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OSVALDO CHAVES


  CARTA A GERMAN ARCINIEGAS SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA DEL TOTALITARISMO - Por OSVALDO CHAVES


CARTA A GERMAN ARCINIEGAS SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA DEL TOTALITARISMO - Por OSVALDO CHAVES

CARTA A GERMAN ARCINIEGAS SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA DEL TOTALITARISMO

Por OSVALDO CHAVES

Nueva York, 24 de junio de 1952

 

 

        

 

         Señor

         Dr. Don Germán Arciniegas,

         264 North Mountain Avenue,

         Upper Montclair, New Jersey.

 

         Estimado Dr. Arciniegas:

         He leído su libro The State of Latin America y deploro tener que decirle que el breve capítulo que usted dedica en él a mi país me ha causado - como causará sin duda alguna a toda la opinión pública paraguaya, sin distinción de banderías políticas - la más triste sorpresa.

         La razón es sencilla: lo que de ese capítulo emerge no es un estudio objetivo de la realidad política paraguaya sino el elogio de un efímero tirano, el Señor Natalicio González.

         Las fuentes de información que Usted maneja se reducen visiblemente a los escritos del propio Señor González, a quien le vinculan lazos de amistad personal que los paraguayos conocemos y respetamos. Usted no utiliza ninguna otra fuente documental, ni ha pulsado, por ningún otro conducto, la opinión de los diversos sectores políticos del país, sean ellos colorados, liberales o febreristas. Usted no ha procedido, en consecuencia, con la mente del repórter que, como la del historiador, tiene que permanecer abierta a todos los hechos y opiniones. Ciertamente, un hombre de las convicciones democráticas de Usted no habría deseado jamás escribir un elogio del totalitarismo en el Paraguay; pero su método de abrevar en una fuente única le ha conducido a Usted a ese resultado.

         En el Paraguay admiramos unánimemente su talento de Usted y su obra de escritor, que es decoro y patrimonio común de toda América. Por eso mismo algún paraguayo debe tomar sobre sí como una obligación el formular algunas observaciones a su trabajo. Esta carta tiene ese propósito. Le ruego la tome Usted en toda su modestia: no como un intento de enseñar la verdad definitiva sino como un aporte informativo más, que exige ser contrastado con los hechos y con el mayor número posible de otros elementos de juicio.

         Usted dice que el General Morínigo, lleno de respeto por el Señor González, fue convencido por éste de la necesidad de restaurar las libertades políticas en el país. Los propios amigos políticos del Señor González no se han atrevido a afirmar tal cosa. Es demasiado sabido en el Paraguay y aun en amplios círculos del extranjero que el Señor González fue el hombre del fascismo criollo en el gabinete del General Morínigo. Más aún: el Señor González es el primer ciudadano paraguayo que haya llegado a la Presidencia de la República con una ideología totalitaria consecuente, por un lado, y utilizando, por otro, una técnica de captación del poder típicamente totalitaria.

 

 

 

LA TEORIA TOTALITARIA

 

         El Señor Natalicio González fue, durante toda la década del 30, el propagandista más influyente de las ideas totalitarias en el Paraguay. Su revista Guarania - tan admirable por otros motivos - sirvió a éstas de vehículo de expresión.

         El Estado Corporativo del Señor Mussolini fue presentado en las columnas de Guarania como uno de los ejemplos en que tendrían que inspirarse los adversarios del "Estado liberal" y los arquitectos del "Estado autóctono". Es cierto que el Señor González declaraba no aceptar en bloque la doctrina del Señor Mussolini. El Estado Corporativo autóctono, en un país donde los agricultores formaban la mayor parte de la población, debía incluir una representación mucho más numerosa que la del modelo extranjero. He ahí la gran reserva que el Señor González tenía que formular al Fascismo.

         En Guarania se publicó por vez primera el Nuevo Ideario Colorado, uno de los documentos más útiles para estudiar los extravíos a que pueden llegar en el medio latino americano, sometido a influencias culturales tan diversas, las mentalidades más robustas.

         El Nuevo Ideario desarrolla bajo una forma sistemática e incluso con una pretensión spinoziana, more geométrico, la teoría del Estado autóctono. Nada más confuso, sin embargo, que las abstracciones que el Señor González distribuye bajo la forma de sus postulados, proposiciones y corolarios. He aquí un ensayo de síntesis

         El Estado autóctono debe rechazar lo exótico como lo opuesto a su genio; debe ser un organismo vivo de expresión de la cultura y del genio de la raza; debe basarse en valores morales y no utilitarios; debe poner el bien colectivo por encima del egoísmo individual; debe ser un instrumento creador y no una entidad leseferista; debe surgir sobre las ruinas del Estado liberal, que es un instrumento de opresión porque es un Estado débil; y, en suma, debe hundir sus raíces en el pasado y proyectarse hacia el porvenir como un orgulloso ensueño de eternidad...

         Bellas palabras. El Nuevo Ideario, desde el principio hasta el fin, está lleno de estas fórmulas. Pero, ¿qué es lo que éstas significan en lenguaje llano? ¿Cuál es la estructura del Estado autóctono en términos de Derecho Político? ¿Cómo se distribuyen en él las esferas de obligaciones y derechos? ¿Qué protección tienen las libertades públicas, si es que ellas ocupan algún lugar en el conjunto, o qué límites tiene el poder del Estado autóctono, si es que tiene alguno?

         Inútil buscar una respuesta a estas preguntas en ninguna parte del Ideario ni en ningún otro escrito político del Señor González. Tal vez no haya razón para exigir de un poeta la precisión jurídica. Además, los postulados se aceptan o no se aceptan y, toda vez que se acepten, los corolarios se imponen por sí mismos. El método no deja de ser euclidiano, aunque el Estado autóctono no sea precisamente una categoría racional sino más bien una entidad mística a la que, como en la doctrina de Plotino, convienen más las metáforas que los conceptos y más la fe que la actitud crítica.

         La Convención Nacional del Partido Colorado, a la que el Ideario fue sometido por su autor, se negó a suscribir semejante manifiesto de irracionalismo político. Ella percibió claramente su núcleo íntimo totalitario: todo para el Poder, nada para la Libertad. El Estado "autóctono" era no solamente extranjero por las fuentes de su inspiración (lo cual por sí solo no configuraría un delito) sino totalitario por su esencia, y aun bárbaro, en el sentido de ser una construcción incompatible con el genio democrático y con la vocación natural del pueblo paraguayo por la libertad y por la justicia. En consecuencia, la Convención soberana del coloradismo, en un ambiente de libre crítica, rechazó el Nuevo Ideario y refirmó el programa limpia y sencillamente democrático del Partido. No fue éste el primer fracaso del Señor González para imponer su opinión personal a la de su Partido -no sería tampoco el último - pero sí fue, posiblemente, el episodio que más contribuyó, en un espíritu poco preparado para aceptar la crítica, a incubar su resentimiento contra los líderes democráticos del coloradismo y, subconscientemente, contra todo el pueblo colorado como masa leal a la doctrina democrática.

         El ensayo intitulado Los Fundamentos de la Libertad (publicado en la prensa asuncena) no agrega esencialmente nada nuevo al Ideario pero es útil para iluminar el profundo pesimismo del Señor González en la democracia y en la capacidad del pueblo paraguayo para realizarla como forma de vida y de gobierno. El silogismo totalitario sigue aquí las líneas siguientes: la libertad necesita de un mínimo de bienestar económico para realizarse; en un país pobre, económicamente débil, es inútil pensar en la libertad (o en las libertades) como punto de partida; luego, el primer imperativo es la creación de un Estado con la fuerza suficiente para realizar el bienestar económico de la nación, como condición de la libertad (realizados los valores colectivos, los valores individuales se realizarán espontáneamente).

         Nada hay en el ensayo que permita alejar la sospecha de que éstos no son los fundamentos de la libertad - como cree a pies juntillas el Señor González - sino, característicamente, los fundamentos de la dictadura. En el Paraguay necesitamos, para interpretar el sentimiento popular, enseñar la doctrina democrática, que afirma precisamente lo contrario: la fe en el valor substantivo de la personalidad humana y en el Estado de Derecho, en el cual las libertades del individuo, protegidas por una Constitución, son la condición primera y el instrumento más poderoso para labrar el bienestar moral y material del pueblo.

         Lo expuesto parece suficiente para comprender que el totalitarismo no es una mera cuestión de analogía o coincidencia dentro del pensamiento político del Señor González sino algo que le es esencial. Una breve comparación desde el punto de vista de la dialéctica del pensamiento totalitario podría suministrar, sin embargo, una prueba complementaria.

         El método que consiste en desgarrar la realidad política en dos principios irreconciliables (Estado e individuo, proletarios y burgueses, arios y no arios, etc.) es la forma bajo la cual el maniqueísmo antiguo, desplazado por el cristianismo para honra de nuestra civilización, ha resucitado en los movimientos totalitarios contemporáneos. La doctrina democrática, que como lo ha observado Bergson (Las dos fuentes de la moral y de la religión) absorbió la ética cristiana a través del pietismo de Kant y del alma profundamente religiosa de Rousseau, se opone radicalmente a ese método dicotómico, característico de la dialéctica totalitaria, y propugna la solución de los conflictos sociales por medio del Derecho.

         Examínense de cerca todos los escritos del Señor González y se verá que él no tiene la menor idea del papel que corresponde al Derecho en la organización política de la sociedad; su pensamiento es totalmente extraño a la noción de que pueda haber algo (precisamente el Derecho) superior al Estado en cuanto expresión de la mera voluntad de poderío; el vocablo mismo Derecho no figura en su diccionario ni aparece jamás en sus escritos. Es posible que esto obedezca a una falla básica de su formación, esencialmente literaria. Lo cierto es que su maniqueísmo político trabaja con unas cuantas oposiciones rígidas (Estado e individuo, valores colectivos y valores individuales, poder y libertad) que a él le parecen mucho menos antinomias de la razón que entidades metafísicas irreconciliables. El resultado es que, al abrazar el Estado contra el individuo, los valores colectivos contra los valores individuales y el poder contra la libertad, el Señor González cae en el totalitarismo puro y simple, sin que sean suficientes para redimirlo de su Caída ni todas sus protestas de autoctonismo ni todo el encanto de su estilo.

         La influencia ejercida en el medio ambiente político por las ideas del Señor González merece una atención particular.

         El prestigio intelectual del Señor González era grande y sus ideas políticas, empujadas por su Sturm und Drang místico y romántico, ejercieron, hacia la época de la guerra del Chaco (1932-1935) e inmediatamente después, una atracción considerable. En la perspectiva histórica, hoy vemos que aquello constituyó una verdadera desgracia para el país, pues en la crítica al partido gobernante (Liberal) se impuso la tendencia totalitaria sobre la democrática, y los resultados fueron el extravío jurídico, la dictadura y el tumulto por más de una década.

         Nada menos que el Decreto-Ley No. 152, que Usted menciona en su libro, lleva la impronta de las ideas del Señor González. En efecto, en ese documento se afirma, como Usted cita, que "la revolución libertadora del Paraguay es de la misma naturaleza que las transformaciones totalitarias de la Europa contemporánea". Pero no fue el Coronel Franco quien inventó tal cosa sino el Señor Natalicio González quien la venía anunciando desde las páginas de Guarania. Por otra parte, la identificación del Estado y la Revolución, que se postula en el mismo Decreto, no es sino un matiz de la identificación del Estado y la Nación autóctonos, que llena todo el Ideario gonzalista. El propio Gobierno Revolucionario no dejó de reconocer en cierta manera la deuda ideológica que lo vinculaba al Señor González, y el resultado fue la misión oficial en que éste y algunos de sus amigos viajaron a Buenos Aires para propalar la Buena Nueva. (Sea dicho, sin embargo, que el Señor González, solidario con una resolución adoptada por la Junta de Gobierno de su Partido, retiró posteriormente su apoyo al régimen revolucionario y rompió el fuego contra él en un artículo intitulado La Revolución Escamoteada).

         Es curioso observar que el propio Partido Liberal, durante su efímera vuelta al gobierno con el General Estigarribia, también cayó víctima del contagio totalitario que tuvo su foco local de irradiación en el Ideario del Señor González. En efecto, la Constitución de 1940, que Usted enjuicia correctamente en su libro (Ejecutivo fuerte, Legislativo y judicial disminuidos, Consejo de Estado de vaga intención corporativa), no deja de tener una conexión histórica con los aforismos del Señor González sobre el Estado liberal débil e individualista. La diferencia, en cuanto al fondo, estriba en que la Constitución del 40 reconoce aún una esfera de libertad que no se confunde con el poder, mientras que en el Leviatán autóctono toda libertad es devorada; en cuanto a la técnica, el Nuevo Ideario es la obra de un poeta, mientras que la Constitución del 40 está escrita por hombres que conocen el oficio.

         Usted menciona el Decreto - Ley No. 152 y la Constitución de 1940 y constata la presencia de ideas totalitarias en todo ese período de la vida paraguaya; Usted señala los hechos, pero se le escapa la lógica interna, la relación causal que los vincula dentro de una misma serie histórica. En el mundo de las ideas no hay creación de la nada, y así como el pensamiento político del Señor González debe estudiarse en estrecha conexión con el auge de "las transformaciones totalitarias de la Europa contemporánea", así el huracán totalitario que azotó al país en esa época debe referirse a su epicentro: el Nuevo Ideario del Señor González.

         Hay derecho a pensar que si en la crítica a la administración liberal se hubiera impuesto la concepción democrática representada por el programa oficial del Partido Colorado, la dirección del proceso político paraguayo a partir de 1936 hubiera sido diferente y quizás se hubiesen ahorrado al país años de anarquía, incluso algunos episodios de sangre. La evolución se efectuó, sin embargo, sobre la base de los postulados totalitarios gonzalistas, según los cuales la crisis del gobierno del Partido Liberal del Paraguay no era un problema que podía resolverse a la luz de la doctrina democrática sino un fenómeno inseparable de la quiebra de la democracia en todo el mundo.

         El odio con que el Señor González planteó los términos mismos del problema contribuyó aún más al extravío. Su slogan famoso ("La lucha es a muerte entre los dos bandos irreconciliables: entre Paraguayos y Gubernistas") rebasa los límites permitidos, dentro de las democracias, a la pasión política; ahí está el espíritu del maniqueísmo totalitario y el germen de la guerra civil.

         El Señor González podrá invocar, según una costumbre conocida, los conceptos más caros al sentimiento patriótico para defender sus concepciones; difícilmente podrá demostrar que la misión del estadista consiste en aniquilar a sus adversarios políticos y en encender en la república la hoguera de odio cuyas llamas nos abrasan todavía.

 

LA PRÁCTICA TOTALITARIA

 

         Después de la teoría, la práctica, y es justo reconocer que hubo a través de una y otra la más estricta consecuencia del hombre consigo mismo.

         El Señor González fue llamado al gobierno del General Morínigo, bajo la presión de los elementos fascistas locales, para ocupar el cargo de Ministro de Hacienda. Unos pocos meses de actuación le bastaron para imponerse como la cabeza pensante del Guión Rojo, organización de tipo terrorista que nucleaba, bajo un sólido amparo policial, a un pequeño número de aventureros.

         El Guión Rojo estuvo destinado, en primer término, a combatir la gravitación de los jefes democráticos del coloradismo, a separarlos del pueblo colorado y a impedir a toda costa que la junta de Gobierno en que aquéllos formaban la gran mayoría influyera sobre el Gobierno para garantizar una solución democrática amplia de la crisis política. En segundo lugar, el Guión Rojo sería utilizado por el Señor González para promover su candidatura a la Presidencia de la República. El General Morínigo comandaba el plan de conjunto, sobre el cálculo de que un proceso anárquico dentro del Partido Colorado favorecería sus propias ambiciones para una nueva Presidencia. La bolsa del Ministerio de Hacienda y la fuerza de la Policía fueron utilizadas sistemáticamente como medios para realizar esos fines.

         Aunque el enemigo principal e inmediato eran los colorados de la Junta de Gobierno (Rigoberto Caballero, Federico Chaves, Guillermo Enciso, Eulogio Estigarribia, Bernardo Ocampos, José Zacarías) y el pueblo representado por este organismo, la saña del Guión Rojo golpeó también a los adversarios políticos del coloradismo. Una manifestación pública pro normalización institucional fue disuelta a balazos por particulares armados, que se dieron a la fuga; el diario El Pals, dirigido por el Dr. Rafael Oddone, profesor de Derecho Constitucional y político independiente, fue asaltado en la noche y sus maquinarias destruidas. La opinión pública señalaba en las alturas a los instigadores de esos actos de vandalismo; pero los autores materiales jamás fueron perseguidos.

         La estrategia de la oposición contribuyó a aumentar el clima de violencia e incluso a suministrar un pretexto de acción a los extremistas del Guión Rojo. Liberales, febreristas y comunistas, desde el primer día en que el Gobierno garantizó las libertades de prensa y de reunión, se entregaron a una agresión verbal sin precedentes. Sus jefes más responsables llegaron a evocar, como Usted lo recuerda en su libro, la horca de Villarroel para los gobernantes. En algunos de ellos el odio anti colorado pretendió identificar a todo el coloradismo con el Guión Rojo. La violencia creció en un círculo vicioso de golpes y recriminaciones mutuas. El desborde final fue la revolución llamada de Concepción, con la cual liberales, febreristas y comunistas cargaron sobre sí la responsabilidad de buscar una solución a la crisis por el camino de la guerra fratricida. El daño infligido con ello a la causa democrática y a la nación entera fue inmenso; por otro lado, la revolución no podía estar mejor calculada para favorecer los designios del Guión Rojo. La junta de Gobierno del Partido Colorado se solidarizó en pleno con la posición constitucional del Gobierno y volcó a todo su pueblo en la emergencia. El Señor González y su secta tuvieron con ello una tregua en el frente interno y ellos la explotaron sabiamente para reforzar sus posiciones, para destruir en la Capital y en la campaña las organizaciones democráticas del Partido y para extender al máximo la influencia de la bolsa y el garrote (la "filosofía del garrote" (sic) fue desarrollada en esos días, editorialmente y con cierto rigor metódico, por uno de los discípulos más aprovechados del Maestro).

         Derrotada la revuelta de Concepción, los golpes se concentraron por entero sobre los dirigentes y los cuadros orgánicos del coloradismo. El Guión Rojo había multiplicado su fuerza. La candidatura presidencial del Señor Natalicio González - del hombre más resistido del Paraguay por sus antecedentes políticos y morales - dejó de ser un rumor de conciliábulo para convertirse de súbito en una amenaza nacional. Fue necesario que en una guerra civil se relajaran todos los mecanismos de defensa democrática de la ciudadanía para que ese extraño fenómeno pudiera producirse. Pero se produjo. Afiches del Señor González cubrieron todos los muros. Fue acuñado el vocablo Tendotá (el equivalente guaraní más aproximado para expresar la idea de Caudillo, Duce, Führer). Dos nuevos slogans recorrieron el país exponiendo los impulsos tanáticos que, dentro de la estructura psicológica totalitaria, son inseparables del miedo a la libertad:

 

         Reviente quien reviente,

         Natalicio Presidente.

         A sablazo o a balazo,

         Natalicio al Palacio.

        

         No era una amenaza al viento. El miedo que el Señor González tiene a la libertad - al control de los actos de gobierno, a la discusión de las ideas, a la competencia de aptitudes - era demasiado auténtico y profundo para que, contando en sus manos con la fuerza física, dejara de traducirse en hechos.

         El 18 de noviembre de 1947 se reunió en Asunción la Convención Nacional del Partido Colorado para designar su candidato a la Presidencia de la República. Las deliberaciones mostraron desde un comienzo que, pese a toda la coacción ejercida por el aparato financiero y policial del Señor González, el pueblo colorado se hallaba representado por una mayoría suficiente para enjuiciar políticamente al Guión Rojo, derrotar a su candidato e iniciar la normalización institucional del país. La prueba crucial fue la elección de presidente de la Mesa; resultó electo un miembro del sector democrático, quien subió de inmediato al estrado y declaró inaugurada la asamblea. La sorpresa paralizó por largo rato al grupo Tendotá. Pero luego vino la consigna. Los elementos del Guión Rojo promovieron un desorden en la sala y, encabezados por el Secretario privado del Presidente Morínigo y por el jefe de Policía de la Capital (quienes actuaban de convencionales), invadieron el proscenio, secuestraron fuera del recinto a un gran número de convencionales, golpearon e intimidaron al resto y constituyeron sobre la marcha una convención ad hoc que en pocos minutos proclamó al Señor Natalicio González, por unanimidad, candidato del Partido Colorado a la Presidencia de la República. Simultáneamente y como parte integrante del putch, sendos grupos armados del Guión Rojo tomaban por asalto el local de la Junta de Gobierno del Partido y el de su órgano periodístico La Razón para impedir a sus redactores publicar la versión de lo ocurrido; medidas de censura se establecieron sobre los demás medios de información. A la mañana siguiente comenzaban los encarcelamientos y deportaciones en masa. El putch del 18 de noviembre de 1947, ejecutado al estilo soviético de Checoeslovaquia, estaba terminado; no obstante, por una analogía más eufónica y lejana, quedó registrado en la historia política del país como golpe del 18 Brumario, o EL ATRACO, simplemente. (Un relato de un observador imparcial, el Señor Milton Bracker, corresponsal destacado a Asunción por The New York Times, fue publicado por éste diario en su edición del 20 de noviembre de 1947).

         El 15 de agosto de 1948 el Señor Natalicio González juraba el cargo de Presidente de la República. Para que ello fuera posible, todavía fue necesario llenar un poco más los caminos de la prisión y del destierro. Nada fue suficiente, sin embargo, para contener la indignación popular que, apenas cinco meses más tarde, obligaba al Señor González a renunciar. No hubo presión extranjera de ninguna índole, como Usted insinúa en su libro; este es otro escape imaginativo del Señor González para justificar su caída en un tiempo tan record y para envenenar de paso, con una técnica característica de los políticos menudos, el ambiente de las relaciones internacionales. ¿Qué explicación más lógica y sencilla que los propios antecedentes del Señor González?

         Conocidos estos hechos, ya nadie podría sorprenderse de que los caudillos del Guión Rojo utilicen el mote de "comunistas" para desprestigiar a la administración actual; es una táctica que ya la emplearon sistemáticamente, contra los hombres más eminentes del Partido Colorado, en vísperas del atraco a la Convención. Usted mismo, a lo largo de su libro, "reitera muy correctamente que la táctica más cómoda para el caudillo contemporáneo consiste en llamar comunistas a todos sus adversarios, sobre todo si hay de por medio algún influyente oído norteamericano". Estas palabras son del Señor Milton Bracker, en el comentario al libro de Usted (The New York Times Book Review, Mayo 11, 1952). Pero Usted mismo, en el capítulo sobre el Paraguay, es sorprendido por esta táctica del Guión Rojo, hasta el punto de que Usted llega a afirmar que nada menos que el jefe de Policía de la Capital, el Señor Epifanio Méndez, es un "líder comunista" (sic). Yo estoy convencido de la absoluta buena fe con que Usted descansa en los datos del Señor González; por eso quiero detenerme sobre esta acusación tan categórica para decir a Usted lo siguiente, con el mayor respeto: 1) el Señor Epifanio Méndez enfrentó a los comunistas, como soldado voluntario, con el arma al brazo, en la revuelta de Concepción; 2) el Señor Méndez fue director de La Razón - silenciado a la fuerza por el Guión Rojo - y en esa oportunidad su talento fulguró en la campaña periodística más brillante que se haya conducido en el Paraguay contra todos los totalitarismos, inclusive el comunista; y 3) Usted puede comprobar fácilmente si estas afirmaciones traducen o no la verdad, pues los hechos a que se refieren son ampliamente conocidos en el Paraguay.

         La forma en que Usted trata las relaciones entre el Paraguay y la Argentina y las consecuencias que Usted deduce de la visita oficial del Presidente paraguayo a su colega argentino, merecen un comentario a parte.

         Usted toma como base esa visita y los discursos pronunciados en esa ocasión y afirma que el Presidente paraguayo es "una pieza valiosa en el tablero de Perón".

         Yo creo que con esta interpretación de un gesto de confraternidad Usted agravia inútilmente a los gobiernos paraguayo y argentino, a dos pueblos orgullosos de su soberanía y de su propio destino nacional y al ideal americano simbolizado en el abrazo de sus gobernantes.

         El Gobierno paraguayo suele ser acusado no solamente de tendencias argentinistas, sino también brasileristas, norteamericanistas, etc., según el cristal con que sus detractores juzgan una política de americanismo sencillo, sin exclusiones y sin círculos. El Paraguay no ha de renunciar por ello a su amistad con ninguno de sus hermanos de América ni ha de dejar de cultivar las más cordiales relaciones con los Gobiernos que los representan. Ninguna consideración extraña al ideal de confraternidad americana podrá influenciar su línea de conducta en este sentido. El pueblo paraguayo sabe que esta política de Buena Vecindad es la correcta y que actuar internacionalmente de otro modo, en base a cualesquiera otros criterios, sólo podría servir para crear fricciones y recelos y para minar los grandes principios sobre los cuales el Panamericanismo se funda y debe perdurar.

         Usted sabrá excusarme, Dr. Arciniegas, que esta carta haya resultado más extensa que el capítulo que en su libro le ha dado origen. Había demasiado historia detrás de los hechos y de las figuras valorados por Usted en una forma tan rápida y sucinta. Confío ahora en que algo de ese pasado haya salido a la superficie para iluminar un poco más el panorama.

         Si me he visto obligado a referirme demasiado a una persona, ha sido sólo porque Usted mismo ha planteado en términos de una sola persona todo el plan de su capítulo sobre el Paraguay.

         He querido, sin embargo, escribir no solamente "sin odio y sin cólera" sino contra la cólera y el odio.

         La política ha sido demasiado tiempo, para nosotros los paraguayos, no el arte en que transparenta la virtud de la prudencia en la administración de los negocios del Estado, sino una proyección social de nuestros odios y de nuestras frustraciones. El odio ha obscurecido entre nosotros la esencia de la doctrina democrática, ha puesto en nuestras manos el hierro fratricida, ha levantado en nuestro suelo altas hogueras en las cuales se han consumido riquezas y egregios valores personales, todo ello para ganancia exclusiva de los empresarios de la anarquía y el despotismo. Necesitamos cegar las fuentes del odio. Y para ello nada mejor que volver a la democracia, con toda sencillez, por el camino de la reconciliación nacional y de un acuerdo básico entre los partidos políticos responsables del país.

         Este es el pensamiento de las nuevas generaciones de mi patria y de sus hombres públicos más esclarecidos. El pueblo paraguayo, por sus condiciones sociológicas y por su sentimiento igualitario, es uno de los más aptos para crear el Estado de Derecho y el Gobierno de la Constitución: una democracia que haga del Paraguay la Suiza de América. Es inútil que los déspotas piensen de otro modo. Los paraguayos de buena voluntad han tomado ya su decisión y hoy remueven los últimos escombros de la anarquía, animosos como los griegos que, según el testimonio del poeta, retiraban del campo de batalla el cadáver de Patroclo.

         Acepte, Dr. Arciniegas, los sentimientos de mi más alta estima intelectual y consideración distinguida.

 

         Osvaldo Chaves

 



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