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ELOY FARIÑA NÚÑEZ


  LAS VÉRTEBRAS DE PAN (Cuentos de ELOY FARIÑA NÚÑEZ)


LAS VÉRTEBRAS DE PAN (Cuentos de ELOY FARIÑA NÚÑEZ)

LAS VÉRTEBRAS DE PAN

 

Cuentos de ELOY FARIÑA NÚÑEZ 

 

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 17)

 

© de esta edición Editorial El Lector /

 

© de la introducción Francisco Pérez-Maricevich

 

ABC COLOR y Editorial El Lector,

 

Asunción-Paraguay 2006 (92  páginas)

 

Director editorial: Pablo León Burián

 

Coordinador editorial: Bernardo Neri Fariña

 

Guía de trabajo: Francisco Pérez-Maricevich

 

Asunción - Paraguay 2006 (92 páginas)

 

 


 

 

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

·         LAS VÉRTEBRAS DE PAN

·         BUCLES DE ORO

·         LA CEGUERA DE HOMERO

·         LA INMORTALIDAD DE HORACIO

·         CLARO DE LUNA

·         LA VERDAD

·         EL HIEROFANTE DE SAIS

·         EL VELO DE MAYA

·         LA BRUJA DE ITATÍ

·         EL BUDA CELESTE

·         LA RESPUESTA DEL ORÁCULO

·         LA VENGANZA DE VIRGILIO

·         LA MUERTE DE PAN

GUÍA DE TRABAJO

 

**/**

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

1

 

Junto con Alejandro Guanes (1872-1925), Eloy Fariña Núñez, nacido en Humaitá en 1885 y fallecido en Buenos Aires en 1929, es el mayor poeta modernista de la literatura paraguaya contemporánea.

 

En compañía de sus padres y hermanos abandonó definitivamente el país en 1893. Tenía entonces 8 años. La familia se estableció en el pueblo correntino de Itatí, que él evoca repetidas veces. Itatí no era muy diferente de su nativa Humaitá, penetrado como estaba también de sentimiento religioso asociado al famoso santuario del pueblo y su patrona: la Inmaculada Concepción de Itatí.

 

Desde los 13 a los 17 años estudió en el Seminario de Paraná, del cual se retiró presumiblemente a causa de una crisis espiritual. En él aprendió el latín y se apasionó por la literatura clásica de la que dio claro testimonio en su obra. También allí aprendió el griego y el francés que le ayudaron a formarse una cultura humanística sólida.

 

En 1905, concluido el bachillerato en Corrientes, se trasladó a Buenos Aires con el propósito de estudiar la carrera de Derecho. Pero no lo logró, a causa de su desvalimiento económico. Amigos influyentes le facilitaron entonces su ingreso a la Administración de los Impuestos Internos de la República Argentina, oficina de la que llegó a ser director general.

 

En 1911 y emulando al gran poeta argentino Leopoldo Lugones, dio a conocer su famoso CANTO SECULAR, celebratorio de los cien años de la independencia nacional. Desde su aparición este gran poema se incorporó a la memoria colectiva y sigue siendo un referente de alto valor en la tradición cultural paraguaya.

 

Con 29 años de edad, publicó en Buenos Aires su único libro de ficciones, LAS VÉRTEBRAS DE PAN (1914), a los que siguieron otros libros: EL ESTANCO DE TABACO (1918), CÁRMENES (1922), EL JARDÍN DEL SILENCIO (1925), CONCEPTOS ESTÁTICOS Y MITOS GUARANÍES (1926).

 

Fariña Núñez visitó Asunción brevemente en dos ocasiones, en 1913 y 1920. En ambas fue aplaudido y agasajado por sus compatriotas, que le demostraron reconocimiento unánime por su obra.

 

De carácter introvertido, de finos modales, culto y reflexivo, los difíciles años de la primera posguerra europea afectaron su visión de las cosas, impulsándolo a adoptar una actitud pesimista y desengañada respecto al discurrir de la historia, a descreer de la racionalidad de los proyectos políticos y sociales en curso. Sus convicciones o creencias orientalistas no le ayudaron a superar la honda crisis que le dominó hasta su muerte ocurrida poco tiempo después de cumplir los 44 años de edad.

 

 

2

 

 

Al arribo de Fariña Núñez a Buenos Aires en los primeros meses de 1905, los círculos intelectuales estaban dominados por el movimiento modernista. Aún se vivía bajo el influyo de Rubén Darío y la gran figura era Leopoldo Lugones, un poeta de potente creatividad y fuerza expresiva.

 

Como es sabido, el modernismo es una corriente estética renovadora de las formas, los temas y el lenguaje de la literatura en Hispanoamérica. A ella contribuyeron poetas y prosistas de gran talento, imaginación y creatividad. Sus representantes irás significativos estaban poseídos de una sensibilidad refinada y disfrutaban de una cultura rica y cosmopolita. Profundamente influidos por el espíritu francés, se esforzaron por introducir en la expresión literaria de lengua española la elegancia, transparencia y sutil musicalidad de que hacían gala los parnasianos y simbolistas franceses. Ávidos de nuevas formas y experiencias estéticas, los modernistas hispanoamericanos revolucionaron el verso y la prosa, llenándolos de luz y de color, de plasticidad y múltiples resonancias eruditas. Enriquecieron con formas traídas ele la tradición clásica grecolatina la expresión poética, incorporando los grandes ritmos helénicos, además ele recuperar desde perspectivas nuevas la herencia latina, especialmente de Horacio, Virgilio y Cátulo. A esto añadieron las contribuciones orientales, como las representadas por la poesía china y japonesa y los estímulos filosóficos y espirituales provenientes del budismo hindú.

 

Fariña Núñez accedió al conocimiento de ese corpus de saber humanista, interesándose en las doctrinas herméticas, como el orfismo y las especulaciones pitagóricas. En una sucesión de ensayos breves publicados en LA PRENSA, de Buenos Aires, en los últimos años de su vida y que debieron aparecer en un libro titulado LA MUSA TÁCITA, expuso sus opiniones al respecto y reflexionó sobre el significado espiritual del silencio para el perfeccionamiento del hombre.

 

Esta misma preocupación por los procesos espirituales asociados a creencias religiosas o místicas, y a propuestas filosóficas estructuradas, está en la base de los cuentos que integran LAS VÉRTEBRAS DE PAN (1914). Algunos de ellos, como BUCLES DE ORO, parecen escapar de esa preocupación, pero sólo para plantear el problema de la fugacidad de la vida y del dolor. Otros relatos, como el que da título al libro, exploran el problema de la vocación y otros el de la belleza, la envidia, la inmortalidad, la mentira, la incredulidad...

 

Pero junto a estos temas, el autor no olvidó sus experiencias personales. Y de este modo rescató mediante su bella prosa recuerdos de su infancia junto a las creencias populares tal como lo hizo en el cuento LA BRUJA DE ITATÍ.

 

En conjunto, los relatos contenidos en LAS VÉRTEBRAS DE PAN configuran un compacto testimonio estético y moral de este notable escritor, uno de los más puros de la literatura paraguaya. 

 

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH.

 

Asunción, julio de 2006.

 

 

 

 


 

 

CUENTOS DE ELOY FARIÑA NÚÑEZ

 

 

 

LA INMORTALIDAD DE HORACIO

 

Quinto Horacio Flaceo, coronada de rosas la cabellera ungida de aromático bálano, salió de la suntuosa mansión de Mecenas, embriagado, no con el añejo y exquisito vino Falerno mezclado con miel de Himeto que había bebido sin temperancia, sino con los elogios que los comensales del favorito de Augusto le dirigieron a propósito de sus sátiras, sus epístolas y sus odas, en el curso de la cena.

Opulenta había sido ésta, en verdad, y digna de la asiática magnificencia que ponía en todas sus cosas aquel descendiente de reyes etruscos y espléndido protector de las letras. La comida se realizó en la torre de la casa que poseía Mecenas en las Esquilias, y desde la cual se divisaba la riente Tívoli, la pintoresca Túsculo, la verde campiña de Esula y la ciudad de Roma, señora del mundo. Los manjares servidos en la mesa atestiguaron el refinamiento del anfitrión: ostras del lago Lucrino, francolín de Jonia, pavo real de Samos, gallina de Numidia, escaro de Cilicia, estornino de Rodas, murena de Tartaria, almendras de Tasos, dátiles de Egipto y vinos de Campania.

Ya de sobremesa, Mecenas hizo leer con un esclavo la oda del vate dedicada a la musa Melpómene, rasgo delicado que hizo girar la conversación sobre las poesías de Horacio. Todos convinieron en que su nombre sería inmortal como Roma.

Mientras la litera avanzaba por una vía sombreada de cipreses en dirección a la urbe, Horacio, al parecer insensible a los encantos de la bella y fresca mañana, dejó mecer dulcemente su pensamiento entre los amables recuerdos que recreaban su espíritu y las apologéticas palabras que seguían sonando en sus oídos.

Sí, como él lo había cantado en magníficos versos, no todo muere, la más remota posteridad repetiría con admiración su nombre por haber sido el primero que acomodó al genio latino el verso eólico. Nada quedaría tal vez de su vida, frágil ánfora pronta a convertirse en añicos; sólo subsistiría la divina llama de la inspiración lírica, palpitante en sus cantos. Más valía así, porque, ¿qué había sido su vida hasta el presente? Un tejido de contradicciones, una amalgama de sublimes pensamientos y de bajas realidades. Sin vacilación alguna, su vida no tenía el mismo valor que su obra. Primeramente, arrojó con la cobardía de un vil esclavo el escudo en la batalla de Filipos, cuando peleó como tribuno en el ejército de Bruto y Casio. ¡Cuánto le avergonzaba ahora el deprimente recuerdo de aquella fuga desesperada a Roma! Su valor en el combate no fue más grande que el de una débil mujerzuela, y más se prestaba a ser ridiculizado en la sátira que a ser celebrado en la oda. Después, hubo de valerse de la amistad de Virgilio y de la protección de Mecenas para que Augusto le perdonara aquella acción. Razón tenían sus émulos cuando lo acusaban de adulador del César. ¿No había cantado en estilo pindárico las victorias de Augusto y llevado su servilismo hasta divinizarlo en vida en sus versos laudatorios? ¿No había achacado acaso a la muerte de Julio César, por lisonjear a su sobrino, la creciente del Tíber? ¿No tenía en el jardín de su casa una estatua de Augusto con la cara de color de púrpura? Ciertamente que fue grande la falta cometida por él, al combatir contra el César en Filipos; sin embargo, no debió rebajarse hasta el extremo de agradecer a las Musas, como un supremo beneficio, su reconciliación con el enemigo de la víspera. ¿No se había hecho pública también su voluntad de que, a su muerte, nombraría heredero a Augusto? No menos vituperable era su constante adulación a Mecenas, Quintilio Varo y demás privados del César.

Por otro lado, su conducta no se ajustaba a los elevados preceptos de la filosofía estoica que predicaba en sus versos. Cantor de la mediocridad áurea, de la templanza, de la existencia sosegada y del apartamiento del vulgo, su vida privada y pública distaba de ser un modelo de austeridad, de moderación y de virtud. Su "Beatos ille", sus consejos a la juventud romana y sus plegarias a los dioses no dejaban de asemejarse a las prédicas de los filósofos cínicos que se hartaban en los banquetes.

Más, ¿quién, al cabo de dos o tres siglos, se acordaría del impuro barro del ánfora que contuvo licor tan excelente? Seguramente nadie, como nadie tenía presente la cobardía de Demóstenes ante la inmortal belleza de sus oraciones, o la fealdad de Sócrates ante la sublimidad de su filosofía. El esplendor de su obra poética, eclipsaría su vida, sumergiéndola en una piadosa penumbra. Sólo quedaría de su fugitivo paso por la tierra el recuerdo de las horas divinas en que, sacerdote de las Musas, danzó con el coro de las vírgenes y de los niños ante sus altares. ¿Qué era la vida, en definitiva? Quizá un accidente; tal vez un fenómeno deleznable; en todo caso, un pretexto para crear con el dolor y el placer experimentados, versos más duraderos que el bronce y las pirámides faraónicas, como él lo afirmaba triunfalmente en la oda a Melpómene leída en el convite de Mecenas. Lo único digno de sobrevivir a la precaria y caduca existencia de los hombres era, no la bajeza de su carne atormentada y triste, sino el celeste aleteo de su espíritu arrebatado por la locura apolínea o la embriaguez dionisíaca. Todo pasaba, todo moría, menos la sagrada emanación del ser, agitado por la inspiración o estremecido por el canto.

Horacio cesó de meditar para dirigir una mirada a Roma, que se distinguía a lo lejos, en el término del agro verde, dorada por la lumbre solar, bajo un cielo límpido. A la mente del poeta vino la invocación al Sol de su "Carmen Saeculare". ¿Alumbraría el astro en el lejano porvenir una ciudad más grande que la urbe de los siete collados? Acaso; pero, aun en la hipótesis de que desapareciera Roma, el recuerdo de su poderío no se extinguiría nunca. Y mientras no se perdiese la memoria de la urbe y de la lengua latina, su nombre sería repetido con veneración por las gentes venideras.

Y, con el pensamiento puesto en la brevedad de sus días triviales y en la inmortalidad de sus versos augustos, Horacio entró en Roma a la hora en que un coro de doncellas y de niños entonaban en el Capitolio su himno a Apolo y Diana.

 

**/**

 

LA MUERTE DE PAN

 

Pan fue el último sobreviviente de los dioses de la Hélade.

Extinguido el reinado de Zeus, conforme a la profecía de Prometeo, y viendo que no le era posible librarse del inexorable decreto del destino, ante cuya voluntad se doblegan los propios dioses, se refugió en una isla desierta, pesaroso del espectáculo que ofrecían a su vista los altares destruidos y las estatuas mutiladas.

Veía próximo su fin, y la congoja que sentía ante la idea de la muerte, era para el dios el más claro testimonio del término de su inmortalidad. Su condición divina experimentaba ahora las zozobras de la naturaleza humana: inaccesible al dolor, conocía hoy el sufrimiento; inmutable, perdía a menudo la serenidad inherente a los seres olímpicos; exento de flaquezas, desfallecía con frecuencia. Como participaba de las dos naturalezas, sufría como divinidad y como criatura perecedera. El Pan humano suspiraba por una inmortalidad inextinguible, en tanto que el Pan divino acataba sin protesta el fallo de los hados.

Según su costumbre, hallábase aquella memorable tarde a la sombra de una enramada, frente al mar azul cuyas olas llegaban blandamente a la playa arenosa de la isla, desde la cual se distinguía la costa de la sagrada tierra de los dioses. Una rama colgante acariciaba sus cuernos de cabra.

-¡Oh, Pan, la tierra ya no es digna de ser habitada por los inmortales! -díjole el postrer fauno, tratando de endulzar sus últimos momentos-. Mira a tu alrededor y no verás más que ruinas por todas partes. Oprime el corazón pensar en lo que ha venido a parar tanta grandeza. Hasta los olímpicos, menos tú, el más antiguo de ellos, han desaparecido. Todo lo que está pasando, es extraordinario y me llena de terror. Algún titán, más poderoso que nosotros, se habrá hecho señor del mundo. Tal vez el dios desconocido...

Nada repuso el inmortal a las palabras del fauno, el cual se tendió resignado sobre la hierba a los pies caprinos de Pan, en vista del tenaz silencio de éste.

Nada del idílico paisaje ambiente veía el numen en aquel momento; su imaginación volaba por los rientes y húmedos prados de Arcadia donde viviera feliz y res petado durante tantos siglos, en compañía de pastores y ganados que amaban, como él, la libertad del campo, la frescura de la fuente, la espesura de la enramada. Nunca quiso reinar en la ciudad, ni pretendió que sus devotos le erigiesen templos suntuosos en los sitios públicos; contentábase con ser adorado de la gente del campo, bajo formas rústicas y groseras, al aire libre, en plena naturaleza, en el propio centro de las fuerzas que reconocían su dominio. ¿Para qué altares magníficos si él lo era todo y estaba en todo? El ritmo de su flauta concertaba la armonía universal; una nota de su caramillo resumía los murmullos de la selva, el rumor de las corrientes, el canto de las aves, todas las voces de la naturaleza corpórea e invisible. Adorar el eco más imperceptible era rendirle tributo.

Después, fue acrecentándose su poderío. De las verdes praderas de Arcadia pasó a los campos de toda la Hélade y su culto fue extendiéndose, propagado por los poetas bucólicos.

La frente del numen arcádico llenóse de pensamientos sombríos, al llegar a este punto de su evocación. Como náufrago de un desastre, encontrábase en la isla solitaria, sin otra compañía que la de un fiel fauno, el único sobreviviente viviente, también, de la raza de los sátiros, silenos y faunos. El inmenso mar glauco se hundía en las primeras sombras del crepúsculo que iba a presenciar el ocaso del último dios heleno. Pan creyó percibir un debilísimo eco del canto de las sirenas y las oceánidas hacía tiempo extinguido. De los montes de la isla descendía a la pradera como un murmullo de trinos apagados. En una verde colina triscaba una manada de cabras. En la distante costa se aprestaban a lanzarse a alta mar unos barqueros.

-Ya que todos han muerto, voy a morir yo también -dijo el numen, saliendo de su abstracción melancólica-. No quiero sobrevivir a la desgracia que ha caído sobre la raza de los dioses; pero conmigo ha de hundirse para siempre algo que ya no conocerán las gentes venideras.

Luego, dirigiéndose al fauno, ordenó:

-Pásame la flauta... Voy a tocarla por última vez. Tomó su instrumento favorito, hinchó los carillos y sonaron los cuatro primeros tonos de una solemne y fúnebre melopea hipolidia. Con la mirada fija en dirección a Atenas y con el pensamiento puesto en las praderas de Arcadia, arrancó a su flauta los postreros sonidos de la melodía infinita del Olimpo y de la augusta armonía del pensamiento griego.

El fauno, al oírla, comprendió toda la intensa angustia humana del dios agonizante y procuró consolarlo de nuevo, exclamando con júbilo:

-¡lo, Pan! ¡Lánzate a la conquista del cetro del mundo, salva a los tuyos, como en otros tiempos venciste al enemigo, infundiéndole terror con tu presencia!

Pan dejó de tocar y repuso serenamente:

-Es tarde ya y, además, no puedo eludir el cumplimiento de la voluntad del destino. Nuestra suerte estaba escrita, antes de existir nosotros, los primeros dioses, de los cuales salieron los demás. Era inevitable, la extinción de la descendencia de Zeus y la ley va a cumplirse totalmente. El oráculo de Delfos ha enmudecido y es fuerza que todas las voces divinas, que han venido resonando en las profundidades del mar, en las alturas del firmamento, en las umbrías del bosque y en el fondo de los santuarios, se apaguen para siempre. Día vendrá en que sobre las ruinas de los nuevos altares aparecerá otro dios desconocido... Y así, incesantemente, hasta el fin del mundo por disposición de la fatalidad; pero siento que las fuerzas se me escapan, que la inmortalidad, me abandona, que muero...

Fueron sus últimas palabras, dichas con la serenidad de la inmortalidad caduca, de la agonía humana y del crepúsculo moribundo que se extendía sobre la isla desierta.

Rodó la flauta al suelo y el cuerpo de Pan cayó pesadamente sobre la fresca hierba en medio de un profundo silencio sólo interrumpido por los gritos del fauno.

Entretanto, los barqueros, atraídos por la extraña melodía que sonaba allá lejos, en la isla solitaria, venían remando hacia ella. Cuando llegaron a la ribera, cesó repentinamente la misteriosa melopea, y, al cabo de una breve pausa, oyeron aterrorizados un grito desgarrador, que retumbó en la inmensidad del mar, y que decía:

-¡El gran Pan ha muerto!

 

 

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Asunción - Paraguay.

 

 

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