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EMILIANO R. FERNÁNDEZ


  NDE YURU MBYTE (Letra de EMILIANO R FERNÁNDEZ)


NDE YURU MBYTE (Letra de EMILIANO R FERNÁNDEZ)

NDE YURU MBYTE


Letra de EMILIANO R FERNÁNDEZ

Música de MAURICIO CARDOZO OCAMPO

 

 

NDE YURU MBYTE

 

 

Nde yuru mbyte cu parral ayúicha jhe'ë asyva

maerä voi pa ni aipo eiretére ñamboyoya

jhycueremínte che corasöme remondykyva

jha upeguivénte acavaípe ma che apyta.

 

Che angaiparänte nipora'e aco pyjharépe

yerokyjhápe ñasaindy mime yayuesape

aicojhaguäma upeguivénte opa che képe

che paype guáicha nde yurumínte jha'usete.

 

Nde yuru mbyte rosa potýpente oyoguaitéva

jha iñakynguépe omonguepáva y-ujhéi asy

jha jhyacuangue che mba'asygui che moingoveva

aico jhaguä co mundo poräme avy'a yevy.

 

Toime oñe'ëva toime ipochýva che ya jha'éma

nde rapycuéri añejhundita cuñataï

aña retäme achyryrýta che acäme oikema

che co amuñáta jhe'ë asyvéva nde yuru mi.

 

Nde yuru mbyte che mboracjhúma ojhaitypóva

cóina arajháta co che rembére iyeíra cue

ovy'aiténe jhese ocambúva ambue yvy póra

jha ambyasymíva na che mba'éinte araca'eve.

 

Jha ajhacuévo cu mombyryma che recojhare

cóina arajháta che aga cuápe jhe'ënguemi

ne ryacuängue catu icurusúta co che syváre

yepérö ndé ya nde resaräima anga che jhegui.

 




ESCUCHE EN VIVO / LISTEN ONLINE:


NDE YURU MBYTE de EMILIANO R. FERNÁNDEZ



Intérprete:  AMAMBAY CARDOZO OCAMPO y ALBERTO DE LUQUE




Intérprete:  ÑAMANDÚ





Fuente:

CANCIONES PARAGUAYAS DE AYER Y DE HOY - TOMO I

Recopilación:

MARIO HALLEY MORA

y

MELANIO ALVARENGA

Ediciones Compugraph,

Asunción-Paraguay 1991 (192 pág.)

 


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LECTURA RECOMENDADA:


NDE JURU MBYTE

Letra: EMILIANO R. FERNÁNDEZ

Música: MAURICIO CARDOZO OCAMPO

 

 

UVA, MIEL Y ROSA


         La capacidad de canto es un atributo que acompaña a los poetas. Es ese don para hacer de una gota un río, de una hoja un monte y de un guiño una catarata de miradas. Toman como punto de partida una mínima aunque esencial idea y gira con respecto a ella agregándole múltiples matices. Lo que a veces parece hasta imposible -decir tanto, de manera tan rica, acerca de algo tan pequeño-, para el mortal común, ellos lo logran con envidiable facilidad.

         Emiliano R. Fernández es uno de ellos. Su talento creador era tan grande que fue capaz de hacer de un pedazo de estrella un universo de luceros; del murmullo casi escondido de una brisa, un tropel de vientos desbocados. En cualquiera de las modalidades poéticas que abordó -épica, amatoria, humorística, social, religiosa-, se nota esa característica.

         Del variado repertorio de su poesía amorosa, hay uno que resalta nítidamente: Nde juru mbyte. En la Antología poética1 de Emiliano hecha por Rudi Torga tiene fecha y lugar de creación precisos: Ysaty, 15 de marzo, 1914. Si este dato fuese verdadero -porque ese año, según Roberto A. Romero2 cumplía su servicio militar a las órdenes del entonces teniente primero José Félix Estigarribia, en la Primera Zona Militar de Concepción- esta obra forma parte de su primer lote de producciones.

         ¿Quién fue la destinataria de los versos? Imposible saber. Obviamente una mujer cuya boca le encandiló. No cualquier parte de su boca tampoco: el centro, ese lugar que atrapa la mirada. No era su sonrisa o algún mohín que permitiera leer en clave de silencio su espíritu. Era ese lugar anclado en el rostro que todos miran sin mirar lo que le atrajo. Sus ojos de poeta desglosaron la boca para detenerse en lo que le sirve de eje para hacer girar sus palabras.

         A partir del núcleo inspirador, va buscando y encontrando, que es lo principal-, las imágenes que retratan su pensamiento. Empieza con la uva -el parral en el castellano paraguayo-, se traslada a la miel a la que acudirá reiteradamente para dar énfasis a la dulzura que describe y la rosa con su aroma.

         Si bien en algún momento da a entender que besó a la dama a la que conoció en una fiesta -un baile-, también da la impresión de que nunca tuvo esa dicha. Este verso parece corroborarlo: la ambyasymíva nachemba'éita araka'eve (Lo que siento es que nunca será mío).

         Aparentemente fue solo un encuentro efímero del que solo le quedó la viva imagen de lo visto.

         La música es de Mauricio Cardozo Ocampo, quien reproduce en uno de sus libros3 la letra en guaraní y agrega una versión en español Héctor Isaac, seudónimo de Isaac Felipe Guppy, poeta concepcionero -autor, entre otras obras, de Mariposa del ensueño; que lleva música de Ramón Vargas Colmán- que vive en Lambaré. «Traduje por 1960 más o menos y le llevé a Laureano Fernández, el hijo de Emiliano, para que me autorizara su divulgación. Así lo hizo y fue así como se publicó en el libro de don Mauricio Cardozo Ocampo», rememora.



(1) Torga, Rudi. Antología poética II, Emiliano R. Fernández. Asunción, El lector, 1998.

(2) Romero Roberto A. Emiliano R. Fernández, mito y realidad. Asunción, 1988:

(3) Cardozo Ocampo, Mauricio. Mis bodas de oro con el Folklore (Memorias de un Pycháĩ). Asunción, 1980



NDE JURU MBYTE

 

Nde juru mbyte parral ajúicha he'ê asýva

ma'erâ voípa ni ku eiretére ñambojoja

hykueremínte che korasôme remondykýva

ha upe guivénte âkâvaípe kóicha apyta.

 

Che angaiparânte nipo ra'e ako pyharépe

jerokyhápe ñasaindymíme jajesape

aikohaguâma upe guivénte opa che képe

che paypeguáicha nde jurumínte ajerure.

 

Nde juru mbyte rosa potypénte ojoguaitéva

iñakynguépe omboguepáva yuhéi asy

ha hyakuâmíme che mba'asygui che moingovéva

aiko haguâ ko mundo porâme avy'a jevy.

 

Toime oñe'êva, toime ipochýva: che ko ha'éma

nde rakykuéri añehundíta kuñataî

aña retâme achyryrýne che akâme oikéma

chéko amuñáta he'ê mbochýva nde jurumi.

 

Nde juru mbyte che mborayhúme ohaitypóva

kóina araháta ko che rembére ijeírakue

ovy'aiténe hese okambúva ambue yvypóra

la ambyasymíva nachemba'éita araka'eve.

 

Ha ahakuévo ku mombyryma che rekoháre

kóina araháta che angapýpe he'ênguémi

ne ryakuângue katu ikurusúta ko che syváre

jepéro nde nderesaráimane chehegui.

 

Letra: EMILIANO R. FERNÁNDEZ

Música: MAURICIO CARDOZO OCAMPO

 

 

NDE JURU MBYTE

 

Tu boca es dulce como es tan dulce la uva madura

no la comparo por su dulzura ni con la miel

dentro de mi alma tu derramaste su gota pura

y desde entonces con desvaríos yo me quedé.

 

Para mi angustia comprendo ahora que aquella noche

de luna hermosa, en una fiesta te conocí,

porque al amarte con ansias locas, hasta en mis sueños

como despierto, deseo tu boca con frenesí.

 

Tu roja boca tan semejante a flor de rosa

mi sed ardiente con su rocío suelo apagar

y me revive con su perfume de mi congoja

porque de nuevo en esta vida pueda gozar.

 

Que todo el mundo hable y murmure, esto lo digo:

mi vida entera he de perderla detrás de ti,

hasta el infierno me queme el alma lo he decidido,

la miel gloriosa que hay en tu boca por conseguir.

 

Hallé en tu boca el dulce nido de mis amores

del cual yo llevo sobre mis labios la fresca miel

dichoso el hombre que por fortuna pueda libarla

yo en cambio siento que nunca pueda ser para mí.

 

Y al ser llevado por mi destino hacia otras luces

también yo llevo dentro de mi alma de su sabor

y en mi frente con tu fragancia se han hecho cruces

aunque me olvide ya para siempre tu corazón.

 

Versión en español de HÉCTOR ISAAC


 

 

 

Fuente (Enlace interno):

LAS VOCES DE LA MEMORIA - TOMO VIII
HISTORIAS DE CANCIONES POPULARES PARAGUAYAS
Autor y ©: MARIO RUBÉN ÁLVAREZ
Edición del autor y Julián Navarro Vera
Dibujo de tapa: ENZO PERTILE
Armado y diseño: Isaac Duré Giménez
Editora Litocolor S.R.L.
Asunción-Paraguay-



 

 

 

 


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LECTURA RECOMENDADA:

 

 

 

 


"DESDE EL ENCENDIDO CORAZÓN DEL MONTE"
Autora:

RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA;
ilustrado por el indígena
Diseño Gráfico:
RAMÓN ROJAS VEIA
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandurã, 1994.
 

YO CUENTO ARBOLITOS,
UNA NUEVA PROPUESTA FRENTE A LA DESTRUCCIÓN
 
La idea de este libro surgió del deseo de aunar dos culturas diferentes para lograr un mismo fin: la defensa de la naturaleza ante la locura de exterminación de la vida natural y cultural, y la esperanza de generar nuevos modos de pensamiento y de acción ante el mundo, las cosas y los seres vivientes.
.
Pocos años de vida les quedan a los bosques del Paraguay, pocas esperanzas a las especies en vías de extinción, escasas alternativas para el verdor del planeta. ¿Seremos capaces de vislumbrar el peligro a tiempo y de detener la destrucción total?
.
Ante semejante pregunta surgió la posibilidad de buscar otros caminos para llegar hasta ustedes, lectores, que son los depositarios de este llamado a un compromiso compartido de salvamento ante el peligro de un daño irremediable, de una irrecuperable devastación.
.
Por ello, Axial Naturaleza y Cultura les invita a abrir un capítulo nuevo con respecto a la protección y a la recuperación de los bosques nativos del Paraguay, bajo el Programa denominado Yo cuento arbolitos, para lo cual se apeló a dos creadores muy distintos en cuanto a cultura y modos de expresión -Renée Ferrer, escritora, y el indígena chamacoco OGWA, artista plástico, quienes sumaron esfuerzos en la defensa de la ecología, a través del arte. Cada vez que este libro sea adquirido se dará la posibilidad de que un retoño de árbol originario de nuestro suelo conserve su savia y se yerga firme en las praderas de nuestro país.
.
Estos cuentos, narrados en voz alta o en la intimidad de cada uno de nosotros, servirán también para abonar nuestra sensibilidad ante la impotencia de la naturaleza frente a la pérdida de ese latido indefenso que, sin embargo, constituye nuestra única esperanza ante el futuro. ¿Será acaso factible, frente a estos relatos e imágenes, sentir la presencia de nuevos mundos posibles, donde exista un equilibrio entre las fuerzas naturales y las voluntades culturales? Nosotros creemos que sí. 
GUILLERMO SEQUERA - Director de Axial Naturaleza y Cultura



EL ZORZAL Y LA FRONDA

Para Pupy Duarte Rodi

** La conmovieron la inmensidad de la fronda, allá abajo, y los silbos que parecían emanar de cada hoja. Algo en su cuerpo menudo le avisó que había llegado. Quizás el retumbar de los latidos de su corazón o las rutas aladas de sus antecesores. Ni siquiera poseía la representación de la distancia. En su cerebro sin memoria todo sucedía en el presente: la espesura, el sol desplegado sobre la primavera y ella, arrebatada de cielo en los remolinos del viento.
** Sobrevolando esa congregación de verdes que le llenaba la mirada, comprendió el término de su viaje y el arribo al hogar. Los montes le gustaban. Por la murmuración de las hojas, tal vez, por las hormigas atareándose en las ranuras de los troncos, o esa manta de trinos con que juntos los pájaros arropaban el atardecer. Por todo eso le gustaban. Si las golondrinas preferían el mojinete de los ranchos y las cigüeñas el distanciamiento de las chimeneas, ella, por el contrario, deseaba para su nido la umbría comunidad de los montes.
** Por un hueco de sombra se metió en el follaje, brincando sobre los goterones de luz filtrados hasta el suelo; observando la respiración del bosque, su fluir de vida creciendo hacia las nubes; escuchándolo todo.
** El balanceo de las lianas, los gusanos y el delicioso manjar de los insectos llamaban su atención por todas partes. Certera y astuta, picoteó una rama. Se bañó en el mullido colchón de hojas, que al pie de cada árbol esparcía su húmeda fragancia y, más tarde, hecha un capullo moteado sobre sus patitas tiesas, dormitó en plácido abandono.
** Lo vio enseguida. Antes, el violín de su garganta había quebrado la campana de su sueño. Se dejó mirar ajena a su presencia, mientras se le iba en estampida el corazón. Permitió que su voz la recorriera, escabulléndose después como si no lo escuchase. A la espera y desde lejos, lo sintió arremeter con su gorjeo límpido, mientras ella, ensimismada, simulaba todavía indiferencia.
** A él no le inmutó su pretendida ignorancia. Acicateado por aquella reticencia, a saltos cortos se le acercó. Huyó de nuevo ella, escurriéndose de prisa. Y una vez más, algo ofendido, pero resuelto y melodioso, en lentos giros la siguió.
** Un poco más. Un poco más de ese canto, de la impalpable caricia de su voz. Que se repita el llamado. Que me persiga de nuevo. Que se me acerque. Me gusta. Y escapaba otra vez, vacilando entre la incertidumbre de la huida y el deseo.
** De pronto, una nota se soltó de las otras para quedarse vibrando en el aire cual flecha sonora. El cortejo había terminado. Quieto y orondamente diminuto se paró el zorzal sobre la rama, mientras ella, abatida ya su resistencia, se le fue aproximando con el pico ansioso, como una cría desvalida que pide alimento.
** Haciéndose esperar; retardándole aún más la respiración con su demora, buscó un abejorro y, con cuidado, para no lastimarla, se lo introdujo en esa súplica de amor que le tendía.
** Antes que la luna desnudara su doncellez de plata, el zorzal alambró con su canto una parcela de monte y, al día siguiente, incuestionable señor de sus dominios, buscó el lugar adecuado donde plantar su nido. Pelusas, pajitas secas, una pizca de musgo, algo de manantial y un poco de barro, bastaron para terminar aquella construcción, tras múltiples y compartidos ajetreos.
** Fueron días de arrullo y contiendas de ternura. Y al poco tiempo: la sorpresa de ambos ante los huevos minúsculos; la discreción de ella en la tibieza con su canto solidario alrededor.
** No bien arreció el sur, la madre y los polluelos partieron hacia la riqueza frutal de las cosechas, dejándolo al cuidado del nido.
** Sin el revoloteo de los suyos, se le volvieron largos los días y más lejanas las estrellas. Las horas se quedaron baldías, ahora que su compañera se había borrado de la tarde.
** Pacientemente la esperó; hasta que el invierno, por fin en retirada, cedió el paso a la resurrección de las semillas, a la esplendente anunciación de la savia.
** No podía demorarse en llegar. Pronto el bosque le saldría al encuentro con su aroma verdecido.
** Una y otra vez creyó divisarlo en el borde de la distancia, pero al acercarse, manchones renegridos le espantaban la esperanza.
** No bien el día se coma a la luna; posiblemente antes que la noche se trague al sol, se repetía valerosa, buscando la fronda, entre que alentaba a sus pichones a volar ligero sin divisar el verde por ningún lado.
** Desfallecía de cansancio cuando la golpeó el olor de la resina chamuscada. Una extensión de tierra interminable sangraba llamaradas; los troncos como manos abiertas suplicantes. Allí estaban: su monte, su compañero, su nido: derribado, silenciado, destruido.
** La humareda se le adentró en la garganta, en la desesperación, en la impotencia. Se demoró aún sobre el aliento candente del suelo y, después, con los ojos convertidos en dos lágrimas negras, se fue perdiendo en la tiznada palidez del horizonte.



DE CÓMO UN NIÑO SALVO UN CEDRO

«Quiero saber por qué se dice que el cedro es un árbol sagrado... Ñamandu dijo «Bien, este árbol, en este árbol bueno excavad», dijo, «hemos de hacer que escuche árbol hermoso, éste es el único árbol hermoso que creamos para tenerlo con nosotros, para hacer fluir la palabra...». Textos Mby'a. Las culturas condenados. Compilación de Augusto Roa Bastos. p. 253.

** Un ajetreo de hombres en la limpiada cercana no le dejó conciliar el sueño. A la amanecida, Pablo se levantó, partiendo hacia el claro del monte, taciturno y de prisa, con la garganta obstruida por un pálpito siniestro.
** Allí estaba, uniendo la tierra y el cielo con su tronco grisáceo, el cedro. No se dejó engañar la primera vez que lo vio. Sabía que bajo ese aspecto ceniciento dormían los colores rojizos de la aurora. No recordaba bien cuándo se convirtió en el compañero inmóvil de su imaginación. ¿Sería aquel atardecer en que se refugió bajo su follaje sintiendo sobre la frente una garúa apenas perceptible, que lo fue impregnando con un aroma de sombra y de jugos montaraces? ¿O aquella noche, cuando lo sorprendió meditando en voz alta, como si de la corteza cuarteada y olorosa le fluyera la palabra? Se acercaba desde entonces a escucharlo como los pájaros, como las nubes, como las abejas que, coqueteando con su tronco, guardaban en sus huecos la untuosa miel. Le fascinó su voz grave, bajada de la reverberación de los astros.
** Arribó sigiloso y se retiró con temor. Era cierto. La sospecha se desplegó ante sus ojos: los hombres estaban allí; el campamento, a la izquierda; a la derecha, las máquinas. En el centro, el temblor de las flores.
** Algo debía hacer para salvarlo; algo, que su pequeñez le permitiera, pensaba con desesperación, observando los aprestos para la sierra.
** A la noche siguiente, no bien los obrajeros se tumbaron al resguardo de las carpas, Pablo se internó hasta el corazón del monte y lo buscó entre los árboles, desdibujados por la ausencia de la luna. Separó las lianas que ceñían el matorral; atento al quejido del mantillo, recorrió la picada y, finalmente, guiado por el aleteo de las mariposas que comen sus brotos, lo identificó. Lo rodeó con sus brazos, acarició su aspereza, le preguntó cómo estaba. No temas, parecían decirle sus manitas morenas.
** Sin más dilación comenzó el ascenso. El tronco, coronado por la copa servida, era un puente desde la tierra hasta la mismísima altura. Siguiendo los rastros del perfume, indagó el itinerario posible entre los racimos de flores; los atajos, los descansos de aquel viaje del cual no vislumbraba el final. Se topó con un fruto tempranero e insistió sobre la premura de su misión. Debían entenderlo. En cualquier momento, el amanecer rompería el huevo de la noche y sería demasiado tarde. Averiguó entre una nidada bullanguera el trayecto más corto. Recordando el vuelo ondulante de una semilla de alas grandes, siguió a tientas la ruta que una vez le vio emprender. Le pidió consejos a la última horqueta para evitar los vahídos que amagaban tirarlo abajo. Subió y subió hasta tocar el cielo. Paseó entre las constelaciones y, antes que se apagaran las estrellas, eligió la más grande, la que brillaba más.
** La tomó entre sus manos; con solicitud se la metió en el bolsillo soslayando el vértigo descendió, firme y lento. Cuando estuvo en el suelo, la observó: su luz enceguecía.
** Extendió los brazos tanto como su tamaño lo permitía y, buscando una saliente leñosa, la colgó sobre el fuste, como una señal.
** Al otro día, cuando volvieron los hombres a terminar la faena, vieron sobre el cedro solitario aquella estrella, como un beso de luz sobre la madera fraganciosa y, asustados por el misterioso designio, lo dejaron vivir.



LA CONFESIÓN DE LAS SEMILLAS

** Se encontraron después de varios años, cuando el cuerpo de sus antecesoras no era sino un recuerdo leñoso en el ciclo de las estaciones.
** De modo fortuito, y hasta si se quiere inverosímil, se enteraron de la cita concertada por sus madres. Nadie en la selva o en la ciudad, o a lo largo del río, mencionó alguna vez aquella historia, y no se hubieran enterado jamás, si no fuese por un búho que, arrastrando sus vigilias por distintos parajes, solía repetirla bajo la plácida mirada de la luna.
** Dentro de una vaina oblonga, arropadas por una pelusilla, con la impaciencia de la partida apenas sojuzgada y la curiosidad reventándoles por todas partes, ocho semillas de un samu'ú decidieron reunirse al cabo de los años, a recordar los días de encierro y las vicisitudes de la separación.
** Con la vida guarecida en los cotiledones a la espera de la germinación, se entregaron confiadas a los raptos del viento, emprendiendo un viaje que terminaría, sin duda, en la majestad de un árbol.
** Poco después, desde la intimidad de la tierra, los brotos perforaron el tegumento malva, levantándose hacia el cielo con el vigor de un niño. Fue lindo desperezarse al sol, descubriendo el mundo con las plúmulas henchidas de savia; beberse a tragos pequeños los aguaceros y sentir el zarandeo de la brisa dejando, sin embargo, las hojas tiernas en su sitio. Lindo, asombrarse ante la levedad de los nidos sobre las ramas incipientes y, una vez coronadas de verdor, escuchar en el follaje el trajinar de los pájaros. Y, más tarde, deslumbrarse ante el abultamiento de las yemas, el estallido de las corolas o las frutas en sazón.
** Conocido el motivo de la cita por las divagaciones del búho, las hijas de aquellas semillas andariegas no cejaron en el empeño de encontrarse, siguiendo el itinerario de su memoria pajarera.
** Así fue como un verano, bajo un cielo deslumbrado de estrellas, formando un círculo confidente, se reunieron en el mismísimo lugar donde se dispersaran las semillas primigenias.
** Una partida de grillos aserraba el silencio del palmeral dormido, cuando empezaron a develar sus existencias dispares.
** Trasplantadas de un almácigo municipal al paseo de una avenida, algunas vieron emerger de su embrión una sombra salpicada de flores. Otra recordaba el sonido luminoso de los niños jugando a perderse y a encontrarse detrás de su tronco barrigudo.
** No faltó quien tuviese aventuras más distantes. Arrastrada por los vientos hasta una toldería, creció junto a un río, presenciando la transformación de su tronco en una canoa, en la cual los hombres se internaban a pescar.
** La más turgente brindó el agua almacenada en su interior para alivianar la sed de todo un pueblo, durante una sequía que no llevaba trazas de terminar. ¡Qué rica está! ¡Qué rica está! escuchaba bendecir, mientras le dolían los tajos en la albura y a la gente le crecía el alivio.
** De su biografía de árbol trajo alguna el recuerdo de un pájaro carpintero que le hacía unas cosquillas locas con el pico. Y otra, muy oronda, se jactaba de la arremetida de un torbellino de picaflores.
** Empalidecían las estrellas cuando notaron que la última se había separado del grupo, reclinándose a llorar.
** El desconcierto fue completo. Al instante, la curiosidad deshilachó sus preguntas. ¿Qué pasa? ¿Qué le pasa? ¿Qué te pasa? Todas quisieron saber. Pero ella, convulsa, no podía contestar.
** Después de mucho consuelo y no menos paciencia, escucharon su confesión: Yo provengo de un árbol tan alto que los pájaros lo elegían para alcanzar las nubes. Los nidos que yo albergaba parecían hechos de luna, y los silbos encontraban abrigo entre mis ramas. Mi tronco memorizó la huella de los insectos y el dorado zumbar de las colmenas. Detrás, se refugiaban el miedo del venado y el temblor de las liebres, al presentir los pasos del cazador furtivo. Las lianas me pedían permiso para trenzar su indolencia en torno a mi ramaje. Era feliz. Un pilar de la selva me sentía, con la sola ambición de mantenerme en pie proclamando la vida.
** Pero un día, se quebró el rumoroso palpitar del monte. La umbría quietud quedó desbaratada. Los escuché llegar. Era tiempo de tala, quemazón y desbande.
** Me golpearon sus voces; el brillo del acero trizó la tersura de las cortezas; el chasquido de las cadenas nos despobló de gorjeos. Aguardé, esperanzado dentro de mi tristeza, viendo que se llevaban a otros como yo. Conjeturé mi destino. Me desvelé esperando hasta que, sin escuchar mis súplicas, cumplieron con la orden y nos prendieron fuego.


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Enlace al Índice de "DESDE EL ENCENDIDO CORAZÓN DEL MONTE" en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.

*. YO CUENTO ARBOLITOS, UNA NUEVA PROPUESTA FRENTE A LA DESTRUCCIÓN // EL ZORZAL Y LA FRONDA // DE CÓMO UN NIÑO SALVÓ UN CEDRO // LA CONFESIÓN DE LAS SEMILLAS // EL DÍA QUE SE DESPLOMARON LAS ESTRELLAS // LA GOTA DE MIEL // LA REBELIÓN DE LOS MONTES // EL CINTURÓN DE LUCIÉRNAGAS // LA NACIENTE DEL MANANTIAL.

 

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