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RENÉE FERRER

  VAGOS SIN TIERRA, 2007 - Novela de RENÉE FERRER


VAGOS SIN TIERRA, 2007 - Novela de RENÉE FERRER

 “VAGOS SIN TIERRA”

 

Novela de RENÉE FERRER

 

Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2007

 

(Segunda Edición)

 

Dirección Editorial: Vidalia Sánchez

 

Tapa: Grabado de Olga Blinder

 

Propuestas de trabajo: ESTHER GONZÁLEZ PALACIOS

 

Prólogo: JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

 

Edición digital:

 

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

 

basada en 1ª edición: RPediciones


 

 

 

 

 

PRÓLOGO
 
VAGOS SIN TIERRA:  EL VALOR DEL SUFRIMIENTO
 
 
Uno de los ejemplos más obvios de la existencia de buenas narraciones de escritores y escritoras en el Paraguay es la obra de Renée Ferrer. Como poetisa ha demostrado con suficiencia el saber plasmar en verso su inspiración y su dominio de la lírica durante muchos años, y como cuentista fue alabada por una de las grandes figuras de la literatura paraguaya: la recientemente fallecida y admirable Josefina Pla. Mi adorable compatriota de nacimiento, en el prólogo a la obra cuentística La seca y otros cuentos (1986), alabó suficientemente la capacidad de Ferrer para fijar el detalle con palabras que superan cualquier captación «normal» de la realidad y con la ambigüedad de esencia mágica. Para doña Josefina, Renée Ferrer representaba la pluma femenina local que comenzaba a mostrar cierta tendencia hacia la temática universal; universalidad -añadimos- que luego supo desplegar en la novela Los nudos del silencio (1988) y en los cuentos de Por el ojo de la cerradura (1993). Al fin y al cabo, la universalidad es la expresión de lo local cuando carece de muros que la rodean.

En realidad, nos sobran comentarios acerca de la proteica presencia de Renée Ferrer en el mundo de la literatura. Solamente un detalle es suficiente para confirmar que es una de las escritoras paraguayas más conocidas en el extranjero. En el mes de julio de 1997, apareció seleccionada como representante de su país, junto a Rubén Bareiro Saguier y Augusto Roa Bastos -las dos figuras vivas más consagradas de esta literatura-, en una de las últimas antologías del cuento hispanoamericano del siglo XX publicadas en España (1). El simple motivo de figurar en esta antología editada por una de las editoriales académicas más prestigiosas de España, ha demostrado lo que yo pensaba desde que leí sus cuentos en una antología de Guido Rodríguez Alcalá y María Elena Villagra (2). Es una escritora por la que Paraguay debe apostar. Sus poemas nos resultaban algo conocidos en Europa, aunque fuera solamente en el ámbito de los especialistas, pero sus narraciones no. Así, en la citada antología española figura uno de sus cuentos junto a los de los grandes nombres de la cuentística latinoamericana de este siglo que comienza el sueño eterno, y tenemos la seguridad de que no será la última vez que aparezca su nombre en los libros que se agolpan en las estanterías de las librerías europeas, por la calidad de su prosa.

Después de una primera gran novela, Los nudos del silencio, ahora nos llega la segunda: Vagos sin tierra. En aquella nos deleitó por la calidad y el lirismo de su prosa. Ésta nos confirma que Renée Ferrer puede también con el género de la novela, y que ha creado su propio estilo, que no es más que un lugar privilegiado entre los/las novelistas paraguayos/as.
 
LA PROSA DE RENÉE FERRER
 
El extenso currículum creador de esta autora nos impide una indagación exhaustiva de su obra completa en un espacio como es el propio de un prólogo, por lo que nos centraremos en la obra prosística, compuesta por las obras cuentísticas La seca y otros cuentos (1986), La mariposa azul y otros cuentos (1987), Por el ojo de la cerradura (1993) y Desde el encendido corazón del monte (1994) y la novela Los nudos del silencio (1.ª edición de 1988, 2.ª edición de 1992, 3.ª edición de 1994), además de la que ahora les presentamos, Vagos sin tierra, terminada en 1998 después de varias revisiones.

Ferrer figura en las antologías narrativas colectivas Panorama del cuento paraguayo (1986), edición de Elvio Rodríguez Barilari; Anthologie de la nouvelle latino-americaine (1991), edición de Rubén Bareiro Saguier y Oliver Gilberto de León; Narrativa paraguaya (1980-1990), edición de Guido Rodríguez Alcalá y M.ª Elena Villagra de 1992; Cuentos de autores de la región guaraní (1993), realizada por el diario argentino El Territorio; la preparada por la excelente escritora argentina Angélica Godorischer titulada Esas malditas mujeres (1997); la editada en Suecia de narradores latinoamericanos donde figura con Augusto Roa Bastos en representación de Paraguay; la prestigiosa El cuento hispanoamericano del siglo XX (1997), edición de Fernando Burgos en tres tomos; 32 narradores del Sur, publicada por Editorial Don Bosco y el Grupo Vellox en 1998; y La imagen de la mujer en la narrativa paraguaya, edición de Guido Rodríguez Alcalá y José Vicente Peiró, actualmente a punto de aparecer. Además de ya bastantes artículos sobre su obra, Gloria da Cunha Giabbai ha preparado un libro sobre su cuentística donde analiza suficientemente la misma, motivo por el que vamos a obviar el estudio de los cuentos de Ferrer remitiendo a este texto fundamental para entenderlos debidamente (3).

Solamente podemos afirmar en global que su obra narrativa se relaciona con su poética. Su prosa transmite el aliento lírico de sus versos. Por esta razón, la musicalidad y el ritmo son características fundamentales de la prosa de Renée Ferrer. Las frases poseen en muchas ocasiones un cómputo métrico y un ritmo que envuelve al lector hasta dejarlo placenteramente deleitado. Sus temas predilectos son el sufrimiento y la marginación de la mujer, además de los de otros seres desvalidos, y naturalmente la reivindicación de su papel autónomo en la sociedad; la arbitrariedad del poder; la preocupación ecológica; y el mundo de la infancia. Desde el encendido corazón del monte es una obra de tema ecológico, y La mariposa azul y otros cuentos, va dirigida al mundo de la infancia, mientras que el resto de sus obras narrativas están plenamente destinadas a lectores adultos por su tema y en ocasiones por su dificultad de interpretación. Los nudos del silencio era la novela de la necesidad del grito de la conciencia de la mujer. Así, el espacio de la asfixia, el tiempo como un hilo que discurre discreta pero velozmente, y el sufrimiento del desvalido, son temas recurrentes de las narraciones de Renée Ferrer. El erotismo -tan presente en su poesía-, la sequía como símbolo de la vacuidad de la existencia y de la soledad, el indígena como prototipo del hombre que sufre -en paralelo de concomitancia a la mujer-, son temas adyacentes a los anteriores, y que a veces actúan como metáfora de una realidad cruel. Pero si podemos resumir en una frase la temática de la obra de Ferrer, diríamos que son narraciones de la imposibilidad del gozo, especialmente para la mujer, temática que se emparenta en la narrativa paraguaya con la de Josefina Pla, antecesora y madre de la narrativa escrita por mujeres en el país guaraní.

Los personajes de Renée Ferrer son seres humanos medios o bajos, nunca héroes, no sometidos a proceso alguno de degradación, pero que ven cómo se frustran sus sueños, o al menos se incumplen. Cuando leemos sus narraciones recordamos la concepción de la literatura que expresó siempre Mario Vargas Llosa: «escribir como liberación de fantasmas interiores». Ferrer va un poco más allá de este lema porque su literatura concibe la narración como un mundo donde los personajes se anteponen a las situaciones. Es más importante para ella que se expresen, que se desahoguen de sus fantasmas interiores, que relatar lo que realmente ocurre. No se trata de que el autor se desahogue de un mundo que le oprime, sino de que los personajes se desfoguen de la asfixia y de la crueldad del universo donde moran. En realidad, en esa novela tan perfecta que es Los nudos del silencio y en la que ahora os presentamos, Vagos sin tierra, no discurren grandes acontecimientos que se retengan en la memoria a través de la retina del lector-receptor. Es el flujo del pensamiento lo que importa; el discurrir de la palabra sincera que describe la verdad tal como la sienten y la viven los personajes en su ambiente, flujo del pensamiento que nace del impacto de la realidad exterior en la realidad interior. Tampoco son estos personajes unos caracteres que respondan a esquematismos apriorísticos: recordemos esa mujer torturada psicológicamente de Los nudos del silencio que sólo logra escapar de su verdadera realidad por medio del pensamiento que le suscita el estímulo del espectáculo lésbico donde participa Mei-Li, para, por medio de él, concienciarse de su situación. Estos personajes anónimos, sin historia pero participantes de la intrahistoria -retornando el término unamuniano- del Paraguay son los que nos vamos a encontrar en Vagos sin tierra: personajes que vagan por la tierra sin mal, pero que dejan fluir libre su conciencia y ofrecen su dolor como si el mal proviniese de unas fuerzas telúricas inescrutables.
 

VAGOS SIN TIERRA: ¿NOVELA HISTÓRICA?

El argumento de la novela es el relato de una familia paraguaya del siglo XVIII que emigra hacia el norte del país para colonizar unas tierras dominadas por los indígenas y fronterizas con las del imperio lusitano. Esta colonización fue promovida desde el gobierno virreinal para facilitar el que se instalara junto a esta frontera el mayor número posible de habitantes con el fin de fijarla y de no permitir que el Imperio de Portugal -el futuro Brasil- siguiera expandiéndose. Hacia Concepción parte una familia corriente; Chopeo con su mujer Paulina y con el perro Yacaré. Cuando comienzan la colonización nace su hija Bernarda, ser que escapa de lo común al estar dotada de poderes de videncia y por su carácter rebelde. Así se desarrolla la historia de la familia, más como análisis de sus corazones que como argumento histórico, hasta los últimos capítulos donde Chopeo pierde los títulos de propiedad usurpados por el Dictador -se entiende que Gaspar Rodríguez de Francia- y su negativa a salir de la tierra que cree ganada después del éxodo inicial. En el desenlace, sólo queda la huida de la familia protagonista para volver a ser unos «vagos sin tierra», cumpliendo el eterno retorno a la situación inicial de la novela.

Centrándonos en la ficcionalización de la historia, la autora nos ha querido dejar constancia de la dictadura de Francia de forma distinta a la de Roa Bastos en Yo el Supremo, con la escena de la queja de Chopeo por la persecución de su vaquilla, que muere a pesar de todos los intentos. No penetra en la psicología del dictador, sino que se limita a mostrar la crueldad de sus designios y su constante preocupación por el control de la propiedad y de los ciudadanos. Así, el mensaje que se desprende de la lectura de la narración es que el poder del Estado, como representación del poder unipersonal de un mandatario dictatorial, prevalece por encima de la libertad individual. En ello ha consistido la historia paraguaya. En este mismo sentido, la nueva novela de Renée Ferrer continúa también con la temática de la opresión y de la asfixia de la sociedad machista hacia la mujer de Los nudos del silencio. Sin embargo, la óptica, la historia novelesca y el tratamiento de la misma son distintos. Estamos ante una novela histórica; es decir, enmarcada en un ámbito del pasado, del siglo XVIII. No entraremos a discutir las características del subgénero histórico, ni nos adentraremos en su hermenéutica: Vagos sin tierra es una novela histórica en cuanto se localiza en un tiempo y en un espacio de un pasado remoto que la autora no ha vivido y trata de revivir un pasado; pasado de sufrimiento que ejemplifica la familia de Chopeo (4). Es la novela de la colonización del norte paraguayo, de la región de Concepción; de ese límite creado artificiosamente para que el Imperio español dispusiera de una barrera contra la expansión de los portugueses, y que estuvo en manos de los colonizadores hasta la llegada al poder de Francia, después de la independencia del Paraguay, momento en que las tierras se «socializaron» en sus manos únicas y se despojó de ellas a quienes poseían sus títulos de propiedad. Pero la historia contada, si bien hay disgresiones generales sobre la época y los sucesos, no versa sobre grandes acontecimientos, sino sobre la vida de una familia «mediocre», la de Paulina. Su sufrimiento será el emblema representativo del de esas generaciones de paraguayos que anhelaron encontrar esa tierra sin mal vaticinada por los ancestrales guaraníes, y que vagaron errantes a la búsqueda de un mundo mejor para ellos y para su familia.

La raíz y la génesis de la localización de Vagos sin tierra y de su ubicación histórica parte de la propia tesis doctoral de Renée Ferrer. Recordemos que nuestra autora se doctoró en Historia por la Universidad Nacional de Asunción con la tesis titulada Desarrollo socio-económico del núcleo poblacional concepcionero, que fue publicada en 1985 con el título de Un siglo de expansión colonizadora. Los orígenes de Concepción. Aunque Renée Ferrer gestó el argumento de Vagos sin tierra a la vez que el de Los nudos del silencio, cabe señalar como punto de partida de la novela los asuntos que la autora conoció y estudió para la confección de este trabajo doctoral, sobre todo para ilustrar el ambiente y la localización histórica. El hecho de decidirse primero por desarrollar el argumento de Los nudos del silencio fue motivado por el contexto político del Paraguay de finales de los ochenta. La autora pretendía, así, cauterizar la situación de la mujer paraguaya sometida y, al mismo tiempo, denunciar la dictadura de Stroessner y su sistema de sometimiento de las voluntades de los seres comunes, porque la situación sociopolítica paraguaya era más susceptible de una novela que la combatiera que de otra de carácter histórico. El dato que más interesa subrayar es que el tema de los orígenes de Concepción proporcionó a la autora una inmensa cantidad de datos interesantes para su ficcionalización, como nos ha ratificado la autora.

En Vagos sin tierra nos situamos delante del pasado histórico de la colonización hacia el norte paraguayo; colonización que destacaba por la multiplicación de los peligros y del trabajo duro. La erudición que la autora posee del tema se plasma en las explicaciones históricas que introduce en la novela. Estas digresiones históricas son una parte mínima del relato y Ferrer las utiliza como marco simplemente. A partir de este encuadre se forja una historia cargada de un ambiente tan siniestro como el de Los nudos del silencio: historia de hombres desamparados que son víctimas de las circunstancias y del abuso de poder.

A Renée Ferrer le interesa la Historia, la disciplina del conocimiento del pasado. La esboza para trazar su historia en minúsculas posteriormente. Así, pues, no hay un desprecio por la Historia, sino un gran respeto. Sin embargo, esta Historia con mayúsculas no es el centro de la acción, sino lo que le sucede a una familia de seres desheredados por la fortuna durante la colonización de la región de Concepción. La protagonista no será la Historia arqueológica sino la microhistoria de esta familia: de unos seres que no han pasado con letras grandes ni de oro a los anales, sino que con su sudor y con su sacrificio acumulado al de otros semejantes fundaron la intrahistoria del Paraguay. En realidad, la Historia está formada por la acumulación de las pequeñas historias de las personas. Ella negó la voz a la intrahistoria de los seres anónimos, por lo que la literatura se encargó de rescatarla. Lo que la autora nos narra ocurrió con toda seguridad, no como hecho histórico; Paulina, Chopeo y la pequeña Bernarda son un referente histórico para tantos paraguayos que discreta y anónimamente construyeron y forjaron la verdadera historia de un país cuya Historia real ha sido tantas veces tergiversada por los intereses políticos y económicos.

Ferrer, con su alma femenina perspicaz, se centra en el discurso interior y monologal de sus personajes, hasta el punto de llegar a convertir en voces de la novela al perro Yacaré en voz de la novela, que reflexiona como cualquier ser humano, y al ratón que se come el melón que Chopeo se niega a soltar, lo que representa una superación prosopopeica de la fábula, en el sentido de la existencia de una suerte de confraternidad entre hombres, mujeres y animales, criaturas terrenales todas, cuando se siente el abandono, las miserables condiciones de subsistencia, las cuales, en cierta forma, nos hermanan a todos los seres vivos.

El capítulo octavo es ejemplar en este sentido, por la melancolía que se despliega ante la enfermedad de la pequeña Bernardita. El perro Yacaré es capaz de meditar sobre lo que observa; sobre la mezquindad de los héroes anónimos, creyentes en un futuro mejor que nunca llegará porque los imponderables naturales y humanos se suceden en progresión.

Pero no serán únicamente los animales quienes participen de la comunión por el sufrimiento. La intervención del cosmos, con los monólogos de la luna, o la mención del viento del este, son una manera de demostrar la idea de la autora de que no estamos aislados en el universo y que la tierra no es ni puede ser el único mundo habitado. La luna es un testigo de la humanidad, es un símbolo de la permanencia del universo, frente a los embates de la vida diaria. Este testigo es quien preside el comienzo de la novela y conforma su estructura: el comienzo con la presencia dominante de la luna y el final con el colofón del amanecer con el sol «lamiéndoles la nuca», determina el carácter circular del relato, lo que evidentemente nos sugiere una relación con el mito del eterno retorno y del tiempo de estructura circular propio de las civilizaciones ancestrales. Revisemos el comienzo de la novela: «La luna se ha levantado con su camisón de plata». Revisemos las últimas líneas: «con su saber de invierno desde el despertar del sol». Ello indica un movimiento circular, cerrado en sí mismo, como el mito del eterno retorno, que también se da en la acción porque Paulina y Chopeo parten de un lugar con las manos vacías buscando la utopía de un lugar idílico que les permita vivir con su trabajo hasta el fin de su existencia, pero acaban volviendo al mismo lugar del que partieron y en el mismo estado de pobreza y desposesión del que iniciaron el camino narrado.

Hay, no obstante, quien escapa del círculo cerrado que le rodea; del tiempo circular. Es Bernardita, la hija, quien junto a Caminigo, escapa a la reiteración ineludible de ese tiempo-cárcel que se contrae y expande una y mil veces para acabar siempre situado en el punto de partida. Bernardita escapa hacia la eternidad, hacia el cosmos, para evadirse de su tiempo -tiempo de sufrimiento- y de su espacio real -espacio-cárcel recordando la definición de Teresa Méndez-Faith- porque anhela una felicidad que evidentemente puede encontrar en otro lugar que no sea el que tanto constriñe en ese instante, lo que no es más que una reedición actualizada al siglo XVIII del mito de la tierra sin mal de los guaraníes.

A partir de la Historia se conjetura la crítica social en la novela. Los impuestos, diezmos y encomiendas son una carga insoportable para el progreso de la nueva sociedad de colonos, representada por la familia protagonista. Los eclesiásticos, encomenderos y autoridades coloniales se nutrirán de unos beneficios ganados gratuitamente por imperativos legales. Resulta relevante la secuencia del capítulo once cuando Bernardita sostiene con firmeza que le ha salido un grano por la mañana que le ha desaparecido posteriormente. Ella posee un poder de premonición de las desgracias que sucederán en el futuro -se cumplen siempre sus vaticinios funestos, ya en forma de plaga de langostas, ya como muertes por plaga-, lo que nos recuerda literariamente al realismo mágico y a Gabriel García Márquez, en concreto. En este sentido, hay un detalle que muestra la influencia de Cien años de soledad en la obra: el paralelismo entre el niño con rabo de cerdo de la obra de García Márquez y la alusión de Renée Ferrer al nacimiento de un niño con rabo de gato montés que finalmente no se produce. Sin embargo, el universo de Rincón de Luna que construye Ferrer no tiene que ver con esos lugares míticos como son el Macondo del maestro colombiano, el Comala de Rulfo, el Santa María de Onetti o el Manorá de Roa Bastos, porque es un espacio más real, más concordante con la historia del Paraguay. Sin embargo, es un espacio que podría ser simbólico, o al menos representativo de un lugar de superstición y de creencias imposibles, de la ilusión que se frustrará finalmente y se desvanecerá hasta desaparecer con el hombre que la había soñado.

Continuando en este sentido, ante la posibilidad de que las gentes crean más en el poder de Bernarda que en el de los preceptos de la Iglesia, para no perder su poder sobre las almas, el sacerdote la amenaza con condenarla incluso a la hoguera inquisitorial. Bernarda llega a pronunciar que «el Pa'i ya no ve la muerte, el Pa'i ya no va a espantarla con rezos». Esta destrucción de la cultura dominante es imposible en una sociedad tan cerrada dominada por la autoridad colonial, en la que se sostenía firmemente la Iglesia, de la misma forma que posteriormente, la sociedad civil atentará contra lo ganado por Chopeo con su esfuerzo al usurparle las tierras en nombre del estado.

Así, pues, la Historia parte hacia la crítica social. Pero también existe la crítica del universo familiar, reproducción fotográfica del orbe establecido. En el examen de este universo es donde mejor profundiza Renée Ferrer en Vagos sin tierra. Es la historia del hombre tullido por las inclemencias sociales: pero no cualquier hombre, sino todos aquellos que juntos han conformado la historia paraguaya, ejemplo de una historia de sufrimiento al límite como es la historia de la humanidad, llena de injusticias frente a las que cabe reivindicar la necesidad de igualdad entre los seres humanos. Simplemente, como colofón para entender las intenciones de la autora, valgan estas palabras suyas de anhelos igualitaristas que nos ha ofrecido en entrevista personal a propósito de la obra:

Puse en un plan de igualdad a todos los seres humanos. Tanto los indios mbayaes, con su cosmovisión, como los mestizos con sus creencias, muchas de ellas originadas en la mitología guaraní. Al mezclar las distintas etnias y castas, blancos (criollos españoles y americanos), mestizos, indios, pardos libres, esclavos, dejé constancia de mi creencia en la igualdad básica de los seres humanos, a pesar de las diferencias sociales, económicas y culturales.

 

LA CRÍTICA DE LA VIOLENCIA. LA MUJER COMO VÍCTIMA DE LA FAMILIAR Y EL HOMBRE COMO VÍCTIMA DE LA SOCIAL

El sufrimiento es la característica que se presenta como denominador común de los personajes de Vagos sin tierra. Paulina ofrece numerosas concomitancias con Malena, la protagonista de Los nudos del silencio, lo que demuestra que Renée Ferrer prosigue con su temática de denuncia de la opresión que padece la mujer a causa de una sociedad patriarcal y machista que espera que tolere todo sin emitir sonido. Estamos frente a la mujer casada, postergada por su marido incluso para tomar decisiones que afectan al futuro de ambos y de la familia. Su voz es la de toda mujer oprimida, que sufre la violación del marido incluso, previamente a una larga ausencia que va a venir. Paulina es una mujer que resiste con pasividad porque en la sumisión aparente radica su fuerza. No claudica ante los requerimientos del Comandante, porque se siente poseída del orgullo de la gente humilde frente a la arbitrariedad de la autoridad. Ella se mantiene firme, a pesar de todas las circunstancias adversas, y acaba siendo más fuerte que el hombre, porque es capaz de resistir mejor la adversidad. Sin embargo, el sufrimiento no es valor privativo de la mujer, porque el hombre acaba siendo la víctima de su propio embrutecimiento y de su machismo al existir siempre otro hombre más poderoso por encima en la escala social.

El hombre, representado por Chopeo, a pesar de la brutalidad de su educación y de su dominio exclusivo de las decisiones y de los deseos familiares, es víctima de la violencia del poder legalmente instituido, aunque legalidad y ética no tengan que ser compatibles por necesidad. La pasión por su tierra legal y lealmente conseguida padece en primer lugar por los impuestos y la fortaleza de las instituciones coloniales. Sin embargo, con la independencia, la situación personal empeorará, porque Chopeo pasará de pagar impuestos exagerados a perder la propiedad por orden y necesidad estatal, aunque el estado sea de una persona; persona que aprendió perfectamente el lema absolutista de «El estado soy yo», propio de su galicismo mental de adoración hacia el despotismo ilustrado.

El sufrimiento de Bernarda, la hija primogénita del matrimonio, no es menor. Ella padece la persecución de los dominadores de almas, como hemos señalado. Su vida acaba junto a los indios que en uno de sus malones la violan junto a su madre, en ausencia de Chopeo. Es una escena brutal, posiblemente la más brutal de la novela, donde la mujer sufre en sus propias carnes del machismo existente incluso entre los indígenas. El expresionismo llega al tremendismo poco a poco, porque a Renée Ferrer le interesa subrayar el sufrimiento, y para ello recurre al detalle de la descripción de los acontecimientos que provocan ese sufrimiento. Pero este sufrimiento es una espoleta que hará estallar los deseos de liberación en Bernarda y le provocará que huya en búsqueda de un nuevo paraíso más real que la tierra prometida por su padre. La rebelión se da en la obra a través de Bernardita y Caminigo, que finalmente se fugan encontrando una comunión dentro de ese desapego que sufren ambos, cada cual según su propia historia.

Junto a personajes más o menos sin definición aunque con presencia en la novela, como el sacerdote o los indígenas, aparece Teodoro, fiel servidor de Chopeo. Descrito por la autora como «pensativo, a trechos melancólico, a veces iracundo, pero nunca jovial» (capítulo veinticinco), es el temor personificado. Su carácter subraya los ambientes, perfila las situaciones que se producirán, y además determina con su aparición el comienzo de una segunda parte de la novela. Junto a él, la joven Melchora, que «apenas se había caído de la infancia» (capítulo cuarenta y seis), buscada para el matrimonio finalmente por Toribio, otro de los jóvenes que aparece representando a las nuevas generaciones en la segunda parte de la novela, más cargada de número de personajes que la primera.

 

 

ESTILÍSTICA DE VAGOS SIN TIERRA

 

Como Los nudos del silencio, Vagos sin tierra es una novela donde predomina el discurso lírico. Dos detalles estilísticos acentúan ese lirismo: la frecuencia de adjetivos como epítetos, y la musicalidad de buena parte de las frases. Predominan los adjetivos sensoriales, que adquirirán distintos matices dependiendo de la situación donde se presenten, aunque son frecuentes los de estado, para ofrecer los sentimientos de los personajes. La musicalidad es permanente en el discurso y no tenemos espacio para ofrecer un inventario exhaustivo de frases ilustrativas. Valgan como ejemplos los primeros párrafos de la obra o frases que podrían considerarse versos como «me sonrío al son del río que trajo los bichos fríos mientras celan los celadores recelando en la celada» (capítulo cincuenta y cinco).

El saxo que «arrancaba de sus entrañas metálicas las quejas largas de una melodía» y que «con dolorosa persistencia las iba sacando» de Los nudos del silencio, expresión del sufrimiento de Malena y de Mei Li, se ha convertido en Vagos sin tierra en un conjunto de onomatopeyas cuya fuerza expresiva altera la narratividad del discurso positivamente por las sensaciones que producen. Esas onomatopeyas, muchas de ellas reproducción del lenguaje del hombre humilde paraguayo, son variadas, de distinto origen y reproducidas con sonidos de todo tipo. Intensifican la situación y además aportan una sonoridad al discurso que completa la que ya aporta la musicalidad y el ritmo lírico de las frases. Por otra parte, la voz del perro Yacaré es la del testigo que más padece por las difíciles situaciones que contempla entre sus amos; voz que también aporta la expresión de ese sufrimiento interno que solamente puede destaparse disimulado tras notas musicales o lenguajes de animales incomprensibles para el lenguaje dominante de semántica autoritaria inherente al hombre para ejercer su dominio.

También existe un predominio del aforismo como resultado de la búsqueda de la frase perfecta, trabajada, pulida de significados secundarios y dotada de literariedad. Frases como «nadie duda que la subsistencia es un combate entre el anverso y el reverso de las cosas» (capítulo trece) o «el éxodo es una fiera que gime y gime: una ola que se desarma y se rehace con la persistencia de un estigma» (capítulo diez y seis), son dos simples ejemplos de cómo Renée Ferrer se pregunta por las circunstancias internas y externas tal como las siente el ser humano. Y como escritora dotada de una extraordinaria sensibilidad, pule la frase para sentir mejor lo que dice; para recrearse con la palabra en la reflexión que sugerirá al lector. El aforismo es una pregunta ambigua a la que el lector no encontrará respuesta fácil; porque las preguntas sobre el destino incierto no tienen solución inmediata.

El lenguaje de la obra presenta distintos registros, como el discurso narrativo. La autora ha pretendido en todo momento reflejar el respeto y el amor que posee hacia su tierra con la reproducción fiel del habla del paraguayo medio; del español paraguayo, así como del guaraní empleado por las capas populares de la población del país. Además de esta razón, el empleo del español paraguayo y de los vocablos del guaraní que aparecen con una fuerza propia de la expresión onomatopéyica del hablante en esta lengua indígena, otorga al relato su verosimilitud más consumada, teniendo en cuenta que los campesinos de esta época -y aún hoy- hablaban preferentemente en guaraní. Al registro de índole popular del habla común paraguaya, hay que añadir los ingredientes de la frase poética, de la narración culta, literaria, y, en algunos pasajes, el de los documentos y escritos oficiales del siglo XVIII. Con ello se consigue un cóctel de viva palabra latente que refleja bien las distintas formas de habla de la época en que se ambienta el relato, tamizadas por el siempre sobresaliente estilo literario. A la frase popular, o el empleo de términos en guaraní, se suma la frase culta, sosegada y lírica, pero también la dotada de la fuerza verbal necesaria para empujar la acción hacia su desenlace. Junto a estos registros, metáforas y símiles como «el tiempo es un buril que cincela los días, como si fuera un gigantesco corazón que gira» (capítulo diez y seis) hacen que la narración permita la fruición necesaria para el lector.

Por encima de la polivalencia de registros y de la oralidad del relato, predomina el estilo poético de Renée Ferrer, del que siempre ha hecho gala, incluso en sus cuentos infantiles de La mariposa azul. Ese estilo es el que mejor le permite expresar el padecimiento de hombres, mujeres y víctimas de la violencia y de las luchas por el poder en los ámbitos de la célula familiar y del conjunto social.

En conclusión, y como colofón a este breve estudio, Renée Ferrer se confirma con Vagos sin tierra como una de las mejores voces de la novela paraguaya actual, y no sólo como cuentista. Si Paraguay presenta una tradición narrativa incipiente y en progresión desde principios de este siglo, como atestiguan sus mejores investigadores Raúl Amaral, Josefina Pla y Hugo Rodríguez Alcalá, entre otros a los que se pueden añadir algunos más jóvenes, no es menos cierto que también ofrece un elenco bastante sistemático de narradoras femeninas. Entre ellas Renée Ferrer se encuentra alcanzando su propio estilo novelístico, lleno de vigor. Su novela Vagos sin tierra, ejemplo de novela histórica en plena vigencia, demuestra hasta qué punto la novelística paraguaya está alcanzando su actualización y su universalidad partiendo de temas peculiares del país. Renée Ferrer, con toda seguridad, continuará dándonos obras de alto contenido literario y de gran calidad como Vagos sin tierra, y seguirá en los altos pedestales de la literatura paraguaya. ¡Que disfrute el lector con su prosa!

José Vicente Peiró Barco

 
- 1 -

Guau, guauu, guau. La luna se ha levantado con su camisón de plata, mientras se atropellan los hombres en desbandada. Guau, guau. Otra vez los milicianos andan despellejando perros. Seguramente algún cachorro desatinado interpuso las ancas famélicas entre el apresuramiento de los urbanos y la resignación de la gente que partirá, al despuntar la amanecida, con destino a la frontera a poblar los campos de nadie; allá donde la tierra se resbala del horizonte sin saber a quien pertenece, y dicen que emite gritos extraños.
 
El Gobernador había dispuesto que los Oficiales y la tropa remontasen el río hasta encontrar un lugar aparente que, cubriendo las poblaciones norteñas, pudiera servir de antemural contra las usurpaciones portuguesas; en tanto los futuros pobladores enfilaran por el Camino Real con su largo o escaso familiaje, más los animales requisados a los vecinos pudientes. Gente forzada, maliciaban algunos. Voluntarios, aseveraba la superioridad. De cualquier manera se les vería partir de aquí a poco agobiados por el peso de sus bártulos y empobrecidos por la tristeza de las despedidas.
 
En la Provincia del Paraguay, todos sabían que ir al Norte era meterse en la boca misma de la muerte, con las penurias apretadas entre los dientes a lo largo de esos parajes desalentados por el abandono. A Chopeo, sin embargo, el enganche se le antojó el regalo que nunca le habían dado, y ya no se esperaba.
 
Guau. Guau. El acoso, como un tigre al acecho, ojea, aguarda, se precipita. Hay una alternativa de ruidos y silencio al amparo de la oscuridad. Un hombre, a quien se le soltó la respiración, está tratando de ganar el monte; choca con los troncos que interrumpen su fuga, con el riesgo de caer en la celada, con el miedo que le envara los músculos. El negro noche del cielo, en el entretanto, se vuelve una lejía azul donde navegan los guiños indecisos de las estrellas.
 
La noticia de la leva había llegado varios meses atrás, precedida por el encono de los cabildantes y la diligencia de un gobernador visionario. Bajo la resolana que achicharraba los naranjos en el cuadro de la plaza, se oyó la sorpresa del gentío contrastando con el pregón del bando. Las cabezas meneando una aceptación aparente. La remolona dispersión del vecindario desconcertado ante los preparativos imprevistos.
 
Ahora, sólo se escuchan el sigilo, los aúllos lastimeros y, otra vez, el silencio. La dotación rebusca por las capueras; husmea en los ranchos, sacudiendo el descanso de unos y el insomnio de otros; extiende una nube de zozobra a lo anchoclaro del descampado.
 
Súbitamente, una musitación extraña baja desde lo alto como una garúa pertinaz, como una conseja de anciana sabedora, proveniente del reverso impenetrable de la luna. Los hombres callan. Las mujeres rezan.
 
Guau. Guau. ¿Por qué tendrá la milicia que destartalar a los perros con la culata irritada de sus fusiles? Como si ellos tuvieran la culpa de la deserción. Guau. Un estampido se prolonga sobre el sereno que argenta los pastos cuando casi es madrugada. Paulina, inquieta hasta hace un rato, duerme al lado de su marido dándole la espalda. Está lejos, perdida dentro del sueño, ajena al resuello de su hombre y a la angustia que trajina afuera. Su respiración remata, de tanto en tanto, en un suspiro que sumerge la estancia en una complacencia ficticia y transitoria. Lejos, un fogonazo estalla y se diluye en las sombras. Cerca, el ala de cuervo de su pelo ondula sobre las lomas del pecho.
 
A Chopeo el vientre de su mujer le recuerda una sandía madura, que él se complace en golpear levemente, soltando el índice desde el pulgar para comprobar si está a punto. Ese presagio de rajadura le encabrita la sangre, donde empuja con más vigor que nunca la decisión de llevarla. La quiere. La quiso desde que la vio, inmóvil como un poste vestido de azul, y no era sino un par de ojos enormes contemplándolo con curiosidad frente a la iglesia. Cómo se reía entonces desde su distanciamiento precario, cuando él calzaba la bola en el balero, presumiendo de una habilidad infalible. Ahora se deleita con ese plin plin de la uña contra la piel tirante; sobre todo cuando ella se escurre fastidiada de su juego y de tanta espera. Insiste, sin embargo con placer en el redoble, seguro de que lleva adentro algo suyo que a nadie más pertenece, y que nadie le podrá arrebatar.
 
Distante, la luna parece el ojo de un oráculo escrutando el sentimiento de los hombres. Los tropezones del fugitivo, el forcejeo, el aullido de los perros, son tarea cumplida, noche vacía. Pero ella, tan inmersa en su aislamiento, tan ajena a su suerte, continúa perdida por las picadas del sueño.
 
El destino es el Norte, repetían los varones ansiosos de intentar nuevos destinos. Como si conservaran en los pies el resabio del vagabundeo de sus ancestros; aquellas ansias de perderse y encontrarse aligerados del ayer y enriquecidos por inciertas contingencias. El norte es el destino, se oía murmurar a las mujeres con azoramiento. Es hermoso confiar en la ignorancia de la propia estrella, aunque ya esté guardada en la bitácora de algún dios improbable. Paulina no sospechaba que la habían enrolado para ir a poblar; allá donde los campos se caen de las pupilas de tan largos.
 
El entusiasmo zapateaba por doquier. Pero ella escuchaba la euforia que el reclutamiento había encendido en Chopeo sin concederle ni un poquito de atención, porque conocía la facilidad con que se alucinaba frente a las empresas más dispares, que al inicio se mostraban una maravilla imposible, y con el correr de los meses se iban quedando en el puro esqueleto de la ilusión.
 
-Hay tierra para todos, Paulina, y para mí también, para nosotros, para nuestro hijo.
 
Extensiones realengas que buscan dueño. Algún día me llamarán Don, Paulina, y dejaremos de ser unos vagos sin tierra, malentretenidos desparramados por terrenos ajenos.
 
Ella lo miraba con la conformidad de los incrédulos, sin replicar. ¿Acaso no sabían que a los pobres se les llamaba la carcoma de la Provincia, y que se los usaba donde hiciera falta?
 
-Nos prometen la tierra, Paulina, ¿te das cuenta? Tierra para chácara y para puesto de estancia, y hasta un solar para vivienda-habitación en la villa. Ya no vamos a ser la sobra de nadie. Las argumentaciones de Chopeo se inflamaban como incendios espontáneos, sobrepasando el son del mazo y el aletear de las gallinas sobre los granos esparcidos.
 
La oposición de la mujer enrojecía. Zorro y previsor, él decidió no alertarla hasta que la marcha fuera inminente, porfiando que ella haría al final lo que él quisiera, porque él era su hombre, y para eso fue el trato. Ya se va ir anoticiando cuando casi estemos saliendo, cumplida la convocatoria de rigor y la última lectura del bando en el atrio. Entre tanto el pueblo fabulaba: que los destinados a la frontera desaparecen montados sobre jaguares voladores en las noches de luna llena; que se los roban los indios del Chaco para servirse de ellos como esclavos; que las víboras se tragan entero al semejante cuando hay amenazo. Y las cabelleras de los sacrificados quedan ondeando frente a las tiendas de los idólatras. Paulina le repetía estos casos con temor de que la boca se le diera vuelta.
 
-Agüerías de vieja que no vale tener en cuenta -mascullaba él, más resuelto que nunca a beneficiarse con el repartimiento.
 
-Chopeo, haceme caso. Tenés que llevar en cuenta lo que se murmura.
 
-¿Cómo podés creer tales patrañas? Yo quiero algo mío, y no va ser la tembladera de mi mujer el candado de esa esperanza. Cuando me den mi lote, y me afinque en mi propiedad, ya no voy a ser un arriero de mala muerte, un arrendatario miserable de los pueblos de indios o un conchabado de los poderosos. Voy a cercar la parcela que me toque como hacen los principales, y plantaré muchos liños de mandioca y de maíz para que nuestra olla nunca esté vacía. No hay que creer lo que se inventa, Paulina.
 
Ella rezongaba, discutía, sollozaba, por último, enmudecía. Él, taimado, guardó el secreto hasta el fin, evitando de esa forma el llanterío prematuro de la separación, la alharaca de la mudanza, los plagueos de la parentela. Pero hay un punto en que las decisiones sólo pueden cuajar o dejan de ser. Este día, no bien se despertara, tenía que contarle que se apuntaron para ocupar las leguas dejadas por los mbayaes después de las últimas expediciones punitivas de los criollos. Esa tierra ávida de cerco y sementera, disputada palmo a palmo al infiel.
 
 
- 2 -
Bernarda tenía unos ojos inmensos que hurgaban en el mismísimo fondo de cualquiera que lograra atajárselos; una manera desconcertante de dejar el cuerpo como al desgaire, mientras se perdía en los laberintos de la imaginación, abismándose en ese conocimiento inquietante, que todos ignoraban dónde comenzaba y hasta cuándo podía durar. Porque Bernarda percibía las cosas mucho antes que sucedieran; antes que fuesen siquiera un designio en las agujas del tiempo. Seria, sin cobardía, con una precisión infalible, anunciaba el futuro, no obstante el azoramiento o la repulsa de los demás. Así sucedió con las langostas que se comieron chirichirí chirichirí las matas del mandiocal hasta semidesenterrar los tubérculos; así con la epidemia de viruela, que empezó con una señal extraña y terminó con la mitad del vecindario; así con el hijo de Celsa, que vino al mundo con la cabeza desproporcionada y una sonrisa boba prendida a los ojos de la madre.
 
La noche en que nació, el viaje llevaba apenas unos días de estrenado. A poblar era la consigna. A poblar los territorios vírgenes y despoblar los maltrechos. Entre jubilosa y taciturna principió la partida, con el caserío indolente rematando las miradas al filo del amanecer, y el Real por delante. El aire, resquebrajado por el rechinar de las carretas, se llenó de expectativa como si estuviera por parir. Un loro de ojos fijos escupía una sentencia indescifrable prendido a un aro que oscilaba como un péndulo. Algunos niños reían sin entender nada, otros lloraban soñolientos. No faltaron las voces plañideras y la bendición del Cura. Los picadores azuzando la pachorra de los bueyes, movieron finalmente la caravana. Adiós, adiós. A Dios, ¿le importarían los hombres que buscan tierra? Paulina, presa del resentimiento, se dejaba zarandear de un lado a otro, sin hacer el menor esfuerzo por mantenerse derecha sobre la tabla que le servía de asiento. Si alguna vez tuvo el adorno de la fe, ahora sólo le quedaba el despojo de la desesperanza.
 
Una vez atrás las últimas compañías desvencijadas por la miseria, se irguió el monte como una catedral de sombra. El carretaje, vacilando al borde de los zanjones abiertos por los raudales, se adentró lentamente en el sendero de la costumbre.
 
Al punto comienza el destronque, tum, tum, tum, arremetiendo contra el corazón de la selva.
 
-Hay que tirar una picada ancha lo suficiente como para que pasen los bueyes -ordena el Sargento Mayor, caracoleando sobre su alazán requemado. Desvirgar la espesura es tarea formal incluso para los hombres más forzudos. Se trabaja con morosidad: el machete contra la maraña y ningún comentario. Ojó, ojó, ojó, se golpea el lomo de las bestias evitando que las gane el sopor del anochecer. El yugo se tensa hasta arrancar las ruedas del lodazal, enderezando los ejes inclinados por el peso de la chicuelada, del mujerío y de los bártulos.
 
-Kachá kachá -los hombres picanean las mulas que siguen el tranco cansino de la expedición. Yacaré ladra al lado de Chopeo, se adelanta, olisquea, resiste el temporal, que se instala definitivamente en la noche. El avance es laborioso; el parto inminente.
 
Los gemidos de Paulina mueren contra el toldo de cuero, alertando al grupito que dormita sobre el plan del carro. Tan pronto como se percata de los dolores de su mujer, Chopeo corre en busca de Cayetana, que se acerca como si la lluvia no pudiese tocarla, consciente de que no sirve dejar sola a una parturienta en ese trance.
 
Mientras las horas se demoran nada se puede hacer salvo esperar.
 
La voluntad empuja la multitud hasta el claro del bosque, donde finalmente se levanta el campamento: la animalada, contra el perfil de los árboles; en el centro, un fuego que se empecina en pervivir; en cada pecho, la incertidumbre.
 
Cuando el cielo dejó escurrir las últimas gotas, un alarido anunció el término del dolor. El follaje se emblanqueció de repente y un destello certero como un puñal penetró hasta donde jadeaba aún la madre primeriza, cortando el cordón umbilical antes que la comadrona atinara a liberar una vida de la otra.
 
-Kuñá -grazna la mujer, espantada ante el suceso, en tanto Paulina se deja resbalar hacia el entresueño.
 
-Kuñá, kuñá -repite el loro con un dejo de malagüero en su voz de lata. Con la mirada desalentada puesta en el sexo rosadito de la niña Chopeo patea al perro, que empieza a aullar largo como si buscara dueño. En la frente de la recién nacida se colorea en ese instante una mancha, que se ramifica igual que un manojo de lagartijas, ensombreciéndole el ceño. El miedo abre una brecha en el ánimo de los presentes. Una misteriosa admonición invade la intemperie:
 
-Un galope siniestro avanza desde el horizonte. Desde el confín tramonta la desgracia. La desgracia arrebata la simiente. La simiente vegeta en el territorio de la desgracia. Han nacido los ojos de la noche. La lechuza abre los ojos. La lechuza pernocta en el lecho de la noche.
 
Nunca se supo si aquel anuncio surgió de la frondosidad o bajó del firmamento, y mucho menos si fue una malavisión, que llegó rebotando desde los círculos del infierno. Pero congeló el ánimo de Cayetana, que limpiaba los vestigios del parto, azorando la paternidad de Chopeo y los intentos de Paulina por acallar a la criatura.
 
Tres veces se repitió la letanía, hasta que la luna se cubrió la cara con un velo de nubes, como avergonzada del vaticinio.
 
-Te vas a llamar Bernardita -decidió la madre, con los labios pegados a la mejilla de su hija, que le buscaba ansiosamente el pezón.
 
 
 
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