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RAMIRO DOMÍNGUEZ


  CULTURAS DE LA SELVA 1975/1979 - Ensayo de RAMIRO DOMÍNGUEZ


CULTURAS DE LA SELVA 1975/1979 - Ensayo de RAMIRO DOMÍNGUEZ

CULTURAS DE LA SELVA 1975/1979

Ensayo de RAMIRO DOMÍNGUEZ

 

 

CAPITULO I

Las culturas de la selva no parecen haber atraído en Paraguay la atención de estudios sistemáticos; consideradas como residuos marginales en el proceso de conquista y colonización del Paraguay oriental, su presencia en la historiografía sólo es perceptible en referencias esporádicas y dispersas, más como hábitat del indio irredento y de aquellos que posteriormente “ganaban la selva” para escapar a la encomienda, o en cíclicas y violentas reivindicaciones chamanísticas.

No hubo intento de contraponer las culturas de la selva —como texto que permea el período colonial— a la otra, más típica y definidora, de nuestros “valles” y “lomas” donde cobró cuerpo el ethos tradicional paraguayo. Sin embargo el campesino, nieto de las culturas selváticas guaraní, mantiene aún vivo un repertorio de pautas y valores que vienen del hábitat de sus mayores, y la selva para el paraguayo medio es un poco lo que el mar para los griegos de Jenofonte: el refugio tras todas las correrías. La fuente nutricia que Nuestra Gran Madre —Ñande Jaryi— da amparo al desheredado y el diescapado de la justicia. Y hasta hace poco, por su escaso valor económico, no había sido objeto de la codicia del lado depredador, más interesado por entonces en las vastas eras para las ganaderías del conquistador y el hacendado criollo; mientras en las lomas circundantes asentaban sus kógas o eras la clientela de la gran estancia y el pobrerío rural.

De tal modo, con los siglos la selva—ka'a guy— fue proyectada en una suerte de polarización a un plano de antivalor, con fuerte resabio en el consenso popular, que mantiene los peores apelativos para el paraguayo selvícola —ka'aguygua— o, simplemente, por antonomasia, Ka’ajaryi - ‘abuela’ de la selva—; homólogo en la vernácula del cavernícola de otras latitudes; quintaesencia de salvajismo e inmaleabilidad atávica a las pautas del contexto urbano.

Tenía que florecer por incontables ciclos el lapacho para que comenzara a hacerse luz en torno al “habitante de la selva”, y su valor de síntoma para decodificar los singulares procesos de comunicación humana que se han dado —y se dan— en las selvas del Paraguay oriental.

Lo que se trata de esclarecer aquí son los rasgos diferenciales del paraguayo de la selva. Mientras en los núcleos de población rural iban haciéndose diestros en el manejo del caballo y el buey, el montaraz hubo de apearse y desentrañar en la espesura los senderos abandonados de su ancestro indígena. En torno al caserón del valle, los “vaquéanos” o peones aprendían el arte de “sacar del cuero las correas”, y harían de la carne de res el plato predilecto de su dieta. En tanto, el hachero y el “mensu” regresaban, cuesta arriba, al ritual atávico de cazar —moñuha— y pescar —pinda poi— para compensar en parte su déficit proteínico; cuando no rescataban del indio con el cual cohabitaban su repertorio de nutrientes: el gusano de palma —karanda'y yso— y la miel silvestre —eíra ka'aguy—; los frutos de la selva y el agua generosa que sangraban cierto tipo de lianas — ysypo—.

En el “valle”, el campesino afinaría sus rasgos de agricultor sedentario con fuertes lazos que lo integraban al ore gregario y tribal. Pero en la selva no había lugar más que para el “arriero óga” —especie de cobijo precario hecho de ramas de árboles y hojas de pindó (palma)— que no daba cabida sino para la yacija de un eventual irá —compañero— tan solitario y desarraigado como su accidental morador.

Sin embargo, a pesar de las condiciones hostiles de su medio, el paraguayo de monte distaba mucho de lo que literariamente se designa por “ley de la selva”, como negación de toda ley de convivencia racional y humana. Si bien menudeaban los prófugos y marcados por varios jejuka rei —muerte violenta—, en la selva pronto se establecía un régimen de convivencia; más que mera ley de corsarios, un efectivo proceso de comunicación humana que ha enriquecido el folclore y marcado profundas huellas en la idiosincrasia del campesino.

La marginalidad de los grupos humanos en la selva, no se explica tanto como grupos “fuera de la ley”, sino mejor, como de conglomerados fuera de las pautas comunes de hacer las cosas y de comunicarse en Paraguay.

Un proceso común de ajuste a las exigencias específicas del medio ambiente, había acabado por producir un tipo de hombre, con esquemas sui géneris de organización social, de intercambio de bienes y servicios, de estructuración familiar; y un mundo simbólico de mitos y códigos lingüísticos amoldados a su universo.

 

I.       Grupos rurales del Paraguay tradicional

La denominación implica inicialmente una discriminación: en tanto los grupos humanos son definidos como condicionados por un contexto específico, el del Paraguay tradicional. Intentemos una definición: es un área relativamente homogénea y reducida en extensión, que va desde el río Paraguay al oeste hasta las serranías de Caaguazú al este de la Región Oriental; y del río Jejuí al norte hasta el río Tebicuary, al sur, coincidiendo en gran parte con la hoy denominada Zona Central, que abarca los departamentos Central, Cordillera, Paraguarí, Guairá y Caazapá, en cuyo perímetro se extienden los poblados urbanos y rurales del Paraguay tradicional (1).

 

2.      Área sistémica

Los supuestos teóricos fundamentales del trabajo coinciden en referir al correlato ecológico del hombre y su medio, en un área tradicional de explotación forestal dentro del sistema de lo que podríamos llamar, a escala nacional, de la gran empresa; y el proceso de cambio que se opera al reducirse sus bosques a un programa sistemático de loteamientos, asignado a colonos en su mayor parte migrantes internos de áreas minifundiarias. Al tiempo que, estimulados por las grandes obras de infraestructura que se han puesto en marcha en la zona, acuden a competir en situación de evidente ventaja representantes extranjeros de una economía de empresa que desarticula la gradual incorporación de los colonos nativos a un proceso de asentamiento y explotación rural definitivos.

Tres aspectos o “ciclos” integran el universo del hombre paraguayo tratando de sobrevivir y amoldarse a las exigencias y riesgos que comporta su ambientación en la selva: el más tradicional y antiguo, de la explotación de la yerba mate, con muchos elementos del contexto indígena colonial; íntimamente ligado al módulo subsistencial de la caza y pesca, valorizando recursos del ancestro proto-ava o Guayakí, y de los Mbyá-Guaraní de los tiempos de Colonia; y otro más nuevo, que surge con la apertura de un mercado exterior a la madera paraguaya, en que la tala de bosques coincide con un cuadro de dispersión étnica y psico-social que no se daba en los yerbales, pequeños o enormes feudos que repetían el esquema paternalista del cacique-chamán guaraní, o el Estado omnipotente de la era francista y de los López.

Una primera reducción en los trabajos de campo: por razones de mayor efectividad, y atendiendo a la escasa disponibilidad de tiempo y recursos, se optó por el perímetro determinado por la ruta 7 “Gaspar Rodríguez de Francia” al sur, en una extensión que va desde Itakyry-Takurupukú (v. Hernandarias) al este a Yhü-San Joaquín-Carayaó, al oeste; llegando al norte hasta Santaní- Kuruguaty-Villa Igatimí. Se prescindió por tanto de la zona del Alto Paraná que se extiende al sur de la ruta 7; aunque por otro lado se justifique tal opción, por la escasa densidad poblacional del área descartada hasta la segunda mitad del siglo, y por la menor incidencia de las formas tradicionales de explotación forestal. De cualquier modo, cabría en otra etapa investigar los índices de expansión real de las empresas forestales en dicha zona, desde la Colonia hasta casi 1950.

 

3. Esquema diacrónico

Indudablemente, los caminos del Guairá vía los Saltos de Kanindeyú descubrieron a la economía de la Colonia los bosques y yerbales naturales de Mbarakayú, derivando los trabajos de encomiendas hacia el área cuyo vértice fue la Villa de San Isidro de Kuruguaty—antiguo asentamiento de guaireños asediados por las bandeira—virtual centro del emporio yerbatero (CF. arquitecto Ramón Gutiérrez, op. cit.: Kuruguaty). Muy pronto la explotación de la yerba mate como casi único rubro exportable cobró auge, tanto en pueblos de misiones como de encomenderos-conquistadores. En torno al beneficio de la yerba mate, fue configurándose con los siglos un ciclo cultural bien definido, en cuyo núcleo, a no dudarlo, aparece como factor preponderante el apetito de lucro de una economía dineraria impuesta por la Colonia; sin descontar su cuota de explotación del hombre —en este caso los indios— diezmados gradualmente en los trabajos de “minas”, de donde deriva el apelativo “minero” con que tradicionalmente se designa a los obreros de la yerba. (Cf. Gutiérrez, op. cit., y Ernesto Maeder, “La población del Paraguay en 1799. El censo del gobernador Lázaro de Ribera”, en “Estudios Paraguayos”, vol. III, N° 1 - Octubre 1975. Particularmente, consultar Branka J. Susnik, “El indio colonial del Paraguay”, Ia parte).

Sin embargo, hasta la aparición de la gran empresa a comienzos del siglo XX, la cultura de la yerba mate se integraba a la economía de los pueblos de criollos y mestizos, dentro de un sistema de intercambio de bienes y servicios que revertía sus beneficios en la propia comunidad. El primer impacto de La Industrial Paraguaya sobre aquella economía de subsistencia fue la desarticulación gradual de todo el proceso como sistema autónomo y su sustitución por el régimen del asalariado rural (ver “mensu” = mensualero), destribalizado e incluso arrancado de su grupo familiar. En otro orden de cosas, el auge de la gran empresa significó igualmente la ruina de las pequeñas y medianas tradicionales. La economía cuasi de trueque de un sistema patriarcal y comunitario, en donde la yerba fungía como dinero {cf. Susnik, op. cit.) en un esquema circular de comunicación a doble vía, como mutua prestación de bienes y servicios, con el mercado o “plaza” como vértice de las contrataciones-comunicaciones, es asediada primero, y desbaratada por fin, ante el impacto de la economía dineraria y de la gran empresa, impersonal y extraña al contexto comunitario; operando desde sus centros de contratación en el extranjero un proceso competitivo e individualista de comunicación a una sola vía (de la base al vértice de la pirámide, tan sólo la circulación, a través de múltiples escalas de mediación y dependencia, del producto elaborado por el minero; del vértice a la base, las consignas, también decodificadas a través de múltiples cadenas de dependencia; las pautas económicas, laborales e incluso policiales y de justicia; y, en último término, el “saldo” líquido de los adelantos y créditos abiertos en los exclusivos almacenes de la Administración). Aquí no hay tiempo —ni canales— de forjarse mitos, ni leyendas, ni “casos” expresivos de la tradición oral. No había otra literatura que cierta forma alienada de conversación sin destino (= sin receptor aparente) sostenida por el mensú mientras abría su “pique” solitario en la selva (cf. Informe de don Juan Antonio Pérez - Itakyry), y que serían las formas rudimentarias de un teatro popular auténtico, aún no explotado ni estudiado convenientemente. En efecto, llama poderosamente la atención el hecho de no darse en todo el ciclo de La Industrial otra forma de literatura popular o formas “cuajadas” de tradición oral que los monólogos apuntados. Los temas elaborados por la música popular son evidentemente expost fact, bajo la fuerte influencia de una literatura culta de cuño socialista iniciada por Rafael Barrett y que deja secuela en escritores nacionales posteriores a la guerra del Chaco. Los hombres que vivieron aquel drama son más bien parcos en comentar y rememorar, y lo hacen con un semblante huraño, como si rumiaran la vergüenza de un engaño colectivo (2).

Un testimonio mudo de todo ese derrumbe lo constituyen Kuruguaty y muy particularmente Santaní, con profundas raigambres comunitarias y afirmadas sobre la cultura tribal de los asentamientos urbanos y “colonias”, que en pocas décadas vieron aniquilarse su economía con el enganche masivo de sus “mineros- guapos” (cf. informe de Don Noel Lefebvre, Itakyry), valiéndose de la estratagema del “anticipo”, por parte de los “habilitados” de Itakyry.

Agotados los yerbales naturales —ka’aty— la gran empresa no halla rentable mantener la explotación y procede al desmantelamiento del sistema. De todo ello, quedan rastros de grandes perturbaciones demográficas y desestructuración de lo identificable como culturas tradicionales, sin aportaciones sustanciales en el esquema valórico ni económico. No así en cuanto a módulos urbanísticos y arquitectónicos, que registran evidentemente signos de asimilación del cottage introducido por Itakyry y ampliamente difundido hasta Yhü, San Joaquín y lugares tan distantes como Kuruguaty.

El parcelamiento y venta posterior de las tierras que formaban los latifundios de La Industrial Paraguaya se realiza con un criterio irracional de liquidación sin más propósito que el lucro, lo cual hace literalmente imposible viabilizar en el área formas estables de colonización y promoción comunitaria.

Liquidada la industria yerbatera, surge como sucedánea la explotación industrial de los obrajes, determinada por un mercado siempre oscilante y satelizado; lo que no estimula la movilización masiva de contingentes de “obrajeros” y “hacheros”, y sigue siendo hasta hoy actividad económica supletoria de los grupos rurales.

El ciclo de la yerba mate parece hoy ya más una etapa confinada a la memoria colectiva, con escaso ímpetu económico y en vías de extinguirse definitivamente en el área de estudio, con el parcelamiento y colonización de los yerbales naturales de La Industrial Paraguaya. Sin embargo, la tradición oral parece hasta hoy volverse reiterativamente a su evocación nostálgica, al cobijarse tal vez en la plenitud de un tiempo mítico en el cual cada uno, sin gozar de mayores ventajas, dependía cabalmente de una gran empresa. Por donde se realizaban sus ancestrales inclinaciones a someterse a una sociedad patriarcal —réplica de los esquemas coloniales de la encomienda—, que providenciaba por ellos un proyecto de vida y los elementos imprescindibles para su subsistencia. En tal visión “expurgada” por la conciencia mítica, se desdibujan de la memoria colectiva los perfiles más sombríos del legendario feudo empresarial, y hay cierto tonillo de orgullo al confesarse antiguo habilitado o dependiente de su administración.

En contraposición diacrónica, al ayer paternalista se opone con agudos contrastes el hoy en que el lotero y colono tradicional enfrenta un proceso de dispersión y disociación económica y socio- cultural, en el cual él se ve solo ante la avalancha de una colonización empresarial y la economía de mercado que desestructura sus pautas y lo sume en depauperación y desaliento, optando por lo que es más atávico en su conformación psico-social: el retorno a una agricultura de subsistencia, que lo disocia aún más, automarginándose ante un proceso de desarrollo que no les ofrece garantías de éxito.

Otro tanto para el ciclo de la madera, en el que se observa cierto resentimiento y desconfianza ante la nueva política de la Industrial de parcelar sus tierras y venderlas al que oferte más.

Ante las fluctuaciones estacionales en el mercado de la madera, el obrajero y el hachero se preguntan si vale la pena invertir en mecanizar y encarar racionalmente la explotación de sus bosques, porque la sustitución del hacha por la motosierra o del alzaprima por el tractor no hace sino arrojarlos a una nueva cadena de endeudamientos, de los cuales no hallan visos de liberarse próximamente. La misma ventaja que se ofrece al primitivo peón de obraje con el loteamiento de parcelas de 50 hectáreas promedio, él lo interpreta como una maniobra exclusiva de La Industrial, para desalentarlo por el volumen del aporte inicial (20% del valor reajustado periódicamente), provocando su expulsión de la zona para lucrar con las ofertas de eventuales adquirentes brasileños con más recursos. El ciclo es recurrente y merece ahondar en el problema: por la precariedad de medios, el lotero paraguayo logra con mucho esfuerzo abrirse un claro en la selva de dos o tres hectáreas, en años de dura faena. Abandonado a su suerte, y sin recursos técnicos ni crediticios a mano, acaba por endeudarse al vecino extranjero mejor equipado en todo sentido. El proceso empieza al conchabarse su mujer e hijos en los trabajos de cultivo de la gran propiedad. Por fin, acaba él también por ceder en períodos de mala cosecha o baja de precios, acudiendo como hachero o talador con motosierra al trabajo de roza, echando cuentas por fin de que más le conviene vender al gran empresario vecino su lote a buen precio que proseguir con gran riesgo su carrera de endeudamientos. En pocos años, el migrante rural paraguayo que ha movilizado todos sus recursos y ahorros invirtiendo en ello al par todo su empeño y buena cuota de esperanza, se ve reducido a subproletario rural; o cierra el círculo volviendo derrotado al “valle” de donde es oriundo, a compensar una economía de magra subsistencia con los alicientes del contexto tribal del "ore” ancestral.

La sustitución violenta de una conciencia de tarea colectiva —aunque alienada— por otra en que se sienten arrojados al mercado de la competencia individual los sume, como en el ciclo anterior, en un estado de confusión y regreso por el subconsciente colectivo a una situación de conflicto y adhesión al ancestro tribal de sus valles y pueblos de origen; autocastigándose por supuestas violaciones a normas de lealtad a la familia lejana, y presunciones de que nunca podrán vencer la coyuntura actual de frustración y menoscabo.

Igualmente el proceso de desestructuración afecta a los núcleos urbanos, en los que aparecen por un lado la destitución del líder natural —casi siempre identificado con el caudillo político y el guía religioso —pa’i—; y por otro la confusión reinante en cuanto a los centros de decisión, casi siempre extrapolados al contexto comunitario. Es muy notorio el caso del “pa’i”, que tradicionalmente asume en la campaña el rol preponderante, en concurrencia con el caudillo político o jefe de seccional. En Itakyry, el actual párroco, aunque goza de prestigio y respeto en la conciencia popular, no tiene según ellos poder operante “porque i mboriahu eterei” —es muy pobre—; en tanto que el anterior sí lo tenía —“upéva la i formidábleva”— porque “es muy rico” y de su propio dinero levantó la iglesia, colegio y casa parroquial.

Ante tal confusión, muchos apuntan como única solución a la intervención del gobierno, a las gestiones oficiosas de posibles caudillos “mbarete” de Hernandarias. Con lo cual se refuerza la idea de que por ellos mismos ya no atinan a superar la coyuntura que los envuelve.

Por otro lado, la crisis en la economía de la yerba y la madera repercute en los núcleos urbanos, generando un proceso de vuelta al esquema “koygua” —explotación de una agricultura rudimentaria en los lotes rurales— deshabitando las familias sus casas que en el ciclo anterior se habían construido en el pueblo, para dar instrucción a sus hijos y disfrutar de los alicientes de la vida de sociedad. El caso puede darse por simple abandono, como en Kuruguaty, Yhü, San Joaquín; o por leva poblacional con la migración de “arribeños” de las comarcas más diversas y distantes; particularmente en Kuruguaty.

En el proceso de enfrentar la competencia ante la irrupción de culturas foráneas, marcadamente la de colonos brasileños, se observan las siguientes opciones:

a.       Rechazo. Descartan enfáticamente la superioridad de las técnicas o mayor conocimiento por parte de los colonos nuevos, no consintiendo que se los interponga en sus lotes tradicionales, con el fin de orientarlos en las nuevas prácticas y cultivo de nuevos productos agrícolas, como parece ser el propósito no manifiesto de La Industrial Paraguaya. Atribuyen exclusivamente el progreso de los colonos extranjeros a su condición económica y a la asistencia crediticia y oficial —“los ministros y presidentes de bancos los visitan periódicamente”— contrastando con su consuetudinaria pobreza e indefensión —“nunca los ha visitado un representante del Ministerio ni han tenido asistencia técnica o bancaria”—.

b. Coexistencia. Muchos, aunque insatisfechos con su suerte y reconociendo el proceso que los enfrenta, optan por “changar” estacionalmente con los nuevos patrones, en trabajos de desmonte, o como tractoristas, peones de campo o, incluso, como maestros y artesanos. Esta es la solución que particularmente se da en los hijos y la nueva generación, que asumen su suerte como un reto a sus posibilidades creativas.

c. Conflicto. Es la actitud que más se registra, tanto en los núcleos urbanos como en los rurales; lo cual va acompañado de cierto sentimiento de ansiedad ante el avance de los nuevos colonos con mayores oportunidades, y se manifiesta en gestos de resentimiento y desorientación: —“Mba'e piko oikopáta orehegui? ¿Mooiko rohóta oremosévo hikuái águi?”—.

d. Asimilación. Que implica aculturación, por un lado, asumiendo pautas foráneas; y por otro, desestructuración, por dispersión y desnucleamiento de sus valores tradicionales. Un caso patente de hibridismo, se observa en los ritos de milagrerismo en torno a los restos de una niña fallecida —“Ángela Antonia”—, en Itakyry; donde a los tradicionales rasgos de religiosidad popular y superstición se añaden otros de probable origen afro-brasileño, al asimilar los procedimientos “espiritas” y rastros de “macumba” de inconfundible cuño exógeno.

e. Yhü - San Joaquín - Carayaó. Los pueblos visitados en la Segunda Etapa acusan ciertos rasgos comunes que los identifican como ubicados en la periferia de un ecosistema polarizado originalmente por Itakyry, pero manifestando cada uno peculiares características en los grupos humanos y un decreciente grado de dependencia a la gran empresa forestal. Por otro lado, es interesante comprobar que dichos pueblos demarcan la línea de separación de las cuencas hidrográficas de los ríos Paraguay y Paraná; con lo que se confirmaría nuevamente la estrecha relación entre la cultura de los grupos humanos y los sistemas ecológicos. En todos ellos hay constante testimonio de mi proceso bipolar en el mercado y en su evolución cultural, que se orientaba alternativamente hacia Itakyry —por razones antes expuestas— o hacia Villa Rica —puerto de embarque por ferrocarril hacia Asunción o Buenos Aires—.

La considerable distancia de tales pueblos del eje este de desarrollo, abierto por la ruta Coronel Oviedo-Presidente Stroessner, los mantiene en relativo estancamiento, lo que facilita la identificación de sus rasgos tradicionales. Por otro lado, el cambio acelerado de los pueblos sobre la ruta internacional ha generado —de rechazo— en ellos un cierto resentimiento y conciencia de postergación contra el cual movilizan sus líderes toda la fuerza de su creatividad (cf. Yhü: Centro de Desarrollo Comunal).

Culturalmente, San Joaquín y Carayaó tienen mucho más caracteres tradicionales de pueblo colonial que Yhü, el cual en su misma perspectiva urbana reitera los módulos edificios de Itakyry, y en donde es perceptible todavía una pequeña burguesía de comerciantes acaudalados y funcionarios públicos con pautas culturo-lingüisticas bien diferenciadas de los estratos inferiores de la población. Económicamente, sin embargo, el cuadro se invierte, acusando Carayaó y San Joaquín mayor dinamismo económico, proveniente de sus nuevas colonias, mientras Yhü vegeta en un estancamiento de su antes floreciente industria maderil, sin perspectivas próximas de romper el círculo de latifundios que lo ahoga.

Zona de evangelización primitivamente jesuítica, luego de la expulsión de la Compañía de Jesús adopta todos los signos y tópicos de la actividad misionera franciscana, la que perdura hasta hoy fuertemente arraigada en la sensibilidad popular.

Caso típico de pueblo de misión, San Joaquín, con los restos en lamentable estado de su enorme iglesia colonial, que corona una colina verdeante en medio de una gran plaza bordeada por casas solariegas; pero sin las recobas continuas aún hoy observables en otras áreas del país, acaso por haberse interrumpido su proceso de evolución urbanística.

El paso de la explotación de montes naturales de yerba — "ka’aty”— atribución exclusiva de La Industrial Paraguaya, a pequeñas explotaciones en yerbales de cultivo por pioneros que se abrían al nuevo mercado de Villa Rica, confirma el proceso de ruptura antes mencionado. Ahora tocaba a los molinos de yerba de Villa Rica procurar sus propios habilitados y la caravana de carretas de San Joaquín o de Yhü emprendía la marcha por Caaguazú y Natalicio Talavera, llevando un promedio de dos a tres semanas en volver con su carga de mercaderías. De Carayaó el viaje era más directo, por Ajos —hoy Coronel Oviedo—. Caso digno de mención, y que trasunta el grado de poder de los administradores de La Industrial Paraguaya, el referido por un anciano de San Joaquín, excepcionalmente vinculado por años a la gran empresa. Apenas iniciada la guerra del Chaco, fue enviado por su patrón — uno de los jefes de administración de Itakyry— con permiso a su pueblo. Allá lo alcanza una columna de movilización y ya a punto de ser enviado al frente, acierta a pasar por el pueblo su empleador, quien luego de un fuerte altercado con el oficial comisionado por el ejército —“cheko ko’ápe la autoridá”— se apodera de su peón y lo lleva consigo de vuelta a Itakyry.

Otro aspecto del problema, los caminos camionables, que han dejado en los patios de Yhü cementerios de carros “alzaprimas”. Ahora el acarreo se realiza enteramente por tractores o camiones, que llevan los rollos sin labrar hasta los aserraderos de Caaguazú. De tal modo, Yhü fue relegado a proveer materia prima, reduciendo al mínimo su contingente de mano de obra activa. Para colmo, la armoniosa topografía de la zona —bien equilibrada entre montes y praderas naturales— ha despertado la codicia de los ganaderos latifundistas, no dando lugar al proceso de colonización gradual de sus áreas cultivables —como en el caso de San Joaquín o Carayaó—. Con lo cual Yhü ha quedado aislado, en un cinturón de grandes propiedades no parcelables, lo que será por largo tiempo motivo de tensión, como lo expresan los portavoces del Consejo de Desarrollo Comunal.

f.       Santaní - Kuruguaty - Villa Igatimí. Zona de extensos yerbales naturales —hoy casi enteramente desaparecidos— que han dado origen a poblaciones con un índice de urbanización mucho mayor que en áreas de Yhü - San Joaquín - Carayaó. Acaso su proximidad al río Jejuí —gran vía de acceso a la región nor-oriental del país— privilegió esa zona frente a la inaccesibilidad casi insuperable de las selvas del Caaguazú. Pues hay testimonio constante de los antiguos pobladores acerca del comercio con la capital, que se hacía por esa vía fluvial hasta San Pedro, cuya única justificación era ser puerto de embarque y desembarque, camino a los yerbales.

De las dos ciudades, es evidente que San Isidro de Kuruguaty es la más antigua, y donde se atesoran todavía rastros socioculturales de una comunidad altamente diferenciada sobre un área de cien kilómetros a la redonda; aunque en su aspecto urbano queden pocos vestigios del primitivo poblado, al que algunos cálculos asignan diesiciete mil habitantes hacia 1860. El primitivo pueblo fue sitiado y quemado por los aliados en la guerra del 64-70. De su distribución en damero y calles de sonora nomenclatura hispana, queda testimonio en el original documento de su acta de fundación, encomendada a Diego de los Reyes Balmaceda, según transcribe Ramón Gutiérrez, op. cit., pp. 327-28: “Primeramente, cogiendo por la cabeza del sur la calle del Pozuelo, segunda la calle de Luna, tercero la calle de San Bartolomé, cuarta la calle del Sol, quinta la calle de la Victoria, sexta la calle del pozo de la Virgen de los Milagros y las que corren de norte a sur cogiendo a la parte del naciente son las primeras. Primeramente la calle de San Francisco, segunda la calle de la Rosa, tercera la calle de Jesús Nazareno, cuarta la calle de las Cruces, quinta la calle de los Cielos, sexta la calle de La Plata, debajo de cuya delineación queda el dicho lugar cuadrado como también a la parte del norte se formó otra cuadra de plazoleta de 110 varas de longitud y 80 de latitud que ha de servir a la Iglesia Capilla de Nuestra Señora de los Milagros antigua, por haber los pobladores merecido a esta Santa Imagen el que se trajese de la Villa del Espíritu Santo”. Baste decir que la villa de Kuruguaty se fundó con un centenar de pobladores de Villa Rica con el apoyo del Gobernador Bazán de Pedraza.

Todos los antiguos pobladores tienen viva memoria de —o han trabajado personalmente en—los yerbales de la Industrial. El grupo urbano vivía de una economía de subsistencia, agrícola y ganadera, a tiempo de incrementarse la afluencia de “mineros” hacia la empresa de Itakyry. Pero hay suficientes razones para imponer que desde mediados del siglo XVIII y durante buena parte del XIX, aquélla fue una zona de intenso tráfico comercial, con un núcleo de familias que beneficiaban la yerba mate, y por su cuenta la negociaban en la Capital. Incluso, se dio el caso de incipientes industrias, como la producción de “azúcar negra”, a partir de la miel de caña, y de algunas destilerías de miel. Al desestructurarse esa economía tradicional ante el impacto de la gran empresa —que en el segundo decenio del siglo significó la Industrial Paraguaya— la fuerza laboral disminuyó sensiblemente, y sólo entonces comienza la producción a derivar hacia la explotación y labranza de la madera.

Un pequeño auge volvió a sentirse hacia los años 40, con la explotación empresarial de los bosques, según la cadena: empresa exportadora-habilitado-contratista-obrajero; y la movilización en los mismos obrajes de piquetes de hacheros y rústicos “aserraderos”, que no eran sino una zanja en la selva, sobre la cual se cruzaban las piezas de madera a cortar con elementales sierras de mano. Los hacheros más hábiles eran reservados para la tarea de “labrar” los rollizos, valiéndose de no más que el hacha y la azuela, a falta de la sierra mecánica. El acarreo desde las “planchadas” se hacía en carros “alzaprimas” tirados por varias yuntas de bueyes. Otra empresa lucrativa era entonces poseer una buena boyada con que proveer a los carreros, para la conducción de los rollizos hasta los puntos de embarque —por lo general, algunos “reventones” o afluentes de los grandes ríos, que en tiempos de inundación salían de madre, arrastrando los “catres” de rollos—. Por fin, estaba el oficio de jangadero o embarcadizo, que cuidaba de que el tren de “catres” llegara sin tropiezos a destino.

Con la mecanización actual y la apertura de caminos camionables, este rubro, aunque expandido a nivel de empresa, ocupa mucho menos brazos que en el sistema anterior, y económicamente en la zona no quedan sino pequeños habilitados y obreros. La mediana y pequeña empresa, en tanto, han desaparecido definitivamente.

Un fenómeno casi sui géneris, por lo demás sintomático de varias comunidades rurales con economía vegetativa, los “puebleros” o vecinos de Kuruguaty que en las décadas pasadas habían edificado casa quedándose a vivir en el pueblo, disfrutando de las regalías que les producían el comercio de la yerba y los pagos por medianería de sus chacras aledañas, con la decadencia del mercado local se volcaron todos a sus casas de campo —“oiko pa jevy orehegui koygua”—. Entre tanto, el pueblo se iba llenando de una abigarrada multitud de migrantes rurales, del más variado origen. Hemos constatado casos de pobladores recientes, algunos oriundos de puntos tan remotos como Villa Hayes —Chaco—, Misiones o Encarnación. (Este es otro fenómeno que merece un estudio acucioso, y abierto en múltiples perfiles, por diacronía y sincronía, pues no parece obedecer tan sólo a motivaciones de orden socioeconómico). El hecho es constatado por los primitivos pobladores, quienes sentencian: “Ore atypáma ko’árupi la arribeño” (nos inundan los forasteros). Un caso para tenerse en cuenta sobre la incidencia del sistema de mercado en los procesos de urbanización rural: la endeblez de la economía de mercado expulsa al tradicional arrendador-empresario de la ciudad al campo. El antiguo señor es ahora tributario del bolichero o el dueño de pensión, que recién ha plantado sus reales en el pueblo. No es difícil llegar hasta las fibras más sensibles de los informantes, desde donde aflora espontáneamente el resentimiento.

Entre tanto, los nuevos pobladores, sin mayores lazos de parentesco tribal y frecuentemente en desacuerdo con viejas tradiciones, son lerdos en asumir el rol de liderazgo y se miran mutuamente con desconfianza.

Otro aspecto por demás llamativo en los grupos humanos, es el hecho fácilmente constatable, y muy difundido, de un reciente y constante proceso de mestizaje con las tribus indígenas circundantes —Mbyá, Paí-tavyterá, Guayakí—, que acceden al pueblo en cualquier ocasión: celebraciones del culto católico, festejos patrios, diversiones. O que buscan con el criollo relaciones más recíprocas y estables; ya sea por lazos de parentesco —son frecuentes los amancebamientos y aun matrimonios de este tipo—; ya por vía de conchabo en el trabajo. Estos pueblos constituyen, por tanto, la frontera etno-cultural entre el Paraguay tradicional y las nuevas zonas del noreste; y son el hinterland donde se operan las más recientes formas de sincretismo y transculturación o fricción interétnica.

De rechazo, y tal vez como una afirmación subconsciente de sus rasgos diferenciales, los criollos acusan al indio de traidor y ladino (cf. informes de crueles incursiones de naturales); sin perjuicio de otras tantas depredaciones imputables a los colonos. Algunos no trepidan en informar que para imponer respeto han tenido que eliminar a los más osados.

Tal vez un resabio de su frustración ante el cambio operado en el pueblo, los antiguos pobladores son renuentes a colaborar en lo que para los recién llegados significa progreso: abrir caminos en la selva, reparar puentes. Estos acusan a aquéllos de indolentes y haraganes —“iñate'y rasa la ñande gente”—. Aunque tal vez tan sólo se manifieste por ellos la coexistencia de dos sociedades asincrónicas y contrapuestas: la economía del “valle”, celular y de subsistencia, y la de la “loma”, buscando abrirse al mercado.

Actualmente el camino y la agilización del comercio de frontera con Brasil han introducido nuevas pautas, fácilmente reconocibles en las formas de mercado —especialización de rubros (la banana, por ejemplo), tipos de edificación, la dieta diaria y el vestir—. La presencia muy próxima de la 5a Región Militar también parece haber gravitado en los grupos de liderato y es un fuerte disuasor para ciertos tipos tradicionales de asociación.

La iglesia, asistida desde Coronel Oviedo por esporádicas visitas de sacerdotes o frailes franciscanos de 3a Orden, constituye aún el aglutinante privilegiado, antes que el fútbol, los bailes y las concentraciones partidarias. También se nota en los nuevos colonos mayor apertura a las consignas del Crédito Agrícola de Habilitación (C.A.H.) y el Ministerio de Agricultura, en cuanto a técnicas de laboreo de la tierra y sanitación de semillas.

Como en todas las áreas rurales, con el incremento sustancial de los precios de productos agrícolas en los últimos años se percibe un marcado optimismo en los colonos, aunque no aciertan a comprender con qué criterio se ofrecen grandes extensiones a inmigrantes brasileños mientras ellos difícilmente pueden romper el cerco del minifundio.

Todos los sembrados se hacen en rozados nuevos, y hay dos aserraderos que procesan la madera industrialmente. En general, no se observa en ellos el menosprecio hacia la madera aprovechable, como es dado constatar en las grandes praderas artificiales por desmonte, en las colonias de inmigrantes. Hay carpinterías que fabrican muebles de muy buen diseño, y en los antiguos colonos se advierte en todo un saber hacer las cosas, que los distingue de los poblados de formación reciente.

Aunque se sigue trabajando con pala y machete en las chacras, es sintomático que hayan contratado el servicio de una topadora para limpiar el terreno de una cancha de fútbol, contigua a la iglesia derruida.

Con la abundante producción de mandioca y granos, la cría de cerdos, por el método tradicional de tenerlos en piquete o sueltos por la calle, se ha incrementado notoriamente, incidiendo ya en la dieta familiar para compensar el déficit de carne vacuna.

Como en otras áreas de colonización, los migrantes rurales continúan identificándose por sus grupos de origen, y favorecen los lazos y servicios entre la gente de su “valle”.

La actividad ganadera es apenas supletoria, y persiste el criterio popular de que un buey o una lechera constituyen la mejor reserva para circunstancias difíciles —“Kóa ko hína la ore alcancía”—. Aunque ahora sea frecuente que ocupe su lugar la cría de cerdos.

Habiendo suficientes lotes de tierra disponibles en las áreas de colonización circundantes, se ha roto —aunque fuera temporalmente— el ciclo de un proletariado rural buscando conchabo con sus vecinos. Por lo que cunde un sentimiento comunitario de vida, por el cual ciertas pautas que podrían interpretarse como atisbos de diferencia de clases se han perdido definitivamente. Nuevamente aquí, el ethos del hombre “loma” es más abierto y creativo que en las comunidades “valle”.

 

NOTAS

(1)     La datación relativamente reciente de la Villa Real de la Concepción, al Norte del Jejuí —31 de mayo de 1773— y el propósito manifiesto de constituirla en remoto fuerte hispano contra las tropelías de los Mbayá y la constante penetración portuguesa, dan al cuadrilátero cerrado por los ríos Paraguay, Apa, Jejuí y la sierra de Amambay perfiles singulares, y cronológicamente al menos el proceso cultural de acriollamiento llega tarde hasta esas tierras, sin que el largo período colonial y el consecuente proceso de sincretismo que se concreta en el mestizo, haya dejado su impronta en la región.

Por razones diferentes, el área de las Misiones Jesuíticas, río Tebicuary abajo, resulta difícil identificarla culturalmente con las villas y poblados rurales del Paraguay tradicional, por haberse incorporado de hecho a la Gobernación en el último tercio del siglo XVIII, dadas las características peculiares en cuanto a status jurídico y experiencia evangelizadora del territorio de Misiones, y el fuerte proceso de correntinización, al terminar la guerra de la Triple Alianza, con la posterior enajenación masiva de dichas tierras durante el gobierno del general Bernardino Caballero a inmigrantes ganaderos, preponderantemente de la zona de Misiones y Corrientes, de Argentina. (Cf. C. Pastore, “La lucha por la tierra en el Paraguay”), y, Cadogan, Kurusu jegua, San La Muerte, y otros.

(2)     A los trabajos de explotación forestal, tanto en el ciclo de la yerba mate como en los "obrajes" o empresas que benefician la madera, no acudían generalmente los mineros u obrajeros llevando consigo la familia, sino las más veces desarraigándose temporal o definitivamente; por lo cual la población relativamente estable en estas áreas era muy exigua, circulando en cambio por los yerbales y obrajes un crecido número de peones rurales que hacían "changa", o trabajaban a destajo, con la conciencia más o menos implícita de que su residencia en la selva era solamente accidental; aunque su tránsito por tales parajes muchas veces les llevara el resto de su vida. Provenientes de las viejas áreas de colonización —en particular de la cuenca de Asunción y Villarrica— o de zonas rurales tradicionalmente minifundiarias, sin acceso posible al mercado, y éste fluctuante y de magro poder adquisitivo, arrastraban sus ethos tribal y pueblerino, para el cual el dinero no es sino accidental ocasión de proveerse de vituallas y darse el lujo de comer: "tembiu bolicho" por algunos días; beber y exhibir su prosperidad en alardes de prodigalidad y matonismo, hasta recaer en una economía de subsistencia, viviendo de la caza o la pesca, o conchabándose nuevamente por algunos días o semanas donde mejor cayera en suerte. Por tanto, no había en ellos rasgos de auténticos colonizadores; antes bien, se sumaban al ethos depredador del empresario gringo, asumiendo ante la tierra y sus recursos potenciales el mismo negligente desarraigo.

 


 

CAPITULO II

El caso de Villa Igatimí merece algunas acotaciones de carácter histórico. Para ello acudimos al texto ya comentado de Ramón Gutiérrez, sobre “Evolución Urbanística y Arquitectónica del Paraguay 1537-1870”, p. 363. El nombre completo con que figura la villa es de “Fuerte Portugués de Nuestra Señora de los Placeres de Igatimí”, pues de acuerdo a las fuentes el poblado fue un presidio portugués, que arranca de 1766, “época en que el Lugarteniente de Curuguaty, José Venancio de la Rosa informa a Pinedo sobre su construcción”. Parece ser que el estímulo de tales incursiones eran los ricos yerbales naturales de San Isidro de Curuguaty, y para ello llevaron los portugueses al lugar “a su mejor Ingeniero Militar, Custodio de Sá y Faría, quien posteriormente apresado por Ceballos en la isla de Santa Catalina ingresaría al servicio de la Corona de España”. Por dos veces sucesivas pasó el fuerte de manos de portugueses a españoles. En 1791 informa Aguirre que “lo que fue población de los portugueses hoy es un hierbal”, denotando su completo abandono. El plano identificado por Gutiérrez figura en el Servicio Histórico Militar de Madrid, indicando el asentamiento de Igatimí respecto de Curuguaty, junto con un esquema del fuerte de “tepes y fajina”.

Parece, pues, que ni por sus rasgos ecológicos ni por los grupos de asentamientos humanos haya adquirido la diferenciación que San Isidro de Kuruguaty, del cual es zona tributaria tanto ahora como anteriormente. También queda claro que la fuerte motivación de las repetidas incursiones de portugueses por esa zona tenía por objeto los ricos “ka'aty” o montes naturales de yerba mate, que constituían el mayor rubro de comercio en las postrimerías de la Colonia. Por otro lado, otra prueba de su integración al mismo ciclo económico la hallamos en el testimonio sobre la existencia de un antiguo camino —hoy impracticable— que partiendo de San Estanislao cruzaba el Capi’ibary y el río Corrientes, llegando a Kuruguaty y Villa Igatimí, configurando un ángulo de proyección del centro yerbatero de Santaní, cuyo vértice en Kuruguaty indica el punto de origen de su dinámica poblacional.

Siendo Igatimí hito disputado por portugueses y españoles a lo largo del siglo XVIII, su interés era más estratégico que económico hasta que a partir de 1904 La Industrial hizo sentir su influjo en esas remotas comarcas. Pasada la era de La Industrial, el pueblo se fue desgranando masivamente, hasta reducirse a un minúsculo caserío cuyo incremento no data de más de una década, (El Censo de Población y Viviendas —1972— da para Ygatimí por esa fecha una población de 1.170 habitantes, en igual proporción para hombres y mujeres, de los cuales 722 eran menores de veinte años).

Una idea de la relativa importancia del pueblo se puede tener considerando las colosales dimensiones de la antigua iglesia, cuyo último segmento posterior es el que queda en pie, mientras el cuerpo principal de la nave cubría la vasta plaza en la que quedan vestigios, mientras los horcones labrados en urunde’y fueron a parar a la Comisaría, a la que sirven hoy de original cercado. No fue posible esclarecer si el edificio es el mismo cuyas imágenes reclamaban los portugueses en una de sus capitulaciones con el Gobernador de la Colonia, (ef. R. Gutiérrez, op. cit.). Sin embargo, el plano parece más bien acomodarse al tradicional templo paraguayo de las reducciones, ni tampoco parece diferir en cuanto a los materiales empleados. Siendo la fundación del fuerte posterior a la expulsión de la Compañía de Jesús, lo que no cabe duda es que la erección del templo no corresponde al ciclo jesuítico, lo mismo que el de Kuruguaty, cuya data es de 1785-1789, probablemente ambos ya confiados a misioneros franciscanos. Dato digno de mención es que en 1776 el Gobernador Fernando de Pinedo dispone la formación de un contingente armado a las órdenes de García Rodríguez de Francia para recuperar el territorio paraguayo usurpado por la nueva colonia, lo que se logra a fines del mismo año (cf. Gutiérrez, p. 363, op. cit.). No es extraño hallar aquí una motivación para una de las ideas fuerza en la política exterior de su ilustre vástagó.

Como en otras áreas de influencia de La Industrial Paraguaya, los informantes se dividen entre quienes ofrecen una imagen paternalista y benévola de la empresa y otros que la presentan con los tintes más sombríos; siendo natural que los primeros se identifiquen como habilitados y los últimos como “mineros”, permanente o esporádicamente, cuando necesitaban hacerse de unos pesos. Es éste el caso más general y difundido, frente a la economía de subsistencia de los poblados rurales a comienzos de siglo.

También se han de cribar los informes de la contaminación del pensamiento mítico muy propio de la tradición oral, en la cual el contenido del mensaje se distorsiona y altera sus reales dimensiones, de acuerdo a la coloración emocional.

Actualmente La Industrial, ya sin el estímulo de los yerbales naturales, procede a la liquidación de sus latifundios, operando al parecer sin ningún criterio regulador, y vendiendo en la forma más anárquica al mejor postor, fracciones que van desde cinco o diez hectáreas a cien, quinientas, o diez y veinte mil hectáreas. Así acaba de concretarse una venta de 17.000 has. a un probable especulador extranjero, el cual procede a la venta por fracciones o lo revende en bloque a alguna empresa de colonización. De este modo se puede dar el caso de campesinos sin tierras disponibles para su asentamiento definitivo, u otros que quedan con sus parcelas de cinco o diez hectáreas prácticamente embolsadas en medio de enormes latifundios, bloqueando de este modo cualquier esquema de colonización.

También aquí coexisten dos culturas aparentemente disociadas: la de los nuevos migrantes, más bien tributarios del comercio de fronteras y el nuevo ciclo abierto con el camino; la otra, más estable y tradicional, de ethos selvícola y con fuerte índice de mestización reciente. (Hemos asistido a un oficio en la iglesia por la Semana Santa, adonde acudían gran número de indígenas, Mbyá y Pai de la comarca, con el atuendo y porte exterior de cualquier colono paraguayo. Posteriormente, se mezclaron con la multitud en otros programas populares). Las ceremonias y cantos del coro de fieles eran los comunes a los pueblos de misiones franciscanas, identificados por ciertas prácticas piadosas y el himnario en “yopará”, o “purahéi-ñembo’e”.

Por lo demás, ante las expectativas casi generales abiertas por el camino recién habilitado, comienzan a surgir formas no tradicionales de ocupación y de empleo, reduciendo en cierto modo el impacto de la frontera próxima, que se constata en los enseres domésticos, el vestir, el mobiliario e, incluso, los productos destinados a la dieta diaria.


 

CAPITULO III

El pueblo de San Estanislao de Kotska, cuya fecha de fundación se ha fijado en 13 de noviembre de 1750 en tiempos del Gobernador Saint Just, fue una de las últimas reducciones de indios encomendada a los padres jesuitas de San Joaquín, desde donde se habían realizado las primeras expediciones hacia 1749, y tuvo un humilde origen, pues no contaba en sus comienzos sino con una población de 130 indios (cf. Gutiérrez, op. cit., pp. 343 y sgte.). Su templo de ocho lances, “siete de ellos cubiertos de paja y uno de teja de palma, una sacristía con tres puertas, un baptisterio y seis ventanas a lo largo de la iglesia” fue concluido en tiempos de la administración de la Cía. de Jesús.

El posterior incremento de población de Santaní, superando incluso al de mayor en edad Kuruguaty, no se justifica sino a partir de su ubicación estratégica como acceso a los ricos yerbales naturales del noreste. En tal sentido, y atendiendo a sus bien definidos perfiles urbanos, pueden distinguirse en su evolución tres períodos o ciclos diferentes:

1.      El Colonial: Identificado por buen número de casas del poblado antiguo, a más de la iglesia y el “Convento-kué”, con caracteres inconfundibles tanto por el módulo de edificios frontales de altas galerías sobre la calle, como por sus soluciones ornamentales, de horcones finamente labrados —como no es dado constatar en otros pueblos de colonia— reiterando a escala menor el repertorio de materiales y líneas ofrecido por el templo. La mayor altura de las casas-habitaciones sobre la Casa de los Padres —o el promedio de las áreas coloniales de las Misiones—, indican a las claras una ruptura con el esquema tradicional por estímulo, tal vez, de un mayor auge económico o de una afluencia de inmigrantes europeos que transponen a escala clásica el plano colonial. En efecto, según testimonios reiterados muchas familias de inmigrantes italianos habrían llegado a Santaní a fines del período colonial, medrando en el beneficio de la yerba.

Una pregunta cabría formularse: ¿Por qué, siendo Kuruguaty un pueblo administrativamente mucho más importante, con cabildo propio e incluso mayor índice de población inicial, vino después a quedar reducido a zona de influencia de Santaní? La respuesta podría quizá aventurarse por el sistema de mercado de la época. El acarreo de mercaderías y productos de o a la Capital, se hacía por pequeñas embarcaciones, Jejuí mediante, o por tierra, en “arrias”. El intercambio habría favorecido la implantación de un mercado intermedio, tanto para la contratación de “adelantos” para la peonada en los yerbales, como para la habilitación de grandes almacenes y depósitos, lo que orientaría al pequeño contingente de inmigrantes italianos a Santaní —el mismo proceso que hiciera de Villa Rica, al sur, a finales del siglo XIX— una “europa’í”, según el dicho popular, y por las mismas razones de ser “punta riel” en la vía férrea hasta la Capital.

Las largas aceras de galerías corridas hablan a las claras de un período de auge como no ha quedado rastro en otras comarcas rurales. En este período es cuando se forman los rasgos peculiares de una tipología social santaniana, que en sus estratos populares acumula un saber empírico más rico y variado que cuanto pueda constatarse en otras comunidades tradicionales. Surge un folclore local, con su repertorio propio de comidas y conservas de dulces, un ritual de religiosidad popular con marcadas variantes y singulares aportes atípicos. Una medicina mística y rasgos de sincretismo inusual en la magia y el código de supersticiones (cf. informe Evreinoff).

El incentivo del mercado, el colorido de las ferias y festejos populares serían constante motivo de afluencia de las peonadas y arrieros ocupados en el acarreo; justificando así que para la contratación de “minero-guapo” hubiese que ir hasta Santaní (cf. Roa Bastos, “Hijo de Hombre”—Villa Rica—,y el informe Nóel Lefebvre). Este “minero-guapo” —distinto del “minerillo” u hombre de las comunidades “valle”— había nacido y crecido en los yerbales, tenía más experiencia de monte y mayor resistencia a sus plagas endémicas que el agricultor evadido por causa de algún “aguaí” a los yerbales (v. “o ganáva ka’aguy”). Como se estipulaban en Santaní contratos de crédito a “habilitados” productores de yerba; como se compraban y vendían mercaderías, también allí se empeñaba la mano de obra, acaso de por vida.

2.      Período de apogeo (cerca de 1860-1904). Se refuerza el contingente de inmigrantes europeos —en su mayoría italianos— a los que se suman desde 1870 brasileños y argentinos, rezagados de los ejércitos de ocupación al terminar la guerra. Santaní cobra inusitado vigor con las medidas de liberalización del comercio, a la muerte del dictador Francia, constituyéndose en el más importante centro urbano del noreste paraguayo. Las casas de azotea, algunas cubriendo la manzana, con suntuosas verjas importadas y mobiliario y enseres de refinado buen gusto, son testimonio de la sustitución de pautas pueblerinas del contexto colonial por otras en las que rezumaba una holganza y relativa opulencia de sus moradores. Ni faltaba el detalle, que completase la nota de distinción en esta pequeña ciudad enclavada en la selva: altos portones de arco para los carruajes de los señores; capillas privadas con altares y pilas de agua bendita para la imagen de la devoción familiar; sótanos y bodegas de vinos y conservas; estufas de manipostería de diseño romántico; muebles de esterilla de estilo vienés. Hasta se daba el caso —atestiguado por la tradición— de una familia Parodi, en cuya residencia —hoy Banco Nacional de Fomento— un grupo de música de cámara ejecutaba a la mesa para los señores.

Igual signo de opulencia se constata en el cementerio, con ciertos mausoleos monumentales —como el de los Speranza, el de los Meló—, que registran ostensibles esquemas heroicos de vida. No es nada raro que una niña de tal ambiente —Rosita Meló— compusiera al piano el vals “Desde el alma” de tan puro acento romántico.

Por esta época se afirmaría también el ethos socio-lingüístico hispano-parlante, rubricando la vocación urbana de sus habitantes. El guaraní es desplazado a la cocina y al mostrador. En las tertulias familiares se habla español —mechado a veces con italianismos o galicismos que reafirmaban el carácter distintivo del grupo doméstico—.

De Santaní parten diariamente a los yerbales contingentes de “mineros” y “macateros” llevando éstos a lomo de muía sus mercancías. Igual contingente de “vaquéanos” y cargadores dejaban la ciudad hacia Puerto Rosario, transportando en “arrias” el “mborovire” para los molinos de la capital, o trayendo de allá la provisión de fondos y mercaderías a los mayoristas de Santaní. En las lomas de la redonda, abundaban las “médicas” hechiceras para los evacuados de la selva, y en el pueblo hay revuelo de mujeres cada vez que los habilitados y mineros vienen a “empilcharse” o liquidar sus haberes en la ciudad.

Surgen las grandes estancias, como la forma más tradicional y segura —a falta de bancos— de capitalizar las rentas del comercio de la yerba, mientras a la “plaza” o feria de productos de granja, afluyen las carretas de las antiguas colonias, camino a Puerto Rosario.

3.      Período de involución y marasmo (desde 1904). Con la habilitación del gran complejo de La Industrial Paraguaya, todo el comercio de la yerba mate se polariza hacia Itakyry-Takurupuku, pasando gradualmente los yerbales —“ka'aty”— de manos de sus primitivos dueños a ensanchar los latifundios de la gran empresa. Muchas veces, sin necesidad de títulos bastaba con declarar la ocupación de bosques fiscales —como en San Joaquín— para desalojar a los pobladores o al pequeño explotador industrial. Santaní es forzado a entrar en la órbita de la gran empresa, y ahora se invierten los papeles: vienen los habilitados de la Industrial a proveerse en su plaza de “mineros guapos”. La polarización del mercado y la imagen cuasi-mítica que la tradición oral traía de aquellos trabajadores en donde el “vaqueano” y el “guapo” montaraz podían ganar una fortuna a la vuelta de pocas semanas —frente al incipiente mercado local, siempre fluctuante y sujeto a los vuelcos políticos de Asunción—, borraron en pocos años el bienestar que se había procurado por generaciones. Los mercaderes-empresarios revirtieron a la capital, con sus ahorros y su buen pasar, quedando sus residencias confiadas a “caseros” del servicio doméstico, o arruinadas irremisiblemente. Otras veces, advenedizos de nuevo cuño —libaneses, o criollos de las colonias aledañas—, adquirían por pocos pesos el codiciado patrimonio, y los caserones se parcelaron y vendieron, a gente cada vez de menos ingresos, que se limitaron a vegetar en sus amplios recintos despojados y en ruina.

Un nuevo tipo de edificación, identificado por los vecinos como “moderno”, sin forma ni estilo, comienza a cundir en el pueblo, y se cierra el ciclo con la generalización del guaraní, por la afluencia masiva de pobladores del entorno rural.

Área de Ikakyry. El propósito del trabajo de campo en Itakyry era buscar indicadores de cambios del comportamiento y estudiar las variantes de la situación informada cuando nuestro trabajo inicial en el área, en 1975.

Como perfil de mayor impacto, se puede destacar que en el último lustro se ha acentuado el proceso de penetración de las nuevas colonias de extranjeros, en su gran mayoría brasileños, los cuales ya son aceptados en el pueblo como integrantes de facto de la comunidad; sin perjuicio de situaciones de conflicto y rechazo como los que han ganado los titulares de periódicos exactamente por esos días.

En otro orden de cosas, ciertos productos que en 1975 estaban en trance de perder su rentabilidad y desaparecer —tal el caso de la yerba mate—, por las fluctuaciones del mercado interno han vuelto a ocupar la mano de obra local, registrándose incluso una marca de yerba elaborada distinta de la originalmente consagrada por La Industrial Paraguaya, y distribuida por un comerciante del pueblo. La yerba ya no se extrae, sin embargo, sino en cantidad muy exigua de los primitivos “ka'aty” de la zona, sino de áreas cada vez más distantes, como las colonias de Mbaracaju.

Igualmente se registran informes dispares sobre la situación y tenencia de la tierra entre colonos paraguayos, según se aleje de Itakyry; pues mientras hacia Carema-mí los loteros evidencian el mismo desconcierto e indefensión que antes, hacia las nuevas parcelas abiertas desde la comarca conocida como Ytú, la situación cambia casi radicalmente; aunque todos acusen por igual desconocimiento de su status como precaristas o loteros ante los administradores de la empresa en aparente liquidación, y los adquirentes de nuevos títulos por adjudicación del I.B.R.

Algunos nuevos loteros exhiben boletas de venta extendidas por intermediarios tanto del Instituto de Bienestar Rural (IBR) como de La Industrial Paraguaya, en formularios impresos del siguiente tenor:

“Se ha recibido del Sr    ………………………..la suma de $ ……………2.000………………………guaraníes como pago del importe de la ………………….. cuota correspondiente a la compra de una fracción de ………..hectáreas y  ………………..metros cuadrados en este departamento, del loteamiento de propiedad de La Industrial Paraguaya S.A. conforme con el compromiso de compra-venta N°  ………. firmado en fecha …………..”.

Y escrito a mano: “Corresponde al pago fraccionado del 20% — Ia entrega— Lote N° 69 — a 9.000 guaraníes la hectárea.”

La evidente mala fe de los supuestos documentos se evidencia en el hecho de no estar los formularios completos con las indicaciones pertinentes, y que se entreguen en blanco, sin más indicación que el N° del lote.

Otro informante de Hugua-hü Potrero, refiere que hacia Villar-cué, pasando la compañía de Ytü, todavía existen montes relativamente vírgenes sin mensurar y de propiedad de La Industrial Paraguaya, dándose el caso de frecuentes robos de madera dura. La Industrial mantiene hasta ahora obrajes en un paraje denominado Alegre, a casi 40 kms. de Ytü, confiados a un habilitado de apellido Pinozo. También queda otra fracción de monte de la empresa hacia la estancia Golondrina, actual propiedad de Blas N. Riquelme.

Los agricultores que sembraron soja como cultivo de renta, se quejan de las especulaciones de que son objeto por los comerciantes de Itakyry, que reciben el grano a razón de guaraníes 9 por clasificación de segunda y guaraníes 21 de primera clase, en tanto que en Hemandarias pagan guaraníes 26 al barrer. Pero como la clasificación la realizan los compradores, nunca se da el caso de recibir otro tipo de soja que el de segunda, vale decir a guaraníes 9 por kilo. También según los mismos informantes esa es la razón por la cual los líderes políticos y comerciantes del pueblo no manifiestan mayor interés por mejorar el estado de los caminos; en particular la ruta de acceso desde Hernandarias, que está en pésimas condiciones de mantenimiento. Esto les daría un margen de especular con los productores locales. Este criterio de los campesinos agricultores se repite recurrentemente en otras zonas relativamente distantes de Itakyry, y parecería ser un expediente común al que recurren los jerarcas y comerciantes de pueblo ante la competencia de los polos más fuertes de comercialización.

Por lo general, desde Ytú hacia Paso-Cadena los productores informan de la buena productividad de la tierra. El segundo cultivo de renta en la zona es el algodón, que por otro lado es la “alcancía” de los agricultores minifundiarios. Se paga a razón de guaraníes 42 el kilogramo de la fibra. En las tierras de nueva roza, se cultivan generalmente maíz y tabaco. Prefieren de las especies nativas de mandioca, la denominada “jakarati’a” y “lepombe” (v. pomberi). El tabaco en la zona tiene lo que para ellos es buen precio: guaraníes 250 a 350 el kilogramo.

Se da el caso de algunos grandes loteros —50 hectáreas y más— que poseen sus propios potreros y considerable número de ganado vacuno, particularmente para tambo. El común de pobladores sueltan sus bueyes y vacas a pastar en las praderas naturales de los campos bajos hacia Ytü, todos de propiedad de la Industrial. De facto, pues, reviven el esquema tradicional de los campos comunales, separados de las tierras de sementeras por los “portones” guardaganado, casi siempre límites de partido o de las “capillas” y poblados rurales.

De los que explotan maderas de los bosques, los hay reconocidos como grandes acopiadores, casi siempre con domicilio fuera de Itakyry, comprando tanto yerba como madera según sea la existencia del mercado, y con fácil acceso a las fuentes de financiación. Los demás, son en su mayoría pequeños habilitados; algunos explotando clandestinamente maderas en bosques de la Industrial, otros procurándose legalmente el permiso de explotación; ahora, algunos buscan los montes de la colonización abierta hacia Hemandarias en Acaray-costa, y cedida por I.B.R. a ex-combatientes del 47. Comúnmente, van sobre un documento que les transfiere el derecho a explotar la madera dura, cediendo luego al propietario las áreas explotadas para rozado.

A pesar del aparente estado de abandono de sus bienes por la Industrial, todavía persisten al parecer portavoces que invocan poderosas influencias, capaces de amedrentar a las mismas autoridades del municipio, como se ha tenido ocasión de oír a más de uno de los jerarcas del pueblo. También según los mismos esa sería la causa de desunión en la misma Junta Municipal y de las autoridades partidarias de la zona. En tal sentido, más de uno ha tenido que trasladarse en su caso hasta Hemandarias o incluso Puerto Presidente Stroessner o hasta Asunción para “aclarar” su situación por informaciones distorsionadas sobre su actividad en la zona.

Observaciones. Del primer trabajo de campo en la zona que media de Tava’i a Puerto Paranambú, se ha podido constatar según se avanza de oeste a este los siguientes tipos de cultura: a) del tipo tradicional, predominantemente agrícola, con escaso índice de evolución en su tecnología y nivel económico, aunque buscando cada vez más el mercado a través de los nuevos cultivos de renta. Esta zona llegaría aproximadamente hasta San Juan Nepomuceno y la compañía San Carlos, hacia Tava’í. b) Del tipo tradicional de explotación forestal, con evidente testimonio de la presencia virtual o efectiva de numerosas etnias indígenas, de cultura Mbyá-guaraní. En esta zona la colonización es relativamente reciente y hay cierto entusiasmo por la proximidad de las colonias extranjeras del este con las que surgen cada vez más posibilidades de comerciar, sobre todo en el acarreo de sus productos hasta el mercado de la capital, c) Una zona cuasi desértica que hemos calificado como el hinterland, en las estribaciones por el sur y el este de la serranía de Ybytyrusu, hoy objeto de puja por especuladores tanto extranjeros como nacionales, para lucrar con su reventa a las empresas colonizadoras casi exclusivamente extranjeras, d) El área de las nuevas colonias siguiendo la cuenca del río Paraná, como un enclave atípico totalmente ajeno a las culturas tradicionales del entorno, y con dinámica cultural y económica fuertemente expansiva, e) Las nuevas colonias de migrantes rurales hacia Paranambú, con los mismos esquemas de comportamiento que el campesino tradicional, con la pequeña variante de su disponibilidad de tierras fértiles para cultivos tanto de subsistencia como de renta, pero evidenciando ya una tendencia a la economía de tipo marginal por su escaso poder económico y ninguna asistencia técnica o crediticia de parte de los organismos paraoficiales.

Por el efecto polarizador de las florecientes colonias brasileñas en el área, se correría el peligro de acentuar cada vez más el ciclo de dependencia de los productores nativos y su depauperación gradual si no son promovidos a organizarse según esquemas cooperativos o de asociaciones tradicionales del tipo “minga”. Como los colonos extranjeros demandan en sus empresas más y más brazos contratados a jornal, se estimula la deserción de los campos aumentando el contingente del proletariado rural, y disminuyendo en consecuencia el volumen de los productos agrícolas del tipo subsistencial. Un síntoma alarmante de lo antedicho se podría destacar con la falta casi total en muchas de las nuevas colonias de la tradicional mandioca en la dieta familiar, sustituida por el pan o la galleta, de procedencia brasileña. El campesino en tal sentido depende más y más de los artículos de almacén para completar su dieta, lo que irroga mayor drenaje al presupuesto familiar. Otro factor que cabría poblematizar en cuanto a transferencia de tecnología se refiere, es el incremento de tractores o implementos agrícolas relativamente sofisticados en detrimento de los de tracción animal, incidiendo gravemente en el costo de producción; en tanto que en el vecino país, concretamente en el estado de Paraná se están realizando concienzudos esfuerzos para estimular el mantenimiento de los carros e implementos agrícolas de tracción animal entre los pequeños y medianos productores.

Del segundo trabajo de campo en el área de Itakyry, sólo resta señalar que de toda la situación de carencia de un régimen legal estable en la tenencia de la tierra, los más favorecidos siguen siendo los especuladores y los nuevos colonos afluentes del Brasil con más poder adquisitivo y asistencia técnica y crediticia de los organismos competentes. La aparente disponibilidad de tierras de cultivo por el sistema de rozados en monte no sustituye la condición de dependencia y marginalidad del campesino migrante colonizador. El arrastra consigo sus determinantes socioculturales que lo reducen a un nivel casi irreversible de pobreza crónica, con el agravante de haber perdido los valores psico-sociales de sostén en el esquema tribal de las economías del valle del que se siente desmembrado. Reducido a la condición de “arribeño” en tierra extraña, sigue atado inconscientemente a su grupo de origen y no ve en su condición actual sino un hecho transitorio del que aspira a liberarse tarde o temprano.

La incidencia de factores atípicos sobre el poblado rural, tales como la dinamización de la economía de mercado por el incremento de los cultivos de renta y la afluencia masiva de inmigrantes extranjeros, se traduce por otro lado en el resquebrajamiento de los esquemas de liderato, expresados en la desinteligencia que se percibe entre los portavoces formales del pueblo y su desorientación sobre a quién acudir en demanda de soluciones eventuales. Lo más sintomático al respecto es cuanto expresan los mismos líderes políticos de la comunidad, que se sienten amenazados por supuestos portavoces influyentes y al fin de cuentas no identificables.

Consecuencia natural del impacto de las obras de Itaipú, se ha invertido el orden socio y culturo-dinámico de la zona, pasando a ser actualmente Hemandarias el centro donde están los grupos con poder de decisión; donde se fijan los precios competitivos de los productos de granja y de donde vienen la moda, los especuladores de variado origen, las “compañías” de teatro del tipo sketch rural, y se contratan las orquestas para los bailes; no faltando por los altavoces el reconocimiento a la munificencia de un señor fulano, con patronímico de claro tinte portugués.

En conclusión, se podría adelantar que los colonos paraguayos, migrantes internos de áreas minifundiarias y asentados generalmente como precaristas en las colonias del Alto Paraná, no acusan mayores signos de cambio en sus pautas comportamentales como para admitir un sensible progreso en su nivel de vida o en su universo de valores. Antes bien, presentan reiterados perfiles de depauperación y desestructuración cultural sin la contraparte de enriquecimiento por asimilación de nuevos valores; o si lo hacen, éstos aparecen en forma incoherente y discontinua —tal el caso de cierto índice de mecanización agrícola, sin el soporte de una tecnología acorde con el incremento de su producción—.

En tales circunstancias, y si no se opera desde adentro un proceso de toma de conciencia de su situación de deterioro y desde fuera una política consecuente y asidua de asistencia, promoción comunitaria y de mercadeo, se corre el riesgo de que el progreso acelerado que vive la zona lo arroje más y más como un producto de desecho a una condición de marginalidad irreversible, llegando tarde a la mesa servida para los demás.

Proyectos de tal envergadura, no han de ser confiados a organismos unidireccionales como el I.B.R., antes bien habría que suscitar esquemas multisectoriales en los que se dé más cabida a la misma comunidad, como mensaje de retomo; para no asistir como espectadores mudos a los proyectos de desarrollo, sino se comprometan activa y conscientemente a las metas oficiales.

Este plano de transferencia de tecnología es uno en el que el campesino tendría la voz más autorizada, por ser frecuentemente el que ha pagado un doloroso escarmiento de los planes de desarrollo concebidos en gabinete.

Este trasfondo de desconfianza atávica que presentan las mal llamadas sociedades “tradicionales” puede no ser sino una dosis de cauta reserva ante las voces de sirena de nuevos programas de desarrollo invariablemente operados “desde afuera”.

Una política de sano nacionalismo no puede sino comprometerse a restaurar el nivel de confianza del campesino en sus propios valores, no siempre desechables por haber cedido a la avalancha de la economía de mercado.


 

CAPITULO IV

1. La clave para la comprensión del ciclo cultural de la yerba mate se da en Santaní, mejor que en Itakyry, asiento éste de una gran empresa con capitales foráneos, pero no centro tradicional como Kuruguaty-Santaní.

2. Santaní configura la mejor evidencia de una sociedad pre- industrial con economía de mercado doméstico, a la cual concurrían numerosos comerciantes y pequeños empresarios en un pie de igualdad, sin las distorsiones subsiguientes a la gran empresa.

3. El bienestar de la segunda época de Santaní no se da con signos de ruptura o desestructuración violenta, como en su tercera época. Antes bien, Santaní había llegado a cierto grado de esplendor por la potenciación de sus propios recursos, casi movilizando un repertorio cultural que arranca de sus mismos orígenes en la Colonia.

4. La apertura del mercado exterior —vid. Buenos Aires— para la exportación a granel de un producto tradicional, estimula la implantación en el mismo centro productor de la gran empresa multinacional, con un ciclo que se autoabastece y va desde la producción, al procesamiento del producto, al acarreo y su comercialización en los mercados del Plata, excluyendo toda posible competencia.

5. La movilización de grandes contingentes de “mineros” desalienta y aniquila a la pequeña empresa rural, que se ve forzada a desertar por carencia de mano de obra. El comercio de los poblados rurales se sateliza a la gran empresa, que sustituye el papel-moneda por los “vales” de circulación cuasi-universal en su gran zona de influencia.

6. La desaparición de los grupos rurales y la evasión masiva de capitales a la ciudad —vid. Asunción— devalúan las propiedades y productos de la tierra, yendo a parar a cambio de exiguas erogaciones a poder de la gran empresa, que ejerce en tal sentido un influjo desestructurante sobre la economía tradicional.

7. Terminado su ciclo de explotación de los yerbales naturales, La misma empresa procede a liquidar sus latifundios sin el menor cuidado por implantar una política colonizadora y poblacional, antes bien, guiada al parecer por exclusivos propósitos de lucro.

8. De rechazo, toda una cadena de pueblos que configuraban el contexto de la cultura de la yerba, han quedado marginados y con sus valores tradicionales profundamente subvertidos, sin capacidad económica ni de autogestión para reencauzar en forma autónoma su propio desarrollo.

9. Como en todos los casos de transculturación violenta, queda en el subconsciente colectivo una sensación de desánimo y desconfianza hacia todo lo que signifique innovación, y el colono tradicional frente al nuevo migrante campesino adopta más bien la actitud de “dejar hacer” que comprometerse empeñando su propio esfuerzo y creatividad.

10. A lo largo de estos estudios se ha hecho referencia más de una vez a tres distintas corrientes migratorias que se han sucedido en progresión diacrónica:

a. Una primitiva corriente colonizadora, que se produce en ondas migratorias y halla su centro en las erráticas ciudades del Guairá y en las primeras misiones jesuíticas que se expanden desde Villa Rica del Espíritu Santo.

b. Una segunda corriente migratoria, que se origina en las aparentemente inagotables “minas” de “ka'aty” o yerbales naturales de la serranía de Mbarakaju, a cuyo emporio afluyen las dispersas poblaciones del Guairá y se proyectan desde Kuruguaty —la nueva capital del ciclo de la yerba— a un área que se extiende al norte hasta Villa Igatimí, por el oeste a Santaní y proyecciones hasta Concepción, y al sur a Carayaó, Ajos —la “puerta de los yerbales”—, San Joaquín e Yhü.

c. Una tercera corriente desde comienzos de siglo, que al instalarse La Industrial Paraguaya en el eje Itakyry-Takurupukú polariza con exclusividad todo el ciclo de la yerba hacia el nuevo mercado.

En cada uno de estos segmentos diacrónicos se pueden destacar distintos perfiles culturales y esquemas valóricos que alcanzan los diversos planos de estructuración y comportamiento en los grupos humanos:

a.l. En la primera etapa “guaireña” se registra el mayor aporte colonizador y misional, con la impronta de la economía dinerariá; la asimilación por mestizaje del ethos indígena por la explotación de la yerba mate y el aprovechamiento arquitectónico y urbanístico de los recursos botánicos de los guaraníes. También de esta época es la síntesis estética de la sensibilidad lineal del indígena y las formas orgánicas exuberantes del barroco misional (cf. San Joaquín y Santaní, particularmente).

b.l. En la etapa kuruguateña o “tradicional” es en la que más se constata la puesta en marcha de un proyecto autónomo de cultura y economía sui géneris, por la dinamización por mestizaje continuo de valores pre y poscoloniales, teniendo como pauta la organización de los primitivos pueblos de criollos y mestizos (cf. B. Susnik, op. cit.). Característica de esta etapa es su plasticidad dialéctica, que asimila formas nuevas sin perder su identidad y empuje originarios —tal el caso de Santaní, recibiendo sucesivos aportes migratorios de españoles, criollos, portugueses, brasileños e italianos, sin desfigurar sus esquemas valóricos.

c. 1. En la tercera etapa, movilizada a partir de la gran empresa que sienta sus polos dialécticos entre Itakyry-Asunción-Buenos Aires, se produce una dispersión étnica por destribalización del “minero”, enganchado no con su grupo familiar originario, sino por “cabezas” por la casi imposibilidad práctica de estimular asentamientos permanentes en sus feudos de bosques por entonces irreductibles. Además, y prioritariamente atendiendo a meras razones utilitarias de la gran empresa, impersonal y extrapolada al contexto de las culturas de la selva. Fuera de los módulos arquitectónicos antes comentados y cierto repertorio técnico en el laboreo de la yerba, el impacto de La Industrial Paraguaya ha sido en suma altamente negativo para el proceso de extensión de la frontera agraria y estabilización de los colonos paraguayos en el inmenso territorio integrado por ley o por maña a su área de influencia.

11.    Hasta hoy día, no parece surgir en los grupos rurales otro sistema de promoción y dinamización que no sea el comunitario, por revaloración de la conciencia tribal del ancestro indígena y la experiencia insoslayable de los pueblos de indios y criollos de la era colonial. Todo proceso individualizante aparece a la sensibilidad popular como disociador y se evidencia a la larga como pernicioso y disfuncional. Muy lejos de ser este sentir comunitario y tribal una rémora para el desarrollo, bien comprendido y empeñado en un esfuerzo multiplicador puede promover eficientemente el desarrollo de las colonias y pueblos del contexto rural. Un caso que viene a cuento es del Consejo de Desarrollo Comunal organizado recientemente por los vecinos de Yhü, y que por su peculiar filosofía por un lado actualísima y por otro arraigado en su historia y en el subconsciente colectivo, puede aportar novísimas pautas de integración y promoción comunitaria. Tal vez el perfil más destacable de tal Consejo sea su estructuración espontánea y el singular proceso colectivo de identificación de valores y metas, marginando cualquier forma de sectarismo ideológico o confesional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL VALLE Y LA LOMA & CULTURAS DE LA SELVA

Por RAMIRO DOMÍNGUEZ

Colección Ciencias Sociales Nº 2

Editorial EL LECTOR

Ilustración de tapa: LUIS ALBERTO BOH

Fotografías : JUAN MANUEL PRIETO – Colección Biblioteca Bejarano

Asunción – Paraguay

Agosto 1995 (245 páginas)

 

 

 

 

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