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MILIA GAYOSO MANZUR


  DONDE EL RÍO ME LLEVE, 2012 - Narrativa de MILIA GAYOSO MANZUR


DONDE EL RÍO ME LLEVE, 2012 - Narrativa de MILIA GAYOSO MANZUR

DONDE EL RÍO ME LLEVE

Narrativa de MILIA GAYOSO MANZUR

Editorial SERVILIBRO

COLECCIÓN BIBLIOTECA PARA JÓVENES

Seleccionada y editada por: NILA LÓPEZ

Diagramación: MARÍA JOSÉ DEL PUERTO

Dibujo de: JULIO JOSÉ MANZUR GAYOSO

Asunción, Agosto

2012 (97 páginas)

ISBN: 978-99953-0-443-0

Hecho el depósito que marca la ley N° 1328/98

 

 

 


Deliciosas, profundas, juguetonas, las páginas que siguen nos atraen con sus misteriosas combinaciones de palabras. Un libro actual también puede hacer frente a la pobreza y la desigualdad. Queremos mejorar la equidad de la comunicación humana, por eso contamos historias con toda la intensidad de nuestros recuerdos. Esta colección de Biblioteca para Jóvenes de SERVILIBRO, tiene un fuerte valor testimonial que con seguridad encariñará a los lectores: podrán conocer muchas cosas variadas del Paraguay y su gente, acercarse a los símbolos de una identidad que nos define. ¡Y con nosotros, los escritores, seguir persiguiendo sueños!

NILA LÓPEZ




CAPITULO UNO

EN MEDIO DEL OCÉANO

 

Estas rosas me recuerdan a mi madre. Me las dio alguien que se paró a aplaudirme. Estaba en una mesa con otras personas. Vestía muy bien y cuando se acercó con las flores, también pude sentir el delicioso aroma que lo envolvía.

Todavía puedo aspirar su perfume, escuchar los aplausos y sentir las lágrimas de alegría bajando hacia mi escote. Acabo de entrar a mi camarote, pero todavía escucho esas ovaciones, y creo que estoy viviendo un sueño.

Cuando empecé a cantar, fue como si el universo se hubiera detenido.

Creo que es la sensación al saber que el barco estaba parado en medio de la inmensidad del océano.

- Mire Lara, nos quedamos aquí para que aquellas estrellas puedan escucharla, me dijo el capitán, mientras me deseaba suerte en aquella mi primera noche en el crucero.

Era una noche mágica, una situación nunca imagi­nada.

Desde que subí al barco, en Atenas, todos me tratan como a una verdadera estrella. Con ustedes... Lara Méndez, anunció el maestro de ceremonias, como si presentara a la mejor cantante del mundo. Dicen que tengo algo especial, que esta joven tímida brilla cuando empieza a cantar, mucho más que Lara María Méndez Fernández, la adolescente que salió del Paraguay hace ocho años, buscando un horizonte distinto y la respuesta a un abandono.

No fue fácil llegar hasta aquí, y si ahora lloro de felicidad, es porque ya es tiempo de revertir mi historia. Demasiadas veces he llorado de tristeza e impotencia.

Canté durante años en varios boliches de Buenos Aires, después de trabajar como empleada de limpieza de dos familias, durante las horas de la mañana. En los últimos tiempos, los lunes, miércoles y viernes, en casa de los Car­dinali; los martes, jueves y sábados, en casa de los Lefrusio. Dormía por las tardes, cantaba por las noches y soñaba des­pierta en las madrugadas.

Soñaba con poder dejar mi casita de la villa de emergencia y luego, la pieza del inquilinato en San Telmo y ganar mucho dinero para volver a Paraguay y ofrecerles una vida mejor a mi padre y a mi abuela. Pero también soñaba con encontrarla.

Salí a mirar las estrellas y me sentí muy pequeña. Soy un punto en medio de este inmenso barco, y el barco iluminado es una luciérnaga en medio del mar.

Y pensar que sólo anhelaba viajar en mi pequeño bote verde.

Papá solía comprar las sandías alargadas, las corta­ba por la mitad y mis amigos y yo, cuchara en mano, nos peleábamos por las mejores tajadas.

Una vez terminada la carne dulce, roja y delicio­sa, raspábamos el fondo ya blanco para sentir las gotitas

de agua en el rostro. Luego, Ramón, Eulalio, Carlita y yo, íbamos al río para depositar en el agua nuestro barquito, que empezaba su viaje lentamente.

Yo solía poner algunas pequeñas flores en el-fondo, para que viajaran lejos. Me sentaba en la orilla a verlo alejarse con la correntada. Entonces soñaba con caber en el trozo de sandía y viajar, también, lejos, a algún lugar donde no me doliera el corazón.

¿Habría un sitio en el mundo donde mi ojos dejaran de mojarse?

Papá notaba mi tristeza y quería encontrar la forma de que desapareciera. Entonces inventaba algo que hacer al otro lado del pueblo y me pedía que lo acompañara, sólo para que me entretuviera en algo más que en rumiar esa penita honda que me hacía doler el alma.

Subíamos a su canoa e íbamos al almacén del pue­blo, a comprar más harina o fideos y algunos caramelos y barritas de dulce de leche, para mí. Al volver, abuela nos es­peraba en la cocina, haciendo su inolvidable guiso de arroz bien rojito, con pequeños trozos de carne, para la cena de los tres.

Yo simulaba estar más feliz, pero la comida solía hacerse pastosa en mi garganta y seguía con ganas de llorar. Más tarde, acostada en mi cama, con la cara hacia la pared, le pedía a Dios que ella volviera, aunque sea para decirme por qué me dejó.

Abuela dormía conmigo en el invierno, pero en el verano, estiraba su cama al lado de la mía, para poder apan­tallarme durante largos minutos, hasta creer que me había dormido. A veces, con voz suave preguntaba: "¿Ya dormiste mi mamita corazón?", y yo, que tenía los ojos abiertos como dos linternas, ni siquiera respiraba fuerte para que ella pudiera descansar.

Entonces recibía la visita de las hadas de mi imagi­nación y empezaba a soñar despierta hasta la medianoche. Me costaba levantarme por las mañanas para ir a la escuela. Entonces tenía nueve años.

Una de aquellas tardes, papá compró dos de las sandías más grandes que había visto. Eran largas y verdes, de un tono suave, como la hoja del sauce. Las comimos enteritas: los cuatro, trozo a trozo, y como siempre raspamos toda la carne roja hasta mojarnos la cara con su agüita fresca y deliciosa. Se nos perforó una de las mitades de sandía, de tanto rasparla con las cucharas. Entonces llevamos el pedazo intacto al río y lo colocamos en la corriente, para que navegara con nuestros sueños.

Ramón le instaló un palito con un trozo de tela a modo de bandera, y cerrando los ojos pensó en un anhelo. Eulalio le colocó una tapita de gaseosa en uno de los bordes internos para que oficiara de timón y también pensó en un deseo. Carla hizo un hombrecito de lodo para convertirlo en capitán y se tomó mucho tiempo para formularle a Dios sus más profundos sueños.

Yo coloqué una flor dentro del bote, como siempre. Era una margarita silvestre de color amarillo. Soy yo, les dije, y me voy en este barco.

- ¿Adónde irás? -preguntaron mis amigos. Y yo les contesté:

- Donde el río me lleve.

Nos quedamos en la orilla mirando partir nuestro majestuoso bote y yo sentí que allí, en ese momento, un pedazo de mí comenzó a abandonar mi pueblo. Me iba tras sus huellas, siguiendo el curso del río. Me iba tras sus abrazos y besos incompletos y tras la respuesta del por qué me dejó.


 

CAPÍTULO DOS

ROGELIA

 

Me llamó Lara, igual que la protagonista del único libro que leyó en su vida hasta ese momento: "El doctor Zhivago". Se lo trajo de regalo el padre Alberto, al volver de Europa, cuando fue a visitar a sus padres.

El padre Alberto apreciaba a mi madre, porque era una de las voluntarias que siempre ayudaba en la parroquia. Por su dedicación, la Iglesia Nuestra Señora de la Victoria de Villa Hayes, estaba siempre muy bien barrida antes de la misa de los domingos y el altar lucía hermosas flores silvestres, que ella recogía por el camino.

Rogelia se levantaba temprano los domingos, ayu­daba a su madre a encender los carbones en el brasero, ca­lentaba el agua para el mate de los abuelos y luego hacía el cocido para ella. Después se aseaba en el sencillo baño ubi­cado en el patio y se vestía de prisa para ir hasta el pueblo. Solía ir con su madre, pero si ella estaba cansada o enferma, hacía el trayecto con sus amigas Berta y Juana Estela. Las tres tenían alrededor de dieciséis años y disfrutaban mucho juntas.

Iban riendo por el camino, trenzándose los cabellos o soltando los rulos que se formaban al aprisionar los mechones con las hebillas pico de pato, así como se usaban antes.

Solían llevar los zapatos en bolsas de hule y cami­naban en zapatillas los largos kilómetros que separaban el puerto del centro del pueblo. Como llegaban mucho antes de la misa de las nueve, se colocaban los calzados y los blancos velos de tul sobre las cabezas, luego de barrer y arreglar la iglesia.

Cuando el padre Alberto volvió de Francia, le trajo un rosario a Berta, una pulsera dorada con dijes de la torre Eiffel a Juana Estela y la novela de Boris L. Pastemak a Rogelia, mi madre. Ella devoró la historia de amor y soñó con ser amada como Lara.

Por esa época llegó a su vida Eustaquio.

Lo trajo una noche de tormenta. Don Toño, mi abue­lo había ido hasta el muelle a controlar si alguien necesita­ba ayuda, porque en esa zona ribereña era un apostolado ayudar a los demás cuando amenazaba algún peligro, como aquella noche. Abuelo volvió a la casita sin novedad, pero cuando los tres ya estaban por ir a la cama, alguien golpeó la puerta.

Ángela, mi abuela, se puso el rebozo de crochet sobre el camisón, para ver quién llamaba, porque abuelo ya estaba en calzoncillos y mi madre, leía su libro a la luz de la lamparita a kerosene.

Una voz casi lánguida habló de un accidente y pidió ayuda. La puerta sencilla de tablas y palmas, se abrió y dejó ver a un muchacho totalmente mojado y con los ojos rojos de tanto llorar. No pudo responder rápidamente a las preguntas a causa de sus sollozos.

Lo hicieron pasar dentro de la casita, abuela le ca­lentó café sobre el calentadorcito de lata que se encendía

con alcohol, y le dieron ropa seca para abrigarse. Contó que venían con su padre del norte, desde Arrocera. Transpor­taban una jangada de troncos, y como la tormenta los fue dispersando, su padre trató de juntarlos, agachándose hacia el río, desde el borde de la pequeña chata que guiaban, pero cayó al agua y no volvió a salir.

Eustaquio lo buscó durante horas, sin resultado. Llegó al puerto de Villa Hayes sólo y desesperado, con la esperanza de que su padre se haya aferrado a un tronco y se acercara a la orilla, en algún punto del río.

Lo dejaron dormir en una hamaca colgada en el pa­sillo de entrada. Abuela le recalentó lo que quedó del guiso de la cena y le prestó dos mantas... pero lo escucharon ge­mir despierto durante toda la noche. A la mañana siguiente, diez canoeros salieron a buscar a su padre, pero sólo ha­llaron unas palmeras que llevadas por el agua salieron a la orilla. La jangada debía llegar hasta Puerto Botánico, pero se dispersó a causa de la tormenta.

El cuerpo flotó al día siguiente, cerca de Piquete Cué. Había caído al río antes del Peñón y quedó atrapado entre las piedras. Lo enterraron en el cementerio del pueblo, porque el cadáver ya estaba muy hinchado y mordido por las pirañas. Ya no había forma de llevarlo a su valle. Eustaquio quiso entregar la chata a los Fernández, como pago por todos los gastos que les ocasionó, pero no se la aceptaron. Abuelo consiguió el cajón por intermedio de la Asociación de Ex combatientes de la Guerra del Chaco al que pertenecían él y el occiso, que según contó Eustaquio, había vuelto de la contienda con dos balas incrustadas en la rodilla derecha. El pedazo de tierra en el camposanto todavía era gratis, en aquel entonces.

No quiso volver a Arrocera, porque ya nada lo llamaba hacia allí, excepto la tumba de su madre.

Abuelo le buscó trabajo, le consiguió un puesto de jardinero todo servicio en el destacamento militar que estaba en la cabecera del puerto, y como ayudante de pescador en sus horas libres. Mi abuelo, Don Antonio Fernández, hijo de padre español y madre paraguaya, era uno de los pescadores más respetados del pueblo. Su enorme canoa, pintada con los colores azul y rojo, igual que su querido club de fútbol, Cerro Porteño, remolcaba una jaula de madera donde transportaba sus presas. La dejaba en la orilla del río, y cuando un cliente quería elegir un especímen, lo quitaba fresquito del vivero.

Eustaquio tenía 22 años y la tristeza metida en las venas.

Rogelia no le prestó atención durante los primeros meses de su estadía. Durante mucho tiempo continuó durmiendo en la hamaca, hasta que abuelo le construyó una pieza con las maderas cortadas de los rollos que rescató del río.

Llegó la primavera y el huerto de su madre se llenó de tomates y verduras. Recién entonces Rogelia se dio cuenta de todo lo que Eustaquio había ayudado a mejorar en la casa desde su llegada. Se levantaba con el amanecer, y ayudaba al abuelo a preparar su salida al río, antes de presentarse en el destacamento. Allí hacía de todo, desde pasarle betún a las botas del coronel Agüero a hacer el desayuno para los soldados. Se volvió imprescindible y pudo llevar a la casa, carne, almidón, galleta y otras vituallas que consumía en el cuartel, como parte de pago. Después de almorzar con la tropa, volvía a la casita cerca del río.

Limpiaba la huerta de mi abuela pintaba las paredes de la casita de madera, palmas y adobe, con colores alegres, o clavaba las estaquillas del gallinero hasta que veía aparecer en el horizonte la figura de la canoa de mi abuelo.

Rogelia llegó a pensar que trabajaba todo el día para olvidar su tristeza. Tardó en darse cuenta que al mirarla, los ojos se le llenaban de lágrimas, pero de amor y felicidad.

Ella continuó ayudando en la iglesia los domingos, para barrer, llevar flores de camalote o de aromita para el altar de la virgen... y para adorar con la mirada al padre Alberto.

Cuando él descubrió sus sentimientos, les pidió a las mellizas Gabaglio que además de ocuparse del ajuar de la Virgen, también barrieran los domingos. Pero las mellizas, ya casi octogenarias, no podían realizar esos menesteres. A duras penas lograban peinar la peluca rubia de la imagen y renovarle su vestuario para su fiesta celebrada cada 12 de octubre. Esa tarea sí era para ellas y estaban dispuestas a hacerla hasta poner un pie en el cajón.

Alto, apuesto y cincuentón, el padre Alberto levan­taba suspiros entre sus feligresas, pero nada hizo sospechar jamás que tuviera más amor que a sus padres y a Dios.

Rogelia sintió que ya no la trataba como antes y le dolió la frialdad con que empezó a dirigirse a ella. Poco tiempo después, el sacerdote consiguió que doña Rubí Ozo­rio y doña Marta Ramos, se encargaran de la limpieza y la ornamentación de los domingos. Berta y Juana Estela también fueron reemplazadas.

Entonces se sumió en una tristeza parecida a la de Eustaquio y comenzó a caminar como una sonámbula por las noches. Una madrugada la encontraron comiendo los tomates verdes, en el huerto; y en otra ocasión fue al río a bañarse desnuda a las tres de la mañana. Muy cerca de ella, un enorme cocodrilo alumbraba la oscuridad con sus ojos.

Abuela Ángela la llevó a Asunción durante 15 días. Estuvo alojada en la residencia de la congregación de las Hermanas canadienses, por recomendación del Padre Alberto. Le hicieron rezar el rosario cinco veces por día y barrer el enorme patio del convento antes de empezar a clarear. Pero no se le pasó el amor, se hizo más fuerte.

Volvió más bonita de la capital. Y más resuelta.

Un sábado de tarde visitó la parroquia dispuesta a hablar de su afecto, pero el sacerdote la recibió con dureza. Cuando ella le dijo que lo amaba, él le respondió que no echaría al precipicio su amor y lealtad a Dios y sus principios, por una aventura sin futuro y sin sentido. Se persignó, le tocó la frente y la bendijo.

Rogelia lloró desde la iglesia hasta el puerto. No contestó saludos ni piropos. Sólo caminó empapada en llan­to.

Enferma de insomnio y pena, visitó a Eustaquio en su habitación y le entregó su cuerpo, ese cuerpo que había anhelado ofrecer al hombre que se negaba a quererla más que a Dios.

Eustaquio sintió que sus pesares salieron por las rendijas de la habitación de tablas y la poseyó con toda la ternura que le permitían su torpeza de campesino y sus manos ásperas de tanto trabajar.

Ella no respondió a sus besos, pero se dejó querer como si fuera una muñeca de trapo, como aquéllas que le hacía su madre, cuando niña.



CAPÍTULO ONCE

VOLVÍ A MIRAR MI RÍO

 

Convercé con mis dos patronas y les expliqué que necesitaba viajar a mi país, por unos días. Para una de las casas conseguí un reemplazo, una joven que vivía cerca de mi casita, en la villa. La otra señora dijo que ella ubicaría a una antigua empleada mientras yo regresaba. Ambas me aseguraron que mi lugar me esperaría.

A Remberto no le hizo mucha gracia que desapare­ciera en esos momentos cuando estábamos llenos de com­promisos los fines de semana. Le dije que busque una can­tante sustituta, pero mi compañero argumentó que la gente quería escucharme a mí y no a otra. No me importaron sus quejas. Le pedí a Luisa que me guardara las cosas de cierto valor y candadeé mi casita, con la inquietud de que la po­dían saquear en mi ausencia.

Compré algunos regalos para papá y para abuela y volví a casa en el servicio más rápido del transporte hasta Asunción. Luego tomé otro ómnibus hasta Villa Hayes.

Ya no volví por el río, con la balsa.

En mi ausencia habían construido un puente sobre el río Paraguay, a la altura de la localidad de Remanso. Todo era nuevo para mí. Entramos a Villa Hayes por atrás, desde Asunción. El colectivo ya no pasaba frente a la casita, sino lejos. Tenía que caminar mucho con mis bultos para llegar al puerto. Por el camino, conseguí un carretero que me ayudó con mis bolsos.

Cuando llegué, el paisaje aún estaba igual.

Era cerca del mediodía, y desde lejos pude adivinar a mi abuela en la cocina, haciendo una de sus deliciosas comidas. El carretero apuró a su caballo, porque notó que yo estaba ansiosa por arribar a mi destino.

Entré sin hacer ruido. Dejé mis bolsones en la puerta y fui hasta el fondo buscando a mi abuela. La abracé por detrás mientras lloraba emocionada. Ella no necesitó darse vuelta para saber que era yo. La sentí pequeñita, encogida, entregada al paso del tiempo.

Nos abrazamos sin decir nada. Sólo nos abrazamos. Luego, me llevó de la mano hasta la que era mi habitación y nos sentamos sobre la cama a llorar de alegría, por el reencuentro.

Papá llegó después, y se quedó sin palabras cuando me vio sentada en la mesa, almorzando con mi abuela. *-Mbaeichapa che rajy? -me saludó y vi cómo le caían las lágrimas.

Después de mucho tiempo volví a sentirme feliz. Me quedé durante dos semanas. Abuela estaba con problemas urinarios y me encargué de llevarla al médico y cuidarla durante esos días. Papá se veía contento con mi presencia, dejando de hacer algunas de sus tantas tareas para permanecer más tiempo con nosotras.

La huerta de mi abuela estaba llena de hortalizas, limones, batatas y sandías pequeñas. La casita estaba pinta­da de celeste claro y el río seguía allí, plateado y hermoso comolo recordaba.

Casi no hablamos de mi madre en todos esos días. Sí les conté de mis trabajos por la mañana, las presentaciones nocturnas y mi casita en la villa. Claro, no les dije que estaba ubicada en un sitio como ése, para no preocuparles. Fue muy difícil volver a separarnos, pero creo que nos hizo muy bien a los tres ese reencuentro. Papá me llenó de atenciones, y abuela no paraba de reir por cualquier mo­tivo. Nos volvimos a distanciar, pero esta vez la despedida fue diferente.

*¿Qué tal mi hija?


 

CAPITULO VEINTIDOS

OLOR A LLUVIA

 

Me puse una camperita impermeable y salí a cubierta. Llovizna suave. Apenas se divisa el horizonte. El tiempo está especial para dormir, pero justamente yo que soy capaz de dormir colgada en cualquier lugar como un murciélago, esta vez no tengo ganas ni de estar en la cama. Me acerqué a la baranda a mirar hacia abajo. Mi fascinación por el agua no tiene fin. No soy la única que está afuera, disfrutando de la llovizna. Mucha gente se en­cuentra caminando o recostada en las reposeras, sintiendo las gotas suaves en el cuerpo.

Disfruto de las gotitas en la cara, como aquellas agüitas del trozo de sandía. Otra vez me viene todo a la me­moria. ¿Cómo estará mi madre? En su última carta, abuela me pedía que por favor la perdonara, para que pudiera repo­sar en paz ahora, y después, cuando Dios decida llevársela. Comprendo a abuela, supongo que ha de sentir un enorme dolor al saber que su hija está lejos, sola y enferma. Para una madre no debe importar cuán ingratos son los hijos, el sentimiento no ha de variar. Pero creo que es diferente con los hijos. Nuestros corazones son más duros, menos resistentes al desamor o al abandono.

Sin embargo, el rencor me está haciendo mal, peor que aquella antigua sensación de abandono que me persiguió durante años.

No se si ella podrá esperarme seis meses para que yo le diga que estoy tratando de entender sus razones. Cuando llegue a otro puerto, la llamaré para que se tranquilice, por lo menos en lo que respecta a su deuda de amor conmigo.

El crucero sigue su curso impasible, mientras, yo me debato en mis recuerdos. El viento trae un aroma exquisito, un aroma que mis sentidos creen reconocer de alguna vez, quizás de otra vida.

- Se está mojando y no tengo un abrigo seco para cubrirla -escucho decir a mis espaldas. No entiendo lo que pasa.

¿Quién es? Es el perfume que me embriaga y me envuelve, no me hace falta un abrigo. Cierro los ojos y aspiro olor a flores, olor a madera, olor a lluvia, olor a mar...

Me doy vuelta lentamente. Entonces lo veo. Fue el hombre a quien vi en Taormina, quien me entregó las flores en mi debut en el escenario del crucero, quien me envió la tarjeta sin firma... Era Federico Mejía, el hombre de la playa.

- ¿Cómo está la dueña de los ojos más lindos y la voz más hermosa? -dijo, mientras se quitaba la campera ya húmeda, para cubrirme.

- Bien -le digo- bien gracias. Usted parece un ángel, que aparece cuando lo necesito.

- Los ángeles tienen ojos verdes, Lara, y cantan para extasiar a los demás -dijo.

Como si supiera que lo estaba esperando desde siempre, me toma de la mano y me lleva a la otra punta del crucero, desde donde miro el agua que mueve los motores del enorme barco.

A lo lejos veo un pequeño bulto sobre el mar en calma. Es mi pequeño bote de sandía, que me sigue, me sigue...

 

 

 

 

 

 

 

 

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