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RENÉE FERRER

  LA MARIPOSA AZUL Y OTROS CUENTOS..., 1987 - Cuentos de RENÉE FERRER


LA MARIPOSA AZUL Y OTROS CUENTOS..., 1987 - Cuentos de RENÉE FERRER
LA MARIPOSA AZUL Y OTROS CUENTOS...
 
Cuentos de RENÉE FERRER
 
Edición digital: Alicante :
 
N. sobre edición original:
 
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
 
Ediciones IDAP, Ediciones Mediterráneo, 1987.
 
 
 

 
CANCIÓN PARA SALVAR UNA VIDA

De pronto, cuando ya creía que su vida se acabaría irremediablemente,
observó con atención unos pájaros que revoloteaban frente al ventanuco de la celda.

En un lugar de no sé dónde, un viejo arpista, llamado Miguel, estaba desesperado porque tenía que componer una canción y no se le ocurría nada verdaderamente hermoso. Algo muy extraño sucedía en su cabeza, siempre llena de música.
 
Aquel día, Don Miguel recibió la visita de un terrateniente muy poderoso que dominaba toda la comarca, cuya hija se casaría muy pronto. El opulento señor, a quien envolvía la leyenda de descender de un ogro, conociendo las dotes de Don Miguel, le ordenó que compusiera una canción para el día de la boda. Al salir le advirtió, con su vozarrón de mando, que volvería por ella a los pocos días.
 
Don Miguel, halagado por un lado ante tan importante pedido y muerto de miedo por otro luego de semejante visita, decidió componer su mejor canción.
 
Pero las cosas no resultaron tan sencillas. Trató durante horas, con sostenido esfuerzo, de combinar las notas de la manera más armoniosa, pero la importancia de la tarea y el recuerdo de la amenaza pronunciada en el momento de la despedida lo paralizaron por completo. Al cabo de infructuosas tentativas el arpista comprobó con desilusión que su cabeza estaba seca y en ella no prendía un sólo compás.
 
Don Miguel se sentía empequeñecido, vacío y, sobre todo, triste. Su fama de músico exquisito, conservada a través de tantos años, se desvanecería sin remedio cuando el malvado señor se enterase de que era incapaz de componer una canción para la boda de su hija, y lo que es peor, estaba seguro de que le cortaría la cabeza.
 
El arpista, sin desalentarse del todo, llamó reiteradamente a la inspiración; le suplicó que no lo abandonase en momentos tan peligrosos, pero ésta no aparecía, y hasta temió que hubiera muerto.
 
Al cuarto día se presentó en casa del arpista un enviado del señor a requerir la composición, a quien Don Miguel tuvo que confesarle, muy avergonzado, que no estaba lista. No tardó en aparecer el mismo terrateniente en persona a exigir la entrega de la canción. Cuando comprobó que sus deseos no habían sido satisfechos, la rabieta se dejó oír en todos los rincones de la comarca; sus alaridos llegaron hasta los pueblos vecinos y la gente temerosa se encerró en sus casas a esperar que pasara el temporal de amenazas y sacudones, que dejaron al pobre Don Miguel temblando como una hoja friolenta. No era para menos, la advertencia fue clara: si la canción no estaba terminada a la mañana siguiente lo metería en la cárcel y luego le cortaría la cabeza.
 
aquella noche no se durmió en casa de Don Miguel. El viejecito lloraba sin consuelo y la esposa, aunque sentía un gran pesar, trataba de disimularlo para no aumentar su pena. Las palabras de aliento, sin embargo, no dieron resultado, porque Don Miguel estaba vacío.
 
Al otro día, tal como lo prometió el siniestro personaje, dos guardias se llevaron al arpista a la prisión. Desde la celda, pequeña y húmeda, Don Miguel miraba el cielo con desesperanza. Le parecía imposible encontrarse privado de su libertad, y para colmo de males, sin inspiración ninguna. Cuando cayó la noche se entristeció más aún, pensando lo poco que faltaba para la boda. Algo debía ocurrírsele para salir de allí con vida, se repetía desconsolado. Pero todos los intentos fueron inútiles.
 
Cuando el sol iluminó la ventana, interrumpiendo esa noche interminable, Don Miguel miró el día soleado más allá de los barrotes de la celda y sobre aquella claridad vio cinco cables de luz tendidos en el cielo.
 
En medio de su desgracia no pudo dejar de advertir cuánto se parecían a un pentagrama. Por un momento, se distrajo de su pena, pero enseguida, poseído de la más honda desesperación, reanudó los ruegos para que se le ocurriera alguna canción.
 
De pronto, cuando ya creía que su vida se acabaría irremediablemente, observó con atención unos pájaros que revoloteaban frente al ventanuco de la celda. Eran negros y redondos, como notas musicales, y sobre todo, movedizos y alegres. A Don Miguel le encantó seguir sus giros con la vista. Parecía que esos pájaros quisieran decirle algo, tanto era lo que aleteaban frente a los barrotes. Se acercó más aún a la ventana para observarlos. En ese momento notó que estaban cansados, o por lo menos así lo creyó Don Miguel, porque se posaron en los cables de la luz y se quedaron muy quietos. Le extrañó, sin embargo, que cambiasen de posición de vez en cuanto, como si obedecieran a un propósito determinado y misterioso. Su semejanza con las notas, negras y redondas, le hizo pensar en arpegios maravillosos mientras los contemplaba con deleite.
 
Una luz brilló de repente en los ojos del arpista prisionero. ¡Era maravilloso! Allí estaba su salvación. Aquellos pájaros habían venido hasta su celda para ayudarlo. Don Miguel comprendió por fin que los pájaros al cambiar de posición sobre los cables estaban componiendo una canción. Una canción para salvarle la vida. Tomó el lápiz con rapidez y fue anotando los compases en las hojas que había traído consigo, a medida que las aves le dictaban una deliciosa melodía con sus movimientos.
 
Una vez que la canción estuvo escrita, los pájaros, dichosos, se alejaron volando, mientras Don Miguel los contemplaba con los ojos húmedos de agradecimiento.
 
 
 
 
 
 
CUENTOS DE RENÉE FERRER

 

 EL ANILLO ENCANTADO

 

 

El picaflor, feliz de verse libre al fin,

emprendió vuelo agitando el molinete de sus alas,

mientras la niña miraba pensativa aquel anillo,

que una vez estuvo encantado.

     Existía en un país muy parecido al tuyo un picaflor que habitaba en un anillo encantado. Era éste un anillo que además de poseer una extraordinaria hermosura tenía la particularidad de conceder deseos. Vivía en él un extraño picaflor que cambiaba de tamaño misteriosamente; se empequeñecía para anidar en él mientras dormía, y recobraba su tamaño natural cuando alguien expresaba algún deseo.

     En una ciudad lejana de aquel país peculiar vivía una niña, a quien un Hada misteriosa quiso premiar por su bondad regalándole ese anillo encantado. Cuando se lo dio le hizo esta advertencia:

     -Ese anillo tiene el poder de conceder deseos; puede ofrecerte cuanto quieras, todo lo que se te ocurra, menos picaflores. Por eso te ruego que seas prudente y nunca le pidas un picaflor.

     La niña, muy contenta, le prometió que jamás pediría picaflores, y sin esperar más se puso el anillo.

     Esa tarde salió a recoger mazorcas de maíz en los sembrados de su padre, y como tenía mucha sed decidió probar los poderes de su anillo, pidiendo un poco de agua. Al instante apareció entre sus labios un vaso de cristal y se bebió su límpida frescura. Al día siguiente, viendo unas flores muy bonitas del otro lado del arroyo las pidió para llevárselas a su madre. De inmediato las flores volaron alegremente hasta su falda convertidas en coqueto ramillete.

     La niña no cabía en sí del asombro. Poseía un anillo maravilloso y desde ahora todo sería posible para ella. Entusiasmada empezó a expresar un deseo tras otro. Pidió tantas muñecas que ya no entraban en sus estantes; tantos vestidos que no tenía ocasión de ponérselos; tantos helados que se derretían sin darle tiempo a saborearlos.

     Olga, que así se llamaba nuestra afortunada amiguita, se convirtió poco a poco en una personita pretensiosa e impertinente. No tardó en pedir mansiones, automóviles, sirvientes, joyas y todo cuanto tienen las personas excesivamente ricas. Lentamente fue perdiendo su antigua bondad.

     Cuando la niña tuvo todo cuanto se puede ambicionar, pidió que el anillo hiciera sus tareas, convirtiéndose en la alumna más haragana de la escuela.

     Después de un tiempo, Oiga notó con deleite que cada vez que expresaba un deseo un diminuto picaflor se escapaba del anillo por breves instantes. Desde entonces pidió muchas cosas con el único propósito de verlo. Estaba fascinada por ese pajarillo que revoloteaba fugazmente a su alrededor y tuvo la idea de pedir una jaula de cristal. Enseguida la obtuvo y viéndola vacía deseó ardientemente tener un picaflor.

     En ese momento el Hada de los Niños, que aunque ustedes no lo crean todavía existe, se le apareció más resplandeciente que la primera vez, y con una voz muy persuasiva le dijo:

     -Olga, ¿recuerdas el día que te regalé el anillo encantado?

     -Claro que sí -respondió al instante la niña.

     -Pues entonces te acordarás que lo único que no debes pedirle son picaflores.

     -Sí -dijo, y luego agregó muy arrogante -Pero estoy segura que el anillo encantado me concedería un picaflor.

     -Pues es lo único que no debes pedir -le advirtió el Hada una vez más.

     La niña empezó a patalear presa de una tremenda rabieta, mientras gritaba desaforadamente.

     -Yo quiero un picaflor, yo quiero un picaflor.

     El anillo al escuchar por tercera vez el deseo de la niña lo hizo realidad y en la jaula apareció un diminuto picaflor.

     Olga lo miró embelesada y con aire triunfal se volvió hacia el Hada de los Niños que ya había desaparecido. La niña estaba segura de que su picaflor era idéntico al del anillo y eso la puso muy contenta.

     Al poco rato el picaflor comenzó a piar pidiendo algo de comer. Como la niña se había vuelto muy holgazana, en vez de ir a traerle un pedazo de pan se lo pidió al anillo.

     Cual no sería su sorpresa al comprobar que el anillo no le hacía el menor caso. Se encolerizó, profirió violentas palabras, formuló su pedido una y otra vez, pero el anillo continuaba imperturbable. Ni se cumplían sus deseos, ni aparecía el picaflor encantado revoloteando graciosamente a su alrededor.

     Olga lloró desconsolada, repitiendo su deseo hasta que cayó rendida por la pena. Se le apareció entonces el Hada de los Niños.

     -¿Por qué lloras? -le preguntó cariñosamente acariciándole las mejillas.

     -Estoy desesperada porque mi anillo ya no me obedece -le respondió entre sollozos.

     -Pues, la única culpable eres tú. El anillo encantado no podía conceder picaflores, y tú lo sabías.

     -Pero yo conseguí uno -le replicó airadamente Olga.

     -Sí, pero perdiste tu anillo encantado, porque ese picaflor que ves en la jaula de cristal es el mismo que vivía en el anillo. Ahora él será libre y tu anillo ha perdido sus poderes para siempre.

     En ese instante desaparecieron los juguetes, las mansiones, los vestidos y todo cuanto Olga había conseguido, incluso la jaula de cristal.

     El picaflor, feliz de verse libre al fin, emprendió vuelo agitando el molinete de sus alas, mientras la niña miraba pensativa aquel anillo que una vez estuvo encantado.




 LA SIRENA BONDADOSA



Cierta vez una sirena encontró entre el oleaje embravecido

del mar a un pescador que se hundió con su barca y la pesada carga que llevaba.

     Cierta vez una sirena encontró entre el oleaje embravecido del mar a un pescador que se hundió con su barca y la pesada carga que llevaba. Era muy hermosa y tenía el rostro sonrosado por los blandos golpes de la espuma; plantas marinas habían prendido en sus cabellos como en un jardín flotante, llenándolos de flores; y su cola brillaba con destellos de plata bajo una capa de algas, que la envolvía deliciosamente entre sus pliegues.




     El pescador, a pesar de la situación en que se encontraba, no pudo menos que fijarse en la hermosura de tan extraño ser, y distraído por un instante de sus esfuerzos casi se hunde irremediablemente. Pero la sirena lo sostuvo entre sus brazos, salvándole la vida.

     -Pescador, no temas -le dijo- ningún hombre que cae al mar y tiene la suerte de encontrar una sirena ha muerto. Veo que fuiste imprudente al pescar más de  lo que tu barca podía resistir. Te llevaré a un lugar donde verás que no eres el único que, poseído por la ambición, se olvida de la prudencia.

     Lo llevó entonces al fondo del mar. El pescador, ya repuesto del susto y hechizado por la sirena, vio ante sus ojos un paisaje en todo diferente a cuantos había conocido antes. En el lecho del mar, junto a los restos de pasados naufragios, se veían muchos hombres en diversas actitudes. El pescador extrañado preguntó quiénes eran.

     -Son hombres que como tú perdieron la cordura. Algunos se internaron demasiado en las aguas y no pudieron volver a la costa; otros entusiasmados con una buena pesca se perdieron en la noche chocando contra los arrecifes, y los demás se sumergieron para conocer la vida submarina sin acordarse de que los hombres no pueden vivir debajo del agua como los peces.

     El pescador sintió mucha pena por ellos y comprendió su equivocación. Mientras recorría el reino de las sirenas se acordó de su casa, ubicada sobre una colina desde donde se divisaba el mar. Pensó en su esposa, seguramente desesperada por su tardanza, y en sus hijos que no tendrían nada que comer. Se dio cuenta de que daría todo cuanto poseía por recuperar su pasada felicidad.

     La sirenita, que tenía el don de leer el pensamiento, comprendió cuan arrepentido estaba y le dijo:

     -Veo que estás preocupado por tu familia.

     -Daría cualquier cosa por saber cómo están mis hijos. Si no vuelvo pronto quedarán en la indigencia -le respondió al borde de las lágrimas.

     -No te preocupes, yo te llevaré a la costa si me prometes pescar con moderación de tal forma que nada te falte y nada te sobre.

     Así se lo prometió el pescador y le preguntó sorprendido:

     -Pero, ¿tú puedes salir del agua?

     -Si salgo un ratito el Rey del Mar no se dará cuenta y no pasará nada, pero si me demoro demasiado perderé mi capa de algas y no podré retornar a la superficie nunca más. Salir del agua es lo único que tenemos prohibido las sirenas, pues el Rey del Mar teme que quedemos encalladas en la playa y no quiere perdernos.

     -Ten cuidado, por favor -repuso el pescador, que le había tomado gran afecto- no quisiera que por mi culpa te pasara algo malo.

     Después de decir estas palabras, abandonándose en sus brazos, se quedó dormido.

     A la semana siguiente el hombre amaneció tendido en la playa, empapado de pies a cabeza y con un resfrío tremendo. Al despertar volvió apresuradamente a su casa donde le contó a su mujer lo sucedido. Mucho le sorprendió ver sobre la mesa de la cocina una cesta con peces viboreando todavía.

     Le preguntó a su esposa dónde la consiguió, y ella le contó que cada mañana, cuando iba con sus hijos a recoger caracoles a la playa para el almuerzo, una mujer muy bella, con los cabellos salpicados de flores, salía del agua envuelta en una capa de algas y les alcanzaba esa cesta llena de peces.

     El pescador reconoció por la descripción de su mujer a la dulce sirenita que le salvó la vida y emocionado volvió a buscarla a la orilla del mar.

     Día tras día retornó al mismo sitio esperando encontrarla para darle las gracias por el precioso regalo que le hizo a su mujer, durante su ausencia, pero nunca volvió a verla.

     Después de mucho tiempo, un pececito que pasaba montado en una ola le contó que la sirena había vuelto al fondo del mar, dejándole como recuerdo su capa de algas.




 EL SECRETO DE LA CIUDAD ARMONÍA


   

   ... los niños fueron arrastrados por una pompa de jabón,

que se remontó a las nubes como una pandorga gigantesca.

     En una casa rodeada de un amplio jardín vivían dos niños que peleaban continuamente. Desde la mañana hasta el anochecer discutían por cualquier motivo. Los juguetes quedaban destrozados después de sus bravatas; no podían leer juntos porque rompían los libros a tironazos, y si los padres los llevaban a pasear, se aporreaban mutuamente durante todo el trayecto; pero eran las frutas, y sobre todo las manzanas, el motivo de sus peleas más terribles.

     Un día, cansada de sus gritos, la mamá pidió que sucediera algo que alejara a sus hijos de tan detestable costumbre. Al terminar de expresar su deseo, los niños fueron arrastrados por una pompa de jabón, que se remontó a las nubes como una pandorga gigantesca.

     Los pequeñuelos estaban encantados dentro de tan singular vehículo, donde un duendecillo les dio la  bienvenida y los invitó a dar una vuelta por el espacio. Ellos gritaron locos de alegría, en tanto miraban desde arriba los autos que parecían de juguete, y el tren que se deslizaba sobre la vía férrea como si fuera un gusano presuroso. Los edificios parecían casitas de muñecas y los árboles manchitas verdes esparcidas por toda la tierra.

     De pronto entraron en un túnel muy oscuro y se abrazaron con temor. No se escuchaba más ruido que el ronroneo del motor de esa pompa de jabón, tan parecida a una nave espacial, y la conversación del duendecillo que entre risas les decía que los llevaría a una ciudad muy especial, pero muy especial, donde verían cosas maravillosas.

     Ya empezaban a preocuparse cuando de pronto una luz los envolvió dejándolos ciegos por un instante. El duendecillo les dijo con tono misterioso que ya habían llegado. Los niños fascinados no podían cerrar sus asombradas boquitas. ¡Tan distinto era todo aquello!

     En ese lugar no se escuchaban ni ruidos estridentes, ni gritos enojosos, ni riñas, ni llantos, tan sólo un suave tintineo de campanitas. Los transeúntes tenían un semblante tan alegre que ellos se preguntaron intrigados a qué se debería tanta felicidad.

     El duende los miraba de reojo, y como podía descifrar el pensamiento, supo de inmediato que se creían en un país encantado. Les dijo que ese lugar se llamaba Ciudad Armonía, y que les ayudaría a descubrir el secreto de su felicidad.

     Nuestros viajeros veían a su paso juguetes bien pintados, libros sobre estantes voladores y árboles cargados de frutas maduras, a la sombra de los cuales jugaban en perfecta armonía los niños del lugar.

     Llegaron, por fin, a una casa muy chiquita que parecía sacada de un cuento de hadas, donde encontraron a una viejecita que les ofreció una manzana.

     Acostumbrados a pelear, se abalanzaron juntos sobre la fruta, lanzando gritos ensordecedores, pero la viejecita levantó un dedo amenazador y les dijo:

     -Esta fruta es para los dos. Deben repartírsela sin discordia, de lo contrario se quedarán aprisionados para siempre en la pompa de jabón.

     Desesperados, los niños se preguntaron cómo podrían hacerlo, pues realmente no lo sabían. La mujer viendo que estaban empeñados en encontrar la solución les dijo que no era tan difícil resolver el problema. Tan sólo debían decidir quién partiría la manzana.

     Uno de ellos, apresuradamente tomó el cuchillo y la cortó. Ya iba a servirse el pedazo más grande cuando la anciana le dijo, levantando el dedo severamente con una pícara lucecita en los ojos.

     -Ah, ah, ah. Tú no puedes elegir porque partiste la manzana. Deja que tu hermano se sirva primero. Este es el secreto de la Ciudad Armonía: Un niño parte y el otro elige. Bien, pequeños -continuó diciendo la viejecita detrás de una cálida sonrisa- la próxima vez que deban compartir algo no se olviden de dividirlo en dos partes exactamente iguales.

     Los niños comprendieron por fin el secreto de la Ciudad Armonía, pero antes de que tuvieran tiempo de decir una palabra ya estaban viajando en la pompa de jabón rumbo a su casa, donde la mamá los esperaba con una hermosa manzana.

 

 

 

LAS SIETE CABRITAS

 

Entonces las cabritas se tomaron fuertemente las colitas con los dientes,

formando un puente tibio y palpitante.


     Anochecía en el campo. A lo lejos los astros comenzaban a encenderse. La niña y el viejo pastor miraban embelesados esas primeras luces de la noche. Cuando los valles se cubrieron de sombras aparecieron en el cielo siete pequeñas estrellas, imperceptibles para cualquier caminante distraído. Isabel, que era muy aficionada a observar el firmamento, las notó enseguida y quiso saber sus nombres.

     -Son las Siete Cabrillas -le contestó el pastor, que además de cuidar rebaños, era su abuelo.

     Como la niña no apartaba la vista de ellas, el anciano se sentó en un tronco y le contó esta historia:

     -Hace mucho tiempo, cuando vivía el abuelo de mi abuelo, atravesaba estos campos un zanjón muy profundo adonde los niños tenían prohibido acercarse. En ese entonces vivía en este lugar una niña pequeña como tú, pero más traviesa y andariega. Cada tarde, cuando terminaba de dar el maíz a las gallinas y recoger los huevos de sus nidos dispersos, le gustaba caminar por el campo, juntar cantos rodados a la orilla de un tajamar, que parecía un inmenso espejo negro, o corretear tras los pájaros. Lo que más le atraía de su vida campesina eran los animales, sobre todo las cabritas que cuidaba su abuelo. Les tenía un cariño tan entrañable, que si estaba con ellas se olvidaba de todo. Una tarde, cuando corría hacia el piquete, escuchó que su madre le decía:

     -No te alejes demasiado, Isabel, porque anoche estuvo merodeando por la chacra un tigre muy feroz.

     Así lo prometió la niña y siguiendo un sendero sinuoso se perdió muy contenta tras una nubecita de polvo colorado. No bien caminó unos pasos escuchó unos balidos muy débiles y alcanzó a ver una cabrita deslizándose entre la maleza. Le llamó la atención su paso lento y esa manera doliente de arrastrar la pata. Notó una huella roja sobre la tierra reseca y comprendió que estaba herida.

     Siguiendo sus quejidos se internó en un montecito, detrás del cual se extendía un gran pastizal, donde no había estado antes. Su dilatado verdor, la frescura ondulante de sus lomas, la subyugaron de inmediato, y un poco por el impulso compasivo de ayudar a la cabrita indefensa, y otro por la fascinación de su hermosura, se fue alejando del rancho inadvertidamente.

     De repente se apagaron los últimos rayos del sol. Una aureola anaranjada quedó flotando hasta que la noche cayó sobre los campos. Su determinación de alcanzar a la cabrita era más fuerte que nunca. Debía curarle la patita.

     Mucho anduvieron las dos, pues a pesar de la insistencia de sus llamados la cabrita no se detenía. El ruido de los pájaros levantando vuelo, los murmullos indescifrables de la noche la llenaron de temor.

     Entonces dos tizones fosforescentes brillaron en la oscuridad. Un rugido amenazante le trajo el recuerdo de la advertencia materna, pero era demasiado tarde. ¡El tigre estaba allí!

     Ante el peligro, la cabrita huyó despavorida hacia una gruta, donde encontró a sus hermanas que eran seis. La niña comprendió entonces por qué anduvo sin descanso, desoyendo sus ruegos. Esa gruta oscura y profunda era el mejor albergue contra las fieras, pero ella no podía entrar allí sin descubrirlas.

     La luz plateada de la luna iluminó un foso profundo, que el instinto del animal supo evitar. Las siete cabritas estaban a salvo. Un zarpazo agitó el aire a sus espaldas. Asustada, Isabel corrió apresuradamente hacia el precipicio, donde caería sin remedio.

     Entonces las cabritas se tomaron fuertemente las colitas con los dientes, formando un puente tibio y palpitante. Sus lomos sedosos la invitaban a cruzar.

     Cuando llegó al otro lado, la niña pensó con desaliento que el tigre haría lo mismo, y se la comería de todos modos. Cerró los ojos con terror, pero cuando los volvió a abrir notó con asombro que los animalitos, desprendiéndose uno a uno, deshacían el puente cayendo al vacío.

     Al clarear el día los pastores mataron al tigre, rescatando a la niña compasiva, y a la noche siguiente aparecieron por primera vez en el cielo esas estrellas diminutas que se llaman Las Siete Cabrillas.

 



EL CARACOL QUE QUERÍA VOLVER AL MAR

 

 Por esos días, se organizó un campamento escolar hasta el centro del bosque

y Pablo se llevó consigo su amado caracol.


     Te voy a contar la historia de un niño que fue a pasar sus vacaciones a la orilla del mar. Todos los días se acercaba a la playa para ver cómo recogían las redes los pescadores del lugar.

     Un día, entre la enorme variedad de pececillos que se debatían sobre la arena había un precioso caracol, cuyo caparazón lustroso y suave brillaba vivamente bajo los rayos del sol. Pablo, que así se llamaba nuestro amigo, divisó desde lejos el hermoso ejemplar y, corriendo apresuradamente entre los peces agonizantes, se acercó hasta él tomándolo para sí.

     El caracol comprendió enseguida que había sido aprisionado e hizo desesperados movimientos por volver al mar. Pero a Pablo le gustaban demasiado sus colores claros y el sonido que hacia cuando se lo acercaba al oído, para dejarlo partir.

     Retornó el niño a su casa a fin de esconder su precioso tesoro, mientras el pobre caracol le suplicaba que lo dejase en la arena. Sordo a sus ruegos lo puso en un armario dentro de una palangana llena de agua, y alegremente salió a pasear.

     Terminadas las vacaciones Pablo retornó a la ciudad. Como vivía en un país mediterráneo se despidió del mar y se llevó en la valija el precioso caracol.

     Cuando llegó le hizo un hueco en el fondo del jardín, lo llenó con agua y lo puso adentro. Pablo cuidaba amorosamente de su caracol, pero éste siempre estaba triste. Temiendo una enfermedad, el niño agregó un poco de sal al agua que le servía de morada y le llevaba camalotes tiernos para el almuerzo, pero nada disipaba su incurable tristeza.

     -Pablo, deseo volver al mar; extraño el ruido de las olas. Llévame por favor al lugar de donde me sacaste. Allá quedaron mis amigos -le decía.

     -Pero yo te quiero; hago todo lo que puedo para hacerte feliz -replicaba Pablo.

     -Extraño las mareas, los hipocampos, las ostras y las estrellas de mar, incluso a los feos y espinosos erzos.

     A pesar de sus súplicas, Pablo estaba decidido a quedarse con el caracol y cuando éste empezaba a quejarse lo dejaba llorando en su agujero. Las vacaciones estaban por llegar y el caracol redoblaba sus lamentos, pero Pablo, insensible a sus ruegos, se hacía el sordo.

     Por esos días, se organizó un campamento escolar hasta el centro del bosque y Pablo se llevó consigo su amado caracol.

     La noche en que Pablo se quedó de guardia reinaba en el bosque un silencio absoluto; la luna se escurrió detrás de unas nubes negras y la calma era tan completa que hasta daba miedo quedarse despierto. Pablo recorrió las carpas para comprobar si todo estaba en orden; apagó el fuego donde habían asado un venadito, y dejando encendida la linterna se sentó a esperar la llegada de la mañana. Para entretenerse se puso a conversar con el caracol. De pronto escuchó un graznido muy extraño; se levantó intrigado, temiendo que fuese un cuervo, y caminó hacía el sonido hasta perderse en la oscuridad.

     Al poco rato, viendo que no encontraba el camino de regreso, se puso a llorar desconsoladamente, mientras se lamentaba:

     -¿Qué haré solo en medio del bosque? ¿Cómo volveré al campamento si no conozco el camino?

     -No llores, Pablo -lo consolaba el caracol -yo me quedaré contigo, te cuidaré hasta que alguien nos encuentre y nos lleve a casa.

     -Extraño a mis padres, caracol, quiero volver a mi casa -repetía entre sollozos el niño.

     Deja de llorar. Si tienes la paciencia de seguirme despacito, despacito, trataré de encontrar el camino de regreso.

     Lentamente los dos amigos se pusieron en marcha. Fueron por un sendero, luego por otro, volviendo muchas veces sobre sus pasos, hasta que finalmente encontraron el campamento. Pero no había nadie. Seguramente los demás niños, cansados de esperar, se habían ido.

     Presa de la desesperación Pablo se echó a llorar nuevamente, mientras el caracol le decía:

     -No te preocupes Pablo, caminando, caminando, llegaremos hasta tu casa.

     Silenciosamente emprendieron el camino hasta que luego de muchos días llegaron al conocido jardín. La madre de Pablo, que ya lo creía perdido para siempre, bailó de alegría, y le preguntó qué deseaba, pues le daría cualquier cosa con tal de que olvidara sus sufrimientos. Pablo le respondió sin pestañear.

     -Volver al mar.

     Una vez que estuvo en la costa, el niño se acercó a la playa y depositó su amado caracol en la arena, el cual, sintiéndose inmensamente feliz, se perdió sin tardanza entre la blanca espuma.

     Pablo no pudo disimular la tristeza que le causaba separarse del caracol, pero hizo un esfuerzo para sonreírle desde lejos, acordándose de cómo lo ayudó a volver a su casa cuando se perdió en el bosque.

     El caracol, que conocía el corazón apasionado de Pablo, se le acercó y le dijo al oído:

     -No te pongas triste, Pablo, nos recordaremos mutuamente con cariño, y para que sepas que jamás te olvidaré cada año te traeré un juguete hecho de conchas marinas.

     Con los ojos humedecidos Pablo lo dejó partir, y durante muchos años volvió a la playa a recoger el regalo que el caracol fabricaba para él en el fondo del mar.



 

LA MARIPOSA AZUL

 

Además de ser hermosa por la riqueza de sus colores, era extremadamente grande

y tenía una forma de volar, tan ligera y elegante, tan sutil...


     Gilberto era un niño que vivía fascinado por las maravillas de la naturaleza. Le gustaban las flores, los árboles, los pájaros y sobre todo los insectos. En la escuela se destacaba por su insaciable curiosidad. Tanto era su interés en aprender, que la maestra lo eligió para participar en un concurso de coleccionistas de insectos. Cuando Gilberto se enteró de la elección se puso loco de alegría. Entusiasmado, reunió los elementos necesarios para la búsqueda: una gran caja de cartón donde colocaría los bichitos; pequeños frascos con alcohol para conservarlos; varias docenas de alfileres para fijarlos en el fondo de la caja; rótulos donde escribir sus nombres y una red para cazar mariposas.

     Desde entonces Gilberto salió a recolectar insectos todas las tardes. Se internaba en el montecillo cercano a su casa y correteaba entre los árboles, aumentando con uno o dos ejemplares su apreciada colección. Volvía al atardecer, cansado pero lleno de alegría y proyectos para el día siguiente. Se acostaba temprano y, generalmente, soñaba con su próxima expedición.

     Le gustaba perseguir largo rato cuanto insecto veía, y a media tarde sentarse en algún tronco abandonado a tomar un vasito de cocido con leche y unas cuantas galletas. Le encantaba el murmullo del monte, la conversación de los pájaros, las liebres que se escapaban presurosas y asustadas cuando lo oían llegar y los venaditos con sus ojos asombrados, fijos en él. A medida que se habituaron a su presencia se le fueron acercando, naciendo entre ellos una tierna y silenciosa amistad. Pero lo que más apasionaba a Gilberto eran las mariposas. Tenía varias en su colección y eso lo llenaba de orgullo.

     Una tarde, cuando ya había emprendido el regreso vio una, sumamente bella, que huía hacia las profundidades del monte. Se quedó extasiado por sus colores, que variaban desde el azul más intenso hasta el más tenue celeste.

     La atracción que la mariposa azul produjo en nuestro coleccionista se intensificó con los días. Pero a pesar de sus múltiples esfuerzos, sus recorridas cada vez más extensas, Gilberto sólo conseguía verla desde lejos, fugaz entre los árboles cuando caía la noche. Siempre cuando caía la noche.

     Tan intenso era su deseo de atraparla que esa ansiedad comenzó a sacarle el sueño y casi no comía, perturbado por el anhelo de cazarla. Si lo conseguía, pensaba, su colección sería la más completa de la escuela y sin duda, ganaría el primer premio.

     Gilberto nunca había visto una mariposa semejante. Además de ser hermosa por la riqueza de sus colores, era extremadamente grande y tenía una forma de volar, tan ligera y elegante, tan sutil, que hasta daba pena matarla. Estaba seguro de ganar el concurso si la cazaba. Había conseguido escarabajos grandes, pequeños, negros y rojos; tenía abejas de todos los tamaños, incluso una reina; varios alacranes y un ciempiés, infinidad de mariposas de variados colores y caprichosas alas, libélulas y luciérnagas, pero le faltaba la mariposa azul.

     Una tarde, cansado de recorrer el bosque en obsesionada búsqueda, se sentó un rato a descansar al pie de un árbol. Escuchó un crujir de ramas secas, y sorprendido, comprendió que no estaba solo. A su lado una niña silenciosa lo miraba fijamente a los ojos. Tal fue su estupor que por poco se cae al suelo. Quedó vivamente impresionado por los cabellos claros que le cubrían los hombros, por su sonrisa increíblemente hermosa y sus ojos, de un azul tan intenso, que le recordaron por un instante las alas de la mariposa azul.

     Con una voz tan dulce que hasta parecía quebrarse con el viento, la niña le preguntó:

     -¿Qué te pasa? Todos los días te veo sentado entre los árboles desalentado y triste, como si tuvieras una gran desilusión. Cuéntame.

     -Estoy formando una colección de insectos y me falta una mariposa azul que he visto varias veces revolotear entre el ramaje, pero cuando estoy por alcanzarla se me escapa irremediablemente.

     -Habiendo tantas mariposas, ¿por qué quieres justamente ésa?

     -Tengo todas las mariposas que hay en el monte, todos los insectos imaginables, sólo me falta la mariposa azul y estoy desconsolado porque no puedo cazarla. La deseo tan ardientemente que ni siquiera puedo dormir, y cuando duermo sueño que la he atrapado, y luego se me escapa.

     La niña lo miró largamente y a Gilberto le pareció que un dejo de tristeza ensombrecía su voz.

     -Tengo que irme, pero mañana volveré -continuó Gilberto- ¿y tú?

     -Tal vez -musitó la pequeña y se escabulló entre el follaje silenciosamente.

     Esa noche, entre las imágenes de la mariposa azul, Gilberto entrevió su rostro apacible y se quedó dormido.

     A la tarde siguiente volvió al monte muy temprano. Buscó largamente la hermosa mariposa, pero no pudo encontrarla por ningún lado.

     ¡Oh, cuánto deseaba esa mariposa! La necesitaba desesperadamente, no solamente para completar su colección, sino también porque era un objetivo tenazmente apetecido, una humillación para su orgullo ser incapaz de atraparla. Sabía que sus compañeros no tenían ni la mitad de los insectos que él recolectó; sólo un niño podía ganarle, pero si cazaba la mariposa azul estaba seguro de obtener el primer premio. Él quería el primer premio, cuánto lo quería. ¿Dónde se habría metido esa mariposa tan veloz, tan hermosa y diferente?, se preguntaba intrigado Gilberto. ¡Ah, si pudiera aprisionarla, tenerla entre mis redes!

     Mientras cavilaba, atormentado por sus deseos insatisfechos se le presentó la niña de largos cabellos y ojos tan azules.

     -He notado que buscaste la mariposa azul durante toda la tarde -empezó diciendo con suavidad.

     -Sí, pero sin resultado. No sé dónde pudo esconderse esa condenada -le respondió enfadado Gilberto.

     -Tal vez quiere vivir y se esconde de ti -replicó la niña.

     Gilberto que nunca había pensado que los insectos tuviesen deseos, mirándola muy sorprendido le dijo:

     -No creo.

     Los ojos de la niña brillaron entonces humedecidos y haciendo un gesto de adiós desapareció en silencio.

     Esa noche, después de darle mil vueltas a la cuestión, Gilberto decidió que cazaría la mariposa azul aunque quisiera vivir. La atraparía, así tuviera que pasarse las noches enteras en el bosque. Por cierto que era una mariposa muy extraña. Se la veía tan sólo al atardecer cuando disminuía la luz del sol y las estrellas empezaban a parpadear en el cielo. Era rara y enigmática, pero la cazaría, pensó amenazante el coleccionista cayendo al fin vencido por el sueño.

     Al otro día Gilberto se preparó más temprano que nunca, decidido a quedarse en el monte hasta bien entrada la noche. Cargó en su mochila todo lo necesario y partió seguro de su éxito. Recorrió los senderos más recónditos; los caminos por donde nadie transitaba, desde mucho tiempo atrás; se subió a los árboles más altos buscándola entre sus ramas, pero la mariposa azul no aparecía. Furioso y desalentado se sentó a descansar, cuando...

     -Veo que nuevamente fracasaste -le dijo la niña que imperceptiblemente se le había acercado- ¿Por qué no abandonas tu intento de cazar la mariposa azul?

     -Jamás, jamás lo abandonaré- replicó Gilberto enardecido, y fuego, dulcificando un poco la voz, agregó- No sé qué sería de mí si no vinieras todas las tardes a consolarme. Cuando te veo siento un gran alivio en el corazón y se apacigua la amargura que me causa ser incapaz de cazarla.

     -Yo vendré todas las tardes a estar contigo si me prometes no perseguir más a la mariposa azul. Te contaré cosas bellas y muy pronto la olvidarás -le propuso la niña acariciándole las manos.

     -No puedo renunciar a la mariposa azul -dijo Gilberto obstinadamente.

     La niña no respondió y cuando Gilberto levantó la cabeza ya se había perdido en la espesura. En ese momento se dio cuenta de que la quería, y se arrepintió de su rudeza. Volvió a su casa recordando la dulzura de su mirada, sus manos pequeñas y sus ojos de una tristeza azul incomparable. Por un momento se olvidó de la mariposa. Pero al día siguiente se levantó más decidido que nunca a darle caza.

     Mucho la buscó Gilberto entre los árboles; le pareció verla fugazmente una y otra vez, pero a pesar de todos sus esfuerzos se le escapaba sin remedio. Apenas se sentó sobre una piedra, al borde del camino, apareció la niña misteriosa. Tomándole las manos suavemente, le dijo:

     -Gilberto, buscaste sin éxito durante mucho tiempo la mariposa azul. Perdiste el sueño por ella, y ya no comes; temo que si no la alcanzas te enfermarás y yo no quiero, por eso voy a decirte un secreto que nunca antes revelé: yo soy la mariposa azul.

     Gilberto abrió desmesuradamente los ojos, pero la niña no le permitió hablar.

     -Cuando era muy chiquita solía corretear entre los arboles sin permiso de mis padres; un día que me alejé demasiado de la casa encontré en un claro del bosque una nave espacial que me iluminó con sus luces azules en el momento que partía hacia el espacio. No sé cómo eran los tripulantes porque no los llegué a ver, pero desde entonces, inexplicablemente, me convierto en mariposa cuando se pone el sol. Por eso no hay otra igual en todo el monte, por eso soy tan veloz y no puedes alcanzarme.

     Gilberto seguía mudo de asombro mientras escuchaba incrédulo aquella voz.

     -No puedo verte sufrir más y quiero que esta noche cuando me transforme en mariposa me aprisiones para completar tu colección.

     Gilberto comprendió al fin el misterio de la mariposa azul. Su red colgaba abierta de la rama de un árbol. Cuando empezó a anochecer la niña se convirtió en mariposa y se metió mansamente en ella. El coleccionista tenía los ojos nublados de lágrimas. Ahí estaba, indefensa, la razón de sus desvelos; al fin había conseguido la mariposa azul, y sin embargo, se sentía tremendamente triste.

     Lentamente tomó la red y la contempló largo rato. Le pareció que sus alas de aquel azul intenso, indescriptible, se agitaban trémulas de miedo.

     En ese instante comprendió que no podría retenerla y nunca sería capaz de matarla; supo que prefería dejar incompleta su colección antes que hacerle el menor daño.

     -No temas -le dijo con cariño- no te voy a hacer daño. Te quiero demasiado para arrebatarte la libertad. Vuelve al monte y conviértete mañana en la dulce niña que vino a consolarme tantas veces.

     Como si lo hubiera entendido la mariposa movió indecisa sus preciosas alas; parecía decirle: quiero quedarme contigo para enriquecer tu colección.

     -Vuela por favor, sólo cuando te pierda para siempre volveré a ser feliz -le respondió Gilberto, mientras abría generosamente la red.

     En ese instante la mariposa azul desapareció en el follaje y Gilberto comenzó a caminar lentamente hacia su casa, llevando bajo el brazo la caja con la colección incompleta.


 


 


 

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CUENTOS : CANCIÓN PARA SALVAR UNA VIDA ; LA NIÑA QUE LIBERÓ LOS PÁJAROS ; UN RATONCITO MUY EXTRAÑO ; EL ANILLO ENCANTADO ; LA SIRENA BONDADOSA ; EL SECRETO DE LA CIUDAD ARMONÍA ; LAS SIETE CABRITAS ; EL CARACOL QUE QUERÍA VOLVER AL MAR Y LA MARIPOSA AZUL.

 


 

 

 
 
 
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