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RENÉE FERRER


  DESDE EL CAÑADON DE LA MEMORIA, 1984 - Poemario de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA


DESDE EL CAÑADON DE LA MEMORIA, 1984 - Poemario de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA

 DESDE EL CAÑADON DE LA MEMORIA, 1984

Poemario de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de 2ª ed. Hamburgo, [s.n.],

(Imprenta Paul Molnar), 1984.

PRIMER PREMIO - Concurso de Poesía AMIGOS DEL ARTE

Homenaje al Cincuentenario de la Defensa del Chaco

Asunción-Paraguay, 1982

 

 

 

A los que quedaron

a los que volvieron

y en especial a la memoria

del Tte. Primero Luis Estragó Trías

 

LA AUTORA

Renée Ferrer de Arréllaga nació para la poesía paraguaya a la edad de 21 años, cuando publicó su primer libro, un manojo de poemas de amor bajo el título de «Hay surcos que no se llenan», en 1965, seguido dos años después de «Voces sin réplica».

Se volcó más tarde a la poesía infantil, tomando su voz un nuevo horizonte. Aparecieron así «Cascarita de nuez» en 1978 y «Galope» en 1983.

Su acento profundo y hondamente americano se expresó nuevamente en 1982 con el presente poemario, «Desde el cañadón de la memoria», una visión estremecida de la Guerra del Chaco, que desangró a Paraguay y Bolivia entre 1932 y 1935. Con esta obra obtuvo el primer premio en el concurso de poesía de Amigos del Arte «Homenaje al Cincuentenario de la Defensa del Chaco». Ha sido incluida en las antologías «Voces femeninas en la poesía paraguaya» de Josefina Plá, «La mujer en la poesía hispanoamericana», editada por el Fondo Editorial Bonaerense y, en «Letras femeninas en América», edición especial de la Asociación de Literatura Femenina Hispánica, 1981. Fundó en 1982 con otras escritoras la Asociación de Literatura Infanto-Juvenil del Paraguay. Es miembro del PEN-Club paraguayo.

Renée nació el 19 de mayo de 1944 en Asunción y tiene el doctorado en Historia de la Universidad Nacional de Asunción por su tesis «Núcleo poblacional establecido en torno a la Villa Real de la Concepción -Origen y desarrollo socio-económico».


 

PRÓLOGO

El tema de la Guerra del Chaco ha sido escasa y débilmente tratado en la literatura paraguaya de creación. Los estudiosos atribuyen esta carencia al factor compensatorio de la victoria del ejército-pueblo paraguayo (y aquí me niego a entrar en la polémica de si ganamos la guerra o perdimos territorio). La otra característica propia a nuestra cultura -con razón también evocada- es la falta de tradición en lo que concierne a la dimensión imaginaria. Y por el contrario, la inflación textual en el dominio de la historiografía, crónicas y memorias, fenómeno que también se constata a propósito de la contienda chaqueña.

Es por ello que resulta tanto más interesante el libro de Renée Ferrer de Arréllaga, Desde el cañadón de la memoria. Se puede decir que el mismo equivale, en el dominio poético, al tratamiento que del tema hace Augusto Roa Bastos en Hijo de hombre, en lo que respecta a la producción narrativa. Es decir, proyectarlo a un nivel de transposición estética en el que la elaboración del significante trastrueca proteicamente los datos de la «realidad» histórica, sin que por ello sufra el contenido de la «verdad» emocional, de la verosimilitud textual. Que son niveles esenciales de la escritura en la producción imaginativa, cuando se trata de un tema como el abordado.

El distanciamiento, temporal y de experiencia, de la autora con respecto a la circunstancia histórica evocada le permite conseguir las variantes semánticas, los matices diversos, múltiples con que encara esa transposición. El sugestivo título está ya dando cuenta de esa proyección, de esa refracción en el verbo. Y la reelaboración literaria del significado nos llega en el eco multiplicado con que la poesía sabe restituir su fluidez a la realidad. De pronto su voz se consterna ante el hecho trascendental de la crueldad inútil de las guerras, que reduce a todos los hombres a la misma cifra del destino:

«El soldado que esparce sus pedazos / en la antesala del silencio / es siempre el mismo» («Guerras»). Es esa tónica reflexiva, grave, desolada o dolorida la que se mantiene en la primera parte del poemario («Circunstancia», «¿Por qué?»). A partir de «Despedida» («mirada interminable / abarcando las costas que se alejan»), son las situaciones circunstanciales, los lugares u objetos («Trinchera», «Agua», «Noticia», «Caramañola»), o los personajes cargados con los signos del destino trágico o heroico («Caídos», «Choferes», «Enemigos», «Arcángel», «Aguateros») los que ocupan el redondel de la luz poética. Para cerrarse sobre las consecuencias y los despojos de la cruenta representación («Desde aquí», «Ex combatiente»). El balance del absurdo naufragio está dolorosamente rematado en el último poema, «Paz»:

«Ya no tiene sentido

ni la angustia,

ni la espera ensombrecida de la aurora,

o el miedo,

o el coraje...

Sólo duelen las almas asomadas

al brocal insondable de la ausencia...»

 

Renée Ferrer de Arréllaga nos conduce en este deambular alucinado «entre las cruces del silencio», «por cañada y sendero, / por trinchera y ocaso...» con el paso seguro de una palabra constelada de imágenes de refractada emoción, cargada de símbolos evocadores, nostálgicos, devastados o tristes, que sigue de cerca el ritmo del «tiempo irremediable» en que quedaron «los huesos solitarios / lamidos por la noche...» Porque el distanciamiento señalado no implica, en absoluto, indiferencia ante la tragedia de compartida sombra que vivió su pueblo. La autora vibra al recomponer, «desde el cañadón de la memoria», el tejido doloroso de esa experiencia histórica. Su voz se encrespa de ira impotente, de orgullo solidario, se prosterna en dolida, en fraterna proximidad, despliega su estandarte «con relente de angustia», con «un frescor de lapacho», con «un incendio de alondras sobre el curso del alba». Por encima de ese «trágico desvelo / en los acantilados del silencio», que es la guerra fratricida, hay una respuesta de esperanza compendiada en el díptico de su poema clave «¿Por qué?».

«... el faro del ayer encanecido

en la rada del tiempo nos aguarda.»

 

Hay aquí una evidente apuesta de futuro, en la que la poesía propone una continuidad entre un pasado herido y un proyecto que nos aguarda, como un desafío, «en la rada del tiempo». La voz acendrada de Renée Ferrer de Arréllega, que sabe trascender la anécdota, refringir plurívoca y apasionadamente la realidad histórica, es al mismo tiempo una respuesta a ese reto. Y esto porque la poesía, que por esencia manifiesta la palabra de la colectividad, es capaz, como el pueblo, de superar las más sombrías calamidades, llámense guerras, pestes o dictaduras. Es lo que hace este intenso, este fulgurante poemario, «Desde el cañadón de la memoria», que es en cierta manera, una memoria del futuro.

RUBÉN BAREIRO SAGUIER

París, enero de 1984

 

 

Enlace al ÍNDICE del poemario DESDE EL CAÑADÓN DE LA MEMORIA en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

La autora / Prólogo / Guerras / Circunstancia / ¿Por qué? / Despedida / Trinchera / Caídos / Agua / Noticia / Caramañola / Chóferes / Enemigos / Arcángel / Desde aquí / Aguateros / Excombatiente / Paz

 

 

 

GUERRAS

          

                                       

No importa que las guerras tengan nombre

   
 

siempre serán un llanto

   
 

y un silencio,

   
 

un trágico desvelo

   
 

en los acantilados de la muerte.

   
 

 

   
 

Las aves agoreras beberán en los huesos

   
 

traspasados de viento

   
 

un sabor de abandono,

   
 

y partirá aún doliente

   
 

su vuelo fugitivo

   
 

hacia el tajo insaciable de la ausencia.

   
 

 

   
 

Se volverán los páramos albergue

   
 

de un pulso coagulado,

   
 

un alboroto en sombras,

   
 

y tendrán los crepúsculos

   
 

la calcárea tristeza del astro taciturno.

   
 

 

   
 

No importa que las guerras tengan nombre

   
 

y un lugar en el tiempo.

   
 

El soldado que esparce sus pedazos

   
 

en la antesala del silencio

   
 

es siempre(2) el mismo.

   
 

 

   
 

 

   

 

CIRCUNSTANCIA

 
 

El hombre es pasajero de la aurora,

   
 

sereno timonel entre los astros,

   
 

caminante de un minuto demorado.

   
 

 

   
 

Va talando las horas en la huella

   
 

donde los sueños cantan

   
 

o se asfixia la sangre.

   
 

 

   
 

En la grieta del pulso se derrama

   
 

un tropel de congojas que perturba

   
 

la mansedumbre del remanso.

   
 

 

   
 

Todo cambia de pronto,

   
 

todo cambia.

   
 

 

   
 

Es un hombre varado entre los hombres

   
 

formando una miríada de alientos simultáneos,

   
 

un follaje de arterias tras el llanto

   
 

en la encrucijada de la violencia.

   
 

 

   
 

Todo cambia de pronto,

   
 

irremediable.

   
 

 

   
 

Se reclina a lo lejos el sol acongojado

   
 

y en la distancia tirita cabizbajo

   
 

un hálito de sombras.

   
 

 

   
 

 

   

 

¿POR QUÉ?

 
 

Hay preguntas que sólo se develan

   
 

bajo un claro de estrellas entornadas,

   
 

preguntas que trastornan

   
 

el brillo inaccesible de las constelaciones.

   
 

 

   
 

Somos los caminantes de un lucero

   
 

signado por un surco visionario.

   
 

Habitantes de un redil

   
 

donde clarea un relente de angustia.

   
 

Coordenada indeleble

   
 

de vastas lejanías orográficas

   
 

en constante garúa de hora y ansia.

   
 

 

   
 

Un frescor de lapacho nos cobija

   
 

la espesura del alma;

   
 

el faro del ayer encanecido

   
 

en la rada del tiempo nos aguarda.

   
 

 

   
 

Las aves de la aurora se desbandan

   
 

cuando esparce la tierra sus andrajos

   
 

en desorden de sombras,

   
 

y un tórrido aguacero

   
 

anega la hendidura

   
 

en la quebrada insomne del misterio.

   
 

 

   
 

No quisimos el charco de amapolas ultrajadas,

   
 

un incendio de alondras sobre el curso del alba,

   
 

simplemente,

   
 

horadado nuestro suelo

   
 

le devolvimos su leche de guarania.

   
 

 

   
 

 

   

 

DESPEDIDA

 
 

Mirada interminable

   
 

abarcando las costas que se alejan.

   
 

 

   
 

Espuma taciturna

   
 

rompiendo quedamente

   
 

el minuto suspenso.

   
 

 

   
 

Adormida en los aires

   
 

se estanca la euforia primigenia,

   
 

el adiós largamente demorado.

   
 

 

   
 

Un tumulto de alientos se acurruca

   
 

en el corredor de la conciencia,

   
 

en tanto que la imagen chorrea débilmente

   
 

su tristeza a lo lejos.

   
 

 

   
 

Mil palomas se agitan

   
 

sobre una multitud esclava

   
 

del silencio.

   
 

 

   
 

Se aferra la congoja al horizonte

   
 

con la dulce nostalgia

   
 

de todo cuanto ha sido.

   
 

 

   
 

Grietas desconocidas tiritan en el aire

   
 

inundado de nombres,

   
 

y ante los arrebatos del destino

   
 

un desvalido asombro

   
 

se aglutina en la garganta.

   
 

 

   
 

 

   

 

TRINCHERA

 
 

Yacija donde rompe un oleaje de espera,

   
 

y se anega el recuerdo maniatado.

   
 

Deambula la nostalgia

   
 

con la triste faena

   
 

de adormecer cenizas

   
 

en la opaca longitud de sus entrañas.

   
 

 

   
 

Fue un albergue sonámbulo

   
 

en las esquinas del verano,

   
 

mantel para un banquete taciturno

   
 

en los pozos del alba,

   
 

alcoba de un insomnio trastornado.

   
 

 

   
 

Del coraje rondando en un desierto

   
 

de lunas fugitivas

   
 

cobijó el sollozo mutilado,

   
 

el sudor acampado

   
 

en los harapos de la aurora.

   
 

 

   
 

En su cauce sin nombre

   
 

quedó el adiós definitivo

   
 

de los peregrinos de la muerte;

   
 

candiles permanentes

   
 

de un tembladeral abandonado.

   
 

 

   
 

En los estanques del péndulo

   
 

sus senos de telúrico silencio

   
 

amamantaron una estirpe

   
 

cautiva del destino.

   

 

 

 

CAÍDOS

 
 

Permanecen

   
 

en el vestíbulo de la muerte

   
 

con la ceniza del sueño

   
 

en las órbitas vacías.

   
 

Centinelas insomnes

   
 

de una sedienta latitud

   
 

de raíces oscuras.

   
 

 

   
 

Refugio de aves mansas

   
 

sus huesos solitarios

   
 

lamidos por la noche.

   
 

 

   
 

En un golfo de angustia

   
 

se hamacan los despojos

   
 

de una vigilia largamente presentida.

   
 

 

   
 

Las cruces del silencio

   
 

cautivas de un desierto taciturno

   
 

se alargan mansamente

   
 

en esa soledad desamparada.

   
 

 

   
 

De repente la nada

   
 

amordaza el pulso de la lumbre,

   
 

y un naufragio de rezos

   
 

modela

   
 

el rostro del coraje.

   
 

 

   
 

 

   

 

AGUA

 
 

Reverbera el poniente

   
 

un caldo de verano

   
 

empapando muy hondo la celda del silencio.

   
 

 

   
 

Las veredas del llanto

   
 

inventan espejismos que parten fugitivos

   
 

al galope del tiempo.

   
 

 

   
 

La vigilia entre tanto va arrastrando su lastre

   
 

de nombres presentidos,

   
 

presentidos y yertos.

   
 

 

   
 

Se desdobla(3) en la tarde de sol y polvareda

   
 

un mudo abatimiento

   
 

sin que nada mitigue la ausencia cenicienta.

   
 

 

   
 

No estás en las faenas,

   
 

furtiva, entre las sombras

   
 

con esa mansedumbre de calma primigenia.

   
 

 

   
 

Ni te esconde avariento un rescoldo de siesta

   
 

cuando inertes los ojos llorando se revientan.

   
 

 

   
 

Te has ido hacia una noche de lunas apagadas

   
 

donde nadie te encuentra.

   
 

 

   
 

Y llega tu caricia retrasada

   
 

cuando ávidos cuervos se deleitan

   
 

sobre una desolada tumba abierta.

   
 

 

   
 

 

   

 

NOTICIA

 
 

Enramada empapada de sombras.

   
 

Una mudez de labios apretados

   
 

transita su calma perfumada.

   
 

 

   
 

Los pasos se desvelan

   
 

en la arena.

   
 

Palpitan los malvones

   
 

en el aire.

   
 

 

   
 

El silencio agobia

   
 

el aleteo de los pájaros,

   
 

mientras inunda el sol de goterones

   
 

las grietas del verano.

   
 

 

   
 

En el pozo se hamacan los helechos

   
 

y muy hondo se aduerme

   
 

la frescura del agua.

   
 

 

   
 

El cántaro se llena dejando olor

   
 

a tierra después de lluvia mansa.

   
 

Un gallo rompe el aire

   
 

con el filo cruel de su garganta,

   
 

y más lejos un perro

   
 

despertándose ladra.

   
 

 

   
 

Todo parece entonces suspendido

   
 

en un sorbo de tiempo

   
 

y de distancia.

   
 

 

   
 

En la chacra se ara como entonces.

   
 

En el fogón prendido

   
 

humea un caldo de tristeza.

   
 

 

   
 

Con ramas secas se barren las tinieblas

   
 

y la mudez persiste

   
 

en el trajín de pasos aquietados.

   
 

 

   
 

Hasta el loro ese día

   
 

en su aro ha callado.

   
 

Un tumulto de rosas

   
 

se agolpa en los rosales

   
 

y las plantas modelan

   
 

su lenta caminata,

   
 

de la cocina al patio

   
 

sobre una huella santa.

   
 

 

   
 

Dos palomas morenas

   
 

encienden una vela

   
 

y una lágrima.

   
 

 

   
 

El tiempo irremediable,

   
 

irremediable, pasa.

   
 

 

   
 

 

   

 

CARAMAÑOLA

 
 

Puñado de latón donde palpita

   
 

un recuerdo de siesta

   
 

en alucinada vastedad.

   
 

 

   
 

Manantial prisionero

   
 

alivianando el tajo del insomnio

   
 

en el solazo

   
 

con la fría moldura de sus labios.

   
 

 

   
 

Su roce se recuesta

   
 

con esa mansedumbre de pausa acostumbrada

   
 

sobre la celda del cansancio.

   
 

 

   
 

Compañera febril

   
 

cuando la piel acampa

   
 

bajo un astro de arenas azuladas.

   
 

 

   
 

Mujer para un orgasmo interminable

   
 

cediendo brevemente sus honduras

   
 

en los claros del alba.

   
 

 

   
 

Se inclinan sus sorbos torrenciales

   
 

a regar un desierto de amapolas abiertas.

   
 

 

   
 

Y estéril ya, su lecho de vendimia,

   
 

el secreto remanso de su cauce

   
 

se queda, compasiva,

   
 

recogiendo caricias en la noche

   
 

bajo un cielo de estrellas ateridas.

   
 

 

   
 

 

   

 

CHÓFERES

 
 

Hay un triste temblor de follaje ultrajado,

   
 

en picadas salobres un filo de agonía,

   
 

el temor con que empañan los pájaros gigantes

   
 

la quietud de la siesta.

   
 

 

   
 

Bajo un sol desquiciado

   
 

el retraso del péndulo

   
 

expulsa de su alcándara

   
 

a los desheredados de la vida.

   
 

 

   
 

Se tropiezan las ruedas en los huecos insomnes

   
 

de una rendija abierta

   
 

y se llenan los montes de monótonos ecos.

   
 

 

   
 

Estoicos peregrinos,

   
 

van sorteando las hebras del silencio

   
 

entre sacos de viento y polvareda

   
 

hasta llegar,

   
 

desde un ascua desértica,

   
 

a empaparles el tajo de la espera.

   
 

 

   
 

 

   

 

ENEMIGOS

 
 

La furia se diluye

   
 

en un hilo que corta la sobria lejanía.

   
 

 

   
 

Desenredan sus cuernos

   
 

ramazón de contienda

   
 

empapando de euforia las callejas del viento.

   
 

 

   
 

La hiedra del silencio va trepando los cuerpos

   
 

mientras la luz se acuesta

   
 

sumida en los lamentos.

   
 

 

   
 

En desérticas sombras

   
 

duerme la tierra en calma,

   
 

mojada de abandono.

   
 

 

   
 

En la herida caliente de una distancia insomne

   
 

los ojos se dilatan,

   
 

y represa la arteria la savia alborotada

   
 

de un instante que fluye

   
 

desgajado del tiempo.

   
 

 

   
 

Un disparo desgarra la espesura

   
 

en el denso letargo del pulso desbocado,

   
 

y una mano fraterna, mutilada y vacía

   
 

se aferra al enemigo

   
 

en la antesala del olvido.

   
 

 

   
 

 

   

 

ARCÁNGEL

 
 

A las enfermeras

   
 

Arcángel en la hora apocalíptica

   
 

sosegando el hartazgo de la sangre.

   
 

 

   
 

Desde el túnel helado que transgrede

   
 

los límites del sueño

   
 

devolviste al pulso demorado

   
 

su ritmo de galopa

   
 

ante el precipicio de la ausencia.

   
 

 

   
 

Amapolas heridas compusieron tus besos

   
 

y esa ternura inédita

   
 

que ronda tu ladera

   
 

hizo surgir palomas de la nada

   
 

sobre los andrajos del silencio.

   
 

 

   
 

Con la lágrima huérfana

   
 

de los desamparados de la vida

   
 

modelaste un remanso,

   
 

y sorbió tu desvelo la palabra caída

   
 

bajo un astro esquelético.

   
 

 

   
 

Arcángel

   
 

de lunas azarosas,

   
 

de corrientes sin cauce,

   
 

de un desaliento oscuro;

   
 

y lámpara encendida

   
 

en ese devastado

   
 

tembladeral de sombras.

   
 

 

   
 

 

   

 

DESDE AQUÍ

 
 

Las horas se devanan

   
 

con una sombría lentitud.

   
 

Las noticias golpean la hendidura

   
 

con su negro plumaje de paloma sedienta.

   
 

 

   
 

Adentro, en los rincones,

   
 

deambulan los fantasmas de las velas,

   
 

mientras se quiebra el eco

   
 

en los suburbios de la tristeza.

   
 

 

   
 

Se devanan los horas,

   
 

en la distancia,

   
 

lejos,

   
 

y en el lindero del presentimiento

   
 

se revienta una alondra,

   
 

se coagula una lágrima

   
 

o parte hacia el arcano una amapola abierta.

   
 

 

   
 

Se transita en las calles

   
 

con la parca presteza del estibador insomne,

   
 

con el músculo tenso del soldado sin frente

   
 

varado en las aceras de la espera.

   
 

 

   
 

Y en nuestra pajarera desolada

   
 

múltiples picos acarrean

   
 

las briznas que cobijan

   
 

a los redentores(4)de la aurora. 

   
 

 

   
 

 

   

 

AGUATEROS

 
 

Agreste soledad.

   
 

 

   
 

Distancia lineal en el umbral de la mirada,

   
 

el pulso resignado bajo una demente claridad,

   
 

gemidos de metal

   
 

en el regazo desvalido de la huella.

   
 

 

   
 

Agreste soledad.

   
 

 

   
 

Hay manos retorcidas

   
 

estrujando a lo lejos los senos de la tierra,

   
 

un buril decidido corta la tarde rectilínea.

   
 

Fantasmas trepando las tinieblas del deseo,

   
 

palabras rescatadas del recuerdo

   
 

y esa tibieza alada de caricias ausentes.

   
 

 

   
 

Agreste soledad.

   
 

 

   
 

Palmeral ceniciento bajo un sol empañado,

   
 

descampada quietud de un páramo sediento.

   
 

Acordes de guitarras desterradas

   
 

y una marca candente

   
 

en la garganta torrencial

   
 

de lunas anteriores.

   
 

 

   
 

Agreste soledad.

   
 

 

   
 

El cielo se ensombrece bajo un himno funesto

   
 

de metálicas aves

   
 

derramando su sombra

   
 

sobre las dunas de la impotencia.

   
 

Un grito quiebra el aire.

   
 

 

   
 

Humareda y silencio.

   
 

 

   
 

 

   

 

EXCOMBATIENTE

 
 

Soy un mástil de latido torrencial,

   
 

un ayer,

   
 

y un volver hacia el recodo

   
 

donde esperan los bártulos yacentes.

   
 

Un galope tronando

   
 

sobre la ilímite vastedad de la mirada,

   
 

una atroz hemorragia de rendijas abiertas.

   
 

 

   
 

Soy un páramo viejo

   
 

apostado en un tiempo de distancia,

   
 

un ansia de brújula errabunda

   
 

en las cañadas del silencio,

   
 

la mano suplicante al minuto furtivo

   
 

que penetra en la nada.

   
 

Fiero yunque de tanta lejanía

   
 

y un laurel en el alma.

   
 

 

   
 

Soy un avaricioso centinela

   
 

de un palmeral desierto,

   
 

vigía solitario bajo ausentes estrellas.

   
 

El miedo del instante irrepetible

   
 

de morir y vivir eternamente,

   
 

el salto de una vena encabritada

   
 

en la valla del imposible.

   
 

 

   
 

Y ahora, tantas veces,

   
 

un terrón olvidado

   
 

bajo el aguacero de la vida.

   
 

 

   
 

 

   

 

PAZ

 
 

Sobre la huella reseca de la sed

   
 

donde ronda la locura agazapada,

   
 

tiembla el salitre adherido a las entrañas

   
 

con imágenes de sangre entremezcladas.

   
 

 

   
 

Ha llegado el instante.

   
 

El silencio absoluto de la paz.

   
 

La quietud innombrable de las horas

   
 

y esa lluvia de flores en el viento.

   
 

 

   
 

Ya no tienen sentido

   
 

ni la angustia,

   
 

ni la espera ensombrecida de la aurora,

   
 

o el miedo,

   
 

o el coraje.

   
 

 

   
 

Sólo duelen las almas asomadas

   
 

al brocal insondable de la ausencia,

   
 

la pérdida de aquellos

   
 

para quienes la muerte

   
 

ha sido el último recuerdo de infancia.

   
 

 

   
 

Ha terminado ese andar

   
 

perdiéndose en pedazos

   
 

por cañada y sendero,

   
 

por trinchera y ocaso.

   
 

 

   
 

Después(5) de tantos días de tu ausencia,

   
 

de tanto llanto apretujado

   
 

en los rincones que esconden la flaqueza,

   
 

después de tanta entrega derramando

   
 

fogata irremediable,

   
 

has llegado, por fin,

   
 

la deseada,

   
 

cubriendo los campos de batalla

   
 

con tu lluvia de flores en el viento.

 

   

NOTAS

1.       [«Projimidad» en el original (N. del. E.)]       

2.       [«Siempe» en el original (N. del. E.)]

3.       [«Desbobla» en el original (N. del E.)]

4.       [«Rendentores» en el original (N. del E.)]

5.       [«Depués» en el original (N. del. E.)]

 

 

 

   
 
 
 
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DESDE EL CAÑADÓN DE LA MENORIA

Poesías de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA

SECTOR TOLEDO

Poesías de MARÍA ELINA PEREIRA OLMEDO

PRIMER PREMIO

Concurso de Poesía AMIGOS DEL ARTE

“Homenaje al Cincuentenario de la Defensa del Chaco”

Asunción – Paraguay, 1982

 

 

PRÓLOGO

En el último concurso de poesía, patrocinado por "Amigos del Arte", resultaron premiados los textos de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA y MARÍA ELINA PEREIRA OLMEDO. La primera en la categoría de mayores con el poemario "DESDE EL CAÑADÓN DE LA MEMORIA"; la segunda, en la de menores, con "SECTOR TOLEDO, 1933".

Abundan los concursos de Poesía y es de lamentar que no ocurra lo mismo con Novela o Teatro. Si digo que se apunta a lo más "fácil", quizás no esté del todo equivocado. El trabajo que impone la revisión de los textos es cansador y con frecuencia la cosecha pobre. En el caso de la Poesía es el trabajo más corto pero preciso es hilar muy fino. Como me veo con frecuencia envuelto en estos menesteres, me atrevo a decir -sin por ello ofender a nadie- que la buena poesía no abunda. Da la impresión de que se compone bastante a vuela pluma. Nunca da buen resultado. Se producen unos textos de renglones cortos y renglones largos que no son, muy a menudo, sino mala prosa.

En el último concurso de "Amigos del Arte" los trabajos presentados no fueron muchos y hubo de todo, pero entre ellos resaltaron, pronto y nítidamente, estos dos poemarios. Versaba el concurso sobre el Cincuentenario de la Epopeya del Chaco. El enfoque fue muy variado, desde la casi mera cronología hasta el simbolismo más atrevido y desfasado. Renée y María Elina supieron encontrar el toque adecuado. Y el lenguaje poético.

María Elina, tan joven, usa un sentimiento muy delicado en dos extensas cartas y dos reflexiones propias. UNA DE LAS CARTAS LA ESCRIBE EL SOLDADO (uno cualquiera) a su madre; la otra la madre.

En la primera, "SECTOR TOLEDO, 1933", el soldado desarrolla, de una manera muy realista, no el quehacer de la guerra sino la sicología del hombre-niño que se halla metido en una guerra, que la sufre con patriotismo pero que no tiene, evidentemente, una vocación castrense. Es la sicología de la soledad afectiva, del apego a la casita paterna. "Aquí hace frío"; "Aquí el agua es amarga y dura"; "Los sueños no sirven de nada, madre"; "los sueños solo servían en casa, allá, en el Colegio,/ antes que el mundo en que vivíamos se rompiera/ y estallara en toda esta inmundicia". No, no le gusta la guerra -y es una realidad traspuesta de la autora, joven- "Nada parece real, ahora./ Este barro que nos come los pies/ que sólo puede dar a luz mosquitos y fiebre,/ este barro se ha tragado la vida".

La madre escribe en carta cruzada, pues se queja: "¿Por qué ya no escribes hijo?". Su tono es el afectivo de una madre, tal vez demasiado exquisito. "Hemos ido más lejos, a tu tiempo de niño./ ("habrá alguien que te dé un abrazo en este día,/ allá dondequiera que estés?)". Ella le comenta su infancia, habla de los amigos que, también ellos, se han ido ya a la guerra.

Las dos cartas se desarrollan con un realismo patético, duro en el hijo; sutil, hogareño en la madre. Están llevadas con una lógica impecable, de guerra y sus consecuencias inmediatas, una; de hogar y reminiscencias hogareñas, otra.

Quien ha vivido la guerra, las trincheras, sabe que el barro es sarro y que la sed y el hambre, como las balas, matan. Y una madre, por patriota que sea, piensa con ansia en el soldado -adolescente que se le fue y sufre. María Elina ha escrito esta manera, su reflexión lo confirma:

"Oigo las voces de muchos

hablando las glorias de la guerra"...

pero:

"Veo a veces, pero cada vez menos,

hombres viejos y cansados.

Ellos han vuelto.

Por eso hoy cuidan coches,

o venden boletos de lotería.

Porque es más fácil

levantar un monumento a un muerto,

que proporcionar una vida digna

a un hombre que no quiere morir".

Esta juventud también daría su vida por defender la tierra robada -La Patria- pero acusa el desamparo de los vencedores; de algunos. También es homenaje, en vívido contraste, al dolor y la gloria de la Guerra del Chaco.

 

RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA ofrece "DESDE EL CAÑADÓN DE LA MEMORIA", en enfoque distinto, prácticamente un sentir igual: el ex-combatiente se dice a sí mismo:

"Soy un páramo viejo

apostado en un tiempo de distancia"...

"Y ahora, tantas veces,

un terrón olvidado

bajo el aguacero de la vida".

Renée Ferrer de Arréllaga divide su poemario en los siguientes títulos: GUERRAS - CIRCUNSTANCIAS -POR QUE - DESPEDIDA - TRINCHERA - CAIDOS - AGUA - NOTICIA - CARAMAÑOLA - ENEMIGOS -CHOFERES - ARCANGEL - DESDE AQUI - AGUATEROS - EX-COMBATIENTE - PAZ.

Como se ve, esta división implica la contextura toda del desarrollo, no táctico, sino vivencial de la guerra del Chaco. Creo que es un acierto este enfoque de quien no busca una historia sino una emoción de tal jornada trascendental. Nuestra poetisa logra plenamente darnos esta emoción desde una visión interior. El lujo de imágenes le otorga pulcritud de estilo dentro de una estimable concisión.

Partiendo del impacto angustioso que la palabra "guerra" produce llegamos a la Paz que sosiega, a pesar del amargo recuerdo.

"No importa que las guerras tengan nombre/ siempre serán un llanto/ y un silencio. / un trágico desvelo/ en los acantilados de la muerte". "El soldado que esparce sus pedazos/ en la antesala del silencio/ es siempre el mismo".

Y la Paz: "Ha llegado el instante./ La quietud innombrable de las horas/ y esa lluvia de flores en el viento". "Ha terminado ese andar/ perdiéndose en pedazos/ por cañada y sendero,/ por trinchera y ocaso".

La elaboración de este código poético supone en la autora un dominio total del idioma como expresión sintáctica e imaginería de retablo. Así, por ej. cuando planta al hombre, en "Circunstancia", primero, en postura normal, él:

"El hombre es pasajero de la aurora,

sereno timonel entre los astros,

caminante de un minuto demorado".

pero, segundo, en su circunstancia: "todo cambia de pronto,/ todo cambia". Y resulta: "Es un hombre varado entre los hombres.

formando una miríada de alientos simultáneos,

un follaje de arterias tras el llanto

en la encrucijada de la violencia".

Y es el hombre también -siempre el hombre, en esta poesía de la autora- inmerso en el "Por qué" de todas nuestras interrogantes; un hombre que se hace Patria: "No quisimos el charco de amapolas ultrajadas

un incendio de alondras sobre el curso del alba;

simplemente,

horadado nuestro suelo,

le devolvimos su leche de guarania".

Podríamos ir desglosando en cada título imágenes sorprendentes de evocación y fuerza. En la "Despedida": "Se aferra la congoja al horizonte". En "Agua": "Las ve redas del llanto/ inventan espejismos que parten fugitivos/ al galope del tiempo".

El tan mentado chofer es para Renée F. de Arréllaga "estoico peregrino": "van sorteando las hebras del silencio/ entre sacos de viento y polvareda/ hasta llegar/ des de un ascua desértica/ a empaparles el tajo de la espera". "Aguateros" es tal vez el poema más logrado, total, en un total de resonancias cabales.

El lector tiene en sus manos una visión poética de la guerra, no por ello menos real. Saludando siempre los escritos sobre esa guerra, nos parece que se detienen muchos en la secuencia cronológica y táctica, derrotas y sobre todo éxitos. Aquí hay una emoción, a la distancia, entrañable: amorosa y dolorida.

As. 17 / agosto / 1983.

CÉSAR ALONSO DE LAS HERAS

 

 

 

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