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RENÉE FERRER


  DE LA ETERNIDAD Y OTROS DELIRIOS, 1997 - Poemario de RENÉE FERRER


DE LA ETERNIDAD Y OTROS DELIRIOS, 1997 - Poemario de RENÉE FERRER

DE LA ETERNIDAD Y OTROS DELIRIOS, 1997

Poemario de RENÉE FERRER

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Intercontinental Editora, 1997.

 

 

Enlace al ÍNDICE del poemario DE LA ETERNIDAD Y OTROS DELIRIOS en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

Fragua / Reencuentro con mi padre / Aceptación / El velo / Bruma / Burla / Piedra de luz / Fiebre / La bata / Miedo / Región ignorada / Plazo / Búsqueda / El retrato / Caleidoscopio / El cajón / Pavor / Extrañamiento / Limpieza / Almuerzo / Clausura / Hospedaje / Contacto / Golpeas a mi puerta / Espejismo / Te hallé convertido en pájaro / Las variaciones del cómo / Situación / Carta para náufragos / Campo de batalla / Demasiado tarde / El arcón.

 

 

 

 

 

FRAGUA

 
 

Ignorante y sencillo despertó mi corazón

   
 

en la fragua donde se forjan los destinos

   
 

cuando el tiempo era noche.

   
 

 

   
 

Arriando la pregunta primigenia me soñó el

   
 

       Hacedor,

   
 

y en innumerables estaciones

   
 

me desveló la añoranza de un lugar que

   
 

       desconozco.

   
 

 

   
 

Augurada de soledad

   
 

y prendida a las hilachas de la esperanza,

   
 

me dilapidó la aurora

   
 

desde el instante que inicié la travesía

   
 

hacia la desmemoria.

   
 

 

   
 

En el vórtice del universo florece la sabiduría;

   
 

en su centro de incandescente bruma

   
 

se congregan las tangentes de mi alma.

   
 

 

   
 

Me empapé de un olvido capaz de descifrarme

   
 

y con la estrella fugaz que se obstinó en mis

   
 

       manos

   
 

amojoné mi itinerario.

   
 

 

   
 

Hurgué en el alfabeto de los astros

   
 

y en las pestañas del conocimiento;

   
 

encendí fogatas con mis recuerdos;

   
 

una amnesia piadosa progresó en mi corazón;

   
 

la luz fue dejando en mi sangre sus huellas

   
 

       dactilares,

   
 

y su filo aniquiló las cadenas del canto.

   
 

 

   
 

No me dejarán afuera de la celebración

   
 

ni en mi pecho anidará el estigma del exilio.

   
 

 

   
 

 

   

 

REENCUENTRO CON MI PADRE

 
 

La música se abre como una flor sin orillas;

   
 

desde su cáliz extiende una túnica hacia planicies

   
 

       insondables;

   
 

hacia el rostro sin nombre que acecha el desvelo de

   
 

       las constelaciones.

   
 

La escucho y veo tu voz;

   
 

tu voz creciendo en la pupila aguagris de una

   
 

       galaxia

   
 

se reinventa en la distancia ingrávida.

   
 

 

   
 

Palpo la conversación de los astros

   
 

y el viento que templa los abismos

   
 

y la vibración del verbo desde el bulbo inicial,

   
 

y tu voz

   
 

¿recuerdas?

   
 

pequeños trozos de tu voz acertando las mejillas de

   
 

       la noche desde mi asombro.

   
 

 

   
 

Una ráfaga fría enmienda el territorio donde

   
 

       acampa la tibieza de una carne que ya no

   
 

       tiembla.

   
 

Estás y no estás.

   
 

(La fugacidad de la máscara atestigua la

   
 

       permanencia).

   
 

 

   
 

No puedo verte,

   
 

sólo tocar la incertidumbre que a veces te hacía

   
 

       declinar la cabeza bajo el círculo de la

   
 

       lámpara.

   
 

Qué lejanísimas comarcas pastorean tus gestos,

   
 

tus palabras, qué lejanísimas.

   
 

Un murmullo sinfónico amamanta el espacio,

   
 

un murmullo que surge de las entrañas estelares.

   
 

Las virutas de tu banco carpintero ciñen el cosmos

   
 

       con un perfume a madera de confesionario;

   
 

el viento las hace conversar con los ladrillos, con el

   
 

       musgo que ha cubierto los mosaicos bajo la

   
 

       parra donde madura el verano.

   
 

 

   
 

Los breves pasos de tu voz danzan, danzan;

   
 

en sus ecos el recuerdo borda el tallo de los días

   
 

       compartidos,

   
 

con sus hojas afanosas temblando en la luz.

   
 

Soy pequeña otra vez

   
 

y me duermo en tus brazos.

   
 

 

   
 

Inclino mi urgencia hacia la marea donde

   
 

       espuman las estrellas;

   
 

las almas espuman también en ríos que se

   
 

       desbordan;

   
 

(nada es tan dudoso como la certeza de los puertos

   
 

       adonde nunca se arriba).

   
 

Tu alma se une a una bandada de secretos,

   
 

comparte las vicisitudes de una travesía que ancla

   
 

       en el principio.

   
 

 

   
 

Desheredada de tu aurora escucho el pulso del

   
 

       universo,

   
 

deambulo por las calles con mi muñón de sueños

   
 

       goteando intemperie;

   
 

hay un sabor a herrumbre(1)entre los dientes.

   
 

 

   
 

Tu voz se ha puesto a caminar conmigo,

   
 

tus antiguos defectos;

   
 

la sospecha de tu corazón latiendo más allá del

   
 

       país de la ternura me conforta.

   
 

 

   
 

Existes,

   
 

lumbre de un recinto donde se alambica la verdad

   
 

       que desconozco.

   
 

Tu voz, con breves pasos, danza, danza;

   
 

un cerco me impide tocarla,

   
 

una guadaña que amputa el abrazo de mis brazos.

 

 

 

 

   
 

Te vas,

   
 

volviendo y yéndote,

   
 

hacia la comunión resplandeciente.

   
 

La tristeza se levanta entre nosotros;

   
 

la tristeza de verte con los ojos de la memoria

   
 

presagia un muro de lágrimas infranqueables,

   
 

pero tu voz se abre como una flor sin orillas

   
 

y su corola insinúa el almíbar del alba.

   
 

 

   
 

 

   

 

ACEPTACIÓN

 
 

Un bostezo perfora la calma planetaria

   
 

pronunciando mi nombre;

   
 

cierta fuerza retinta succiona mi cuerpo,

   
 

se abanica con el negativo de mis gestos,

   
 

devorando la miga que se horneó en mis pupilas.

   
 

Me someto a sus giros

   
 

como un velamen tardío a la soberbia del viento

   
 

que baila en puntas de pie.

   
 

 

   
 

El orbe,

   
 

la vía láctea,

   
 

los inexistentes confines,

   
 

vertiginosamente me persiguen;

   
 

una explosión escarlata anonada mis tímpanos

   
 

y pierdo la encrucijada donde moro;

   
 

un ojo incandescente me golpea

   
 

como una hoja en blanco

   
 

donde se hubiera escrito el último adiós.

   
 

 

   
 

Todo es púrpura en mi entorno,

   
 

furiosamente sangre;

   
 

un cántico violeta se expande

   
 

atorándose de confituras perversas;

   
 

reincido,

   
 

y es la luz,

   
 

la roja luz que todo lo ensombrece.

   
 

 

   
 

Cierta jauría de girasoles apedrea

   
 

el caldero de mis órbitas.

   
 

Indago en las contradicciones,

   
 

en el anaquel de las argucias;

   
 

la lucidez me tiende una mano aterradora;

   
 

los sucesos, entre tanto, se sacan la ropa;

   
 

convengo en las respuestas incorrectas:

   
 

accedo a ser.

   
 

 

   
 

 

   

 

EL VELO

 
 

Tengo frente a los ojos un velo que me condena;

   
 

el velo que derroca mis ojos

   
 

me retiene al pairo de una clave en desuso,

   
 

se transforma en la sentencia de mi carne,

   
 

en una red por donde fluye la llama.

   
 

 

   
 

Los atisbos de cierta luz enceguecen mi asombro,

   
 

estremecen el secreto que tañe mis nervios

   
 

reavivando en las yemas la caricia defraudada.

   
 

 

   
 

Este velo

   
 

me confina a una penumbra visionaria

   
 

por donde vaga la sombra de otra sombra;

   
 

conjura los demonios insepultos

   
 

que arrasan mis colinas;

   
 

los enigmas proliferan

   
 

como los manotazos de un náufrago

   
 

desheredado de su aliento.

   
 

 

   
 

Se me terminan los plazos

   
 

y en el perímetro del desánimo

   
 

se prolonga el destierro.

   
 

 

   
 

 

 

BRUMA

Extravié el ojo del universo

y la respiración de las galaxias

y el mapa de los soles que guardan mis señas.

Las moradoras del zodíaco me hacen trampa,

cambian de sitio;

soy un parpadeo andando a tientas

más allá de la distancia de mis manos.

 

Un bastón golpetea junto a mis talones

su alerta de ciego;

algo que no alcanzo a deletrear me está vedado,

algo que existe fuera de mí,

y no me necesita;

no vislumbro la orilla de esta bruma

ni

¿Cómo vivir entonces mi verdadera biografía?

 

 

 

BURLA

Las muecas

apenas perceptibles, casi sordas,

sobrepasan los labios,

son de piedra:

roca altiva que suda un sereno de injuria.

 

Los ojos del silencio lloran como reptiles inusuales;

duermevelan sobre el disco del sol

empollando el germen de la desesperanza.

En un estanque guardado

por fiera turba de espectros

la desesperanza devora los sueños;

 

Las aguas inmutables se visten de novia

para subir al patíbulo;

por el nudo de sombra que pendula en la tarde

el viento reitera su sentencia.

 

La misericordia se complace en la ausencia.

 

 

 

PIEDRA DE LUZ

Una piedra de luz ha roto los cristales

que la confinan al puntilloso ceremonial del miedo

(pasos discretos para que no se raje el tajo de la

        pollera angosta);

la risa sin ningún vuelo,

y en el escote

un marcapasos que soborna el latido de la aurora.

 

Escucho un aquelarre

donde arrojan mi boca expuesta al beso,

cierto alboroto de alas amarradas a una estaca de

        sombra.

Entre tanto alborea una flor exigua;

un ojo se despiensa

aterido sobre un pedestal de humo.

 

Pero la flor enarbola su fragancia

y desborda a zancadas miedo y cerco.

 

 

 

FIEBRE

Hay rostros desplomándose hacia hogueras

        insondables,

sentimientos que duermen

a la orilla de viejas olvidanzas

suplicando a la luna algún consentimiento.

 

Un halcón se hace cómplice,

escarbando en un matorral de monosílabos:

de su depredación nace el rocío.

 

El fuego se libera

y avasalla

la atroz inmensidad del cosmos;

el fuego es un clavo que remacha el temblor

hasta encontrar el hueso;

se inserta en el origen con la fuerza del signo.

 

Semen,

fiebre,

raíz,

entretejen un lienzo;

me acerco

al sitio donde arde la quietud primigenia,

y vuelvo a mí,

heroica y devastada,

retomando mi postura vertical,

el trajecito blanco,

la cordura que tan bien sienta

cuando el reloj da las cinco

y aroma el té.

 

 

 

LA BATA

Tengo puesta una bata de Victoria Secret,

no tenía cinturón

y por eso la compré,

era barata:

es tan fácil comprar una cinta de raso,

tan sencillo ajustarse la cintura con el mero deseo que

        se adquiere por metros.

 

¿Pero,

qué existe dentro de ese continente suntuoso que

        resbala sobre el insomnio?

Un cuerpo como todos,

dos piernas,

dos rodillas,

las manos que se salen de las mangas,

a una de las cuales le ha crecido una flor de tinta en

        los dedos;

y después [25]

las sandalias allá abajo,

porque la indiferencia secuestró las chinelas

-esas negras de tules que combinan-

y no se buscan por pura inercia,

y uno se pone cualquier cosa.

 

¿Qué más?

Los ojos pasando revista al tiempo,

el dorado que Río le ha dejado a la piel,

como miel que se queja de tanta sal, de tanta espuma.

 

Tras la bata desonríe una sonrisa fría,

desalentada acaso.

Afuera los cristales copulan con la lluvia

y la brisa trae jirones de borrasca desde el mar.

Entonces no sabía del alma seminal de los satenes,

y era adolescente.

 

Ah, la simple potencia de un acto imaginario,

sólo dulzor futuro,

posibilidad,

un viento secreteando en las cuchillas,

y el adiós buenas noches que duermas bien,

cabeza con cabeza,

en camas contrapuestas con los pies lejanísimos

sin mirarnos siquiera,

o tal vez a hurtadillas

cuando los focos cuelgan sus trajes luminosos

-dos niños que se duermen inventando el amor.

 

Entre los pliegues de mi bata escucho

el fluir de imágenes sin brida sobre un páramo fértil,

el candombe,

los plátanos derramando en la acera su llanto de

        hojas castañas,

un tranvía con su talantalán olvidadizo,

y el canario insepulto en su jaula de alambre

con el trino hostigando los barrotes desde su garganta

        de oro,

la conversación intrascendente,

la calva de María,

el mate de los abuelos apoyado en el canastito de

        mimbre, apenas cuenco.

 

A la bata le quedan inmensos los recuerdos

y el cuerpo se complace entre sus brazos;

la seda cubre una mujer que sobrepasa el ruedo de

        preguntas,

los bordes estampados de flores orientales

-mentiras apenas más brillantes que el champagne.

 

 

 

MIEDO

Un denso sentimiento de no pertenencia

estalla sobre la lengua

-paladeo de antiguas cicatrices.

Los pinos con sus sobretodos de nieve

me asedian liberando ecos crepusculares,

las anclas de un navío

que parte hacia un malecón abandonado,

el hálito confesional de las cortezas.

 

En la recova de la memoria

una estatua guiña un ojo

y se sonríe.

No puedo entrar en mí.

Alguien arranca la cuarta hoja de un trébol inasible.

Veo un cerco de voces

a las cuales les conozco la espalda;

los gestos que perdieron

las credenciales de la confianza.

 

Me disuelvo en la tarde

con la mano aferrada

a los dedos del miedo.

 

 

 

REGIÓN IGNORADA

Alguien clava una espina sobre el iris del alba

salpicando de ponzoña las llanuras del sueño;

un marco en otro marco

y otro más

se prolongan

por un indescifrable pasadizo sin término;

sibila desplomada hacia un ruedo de sombras

ascendiendo al infierno.

 

Alguien mira acercarse,

temblando ante el acoso,

un puño de serpientes;

una luna a los lados del túnel me provoca

el espanto de verme puñales en la boca.

Corro destituida.

Filoso el desenfreno

suelta un agua que acoge a Caronte en su seno.

 

¿Quién soy,

de quién me fugo,

que en mi anular ostento

un anillo que porta la cabeza de un muerto?

Dónde, desencontrada.

Quién, si nadie responde,

ni acude a rescatarme el perfil de su nombre.

 

Un hosco torbellino se refugia en la llama

perforándome el centro.

Tropiezo

y me levanto,

miro atrás y me pienso,

embisto el horizonte con una furia en celo.

 

Un círculo morado,

que al impacto se quiebra,

desalienta mi cárcel,

desparrama mis miembros;

mi garganta persiste como un dardo agorero,

a mi espalda claudican

espejismo y desierto.

 

 

 

PLAZO

No es hastío,

es el desvelo que cubre con su musgo

el cuerpo y la penumbra,

un puñal que atraviesa el pulmón de la

        desesperanza

hasta vaciar el grito;

es saciarse de hiel

en la copa plural del desconcierto,

encontrarse asediada por largas biografías;

aturdirse de imágenes,

errores,

folios sueltos,

nombres,

fechas,

teorías,

rascando con la uña un cristal ciego

y saber que la muerte se enardece

mientras se acuclilla la vida.

 

 

 

BÚSQUEDA

Hay una multitud de espejos

dentro de las guaridas de mi cuerpo,

intercambian imágenes,

secretean.

¿Será que han husmeado en un fichero antiguo

alguna mordedura,

algún indicio?

 

Centinelas de azogue en campos de vigilia

escupen las astillas del grito,

relamen el muñón,

secuestran los delirios;

sus reflejos oblicuos juegan a la pelota

con mis lágrimas nuevas.

 

Los ojos han partido como un casal de pájaros;

los cristales deambulan por mis venas

con el mismo mutismo de monjes compungidos.

 

Extraño del ayer la fiebre,

el celo,

el pico de un halcón que se desploma

sobre los monolitos de fuego congelado

-girasoles furiosos que embisten contra el viento.

 

Rebusco en las esquirlas con ciegos manotazos:

de mí no encuentro nada,

ninguna pista azul,

ningún troquel de beso,

salvo las menudencias de una extraña.

 

 

 

EL RETRATO

Olvidado me acecha ese retrato

desde la indiscreción de una mirilla,

mientras un sueño,

insomnio en desacato,

enciende con su rastro mis mejillas.

 

Sobrellevan la lumbre unos velones.

Tu boca

con progresivo ardor cerca mis labios

reiterando suntuosas libaciones

en el muelle diván de una buhardilla.

 

Despierto en soledad acompañada

de un tumulto de sombras amarillas.

Me demoro un instante.

La alborada

enclava su aguijón en mis orillas.

 

Ceñida por el marco,

una sonrisa

se burla, se conduele, se eterniza.

 

   

 

 

CALEIDOSCOPIO

 
 

Busqué entre los fragmentos de un estanque

   
 

la unidad de mi rostro,

   
 

una piedra,

   
 

un estallido,

   
 

una plomada,

   
 

y mis ojos rodaron por el fango

   
 

emergiendo después orondamente

   
 

sobre tallos soberbios,

   
 

como flores que miran una tarde

   
 

fijamente y sin sueño.

   
 

 

   
 

La estructura mineral de mi esqueleto

   
 

dilapidó sus sales

   
 

en la baba de añejas marejadas;

   
 

la piedra

   
 

es ya silencio,

   
 

sorbo,

   
 

círculo.

   
 

 

   
 

Mis senos giran como victorias regias

   
 

esperando el roce de algún pájaro

   
 

con sed de amamantarlo;

   
 

una red se sorprende,

   
 

otra se asusta,

   
 

el viento da la espalda,

   
 

las nubes disimulan.

   
 

 

   
 

Una corriente arrastra mis rodillas

   
 

lujuriando con peces,

   
 

la boca se ha perdido,

   
 

mi frente no se encuentra;

   
 

del lunar-beso-sombra sólo queda

   
 

el dibujo asimétrico,

   
 

una requisitoria de omisiones funestas.

   
 

La piedra cala el fondo;

   
 

en un caleidoscopio que alguien tumba

   
 

se topan y pelean mis partes moribundas.

   
 

 

   
 

 

   

 

EL CAJÓN

 
 

Seguro que lo hiciste algunas veces,

   
 

a ti que estás leyendo, me refiero.

   
 

Entreabrir el cajón de la mesa de noche

   
 

y encontrar una carta,

   
 

amarillo el perfil,

   
 

la tinta opaca;

   
 

más abajo un cuaderno con cerrojo

   
 

celando un inventario,

   
 

el cadáver de una flor,

   
 

fósforos, llaves

   
 

un recorte de diario,

   
 

alguna foto,

   
 

la aspirina que suelta las amarras de la sangre.

   
 

 

   
 

Rebuscas en el polvo

   
 

y te complicas:

   
 

la culpa libera su estandarte.

   
 

El borrón de un papel sin remitente,

   
 

te hace muecas,

   
 

y ríe

   
 

frente al lápiz azul,

   
 

ante unas alas que asoman entre la pelusa.

   
 

 

   
 

 

   

 

PAVOR

 
 

 

   
 

                                                         De hallarse, desarmado, enfrente de

   
 

                                                         uno mismo.

   
 

                                                         En sitio solitario.

   
 

                                                                            EMILY DICKINSON

   
 

 

   
 

Hay un pavor de verse en el espejo

   
 

que la soledad bruñe,

   
 

entre cuatro paredes

   
 

darle audiencia al silencio

   
 

que fermenta en el ser,

   
 

del lecho vedado de los ríos

   
 

rescatar la apetencia;

   
 

mezclada con la gente,

   
 

sin que nadie lo advierta,

   
 

burlar las asechanzas del reloj.

   
 

Asusta el inventario de carencias:

   
 

ningún descubrimiento memorable,

   
 

ningún salto al abismo

   
 

arriesgando un solo de violín.

   
 

Un almíbar incierto

   
 

embadurna la música de mis cuerdas reclusas.

   
 

 

   
 

 

   

 

EXTRAÑAMIENTO

 
 

Veo un murmullo,

   
 

de gasas que se arrastran

   
 

para ascender después hacia las nubes

   
 

en una cacería iconoclasta.

   
 

 

   
 

¿No lo tocas?

   
 

El lebrel de mis plantas ladra ajeno

   
 

a toda tentación;

   
 

furtivamente

   
 

se me van los ojos

   
 

aguarrodando hacia una alcantarilla.

   
 

 

   
 

Con sigilo abandono mis sentidos,

   
 

no más satén

   
 

ni vello claudicante bajo la mano tórrida,

   
 

ningún sabor,

   
 

tampoco acento,

 

 

 

ni siquiera una imagen perturbando

   
 

el aire.

   
 

 

   
 

Con mi temblor se solventó una hoguera;

   
 

mi cuerpo sobre el suelo

   
 

no es otra cosa que un zurrón vacío.

   
 

 

   
 

 

   

 

LIMPIEZA

 
 

Hoy decidí hacer limpieza,

   
 

desamontonar cosas, gestos, pequeñeces:

   
 

los mangos con su gota de luz sobre las chapas,

   
 

la luna en el aljibe,

   
 

esa mancha de vida y la sorpresa,

   
 

el cuaderno de doscientas hojas.

   
 

 

   
 

Voy a baldear esta mañana

   
 

el sudor de aquellos ómnibus,

   
 

la complacencia de sentirse hermanos,

   
 

las palabras restallando en la mejilla,

   
 

y la sal,

   
 

aquel secreto de sal trampeando al cuerpo

   
 

bajo la intimidad del mosquitero

   
 

-carpa de niebla, isla de acertijos.

   
 

 

   
 

También el mar

   
 

con su lenguaje de siglos derrumbándose

   
 

sobre cartas de amor en la arena,

   
 

el sol desangrando el horizonte,

   
 

y el río

   
 

con un beso que boya hacia la espuma

   
 

-entrevero de peces y sonrojos.

   
 

 

   
 

Hoy he decidido hacer limpieza

   
 

sin pretextos,

   
 

no vaya atrancarse en algún clavo

   
 

un jirón de atardecer,

   
 

el humo de un café invitando al engaño,

   
 

una hebra de pasión

   
 

o desvarío.

   
 

Fustigaré sin dilación mis pertenencias

   
 

condenando las sobras

   
 

al pozo del olvido.

   
 

 

   
 

 

   

 

ALMUERZO

 
 

Desmigajar tu palabra no me alcanza;

   
 

trinchar sílabas,

   
 

soliviantar aromas

   
 

en procesión de aliento cauteloso;

   
 

amasar lentamente entre los dedos

   
 

los diptongos de amor impronunciado.

   
 

Si los estoy viendo discurrir sobre el mantel

   
 

buscando enmascararse en deletreos.

   
 

Nada hay tan falto de sabor crocante

   
 

como una rodaja ambigua de deseo.

   
 

La hogaza de tu voz

   
 

es ya mendrugo

   
 

menguado por mi terco mordisqueo.

   
 

A los postres

   
 

un gesto bien distante:

   
 

consumación rotunda del despego.

   
 

 

   
 

 

   

 

CLAUSURA

 
 

Sobre una planicie gris

   
 

se aburre un mueble antiguo;

   
 

en el cajón abierto,

   
 

una mujer

   
 

-imaginaria de su biografía-

   
 

tirita dentro de la piel.

   
 

 

   
 

Hay signos lamiendo las pezuñas de un enigma:

   
 

¿Es una sombra abrazada

   
 

a las rodillas de otra sombra

   
 

o una imagen equívoca

   
 

transgrediendo el reflejo donde la inventan los demás?

   
 

 

   
 

Alguien cierra el cajón irrevocablemente

   
 

y en el vacío perdura un solo de silencio.

   
 

 

   
 

 

   

 

HOSPEDAJE

 
 

Sentada en una mesa,

   
 

ingenua, grácil,

   
 

presagiaba el encuentro de las ávidas pieles;

   
 

el encuentro estallando

   
 

como olas que se quiebran contra un acantilado.

   
 

 

   
 

Lejos,

   
 

casi volviendo, se escurrían las nubes,

   
 

escoltadas por pájaros en procesión alada,

   
 

y era un sorbo de cielo,

   
 

de volcán taciturno,

   
 

que se iba despertando bajo una red de sangre.

   
 

 

   
 

Quién sabe en qué momento se abolió la distancia,

   
 

las miradas ajenas,

   
 

de la estancia los ángulos,

   
 

para explorar tu orilla

   
 

como una flor desnuda que se abrasa en silencio

   
 

y se peina el perfume.

   
 

 

   
 

Después,

   
 

sucintamente,

   
 

por fin,

   
 

la despedida

   
 

postergó el hospedaje de la llama en los muslos.

   
 

 

   
 

 

   

 

CONTACTO

 
 

 

   
 

                                                        «a la que se situaría frente a su

   
 

                                                        corazón

   
 

                                                        hizo conocedora de la divinidad»

   
 

                                                        TEXTO MÍTICO DE LOS MBYÁ-GUARANÍ

   
 

                                                        DEL GUAIRÁ

   
 

 

   
 

Estás sentado frente a mi corazón

   
 

contemplando la llama;

   
 

con la unción del peregrino

   
 

te arrimaste

   
 

para que se regocijen tus pupilas

   
 

en la hoguera donde se gesta la palabra;

   
 

la palabra que,

   
 

como ciscos de mi ánima,

   
 

colocaré entre tus labios.

   
 

 

   
 

Ingerirás los frutos de mi voz

   
 

y resplandecerá tu cuerpo;

   
 

recorrerás los ambages de mi corazón

   
 

y ningún reducto te será ajeno;

   
 

abandonando la tierra

   
 

ingresarás en la aurora.

 

 

 

 

   
 

 

   

 

GOLPEAS A MI PUERTA

 
 

Golpeas a mi puerta con trémula insistencia,

   
 

te contesta mi vientre en un dialecto antiguo,

   
 

se amotina la llama, la conciencia se duerme,

   
 

golpeas a mi puerta.

   
 

 

   
 

Dentro de mí se abre sin cerrojos ni aldabas,

   
 

ornada con el zumo candente de la vida,

   
 

una puerta secreta de alcayatas rendidas

   
 

y un aroma perverso.

   
 

 

   
 

Tentaciones en clave, inconfesados ritos

   
 

en una fuente oscura escriben vaticinios

   
 

e ingresan al recinto de mi crepusculario

   
 

embozados en manto de semen florecido.

   
 

 

   
 

Ariete de piel tersa, mástil de mi deseo,

   
 

me imantas y suplicas, me subyugas, claudicas.

   
 

Con roces musitantes, el cauce de la entrega

   
 

remontas y descifras.

   
 

 

   
 

 

   

 

ESPEJISMO

 
 

Desde el balcón, falaz el firmamento

   
 

con sus esquivas costas me soborna:

   
 

me interno precedida por mi aliento

   
 

que ante el ocre jaspeado se trastorna.

   
 

¿Dónde voy que mi cuerpo se ha disuelto

   
 

y camino sin huellas en la bruma?

   
 

-como timón mi corazón absuelto

   
 

devela el derrotero de la espuma.

   
 

La brisa, transgresora del ensueño,

   
 

dejando mi recinto a la deriva

   
 

con su empujón lo transformó en un leño

   
 

que contagió al azul su llama altiva.

   
 

 

   
 

Cuantas veces ahondando en el abismo

   
 

nos lastima y se esfuma un espejismo.

   
 

 

   
 

 

   

 

TE HALLÉ CONVERTIDO EN PÁJARO

 
 

En laberintos de sueño

   
 

te hallé convertido en pájaro,

   
 

Te desplomaste al espejo

   
 

que llevo

   
 

partiéndome la garganta.

   
 

 

   
 

Tu pico tornó en añicos

   
 

la farsa de mi palabra,

   
 

la añoranza del pecado

   
 

en rostros que me suplantan.

   
 

 

   
 

Halcón de tronantes alas,

   
 

blanco meteoro emplumado,

   
 

quebrantaste en el cristal

   
 

la imagen

   
 

que otros alaban

   
 

las respuestas inaudibles

   
 

que me abolieron los párpados.

   
 

 

   
 

Cuando fue noche en mi alcoba

   
 

y el vuelo perdió la saña

   
 

tembloroso te acercaste

   
 

a beber

   
 

mi última lágrima.

   
 

 

   
 

 

   

 

LAS VARIACIONES DEL COMO

 
 

Como un punteo de bordona

   
 

que sobrepasa la estridencia de las calles.

   
 

 

   
 

Como el espacio sellado de estrellas

   
 

dando portazos al desasosiego.

   
 

 

   
 

Como unos labios que se acercan

   
 

a circundar el aliento que anhela el beso.

   
 

 

   
 

Como una pradera tapizada de ramos

   
 

negando la certeza de la muerte.

   
 

 

   
 

Como una mujer en una cama ociosa

   
 

que espera ser conducida a las estribaciones de la

   
 

        delicia

   
 

y separada de su cuerpo

   
 

resplandece ante la consumación del deseo.

   
 

 

   
 

Como el mar al borde de la espuma

   
 

inaugurando el inventario mutante de las olas.

   
 

 

   
 

Como el pensamiento que sonríe

   
 

frente a las variaciones del cómo.

   
 

 

   
 

 

   

 

SITUACIÓN

 
 

No dejaremos huellas en la arena

   
 

de playas improbables

   
 

ni miedo aguardando

   
 

la guillotina de vocablos

   
 

arriba del collar.

   
 

Sobre el hilo de Ariadna

   
 

cierto espejo incita al desencuentro.

   
 

Una lengua desangra sobre el día

   
 

su filo de ignominia.

   
 

 

   
 

 

   

 

CARTA PARA NÁUFRAGOS

 
 

 

   
 

                                                   Ignominia es tu sangre, Burguesilla

   
 

                                                                           GONZALO ROJAS

   
 

 

   
 

Quiero enterrar imágenes

   
 

trizar espejos

   
 

leerte y refugiarme

   
 

en el fulgor cortante de tu voz

   
 

en tu verdad de semen

   
 

en la claudicación altiva de tu abrazo.

   
 

 

   
 

¿Cómo ir fugitiva

   
 

al numen terrenal que nos desmuere?

   
 

-no sé por qué mi cuerpo se me antoja al leerte

   
 

un jarrón con las flores del mal.

   
 

 

   
 

Tu aliento es filo

   
 

tu corazón almohada

   
 

para alguien que se atreva

   
 

a voltear el rostro hacia...

   
 

El tiempo es una hidra de ojos implacables.

   
 

 

   
 

Me incitas al delirio

   
 

no al hastío

   
 

a exploraciones turbias

   
 

a los descubrimientos.

   
 

Una incauta ignominia se larga

   
 

a tramontar el mundo

   
 

con chalina y sin rótulo

   
 

y vuelve de tus versos

   
 

mínima y gigantesca, ardiente y devastada.

   
 

 

   
 

 

   

 

CAMPO DE BATALLA

 
 

Solamente élitros sobre los párpados,

   
 

tampoco antenas,

   
 

más bien ecos retumbando en la sordera

   
 

y una mano de espuma en mi mejilla;

   
 

el vino apaga la lámpara

   
 

extendiendo un edredón de luz sobre mis piernas,

   
 

una lagartija me reinventa la espalda

   
 

quedándose en un extremo,

   
 

sorprendida.

   
 

 

   
 

El sol se asoma a mis pestañas a comprobar si

   
 

        duermo,

   
 

se me caen los ojos por el suelo

   
 

-balitas de vigilia ruedan, ruedan-

   
 

no quiero mar ni cielo,

   
 

ni qué decir contentamiento;

   
 

arrojé las bellas palabras al caldero

   
 

donde hierve mi cerebro.

   
 

 

   
 

-Gramilla y menta-

   
 

vocablos rescatados a la tarde,

   
 

santo y seña.

   
 

 

   
 

Mi corazón se puso una pañoleta encendida

   
 

para atravesar el invierno;

   
 

cierta multitud se agolpa en la repisa del baño

   
 

donde un ángel de yeso se persigna;

   
 

un vestido ha quedado con mi forma

   
 

vagando por los pasillos.

   
 

 

   
 

El viento en el cedazo de mis dedos,

   
 

el viento deja residuos de tiempo entre mis dedos;

   
 

el ayer es un confite espolvoreado de recuerdos.

   
 

Me voy quedando sin tiempo

   
 

-sombraluz entre los dedos-;

   
 

un agua sube a estancarse entre mis costillas:

   
 

 

   
 

¿Es ésta la posada del corazón,

   
 

el campo donde perdí la batalla?

   
 

 

   
 

 

   

 

DEMASIADO TARDE

 
 

 

   
 

                                                      To think of the right thing

   
 

                                                      to say too late.

   
 

                                                                   ROBERT FROST

   
 

 

   
 

Robert,

   
 

espérame en la orilla de ese tiempo donde estás,

   
 

quiero ingresar al sosiego compartido.

   
 

No llegaré con estridencia de bocinas

   
 

o la premura del asunto pendiente,

   
 

tampoco de vestido largo

   
 

y capelina,

   
 

no llevaré sombra en los ojos

   
 

ni la máscara para los ritos usuales

   
 

y mucho menos las uñas pintadas;

   
 

no temas verme con mi primer recuerdo

   
 

clavado a la espalda:

   
 

ninguna queja de pena o alegría.

   
 

 

   
 

Ingresaré a la esfera donde estás

   
 

como una nube

   
 

que habla sin romperse

   
 

y te daré la mano para que me ayudes a entrar;

   
 

-hogar es el lugar adonde vamos

   
 

sabiendo que nos esperan-

   
 

tú lo dijiste con otras palabras;

   
 

el ropaje no importa.

   
 

 

   
 

Aguárdame,

   
 

quiero contarte las cosas que no dije;

   
 

aquellas que se ahogaron

   
 

con el ancla de las circunstancias

   
 

ciñéndome el cuello.

   
 

 

   
 

 

   

 

EL ARCÓN

 
 

El tiempo

   
 

es un arcón con manijas de espera.

   
 

 

   
 

En un cuarto de pensión

   
 

o en un castillo de arena, tanto da,

   
 

una mujer,

   
 

un ser humano,

   
 

en todo caso, cualquiera,

   
 

entreabre la tapa

   
 

y se asoma a un estanque de sombra.

   
 

 

   
 

Más que verlos se palpan los retazos

   
 

de una tarde de abril o de diciembre

   
 

o del mes que no entró en el calendario.

   
 

Tantea, busca, aspira

   
 

la música de la gente conviviendo.

   
 

Un bar

 

 

 

y la incauta sangría de palabras hasta entonces

   
 

        secretas.

   
 

 

   
 

Apilona y escucha

   
 

el inventario de gestos y desquicios,

   
 

el nido de un hornero en los cristales,

   
 

el Chesterfield saboreado a escondidas y tosiendo

   
 

en el patio de atrás;

   
 

el adiós,

   
 

hasta siempre,

   
 

-hasta siempre golpean los agravios.

   
 

 

   
 

En el ángulo que articula el domingo

   
 

las palomas se empujan bajo arcadas en calma,

   
 

y en la esquina más noche

   
 

el cabrilleo jadeando en las primeras playas,

   
 

el olor a silencio de los parques inmensos.

   
 

 

   
 

El tiempo es un arcón lleno de acciones tórridas,

   
 

de antiguos sentimientos.

   
 

 

   
 

Revolviendo se encuentra

   
 

el juego de caminar por el futuro,

   
 

las caricias que serán mañana;

   
 

ciertos cometas que vuelven cada trescientos años

   
 

con su coda de augurios y catástrofes.

   
 

 

   
 

Y el jazmín,

   
 

las caras del jazmín:

   
 

el de la muerte,

   
 

el de la vida,

   
 

y el huérfano

   
 

-ese que fue cortado para nadie.

   
 

 

   
 

Todo está dentro del tiempo.

   
 

Absurdas picardías,

   
 

menudencias perversas,

   
 

la trampa de pueriles actitudes mintiendo un

   
 

        interés impúdico,

   
 

el desborde de un dique de silencio

   
 

confundido con un fondo de anís.

   
 

 

   
 

En el rincón más negro,

   
 

los disfraces:

   
 

las gasas del delirio vistiendo el talle erguido,

   
 

un pie descalzo

   
 

ensayando sus huellas en las dunas,

   
 

aquel cinturón de caracolas cimbreando un

   
 

        murmullo violáceo,

   
 

la lista de obsesiones,

   
 

el tocado de sol y de algas marinas.

   
 

 

   
 

Los dados del vivir casi en el fondo

 

 

 

-las cosas que no son ya han sucedido,

   
 

las que fueron se evaden vergonzosas,

   
 

y la mujer se afana,

   
 

explora,

   
 

insiste,

   
 

como esas películas que se atascan,

   
 

se demoran,

   
 

y arrancan después acompasadamente.

   
 

 

   
 

El tiempo es un arcón lleno de muchas cosas.

   

 

 

 

 
 
 
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