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EMILIANO R. FERNÁNDEZ


  POR QUE TE QUIERO TANTO MI VIDA - Letra de EMILIANO R FERNÁNDEZ


POR QUE TE QUIERO TANTO MI VIDA - Letra de EMILIANO R FERNÁNDEZ

POR QUE TE QUIERO TANTO MI VIDA

 

 

Letra de EMILIANO R FERNÁNDEZ

 

 

POR QUE TE QUIERO TANTO MI VIDA

 Por qué te quiero tanto si apenas te conozco

por qué no correspondes mi férvida pasión

por qué las amarguras te lleva el pensamiento

y un negro sufrimiento me oprime el corazón

 

II

Por qué un solo instante no puedo estar sin verte

por qué mi negra suerte me llena de pesar

por qué mujer sin alma me niegas tus amores

y aumenta mis dolores de eterno sollozar

 

III

Por qué tus labios rojos me niegan sus caricias

y olvidas tus promesas de eterna adoración

                por qué en poder de otro tú misma te entregaste

y a mí me abandonaste mujer sin corazón

 

IV

Por qué si ya han pasado aquellos días felices

yo siempre continúo amándote mi bien

por qué siempre recuerdo que ayer tu me querías

y amado me decías tú solo eres mi EDEN

 

V

Por qué yo en esta vida no encuentro más placeres

no tengo más esperanza maldigo mi vivir

por qué fueron veloces los días que me amabas

y yo te contemplaba mirándote dormir

 

VI

De todos mis pesares de toda mi desdicha

de todos mis angustias tú sabes el por qué

y no me compadeces al verme destrozado

mi pecho enamorado en aras del querer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:

CANCIONES PARAGUAYAS DE AYER Y DE HOY - TOMO I

Recopilación:

MARIO HALLEY MORA

y

MELANIO ALVARENGA

Ediciones Compugraph,

Asunción-Paraguay 1991 (192 pág.)

 

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LECTURA  RECOMENDADA:

JUEGO CRUZADO

Cuentos de ESTEBAN CABAÑAS

Arandurã Editorial,

Asunción-Paraguay, 2001

 

Versión digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES

 

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INDICE DE OBRAS (CUENTOS Y POESÍAS) : LOS DOS SITIOS; LO CLAUSURADO; LA MALETA; LA CASA; LA DANZA; EL CARNAVAL; EL JUEGO; LA MÚSICA; EL TUCA; LOS COMPINCHES; 3 DE MAYO – CURUSU YEGUA; EL CINE PARADEDA; LA ORACIÓN; EL BAILE; RAMÓN CUENTA LO QUE PASÓ EN EL CLUB; EL ALMACÉN; SAN JUAN ARA; OTRA CARTITA; MURTINHO; VICTORIA; LUNES: ALMUERZO; RÍO YPANE; UN MIÉRCOLES DE MAÑANA; LA GRAN CHIMENEA; VIENE DE LORETO; MÁS TARDE; LA PARTIDA; RECUERDO QUE VENDRÁN; EN ANILLO; FINAL DE HOGAÑO; OTRA VEZ; EL BURRO; ÑA CRECENCIA; EL RECINTO ALUCINADO; ENTREACTO FINAL; y EL ÚLTIMO FUEGO.

 

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CUENTOS DE ESTEBAN CABAÑAS

 

LO CLAUSURADO

 

Al apartarlos pesados coronados, llenos de polvo, el recinto se abría hacia nosotros en forma de una matriz gigantesca. El desteñido color bajaba de las alturas y se fundía en la luz de las grandes ventanas. No estaba deshabitado. Un viejo se refugiaba allí. La sombra de un hombre envuelta en un retazo de telas desgarradas, cubriéndole la espalda hasta el suelo, con un aire de capa desordenada y el porte de un obispo. Su nombre, Antenor. Era amigo de Aleja, mi tía. Los dos formaban una extraña pareja. Ella nos convocó aquel día y pidió:-Vayan al templo- ¡Avísenle, por favor!

Sentada sobre una banqueta nos miró con un ojo. Un ojo iluminado cual una bengala en la oscuridad. Llevaba un manto negro sobre un vestido del mismo color. Asemejábase a una figura funeraria portando en tina mano, el atizador; en la otra, el mate. El fuego, en frente, y la pava. Dentro del pequeño cuarto, arriba, en la pared, un dibujo representaba la cabeza de un pez, sin concluir. Aleja lo había realizado con rapidez. Con el trazo de un trozo de carbón. "Es la señal de la pasión desmedida" -explicó una tarde estando distraída, locuaz y libre. Pensó Aleja: "iba por otro dibujo pero era procaz; no podía exponerme demasiado". A la primera línea sintió un golpe en medio del pecho. "Luego me conformé con la forma de un pez". "Por el recuerdo" -se dijo. Aquello que avanza hacía su nido, tiembla y se yergue enlazándola. Se desviste en un instante, arrojando la ropa lejos de sí en un movimiento rotatorio. El tiene la piel negra, sedosa, lampiña, con un brillo de luz, acerado. Los ojos azules la petrifican y al acercarse la boca  siente, antes de que suceda, un mordisco de fruta salivosa, agria, que succiona sus líquidos internos.

Fue el día que le prohibió volver al templo masón. "Ya no tenemos tiempo aquí para nosotros" -le dijo. Aleja levantó la cara y vio ese espacio tembloroso, de gris pizarra, el escenario rectangular donde, tenía depositado su cuerpo y esparcido sus pocas vestimentas". "No volverás aquí hasta que pase toda" -la voz sonó en un eco desde el otro ángulo del templo. Ella no intentó responder.

-¡Avísenle no bien amanezca! Imploró Aleja--. ¡Al alba!, nos ordenó imperativamente cambiando el tono y volviendo en sí. Le salía la voz por un costado de la boca; chupaba la bombilla con fruición. La voz recordaba la forma ovalada, liberando un hipo repetidas veces. Fuimos a dormir sin pegar el ojo. Es decir, a vigilar el término de la noche. Desde el catre, las el mosquitero que bañaba el espacio con una translucidez lechosa, veíamos a Elcira, enfrentada al espejo, declamando un parlamento creyendo que nadie la oía. Levantaba los brazos, hacía gestos con las manos. Se asemejaba a un ensayo de teatro, cuyo libreto solamente ella conocía. Aleja desde el cuarto contiguo le amonestó: "-Los niños duermen", -acercando el índice a la boca. Pero la verdad era muy otra. Odiaba que la interrumpieran cuando manipulaba la radio de tío Adolfo. Al retirarnos todos, Aleja trataba de captar conversaciones desde el campo enemigo y fue en esa fatídica noche, cuando informaron que tornarían el templo a la mañana, y ya se barajaba la posibilidad de establecer allí un escuadrón. Le produjo una tremenda desazón. Qué Anterior se viera expuesto a esa turba salvaje. Abandonado como estaba, sería pasto de cualquiera. Según el Padre Vázquez, el templo es un sitio del demonio con su gran escuadra en medio del proscenio y un enorme triángulo, el otro ojo de dios, dibujado sobre el inundo. El día que lo descubrimos (bueno, descubrir no, invadir es lo que hizo Ramón, al lograr entrar en medio de los listones que tapiaban la puerta), esa vez, una fina raya de luz, donde navegaban mil puntitos iridiscentes, cruzó el espacio desde arriba y depositó sobre el piso un huevo de sol amarillo. Ramón se ubicó en el propio centro de ese foco y se bajó los pantalones. Quedarnos en un silencio mortal al ver lo que sucedía entre sus piernas con el movimiento casi imperceptible de algo que iba nutriéndose del aire, creciendo con lentitud empujado desde adentro por un efluvio espasmódico. Nadie osó expresar nada ante esa extraña inquietud que nos invadía. Todos permanecimos petrificados, menos Rubí que se acercó a Ramón y le tocó la puntita del pene. -¿Duele? -Preguntó.

Ricardo enmudeció por mucho tiempo y sólo días después de esa jornada anunció su interés por conocer cosas prohibidas, y se dispuso a realizar contra-actos a los exhibidos por Ramón. Por otro lado pudo notarse el inusitado interés de Rubí en esa suerte de serpiente de fuego, humeante, que movida por las manos de Ramón expulsó de pronto un líquido salvaje, expelido a golpes entrecortados, estallidos de nervios galopantes; esa turgencia daba a la superficie de la cabeza del asunto una tersura de seda, suavidad de pétalo, de tono rosado, brillo de nácar y humedad de molusco. Era tal cual la recuperación de un ser salvaje que llevaba liado a su cintura, varias veces, un, falo descomunal. Danzaba alrededor de nosotros en las madrugadas, llenándonos de un pavor que la sangre registraba en un latir poderoso. Casi brutal. Una pija alargada hasta el juicio final, que nos condenaba a la eternidad ígnea para siempre. Dotada de varios nudos sin dejar de poseer la voracidad de una serpiente.

En otra ocasión, al entrar al recinto masónico, Ricardito hizo una comedia especular a la de Ramón; tal como dije, una contra-acción que paso a relatar. Subióse al pequeño estrado iluminada que se hallaba en el salón. Se colocó de espaldas y se bajó los pantalones. Ahí apareció un trasero suculento, un globo inflado, apenas dividido por una línea rosada. Movió los glúteos de izquierda a derecha y con el dedo señalaba la punta de su propia lengua alargada hacia arriba. Sin embargo esta payasada no nos desvió de nuestra misión principal: portábamos el encargo de tía Aleja. El de notificar al viejo habitante del templo lo escuchado en la radio que, de alguna manera, involucraba a Antenor. Debía abandonar el sitio antes del arribo de la tropa enemiga. Al regresar nos topamos con un grupo de soldados. Acariciaban nuestras cabezas con sus manos rudas. Nos; obsequiaron golosinas. Parecían niños corno nosotros aunque más viejos; algunos eran tenientes, capitanes, soldados rasos pero aún los más serios tenían un sobresalto de humor y, aunque, callaran, parecía que muy dentro de sí mismos seres misteriosos los dejaban sin brillo, vaciados de sí, como cáscaras de cigarra. Nos habían visto cara de funeral, digo, por la facha de mierda que, teníamos. Y era también por algo que ellos mismos exhalaban. Una cierta humedad maloliente. Algo que no se limpia, que no desaparece con el baño. Con el sudor de un animal salvaje al despellejarlo en la letrina.

 Aquella noche no se pudo dormir. Bajo el mosquitero se extendía un valle de lunas ateridas, con una línea en la depresión donde corría un río de aguas turbulentas. Un río nutrido de extraños peces de color violeta y puntos dorados, pira-añá. Yo nadaba desde el puerto hasta donde terminaba la ciudad. Al llegar a la alta chimenea de ladrillo me detenía. Allí, apremiado por el esfuerzo y el largo trecho, me sentía desfallecer; se me venían encima los dos agujeros negros, ojos de personaje bestial del frente de "La Española", la fábrica de tío Adolfo. Desde ese lugar regresaba a la orilla, justo en el límite donde el agua dejaba su turbión helado, donde lanzaba destellos de luciérnagas, una, lámina bruñida, un espejo líquido. Allí, subir a la superficie y caminar sobre ella, era cosa de un paso. O quizá deba decirse de un milagro, como en los evangelios. El paisaje nocturno se, desarrollaba en la cama. Exigía de cada cual un cierto disimulo. Agarrar el pito y acariciarlo despacho con los dedos. Bajar el prepucio hasta hacerlo sangrar. Entonces se frotaba la punta con la sábana dando con el roce la sensación de una pluma nave.

Dentro de este sueño realidad alguien me dijo: "-¿Por qué viniste tan tarde?" "-Lo siento, dije". "-Nadie se percató de lo que iba a suceder". "¿Pues qué iba a suceder?" "Ese juego de sombras que se arrastran al borde de los fuegos". Contestó: "No intentes conocer el infierno".

La ciudad estaba iluminada por fogatas y una densa humareda se hallaba suspendida sobre nuestras cabezas. "-El incendio sólo existe en tu mente", farfullaban. Sin embargo, estos fuegos se formaban cada vez en un lugar distinto, cual quemazones de inmensos basurales. En medio de la noche o por las mañanas tranquilas al pasearse uno por la ribera, sin previo aviso, aparecía un brusco resplandor con el nacimiento de las llamas, sobre todo cuando solía recoger guijarros translúcidos, de esos que apresaban en su interior un haz, de relámpagos petrificados. Y también al escuchar esa música, la minuciosa relación de un solo tono y variaciones de pequeñas olas que lamían la playa en un borde de encajes, en ardiente espuma. Era en el minuto crepuscular de la costa, cuando los hombres se bañaban con sus caballos, sus carros quietos a medio sumergir y los torsos desnudos reflejados en el estanque liso y tranquilo del río silencioso. Y se duplicaban allí en un lampazo que cruzaba la superficie líquida deteniéndose con un fulgor clandestino. Ese río generalmente llevaba un bosque, una colonia de camalotes, subrayando el sentido descendente. Flotaba a la deriva sobre esa isla viajera un enjambre de víboras, penachos de lilas, ramas y raíces esponjosas; a veces un tuyuyú detenido en un misterio. Las cuentas del rosario pasaban; era un tiempo dotado de otra remota forma, en un nivel distinto. Abuela rezaba frente a su cómoda. Con sus treinta y seis imágenes, sus candelabros, sus polveras de palosanto, un frasco de alcohol y una pequeña carpeta de crochet tejida por ella misma. Para encender las velas extraía la cerilla de una cajita de plata que llevaba en su bolsillo. La acercaba al pabilo. Volvía a depositar la caja en el mismo lugar. Todos lo comprendíamos, puesto que ella, de sobra, conocía nuestra fascinación por el fuego, Ese fuego que proliferaba en la ciudad con sus resplandores inundando las fachadas cerradas. Que crecía dentro de nosotros sin detenerse, que amenazaba con incinerarnos. Deseaba jugar en nuestra compañía un niño absolutamente cubierto de pelos rubios. Un niño blanco, hecho de marfil, los ojos rojos, de nariz de ámbar. Era del color del fuego, un fuego frío, lunar. Pálido, una tez de talco y humedad de molusco. Se desplazaba con un andar que más era un deslizamiento; un temblor del aire. Escapábamos al verle, nos amenazaba con su pelo y a regresar a un útero cerrado. Al pasar sobre él un rayo de sol se evaporaba.

El patio se extendía detrás de la casa, dividido en dos. La mitad enladrillada con unos zócalos de veinte centímetros. La otra, presentaba la tierra desnuda, entre árboles pequeños y grandes.

Un escusado alzado en su propio medio, provisto de dos tronos de madera, con un recorte donde calzaban las nalgas, en su propósito defecatorio. Atrás, un espacio para una ducha de metal que debía ser cargada a mano, un dispositivo, al accionarse hacía derramar una lluvia cansina. Ninguno de: los dos era usado por nosotros, ni los tronos demasiados altos, ni tampoco la ducha con sus trabajos previos. Para nuestro menester quedaba, el patio generoso, su aridez total; el hecho evacuatorio ponía el suelo sembrado de firuletes cocinándose al sol, los que eran retirados por Antonio, el jardinero de tía Helvezia. No sin la consabida protesta ante labor tan ingrata. "Ya era suficiente con la mierda del perro." En cuanto al baño, el patio ostentaba una alta pileta con un aire de altar donde los niños éramos limpiados con precisión rabiosa y la apurada labor de tía Aleja, quien ya andaba en edad de vestir santos, según se oía por ahí.

El fin de semana resultó extraño: nos prohibieron ir a la playa y después no nos dejaron salir a pasear. Conversaban arrugando la frente, con mucho sigilo, apartando el rostro, la boca apuntando al oído del otro, tapándose con la mano para dirigir la voz; que la cosa no resultara audible para nosotros. La mirada rociando sus atentos giros sobre nuestras cabezas. Encerrados en el patio vimos ennegrecerse el cielo de un manotazo. Aun con todo este misterio nos aburríamos en el guayabo, retirando las frutas casi maduras, las no agusanadas. Sobre la tablita las dividíamos en dos con una cuchilla; sobre ellas, Emilia espolvoreaba azúcar o miel. Extraía con sigilo el dulce de la alacena de la cocina en pequeñas bolsitas. En este menester del juego estábamos cuando cayeron las primeras gotas gordas, casi gelatinosas. Explotaban sobre el piso de ladrillo dejando una mancha estrellada, inmediatamente absorbida por un sonido de algo que se apaga. Después, ya ocupado todo el espacio, el agua comenzó a juntarse hasta el borde de los zócalos. En el aire subía el aroma de la tierra mojada.

-¡A la casa! -Gritó tía Aleja-, ¡a la casa! Pero no quisimos oírle. Al caso, ni casa Rubí se puso a bailar en el charco bajo ese aguacero vertiginoso cuyas gotas reventaban como huevos líquidos.

Sus caderas se expandían y retrocedían, dirigiéndose a Ramón que se contorneaba cual un energúmeno. Todos iniciamos unos saltos sobre el agua acumulada en el terreno. De pronto cayó sobre todos una sombra de pájaros oscuros, de embrujados sombreros negros, algo que hizo un agujero en, el espejo del agua. Abuela gritó; -¡Es una bomba! -Che Tupasy. —La virgen! Corrimos. Doscientas aves en el corazón, un ñandú en las patas, todo al unísono. Y en la cara de Ricardo se agolpaban unos puntitos rojos tratando de salirse de la piel; del susto, Emilia se, cagó antes de llegar al baño. A Rubí en la cama, le vino el mes y lo mojó todo. Nosotros mirando, sujetos a la falda de la Abuela asustados, todo ojos, el momento en que el artefacto habría de explotar. Volaron los minutos en ese paso que no puede darse porque se te petrifican las piernas. Ni el aire penetraba en nuestros pulmones. Todo se había detenido. Un silencio avanzó en la escena, pegándose a los árboles, al techo, a los horcones. Un silencio pastoso construido con gelatinas verdosas. No hubo la detonación ya esperada por nuestros oídos. Del agujero del patio surgió ante nosotros una neblina de humo, de vapores blanquecinos. Continuamos la espera mucho tiempo. Una espera que duró parte de la noche. El agua terminó inundando el pozo dejado por el artefacto. Después de un tiempo en el que todo se volvió acuoso, Abuela dijo: -Vamos a la cama-. Una orden precisa, sin dudas tú discusión.

En las habitaciones se alineaban los altos mosquiteros de puro lienzo, viscosos, rellenos de sueño; adentro volaban a veces algunos mosquitos que uno se demoraba en cazar o espantar hacia la intemperie oscura. Guardando cada uno su latido, el cuerpo empollaba el miedo, acurrucándose en la desmemoria o quizás en esa duermevela que espera la disolución de la niebla, la aparición del presagio convertido en algo material y visible.

Cayó la lluvia enhebrada en mil lombrices líquidas, enredadas en esa neblina azul. Un resplandor desde el fondo se desaguó en esa lámina de vidrio, creciendo hasta, invadir las galerías. Más tarde, una suave lengua introdujo su líquido por la ranura de la parte inferior de la puerta, silentemente, hasta llegar debajo de la cama. Pronto vimos flotar los zapatos y las alfombras en un espejo que repetía el fondo de las cosas en un abismo acuático, poderoso en reflejos. De tanto en tanto, el salpicón provocado por el salto de un sapo mojaba las paredes. Y una brisa peinaba el pelo, del agua, con pequeñas ondas repetidas una al lado de la oca; ella hacía adivinar una boca resoplando desde la nada. Un fuelle emitiendo tenues aires sobre la piel de seda húmeda.

Se había formado un enorme lago, en el fondo de tierra y en el patio embaldosado. Todo el límite del terreno. Hasta las murallas-, hasta los paraísos que también se duplicaban hacia abajo con sus ramas cargadas de pequeños racimos amarillos. En ese mismo sosiego oímos los pasos de Abuela, chapoteando sin dejar huella en su camino al escusado. Y otra vez la quietud o la inquietud creciendo dentro de nosotros en la forma de una arrugada mano sobre el pecho. Al cabo de un rato, Abuela volvió. Se detuvo en la galería mirando hacia el viejo mercado de carnes con sus puntas recortadas sobre los muros. Bajo la torre, que lucía una voluta airosa y siete agujeros, surgió una enorme burbuja de luz brillantísima. Una esfera detenida sobre la superficie del agua esparcía su luminosidad en diáfana ingravidez. Nadie se animó a decir nada. La Abuela estuvo contemplando el fuego suspendido durante largos minutos. "Ya que lo que esperamos de arriba, lo tenemos adentro", oigo decir en mi cabeza al cura, en su amonestación del domingo. El fuego iluminó un círculo en el agua serenísima. Acabado el viento„ asumido el estelar silencio por encima del tiempo, esa luz fue dándole al patio un sentido diverso, una ligazón con las cosas primordiales: la tierra, el agua, el fuego, el aire. Pero Abuela no lo sintió así. Varada en una forma del espanto nos protegió de esa noche cuyo designio era demostrar nuestra debilidad. O quizás nuestra impotencia. Aplastándonos con su manto húmedo, de tanta y luctuosa sombra. -Alguien nos llama, --dijo. Nunca supimos quién.

-¿Será el Pombero? -Preguntó Ricardo que aún creía en esas tonteras. Pero el ser oscuro que merodeaba a las personas durmientes en la noche apenas se hacía sentir. Tenía la planta de los pies llena de pelos, para amortiguar el paso. Pedía tabaco y un poco de dulce de guayaba. Sus palabras se instalaban en la cabeza de uno sin sonido, sin ninguna voz.

Abuela se recostó en su gran cama de cabecera de palos torneados, con sus -esquinas de pomos de madera. Tía Aleja, que aún estaba sorbida por los ruidos de grillos lanzados por la radio, acercó su rostro blanquecino y le dijo: -El fuego fatuo no significa que alguien llame. Es cosa de la química y la electricidad, cuestiones explicadas por la ciencia moderna-. Abuela se desentendió de esa pedantería y siguió muy campante: pasarse sebo de vela por un costado de la frente, luego cortar dos parches de papel caramelo y pegárselos. Hacía un año de su viudez; usaba vestidos negros y grandes anteojos del mismo color. No le interesaba nada, sino el lento discurrir de sus recuerdos que iban sumergiéndose dentro de su cabeza cual monedas sueltas en una alcancía de barro pintada con flores de cinesia. Y había una, idéntica, en la realidad del esquinero: con sus flores de pétalos inmensos, que le regaló abuelo. —Por suerte, che Dio, partió a mejor vida este buen señor antes de asistir a esta nuestra gran desgracia- pensó la Abuela en voz ala. Se persignó al ver los humores lechosos y potentes esparcidos por el patio. Añá ra’y, ese insulto se adivinaba en el balbuceo, apenas con un movimiento de los párpados en el entresueño.

De nuevo debajo de la, cama se encrespó la laguna furibunda y comenzó a correr calle abajo, hasta el arroyo Jaén. Otra ciudad casas alineadas con las puertas trancadas. El arroyo cruzando por debajo de un puente formado en la vereda. Altas veredas. Al fondo, una construcción de ladrillos y árboles, enramadas. A la vuelta del zanjón, mujeres lavando botellas verdes, blancas, marrones, alineadas en la orilla. La espuma del jabón se escurría displicentemente con su cremosa formación de burbujas. Un salto que se produce en los vericuetos, de la vigilia.

Un primo y yo, apostados al borde de un charco, tratábamos de hacer navegar un barquito de madera atado a un hilo. Lo sorprendí en el momento que lo hizo naufragar. Iluminaba su rostro una leve sonrisa. Ni siquiera el hecho de haberlo pillado le aconsejó desistir. Al contrario. Me miró con más insistencia, tratando de decir otras cosas con sus menudos ojos de avellana, con sus manos cuadradas, su corpulencia que no solía admitir contrariedades. Me dispuse a un desquite. Una bronca llena de vaguedades me invadió todo el cuerpo. Oí que dijo: —Casi he pescado este tonto barco—. Y rió. Le importaba un bledo in^ rabia, pero le agradaba mi impotencia. Me salvó mi madre. Apareció en ese momento, presurosa. "-Tenés que vestirte --dijo-- Emilia terminó su preparativo y el barco sale a las doce. Ya casi concluí con tu maleta". Me tomó bruscamente de la mano y subimos hasta la casa de Charlotte. Aún así, asegurado por el aire maternal, una lágrima, rabiosa, torpe, muy llena de vergüenza, se me cayó en la calle.

Desperté sobresaltado, me temblaban las piernas; la almohada estaba mojada, húmeda. El lago formado debajo de las camas había desaparecido tragado por la voluminosa boca de la noche. Pero no Concepción. Había una continuidad de algo real, enhebrado con el ayer. Amanecía. Asunción había quedado atrás, muy lejos; sumida en una extraña palidez. Se diluyó de, golpe zambullida en el sueño. El sol nos devolvió la alegría.

Solamente se oía la voz enojada de Abuela retirando las sábanas ensangrentadas de la cama de Rubí. "Ya estás hecha una mujer", le dijo, como si fuera un insulto.

A Ramón se le ocurrió que la sangre era, más bien, un desvirgamiento, Según él precisó más tarde, la susodicha había recibido una visita en la cama, un yacaré - armado. Ricardo arguyó que podría tratarse del ser de la leyenda, apartando el asunto fuera del grupo. "-No vas a pretender que esa porquería lo haya hecho Uno de nosotros". "-¿Por qué no?" preguntó Ramón mirándose las uñas-. “¿Acaso las pijas tienen parientes?”

 

**/**

De carne a agua

de piedra a sangre,

el fuego continúa debatiéndose.

Poblando los intersticios,

vaciando la sombra.

El temor se pregunta.

No puede concluir

la quemazón del día.

Lleno de dudas

se acopla en lo oscuro.

El sol manteniéndose

con todos los soles

a la caída de la noche.

 

**/**

 

SAN JUAN ARA

Don Juan, el dueño del Bar "El Triunfo" contrató a Ramón y a nosotros de "cola" (así nos llamó) específicamente para fabricar un Judas, e incluyó en la propuesta el costo del servicio y los materiales. Que, dicho sea de paso, eran bien fáciles de conseguir. Cuando vimos las suculentas propinas se nos llenó de saliva la boca. -No es mucho -señaló Ramón -para estos mugrientos ricos eso es una bicoca. Y encima teniendo en cuenta que era el día de su santo.

-¿Quieren hacerlo o no? -dijo mirándonos a cada uno de nosotros con ojos de lagartija. Parecía dispuesto a ofrecernos algo perverso, pero nosotros, sin crear ninguna expectativa., y, sobre todo, muriéndonos de ganas dijimos que sí. Un sí alargado, que sonaba mal. Sí. Sí. Varías veces.

Rubí y Emilia se encargaron de saquear los baúles de tía Aleja a fin de conseguir ropas usadas, telas de sábana y algún elemento de ajuar dormido en el carameguá. El arcón parecía un ataúd que nos imponía respeto. Una pizca de pavor. Un aire de naftalina.

Lo primero fue, encontrar algo bien feo, una camisa, un pantalón, una faja tricotar, un pañuelo colorado, al cuello. Símbolo del partido. Desde luego sin zapatos porque el Judas, se llamaría PYNANDI.

Manos a la obra. El JUDAS CAI precisaba ser muy combustible. Por eso iniciamos la labor llenando la camiseta con paja seca; el establo de la panadería subió una buena parte de alfalfa; y de aserrín, de la carpintería de don Alfonso. Para representar la cabeza, Ramón fabricó con los hilos de crochet de Abuela una pelambre bien tupida y la tiñó de amarillo, sujetándola de una pelota de trapo. Ricardo consiguió un sombrero pirí. Se dibujaron los ojos, la nariz, la boca. Una facha de monstruo; de delincuente. -Un tipo rasca -aclaró Rubí.

Sobre la mesa comenzó a surgir un muñecote de tamaño natural, un poco mayor que el de Ramón. Casi un tamaño de hombre. Emilia trajo un cartel para colgarle del cuello. Puse allí la palabra, -JUDAS PYNANDI -ese era el anote ordenado por Don Juan. Abajo, en letras pequeñitas, Ramón escribió: "PLENAZ" tratando que Rubí no lo advirtiera. Casi no se veía esa palabra. Pero nosotros tomamos buena cuenta de ella. Con medias de color carne rellenas de cascarillas le pusimos las piernas y los pies; Emilia le pintó unos gruesos dedos. Ya estaba. -¿No se le puede embeber la barriga con kerosén? preguntó Ricardo. No era mala idea. Don Juan aportó una serie de bocabichos, bombitas, juegos de artificio que introdujimos en el cuerpo del sujeto en cuestión, con lo que engordó bastante.

Para concluir le anudamos el pañuelo colorado al cuello. Y arrastrándolo dificultosamente nos dirigimos al local del Colegio San José. La gente, salía a aplaudirnos. Gritaba: -¡Quémenlo hasta el día del juicio final! -¡Aña ra'y! -Hijo del demonio. -¡Asesino de Cristo! Cada cual con la versión de su odio cargado sobre el cuerpo del delito;  Al llegar nos indicaron el árbol del cual debíamos suspenderlo. Lo colgamos. Los brazos le cayeron a los lados, desmadejándose, Le introdujimos un palo de escoba para mantenerlo rígido: reconfortaba verlo después de tanto trabajo. El fuego haría pasto de él esa noche; se lo tragaría en medio de las estridencias de las bombas, el furor de las llamas y la alegría de la gente. Pensar que debía desaparecer daba un poco de miedo.  Una inexplicable tristeza. Un poco de lástima,

Alguien nos invitó payaguá - mascada, con aloja. Comimos sin sacarnos de vista al Judas. Era casi hermoso. Una verdadera obra de arte. En ese momento, Ramón fue llamado por el Padre Vázquez. Corrió de un tirón y volvió al rato, sonriendo. El Chera'a lo asaltó con preguntas. -¿Volveremos esta noche? -Nadie contestó. Regresamos en silencio pateando toda la Pte. Franco de punta a rabo, como si una quemazón nos consumiera por dentro. Era el tiempo de San Juan. -¡Use su imaginación, por favor!- gritaba Ricardo a un transeúnte. Las fogatas, en ese momento, se hallaban en su máximo esplendor. Un tono rojizo invadía los rostros y las calles.

Las fachadas se sucedían con mucha rapidez. De vez en cuando un corredor de horcones sombreaba la acera. En los jardines, los perros alarmados ladraban. Bajo el sol derramado, la ciudad parecía revestida en lámina de oro puro,

-¿Que te dijo el Padre? -quiso saber don Juan antes de pagarnos. -Sólo que no nos metamos en honduras. Que el Judas era Judas. Y la política afuera-. Don Juan remató: -¡El que se mete en honduras será él con su sacristán!

De todas maneras todo quedó tal cual. No íbamos a cambiarlo por un pedo del cura. La mano de don Juan alargó el dinero. Ramón distribuya lo convenido. Lo justo, cabal, a cada cual.

-Ché, Chera’a -llamó a Ricardo, -vamos a tomar un palito. Le tintineaban dentro del bolsillo las monedas y en la cara, los ojos.

Esa noche, después del Toro Candil, incendiaron al Judas. Yo pegué la cara contra el horcón de la casa. Sabía lo que significaban esos gritos lejanos. Esos fogonazos, ese tendal de bombas. Sentía el corazón estrujarse hasta convertirse en un fruto seco.

 

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