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FÉLIX DE GUARANIA


  PEHENDU CHE ÑE’Ẽ - Letra: FÉLIX DE GUARANIA - Música: LUIS (LUCHO) CARDOZO


PEHENDU CHE ÑE’Ẽ - Letra: FÉLIX DE GUARANIA - Música: LUIS (LUCHO) CARDOZO

PEHENDU CHE ÑE’Ẽ

PALABRAS DESDE LA ESPERANZA

Letra: FÉLIX DE GUARANIA

Música: LUIS (LUCHO) CARDOZO

 

 

PEHENDU CHE ÑE'Ẽ

 

La vida de FÉLIX DE GUARANIA -nombre de poeta de FÉLIX GIMÉNEZ GÓMEZ, nacido el 20 de noviembre de 1924 en Paraguarí-, se moldeó con dolores y esperanzas. Más con esperanzas que con dolores porque aun del sufrimiento más atroz -la tortura, por ejemplo-, salió con la aumentada certeza de que algún día las madrugadas de su patria estarían pobladas de libertad.

De adolescente, a los 15 años, en su pueblo, sintió por primera vez el amargo sabor de la prisión que se le haría familiar con el tiempo. El 21 de setiembre de 1939, en el día de los estudiantes, había "hablado de un revolucionario de carne y hueso llamado Jesucristo" (1)

En 1945, cuando el general HIGINIO MORÍNIGO recorría el tortuoso camino que conduciría a la guerra civil de 1947, fue apresado nuevamente. Esta vez había cometido el "delito" de escribir y representar una obra de teatro que denunciaba violaciones de los derechos humanos. De la División de Investigaciones, junto a otros, fue trasladado a la olería militar de Viñas Cué. De ahí pasó al campo de concentración de "Puesto Muñeca", cerca de Mariscal Estigarribia, en el Chaco.

Fue allí que le dieron por muerto. Sus compañeros de la Facultad de Medicina y de causa, en Asunción, le despidieron con un funeral civil. Unos días después se supo que el fallecido había sido otro y no él.

En julio de aquel año fue liberado por los militares, pero la Policía lo condenó a un nuevo vía crucis. Estuvo confinado en Ybycuí, Villarrica y Ybytymi.

En 1946 se inscribió en la Facultad de Derecho. Esa vez la revolución truncó sus aspiraciones de alcanzar un título universitario. En 1955, en los primeros capítulos persecutorios de la era stronista, por su libro Poemas de Noche y alba se vio obligado a sumergirse en la clandestinidad. Al año siguiente fue detenido y sometido a torturas. Lo mismo ocurriría en 1960. En 1964, cuando asistía al último curso de la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional, ante el peligro inminente de ser asesinado por ANTONIO CAMPOS ALUM y su séquito de bestias, se vio obligado a internarse en la maraña del exilio.

Después de vivir 25 años en Buenos Aires y la Unión Soviética, tras la caída de Stroessner, retornó al país. A poco de su regreso, en 1990, publicó TOJEVY KUARAHY.

Muchos años después el músico y compositor LUIS (LUCHO) CARDOZO -nacido el 7 de diciembre de 1951 en Coronel Bogado-, encontró en ese poemario la obra PEHENDU CHE ÑE’Ẽ que FÉLIX DE GUARANIA había escrito en Buenos Aires en la década de 1980.

"Cuando leí la poesía me gustó mucho y me pareció que debía ponerle música. Por eso hice una polka. Con la guitarra la fui trabajando y mediados del 2005 la tuve terminada. Me parece que expresa lo mismo que TETÃGUA SAPUKÁI. Es una arenga que invita a vivir un nuevo tiempo, a reaccionar ante las cosas que están mal y deben modificarse. Ensayamos luego con FÉLIX RIVEROS y CONRADO CORTESI, quienes forman conmigo el conjunto 'VOCES DE AMÉRICA' y lo grabamos. El nombre del disco es precisamente PEHENDU CHE ÑE’Ẽ", cuenta LUCHO CARDOZO.

 

(1) DE GUARANIA, FÉLIX. Estos son mis testigos y mi testimonio. Asunción, Arandurá, sin año de publicación.

 

 

PEHENDU CHE ÑE’Ẽ

 

Péina ápe aheja che ñe'ẽ toveve

toipykúi tekove rape

tombota tavaygua rokẽ

toñatóĩ ñe'ã

tojoka ijapysa.

 

Tove tojera

tekove apytĩha

tojeupi ñande po yvate

ha toso kupysã.

 

Tove topu'ã tavaygua

tojohéi tetã

tojevy tory

taiñasáĩ vy'a

taipoty mborayhu.

 

 

Letra: FÉLIX DE GUARANIA

Música: LUIS (LUCHO) CARDOZO

 

 

 

Fuente / Enlace:

LAS VOCES DE LA MEMORIA

HISTORIAS DE CANCIONES POPULARES PARAGUAYAS - TOMO X

Autor y ©: MARIO RUBÉN ÁLVAREZ

Edición del autor y Julián Navarro Vera

Dibujo de tapa: ENZO PERTILE

Editora Litocolor S.R.L.

Asunción-Paraguay 2009

 

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CUENTOS DE ELOY FARIÑA NÚÑEZ

 

LA INMORTALIDAD DE HORACIO

 

Quinto Horacio Flaceo, coronada de rosas la cabellera ungida de aromático bálano, salió de la suntuosa mansión de Mecenas, embriagado, no con el añejo y exquisito vino Falerno mezclado con miel de Himeto que había bebido sin temperancia, sino con los elogios que los comensales del favorito de Augusto le dirigieron a propósito de sus sátiras, sus epístolas y sus odas, en el curso de la cena.

Opulenta había sido ésta, en verdad, y digna de la asiática magnificencia que ponía en todas sus cosas aquel descendiente de reyes etruscos y espléndido protector de las letras. La comida se realizó en la torre de la casa que poseía Mecenas en las Esquilias, y desde la cual se divisaba la riente Tívoli, la pintoresca Túsculo, la verde campiña de Esula y la ciudad de Roma, señora del mundo. Los manjares servidos en la mesa atestiguaron el refinamiento del anfitrión: ostras del lago Lucrino, francolín de Jonia, pavo real de Samos, gallina de Numidia, escaro de Cilicia, estornino de Rodas, murena de Tartaria, almendras de Tasos, dátiles de Egipto y vinos de Campania.

Ya de sobremesa, Mecenas hizo leer con un esclavo la oda del vate dedicada a la musa Melpómene, rasgo delicado que hizo girar la conversación sobre las poesías de Horacio. Todos convinieron en que su nombre sería inmortal como Roma.

Mientras la litera avanzaba por una vía sombreada de cipreses en dirección a la urbe, Horacio, al parecer insensible a los encantos de la bella y fresca mañana, dejó mecer dulcemente su pensamiento entre los amables recuerdos que recreaban su espíritu y las apologéticas palabras que seguían sonando en sus oídos.

Sí, como él lo había cantado en magníficos versos, no todo muere, la más remota posteridad repetiría con admiración su nombre por haber sido el primero que acomodó al genio latino el verso eólico. Nada quedaría tal vez de su vida, frágil ánfora pronta a convertirse en añicos; sólo subsistiría la divina llama de la inspiración lírica, palpitante en sus cantos. Más valía así, porque, ¿qué había sido su vida hasta el presente? Un tejido de contradicciones, una amalgama de sublimes pensamientos y de bajas realidades. Sin vacilación alguna, su vida no tenía el mismo valor que su obra. Primeramente, arrojó con la cobardía de un vil esclavo el escudo en la batalla de Filipos, cuando peleó como tribuno en el ejército de Bruto y Casio. ¡Cuánto le avergonzaba ahora el deprimente recuerdo de aquella fuga desesperada a Roma! Su valor en el combate no fue más grande que el de una débil mujerzuela, y más se prestaba a ser ridiculizado en la sátira que a ser celebrado en la oda. Después, hubo de valerse de la amistad de Virgilio y de la protección de Mecenas para que Augusto le perdonara aquella acción. Razón tenían sus émulos cuando lo acusaban de adulador del César. ¿No había cantado en estilo pindárico las victorias de Augusto y llevado su servilismo hasta divinizarlo en vida en sus versos laudatorios? ¿No había achacado acaso a la muerte de Julio César, por lisonjear a su sobrino, la creciente del Tíber? ¿No tenía en el jardín de su casa una estatua de Augusto con la cara de color de púrpura? Ciertamente que fue grande la falta cometida por él, al combatir contra el César en Filipos; sin embargo, no debió rebajarse hasta el extremo de agradecer a las Musas, como un supremo beneficio, su reconciliación con el enemigo de la víspera. ¿No se había hecho pública también su voluntad de que, a su muerte, nombraría heredero a Augusto? No menos vituperable era su constante adulación a Mecenas, Quintilio Varo y demás privados del César.

Por otro lado, su conducta no se ajustaba a los elevados preceptos de la filosofía estoica que predicaba en sus versos. Cantor de la mediocridad áurea, de la templanza, de la existencia sosegada y del apartamiento del vulgo, su vida privada y pública distaba de ser un modelo de austeridad, de moderación y de virtud. Su "Beatos ille", sus consejos a la juventud romana y sus plegarias a los dioses no dejaban de asemejarse a las prédicas de los filósofos cínicos que se hartaban en los banquetes.

Más, ¿quién, al cabo de dos o tres siglos, se acordaría del impuro barro del ánfora que contuvo licor tan excelente? Seguramente nadie, como nadie tenía presente la cobardía de Demóstenes ante la inmortal belleza de sus oraciones, o la fealdad de Sócrates ante la sublimidad de su filosofía. El esplendor de su obra poética, eclipsaría su vida, sumergiéndola en una piadosa penumbra. Sólo quedaría de su fugitivo paso por la tierra el recuerdo de las horas divinas en que, sacerdote de las Musas, danzó con el coro de las vírgenes y de los niños ante sus altares. ¿Qué era la vida, en definitiva? Quizá un accidente; tal vez un fenómeno deleznable; en todo caso, un pretexto para crear con el dolor y el placer experimentados, versos más duraderos que el bronce y las pirámides faraónicas, como él lo afirmaba triunfalmente en la oda a Melpómene leída en el convite de Mecenas. Lo único digno de sobrevivir a la precaria y caduca existencia de los hombres era, no la bajeza de su carne atormentada y triste, sino el celeste aleteo de su espíritu arrebatado por la locura apolínea o la embriaguez dionisíaca. Todo pasaba, todo moría, menos la sagrada emanación del ser, agitado por la inspiración o estremecido por el canto.

Horacio cesó de meditar para dirigir una mirada a Roma, que se distinguía a lo lejos, en el término del agro verde, dorada por la lumbre solar, bajo un cielo límpido. A la mente del poeta vino la invocación al Sol de su "Carmen Saeculare". ¿Alumbraría el astro en el lejano porvenir una ciudad más grande que la urbe de los siete collados? Acaso; pero, aun en la hipótesis de que desapareciera Roma, el recuerdo de su poderío no se extinguiría nunca. Y mientras no se perdiese la memoria de la urbe y de la lengua latina, su nombre sería repetido con veneración por las gentes venideras.

Y, con el pensamiento puesto en la brevedad de sus días triviales y en la inmortalidad de sus versos augustos, Horacio entró en Roma a la hora en que un coro de doncellas y de niños entonaban en el Capitolio su himno a Apolo y Diana.

 

**/**

 

LA MUERTE DE PAN

 

Pan fue el último sobreviviente de los dioses de la Hélade.

Extinguido el reinado de Zeus, conforme a la profecía de Prometeo, y viendo que no le era posible librarse del inexorable decreto del destino, ante cuya voluntad se doblegan los propios dioses, se refugió en una isla desierta, pesaroso del espectáculo que ofrecían a su vista los altares destruidos y las estatuas mutiladas.

Veía próximo su fin, y la congoja que sentía ante la idea de la muerte, era para el dios el más claro testimonio del término de su inmortalidad. Su condición divina experimentaba ahora las zozobras de la naturaleza humana: inaccesible al dolor, conocía hoy el sufrimiento; inmutable, perdía a menudo la serenidad inherente a los seres olímpicos; exento de flaquezas, desfallecía con frecuencia. Como participaba de las dos naturalezas, sufría como divinidad y como criatura perecedera. El Pan humano suspiraba por una inmortalidad inextinguible, en tanto que el Pan divino acataba sin protesta el fallo de los hados.

Según su costumbre, hallábase aquella memorable tarde a la sombra de una enramada, frente al mar azul cuyas olas llegaban blandamente a la playa arenosa de la isla, desde la cual se distinguía la costa de la sagrada tierra de los dioses. Una rama colgante acariciaba sus cuernos de cabra.

-¡Oh, Pan, la tierra ya no es digna de ser habitada por los inmortales! -díjole el postrer fauno, tratando de endulzar sus últimos momentos-. Mira a tu alrededor y no verás más que ruinas por todas partes. Oprime el corazón pensar en lo que ha venido a parar tanta grandeza. Hasta los olímpicos, menos tú, el más antiguo de ellos, han desaparecido. Todo lo que está pasando, es extraordinario y me llena de terror. Algún titán, más poderoso que nosotros, se habrá hecho señor del mundo. Tal vez el dios desconocido...

Nada repuso el inmortal a las palabras del fauno, el cual se tendió resignado sobre la hierba a los pies caprinos de Pan, en vista del tenaz silencio de éste.

Nada del idílico paisaje ambiente veía el numen en aquel momento; su imaginación volaba por los rientes y húmedos prados de Arcadia donde viviera feliz y res petado durante tantos siglos, en compañía de pastores y ganados que amaban, como él, la libertad del campo, la frescura de la fuente, la espesura de la enramada. Nunca quiso reinar en la ciudad, ni pretendió que sus devotos le erigiesen templos suntuosos en los sitios públicos; contentábase con ser adorado de la gente del campo, bajo formas rústicas y groseras, al aire libre, en plena naturaleza, en el propio centro de las fuerzas que reconocían su dominio. ¿Para qué altares magníficos si él lo era todo y estaba en todo? El ritmo de su flauta concertaba la armonía universal; una nota de su caramillo resumía los murmullos de la selva, el rumor de las corrientes, el canto de las aves, todas las voces de la naturaleza corpórea e invisible. Adorar el eco más imperceptible era rendirle tributo.

Después, fue acrecentándose su poderío. De las verdes praderas de Arcadia pasó a los campos de toda la Hélade y su culto fue extendiéndose, propagado por los poetas bucólicos.

La frente del numen arcádico llenóse de pensamientos sombríos, al llegar a este punto de su evocación. Como náufrago de un desastre, encontrábase en la isla solitaria, sin otra compañía que la de un fiel fauno, el único sobreviviente viviente, también, de la raza de los sátiros, silenos y faunos. El inmenso mar glauco se hundía en las primeras sombras del crepúsculo que iba a presenciar el ocaso del último dios heleno. Pan creyó percibir un debilísimo eco del canto de las sirenas y las oceánidas hacía tiempo extinguido. De los montes de la isla descendía a la pradera como un murmullo de trinos apagados. En una verde colina triscaba una manada de cabras. En la distante costa se aprestaban a lanzarse a alta mar unos barqueros.

-Ya que todos han muerto, voy a morir yo también -dijo el numen, saliendo de su abstracción melancólica-. No quiero sobrevivir a la desgracia que ha caído sobre la raza de los dioses; pero conmigo ha de hundirse para siempre algo que ya no conocerán las gentes venideras.

Luego, dirigiéndose al fauno, ordenó:

-Pásame la flauta... Voy a tocarla por última vez. Tomó su instrumento favorito, hinchó los carillos y sonaron los cuatro primeros tonos de una solemne y fúnebre melopea hipolidia. Con la mirada fija en dirección a Atenas y con el pensamiento puesto en las praderas de Arcadia, arrancó a su flauta los postreros sonidos de la melodía infinita del Olimpo y de la augusta armonía del pensamiento griego.

El fauno, al oírla, comprendió toda la intensa angustia humana del dios agonizante y procuró consolarlo de nuevo, exclamando con júbilo:

-¡lo, Pan! ¡Lánzate a la conquista del cetro del mundo, salva a los tuyos, como en otros tiempos venciste al enemigo, infundiéndole terror con tu presencia!

Pan dejó de tocar y repuso serenamente:

-Es tarde ya y, además, no puedo eludir el cumplimiento de la voluntad del destino. Nuestra suerte estaba escrita, antes de existir nosotros, los primeros dioses, de los cuales salieron los demás. Era inevitable, la extinción de la descendencia de Zeus y la ley va a cumplirse totalmente. El oráculo de Delfos ha enmudecido y es fuerza que todas las voces divinas, que han venido resonando en las profundidades del mar, en las alturas del firmamento, en las umbrías del bosque y en el fondo de los santuarios, se apaguen para siempre. Día vendrá en que sobre las ruinas de los nuevos altares aparecerá otro dios desconocido... Y así, incesantemente, hasta el fin del mundo por disposición de la fatalidad; pero siento que las fuerzas se me escapan, que la inmortalidad, me abandona, que muero...

Fueron sus últimas palabras, dichas con la serenidad de la inmortalidad caduca, de la agonía humana y del crepúsculo moribundo que se extendía sobre la isla desierta.

Rodó la flauta al suelo y el cuerpo de Pan cayó pesadamente sobre la fresca hierba en medio de un profundo silencio sólo interrumpido por los gritos del fauno.

Entretanto, los barqueros, atraídos por la extraña melodía que sonaba allá lejos, en la isla solitaria, venían remando hacia ella. Cuando llegaron a la ribera, cesó repentinamente la misteriosa melopea, y, al cabo de una breve pausa, oyeron aterrorizados un grito desgarrador, que retumbó en la inmensidad del mar, y que decía:

-¡El gran Pan ha muerto!

 

 

Fuente: LAS VÉRTEBRAS DE PAN.

 

Cuentos de ELOY FARIÑA NÚÑEZ

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 17)

© de esta edición Editorial El Lector /

© de la introducción Francisco Pérez-Maricevich

ABC COLOR y Editorial El Lector,

Asunción-Paraguay 2006 (92  páginas)

Director editorial: Pablo León Burián

Coordinador editorial: Bernardo Neri Fariña

Guía de trabajo: Francisco Pérez-Maricevich

Asunción - Paraguay. 2006 (92 páginas)

 

 

 

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