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LUIS DE GÁSPERI


  LAUDATORIA DEL VERNACULO - LA POESÍA EN GUARANÍ, 1957 - Conferencia de LUIS DE GASPERI


LAUDATORIA DEL VERNACULO - LA POESÍA EN GUARANÍ, 1957 - Conferencia de LUIS DE GASPERI

LAUDATORIA DEL VERNACULO

LA POESÍA EN GUARANÍ

Conferencia de LUIS DE GASPERI

Pronunciada en el Salón de Actos del Unión Club de

Asunción, a 10 de Octubre de 1957, con los auspicios del

Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas

y la Academia de la Lengua y Cultura Guaraní.

BUENOS AIRES 1957



PRESENTACION DEL DISERTANTE POR DON GUILLERMO TELL BERTONI,

PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE LA LENGUA Y CULTURA GUARANI

 

Señoras, Señores:

A la llegada del español al Paraguay ocurrió aquí lo que en todos los países de la América guaraní-tupí: fué recibido de paz y amistad por el nativo. De la franca unión connubial y tácita alianza de españoles y guaraníes surgió un pueblo biétnico y bilingüe en cuya amalgama cultural predomina la corriente de sangre vertida por la mujer guaraní en el crisol de la restauración racial y cultural, y es la más fuerte la voz de la tierra, en un proceso etnogenético en el que el guaraní es vínculo de unión del hombre con el medio y las fuentes nativas de la cultura, al paso que el español lo es con la civilización oriental europea, cuya expansión geográfica culminaría en América.

Muchos son los problemas que surgen de la formación biétnica y del carácter bilingüe de nuestro país, que deben ventilarse públicamente y ser objeto de discusión en mesa redonda. Con esta disertación del Dr. De Gásperi la Academia de la Lengua y Cultura Guaraní inicia una nueva etapa en la labor de dilucidación de tan importantes problemas.

La tarea del Dr. De Gásperi es para nosotros muy interesante, por cuanto se endereza a exaltar el valor sociológico e histórico de la lengua nativa, como una fuerza aglutinadora de los espíritus, valiéndose de uno de los aspectos más delicados del idioma, en cuanto puede ser instrumento de expresión de la belleza hablada.

Observando normas que rigen en nuestra Academia, que reconoce a ambas lenguas como idiomas oficiales, tras estas breves palabras dirigidas a los que no poseen el guaraní, diremos dos más en lengua nativa.

Ya aguĩyeveẽ vaerã Dr. De Gásperi-pe o mbeuvichá hape Academia Paraguaya de la Lengua Española, nda hesarairihá i tĩvĩragui, Academia de la Lengua y Cultura Guaraní.

Ha’e o hechaukata ñandeve, o moporãvo ñané ñeẽpapahára (poetas) rembiapó, ndiporihá mbaérepa ña rotĩ haguá guaraní ñe’ẽ ha guaraní rugui o sĩrĩva ñandé rayĩgué rehé.

Ha’e ku o mbotové upeicha tetãrokaráiguá, ha o imé ramo aveí tetãiguára i yaheiva ñané ñe’ẽ teegui ha o guerotĩva guaraní ruguĩ ya rekova ñandé rayĩguepe. Upeva ku nde’isei nda ya aguiye- veẽi vaerãhá tetãsí Españape, o u haguere ñané moarandú ha o moporã ñandé rekové, o yuayuvo guaraní rehé o ikó haguã ñandé heguí tetã reíikĩiva (país biétnico).

Ya ro horĩ vaerã aveí o mĩiasáivo ñané retãre i ñe’ẽ poraité o mono’o hague i youpé guãrá guaraní ñe’ẽ o ikó haguá ñané retãgui ñeẽkoi. (bilingüe)

Guaraní ñe’ẽ rupí, español ha guaraní o mboyehe’a hi ãga ha hemiandú kuera o mopeteĩvo temimbotá i mbareté haguã ko Paraguái ha ya ikó haguã i pĩpé avavé pogĩipe.

Ñeẽkói ñandé rekope tekotevé ya yepĩangetá ha ña ñeãmongetá aveí guaranime, guaranime ña ñe’ẽ haguá..

Upévante ko o yapó ñané ñeẽpapahára o hĩkuavó paité haguã hekope i pĩ’a remiandú ha hi ãga remino’á.

Guaranímente Gómez Serrato he’i kuaá Yasĩ Yateré o hĩvihá mitú oi pová haguã vi’a imá guiaré; español ñeéme ndikatuihá rehé ya hĩví ĩvĩtú ha ñai povã mbaevé ĩvĩtú rĩvípe.

Upeicha rupinte aveí Pérez Martínez o hechá kembiãhú ángué mamó o yesarekó hape, ha poreyĩ pope, hi ãhó hesé amó kuarahĩ reikepe. Karaí De Gásperis tupã to hesapé ĩvága guivé upé tapé marángatú rei pĩkúiva reina ñané reíi ha ñané retã ráĩhupápe. To yerá nde raperáme aguĩyeveté potĩ ha ta hi’a marángatú ha aguĩyeípe ñané retã meguãrá.



Señoras, Señores

No me propongo tratar de la poesía guaraní, sino de la poesía “en guaraní”, asuntos diversos ambos: el primero, como arte poética de los aborígenes de la época anterior a la conquista y colonización españolas de las cuencas del Plata; y el segundo, como aptitud del vernáculo para expresar en imágenes los inefables estados del alma y hacer viviente la actividad estética, afinada manifestación de la cultura.

No grabó el indígena su idioma en signos gráficos. Los religiosos aventurados a reducirlo por la persuación y la edificación moral, ante la dificultad de enseñar a miles de néofitos la lengua castellana para hacerse entender de ellos, optaron por aprender unos pocos la ortología guaraní y servirse de ella para dibujar sus signos fónicos en caracteres del sistema gráfico latino, no sin tropezar con algunos fonemas sin correspondencia en español.

Explícase así el vacío observado en la tradición cultural de los guaraníes. No hay testimonio estampado de sus balbuceos literarios, como los hay abundantes en los diversos idiomas hablados por el indo-europeo.

Tampoco hay memoria de poesías nativas conservadas por su transmisión oral de unas generaciones a otras. Cierto villancico reproducido por Buzó Gómez en su Indice de la Poesía Paraguaya, aun cuando en su mayor parte compuesto en lengua aborigen, es de indudable inspiración y factura jesuítica, tanto por el empleo en él de algunos vocablos castellanos, como por su asunto, parecido al de análogas composiciones del período anterior al siglo XVI, sacadas a luz por don Justo de Sancha en el Romancero y Cancionero Sagrados, de la biblioteca Ribadeneira.

Nada tiene de indígena ese canto de Navidad. Antes al contrario, sabe a traducción al guaraní de versos y estribillos concebidos en castellano para los fines de la conquista espiritual llevada a cabo por las huestes de Loyola.

Sería, empero, aventurado inferir de este blanco de la historia la total ineptitud del indígena para la creación poética, la cual, aun no siendo escrita, pudo manifestarse en la monotonía musical de las formas primitivas del canto, tal como lo testimonian en sus juegos las raras tribus supervivientes de la raza aborigen.

Y el canto, expresión melódica del alma, es a su manera un género de poesía puesto por Dios al alcance de las más ínfimas de sus criaturas para edulcorar en su enajenamiento la pasión amorosa.

Sólo al amor es posible atribuir el diálogo arpado de las aves canoras del bosque, en cuyos cambios melódicos se ha creído escuchar requiebros del galán a su dama, si no eran suspiros u otras demostraciones de dolor, como en las quejumbrosas lamentaciones del Urutaú, sólo explicables por desesperación del ave a quien sus lisonjas a la hembra sólo le han valido su desden o menosprecio. Dotados también de alma los seres alados, sujetos están, como nosotros, a la ley universal del sufrimiento. A igual que el hombre, ellos templan con sus sollozos las cadenas del amor forjadas en las llamas de la ardicia inasequible. Nada puede haber en este orden tan poético como los arrullos de las palomas y las tórtolas en el grave, monótono y ronco acento de su lenguaje de amorosa confidencia. Si Ovidio no nos hubiera dejado su De Arte Amandi o Catulle Mendés su estupendo código del amor llamado Le Fin du Fin, podría el hombre aprender de ellas las inquietudes del deseo y los abatimientos voluptuosos atormentadores de su corazón, tan maravillosamente expresados en el arpegio a veces desesperadamente triste de un trémolo elevado de la fronda del bosque a la caída de la tarde, cuando la aparición de Venus en el horizonte de un cielo azulino anuncia la noche e invita a los seres vivientes a elevar sus plegarias al cielo antes de reposar en el regazo del sueño. Así, sin duda, lo habría comprendido en medio del largo dolor de su vida Giácomo Leopardi, cuando en las armoniosas páginas de sus meditaciones escribió el Elogio de los Pájaros, siquiera atribuyéndolo a inspiración de Amelio, filósofo solitario de la antigüedad pagana.

Escaso favor haríamos a los guaraníes selváticos si les supusiésemos tan insensibles, ciegos y sordos al punto de ignorar el sentimiento inspirador del trino de los pajarillos de su umbría morada.

Así como los floridos sotos de los bosques de Lesbos, consagrados a las ninfas, teatro fueron de los inocentes amores de Dáfnis y Cloe en estado de naturaleza, según lo cuenta Longo en sús magníficas Pastorales, bien pudieron ser las vegas y praderas paraguayas escenarios de idénticos idilios entre las desnudas criaturas allí nacidas en la rustiquez de la barbarie, de donde viene nuestra creencia de haber sus zagales podido cantar su pasión al son de sus zamponas a las broncíneas y púdicas Dianas cazadoras del oquedal sombrío, tal como el novelista griego describe los estremecimientos y deliquios de sus criaturas inmortales.

Quien se resista a admitir el reinado del amor en la inculta sociedad indígena, con la negación, por consecuencia, de sus pie supuestos; los requiebros del galán a su bienquerida; las flores por él arrojadas a los pies de ella; las caricias del amor desvanecido; las expresiones de ternura en suspiros y palabras preñadas de poesía, no podría explicar el ayuntamiento de los forjadores de la conquista y colonización de estas tierras con las selváticas doncellas guaraníes, sin atribuirlo a exclusiva bestialidad de sus instintos.

Aun habiendo sido de hierro, como lo fueron, las huestes de don Pedro de Mendoza, fundidas en el crisol de sangrientas pruebas, como el saqueo de Roma, la expedición del Adelantado al Plata, en cuyo decurso se dió la ejecución a puñaladas de Osorio por Ayolas en las playas de Río de Janeiro y la trágida fundación de la primera Buenos Aires, eran, como buenos españoles, donjuanescos, inclinados a gustar del amor, no por la violencia, sino por la entrega dé la mujer rendida a sus halagos.

Si tal no fuera la verdad, las madres de los primeros mestizos, habrían concebido sin placer, y sus hijos, entre los cuales se dieron hombres extraordinarios, como en el Paraguay el Beato Roque González de Santa Cruz, y en el Perú el sabio filólogo don Antonio Ruiz de Montoya, autor de Arte de la Lengua Guaraní, habrían sido engendros monstruosos del pecado de lujuria y no del amor de sus padres.

No se me escapa la resistencia de muchos a comprender la fácil unión así consumada del ario europeo con la morena indígena, traída a su lecho en la desnudez de su salvaje gallardía.

A las vacilaciones de los incrédulos oponemos la verdad documentada de la historia, según la cual, ninguno de los lugartenientes de don Pedro de Mendoza se sonrojó jamás de bajar sin turbacion a través de las dificultades del idioma a las fuentes mismas del Destino, donde sin cuidarse del mísero valor de las palabras, supieron ser humildes para sentirse iguales en el reino del amor a las dríadas guaraníes, ciertos de reconocerse y admirarse con lágrimas en los ojos, como hermanos en retorno de una larga separación en el mundo de lo desconocido. “¿ Quién sabe —pregunta Maeterlinck— si no fué en uno de esos instantes profundos en que durmieron sobre su seno cuando los héroes conocieron la fuerza y la fidelidad de su estrella, y si el hombre que nunca descansó sobre el corazón de una mujer tendrá jamás el sentimiento exacto del porvenir?”

La omisión absoluta de toda referencia a estos matices de la posible poética indígena en las obras de los misioneros historiadores, como Charlevoix, Guevara, Lozano, Peramás, Cardiel, Xarque, Techo y otros, y en las de sus gramáticos y filólogos, como los padres Alfonso de Barzana, Antonio Ruiz de Montoya y José Anchieta, sólo evidencia su falta de interés en conocerla y dejar memoria de ellos, por su ninguna utilidad para los fines de la conquista espiritual. Estos habían de lograrse con sólo sacar a luz los misterios de la lengua aborigen por el conocimiento de su vocabulario y su adaptación a la sistemática de la gramática latina, con miras a ponerlo al alcance de sus Maestros y habilitarles a inculcar la religión cristiana para la conversión y reducción del indio a la civilización en los numerosos establecimientos de las Misiones del Paraguay, Paraná y Uruguay y en las fundaciones del Guairá, Itatí y Tape. Una vez en posesión del vernáculo, los jesuítas se dieron a enseñar a los más aptos de sus neófitos las artes por ellos llamadas “nobles” para dar esplendor al culto divino y a las cosas sagradas, como la pintura aplicada sobre fondo dorado a las imágenes y misterios sagrados; la escultura en madera para labrar estatuas, retablos y columnas destinadas a los altares; y la arquitectura para hacer casas, fabricar iglesias con piedra, ladrillos y tejas; tahonas para moler trigo; abrir pozos, armar norias, abrir acequias, fuentes, estanques y pilas para lavar ropas. Dieron en estas experiencias los guaraníes pruebas de singular aptitud para ser diestros artistas, como los mejores oficiales de Europa, bajo la dirección del Coadjutor Carlos Franck, director de construcciones, el Hermano José Brasanelli, escultor, y del Hermano Juan Bautista Prímoli, arquitecto, a quien se debió la construcción del famoso templo de San Ignacio y de otros en Buenos Aires y Córdoba.

Fué, sin duda, la música el arte para el cual los guaraníes evidenciaron extraordinaria y natural vocación. El Hermano Luis Berger, insigne citarista y el Padre Juan Vasco, belga el primero y flamenco el segundo, enseñaron a los indígenas a cantar, tañer y tocar órganos, trompas bajas y agudas, bajones o fagotes, sacabuches, cornetas y clarines, chirimías y flautas entre los instrumentos de viento, y arpas, liras, espinetas o clavicordios, violines, laúdes, violones entre los de cuerda, y para algunas danzas la guitarra, cítara y la bandurria. Aptitud natural es ésta afinada a cuatro siglos de distancia entre los remotos descendientes de la casta aborigen. Nada conmueve tan hondamente las fibras del egoísmo nacional como el canto de estos trovadores al son del arpa y la guitarra, con su dejo de melancolía aguda y penetrante de puñal clavado en las entrañas del alma. Id al campo y los escucharéis y os asombraréis de verlos crear de manera imprevista rapsodias, como la imitación del Pájaro Campana, dignas del estro musical de Liszt. La "Guarania” ha ido a París a deleitar al heteróclito auditorio de esa Babel y de allí ha retornado a la tierra natal cubierta de los lauros del más puro de los triunfos. La polka paraguaya, de saltarina alegría y ondulantes cadencias, embriaga de voluptuosidad a las parejas danzantes, como un alcaloide cordial del ensueño. La aptitud del nativo para la música es herencia racial, legado del neófito.

Y si tal es su idoneidad para las más felices combinaciones de sonidos, ¿cuál razón habría para suponer al aborigen destituido de dotes para idealizar y embellecer su vida con los acentos de la poesía?

Las dudas sociológicas pueden resolverse por inferencias lógicas, una de las cuales permite admitir por verdad recibida las pruebas arrojadas por los datos supervivientes del pasado. Entre nosotros se dan algunas raras tribus guaraníes mantenidas en relativa pureza en las remotas soledades del Chaco y las selvas del noreste oriental del país. Debo a gentileza del poeta Oscar Ferreiro, poseedor de riquísimo tesoro documental de la etnografía paraguaya, los versos guaraníes citados por Alfredo Metraux en su estudio sobre La Civilización de los Chiriguanos, publicado en la Revista del Instituto de Etnología de Tucumán, t. I, pág. 464 Dicen ellos así:

“Epucá pucamí porã/cheve guãrá:/epucá-pucamí porá/cheve guãrá’”, o en romance: Ríe para mí tu bella sonrisa; ríe para mi tu bella sonrisa.

Eyú che cu-a-má/che rembirecó mi/nde yurú e m’ẽ cheve/tui- ehá roipotá/che songope”, o en castellano: Cíñeme con tus brazos, mujercíta mía/bésame con los besos de tu boca/grande es el amor de mi corazón.

“Nde reza ikávi, nde yurú michi raymí/tuichá roipotá/Pai amó aparú ndevé”. Tus ojos me embriagan/tu boca es pequeñita/ mucho es lo que te amo: pediré por tí a tu padre.

Aun siendo elementalísimos y deshilvanados estos bucólicos versos, trasuntan ingenuas manifestaciones líricas inspiradas al agreste aedo por el amor a su dueña y hace verosímil cuanto llevo dicho acerca de una poesía guaraní precolombiana, infelizmente borrada por el tiempo.

Sigue otra experiencia rítmica de los aborígenes de las serranías del Noreste paraguayo, siquiera de distinto género al de la anterior, captadas en tareas de su profesión por Oscar Ferreiro, sagaz, curioso e inteligente investigador de la sociología guaraní. La tribu por él visitada pretende habitar el centro de la tierra y así ella se llama “Avá ĩvĩ pĩté rú”.

El canto escuchado por él se intitula “Ĩvĩ raãngá” imagen de la tierra y dice en monótonos versos: “Che rú rusú, che rú rusú”, padre mío, padre mío; “Ĩvĩ mboyeguá raka’e”, tu embelleciste la tierra; “I tĩmbĩra rapoki”, la tierna raiz de los cultivos; “Rorĩ, rorĩ”, aleluya, aleluya; “I tĩmbĩra potiyú” la huerta de flor amarilla; “Rorĩ, rorĩ”, aleluya, aleluya; “I tĩmbĩra raviyú, la huerta de bellosas plantas; “I tĩmbĩra rakuãmí”, la huerta de perfumadas plantas; “Rorĩ, rorĩ”, aleluya, aleluya.

Sabe esta composición a letanía de gratitud al supremo creador del universo por hermosear y fecundar la tierra con las plantas cultivadas por el hombre.

Otro canto también anotado por Ferreiro en el mismo sitio dice en castellano: “Un pajarillo me contó; el tigre de corvas garras bajó del cerro, con su enorme cara de rocío. Sin miedo, viene él despacito. Cuentan que halló al cacique, a quien corrió y en él se cebó. Muerto el cacique, sólo su hijo vive”.

Dejemos, no sin un tanto de tristeza este obscuro período de la literatura indígena, pesarosos de ignorar sus arcanos, y penetremos bajo las luces de la cultura traída por la civilización y las formas retóricas de Occidente.

La empresa del descubrimiento trasegó a América dos estilos de la vida española: la misional de jesuítas y franciscanos para inculcar a los gentiles la espera y la esperanza en la vida perdurable del reino de Dios al cabo de la existencia terrenal, tal como la concibieron y enseñaron sus más sabios teólogos, según así nos lo cuenta Pedro Lain Entralgo en su magnífica Historia y Teoría del Esperar Humano; y la del encomendero para colonizar y poblar las incultas tierras del Rey bajo el mando militar y civil de gobernadores, audiencias y cabildos, y más lejos los virreyes, con el fin de labrar en compañía del mitayo la grandeza ultramarina de España. Espécimen de soldado, el encomendero se transformó con el tiempo en el ‘‘gaucho” de las pampas argentinas y en el “arriero” de nuestros llanos, domador armado del potro salvaje, señor del desierto, pastor trashumante de sus ganados, Don Juan melancólico de la selvática Afrodita, a quien cautiva con sus coplas henchidas de tristezas, angustias y añoranzas del hogar abandonado.

La literatura musical de los misioneros sabía a sahumerio de incienso en los altares para gloriar a Dios. No hay memoria de ella. Expulsada por Carlos III la Compañía de Jesús, abandona das sus reducciones y templos, los neófitos retornaron a la selva, llevando en sus alforjas la esperanza trocada en desesperanza. Mas el encomendero siguió cantando sus estrofas a los acordes de la guitarra, de cuyas formas aprendió su descendencia cómo había de dividir las endechas y rimar los versos por ella compuestos, no ya en castellano, sino en vernáculo. Así debió haber nacido la poesía “en guaraní” de forma estrófica y de substancia amatoria, infelizmente no estampada en antología alguna del período colonial, pero transmitida verbalmente a la posteridad, como mera aptitud artística.

Una experiencia lírica hay de los días iniciales de la guerra contra la Triple Alianza, atribuida a Juan Manuel Avalos, poeta de Carapeguá, recogida por don Silvano Mosqueira en la aldea de Aguaí ĩ cuna del aedo, y que me fué comunicada por Oscar Ferreiro, poseedor de todo un archivo literario de este género.

La noción premonitoria de la muerte inducida por el lúgubre vaticinio de aquella tragedia, inspira al panida la ofrenda de su vida a la dueña y señora de su corazón, de incomparable belleza. Escrito en guaraní dice así el breve poema:


CHE LUCERO AGUAI-Ĩ

Che ama, che señorá,

nda yuhúi nde yoguahá

peina amó nde tĩvĩtá

ivágare o ñe pinta.


Che ama, che señorá,

nda yuhúi nde yoguahá

nde resá o yayái-yayái

ni lucero no mboyoyái.


Araí morotĩ potĩ

opaité che mbĩasaĩ

che lucero Aguaí-ĩ

o mboyoyava kuarahĩ.


Ne porã ha ne potĩ,

re hesapé ha re mimbí,

opá o ye rokĩ rokĩ

che lucero Aguaí-ĩ.


Toikó aipó ñoráiró,

tové kañón to kororõ

nde rehé che korasõ

che rekové yepé to so.


To ñehẽ che resaĩ

to sĩrĩ ko che rugúĩ

che esperanza ta i potĩ

che lucero Aguaí-ĩ.


Mal vertidas al castellano estas rudas estrofas, podrían interpretarse así:

 

Amada mía, señora mía,

no encuentro a quien compararte.

Ahí están tus cejas

sólo pintadas en el cielo.


Amada mía, señora mia,

no encuentro a quien compararte,

tus ojos centellean

no igualados por el lucero.


Flor del blanco cielo,

inundas de lágrimas mis ojos,

lucero mío de Aguaí-ĩ.

luminoso como el sol.


Bella y pucra eres.

Iluminas y fulguras.

Retozas danzarina,

lucero mío de Aguaí-ĩ.


Venga la anunciada guerra.

Que los cañones rujan,

si es por tí, corazón mío,

nada importa que yo muera.


Derrame lágrimas yo,

corra sangre de mis venas,

si mi esperanza florece,

lucero mío de Aguaí-ĩ.


Aunque desiguales estos versos, eptasílabos los dos primeros y octosílabos los segundos de cada redondilla, con acentos en la segunda y última sílaba, asonantados unos y acosonantados otros, rebozan de un lirismo romántico a un tiempo tierno y fatal, como un suspiro agónico del amador inundado de lágrimas, no por temor a la muerte, sino por el forzoso abandono de su bienquerida, luminaria enceguecedora de su existencia. Tiempos de duras pruebas eran aquellos para la herencia hispana hirviente en el fondo del nativo, inmune a toda tribulación e impávido ante la fatalidad del destino. Así lo dice la ofrenda de Juan Manuel Avalos a su elegida de Aguaí-ĩ, idealizada por él como lucero, sólo comparable por sus resplandores al sol.

El deber de brevedad me obliga a dar un salto a la poesía de nuestros días. Mas antes de hacerlo, se me permitirán algunas consideraciones acerca del guaraní, como lengua.

No soy filólogo. No se me pidan conclusiones científicas sobre el origen de este idioma, perdido en las brumas inescrutables de los siglos, ni sobre la parte gramatical y lexicográfica tan discutida hasta el presente. Apenas si presumo de entender y hablar el guaraní, desde mi infancia, sin haber pensado en su importancia sociológica, su fuerza expansiva y defensiva y la riqueza de su vocabulario. Mas, ya llegado a esta madurez, he comprendido .su valor en una nación bilingüe, como fuerza aglutinadora de hombres, aun de aquellos a quienes una desgraciada adversidad les tiene discordantes en la valoración de hechos sociales históricos y presentes, como acaso no se ofrezca igual intransigencia en otros países. Mucho es ya el haber supervivido a través de los siglos, cuando el idioma tupí, su gemelo, es hoy una lengua muerta, sólo mantenida en las obras dejadas por Anchieta, y en las del misionero Luis Figueira, los catecismos de los padres Antonio de Araujo y José Felipe Betendorff; las noticias de Andrés Thevet, Juan de Lery, Hans Staden, Antonio Knivet, Claudio d’Abbeville, Ivés d’Evreux, Jorge Marcgrave, Guillermo Piso y reverdecida en los trabajos de Teodoro Sampaio, Plinio Ayrosa, de Paula Martins y el Padre Lemos Barbosa. El guaraní está hoy tan vivo como en la protonoche, hablado y amado por el pueblo paraguayo, después de haberse expandido en la antigüedad hasta el Caribe, como lo evidencia la toponimia americana dada a conocer por el doctor Anselmo Jover Peralta en El Guaraní en la Geografía de América.

El guaraní contribuyó en grado sumo a dar fisonomía espiritual al nativo al punto de conferirle calidades inconfundibles en el concierto de las antiguas provincias administrativamente incluidas en el Verreinato del Río de la Plata. La conciencia nacional le debe su formación. El Paraguay no debe su existencia a ningún Decreto, ni a ningún legislador. Aquellos a quienes por superchería se les atribuye su nacimiento eran paraguayos, nativos de un Paraguay preexistente, vale decir de un fenómeno sociológico e histórico, infelizmente alimentado de dolor y regado por ríos de sangre. De no haberse hablado el guaraní en los días del Gobernador Velasco, la entonces Provincia del Paraguay acaso no hubiera concebido su vocación irrenunciable a surgir de inmediato en el seno de las jóvenes e independientes nacionalidades de nuestro hemisferio. Carente ella por aquella sazón de información exacta de los acontecimientos políticos de la metrópoli sobrevenidos a raíz de la invasión napoleónica, sólo pudo intuir su derecho a autodeterminarse sin sujeción a la Junta de Buenos Aires, dada la caducidad y desintegración del Virreinato a consecuencia de la caída de Fernando VII, sin perjuicio de mantener correspondencia fraternal y amistosa con ella, como sin éxito le propuso.

Hacia 1810 habían corrido más de dos siglos desde los días de la misión apostólica de los padres Saloni, Ortega y Filds en las dilatadas comarcas conocidas por el Guaira o Provincia de Vera, tiempo durante el cual sus trescientos mil nativos rumiaron en guaraní la espantosa esclavización de sus familias por las despiadadas malocas de los bandeirantes portugueses, y asi transmitieron de una generación a otra el horror a todo invasor y el deber irrecusable de resistirle aún a riesgo de sacrificar la propia existencia.

Descendientes los paraguayos de 1810 de aquellas comunidades autóctonas, constituían una nación perfectamente caracteriza da por peculiaridades físicas y psicológicas y factores telúricos, como la extensión, configuración y accidentes geográficos de su territorio, su clima; la identidad de sus costumbres, sus artes, tradición e historia y, especialmente, por el idioma aborigen, prevalecíente sobre el castellano, sólo aprendido y hablado por añadidura, destituido del inefable encanto comunicado por los tiernos perfumes del regazo materno.

Viene de lejos esta verdad rubricada por el gobernador don Agustín Fernando de Pinedo en su célebre oficio de 28 de enero de 1777 a S. M. el Rey, sobre los perniciosos efectos económicos de las encomiendas. Exalta en él el natural imperio del idioma guaraní para la persuación y de cómo “infunde recelo y sospecha la explicación de diverso lenguaje cuando no se comprende ni medianamente el español”.

La Provincia contaba con un pequeño ejército formado de nativos comandados por jefes oriundos de ella, como Fulgencio Yegros, Manuel Cavañas y Juan Manuel Gamarra, amamantados en la tradicional aversión a todo invasor.

La subsistencia de Velasco en el gobierno había inducido a la Junta de Buenos Aires en el error de creer posible su destitución por las armas y el sometimiento a su jurisdicción política de la nación guaraní, hasta entonces sólo administrativamente considerada parte del Virreinato del Río de la Plata, como Provincia española, fuera de cuyas fronteras todo era extranjero para el nativo. Explícase así la resistencia que le fué inspirada por la aparición de Belgrano aquende el Paraná al mando de un ejército foráneo, siquiera no alentada por la idea de “conquista”, según así él le expresó al capellán del Ejército, don Agustín de Molas en su conferencia del 10 de marzo de 1811, en las márgenes del Tacuarí. No entendieron los paraguayos resistidos a Belgrano derramar su sangre por los fueros de la Regencia española, sino por los de su autonomía, como nación, ya por entonces formada, dispuesta a manumitirse de la Corona y darse gobierno y leyes propios, cual correspondía a su mayoridad política. Treinta y cuatro días después Velasco fué depuesto y proclamada la Independencia dé la República. Su declaración fué mera homologación de un hecho anterior y consumado. La manumisión de la antigua Provincia nó era obra de artificio, sino de un largo proceso histórico, en cuyo desarrollo la lengua guaraní desempeñó función principalísiina, como la que cumplió después en la guerra contra la Triple Alianza y en la última guerra contra Bolivia. En ambas, los paraguayas dialogaban en guaraní con la muerte. Contaba mi madre haber acudido con la suya y otras residentas del éxodo a Acosta-ñú, al término de la batalla, atraídas por el esquiliano clamor de los dos mil adolescentes enceguecidos y maniatados, yacentes en el campo, los cuales, atormentados por la sed agónica, les pedían en guaraní un poco de agua y la muerte: “Pe ucamo oreve ĩmĩ ha upéi oré yuca”.

Cuando en persecución del puesto de ĩrendagüé la columna paraguaya dirigida a ocuparlo amenazaba desgranarse por inedia en el arenal desierto de la inhospitalaria senda por el abatimiento de nuestros soldados, vencidos por el delirio de la sed, la fatiga y el ardiente sol, concibió su jefe, el entonces coronel Eugenio A Garay, ya sexagenario, manera de resucitarlos por una exhortación espartana en guaraní, sólo comparable a la de Leónidas en las Termopilas, diciéndoles: “Anírae pe manó che hegui los mitã; pe haãromina ña guãhé raẽ Ĩrendaguépe ha upepe ña manombá haguã oñondivé”, o en romance: “ No se mueran todavía, muchachos; esperen que lleguemos a Yrendagüé para que allí muramos todos!”. Y Garay era castisísimo escritor. Harto sabía él del castellano. Mas, aquella vez, conocedor, como era, del alma de sus soldados, prefirió hablarles en guaraní, cierto de vivificar y reanimar a los desfallecidos. El Irendagüé cayó así en poder de ese puñado de héroes en trance de agonía. Al jefe incomparable le bastó recurrir al mágico encanto de la lengua aborigen para volver la vida a los muertos y cubrirlos de gloria.

Cuando un idioma opera estos milagros no puede ni debe morir. Imponderables son sus virtudes para unificar, coadunar y ensamblar sentimientos e ideas. Obra a manera de invisible gozne sobre los corazones. Prohibir su empleo nos expondría a desarticular la vida social paraguaya, a desacoplar las piezas de su armazón y a enmudecer a miles de hombres, mujeres y niños amamantados al son de sus delicados acentos. Guardémonos de tamaño error. Antes, por el contrario, fortalescámoslo, defendiéndolo de las falsas imputaciones, como la de retardar o entorpecer el desarrollo mental del nativo, empobrecido por él en su casticismo. El hibridismo idiomático del paisano por el empleo de los mil hispanismo anotados en el guaraní por el profesor don Marcos A. Morínigo, no prueba la inmadurez de su inteligencia, como tampoco lo prueba el uso de guaranismos en la expresión oral de su pensamiento vertido al castellano. Sufre alteraciones muy sensibles la sintaxis del romance, pero no el discernimiento del hablante, en cuya acción de juzgar no falta ninguno de los elementos de la proposición : un concepto sustantivo y otro expresivo de un concepto verbal. La flor y nata de la intelectualidad paraguaya fué siempre bilingüe. Monseñor Juan Sinforiano Bogarín, Manuel Gondra, Blas Garay, Manuel Domínguez, Cecilio Báez, Alejandoro Audivert, Manuel Franco, Antonio Sosa, Eligió Ayala, Antolin Irala, Cancio Flecha, Pedro Peña, Adolfo Aponte, Emeterio González, Eugenio A. Garay, Ignacio A. Pane, Eloy Fariña Núñez y otros más de los ya desaparecidos, hablaron con impecable corrección español y guaraní, y entre ellos se dieron políglotos, conocedores incluso del latín y el griego, y más de uno escritor u orador de severo casticismo peninsular, jamás entorpecido en la sintaxis castellana por ningún guaranismo. Su ejemplo confirma el aserto del Rvdo. Padre don Antonio Guasch S. J., cuando dice: “Nadie puede negar que el guaraní perdura pujante en el Paraguay y con mayor galanura y riqueza que en ninguna parte. Es el habla del compromiso y de la intimidad, del amor y del dolor, de una raza legendaria sacrificada hasta el heroísmo, como la raza de aquellos que sucumbieron de pie en Sagunto y Numancia. Un idioma tal no puede morir, no morirá”.

He nombrado a este sabio varón de angélica humildad, hurgador del insondable vernáculo, autor de un Diccionario, una Gramática y un Catecismo guaraníes, superiores a los de Ruiz de Montoya y Restivo, a cuya labor eminente voy a referirme de inmediato.

Sin aventurarme en los meandros de la Gramática, disciplina infusa para mí, demostrado está en el Catecismo del Padre Guasch la opulencia del guaraní para explicar la doctrina teleogal de la esperanza, tal como la concibieron Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús, don Francisco de Quevedo y otros modelos de cristianos.

Quiere nuestro autor explicar los frutos de la comunión y dice: "Por la comunión nuestra esperanza se afirma más y más en la certeza de un premio grandioso después de la muerte, diciendo el mismo Jesús: “El que come mi cuerpo, Yo lo resucitaré en el día postrero”, y lo traduce al guaraní en estos términos: “Pe tupã- rã’a rupi ña já aró py-atá yaicové yevy jaguã ñamanó riré. Nandeyara oicové yevy jagũeicha, jeí pype. “Joúva che ro-ó, amoingové yevyne cu arapy pajá-pe”.

“¿Es bueno esperar en Dios?”, pregunta él mismo: '‘¿Iporã- pa ñaja-aró Ñandeyaragũi?”, y contesta: “Tenemos obligación de esperar en Dios. El nos ha prometido ayudarnos (si queremos caminar por su santa ley), y darnos la bienaventuranza”, o en guaraní : ‘‘Iporá. Ja-é oñe-me-é ñandeve ñane pytyvó-vo, ya guatáséra- ramo japépe, ja ñande rerajávo yvágape”.

Otra pregunta hace nuestro autor: “¿Podéis enseñarme a hacer un acto de esperanza?”. Helo ahí: “¡Oh!, Dios, mi bien y mi amor; yo espero que por ser Vos tan bueno me perdonéis mis pecados y me llevaréis al cielo. Espero hacer con vuestra gracia cuanto debo para conseguir la perseverancia final”. Esto mismo en guaraní: “Mbaéichapá ña ñemboéne jahechaukaséramo pe Tu-págüi ñe jaoaróf”.

Coicha ña ñemboé vaerá: Ja! Tupã, che yara jai jupy’ nde ye- roviajá-eté járeje aja’aró nde py á porá asy-eté-guĩ, reñyrovo chendivé. Ja aieua-á che rerajane jaguá yvá-gapé, ayapó gũivé, che pytyvó-rupi, reyapóucava cheve”.

Muchos dotados de ojos, pero ciegos, de oídos pero sordos, pasarán desaprensivos sobre estas breves palabras del seráfico librito puesto por el Padre Guasch en las rudas manos del ingenuo lector y no comprenderán cuánta profundidad tienen esas meditaciones allí estampadas. Pues, a ellos me dirijo para decirles, si ellos también son viadores, aspirantes y caminantes a la eternidad, cómo deben escuchar al Padre Guasch, admirable expositor de la virtud teologal de la esperanza de un modo de existir futuro, del bien futuro de la otra vida, tal como reza la respuesta de Santo Tomás.

Con esta doctrina la Iglesia hace guerra a la desesperanza causada por los placeres del cuerpo y la tristeza inhibidor, a y combate la presunción causada por la vanidad y la soberbia. El desesperado no percibe la posibilidad de perfección. El presuntuoso la desconoce.

Mas el Padre Guasch, además de teólogo divulgador de la patrística, es también moralista de genio poético. Puesto a oficiar de tal, advierte a las doncellas con estas dulces palabras: “Mira, niña todavía inocente, grande adorno de tu cuerpo y tu alma es la virginidad. Guarda con todo empeño esta flor pura y fragante hasta que Dios te depare un digno esposo, compañero de tu vida.

“Debería dolerte a par de muerte el mancillar tu cuerpo, santo como templo de Dios. Guarda la castidad virginal, florido adorno de la jovencita. No te entregues para ser el ruin placer de un perdido. Refrénate y apártate del individuo corrompido que te quiere engañar. Sea cual fuere tu amigo, no permitas ningún contacto menos puro, y evita danzas, besos y abrazos, siempre peligrosos”.

Vertido este consejo al guaraní, estremece como varita mágica el alma de las vírgenes. Véaselo: “Ma ẽ nde mita-cuñó, tuvichaité mbaé upé poty rerecóvá nde reté ja nde anga yeguacá. Eñongatá porá-que co nde yvoty ry-a-cuá poraité asy, Ñandeyará ome- é-peve ndeve ne menará-mi”.

“Eñembyasyke nde py-aité gũive remonguyáramo nde reté tupaóicha imarangatú-etéva. Eñongatú teté py-a-ju, cuña poty ye- guaca, imboyoyá-yva. Aní reñeme-é-tei ñeinbosarai reirá. Eveyocó, ja eyeréque upé tecovaí ne mbotavyséva-güi, re mendá-pevé”.

Deploro reproducir sólo una parte de este conmovedor discurso, pues, debo ser breve.

En la Antología adosada por el Padre Guasch a su Gramática, desfilan modelos de prosa y versificación, joyas de la incipiente literatura vernácula. Imposibilitado de reseñar todo el material allí acopiado, me limito a rendir mi homenaje a sus autores: Pedro Encina Ramos. Antonio Rodríguez, Emigdio Martínez, Germán Fariña, Dionisio Collante, Roger Caballero, Jerónimo Silva, Eleuterio Moral Ortega, Emiliano Fernández, el seminarista Eulogio Montiel y los Padres Secundino Núñez y Darío Céspedes, de doctísimas plumas, de quienes cabe esperar la pronta realización del sueño del Padre Guasch: “Una prosa pura y sin resabios extraños”. Una obra nacional por su asunto —agrego yo— definitiva y perdurable, como hay tantas en la literatura indoamericana.

Dada la índole del guaraní me atrevería a sugerir a los llamados a esta empresa el ensayo de la novela de costumbres, con el objeto de dar al extranjero una idea cabal de la vida nacional, presente o pasada, capaz de caracterizarla por signos inconfundibles en la sociología de las naciones de este hemisferio. Supone esto una cátedra servida por maestros bilingües, conocedores de la literatura universal. Sólo por la comparación podrán nuestros futuros novelistas abordar los arduos problemas del estilo, de un estilo al cual pueda considerarse “rostro del alma paraguaya” y permita situarlo por su módulo en el panorama histórico del arte literario. Nada se improvisa en esta materia. Meandros tiene el estilo, inabordables sin guías o preceptores capaces de enseñar su requisito intelectual y su técnica formal. El lenguaje no es todo, sino mero instrumento de expresar y dar a conocer nuestras representaciones, el cual, sin estilo, no es ni puede servir a fines estéticos. Bien dijo Gracián: “no hay arte donde no hay estilo”.

Siguen en la Antología 43 experiencias poéticas debidas al estro de 21 panidas de nuestros días, a ninguno de los cuales debe suponérsele indígena, ni mestizo, pues, fuera de no haberlos, son, a juzgar por sus nombres, de próxima o remota progenie española, sin faltar entre ellos quien, como Marcelino Pérez Martínez, maestro mío de primeras letras hacia 1900, sacude hoy mi corazón con el tierno e imborrable recuerdo de mi infancia y de aquel rico fluir de su palabra. Era él Maestro Normal, de los mejores de su promoción e idealista de raza. Menudo y enjuto de cuerpo, moreno de rostro, ardido de civismo, rico de doctrinas, iluminado e inflamado siempre de inspiración, castizo y diserto expositor, de sonora voz, complacíase en enseñarnos a declamar de memoria las cincuenta estrofas del “Canto al Paraguay” de Juan de Dios Peza o los paraguayismos endecasílabos de “Patria” de Enrique D. Parodi, infelizmente ya olvidados por preceptores y estudiantes de nuestros días.

Obligado estoy así a iniciar mi reseña de la poesía en guaraní con cierto madrigal debido a su Musa nativista, diré así, si se me permite la expresión, para connotar la índole de la deidad inspiradora de este romántico de nuestras letras, muerto a temprana edad, después de un largo cuan amargo destierro, víctima incruenta de su insobornable culto a las libertades públicas valerosamente defendidas con los resplandores de su pluma de polemista.

“Ro hecliaga’u” se intitula esa composición. En castellano: “Te añoro”, según la versión castellana del poeta Héctor L. Barrios. Mas, “añoranza”, aun significando el pesar y la melancolía sentidos en la soledad por la ausencia de otra persona, como es “saudade” del portugués, no traduce con exactitud el vocablo guaraní, aglutinación de dos voces con las cuales el soledoso expresa el dolor obsesivo turbador de su mente causado por la ausencia.

He aquí el breve poema de Pérez Martínez:


Hi ante cheve a vevé

a gueyĩmí ne rendape

añeẽmí nde apĩsápe

che ángapĩhĩhá pevé.


Neina pĩkasutĩmí

che rupí nde pepo ari

ha amó che rembiáĩhupĩ ari

ya ha ta pĩtuumí.


Hi ãnte clié guĩramí

a gueyĩ nde pó pĩtépe

ha pe nde rová ĩképe

ro havi’u mbegüemi.


A ñenóró a ke haguã

ne ñe’ẽ che mĩángekói

hi ã vaichá che renói

ne ndivé a imemí haguã


Maicha moipó ro haĩhú

ku mombĩrĩ re imẽ hape

mamó a yesarekó hape

ne ãngué mante a yuhú.


Ku koẽtĩmbá yavé

re mimbí che resã ĩképe

ha amó kuarahĩ reikepe

che ãhomí nde rehé.


Nda vĩavéi ché mamové

a imei guivé nde ĩpĩpe,

ha upeicha mbaembĩasĩpe

nde raĩhupápe a ikové.


Aunque no literalmente, la versión castellana de Héctor L. Barrios, es la más aproximada al original. Ella dice asi:


Ganas me dan de volar

para posar a tu lado,

al oído hablarte mimado

hasta hartarme de gozar.


Ea, blanca palomita,

llévame sobre tus alas

do está mi amor con sus galas

para hallar paz a mi cuita.


Quisiera ser avecilla

para posar en tu mano

y, con el piquillo, ufano,

acariciar tu mejilla.


Cuando me acuesto a dormir

tu voz escucho en el sueño

para hacerlo revivir.


Cómo ha de ser este amor

que, hallándose así distante,

do fijo la vista errante,

miro tu sombra en redor!


De la mañana al albor

rutilas ante mis ojos,

de la tarde a los sonrojos

lanzo un suspiro de amor.


No encuentro paz ni sosiego

desde que vivo sin ti,

en duelo constante así

por este mundo navego.


No puede pedirse más galanura en la expresión ni más casticismo en el vernáculo.

Hémos así ante una de las primeras y más definitivas pruebas de servir el guaraní de maravilloso instrumento de la poesía culta. Trátase de un hallazgo no vuelto a lograr por el propio poeta, salvo en castellano con “Kyguáverá” y “Queja”, dos perlas del romance dignas de figurar en la Antología hispano americana.

El madrigal de Pérez Martínez señala época en el despertar de la poesía moderna en guaraní. Le siguieron otros panidas: Angel I. González, Leopoldo Benítez, Manuel Ortiz Guerrero, Narciso R. Colmán, Pablo A. Turró, Carlos Miguel Giménez, Lino Trinidad, Tomás Quiroga, Canuto Salas Gutiérrez, José G. Paredes, Juan A. Santa Cruz, Emigdio Martínez, Emilio Bobadilla Cáceres, C. Martínez González, Presbítero Mariano C. Pedroso, Enrique Bogado, Félix Fernández, Pedro Encina, Emiliano R. Fernández, Miguel Fariña y mil juglares anónimos, cuya obra espero glosar en lo venidero, cuando el vagar me lo permita.

La obra de estos artistas evidencia los nobles atributos del idioma aborigen para expresar con los más delicados y armoniosos acentos la gama infinita de emociones del corazón humano. Sopesando sus cualidades dejó un instante el doctor Cecilio Báez su pluma de frío expositor del Derecho Romano para celebrar la aparición de “Ocara-Poty” con un canto entonado al són de su empolvada lira de juventud. No escapó al viejo Maestro la importancia sociológica de ese romancero donde alterna la producción propia de su autor con la anónima de los bardos populares, cantados hoy al són del arpa y la guitarra de nuestros rapsodas.

Silvano Mosqueira, publicista de copiosa contribución a los estudios históricos, también se rindió a la seducción     del idioma nativo y se dió a traducir Las Golondrinas de Bécquer en metros guaraníes. De sus labores de este género no conservo sino la versión de unas Rimas del mismo poeta, muy en boga en el pasado. Dicen ellas así:

 

“Los suspiros son aire, y van al aire;

Las lágrimas son agua, y van al mar;

Dime mujer, cuando el amor se olvida

¿Sabes tú a dónde va?”


Mosqueira las tradujo así:

La ãhó nikó ĩvĩtú ha      o lio ĩvaté

La tesaĩ nikó ĩ ha o ho lamarpe;

E re cheve, nde kuñá: rei kuaápio mamó

Pa o ho, ku mborãhú tesarái pĩré.


No querría terminar esta exposición sin recordar dos piezas, únicas, debidas al estro de dos inspirados poetas paraguayos: Carlos A. jara y Darío Gómez Serrato, a ninguno de los cuales he podido conocer personalmente. El primero de ellos revista en el "Indice de la Poesía Paraguaya” de Buzó Gómez con su “Adiós a la Vida”, canto baudeleriano al alcohol, en cuyos versos campa la mortal desilusión, la desesperanza, el llamado a la muerte de un joven paradojalmente triste, empeñado en arrojar sin piedad al olvido desde la torre de su soledad el recuerdo de la amada esquiva.

La indudable vocación poética de este vate me permite explicar la singular belleza de “Panambí” (mariposa) poema simbolista, diré, por su aproximación a la de los panidas de la escuela francesa de este nombre. Se da en sus versos la correspondencia entre “la mariposa”, objeto del mundo físico, representación de una mujer liviana, y los dolorosos sentimientos inspirados por sus desarreglos al amador, expresada con musicales combinaciones de sonidos, dentro de cierta libertad en la forma, libre de las ataduras de la rima. Si Jara no ha cultivado a los simbolistas, subiría de punto el valor de su experiencia lírica, como singular coincidencia entre dos concepciones del estilo poético en dos idiomas muy dispares: el uno, refinado y universal, como lengua de la civilización del Occidente latino, y el otro, selvático, sin pulimentos como el brillante en bruto, esotérico para todo extranjero, inclinado a juzgarle de enigmático y bárbaro.

Dice así el poema:

Panambí, panambimí,

ayépipo re vi’a,

re mimbí, re yeguapá

ha nde rdiluí umí ĩvotĩ.

 

Che pi’a re mbohorĩ

re ikó ramo re vevé

ha upéguintc re gueyĩ

mbegué katú reí pĩsó

re mokãvo nde pepó

ha rei pĩtévo isapi.

 

Panambí, panambimí,

ro hecháro re vevé

haéva ché nde rehé,

che piápe mbeguemí:


O imene katueteí

ku ha’e o hdihunúvéva

umí ĩvotĩetá apĩtépe

ku o hecharanga amó i kepe

opaiteva o mopirĩ.


Panambí, panambimí,

o guãhévo pĩharé

ha re 'homarõ re ke

ĩvirá rogué apĩtépe,

re hechámiva nde kepe

ku ĩvoti poti kurú,

o mĩatimóiva ĩvĩtú

amoĩté ĩvĩtĩ hovĩpe

ku o hoĩhuva ñasẽindĩpe

ne raãróvo re yu.


Panambí, panambimí,

o u ramo ku ro’ĩ

i pirupá umí ĩvotĩ

ha re pĩtáma ne añó,

re ñanduma i kane’o

ku nde pepo kángĩmí

ha upéguinte ñembĩasĩpe

re’avanga umí ĩsĩ rĩpe

re hovo re ñehundí.


Mi pobre versión castellana lejos está de los misteriosos encantos del original. Con esta advertencia la doy para aquellos desconocedores del guaraní.


Mariposa, pequeña mariposa,

cuán alegre has de vivir,

resplandeciente, toda adornada,

y amada de las flores.


Alegras mi corazón

cuando remontas el aire

y tornas a bajar

lentamente, extendidas

tus alas, a secarlas

y libar el rocío.


Mariposa, pequeña mariposa,

viéndote alzar el vuelo,

suelo decir de tí

quedamente en mi pecho:


“Debe sin duda haber

la más querida de ella

entre las innúmeras flores,

a la que viendo en sueños,

suele estremecerla”.


Mariposa, pequeña mariposa,

Cuando al arribo de la noche

te recoges a dormir

en el obscuro follaje,

no sueles ver en sueño

ese capullo en flor

mecido por el viento

en la azulosa serranía,

que amante del claro de luna

suele esperar su llegada.


Mariposa, pequeña mariposa,

cuando a la aparición del invierno

todas las flores se agostan

y quedas tú solitaria,

no sientes que desfallecen

tus endebles alas,

y luego entristecida

caes en esos raudales

donde vas a perecer.


Si fuera permitido atar cabos y relacionar la delicada intención de “Panambí” con la de “Adiós a la Vida”, no sería aventurado suponer muy íntima su vinculación, dado el amargo reproche del amador a la desleal defraudadora de su pasión, patente en cada uno de ambos poemas.

En el primero de ellos se contempla con piedad conmovedora el trágico fin de la infiel y versátil bien amada, abatida por sus desarreglos cual débil mariposa caída en el arroyo, donde va a perecer. En el segundo lo mismo.

Estremece el dramatismo de estas composiciones líricas de funestos desenlaces.

Me ocuparé ahora de una de las producciones de Darío Gómez Serrato, fecundo e inspirado lírico del parnaso nativo. Un estudio pormenorizado de ellas me expondría a abusar del tiempo y de la paciencia del auditorio. Otros, con más títulos, deben hacerlo, no sólo por placer, sino además por la necesidad de sacar a la luz del romance el rico venero de su arte hasta ahora velada por el vernáculo, en perjuicio de su universalización.

Cumple al patriotismo de nuestros jóvenes ensayistas difundir en el extranjero el arte poética nacida bajo la veste del idioma indígena. Conviene limpiar de telaraña los ojos de la crítica de extramuros, en histórico error, por falta de información exacta, acerca de la aptitud del nativo para el culto de lo bello. Comprendiéndolo así, me he dado a traducir al castellano fragmentos de ese arte hasta ahora conservado oculto, bajo la obscuridad de un idioma torpemente tenido por signo de la rustiquez de lo paraguayo, cuando la singular belleza de cualquiera de sus manifestaciones podría honrar el romancero de América, una vez vertida a cualquiera de los idiomas neolatinos de la Europa de Occidente. Para mí esta tarea era un deber y no menos un placer.

“Yasy Morotĩ” (Blanca Luna) de Darío Gómez Serrato es un poema romántico, agudamente sentimental, en el cual sale a escena su autor, guitarra en mano, en una noche inundada de los blancos fulgores del solitario luminar de las sombras, de hinojos, al pie de la ventana de su bien querida, sorda a los clamorosos reclamos de su sangrante corazón. Al melancólico son de su lira invoca el poeta a la luna, como a un ser divino, y llamándola “hermana”, le pide le ilumine un sitio a la vera de las celosías tras las cuales se oculta la durmiente cautiva de su amor desdeñado, para cantarle su desesperanza en las más triste y dolientes endechas, dictadas por su angustia. Termina este diálogo con el astro noctivago, anunciándole cómo en breve enloquecerá de amor.

Viejo es el asunto, no la manera de tratarlo. En el modo de hacerlo está el estilo del escritor, punto de vista desde el cual podría comparárselo al de José Asunción Silva, príncipe de la lírica colombiana desde la aparición de su famoso “Nocturno”.

 

YASI MOROĨ

Yasĩ morotĩ re mañá mombĩrĩva che rehé re hovo,

pi’a tarovagui marõ nde re kevái cheichaité aveí

ha cheicha re moñava arakaevé ya hupĩtiíva,

ndé ko che reindĩ, yasĩ morotĩ mañá asĩmí.


E yehĩkuavóna ko kuñatai rogaguĩ poráme,

yasĩ moroti, e hesapemí ko che rendaguã;

a ñesupehẽta ko hovetã guĩpe, a ropuraheita,

mbaasĩ poícha che pitéva o hovo ko mbaepotá.


Re keva reina kuñataĩmi a haĩhú porãva,

e pu’ã e hechá ne rokẽme o uva o ñepomoĩ,

tupãmbaeyára, ne renói haguema hembé ruguĩpáva

ha nde rechaségui ĩvága ruãre hesá i kã reí.


Kaaguĩ potĩ che moakãnundúva, nde pukavĩmíre

ha ne rakuãngué rapĩkuéri a ikovangá a tĩrĩrĩ,

e sẽ che rendape he’ukamo cheve nde yurugui eíra

to sopá ángá ko che pĩ’a ĩuhéi, kaaguĩ poti.


E sẽ che rendape ha nde apĩsaitépe ta mombe’u ndeve

mbaéicha rupipa ko che mĩtã hape a ikó a ñembĩasĩ.

che pái ha che kera urutaú rasẽicha che pĩ’a o yopĩva

ha ĩvĩtú piruicha che ruguĩ apere o ikova o poñi. . .


Yasĩ morotĩ re mañá mombĩrĩva che rehé re hovo

nde re kei haguema nde resaĩyúva cheichaité aveí;

koẽramoiténte re hasá hasá re ikovo,

che tavĩ haguema rei kuaá vaerã, yasĩ moroti.


La versión libre que sigue apenas si puede dar vaga idea del original:


¡Oh! blanca luna, que en tu huida me sigues con la mirada fija.

¡ Oh! tú, que, como yo, presa de loca inquietud sufres de insomnio,

yendo, como yo, en pos de lo que jamás se alcanza,

eres mi hermana, ¡ oh! blanca luna de doliente mirada.


Vuélcate debajo el grato alero de esta doncella;

blanca luna, ilumíname un sitio bajo su sombra.

De hinojos, al pie de su ventana, cantaré

este amor que como tisis me consume.


Doncella bien amada que soñando estás,

levántate a ver a quien a tu puerta implora,

pordiosero que de llamarte ensangrentó sus labios

y que de ansias de verte en el cénit está translúcido.


Flor de selva que al sonreír me quemas de fiebre,

a la que arrastrado sigo por aspirar tu fragancia,

sal a mi encuentro y dame a beber la miel de tu boca

para saciar mi sed de amor ¡ oh ! flor de selva.


Sal a mi encuentro para que al oído te diga

por qué me conduelo de mí mismo,

y despierto o dormido, como lamento de urutáu, en mi pecho

(oprimo,

y siento que sobre mi sangre gatea un hálito filoso.

 

Blanca luna que al alejarte me sigues con tu mirar remoto,

lívida, como yo, de no haber jamás dormido,

en breve al lento paso de tu celeste curso

sabrás que de amor enloquecí, ¡ oh ! blanca luna.


Ha de bastar esta pobre traducción del magnífico nocturno de Darío Gómez Serrato para convencer a propios y extraños de cómo la cultura adunada a un fino sentido estético y una auténtica vocación poética, puede hacer milagros en el rico, suave y dulce idioma aborigen, aun aplicado a temas triviales y manidos, como lo de implorar besos a la zahareña castellana, dueña del enajenado poeta de la triste lira.

Cientos de poemas de este género abundan en la literatura, antigua y moderna de todas las naciones. A ninguno de ellos es posible filiar “Yasĩ Morotĩ”, singularísimo por la estilzación de su asunto. Comunicada humanidad a la pálida e insomne luna, deviene ésta interlocutora del diálogo entre el adolorido rapsoda y ella, muda, lívida y fugitiva, respondiente con sólo los destellos de su remota y acongojada mirada, al cabo del cual, perdida toda esperanza, le anuncia el cisne cómo en el curso de su célico viaje, le sabrá muerto de amor.

Ingenuo sería atribuir originalidad a esta dramatización de la pasión erótica, con participación de la “tierna y casta deidad” de la noche, invocada por todos los panidas desde los albores de la lírica castellana.

¿Quién no gustó del melancólico canto “A la Luna” de don Nicodemes Pastor Díaz, o de las delicadas estrofas dirigidas tambien a ella por Julián Romea, José Zorrilla y otros inspirados bardos españoles del siglo pasado, o del famoso “Nocturno” del colombiano José Asunción Silva?

Y en cuanto a lo de morir de amor, tampoco puede pedirse novedad a Gómez Serrato, cuando ya en el siglo XV compuso don Iñigo López de Mendoza su “Querella de Amor”, plática metrificada con cierto trovador traspasado de angustia amorosa, ‘‘cautivo de su tristura", a quien el Marqués de Santillana al final le dice: “Non vos matedes, /ca non sois vos el primero/ni seréis el postrimero/que sabe del qu’ávedes”.

Siendo así, como lo es, descartada está la apropiación en lo substancial por nuestro poeta de una obra ajena. Nadie puede pretenderse dueño exclusivo del tema, no así de la estilística, distinta por cada escritor. La de Gómez Serrato es propia suya, pues, fuera del idioma indígena utilizado por él, la especial estructura de sus frases, comunica a su nocturno extraordinario poder emotivo, como lo de sentirse por amor presa de esa lenta consunción causada por la tisis; de tener ensangrentado los labios de clamar a la prenda de sus entrañas; de estar translúcido de ansias de verla en el cénit; de llevar, despierto o dormido, opreso en el pecho un lamento de urutáu y sentir sobre su sangre el paso de un hálito filoso.

Juzgo digno también de mención al compatriota Eduardo Saguier, autor del libro de texto “El idioma guaraní —Abáñe’é— Método práctico para su enseñanza elemental”, y de otro bilingüe, “Martín Fierro en Guaraní”, con el texto español y su traducción por el autor, quien de muchos años a esta parte dicta en Buenos Aires clases gratuitas del idioma nativo en una por él llamada Academia Guaraní, transformada ahora, a iniciativa del mismo, en Instituto de Cultura Guaraní Tupí, que a justo título preside y del que es prosecretario otro meritorio guaranista, Antonio Ortiz Mayans, autor de un “Diccionario Guaraní-Castellano, Castellano- Guaraní” , del que lleva hechas ocho ediciones.

Debo terminar. Sólo he tenido el propósito de evidenciar la fuerza expresiva, la fluidez y plasticidad del guaraní para servir de instrumento a la belleza. Si no lo he logrado, perdóneseme. Yo, empero, seguiré firme en mi convicción sobre el inestimable valor sociológico del guaraní para confundirnos a los paraguayos en un abrazo fraterno por encima de todas las discrepancias y disensiones, vengan de donde vinieren. Puede el huracán de las pasiones aventar las simientes de nuestra unidad y arrojarnos lejos unos de otros como arena llevada por la tormenta, pero al final, allá, en el remoto confín donde vayamos a refugiarnos, podremos reconstruirla si no nos olvidamos del guaraní, el dulce idioma de nuestros antepasados. He dicho.

Septiembre 24 de 1957.


NOTA: La vocal i con diéresis (i) se pronuncia con sonido gutural (de x, agua). El acento circunflejo en las cinco vocales castellanas (a. e, o, u, i) indica el sonido nasal en dichas vocales.

En la reproducción de frases en guaraní del P. Guasch no se ha logrado disponer de la y con signo curvo encima.

 

 

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