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RENÉE FERRER


  VOCES SIN RÉPLICA, 1967 - Poemario de RENÉ FERRER


VOCES SIN RÉPLICA, 1967 - Poemario de RENÉ FERRER

VOCES SIN RÉPLICA, 1967

Poemario de RENÉ FERRER

Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), [s.n.], 1967.

 

 

 

 

                                                                                       

Al hombre y la mujer

          

 

a quienes todo les debo.

 


 

     Siempre, en un recodo del alma, en el entredormir del sueño enamorado, en la clamorosa vigilia del gozo o al filo llena de la medianoche del olvido, surge ella, encendida y virginal, llena de gracia. Ella, la nombradora gentil, la que dibuja el mundo en la palabra, la dueña del secreto. Su presencia es, siempre, simultáneamente perturbadora y pacífica, como la de los cometas, cometa ella misma del cielo del espíritu: perturbadora de lo estéril que hay en nosotros, de lo cristalizado y usado, de lo que ya es mero tizón sin llama; y pacificadora de las «ardientes batallas» del corazón de aquellos «que intentan encontrar

 

                                        

algún día, esa verdad auténtica, que existe

           

 

y está lejos».

 

     Ella -la poesía-, que vive entremuriendo en los adentros profundísimos del hombre «porque existen preguntas que nos dejan sin alma», viene siempre en nuestro socorro. Y ¡qué bien llegada es siempre su venida! ¡Cómo está siempre a punto su claro pie en nuestro umbral humano! ¡Cómo inunda su lámpara de claridad ternísima nuestras oscuras moradas, nuestras enceguecidas perdiciones!

     Como la mujer que perdiera su dracma y la busca hasta encontrarla, así somos los hombres en la vida. Perdedores de algo que no sabemos, pero cuya ausencia, cuya falta sentimos, somos los hombres. Y hay que encontrarlo, debemos encontrar esa moneda con que se compra la felicidad: paz de amor en el corazón y luz de sabiduría en la mente. La vida es el día que se nos da para hallarla. Pero ¿cómo encontrar la dracma cuando nuestra casa está llena de tinieblas? Lleno el rincón de la angustia, lleno el de la alegría, lleno el rincón del olvido: toda la casa llena de noche. ¿Cómo encontrar la moneda, cómo reconocerla si nunca la hemos visto, cómo saber cómo la hemos perdido?

     Y es entonces cuando viene ella, cuando viene la poesía con su lámpara. Puebla nuestra soledad con su palabra y somete nuestra angustia al cautiverio de la esperanza. Y su palabra va dibujándonos en el alma la forma de la moneda, su fugitivo resplandor. Y no nos da más, pero ¿qué haríamos sin ella, ella misma «viva moneda que nunca se volverá a repetir»?

     ¿Qué haría Renée Ferrer sin el resplandor fugitivo que le ha hecho «una mujer de junco con alma de sendero»? Ella ha respondido con este su segundo poemario que no es otra cosa, sino seguir requiriendo a su dracma por los rincones de la casa.

     Su dracma tiene forma de amor, y forma de ternura, forma de soledad. Y así nos lo va diciendo a través de este libro, breve libro donde la voz de Renée Ferrer va como descubriéndose a sí misma. Voz de pura y honda calidez femenina, en claro proceso de depuración y desnudez. Voz al mismo tiempo sencilla y buceadora en la inquietud, ceñida al rigor de una autenticidad que despierta, sin que sea aún toda ella sobria y precisa. Yo me congratulo por encontrar en la voz de Renée bellos momentos de encendimiento cordial, verdaderamente propios y hondos. Y me acojo a la segura esperanza de que esta voz llegará a resonar en toda su plenitud, del modo como ya aquí se anuncia.

     Y me felicito -y me alivia- de que esta voz, tan delgada y transparente de Renée, venga a poner su temblor de ternura, su claridad femenina, en medio de las broncas voces de nuestros poetas contemporáneos. Y de que sea así, distinta y blanda, delicada y «con viento deshojando en la noche su murmullo a lo lejos».

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH                       

Asunción, 67                             


 

 

                            

Por la desenmarañada quietud

 

          

 

límpida y hermosa de sentirse nueva,

   
 

corre hacia una ladera misteriosa,

   
 

una gota de rocío.

   
 

Pasar por sobre la espina la mano tibia,

   
 

quedarse entonces sintiéndose de carne,

   
 

y uno retorna a ser en la tarde.

   
 

Después, ansiedad dormida,

   
 

ecos en el recuerdo que no nos llaman;

   
 

Dios, flor, aurora y se empieza.

   
   
           

Enlace externo al Índice del poemario VOCES SIN RÉPLICA en la BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES

Voces sin Réplica

Canción de viento

Al hombre

La esperanza

De nadie

Súplica

A una niña candorosa

Al trotecito blando de Platero

El retorno

Madre

A una tarde

Jardín

A una rosa

A un camino

 

 

 

 

 

 

CANCIÓN DE VIENTO

 

                              

Deja en el árbol la rama florida

 

          

 

aunque el viento arrecie su látigo impío;

   
 

sobre un nido claro palpita la vida,

   
 

estamos tan solos con la mente fría,

   
 

estamos desiertos, las manos asidas

   
 

esperando atentos el golpe certero

   
 

rompernos los ojos de melancolía.

   
 

 

   
 

Estamos cercados de rocas,

   
 

apretados contra paredes negras

   
 

y tétricos rincones,

   
 

sin luz y aire o tierra húmeda

   
 

para mitigar la angustia anónima

   
 

en nuestra encrucijada.

   
 

Sedientos de voluntad o ternura,

   
 

manoteando contra el brocal desnudo

   
 

de un pozo sin agua.

   
 

Estamos así atados, destruidos,

   
 

deshechos.

   
 

 

   
 

Deja en el árbol la rama florida

   
 

aún cuando el viento se lleve los últimos pétalos,

   
 

conserva en el nido el calor de la vida,

   
 

resguarda los brotes pequeños y la risa del niño,

   
 

levántate, quiérete, sueña,

   
 

aún existes.

   

 

     

 

     

 

AL HOMBRE

 

En un mundo suspenso en el infinito,

   
 

entre tantos que siguen un camino,

   
 

prefijado, incógnito y desierto,

   
 

hay un hombre;

   
 

en un mundo que encarna de todas las memorias

   
 

algo de pensamiento;

   
 

de todos los sollozos tal vez un solo eco;

   
 

de cuantos han sufrido, esfumado recuerdo,

   
 

hay un hombre.

   
 

 

   
 

En un mundo con viento deshojando en la noche

   
 

su murmullo a lo lejos,

   
 

y aguas que agitándose quién sabe qué nos dicen

   
 

en su pasar incierto,

   
 

de árboles que crecen con sus troncos sedientos

   
 

mirando las estrellas,

   
 

hay un hombre...

   
 

 

   
 

Dentro de esas dos manos hundidas en la tierra,

   
 

detrás de aquella madre con sus ojos abiertos,

   
 

tratando de alcanzar de su vida, un ensueño;

   
 

en las ondas sonoras que se llevan la risa

   
 

de todos los pequeños,

   
 

en todos los que intentan encontrar

   
 

algún día, esa verdad auténtica, que existe

   
 

y está lejos,

   
 

hay un hombre,

   
 

un hombre que amo,

   
 

que eres tú

   
 

y soy yo:

   
 

que somos todos los hombres.

   

 

     

 

     

 

LA ESPERANZA

 
 

En el derrotero irreversible

   
 

donde cálido el sol nos acaricia

   
 

la cabeza preñada de ilusiones,

   
 

se diluye una alondra en la distancia;

   
 

nos quedamos mirándola, ligera y recta

   
 

volver al tiempo de su aletear constante.

   
 

 

   
 

Han pasado los días,

   
 

han desbrozado sendas y talado los árboles

   
 

las manos de los hombres;

   
 

han quedado sin aire las cañas a lo largo

   
 

de una cinta de agua, gritando contra el hambre;

   
 

sin canto entre las cuerdas de viento

   
 

y de distancia,

   
 

el oprimido y solo, el acabado luchador

   
 

de pan y subsistencia

   
 

pero tú no te has ido.

   
 

 

   
 

Tú, pequeña entre todos, impotente,

   
 

con ojos asombrados;

   
 

Tú, trigo, casuarina, piedad, alondra,

   
 

eres el corazón de todos.

   
   

 

     

 

     

 

DE NADIE

 
 

No quiero pensar más en antes;

   
 

no deseo tristeza pegada a mis manos,

   
 

ni cansancio.

   
 

El ancla estática que nos adormecía

   
 

dentro de un cristal sin colores,

   
 

lentamente con el trabajo de mi empeño

   
 

se fue deshaciendo en el tiempo.

   
 

 

   
 

De nadie, por fin,

   
 

de nadie mis locos anhelos;

   
 

de nadie mis pasos emprendidos,

   
 

y mi alma sedienta de caricia;

   
 

mi frente sola para pensar mundos nuevos,

   
 

mis ojos infantiles de entonces.

   
 

 

   
 

El tenue movimiento de mis labios

   
 

ya ríe como antes

   
 

la palabra cándida de una madrugada distinta.

   
 

 

   
 

De nadie, amor,

   
 

lo que no supe darte;

   
 

guardándolo obstinada, a tus delicias nítidas;

   
 

en una suprema consagración egoísta

   
 

de torres rígidas implantadas por otros.

   
 

 

   
 

De nadie, porque los hombres, demasiados disolutos,

   
 

necesitan faenas para consolidar ansias;

   
 

porque existen preguntas que nos dejan sin alma,

   
 

encerrados en cárceles sin luceros encendidos;

   
 

porque estamos hechos así, irremisiblemente,

   
 

para no ser de nadie.

   

 

     

 

     

 

SÚPLICA

 
 

Deja que tu voz también sea una caricia,

   
 

que una palabra tuya, un ademán siquiera

   
 

mitigue mi amargura;

   
 

que pueda recorrerme tus manos con mis labios,

   
 

dejándote un capullo de agua y trigo blando

   
 

suspendido en la suave expresión de tu carne.

   
 

 

   
 

Deja que yo te quiera...

   
 

¿qué me importa si entonces, ya después, otros labios

   
 

lejanos a los míos se encuentran esperando?

   
 

Yo no quiero de nadie la tierra prometida,

   
 

no quiero de otros ojos, ni siquiera una lágrima,

   
 

de otros besos no quiero, confesión sin palabras.

   
 

 

   
 

Sólo quiero tu alma, sólo quiero tu carne,

   
 

tus ojos, tus angustias, tus ardientes batallas,

   
 

quiero beber contigo si he de beber amarga

   
 

de la derrota el agua,

   
 

quiero, sufrir tus ansias y soñar tus encantos.

   
 

 

   
 

Deja que muy despacio tu infinita dulzura

   
 

modele mi esperanza,

   
 

que ese cariño tuyo del llanto me levante,

   
 

despertando en el último recodo de mí misma

   
 

una mujer de junco con alma de sendero

   
 

que ría tibiamente sin fogatas de sangre.

   

 

     

 

     

 

A UNA NIÑA CANDOROSA

 
 

¿Cómo tengo que hablarte?

   
 

                                            Ternura

   
 

aún no existes

   
 

                                            es cierto;

   
 

sin embargo te siento en la adolescencia

   
 

de risa y cantar

   
 

sol y angustia

   
 

                                            simiente fresca.

   
 

No quisiera se rompan las aspas del molino

   
 

al golpe equivocado de tus manos,

   
 

pan de leche y azúcar,

   
 

                                            aroma,

   
 

manos tuyas;

   
 

ni pasen a tus labios

   
 

las hojas del otoño de rígidos contornos,

   
 

destruyendo la risa carnosa de tu boca.

   
 

Quisiera preservarte

   
 

                                            alma pequeña

   
 

jazmín desconocido

   
 

higuera de miel blanca,

   
 

susurro entre las sombras,

   
 

                                            aleteo

   
 

y sabes que no puedo.

   
 

Estamos solas,

   
 

                                            voluntad,

   
 

                                            fe,

   
 

ante un gran derrotero infinito,

   
 

reafirmación de ayer,

   
 

avanzar de siempre,

   
 

hasta volvernos a encontrar en Él.

   

 

     

 

     

 

AL TROTECITO BLANDO DE PLATERO

 
 

Trotecito ingenuo, llévate mis canciones

   
 

de sol y de guitarra

   
 

bajo el techo infinito.

   
 

Trasporta la paloma claroscura del sueño

   
 

al viejo cocotero,

   
 

y canta, canta, canta,

   
 

sólo con el compás del grillo

   
 

agazapado y triste detrás de las colinas.

   
 

 

   
 

Trotecito límpido y ligero;

   
 

danza entonada por tus patas,

   
 

levemente torpes, tibiamente graciosas;

   
 

déjame lejos

   
 

en la sorprendente vuelta del camino.

   
 

sobre el sabor dulce

   
 

de la margarita desmayada a tu paso,

   
 

acariciada por tu hocico rosa;

   
 

trote de saltos cortos,

   
 

de arranques breves,

   
 

me deleitas, me transtornas,

   
 

me agobias de ternura.

   
   

 

     

 

     

 

EL RETORNO

 
 

Retornando... por la misma senda,

   
 

con las mismas piedras bordeando el camino

   
 

ancho y polvoriento,

   
 

con iguales curvas de lomas hambrientas

   
 

y los mismos ojos

   
 

llorando las gemelas gotas

   
 

de difusos días, correr en el tiempo.

   
 

Caminar..., volver,

   
 

encontrarnos iguales

   
 

sin haber cambiado ni un solo pedazo

   
 

que pudiera darnos alguna respuesta.

   
 

Apretar de labios

   
 

tragándose tierra.

   
 

Conocer de la lucha inconclusa

   
 

el sabor nítido de la derrota,

   
 

cuando sólo el llanto

   
 

resiste a la impotencia.

   
 

Sin embargo,

   
 

un vestigio de hombre

   
 

se nos revuelca adentro

   
 

aún debatiéndose.

   
 

Caminar, acelerar el paso,

   
 

comenzar la contienda,

   
 

con el auténtico esfuerzo de alcanzarnos,

   
 

y volver a sentir que algo ríe

   
 

con mano extendida de niño

   
 

en ese momento.

   

 

     

 

     

 

MADRE

 
 

Dónde están las flores de la campiña, madre,

   
 

¿dónde están?

   
 

El cálido reflejo de sus ojos, sus promesas,

   
 

su risa, ¿dónde están?

   
 

Si yo de tus palabras en mi mente

   
 

hubiera hecho un altar,

   
 

cuán poco de mi llanto quedaría en vaga soledad,

   
 

cuán lejos de mis labios estaría la amarga decepción,

   
 

qué nítida y sutil, en mi cariño, sería la ilusión.

   
 

A veces, cuando miro tu cabeza

   
 

cansada de llevar

   
 

del peso de los días el aliento

   
 

del lento batallar,

   
 

quisiera que me arranquen de los huesos

   
 

mi pobre humanidad;

   
 

quisiera; cuántas cosas yo quisiera,

   
 

si te las pudiera dar.

   
 

No quiero que tus ojos ni una sombra oscurezca por mí,

   
 

ni puedo permitir que vuelva a herirte

   
 

tanto como te herí;

   
 

perdóname,

   
 

acaricia mis manos,

   
 

presérvame del mal,

   
 

que el único cariño verdadero

   
 

es el que tú me das.

   
   

 

     

 

     

 

A UNA TARDE

 
 

Aquella tarde del retorno,

   
 

entre todas, aquella;

   
 

con el viento dibujando caprichosos vuelos,

   
 

en la flor de los pastos jugosos del camino;

   
 

con tu mirada adherida, tibia y jazmín,

   
 

a mis mejillas, llena;

   
 

con el sonido de una voz tuya,

   
 

nueva y distinta,

   
 

entre los ecos lejanos de otras voces pasadas,

   
 

también tuyas.

   
 

Aquella...

   
 

sólo aquella tarde quiero

   
 

para mis retornos,

   
 

los nuestros, los de entonces.

   
 

De sus nítidos colores el timbre de alegría,

   
 

de sus horas el latido diferente,

   
 

despeinando mis cabellos

   
 

en un juguetear de frescor o mariposa,

   
 

o quejidos de brisa temprana.

   
 

Aquella tarde del retorno, aquella,

   
 

sólo ésa, con su sabor y dicha,

   
 

y canto y fuego,

   
 

para mi volver de siempre.

   

 

     

 

     

 

JARDÍN

 
 

Jardín, en ti la dicha,

   
 

el verdor de la pradera diminuta,

   
 

la noche suspendida,

   
 

la quietud de la tarde.

   
 

 

   
 

En ti se sueñan en verano la cálida caricia y el beso,

   
 

el jugoso sabor de la naranja,

   
 

la sombra candente de sol y estío,

   
 

en las siestas amarillas;

   
 

la mirada profunda,

   
 

la risa tibia

   
 

en las noches azules de diciembre.

   
 

 

   
 

Jardín, no eres la mera palabra que vibra

   
 

con tintineo de campanilla al oído,

   
 

la simple palabra...

   
 

sino un poema de vida reunida para alegrarnos,

   
 

un vuelo de mariposas hamacando en el aire,

   
 

luz, risa, cantar;

   
 

un nítido recuerdo de infancia.

   
 

 

   
 

No te quedes estático a mis ojos;

   
 

extiéndete rompiendo los cercos de las casas,

   
 

inunda la ladera del mundo, inconteniblemente,

   
 

nace y ríe en los lechos

   
 

de los niños hambrientos de la India,

   
 

en las fogatas de sangre del Vietnam agonizante.

   
 

 

   
 

Jardín, jardín de tréboles,

   
 

avasalla la tierra,

   
 

derriba los cañones, ahoga la humareda de lágrimas

   
 

como enredadera enamorada y celosa

   
 

hasta cubrir los campos de batalla,

   
 

y multiplicar los panes en las bocas.

   
   

 

     

 

     

 

A UNA ROSA

 
 

Si tú no existieras,

   
 

rosa pequeña, diminuta;

   
 

si tú, carne de tusor naranja tenue

   
 

no fueras perfumada;

   
 

si tus espinas al clavarme blandas

   
 

no me recordaran un dolor manso;

   
 

si tú, pequeño inundo de belleza,

   
 

terciopelo de savia verde,

   
 

no existieras, entre mis dedos desmayada;

   
 

yo me niego a vivir.

   
 

 

   
 

Si tú no me acaricias, me rebelo;

   
 

me cierro para siempre,

   
 

me revierto hacia adentro

   
 

en un llanto mudo y bestial,

   
 

que el hombre demasiado humano no comprende.

   
 

 

   
 

Si tú, sencilla prueba de que el mundo

   
 

conserva en algún rincón, su esencia,

   
 

y no sólo está hecho para oprimir

   
 

corazones, con embates despiadados;

   
 

reintegrándonos al fracaso de la nada:

   
 

si tú, exquisita creación de un alma,

   
 

demasiado bella para encarnarse

   
 

a debatirse en la carne, no existieras:

   
 

pequeña, tibia rosa mía,

   
 

si tú no me acompañas,

   
 

 

   
 

creo que yo,

   
 

tronco de pino con fibra de mujer,

   
 

abandonaría la lucha.

   

 

     

 

     

 

A UN CAMINO

 
 

Para no morir boca arriba después de ayer,

   
 

para no morir sola y olvidada,

   
 

busqué un camino de tréboles,

   
 

angosto y diáfano,

   
 

con su polvo de pasto y tierra:

   
 

olor de andares,

   
 

mirar de pasos lentos que retornan.

   
 

 

   
 

Te encontré a ti, sendero de entonces,

   
 

pequeño amigo taciturno,

   
 

largo divagar de hierba lentamente hamacada

   
 

por la maraña incomprensible

   
 

de mi sentir joven,

   
 

y la de todos los que vuelven solos

   
 

buscando desesperadamente una caricia

   
 

para su ternura defraudada.

   
 

 

   
 

Entonces tú;

   
 

tú, solamente, con tu soñar desconocido,

   
 

con infinita compasión te extendiste

   
 

bajo mis plantas, acariciándolas.

   
 

 

   
 

No quiero morir sola en una cama anónima,

   
 

sino en ti,

   
 

estirada y desnuda,

   
 

con todos los pasos de la angustia ajena

   
 

deshaciendo mi carne,

   
 

y confundirme Contigo.

   
                       

 

 

René Ferrer, Última Hora 2012

 

 

 

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