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MANUEL DOMÍNGUEZ


  MANUEL DOMÍNGUEZ - ESTUDIOS HISTÓRICOS Y LITERARIOS


MANUEL DOMÍNGUEZ - ESTUDIOS HISTÓRICOS Y LITERARIOS

MANUEL DOMÍNGUEZ

ESTUDIOS HISTÓRICOS Y LITERARIOS

Textos recopilados de MANUEL DOMÍNGUEZ

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay

2010 (255 páginas)

 

 

PRÓLOGO

 

         Manuel Domínguez, autor del presente libro, "fue el más poderoso cerebro que haya producido el Paraguay" afirmó el eminente intelectual compatriota Juan E. O'Leary.

         Corroborando la citada opinión es justo afirmar que, el doctor Manuel Domínguez fue un paraguayo que se engrandeció en el culto y el amor a su Patria exaltando su historia y su cultura. Escritor de prosa galana se caracterizó por su capacidad de síntesis con un estilo personalísimo que enseñaba deleitando al lector.

         Nació en 1867 en el empobrecido ambiente de la Guerra Grande y su infancia se desarrolló entre los escombros de la Patria; creció convencido de ser hijo de una raza invencible, por eso su patriotismo fue firme y orgulloso.

         Sus primeras letras aprendió en Itaguá en donde llegó con su madre, desde Pilar, su pueblo natal. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Asunción y llegó a ser Maestro de Primaria. En la Universidad Nacional de Asunción estudió Derecho para satisfacer su afición por la jurisprudencia.

         Escritor prolífico e investigador riguroso publicó "El alma de la Raza" y "Causas del Heroísmo Paraguayo" sus obras maestras.

         El mayor esfuerzo de su vida lo dedicó a la defensa del Chaco exponiendo los títulos históricos, y las expediciones coloniales, convirtiéndose en el paladín de la Nación.

         Murió en Asunción, en 1935, pero le sobrevive su obra histórica en la que enalteció a su Patria.

 

         Margarita Prieto Yegros

         Enero de 2011

 

 

 

 

INDICE

 

PRÓLOGO, por MARGARITA PRIETO YEGROS

DOMÍNGUEZ, por JUAN E. O'LEARY

MANUEL DOMÍNGUEZ, EL ANIMADOR, por JUSTO PASTOR BENÍTEZ

LUCÍA MIRANDA

Estudio sobre LA ATLÁNTIDA, del doctor DIÓGENES DECOUD

SCHMIDL

LA EJECUCIÓN DE ANTEQUERA

MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

JUAN VALERA

Nota al SALTO GUAIRÁ, de Victorino Abente

EL CUERVO Y LAS CAMPANAS

DE PASO POR LA VIDA

RAFAEL BARRETT

ALBERDI, el precursor

RENAN, sus ideas y su estilo

VALLE-INCLÁN

EL MILAGRO DE LO ETERNO: JESÚS-CRISTO

 

 

DOMÍNGUEZ

 

         Después de Moreno, Domínguez...

         Los dos han vuelto a encontrarse esta vez para siempre, en los dominios de la inmortalidad. Obreros consagrados a una misma tarea, siguieron la misma ruta en la vida y cumplieron la misma misión sobre la tierra. Fueron los encargados de defender nuestros derechos, de esclarecer nuestro pasado, de exaltar nuestras glorias pretéritas. Durante cuarenta años no hicieron otra cosa. En los albores de la juventud, renunciando a buena parte de la felicidad, se sepultaron en el mar ignoto del Archivo Nacional, para sorprender el secreto de la historia y poner magníficas claridades en nuestra oscurecida tradición. Fueron como los pioneros que, hacha en mano, se abren paso en la selva virgen. Y acumularon documentos por millares y tomaron notas en número incalculable, con paciencia admirable y admirable abnegación. Queda el rastro de su inmensa labor en cada volumen del Archivo, que nadie conoció como ellos, que acabó por no tener misterios para ellos, dándose por entero a su terca perseverancia. Y, así, gracias a ellos, otros que vinieron después, encontraron fácil la tarea y no tuvieron ya que hacer de leñadores, para abrir caminos asoleados en el sombrío bosque, al aprovechar los títulos que ellos amontonaron y ordenaron después con precisión matemática, al formular nuestros primeros alegatos. Ahora y sobre la base de cuatro décadas de labor oscura, no es difícil blasonar de suficiencia en esta materia, y hasta desconocer la obra gigantesca de los que, luchando con la pobreza, en un medio hostil a estas consagraciones desinteresadas a un romántico ideal, acumularon para otros tan estupendo material. Y brilla, gracias a ellos, nuestro derecho sobre el Chaco Boreal. Bolivia ha tenido que apelar a la mentira, al sofismo, a afrentosas falsificaciones, al argumento supremo de la guerra, para pretender anular su obra indestructible. Vano empeño, en el que su fracaso ha sido total, ya que la verdad, como repetía Domínguez, es poderosa como Dios. Vencedores siempre de la impostura, fuimos también vencedores en los campos de batalla, porque nuestros soldados llevaron a la guerra la fe profunda que ellos pusieron en el alma de nuestro pueblo. Y es inútil que se pretenda anular este triunfo de nuestra causa. Nadie arriará jamás nuestra bandera clavada, a fuerza de heroísmo, en las márgenes remotas del legendario Parapití. El Paraguay, fiel a la obra de sus apóstoles, reitera sobre su tumba la decisión sublime con que fue al sacrificio por la integridad de su soberanía. Y ellos, Moreno y Domínguez, en la gran serenidad de la muerte, a pesar de su ausencia definitiva material, seguirán siempre presentes en la conciencia nacional, como un estímulo imperecedero a nuestro patriotismo y como un llamado imperativo y constante al cumplimiento del deber.

         No necesito estudiar en esta hora la múltiple personalidad del doctor Domínguez. Queda al frente de uno de sus mejores libros un análisis de sus atributos intelectuales, en el que creo haber dicho verdades definitivas. Fue, en síntesis el más poderoso cerebro que haya producido el Paraguay. Y un verdadero poeta de la prosa, del que nos quedan muchas páginas de magnífica belleza, que resistirán a las injurias del tiempo. Y, por sobre todo, un auténtico paraguayo, que se sintió engrandecido en el amor de su país y en el culto, sin distingos, de su pasado. Fue mi maestro y fue mi compañero. Si algo he hecho en la vida, es porque conté siempre con su generosidad, con su apoyo decidido, con sus aplausos y con su eficaz cooperación. Por eso, le admiré siempre, le amé mucho más. Y su muerte no es solamente una pena muy grande para mí, es como una mutilación de mi ser espiritual.

         Y ahora, no un adiós al amigo inolvidable, vítores al vencedor de la muerte, que no va a perderse en las eternas sombras, que entra transfigurado en la luz inextinguible y queda para siempre en mi memoria y en mi corazón.

 

         Juan E. O'Leary

 

 

 

LUCIA MIRANDA

 

         Los relatos la presentan a Lucía Miranda como víctima de la pasión amorosa de un salvaje, aureolada por el martirio de "Sancti Spiritus", y así la mostraron en el teatro dos dramas, el de Ortega y el de Labardén.

         ¿Y hay o no un fondo de verdad en ello? ¿Existió o no la heroína? El problema se parece un tanto a "Eldorado", del cual se decía también que era mito o fantasma sin consistencia.

         Y habiendo identificado este supuesto fantasma con el Perú de los Incas ante la Junta de Historia y Numismática, quiero tratar del otro indicado enigma de los anales del Río de la Plata.

         Voy por partes, ordenadamente, apretando datos, abreviando citas.

 

 

EL RELATO DE RUY DÍAZ DE GUZMÁN Y

LOS TEXTOS DE HISTORIA ARGENTINA

 

         El primer relato está en La Argentina de Ruy Díaz de Guzmán, lib. 1°, cap. 7°, y, en esencia, es así:

         Un cacique timbú, Mangoré, da en enamorarse de la bella Lucía, mujer del soldado Sebastián Hurtado, y para apoderarse de ella dispone alevosamente el asalto del fortín de "Sancti Spiritus". El salvaje amante cae como un bravo en la pelea, pero triunfa la indiada y Lucía queda cautiva en poder de Siripo, hermano de Mangoré y heredero de su poder y su pasión por la española. Sebastián Hurtado, ausente de "Sancti Spiritus", integraba una expedición de 40 hombres que, en un bergantín al mando del capitán Ruy García de Mosquera, buscaba víveres por las islas; se separa de la compañía, va en demanda de su mujer y después de incidentes de tinte escabroso que omito, en cortesía, Siripo, devorado por los celos, hace perecer a la infeliz Lucía en una hoguera. En cuanto a Sebastián, "atado en un algarrobo, de pies y manos, fue con agudas flechas asaetado".

         Es lo que repitieron Techo, Lozano, Guevara, Charlevoix, Funes. Entre los autores modernos que creen en lo sustancial de este relato, recordamos a Fregeiro, Damián Méndez, Morla, Vicuña, Lassaga, Cervera.

         Mas, en los textos de historia argentina, principalmente en los que se compusieron después del libro de Madero, Historia del Puerto de Buenos Aires, se tiene por leyenda neta el relato de Ruy Díaz y se sabe todo lo que la crítica rioplatense ha derramado sobre el cronista. ¡Hasta la tinta ácida del sarcasmo, la gota corrosiva!

         Y sin embargo de todo, me tomo la licencia de refrendar, en sus líneas esenciales, el relato condenado, poniéndome sin rebozo en grave conflicto con la crítica letal. De no salir airoso en mi empeño, llevaré en el pecado la penitencia...

         Y veamos primero las objeciones de Madero y los demás que le siguieron, desde Lafone Quevedo hasta el gran americanista don José T. Medina, autor de dos tomos sobre Sebastián Gaboto.

 

         LAS OBJECIONES AL RELATO DE RUY DÍAZ

 

         El argumento que se esgrime contra Ruy Díaz, en primer término, es que Carlos V prohibió a Gaboto embarcar mujeres en su armada "por evitar daños e inconvenientes" (Instrucciones. Real Cédula, 20 septiembre 1525), y así, dicen, Lucía no pudo encontrarse en "Sancti Spiritus" cuando el ataque a mansalva de los indios ni en ningún otro momento. A la vista del documento desesperante, la condición necesaria del drama se evapora. ¡Van al limbo de la leyenda Lucía, su belleza y su tormento, el cacique y su pasión!

         Pero, tal vez pueda romperse el eje de ese raciocinio y sea posible restablecer en el centro del cuadro la imagen de la heroína, desolada y suplicante. Vienen algunos datos y un rápido análisis, con permiso de la crítica tajante.

         Las cédulas reales que conocemos se refieren únicamente a las tres naos de Gaboto, "Santa María de la Concepción", "Santa María del Espinar" y "La Trinidad", para las cuales el monarca contribuyó con 4.000 ducados. Según la capitulación, el rey nombraría "los oficiales que han de ir en la dicha armada" y, en efecto, designó contador y tesorero para cada una de las tres naos y no los nombró para la carabela de Miguel de Rifos, la "San Gabriel", embarcación particular independiente, hasta donde cabe, en que no eran socios como lo eran en las tres naos, Carlos V y los armadores de Sevilla. Miguel de Rifos se aprestó por cuenta propia, con recursos propios (Herrera). En las últimas instrucciones, diez días antes de la partida, el monarca decía a Gaboto que "se os han dado tres cédulas, todas de un tenor, par que en cada navío de los de dicha armada fuese una". ¡Ni alusión a la carabela de Rifos, que quedó sin la cédula indicada!

         Y así cabe preguntar si la prohibición de traer mujeres alcanzaba o no a la carabela particular de Rifos, sin que tampoco sepamos qué gente vino en ella, excepto dos, Fernando Esquivel y Juan de Orozco (Medina). ¡Quién sabe si Lucía y su marido no se embarcaron en esa carabela incorporada a la armada oficial! Es una posibilidad poco probable, lo confieso, pero es posibilidad, y "la verdad es a veces inverosímil", sobre todo en la ciencia conjetural que se halla historia.

         Otro dato. En la isla de Palma desertaron cuatro marineros y en cambio se incorporaron a la expedición ocho personas, de las cuales sólo se conocen dos nombres, Juan Gómez y Martín Niño, un arpista. Otras dos de las seis restantes pudieron haber sido Sebastián y Lucía, en detrimento de las instrucciones, ya que para Gaboto éstas no existían desde que se dio a la vela, según se complugo en violarlas. El darlas a Gaboto fue "tiempo perdido", dice Medina.

         Y hoy más. En el Puerto de los Patos, costa del Brasil, aparte de tres náufragos de la expedición de Solís (Enrique Montes, Melchor Ramírez y Francisco Fernández), se embarcaron en la armada catorce personas, tripulantes de la "San Gabriel", tocaya de la carabela de Rifos y separada de Loaiza en el río de Santa Cruz y, salvo Pedro de Haya y un tal Durango, no conocemos sus nombres. Lucía y Sebastián pudieron ser del número de las doce restantes que quedan innominadas. Esta hipótesis presupone que a bordo de la "San Gabriel" de Loaiza, pudiese haber habido mujeres.

         Cabe otra posibilidad, la más probable, muy verosímil. El que era jefe de "Sancti Spiritus" y peleó con los asaltantes y a duras penas se salvó, Gregorio de Caro, en documento auténtico, respondiendo en España a un interrogatorio de Gaboto, declaró que la guarnición de dicho fuerte se integró con "quince hombres" de la dotación de la armada de Diego García (Medina, Sebastián Gaboto, tomo 1°, p. 200, nota 27). Esos "quince" continuaron en "Sancti Spiritus" y algunos de ellos murieron cuando el asalto consabido (Id., p. 204) y ya que ignoramos sus nombres, nada impide que uno de aquellos quince fuera Sebastián, quien bajaría allí con Lucía. Verdad es que se pensó prohibir a García, como a Gaboto, el traer mujeres a bordo, pero las instrucciones con esa prohibición no se firmaron porque -caso singular- ¡ya García había partido, rumbo al Río de la Plata! (Id. Diego García, p. 79). Conste que García pudo traer lícitamente el artículo prohibido a Gaboto.

         Son cuatro posibilidades de que se ha prescindido, desde Madero hasta Medina, salvo Cervera, en su Historia de la ciudad y provincia de Santa Fe, que, de paso, insinuó la última, sin contar con el dato numérico y concluyente de Gregorio de Caro.

         Pongamos a un lado la carabela de Rifos. Con los seis incógnitos embarcados en la isla de Palma, los doce en el Puerto de los Patos y los quince desembarcados en "Sancti Spiritus", tenemos treinta y tres innominados que son otras tantas posibilidades para que dos de ellos puedan ser Sebastián y su mujer. Eliminando todavía los dos embarcos, la crítica más severa concedería, creo, el probable desembarco de Sebastián y su consorte en el lugar de la catástrofe entre los quince soldados de García. Y tenemos la condición suficiente del problema, o sea, la posible presencia de Lucía en el fortín. Según Ruy Díaz se salvaron de la matanza otras cinco mujeres.

         Las demás objeciones son casi todas negativas, es decir, de ningún valor. Las apretamos y deshacemos por su orden.

         En el modo de ver de los críticos, la causa de la tragedia fue únicamente la venganza. Es lo que sale de los documentos, pero éstos no dicen siempre toda la verdad. El odio a Gaboto y sus soldados no excluye otros estímulos, como la codicia y el amor a la Lucía. Causas que pueden ser concomitantes no son incompatibles.

         Añaden que en los procesos incoados en España no se cita a Mangoré ni Siripo y sí a Aneya y Bocen. Cierto, pero esos procesos no tenían por objeto catalogar los nombres de los jefes indios. Cada interrogatorio ponía en otra dirección el pensamiento del declarante. Si se cita a algunos es por incidencia. El mismo Ruy Díaz cuenta que en la acción intervinieron varios caciques.

         Es inverosímil, apuntan, la pasión de un salvaje por una dama, en las condiciones del relato. Contestamos que Lucía pudo no haber sido una dama, es decir, una señora noble y sí una mujer del pueblo -era la esposa de un soldado- y no vemos porqué todo un señor cacique no ha de perder la cabeza por una blanca, sea dama o no lo sea. El corazón del hombre de la selva no es de otro metal que el nuestro.

         Los expedientes o procesos incoados en España, insinúan, nada dicen de esa historia de Lucía. ¡Claro! Los declarantes eran los que tornaron a España con Gaboto, García y Montoya, y los fugitivos nada podían saber de lo ocurrido en "Sancti Spiritus", lugar de su derrota, semanas después de su partida a España. Los críticos quieren que testifiquen los que por necesidad estaban en otra parte, muy lejos ya de "Sancti Spiritus", los que ni de oídas supieron lo que posteriormente sucedió en el fortín, lo que ni siquiera se les preguntó porque los interrogantes lo ignoraban también...

         Los soldados de Gaboto que quedaron en el Río de la Plata, al mando de Ruy García de Mosquera, ex compañero de Sebastián, serían los únicos informados de esa historia y lo que éstos dijeron hemos de ver más adelante en las tres tradiciones que dejaron.

         Ruy Díaz, concluyen, erró el nombre del jefe del fortín, con decirnos que era Nuño de Lara en vez de Gregorio de Caro, y erró la fecha del ataque. Es verdad, pero ¿quién ha de sostener que el error en un detalle o en varios implica la falsedad del conjunto? Oviedo también erró el nombre del jefe del fortín, con decirnos que era Santa Cruz y, sin embargo, salvo este nombre, lo que cuenta no se discute.

         Y a propósito de detalles, fijémonos en los aciertos reales o probables de Ruy Díaz.

 

         DETALLES EN QUE RUY DÍAZ SE PUSO EN LA VERDAD

 

         Lucía y Sebastián, dice, eran naturales de Ecija. Se trata de una población de la provincia de Sevilla, célebre por la belleza de su cielo y el encanto de sus mujeres, y ciertamente vinieron con Gaboto otros vecinos de esa ciudad, como Pedro de Chavarría, criado del arcediano (Medina).

         Afirma que los indios "pegaron fuego a la casa de la munición", incendio ratificado por los testigos oculares o, más bien, actores que pelearon con los indios -Santa Cruz y Caro (Id., pp. 200 y 204, notas).

         Quiere La Argentina que se salvaran de la catástrofe "tres o cuatro muchachos". En el fortín había cinco de éstos, afirmación contundente del citado Caro (Id., p. 200, nota 27), constante en instrumento público.

         En el relato del cronista, cuando Ruy García de Mosquera y consorte volvieron al fortín destruido, vieron "los cuerpos de sus hermanos y compañeros hechos pedazos". Son casi las mismas palabras de Santa Cruz, que vio este cuadro espeluznante y lo pintó a Oviedo (Oviedo, tomo 2°, p. 175).

         A Sebastián lo ataron a un "algarrobo", asevera Ruy Díaz, y documentos antiguos dicen que abundaba esa clase de árboles en las cercanías de "Sancti Spiritus" (Cervera, tomo 1°, Apéndice, p. 32 y sgtes.). El pormenor aislado nada valdría, pero en el conjunto algo significa.

         Ruy García de Mosquera y sus soldados, abandonados por Gaboto, en el relato de Ruy Díaz, fueron a la costa del Brasil, pelearon con los portugueses, los vencieron y saquearon los arsenales del Rey de Portugal. Y un auto de Irala (1° de abril 1546), datado en Asunción, consigna que Hernando de Rivera, uno de los soldados del propio Mosquera, tenía en su poder un verso (cañoncito), "con insignias y armas del Serenísimo Rey de Portugal, que lo hubo en cierta refriega con los portugueses en la tierra del Brasil" (Archivo Nacional de la Asunción, N° 627). ¡Extraña confirmación, singular atestación de la veracidad de Ruy Díaz!

         Y La Argentina trae después a aquellos simpáticos bandidos a la isla de Santa Catalina y allí vivieron, dice, hasta que don Gonzalo de Mendoza los incorporó a la población de Buenos Aires; entre ellos "a Ruy Mosquera, Herrando de Rivera, Pedro Morán, Ferrando Díaz, Francisco de Rivera y otros, así castellanos como portugueses" (Lib. 2°, Cap. 13).

         ¡Verdad puntual en los hechos, en los sitios y en cada nombre! La prueba concluyente y sin vueltas está en la información de don Gonzalo (Colec. Garay, Archivo de Enrique Peña) y en la corta biografía de los nombrados y de algunos más que hemos de publicar alguna vez. La exactitud se acrisola al extremo de que hoy podemos precisar los nombres de esos "otros" a que alude Ruy Díaz. Eran Andrés de Arzamendia, Pedro Galbán, Pedro Genovés, Alonso Martínez, Gonzalo Moiano, Juan Pérez y Francisco Ruiz (Id., declaración de Arzamendia y de Juan Ruiz).

         Otras consideraciones decisivas en abono de Ruy Díaz:

         Del análisis de la documentación conocida sale que Gaboto trajo de España 210 hombres. Se le incorporaron 42 (8 en la isla de Palma, 1 en Pernambuco, 17 en el Puerto de los Patos, 1 en San Lázaro y 15 en "Sancti Spiritus") que, sumados con los anteriores, componen 252. Restando de este total 222 (muertos de enfermedad y en manos de los indios, ahogados, desertores, ejecutados y los que volvieron a España), faltan alrededor de 30 hombres. El vacío sólo puede llenar, con algún exceso, el relato de Ruy Díaz, quien nos da el destino de Ruy García de Mosquera y sus 40 soldados, cifra en la que insiste dos veces (Lib. 1°, caps. 7° y 8°). Vale decir que sin Ruy Díaz no se sabría qué fue de la séptima parte de la gente embarcada en España, balance elemental que nadie ha hecho. Los que anonadan a Ruy Díaz vienen obligados a decirnos a dónde fueron a parar aquellos 30 soldados.

         ¿Y la cuenta de los bergantines? Gaboto construyó cinco, por lo menos. Una naufragó en "Sancti Spiritus", otro en la isla de San Gabriel, dos se perdieron o extraviaron hacia la isla de Lobos y Gaboto volvió a España sin bergantín. ¿Qué fue del quinto? Sólo Ruy Díaz nos da su rumbo con decirnos que en él Mosquera y compañía, abandonados por Gaboto, se trasladaron al Brasil.

         ¿Y cómo explicar la exactitud de Ruy Díaz, realmente asombrosa, en tantos pormenores?

         De la siguiente manera:

 

PRIMERA TRADICIÓN: RUY DÍAZ PUDO OÍR LA HISTORIA DE LUCÍA CONTADA POR LOS SOLDADOS DE GABOTO, LOS DE MENDOZA Y ALVAR NÚÑEZ

         El mismo Ruy Díaz nos dice que a la naciente colonia concentrada en la Asunción se incorporaron "las reliquias de los soldados de Gaboto" (Lib. 1°, cap. 18), veinte por lo menos, según la prueba en una monografía inédita, y ellos guiaron las expediciones en la irradiación de la conquista. Algunos de ellos vivieron lo bastante para alcanzar la adolescencia del autor de La Argentina. Quizás entre aquellos veinte estaban los "tres o cuatro muchachos" que en "Sancti Spiritus" se salvaron de la matanza, según nuestro cronista. Pero eliminemos, en lo posible, conjeturas e hipótesis.

         Mucho tiempo después de haberse fundado la Asunción, por el Paraguay corría incansable, por todos lados, Ruy García de Mosquera, el propio ex jefe del marido de Lucía. En 1548 fue con Irala en busca de "La Sierra de la Plata", Potosí; pasó a Lima con Nuflo de Cháves y Miguel de Rutia, "a pedir Gobernador" a La Gasca y con ellos, más cuarenta o más conquistadores del Perú que traían "algunas cabras y ovejas", tornó a la Asunción (Id. libro 2°, Caps. VII y IX). En 1562 era elector de la Cofradía de San Sebastián, santo del asaetado en "Sancti Spiritus".1 Lo era con Alonso Riquelme, padre de Ruy Díaz, con quien actuó eficazmente en el Guairá.2 Parece que vivía todavía en 1569.3 Y nadie estaría mejor enterado que él de la historia de Lucía y del que fue su soldado, Sebastián Hurtado. ¡Cuántas veces la contaría en presencia del futuro cronista al padre de éste, con quien siempre andaba en el entrevero de la conquista!

         Y Juan de Fustes era también soldado de Gaboto. Salió del interior del Chaco en 1539 donde vivía con los guaicurú, lo propio que Héctor de Acuña, su compañero;4 fue como éste encomendara en la Asunción5 y escribió su testamento en 1573, cuando Ruy Díaz tenía 16 años o más, quien parece dar a entender que le conoció. Fusters sabría también de coro por los indios la singular historia y la divulgaría como Ruy García de Mosquera y como todos, resonando de este modo en los oídos de Ruy Díaz, en las veladas del coloniaje.

         Y en todo caso, oiría el eco segundo de la tradición, de los labios de los soldados de Mendoza y de Alvar Núñez, que hablaron con los veinte soldados de Gaboto.

         Algunos de los primeros murieron con el siglo. Adame de Olaverriaga, que peleó en Corpus Christi, murió en 1592.6 Seimón Jacques, otro actor en dicho fuerte, en 1597 tenía 87 años,7 Cuando Ruy Díaz había sido ya cuatro veces teniente de Gobernador en el Guairá, desde 1588 hasta 1593, año en que fundaba Jerez y en que, de fijo, iba ya apuntando lo principal de su Argentina. Olaverriaga y Jacques, con quienes aparece a veces testificando actos públicos,7 le repetirían la historia de la mujer quemada en "Sancti Spiritus" y los detalles que le imprimen carácter y que él reprodujo con fidelidad estricta. Los relatos de aquellos testigos oculares y de oídos, "antiguos conquistadores y personas de crédito", eran "la forma común y confusa de la lamentable tradición", a que alude en su prólogo.

         ¡Y se ha dicho que Ruy Díaz inventó ese "novelón"!

         No veo el móvil de ese invento. Ruy Díaz no era catequista, ni la historia era edificante. De no haber sido esa historia creencia popular en la Asunción, en Santa Fe, Buenos Aires y el Guairá, no la girara como valor real al Río de la Plata. El gusto ático hace huir de lo que es chocante, inverosímil, y en La Argentina se nota ese sentido superior del artista. Escribía mejor que nosotros, evidentemente mejor que el autor de estas líneas. Alguna vez trataré de su dicción rauda y armoniosa, signo cierto de un talento lírico.

         Conste que Ruy Díaz fue el eco sonoro, inmediato, de los rumores de la conquista, en punto al trágico romance.

         Y hay un segundo eco.

 

SEGUNDA TRADICIÓN: DESCENDIENTES DE MOSQUERA LLEVARÍAN LA HISTORIA DE LUCÍA A COLOMBIA

 

         Este segundo eco suena en la Enciclopedia Hispanoamericana (artículo Ruy Mosquera). Difiere del relato de Ruy Díaz, diciendo, por ejemplo, que la matanza fue preparada en un banquete, añadiendo, entre otras novedades, que la descendencia de Ruy Mosquera "ha venido ejerciendo influencia en Colombia", indicio vehemente de que esta segunda tradición se funda en papeles de esa familia.

         ¿Y cómo pasó algún Mosquera a Colombia? Es constante que un hijo del capitán Ruy García de Mosquera, "animoso mancebo" que se llamaba como el padre, se radicó en el Perú, donde vivía cuando Ruy Díaz escribía el Cap. 11, Lib. 3° de La Argentina. De allí iría a Colombia a ser el tronco de esa estirpe que ha dado a ese país generales y diplomáticos, dignos descendientes del "animoso mancebo".

         Y viene una tercera tradición.

 

TERCERA TRADICIÓN: LA HISTORIA DE LUCÍA SONABA TODAVÍA SOBRE LAS RUINAS DE SANCTI SPIRITUS, EN 1783

 

         Nadie tomó en cuenta esta tercera tradición. "Así andaba la crítica..." Está en Azara y la copio, palabra por palabra:

         "El sitio del fuerte y las cercanías llevan aún el nombre de "Rincón de Gaboto", y Domingo Ríos, que lo ha heredado de sus antepasados, me hizo la relación de este suceso (la muerte de Lucía y Sebastián), según la he escrito, diciendo haberla oído contar muchas veces a su madre, que murió muy vieja. El mismo me mostró "el sitio preciso donde murió Lucía con su esposo, en el Bosque del Bragado", a la orilla del riacho Corondá, como una legua al Norte de la capilla de este nombre. Ruy Díaz "cuenta de otro modo" este suceso y supone se salvaron cinco mujeres y cuatro o cinco muchachos (tres o cuatro, dice Ruy Díaz).8

         ¿Y quién era Domingo Ríos? Su identificación es fácil. Él mismo o su padre fue regidor de Santa Fe, en 1799, y el mismo, uno u otro sería el informante de Azara,9 cuando éste pasó por allí en 1793. Después, Justo Ríos fue juez pedáneo "en la otra banda del Carcarañá", al lado del "Rincón de Gaboto".

         ¿Y cómo pudo germinar, crecer y conservarse esta tercera tradición en el teatro del suceso? Los hijos de los soldados de Gaboto, los de Mendoza y Alvar Núñez, con la afligente historia en sus recuerdos, fundaron Santa Fe en 1573, año en que, lo hemos visto, Fustes escribía su testamento en la Asunción. Apunto los datos esenciales, de cualquier modo, como vengan:

         Entre aquellos fundadores de Santa Fe figuran dos Mosqueras, Fernando y Rodrigo (Cervera), descendientes seguramente del ex jefe de Sebastián. El segundo era procurador de Santa Fe en 1578 y se conserva de él una carta escrita al Cabildo de la Asunción sobre la destitución de Mendieta (Trilles). El Cabildo de Santa Fe pedía en 1594 al Gobernador que "los vecinos puedan usar libremente de las yeguas y potros silvestres que hay en la jurisdicción de Buenos Aires", entre otras razones, porque "hay algunas personas de esta ciudad, ‘hijos y nietos de los antiguos pobladores y descubridores de estas tierras’ (Acta capitular, 21 de febrero, año citado). Un Bracamonte vino con Gaboto, otro con Mendoza, y ese apellido continuó sonando en Santa Fe hasta 1798 (Cervera) y, de todos modos, allá estuvo Simón Jacques, teniente de Gobernador en 1580. Su descendiente, Gerónimo Jacques, era militar con el grado de mayor, en 1760 (Id.), veintitrés años antes de pasar Azara por el "Rincón de Gaboto". Y aquellos fundadores de Santa Fe, con el auxilio de algunos testigos de oídas y quién sabe si oculares, tal vez indios, o algunos de los "tres o cuatro muchachos" que se salvaron, fijaron el "sitio preciso donde murió Lucía con su esposo, en el Bosque del Bragado", dato que se transmitiría de padres a hijos, y así, éstos pudieron estar en la verdad al designar el escenario del drama.

         Y se ve, en síntesis, que pudo no haberse interrumpido la tradición hasta fenecer el siglo XVII, punto esencial para que nadie tache su respetable testimonio.

         El relato de Azara es un poco diferente del de Ruy Díaz y del otro que nos viene de Colombia, lo cual en vez de enervar, refuerza lo principal, reflexión que vamos a subrayar enseguida.

 

 

SÍNTESIS DE LAS TRES TRADICIONES Y EL TESTIMONIO FEHACIENTE DEL BOSQUE DEL BRAGADO SOBRE LA MUERTE DE LUCÍA

 

         Las tres tradiciones difieren en pormenores insignificantes y coinciden en lo substancial de la tragedia contenida en La Argentina, la que refrendo. Las pequeñas discordancias prueban que las tres fueron "independientes en su formación". Ninguna es copia o trasunto de las otras dos, y ello afianza con energía su concierto sobre el drama. Tres tradiciones independientes que se corroboran y refuerzan, "hacen, por lo menos, tanta fe como tres testigos oculares" sobre los puntos esenciales en que coinciden. Son como tres fonógrafos, de distinto timbre, que recogiendo mil ecos, los hacen repercutir en tres diferentes direcciones, "resonancias que no se explicarían sin un gran sonido original".

         Si algunos veteranos del primer Imperio, dice un maestro, escribieran, cada uno en particular, la vida de Napoleón, según sus recuerdos, caerían en inocentes errores cronológicos y ofrecerían discordancias, pero esos pobres relatos bastarían para probar la realidad histórica del héroe por la impresión que causaba en torno suyo. Y así sucede con los tres relatos que hemos resumido. En todos ellos, a pesar de sus ligeras discordancias, es impresionante el recuerdo indeleble que dejó en los soldados de Gaboto el martirio de la pobre mujer, compañera de sus primeras andanzas, que sufrió con ellos y acabó peor que ellos, en su destino infausto.

         Probablemente, el arco iris de la leyenda embelleció un poco su recuerdo, como sucede casi siempre con los héroes y heroínas que caen "en el dominio de la imaginación y la piedad". ¿Pero qué importa?

         Estoy por decir que ese arco iris no desentona con la estética de la historia. Es como una armonía en los confines de la conquista. Hiriendo nuestra retina nos hace pensar en el lado poético de la vida, en el que no pensaríamos si no se conjugaran sus colores en la vaguedad distante. Nos permite sospechar sus colores en la vaguedad distante. Nos permite sospechar algo de los muchos casos que se ocultan en la cámara oscura de cada mente. Un poco de leyenda puede trasuntar la verdad íntima que teje, en secreto, la trama de los sucesos, aparte de que es como nimbo que supone necesariamente un núcleo radiante -"ciertos héroes fueron tan reales hasta el extremo de provocar leyendas"-. Un registro oficial o una información "escribanesca" nos da sólo el esqueleto seco de los hechos, sin vida y sin color, a diferencia de la tradición alada que con sus rasgos, a veces hechiceros y fugaces, presenta a los actores con las leyendas que suscitaron, con esta realidad psicológica que también entra en el ritmo de la historia con el ritmo de la vida.

         Y en definitiva, no se olvide que en la tercera tradición depone irrecusable, el Bosque del Bragado, testigo que en tiempo de Azara era ya casi tres veces centenario. Ciertos sitios afianzan la realidad del motivo histórico cuando la tradición los vincula. Aunque se perdieron todos los testimonios escritos, la tradición oral y uniforme bastaría para saber, con certidumbre objetiva, que bajo el "Árbol de Artigas", en la Asunción, descansaba en sus últimos años el caudillo oriental de borrascosa historia.

         Y así estaban ligados por la tradición, hasta fines del siglo XVIII, el Bosque del Bragado y el trágico episodio. Voz y fama imprimieron el drama en el escenario, quiero decir, la memoria de Lucía en el sitio de su tormento. Es un "resultado" concluyente en este proceso. Lo que Ríos contó a Azara era como el testimonio fehaciente de la selva evocadora que vio tantas cosas fugitivas, vendavales y combates, anhelos y miserias. Vio pasar a Gaboto, a Mendoza y a Garay con sus soldados implacables, sus audacias e inquietudes, en pos de sus clásicas quimeras, y del asalto de "Sancti Spiritus" conservó, en el misterio de sus frondas, un gesto de agonía...

 

 

NOTAS

 

1Archivo Nacional de la Asunción, Vol. 58, N° 9.

2La Argentina, Lib. 3°, Cap. 16.

3Colecc. Garay, p. 98.

4Oviedo, Lib. 23, Cap. 14.

5Ruy Díaz, Lib. 1º, Cap. 6.

6Archivo citado, N° 602.

7Revista Ins. Parag. N° 34, p. 356.

8Descripción e Historia del Río de la Plata, N° 14. Según Azara, se presentaron a la puerta del fortín, 10 o 12 indios. Según Ruy Díaz eran 40. Y así, otras ligeras discordancias.

9Cervera, o.c.

 

 

 

 

 

 

LA EJECUCIÓN DE ANTEQUERA

 

         El Tribunal vacilaba, pero no pudo resistir a la presión que sobre su ánimo ejercía el enérgico virrey ni anular el proceso en que los jesuitas habían acumulado calumnias sobre calumnias contra Antequera. Y el 3 de julio (1731) se publicó la sentencia, no sin enternecerse los mismos que autorizaron el asesinato jurídico,1 fijando el día 5 para la ejecución.

         De los jueces solo uno, don Álvaro Cavero, le absolvió; otro se pronunció por la apelación, "y los otros tres decidieron que fuese degollado; y su alguacil mayor don Juan Mena, muerto en garrote vil".2

         Inmensa impresión produjo en la ciudad de Lima la noticia de esta sentencia. Las prendas que adornaban al condenado, sus largos sufrimientos en la cárcel y el odio que inspiraba la Compañía, motivaron un murmullo de indignación contra los jueces y despertaron la compasión hacia el reo. De nada sirvió ya la especie que habían hecho correr los jesuitas de que Antequera quiso coronarse rey en el Paraguay con el nombre de José I.3 Sólo se vio en él al íntegro magistrado, víctima de sus implacables enemigos.

         Las comunidades religiosas elevaron al cielo sus plegarias,4 y pidieron su absolución la Audiencia, el Cabildo, la Universidad, la clase noble y el pueblo. La orden franciscana se empeñó más que nadie en que se le conmutara la pena. Pero el virrey se mantuvo inexorable.5 Ni los ruegos de los sacerdotes ni las lágrimas de las damas limeñas pudieron conmoverle. Entonces se pensó en procurar la fuga de Antequera. Pero sea que éste no quisiera valerse de este expediente de los criminales, sea que fuera imposible su ejecución, es lo cierto que nada se consiguió en el sentido indicado.6

         En la mañana del jueves 5 de julio, el pueblo reunido en las plazas y alrededores de la cárcel y del palacio del virrey, comenzaba a tomar una actitud amenazadora. Y la indignación contra el antipático virrey subía de punto por minutos, prometiendo convertirse en furiosa tormenta y por modo que las autoridades se vieron en el caso de despejar la plaza en donde se alzaban los cadalsos.

         Antequera y Mena, entre tanto, asistidos por sacerdotes franciscanos, empleaban sus últimos momentos en piadosos ejercicios.7

         Los minutos volaban y el terrible minuto se acercaba. Entonces, Antequera escribe en una de las paredes de su cárcel un hermoso soneto en que se despedía del mundo.8 Pocos instantes después la noble víctima fue entregada a los soldados que debían de conducirle al lugar del sacrificio. Conforme a la sentencia, que había previsto todo el aparato que debía desplegarse en aquel drama, le hicieron montar sobre una mula negra cubierta con paños enlutados, con chía y capuz9 como en los funerales antiguos. La caballería formó a los lados y la infantería cubrió el frente y la espalda. La cofradía de la Caridad y los padres que le asistían lo acompañaban.10 El pregonero alzó la voz y el lúgubre cortejo se puso en marcha. Juan de Mena quedaba todavía en la cárcel.11

         Serían las diez o poco más, cuando el reo y sus acompañantes llegaron al sitio fijado para la ejecución.12

         El pueblo enfurecido contra el virrey, y más todavía ante aquel cuadro de ignominia y de muerte, volvió a llenar la plaza a despecho de las bayonetas, débiles para servir de valla a aquel torrente desbordado.

         En ese instante un religioso franciscano sube hasta la mitad de la escalera del cadalso y tres veces pronuncia la palabra "perdón",13 repetida por otros religiosos y por el pueblo que toma coraje y se abalanza hacia Antequera, dispuesto a libertarle. El virrey, hombre de una decisión a toda prueba, se encontraba en aquel momento en la sala de acuerdo de los Oidores a la vista del lugar en que se desarrollaba aquella escena. Sin vacilar monta a caballo y avanza por entre la airada multitud, espada en mano.

         Ni con esto cede el oleaje popular y la tropa espantada ante aquel mar alborotado, se amilana y vacila, al par que llueven piedras sobre la comitiva del virrey. El virrey grita SOLDADOS, FUEGO, y Antequera y dos franciscanos mueren atravesados de balas. Para cumplir la sentencia, el marqués de Castelfuerte manda degollar el cadáver sobre el patíbulo. Inmediatamente conducen a la misma plaza al otro reo, Juan de Mena, quien muere degollado.14 El verdugo levanta y muestra al pueblo consternado la cabeza que chorrea sangre.

         Así acabó su corta carrera el doctor don José de Antequera y Castro, ex gobernador del Paraguay y quien llenó con su figura el capítulo más glorioso de nuestra historia colonial.

         Era un hombre notable con todo el rigor de la palabra, así por el lustre de su estirpe cuanto por la feliz combinación de sus prendas intelectuales. Entre sus ascendientes se encontraban ciertamente príncipes, hombres de letras, guerreros y santos. El escudo de su nobilísima familia figuraba entre los reales de los Duques del Infantado.15 La línea paterna le vinculaba a la poderosa casa de los Enríquez, quienes por exclusivo privilegio y señalada e insólita distinción concedida por los Reyes, dio Almirantes a España, sin interrupción alguna, por espacio de trescientos años.16

         Dos de sus antepasados, Pedro y Alfonso Fernández Pechi, fueron los fundadores de la orden de San Jerónimo. Y ha de añadirse que si limpia era su sangre en la línea paterna, no lo era menos en la materna, pues su apellido Antequera fue el de su real ascendiente don Fernando, el Infante de Castilla, tronco a que perteneció también el Cardenal Jiménez de Cisneros, los condes de Lemos y los marqueses de Medinilla y Pabón.

         Sus mismos enemigos, y los tuvo muy cordiales e implacables y tan despiadados que le persiguieron más allá del cadalso y de la tumba, confiesan que Antequera poseía una inteligencia de primer orden, una memoria privilegiada y una ardorosa imaginación, prendas que realzaban su pasión por las letras.17

         Era de gustos cultos y elegantes, muy conforme a su elevada cuna y esmerada educación y de insinuantes maneras. ¡Y cuántas veces retumbó en el Cabildo de la Asunción en defensa de los derechos del común el eco poderoso de su elocuente palabra!

         En sus cartas dirigidas al obispo Palos, su sombra negra, no se deja sentir sino por acaso la queja del prisionero, si bien fueron escritas en la cárcel en que estuvo sumido durante cinco años, despojado de su fortuna al extremo de no tener recursos con qué pagar a un copiador de su memorial. Escritas con estilo vigoroso y artística elegancia, revelan vasta preparación literaria y sólida instrucción jurídica. Herido por la calumnia que igualmente lastimaba su inocencia que su fama,18 blandió con brío el arma del polemista y la esgrimió terrible. Pero ni en su indignación olvidó su condición de caballero que sabe cruzar su acero y no hiere a la manera del villano: no así sus miserables enemigos, quienes le arrojaron el dardo envenenado en el fondo del oscuro calabozo.

         En la lucha empeñada suya hubiera sido la victoria, si bastara siempre la razón para triunfar. Pero cuando aquellos acontecimientos, la compañía de Jesús, aunque ya desacreditada, era aún poderosísima y el marqués de Pombal muy joven y Carlos III muy niño.

 

         Julio 5 de 1887

 

 

NOTAS

 

1"...mojando (los jueces) para la sentencia la pluma con el llanto de la compasión -dice Castelfuerte-. Memoria de los Virreyes, pág. 311.

2Historia del Perú bajo los Borbones por Sebastián Llorente. Lima, 1871, pág. 49.

3Llorente, obra citada.

4Id. pág. 46.

5Mendiburu -Diccionario Biográfico- en la voz de Armendaris.

6Lavalle dice que el ex Virrey Morcillo propuso a Antequera conferirle la orden sacerdotal, a lo que el condenado se negó. Mendiburu rechaza este aserto fundado en que Morcillo murió un año antes.

7Me es inútil advertir que las imposturas de Charlevoix, relativas a Antequera, tiempo ha fueron destruidas por un autor (el doctor Vigil). Cuantos detalles acumula Charlevoix, encaminados a empequeñecer a Antequera son ecos de la misma voz que a éste llevó al cadalso. Estrada sigue al historiador jesuita en parte, lo que basta para decir que está su obra plagada de errores.

8Un distinguido peruano, el señor Domingo A. Vivero, dice que en el convento de las Carmelitas Descalzas, donde estuvo preso Antequera, todavía se lee este soneto.

9Llorente, obra citada, pág. 47.

10Son las mismas palabras del Virrey. Memoria de los Virreyes, pág. 312.

11Es lo que se desprende de la memoria del Virrey, obra citada, pág. 314.

12"Despejada la plaza a las diez de la mañana, entró el reo...", dice Llorente, id. pág. 48.

13Llorente, id. pág. 312. Castelfuerte, id. pág. 314.

14El verdugo se había olvidado de los cordeles y no pudo darle garrote. Llorente, id. pág. 48.

15Véase 2º carta de Antequera al Obispo Palos -Colección general de documentos, que contiene los sucesos tocantes a la 2a época de la Revolución de los Comuneros, etc., Madrid, 1769, T. III, págs. 303 y 304, párrafo 341.

16Ídem. Y sobre los Enríquez, por no ir más lejos, véase el Diccionario de Escrich en la voz almirante. El primer Enríquez que obtuvo el cargo fue don Alonso en 1405 y el último don Tomás Enríquez de Cabrera, contemporáneo de nuestro Antequera en 1705.

17Lozano, Charlevoix, Funes no pierden ocasión de denigrar a Antequera. Pero con mala fortuna corren sus empeños: primero, porque pertenecieron a la orden religiosa que perdió a Antequera, y sobre todo, orden de los jesuitas*; segundo, porque sus afirmaciones van desnudas de prueba, y tercero, porque existen datos en contrario. "Su corazón no estaba formado a la virtud", dice Funes, espécimen que por ningún camino aprovecha, cuando de todo lo que sabemos de Antequera, consta lo contrario.

* Puede verse Cartas de Provincias (Pascal). Núm. XV.

18Son palabras del mismo Antequera.

 

 

 

 

 

 

MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

 

 

I

 

         Promesa al Dr. D. Cecilio Báez - Menéndez y Pelayo alaba y bendice la Inquisición - Es lícita la guerra por causas de religión - Maquiavelismo puro - Contradicción del autor - La decadencia del poder del Santo Oficio, lamentada por el mismo - El autor y Fernando de Castro y Llorente - A éste le trata de miserable - Id. a Voltaire - Iniquidad aplaudida - Cómo aporreo a Sanz del río y a su maestrop Salmerón.

 

 

         Sr. Dr. D. Cecilio Báez.

 

         Mi distinguido amigo:

         Dije a usted en cierta ocasión: "He leído casi todos los libros que ha producido Menéndez y Pelayo; me he tomado el trabajo de anotarlos y quiero decir a usted por escrito lo que opino del autor".

         Comienzo a cumplir esa promesa. Y a mi objeto voy, sin más trámite, derechamente.

         He leído varios libros de Sainte Beuve y no sé su opinión religiosa. Leo cualquier libro o discurso de Menéndez y Pelayo, y sé al instante que este escritor es católico cerrado, neo tremendo, pero de los más tremendos como usted verá. Se trata de uno de esos que, como de Maistre, justifican la pena de muerte por la Biblia.

         Un español, amigo mío, quiso negarme que Menéndez y Pelayo fuera partidario de la Inquisición.

         - ¡Imposible! -me dijo.

         - ¿Imposible? Usted verá.

         Y abriendo la pág. 232 del tomo 1 de La Ciencia Española (3a edición) - Lea usted -le dije.

         Y leyó: "Soy católico a macha martillo. Soy católico, apostólico romano...", lo cual no es pecado ciertamente; pero ahora viene lo curioso:

         "Estimo cual blasón honrosísimo para nuestra patria el que no arraigase en ella la herejía durante el siglo XVI y comprendo, y aplaudo, y hasta bendigo la Inquisición como fórmula del pensamiento de unidad que rige y gobierna la vida nacional".

         Luego abrí en la página 83 el tomo II de la misma obra, y leí:

         "A consecuencia de la expulsión de los judíos había bajado considerablemente la balanza del comercio... Caído el comercio, cayó la industria, ni había brazos para ella, porque lo esencial entonces, lo único de todas veras, no era tejer lienzo, sino matar herejes".

         Y aquí en la 3a edición, hay una notita encantadora que dice: "Tómese esto por expresión desenfadada y extremosa. Más cristiano es trabajar sin matar a nadie. Lo cual no es condenar la licitud de las guerras por causas de religión".

         Usted ve que sigue siendo lícito, perfectamente lícito, de todas veras, matar herejes y así la notita es inútil, como no sirva para remachar el clavo del texto.

         Si alguno dijera en un periódico eso mismo que dice Menéndez y Pelayo en un libro, pasaría por un desequilibrado. Porque monstruosidad increíble fuera que un pueblo católico, ahora, en estos tiempos, fundado en "la licitud de las guerras por causas de religión", emprendiera campaña guerrera contra otro pueblo protestante. Menéndez y Pelayo ni siquiera considera tales guerras religiosas como un error ya pasado, pero explicable en otros siglos. Ayer, hoy y mañana, según él entiende, fue, es y será justísimo llevar por causas de religión la guerra a sangre y fuego contra protestantes y musulmanes.

         Y entre paréntesis: la doctrina esa es maquiavelismo puro. Sentar que es lícito matar a un pobre diablo por sus creencias religiosas, es sostener que el fin justifica los medios; pero Menéndez y Pelayo, en su discurso de entrada en la Academia de la Historia, gradúa de "trivial cuando no es inicua" la doctrina maquiavélica. Luego, condena su propia manera de pensar.

         Para notar estas cosas no es preciso que seamos tan eruditos como él.

         Que es inútil saber para esto arguyo

         ni el griego ni el latín.

         Sigamos.

         A Manuel de la Revilla dijo: "Opino que la verdadera civilización está dentro del Catolicismo", donde se ve que Alemania e Inglaterra, países no católicos, o no tienen civilización o la tienen falsa y postiza.

         En el siglo XVIII la España siguió en decadencia. El descenso del coloso ha impresionado hasta a los escritores extranjeros. Macoulay dirigió a la España en decadencia la sublime interrogación de Milton.

         ¿De dónde has caído, Lucifer, hijo de la aurora?

         Menéndez y Pelayo, como es natural, llora también aquella caída del hijo de la aurora, de la España del siglo XVI, pero al hacerlo, él se funda en una razón particularísima.

         Nadie adivinaría esa razón. Mejor es que don Marcelino la exprese: "Porque el Santo Oficio, una de nuestras más españolas y castizas instituciones, siguió la universal decadencia" (Ciencia Española, tomo II, página 95).

         Pero en nuestro autor vamos a ver cosas mejores en qué gastar la paciencia.   Su caridad es evangélica, tiene suavidad de nardo. Habla de Fernando de Castro, el autor de una Historia General que usted habrá leído en la biblioteca del Colegio Nacional. Este Castro dijo pestes del Santo Oficio, lo cual fue causa de que le excomulgara la Iglesia y bastante para que ante el autor de la Historia de las Heterodoxos Españoles, apareciera como un tizón del infierno. Escribe Menéndez y Pelayo:

         "A su muerte (o a la muerte de Castro) se escribió que Don Fernando estaba casado, pero sus testamentarios lo desmintieron. Por otra parte, tratándose de un cura renegado, poco importa que fuera más o menos áspero el sendero que eligió para bajar a los infiernos" (Heterodoxos Españoles - tomo III, página 743).

         Es de repetirse lo que Boileau pregunta en Le Lutrin:

         ¿Tanta hiel cabe en alma de devoto?

         Usted sabe que Llorente escribió la conocidísima Historia de la Inquisición. Quien fue cocinero y luego fraile sabe lo que se pasa en la cocina y Llorente, antiguo secretario del Santo Oficio, supo al dedillo las cosas que acontecían en las cocinas del diabólico tribunal. Y le dio tal deseo de contarlas que las contó como las supo.

         Cierta gente no le perdonó jamás esta indiscreción y menos debía de perdonarle Menéndez y Pelayo. Lea usted la raciada de improperios contra Llorente.

         Llorente es erudito indigesto, ocultador malicioso de documentos, abogado de torpísimas causas, dos veces renegado como español y como sacerdote, zampatorta sin escrúpulo, crítico pueril, miserable, mal intencionado, hipócrita, rastrero, de intención baja y servil, asalariado, vil empresario, adulador bajísimo, raposo, soez, escandaloso, infame, hidrófobo.

         Si Llorente, a lo que vemos, es un gran miserable, Voltaire no debía de ser mejor tratado en la Historia de los Heterodoxos. El por qué usted lo sabe y yo también.

         Nuestro autor le atropella y descarga contra él otra fusilería de insultos. Los desenfados de José de Maistre contra Voltaire son niñerías comparadas con la carga cerrada de Menéndez y Pelayo. Es hombre bajo y ruin, símbolo y encarnación del espíritu del mal, entendimiento mediano (¡!), incapaz de enlazar ideas, depravado: inspira indignación y lástima; es envidioso; manchó con su aliento las cosas humanas y divinas.

         Estos insultos están en letras de molde en las primeras páginas del tercer tomo de la Historia de los Heterodoxos.

         Usted sabe que, en España, a Castelar y a Sanz del Río les formaron expedientes y les quitaron sus cátedras: al primero por sus doctrinas revolucionarias vertidas en La Democracia de Madrid, y al segundo por el mismo delito que a usted casi le costó un proceso, quiero decir, por liberal y audaz en sus ideas anticatólicas.

         Y bien: nuestro autor aplaude aquella iniquidad que dio lugar a otra mayor, a que la sangre de centenares de estudiantes manchase las calles de Madrid.

         Se desata en injurias contra Sanz del Río, el autor de La Analítica. Aquí insulta y denigra, y allá se burla del mismo filósofo a quien Juan Valera consideraba "por su honradez, su piedad, su entrañable amor a la virtud y a la ciencia, digno maestro de la juventud española".1

         Don Nicolás Salmerón enseñó filosofía a Menéndez y Pelayo, pero el maestro era librepensador, y por haber escrito un prólogo a una obra de Draper, ¡el discípulo agradecido, de la manera más indigna, se mofa del maestro! Parece que un hombre de la talla de Salmerón, por sus virtudes, por su inteligencia, por su saber, merecía respeto, no merecía las mofas de un discípulo ingrato.

         Esta carta iba encaminada a probar dos cosas.

         Es la primera que Menéndez y Pelayo, dando al traste con su eufemismo académico, insulta como cualquier escritor deslenguado, hasta llamar miserable a quien no participa de sus creencias religiosas, insulta a su propio maestro, aparte de aplaudir iniquidades.

         Y es la segunda, que dicho escritor es un fanático, furioso, a macha-martillo, que diría él.

         Todo lo cual era preciso dar por evidente, probado por el mismo Menéndez y Pelayo, para lo que diré adelante.

 

 

 

1Estudios Críticos: Sobre la enseñanza de la filosofía en las Universidades.

 

 

II

 

         Curioso criterio que preside a la "Historia de los Heterodoxos ": cosa jamás oída ni leída - Contradicciones - El matar a "gente oscura" no es delito - La inquisición. "Coco de niños " La expulsión de los judíos - Desacierto de Felipe II - La raza semítica.

 

         El autor escribe la historia de los heterodoxos españoles.

         Y teniendo en cuenta cuanto dije en mi anterior, se sospecha al instante que no ha de ser ni blando ni amoroso con los pobres herejes. Los dobla a palos.

         ¡Qué historia, pero sobre todo, qué criterio!

         Comienza por declarar que su historia "será parcial en los principios e imparcial en cuanto a los hechos" (Historia de los Heterodoxos - Tomo I, página 22).

         Pongamos de resalto eso: parcial en los principios e imparcial en los hechos.

         Hay que ser claro: Promete no decir una cosa por otra. No negará, por ejemplo, que tales o cuales Reyes establecieron la Inquisición en España; no negará la expulsión de los judíos; no negará lo que sabe todo el mundo, lo que es imposible negar, no negará la luz del sol. Pero juzgará, eso sí, los acontecimientos según sus principios, según los intereses de su partido religioso, según sus preocupaciones de sectario - será parcial en los principios; es cosa jamás oída ni leída. Advertido el lector, no le pedirá imparcialidad en sus juicios, lo único que suele pedirse al historiador. Y digo lo único, porque ningún escritor tiene el derecho de cambiar los hechos ni de inventarlos a su sabor, como no sea novelista. Por accesorio y por sabido se calla que los hechos han de contarse como sucedieron y no de otro modo.

         Pero el que en la Historia de los Heterodoxos se cree con el derecho de ser parcial en sus juicios, en su discurso de entrada a la Academia de la Historia achaca a Macaulay el haberlo sido en sus obras. Evidentemente, le acusa del delito que él perpetró, del delito de que estaba convicto y confeso, maña mala que no sé cómo calificar.

         Y en otro trabajo, en su contestación al discurso de ingreso de Eduardo Hinojosa a la Academia de la Historia, dice: "La serena imparcialidad del juicio desinteresado es el único que en rigor puede llamarse histórico".

         Esta "serena imparcialidad del juicio desinteresado" es lo contrario de la parcialidad en los principios que dicen los Heterodoxos. Luego, los juicios de los Heterodoxos no son históricos y están condenados por el mismo que los dio.

         Sabemos ya lo que piensa del diabólico tribunal de la Inquisición. Hemos leído sus propias palabras. Es lícito (no se olvide) quemar herejes, lo es de todas veras.

         Y en la obra citada y en La Ciencia Española se empeña en demostrar que entre las víctimas carbonizadas por la Inquisición, no hubo sabios. Todos esos herejes eran gente oscura, apenas si valían para arder vivos en las llamas. Es la única justificación. Gracias a ese criterio, queda el lector informado de una cosa importante -y es que en la moral de Menéndez y Pelayo, vale más la vida de un sabio que la de la gente oscura. Matar a gente oscura no es delito grande ni chico.

         La inquisición de Sevilla quemó los huesos de un predicador hereje. Bien está, dice nuestro autor.

         Entre los procesados en España por el temible tribunal había gente como el Brocense, Carranza, Damián de Goez, que distaba de ser oscura. Para justificar su proceso hay que buscar otro criterio. Oiga usted.

         "La Inquisición de Portugal quemó a un judío que hacía sainete, no por hacer sainete, SINO POR HABER JUDAIZADO. Procesó a Carranza, procesó a Damián de Goez, pero no procesó al primero por teólogo, ni al segundo por humanista. No procesó a Anastasio da Cunha por matemático, SINO POR VOLTERIANO".

         Piénsese en esta manera de explicar las cosas. Al sabio no se le hace arder por sabio y sí por otra causa. Del matemático se hace leña, no por matemático y sí por volteriano. Igual explicación darían Calvino y otros fanáticos: a Miguel Server se le quemó, no por descubridor de la pequeña circulación y sí por haber escrito disparates contra la Santísima Trinidad.

         ¡Al sabio no se le quema por sabio, pero es lo cierto que se quema al sabio!

         Menéndez y Pelayo escribe que la Inquisición es "coco de niños y espantajo de bobos". Los únicos no bobos, los únicos cuerdos, son los partidarios del Santo Oficio, según este sublime defensor de los derechos de la ciencia y de la libertad del pensamiento.

         Y el recordar las asaduras aquellas tiene "por de mal gusto y por atrasado de moda".

         La gracia ateniense está en escribir historia parcial en los principios e imparcial en los hechos.

         Y hay cierto aticismo picante en proclamar en estos tiempos "la licitud de las guerras por causas de religión".

         Para quien tanto se encariña con la Inquisición, lo de menos es justificar la expulsión de los judíos. Pone de embusteros a los que creen que ese decreto de expulsión ocasionó la ruina de la industria y del comercio de España. Los que tal creencia sustentan no saben lo que se pescan. Prescott, Macaulay y otros le hacen sonreír de lástima.

         Él, sólo él, sólo Menéndez y Pelayo, escarba hondo y discurre en materia histórica con lucidez y acierto. Envenenados susurros, gerundiadas, ignorancia, mala fe, es cuanto se ha afirmado por los que con espíritu liberal escribieron de la historia de España.

         Un solo desacierto cometió Felipe II.

         Puede usted, mi amigo Báez, teclear el cerebro pensando en ese desacierto. No ha de dar con él.

         ¡El desacierto estuvo en no haber el Felipe aquel expulsado a los 900.000 o más moriscos y en haber dejado este trabajo a su hijo! (obra citada, tomo II, página 632).

         Es antisemita furioso, a lo Drumont.

         Califica de raza inferior a moros y judíos.

         Algunos han dado en la manía de creer que la raza a que, según el criterio católico, perteneció Jesús es inferior a las demás. Al fanatismo debe el Salvador del mundo este flaco servicio.

         Usted ha de haber leído la defensa que Macaulay hizo de los judíos.

         Se lee dicha hermosa defensa en la colección de sus discursos parlamentarios.

         Macaulay la pronunció en la Cámara de los Comunes con ocasión de una proposición de Roberto Grant para abolir las inhabilidades civiles de los judíos.

         Aquello es todo meollo. No hay allí razones mal trabadas. Dicho discurso es como el diamante por su esplendor y su contextura. Lo es (la comparación es ajena) por encerrar el mayor valor en el menor volumen. He estado tentado algunas veces de enviar copias de él a nuestros periódicos, para que le reproduzcan. Vale la pena, aunque aquí no haya antisemitas. Usted me perdonará una digresión: quiero citar algunos párrafos.

         Un diputado había afirmado lo que afirma Menéndez y Pelayo: que los judíos forman una raza vil, usurera, inferior a las otras razas. Y Macaulay contesta:

         "Tal ha sido en todo tiempo el razonamiento de los fanáticos. Siempre han tratado de justificar la persecución con los vicios que la persecución engendra. Inglaterra ha sido para los judíos menos que media patria, y nosotros les acusamos de no sentir por Inglaterra más que medio patriotismo. Los tratamos como esclavos, y nos sorprende que no nos miren como hermanos. Les obligamos a dedicarse a oficios viles, y luego les echamos en cifra el no abrazar profesiones honrosas. Durante largo tiempo les prohibimos poseer tierras, y nos quejamos luego de que se dediquen al comercio. Les cerramos todos los caminos de la ambición, y luego los despreciamos por refugiarse en la avaricia. Por espacio de muchos siglos abusamos con ellos de la fuerza, y luego nos disgusta que hayan recurrido a aquella astucia que es la natural y única defensa de los débiles contra la violencia de los fuertes. Nada hay en el carácter judío que los incapacite para el cumplimiento de los altos deberes del ciudadano. En la infancia de la civilización, cuando las letras y las artes eran desconocidas todavía en Atenas, el pueblo judío tenía sus ciudades amuralladas y sus palacios de cedro, sus escuelas de sagrada enseñanza, sus grandes estadistas y soldados, sus historiadores y poetas. ¿Qué nación desplegó nunca mayor esfuerzo, luchando con inmensa desventaja, por su independencia y su religión? ¿Qué nación, en su postrera agonía, dio pruebas tan señaladas de cuanto una heroica desesperación puede hacer? Ábranse para ellos las puertas de la Cámara de los Comunes. Ábranse para ellos todas las carreras. Hasta que hayamos hecho esto, no podemos decir que no hay genio entre los compatriotas de Isaías, ni heroísmo entre los descendientes de los Macabeos".

         Los que hayan leído íntegro este discurso y no tengan la vista obstruida por las telarañas del fanatismo, saben cómo tasar juicios como los de Menéndez y Pelayo.

         No ha de ser muy despreciable la raza que en los tiempos modernos produjo filósofos como Spinosa, a quien alguien ha llamado el genio más sublime de la familia humana, artistas como Rubinstein, y la Rachel y Sarah Bernhardt, poetas como Heine, políticos como Disraeli, eruditos como De Bona, estadistas como Gambetta y economistas como Ricardo y oradores como Castelar.

         Disraeli preguntaba: ¿Qué raza pasada o presente puede producir hombres como la raza judía?

         Eduardo Drumont, otro furioso fanático, aunque por distinto estilo que Menéndez y Pelayo, en su Francia Judía (¡que ha tenido 144 ediciones!) opina que todos los judíos son locos de atar.

         En mi otra carta seguiré con el historiador de los herejes españoles.

 

 

 

 

III

 

         Se empeña en disminuir el número de los sacrificados por la Inquisición: inconsecuencia - Carencia de espíritu generalizador- Consecuencias contrarias a su tesis - Los únicos sanos de entendimiento son los fanáticos. La intolerancia de la Iglesia y la intolerancia de Calvino: ley del embudo - El autor y los economistas - El marqués de Pombal. Carlos III - Los jesuitas en el Paraguay - Cómo tizna la memoria de sus compatriotas - Los jesuitas y las escuelas en el Paraguay - Lastimosa confusión de los "tapes " con los colonos del Río de la Plata - Don José Agustín de Escudero - La última víctima de la Inquisición: cosas que calla el autor.

 

         En la pág. 638 del primer tomo de su Historia de los Heterodoxos, disputa a Llorente el número de los sacrificados por el Santo Oficio. Se le ocurre que se vindica a la Inquisición con disminuir el número de los herejes muertos o atormentados.

         Usted nota la inconsecuencia. De ser santa la guerra contra el hereje, como cree nuestro Menéndez y Pelayo, dentro de este criterio conviene aumentar la cifra antes que disminuirla -a mayor número de víctimas correspondería mayor grado de santidad.

         La carencia de espíritu generalizador, signo seguro de que piensa mal, le hace enredar en contradicciones y es causa de que se pueda sacar de sus palabras consecuencias contrarias a su tesis.

         Pondré ejemplos.

         Dice en una parte de su Historia de los Heterodoxos: "Ley forzosa del entendimiento en estado de salud es la intolerancia". Así los romanos del tiempo de Nerón, Domiciano, etc., fueron intolerantes con los cristianos -luego dichos romanos tenían salud de toro. Y el tolerante y dulce maestro, Jesús, que reprobaba el empleo de la fuerza, sería enfermo de la cabeza o del entendimiento.

         Añade: "Los pueblos, si en ellos no se ha extinguido el aliento viril, combaten por una idea, con la espada y la hoguera". Apliquemos el aforismo.

         El pueblo judío defendió la ley mosaica crucificando a Jesús y ello acusa virilidad y alienta en el pueblo decidía.

         Roma combatió por el paganismo con la hoguera y es otra prueba de virilidad estupenda. Nerón, sobre todo, convirtiendo en mechas ardientes a los cristianos, es el varón fuerte de la Biblia.

         Los chinos no pierden ocasión de masacrar a los misioneros y esas masacres no son crímenes, antes al contrario, son pruebas hermosas de admirable virilidad.

         Y lo que se dice de los pueblos, ha de decirse de los individuos. Luego en Jesús y en los Apóstoles que emplearon, no la espada sino el ejemplo, no la hoguera sino la suave persuasión (en la cual se diferencia la propaganda cristiana primitiva de la musulmana), no hubo nunca virilidad de aliento, que en nuestra casa significa entereza para sacrificarse por una idea.

         Y según Menéndez y Pelayo los únicos sanos de alma son los fanáticos. Aquí están sus palabras: "La tolerancia es enfermedad y depende de eunuquismo de entendimiento". En la Ciencia Española dice que Gumersindo Laverde tiene el defecto de ser tolerante. Conste que la tolerancia es cualidad detestable, es signo de enfermedad mental.

         Y aguarde usted un rato; en su discurso de entrada en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, dice: "La tolerancia es TIMBRE de la escuela ecléctica".

         O yo no sé lo que es TIMBRE o es cosa buena. Pero, de ser cosa buena, por arte del historiador lo que allá es malo, es aquí de perlas, es un TIMBRE, un título de gloria.

         Hay algo más en orden a lo que hemos visto.

         "¡Noble y salvadora intolerancia!", exclama en la página 25 del tomo I de su Historia de los Heterodoxos; pero en el tomo II, pág. 305, estalla contra la intolerancia de Calvino, con ocasión del suplicio de Miguel Servet.

         Consecuencia: la intolerancia es bella y dulce virtud cuando la ejerce la Iglesia Católica. Es crimen atroz, crimen negro, cuando la practican los protestantes.

         Creo que a eso llaman ley del embudo.

         Cuánta más cordura hay en esta frase de Nietzche: "El instinto de la justicia se ha desarrollado con el tiempo: Calvino con Servet fue lógico (a su manera, según los tiempos) y lo fue la Inquisición con sus víctimas". Pero no hay lógica en decir que la Inquisición hizo bien en asar a la gente, y mal Calvino en asar a Servet.

         Todavía añade: "Para el economista ateo será siempre mayor criminal el contrabandista que el hereje". Estoy viendo que usted parodia la frase así: para el fanático feroz, más criminal es quien no abdica de su razón que el ladrón o el asesino.

         A propósito de economistas: nuestro autor los despelleja.

         ¿Sabe usted por qué? Porque es parcial en sus principios.

         Economistas fueron los que barrenaron los privilegios de las manos muertas, de aquellas Corporaciones que, según el dicho de Cheruel, tenían las manos vivas para recibir y muertas para devolver. Economistas fueron los que en España demostraron los males que se seguían de la paralización de la riqueza en esa forma.

         A Campomanes no perdona su Tratado de la amortización.

         Le toca historiar la expulsión de los jesuitas. Por supuesto que el marqués de Pombal y Carlos III y el conde de Aranda quedan descuartizados.

         Contra Pombal, sobre todo, por haber enviado un cargamento de jesuitas al Papa, desata su ira. Es tirano satánico, tipo de excepcional perversidad. Sólo es comparable "a ciertos tiranuelos de América, v. gr., al doctor Francia, dictador del Paraguay".

         Usted sabe que nada de eso es cierto.

         Otra cosa y muy distinta fue el ilustre hombre de Estado, que con su energía y su talento, levantó por un momento la caída grandeza de Portugal.

         El conde de Aranda fue, según él, poco menos que un malvado.

         Carlos III siguió el ejemplo de Pombal, extrañando de sus dominios a 6.000 jesuitas. Y claro: el delito no debía de quedar impune.

         El Carlos III de nuestra imaginación, el monarca ilustre que tantos bienes derramó en América y a quienes tantos los debió España, en la Historia de los Heterodoxos es un desgraciado. A lo más el autor concede que pudiera haber servido de alcalde de barrio. Los que hemos leído la Historia de Carlos III por Ferrer del Río y el elogio de Jovellanos, sabemos la herejía en que incurre el historiador devoto.

         En la pág. 124 del tomo tercero, trata del papel que los jesuitas desempeñaron en la historia del Paraguay.

         Se acusó a los jesuitas falsamente, dice, "de agitadores del Paraguay, y de mantener en santa ignorancia a los indios de sus reducciones para conservar su dominio".

         Ignora que no hubo en el Paraguay revolución que no encabezaran los jesuitas, e ignora de todo punto lo que se pasaba en las Misiones. El erudito juzga aquí de una historia que no conoce.

         En otra parte afirma que los gobernantes, sucesores de los jesuitas en el gobierno de las Misiones, trajeron aquí "la depredación y la inmoralidad más cínica y desenfrenada". Esto dice de los honoradísimos gobernantes españoles que se sucedieron en el Paraguay después de la expulsión de la Compañía. Tizna por ese modo la memoria de sus mismos compatriotas por defender a los jesuitas.

         Pretende apoyarse en la colección de documentos publicados por Francisco Javier de Bravo. Pero de la colección no se desprende tal cosa y sí que hubo, como era natural, desórdenes pasajeros después del extrañamiento de la orden. Es más: de la colección sale lo contrario de lo que quiere Menéndez y Pelayo.

         Oiga usted una vez más al historiador:

         "Con la expulsión de los jesuitas fue de ruina en ruina la instrucción pública en el Paraguay, en todas partes".

         ¡Y las escuelas se fundaron de verdad después de la expulsión de los jesuitas! El Colegio Carolino y las escuelas se fundaron con los recursos que eran de la Orden. Antes de la expulsión de los jesuitas, en realidad no había escuelas. Pero las hubo después, según lo probé en una monografía sobre las Escuelas en el Paraguay.

         Refiriéndose a la guerra guaranítica dice: "Dio calor a las murmuraciones contra los jesuitas la resistencia de los colonos del Río de la Plata a consentir en el tratado de límites entre España y Portugal".

         ¡Los tapes, los indios de las Misiones, se confunden con los colonos del Río de la Plata! Parece increíble que nadie pudiese caer en tan lastimosa confusión.

         Pedoncia, mira si puede

         haber confusión igual.

         Entre los pocos herejes a quienes trata con blandura Menéndez y Pelayo, figura un caballero a quien usted conoció muy mucho, porque fue Director de nuestro Colegio Nacional; hablo del mexicano y ex sacerdote José Agustín de Escudero. El historiador se contenta con decir que fue católico viejo, en el mal sentido que se da a esta palabra en Alemania, en un párrafo que se lee en las páginas 786 y 787 del último tomo de sus Heterodoxos.

         Para concluir: el criterio histórico de Menéndez y Pelayo es atroz: del vigor de su razonamiento se puede juzgar por las citas que hice.

         Cuenta las cosas muy a su modo cuidando siempre de presentarlas por manera que no desdore el crédito moral de la Iglesia.

         V gr.: relata la muerte de la última víctima de la Inquisición, Cayetano Ripolt, ahorcado en Valencia en 1826, con cierta frialdad calculada, omitiendo detalles terribles de forma que esa muerte no cause indignación. Aquí ya no restalla el látigo de fuego con que castigó a Calvino. Es que el victimario es el Santo Oficio.

         En veces, hace peor. No dice palabra de algún acontecimiento, que de ser imparcial en los hechos, debía de decirla. Por ejemplo, y como éste podría citar cien mil, calla el caso de aquel auto de fe celebrado en 1680 cuando el casamiento de Carlos II con María Luisa (bonito modo de celebrar casamiento) en la plaza de Madrid, con ocasión del cual auto una bellísima joven judía, condenada a morir por hereje, dijo a la reina al pasar delante de ella: "Noble reina, ¿no podéis salvarme? He mamado con la leche de mi madre mi religión; ¿debo morir por ella?".

         Calla el caso de aquellos frailes endemoniados, que cuando la reacción absolutista de 1823, "predicaban en España el exterminio de los liberales y de sus familias hasta la cuarta generación", según frase de Olózaga, por el cual en España se cerraron algunas universidades para abrirse, en cambio, escuelas de tauromaquia.

         El hecho histórico. El ministro Calomarde fue el autor de aquel insolente sarcasmo, que dijo Larra.

         Calla la historia del Ángel Exterminador, extraño nombre de un centro de ultramontanos asesinos.

         Y así sucesivamente.

         Concluyo. En mi otra carta trataré del crítico.

 

IV

 

         ¿Puede ser crítico el fanático? - Los grandes críticos son tolerantes - Menéndez y Pelayo somete su libro a la censura eclesiástica - Sus juicios literarios: la oratoria de Joen: Pérez Galdós no vale nada desde que escribió "Gloria "; el autor canta la palinodia; elogios de mala ley; Juan Valera, poeta - Voltaire, clásico y romántico: contradicción evidente - Injusticia - Schopenhauer partidario y enemigo del suicidio: contradicción e impostura - Libros que parecen "cisternas" - Diderot y Volney y Beaumarchais -La literatura francesa del siglo XVIII.

 

 

         Si usted ha leído mis anteriores, tendrá ya barruntos del poco juicio del historiador de los herejes. Vamos a ver qué tal es el crítico.

         ¿Pero puede ser crítico el fanático? ¿Puede serlo quien comienza por calificar de miserables a los escritores? Me parece difícil que lo sea.

         El crítico ha de estar limpio de toda preocupación, de estorbos que le impidan ver claro y pronto.

         Cierto grado de escepticismo en política en religión, vale decir, de tolerancia, es condición de un juicio recto y sereno. Acaso nunca hubo uno que mereciera el nombre de crítico entre los que padecen del tétanos del fanatismo. A los grandes críticos modernos los concibo tolerantes, escépticos en cierto sentido. Taine, Sainte-Beuve, Arnold, lo fueron.   

         En España, nadie más tolerante que Valera. Ni nadie lo fue más que Larra y Revilla. Dicen que Goethe era un crítico eminente, y usted sabe lo que era Goethe en punto a tolerancia. ¿Y Renan?

         ¿Cómo ha de ser imparcial quien escribe libros y los somete al juicio y corrección de la Iglesia? Quien eso hace en estos tiempos no está en su juicio, y Menéndez y Pelayo hace eso con su Historia de los Heterodoxos. (v. última pág.).

         Pero vamos a los juicios literarios.

         En los Heterodoxos se leen, en orden a esto, pasajes deliciosos. El autor juzga a oradores, novelistas, filósofos y poetas. Algunos de sus juicios usted los verá.

         En un Congreso reunido allá por el año 1855, se discutió la libertad de cultos y en él habló un tal Jaen en contra de dicha libertad. "Su voz, dice Menéndez y Pelayo, parecía la voz de la Antigua España; sonaba vibrante y solemne como voz de campana". El leyente cree que se trata de algún genio oratorio. ¡La voz de la antigua España hablaba por sus labios y esa voz sonaba vibrante y solemne! Pero se encuentra con que la elocuencia del Jaen aquel consistió en decir: "Cuando oigo misa, cuando me acerco a los pies del confesor, que es mi médico espiritual, vuelvo siempre a mi casa con la alegría en el alma".

         Acaso se diga que en ese pasaje no hay juicio crítico. Veamos otros.

         Nuestro autor va a tasar el valor de Pérez Galdós. Fijémonos en Gloria, una de sus más lindas novelas. Allí hay pasajes bellísimos. ¡Aquel Mortón en las orillas del mar, con la tormenta en el alma! No quiero amontonar citas porque a escape voy. Sólo digo que en opinión de críticos de nota, es una de las mejores obras de Galdós. Pero el fanatismo religioso allí y en la Familia de León Roch, desempeña papel poco lucido y eso basta para que Menéndez y Pelayo levante piedra y palo contra Galdós: "Es teólogo infeliz: arrojó su reputación literaria por la ventana; ¡es dócil imitador!" El novelador, desde que escribió Gloria se hundió literariamente hablando: así nuestro crítico hace bailar el agua delante de la Iglesia.

         El hombre contó después la palinodia en su contestación al discurso de entrada de Pérez Galdós en la Academia. Dijo entonces que aquello (lo apuntado arriba) no era su juicio literario y que ha de disculpársele porque no está en un libro de estética ,vino en un libro de historia religiosa.

         Es decir, que en los libros de historia religiosa pasan censuras de mala ley.

         Y elogios de mala ley también. Un ejemplo.

         Usted sabe que Juan Valera, el impecable prosista, es ave de corral como poeta. Pero Valera no ha roto los platos con la Iglesia (bien que su catolicismo sea dudoso) y su amigo Pelayo le tiene por el más clásico, el único verdaderamente clásico de los poetas españoles.

         Lea usted la composición que en sentir del crítico es la más perfecta del más clásico de los vates españoles. Se titula El fuego divino, y dice:

 

De la inclinada fuente

en copioso raudal brotaste pura,

alma luz refulgente;

entonces con ternura

latió fecundo el seno de natura,

como la casta esposa,

en medio de su dulce primavera,

si en la entraña amorosa

la agitación primera

del fruto ansiado de su amor sintiera.

 

         (Canciones y Romances, Valera).

 

         Por la muestra puede usted juzgar de la pieza entera. Los versitos esos serán muy sabios, pero a mí casi me hacen el efecto de la oratoria de Jaen.

         Lo difícil es poner a Menéndez y Pelayo de acuerdo consigo mismo.

         Hemos visto que, para él, Llorente era un miserable y Voltaire otro gran miserable. Pues bien: aparte de esto, cuanto dice de Voltaire es un manantial de contradicciones. En una parte, es incapaz de enlazar ideas; en otra, tiene prodigioso ingenio.

         En los Heterodoxos (pág. 77, tomo III) Voltaire no acierta a separarse de las rígidas leyes penales de la Poética de Boileau. En la Historia de las Ideas Estéticas (Tomo III, Vol. 1, pág. 64), del mismo Voltaire dice que "las poéticas son leyes de tiranos, trabas y grillos, inútiles, falsas, que de nada sirven como no sea para detener a los hombres de genio en su marcha".

         Allá es clásico cerrado; aquí, romántico o poco menos.

         En lo demás, Pelayo es consecuente. Así, el Voltaire de los Heterodoxos es un miserable, y miserable, de alma calcinada y corrompida, sigue siendo en las Ideas Estéticas.

         Nadie ignora que Voltaire no era un ángel. Era hombre y tuvo buenas y malas cualidades. Menéndez y Pelayo insiste sobre las últimas (sin venir a cuento) y las exagera. Presenta por el lado antipático al hombre y sólo por este lado. Admitiendo sinceridad en el beato, le vienen como clavadas aquellas palabras de Rousseau: Los más sinceros son veraces, a lo sumo, en lo que dicen, pero mienten en sus reticencias; lo que callan cambia de tal modo lo que fingen confesar, que diciendo una parte de la verdad no dicen nada. Esta frase de las Confesiones me ha explicado la imposibilidad de ser imparcial en los hechos en siendo parcial en los principios.

         Es injusto recordar los defectos de Voltaire, su conducta en la corte de Federico y su odio a Rousseau, y no decir que ese mismo Voltaire dotó a la nieta de Corneille, caído en la indigencia; que rehabilitó la memoria del infortunado Calas; que tronó contra el suplicio del caballero de La Barre; que salvó a los esposos Sieven y ti la viuda de Monttbailly; que fue el amigo de los oprimidos y desgraciados, el vengador de la razón y del derecho.

         De ese adulador de reyes, dijo M. J. Chénier:

         ¡Ah!, de tous les mortels qui ne sont point esclaves, Voltaire est le concitoyen.

         Y Menéndez y Pelayo sostiene otra cosa bien extraña. Según él, desde que Voltaire atacó a la Iglesia se apagó la llama de su genio. Otros piensan que en Ferney, en donde pasó el último período de su vida, fue más grande que en parte alguna. Aparte de que muy temprano atacó Voltaire al cristianismo con su Epitre á Uranie.

         Otro caso divertido es el de Schopenhauer. Atiéndame usted, por favor, doctor Báez.

         En los Heterodoxos, "la doctrina pesimista, por boca de Schopenhauer, recomienda no sólo la aniquilación sino el suicidio individual" (tomo III, pág. 25).

         Es una impostura manifiesta. Me tomo la licencia de calificar así: El filósofo de Francfort, a boca llena, condena el suicidio.

         Pero el mismo Pelayo escribe en las Ideas Estéticas: "Schopenhauer da sus razones para considerar el suicidio como un acto inútil e insensato" (tomo IV, volumen I, pág. 466).

         Luego: Según los Heterodoxos, Schopenhauer es partidario del suicidio.

         Pero, según las Ideas Estéticas, Schopenhauer condena el suicidio.

         Claro es que en los Heterodoxos afirmó lo que no sabía. Verdad es que en los libros de historia religiosa es lícito mentir (según él), acaso por lo mismo que es lícito desollar herejes (según él, también).

         Bajo la máscara del crítico está siempre oculto el historiador parcial en sus principios. Quiero nuestro esteta, que cuantos se enemistaron con la Iglesia o los jesuitas sean buenos o malos retóricos, pero retóricos al cabo.

         Pascal y Voltaire lo son. Lord Byron, Michelet, Victor Hugo y Renan también. Y lo fueron Volney y Diderot. Esto aparte de que Pascal fue un testaferro y Renan un hipócrita.

         El Juicio Imparcial de Campomanes y los libros de Flammarion y los versos de Petrarca son cisternas (Heterodoxos, tomo III, pág. 743).

         De las obras de Volney y Diderot dice en su Ciencia Española, que "son lo más afrentoso en que se ha revolcado el entendimiento humano".

         Para ser corto, sólo observo que Volney, el célebre profesor de la Escuela Normal, es uno de los fundadores de la crítica histórica. Brunetiére, autoridad insospechable, por católico, escribe en uno de sus últimos libros: "En Alemania se reimprimen Las Ruinas. Es necesario reconocer en él (en Volney) a uno de los fundadores de la exégesis moderna y a uno de los renovadores de la filosofía".

         Los sabios alemanes no han de perder el tiempo en reimprimir libros afrentosos. Y usted nota el desgarro con que Pelayo trata a escritores muy brillantes. Volney, aparte de su talento literario, fue un eminente orientalista, un sabio, y Pelayo, bibliófilo a secas, estaba obligado a hablar de él sombrero en mano.

         En cuanto a Diderot, nuestro crítico en las Ideas Estéticas le elogia, siguiendo muy de cerca de Sainte-Beuve, olvidando que según La Ciencia Española había escrito libros que "son lo más afrentoso en que se ha revolcado el entendimiento humano".

         Dice de una de las obras maestras de Beaumarchais que es "impertinente, chocarrera y desprovista de chiste". Sainte-Beuve no opina así y Sainte-Beuve tuvo en sus manos el cetro de la crítica en Francia.

         Vea usted otra muestra.        

         Habla de la literatura francesa del siglo XVIII. "Fue época (son sus palabras) de espantoso descenso literario".

         El absurdo no precisa comentario. Aún conviniendo (sobre esto hay una debatida cuestión) en que el siglo de Voltaire sea literariamente algo inferior al de Pascal, todavía es disparate de cuenta lo del espantoso descenso.

         Pero Pelayo sabe cierto que los escritores del siglo XVIII eran unos condenados, y ¡naturalmente! Montesquieu, Bufón, Rousseau, Voltaire, los dioses mayores y la pléyade de escritores de segundo orden y que fueron de primer orden en cualquier otro país que en Francia, no valen nada: motivaron un espantoso descenso de las letras.

         Un crítico inglés opina muy de otro modo. "La literatura francesa del siglo XVIII es una de las intervenciones más poderosas y penetrantes que hayan existido, la fuerza mayor de Europa en ese siglo" (La Crítica, Arnold). ¡La fuerza mayor de Europa en ese siglo! ¿A cuántas leguas estamos del espantoso descenso?

         Evidentemente, el admirador de la oratoria de Jaen sigue siendo parcial en sus principios.

         Cuando el diablo reza, engañarte quiere.

         He de mostrar a usted otros engaños.

 

 

 

V

 

         Un defensor de los "Autos Sacramentales " - El padre Félix, esteta - Un capitán, poeta místico - San Juan de la Cruz - Un poeta de la libertad aporreado - Echegaray sin sentido común - Núñez de Arce y su "Fray Martín" - El estudio sobre Macaulay es plagio puro - Lo que es Menéndez y Pelayo.

 

 

         En las Ideas Estéticas nos habla del encarnizamiento diabólico de los que atacaron lo sobrenatural, de las insinuaciones pérfidas de Renan, etc., todo lo cual suena pésimamente en una obra de Estética que no ha de ser libre de controversia.

         Es curiosa la historia que nos cuenta de un tal Nipho, defensor de los Autos Sacramentales. Para Pelayo tiene un mérito: era enemigo jurado de la impiedad y de los economistas. Su admirador confiesa que era mal poeta, pero advierte al lector que era español a los derechos y cristiano viejo, prueba de que el autor vive de exclusivos como el don Braulio de Larra. Pero ¿por qué no dejó entonces la historia del pobre Nipho para alguna historia de los castellanos viejos?

         He mencionado los Autos Sacramentales. Conviene decir que Pelayo se declara a favor de esos dramas teológicos, ridículos a más no poder, en que metafisiquean la Trinidad, la Encarnación, la Esperanza, para ensalzar el adorable misterio de la Eucaristía (es frase suya), dramas en que Calderón perdió su tiempo. Se descuelga contra los ministros de Carlos III que prohibieron la representación de los Autos. En su sentir "no fueron absurdos porque fueron populares". Como si los pueblos no pudieran tener aficiones absurdas.

         El crítico que pone sobre su cabeza los Autos Sacramentales no podría menos de admirar las conferencias sobre el arte, predicadas en Nuestra Señora de París por el P. Félix.

         Ha de saber usted que el P. Félix era un jesuita que publicó sus conferencias con el título de El progreso por medio del cristianismo. En algunas de ellas tomó por su cuenta a Renan y a E. Pelleton, recibiendo del segundo una réplica virulenta en un capítulo de su libro El mundo marcha.

         El P. Félix, quien, lo diré de paso, compara la Revolución Francesa con Satanás, es autor de una teoría estética maravillosa: Jesucristo es el ideal del arte. La base del arte es el dogma de la creación. Donde se ve que los no cristianos no pueden ser buenos artistas. Con este modo de ver, Homero sería un poeta infeliz.

         Pues bien: Pelayo tiene por cosas del otro mundo tales cosas; no las refuta; las acepta sin observación.

         ¿Quiere usted otro ejemplo de su crítica?

         Lea usted la pobre introducción que escribió a la versión castellana del Intermezzo de Heine. Compare usted esa famosa introducción con lo que del mismo Heine dice Mateo Arnold. ¡Qué diferencia!

         Creo haber citado ya su discurso de entrada en la Real Academia. Trata de la poesía mística.

         Dos pasajes son notables.

         Uno se refiere a un capitán llamado Francisco de Aldao, poeta místico.

         Dicho capitanejo trata de la inmersión del alma en Dios. El tema es lindo y el místico cortacaras lo desarrolla en verso. Pelayo dice que sus comparaciones son graciosísimas.

         Aquí están esas gracias:

 

Y como el fuego saca y desencentra

oloroso licor por alquitara

del cuerpo de la rosa que en él entra,

así destilará de la gran cara

del mundo inmaterial, varia belleza;

con el fuego de amor que lo prepara.

Ojos, oídos, pies, manos y boca,

hablando, obrando, andando, oyendo y viendo

serán del mar de Dios, cubierta roca.

 

         Decididamente no nací para poeta místico: esos versitos me parecen insoportablemente malos.

         El 2° pasaje es también curioso. En él se trata de otro místico, San Juan de la Cruz. Pelayo escribe en orden a este santo: "No es lícito dudar que el Espíritu Santo regía y gobernaba la pluma del escritor".

         Leamos los versos dictados por el Espíritu Santo a San Juan de la Cruz:

 

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el amado,

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

         Donde veo que el Espíritu Santo es desdichadísimo poeta.

         El diablo parece que regía y gobernaba la pluma de Espronceda y a mí me gustan los versos del diablo a Jarifa que los citados versos del Espíritu Santo.

         En otra parte, Menéndez y Pelayo declara que las Condiciones Espirituales del mismo San Juan de la Cruz infunden religioso terror al tocarlas y más adelante escribe la historia de "un alma que bebió el vino de la bodega del Esposo" (conviene saber que el Esposo es Dios) y todavía asegura que "nuestro misticismo se calienta en el horno de la caridad" -modelos acabados de estilo mojigato.

         Quintana, el poeta de la libertad, no encuentra favor en el despiadado juez de los librepensadores.

         Escandalizado Valera escribe: "Menéndez y Pelayo participa del santo aborrecimiento de los ultramontanos, clericales y moderados históricos a este poeta de la libertad, del progreso, de la civilización moderna, del espíritu de nuestro siglo"1 Es que Quintana no bebió el vino de la bodega del Esposo, sino el vino, algo fuerte, de la bodega de la Revolución Francesa.

         Se sabe que Echegaray, el gran dramaturgo, es heterodoxo declarado. Dio una vez en tronar contra la Inquisición, "contra el espantajo de bobos", en pleno Parlamento y, por este crimen, el gran crítico Menéndez y Pelayo, la sombra negra de herejes muertos y vivos, le castiga en sus dramas. Desde entonces Echegaray fue un bobo; no tiene sentido común; sólo escribe disparates pecaminosos y dramas monstruosamente desatinados, dramas sin pie ni cabeza como los escribiría un loco de Zaragoza: así consta en las últimas páginas del tercer tomo de los Heterodoxos. Es lástima grande que Echegaray no hubiese calentado su misticismo en el horno de la caridad antes de escribir su Gran Galeoto.

         Núñez de Arce compuso la Visión de Fray Martín. Este fray Martín es Lucero y el esteta Menéndez y Pelayo asegura al poeta que con haber tomado por asunto al fraile endemoniado, tuvo infeliz inspiración.

         Pero tengo que concluir y voy más a prisa.

         En el tomo IV, vol. 2, pág. 92 de las Ideas Estéticas, se lee lo que dice Macaulay.

         Y -lo digo porque puedo probarlo- ese estudio es plagio puro. El plagio está en las ideas. La obra desvalijada es la Historia de la Literatura Inglesa por Taine.

         Dice Taine que la única filosofía de Macaulay era la de Bacon, Menéndez y Pelayo repite eso mismo.

         Aquel escribe que el escritor inglés lleva siempre luz al espíritu. Este escribe igual.

         Taine habla del carácter oratorio del espíritu de Macaulay. Pelayo dice lo propio.

         El crítico francés afirma que Macaulay fue un escritor de partido, que su historia es un alegato. El académico español repite lo mismo. Y así de seguido.

         Por lo que he leído veo que se trata de una costumbre vieja de Pelayo. Maneja gallardamente su idioma, pero en cuanto a originalidad, Dios le dé. Y aquí he de citar la frase de un escritor: "Poco importa expresarse uno bien, si sólo se expresan ideas vulgares". O ideas ajenas y en el mismo orden en que otro las expresó.

         Cuando nuestro autor piensa por su cuenta, se conoce en el acto, o porque cae en deplorable contradicción o porque nos sale con rasgos como aquella de la oratoria de Jaen.

         No todos sus juicios pueden ser injustos ni apasionados, por lo mismo que en ellos adopta por suyas opiniones ajenas. A Leopardo, Lamartine, Alfredo de Musset y ciento más, los trata bien. Pero yo sé a quiénes sigue en esos juicios (cuando no lo declara él mismo) bien que prueba haber leído las obras de aquellos poetas. Es evidente también que Pelayo, en sus últimos escritos, se muestra un tanto más justiciero.

         Acaso se diga que no hay autor que no se contradiga y que no repita ideas ajenas. A quienes así piensan yo les pediría que descubran esas contradicciones y esos plagios en autores como Sainte-Beuve o Renan.

         En conclusión, ¿qué es Menéndez y Pelayo?

         Procedo por eliminación.

         ¿Crítico? - No lo es. A lo menos, crítico original. Ordena mal sus ideas. No sabe condensarlas. Llevo dicho que carece de espíritu generalizador. Pero su Historia de las Ideas Estéticas es un libro útil; aparte del esplendor de su estilo, se resume allí lo que no puede encontrarse en varias bibliotecas.

         ¿Filósofo? - Nadie que esté en su juicio ha de presentarle como tal.

         Los Pidal y Mont y Nocedal no lo están cuando afirman tal cosa. En filosofía yo soy forastero, pero sostengo que quien piensa tan mal no ha de filosofar muy bien.

         Su obrita titulada Estudios Filosóficos no revela al filósofo sino al consabido católico, a macha-martillo.

         ¿Poeta? - Ni hay que hablar.

         ¿Erudito? - Tengo para mí que Littré, cuya ciencia era inmensa, fue un erudito. En el sentido que lo fue el autor citado no puede serlo Menéndez y Pelayo. Este, para mí, es un gran bibliófilo, un gran conocedor de obras literarias y de teorías estéticas, muy distinto de los bibliófilos de lomos de libros, como hay casos.

         ¿Escritor? - ¡Cómo no! Fuera del "horno de la caridad" y "de la bodega del Esposo", es un modelo casi siempre, en el arte de bien decir, que ha de imitarse, acaso porque no es de los escritores de genio. Los genios, rebeldes y excéntricos los más, rara vez valen como modelos. Pelayo es un espejo que reproduce ideas ajenas. Tiene más memoria que talento. Cuando cree producir, recuerda (es opinión de Valera). No irradia con luz propia.

         Nuestros compatriotas deben de leerle e imitar su dicción fácil y diserta, tersa y pura. Y deben desconfiar de sus ideas, sobre todo del apologista de la Inquisición. Sus juicios literarios han de aceptarse con precaución: no han de inspirar fe en tanto que no los confirmen los grandes maestros de la crítica moderna, entre quienes él no puede figurar.

         Así pienso de Menéndez y Pelayo y de sus obras.

         De usted siempre amigo.

 

         Asunción, marzo de 1899

 

 

 

 

 

NOTA AL “SALTO DEL GUAIRÁ”

 

DE VICTORINO ABENTE

 

 

         Para el guaraní era el Ytú-Guazú. Estas palabras las descompongo así: Y (agua), tú (golpe), guazú (grande), o sea, Gran golpe de las aguas. La verdad es que el salto da en las peñas golpazos que resuenan en ocho leguas a la redonda.

         Otros decidirán que el tú vale pytú (aliento) y así el todo le vendría a salir Hálito gigante de las aguas, lo que diría acaso relación al humo de vapores (Ytú-timbó) que levanta. Ytú es nombre genérico de toda catarata.

         ¡Canindeyú gigante! Le llama don Victorino Abente y he de precisar lo que vale la palabra. Canindeyú es un loro muy grande un guacamayo.1 Hay una especie de alas enteramente azules, otra roja- de un rojo de fuego; la que nos importa es de un amarillo metálico (yú-dorado). Bien dice Buffon que en el plumaje de estas aves brillan la púrpura, el oro y el azul del cielo. En vez de Canindé otros escriben Canendi, aglutinación quizás adulterada de An-can (cabeza) nandí (pelada o descubierta): el guacamayo tiene la cabeza pelada en ambos lados. Estos loros viven en las serranías de Mbaracayú. Su belleza era celebrada por los indios en sus cantos.

         Y bien. Un cacique, vecino del Gran Salto, dio en llamarse Canindeyú y el nombre de aquel buen sujeto se aplicó a la catarata.

         El nombre que ha prosperado es Guairá, denominación de otro jefe indio. ¿Qué quiere decir Guairá? Acaso diga pájaro, guyrá. Los guaraníes gustaban de llamarse así, como el ponderado Guyráberá (pájaro brillante). Les alabo el gusto fundado en que muchos de ellos eran pájaros de cuenta. En definitiva, no me parece mal que el salto se conozca con el apellido de un cacique cuando pienso que él es también uno a modo de rey de la selva, un montaraz tremendo.

         Varios autores lo describen. Pocos lo vieron.

         La descripción del geógrafo César Famin, salvo alguna exageración, es bellísima y cuenta que Famin no vio al monstruo ni pintado. Lozano, en la suya, es flojo porque habla mucho. Guevara es un declamador de oficio -le pongo a un lado. Azara revela juicio, no arte. Quien me gusta en esto del Guairá entre los antiguos es Ruy Díaz de Guzmán.

         Para la edad ingenua, las cosas que ponen miedo o despiertan nuestra admiración son moradas de dioses o de genios. En el Tequendama se agita el Mojan. En las cavernas habitan seres sobrenaturales; en el antro de Trofonio sonaban oráculos.

         El Guaicurú creía que en el huracán rodaba un genio malévolo. En la teogonía de los chichas de Colombia y de los fueguinos figura el arco iris. Algo de divino tendría también el arco iris para el guaraní, cuando le nombraba Tupán ybyrapá, arco de Dios. Esto me recuerda que los aldeanos de Hartz adoraban el espectro de Brocken, la bruma luminosa. Totemismo dicen a esta religión de los fenómenos de la naturaleza. El secreto de estas creencias está en la sensación vaga e indefinida que experimenta el hombre primitivo ante ciertos espectáculos.

         El Guairá hirió también vivamente la imaginación y fue objeto de un culto extraño.

         La nube que levanta y se alcanza a percibir desde seis leguas de distancia, los remolinos (y-yeré, agua que da vueltas) que se encuentran subiendo del sud, aquella celebrada Peña Pobre en donde se deslíe la luz del sol en ondas fulgurantes y que los conquistadores tomaron por una masa de oro, los torrentes gimiendo en subterráneos profundos, y por cima de todo, el alborotar de las aguas, forman un conjunto asombroso. El ruido principalmente ha de ser cosa de producir borrachera, cuando dice la tradición que relajó el tímpano a los habitantes de Ontiveros. Uno que vivió años por allí, decía: no hay cabeza humana que pueda mirar el Salto sin desvanecerse.

         El corazón del guaraní tembló en su presencia, tembló de emoción y de miedo, y le rodeó de leyendas extraordinarias.

         Era el Ytú-ai, el Mal Salto, por excelencia.

         En sus remolinos andaban ocultos diablos que devoraban a los náufragos.

         Por allí roncaba el Ipora, numen iracundo como el que brillaba en el relámpago y volaba en la tormenta; en sus antros se alojaba el Yaguá-guazú, que minaba los barrancos y despedazaba a las gentes.

         Leyendas semejantes corrían del lago Ypacarai, de donde se alzaban lamentos cuando la tempestad arreciaba. Eran las voces de los que, en castigo del pecado nefando, fueron tragados por las aguas negras. Guevara habla de esta creencia que hacía de un bonito lago un lugar siniestro. Lo peor del caso es que los indios no dejaban de tener un poco de razón. Escuchen ustedes:

         Cruzando el lago un día que soplaba un viento fuerte, yo también oí un sonido extraño, un rumor triste que parecía venir de abajo, del fondo, una cosa que daba pena y dejaría al indio apretado de melancolía. Se trata de un fenómeno acústico, quizá un tanto difícil de explicar. Otros me han hablado de cañonazos, lo que me trae a la memoria esto de los antiguos: cuando el tiempo quiere mudarse, la laguna truena. Declaro que se me hace cuesta arriba el creer en esto de los cañones. Y vuelvo al Guairá.

         Todavía hoy difunde el terror en su contorno.

         El caynguan se estremece cuando oye su ronquido. Jamás se pone cerca de donde está el Salto porque en él patea un demonio loco. Las aves y los otros animales huyen asimismo del gran salvaje. Nuestro cacique Guairá se ve obligado a reinar en una absoluta soledad.

         Y ésta es la salvaje majestad que canta don Victorino Abente. No soy crítico, pero he de decir lo que siento. La estrofa en que pinta la caída, por creerla perfectísima, la sé de memoria:

 

Unense impetuosas las corrientes

de todos los torrentes,

y atacando con ímpetu bravío

el peñasco o cauce que se estrecha,

se arroja por la brecha

en tremenda avalancha todo el río.

 

         Esa brecha la abrió el Paraná para su uso. En otros versos le veo redoblar el ataque y destrozar la espalda de la sierra. Para volar al mar era necesario limar ese espinazo de granito que le cerraba el paso, o descoyuntarlo a martillazos, y el Paraná comenzaría por morder el pie de la montaña, medio de mala gana. La roca inmóvil se reiría de las tales mordeduras y la ola, irritada, crecería en coraje y daría un ataque a fondo, aullando de rabia. Y así se empeñaría la batalla de siglos que dura todavía.

         ¡Qué de esfuerzos debió de costar al Paraná el gastar aquel ramal del Mbaracayú que se le cruzaba por delante! El trabajo mecánico del río lanzado a la carrera es muy grande, de fijo, pero es grande también la resistencia de la roca.

         Los versos que siguen me dan vértigo.

 

Parece que me arrastra el turbulento

furioso movimiento

que lleva despeñada tu corriente.

 

         Sin pensarlo, el lector acompaña con los brazos y la cabeza el movimiento que se expresa. Los versos (yo los llamaría versos cinematográficos) se disparan precipitados por el ritmo. El río vuela como flecha. Parece que hasta las letras se ponen a correr.

         Dicen los que entienden de estas cosas que para representar la armonía de movimiento, han de buscarse los esdrújulos. ¡Disparate de los retóricos! No los hay en los citados versos, ni se precisa que los haya. Tampoco son de necesidad las sílabas rápidas del conocido ejemplo de Martínez de la Rosa:

Ora rápido y vivo

el ciervo fugitivo...

 

         Sin esdrújulos ni historias está pintada por modo maestro la velocidad de la corriente.

         En otra estrofa el autor pregunta:

 

¿Cuántos siglos habrá que estás luchando

y sin cesar bramando?

 

         La poesía no consiste en decirlo todo sino en hacer pensar en todo. Por extraña asociación de ideas ante la duración sin término, repiensa en lo que es efímero. A lo menos, yo pienso en las generaciones ignotas que vieron al coloso por primera vez y pasaron sin dejar memoria; en la raza guaraní, triste y fuerte, que llegó de lejos, muy del norte y le dio su nombre; en los conquistadores que fueron a saludarle asombrados. Y sólo queda el Guairá poderoso que les asustó con su gruñido. Por este camino se acaba por pensar en el destino humano. El poeta tiene la culpa de sugerir estas ideas.

         El señor Abente manifiesta un deseo bien original:

 

En el espumoso manto

de tu soberbia belleza,

grabar quisiera este canto,     

pobre ofrenda que levanto

en aras de tu grandeza.

 

         Lo que yo sé es que el canto magistral está grabado en la memoria de muchos y conviene que con eso, lo único posible, se contente. No es poca cosa el vivir, en verso, en la memoria de los hombres.

         Y que deje intacto y en paz, en su virginal hermosura, aquel tul de vapores bordado de arco iris, sobre fondo azul, con que envuelve su cabeza Canindeyú, el gigante acurrucado en la caverna lúgubre para gruñir a gusto.

 

 

NOTA

 

1Ara ran-can en guaraní. El nombre de guacamayo se debe a Colón. El Canindé es el (Psittacus macrocercus) Arara-una de Lineo. O corrigiendo el guaraní de Lineo, léase Arará aná semejante a pariente del Arará.

 

 

 

 

 

 

 

 

VALLE-INCLÁN

 

         Y todo es como el color y el sonido en el cerebro. Es verdad que estamos siempre coloreando el mundo con el prisma de nuestro temperamento. Pretendemos hablar de los demás y sólo hablamos de nosotros mismos. No podemos salir de la caja craneal, nuestra prisión oscura, la caverna que dice Anatole France.

         ¿Y entonces qué hacer para retratar a los escritores?

         Dejar que se pinten ellos mismos, se reflejen tales como son en la luna de su estilo.

         ¡Que no haya critica! Pues casi no lo es el resumir y ordenar la forma y el fondo, lo que sintió y pensó cada escritor.

         Y así va a presentarse don Ramón del Valle-Inclán, retratándose en escorzo. Apenas si nos permitimos el lujo de delinear el marco.

         Su dicción es única entre tantos que manejan con gallardía el verbo de Cervantes. En frente a los otros escritores de su patria, le son aplicables estas palabras del amante de la pecadora mexicana en la Sonata de Estío: "Todos los españoles nos dividimos en dos grupos, el Marqués de Bradomín y los demás".

         La arquitectura verbal castelariana, mapa de un vasto género, resulta comparada con la airosa de las Sonatas, la construcción recargada y pretenciosa al lado de la esbelta sencillez del Partenón. No es brillante en la acepción gastada del vocablo. Todo en él es suave y distinguido, con delicadeza aristocrática. Se pinta en uno de sus héroes que quería ser confesor de emperatrices y de reinas.

         ¿Cómo se siente la naturaleza? Con gracia risueña y sensibilidad contenida. Hay belleza en la vaguedad de las cosas, en las que flotan en el limbo de la distancia o en las nubes indecisas del recuerdo, la hay en las notas que suspiran a lo lejos, y Valle-Inclán ama esos ecos dolientes y lejanos. Huye del tono alto y acierta a producir sus acordes con una hechicera combinación de semitonos, divinamente evocadores. Nos habla de la vaguedad risueña y feliz de los recuerdos infantiles, nos mece con la salmodia del viento, las cántigas poéticas del pueblo, la querella de las olas y el rumor quejumbroso de las selvas que alzan al cielo sus cimas pensativas.

         Deliberadamente monótono, a veces, para producir la continuidad de algunas sensaciones musicales, va repicando y conjugando la tiramira de sus verbos predilectos. Veamos.

         Las palabras del peregrino en Flor de Santidad ululan al aire, el viento está llorando a la distancia su llanto de mil años o quejándose en los pinares con voces de otro mundo. En letras antiguas resuenan acentos de cadencia lánguida y nostálgica. Los mirlos cantan en las ramas y sus cantos se responden encadenándose en un ritmo remoto como las olas del mar. La voz de Adega era devota y su idioma era el arcaico, casi visigodo de la montaña. En la escala de sus notas más queridas, las hay hondas como un eco de la pasión o solemnes y graves como las letanías y los salmos. A veces los cactus sacudidos por el viento, remedan ruidos de torrente que se despeña a la distancia, en la oscura lejanía. Y en Gerifaltes de Antaño hay sombras y rumores que tienen una eternidad y una eficacia en el gran ritmo del mundo.

         Así el amante del sonido. Vamos, de inmediato, a la sensación pictórica.

         El semitono en música y la mediatinta en pintura. Acordando con esas notas siempre vagas y distantes, pinta reflejos dorados, lontananzas y agonías de la luz. Pone en sitio conspicuo, con los cantos litúrgicos, la penumbra de los templos solitarios, la santidad contrita. Las nubes, en sus páginas van volando albas en el fondo sangriento de la tarde, que a su vez huye arrebujada en los pliegues de la ventisca.

         Delinea montañas de fantástica cumbre, marcando el límite de la otra vida. El sol, y las estrellas se ponen en ocasos que duran eternidades. María Rosario, el único amor de su vida, en la Sonata de Primavera, era santa y bella como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el cielo que reflejan. El marqués de Bradomin se propuso amarla y superar a todos los amantes que en el mundo han sido... Locuras gentiles y fugaces que sólo duraban algunas horas y que tal vez, por eso, le hicieron suspirar y sonreír toda la vida...

         Y así el pintor. Un poco colorista, un poco decadente, con dejo romántico, quiero decir, sentimental.

         Palabras que no viven en ajenos labios, están muertas en los míos, dijo una vez, y ello no es cierto del todo. Acude con harta frecuencia a verbos que no usan otros, a vocablos que saca de no sé dónde: las esquilas suenan con ingrávido campanilleo, el relámpago deja en los ojos la visión temblorosa y fugaz del paraje inhóspito, al marqués cercaba la turba clamorante, el viento y los pájaros ululan a toda hora.

         Cincelador primoroso, evita, hasta donde es posible, el "que" de la sintaxis vulgar, sirte del romance, escollo del prosador, rompiente donde naufraga la elegancia.

         Es escéptico. De tarde en cuando se siente la punta de diamante de su ironía. En una historia de España donde leyó siendo niño, le enseñaron que lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota...

         En la melancolía del sexo ve el germen de la gran tristeza humana, elegante cifra de cierta desoladora filosofía.

         Siempre estuvo persuadido que la bondad de la mujer es más efímera que su hermosura.

         Es a veces bellamente impío, con impiedad simpática. Zenotemis, en el banquete de Tais, revista de la filosofía pagana agonizante, dice que no hay una sola acción humana, ni siquiera el beso de Judas, que no lleve en sí el germen de la redención, y Valle-Inclán también descubre en donde menos se espera, el polvo de oro de la belleza. La encuentra hasta en el horrendo incesto de la Niña Chole. ¡Sus labios sangrientos eran bellos como su historia! Lo peor es que, a fuerza de elegancia, torna a su heroína casi inocente, casi pura; con el nimbo del amor la ennoblece y la rescata. La otra heroína de la Sonata de Primavera, no sabía, la pobre, que su destino de santa era menos bello que el de María de Magdalena.

         En la Misa de San Flectus del Jardín Novelesco, tres jóvenes enfermos, mordidos por un lobo rabioso, van a pedir su cura al santo milagroso. Con voces estranguladas gemían caridad. El abad cantó la misa y ésta fue tan eficaz que los tres penitentes se murieron. Aquí la deliberada sencillez, casi simple del estilo, hace resaltar el contraste inmoral del desenlace.

         ¿Quiénes influyeron sobre él?

         Sus ideas, en ocasiones, parecen teñirse un tanto de las de Jean Lorrain (prescindiendo de las expresiones crispadas y violentas de este enfermo, me apresuro a decirlo).

         Hay en uno y en otro, como en casi todos los decadentes, cierto abuso intolerable de lo litúrgico.

         Y María Rosario tenía su leyenda, como el Duque de Fresnes, aunque en nada se parezca la imagen angélica del amor puro con Mr. de Phocas, el endemoniado, que buscaba las miradas de agua doliente para ahogar en ellos a la Ofelia de sus deseos.

         Y el encanto perverso de la Niña Chole, Venus turbulenta, hace pensar en las princesas de Moreas a que alude Lorrain, malditas, fatales y adorables.

         Las audacias de Gracián asoman no se sabe dónde ni cómo, pero sin su amaneramiento a veces gongorino. Tal vez en un título, en Flor de Santidad. Luis, dice Gracián, era Flor de santos y de reyes.

         Pero todo está atenuado por Anatole France. Los ojos de violeta de Adega, la zagala soñadora, son los propios de Tais, la divina cortesana, y ciertos sueños y visiones compulsan los de Pafnucio. Quizás el Satanás, Satanás, con que finaliza la Sonata de Primavera, sea eco del Vampiro, Vampiro, con que acaba Tais. Cuando la Niña Chole tendiese en la hamaca y esperó, remedaba bastante a la temible cortesana que antes, en la gruta, también esperó al abad de la Tebaida santa.

         Pero de todos modos, Valle-Inclán es un escritor original. Nadie, que sepamos, practica en España como él, el arte por el arte. Ha trasuntado cuadros bellísimos con el delicado pincel de su palabra y después de tanta prosa fatigante, descansamos en las ondas suaves de su estilo.

         ¿Y se ha retratado a sí mismo Valle-Inclán? Acabamos por dudarlo. En algo intervenimos -en la distribución de los colores.

         Lectores habrá que con distinto temperamento, copiando pasajes diferentes a los resumidos por nosotros, produzcan otra impresión con otra estampa. El tinte del prisma interior... el fantasma cerebral.

         ¡Decididamente, no podemos salir de la caverna!

 

 

 

 

 

EL MILAGRO DE LO ETERNO:

JESÚS – CRISTO

 

 

         Fieles a nuestro propósito de reunir en volúmenes, con criterio racional de selección, toda la obra del gran escritor paraguayo dispersa en diarios y revistas, incluimos aquí este pequeño ensayo. Trátase de un trabajo de Domínguez juvenil, cuando era apenas un muchacho.

         El lector advertirá que su prosa no había adquirido aún la precisión ática ni la elegante galanura descamada que caracteriza al maestro.

         Pero el trabajo tiene, en cambio, un alto valor de curiosidad para quienes se interesen en la evolución de un estilo.

 

         N. de los E.

 

 

         Un tierno niño, hermoso como la luz de la esperanza, en cuya bondadosa sonrisa se pintaba la melancolía de los panoramas de la Judea y cuyo acento resonaba en el corazón como el lloro profundo de los cedros del Líbano, se levantó en los tiempos de Augusto, cuando Roma se llamaba la reina del Universo, allá en las orillas del Jordán.

         La sombra de una eterna tristeza nublaba aquella frente pensativa, irradiando no obstante en sus miradas la bondad infinita de su alma.

         Se extasió en los cuadros de la naturaleza. Comprendió el lenguaje de los desiertos, esos mudos reveladores de los misterios de Jehová; educó sus sentimientos escuchando desde niño las grandes armonías; sublimó su alma meditando en las orillas del Genesaret y contemplando la tranquila majestad de las montañas.

         La azulada inmensidad del cielo galileo le hacía entrever el infinito y la voz del Mediterráneo le hablaba como el eco de un lamento misterioso.

         La grandeza del Líbano, la tristeza indefinible de las rocas en el camino de Sichen y hasta los ayes de su tórtolas, todas estas melodías y suspiros de la naturaleza, obrando sobre su alma excepcional, afinaron sus sentimientos y embriagaron de ternura su corazón.

         No tendría sino treinta años cuando se entregó a la realización de un pensamiento colosal; se propuso cambiar las creencias del género humano sin contar con más soldados que una docena de sencillos pescadores, ni más armas que las palabras. Su religión del amor, sencilla como la naturaleza de su patria, pero llena de poesía y de armonías como aquellas tardes serenas de sus encantadas campiñas.

         Predicó el amor, la caridad, enjugó el llanto del esclavo, prometió al desgraciado un mundo en nada comparable al sueño de la vida.

         Aunque manso y tierno, pronunció palabras de fuego condenando la hipocresía del fariseo.

         Fue después a las orillas del Cedrón a recibir del Sanedrín como premio de su misión una sentencia de muerte, una corona de espinas y los esputos de un malvado.

         Cuenta la historia que en el huerto de Getsemaní se desprendió de sus pupilas una lágrima.

         Y que en medio de su bárbara agonía sus labios no murmuraban sino la nota del perdón.

         Y que había muerto, víctima de la más negra ingratitud, hablando de cosas que no son de esta tierra.

         Y que la triste historia de su pasión conmovió a aquel mundo de los Césares; que separó los ojos de escenas espantosas para dirigirlos al cielo.

         Y que su nombre ha quedado como un poema de ternura en la conciencia humana.

         Y que su recuerdo inmortal vivirá lo que vivía la humanidad, en cuyo destino influyó más que los guerreros y políticos de todas las edades.

         Y que su sombra doliente vive en los altares y su nombre resuena en el eco de las plegarias.

         Y lo que dice la historia nos han contado nuestras madres y lo hemos palpado en los templos, en el lecho del moribundo, en cualquier parte de donde se escape un sollozo, en donde quiera que fulgure el destello de una lágrima.

         Cuando en todo esto pensamos, nuestra incredulidad vacila y aquel hombre sublime en su simplicidad, grande en su sencillez, se presenta a nuestra imaginación con los místicos contornos de un ángel cuyos dedos nos señalaban la luz de la esperanza brillando más allá de la tumba.

         Han pasado muchos siglos desde que lloró sobre la tierra.

         Aquel pueblo deicida, como el judío errante de la leyenda, hace muchísimo tiempo que vaga condenando a no contar con una patria.

         La obra colosal de Roma ha pasado para no volver.

         El fantasma de la Edad Media ha huido para siempre.

         Nuevos impulsos ha recibido la humanidad en su carrera.

         El genio de Colón le ha mostrado la frente de la Atlántida.

         Guttemberg ha colocado en sus manos la imprenta.

         Copérnico le ha dado a conocer el mecanismo de la creación.

         La Revolución Francesa ha promulgado sus derechos y todas las ciencias le han hecho revelaciones maravillosas sobre los misterios de la naturaleza, cuyas fuerzas se han convertido en agentes de la voluntad humana.

         Cien imperios se han hundido en el polvo de sus ruinas y han alumbrado y se han apagado las estrellas de la gloria en la frente de cien conquistadores.

         Pero ni las revoluciones que han barrido la superficie del globo, ni las ideas que han germinado en diez y nueve siglos de trabajo, han podido borrar el nombre de Jesús de la conciencia universal.

         Voltaire había dicho: destruid al infame, pero esa palabra ha quedado sobre la tumba del que la dijo y allí aguarda, después del juicio de una posteridad que ya ha llegado, el juicio más severo aún de la posteridad que vendrá.

         Straus y Renan no han hecho sino añadir una piedra más, si cabía, al monumento de su inmortalidad, porque aún prescindiendo de las fábulas religiosas, la crítica histórica no ha podido descubrir en su vida ninguna mancha que achique la majestad de su nombre.

         Al racionalismo, que con su piqueta de hierro ha minado el pedestal de tantos ídolos, no le ha sido dado arrancar un solo resplandor de su gloria.

         Y hoy como ayer la humanidad se pone de rodillas ante los altares en donde recibe el humo del incienso y las oraciones.

         Decía Léntulo, hablando de Jesús, que jamás se le había visto reír, solamente llorar.

         Y así, el héroe sublime de la pasión ha quedado para eterno consuelo de los que lloran.

 

 

 

 

 

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