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RENÉE FERRER

  LA SECA Y OTROS CUENTOS, 1986 - Cuentos de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA


LA SECA Y OTROS CUENTOS, 1986 - Cuentos de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA

LA SECA Y OTROS CUENTOS, 1986

Cuentos de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA

Publicación: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

Publicación original:

Asunción (Paraguay), El Lector, [1986].

Notas de reproducción original:

 Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), El Lector, [1986].


PRÓLOGO

     En los relatos de Renée Ferrer, un mundo que llamamosreal -sin saber lo que es realmente la realidad- y un mundo que llamamos irreal y sin embargo tan real como el otro, porque es nuestro privilegio de seres humanos crear realidades a nuestra imagen (sean o no a nuestra semejanza) van el uno al encuentro del otro para justificarse mutua y recíprocamente. El tiempo, esa recta inflexible e irreversible se ve de pronto regresando hacia sí mismo, se torna curvo, dibuja círculo, se cierra cambiando sus infinitas posibilidades de variación sucesiva en una inmóvil fijación sin fin.

     La técnica o procedimiento de distribución temporal o espacial del discurso narrativo invierte el orden lógico de pasado y presente. Se vive la vida porque se ha muerto: no viceversa. Y la vida, pequeña, corta, mísera, vivida a sorbos amargos y escasos, se hace más pequeña, más mezquina, más injusta...La miseria del ser para la muerte alcanza su ápice.

     Acercarnos todo lo posible al pasado ha sido como al principio se ha dicho, materia predilecta de narradores de todas las dimensiones y capacidades; aquí el relato adquiere la faz ambigua, oracular, de una videncia; el «despertar de un sueño»-alias de lo vivido y deseado vivir- para regresar de golpe a lo actual, irreversible: salto espacial en el cual no funcionó el paracaídas y a cuya caída sobrevivimos, ya irrevocablemente «otros». Pero, ¿es una falsa impresión nuestra? esa vida sigue «siendo» en la muerte; seguir siéndolo es precisamente nuestro castigo.

     Esta ambigüedad de esencia mágica -magia es cambiar pasado por presente- es recurso tan antiguo como la narrativa misma (recuérdese el cuento oriental en el cual alguien sueña una mariposa y al despertar no sabe si es un hombre que soñó una mariposa o una mariposa que soñó ser hombre). Es el «regreso del peregrino» que realizamos cada día al hacer el recuento de nuestros menguados días acribillados de angustias, quebrantos, penas, como sendos acericos. Pero ha sido privilegio de estas últimas décadas -dejando a un lado atisbos antiguos y nebulosos- convertirlo en llave maestra para abrir hoyos nauseosos sobre el final vacío sin fondo; sobre las angustias innombrables que estrenamos sobre la muerte. Y aquí esa vida se hace presente para volver a recorrerse obstinada, una y otra vez. «La búsqueda del tiempo perdido» queda ya lejos, asombrosamente lejos, en su maestría dicotómica. La vida no es el tiempo perdido: es el tiempo para siempre: la muerte, que aposentaba en ella, hace para ella ahora su aposento.

     Renée Ferrer, tan bien dotada para la poesía, aparece en esta vocación narradora no menos provista de los necesarios sutiles instrumentos. Su vocación estructural aparece signada por una constante persecución de ese efecto de reencuentro de muerte y vida en la cual ambas se explican y justifican la una a la otra en increíble fulguración.

     Se distribuye el previo relato de la vida en trazos cortos, lógicos y precisos cuyo ensamblado se justifica a sí mismo hasta el último momento; el que espera para hacer acto de presencia, descargar su voltaje de trasmundo: la fulgurante develación, la «no existencia», la aniquilación. La vida «real» justifica la muerte u otraforma de acabamiento -pero la muerte quiere vivir a costa de esa vida, hincándose en ella como un negro monolito.

     ¿Es la muerte sólo el repetido, fulminante, recuento y reencuentro de lo que se vivió? ¿O es sólo ese también instantáneo, fulmíneo panorama de lo vivido que dicen se nos abre como en un golpe de abanico, en el instante de la muerte?

     No creemos que todos los cuentos del volumen alcancen el mismo nivel estremecedor: en algunos el logro es total; en otros, menos perfilado. Pero en la mayoría de ellos la autora ha alcanzado su objetivo y hay algunos a los cuales cabría aplicarse, de acuerdo a lo dicho, la calificación de antológicos.

     La pluma femenina local parece mostrar cierta tendencia hacia la temática universal. Quizá se trate sólo de una coincidencia; pero se hace notar esta reticencia, en las escritoras más jóvenes, a utilizar el personaje femenino local y sus problemas. Pero quizá haya que esperar a una producción más densa para establecer conclusiones.

     Entre tanto, sólo podemos congratularnos de esta marca conseguida por una escritora paraguaya. Marca que está obligada ahora a superar. Hay libros que son compromiso serio.

                                                       

 Josefina Plá


18 - XI - 86



 

ÍNDICE
 
TARDE DE DOMINGO // LA EXPOSICIÓN // LA CURA // SAMBA // LA CASA DEL CUADRO // EL SUEÑO DE LA REINA DE SABA // LA VISITA // NILO // LA VENGANZA // Y.. ANDA POR AHÍ NOMÁS // HELENA // LA CONFESIÓN // EL OVILLO // SANTA // BIOPSIA // EL DELATOR // CRÓNICA DE UNA MUERTE // LA SENTENCIA // LA SECA // LA COLECCIÓN DE RELOJES

 

 

TARDE DE DOMINGO

     Era un hombre magro, de cabellos crespos y estatura regular; la chispa celeste de sus ojos denotaba una inteligencia ágil, desperdiciada tras un escritorio impersonal durante toda una vida de oficinista; de escasas palabras pero conversación agradable cuando le interesaba el tema, que generalmente recaía sobre la mecánica, la política o las elucubraciones religiosas. Una vida modesta en su casa ataviada de glorietas; el póquer con los amigos cada semana; la conducta correcta dentro de la rutina más honorable y el orgullo de tres hijos universitarios conformaban los rasgos sobresalientes de su existencia. No se le conocían devaneos amorosos, ni dificultades económicas excesivas, hasta que se le enfermó la mujer.

     Ahora sentía en el pecho un fuego insaciable, un desasosiego ininterrumpido que le roía las vísceras. Los días se repetían cruelmente en su memoria, y en ese deshacerse del tiempo vivido tropezaba invariablemente con sentimientos ambiguos, malsanos. No entendía muy bien por qué se le habían borrado de la mente los momentos amables, que de seguro tuvieron que presentarse alguna vez a lo largo de su vida. Los gestos humanitarios, que sin duda tuvo, no rozaban nunca su recuerdo. Su pensamiento recaía siempre en la congoja.

     La cabeza le dolía con tenacidad, y entre los alfilerazos que le acribillaban las sienes se colaba la resaca de antiguas mezquindades. Hacía tiempo que no hablaba con nadie, aunque solía observar caras amigas que, al tratar de alcanzar, parecían eludirlo. ¿O era él quien se alejaba? No lograba entender. En cambio siempre zumbaban a su alrededor rostros que hubiera querido evitar; gente dudosa, de pensamientos turbios también. Que envidiaran sus glorietas, su escritorio pasado de moda, sus libros de contabilidad, le parecía un sarcasmo feroz. ¡Que lo envidiaran a él, que nunca sobresalió en nada! Eso le dolía. Cuando lo despidieron por un motivo que ya no recordaba, se encerró en el patio trasero de su casita a podar las enredaderas dentro del más estricto anonimato. Y así pasaron sus días hasta que se le enfermó la mujer.

     Era insoportable retornar cada día a la habitación donde estaba la enferma, desfallecida sobre la cama matrimonial; con los ojos abiertos y fijos y sin dirigirle la palabra para nada. Le angustia ese silencio donde rebota su conversación. Evidentemente sus palabras no le llegaban. Era como si estuviera sorda o hubiera perdido la razón. ¿Habría perdido la razón? No lo sabía. De cualquier manera no parecía otra cosa que una planta desgajada por la enfermedad. Sus hijos tampoco notaban su presencia, sólo se ocupaban de ella. Cuando se les acercaba seguían conversando como si evitaran verlo o no existiera. La sospecha de que le hacían el vacío por algún motivo incierto le ahondaba el sufrimiento. Los seguía por toda la casa, un poco a la distancia, como temiendo algo. Necesita de afecto, de una palabra; necesita desesperadamente del contacto tibio, físico, concreto de la carne.

     De noche, cosa extraña, la oscuridad huía de sus ojos. No conseguía la penumbra suficiente para dormir y se quedaba desvelado horas enteras condenado a la claridad; esa claridad que lo cegó desde aquella tarde, perdida un poco entre tantos recuerdos. No podía abandonar ni siquiera un momento su oficio agobiante de testigo oculto: siempre en vigilia, siempre acechante, escuchándolo todo, distinguiendo casi el pensamiento de los demás. Una luz carente de alegría delinea, sin embargo, con despiadada nitidez sus viejos defectos. Estaba cansado, pero no podía dormir; hambriento, y le repugnaba la comida; el agua quemaba sus labios, aunque la sed le desorbitara los ojos. Era extraño verse retornar siempre a la misma habitación para encontrar siempre el mismo silencio. Nadie le hace caso; su mujer esta ahí, enredada en su propia telaraña, con los ojos brumosos, vacíos de tan abiertos. Lo llamaba sí, de vez en cuando; y cuando acudía, se desbarrancaba hacia la inconsciencia; al poco rato lo llamaba otra vez, con esa voz impersonal de los enfermos que ya se han olvidado de sí mismos. Él permanecía a su lado como un intruso, sin saber qué hacer. Al rato se alejaba trastornado, evitando mirar el crucifijo sobre la cabecera de la enferma.

     Se sentía arder. Ese fuego le llegaba en oleaje sucesivo desde los huesos hasta la piel, como si una ponzoña ardiente se le hubiera instalado definitivamente en la carne. Todo le dolía, pero no encontraba los remedios en el botiquín: ni aspirinas, ni sedantes, ni aquellos paquetitos de hierbas trituradas que su mujer solía comprar de tanto en tanto. Nada encontraba en la casa desde que ella cayó enferma. La ausencia de sus cuidados le dolía en la piel. La buscaba, obstinadamente la buscaba en los rincones familiares, en el patio, sabiéndola, sin embargo, inmóvil en su cuarto.

     Algo se asoma al borde de su memoria sin lograr imponerse del todo: la sospecha de algo vergonzoso y ruin. Aquella tarde era domingo y le pesaba. Se alejó de la casa con esa brasa encendida que acostumbraba a tener dentro de las órbitas. Le urgía el deseo de rezar, y no podía; de entrar en una iglesia, arrodillarse, pedir perdón, pero algo amordazaba sus impulsos, como si las oraciones aprendidas en su tiempo de niño hubieran quedado sepultadas con su infancia. Cuando se hizo grande dejó de creer en Dios, pero ahora quería encontrarlo y se perdía en los laberintos de su propia desesperación. Una puerta se cerraba con estrépito cada vez que lo buscaba, y en ese destierro permanente de la bondad divina se sentía insoportablemente desdeñado. Vagamente comprendió que era demasiado tarde, y se enredó en el miedo.

     Aquella tarde era domingo. Como una brizna en el aire caliente del verano, volvió a los mismos parajes, arrastrado por el viento desparejo de un siniestro deseo. Un deseo de volver. Aquella pradera casi azul, donde jugaban los niños, se veía tan distante a pesar de estar ahí, que tuvo la vaga sospecha de que le estaba vedada. Parecía una pesadilla de hermosura de la cual quedara al margen. Se sentía trastornado; llegó a pensar que era otro: un desconocido, un extraño, un doble.

     Como entonces, aquella tarde era domingo. Sobre el pasto, la gente seguía sentada con indolencia demorando la partida, indiferente a su paso, ajena al desatino de su corazón. Con las camisas desprendidas, sus vestidos alegres, hombres y mujeres parecían una prolongación del atardecer, contentos y agradecidos por esas delicias simples que no cuestan nada. De pronto los odió. Le molestaba la frescura suelta de sus voces, el eco de la felicidad. El guardia comenzó a cerrar los portones avisando a la gente que eran las seis; en las jaulas, los animales se echaban a descansar como si supieran que su tarea cotidiana estaba cumplida, y él, como un exiliado en domingo hizo su última recorrida.

     Casi de noche salió del Jardín Botánico, bordeando lentamente sus linderos. Un impulso urgente lo arrastra a ese lugar a pesar del corcoveo de su voluntad, que se resiste inútilmente con repugnancia. Como una niebla lo envolvió el recuerdo de aquella otra tarde de domingo, agobiándolo con su densidad intolerable.

     Reconoció vagamente el paraje. Orilló los matorrales polvorientos, y en la vereda de arena se tropezó con las mismas piedras. Entre el deseo de llegar y el de estar lejos, la totalidad de su ser se desgarraba. Era por allí, por allí cerca, lo presentía, lo palpaba en el aire. Continuó. La noche se iba tragando poco a poco los últimos jirones de la tarde. Se le agudizó la desazón y creyó que no resistiría esa tortura por más tiempo.

     Clavado en la vereda se quedó de pronto: el pulso encabritado bajo la hinchazón de las venas, la boca más seca, más amarga. La emoción lo fue resquebrajando a medida que comprendía. Finalmente lo vio. En el lugar exacto del suceso, el vecindario había levantado una pequeña capillita: una casita baja, rosada, insignificante como él. En el alero del techo se erguía una cruz de madera enlazada por el paño blanco, que la piedad de una beata había almidonado. Recobró por un instante a su madre planchando los manteles de la iglesia de la Virgen del Rosario, allá lejos, en sus siete años. Adentro, resguardada por una puertecita de vidrio, ardía vacilante una vela de sebo. Un grito se le quedó en la garganta para avivarle el sufrimiento. Se dobló sobre sí mismo hasta tocar el suelo, y sollozando reconoció el lugar exacto donde meses atrás, una tarde de domingo, se había pegado un tiro.



LA EXPOSICIÓN

     Cuando decían que no eras el hombre que me convenía, me burlaba abiertamente con sarcasmo, y no lo creía. Comentaban que yo tenía gustos que no iban con los tuyos. Yo pensaba cambiarte. A mí, tu sensibilidad me parecía fácil de congeniar con mi sentido práctico y creo que nunca tuve muy en cuenta nuestras diferencias, tus veleidades intelectuales pensaba ponérmelas en el bolsillo, guardarlas como un detalle. La verdad es que nuestros intereses distaban mucho de ser iguales. Me fascinaba el arte en sus múltiples variaciones, fugarme con la música, perderme en el interior de un cuadro, y tú no eras precisamente un exquisito. Yo me enfrascaba en mis libros de contabilidad, las idas regulares al box, y te dejaba hacer. Empezaste a estudiar pintura hasta que vinieran los hijos. A mí me pareció bien, hasta que vinieran los hijos. Cuando quedé embarazada me arreglé como pude para seguir pintando. No fue fácil, porque de cualquier contratiempo doméstico la pintura tenía la culpa. Traté de que dejaras esas clases. Ciertamente me descontrolaba cuando el chico se enfermaba y tú no estabas en casa. Pero fuimos sorteando la situación entre altercados, orgasmos y buenos momentos. En realidad yo te quería. Yo todavía te quiero; pero siento que se debe hacer algo más que criar hijos a través de los años. No alcanzo a comprender cómo estos niños que tuviste conmigo no te bastan. Hay un cierto desamor en salir tanto, cuando todavía son pequeños; en dejarse atrapar por otras cosas robándoles el tiempo. Me enerva tu paciente voluntad; ese muro rotundo de tu voluntad entre nosotros. Si yo dejaba esas clases en aquel momento nunca las hubiera podido reiniciar; me hubiera hundido como una botella abierta que se llena y se va al fondo. Las propias circunstancias te superan, se encargan de ahogarte; y un día por una cosa, y al siguiente por otra, lo abandonas todo porque te parece que no vale la pena. Cuando te das cuenta ha pasado media vida y ya no tienes fuerzas para más intentos, te refugias en tu trinchera de madre, de esposa, en las comisiones de beneficencia; y de los viejos anhelos sólo te queda la frustración silenciada: el recuerdo de que eras diferente. Tuve que aceptar esas clases finalmente.

     Hoy es un gran día para mí. La primera exposición de mis cuadros se inaugura a las ocho de la noche. Ese día fui a la peluquería, me puse el vestido nuevo y me sentí hermosa. No debía olvidar la exposición de mi mujer, al salir de la oficina. Aunque no me interesa mucho la pintura me lo pidió y no me cuesta nada darle el gusto. Estaba tan impaciente que llegué demasiado temprano. El orgullo se me escapaba de la piel. Los cuadros dispuestos en caballetes poco menos que verticales recibían el enfoque correcto de las luces. En las paredes, libres de cualquier artificio, colgaban los más grandes. Todos tenían para mí algún trazo subyugante, algún recuerdo inmovilizado dentro del marco, una espina quizás. Fueron años de trabajo y de terca persistencia. Los minutos se volvían interminables mientras la gente llegaba presurosa, ya sobre la hora. Mi profesor manifestaba sin retaceos su complacencia. Aunque el acto debía iniciarse a las ocho, yo quise esperar un poco más. Al rato no hubo otra alternativa que empezar. Escuché palabras elogiosas, dentro de la mesura, naturalmente. Puesto que era una principiante, no podía pretenderse un Picasso. Pero tenía aptitudes. Lo decían todos. Eran las nueve y tú no llegabas. Caramba, qué tarde es, ni siquiera me di cuenta. Cómo se me pudo pasar la hora de la exposición de mi mujer. Una viscosa decepción me arrinconó desde entonces dejándome a un lado y ya no le saqué los ojos de encima a la puerta de entrada. A las nueve y media se retiraron los últimos visitantes, los amigos, y mi profesor, con renovados apretones de manos. No se vendió ningún cuadro, pero era un comienzo. Convine con el encargado de la galería que al día siguiente los retiraría temprano. Me fui a casa cargando mi derrota, donde rebotaban los halagos, que ahora me sonaban intrascendentes. Cuando llegué vi la luz encendida en el dormitorio. Entré. Me hice el dormido y al día siguiente, con un pretexto cualquiera, justifiqué mi ausencia.



LA CURA

     No siempre fue así. Hubo un tiempo en que la claridad se borroneaba sólo de vez en cuando, pero aún caminaba sin mayor dificultad. Luego perdió los contornos de las cosas en el fondo de los rincones, el ángulo preciso de los muebles, la sombra de los árboles en la vereda de enfrente; más tarde, la ubicación de los cubiertos en la mesa, el lugar exacto de su brocha o el peine en la repisa del baño. Los rostros se fueron desdibujando dolorosamente y se sintió caer poco a poco en un pozo sin brocal, donde quedó cercado entre paredes de bruma. Desde allí percibía el trajín de la casa, las voces de sus hijas yendo y viniendo, el olvido acrecentado a medida que la costumbre insensibilizaba los ratos de ocio. Ya no se demoraban de tardecita conversando con él en la galería, donde uno de los sillones estaba siempre vacío. El movimiento de las plantas, el correteo de los niños y un empujón de sus juegos en las rodillas alguna que otra vez, era todo el contacto que tenía con su vida anterior. No se hacía ilusiones. En ese andar tanteando la claridad perdida llevaba cuatro años. Las operaciones se sucedieron periódicamente, desvaneciéndose como fuegos de artificio en repetidos fracasos. Se volvió más solitario, más impasible, más triste. Cada vez más huecas le dolían las palabras de consuelo, y honda la ausencia de su esposa. Las hijas, abrumadas por los niños, la casa, el trabajo, siempre andaban corriendo, y él no quería molestar. Su actitud ayudaba al olvido. Se hizo hábito el silencio y su plácida tristeza pronto pasó inadvertida.

     La mayor parte del tiempo se quedaba escuchando su propio corazón, contestando desde su opaca soledad el saludo caído al sesgo de las salidas precipitadas. Era un espectador escondido, un testigo sin nombre, atisbando cuanto pasaba o le escondían. Sus amigos espaciaron las visitas, y si alguien le leía los diarios, el apremio restaba sentido a las palabras. Era mejor estar solo, después de todo.

     Una vez acostado, abría los ojos y la oscuridad se le antojaba más clara, al ser compartida por otros. Entonces, se colaban los recuerdos. Desenterraba episodios de su vida andariega, abandonándose a una retrospectiva contemplación. Sobre la cubierta de su barco sentía nuevamente el ventarrón contra los labios cuarteados, la sorda correntada del río en la quilla y, a lo lejos, el follaje que orillaba aquella oscura y torrentosa limpidez. Revivía los atracos en Pilar; la cara lavada de Rosa y sus esporádicos encuentros, los retornos y el locro humeante en el fogón, donde la destreza de su mujer le llenaba la boca de una jugosa satisfacción. Sus hijas correteando entre sus piernas, y el silencio que su vozarrón imponía en una casa, donde el hombre es el que manda. Las madrugadas lo sorprendían en medio de una partida de truco por los boliches costeros, o discutiendo de política en el corredor de la casa. No discutas de política, le decía Josefina, con aquella sabia y resignada mirada superpuesta. Las horas se volvían interminables para ella, calentándole la cama en las noches de invierno, en tanto él se echaba un traguito de caña antes de acostar. Todo cambió de pronto cuando la dejó en la Recoleta, tan sola la pobre. Sentía la diferencia entre la quietud de la muerte y el pozo repleto de sonidos, donde todo estaba al alcance de sus manos, aunque nada pudiera aprehenderse; donde las voces resuenan con una calidez que lastima. A veces, sospechaba que la ceguera lo había vuelto invisible; parecían no verlo, y era él quien estaba a oscuras. Las escuchaba escurrirse en el silencio, evitándolo, porque conocían todas las respuestas. No tenían la culpa. De qué podía hablarles sino de sus achaques, de antiguas tormentas fluviales, del escape oportuno en el cuarenta y siete. Todo lo sabían desde pequeñas. Papá, contá una anécdota, le decían con las caritas expectantes, iluminadas por el goce anticipado de sus aventuras marineras. Quién se acordaba ya de todo eso. Ahora no tenían tiempo para historias.

     Desde hacía unos meses, sin embargo, la esperanza se aposentó tímidamente en el hueco de sus cavilaciones. Le hablaron de un médico; nada académico, desde luego; un curandero o algo así, pero que obraba maravillas; había conseguido curas increíbles. Se dejó convencer y empezó el tratamiento. Yuyos para beberse en ayunas, agua enserenada para lavarse los ojos y miel para las pupilas. Es cuestión de tiempo, no se desespere. Iba cada semana con regularidad infalible. Esa salida le servía de distracción, e incluso lo ponía contento. Se le notaba una leve impaciencia cuando se acercaba a la muchacha; un secreto deseo de echarle el ala si recobraba la vista. Siempre le habían gustado las mujeres.

     Ese día remoloneó bastante en la cama. La garúa había puesto plomizo el retazo de cielo que aprisionaba su ventana. No daban ganas de sentarse en el corredor a tomar frío. Pidió unos mates a la criada para alargar las primeras horas de la mañana entre las cobijas tibias; y sólo al mediodía, cuando escuchó el regreso de sus hijas, la gritería de la chicuelada, intentó levantarse. Un dolor acerado le reventó en el pecho, obligándole a recostarse nuevamente. De pronto, ante su asombro, una claridad incandescente le enseñó el reverso de la ceguera, donde tampoco era posible rastrear los contornos.

     Poco a poco se delimitaron la cama, la luna empañada del espejo en el ropero, sus zapatillas gastadas en el piso, y el rostro de su mujer sonriéndole oblicuamente desde el cuadro. Una alegría desatada lo sacudió, imprimiendo a sus músculos el temblor acelerado del desconcierto. Pensó con estupor que los remedios lo habían curado. Ese médico valía, después de todo. Su grito perforó el aire de la casa. ¡Veía! Las palabras se tropezaron en sus labios: en el cielo gris huían las nubes anunciando una lluvia inminente. Precipitadamente, entraron las hijas. Voces, llamadas, urgencia en sus gargantas. Esa perfecta luminosidad lo agobiaba y, para descansar, cerró los ojos un momento. Cuando recobró la conciencia no tenía idea del tiempo transcurrido. Todo se ofrecía plenamente a su alrededor con la misma familiaridad de antaño. Tan sólo sus hijas vestían de negro. Desde su nueva soledad, miró sus ojos velados por el desconsuelo y comprendió que estaba lejos, del otro lado, en la muerte.



SAMBA

     El sonido sucesivo, acompasado, inacabable del mar moría en la arena, deshaciéndose en espuma. Con el bolso en la mano, los hijos atrás, camino de las compras, se encontró de pronto con la música -guitarra y acordeón contagiadas de samba en una mesa de boliche costanero- y entre ambas, una voz sin más pretensión que convertirse en canto. La gente se demoraba a escuchar sin detenerse del todo, como lamentando que esa música estuviera prendida a una mesa donde no se podía sentar.

     A ella, el ritmo se le fue subiendo por las venas en oleadas calientes desde los pies, y tuvo que hacer un esfuerzo para que no se le instalara en las caderas hasta desbarrancarlas, o la dejase simplemente parada frente a los mulatos que tocaban con todo su cuerpo. Secuestrada del espacio contingente, del minuto apresurado que marca su ritmo cotidiano.

     En una mesa contigua, unos ojos intensamente azules comprendieron. Quién sabe por qué apresuró la marcha, entró en el negocio y compró lo que hacía falta con una diligencia más amable todavía. Sonrisas, saludos y naturalmente las averiguaciones de rigor sobre los precios. Volvió sobre sus pasos, atravesó la música, conteniéndose otra vez. Sus músculos, domesticados, obedecieron convenientemente la orden de no detenerse en la calle. De pronto se sintió crucificada en el centro de una gran tela de araña, con los brazos y las piernas separados, y esos ojos azules contemplando, sin decir nada, el bolso de las compras. Tampoco era libre el mar, prendido siempre al oleaje, pero cuánta espuma hay en él.

     Llegó al apartamento. Cuando se sacó los lentes de sol frente al espejo se dio cuenta de que ni tras ellos era capaz de sostener una mirada. Le pesaban los ojos azules como boquetes abiertos hacia un mundo vedado, y alcanzable. Le pesaban como un gran vacío, como un brocal al que uno se asoma para buscar el fondo. Se avergonzó; se miró largamente los ojos; eran bellos también, a pesar de las líneas que ya comenzaban a insinuarse. Se aplicó sombra verde sobre los párpados; con un lápiz oscuro se delineó el contorno; se impacientó ante un error repetido una y otra vez por sus manos inquietas. ¿Qué ansiedad la movía a equivocarse? Se acentuó la línea de los labios mientras pensaba con satisfacción que sobre el tostado de la piel, su boca rosada refulgía. Agitó los cabellos una y otra vez, tratando de que se vieran vaporosos. Dejó a los niños frente al televisor, las compras sobre la mesa de la cocina, y salió a la calle.

     Con el bolso en una mano, la alegría escurriéndose entre los pliegues del vestido llegó hasta la música que aún imantaba el aire de la tarde. Todo seguía ahí: la samba, los mulatos, los pasos retardados de la gente, pero los ojos azules, aquellos ojos intensos y fijos que comprendieron, ya no estaban. Se había demorado demasiado.



LA CASA DEL CUADRO

     Había tenido un día pesado. La reprimenda del jefe seguía amargándole la boca, sobre el sabor del Fernet que se tomó al salir de la oficina, la nariz metida casi completamente en el vaso y sin dar conversación a su vecino de barra, que lo miraba como queriendo inmiscuirse en su silencio. Después de las impertinencias de los compañeros, que lo escucharon todo, condoliéndose con hipocresía del mal momento, se le desequilibró el estómago. Aquella noche no escuchó la radio ni hojeó el periódico; prefirió retirarse temprano a su habitación, a ver si conseguía dormir, y lo olvidaba todo.

     En su cuarto de pensión, los muebles apenas ocupaban espacio, dando al ambiente una amplitud desolada. No bien llegó, se metió en la cama, ladeando sobre la almohada dura y estrecha la cabeza embotada. Por la rendija de sus párpados laxos observó el cuadro colgado en la pared de enfrente. No era grande y los colores desvanecidos por el tiempo y el polvo formaban un conjunto armonioso y amable que le sedaba los nervios, tensos por las amarguras cotidianas. El marco, de un dorado viejo, contrastaba apenas con el amarillo desleído de la pared, integrándolo a ella, como si fuera una ventana diminuta por donde se pudiera escapar de la invariable repetición de sus hábitos a ese vergel, que el artista debió tener ante sus ojos cuando pintó la casa.

     No podía entender de dónde habría sacado ese cuadro la dueña de la pensión, cuya poca sensibilidad contrastaba con las amplias dimensiones de su cuerpo. Tal vez algún pensionista lo dejó en pago del alquiler atrasado, y ella, por no perder totalmente el monto de la deuda, lo colgó en ese cuarto frente a la cama sin darle importancia. Ahora él lo tenía delante y lo miraba, atrapado por una sensación extraña.

     Le gustaba ese cuadro. Antes de entrar a trabajar como ordenanza solía ocupar su desempleo en recorrer museos, y algo aprendió, entonces, de pintura. Pero no era la calidad aceptable de la obra lo que le atraía, sino la atmósfera de placidez que la rondaba, la cual parecía invadirlo a medida que se interesaba en los detalles. Las proporciones eran buenas, la profundidad adecuada, el claroscuro sugerente. Entre matorrales espesos se alzaba, rodeada de cautivante misterio, una casa solemne, de columnas altas y persianas prolijas. La puerta con llamadores de bronce, y una hilera de ventanas veladas por la muselina de las cortinas le conferían uniformidad y estilo. Era extraño, no podía dejar de mirarla.

     En la cabeza se enredaban los hilos de su existencia: aquel minúsculo puesto de mandadero arañando un sueldo miserable a los cuarenta años; Delia esperándolo, hasta que después de un tiempo, lo dejó por otro; la sospecha de su ineptitud; la amargura del abandono. La soledad fue progresando en su interior. Empezó a desaliñarse. Le entró la desidia de bañarse. No tenía el menor interés por las cosas cotidianas y el trabajo se convirtió en una rutina indispensable para no morirse de hambre nada más.

     Se quedó con los ojos fijos en la puerta de esa casa, prendido a la solidez de su fachada. Era de dos plantas y parecía habitada. Le gustaría saber quién era el dueño; en qué ocupaba las horas; seguir los móviles ocultos de su comportamiento; espiar los altercados de su [29] corazón. La ubicaba en las afueras, no muy lejos de la ciudad, en todo caso, en la campiña de cualquier parte. En el segundo piso, el realismo del pintor consiguió darle a la cortina de una ventana la sensación de movimiento. De pronto un sobresalto le movió la quijada. Insistió con los ojos, buscando a alguien junto al marco, atisbando el jardín desde su calma; alguien que al principio no distinguió y ahora se revelaba como una presencia misteriosa e imprevista. Se estaba durmiendo. Eso era todo. Como de lejos le molestaron de nuevo los exabruptos del patrón; su voz seca y atiplada, que daba ganas de oprimirle la garganta hasta estrangularlo para hacerla callar. El hombre se la tomaba con él cada mañana con la puntualidad de un desayuno: lo disminuía hasta el ridículo o con ampulosos halagos lo hacía sentir un insecto. El halago es también una forma del desprecio. Sí, una forma del desprecio. La rabia la bloqueaba la respiración cuando se acordaba. Ciertamente se sentía un insecto minúsculo y vil. Era minúsculo y vil cuando seguía de cerca las pisadas del patrón a todas partes, con las propias determinaciones prendidas a su tranco, como si no pudieran existir lejos de él.

     Sin saber cómo, se encontró dentro de aquella casa. No recordaba haber usado llave o que alguien le franqueara la puerta; simplemente estaba allí, trasponiendo el umbral impregnado de magnolias, subiendo ya las escaleras hacia la habitación donde la cortina parecía vacilar de vez en cuando. El mayordomo lo saludó con una sonrisa de respeto, y supo que ella lo esperaba arriba. Llegar, sacarse los zapatos, sentir sus manos, sumergirse en el sueño; entonces sospechó vagamente que debía volver a algún lugar, cuya ubicación se le escapaba de la memoria. La misma seguridad de su existencia se perdía en una nebulosa gris, como si se cayese de alguna parte.

     A la mañana siguiente, cuando el sol seccionó la habitación con una franja de luz, se entretuvo mirando las partículas de polvo que se movían caprichosamente en el aire iluminado, revelándole un universo minúsculo que terminaba abruptamente donde se interrumpía la claridad. Le sobrecogió la evidencia de esos dos mundos superpuestos, tan dispares y reales a la vez, coexistiendo en la misma habitación sin que nadie lo notara, hasta que una circunstancia fortuita los pusiera en evidencia. Un fenómeno tan simple como un rayo de luz lo anonadó. Le inquietaban las cosas que permanecían ocultas. Las cosas veladas, sólo porque se desconoce la clave para comprenderlas; los enigmas.

     El amargor persistía a los costados de su lengua, un poco pastosa todavía. Distraídamente cumplió el horario de oficina, y aquella noche, a pesar de ser jueves, no fue al cine. Se quedó en la pensión tirado sobre la cama en absorta contemplación. Escudriñó el cuadro de un ángulo a otro, encontró líricas que hasta entonces, curiosamente, se le habían escapado. Afuera arreciaba la tormenta. Las pisadas menudas de la lluvia sobre el techo de zinc lo adormecieron. La araña del comedor estaba encendida, y ella, espléndida, dentro de su vestido color malva. Se sentó a la cabecera de la mesa a saborear cada bocado, intercalando trozos de pollo con trozos de conversación. Ella lo escuchaba con solicitud, inclinando la cabeza con ese gesto tan suyo que lo incitaba a besarle la nuca. Era feliz. De repente, sin entender por qué, una inquietud extraña se le trepó a los dedos de los pies, escaló sus flacas piernas cruzadas hasta imprimir en su rostro una crispada vacilación. ¿Ella, lo notó? De cualquier forma no dijo nada, y aquello dejó flotando en el aire una momentánea ambigüedad, como una incomodidad que no sabe dónde sentarse. En ese instante el mayordomo le alcanzó una tarjeta [31] sobresaltando al silencio. Los asuntos pendientes, sus fincas, las plantaciones lo requerían constantemente; los administradores lo consultaban y él debía prestarles atención. Siendo el dueño de todo era lo normal. Para que los negocios anduvieran bien, el único secreto era atenderlos, pensó con satisfacción, dando por finalizado el almuerzo. Se despidió de su mujer, y ya salía, cuando el mayordomo le dijo con voz amable: No se olvide de la llave, señor, y se la puso en el bolsillo.

     La sensación de vacío se intensificó cada mañana pesándole en el pecho como una gran ausencia. El reloj le taladraba la cabeza con su chicharra acatarrada, recordándole que si perdía el ómnibus llegaría tarde a la oficina, y si llegaba tarde tendría que vérselas con los improperios del jefe, y era capaz de no aguantar más y zamparle en la cara algún escupitajo verbal que le costara el puesto. A su edad, sin preparación especial y el poco interés que sentía por las cosas, no tenía muchas posibilidades de ubicarse en otro lado. Una vez despierto, el tormento se instalaba en él: Había que obedecer al reloj, parar esa campanilla, levantarse cuanto antes, salir a la calle a toda carrera para no perder el ómnibus, llegar a tiempo a la oficina y rellenar como pudiese el desabrido curso de las horas con esos gestos de aceptación, tan suyos, durante todo el día.

     Las lluvias se hicieron más intensas esa temporada, prolongándose como un aburrimiento gris. Con los zapatos mojados, sin impermeable y el paraguas destartalado, no fue difícil contraer un resfriado, después una fiebre y ganar la cama, donde tuvo que soportar, día tras día, la indiferencia de la dueña, que siempre le subía el caldo frío. Lo peor era ese vano esfuerzo por despertar. Quería huir con desesperado aturdimiento de esa pesadilla que lo ahogaba bajo las sábanas; de la fiebre latiéndole en la piel, sin que nadie lo cuidara; de las averiguaciones furibundas del patrón sobre su ausencia y las subsiguientes amenazas de despido si no volvía al trabajo a la mañana siguiente. La cabeza le pesaba en tanto sus huesos se destacaban cada vez más bajo el pijama pegajoso de sudor. Ese obstinado propósito de despertar no cesaba nunca, salvo de noche cuando volvía a la casa y encontraba a su mujer, sonriente, frente a la chimenea prendida; al mayordomo solícito, pronto a entregarle la correspondencia. El vestíbulo perfumado de magnolias. Las cosas en su sitio. La puerta abierta. Como de costumbre, las luces del comedor ya estaban encendidas; las bandejas cubiertas con campanas de cristal dejaban filtrar su aroma hacia el salón, abriéndole el apetito. Su mujer: más hermosa que nunca. El deleite anticipado de las sábanas tibias junto a ella le cosquilleaba entre las piernas. La deseaba. De vez en cuando, sin embargo, lo agobiaba una confusa desazón: el temor a tanta felicidad.

     Aquel año las lluvias se prolongaron más de lo habitual. En la casa de pensión, el agua se coló por las goteras inundando los rincones del cuarto sin que nadie se ocupara en secar los charcos. El encierro prolongado vició el aire a su alrededor, intensificándole los espasmos de la fiebre; el patrón terminó por aceptar que un ser tan anodino como él podía enfermarse también. Cuando el médico diagnosticó neumonía la casera, de puro cristiana, lo dejó tirado en la cama en lugar de enviarlo al hospital. Desde su impotencia dolorida tuvo que tolerar su aureola de santidad, a pesar de que nunca se acordaba de alcanzarle el plato de caldo a la hora conveniente.

     En la casa de la campiña le contaba a su mujer sobre aquella habitación enrarecida por los vahos de la fiebre; le detallaba con prolijidad los pormenores de su postración; el descuido en que lo tenían. Perdía el color, levantaba la voz con urgencia atropellada, insistía en lo mismo hasta que, con la cara entre las manos, se quedaba mirando fijamente el fuego, mientras ella le repetía, una y otra vez, que no hiciera caso, que todo eso eran pesadillas por el exceso de trabajo. Debía dormir más, volver más temprano. Con voz aterciopelada le ponía susurros en la nuca hasta verlo tranquilo. Luego pasaban al comedor donde la conversación transcurría con esa dulzura que tiene la campiña poco después del atardecer, antes de que se cierre definitivamente el día.

     Con excesivas manifestaciones de pesar se santiguaron una mañana los pensionistas. El del número catorce había muerto durante la noche sin que nadie escuchara nada. Se llamó al forense para los trámites acostumbrados; cada quien dio su opinión infalible y tardía. La dueña, autoritaria y llena de conocimientos, abrió la ventana para disipar los vapores de la enfermedad, los peligros del contagio. Todo había terminado, por fin, sin mayores contratiempos. El alivio deambulaba por el corredor.

     Cuando la claridad hizo patentes los contornos, los inquilinos notaron que el muerto apretaba una llave en la mano izquierda. Al principio pensaron, no sin cierta extrañeza, que sería de la habitación. Pronto se comprobó que esa llave no calzaba en ninguna de las puertas de la pensión. Ante la sugerencia de que fuese de la oficina, el patrón negó con despectiva superioridad la mera posibilidad de semejante circunstancia. En el cuadro colgado frente a la cama, las manchas de humedad habían arruinado la pintura pero la casa seguía allí. A través de la puerta, que parecía abierta, las luces del salón estaban encendidas, pero eso, nadie lo notó.



EL SUEÑO DE LA REINA DE SABA

     En un pueblo del Yemen, llamado Saba, reinaba Balkis, hermosa entre las hermosas, y de violentas pasiones. Hasta su reino rodaron, con el arenoso andar de los caminantes, las noticias de un rey, cuyas tierras abarcaban el nacimiento y la muerte del sol. Se sabía que adoraba a un solo dios, quien derramó sabiduría sobre su corazón, por lo cual, él, agradecido, erigió en su honor un templo resplandeciente.

     Balkis, Reina de Saba, hermosa entre las hermosas, prestigiaba su corte con la innumerable sagacidad de sus sabios, pero ninguno osaba compararse en inteligencia a ese rey que sin pedir riquezas las obtuvo, no obstante, en inmensa cantidad.

     En la frente de Balkis, una mañana, apareció una sombra. Una incierta tristeza la envolvió; apartó sus paseos de los bosques de maderas aromadas y su atención de las obligaciones poderosas. En la alcoba reclinó su desvelo cada vez más temprano, y el pueblo murmuró que estaba enferma.

     Médicos y sabios, videntes yemenitas y hasta remotos hechiceros fueron convocados para descifrar el enigma, pero ella a nadie abrió su corazón. Su mirada, prendida a un punto invisible, se le llenó de sombras.

     Al conjuro de fórmulas mágicas muchos intentaron arrancarla de aquella vigilia que rondaba el sueño permanente. En consultas y conciliábulos los consejeros del reino decidieron que emprendiera un viaje a los dominios del Rey Salomón, el más sabio entre los sabios, para exponerle los secretos de su corazón.

     La caravana partió con el alba el primer día del mes de sif y fueron largas las jornadas mecidas sobre la indolencia de los camellos. En su litera, ornada de pedrería y telas preciosas, Balkis, hermosa entre las hermosas, parecía la Reina más soberbia de la tierra, a pesar de su mirada ausente y la persistencia de su silencio.

     Cuando se acortaron las distancias, acompañada de aromas extraños y exquisitas esencias vegetales: de ámbar y madréporas para fines ocultos; de coros de flor de harina, aceites de oliva y miel para halagar la soberana majestad del rey, Balkis vio, al trasluz de los velos de su litera, una esplendente muralla en el centro del amanecer.

     A medida que la caravana acortaba el valle, se dilataba su asombro, tanta era la magnificencia de aquella sucesión de aposentos, columnas y pórticos ofrecida ante sus ojos.

     Escalonadas trompetas celebraron la presencia de la Reina, que atónita atravesó las puertas ornadas de palmas y guirnaldas cinceladas en oro.

     Allí, en la Casa del Bosque del Líbano, junto a las piedras del pórtico del juicio, donde expondría la incertidumbre de su alma, se sintió extrañamente empequeñecida.

     En los ojos del Rey brillaba la invitación a la palabra.

     -Rey, entre los reyes el más sabio, hasta mi pueblo ha llegado la fama de tu sabiduría, y de tu limpio corazón. Vengo a ti buscando el apaciguamiento de mi espíritu.

     Hace muchas noches me encontré en un desierto con una doncella ceñida de telas exóticas y perfumes; parecía esperar el paso de alguna caravana retrasada por algún motivo misterioso. Yo no sé por qué estaba allí, mirándola; pero tuve la certeza de que debía permanecer a su lado para presenciar algún suceso extraordinario. Ella era hermosa y distante, y en sus rasgos encontré cierto aire familiar, aunque no pude descifrar adónde había visto ese rostro, como no fuera en los bronces pulidos de mi palacio. Casi al amanecer apareció una turba de mendigos cuyas túnicas andrajosas despedían un olor nauseabundo. El más enjuto y contrahecho, el de órbitas más hundidas y violetas y dientes carcomidos, se detuvo delante de ella para mirarla, y como si la reconociera, le escupió a la cara echándose a reír después de una manera tan incierta, que me quedé dudando si lo había hecho adrede o debido a alguna imperdonable confusión. Todo mi ser se revolcó de indignación y hasta levanté la mano con violencia para golpearlo, la cual se quedó inmóvil súbitamente en el aire.

     La doncella estaba allí, con los brazos caídos, como esperando ser mancillada. Entonces, extrañamente, sin demostrar sorpresa o traslucir ira ninguna su rostro se llenó de sonrisa y en sus ojos apareció una expresión tal de mansedumbre que me sentí avergonzada.

     En ese momento sonaron los cuernos precursores de la aurora y comprendí que todo había sido un sueño. Ya llegaban mis siervas con las bandejas de plata cargadas de frutas para agasajarme, rodeando mi lecho ataviado de sedas, cuando de pronto, como desprendida de la tibieza de mi almohada, surgió la sonrisa de esa doncella en cuya mejilla encarnada permanecía el insulto. Desde entonces la paz huyó de mí. Esa sonrisa me persigue espantándome el reposo.

     Ni la ciencia de mis sabios, ni la clarividencia de los hechiceros, ni la extraña lucidez de un demente, que tengo por distracción en mi palacio, han podido interpretar mi sueño, y tengo miedo. Un miedo atroz de que pueda existir un ser tan distinto de mí, a quien le escupen en la cara y sonríe.

     La Reina que, a pesar de su regia condición, se había hincado mientras hablaba, levantó la mirada y la dejó inmóvil en los ojos del Rey Salomón.

     -¿Podrá el rey del templo resplandeciente, el de corazón penetrante, desentrañar mi sueño devolviendo la paz al recinto de mi alma?

     Salomón bajó los párpados; buscó en el tiempo; remontó la grieta de los siglos y vio un hombre colgado de una cruz, a quien adoraban los esclavos y los mansos de corazón. Entonces comprendió.

     Con lentitud moduló estas palabras:

     -Yahvéh, mi Dios, que me ha concedido un sabio corazón, me dice que tú, Balkis, Reina de Saba, hermosa entre las hermosas, y despiadada, has soñado con un tiempo que vendrá.

     Cuentan que a su regreso, en Saba, Balkis se quedaba pensativa al anochecer, y sus esclavos eran menos azotados que antes.



LA VISITA

     Recostado contra la pared, el catre apenas cubierto se llenaba de la arenisca del revoque descascarado y áspero; bajo la repisa deshabitada una silla se perdía bajo el desorden de sus ropas; y en la penumbra del espacio restante: una mesa mohosa y rústica. Marciana extendió los brazos desperezando su morena indolencia. Con un cordón blanco se anudó el pelo, se pasó el dedo mojado en saliva sobre las cejas para alisarlas, mientras le sonaban en los oídos las mismas palabras de siempre: No puedo creer que la quieras, si no te ocupás de ella para nada. Los rayos del sol se filtraban incisivos por las grietas del ventanuco, moteando de luz las sábanas raídas; su almohada flaca, donde el vaho caliente de la cabeza aún no se había disipado. Seguía acosándola la vieja voz: Es una vergüenza, teniendo todo puesto. Claro, no podés salir los domingos por su causa, y por eso te molesta. Buscale otra madre que la cuide, si no la vas a tener como se debe. Afuera, la luminosidad encandilaba la mañana. El brillo desmemoriado de sus ojos la escrutó desde la reprisada imagen del espejo, como perdido en una antigua quebrada de silencio. Era inútil hablar. Sólo el eco la golpeaba con su monótona insistencia: Para hacer el hijo estuviste lista; pero ahora, que se pudra en las meadas de la noche; total, a vos qué te importa. Toda llagada está la pobre, y cómo no va a ser así, si no la cambiás nunca, y después le pegás cuando llora.

     Ladeó la cabeza mirándose la nuca, donde colgaba con barata coquetería el cierre de la cadenilla que le regalaron la otra noche. Un resplandor aguachado se le coló entre los párpados, que al entornarse se tragaron la luz. Se quedó allí, a oscuras, un ratito, donde nadie pudiera pedirle cuentas. Después de todo, era su cuerpo, y ella podía hacer lo que quisiera con él; pensó encogiéndose de hombros con indiferencia. El peine jugueteó con desgano una vez más entre la cascada renegrida de su pelo, y en el agua fría de la palangana se sumieron los restos adormilados del sueño. Su contacto le calmó los picotazos en las sienes, las horas trasnochadas. No recordaba bien, salvo sus carcajadas desparramándose sobre la mesa de aquel club de barrio: el Atlético; los vasos ultrajando el mantel de vino tinto cuando se volcaron. Eran dos, de eso se acordaba, pero ahora ni sabía con cuál pasó la noche. Es de plata, le dijo, ni bien se la puso. Chucherías, pensó, pero parece. Creen que una es idiota por completo.

     De una fiambrerita arrinconada sacó el paquete de yerba; prendió el calentador y esperó que hirviera el agua para cebar el cocido del desayuno: Cocido negro y galleta, eso sería todo nuevamente. Le dolían todavía en la cara aquellos reproches, como escupitajos ensuciando su memoria: No te echo a la calle por esa inocente, si no, ahora mismo te mandaba. Pobre criatura, ni siquiera su madre quiere cuidarla. Sorbió poco a poco, casi quemándose. Vivía en esa pieza desde aquella tarde que la despachó la patrona con la consabida retahíla de que no cuidaba bien a la criatura, y fue a pedirle ayuda a una prima de Andrés, que era su amiga. Andrés. Distanció la mirada del recuento repetido de sus días y recordó las tardes de domingo, cuando la esperaba, recostado contra la muralla de la casa: las manos atreviéndose sobre sus redondos pechos apretados, apenas caminaban unos pasos.

     En ese caserío todas las piezas eran iguales, demasiado estrechas y sin ventilación; las goteras se multiplicaron con las lluvias y ahora, a pesar del calor, el piso de ladrillo le enfriaba los tobillos con sus húmedas lenguas ascendentes. Por las rendijas de la puerta se colaba el ajetreo de la noche, la gritería del conventillo en la mañana. Manejarse sin luz y traer agua de los vecinos eran cosa corriente desde hacía tiempo. Sólo lo pasaba bien cuando salía. La plata se la gastaba casi toda en empaquetarse un poco, para que la mirase alguien, claro. Su madre aceptó finalmente atenderle la criatura; la visitaba de cuando en cuando, por supuesto, si le quedaba tiempo; a veces le llevaba algo también, pero ya no la reconocía, ni le decía mamá como al principio.

     En su mente los recuerdos seguían un desorden paralelo. No importaba realmente cómo había sucedido todo, porque los hechos cabalgaban simultáneos, atropellándose unos a otros, adelantándose a veces, atrasándose otras, entreverándose siempre. Son esas cosas que suceden de repente porque se dan las circunstancias: Unos días en el campo con la patrona, un tiempito sin verlo, y pasa. Pero le quemaban todavía el amor propio las risotadas de los personales cuando lo vieron salir de su cuarto aquella noche, y ella lo escuchó todo tendida aún sobre la cama. Una semana pasó antes de enterarse de la apuesta de Raimundo: que la echaría en la primera vez sin problema. Le jugó sucio, simplemente. Al poco tiempo comprobó que estaba embarazada. Habrá sido en la estancia, durante las vacaciones de invierno, sentenció la patrona. Es la cara de Raimundo, decían todos; hasta el patrón se dio cuenta del parecido, cuando la vio en el lavadero, sentadita en una silla. Desde entonces la arrumbó en el cuarto de servicio; no la sacaba ni cuando el sol ardía en las baldosas del patio. Su intento de culpar del embarazo a Andrés ni siquiera tuvo un comienzo; en cuanto lo supo desapareció sin entrevero de palabras. La patrona la despidió después, de todos modos, porque no cuidaba bien a la criatura. Te perdí la confianza, le dijo, y así comenzó a andar por los bares. Tragó un pedazo de galleta embebido en el turbio consuelo de la mañana. Por suerte comió bien la noche antes; ella no se iba a la cama con ninguno sin que le diera de cenar primero. Aquel trabajo fue el único en casas de familia, y seguramente el último. Prefería pasar hambre a escuchar todo lo que es bueno que se haga cada día.

     Varios cuartos abrían sus puertas desvencijadas a un patio de arena fina, bien barrida, donde de tarde en tarde se sentaba con las vecinas a charlar de cosas nunca sucedidas, y callar otras de triste recuerdo. Una enramada, renegrida por la intemperie y el tiempo, sostenía un jazminero que embriagaba el viento con sus corolas blancas. Le gustaba demorarse sobre la taza, con la ventana abierta mirando hacia afuera, rememorar los encuentros candentes con Andrés durante aquel verano de siestas cegadoras y retornos crepusculares. Día de salida entre sus brazos; la ida al cine, como cualquiera; la milanesa a caballo con cerveza en algún bar de los suburbios, por la noche. Esas cosas se le antojaban ahora placeres irremediablemente perdidos. Acompañada de Andrés olvidaba los plagueos incansables de la patrona, las órdenes en remesas sucesivas; las veladas injurias; hasta el retorno al trabajo se volvía placentero al día siguiente, con la alegría del deseo satisfecho y el desparpajo de la juventud reventándole la blusa fresca. Sentirse mujer, y divertirse; ser joven y amar: era todo lo que deseaba. Luego vinieron aquellas vacaciones en la estancia, la imposibilidad de hacer algo a tiempo, y el hecho irreversible de ser madre.

     Se puso el vestidito de algodón con flores grandes que le daba ese aire de decencia que convenía. Ahora no tenía hombre, ni lo quería. Para lo que sirve tener uno. Lentamente se prendió los botones; orillando recuerdos la cara se le cubrió de sombras. La dejó sola, antes de saber siquiera que no era suyo. Ahora podía elegir a cualquiera, y ya no le importaba. Miró largamente su rostro partido por la grieta del espejo, que la miraba. De un clavo tomó el bolsoncito de cuero manoseado, revisó si tenía cambio suficiente para el pasaje, y salió a la desnuda claridad. Luego de cerrar la puerta con llave se demoró cortando jazmines. Siempre elegía los más tupidos y a punto de abrir, para que durasen. Aspiró el aire perfumado con los ojos velados por una envejecida tristeza, y se dejó ir lentamente calle abajo con aquel ramito blanco entre las manos. Ese día era domingo, y como todos los domingos, desde que la perdió, hacía una visita a la tumba de su hija.



NILO

     De la primera vez que me arrearon tengo un vago recuerdo. Ahora en el corral, entre tantos como yo, se escucha el bufido de las madres que protestan por los atropellos. Nos apretamos todos bajo un sol que nos recorta; seguimos la voz de los peones, sus gritos largos; enceguecidos de polvo y sudor entramos al torín. Tengo un miedo pavoroso de seguir adelante. Entonces entré sin resistir porque no sabía nada, pero ahora apenas puedo dominar mi miedo. Por un lado me aprietan los portones y por otro me clavan una picana cerca de la nariz.

     Recuerdo que aquella vez, al salir del brete, me pialaron por detrás; prendidos de mi cola, me tiraron al suelo. El humo empañaba las figuras que se movían a mi alrededor; me picaban los ojos y me quedé muy quieto. Un hombre se acercó y me cortó una oreja, otro me rebanó la cola; sentí que alguien gritaba ¡marca!, y me estamparon un dolor que me llegó hasta adentro, quedándose ahí durante varios días. Con habilidad me abrieron las patas traseras, escuché a la misma voz anunciando mi sexo. Un peón imponente se acercó, entrechocando los flecos de su piernera, probando el filo del cuchillo con la yema de los dedos. Certeramente me hizo un corte y me estiró una brinza, después la otra. La sangre caliente me fue acariciando la barriga al derramarse. El dolor era insoportable y mugí largo. Cuando aflojaron el lazo, me levanté, sacudiéndome el polvo. Aunque me dolía mucho lo disimulé parándome con aire indiferente frente a la peonada. Iporâité -decían-, y yo aprendí con el tiempo que era un animal de primera. La patrona me miró desde sus ojos verdes. Se le notaba la admiración en la cara sobre la tristeza de mi sangre. Después supe que me castraron porque era un flekviek, y en la estancia de mi patrón los toros padres son todos nelore o mochos negros. Me mandaron al potrero con mi madre, que me lamió las heridas. Su lengua resignada les servía de consuelo.

     Mi cara era buena y mi cuerpo rollizo. Me llamaron Nilo, aunque en un principio todos, en broma, me decían Lente, porque mi cabeza era blanca pero mi cuerpo negro, y mis ojos se perdían también en dos manchas negras.

     Pronto comprobé que yo nunca podría subirme a una vaca. Que no tendría nunca compañera, ni siquiera por un tiempo. Me sentía disminuido dentro de mi cuerpo sin sexo, cuando los cebúes, orgullosos y altivos, olisqueaban a las hembras. Al poco tiempo se los apartó para que estuvieran con ellas. Yo era un novillo y me quedé en la manada.

     En el campo, el viento y los pájaros, que se comían mis parásitos, me hacían la vida agradable. Cuando el sol me envolvía como un fuego, buscaba el monte; y si llovía, dejaba que la lluvia me lavase el pelo; aunque a veces, en invierno, tenía frío. Siempre me gustó la luna porque convierte el campo en una distancia lechosa llena de murmullos ocultos. Muchas veces, después de aquello, me trajeron al corral. Me encontraba con los ojos de mi patrona. Ella me hacía fiestas y todos ponderaban mi porte.

     Aquella tarde escuché que mi patrón le decía: De aquí puede salir el viaje a Europa. Yo no sabía de lugares más que los lindes de mi potrero, pero le vi en los ojos un brillo tan intenso que me alegré con ella.

     Nde estado porâ -decían los peones al mirarme-. Junto con otros me apartaron. Por una vez me sentí diferente y hasta tuve la loca ilusión de ser importante. Después de pasar por la báscula, subí al camión trasganado con los demás, y ahora me llevan lejos.

     Al cabo de muchas horas nos detuvimos. Escuché voces, gritos. El olor de la sangre me frunció la nariz.



LA VENGANZA

                                                                                                                                       A Chiqui

     Ir a la oficina no era un suplicio precisamente, pero sí, una lucha puntual, como un lluvioso cansancio sin término.

     Desde su rostro enjuto, los ojos oblicuos parpadeaban con refinada malicia oriental. Tenía las uñas largas, agudamente pulidas, y en el índice de la mano derecha un topacio engarzado sobriamente en oro blanco. Vestía a la usanza occidental, con esa pulcritud que no hacía sino realzar su figura esbelta, casi evanescente cuando se lo miraba a contraluz. Tenía algo extraño sin que se pudiera afirmar qué. Nadie pudo precisar jamás cuántos otoños habían dejado su hojarasca sobre el rostro estático y duro del Embajador, pero la diferencia de edad entre los dos, evidentemente, se notaba. No obstante el tiempo que llevaban juntos, sus relaciones eran distantes, asépticas, como obedeciendo a un esquema misterioso. La eficiencia cronométrica de ella y las exigencias excesivas de aquel carácter singular los habían unido en una simbiosis perfecta, que goteaba, sin embargo, un peso cada vez más insoportable sobre su femenina condición.

     Era el Embajador un hombre frío, cortés e incisivamente inteligente; aunque detrás de esa reservada cordialidad no podía ocultar, ni se lo proponía, su deseo ilimitado de dominio. En la oficina todo llevaba el sello de su implacable severidad. Las cosas más nimias debían hacerse a su manera; los muebles permanecer exactamente [50] donde él lo disponía; la máquina de escribir a una determinada altura; las ventanas entornadas en cierto ángulo; hasta las flores se abrían en su despacho con una infatigable regularidad. A su lado toda iniciativa era imposible, un defecto tal vez, incluso un delito atroz. Semejantes excentricidades, reñidas en absoluto con el sentido común, no tenían otra explicación salvo el placer desmesurado que le producía imponer su voluntad.

     Cuando tomó el empleo, estas rarezas no la molestaron siquiera; las consideró manías de un viejo acostumbrado a mandar, pero con el paso de los meses ese cúmulo de mínimas mezquindades fue socavando su resistencia, dejándole un persistente amargor. Aunque esta rutina llevaba años, nunca se había tomado un día de vacaciones. ¡Hasta parecía mentira! El Embajador no se las negaba precisamente, pero ante la más mínima insinuación, siempre se presentaba alguna reunión inesperada, un informe impostergable o una conferencia de último momento, y ella deshacía sus proyectos, así como fueron hechos, en silencio.

     El Embajador tenía sin embargo algunas deficiencias: su español era increíblemente pobre, no obstante el tiempo vivido en el país. Por eso, ella lo acompañaba al médico cada vez que se sentía enfermo; y últimamente, lo estaba con frecuencia. Era grotesco verlo, desprovisto de su diplomática solemnidad, tendido en una camilla con la sabanita blanca tapándole escasamente los escuálidos miembros, mientras ella, ubicada prudentemente en la penumbra, traducía con monocorde discreción las dolencias de sus músculos cansados, su fisiología deficiente. La frecuencia de estas visitas la pusieron sobre el filo de la histeria, haciendo rebasar la rectilínea medida de su estoica e imperturbable dedicación.

     Tal fue la humillación de participar activamente en las vicisitudes orgánicas de su Embajador, que al verlo restablecido le comunicó su decisión de tomar vacaciones. No fue fácil arrancarle una respuesta afirmativa, pero vislumbrando un retiro definitivo, el viejo optó por aceptar.

     Desde ese día un postergado entusiasmo le bailaba en los pies, se volvió más ágil, más fresca; a los gestos aprendidos en el hábito de la eficiencia se sobrepuso una mirada, que a pesar de la vigilancia del Embajador, se perdía frecuentemente en los vidrios asoleados del ventanal. Finalmente saldría de vacaciones. Su sistemática renuncia le pareció entonces algo remoto e incomprensible, como si nunca hubiese sucedido o tal vez le hubiera ocurrido a otra persona. Aprovechó el tiempo que le quedaba haciendo planes, comprándose ropa en una casa de moda y soñando con el mar.

     Las relaciones con el Embajador durante los días anteriores a la partida fueron de una lejana y congelada cordialidad. De la luz penetrante de sus ojos se desprendía un estático resentimiento, no manifiesto pero intuido, algo así como un turbio deseo de fracaso. Un saludo breve y ceremonioso cerró la despedida.

     Esa tarde, cuando salió del escritorio, el sol doraba los naranjos alineados en la vereda, las casas parecían desmoronarse a su paso y todos los rostros le sonreían. Sintió en sus tacos altos la urgencia de alejarse de ese lugar contaminado de opresión y saboreó por anticipado los veinte días que se le ofrecían como un pasaje hacia el reencuentro. Veinte días tendida en la arena con el cuerpo salado de mar; veinte días cubierta de espuma: ella, ella misma, limpiando los vestíbulos de su memoria. Sin verlo, ni escucharlo, ni ajustarse a sus deseos. Sola. Cerró los ojos y se dejó ir por ese espacio libre hacia las dunas rubias de la costa, hacia el olvido.

     Esa noche acomodaría en la valija su ropa pulcramente planchada; en un bolsón pondría la malla, unas toallas y algunos libros; en la cómoda esperaba el sombrero de playa y un maletín de mano, con todo lo necesario para sentirse hermosa. Recostó la cabeza en la almohada hasta encallar en las mareas del abandono. Sentía el agua en sus rodillas, las olas salpicándole el pelo, y esas noches, tan noches, donde la urgencia se desvanece. Nada que recordar al día siguiente, ninguna orden pendiente, ninguna reprimenda temblándole bajo el calor de las mejillas. Nada, sólo ella y el mar.

     En la soledad de su cuarto de soltera, durmió bastante mal, por la excitación de la partida. La posibilidad de alejarse del Embajador aunque fuese por unos días le parecía imposible. Antes de que sonara el despertador, el teléfono la sobresaltó, tensando cada uno de sus músculos. Era el Tercer Secretario de la Embajada; pedía disculpas por llamarla tan temprano. Sentía mucho molestarla, pero algo muy penoso había sucedido aquella noche. Sí, a las tres de la madrugada, lamentablemente, y de improviso, había fallecido el Embajador. Ella debía presentarse de inmediato a la oficina para ocuparse de los trámites correspondientes.

     A la tarde, cuando lo vio tendido sobriamente en el cajón de ébano, elegido por ella con tanta meticulosidad, se quedó tiesa, anonadada de estupor. Allí estaba él con la muerte adherida a su figura como un traje de calle, aunque detrás de su máscara oriental se le antojó viva una mueca de sarcástica satisfacción.



Y... ANDA POR AHÍ NOMÁS

     Las luces de la sala ya estaban encendidas, aunque evidentemente era demasiado temprano. Recién llegada del centro con los bocaditos para la noche y justo ahora se presenta la cocinera con su vieja historia. Desde hacía tiempo lo sabía: era inevitable que se fuera. Cumplió su ciclo, decía Lalo. Bueno, había que apurarse, tener todo listo para las ocho.

     La mesa vestida con el mantel bordado en punto cruz ofrecía las bandejas y los vasos brillando en líneas circulares. Con ojo crítico lo abarcó todo. Las flores en los rincones, la casa oliendo a limpio. Arriba se bañaba Dieguito y dormía el bebé. Una reunión... y justo hoy que no estaba Lalo. Diligentemente formó abanicos con las servilletas de papel en las esquinas de la mesa dejando los bordados al descubierto para que lucieran, en tanto daba órdenes a la cocinera, que no perdía la ocasión de recordarle su retiro del día siguiente. Los hombres seguramente no vendrían... al no estar Lalo. Su madre, sus hermanas y las tías, eso sería todo.

     Era lindo reunirse de tanto en tanto, a comentar cómo andaban las cosas, aunque ahora había que tener cuidado: Se controlaban las reuniones; se decía que la situación estaba fea; hasta de revolución se hablaba. Vaya uno a saber. Un miedo general se agazapaba detrás de las persianas de las casas, aunque todo pareciera igual. Tal vez fue una imprudencia invitarlas; tenerlas a todas aquí; pero qué otra alternativa le quedaba siendo el cumpleaños de mamá.

     Todo estaba dispuesto, como le gustaba. Un cosquilleo de satisfacción se le subió a las mejillas esparciendo su tibieza. No podía evitar ese orgullo de señora de su casa. Entonces escuchó los golpes. ¿Pero quién podría ser a estas horas?

     -La señora, viene una chica que dice que vos la conocés, que se llama Luisa.

     -¿Quién? -No se acordaba, Luisa, Luisa-. Ah, Luisa. Bueno, decile que pase un ratito, pero avisale que estoy apurada, que tengo gente a cenar, no sea cosa que se quede demasiado. -¿Qué querrá? Tanto tiempo sin venir por aquí y ahora me cae. Cuando Dieguito tenía tres años trabajó en casa. También estuvo conmigo la hermana, Gabina. Qué chica linda; ingenua y pícara a la vez. No sé. Tenía algo delicioso. Fue niñera de Diego un tiempito. Recordó su cara redonda, donde los hoyuelos de una inusitada profundidad desaparecían sin dejar huellas cuando estaba seria. Se le notaba la vocación de amar en los ojos. Hacía tiempo que se fueron las dos, y ahora de repente se presenta Luisa. Qué raro. Bueno, tendría que atenderla, aunque fuese un ratito. Se habían portado bien con ella, en realidad.

     -¿Cómo estás, la señora? Pasé por acá y entré a saludarte. Vengo por si necesitás cocinera. Estoy sin trabajo.

     -Ay, Luisa, qué casualidad, justamente la mía se va mañana. Si te gusta podés quedarte desde hoy mismo. Es el cumpleaños de mamá y necesito una mano.

     -Bueno. No tengo problema. Si querés me quedo.

     -Sí, poné tus cosas en la pieza y...

     -No traje nada todavía, vine así nomás, por si acaso.

     -Bueno, no importa; andá poniendo las sillas alrededor de la mesa como vos ya sabés mientras voy a bañarme. -Entonces le pregunté por la hermana. No sé por qué se sobresaltó y me desvió la mirada, pero me dijo:

     -Y... anda por ahí nomás.

     Iba a preguntarle algo cuando el reloj dio las siete y guardé mi desconcierto para después. Mientras el agua de la ducha le adormecía la espalda, la respuesta de Luisa la rondaba. Era extraño que no supiera dónde estaba la hermana y que le desviara la mirada. De repente tuvo la sospecha de que algo no estaba claro. Gabina, independiente, siempre fue, pero de ahí a que anduviera metida en algo feo... No sé. Se decían tantas cosas por ahí. ¿Y si realmente estuviera en algo feo? Podría traerle problemas tener a la hermana en la casa. ¡Qué problema ni qué nada! Mañana se va la cocinera y ya tengo reemplazante. Eso sí que es tener suerte. De cualquier forma había que apurarse, estaban por llegar.

     El salón rebosaba carcajadas, tintineo de vasos y conversación. Que si las de Astarita, que si las de Zubi. Sentadas alrededor de la mesa sus hermanas, mamá y las tías parecían intemporalmente dichosas. Como ella suponía ningún cuñado apareció, al no estar Lalo. ¿Y... qué iban a hacer entre tantas mujeres?

     Una frenada junto al cordón de la vereda las sobresaltó dejando sueltas, por aquí, por allá, una risa, una palabra. Pisadas apremiantes, golpes, voces en el zaguán. ¿Quién será si no falta nadie? Y entrar de esta manera.

     -¡Policía! -gritaron.

     -¡Qué! ¡Qué pasa! No recuerdo cómo abrí. Creo que ya estaban adentro cuando me di cuenta.

     -¡Permisooo! -dijo uno por mera fórmula empujándola mientras hablaba-. Sabemos que acá está escondida una revolucionaria, señora.

     -¡Qué! ¿Cómo?

     -Procedan -agregó dirigiéndose parcamente a sus hombres. Eran siete, vestidos de civil y algunos guardias. Rodearon la mesa del comedor volviendo de cera los rostros de mi madre, de las tías, del resto. Nadie se atrevía a moverse, a susurrar siquiera un comentario, y por supuesto, quién se serviría nada en ese momento.

     -¿Dónde está la muchacha, señora? -la increpó otro.

     -¿Qué muchacha?

     -La que usted tiene escondida en su casa.

     -¿En mi casa? ¿Pero quién? ¿De quién me está hablando?

     -No se haga la tonta, señora. La vimos entrar hace un rato.

     -Ah, Luisa. ¿Se refieren a Luisa?

     -El nombre no importa. Es la misma, está enredada con un tipo de la revolución. Vamos, vamos, diga, adónde está.

     -Pero estará en la cocina, yo no sé. Acaba de llegar pidiendo trabajo. Mañana se va mi cocinera y la tomé. Ya estuvo conmigo. Pasen, pasen.

     Indigna la obsecuencia que inconscientemente se adopta ante la autoridad. Que pasen, que se la lleven, que acabe todo, qué sé yo. ¿Cómo iba a saber en qué andaba? Y yo pensando en Gabina. Vaya problema, y justo ahora que no está Lalo.

     -Aquí no hay nadie -voceó uno.

     -Acá tampoco -dijo otro desde el fondo.

     -Pero si estaba ahí nomás hace un momento. Debe andar por el cuarto de servicio.

     -No está -gritó un tercero.

     -Tal vez subió a ver al bebé. No lo conoce todavía.

     Precipitadamente se tragaron la escalera. Nada. Luisa no estaba por ningún lado.

     -Tiene que acompañarnos, señora.

     -¿Pero por qué? Yo no sé nada. Vino a visitarme y la tomé, mañana se va mi cocinera...

     -Explíquele eso al jefe. La muchacha entró aquí y por algo ha de ser. No me va a decir que una persona se mete en una casa porque sí. Vamos.

     -Voy por mi cartera y bajo.

     -No la va a necesitar. Vamos -dijo un hombrón atenazándole el brazo por detrás. La madre y las tías ahogaban sollozos y grititos de histeria en el espeso caldo del miedo. Mis hermanas me miraban desde su asombro.

     -Vuelvo enseguida. No se preocupen. No se vayan a ir. Voy a decirles cómo fue todo y vuelvo. No hay ningún problema, ya van a ver; entretanto, sírvanse. Con el apuro ni me acordé de recomendar que le dieran la leche al bebé.¿Cuánto tiempo había pasado desde el cumpleaños de mamá? ¿Cuánto? ¿Cuánto? Semanas, meses, años. Qué importaba. Ya no estarían alrededor de la mesa del comedor. Le daba vueltas un cubo en la cabeza con ella adentro desvanecida, a veces recobrada. ¿Cuánto tiempo? Semanas, meses, años. No recordaba. Todo era igual. Semanas, meses, años repitiendo que no sabía, que no sabía, que no sabía. Pero ellos no le creyeron que no sabía dónde estaba Luisa y siguieron insistiendo, insistiendo, y ella no sabía. Entonces era el abismo, y los ojos en blanco, y el grito prolongado, y el escape del cubo, y el alivio de la inconsciencia por un rato. Y después otra vez lo mismo, y no sabía y no sabía. ¿Cómo iba a decirles si no sabía?

     La cocinera abrió la puerta cuando llamó. Se había quedado después de todo, pensó agradecida. Y Lalo, por lo visto, tampoco estaba. Entró en su casa como una sonámbula, arrastrando torpemente los pies. El piso tenía ese olor a fresco después del repasado de la mañana. Dieguito la miró fijamente y dijo asustado:

     -Mi mamá no está en casa.

     Arriba lloraba el bebé.



HELENA

     Las sábanas se le pegaban a las carnes que humedecidas giraban de un lado a otro sobre el colchón apelmazado del camastro sin encontrar acomodo. Cuando se filtró el alba por las rendijas, supo que se había pasado otra noche sin dormir, y que pronto comenzarían las mismas faenas desabridas de siempre.

     El viento le golpeaba las mejillas, allí en el patio, y las manos cuarteadas le dolían al sumergirlas en el agua helada de la latona; le picaba el jabón en las cutículas y las yemas de sus dedos flacos se le volvían rugosas como pasas de uva. De cualquier manera el tiempo nos hace andar ligero. Pronto se despertarían sus hijos con los mocos colgando y para entonces debía terminar el lavado del día.

     Helena no era fea: descarnados los pómulos prominentes bajo la piel manchada, la boca grande de sonrisa fugaz y unos ojos, muy adentro, que habían adquirido con el paso del tiempo el tinte borroso de la tristeza. Vivía en el conventillo del bajo con Ambrosio, y aunque no estaban casados, nunca la dejaba del todo. Se había arreglado para hacerle en el vientre un hijo por año, y a ella le parecía bien.

     En su cuerpo delgado la barriga mostraba el ombligo saltón bajo la tela gastada del vestido. Le gustaba lavar porque podía cerrar los ojos mientras refregaba la ropa, dejándose estar ahí un rato, como si no hiciera nada. Sólo sus manos continuaban el movimiento silencioso. Aquel día no pudo terminar el lavado sin ir por agua al río. Entonces, tomó su resignación a cuestas, y después de mirar a sus hijos que dormían entreverados en el catre, se fue bamboleando lentamente su preñez hacia el barranco, con un balde en cada mano.

     El acarreo del agua por las calles arenosas fue siempre lo más pesado para ella. En verano, la tierra le calcinaba los pies, y ahora, el frío se le metía hasta el hijo que dormía ovillado en su vientre. Ya de vuelta: hervir el puchero, barrer el cuarto, planchar los guardapolvos, y todo con la golpiza y los celos de Ambrosio sobre la espalda. No le importaba, aunque le doliera sus hijos irían como se debe a la escuela: bien comidos, y con los delantales almidonados.

     Helena no se aburría nunca. Cocinar, lavar, agenciarse su dinerito fregando pisos en casas de familia no le dejaba tiempo para el tedio. Los días se sucedían sin alboroto, como calcados, salvo cuando Ambrosio llegaba de madrugada destilando caña blanca. Entonces se ponía violento; le pegaba por un motivo que averiguaba al día siguiente o la poseía sin más, semidormida, dejándole las carnes doloridas por las impetuosas arremetidas del deseo. Y ella se quedaba ahí, muy quieta, con las piernas laxas, semiabiertas, mirando el techo en la oscuridad, y pensando que la quería, que eso debía ser el amor, y que así nomás eran estas cosas.

     Ambrosio no era malo, en realidad: la usaba cada noche y sólo la golpeaba de vez en cuando, A veces, cuando ganaba en el truco, le traía un generito. Si estaba sin trabajo se la pasaba recostado en la cama mirándola hundir los brazos hasta el codo en el agua jabonosa de la palangana, mientras se limaba las uñas con un cortaplumas. Varias veces la tuvo a la intemperie toda la noche para usar el catre con otra, mientras dormían sus hijos en un rincón del cuarto; pero a eso ya estaba acostumbrada.

     Listones de luz rayaron el aire de la celda. Acostada en su camastro del Buen Pastor pensó una vez más en Ambrosio antes de que sonara la campana que levantaba al día. Extrañaba a los niños, las idas al río, la charla crepuscular con las vecinas. Parecía que el encierro le hubiera agrandado los ojos y oscurecido las manchas en la piel. En el fondo estaba contenta. Cuanto más pensaba, menos se arrepentía de haber forcejeado con Ambrosio aquella noche, empujándolo con violencia hasta que cayó dando con la nuca en el bracero. A mis hijos, ni el propio padre les pega si vuelve borracho, se repetía. Por lo menos mientras ella estuviera cerca.



LA CONFESIÓN

     Agazapada en su rebozo negro, la mirada azorada entre los flecos, doña Matilde esperaba junto al muro, adelantándose a los acontecimientos que ya sabía por las pardas habladurías de los sirvientes, y el llanto incontenible de Taní sobre su pecho. De pronto, la descarga imprimió a su cuerpo tal sobresalto que dibujó en el aire candente de la mañana un brinco grotesco. Más quieta que un tronco retorcido se quedó después por un momento, hasta que ya repuesta, apretándose cada vez más contra la pared de aquel sitio siniestro, se escurrió lentamente calle abajo, sintiendo sobre la piel el reverbero del sol y la mirada inquisitiva de los dispersos transeúntes. Siguió la lóbrega longitud de la muralla, tras la cual se había perpetrado instantes antes la ejemplar ejecución, y llegó con paso vacilante hasta la iglesia donde, persignándose con encorvada devoción, se hincó discretamente en el confesionario.

     Las lágrimas buscaban el cauce de sus arrugas que se ahondaron con la espera. Cuando subió al poder, Carmelo, con una perspicacia que nunca sospechó tan certera, le dijo: Empiezan malos tiempos para nosotros Matilde, este hombre nos tiene atravesados en la garganta. Y de eso, hacía casi un año. Con una madre correntina y un hermano en Buenos Aires, su marido no podía sustraerse al estigma de porteñista, y eso era para el Dictador la afrenta más espantosa de un paraguayo a la causa de la independencia. Así comenzó la persecución. Un denso vaho de indiferencia se cernió sobre ellos, y poco a poco empezó a caer la cerrazón del desprecio: saludos congelados en bocas antes amigables, persianas cerrándose a su paso para no verlos, hasta la delación malintencionada y la cárcel.

     Se lo llevaron sin explicación, a los tropezones; y ella se quedó sola en la casona de alto techo y patio amplio. Allí donde los crotos ponen a las mañanas de verano su multiplicidad de tonos, donde las madrugadas se contagian de fragancia y la picardía desgrana florecitas rosadas sobre el cuchicheo con las vecinas cada tarde. Un viento inexorable barrió las horas apacibles, y con ellas la dicha conocida sin reservas. Luego vino el saqueo de aquellos maleantes que escaparon a las tupidas redes del Dictador, inexplicablemente. Se lo llevaron todo, excepto la cama, un ropero y el hermoso camafeo, regalo de su marido, que, sin duda, por una sobrenatural premonición enterró pocos días antes al pie del paraíso que sombrea el patio.

     Desde el apresamiento iba puntualmente a la cárcel para retornar sin verlo, envuelta en su tristeza, salvo cuando el humor del Supremo disponía otra cosa. Aquella tarde difícilmente disimuló su estupor con lentas caricias, con palabras musitantes, entrecortadas por una desconsolada piedad. Estaba irreconocible. Las heridas en los gruesos tobillos de Carmelo le dolieron atrozmente en el recuerdo; sintió sobre sí misma aquellos grillos reventándole las venas de tan estrechos, inmovilizándole los pasos con su peso imponente. Ya no puedo con ellos, le dijo sollozando; y ella temía que esas llagas purulentas se llevaran para siempre a su Carmelo, tan rozagante y espacioso de carnes en el tiempo de su antigua felicidad. Desde entonces se apostó a la puerta de la Casa de Gobierno esperando una audiencia que no le concedían. Pero ella debía obtener su libertad, pedir, suplicar, arrastrarse hasta que lo soltaran. Después dejarían todo, se irían del país, hasta los hijos dejarían, si así lo decretaba el Dictador. Pero no a su Carmelo. La imagen sanguinolenta de su marido, atestado de magulladuras y amargura, hicieron cada vez más obsesiva su insistencia. Estuvo siempre a la puerta, bajo el sol, bajo la lluvia, hasta que la recibió el Dictador. Entonces le explicó desde el fondo anegado de su voz que Carmelo era inocente. Nunca se metió con nadie; ni siquiera opinaba; siempre obedeció lo que mandaba el Gobierno; todo era una calumnia; una infame mentira, señor, para perjudicarlos. Esos grillos eran demasiado estrechos para un hombre tan robusto como él, seguramente moriría a causa de esas pústulas. Bajo la mirada taladrante del Dictador era difícil no esconder los ojos en los rincones, en cualquier punto desprendido de ese tiempo inexorable; pero ella la soportó con una quieta valentía, insistiendo, implorando, disminuyendo sus demandas, conformándose con un cambio de grillos simplemente, unos grillos más holgados que no le comiesen la carne hasta los huesos. Aunque fuera eso, señor, para que no sufra tanto, para que no se me muera en la cárcel.

     El Dictador, desde esa distante omnipotencia que lo distinguía, aceptó finalmente el cambio, con la sola condición de que ella proveyese los nuevos grillos. Detrás de su mirada impasible y glacial doña Matilde vislumbró una aguda ironía, la certeza de que la suplicante, insolvente y abandonada de todos, no los conseguiría. El regodeo del poder siendo magnánimo se le saltaba de las órbitas.

     Con los ojos obsecuentes de agradecimiento, la sonrisa palpitando a escondidas detrás de su amargura, doña Matilde salió dispuesta a esperar el momento propicio; y sólo entonces, bajo el amparo de una noche sin luna, desenterró con sigilo el antiguo camafeo escondido en el fondo del patio. La emoción de la búsqueda, mezcla de excitación por la proximidad del encuentro, y miedo atroz de ser descubierta y llevada ella también a las mazmorras del Dictador, la tuvieron en vilo más de una hora. Una vez en la casa, con la joya entre las manos, espió tras las cortinas de encaje alguna posible presencia inoportuna. Tan sólo el silencio merodeaba entre los árboles; la quietud solamente sobre las aguas del aljibe, en esa noche de desentierro y esperanza. Cuando estuvo a resguardo de tanto sobresalto limpió el camafeo con cariño; encontró nuevamente el rostro de Carmelo pintado en esa miniatura largamente acariciada, y le pareció que ya estaban sentados a la sombra agujereada de los árboles, tomándose unos mates después de clarear el día. Ella y él siempre juntos, hasta que la muerte los separe. Con la venta del medallón pagaría al herrero los grillos nuevos, se curarían los tobillos de Carmelo; volvería a caminar muy pronto: tal vez el Dictador lo dejara en libertad; se irían a la campaña, donde nadie se acordase de ellos; o quizás a Buenos Aires, si tenían la suerte de conseguir pasaporte. Contempló la imagen con ternura despidiéndose del rostro amado. Era un hombre hermoso, fornido y sonrosado bajo el pelo claro; sólo en la cárcel, la humillación y los padecimientos aniquilaron su figura dejándole los músculos desalentados y un borrón de tristeza en los ojos. Ya no era el mismo, y nunca lo sería.

     De cualquier manera habló con Timoteo, el antiguo agregado de aquellos años largamente prósperos. Recordó el día en que fue entregado con la orden de sujetarlo al trabajo y estar a la mira de su conducta. Era un pardo libre de ancha frente, un vago sin tierra, como decía el documento, pero mocetón recio y de buen corazón. Un año debía permanecer con ellos, mas la sumisión y el cariño extendieron ese tiempo hasta convertirlo en parte de la familia; un esclavo voluntario, incondicional, para todo servicio. Cómo no acudir a Tomoteo que se casó en su casa entre la abundancia de dulces y la sopa del festejo; cuya mujer, Taní, tuvo su hijo con ella cuando no dio tiempo de llamar a la comadrona. A quién recurrir sino al antiguo agregado Timoteo. El peso tremendo de aquella decisión caía ahora en su pecho como gotas de plomo derretido, agujereándole la conciencia.

     No bien tuvo el dinero, doña Matilde le encargó los grillos y en cuanto estuvieron listos se presentó ante el Supremo solicitando permiso para que el herrero hiciese el cambio. La mirada del Dictador se obscureció, alejándose hacia el fondo de sí misma por un túnel tenebroso y profundo. Desde allí asintió por fin, y ella salió enceguecida de esperanza con el consentimiento. Con esos grillos Carmelo mejoraría porque, además de más holgados como mandó el Dictador, eran mucho más livianos. No fue fácil convencer a Timoteo de que los hiciera de ese modo. El miedo galopaba en su respiración convulsa cada vez que le hablaba del asunto. Tuvo que rogárselo por el hijo que nació con ella; por los años que estuvo en su casa salvándose del trabajo forzado en obras públicas; por el patrón que le dio el oficio. Al cabo, quedó convenido bajo el mayor secreto que los grillos serían más livianos.

     La densa tensión de los últimos días arduamente se fue deshaciendo. Las llagas mejoraban en los tobillos de Carmelo; daba ya unos cortos pasos y hasta salía al sol de vez en cuando. Pero entonces lo supo. Como un latigazo le cayó la noticia en la cara cuando se lo confirmó Taní aquella mañana que hubiera querido borrar del tiempo. Ojos acechantes tras los postigos, oídos escondidos bajo el yunque informaron al Dictador de [68] aquellos ajetreos solapados, de su ir y venir a la herrería, siempre suplicando. En cuanto se enteró, el Dictador firmó la sentencia. La ejecución sería por la mañana. Más temprano que el sol llegó aquel día con su carga de tragedia y desconsuelo, y ahora Timoteo yacía sin vida junto al naranjo siniestro, prisionero de una fidelidad indestructible.

     Del otro lado de la mirilla del confesionario doña Matilde escuchó un mecánico Ave María Purísima, y respondiendo Sin pecado concebida, empezó la confesión.



EL OVILLO

     Frente a la claridad que recortaba la ventana, donde le colocaron la mecedora, sintió la puerta de calle al cerrarse y los pasos de su hija que volvía sobre el eco de las palabras preocupadas.

     -¿Qué le pasa a mi madre, doctor?

     -Trastornos de la vejez, señorita.

     La escuchó reunirse con las demás en la salita, mientras se mecía blandamente; los dedos concentrados en el tejido: meter la aguja por acá, envolverla correctamente con la lazada, sacarla por debajo, pasarla para allá y reincidir incansablemente en el mismo punto.

     Hacía tiempo que tenía telarañas en las paredes de los ojos, dejándole la mirada borrosa. Meses que no pronunciaba una palabra, provista de aquella beatífica sonrisa en los labios apretados. Desde entonces no cesaba de hamacarse en el sillón, ni siquiera cuando se apagaban las lámparas en el resto de la casa. Tampoco dejaba de tejer aquel pullóver tan extraño, salvo que se quedara dormida sin darse cuenta. Unas manos separaban en su mente aquellas telarañas suavecitas, pegajosas y delgadas, como si nadasen entre los recuerdos. Se obstinaba en el silencio, resistiéndose a que la metieran en la cama. Tuvieron que dejarla en el sillón; colocarle una almohada detrás de la nuca; llevarla al baño cada vez; darle la comida. En la cámara silenciosa de su mente, las palabras de sus hijas rebotaban de un lado a otro.

     -Es demasiado prematuro, doctor. Hace apenas unos meses estaba perfectamente.

     -No siempre se puede saber por qué suceden las cosas. Clínicamente doña Melina no tiene nada.

     -Pero no nos habla. Sólo sonríe. Se niega a comer por sí misma. Y se hamaca y se hamaca continuamente, empujándose con un pie, mientras teje ese pullóver. Haga algo, doctor. No puedo verla así.

     Haga algo, doctor. No puedo verla así. Haga algo, doctor. No puedo verla así. Doña Melina marcaba levemente el compás sobre el piso moviendo el sillón. Todos corren ahora. No pueden verme así. Se perdió nuevamente en el trayecto de ese viaje hacia el fondo de sí misma. ¿Mamá, donde están mis cuadernos? Mamá, esta comida no me gusta. Mamá, que voy a llegar tarde. Este vestido es espantoso. Me está estirando el pelo. Pero si me dijo idiota. Basta. Basta. ¿No ven que llega papá? Hagan como si nada. Siempre traté de que hicieran como si nada.

     -¿Por qué será que mamá sólo sonríe?

     -No lo comprendo.

     -No parece triste, pero está hermética.

     Cómo van a comprender, si todavía no vivieron lo suficiente. Aún no saben lo que es adecuarse a las circunstancias, aunque a una, las circunstancias la sofoquen. Melina, preparame el café. Melina, este café está frío. Melina, mis alpargatas. Nunca ponen las cosas donde se debe. Melina, a esta camisa le falta un botón. No te ocupás de nada, Melina. No atendés los detalles. Siempre fui un poco distraída para los detalles. Para otras cosas, sin embargo, servía. Me usaban para todo y yo les dejaba hacer. Mamá, abrochame los zapatos. Mamá, servime la leche, Mamá, ayudame a estudiar. Lo mimás demasiado, Melina. Siendo el único varón deberías tratarlo como a un hombre. Lo vas a convertir en un marica entre tantas mujeres. Es como si hubiera sabido que lo perdería pronto. Después, sólo me quedaron las nenas, y el consuelo de llorar a solas. Melina, otra vez llorando. Lo que no tiene remedio, no tiene remedio. Tu hijo está muerto, y la vida continúa. Y la vida siguió arrastrando esa ausencia irremediable sobre el rebote de sus pasos. Melina. Melina. Melina. ¿Cómo te pudiste olvidar de comprar escarbadientes? Yo siempre me olvidaba de comprar escarbadientes.

     Las voces de sus hijas como amarras tendidas hasta el borde de la habitación la volvían a la realidad de cuando en cuando.

     -Recuerdo la noche en que mamá se quedó así.

     -Fue algo horrible.

     -Desde entonces no nos habla.

     -Pero sonríe.

     -Sí, sonríe, desesperadamente igual en todo momento. Es como si se hubiera puesto una máscara de felicidad.

     -Y teje, y teje ese pullóver tan extraño.

     Por la ventana entreabierta se colaba el aroma lozano de los malvones quebrados por el perro, una mezcla indefinida de perfume a pasto húmedo y atardecer. La blusa de batista de doña Melina navegaba sobre su respiración sosegada. El matrimonio es una larga batalla contra la rutina: una lucha cuerpo a cuerpo hasta que la muerte nos separa. Los momentos se tropiezan, entreverándose los malos con los buenos. Vení para acá, Melina. Sentate a mi lado. Nunca me hacés compañía. Siempre ocupada con las nenas. Y cuando uno se está dejando ir, la calma se resquebraja y hay que alzar la guardia. ¡Las telas! Melina, por qué no miras el techo de vez en cuando y sacás las telas de araña. Yo soy el único que ve las cosas en esta casa. Las arañas, esas enemigas implacables de la mujer, trabajan más que cualquiera... pero ellas sólo tejen, en tanto que nosotras... Melina, Melina. Melina. ¿Por qué llorás, Melina? Los días se prolongan como babas pegajosas. La luz apagada acentúa un cansancio de plomo. Melina, sacate el camisón, que para eso fue el trato.

     -Es extraño que mamá se quede mirando siempre al jardín, la vista quieta en el aire, y tejiendo de memoria más abajo.

     -¿Te acordás cómo ponía madreselvas por toda la casa? Nos inundaba de fragancias al entrar.

     -Solía cantar cuando estaba contenta.

     -Siempre estaba contenta.

     -Siempre estaba ocupada, diría yo,

     De la mañana a la noche siempre estuve ocupada, trajinando, rebotando de una voz a otra voz, como si no hiciera nada, pero ocupada. Melina, no te olvides de las compras. Melina, este cuello está arrugado. Melina, arreglá este desorden. Melina. Melina. No te olvides. No te olvides. Se hacen muchas cosas, pero sólo se notan las que se olvidan.

     Las que se olvidan. Las que se olvidan. Doña Melina continuaba empujándose mansamente con un pie. Y las nenas fueron creciendo. El dinero empezó a escasear cuando Pancho perdió el empleo. Las exigencias se hicieron mayores. Mamá, comprame un vestido para el cumpleaños de Rosita. A mí también, mamá, sé buena. Melina, se gasta demasiado en esta casa. Es todo lo que hay y arreglate como sea. Cuando las nenas se hicieron mujercitas hubo que celarlas. Melina, ¿dónde están tus [73] hijas? Te dije mil veces que no quiero que vuelvan tarde. Y ellas me saltaban como perros cuando les decía algo. No nos tienen confianza, siempre están pensando que vamos a hacer algo malo. Sobre todo la mayor, que siempre tuvo carácter. Otra vez husmeando en mis cosas, mamá. Si quiero hacer algo lo voy a hacer sin tu permiso. Ustedes los viejos no saben nada. Vos tenés la culpa, Melina. Sos una floja. No te hacés respetar. No sabés cuidar a tus hijas. ¿Y cómo vas a saberlo, acaso no te acostaste conmigo cuando yo quise? Si les pasa algo te rompo la cara. Me faltaban el respeto, todos me faltaban el respeto.

     La conversación le llegaba como en sordina desde la salita.

     -¿Por qué mamá no deja de tejer?

     -Se entretiene.

     -Pero podría hacer otras cosas, o tejer algo con sentido. Ese pullóver es una aberración.

     -El doctor dice que ella puede levantarse.

     -Pero no quiere.

     -Es penoso verla mirar siempre hacia el jardín.

     Mirar hacia el jardín, disolverse en el jardín. No sentir la desconfianza como una marca a fuego sobre las espaldas. ¿De dónde venís, Melina? ¿Adónde vas, Melina? No me vas a decir que de siesta... A mí no me gusta que mi mujer ande por la calle como una cualquiera. Tenés que estar en casa con tus hijas. ¿Quién te mira, Melina? ¿A quién mirás, Melina? Me enfurece que andes de charla por ahí. Para que sepas. Disculpame, Melina. No le cuentes a las nenas que yo te pegué. Pero yo no miraba a nadie; nunca miré prolongadamente a nadie al fondo de los ojos. Temía ser libre. Ahora soy libre. No quiero que me oigan, ni que me usen, o me desusen. A mí no me vas a decir cuándo tengo que salir. Yo soy el hombre de la casa. Salgo cuando quiero y vuelvo cuando me da la gana, y no quiero escenas ridículas y celos estúpidos. Y si no te gusta ya sabés lo que tenés que hacer: ahí está la puerta y hasta luego.

     Y hasta luego, y hasta luego, y hasta luego todos estos años. Aún lo veía haciéndole aquella venia con los dedos apretados.

     El tejido había progresado mucho desde la noche que doña Melina empezó a hamacarse en el sillón. Desde entonces sus hijas le ponían flores en el cuarto todas las mañanas, y nunca se olvidaban de traerle lana para tejer. Todavía las escuchaba hablar en voz baja.

     -¿Pero qué le pasó realmente a mamá? Fue aquella noche que nos regalaron el gato y ella estaba tejiendo frente al televisor.

     -Sí, de pronto se quedó muy quieta, mirando fijamente cómo jugaba el animal con el ovillo. La mirada se le agrandó como cuando se comprende algo de repente. Seguía con los ojos azorados ese ovillo, que parecía como si le hablase. El gato lo traía y lo llevaba para todas partes, enredando la lana con sus zarpas suavecitas. Era un ovillo mediano y blando que se dejaba manejar. ¿Se acuerdan?

     -Sí. Nos estaba haciendo un pullóver a cada una, y el gato se apoderó del ovillo. Lo tiraba para aquí, lo llevaba para allá, aflojando la lana por un lado para estrangularla por otro.

     -Nos reímos.

     -Todos nos reímos. Y ella lanzó un grito. Se quedó muy tiesa mirando el gato mientras gritaba y el ovillo iba y venía para todas partes; rebotando de una pared a otra, de una silla a otra, y su grito no terminaba y temimos que se muriera gritando.

     -Ahora ya no le tiene miedo al gato. Sólo lo acaricia con el pie de vez en cuando, sin perder el compás mientras se hamaca. Lo mira con una dulzura humedecida que me hace acordar la manera en que nos miraba a nosotras cuando empezamos a hacernos señoritas.

     -Y teje, y teje ese pullóver tan extraño.

     -Es como si se hubiera ido.

     Como si se hubiera ido. Como si se hubiera ido. Por la ventana llegaba, desde el jardín, el aroma de azúcar desvalida de los laureles rosados, llenando la habitación con un olor a muertecito amanecido. Doña Melina sonreía mientras seguía tejiendo ese pullóver para nadie. Ya llevaba hecho el cuerpo y ahora iba por las mangas. Era un pullóver desproporcionado, descomunalmente desproporcionado y grotesco, con las mangas tan largas que llegaban al suelo. Sí, con las mangas largas, muy largas, para abrazarlos a todos, para abrazarlos a todos, para abrazarlos a todos.

     Cuando se apagaron las voces, doña Melina continuó hamacando sus pensamientos en el sillón.



SANTA

     Santa no quiso entrar en razones. Aunque sus hijos eran tan hombres como para portar fusil, seguían siendo de dominio para ella. Tenía que estar donde debía. Una urgencia visceral la impulsaba a compartir las vicisitudes en el frente. Otras cosas también. La sangre de su viejo fertilizando los campos de Uruguayana hizo germinar en sus ojos un odio feroz.

     A medida que se enlutaban los campos, la guerra se metía con su acerada realidad en las entrañas de todo paraguayo. Ya no quedaba un hogar que no tuviera alguien a quien rezarle los domingos, nadie sin un charco de venganza en el corazón. No había alternativa, tenían que pelear; si no, esclavos de los cambó nomás serían. Desde una semana atrás se cavaban las trincheras, allí en Curupayty: tajo ancho abierto sobre la tierra roja, con el pico, con los ojos, con la rabia. No sabía aún en qué ala pelearían sus hijos pero estaba allí: entregada a los quehaceres de preparar el rancho para la tropa, consolar a los enfermos y velar por ellos.

     Como enredadera celosa prendía en el pueblo el entusiasmo. Santa no fue la única en abandonar su rancho, que sería ya tapera en las cañadas de Aldana. La guerra se tomaba como una contienda personal e irreductible, a la que era necesario ofrecerle hasta la vida. Antes de florecer quedaron mustias las esperanzas de Yatayty Corá, y con la resignación de un pueblo parco en lamentos había que seguir luchando.

     Del caldero humeante fue sirviendo en platos de barro la ración del día. Se mezclaban con el caldo flores que le ponía al santo en la repisa de su cuarto; la tranquera que cerraba cada noche para que las ovejas no se comieran los rosales. A veces le partía la frente la imagen de aquel hijo que se fue: Gumersindo. La capuera le quedó chica, su llanto inútil. Gente, al volver de Buenos Aires, le contó que se había alistado en las fuerzas aliadas. La vergüenza le explotaba en la garganta como una fruta podrida cada vez que se acordaba. Verdad que era un infeliz, y tan lindo cuando chico. Para ella era como si estuviera muerto. Atolondrado había sido siempre. La boca apretó su amargura y las arrugas le llegaron hasta el fondo del alma. Allí estaban los otros dos, dando la vida por la patria. Dios los proteja, Virgen Santa.

     No podía demorarse la batalla, allí en Curupayty. La consigna era defender la fortaleza costara lo que costase, y aunque tuviera que dejar los huesos a blanquear en esa fosa, así lo haría. Las trincheras aguardaban con su lecho de púas, y ella ya sabía que Gerónimo pelearía a la izquierda y Serviliano a la derecha.

     Con el amanecer se desplomó el bombardeo de los acorazados desde el umbral del río. Un sol meridiano caía a plomo sobre los campos, dejando el miedo estrangulado un poco más abajo de la voz. Todo lo rememoró Santa cuando sonó la primera descarga, y junto con las otras mujeres empuñó el arma en el entrevero de fogonazos y alaridos.

     Los aliados arrastraban su ensañamiento, intentando inútilmente llegar hasta el corazón del combate: la ferocidad como esculpida en las caras. Con bravura, Santa defendía lo suyo: su tapera, sus hijos, sus recuerdos. Vengaba finalmente la sangre compañera. De pronto a su lado saltó un hombre, de los pocos que lograron vomitar coraje en las trincheras. Durante un segundo lo miró a la cara. Se le empequeñecieron los ojos, se le desplomó el corazón, y disparó maldiciendo. Sólo entonces comprendió que lo había reconocido a tiempo y aún así lo mató. Poco después del alba, Gerónimo y su hermano enterraron al legionario, pero su madre ya no estaba para rezar con ellos.



BIOPSIA

                                                                                                                                       A Rosa María

     Consultó su reloj. Eran las nueve en punto. Faltaba más de una hora para conocer el resultado y entre tanto había que seguir trabajando como si nada. Dispuso en su escritorio los borradores de la correspondencia, el memorándum detallando las actividades del día y en el florero de porcelana una rosa semiabierta, como le gustaba al jefe. Pensó en Alicia y una secreta desazón se le infiltró desde la garganta. Alicia, con su cascada de rulos grandes dorándole el rostro, su piel tostada, siempre elegante, siempre con algo nuevo, y ese desplante de mujer de mundo exhalando seguridad y vida. Se había reintegrado al trabajo un mes atrás, luego de un viaje bastante largo. No cualquiera puede darse el lujo de ser mantenida en Europa durante un año, y encontrar su puesto de Jefe de Personal a la vuelta como si tal cosa.

     Se arregló una mechita de pelo lacio, arratonado, que rebelde le cubría los ojos a cada momento, y puso un papel en la máquina para empezar cuanto antes aquella carta urgente que le encargó el jefe. Un gesto involuntario tensó la comisura de sus labios, pero nadie lo advirtió, porque ella no se demoró en serenarse.

     Alicia, siempre de tacos altos, siempre estrenando un vestido. Los ojos se le empequeñecían al recordarla. Se miró con desgano la anónima falda recta y gris, ceñida a sus caderas demasiado anchas. Alicia ascendió rápido; más rápido que cualquiera en la empresa. Ahora, hacía una semana que estaba internada en el mejor sanatorio de Asunción, y ella tenía muchísimo trabajo, porque la cubría, naturalmente. No le faltaba capacidad, pero el puesto importante era de la otra. Ella en cambio, desde su cargo de ayudante de contabilidad no pasaba de ser el comodín de la oficina. Y bien que la usaba todo el mundo, hasta Alicia, con una sonrisa y su tonito gentil. Recordó el día en que volvió de Europa; la expresión de alegría en la cara de los compañeros; los halagos del gerente ante su garbo «tan francés», buscando con los ojos una aprobación que ella se apresuró a manifestar calurosamente, desde luego. Aquella escena se le derramaba todavía como un jarabe de mal gusto en la memoria.

     Los minutos caían como goterones de un tiempo retrasado. No hay nada que fragmente tanto el tiempo como la espera, lo deshace, lo detiene, lo desmenuza, y en sus pedazos quedan flotando, como en una dimensión invisible, los pensamientos, los deseos. La mañana enmudecía bajo el peso de aquella preocupación que los ganaba a todos. Esa operación los tomó tan de sorpresa, sobre todo a Alicia que no se enfermaba nunca. Pensó con rencoroso deleite que por fin su buena estrella se saldría de la ruta rectilínea y ascendente a que estaba acostumbrada. Un viraje, un signo, que podía ser fatal, pondría un recodo de sombra en la resplandeciente sucesión de sus días. Todo cambiaría desde ahora.

     Se esperaba el resultado con ansiedad. Naturalmente ella estaba tan preocupada como los otros. Era su compañera, y su superior, además. Una semana, y todavía no se sabía si aquello era algo feo. Pero se sospechaba, casi se tenía la certeza. Faltaba, eso sí, la confirmación definitiva del facultativo.

     Sórdidos recovecos los de la mente. La vela sonreír desde su última bufanda haciendo juego con todo lo demás. No se explicaba para qué trabaja cierta gente. Para darse tono, seguramente. Sus padres la mantenían, por supuesto, pero ella tenía que trabajar. Esa gente le saca el empleo a los que verdaderamente necesitan. Para ella sí, era indispensable el trabajo, si no quién le pasaría un centavo, a menos que se casara, y con alguien pudiente.

     El papel esperaba en la máquina su decisión de teclear las primeras letras. Un desasosiego no la dejaba empezar, la golpeaba como si ella fuera la máquina. Eran las nueve y media, y se esperaba el resultado de la biopsia. Se la imaginó una vez más en aquella cama aséptica, con el resultado entre las manos, la desesperación escapándosele de los párpados. Ni sus padres podrían hacer nada entonces. El destino se cansa a veces de ser benévolo con cierta gente que siempre lo tuvo todo. La vio aferrándose al médico, suplicando una mentira; rodeada de regalos superfluos e impotentes para exorcizar el mal. Ya nada podría rescatarla de ese túnel sin salida en el que estaba atrapada. Perdería el brillo cobrizo de su pelo; sus largas piernas torneadas se volverían demasiado lánguidas, y dentro de la ropa, que le colgaría sin elegancia, su cuerpo se iría debilitando. Pobre Alicia.

     El papel esperaba pacientemente en la máquina de escribir. En la sala de al lado el gerente hablaba por teléfono y enfrente sus compañeros se encorvaban cada cual sobre su escritorio, abocados a una tarea que se sabían incapaces de realizar. Alicia era el alma de la oficina, y ellos la querían. Sintió que su carucha desabrida se sonrojaba ante los ojos de Carlos que la estaba mirando, como si pudiera desenmarañar sus pensamientos. Alternativamente se consultaban los relojes, mientras la mañana proseguía en una desordenada sucesión de suspiros y silencios. De pronto se abrió la puerta y el gerente preguntó: ¿Hay novedad? Negaron sombríamente: Estamos esperando. Todos estaban esperando. Era como si ya estuviera confirmada la noticia, aunque nadie se atrevía a afirmarlo categóricamente.

     Esa noche tenía clase en la Facultad. Desde su casita de Lambaré era casi una hora de traqueteo en ómnibus. Tal vez no fuese. Estaba tan cansada. Si tuviera un auto sería distinto: ninguna ausencia, pero así... Seguramente Alicia tendría que vender el suyo, si decaía pronto. Se tendría que quedar en su casa a esperar el desenlace. El taller de su tío, con quien vivía, se le presentó entonces, con su devastada colección de motores desmantelados, como el peor sitio donde vivir sobre la tierra. Se preguntó quién ocuparía el puesto de Alicia. Al fin y al cabo ella era la más antigua, y la más capaz; había comenzado mucho antes, pero claro, ella no tenía esa desenvoltura sin rodeos, su porte bronceado de modelo, ni un padre relacionado con la gerencia. Tal vez le diesen el puesto, después de todo; porque los demás, evidentemente, no tenían su experiencia. Tantos años trabajando para seguir en lo mismo le ponía la boca pegajosa de amargura.

     Alguna gente nace para ser feliz, pero de repente una mano implacable la toca y todo se acaba. Alicia la sentiría ahora. Miró su reloj. Dijeron a las diez y media. Faltaban treinta minutos. ¿Qué hacer con este tiempo separado del otro, con esta antesala que retardaba el, tantas veces ansiado, cambio trascendental?

     Nadie trabajaba esa mañana en la oficina. Sus compañeros se movían incómodos sobre sus tareas comenzadas, y ella tampoco podía disimular la tensión. Se volvió hacia la puerta cerrada del despacho de Alicia, donde una plaquita de bronce ostentaba su nombre y sus funciones. Habría que cambiar esa plaquita; y le diría a la limpiadora que se la tuviera siempre brillante.

     Sonó el teléfono. El rostro inescrutable de Carlos los mantuvo en la otra margen de su hermética concentración. No dejó traslucir el menor indicio hasta que colgó el tubo. Entonces, con una alegría que le desbordaba la voz les gritó: Negativo, negativo; el resultado de la biopsia fue negativo. Abrazos, efusivos apretones de manos, llamadas telefónicas, todo junto. Pasado aquel momento ella comenzó a escribir la carta pendiente con su eficiencia acostumbrada.



EL DELATOR

     Lo que le voy a contar le servirá seguramente para enriquecer ese ensayo suyo sobre la indignidad del hombre; pero también puede ayudarle a meditar sobre cómo el destino, cuyos designios permanecen indescifrables a nuestro humano entendimiento, parece a veces responder a la ley de la causa y el efecto, aunque en estos intervenga, independientemente, el caprichoso azar.

     Yo tenía hace tiempo un campito en las afueras adonde iba más por aliviar tensiones, que de otra manera me hubieran puesto irremediablemente horizontal, que por motivos de trabajo. Mis idas recurrentes a la colonia me llevaron a un bar donde hice unos pocos amigos. Soy hombre de palabra escueta y me intimida entrar en confianza, pero la mirada incisiva y penetrante de don Pantaleón, la parca discreción de su lengua, me ganaron enseguida. Usted no se imagina lo difícil que fue para mí el encuentro que tuve con él hace poco más de diez años.

     Cuando me senté a su lado, aquella tarde, candente aún de retardado sol, don Pantaleón inclinó la cabeza sobre el vaso de caña en la mesa de un bar despoblado de conversación y testigos. Se hundió en un mutismo extraño; fijos los ojos sobre una mancha azucarada, donde se hacinaban las moscas enturbiando el aire con sus giros zumbadores. La voz no le salía, aunque la presentí revolcándosele adentro, pugnando por liberar sin saber cómo su densa carga de congoja. A mí tampoco las cosas se me hacían fáciles, pues guardaba tras mi reserva un secreto nefasto. Ninguno habló durante largo rato, aunque un evidente deseo de confidencia nos tensaba a los dos.

     Al cabo me dijo que se sentía ruin, que no pudo evitarlo, ni entendía por qué lo había hecho. Desde su tono cavernoso me llegaban las palabras con una demorada pesadumbre, golpeando el laberinto oscurecido de mi mente, que también tenía su preocupación escondida. Cualquiera hubiera dicho que no lo escuchaba, o tal vez que lo hacía con demasiada atención. Le musité unas frases que se le pasaron inadvertidas. Creí que no me oyó cuando le anuncié que tenía algo que decirle, atormentado como estaba por aquella culpa atroz. Sólo después comprendí que prefirió hablar primero.

     Las pausas se demoraban sobre los dispersos transeúntes que entraban en la noche inminente, cargada de aguaceros. La indecisión espesaba aquella vez el diálogo habitual de los domingos. La muchacha encargada de servir paseaba su aburrimiento con aire adormilado entre las mesas vacías, haciendo más patente la quietud; y en el retazo de campo encuadrado en la ventana, el tiempo goteaba ininterrumpidamente su carga de silencios.

     Como regresando de un sueño me miró. Tengo que contárselo a alguien, me repetía con angustiada insistencia. Y yo también, aunque me costase, debía decírselo. Mentalmente lo hacía cada vez que él vacilaba; pero el sonido de mi voz se apeaba a último momento de mis labios. Era como si sobre dos líneas paralelas jugase la confesión su contrapunto.

     Empezó recordando a un malevo, amigo suyo: el Trampero. Habían sido compañeros en el Chaco durante la conscripción, donde la camaradería del cuartel entretejió su urdimbre de afectos y confianza. La vida los llevó después por caminos divergentes: Don Pantaleón era hombre de bien, establecido desde hacía muchos años en un paraje cercano; un campesino de ley, como él mismo se autocalificaba con orgullo; y el otro, un cuatrero de esos que hacen historia, a quien el temor, o la secreta admiración de la gente envolvió con la aureola de intocable. En el mismo valle había robado la caballada de don Miguel Rotela hacía unos meses; poco después se alzó con un centenar de novillos de don Emeterio, matando al capataz; despobló retiros; asoló estancias; sin contar los parajes norteños, desde donde llegaba, bordeando pulperías trasnochadas, la sombra de sus hazañas. No había quien no hubiera puesto alguna cabeza a su servicio.

     El hombre dilataba la conversación evitando el meollo del asunto. El calor impregnó de vahos aguardentosos la voz que parecía complacerse en la tardanza del rodeo. Yo interiormente se lo agradecía, porque de ese modo demoraba aunque fuese un poco la noticia que le tenía reservada. Me contó que días atrás, por una desgraciada casualidad se enteró de que el Trampero tenía pensado robarse La Agraciada. En rueda de truco se coló la infidencia, justo frente a él, que generalmente no jugaba y esa noche se había arrimado de puro hastío. Poseído por una malsana inquietud se cercioró de los detalles, indagó día, hora, lugar exacto del abigeo, e impulsado por una fuerza incomprensible, se lo contó todo al comisario.

     No puedo perdonármelo, me decía una y otra vez. El Trampero además de ladrón era su amigo. Aquel viejo vínculo pesaba ahora sobre su delación para ahondar remordimientos y recuerdos. Traté de justificarlo, aliviarle la quemazón de la conciencia con razones que yo mismo desmerecía. Tal vez fue su intención congraciarse con el Jefe Político; comprar la vigilancia de los conscriptos para su campo o sentirse importante compartiendo un secreto con la autoridad. ¿Quién puede en realidad bucear con acierto en la confusa marea de los móviles inconscientes?

     Nada de eso me justifica, me respondió cortante, avergonzado, visiblemente arrepentido. Encerrado en el rancho se pasó el día, evitando el encuentro con la gente, hasta que no aguantó más, y me buscó en el bar.

     En el techo se encendió un foco mortecino, que alguna vieja batería ayudaba a parpadear. Su voz me llegaba como desde lejos. Del día y lugar estaba seguro, pero no de quienes lo acompañarían esta vez. Los matones de siempre, seguramente los que hacen el trabajo ingrato y se aprovechan de paso de cuanta mujercita encuentran desprevenida. A estas horas el robo estaría consumado; prefería no saberlo, esperanzado aún en cualquier imprevisto que torciera los planes.

     Fíjese, yo lo escuchaba cada vez más alarmado con mi noticia amordazada todavía. Me aseguró que esa vileza no se le despegaría ya de la piel. Cuando concluyó me escrutó desde sus ojos aguachados esperando a su vez mi confidencia.

     No sé cómo pude mantenerle la mirada hasta el final. Con reticencia se derramaron mis palabras. Empecé diciéndole que sabía lo del Trampero. El robo de La Agraciada se venía gestando desde hacía tiempo, y cada cual tenía su sospecha. El Trampero era un hombre que se regodeaba con el riesgo de ser descubierto y la certeza de que ninguna delación lo pondría en la cárcel. Quería robar a sabiendas de todo el mundo y salir indemne como era hábito en su trajinada vida de malevo impávido. El robo se produjo, como estaba previsto, la noche antes. Se lo llevaron todo, salvo las ovejas y los chanchos. Algunos incautos del valle se plegaron, animados por jugosas promesas de reparto. Pero esta vez hubo tiroteo y hubo sangre. Ni un solo parpadeo le delataba el pensamiento. El Comisario estaba advertido y en el entrevero murieron dos. Tuve que decirle entonces que el más joven era su hijo.

     Aquella noche una lluvia torrencial esfumó los contornos de los montes arrastrando los restos de recientes incendios. Se empapó la paja de los techos y en el rancho de don Pantaleón la viga más alta gimió largamente bajo el peso de un balanceo siniestro.



CRÓNICA DE UNA MUERTE

     Sintió la lanza y el chasquido de los huesos a un costado de la espalda; su grito suspendido tensamente en el aire; y después, el eco, como si rodase dando tumbos por una pendiente dilatada. Y allá en el fondo la impaciencia de verlo, el coqueteo de los pliegues de su vestido al moverse bajo los caireles lucientes, el murmullo almidonado de los miriñaques.

     La sangre empapaba sus andrajos; y lejos, muy lejos recobró, sobre la trémula mano extendida, el calor de sus labios; el diálogo prolongado de sus ojos. Ese líquido pegajoso que corría siguiendo la huella de la columna vertebral, las caderas y las piernas la devolvió al corro apretujado que la miraba en silencio. Una irremediable tristeza le desterró la sonrisa cuando se enteró de la orden. Faltando tan poco para la boda, el General lo mandó comisionado a la campaña: las amonestaciones leídas en la iglesia y su ajuar perfumado de azahares en el arcón.

     El dolor de la carne abierta le retardó la respiración y vio cómo giraban, nebulosos, los rostros de las mujeres, los oficiales y la tropa, alrededor del descampado donde se desatinaban sus pasos. Se dejó ir tras el dolor rozando un tiempo envejecido. Las tertulias sin él se contagiaron de sombras. El General la acechaba como antes del viaje, tal vez más, a pesar de la mujer que se trajo consigo. Ésta lo observaba todo desde una distancia altiva. Sí, el General se le acercó varias veces: galante, impetuoso, pero ella no era mujer para compartir lechos, ni era propenso al olvido su corazón.

     Otro golpe, y de nuevo los gritos que se le escapaban sin que se diera cuenta. Cómo tardaba en llegar, cómo tardaba en llegar la muerte compasiva. Capricho firme el del General, o tal vez fuese cierto, pero no le hicieron vacilar su voz grave ni su jadeo trabajoso. Aquella fogosidad impetuosa dio paso al hosco resentimiento del hombre omnipotente desdeñado. No le importó.

     Y seguían haciéndole agujeros en la carne. La guerra con sus patéticas ausencias la inundó como a todos. Poco a poco se despoblaron los salones y se fueron entornando de duelo las persianas. Sus pasos buscaban diariamente la huella de la casa paterna al Hospital de Sangre, del hospital a su casa, con el tembloroso y contradictorio deseo, siempre a cuestas, de encontrar al ausente una mañana, tendido entre los lienzos blancos.

     Reconoció el olor caliente de la sangre, derramándose densa esta vez desde un hombro. El dolor perduraba en su piel como aislado, de tan intenso; como si fuese ajeno, y ella pudiera presenciar desde afuera su propia muerte. Le gustó al General desde muy joven, eso siempre lo supo: insinuaciones veladas primero, francas proposiciones después, la avidez de su mirada, no dejaban dudas al respecto. Alguna invitación se reiteraba tercamente de vez en cuando, ahondando la afrenta del rechazo. Ella se complacía en el desdén.

     Un nuevo desgarramiento la restituyó al centro de ese círculo donde, cada vez más vertiginosamente, giraban los rostros, los harapos, los escuálidos sobrevivientes de aquella macabra caminata. Sentada a la mesa del Mariscal comió ávidamente una noche. En la negrura de sus ojos relumbraba aún el deseo insatisfecho ante su cuerpo marchito. Reiteró a la vista de todos su viejo galanteo. La subiría a las carretas. No más cáscaras de naranja agria para saciar el hambre, ni espinas desgarrándole los pies. Los labios de la Madama estrangularon una mueca. El Mariscal insistía. Jamás, jamás de él; jamás del hombre que inventó su desdicha. Con el ajuar perfumado de azahares y las amonestaciones leídas frente al altar.

     Perdió el equilibrio cuando otra lanza le destrozó un tobillo. La arena se le adhirió a los labios; un barro oscuro se le pegoteó en los cabellos cuando se quedó echada cara al suelo, rogando que acabaran de una vez de matarla. Tan mala puntería en lanceros veteranos le reveló una crueldad demasiado siniestra para ser fortuita. Sintió que el alma se le iba escapando de las carnes. Los ojos de la Lynch refulgían como acero cuando se levantó de la mesa, insultando el mantel con el vino derramado. El temor fue rodando sobre las miradas hasta que el silencio se estacionó sobre la concurrencia. Los enojos de la Madama arrastraban consigo negros presagios. El asedio del Mariscal duró hasta el alba. Jamás, jamás del hombre que inventó su desdicha.

     La orden de lancearla fue dada a la mañana siguiente, pero Pancha Garmendia nunca supo quién firmó la sentencia.



LA SENTENCIA

                                                                                                                                    A Milita

     Hacía bastante tiempo que no iban a Montevideo y esta vez, el motivo de la visita no fue precisamente el turismo; si bien Celia, aprovechando la ocasión, quería visitar la casa donde vivió cuando era chica.

     Al nacer su hermana menor la mandaron a pasar una temporada con sus abuelos. Vivían entonces en la calle Lima, en esa casa que se le quedó un poco agazapada en la retina. Altas las paredes, enmarcando la escalera que conducía al piso de arriba; húmedos los escalones de mármol, con ese olor característico de limpieza que le prestaba su abuela; plácida la sombra de los árboles en la vereda.

     Los recuerdos de aquel año se sucedían, salpicados de anécdotas que desovillaba con nostálgica ternura. Claudio la escuchaba con satisfacción. Para Celia las escenas de su infancia eran fogonazos espléndidos rescatados del olvido, detalles intrascendentes y queridos que se habían vuelto recurrentes.

     -Estoy segura de que la encontraremos -le decía con terco convencimiento mientras él, dubitativamente, doblaba una esquina.

     La casa compartía esa tranquilidad amable de que gozaban en aquel tiempo algunos barrios de Montevideo. La calle de lustrosos adoquines, partida en dos por una vía, se llenaba muy temprano con el sonido cadencioso del tranvía.

     Tenía la certeza de estar cerca, bastante cerca; pero no recordaba bien. Una diagonal recortaba por ahí una pequeña plazoleta donde los harapientos bichicomes se acurrucaban al sol, escarbando en platos de hojalata el escuálido almuerzo del día, mientras el aroma de una panadería cercana les estrujaba las tripas.

     Claudio, quien después de la operación trataba de complacerla en todo, seguía su monólogo con deleite. Le parecía increíble esa meticulosidad retrospectiva, cuando él no se acordaba casi nada de su infancia.

     La tarde dejaba transcurrir con indolencia su declinante esplendor. Claudio manejaba despacio porque, a pesar de tener un plano de la ciudad a la vista, no daban con la calle Lima.

     -La casa tenía dos plantas, y nosotros vivíamos arriba -insistió Celia.

     Dos hermanas que rondaban los cincuenta alquilaban el piso de abajo. Alta una, melena lacia y nuca estrecha; baja y rolliza la otra, con tan poco pelo que se le podía ver el redondo y rosado cuero cabelludo. Le gustaba ir a visitarlas de tardecita, entrar en el dormitorio de María, husmear entre sus figuritas de porcelana; o sentarse junto a Coca, siempre estirada y compuesta, a escuchar los gorjeos del canario rompiéndose como hilos de cristal en la paz tornasolada de la habitación.

     Sobre la calle, su cuarto de juguetes y el dormitorio de su tío remataban en dos sobrios balcones de hierro. Desde allí se podía tocar el follaje de los árboles y dejar caer cosas a la vereda, sorprendiendo a los distraídos transeúntes. Más atrás, dando a un corredor, estaba la pieza de sus abuelos, donde le colocaron una camita, para tenerla cerca.

     Las reminiscencias de Celia fluían con una frescura encantadora. En el amplio descanso de la escalera, que iluminaba un tragaluz, un solitario sofá languidecía ante un rectángulo de vidrio verde mar, por donde se filtraba el sol hacia el piso de abajo. Esas claras baldosas diminutas la habían incitado siempre a saltar en un pie evitando las ranuras, con el secreto temor de caer desplomada sobre las vecinas y matar al canario. Luego, en el comedor, una mesita de planchar escondida en un rincón rescataba la imagen de su abuela, y con ella, el olor de las tortillas de papa saliéndose del plato.

     Claudio conducía como husmeando el hilo de sus recuerdos, cuando ella reconoció la calle.

     -Es ésta: por aquí debe andar la casa. En la esquina se vendían helados y enfrente había un puesto de golosinas.

     Nada quedaba ya de todo eso, pero la casa estaba ahí. Con su desteñida amarillez, sus dos puertas iguales y la intimidad de los de abajo saliéndose por la ventana en cuanto se descorrían las cortinas. Todavía conservaba el llamador de bronce en una hoja y la entrada del buzón en la otra. Más arriba, a un costado, habían colocado un timbre.

     Se quedó contemplándola presa de una galopante excitación. Le dolía el deterioro de sus paredes, las tablitas inclinadas de las persianas.

     -Bueno, ya la viste -le dijo Claudio, sacándola de su ensimismamiento, al cabo de unos minutos-. Volvamos al hotel.

     -Quiero bajar -exclamó Celia.

     -¿Pero para qué? Ya la viste.

     -Quiero bajar, ¿no comprendes? Es como recuperar todo aquel tiempo de pronto, sumergirme en él. Voy a tocar el timbre -anunció con determinación.

     -Me parece una tontería, sinceramente.

     -Pero, ¿qué te cuesta? Quiero sentir el olor a mármol otra vez, mirar ese rectángulo de vidrio verde claro, como un pedazo de mar detenido, allá arriba; el sol abriendo en el tragaluz su abanico de colores.

     -Es ridículo molestar a la gente sólo porque viviste aquí una vez. ¿Qué les vas a decir?

     -La verdad: que quiero ver la casa; que viví aquí una vez.

     Hacía mucho que los abuelos habían muerto y Celia, después de la operación, quedó particularmente sentimental. La imagen de su cuerpo dormido camino del quirófano, aflojó en Claudio el último vestigio de resistencia.

     Celia bajó, tocó el timbre y esperó. Nadie contestaba. No se desanimó. Insistió, presionando varias veces el botón negro. Claudio, impaciente, le comunicó que iba a comprar cigarrillos a la otra esquina. Se dilataban los minutos con la espera. Evidentemente la casa estaba vacía. El descuido exterior y el persistente silencio así lo confirmaban. Pero ella entraría lo mismo: para eso tenía la llave que su abuelo le regaló como recuerdo de aquel retazo de niñez, la última vez que estuvieron juntos. Claudio no lo sabía, y seguramente desaprobaría la idea; pero sería sólo un momento. Abrir, escuchar ese silencio que envuelve a las cosas cuando no hay nadie, y cerrar. Eso sería todo. Introdujo la llave con cuidado, complacida de que la cerradura no hubiera sido cambiada después de tantos años.

     Cuando la puerta estuvo abierta ya no pudo sustraerse al influjo de los escalones de mármol, a su humedad antigua, penetrante. La entornó con suavidad y muy despacio, como si el pasamanos la estirase hacia arriba, subió. En la penumbra, una pasmosa quietud se le enroscó a la garganta y por un momento le recorrió la espalda un fugitivo escalofrío. Entre las paredes flotaba una calma absoluta. Parecía que ahí no vivía nadie. Sigilosamente llegó a su trozo de mar, donde continuaba filtrándose la luz hacia el piso de abajo. Tuvo el impulso de pegar el rostro a esa fría claridad, para escuchar si cantaba el canario, pero permaneció en el mismo lugar, varada en sus recuerdos, como ausente. Cuando se dirigía a su cuarto de juguetes un hombre la sobresaltó.

     -¿Qué hace usted aquí? ¿Quién es?

     -Yo viví aquí una vez -alcanzó a decir su voz.

     -Vamos, arriba, arriba. A ver qué dice el Comandante.

     Sólo entonces notó que era joven y que vestía con descuido.

     -¿Cómo pudo entrar aquí? Diga -la interpeló otra vez, intimidándola con su punzante mirada inquisitiva.

     -Llamé. Nadie abrió y entré. Tengo una llave.

     -Arriba, arriba, vamos.

     Casi a rastras la llevó por la escalera que conducía al altillo. Al pasar, Celia pudo ver cajas, papeles, libros apilados contra las paredes, pero ni un mueble, ni el más leve indicio de hogar.

     El tiempo se precipitó velozmente. De pronto se encontró en el altillo, presa del mismo temor indefinido, como cuando lo atravesaba para llegar al tendedero donde lavaba su abuela. Pero ahora, bajo un foco mortecino, allí se trabajaba febrilmente. En el medio del cuartito habían instalado una imprenta, y nadie se demoraba en conversar.

     -Entró. No sé cómo. Dice que tiene una llave.

     Los otros levantaron las caras, sorprendidos, dejando la vista quieta sobre su figura. Celia iba a comenzar su historia cuando la puerta de calle se abrió con estrépito, golpeando contra la pared. Un tropel de voces ascendió amenazante y contagió de premura los rostros estáticos.

     -¡Es la policía, nos pescaron! -gritó uno. El comandante sacó un arma.

     -Al suelo -ordenó.

     -Escapemos por el techo.

     -Imposible, no hay tiempo; seguro que nos tienen rodeados.

     -Al suelo -reiteró fríamente el comandante, y cada cual desenfundó sin más réplicas.

     Los agentes estaban en el pasillo; su urgencia se atropellaba en la escalera de caracol: Celia lo sabía por el sonido de los pasos sobre el hierro, aunque seguía petrificada contra la pared sin entender muy bien lo que pasaba. Las voces, cada vez más voluminosas, no podían tardar en llegar. Cuando abrieron la puerta, todo se iluminó. Un tiroteo quebró el suspenso, devolviendo el compás a las respiraciones contenidas, y Celia pensó con alivio que despertaría en su cuarto del hotel, empapada en sudor, pero a salvo. En lugar de eso, un hombre se desplomó a sus pies; y más lejos, otro se contorneó hasta quedar doblado y tieso sobre el suelo. Con diligente prontitud la policía los rodeó, esposándolos.

     -Yo no sé quiénes son. Estaba aquí por casualidad. Realmente por casualidad, pueden creerlo -protestaba Celia, con un reiterado balbuceo ineficaz.

     -Afuera, afuera. Vamos, afuera todos.

     Con las mandíbulas endurecidas fueron saliendo a empujones del cuarto de trabajo, donde el último resplandor de la tarde iluminaba aún la imprenta silenciada.

     Claudio consiguió los cigarrillos. Mezclado con un grupo de mirones pugnaba inútilmente por acercarse al lugar. Cuando la vio, endeble y desorientada, entre dos oficiales. Los ojos se le volaron del rostro en un afán desesperado de retenerla: sus manos agitaron en el aire una urgente pregunta anonadada. Con esfuerzo intentó zafarse del gentío, atravesar la línea de los guardias para llegar hasta ella, cuando alguien lo tomó del brazo por atrás:

     -No se precipite, amigo, deben ser tupamaros. Por lo visto los tenían vigilados. Parece que en la casa funcionaba una imprenta clandestina.

     -Mataron un policía -escuchó por otro lado.

     -También cayó uno de ellos -agregó alguien.

     Impotente, Claudio la vio desaparecer en la camioneta policial con los demás. Su nombre le arañó la garganta cuando el golpe de la portezuela la borró, dejándole los ojos desorbitados.

     -Mi esposa está con ellos -gritó desaforadamente, una y otra vez, sin que nadie le prestara atención. Al fin alguien le dijo:

     -Si está con ellos, amigo, olvídela. No hay nada que usted pueda hacer ahora.

     Los diarios informaron abundantemente sobre el éxito de la operación. Las fuerzas del orden habían realizado un trabajo preciso y eficaz, y eso debía destacarse, desde luego, para tranquilidad de la población.

     Cada mañana, embotado por el insomnio, barba crecida, párpados rojos, Claudio buscaba con avidez las noticias sobre cierto proceso que, según decían, tenía lugar a puertas cerradas en un tribunal indeterminado que nadie ubicaba con certeza y cuya existencia vacilaba en el escepticismo de la gente. No sabía dónde la tenían recluida -de eso no hablaban los periódicos-, ni cuándo la dejarían libre. Deseaba tranquilizarla, asegurarle que el error quedaría aclarado muy pronto, y esta circunstancia fortuita se disolvería como una pesadilla absurda una mañana; pero no podía encontrarla.

     Vagaba por las oficinas policiales: recababa informes, datos aislados, algún indicio sobre su paradero, para aliviar la espera. Las horas dilataban interminablemente su vacío, amargándole los tragos en alguna mesa apartada de cualquier bar del centro. Le atormentaban la mirada opaca del conserje del hotel, donde rebotaban irremediablemente sus preguntas cuando trataba de conocer su opinión, y las frases optimistas de los funcionarios del orden, para quienes todo era cuestión de tiempo, nada más. No se preocupe. En antesalas interminables naufragaba la esperanza cotidiana, y con el último empleado, salía él también, arrastrando cabizbajo su búsqueda infructuosa. El tumulto de la incertidumbre le abrió por dentro un hueco que se agrandaba con la desazón de reiteradas audiencias postergadas.

     Después de un tiempo terminó todo. Con grandes titulares, un día le golpeó la noticia: La sentencia fue colectiva.



LA SECA

     En un lugar desolado del trópico había un pueblo parecido a Luvina, por su tristeza polvorienta y porque hacía años que no llovía. La gente vagaba por las calles como husmeando el tiempo, con un sabor persistente a tierra en la boca y los ojos redondos como platos trancados en la claridad demasiado intensa. Los campos ardían por combustión espontánea y en los troncos de palmeras desmochadas, ennegrecidos por los incendios, se paraban los cuervos taciturnos hasta que se les evaporaban las carnes y los derribaba el viento. Hacía tiempo que era un páramo ese pueblo borroneado en la desolación del trópico. Fantasmales los rostros se pegaban a los huesos tomando la expresión estática de las máscaras. Se bebían los orines y las lágrimas, y cuando nacía un niño rara vez sobrevivía a la lactancia, porque no faltaba un hermano o el propio padre para tomarse la leche de la madre. Se morían nomás, sin dar trabajo: los niños con el grito detenido en la sequedad de los labios: los viejos, de puro resecos, bajo el alero de los ranchos. No había entierros desde la seca, porque la tierra, cada vez más dura, no se abría ya al golpe de los picos. El sol, por otra parte, no daba tiempo a que se pudriesen las carnes; al poco rato del deceso la piel quedaba tensa como cuero estaqueado y los muertos cobraban el aspecto de momias desenterradas.

     En las orillas del pueblo se escurría hasta el horizonte una vía por donde, de tanto en tanto, un tren aguatero dejaba sentir su rítmico traqueteo. No resultaba tan pavorosa la tristeza como la esperanza, el día del paso. Hacinada al costado de la vía, la gente lo aguardaba tratando de encaramarse a las lisas paredes de su tanque, lo miraba pasar después, e irse sin remedio con su fresca y custodiada resonancia. Bocas abiertas y manos implorantes nunca pararon el tren. Se anunciaba desde lejos con un breve pitar entrecortado y se perdía como había aparecido, llevándose las esperanzas muertas.

     Esa tarde volvió más cansado que nunca. El calor lo asaba en su piel. La frente, las axilas, le hervían como a todos desde la seca. Afiebrados y enloquecidos de sed ya no contaban los años. Él sabía que no habían muerto hasta entonces porque aprendieron a beberse las heridas; se tajeaban las piernas y los brazos cuando ya no podían, y así llevaban los miembros listados de rojas aberturas. No era fea la sangre después de todo. Cuestión de acostumbrarse, no pensar en el agua. Recordaba el año de la seca cuando los árboles dejaron de brotar y los que había se agacharon como amedrentados, para protegerse de un sol locamente enardecido. Se fueron secando poco a poco, salvo algunos que sobrevivieron. retorcidos y espectrales, donde se podía hallar de vez en cuando alguna fruta sin pulpa, pura cáscara y carozo, donde posar los labios lentamente para beber del jugo inexistente un sabor olvidado.

     El tren pasó esa tarde después de tres meses; y él tenía tres hijos desparramados sobre el catre. Con este calor era preferible estarse quieto. Pobres hijos con sus ojos como pozos vacíos en la cara, y la boca agrietada bamboleando de un lado a otro. El más chico nunca conoció la lluvia. El pueblo se quedó como estacionado en un tiempo sin agua, sin nubes, sin viento. Los que continuaron vivos fueron perdiendo esos recuerdos bajo el aire recalcitrante que se cernía compacto sobre las calles, los corredores y los cuartos. Un sol despiadado se inmiscuía dentro de los ranchos, donde cada rendija era de acero. Las cobijas ardían al menor descuido y los utensilios se enrojecían sin necesidad del fogón. Nadie cocinaba en ese pueblo parecido a Luvina desde que faltaba el agua. Se comían las raíces, los pájaros, las ratas que quedaban.

     En los rostros dormidos de sus hijos se veían las vertiginosas bolitas de los ojos, moviéndose bajo los párpados. El menor casi murió cuando él le chupó los pezones a la madre. Después le tuvo pena; pero ella se fue enseguida, de todos modos. Al principio apilonó los huesos contra una tapia; los ordenó una y otra vez cuando se desarreglaban, pero cuando vio que era inútil, dejó que sus hijos jugaran con ellos, y así terminaron desperdigados por el patio.

     La gente había perdido la noción del tiempo y aquello duraba ya bastante, pero él sabía que el tren había pasado nueve veces con intervalos regulares. Lo malo era que no paraba y les revolvía las esperanzas. Tantas señas que le hicieron esa tarde, para nada. Venía y se iba pitando hasta perderse en la última raya de los campos con la fresca agitación que ellos sabían encerrada en su vientre de metal. Las secuelas de su paso eran nefastas. Silvano murió de desesperación la tercera vez que lo vio alejarse; Marcelina no tuvo tiempo de salirse de enfrente cuando se interpuso en la vía; y así tantos otros. Ahora faltaban tres meses. Parece tan largo el ciclo de la noche y el día cuando se está esperando.

     Desde la seca nunca más sopló el viento en este pueblo tan parecido por su congoja a Luvina; no había ramalazos quebrando la quietud ardiente. Por las noches la luna eyaculaba su luz sobre los ranchos convirtiéndolos en sombras encanecidas. Faltaban tres meses; y tenía tres hijos. Ya no quedaban muchos en el pueblo. La sed los fue matando, aunque todavía nacían algunos infelices engendrados con la esperanza de la leche. Y se morían nomás los recién nacidos sin que sus madres opusieran resistencia: o no tenían fuerzas o les daba lo mismo. Una vida es una vida. Hijos, padre, compañero, palabras cuyo sentido se perdió con la seca. Todo era igual ahora. Se volvieron de piedra, cada vez más insensibles y esqueléticos. Se seguían bebiendo los orines y las lágrimas. Era ya costumbre. Pero el tren reaparecía escrupulosamente con la fresca agitación de su vientre y los enajenaba. Les devolvía el recuerdo de otras aguas, de lluvias estivales, del arroyo sorbido por la tierra. Ese tren les ponía desoladas las mejillas e impotentes los brazos. Era una maldición cada tres meses; como la seca inacabable; como el primer angelito que se quedó sin leche.

     Alternancias de sol y luna; rueda de hábitos que no cesa; algunos muertos más y algún aislado nacimiento. Así pasaron los meses; y tenía tres hijos. Por aquel tiempo trataba de mantenerlos siempre cerca, por si escuchaba algo de improviso.

     Aquella siesta, cuando sintió el silbato, estaban en el patio como de costumbre. Los tomó como pudo a los tres por los brazos; los forzó a caminar a paso rápido hasta la vía; sacó una cuerda que llevaba bajo la camisa y los ató muy juntos uno al otro sobre los durmientes. Los vecinos se aglomeraron a su lado esperando la primera imagen. La esperanza les aceleraba el pulso mientras los niños miraban el cielo, enmudecidos, con los ojos tremendamente grandes. Lo vieron entrar en la distancia, cobrar forma, acercarse, parar de a poco como si dudara todavía.

     El asalto fue rápido. El maquinista tardó un poco más en morir porque Eleuterio era inexperto en el manejo del cuchillo y tuvo que clavar dos veces. Se atolondraron contra el tanque, le buscaron la tapa a tientas con los dedos crispados; entre empujones y codazos se asfixiaron unos cuantos. El pueblo entero se apretujó para beber primero. Se saciaron de agua, de frescura, de líquida transparencia, y se fueron muriendo revolcados en el dolor del exceso, sin acordarse de desatar a los niños que seguían mirando fijamente el cielo.



LA COLECCIÓN DE RELOJES

                                                                                                                                       A Esther

     Aquella era la hora en que se enloquecían los relojes, cuando los rayos del sol caían sin dejar sombra y llegaba a término la mañana. Isabel se levantaba temprano, como antes, cuando vivía en su casa: aquella casa con los pisos oscuros y detestables y los grandes ambientes, donde tres juegos de estilo invitaban a los grupos, que naturalmente se forman en cualquier reunión, a la conversación o la confidencia. Recordaba su piano de cola en un ángulo privilegiado del salón, sonriendo cuando lo abría.

     Omar, sentado a oscuras junto al piano, evocó las manos de su mujer sobre el teclado haciendo sonar los acordes hasta que llorasen; sus ojos de un gris acerado con matices verdes no eran grandes, pero sí rasgados y brillaban con gran intensidad en su cara angulosa de blancura alabastrina. Íntimamente Omar se culpó de lo sucedido. En la casa vacía la imagen de su mujer lo perseguía continuamente.

     Los movimientos de Isabel tenían una mesura tal que rara vez se la escuchaba llegar. Sólo su voz delataba su presencia que, como sus maneras, era ingenua. Sí, su voz era ingenua y delgada, y aunque al correr de la conversación se notaran en ella múltiples variaciones, persistía detrás un tono quebradizo, como el susurro de un cristal que se disculpa. Cuando se alteraba, sin embargo, sabía ser sarcástica e incisiva y su voz, tan delicada, se convertía en una mano pronta a cruzar la cara de su interlocutor.

     Muchas veces Isabel pensó decirle a Omar por qué la atemorizaban los relojes, pero no se atrevió. No fue difícil callar al principio, porque sólo se amedrentaba cuando daban las doce y era mediodía y se achicharraban las flores en el patio y el perro ladraba de aquel modo prolongado. Entonces se sentía extraña, escapaba del salón y mandaba encerrar al perro con una voz seca y terminante. Sentada en la galería, tras los helechos que colgaban de las vigas exteriores, donde se filtraba el sol para tocarla apenas, aguardaba la llegada de su hijo, presionándose las sienes con los dedos, sin importarle cuán larga pudiera ser la espera. Isabel tenía un solo hijo, y siempre lo esperaba.

     Paradójicamente Omar empezó a volver temprano desde que ella faltó. La extrañaba. El buen gusto de Isabel se notaba en la casa, como en su figura, donde nada obedecía al azar.

     Isabel siempre se vistió respetando una perfecta unidad cromática: pantalones y blusas de tonos similares, los accesorios haciendo juego, los zapatos y la cartera también, y el armazón de los lentes, y el carmín de los labios, y el esmalte de las uñas e incluso el bolígrafo que cambiaba cada día. Tenía un vestuario variadísimo y nunca se la veía despeinada. Su pelo era una cascada roja y abundante, pero de un rojo suave que no llegaba a lastimar la vista; evocaba más bien a una salvaje gacela en movimiento. Ella sabía qué colores le sentaban y se complacía en usarlos. A veces aparecía toda de gris, o lila, o marrón; de vez en cuando se deleitaba con los contrastes o se dejaba cubrir por los indolentes tornasolados, pero siempre dentro de la gama de tonos que combinaban con su pelo. Detrás de toda esa meticulosa selección resplandecía la dama.

     Porque Isabel, por sus maneras, la modulación de su voz y el lenguaje pulido de su conversación, era una dama. Le apasionaban la literatura, la pintura y la música, y además enseñaba en la universidad. Isabel era peculiar por sus contrastes y la inmensa carga de misterio que encerraba la paradoja de su comportamiento. Nunca se terminaba de conocerla, porque así como le encantaba coser o preparar una cena para doce personas con manjares de su propia invención, le fascinaba el griego, la poesía árabe o las múltiples formas de los caracoles alineados en las repisas del baño.

Isabel no sólo gozaba de la belleza, sino también de la razón. Su pasión era llegar al fondo de las cosas, desentrañar las motivaciones recónditas de cada escritor, hasta encontrar la esencia última del verbo. Su mente analítica se complacía en esas cosas; por eso le perturbaba tanto que la atemorizaran los relojes al dar las doce. Propensa a una claridad geométrica, se llenaba de sombras cuando la sacudían las campanadas de los relojes, como si la llamaran todos al mismo tiempo, estirándola hacia ángulos opuestos hasta deshacerla. Sí, era intolerable el momento en que las cosas no tenían sombra y la llamaban los relojes.

     Sólo cuando se fue, Omar notó cuán vital había sido su presencia. La buscaba. Se sintió solo entre tantos objetos hermosos; porque las cosas bellas, si bien son una grata compañía, no nos hablan, ni nos consuelan cuando necesitamos afecto, sólo están ahí, dándose, derramando su plenitud estática ante nuestros ojos, sin comprendernos.

     Antes, Isabel siempre estaba sola al mediodía, contemplando las cosas hermosas. Su hijo no volvía hasta las tres de la tarde y su marido casi nunca estaba en la casa. Las obligaciones lo retenían siempre afuera: viajes, interminables reuniones del Consejo, conferencias, [114] cenas. No podía negarse al orden establecido, a las múltiples exigencias de su cargo, si quería seguir ascendiendo y para Omar nada era tan importante en la vida como su carrera. Quería probarse a sí mismo y llegar muy alto. Implacable consigo lo era por reflejo con los demás.

     Omar no se conformó fácilmente de la ausencia de Isabel aunque ella, como él casi no estaba, había organizado su vida al margen de su persona. Algunos días se encerraba a pintar y se olvidaba del almuerzo; otros leía hasta terminar un libro, pero casi siempre se sentaba al piano entregándose a la música, a los Nocturnos de Chopin o las dificultosas Fugas de Bach. Perdía entonces el contacto con la realidad, encontrándose de pronto a trasmano del tiempo, dispersa en el espacio, embriagada y plena. En esos momentos Isabel no era ella, sino música fluyendo sobre el frío marfil del teclado.

     Las horas se colmaron cuando nació Diego. Vivían entonces en un apartamento cercano al centro, donde volcó la tibieza de su corazón sobre el tibio cuerpecito de su hijo, y puso todo su empeño en ser una madre perfecta. Porque Isabel tenía la manía de hacerlo todo perfectamente. No se toleraba un error, ni una omisión, ni un olvido. Lloraba, sí, naturalmente, cuando estaba sola, pero frente a los demás, y sobre todo ante su marido, mantenía una expresión de felicidad imperturbable, como de continua complacencia.

     Omar nunca comprendió el silencio de su mujer. Acaso el gran poder de dominio que Isabel tenía sobre sí misma le impidió decirle a su marido por qué le daban miedo los relojes. Una flaqueza semejante le parecía, seguramente, despreciable. Ese silencio fue un error. Pero Isabel era extraña, misteriosa, desconcertante.

     El temor nació después de la mudanza a aquella casa, donde su marido comenzó a coleccionar relojes. En la vida de Isabel la soledad fue tomando cuerpo como un jarabe espeso que se derrama; acaso sin notarlo la fue ganando poco a poco, porque a fuerza de estarlo le empezó a gustar permanecer sola. Si bien la casa nueva le pareció muy grande, le agradó. Llenó de helechos la galería y aquel garaje donde su marido guardaba como reliquia diversos objetos reacondicionados cuidadosamente. A Isabel siempre le deleitó el trémulo verdor de los helechos. Le gustaba recorrer el jardín cuando se aplacaba el calor y el jardinero terminaba el riego del día, aspirar el aroma de sus hojas recién lavadas y el vaho penetrante de la tierra humedecida. Se escapaba así de la penumbra que Omar imponía a la casa con sus exigencias de mantener las persianas cerradas, para conservar el frescor de la noche y sentir la diferencia de temperatura al volver de la calle.

     En este lugar no había helechos. Sólo corredores prolongados. No podía esconderse a la sombra de nada. Ni una planta suavizaba la áspera frialdad de las paredes o la arenosa longitud del patio. Aún más que antes aquella vieja inquietud progresaba en su interior. Por lo general Isabel conservaba la calma, recordando juiciosamente las recomendaciones de la tarde anterior y se comportaba de la manera conveniente; sólo al filo del mediodía se ponía tensa y no podía dominarse. Entonces la ganaba el miedo y todo recomenzaba. No debió callar. El silencio, ese pozo angosto e interminable que nos traga, borrándonos para nosotros mismos y para los demás, el silencio la había superado.

     Todo era más doloroso ahora que no estaba en la casa, donde su piano de cola acaso la estuviera esperando. El lúcido recuerdo de su antigua rutina se le pegaba a la piel y hacía más penosa la comparación: los primeros años de matrimonio, Diego, la mudanza. Más tarde las investigaciones literarias, el cuarto donde pintaba, las horas frente al teclado, las progresivas ausencias. De pronto era mediodía y se le nublaba la mente. Seres desconocidos aparecían y desaparecían disgregándole la conciencia y el sol achicharraba las flores y el ladrido del perro sonaba de aquel modo tan extraño. Después de apaciguada, retomaba sus pensamientos: la sonrisa de Omar saliéndosele de la cara mientras deshacía el paquete. Sus llamadas desde la puerta. Había traído algo muy especial, porque sabía que le iba a gustar. Era un reloj cucú con los cuernos de caza entrelazados en la parte superior y unas perdices colgando. No como los que se venden en los bazares y uno puede conseguir con facilidad porque están hechos en serie. No, un auténtico reloj cucú, de aquellos que únicamente quedan algunos para enriquecer colecciones muy valiosas.

     Isabel, sensible como era a los objetos hermosos, quedó encantada. La decisión sobre el lugar indicado para una pieza tan antigua se demoró. Finalmente Omar resolvió que el salón era indiscutiblemente el mejor sitio, aunque el cucú era un relojito pequeño. Lo colgaron sobre la pared que enmarcaba al piano, haciendo un ángulo con el comedor. Omar no le dio cuerda ese día. Deseaba revisarlo primero con atención y no permitió que nadie lo tocara. Un mecanismo tan delicado debe ser manipulado por una sola persona, una sola debe despertarlo y mantenerle la vida. Cuando tuviera tiempo revisaría la maquinaria y le daría cuerda. Isabel se extasiaba ante el reloj mientras tocaba el piano. Deploraba la quietud de las agujas, y aunque deseaba ponerlo en movimiento no se atrevió a contrariar a Omar. El reloj cucú pasó bastante tiempo parado, pese a sus ruegos, a la oculta necesidad de verlo palpitar.

     Omar partió a Buenos Aires en viaje oficial sin darle cuerda al reloj. A su vuelta le trajo de regalo a su mujer otro reloj. Ante el arrobado entusiasmo de Isabel, levantó orgulloso la delicada máquina inglesa de un siglo atrás, cuya caja color guinda brillaba intensamente bajo las luces del salón, A ella le gustó ese reloj, aunque no comprendía para qué necesitaban dos, teniendo el cucú en la sala y otro a pila en la cocina. Pero era tan hermoso que ni se lo mencionó a su marido. Por otra parte, las cosas hermosas no necesitan servir para algo, su perfección ejerce de por sí un placer tan gratificante, un apaciguamiento tan completo sobre los temperamentos sensitivos, que justifican ampliamente su existencia. Se quedó feliz.

     Pasaron varios meses sin que Omar se diera un minuto de respiro. Isabel insistió en que debían colgar el reloj inglés. Lo quería alejado del cucú, para que luciera, pero su marido prefirió que estuvieran juntos. Ella se quedó contemplando los relojes largo rato. Algo sucedía, si bien no pudo precisar qué; acaso fuera el desacuerdo que había entre ambos: pequeño uno y recargado de adornos ingenuos; de tamaño regular el otro y demasiado aristocrático y solemne. No quedaron del todo mal, sin embargo, frente al piano. Omar se negó a darles cuerda sin antes revisar los mecanismos e Isabel tuvo que esperar.

     Finalmente una mañana los controló. El reloj inglés estaba descompuesto y lo envolvió con cuidado para llevarlo a un relojero. Luego, con toda suavidad giró la cuerda del cucú y éste comenzó a latir. Al sesgo de la despedida, le pidió a su mujer que controlara la exactitud de su funcionamiento. Isabel estuvo la mayor parte de la mañana en el salón, con la vista detenida sobre las agujas. El canto del cucú era estridente e incisivo, pero muy preciso. Cuando dio las doce sucedió algo extraño; una quiebra del tiempo. ¿Una mera ilusión? Tuvo un sobresalto y la impresión de que alguien la estaba mirando desde el fondo de la habitación. Se dio vuelta sorprendida de que la empleada hubiera entrado sin llamar, pero no vio a nadie. La sensación persistió sólo un momento; después, se ahondó el silencio.

     Los días pasaban como de costumbre, entre las entradas y salidas apresuradas de Omar y las ausencias de Diego, cada vez más ocupado en sus estudios. Isabel se volcó a sus clases de literatura, tratando de borronear las horas vacías. Pintó sus mejores cuadros; se sumergió en curiosas lecturas. Sentarse al piano todas las mañanas se convirtió en su ritual preferido. Entre tanto miraba fijamente los relojes.

     Aquel año, cuando estuvieron en Europa, Omar recorrió insólitos lugares en busca de relojes antiguos, y si bien pagó un precio exorbitante, volvieron con una pieza rarísima: un reloj italiano. Ambos sentían una vanidosa satisfacción al considerar los tres relojes como una colección. Las sensaciones extrañas, sin embargo, se repetían. Una presencia indefinida se instalaba en alguna parte del salón cuando daban las doce e inmediatamente después sobrevenía el vacío. La mente de Isabel se detenía por un momento como obedeciendo a algo.

     Omar colgó enseguida el nuevo reloj. Sus finas columnas de madera lustrosa realzaban las guardas de flores sobre el vidrio esmerilado; y al fondo, casi perdiéndose en la oscuridad de la caja, el péndulo marcaba el compás con un vaivén abierto e hipnotizador. Omar estaba orgulloso de sus relojes, y sobre todo impaciente por aumentar la colección.

     El primer día que el reloj italiano dio las doce, Isabel notó que retrasaba unos minutos, pero como la diferencia se estacionó no le dijo nada a su marido. Este sonó desde entonces un poco después que el cucú, sobre el silencio del inglés.

     Aquel fue el día que empezó a tenerle realmente miedo a los relojes. Recordaba esa mañana entregada al piano, interrumpida como desde lejos por los cuartos, las medias y las horas. Nada presagiaba lo que iba a suceder, cuando a las doce en punto, levantó bruscamente las manos del teclado y lanzó un grito, porque alguien le oprimía la garganta con los dedos haciéndole daño. Cuando acudió la empleada todo había pasado y ella le ordenó que buscara una laucha que se había escurrido entre las patas del piano hacia el comedor.

     Aquella noche, no bien se sentó frente al espejo le pareció ver en su cuello unas manchas ovaladas y violáceas, sombras quizás de los caireles de la araña encendida. No pudo conciliar el sueño durante horas; las campanadas avanzaban por la escalera cada cuarto de hora, seccionando el tiempo, desde abajo.

     Una acrecentada inquietud la oprimió cuando su marido viajó en misión oficial al Uruguay a principios de un mes de octubre, pensando que pudiera traer otro reloj. Desde aquel extraño acontecimiento evitó sentarse al piano, para no verlos. Una intranquilidad espesa deambulaba por la casa. La persecución se repitió.

     Cuando Omar volvió, el alivio de verlo entrar sin paquetes se desvaneció pronto. El reloj de pie llegó a la semana siguiente. Por supuesto lo colocaron en el salón, a un costado del piano, como haciendo guardia. Y ella, sin saber por qué no le dijo a Omar que adelantaba unos minutos. A Isabel le gustó ese reloj más que ninguno. Sonaba antes que los demás y le producía una alegría adolescente. Luego todo se repetía dejándola exhausta. En el verde acerado de sus ojos se encendió un brillo misterioso. Silenciados los péndulos, la normalidad se acomodaba nuevamente en el salón y ella recobraba su delicada placidez de porcelana.

     A esta altura de la vida, nada le gustaba tanto a Isabel como estar sola. Habituada dolorosamente a prescindir de los que amaba se hizo un mundo de palabras, pinceles y sonidos del cual salía rara vez. No obstante tener más de cuarenta años Isabel parecía un capullo que demoró en florecer. Era imposible develar su edad como no fuera a través de su propia confesión. Hay mujeres que carecen de edad, cuyo cuerpo no sigue el ritmo de la generalidad, y cuando tienen cuarenta parecen haber vivido treinta y tener la sagacidad de los cincuenta. Son las que se embellecen con los años. Isabel era joven, no importa la edad que tuviera.

     Las cosas transcurrían como si Isabel no le tuviera miedo a los relojes. Ella seguía preparando cenas para agasajar a los invitados de su marido, colocándose la encantadora sonrisa conveniente, cumpliendo con exquisita perfección su ritual de anfitriona deliciosa. Omar tenía sobrados motivos para estar orgulloso de su mujer. Era una perla. Una perla con un velo nacarado que ocultaba su acurrucado corazón. Omar era obsequioso, siempre lo fue. De donde viniera le traía un regalo: una piel, una joya, un libro, un vestido y, desde hacía un tiempo, relojes. Compró la casa con el secreto propósito de compensar su soledad, de tenerla entretenida, y ella se complacía en ser la dueña. Algo sin embargo subyacía.

     La casa de Isabel marchó siempre con la precisión de un mecanismo de reloj. Todo estaba minuciosamente planeado. Ella no tenía que ocuparse de las compras en el supermercado, el menú de cada día, la limpieza de tantas habitaciones o el cuidado del jardín. Tenía quien le hiciera todo eso. Su tiempo siguió siendo suyo, y además de embellecerse, lo empleaba en muchas cosas.

     Pero el miedo a los relojes la oprimió cada vez más. Una noche estuvo a punto de contárselo todo a Omar. Dudó. No se atrevía. Y sus conversaciones siguieron diluyéndose como siempre entre las novedades anodinas del despacho, las actividades literarias de ella y las infaltables discusiones sobre Diego.

     A Omar no le pasó desapercibida la fijeza de los ojos de su mujer, sus ojeras cada vez más oscuras. Lo malo fue cuando empezó a adelgazar y no pudo dejar las manos quietas en ningún lado. Omar insistió en que viera a un médico. La visita, sin embargo, se pospuso. En los dos meses que pasaron recorriendo el Líbano, las mejillas de Isabel adquirieron nuevamente la transparencia de las uvas maduras. Pero si estaba sola, a las doce del día, una incierta incomodidad le velaba la sonrisa.

     Pocos días antes del regreso, hurgando en los estantes de un mercado de baratijas y cosas insólitas, encontraron una verdadera joya oriental. Isabel se sobresaltó, pero no pudo resistir el exótico encanto del reloj. Le pidió a su marido que lo comprara. Había pertenecido a una dinastía, que el vendedor no supo precisar, y en él las horas sonaban como notas de una cítara que se duele del paso del tiempo. A Isabel le fascinó. Cuando dieron las doce, el reloj oriental sonó exactamente al mismo tiempo que el cucú, y mientras ella sentía la mirada penetrante taladrarle la nuca tuvo el irreprimible deseo de desvestirse. Presa de un impulso irracional se desabrochó la blusa, hasta que cayó al vacío, y lanzó un grito, y sintió que se ahogaba y la empleada la sacudió y se la llevó arriba para acostarla en la cama matrimonial.

     Cuando Omar llegó a la noche, la empleada se lo contó todo. Tras los ojos sellados por el sedante Isabel escuchó la conversación, como de lejos; tuvo que tolerar los comentarios, las insinuaciones. Sintió con plena lucidez el molesto ajetreo de la mujer alrededor de su cama y el distanciamiento de su marido. En cuanto se repusiera se lo diría. Él tenía que creerle. Pero la alegría que le venía con la primera campanada demoró la confesión. Todo era tan intenso y tan breve: esa cuña de alegría y después, los temores. Tal vez la solución fuera deshacerse de la colección. Sí, tal vez...

     Isabel trató de convivir con el múltiple murmullo de los relojes rastrillando el silencio. Aquel año Diego se fue a estudiar al Brasil. Ella esperaba sus cartas con ávida impaciencia. Pero ahora, desde que estaba ahí, no le daban las cartas de Diego. ¿Por qué no le daban las cartas de Diego? Hacía tanto tiempo que dejaron de entregarle las cartas de Diego. Y esa mujer se hacía la tonta y tampoco se las daba a pesar de su insistencia. Era cruel que no le diesen las cartas de Diego.

     Cuando empeoró, Omar le prohibió tocar el piano; pensó que la excesiva concentración sobre el teclado era la causa de todo. Pero ella entraba a escondidas y se dejaba ir tras la música hasta que gritaba y acudía la empleada. La consulta al doctor se volvió impostergable. El facultativo no encontró ningún desarreglo fisiológico. Solamente le llamó la atención el ensimismamiento en que encontraba a la señora al final de la mañana. El peligro de la depresión era inminente. No se la debía dejar sola.

     Isabel cambió mucho. Ya no se sentaba al piano. No podía tolerar la cercanía de los relojes con sus mecanismos en marcha. En la cabeza le latía un multiplicado corazón. Tuvo que dejar las clases en la universidad y casi no leía. Su pelo fue perdiendo aquel brillo salvaje y sus ojos se fueron quedando fríos e imperturbables. Tenía demasiado tiempo libre, y el tiempo cuando está vacío es el peor compañero de una mujer, sobre todo si le tiene miedo a los relojes.

     Omar, ajeno a eso, aumentó considerablemente la colección. Por fortuna no todos funcionaban. Consiguió el reloj de un barco, que le producía un mareo intenso y fugaz; otro, de una iglesia destruida, la sumía en un alucinante misticismo. Pero ninguno le daba tanto miedo a Isabel como el reloj que estuvo a la entrada de un burdel de París, porque le provocaba un deseo irresistible de conocer otros hombres.

     Una esperanza penetró en su mente cierta vez. Si dejaba la casa al mediodía tal vez pudiera escapar de los relojes. Decidió ir a comer a cualquier parte. Tomó un baño; se pintó las uñas; eligió cuidadosamente un conjunto color violeta; con un pañuelo al tono se anudó el pelo; delineó sus labios cuidadosamente; eligió un perfume penetrante; tras los lentes oscuros subió al auto y arrancó. La mañana estaba deslumbrante.

     Mientras el mozo le traía la carta consultó su reloj. Faltaba media hora para las doce. Pidió algo de tomar, ordenó el almuerzo y esperó. Cuando las agujas coincidieron se supo observada desde atrás. Volvió la cabeza y encontró los ojos de un hombre que la miraba con intensidad. Le sonrió. No se sabe qué pasó después, pero Isabel volvió más tranquila. Repitió las salidas. Al día siguiente fue al puerto donde los barcos se mecían sobre el río picado. Al inclinarse desde el pontón para mirar el agua, turbia y espesa por el aceite que flotaba, le dio un vértigo repentino y se hubiera caído a no ser por un marinero que al verla vacilar la detuvo por detrás. Ese incidente la azoró. Pensó en el reloj marino colgado frente al piano en los oscuros compartimentos de una trampa.

     Al día siguiente no salió. Era indiscutible que los relojes iban con ella. Las salidas se sucedieron, sin embargo, y los acontecimientos. Alguna vez un encuentro; otras el deseo de entrar a una iglesia y estarse ahí contemplando las imágenes; a veces las caminatas por el [124] parque, contagiada de alegría, bajo la avenida de eucaliptos. Estas insólitas aventuras no seguían un orden riguroso. Cierto día huyó despavorida ante el ataque de alguien que le atenazó la garganta con los dedos y otro, el peor de todos ellos, sintió el deseo irresistible de un hombre, de cualquier hombre, y se metió en un burdel.

     Por fin lo comprendió. Todo era inútil. Estuviera donde estuviera la perseguirían los relojes. Apretó el acelerador y al pasar frente a la iglesia de la Encarnación pudo ver sobre la esfera azul las agujas paradas. Frenó bruscamente y se quedó mirándolas. Allí estaba la clave del enigma. Ya tenía la forma de burlar a los relojes. Había que detenerlos, silenciarlos, dejar de darles cuerda.

     Una esperanza se instaló en ella poco a poco. A medida que avanzaba la tarde la seguridad de burlar a los relojes se acrecentó. Le pediría a su marido que dejase de darle cuerda a los relojes. Esa noche Omar llegó más temprano de lo acostumbrado. Isabel tenía un brillo penetrante en la mirada. Sin preámbulo alguno le pidió que dejara de darle cuerda a los relojes. Para Omar darle cuerda a esos relojes formaba parte de una ceremoniosa costumbre. Cada quince días se metía en el salón, cerraba la puerta y con una gamuza, especialmente reservada para el efecto, los limpiaba uno a uno por dentro y por fuera; luego hacía girar las llavecitas y la vida de sus relojes estaba asegurada por dos semanas más. Pedirle que dejara de dar cuerda a los relojes era insólito y hasta ridículo. Sobre todo sin darle ninguna explicación. Isabel insistió. Él quiso saber el motivo. Ella sollozó, suplicó, pero no se lo dijo. El pedido degeneró en discusión y terminó en silencio.

     Omar no comprendía la actitud de su mujer, por lo general tan criteriosa. Siempre trató de complacerla. Generoso, gentil, demasiado ocupado como estaba, se lo permitió todo. En realidad nunca quiso hijos, pero le dio uno. No puso reparos a las cosas que le gustaban; la liberó de las obligaciones domésticas, salvo cuando traía invitados; le compró el piano de cola, la biblioteca, la casa llena de objetos exóticos, hasta comenzó a coleccionar relojes cuando vio su entusiasmo. Y ahora le pedía que dejara de darles cuerda. Así, simplemente, sin ninguna explicación. Era un capricho demasiado excéntrico para tenerlo en cuenta. No transigió.

     ¿Cuáles fueron los recónditos motivos de su conducta? Hubiera sido mejor confesarlo todo, pero prefirió el silencio. Al principio no le dio importancia y después la amordazaron los encuentros subrepticios, su conducta inusitada, y aquellos lugares a los que fue arrastrada. Ahora era demasiado tarde. Estaba allí irremediablemente, sin saber aún por qué la llevaban y traían los relojes de un lugar a otro, de una vida a otra, siempre a la misma hora. Ya nada tenía importancia.

     Recordó la última vez que se sentó al piano después de mucho tiempo. Su deseo de abstraerse sobre el teclado, de olvidarlo todo, ignorar el murmullo acompasado de los minutos, caminando como escarabajos dentro de sus sienes. Cuando empezó a tocar, la música la rescató de esa pesadilla alucinante, se la llevó lejos, muy lejos, a un tiempo fuera del tiempo; entonces escuchó el primer tono dando las doce y se pobló de alegría; de inmediato la misteriosa mirada se le prendió a la espalda; cayó a ese vacío anterior al deseo de muchos hombres, de ciertos hombres; al misticismo; al mareo; y a los dedos en la garganta cortándole la respiración, y el grito que por fin atrajo a Omar que volvía en ese momento por un motivo fortuito y le separó las manos cuando casi se estaba ahogando y perdió el conocimiento.

     Ahora estaba ahí, con el mismo miedo a los relojes, pero sin salida. Nada había cambiado en cierta forma, aunque tenía la clave del enigma. Lo más tremendo era esa lucidez que la habitaba, salvo cuando sonaban las doce en los relojes y perdía el control y venían las mujeres de blanco, y los hombres la sujetaban y se la llevaban a aquella pieza vacía donde el sedante la tumbaba hasta el día siguiente.

     En la casa donde los helechos derramaban como siempre su trémulo verdor, Omar nunca se olvidaba de darle cuerda a los relojes cada quince días.

 

 

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