la representación popular. En 1843, el Segundo Consulado le designó como enviado especial ante la Confederación Argentina. En dicha misión le acompañó Francisco Solano López, a pedido de su ilustre padre, y con propósitos de cultura. Peña regresó a la Asunción en 1844. El gobierno de Carlos Antonio López le confió entonces el desempeño de importantísimas funciones públicas, tales como el de interventor de la Tesorería General, administrador de Hacienda Pública, fiscal del crimen, fiscal general del Estado, miembro del Consejo de Estado, diputado sufragante de la Nación en todos los congresos. En el año 1855 el mismo gobierno de Carlos Antonio López confinó a Manuel Pedro de la Peña en su lejana estancia, "con motivo del amago de hostilidad de la escuadra brasileña".

En febrero de 1857 "El ciudadano paraguayo" emigró del país y se radicó en Buenos Aires. Este hecho motivó su procesamiento y la confiscación de sus bienes así como el destierro de sus hijos. Durante este período de su vida, Peña se dedicó a la docencia y al estudio de la filosofía, la historia y la literatura clásica. Tampoco olvidó, durante su largo exilio, sus apasionados afanes de opositores del gobierno de los López, a los que combatió sin tregua, con tesón y virulencia, desde las columnas de La Tribuna, El Pueblo, La República y La Nación Argentina. De aquella época datan las "cartas del ciudadano paraguayo Manuel Pedro de la Peña, dirigida a su querido sobrino Francisco Solano López, excelentísimo señor Presidente de la República del Paraguay". Ha dejado también, dispersos en diarios y revistas, numerosas composiciones en verso y prosa. Manuel Pedro de la Peña falleció en Buenos Aires, en 1867. (125)

 
La vida y la muerte de FERNANDO DE LA MORA hállanse aún rodeadas del más profundo misterio. Créese que nació en la Asunción, más o menos, en el año 1785, y que cursó estudios en el Colegio de San Carlos de Buenos Aires. Justo Pastor Benítez, en su libro La vida solitaria del doctor José Gaspar de Francia, Dictador del Paraguay, dice, sin embargo, que de la Mora fue alumno de la Universidad de Córdoba. Sábese, asimismo, que Fernando de la Mora integró las huestes defensoras de Buenos Aires cuando las invasiones inglesas, de 1807 y 1809. Mas tarde, ya en los días cercanos de la independencia nacional, su nombre aparece entre los cabildantes de la Asunción. No era, pues, un desconocido ni un improvisado cuando comenzaron los trabajos secretos que debían de conducir al Paraguay a las horas aurorales de su emancipación de España.

Esta observación queda comprobada con su presencia en el quinteto histórico que constituyó la Junta Superior Gubernativa, en 1811.
Díjose de Fernando de la Mora que "fue la pluma, el cerebro del nuevo gobierno". Alguna vez se lo ha comparado, desde el punto de vista de la influencia ejercida en la dirección de la patria naciente, a Mariano Moreno, inteligencia señera de los próceres argentinos de 1810, y llamósele, con propiedad, númen de la revolución de mayo de 1811.

La redacción de las notas oficiales, cartas e instrucciones de la primera Junta, débense, al parecer, a Fernando de la Mora, quien fue su vocal secretario. A juzgar por ellas, puede afirmarse que redactaba bien y que su prosa era rica en conceptos que no se asimilan sino en el estudio y la meditación.

José Gaspar de Francia, que fue un espíritu absorbente y que debía conocer a Fernando de la Mora para temerlo como posible rival político en su solapado trabajo de hegemonía en el gobierno, supo ser lo suficientemente avisado y hábil para descargar sobre el citado prócer el primer rayo fulmíneo de su riquísimo arsenal. Valido de su autoridad y aprovechando una oportunidad bien elegida, hizo expulsar a de la Mora, en la sesión del 18 de septiembre de 1813, de la Junta Superior Gubernativa. La razón de esa medida, observada a más de un siglo de distancia, hállase, no en lo que entonces se dio por causas – que ninguna de ellas ha sido comprobada – sino en el propósito de limpiar de obstáculos el camino que se había trazado de antemano el taciturno de Ybyray para llegar a la soledad autoritaria de su larga dictadura. Los hechos posteriores y los procedimientos hábilmente empleados por José Gaspar de Francia, ratifican este parecer.

En el año 1812, el 12 de noviembre, la población de Concepción fue elevada a la categoría de Villa. Es interesante conocer el despacho. Helo aquí:
"Por tanto, usando de la plenitud de potestad que reside en este Gobno. Superior, conferimos y concedemos el título de Villa a la población de Concepción, la cual en lo sucesivo deberá denominarse Villa Real de Concepción que será el Dictado que ha de usar en todos los Instrumentos, Registros, y demás documentos con el lustre y distintivos de Escudo de Armas que igualmente le concedemos para que la coloque en las casas Consistoriales y use de ellas con arreglo a lo prevenido en los autos y usos insertos gozando por la prerrogativa de la Villa de todas las honras y preeminencias que conceden las Leyes a las de ésta clase, y la de tener goce y voto en los Congresos que celebrase la Patria según el orden y grado de su antigüedad debiendo componerse su Cavdo. de dos Alcaldes electivos anualmente, cuatro Regidores vitalicios por ahora, un Síndico procurador, dos Alcaldes provinciales de la Santa Hermandad y un Escribano Público cuya primera creación hemos hecho con ésta fha., confiriendo las alcaldías y demás empleos en la forma expresada, ordenando los estatutos municipales en ciento ochenta y dos artículos para el mejor régimen de aquella Villa, los cuales se remitirán al señor vocal don Fernando de la Mora que se halla en aquella Villa con todo el Plenum de autoridad, dictado con acuerdo suyo para que desde luego exixa, y abra el Cavildo poniendo en posesión y dando reconocer a los Magistrados y Mros. públicos según lo dispuesto en las mencionadas ordenanzas, tomando las demás Providencias para que se forme el libro capitular y demás, que se recoja el expediente testimoniado que existe en poder de los vecinos, los papeles que existen en poder de la comandancia militar, a quien debe dejarse únicamente los relativos al Ramo de Guerra y Real Hacienda como Sub delegado en dha. causa y los de la diputación consular todo ellos, por Yndices, cuyo empleo queda suprimido; mandando desde luego que se haga el padrón prevenido en el auto del treinta de Abril de este año y todas las demás que se sancionan en las ordenanzas, con advertencia que lo que no estuviere prevenido por ellas lo disponga y añada el mencionado señor vocal D. Fernando de la Mora el cual deberá presidir en la sala y demás actos públicos, durante su permanencia en la Villa y ésta hacerle los honores que le corresponden todo lo cual lo pondrá y hará constar por diligencia que autorizará su secretario y fiel de fhos., acompañándosele los despachos que se han expedido, en Ejemplar del Real Arancel, y doscientos sellos de papel de Oficio para los indicados objetos debiendo tomarse razón de este despacho en los libros capitulares del Ayuntamiento de esta Capital y Tesorería de Real Hacienda. Para todo lo cual le mandamos espedir el presente despacho, firmado de ntra. mano, sellado con el sello Real y refrendado por el infrascripto Escribano en la ciudad de la Asunción, Capital de la Provincia del Paraguay a doce de Noviembre de mil ochocientos doce. Fulgencio Yegros – Pedro Juan Cavallero – Mariano Larios Galván – Secretario – Por mandato de la Superior Junta Gubernativa – Jacinto Ruiz – Escribano Público y de Govierno. Es copia fiel del despacho original que con fha. de hoy le pasé al Sor. Mro. de Real Hacienda para la toma de razón, y en caso necesario a ella me refiero. Y de mandato de la superioridad la pongo en este libro en la Asun. a 14 de Noviembre de 1812, de que doy fé. Luis Gómez Escno. pco. y de Cavdo." (126)

Vése, pues, que en el año 1812, Fernando de la Mora, sin perjuicio de sus funciones de vocal secretario de la Junta Superior Gubernativa, fue nombrado presidente del primer cabildo de la Villa Real de la Concepción.

Posterior a este suceso, como es lógico, fue su destitución de la citada Junta, cuyo dato es el último cierto que se tiene del prócer. Su vida quedó después arrebujada en las sombras de la dictadura. Y también su muerte. No obstante, Guillermo Cabanellas afirma que fue desterrado. Pero Manuel Gondra, quien poseía una valiosa colección de documentos inéditos referentes a de la Mora, ha afirmado alguna vez que murió en la cárcel de la Asunción, más o menos en 1830. Sábese a este respecto que, en cierta ocasión, el doctor Francia y Fernando de la Mora se trabaron en disputa y que, en el calor de la discusión, éste expresó a aquél que "si estuviera en sus manos lo haría fusilar", a lo que respondió el futuro dictador: y yo lo haría secar en una prisión. Esta amenaza fue cumplida fría, cruel y estrictamente. Fernando de la Mora vivió y murió, según aquellas noticias, en las mazmorras francistas, sin que durante todo el tiempo de su reclusión se le permitiera ninguna comunicación con su familia. Débese también a Manuel Gondra la noticia de que en los cuadernos de apuntes de Fernando de la Mora, que Gondra poseía, se revelaba aquél como buen conocedor del derecho constitucional norteamericano. (127) Existe en el Archivo Nacional de la Asunción una colección de cartas cambiadas entre Fernando de la Mora y José Gervasio Artigas.
 
 
El presbítero AMANCIO GONZÁLEZ y ESCOBAR nació en Emboscada, en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue cura perpetuo de aquel pueblo situado sobre la margen izquierda del Río Paraguay, a treinta y cinco kilómetros de la Asunción, "a cuya plaza servía de antemural contra la irrupción de los salvajes del Chaco".

El padre Amancio González y Escobar fue apóstol de esta región inmensa y entonces desértica. Fundó en ella la primera población a la que denominó Melodía, "alusión al nombre del gobernador don Pedro Melo de Portugal, a quien quería tener propicio para consumar la reducción de sus neófitos; pero, desgraciadamente, le faltó este apoyo, y sus nobles y heroicos esfuerzos fracasaron".

En 1805, año siguiente de la llegada al Paraguay del obispo doctor Nicolás Videla del Pino, quien en 1815 fue expulsado del país por el dictador Francia, el padre González y Escobar elevóle una memoria de sus trabajos apostólicos, expresándole que "la mies es abundante y pocos los operarios". Le rogaba también el concurso de otros sacerdotes que pudiesen colaborar con él en aquellos trabajos de catequización, "ofreciendo la ventaja de diccionario y reglas gramaticales para hablar sus lenguas o dialectos que él había podido aprender y coordinar, siquiera no fuese más que rudimentariamente".
La dictadura de Francia sorprendió al padre Amancio González y Escobar, ya en su vejez, pero aún en el ejercicio de su tarea civilizadora. Había acallado, obligado por la circunstancia, su elocuencia admirable; había hundido su vida y su destino en las llanuras ignotas del Chaco, buscando refugio en el misterio atrayente, que dijo Humbolt, de las planicies infinitas.

Nada hemos podido conocer de su fin. Supónese que murió en Emboscada, en la primera mitad del siglo XIX. (128)

Parte de la documentación que pudiera arrojar alguna luz sobre la vida y la obra total del padre Amancio González y Escobar se halla en el Archivo Nacional en espera del investigador. La mayoría de aquellos documentos, sin embargo, se ha perdido durante la guerra de 1864-1870. No obstante, sábese que fue un sabio sacerdote, un místico profundo, miembro de una familia acaudalada, de estirpe patricia, cuya fortuna invirtió, totalmente, en la evangelización del Chaco, y el orador más elocuente de su tiempo. (129)

 
MARCO ANTONIO MAIZ dedicóse a la cátedra sagrada. En tal carácter merece una recordación. Nacido en Arroyos y Esteros, lugar llamado antiguamente Capilla Duarte, fue director de la "Academia Literaria". Instituido obispo titular de Retimo in partibus infidelium, y auxiliar del Paraguay, su consagración tuvo lugar en Cuyabá, juntamente con la del obispo Basilio Antonio López, el 31 de agosto de 1845.

Marco Antonio Maiz fue otra de las víctimas del dictador Francia. Permaneció en los calabozos del viejo cuartel durante catorce años y seis meses, "por haberse opuesto a la investidura del poder dictatorial vitalicio en el Congreso de 1816, al que asistió como Diputado por su pueblo natal". (130)

Hallándose en gira episcopal, por la región de Misiones y el sur del país, falleció en la Villa del Pilar, en 1848.

 
MARIANO ANTONIO MOLAS era natural de la Asunción. Créese que nació en el año 1787. Cursó estudios en el Colegio de San Carlos, en Buenos Aires. Practicó derecho en el renombrado estudio del doctor Juan José Castelli.

Molas profesaba ideas liberales. Era, en aquel tiempo, lo que ha dado en llamarse un izquierdista. Influyeron en su espíritu las doctrinas imperantes al finalizar el siglo XVIII, las teorías filosóficas de Rousseau y los enciclopedistas. Las invasiones inglesas al Río de la Plata abrieron nuevos horizontes a su avizorante mirada. Luego del fracaso de éstas, regresó al Paraguay. En la Asunción contrajo enlace con una dama de la familia de los Montiel, cuyos varoniles representantes destinados estaban a dar lustre a las armas paraguayas en Paraguarí y Tacuarí y a inscribir sus nombres en los fastos de la independencia patria y en los anales del primer martirologio de sus próceres. Molas fue amigo del doctor Francia con quien mantuvo correspondencia desde Buenos Aires, y fue el más elocuente vocero de los ideales libertarios que preconizaba aquél hasta poco antes de su dictadura perpetua. En el congreso del 17 de junio de 1811, entre otras cosas, propuso la separación del coronel Bernardo de Velasco y Huidobro del gobierno del Paraguay y la constitución de una junta presidida por Fulgencio Yegros, e integrada por el capitán Pedro Juan Cavallero, el doctor José Gaspar de Francia, el presbítero Francisco Javier Bogarín y don Fernando de la Mora.

Mariano Antonio Molas, juntamente con Miguel Noceda y José Tomás Isasi, fue partidario ardoroso del gobierno unipersonal que dio origen a la dictadura temporal del doctor Francia. En el congreso general del 3 de octubre de 1814 hizo escuchar, en tal sentido, su acento tribunicio. Pero no lo fue de la dictadura perpetua, a la que se opuso tenazmente. Repelía a su espíritu democrático esa "monarquía con máscara republicana". De esta fecha, 1816, data su enemistad con el déspota, en cuya alma sombría solo se puede entrar con escala y linterna, según la gráfica expresión de Justo Pastor Benítez.

Persiguióle "El Supremo" con la saña que le era característica. Molas, para defenderse, optó por llevar una vida retraída, dedicándose al ejercicio de su profesión. En esas andanzas asumió la defensa de los españoles Berges y Flotá, "sosteniendo calurosamente su inocencia, y yendo a los calabozos para preparar su defensa. Nadie podrá hacerse una idea aproximada de lo que valía este paso en aquella época de sangre y luto".

El dictador Francia aprovechó, posteriormente, la defensa que hizo Molas del joven Urdapilleta – acusado por homicidio casual – para mandarlo apresar. El discípulo de Castelli quedó largos años en la cárcel de la Asunción, y allí comenzó a escribir La Descripción histórica de la Antigua Provincia del Paraguay. También dedicóse en ese tiempo a realizar traducciones del francés al español. (131)

De la mazmorra, Mariano Molas salió en libertad
después de la muerte del doctor Francia, y sobrevivió a éste pocos años. Falleció en la capital paraguaya, en 1844. (132)

De los originales de su Descripción Histórica de la Antigua Provincia del Paraguay fue obtenida una copia por Luciano Recalde, quien se la cedió al doctor Angel Justiniano Carranza. El doctor Carranza la envió, con una carta, a los directores de la Revista de Buenos Aires, en 1865, doctores Vicente G. Quesada y Miguel Navarro Viola, quienes la insertaron, como documento inédito, en uno de los números del citado periódico. En 1868 fue editada, en libro, por el nombrado Carranza, en Buenos Aires. En la misma edición aparece también El Clamor de un Paraguayo, que se atribuye a Molas. Página es ésta dirigida a Dorrego, y que parece escrita al soplo de una pasión iracunda, con la roja sangre de los que sufrieron todos los dolores, en obscuros ergástulos, cuyas siniestras sombras jamás fueron turbadas ni por la débil luz de una esperanza fugitiva de regreso a la libertad.

 
FRAY MARTÍN LÓPEZ era oriundo de la Asunción. Hermano mayor de fray Basilio Antonio López, cursó tres años de estudios de filosofía y tres años de teología escolástica en el convento del seráfico y penitente San Francisco. Dedicóse también a cultivar materias morales y latinidad, de las que dio exámenes satisfactorios en su ciudad natal, en el año 1798. Fue orador sagrado.

Ejerció el curato de la parroquia de Villeta y luego el de Yuty. Hallándose en el ejercicio de este último ministerio se produjo su fallecimiento.

Sábese las andanzas de fray Martín López entre los próceres de la independencia nacional, andanzas que debía realizarse entre la penumbra, sin dejar rastro material alguno, so pena de sanciones severísimas de la autoridad eclesiástica española de que dependía, de su propia orden y del gobierno hispano de la provincia del Paraguay.

Debe recordarse también en este período a un educacionista:

 
JUAN PEDRO ESCALADA. Nacido en el año 1777, en el Río de la Plata, hallábase vinculado a distinguidas familias patricias argentinas – escribe Juan Francisco Pérez Acosta –, como doña María de los Remedios Escalada de San Martín, María Eugenia Escalada de Demaría, el obispo Mariano José Escalada y Antonio José Escalada, canciller de la Real Audiencia de Buenos Aires. (133)

Siendo aún muy joven llegó al Paraguay. En tiempos del gobernador Bernardo de Velasco y Huidobro, el maestro Escalada ya gozaba de gran aprecio. Desde 1807 se había dedicado a la enseñanza. Ocurridos los acontecimientos del 14 y 15 de mayo de 1811, que valieron al Paraguay su emancipación política, los gobiernos posteriores, inclusive el despótico de José Gaspar de Francia, distinguieron al educacionista con especiales atenciones. Juan Pedro Escalada considerábase, de hecho, ciudadano paraguayo. Contrajo enlace con Pastora del Rosario Fretes Britos, natural de Ybytimí; formó un hogar genuinamente paraguayo y estampó su firma en el acta de la independencia nacional.

Entre los alumnos del maestro Escalada, recuerda el citado Pérez Acosta, a los hermanos Machaín, los hermanos Loizaga, Fernando Iturburu, los hermanos Berges, Manuel Pedro de la Peña, los hijos de don Carlos Antonio López, Miguel Haedo, los hermanos Sosa, Mongelós, Carrillo, Recalde y, posteriormente, Cándido Barreiro, los Guanes, Urdapilleta, Cañete, Godoy, Román, Gaona, Legal, Natalicio Talavera, Villagra, Doldán y muchos otros. (134)

La falta de textos obligó al maestro Escalada a hacerlos él mismo, a copiarlos y luego repartirlos entre sus educandos, "a quienes les vendía a precios irrisorios". Se referían sus lecciones a contabilidad, geografía, aritmética, astronomía, cosmografía, latín, francés, geología, "y hasta a medicina e higiene". También preparaba para el notariado.

El maestro Escalada – sigue diciendo Juan Francisco Pérez Acosta –, tenía los ojos azules, cabellera larga caída sobre los hombros, barba y bigote recortados al ras, usaba galera alta de la época, una capa española con la que se envolvía, y llevaba bastón. El padre Maiz dice de él que "en su trato era siempre afable y culto en sus maneras; era un poco bajo de estatura, fisonomía alegre, blanco de cutis y bien poblado de cabellos con sus mechones de canas: el todo de un aspecto simpático y agradable". Y Luciano Recalde, uno de los ex condiscípulos del padre Maíz, decía: "Su rostro ovalado, hermoso y fresco; sus cabellos largos y sedosos, que recordaban los de Jesús Nazareno."

Existe un decreto del gobierno paraguayo que prueba los méritos del maestro Escalada. Es el siguiente: "El Presidente de la República del Paraguay y General en Jefe de sus Ejércitos – Teniendo en consideración la contracción con que Don Juan Pedro Escalada se ha dedicado a la instrucción de la juventud nacional, por un período no interrumpido de más de cuarenta años, si bien de una manera privada, con notable ventaja para la Patria; he venido en acordarle, como por la presente le acuerdo sobre el Tesoro Nacional, una pensión vitalicia de veinticinco pesos mensuales, de cuyo cumplimiento queda encargado el respectivo Departamento. Asunción, Diciembre 22 de 1862. – Francisco Solano López. – El Ministro de Hacienda, Mariano González."

Al ser evacuada la Asunción, durante la guerra de defensa contra la triple alianza, Juan Pedro Escalada también integró la doliente caravana. De regreso a la capital, falleció el 13 de agosto de 1869. El gobierno provisorio ordenó que sus restos fueran inhumados en la Catedral.

"Puede decirse con verdad del maestro Escalada que fue de la pasta de los grandes educadores que han hecho del magisterio un apostolado. EL Paraguay honró su memoria dando su nombre a una de las calles de Asunción, que era la que sigue a las tres consagradas a los próceres de la independencia: Yegros, Caballero e Iturbe, como fue también un prócer, el de la enseñanza nacional." (135)

Y ha de agregarse a estos recuerdos, y para complementarlos, la siguiente página de Fulgencio R. Moreno, en la que se cita a JOSÉ GABRIEL TÉLLEZ y al "maestro Quintana": "Hasta los últimos años del doctor Francia, y durante los primeros años de los gobiernos subsiguientes, dice el Padre Fidel Maiz, no hubo más que una escuela pública de primeras letras en la Asunción. Me cupo conocer a los célebres maestros de disciplina y palmeta, Téllez y Quintana." (136)

"Don José Gabriel Téllez ejercía la enseñanza desde el tiempo colonial, habiendo sido nombrado maestro de escuela, por el gobernador Ribera, en 1802. El 11 de marzo de 1812, a raíz de las primeras reformas sobre instrucción pública, la Junta Gubernativa le confirmó en su cargo, en carácter provisorio, por el término de un año, mientras se proporcione otro sujeto de mayor idoneidad. Pero extinguida la Junta en 1813, el maestro Téllez continuó silenciosamente en su puesto hasta el fallecimiento del doctor Francia, en cuya ocasión cupóle en los círculos oficiales inopinada resonancia, actuando como maestro de ceremonias en los funerales del dictador.
"Del maestro Quintana, nos ha dejado el coronel Centurión curiosos datos en sus Memorias. Poeta, músico y relojero, tenía su escuela frente a su taller, bajo el patrocinio de una enorme cruz de madera, erigida en el fondo de un vasto salón, donde los alumnos deletreaban las cartillas o estudiaban el catecismo al cuidado de los fiscales, que distribuían semanalmente las azotainas de reglamento, mientras el viejo dómine, encerrado en su aposento, componía relojes, hacía coplas o rasgueaba su guitarra.

"A poco de establecido el gobierno consular, esa escuela central de primeras letras fue trasladada cerca de la parroquia de la Encarnación, a un nuevo local que se mandó edificar con todas las distribuciones y reparos necesarios, donde se educaban gratuitamente doscientos treinta y tres jóvenes y al que asistían los niños pobres con vestuarios suministrados por el Estado.

"Hubo también por entonces, agrega el padre Maiz, dos escuelas particulares de enseñanza algo más avanzada. El presbítero Marco Antonio Maiz, más tarde obispo auxiliar del Paraguay, después que salió de la bárbara prisión de catorce a quince años a que le redujo el doctor Francia, por haberse opuesto a su investidura de dictador vitalicio, estableció su escuela, en que daba lecciones de lengua castellana y de latín; también de aritmética y moral religiosa; algo de historia sagrada, nada de nacional.
"La otra institución era de don Juan, Pedro Escalada, notable educacionista argentino, que enseñaba los idiomas castellano y francés, geografía e historia general, la aritmética y geometría; lecciones también de religión y moral.
"Escalada tuvo su escuela en el barrio de San Roque hasta 1859, en que la trasladó a la Recoleta, en el lugar donde se estableció después el Asilo de Mendigos. Su escuela pudo entonces admitir también alumnos internos. Y allí continuó el venerable educacionista hasta muy avanzada edad, habiéndole cabido, por más de cuarenta años, ser maestro predilecto de la juventud asuncena." (137)

 
También deben ser citados en el estudio de esta época, el doctor MANUEL JOSÉ BÁEZ, quien cursó estudios de derecho civil en la Universidad de Córdoba del Tucumán y fue jefe de los unitarios en el congreso del 17 de junio de 1811; y el doctor FRANCISCO JOSÉ DE UGARTECHE, que vivió en Buenos Aires y falleció en aquella ciudad, y en cuya sociedad actuó de manera sobresaliente.
 
Fray FERNANDO DE CAVALLERO, quien era, según se creía, oriundo de Tobatí. Supónese que nació en el lugar llamado "Aparypy", en la segunda mitad del siglo XVIII. Cursó estudios y ordenóse en Córdoba. Profesó como religioso franciscano. Fue catedrático en el Colegio de Monserrat, al lado de fray Elías del Carmen. Tío carnal del doctor José Gaspar de Francia, en los primeros años de la vida del magro anacoreta, ejerció sobre su espíritu grande influencia. A la decidida e inteligente intervención de fray Fernando de Cavallero débese la solución de los conflictos surgidos entre el doctor Francia y sus compañeros de la Junta Superior Gubernativa, en 1811.

 
El padre JOSÉ AGUSTÍN MOLAS parece haber nacido en Santa María, en las últimas décadas del siglo XVIII. Cursó estudios y se ordenó en la Asunción. Fue alumno del Seminario de San Carlos. En los primeros tiempos de su profesión fue cura párroco de Santa María. Más tarde, se le nombró capellán castrense. Fue entonces que cultivó la oratoria sagrada. En aquel carácter acompañó al ejército de la provincia del Paraguay en los combates de Paraguarí y Tacuarí, en 1811. Asistió como comisionado de Manuel Atanasio Cavañas, juntamente con Antonio Tomás Yegros, a las conferencias realizadas con Manuel Belgrano, días después de Tacuarí, en el pueblo de Candelaria, allende el río Paraná. Después piérdense las huellas del padre José Agustín Molas. Lo que no se ha podido perder es su recuerdo patricio, su eficaz influencia y ejemplo perenne de su noble ejecutoria.

 
EL presbítero doctor FRANCISCO XAVIER BOGARÍN era natural de Carapeguá. Cursó estudios en el Colegio de Monserrat de Córdoba, entre 1778 y 1788. Formó parte de aquel brillante grupo americano educado en dicho instituto de cultura superior, en el que figuraban los argentinos Juan José Passo, Antonio Domingo de Ezquerrenea, Juan José y Juan Ignacio Gorriti, Juan José Castelli, Pedro y Mariano Medrano, el chileno Gabino de Sierra Alta, y los paraguayos José Gaspar de Francia, Marcelino Ocampos, Miguel Arias Montiel y Marco Ignacio de Baldovinos. (138)

De regreso al Paraguay, fue nombrado secretario de cámara del obispo Nicolás Videla del Pino. Después le cupo intervenir activamente en la preparación de los acontecimientos que pusieron fin al dominio de España en tierras guaraníes. Fue de los que urdieron la trama histórica y gloriosa.
Su nombre aparece, posteriormente al 14 de mayo de 1811, integrando la Junta Superior Gubernativa. En el trajín de los acontecimientos ocurridos durante el Consulado, el presbítero Francisco Xavier Bogarín fue quedando hacia el misterio. La dictadura rodeó su personalidad con hermética capa de silencio.

 
Del presbítero JOSÉ FERMÍN SARMIENTO, antiguo cura párroco de Villa Real, sólo ha quedado el recuerdo de sus actividades subversivas contra el régimen español y el eco de su voz tribunicia, lleno de fervor americanista, ungido de esperanzas de un porvenir mejor. José Fermín Sarmiento no fue un actor de nuestra independencia; fue un precursor del glorioso drama. Es menester urgar en el Archivo Nacional y en los archivos de la Arquidiócesis de la Asunción, en pos de sus recuerdos. Las posteriores actividades porteñistas de José Fermín Sarmiento le valieron su destierro del Paraguay. Fue en 1812.
 
EL padre MANUEL CUMÁ fue un aborigen, oriundo de Itá. Cursó estudios en el Seminario de San Carlos, de la Asunción. Se reveló orador sagrado. A pesar de su humildísimo origen, se lee en un trabajo inédito del padre Tomás Aveiro, ha pasado a la posteridad como paladín de la causa libertadora. Durante el gobierno de Francia estuvo preso muchos años, en un calabozo. Falleció en 1840. (139)

 
VENTURA DÍAZ DE BEDOYA, de quien dice Julio César Chaves que fue una figura sobresaliente de la sociedad platina y paraguaya, nació en la Asunción y se educó en Buenos Aires, donde ejerció su profesión – fue doctor en jurisprudencia – e integró el primer Cabildo patriota. "Pese a ello, mantenía estrechas vinculaciones con la tierra donde naciera. En mayo del once actúa junto a los revolucionarios paraguayos, y en el Congreso del 17 de junio de 1811 toma asiento entre las ilustres cabezas del partido unitario, los doctores Báez y Grance. A fines de septiembre regresa a la capital porteña, y meses más tarde presenta, a pedido del Triunvirato, un extenso informe sobre la situación paraguaya, y en él sugiere los medios más apropiados para conseguir que el Paraguay se una a las demás provincias." (140)

 
JUAN MANUEL GRANCE, oriundo de Yaguarón, fue uno de los jefes del sector unitario en el Congreso del 17 de junio de 1811. Ostentaba el grado de doctor en jurisprudencia. Formaba una trilogía con Ventura Díaz de Bedoya y Manuel José Báez. Se le ha atribuido un Diario de los sucesos memorables de la Asunción desde el 14 de mayo de 1811, publicado en la Revista Nacional, de Buenos Aires, en 1887, y Una fiesta en el Paraguay en 1804, editado aquel mismo año. La primera es original del coronel José Antonio de Zabala y Delgadillo.

Es también de esta época a que nos referimos, aquel famoso documento debido a fray M. I. VELASCO intitulado Proclama de un paraguayo a sus paisanos, que fue dado a publicidad en la ciudad de Buenos Aires, en 1814. Fray Velasco era natural de la Asunción.

 
JUAN BAUTISTA RIVAROLA era oriundo de Barrero Grande. Nació en el año 1790. Fue alumno de Juan Pedro Escalada. En el año 1810 sentó plaza, con el grado de alférez, y el año siguiente, ascendido a capitán, actuó con brillantez y eficacia en los históricos acontecimientos que produjeron la emancipación paraguaya. Antes, en los combates de Paraguarí y Tacuarí, actuó en carácter de auditor de guerra. (141) Su firma se halla, además, en el acta del juramento, prestado el 16 de mayo de 1811 por José Gaspar de Francia, Juan Baleriano de Zeballos y Pedro Juan Cavallero. (142)

Cuando se estableció el primer gobierno consular, en 1813, y considerando terminada su misión militar, solicitó su baja. Posteriormente desempeñó diversas funciones de carácter civil. En el año 1819 se retiró a su estancia de Barrero Grande, sabedor de los sentimientos recelosos que su persona despertaba en el dictador. Este confinamiento espontáneo se hizo, más tarde, obligatorio. Fue por orden del doctor Francia y simultáneamente con el apresamiento de los demás próceres de Mayo, en 1819.

Después de fallecido el omnímodo señor de la dictadura, Juan Bautista Rivarola reapareció, como diputado por Barrero Grande, en el Congreso del 12 de mayo de 1841. En una de sus sesiones intentó presentar un proyecto de constitución, del cual era autor. Con ese motivo prodújose una discusión, en la cual Rivarola dio pruebas de ser un orador ardoroso y un patriota altivo. Fue aquélla su postrera y fugaz actuación en la vida pública. Retornó a su establecimiento, en las lejanías serranas y rumorosas, en donde falleció el 9 de octubre de 1857.

 
Fray LORENZO FERNÁNDEZ era orador sagrado. Sus datos biográficos no pudimos obtenerlos en los archivos diocesanos de la Asunción. Pero sábese que vivió en esta capital durante la dictadura. Existe un sermón de fray Fernández, pronunciado en el año 1821, cuyos originales se conservaban en el archivo particular de Jaime Sosa Escalada, y que acusan en su autor apreciable ilustración.

Del diácono PEDRO PABLO AZUAGA, tampoco pudimos recoger más datos que una plática hecha en la Asunción, en el cuarto domingo de adviento, en 1834, y cuyos originales, asimismo, se guardaban en el archivo particular antes recordado. Era otro cultor de la oratoria.
 
Finalmente, debemos agregar a los citados, los nombres de JUAN ANTONIO y JUAN MANUEL ZALDUONDO, a quienes Manuel Pedro de la Peña llama "literatos ilustrados"; los de Mateo Téllez, Mariano Larios Galván, Bernardo Jovellanos, Andrés Gill y Benito Varela, inteligencias sobresalientes en aquel tiempo; Mateo Vicente Fretes, maestro de primeras letras que dirigió una escuelita en la Asunción durante el tiempo comprendido entre 1816 y 1824; y el presbítero Manuel Antonio Pérez, autor de la oración fúnebre en memoria de José Gaspar de Francia, leída en la iglesia de la Encarnación, el 20 de octubre de 1840.

 
En el transcurso del gobierno dictatorial del doctor José Gaspar de Francia no existió, realmente, vida literaria en el Paraguay. No obstante, la copla supo andar, armoniosa, volandera, entre los labios del pueblo. Ninguna consigna pudo acallarla, ninguna drástica imposición pudo matarla. Como un picaflor, zigzagueante, dúctil, melodiosa y picaresca, corría por viviendas y callejas, poniendo un poco de sal en los comentos, otro poco de malicia en los espíritus y una gota de luz en las pupilas.

Fulgencio R. Moreno, recuerda en su trabajo sobre Artigas y el Paraguay, publicado en la Revista Histórica del Uruguay, en 1912, estas octavas:

 
Viva el general Artigas
Con sus tropas bien formadas...
 
Eran las "coplas artiguistas". Se cantaron por primera vez en una serenata llevada al prócer oriental por músicos nativos, en los años iniciales de la dictadura.

Con motivo del fallecimiento del gran raro de la Casa de los Gobernadores, compusiéronse loas en su honor, y también versos admonitorios, apóstrofes terribles a su memoria.

Pertenecen a las primeras, En la muerte de Francia y Glosas, de Felipe Buzó, y a las segundas, los malísimos versos aparecidos en El Nacional, de Montevideo, el 26 de enero de 1842, atribuidos a Villarino e intitulados A la memoria del más ilustre ladrón impío, asesino, embustero, el más canalla Paulista de cuanto se ha visto, ni verán en la tierra y en el infierno. El nunca bien ponderado José Gaspar de Francia, que hizo en su infame gobierno el bien de arruinar los templos, los edificios de la ciudad, a los sacerdotes, a los particulares, y en razón de loco malo la pegó hasta con las pobres vacas.
Dichos versos comienzan así:

 
Grandísimo mulatón
Canalla; vil, indecente,
Cobarde el más escelente
Y refinado ladrón,
Sin Patria, sin religión...

 
Y aquellos otros de José S. Bazán, que dicen:
 

Crimen es a sus ojos la belleza,
La virtud y el honor, hipocresía;
El mérito, una ofensa a su amor propio,
El patriotismo, un hombre que conspira.
 
FELIPE BUZÓ era un extranjero llegado a la Asunción en el decurso de los primeros años de la emancipación política del Paraguay. Compuso varias glosas y canciones que quedaron inéditas. Entre éstas, según lo afirma Juan Manuel Sosa Escalada, el Himno de la Independencia, que fue el primer Himno Nacional Paraguayo. (143)

También han sido recogidos de la tradición oral y restaurados por Manuel Gondra los versos que se transcriben a continuación, y a los cuales ya nos hemos referido:

 
EN LA MUERTE DE FRANCIA
¿De quién ha sido maestro?
Nuestro.
¿De su patria con amor?
Señor.
¿Y fué más que Emperador?
Dictador.
 
Salomón sólo fué rey,
luego es pequeño su honor,
que ha tenido más virtud
nuestro señor dictador.
 
Cual sol que yendo al ocaso
de noche obscura se ve,
a la región del descanso
nuestro padre se nos fué.
 
Hombres, niños y mujeres
sus ojos ya son raudales
por plazo de nueve días
como hijo fieles y leales.
 
Del cañón se oye el furor
y el estruendo del fusil
y en la iglesia repetir
la muerte del dictador.
 
¿Quien de entre nos se nos fué?
Don José.
¿Quién ejemplo supo dar?
Gaspar.
¿Quién fué padre de arrogancia?
Francia.
 
Mire el mundo las virtudes
que amó con toda constancia
en la América del Sud,
Don José Gaspar de Francia.
 

Estos versos fueron escritos en 1840. (144)

En la Descripción de las Honras Fúnebres que se inician al Excmo. Sr. José Gaspar de Francia, Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay, primera de la América del Sur, editada en la Asunción, en 1898, se halla publicada en la siguiente

 
GLOSA

A la muerte del Exmo. Señor Dictador de la República del Paraguay, debida también a Felipe Buzó, según un manuscrito de letra de la época, cuyo ortografía se conserva.
 
Hoy la mano del Criador,
como absoluta en obrar,
decretó a nuestro pesar,
la muerte del Dictador.
 
¡Qué acaso! secreto arcano:
¡Oh aciago y funesto día!
oye el Pueblo la agonía
y que ha muerto el Soberano:
El Héroe Republicano;
nuestro Sabio Dictador,
el digno y merecedor
de la más alta Excelencia,
dispuso de su existencia
hoy la mano del Criador.
 
¡Oh qué desgracia estupenda
Hado fatal, cruel momento!
¿quién no tendrá sentimiento
a pérdida tan tremenda?
Y pues si fué sin contienda
el sin segundo y sin par,
sepamos por él rogar
a la Majestad Divina,
que ella así lo determina
como absoluta en obrar.
 
Grabe el buril su memoria,
su nombre quede esculpido,
que será el cuadro lucido
de nuestra dichosa historia:
Él nos ha dado la gloria
de hacernos hoy respetar;
llorésmole sin cesar,
ciñamos un negro velo,
ya que tan severo el Cielo,
decretó a nuestro pesar.
 
Ya va el ilustre Campeón
entre sus Tropas formadas,
con Banderas enlutadas,
Lanzas, Fusil y Cañón:
un Sepulcro es su mansión
donde yace con honor;
que el Gobierno sucesor
por su celo incomparable
haga al Pueblo soportable
la muerte del Dictador. (145)

 
Durante la guerra de la triple alianza, Buzó escribió, así mismo, una canción dedicada al general Díaz, la que fue muy popular en los campamentos. En la colección de El Semanario, se encuentra, además, el himno dedicado a Solano López, y otras composiciones.

Sábese de este versificador, que falleció en el año 1868, durante los días crueles de la "residenta".

Entre las poesías anónimas, conócese aquella aparecida en El Semanario, en 1857, e intitulada El pez con alas. Algunos atribuyen su paternidad a Ildefonso Antonio Bermejo y otros al nombrado Buzó. Héla aquí:

 
EL PEZ CON ALAS

Cansado de vivir entre las olas
un pez que nueva vida apetecía
exclamaba a solas:
¡qué dichoso sería,
si la grandeza de los dioses suma
por favor especial me concediera
ágiles alas de ligera pluma;
y rápido pudiera,
dejando las regiones de la espuma,
como el águila sube,
vagar por las regiones de la nube!
Júpiter lo escuchaba,
y al ver el sentimiento
con que volar el pez ambicionaba,
alas le dió con que cortara el viento.
Y apenas, infeliz, hubo salido
de su propio elemento,
encontró su vigor desfallecido.
Bate las alas y al instante llega
donde el águila sube,
quiere ver y lo ciega
el vapor de la nube,
se estremece, vacila,
y muerto cae sobre la mar tranquila.
Aunque demás se sabe
lo justo y natural que fué la muerte
del pez que quiso asemejarse al ave,
ninguno está contento con su suerte.

 
Entre los extranjeros que vivieron en el Paraguay y compusieron algunos trabajos de importancia histórica referentes al período que estudiamos, citaremos a los hermanos Juan P. y Guillermo P. Robertson, viajeros ingleses que escribieron Cartas sobre el Paraguay. Existe una traducción de éstos, por Isnardo, aparecida en la Revista del Instituto Paraguayo, en 1902; a J. R. Rengger y L. M. Longchamp, suizos, que escribieron Ensayo histórico sobre la Revolución del Paraguay. Fue traducido por J. C. Pagés, París, 1828. Conócese otra traducción, la de Florencio Varela, Biblioteca del Comercio del Plata, Montevideo, 1846. En la Asunción se publicó otra edición, en 1186; y a Enrique Wisner de Morgenstein, inglés como los primeros, quien dejó una colección de documentos inéditos que fueron después ordenados y publicados por J. Bóglich, en Concordia, Entre Ríos, en 1923, bajo el título de El Dictador del Paraguay, doctor José Gaspar Rodríguez de Francia.
 
 
 

NOTAS

XII.- LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA

102- ZAVALA Y LERA, España bajo los Borbones.

103- Estudio sobre la independencia del Paraguay.

104- Ídem.

105- Archivo Nacional, Proceso. BLAS GARAY, Revolución de la independencia del Paraguay. CECILIO BÁEZ, Resumen de la historia del Paraguay.

106- La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia, dictador del Paraguay.

107- La ciudad de la Asunción.

XIII.- El período dictatorial de José Gaspar de Francia.

108- CECILIO BÁEZ, Ensayo sobre el Dr. Francia.

109- Ídem, ídem.

110- Informe sobre el doctor Francia, Revista del Instituto Paraguayo, año X, Nº 63.

111- Estudio sobre la independencia del Paraguay.

112- Respuesta del dictador Francia desahuciando las gestiones de Grandsir, Archivo Nacional.

113- El alma de la raza.

114- Francia al comandante de Concepción (5 de junio de 1831), citado por Chaves.

115- Ídem, ídem.

116- Francia al comandante de Concepción (23 de noviembre de 1831), citado por Chaves.

117- Testificación del alcalde Meza, Arch. N. As., Col. Solano López, citado por Chaves.

118- Francia al comisionado de Piribebuy (22 de julio de 1839), citado por Chaves.

119- Roger, Informe, citado por Chaves.

120- Sarmiento a Luciano Recalde, citado por Chaves.

121- El Supremo Dictador.

122- Estudio sobre la independencia del Paraguay.

123- La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia, dictador del Paraguay.

124- ROGELIO URBIETA VALDOVINOS, Independencia o muerte, Asunción, 1940.

125- Notas biográficas de Manuel Pedro de Peña conmemorando el centenario de su nacimiento: 1811-1911.

126- Despacho de Villazgo expedido por la Junta Superior Gubernativa el 12 de noviembre de 1812 a favor de Villa Real. Archivo Nacional de Asunción.

127- JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA, Carta, Arch. del A.

128- CARLOS R. CENTURIÓN, El clero en la gesta de la independencia, Asunción.

129- FULGENCIO R. MORENO, Estudio sobre la independencia del Paraguay.

130- Breve reseña histórica de la iglesia de Nuestra Señora de la Santísima Asunción del Paraguay, por una comisión de dos sacerdotes. Asunción, 1899-1906. Los dos sacerdotes aludidos son el padre Fidel Maiz y monseñor Hermenegildo Roa. (N. del A.)

131- JULIO CÉSAR CHAVES, El Supremo Dictador.

132- ÁNGEL JUSTINIANO CARRANZA, Carta a los directores de la Revista de Buenos Aires.

133- El maestro Escalada.

134- Ídem.

135- Ídem.

136- Memorias del padre José del Carmen Moreno, inéditas. Arch. de Fulgencio R. Moreno.

137- La ciudad de la Asunción.

138- JULIO CÉSAR CHAVES, El Supremo Dictador.

139- Índice de la Diócesis del Paraguay. Inédito.

140- JULIO CÉSAR CHAVES, El Supremo Dictador.

141- HÉCTOR FRANCISCO DECOUD, La Convención Nacional Constituyente.

142- Actas de la revolución del 15 de mayo, B. N., Río de Janeiro, Col Río Branco.

143- El Orden, Asunción, 1924/

144- BLAS GARAY, Descripción de las Honras Fúnebres, etc., 1898.

145- Los originales se encuentran en el Archivo Nacional de Río de Janeiro, Col. Río Branco.


 



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