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MILIA GAYOSO MANZUR


  AHÁTA AJU (VOY Y VENGO) - Por MILIA GAYOSO MANZUR


AHÁTA AJU (VOY Y VENGO) - Por MILIA GAYOSO MANZUR

 

MILIA GAYOSO MANZUR

Nació en Villa Hayes (Paraguay) el 13 de mayo de 1962. Su primera infancia transcurrió en su pueblo natal, rodeada de una naturaleza exuberante que incidió notablemente en sus textos y la inspiró a elaborar sus primeros relatos orales. Vivió en Buenos Aires (Argentina) desde los 9 hasta los 15 años.

Estudió periodismo en la Facultad de Filosofia de la Universidad Nacional de Asunción y se dedica a esta profesión, alternándola con la narrativa. También realizó un curso de periodismo en el Instituto José Marti de La Habana, Cuba. Desde hace varios años trabaja en el diario La Nación, donde se ha desempeñado en diversas secciones y mantiene una columna de opinión.

Publicó sus primeros articulos en la revista universitaria Turú y sus primeros relatos y cuentos en el diario Hoy, en una columna denominada Historias diminutas. Sus trabajos figuran en antologías nacionales e internacionales. Algunos de sus relatos fueron traducidos al francés, inglés e italiano.

Ha publicado las siguientes obras: Ronda en las olas (1990); Un sueño en la ventana (1991); El peldaño gris (1994); Cuentos para tres mariposas (1996); Microcuentos para soñar en colores (1999); Para cuando despiertes (cuentos infantiles, 2002); Antología de abril (selección de cuentos, 2003); Las alas son para volar (13 relatos para adolescentes, 2004); Dicen que tengo que amarte (relatos con aroma adolescente,2007); Fuego que no se apaga - Relatos de amor y desamor (2009); Microrelatos para Julieta y tres historias de amor (2010); Cuentosaurios (2012); Donde el río me lleve (novela, 2012); Horchata para el mal de amores (relatos juveniles, 2014); En el parque de Guadí (novela, 2015); Cuentos para leer en el recreo (cuentos y relatos infantiles, 2016).

 

 

 

 

AHÁTA AJU

(VOY Y VENGO)

 

Por MILIA GAYOSO MANZUR

 

Se cambió dos veces de camisa. A la noche le había planchado la celeste con rayitas y la beige lisa,con botones dobles. Como amaneció fresco, no se decidía si se ponía el pulóver gris o la campera marrón que le regalé el Día del Padre. Todavía no soy papá, me dijo, cuando se lo entregué aquel domingo de junio, envuelto en papel azul brillante y un enorme moño blanco. Lo serás pronto, respondí mientras por dentro le rogaba a Dios que ese sueño se pueda hacer realidad. Algo me hincaba el alma esa mañana. Sentía una inquietud extraña que no supe explicar qué era. Muchas veces me había preguntado si podría tener hijos y la duda me venía carcomiendo porque ya hacía un año y medio que estábamos casados y la cigüeña no había respondido aún mi email. Se te hace tarde le advertí, mientras le acercaba su agenda y las llaves del auto. Me besó en la boca, largo, goloso...

Pará, a la noche seguimos, le dije divertida. No me quiero ir, rezongó como un niño, mientras yo lo empujaba hacia la puerta. Aháta aju, dijo, como lo hacía siempre, mezclando castellano y guaraní al hablar. Me seguía tirando besos cuando el portón eléctrico comenzó a abrirse, y continuó haciéndolo desde la calle, mientras yo me tapaba el cuello con el saco y levantaba mi mano para decirle adiós, y se fuera de una vez o llegaría muy tarde. Eran las seis y veinte de la mañana, y difícilmente llegaría antes de las siete con el tráfico atragantado de la avenida Mariscal López. Volví a dormir media hora, mientras el lavarropas giraba con las toallas adentro. Marisa no vendría porque su hijo estaba con paperas. Guido lavó los platos de la cena y dejó en agua la cacerola, porque el arroz se pegoteó mientras mirábamos la película. Yo arreglé un poco la casa que se había desarreglado con las visitas del fin de semana. Igual que a la noche, dormí sobresaltada, me dio frío en los pies. Me va a bajar, pensé, aunque faltaban seis días para la regla. Me levanté, estiré la colcha sobre la cama y me di una ducha. No regué las plantas porque había lloviznado a la madrugada. Vi las hojas llenando el frente de la casa y se las dejé mentalmente a Marisa, para que las barriera al día siguiente. Cuando saqué el auto del garaje, me di cuenta que apenas tenía combustible. Paré en la estación de servicio más cercana y cargué combustible. Cincuenta mil de Supra, le dije al despachante mientras me distraía mirando a una de las vecinas que empujaba un carrito rosa del que sobresalían unos rulos renegridos y un moñito a rayas.

Cuando estaba llegando a la oficina, me acordé de las toallas. Ya adentro me esperaba mucho trabajo, de modo que no volví a pensar en ellas hasta la hora del almuerzo. Guido me pasó una foto de lo que estaba comiendo: ñoquis con peceto. ¡¡Mi amor, es lunes!! le escribí. ¿Por qué estás comiendo algo tan pesado? Ayer ya exageraste con el tallarín de tu mamá... Dejame ser feliz, escribió debajo de otra foto donde se veía un pedazo de peceto colgando de su tenedor, mientras su amigo Alcides brindaba con él con otro trozo idéntico. ¿Qué vas a comer, princesa?, preguntó. Ensalada y atún, le dije en mi mensaje de voz, para no perder tiempo, porque mi jefa me estaba mirando de reojo. Jade, necesitamos ese balance para hoy, me dijo desde el otro lado de sus anteojos nuevos. Cuando llegues a casa, por favor sacá las toallas del lavarropas, le dije. A la orden, respondió en otro mensaje de voz, con la boca llena. Me reí de su buen humor. Me hacía feliz que fuera feliz. A las tres y media, estábamos terminando con el balance. El licenciado Martínez me dio su aprobación para hacer la copia final, y entonces sonó el teléfono. No iba a atender, para no distraerme y terminar de una vez. Pero sonó de nuevo, dos, tres veces. La pantalla vibraba y se encendía. Era Guido, porque desde donde estaba podía ver la hilera de corazones que seguían a su nombre. ¡Hola!, dije con la sonrisa fácil que se me dibujaba sola cuando él me llamaba. ¡Hola!, pero no era su voz. Me vi bañada en lágrimas en un auto que no era el mío. Me temblaban las manos y la boca. Mis dientes se entrechocaban entre sí. A mi lado, Florencia llevaba mi cartera y el pulóver que me negué a ponerme. Manejaba un compañero de la oficina, que en ese momento no supe identificar. Hacia la derecha, mi jefa me acariciaba el pelo. No es cierto, dije, con un hilo de voz. Vi a sus padres en el pasillo, y reconocí a dos compañeros de trabajo. Ya no hay caso mi hija, dijo don Carlos. Su madre se aferró a mí y lloramos como dos niñas, apretadas una a otra, con el alma desgarrada. Tenemos que tomar una decisión, dijo su padre, tratando de apartarnos y ponernos un poco más serenas. No, no, no, dijo su madre. No quiero, no quiero que lo mutilen... ¿De qué hablan?, pregunté con una voz que apenas salía de mi garganta. Él se había anotado como donador, me recordó don Carlos. Sí, lo sabía. Cuando me lo contó yo le había dicho que de ninguna manera iba a permitir que se donara su corazón, porque era mío, solo mío. ¿De qué te va a servir guardarlo en un frasco de mayonesa de cinco kilos con formol? Es mejor que otro viva con mis latidos... Lo escuché muy claramente en ese pasillo desinfectado del sanatorio. Cuando lo dijo aquella vez en la costanera de Encarnación, me reí de su ocurrencia. Puedo guardarlo en un frasco más lindo, le dije. ¡Mi hija, escuchame! Don Carlos me sacudió del brazo, porque yo estaba en otro mundo. Mi hija, vamos a respetar su decisión. Su madre me miró suplicante, bañada en lágrimas. Ya no hay caso, dijo su papá. La moto lo arrastró como tres metros antes de parar, tiene daños irreversibles, solo su corazón está latiendo, pero no se puede demorar... Guido, Guido, Guido solo, sin segundo nombre, Guido de mi vida, mi príncipe azul. ¿Qué hacés allí, en esa cama, inerte, blanco como un papel?... Me permitieron entrar a Terapia intensiva a despedirme de él. Seguía tibio, tibio mi amor, como esas noches en que dormimos apretados. ¿Tengo que dejarte ir? ¿Tengo que donar tu corazón? La enfermera me tocó suavemente el brazo. Es hora, dijo. Salió al pasillo flotando, no pisaba el suelo, estaba en el aire, casi muerta. Mi hija, dijo mi suegro, tenemos que tomar una decisión. Lo miré sin ver, lo miré tras la cortina de mis lágrimas. Su corazón es mío, le dije balbuceando. Su corazón, lo de adentro es tuyo para toda la vida, mi hija, pero debemos donarlo para que otro ser pueda vivir, dijo tajante. Me hicieron firmar un papel, me abrazaron sus padres, los míos, sus hermanos, los amigos, mis compañeros de trabajo. Me abrazaron durante dos días, centenares de personas que lloraban al verme llorar. Cuando volví a nuestra casa, lo sentí en cada fibra de las cosas que fueron nuestras. Días después me contaron que la persona que recibió su corazón, estaba respondiendo bien. Guido, ¿dónde estás? Repetí en la soledad de nuestra habitación, porque me negué a ir a la casa de mis padres. Guido, ¿dónde estás? Logré dormir luego de un par de pastillas de Alprazolam que me recetó mi médico. Desperté a media mañana de aquel día perdido en el calendario. Lo vi en sueños, con su camisa a rayas, tirando besos desde el auto...

 

De Upe Kunu’ũ” - Relatos de amor maduro

(Ediciones Fausto)


 

 

 

 

 

 

 

Fuente:

Enlace interno al espacio de

 MUJERES EN SU PROPIA COMPAÑÍA

Páginas 117 al 124

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