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RENÉE FERRER

  EL MISTERIO DE LA MARIPOSA AZUL - Obra teatral de RENÉE FERRER


EL MISTERIO DE LA MARIPOSA AZUL - Obra teatral de RENÉE FERRER

EL MISTERIO DE LA MARIPOSA AZUL

(Obra infantil en un acto, dividida en diez cuadros,

basada en su cuento La mariposa azul)

Obra teatral de RENÉE FERRER

 

PERSONAJES

 

GILBERTO

 MAESTRA

 NIÑO 1

 NIÑO 2

 NIÑO 3

 NIÑO 4

 MAMÁ

 LECHUZA

 CONEJO

 VENADO

 NIÑA

 MARIPOSA

 

 

RENÉE FERRER

Nació en Asunción en 1944. Es poeta, novelista, dramaturga y Doctora en Historia por la Universidad Nacional de Asunción. Em­pezó a publicar sus prime­ros poemas en el periódico del Colegio Internacional. Es miembro fundador de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP), de Escrito­ras Paraguayas Asociadas, del PEN Club del Paraguay y de la Asociación de Lite­ratura Infanto-Juvenil del Paraguay; pertenece al lns­tituto de Investigaciones Históricas y al Consejo de la Alianza Francesa. Es Acadé­mica de Número de la Aca­demia Paraguaya de la Len­gua Española y miembro co­rrespondiente de la Real Academia de la Lengua. Ejerció la presidencia de la Sociedad de Escritores en el período 1998-1999, durante la cual se fundó el fondo editorial de la SEP. En noviembre de 2003 recibió la condecoración Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, otorgada por el Ministerio de Cultura del Gobierno francés.

Su obra se ha visto reconocida con premios nacionales e internaciona­les. Ha sido incluida en numerosas antologías, llevándola a participar en con­gresos de literatura y festivales de poesía en Israel, Francia, España, los Esta­dos Unidos. Entre sus publicaciones para niños podemos mencionar: Casca­rita de nuez (1978), Galope (1983), Campo y cielo (1985), La mariposa azul y otros cuentos (1987), El misterio de la mariposa azul (teatro, edición bilin­güe español-guaraní), en 1998.


PRIMERA ESCENA


GILBERTO: (En el escenario caminando de un lado a otro.) ¿Habrá algo más entretenido que venir a la escuela antes de la hora de entrada? Me gusta arreglar los bancos, borrar el pizarrón, recoger algún libro olvidado, pero sobre todo pasear en el silencio del aula cuando está vacía, y pensar en las maravillas que aprenderé. Prefiero repasar las lecciones a demorarme comprando caramelos en la esquina. Yo sé que se burlan de mí, porque estudio demasiado. Que me remedan cuando estoy leyendo. Lo único que le importa es ser el mejor, dicen. Es un aburrimiento, cuchichean creyendo que no los escucho. ¿Qué puedo hacer si mi curiosidad supera la atracción de cualquier entretenimiento?

MAESTRA: (Entra.) Buen día, Gilberto. Ya veo que llegaste temprano como siempre y me trajiste flores de tu jardín.

GILBERTO: Buen día, profesora. ¿Le gusta cómo quedó la clase? (Niños van subiendo al escenario desde la sala. La escena tiene que ser muy ágil.)

MAESTRA: Buen día, niños, ¿cómo están?

NIÑOS: (En coro.) Bien, muy bien, señorita.

GILBERTO: ¡Qué mañana fabulosa! Veremos qué nos enseña la maestra.

NIÑO 1: Este siempre tragalibros. ¡Qué manía tiene de saberlo todo! ¿Qué tal?

NIÑO 2: De primera y mejorando. Aunque un poco estresado por el fin de semana.

MAESTRA: Escuchen atentamente. Hoy hablaremos de un proyecto relacionado con...

NIÑO 1: El rally.

NIÑO 2: La importancia de los juegos electrónicos.

NIÑO 3: Las tortas fritas que hacen las abuelas cuando llueve.

NIÑO 4: ¿A quién le interesan las tortas de tu abuela?

NIÑO 2: Esta gordinflona siempre pensando en comer.

MAESTRA: ¡Basta de interrupciones! Todos los temas son

interesantes, pero hoy vamos a hablar de la naturaleza.

GILBERTO: ¡Qué apasionante!

NIÑO 2: ¿Te parece?

MAESTRA: La naturaleza es todo lo que compone el universo.

NIÑO 1: Me encanta el pasto, para un partido de fútbol en plena siesta.

NIÑO 3: Y a mí, el río para salir a pescar.

NIÑO 2: O la lluvia, así puedo quedarme mirando la tele.

MAESTRA: Porque a todos nos gusta la naturaleza, les propongo un viaje imaginario al corazón del monte, a fin de descubrir la inmensa variedad de animales que pululan entre los árboles. ¿Observaron alguna vez las plumas de los pájaros?

GILBERTO: Ciertamente. Son livianas, suaves, largas o cortas, negras, blancas o de colores brillantes.

NIÑO 2: Y de qué otra forma podrían ser, a menos que todos los pájaros fueran iguales.

MAESTRA: ¿Les gustaría conocer de qué manera viven los animales?

NIÑOS (En coro.) ¡sí, sí, sí!

MAESTRA: Bueno. De eso se trata. Los conejos son mamíferos de cuatro patas, pelo espeso y las orejas tan largas como la cabeza.

NIÑO 1: Tienen los ojos rojos.

NIÑO 4: Saltan y comen tréboles.

NIÑA: Y también zanahorias.

NIÑO 2: Hasta el menú de los conejos nos enchufan.

MAESTRA: ¿Vieron alguna vez un venado?

NIÑO 3: Nunca.

NIÑO 2: ¿No se acuerdan de Bambi? Por lo visto no te llevaron al cine.

GILBERTO: Yo encontré venados en el Chaco, en los libros y en los sueños. Son rumiantes, de pelo corto; tímidos y temerosos cuando chicos, pero veloces y con cuernos de varias puntas al crecer. También maman.

NIÑO 2: Pero este se las sabe todas. ¡Qué barbaridad!

MAESTRA: ¿Nadie tiene un venado en el patio de su casa?

NIÑO 2: Ni loco, demasiado trabajo.

MAESTRA: Hablemos de los monos: se distinguen por tener las patas de atrás muy largas y la cola prensil; son ágiles, muy inteligentes, sociales. Nuestros montes están poblados de monos que saltan de rama en rama, se comen el maíz de las chacras y se hamacan colgados del rabo. ¿Los conocen?

NIÑOS JUNTOS: Sí, sí.

NIÑO 1: Son demasiado simpáticos con sus caras chiquitas, riéndose con todos los dientes.

NIÑO 4: Son traviesos y haraganes.

NIÑO 2: Y bastante zafados. (Risita general.)

GILBERTO: ¿Es verdad que el hombre desciende del mono?

NIÑO 2: Entonces el cuento de la cigüeña era una estafa.

MAESTRA: ¿Alguno tuvo alguna vez un mono propio?

NIÑO 1: Mío, mío, no.

NIÑO 4: En el zoológico hay muchos.

NIÑO 2: ¿Por qué no hacemos un paseo en lugar de dar clase?

MAESTRA: Precisamente lo que les voy a sugerir es una serie de excursiones al monte más cercano.

NIÑO 2: ¡Por fin algo interesante!

MAESTRA: Una excursión para buscar insectos.

NIÑO 2: No cuenten conmigo para eso. Yo prefiero los sapos que se comen los bichos.

NIÑO 4: ¿Y entonces cómo los vamos a encontrar?

MAESTRA: (Mostrando una caja de zapatos.) Ya verán. Miren lo que les traje. ¿Me pueden decir qué es?

GILBERTO: Una caja, señorita.

NIÑO 2: Elemental, Gilberto. Una caja es siempre una caja aunque lo pregunte la maestra.

MAESTRA: Pero ésta tiene adentro algo fascinante. ¿Qué será?

NIÑO 2: Ah, bueno. Eso ya cambia la historia.

NIÑA: Una muñeca.

NIÑO 2: Y dale con el instinto maternal.

NIÑA: Un dinosaurio.

GILBERTO: Los dinosaurios son enormes, jamás entrarían ahí.

MAESTRA: Les daré una pista. En la caja hay una serie de ejemplares que alguien se tomó el trabajo de ordenar. A ver, adivinadores, un poco de imaginación.

NIÑO 1 :Está llena de monedas.

NIÑO 3: O de cartas de amor.

NIÑO 2: ¡Ah, qué romántica! Cuente, cuente, señorita, que me muero de sentimiento.

MAESTRA: En esta caja hay una colección de insectos.

NIÑO 2: ¿Y para qué sirve?

MAESTRA: Para aprender a reconocer las distintas especies que existen. Los insectos se caracterizan por tener seis patas y el cuerpo dividido en tres partes.

NIÑO 2: Nunca lo hubiera creído con lo pequeños que son.

MAESTRA: Sufren una transformación llamada metamorfosis. Hay innumerables variedades. (Abre caja y va señalando cada insecto.) Aquí pueden apreciar una libélula, un escarabajo, un tábano, varios gusanos. Tenemos un grillo negro y una pareja de cigarras, una langosta... Observen que todos tienen distintas formas. La mayoría son nocivos, aunque algunos son útiles, como las abejas o el gusano de seda, y otros muy hermosos, como las mariposas.

NIÑO 2: ¡La flauta! ¡Qué cantidad de mariposas había!

MAESTRA: Presten atención. La escuela está organizando un concurso que les ayudará a apreciar la naturaleza y a diferenciar a los insectos.

NIÑO 4: Son tan feos, señorita.

NIÑO 3: A mí me parecen cómicos.

NINO 1: Apestan, como los cascarudos que revoletean alrededor de la luz.

NIÑO 2: Esos son muy útiles para perseguir a las hermanas molestas.

MAESTRA: ¿Qué más?

NIÑA: Vuelan.

NIÑO 2: Y... generalmente los animales que tienen alas vuelan.

NIÑO 4: Algunos se arrastran, como las cucarachas.

NIÑA 3: ¡Puaj! ¡Qué asco!

MAESTRA: No se preocupen. Nosotros vamos a trabajar sobre todo con los insectos que vuelan. La idea es completar una colección... (Suena campana de salida.) ¡Hasta mañana, niños!

NIÑOS :Hasta mañana....


ESCENA SEGUNDA


(En casa de Gilberto la mamá esta muy enojada. Se ven objetos tirados por todas partes.)

MAMA: ¡Pero qué ventarrón ha pasado por aquí dejando mis zapatos fuera de lugar! ¡Y mis carteras! ¡Y los pañuelitos de encaje! Parece que alguien anduvo tocando mis cosas. ¡Ah, con lo que cuesta tener la casa arreglada! (Gilberto se mantiene callado a un costado de la escena para no ser visto, se encoge de hombros y se tapa la boca. La mamá sigue ordenando sus pertenencias y refunfuñando.) Este tiene que ser Gilberto. ¡Qué escándalo, cómo me dejó el ropero! ¡Y mi costurero! Los hilos por cualquier lado, las tijeras debajo de la cama, las agujas por acá, los alfileres por allá. ¡Los alfileres! ¿Pero dónde están mis hermosos alfileres con las cabecitas de colores? ¡Pero si eran los más lindos que tenía! ¡Gilberto! ¡Gilberto! (Gilberto no contesta. Tiene una caja de zapatos en la mano y está guardando algo.) El bochinche continúa. En el baño, el alcohol derramado; estos chicos nunca piensan en el precio de las cosas. Me han sacado del botiquín todos los remedios, ha dejado las pastillas por el suelo y se llevó los frasquitos de las aspirinas. ¡Pero qué desastre! ¡Gilberto! ¡Gilberto! (Va muy apurada de un lado a otro y se tropieza con algo.) ¡Ay! Casi me rompo la cabeza, estoy en el suelo entre hilos, empapada en alcohol. ¡Ay! Me pinché un dedo con una aguja, me sale sangre, me pica. ¡Gilberto! ¡Gilberto!

GILBERTO: (Corre asustado cuando escucha que la mamá se cayó.) Mamá, mamita, perdóname. No te puedes imaginar lo que sucedió en la escuela.

MAMÁ: ¡Ay, Gilberto, Gilberto! Ayúdame a levantarme. ¡Ay, ay! Cómo me duele la colita. (Gilberto le ayuda y ella se refriega las nalgas.)

GILBERTO: Mamá, mamita, déjame que te cuente. Con el entusiasmo me olvidé de guardar tus cosas. Te lo voy a explicar. Hoy la maestra nos dijo que debemos formar una colección de insectos, nos dio una lista con todo lo necesario. Yo busqué entre tus cosas y saqué lo que pude.

MAMÁ: Pero Gilberto, me has dejado la casa desmantelada...

GILBERTO: No te enojes, mamita, que ya tengo todo lo que hace falta. Una caja especial de gran tamaño. Tus zapatos los tiré por ahí. Los alfileres de colores son muy adecuados: me los llevaré prestados. Aquí están tus frasquitos. ¿Qué podía hacer sino dejar las píldoras en la mesita de luz para llenarlas con alcohol?

MAMÁ: Gilberto, ¡me hubieras pedido permiso!

GILBERTO: Como rótulos, usaré tus tarjetas personales: me servirán para anotar el nombre de los insectos. Ya te habrás dado cuenta de que partí la escoba por la mitad para usar el palo como mango; también saqué un pedazo de tul del mosquitero de Anita y el bastidor de tu bordado me servirá para completar la red.

MAMÁ: Gilberto, cómo pudiste ser tan atolondrado. ¿Dónde se ha visto tocar las pertenencias de la mamá sin autorización?

GILBERTO: Sé buena, mamita, yo no pude esperar. Me dijiste que te dejara tranquila, que se te quemaba la comida, que papá estaba por llegar, sonaba el teléfono y venía el cobrador de la luz, todo al mismo tiempo. ¿Acaso no me pediste que me las arreglara solito?

MAMÁ: Sí, sí, ya veo que te arreglaste solito. Bueno. Bueno. A recoger todo y veremos cómo podemos componer este berenjenal.

GILBERTO: Mamá, ¡qué buena! Gracias, gracias, mamita linda. ¿Me harás la red para cazar mariposas?

MAMÁ: Por supuesto que sí. Dame el pedazo de tul, un carretel de hilo y una aguja, vamos a empezar. (La mamá confecciona la red y se la da a Gilberto.) Aquí está.

GILBERTO: Qué hermosa es, mamá. Será la red más grande de la escuela. Ah, mamá, si yo pudiera ganar ese premio; si mi colección fuera la más completa me darían la medalla y me sentiría el niño más feliz del mundo; sueño con ser el niño más feliz del mundo.

MAMÁ: No le des tanta importancia a los premios, Gilberto. Lo fundamental es que pongas a trabajar y logres diferenciar todas las clases de insectos que existen.

GILBERTO: Pero yo quiero ganar, mamá. Y te aseguro que ganaré. Tengo que coleccionar más insectos que Luis y que Miguel; más insectos que ninguno, y ser el mejor coleccionista de la escuela. Ya verás, mamá. Ganaré esa medalla. (Gilberto se acuesta y sueña. Música sugerente con sonidos del bosque. El. sueño está representado por títeres colgando de un cordel. Aparecen los animales sobre la cama de Gilberto. Él está soñando. Los animales bailan sin palabras, Gilberto se levanta y danza con ellos. Desaparecen los animales. Gilberto se sienta en la cama, se refriega los ojos. Se despierta.) ¡Qué sueño maravilloso! No veo la hora de que acabe el amanecer y empiece el día. El momento de comenzar la recolección de insectos será el primer paso hacia mi triunfo. (Oscuridad total termina la escena.)


TERCERA ESCENA


(Se escucha una canción, música muy vivaz y alegre. Gilberto va cami­nando y canta. Marca el compás con la red. Va con la caja bajo el brazo y un bolso a la espalda. Apenas puede con torio. De pronto entra en el bosque. Todo es misterioso y susurrante. Luz negra.)

GILBERTO: Esto está muy oscuro. Me está entrando miedo. (Mira atrás de un árbol, pisa con cuidado para no hacer ruido.) ¿Qué hago si me ataca el pavor? No es tan sencillo orientarse en el monte sin sudar frío. ¿Por dónde me meto? ¿Por aquí, por allá? Hay tantos vericuetos. No sé si escuché algo o me habla la imaginación ¿Qué será? (Duda.) Ah, es el ruido de las rodillas que me tabletean. Ay. Parece que unos ojos me persiguen. ¿Estaré dentro de la boca de un lobo? Todavía no ha oscurecido y, sin embargo, me rodean las sombras. (se refriega los ojos.)

LECHUZA: (Malhumorada y sin vista.) En el bosque los árboles están muy juntos y el sol se queda afuera. (Rigurosa.) ¡Y los chicos también!

GILBERTO: ¿Se habrá hecho de noche antes de tiempo? Justo hoy se le ocurre al sol acostarse temprano. Estoy muerto de ansiedad... No seas tonto. ¡Vamos, a vencer ese temor! Entra al bosque de una vez; si no te atreves, nunca vas a comenzar la colección y adiós medalla.

LECHUZA: ¡Como se le habrá ocurrido a este chico perturbar la paz del bosque a esta altura de mi descanso! ¿Por qué no se va por aquel sendero y me deja dormir?

GILBERTO: ¿Qué sendero, cuál sendero?

LECHUZA: (Muy molesta.) Ese, que se pierde atrás de aquel árbol y no se lo ve más allá de este montículo, y seguramente atraviesa el pasadizo secreto donde se congregan los chicos molestos. Seguro que le va a entrar miedo. ¡Qué complicación!

GILBERTO: Antes de ir ya estoy muerto. ¿Qué hago? ¿Qué puedo inventar para no salir corriendo...? Basta de tonterías. Así no vas a ganar el concurso. Ni honores, ni medalla, ni el título de mejor coleccionista de la escuela.

LECHUZA: ¡Qué chasco! Este mocoso no se va. (Se dispone a dormir.)

GILBERTO: El bosque es demasiado grande e impenetrable. Está lleno de murmullos, como si quisieran anunciarme que detrás de cada árbol me aguarda algún peligro. No veo a nadie, pero siento que alguien me mira con desagrado.

CONEJO: (Sale de atrás de un árbol.) Hola, hola. (Le hace gesto con las orejas y lo saluda con una pata.) ¿Qué tal.

GILBERTO: ¡Lo único que falta es que falta es que en lugar de mariposas colecciones fantasmas!

CONEJO: No seas tonto. Soy yo. Un conejo de carne y pelo, patas suaves y una colita semejante a un pompón.

GILBERTO: Ah, menos mal. ¿Eres de verdad un conejo o la sombra de un conejo?

CONEJO: ¡Qué niño tan ingenuo!, creer en fantasmas a estas alturas. Ni que estuviéramos en Inglaterra. Bueno, yo conocí uno cierta vez. Pero esa es otra historia, salida de la galera de un mago el día en que nací. ¿Cuál es tu nombre?

GILBERTO: Me llamo Gilberto, y soy el mejor alumno de la escuela.

CONEJO: Bah, bah, bah. Los títulos y las condecoraciones en este bosque no importan para nada. Aquí lo que interesa es saber cazar o evadir al cazador. Pero en fin, encantado, encantado. (Le tiende la patita.) ¿Y para qué viniste al monte? Cuéntame. Yo soy un conejo muy hablador y por acá son pocos los que entran con ganas de conversar.

GILBERTO: Bueno, empiezo (Se sienta en un tronco; el conejo salta y se le coloca al lado.) El caso es que en la escuela... ¿Tú sabes lo que es una escuela?

CONEJO: Sí, un lugar donde los niños se aburren.

GILBERTO: ¡No, qué equivocado estás! No siempre se aburre uno. En la escuela se aprenden muchas cosas y en el recreo comemos unos bollos deliciosos. ¡Ahora se puso más interesante que nunca!

CONEJO: Cuenta, cuéntame. ¿Por qué? Vamos a ver. GILBERTO: Porque la maestra organizó un concurso y todos los alumnos debemos juntar insectos a fin de completar una colección. El que tenga más bichos ganará un premio, y una medalla así de grande, con nombre y apellido, y un viaje a una reserva ecológica en Sudáfrica donde hasta te pueden comer los leones.

CONEJO: ¡Qué maravilla! Me refiero al concurso. No sabía que la escuela era tan divertida. Hasta me da lástima no ser un niño. En fin, ¿cuántos bichos has reunido?

GILBERTO: Todavía ninguno.

CONEJO: Ah, pero entonces vas a perder.

GILBERTO: No te apresures, Conejo, que estoy empezando la recolección. Hoy es la primera vez que vengo al bosque Dime por dónde ir, pues no quiero extraviarme. Entre nosotros, ¿por aquí hay leones?

CONEJO: No; sólo venados y liebres parecidas a mí y coatíes y monitos saltarines, loros habladores, papagayos, y una lechuza intelectual que nadie aguanta, porque se cree superior y sólo piensa en dormir.

GILBERTO: Ah. ¡Qué alivio! Y también hay insectos, me supongo.

CONEJO: En cantidades.

GILBERTO: ¡Qué espectacular! Si sigo así voy a tenerla mejor colección de la escuela, y tendré que traerte un regalo de Sudáfrica.

CONEJO: Si los cazas a todos, puede ser.

GILBERTO: Si tú me ayudas...

CONEJO: Pero ¿cómo? ¿La maestra permite que te ayuden a hacer los deberes?

GILBERTO: Sólo un poquito. Dejemos eso. Lo haré por mi cuenta y ya está. Tú nada más indícame el camino y asesórame sobre el lugar donde encontrarlos.

CONEJO: Bichos hay por todas partes. Abre los ojos.

GILBERTO: Pero, ¿dónde, dónde? Yo no veo ninguno.

CONEJO: Mira, mira, mira. Por aquí. (Levanta una piedra.) Por acá. (Descascara el tronco de un árbol.)

GILBERTO: ¡Qué fantástico! Bueno, empiezo. ¡Un grillo! Aquí está el primero. (Se apresura y cae.)

CONEJO: (Riéndose.) ¡Qué cómica! Pareces totalmente un grillo, y además te caíste.

GILBERTO:No te burles. (Enojado.) Esto es más problemático de lo que yo pensaba.

CONEJO: Los insectos son muy veloces y nada tontos.

GILBERTO: Y saltarines por lo que veo.

CONEJO: Mira, mira, mira, por allí. (Gilberto sigue las indicaciones.) Caliente, caliente, caliente, no, frío, ahora tibio, tibio, caliente, caliente, te estás por quemar.

GILBERTO: (Le pone la red encima y lo atrapa.) Lo tengo, lo tengo, ya lo tengo.

LECHUZA: (Aparece en una rama.) ¿Qué significa tanto alboroto?

CONEJO: Es un niño que se llama Gilberto, el mejor alumno de su clase; está formando una colección de insectos.

LECHUZA: ¡Qué fastidio! Se llevará mis almuerzos más sabrosos. ¿Y para qué quiere iniciar semejante exterminio?

GILBERTO: La maestra nos encomendó preparar una colección de insectos, con mariposas y todo, para que aprendamos a distinguirlos.

LECHUZA: No me acordaba de que las mariposas eran insectos. No te lleves todos los grillos, que me gustan en ensalada con gotitas de rocío y polen impalpable.

GILBERTO: Sólo necesito uno de cada clase.

LECHUZA: Ah, bueno, menos mal, no sea que tenga que comer hormigas más de dos veces por semana con lo alto que tengo el colesterol.

CONEJO: No te preocupes, Lechuza, que ya te dijo que necesita sólo un bicho de cada grupo.

LECHUZA: Bueno, bueno, bueno, si es así, coleccionista, ¡a tu trabajo! Y déjame pensar, que es lo que acostumbro hacer cuando duermo. En este bosque, desde que las maestras se han puesto tan exigentes, ni la siesta se puede dormir. (Se acucurra sobre la rama en actitud de dormir.)

CONEJO: Sigamos, Gilberto. Ya tienes un grillo. ¿Qué vas a hacer con él?

GILBERTO: Al frasquito con alcohol. ¿Cómo se llama este bicho? Ah, ya me acuerdo, es un grillo. (Escribe el nombre en un rótulo y guarda el frasco con el bicho en la bolsa que lleva al hombro. Gilberto y el conejo caminan por el sendero muy despacio.)

CONEJO: Silencio, que escucho las pisadas de una hormiga..., no, no, no. Es un regimiento, tal vez un batallón, con toda seguridad el ejército entero. ¿Sabías que nunca viajan solas? Pega la oreja al suelo. Escucha. Parece un galope; así de rápido andan las incansables. Siempre trabajando. Siempre trabajando, juntando comida; sin embargo, son bastante delgaditas.

GILBERTO: Algunas, porque las hormigas culonas son gordas por detrás.

CONEJO: Escucha esta vez... (ambos arriman las orejas al suelo.)

GILBERTO: Sí, ya las oigo. Se acercan marchando. Esta es la mía. Ahora. (Golpea con la red.) Ya está, quieta, quieta. ¡Al frasco, pequeña!

CONEJO: Pobrecita...

GILBERTO: No tengo más remedio que dejar que se dé un chapuzón definitivo en el alcohol, porque si me pongo sentimental, adiós colección, adiós viaje y todos los honores. (Aparece un venado por detrás de Gilberto, olfatea. Acaricia a Gilberto con el hocico. Este se asusta.). ¡Socorro! ¿Qué es esta cosa fría que me está rozando el brazo? ¿Será una culebra, acaso un ciempiés?

CONEJO: (Matándose de risa.) No seas cobarde, Gilberto, es un venado, con la nariz sonrosada, aterciopelada y, por supuesto, fría.

GILBERTO: Me asustaste, Venado.

VENADO: ¿Te gusta mi pelaje rojizo con manchitas blancas? Supongo que no te alarman mis patas largas ni mi hocico rosa.

GILBERTO: ¿Y cuántos años tienes?

VENADO: Pero si no tengo un año. ¿No te das cuenta de que soy chiquito y bastante cabezudo todavía? (El venado salta y lo embiste juguetonamente con la frente.)

GILBERTO: ¡Qué hermoso eres! (El venado lo empuja.) Basta, juguetón. Qué feliz me siento. Tengo dos nuevos amigos y ambos muy bellos. ¿Me ayudarás también?

VENADO: Claro que sí. ¿De qué se trata?.

CONEJO: De juntar bichos.

VENADO: ¡Qué buena idea! Siempre que como pasto fresco se cuela alguna langosta y me hace cosquillas en la garganta. ¿Te las llevarás a todas?

GILBERTO: No, con una me basta. La colección es un muestrario, no una colonia.

VENADO: Bueno, yo no sé nada de eso porque no voy a la escuela. Sólo conozco los tréboles tiernos y sus florecitas rosadas. En tréboles de cuatro hojas soy un experto.

GILBERTO: No te preocupes. Yo también estoy aprendiendo. Para eso es la escuela.

CONEJO: Ah, la escuela, con las maestras siempre diciéndole a uno lo que hay que hacer.

VENADO: No será tan mala, si lo mandan a uno a corretear entre los árboles.

GILBERTO: (Muy entusiasmado.) Es muy interesante, te ayuda a descubrir los secretos de la naturaleza y a sumar las monedas que te regalan los tíos. A mí me gusta con locura.

CONEJO: Se te nota. Por algo te habrán puesto estos anteojos. ¿Pero no te das cuenta de que está anocheciendo y que tu mamá estará preocupadísima por tu retraso?

GILBERTO: Es verdad, casi no hay luz.

VENADO: ¡Ah, niños! Vete rápido, que si llegas tarde, la trasera de tu cuerpo se sonrojará como un tomate.

CONEJO: Dile claramente que le darán una paliza.

GILBERTO: Sí, me voy corriendo. No quiero que mamá se enoje y me castigue.

VENADO: No me dejes con la duda. ¿A ti te dan palizas?

GILBERTO: Peor que eso. Me dejan sin postre y me mandan a dormir.

CONEJO: Corre, glotón, corre, que el postre es para un niño lo que una zanahoria para un conejo (Mutis de Gilberto y apagón.)


CUARTA ESCENA


(Gilberto en su dormitorio; con la lámpara encendida. En el cielo, por una ventana se ven la luna y las estrellas.)

MAMA: (Se oye voz de mamá con tono de reprobación.) Gilberto, ¿aún no estás acostado? ¿Qué pasa, hijo?

GILBERTO: Sólo un momento más, mamá, que ya termino.

MAMÁ: (Apareciendo.) Son las dos de la madrugada y todavía estás despierto.

GILBERTO: Ven, mamá, fíjate en el fondo de la caja de tus zapatos.

MAMA: ¿Dónde? Yo no veo nada...

GILBERTO: En la esquina de arriba, ¿ves el primero de estos tres bichitos en línea recta?

MAMÁ: ¡Es un grillo, y de los tiernos!

GILBERTO: Sí, después otro más viejo, negro, gordo y fortachón.

MAMÁ: ¿Y esto qué es?

GILBERTO: Una hormiga.

MAMÁ: ¡Ah, con razón no la veía! ¡Es demasiado chiquita!

GILBERTO: Así son las hormigas, mamá.

MAMÁ: ¿Y esta es una langosta, verdad? Verde como la esperanza.

GILBERTO: La única esperanza que yo tengo es que mi colección sea la mejor.

MAMÁ: Bueno, hijo, olvida por hoy la colección, ¡y a dormir!

GILBERTO: No te imaginas lo que es el bosque, mamá. Un sitio poblado de árboles, de animales, de susurros.

MAMÁ: Sí, claro, hijo. Estuve allí alguna vez.

GILBERTO: ¿Escuchaste cómo cantan los pájaros cuando oscurece? Y el violín de los grillos, ¿no te parece que desafinan menos en el bosque que en el baño?

MAMÁ: Nunca me detuve a escucharlos con atención...

GILBERTO: ¿No viste desfilar a las hormigas?

MAMÁ: ¿Cómo se te ocurre...? ¡Nunca!

GILBERTO: Pero entonces no conoces el bosque, mamá; se te pasaron desapercibidos las corridas de los animales y los conciertos de la tarde, ni hiciste amistad con conejos y venados, que es lo más hermoso de todo.

MAMÁ: ¡Ah, estos chicos! Siempre inventando cuentos. ¡Como si yo tuviera tiempo de ir al bosque a escuchar los grillos tocando el violín! ¡A la cama, vamos! A soñar con los angelitos. (Mamá apaga lámpara y sale.)

GILBERTO: (Quejándose.) ¡Qué largo es el tiempo cuando se debe despertar! Si uno está impaciente no amanece nunca.

MAMÁ: ¡Silencio he dicho, y a dormir!

GILBERTO: No tendré más remedio que cerrar los ojos. (Duerme. Se escucha música con sonidos del bosque y se ve mover a animales alrededor de la cama de Gilberto. Él duerme, la escena queda a oscuras.)


QUINTA ESCENA


(Gilberto vuelve cantando al bosque, se le acerca el conejo, luego el venado, aparece la lechuza.)

CONEJO: ¿De vuelta, Gilberto?

GILBERTO: Con más ganas que nunca de echarle manos a las alimañas que andan por aquí. Hoy trataré de atrapar alguna mariposa.

CONEJO: ¡Hay muchísimas! Pero antes mira, mira, mira, un San Francisco diminuto, tan chiquito que parece un botón rojo, y con motitas negras.

GILBERTO: ¡Qué precioso!

VENADO: Pero se come las flores, el insaciable.

GILBERTO: Por algo dice la maestra que estos animales son perjudiciales.

VENADO: No todos.

GILBERTO: Pero éste sí, de modo que a la red y no se hable más del asunto. (Se va internando hasta un lugar lleno de flores.)

CONEJO: Fíjate bien, por aquí deben andar las mariposas. Les encanta el néctar, de modo que miremos entre las flores.

VENADO: Sus alas se confunden con las corolas abiertas. Parecen pétalos volando.

GILBERTO: O las flores, mariposas quietas.

CONEJO: No, porque las flores tienen perfume y las mariposas, no. Observa, allá va una desplegando las alas. ¿No la ves? (El conejo señala insistentemente en una dirección, los otros miran sin ver hasta que aparece una mariposa amarilla revoloteando.)

GILBERTO: ¡Es sensacional! La quiero. Ah, sí, yo la quiero.

CONEJO: Calma, calma, que la vas a asustar, es muy rápida y huidiza. (Gilberto se apresura y se tropieza. La mariposa se escapa.) ¿Viste? No te dije que anduvieras despacio... Con las mariposas hay que ser muy delicado. Tienen unas alas muy frágiles y unas antenas que lo detectan todo a mucha distancia. Es dificilísimo cazarlas. ¿No lo sabías?

GILBERTO: Se me ha escapado, qué pena, ¡qué gran contrariedad! Cómo quiero que aparezca de nuevo; que vuelva a girar ante mis ojos; a posarse en una rama, y entonces con astucia, levantaré la red, se la pondré encima, y pum. (Aparece mariposa y Gilberto la deja debajo de la red.) ¡La atrapé, la atrapé! Me he convertido en un cazador infalible. ¡Qué maravilla! Esta es la primera mariposa que consigo, y no creo que haya otra más hermosa.

VENADO: No te precipites. Hay muchísimas variedades, y todas preciosas. Mira para aquel lado, cómo se agita aquella sobre los pastos. (Aparece otra con alas alargadas, roja y negra.)

GILBERTO: (Arrobado.) ¡Pero si es divina...! Una más linda que la otra... Yo quiero las dos; quiero atrapar esta mariposa; quiero apoderarme de todas las mariposas del monte, de todas las mariposas del mundo. Mi colección será la mejor de la escuela, la mejor del continente. Estoy seguro. ¿Quién va a encontrar semejantes ejemplares? Sólo yo, yo solo. Soy el mejor de la clase, el mejor del monte, el mejor de la clase, el mejor del monte, el mejor entre todos los cazadores contemporáneos de mariposas.

CONEJO: Basta, Gilberto, que la vas a perder.

GILBERTO: Pronto Conejo, por aquel lado, no la dejes escapar, y tú Venado por el otro. Lentamente, lentamente. Apenas puedo contenerme. Despacito, ahora, zás. Y está. Otra más para la caja. (Atrapa una mariposa roja y negra.)

CONEJO: ¡No la sumerjas en el alcohol que se van a desteñir!

GILBERTO: Desde luego, se les arruinarán las alas. Las encerraré en los frascos vacíos, hasta que se les termine el aire.

VENADO: ¡Que lástima que no haya más remedio que matarlas!

GILBERTO: Un deber es un deber. La ciencia lo exige.

CONEJO: La maestra lo ha mandado, y lo que dice la maestra es ley.

VENADO: Mucho cuidado con lo que ordenen hacer a los niños. Pero en este caso si Gilberto no caza mariposas se acaba el cuento, de modo que no queda otra alternativa.

LECHUZA: ¡Hay que perseguirla sin cuartel para que retorne la calma!.

CONEJO: Detrás de aquel árbol hay otra, y otra deslizándose sobre el manantial. (Varias mariposas invaden la escena. Gilberto las va cazando a todas.)

VENADO: Gilberto, se está haciendo de noche. No te demores más que tu mamá se va a enojar.

GILBERTO: Sólo un ratito. Me pareció ver una muy grande, muy hermosa, con las alas azules y brillante; sus movimientos son tan suaves como los de una bailarina de ballet.

VENADO: ¿Qué es el ballet?

LECHUZA: (Sentenciosa.) La más flexible de las artes.

GILBERTO: Silencio, miren (Aparece mariposa azul fugazmente.) Miren (embobado), es un prodigio. Esta sí es una mariposa realmente maravillosa Pero se ha ido, se ha ido. (Habla lentamente subyugado aún por la visión de la mariposa.) ¿Por qué se ha ido tan pronto?

VENADO: Tendrás que esperar hasta mañana.

GILBERTO: (Desconsolado.) ¿Y si no aparece?

CONEJO: Volverá, volverá, todas vuelven, les encantan las flores. No pueden resistir la tentación de los perfumes. Si las conoceré yo. Todas son iguales, coquetas, veleidosas y bellas, sí, muy bellas. Siempre invitándome a jugar y desapareciendo después.

GILBERTO: Ojalá vuelva, ojalá logre encontrarla. No veo la hora de que llegue el nuevo día, que pase pronto la noche, que se despabile el sol. No aguanto más, quiero toparme otra vez con esa preciosa mariposa.

CONEJO: Calma, muchacho, y a casa que te dejarán sin postre.

VENADO: Sé bueno, vete a casa, ya van a salir las estrellas y no conviene andar solo por el monte después del atardecer.

GILBERTO: Hasta pronto, amigos. Por favor, cuídenla. No quiero perderla. Tiene que ser mía. Gracias a ella ganaré el concurso, obtendré la medalla, y seré el mejor.


SEXTA ESCENA


(Gilberto está en la mesa frente al plato de comida que no ha probado. Mamá come.)

MAMÁ: ¿Qué te pasa, Gilberto? ¿Por qué no comes?

GILBERTO: No tengo hambre.

MAMÁ: ¡Pero si hay papas fritas con hamburguesas y de postre, helado de chocolate!

GILBERTO: No tengo hambre...

MAMÁ: (Cariñosa.) Dime, hijo mío, ¿qué sucede? Desde que volviste del bosque te noto muy extraño. No estás contento, ni hablas, ni has mirado tu colección. ¿Perdiste el interés en el concurso?

GILBERTO: Estoy triste, mamá. Hoy me ha sucedido algo terrible.

MAMÁ: Nada puede ser tan terrible como para desdeñar un helado de chocolate. Vamos, dime.

GILBERTO: Esta tarde, cuando los rayos del sol comenzaban a esconderse tras el follaje de los árboles, observé entre sus últimos reflejos una mariposa azul muy hermosa.

MAMÁ: ¿Y no pudiste atraparla?

GILBERTO: Exactamente. Se fue con la luz, como si se la hubieran tragado las sombras.

MAMÁ: No te preocupes. Mañana volverás al monte y la verás de nuevo.

GILBERTO: Pero cuando se haga la noche, la volveré a perder.

MAMÁ: Te daré una linterna, una mochila con pancitos, un pedazo de queso, un huevo duro, una manzana y podrás quedarte un poquito más hasta cazarla. De cualquier modo no volverás muy tarde, para evitar los peligros. Mamá no quiere que te ocurra nada malo.

GILBERTO: (Recuperándose.) Qué buena eres, mamá. Tú siempre me entiendes.

MAMÁ: Vamos, hijo, muéstrame tu colección. Debes tener muchos bichos nuevos después de tantas horas de ausencia.

GILBERTO: Cualquier cantidad. (Gilberto se levanta de la mesa, saca la caja de su lugar y la abre.) Mira.

MAMÁ: (Asombrada.) ¡Qué preciosidad! Pero si tienes siete mariposas, ¿por qué te preocupas justamente por la que no puedes alcanzar?

GILBERTO: También tengo una libélula.

MAMÁ: Y una mariquita. Esta pícara que se come los rosales apenas me descuido.

GILBERTO: Mira este escarabajo negro.

MAMÁ: Y un abejorro, me parece que tu colección será la más completa de la escuela.

GILBERTO: No sabes cuánto lo deseo, mamá. Las ansias que tengo de ganarle a Luis sólo pueden compararse con el anhelo que él tiene de inspirarme. Se pasa las tardes enteras en el monte como yo. Juntó muchísimos insectos, y sospecho que tiene diez gusanos peludos que no me muestra. Pero estoy seguro de que si cazo la Mariposa Azul lo venceré. Por eso la quiero. No creo que haya otra igual en ninguna parte. No puede haber otra semejante mariposa más grande y hermosa que he visto en mi vida.

MAMÁ: Tranquilízate, por favor. Ahora ven a la mesa y come las papas fritas para que mañana estés alegre y vigoroso.

GILBERTO: Y traiga esa prisionera.

MAMÁ: Por supuesto.

GILBERTO: (Amenazante.) La cazaré, la atraparé aunque me tenga que pasar toda la vida tras ella. La próxima vez no la dejaré escapar. Ya lo verás, mamá; te encantará como a mí. Ni en las enciclopedias encontré otra más bella. Tal vez sea una especie desconocida que en el futuro llevará mi nombre.

MAMA: Por favor, Gilberto, volvamos al presente. Lo que necesitas es dormir. Mañana me traerás esa mariposa, ¿sí? (Gilberto se acuesta; la mamá le da un beso y apaga la luz. Mientras sequeda dormido, se escucha música con sonidos del bosque y se ve volando por encinta de la canta a la mariposa azul. Los sueñas están representadas por títeres.)


SÉPTIMA ESCENA


(Gilberto se interna en el bosque cantando. Luego se queda callado( Ningún animal aparece. Silencio.)

GILBERTO: Cuánto silencio... (Gilberto entra buscando al conejo v al venado.) ¿Dónde estarán mis amigos? (Llama.) Conejo, Venado, ¡amigos! ¿dónde están? Bueno, vaya a saber, hay tantos recovecos en el bosque. ¡Venado, Conejo! ¿Dónde se habrán metido? (Se interna despacito.) Ni la lechuza cascarrabias se presenta con sus impertinentes comentarios. (Camina un poco, se agacha, busca detrás de los árboles.) ¿Qué sucede esta tarde, que el monte parece dormido? No veo a mis amigos ni tampoco hay bichos como otras veces. ¿Tendrán algún congreso? (Llama.) ¡Mariposas, saltamontes! (Silencio.) Nada... ¡Qué misterio! Nadie contesta. Esto es rarísimo. Todos los animales están escondidos. ¿Cuándo se mostrará la mariposa azul? Tal vez no veo nada porque sólo la busco a ella. (Ruidos. Gilberto se sacude el susto.) Qué sensación extraña me corre por la espalda... Siento como si alguien me estuviera mirando dulcemente desde el otro lado de la tarde. (Explora todos los rincones del bosque.) Aquí no hay nadie. Pero la impresión persiste. Es agradable, es una caricia deliciosa. (Aparece volando la mariposa azul, Gilberto la descubre, loco de alegría.) ¡Allí está! ¡Ya la tengo! (La persigue.) ¡Qué rápido vuela! Me fascinan los giros que da en el aire con esa alas tan grandes intensamente azules. (Corre tras ella, se le escapa.) Otra vez la perdí. ¡Qué rabia ser incapaz de cazarla! Pero, ¿por qué dará esas vueltas tan enormes para luego escabullirse sin dejar rastros? (Reaparece.) Aquí la tengo otra vez al alcance de mis manos. Esta vez no te librarás de mi red. Eres mía, mía. (La persigue, se tropieza, la red se enreda en una rama.) ¡Qué fastidio! La condenada se me escapó de nuevo. Me intrigan sus vaivenes circulares, como si todo el cielo no le bastara para agitar las alas. (La mariposa vuelve a volar muy cerca de Gilberto.) ¿Qué pasa con la mariposa que se me acerca tanto y luego se escabulle a una velocidad que no la igualan ni los aviones supersónicos? Con esas alas tan amplias, la Mariposa Azul será el tesoro más preciado de mi colección (La busca. Se escuchan ruidos misteriosos.) Algo extraño está aconteciendo. Pero no sé lo que es. (La busca, suplicando nerviosamente.) ¡Vuelve, por favor! Acércate de nuevo que te estoy esperando. Es imposible que la pierda para siempre. Imposible. (Se sienta en un tronco con la cara en las manos, desconsolado.) ¡No puede ser, no lo acepto! Se ha ido. Ya está atardeciendo y no conseguí atraparla. ¡Cuánto tiempo perdido! ¡Cómo pesa esta amarga frustración! ¡Qué cansancio! Me estoy cayendo de sueño. (Bosteza.) Parece que me voy a dormir... a dormir... dormir... (Se queda dormido. Rodeada de una luz azul aparece la mariposa volando: Gilberto la persigue en .sueñas.)

LECHUZA: (Asomando la cabeza.) Yo leí en algún lado que nada desilusiona tanto como conseguir lo que deseamos. Pero bueno, con tal de que me deje tranquila.

GILBERTO: No te alejes, por favor. Deja que te mire antes de aprisionarte. Eres tan bella. (Aparece Conejo haciendo rindo. Gilberto se despierta. La mariposa desaparece y él está nuevamente sentado en el tronco, en el medio del bosque.)

CONEJO: Gilberto, por fin te encuentro. Me fui para el lado de los cedros a ver si pescaba alguna conversación, en cambio tú rumbeaste hacia esta isla de lapachos en flor. ¡Qué desencuentro! Justo hoy que pensaba merendar contigo. ¿Algún menú especial?

GILBERTO: (Muy enojado.) No puede ser. ¡Qué hiciste, Conejo entrometido! Has espantado a la mariposa azul. ¿No te das cuenta de que estaba por tocar un sueño? (Señala la red.) Ya era mía, y con tus saltos la asustaste. Se ha ido justo cuando iba a caer en mis manos. Conejo atolondrado. (Llora desconsolado.)

CONEJO: Gilberto, despierta. Aún estás dormido. Con seguridad te atrapó una pesadilla.

GILBERTO: No, no, no, no. Ya casi estaba adentro de la red. La espantaste.

LECHUZA: (Sacando cabeza desde atrás de un árbol.) Con casi no hacemos nada.

CONEJO: Querido Gilberto, los sueños se deshacen cuando uno despierta. Están hechos de una tela tan sutil que al menor soplo se desvanecen. ¿No lo sabías? Fue sólo un sueño. ¿Lo comprendes?

GILBERTO: (Muy enojado.) Cómo va a ser un sueño si ya estaba en la red. Vete, vete, no quiero verte más. Era mía, estaba a punto de tocarla. (Sigue llorando desconsolado.)

CONEJO: Si sigue con semejante berretín, yo me hago humo. A los niños, cuando se ponen tercos, ¿quién los aguanta? Yo, que soy un conejo solterón sin compromisos, que nunca me casé para evitar la prole, no estoy para estos trotes melodramáticos. Que llore un rato y luego se le pasará.

LECHUZA: (Asomando cabeza.) Le hará bien para desarrollar los pulmones.

GILBERTO: (Muy triste.) Déjame sólo. No entiendes nada... una tela sutil... ¿qué sabes tú de sueños, comedor de zanahorias?

CONEJO: Hasta luego, y saludos a Morfeo. (Se va ofendido.)

GILBERTO: No le creo. No pudo ser una ilusión. Su proximidad era demasiado real. Estaba aquí mismo enredada en los pliegues del tul. Tan enorme y majestuosa con su alas azules destellando en la luz. (Aparece una niña muy delicada, vestida de azul. Le habla con dulzura: La luz se va atenuando.)

NIÑA: ¿Qué te pasa, Gilberto?

GILBERTO: (Asombrado.) ¿Cómo sabes mi nombre?

NIÑA: Es voz común en el bosque que estás formando una colección de insectos.

GILBERTO: Precisamente, de eso se trata. Tengo muchísimos; junté grillos, libélulas, luciérnagas y todas las mariposas que hay en el monte, todas, o casi todas; sólo me falta una muy especial inmensamente hermosa, la Mariposa Azul. Estoy desconsolado porque no puedo alcanzarla. La deseo. tan ardientemente que ni siquiera me es imposible dormir, Y cuando duermo, sueño que ya es mía y luego se me escapa. (La niña lo mira en silencio, muy triste.)

NIÑA: ¿Y tú deseas precisamente esa mariposa, verdad? ¿No te conformarías con ninguna otra?

GILBERTO: (Negando con la cabeza.) No. De ninguna manera.

NIÑA: ¡Qué lástima!

GILBERTO: Disculpa, pero ¿tú quién eres?

NIÑA: Eso no tiene importancia. Las sombras de la noche me aconsejan que vuelva a casa.

GILBERTO: Yo también debo regresar, si no, mi mamá me dejará sin postre. Y no hay nada más tremendo después de una excursión infructuosa que uno se quede sin algo dulce. Retornaré mañana en busca de la mariposa azul. Y tú, ¿volverás también?


NIÑA: (Misteriosa.) Quizás. No sé decírtelo. Que tengas suerte con tu colección.

Espero que algún día me la muestres.

GILBERTO: Por supuesto. (La niña desaparece lentamente detrás del follaje.) La necesito no sólo para completar mi colección, sino para apaciguar mi orgullo lastimado. Ser incapaz de atraparla es una humillación intolerable. Siempre huyendo de mí, ¡qué se ha creído! (Enojado) Sospecho que se divierte viéndome tras ella. Parece que le gusta aproximarse y burlarse correr de mí mientras se aleja. Es tan extraña. Revolotea dichosa  bajo los rayos del sol, pero se esfuma indefectiblemente al caer la tarde ¿Por qué será? ¡Ya me tiene cansado tanto misterio!


OCTAVA ESCENA


(La mamá habla consigo misma muy preocupada, mientras Gilberto duerme.)

MAMA: ¿Qué le pasará a Gilberto que se acostó sin cenar? (Revisa la mochila.) ¡Pero si no ha tocado la merienda! Aquí está el huevo duro, y para colmo lleno de hormigas; también las rebanadas de pan con manteca, los tomates y la manzana. Sin duda este chico está enfermo. ¡Mira que dejar una manzana! Con lo que le gustan. (Gilberto empieza a soñar. Aparece  la mariposa azul, la madre por supuesto no la ve.) Esta colección suya se está convirtiendo en una peligrosa obsesión. Gilberto ya no come, ni estudia, ni se interesa por nada, salvo por la mariposa azul. No habla de otra cosa, las raras veces que emite una palabra. Yo sé cuán importantes son los concursos para los chicos, pero dejar de merendar ¡es demasiado! (La mamá abre la caja y observa el contenido.) Con esta inmensa variedad ya debería estar más que satisfecho. Pero no, él se empecina a tener esa dichosa mariposa. No veo la hora de que termine este asunto y Gilberto recupere la tranquilidad. Me intriga que no logre alcanzar. ¿Por qué será tan evasiva la mariposa azul? (La madre sale. Comienza un sueño. En el sueño los personajes son títeres. La mariposa revolotea por la habitación. Gilberto se levanta y la persigue. Aparece el Conejo.)

GILBERTO: Qué bueno que estás aquí. ¿Me perdonas la rabieta de hace un rato? Me dejé llevar por la desesperación al verla partir.

CONEJO: Claro, sí, sí. Lo pasado pisado. Da menos trabajo perdonar que mantener un rencor. Vamos a jugar.

GILBERTO: Ahora dime cómo puedo atrapar a mi Mariposa Azul.

CONEJO: Tú no tienes remedio. (El conejo se encoge de hombros, mueve la cabeza y desaparece. La mariposa sigue volando. Entra el Venado.)

GILBERTO: Venado, Venadito, ¿cuándo podré alcanzarla?

VENADO: Olvídala. (El Venado salta graciosamente y desaparece.)

GILBERTO: No te escapes. Nadie me ayuda. (Protestando.) No hay quien pueda decirme cómo conseguir mi objetivo. Esta ausencia colectiva parece una confabulación. (Asomando la cabeza)

GILBERTO: Y usted, señora Lechuza, que es la sabiduría hecha pico y plumaje, ¿no sabe ningún truco para cazarla?

LECHUZA :Pero qué se creído. ¡Qué porfiado es este chico! (La Lechuza se levanta las alas y mueve negativamente la cabeza.)

GILBERTO: ¡No es posible! Ni siquiera la Lechuza me quiere dar una mano. (Mientras Gilberto llora, la mariposa azul sigue volando, se esfuma, y en su lugar aparece la niña.)

NIÑA: Hola...

GILBERTO: Hola. ¿Sabías que tus ojos son tan azules como las alas de la Mariposa Azul? ¡Qué suerte que viniste! Mis amigos me dejaron solo. Creo que se han cansado de mi persecución. Dime por favor, ¿dónde puedo encontrarla?, ¿sabes sus preferencias, sus manías? ¿Le gusta alguna flor en particular, que pueda poner en mi ventana para atraerla? (La niña mueve tristemente la cabeza y se va- Aparece de nuevo la mariposa azul. La llama.) Mariposa, mariposa, ven aquí. No me tengas miedo. (La mariposa se posa suavemente en el hombro de Gilberto.) Despacito, así, así. Ven aquí. Falta tan poquito, para que seas mía. (Gilberto da una vuelta en redondo tratando de tomarla con las manos, pero la mariposa se le escapa y él trastabilla.) Otra vez la perdí. Nunca será mía, nunca, nunca. (Gilberto se despierta y se refriega los ojos. La escena queda a oscuras.)


NOVENA ESCENA


(Gilberto entra en el bosque cabizbajo con la red y la mochila al hom­bro.)

GILBERTO: De hoy no pasa. Conseguiré mi propósito. La dejaré posarse en una flor, la miraré posarse en una flor, la miraré de lejos y cuando esté distraída, me acercaré cautamente por detrás y ¡zás!, la taparé con mi red y me la llevaré a casa encerrada en un frasco bien grande para que no se rompa las alas. Tengo que vencerla; si no lo hago hoy, pierdo el concurso. Mañana se cumple el plazo fijado para entregar la colección. Luis tiene tantos insectos como yo, pero si obtengo la Mariposa Azul, nadie podrá superarme. (Busca por todos lados.)

CONEJO: (Se asoma despacio.) Gilberto, ¿estás ahí?

GILBERTO: ¿Qué pasa, Conejo?

CONEJO: Me da pena verte así. Déjame ayudarte.

GILBERTO: Dime dónde se encuentra la Mariposa Azul.

CONEJO: Nadie lo sabe. Es un ejemplar muy raro. Aparece de

tarde en tarde y se escabulle cuando cae el crepúsculo.

GILBERTO: Es extraño. Parece que le tuviera miedo a la oscuridad, pero sólo se la ve cuando oscurece.

CONEJO: Muy pocas mariposas vuelan de noche.

GILBERTO: Sí, ya sé, pero ésta aparece justo al atardecer, cuando ya no hay otras en el aire.

CONEJO: ¡Mira, mira, mira, allá va la mariposa de este cuento! ¡Pronto, a ella! Toma la red, ponte en posición de ataque, ¡rápido, rápido que ya la tienes! ¡Ahora! ¡Zás! (se le escapa otra vez.)

GILBERTO: Caramba, Conejo bochinchero. ¿Cómo pretendes atrapar una mariposa con esas piruetas? ¿No ves que la asustaste con tus gritos? Traga cuanto quieras, ya no tengo hambre; no almorzaré mientras no capture a la mariposa escurridiza.

LECHUZA: (Asomando la cabeza.) Craso error. (Gilberto está enojado. El Conejo saca un sándwich de la mochila y se lo va cerniendo con gusto.)

CONEJO: Esto está como para chuparse los bigotes. Mmm. ¿No tienes uno de lechuga blanca y aceitunas verdes?

GILBERTO: ¡Cómo puedes comer en estas circunstancias! Calla, me parece escuchar un rumor. (Se pone la mano en la oreja.) No, no es nada. Ilusiones mías.

CONEJO: (Sigue comiendo.) Esto está delicioso. Ahora tengo que ir a juntar zanahorias para un banquete que ofrece la Sociedad Protectora de Conejos, de modo que volveré más tarde a ver si conseguiste terminar con esta historia. (Se va relamiéndose los bigotes y aparece el Venado.)

VENADO: Veo que no pudiste cazar la Mariposa Azul.

GILBERTO: Exacto. Estoy desesperado, si no la atrapo hoy, perderé el concurso.

VENADO: Ánimo, tal vez lo mismo ganes esta bendita competencia.

GILBERTO: No, no. Ella es la única que puede darme el honor de ser el mejor coleccionista de la escuela. Luis me pisa los talones con sus gusanos.

VENADO: ¡Qué pena! Veamos por aquí, veamos por allá. No está. Parece que juega a las escondidas contigo. ¿Por qué la quieres a toda costa? ¡Es tan hermosa!

GILBERTO: Por eso mismo, con ella mi colección será la mejor.

VENADO: ¡Y dale con la colección! Por lo que veo, en cuanto a valores aquí no hemos adelantado nada. (Para sí mismo.) Lo único que le importa a este niño es triunfar cueste lo que cueste.

GILBERTO: ¡Aleluya! Aquí se expone otra vez. (Aparece desde atrás de una piedra.) Manos ala obra. Gilberto, manos a la red. Esta es la última oportunidad. Mañana todo habrá concluido.

(Se levanta despacito y trata de ponerle la red encima, el Venado saltay espanta a la mariposa.) ¡Maldita mariposa! Estoy furioso, no puedo aguantarla. Se burló de mí todo el tiempo. Y hasta mis amigos la ayudan a escapar.

VENADO: Me voy, Gilberto. Es insoportable esta persecución sin cuartel. (Venado sale.)

GILBERTO: Ya sabía yo que al final me quedaría solo. Esta mariposa misteriosa tiene subyugado a todo el bosque. ¿Por qué será tan peculiar y tendrá las alas tan azules?


DÉCIMA ESCENA


(Gilberto está muy desalentado, aparece la niña que se sienta a su lado.)

NIÑA: He notado que buscaste durante toda la noche a la Mariposa Azul.

GILBERTO: Sí, pero sin resultado. No sé dónde puede esconderse esa condenada.

NIÑA: Tal vez quiere vivir y se escabulle por eso.

GILBERTO: (Muy asombrarlo.) Nunca pensé que los insectos tuvieran deseos.

NIÑA: ¿Por qué no? Yo creo que es muy posible. Todos tenemos deseos.

GILBERTO: Pues yo la alcanzaré lo mismo, aunque tenga que pasarme toda la noche en el bosque sin verla. Es tan rara, enigmática y hermosa. Pero la cazaré, así sea la más veloz de todo el monte. Me internaré en los senderos más ocultos, en los rincones donde nadie se atreve, la perseguiré hasta dar con su escondite. Cuando la encuentre, la meteré en mi red sin compasión y me la llevaré a casa en un frasco enorme y no habrá otra colección más completa que la mía. Yo seré el vencedor.

NIÑA: Gilberto, te propongo una cosa. ¿Por qué no abandonas tu intento de cazar a la Mariposa Azul?

GILBERTO: Jamás, jamás desistiré. Aunque sea para mí mismo me la llevaré algún día. (La niña le acaricia dulcemente las manos.)

NIÑA: No te preocupes, ella volverá.

GILBERTO: (Mirándola agradecido.) No sé qué sería de mí si no vinieras todas las tardes a consolarme. Cuando te veo llegar, siento un gran alivio en el corazón. Tus ojos, tan parecidos a las alas de esa mariposa, me apaciguan la amargura que me produce mi derrota.

NIÑA: Yo vendré todas las tardes a estar contigo si me prometes dejar de perseguir a la Mariposa Azul. Te contaré muchos cuentos, inventaré historias para ti; bellas historias sobre los secretos del bosque y otros planetas; de ese modo pronto la olvidarás.

GILBERTO: (Endurecido)No puedo renunciar a ella. No puedo. Me sentiría abochornado.

NIÑA: Bueno, si esa es tu decisión te contaré una historia.

GILBERTO: (Intrigado)¿De qué se trata?

NIÑA: De algo que estoy dispuesta a hacer por ti.

GILBERTO: (Sorprendido) ¿Por mí? Qué otra cosa podrías hacer sino ayudarme a derrotar a esa mariposa. ¡Empieza ya!

NIÑA: Gilberto, buscaste sin éxito durante mucho tiempo a la Mariposa Azul. Perdiste el sueño por ella, según me informó el Conejo. El Venado me contó que ya no comes ni estudias. Temo que llegues a enfermarte.

GILBERTO: Todo eso ya me lo dijo mamá.

NIÑA: Yo no quiero que te abandones a la tristeza. En estos encuentros aprendí a quererte y tú me brindaste tu amistad. Sé cuánto sufres, por eso voy a contarte algo.

GILBERTO: (Impaciente.)Bueno, cuenta de una vez.

NIÑA: Es algo insólito y misterioso, algo increíble y fantástico: Yo soy la Mariposa Azul. (Gilberto no puede disimular su asombro.)

GILBERTO: (incrédulo.) ¡No puede ser! ¡Cómo una niña va a ser una mariposa!

NIÑA: Sí, Gilberto, puede ser. Yo siempre viví en el monte, pues mi padre era el guardián de la floresta. Cuando era chica, solía corretear entre los árboles, sin permiso de mamá. Era traviesa y juguetona, y me gustaba descubrir los secretos de la naturaleza, como a ti. Un día, sin darme cuenta, me alejé demasiado de la casa, cuando de pronto me encontré en un claro del bosque con una nave espacial...

GILBERTO: ¿Una nave espacial?

NIÑA: Como lo oyes: una nave espacial que me envolvió con sus luces azules en el momento de su retomo hacia el espacio. No sé cómo eran los tripulantes porque no los llegué a ver, pero desde entonces, inexplicablemente, al ocultarse el sol en el horizonte, me convierto en una mariposa. Por eso no hay otra igual, por eso soy tan veloz y no puedes alcanzarme; por eso mis alas son de un azul intenso y mis ojos también.

GILBERTO: Pero eso es imposible. No creo en encantamientos, ni en cuentos de hadas. ¿Te estás burlando de mí?

NIÑA: No me burlo, créeme. Yo soy la Mariposa Azul. No deseo verte sufrir. Esta noche, cuando me transforme en mariposa, en lugar de huir me quedaré contigo para que me aprisiones y completes tu colección. Me posaré con cuidado muy cerca de donde estés, te moveré las alas sin emprender el vuelo, y será muy fácil para ti. Te acercarás lentamente, haré como si no te escuchara, permaneceré esperando que me envuelvas con tu red, me llevarás a tu casa en un frasco, me fijarás al fondo de la caja con un alfiler y allí permaneceré para siempre. (Gilberto queda anonadado. Anochece. La niña se aleja. La luz disminuye, se apaga, vuelve la iluminación tenue y aparece la mariposa. Se mete en la red que está abierta al costado de una rama florida, agita sus trémulas alas mientras Gilberto la mira con asombro)

MARIPOSA: Aquí estoy. Junto a una flor.

GILBERTO: (Dudando sin saber qué hacer.) No puedo, no puedo hacerlo.

MARIPOSA: Pero si lo deseaste durante más de tres meses. ¿no es acaso lo que quieres con todo el corazón? Tómame pronto, no lo hagas más difícil para mí.

GILBERTO: (Dudando siempre.) ¿Cómo podría atraparte? Eres mi amiga; la que vino a consolarme cada tarde compartiendo el silencio de mis fracasos.

MARIPOSA: Pronto, cierra la red, o perderás el concurso. Decídete. Estoy aquí, a tu alcance. Mírame bien, soy la mariposa más hermosa que jamás ha existido. No hay en todo el universo otra como yo. Tú siempre me quisiste para tu colección. Pronto, que no queda tiempo y me está entrando el miedo.

GILBERTO: No temas, no te voy a hacer daño. Nunca sería capaz de matarte.

MARIPOSA: Pero no serás el primero de la clase.

GILBERTO: No importa, no lo haré. He comprendido algo que no entra en una caja de zapatos. Te quiero demasiado como para privarte de la vida y de la libertad.

MARIPOSA: Por última vez te lo pido. Atrápame y serás el mejor.

GILBERTO: No, no lo haré. Vuelve a los claros del monte y conviértete mañana en la dulce niña que se acercó a confortarme tantas veces. No me importa la medalla ni la gloria. (La mariposa mueve las alas indecisa. Revolotea adentro de la red.)

MARIPOSA: Pero yo quiero quedarme contigo. Daría la vida por verte dichoso.

GILBERTO: Ya no deseo cazarte. Dejó de importarme ser el mejor. Vuelve a tu escondite misterioso; sólo cuando se pierda para siempre, volveré a ser feliz.

MARIPOSA: (Sale de la red y lo besa en la frente.) Una vez más te lo pido...

GILBERTO: (Mirándola con amor mientras van apareciendo los animales del monte.) El precio es demasiado alto. Por favor, vuela. Sé que si no te detengo perderé la medalla y el sabor de la fama, pero algo se rompería para siempre en mi interior. Prefiero volver a la escuela con la colección incompleta, sabiendo que vives libre entre la sombra y el sol, mientras en mi pecho permanece viva esta lucecita que acabas de encender...

(Finalmente la mariposa se va. Los animales rodean a Gilberto. La luz va adquiriendo un tono definitivamente azul. Se oyen últimos compases de Panambí Verá, de José Asunción Flores.)

 

FIN

 

 

 

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 HISTORIA Y ANTOLOGÍA DEL TEATRO

PARA LA INFANCIA EN EL PARAGUAY (TOMO I)

 

Autor: VÍCTOR JULIÁN BOGADO AYALA

 

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Asunción, marzo de 2007

 

 

 

 

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