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JOSÉ MARÍA GÓMEZ SANJURJO

  EL ESPAÑOL DEL ALMACÉN (Novela de JOSÉ MARÍA GÓMEZ SANJURJO)


EL ESPAÑOL DEL ALMACÉN (Novela de  JOSÉ MARÍA GÓMEZ SANJURJO)

EL ESPAÑOL DEL ALMACÉN

Novela de  JOSÉ MARÍA GÓMEZ SANJURJO   

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 21)

© de esta edición Editorial El Lector /

© de la introducción Francisco Pérez-Maricevich

ABC COLOR y Editorial El Lector,

Director editorial: Pablo León Burián

Coordinador editorial: Bernardo Neri Fariña

Guía de trabajo: Francisco Pérez-Maricevich

Asunción - Paraguay

2006 (111 páginas)

 

**/**

ÍNDICE

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

·         CAPÍTULO 1 al 12

GUÍA DE TRABAJO

**/**

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

Gómez Sanjurjo o el "dolorido sentir" de la nostalgia

 

1

Nacido en Asunción en 1930, José María Gómez Sanjurio murió en Buenos Aires en 1988. Miembro distinguido de la Promoción del 50, presidió, primero, la Academia Literaria del Colegio San José y, luego, la Academia Universitaria. Eran entonces muy duros tiempos que se vivían en el país. No se había superado aún el clima caínico, esquizoide de la revolución del 47. Sospechas, venganzas, persecuciones eran situaciones poco menos que normales en una sociedad devastada por pasiones fuertemente enfrentadas. Y no solamente se vivían esas vicisitudes en el espacio político. También en la esfera definida por la vida cotidiana los sobresaltos eran frecuentes. Inflación, desabastecimiento, cupos en la provisión de los productos básicos, carestía generalizada, marcaban implacables a toda la población. En ese ambiente de preocupaciones y angustia los jóvenes miembros de la Academia Universitaria y quienes conformaban el grupo de la Facultad de Filosofía de la UNA, emprendieron su intensa experiencia de formación asistidos por el carisma iluminador del P. César Alonso de las Heras (1913-2004). Todos ellos configuraron un compacto grupo conocido en la historia de la literatura paraguaya como Promoción del 50 y cuya obra individual y común es de muy altos valores estéticos. Ellos son Ricardo Mazó (1927-1987), José-Luis Appleyard (1927-1998), Rodrigo Díaz-Pérez (1924-2003), Rubén Bareiro Saguier (1930), Carlos Villagra Marsal (1932) y, obviamente, José María Gómez Sanjurjo.

 

En 1953 la Academia Universitaria publicó un libro con poemas de cuatro de sus componentes. Appleyard, Ramiro Domínguez, Mazó y Gómez Sanjurjo. Cuatro voces juveniles pero ya llenas de marcada personalidad, que irán acendrándose en el futuro hasta dar creaciones imperecederas en varios de ellos. El dolorido sentir de Gómez Sanjurjo, su música ensordinada y sus paisajes penumbrosos, dominados por los azules lejanos, se expandió desde allí hasta poblar las páginas de sus dos únicos libros de poesía: POEMAS (1978) y OTROS POEMAS Y UNA ELEGÍA (1979). En 1996, poemas inéditos suyos fueron incluidos en la ANTOLOGÍA POÉTICA, organizada para El Lector por el P. Alonso. En la introducción al libro dijo el ilustre maestro: "He conocido a José María, como alumno, siempre muy personal, difícil de encasillar. Lo he conocido como amigo muy querido, sintonizando mucho con él, acercándome a la fina punta de su sensibilidad. ¡Qué tardes apaciguadas, musicales, de colores, abiertas las ventanas al susurro de los chopos, nos unían en un empeño de azul, mientras rezábamos juntos un reciente poema como: "Rema, botero, rema / con las manos sin sueño, / los párpados dormidos / y el corazón despierto". J. L. Appleyard lo calificó como "el mayor poeta lírico paraguayo de la segunda mitad del siglo que está declinando". Bareiro Saguier y Villagra Marsal, por su parte, en POÉSIE PARAGUAYENNE DU XXa. SIÉCLE (Geneve, 1990), opinaron: "Poeta de voz singular y de profundo lirismo... Sus poemas finamente matizados sugieren y susurran más de lo que dicen, lo cual no impide que (el poeta) denuncie con una gran dignidad cívica la degradación de su comunidad". Como se ve, por ejemplo, en este poema:

 

Niño de mi país

Niño de mi país

criado en resolanas,

niño tostado

y atento.

 

 

Tal vez hambriento.

 

 

Algún día los que somos

como tú, de sol, de siesta,

de viento norte y de tormenta

y hemos ido contigo y hacia ti;

algún día

nos hemos de encontrar

en una piel antigua y tersa,

para reconocernos.

 

 

Y ser dueños

por una vez apenas

de un pedazo de pan, de un pastel relleno

con resolana, hambres y silencios.

 

2

En 1955, el poeta concurrió con su novela breve al Premio Menorca, en España. Se titulaba El español del almacén y fue excluida del concurso por no reunir el número de páginas exigido. El jurado lamentó esta circunstancia considerando "las relevantes condiciones literarias de la novela". Mucho tiempo después, en 1987, se publicó en Asunción, apenas meses antes de la muerte del autor, el texto original, "sin modificación alguna".

 

Este es el texto que aquí nuevamente ve la luz. De lo que contiene o de lo que se trata en la novela dijo su autor: "De la gran historia, de la eterna cultura, de todo' lo que un pueblo ha dejado dicho de verdad en el mundo, no queda a veces más que un saldo ínfimo, algo que casi carece de valor: un hombre desarraigado debatiéndose".

 

Es la historia de ese hombre desarraigado, del inacabable debate que mantiene consigo mismo, con sus esperanzas y fracasos, sus experiencias y sus recuerdos, con su identidad y su desidentidad constantes, dialécticos, irrefrenables, intermitentes, la materia que este texto nos pone ante los ojos de la conciencia. En él -como más brevemente en LA MANO DE LA TIERRA, de Josefina Plá- se narra el proceso de adecuación o asimilación cultural a un nuevo ambiente físico y humano por el que pasa el inmigrante a medida que se despoja de sus pautas y adquiere otras. Y es ese lento y doloroso hacerse de un sí mismo nuevo lo que en esta novela narra su autor con una finísima sensibilidad y visión profunda de la realidad humana, hecha siempre de despojos y querencias.

 

Dividida en doce capítulos, construidos, a su vez, con escenas y cuadros que mueven la acción con-forme a un ritmo y un tiempo serviciales al desarrollo del argumento, tensándose o relajándose de acuerdo al diseño temporal de la estructura -que no es lineal, sino quebrada-. La novela describe la historia de un valenciano que llegó al país instalándose con su tío, que administra un almacén y un obraje. Apenas llegado, se ocupa de traer los grandes troncos desde la selva hasta la explanada que se abre en la ribera del gran río. Los rigores del clima (el calor, los insectos, las intensas lluvias, el polvo y el barro), le sacan frecuentemente de quicio, además de las prácticas de conducta de la gente, que le enervan y lo van lentamente volviendo intemperante y malhumorado. El nacimiento del hijo que tuvo con la criada del tío, determina su alejamiento de la casa. A partir de ese momento, la vida del protagonista es capturada, mal que le pese, por las costumbres del país, aunque a medida que eso ocurre crecen en él la intemperancia y el malestar, si bien acaba siempre por aceptar los dictados de la cultura del país.

 

El hijo y la rica herencia que recibe del tío, vienen a llenar de un breve gozo su inquieta soledad. La muerte del hijo en el Chaco, al inicio de la guerra, le produce honda desolación que no parece mitigar del todo los otros hijos, salvo una de sus hijas que heredó, como el hijo muerto, el azul mediterráneo de sus ojos. Es esta hija, Angélica, dulce y tierna, la que acaba asumiendo en el momento justo toda la experiencia de vida profunda del padre y en quien él al fin reposa, aunque sin saberlo.

 

La novela, que está llena de melancolía y de nostalgia, de pasión y soterrada ternura, es una muestra muy digna de la bella prosa del autor. Fino en las imágenes y en la música de las palabras, con intenso poder descriptivo y evocador, el lenguaje discurse por esa prosa con elegancia sutil y adecuación léxica. Pues tal como el propio autor lo dijo: "Una tierra tiene sus cosas, su modo de nombrarlas (...). La palabra merece conservar la vida que ella misma se ha venido largamente haciendo. No se puede tocarla sin que vaya en ello el peligro de lavar un color, podar una imagen, un paisaje suyo".

 

La novela bien puede considerarse- un buen aporte al proceso de crecimiento y maduración de la narrativa en el país. El manejo del diálogo, el tempo de la narración, el diseño sicológico de los personajes, los cortes temporales en la estructura del relato, son ciertamente atributos que en el tiempo en que la novela fue escrita (mitad de los 50) no eran practicados por los narradores paraguayos, excepto quizá, Casaccia en algún breve momento.

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Octubre del 2006.

**/**

 

CAPÍTULO 1

Con él entró una violenta ráfaga de claridad y de calor. Detrás, la puerta volvió a cerrarse con estrépito. En la penumbra tropezó con algún banco de madera y arrojó su latiguillo hacia los estantes, por encima del mostrador.

- ¡Felicia! - gritó y el sofoco le impidió seguir - ¡Felicia!

Por las hendijas, la resolana introducía finas estrías de luz. Se secó torpemente el sudor que le corría por la frente, por el cuello, por detrás de las orejas. Ahora no le importaba mucho ver aquel embudo de hojalata, reluciente, sobre el tambor de kerosén que otra vez alguien se había olvidado de cerrar.

Una mujer apartó la cortina desteñida y sucia, asomando sus ojos brillantes, el bailoteo de sus largos zarcillos de oro a través de las greñas del cabello aceitoso. La detestaba, la volvía a odiar.

- ¿Quién soltó los caballos? ¿Por qué soltaron esta mañana los caballos? - Su voz airada jadeaba de fatiga-. ¿No oyes? ¡Estoy preguntándote una cosa!

- Y para eso llamaste. Qué sé yo. Quién va a saber - contestó la mujer, dándole de inmediato la espalda.

Al marcharse, la liviana cortina se pegó a la curva de sus nalgas. Quizá fue eso lo que detuvo el brazo que ya había levantado. Depositó con un golpe seco la botella encima del mostrador, y la siguió. Al salir al corredor, la claridad le lastimó los ojos otra vez.

Bajo el sol ardiente, en el patio, ella iba recogiendo las ropas de los alambres.

- ¡Muchacha! - gritó hacia la casa - ¡Saca esas cosas de la silla del señor!

A él le hervían los pulsos de indignación, de fatiga, de calor.

- ¡Felicia! - llamó de nuevo.

Pero la mujer siguió bajando la ropa blanca, juntándola debajo de un brazo, una prenda, tras otra, estirándose para alcanzar las pinzas demasiado altas, pequeña y gorda bajo aquel sol, descalza sobre la tierra que parecía quemar. No volvió siquiera la cabeza.

- Ya está, señor.

La vocecita de la criada le llegó como desde lejos. Se desprendió la camisa, el grueso cinturón, y se tendió en la perezosa de lona largamente, con un cansancio casi doloroso adherido a los huesos. El sudor le resbalaba por el pecho hacia el abundante abdomen desnudo. Respiraba con dificultad.

- Baja esa persiana, muchacha, - dijo sin fuerza. Cuántas veces habría repetido lo mismo; que en el verano las persianas debían bajarse temprano, a las siete. Todos los días, como una costumbre. Y siempre, a las doce, hallaba el corredor inundado de luz, lleno de moscas, caldeado por aquel resol. Como una costumbre también, pero de aquella, de la otra gente, y por tanto  más fuerte que sus palabras. Como algo que ellos no tenían siquiera necesidad de decir, pero que se cumplía inevitablemente. Cada día le producía mayor fastidio y, sin embargo, cada vez le iba importando menos. Como casi todo.

Pero que hubieran soltado los caballos le mordía todavía por dentro. Guardados a maíz, bajo las tablas, y luego perseguidos por él mismo, a látigo, en mitad de la mañana. Una furia vieja e insatisfecha le subió hasta la garganta.

- ¡Las doce! -dijo confusamente- ¿Por qué no comemos? ¡Felicia! ¡Son las doce!

La mujer gorda venía por el corredor.

- Falta Ismael. Salió demasiado tarde.

- ¡Ismael!

Ya era excesivamente molesto hablar de todas las cosas, reconvenir siempre, después que no tenían solución. Pero aun, dijo:

-. Ismael. Si no es ese haragán, es cualquiera.

Nunca, nunca podemos comer a la hora que yo digo.

La pierna. Otra vez la pierna. No se lo había dicho a nadie, hasta ahora. Le cortaba con frecuencia la palabra, el movimiento; un dolor súbito, intenso. A veces lo paralizaba sin remedio, aún estando en el almacén. Como un garfio afilado que le subiese apretadamente por el muslo. Había cosas que no se podían evitar.

Primero fueron las manos, como una caricia lenta a través del pelo. Su cabeza pareció descansar.

- ¿Por qué viniste tan tarde, papá?

Con ella no podía hablar de los caballos. No podía destruir de pronto sus cómo juguetes vivos diciéndo los había buscado, cómo los había corrido las calles.

Dejó que los finos dedos jugasen suavemente e su cabeza. Le gustaba aquella manera que tenía su hija menor de acercársele, de quedarse a su lado, sonriendo y mirándole, No parecía querer nunca nada. Venía hasta él, simplemente, como va uno hasta una sombra, como se llega uno hasta un cántaro.

Era más suya. Los otros, como la madre, morenos con los ojos negros y brillantes, pasaban por la casa por las horas de comer, por la vida, sin apegarse a nada. Parecía que nunca fueran a quedarse en ninguna parte. Los quería, en verdad; también los quería mucho. Sólo que estaba más separado de ellos. Una especie de rencor, de leve resentimiento lo distanciaba sin proponérselo, le volvía dura la palabra cuando se dirigía a ellos. No sabía por qué.

Ella le abanicaba con un lento periódico viejo. Al mirarla, creyó ver en sus ojos claros algo de aquel mar suyo de Levante, sus mañanas transparentes, limpias, azules. Si no hubiese tenido Angélica esos ojos, quizá no le hubiera sido posible recordar ya nunca el color del mar.

- Anda, sírvele vino a tu padre, - dijo palmeándole las caderas.

El vino, una de las pocas cosas tuyas que todavía quedaba. El vaso de vino antes de almorzar, que costaba, y en boca de su mujer se volvía contra él como un arma ya gastada pero que siempre hacía daño. Dejar el vasito de vino hubiera sido como perder un recuerdo, un nombre dulce, la imagen de su madre, y entrar aún más en el pozo desconocido y oscuro que era vivir así, desvinculado, lejos de todo.

 

Ismael colgó el sombrero en uno de los clavos de la pared. Venía congestionado, vacilante.

- ¿Son horas de venir? ¿No sabe usted que en esta casa hay que estar sentado a la mesa a las doce?

- Pero...

- ¡Aquí no hay pero que valga, y se acabó, mocito! - exclamó, levantándose -. ¡Tú, qué hay con esa corrida!

- Ya está. Ya puedes servir - contestó la mujer.

Su hija mayor amamantaba al último de los chicos, hamacándose en un enorme sillón. Felicia llamaba a los otros que jugaban en la arena, semidesnudos.

- Ya enseguida, abuela.

- Ya vamos.

 

Una confusa sucesión de imágenes le giraba en la cabeza a medida que los otros se acercaban, arrastraban una silla y se sentaban a la mesa. La sensación de estar a punto de desplomarse, de caer.

Uno de los chicos llegó corriendo y se agarró al mantel. Hubo un estrépito de loza y de cubiertos.

El se mordió los labios. Le dio, dos, tres bofetadas, hasta verlo en el suelo.

- ¡Animal! - su mujer se le encaró furiosa- ¿Te volviste loco?

- ¡Calla!

- ¡Casi le mataste!

- ¡Calla, he dicho! ¡Basta de una vez! Esta es mi casa... Esta no es una casa de indios, como las vuestras. Aquí no se va a vivir como los animales.

Tenía el rostro enrojecido. Las venas le saltaban en las sienes. Los miró a todos con sus ojos azules muy hundidos, sus ojos que habían visto y conocían la vida de cada uno de ellos a través de tantos días marchitos.

- A todos os gusta vivir como los indios. Sois unos indios. Parece que no fuérais de mi sangre.

Encontró la mirada de Angélica baja, fija en el mantel. Un mechón de claro pelo castaño le sombreaba la frente.

Tuvo ganas de levantarse, de no estar allí.

Todos callaban. Despacio, empezó a servir el caldo espeso y grasiento.

 

CAPÍTULO 2

Treinta y nueve años en aquel puerto del norte. Un largo tiempo a través del calor, la humedad, el polvo, los mosquitos.

Conservaba todavía presente aquella borrosa ribera en la madrugada de lluvia; el tío Jesús con la boina perlada de gotitas frías, acodado a la baranda del Iris; las vueltas que se sucedían incansablemente en aquel río gris, interminable. Después la arcilla resbaladiza del desembarcadero, los canastos, las voces de mando, incomprensibles, las manchas de barro en el pantalón de pana negra que nunca volvió a usar. Y no obstante la lluvia, el sudor, siempre el sudor.

La maleta pesaba enormemente al subir la barranca. El tío Jesús le precedía ligero, se le distanciaba a pesar del esfuerzo. Lo esperó al final, arriba, y le miraba con una sonrisa extraña a medio abrir sobre los labios.

- Ya verás cómo pronto subes esto en dos saltos.

Entraron a una ancha calle de tierra, sin aceras, con árboles desiguales y en desorden. Se le llenaron de agua los zapatos al pisar una de las charcas que el tío Jesús esquivaba diestramente. Cuando descansaba la valija para cambiarla de mano, podía fijarse en las casas bajas, pintadas casi todas con un color rosa fuerte de abandono, de vejez.

El tío se detuvo en uno de aquellos corredores. Saludó a un hombre delgado, de largos bigotes, vestido de camisilla y pantalón pijama.

- Buen día, Britos.

- Eh, qué tal don Jesús - dijo, bajándose de la barandilla del corredor, donde estaba sentado-. Ya de vuelta otra vez, tan pronto.

- Qué tal por aquí. -Y ya ve.

- Britos, voy a necesitar dos carros suyos. Tengo unos rollos adentro y quiero sacarlos esta semana a la ribera.

- Cuando guste, don Jesús. Usted sabe.

- Siempre veinte, ¿verdad?

El otro sonrió, mirándolo de reojo a él, que había dejado la maleta en la arena mojada y se secaba el sudor del rostro, con las dos manos.

- Ahora veinticinco, don Jesús.

- Mañana vendrán por ellos. Bueno, nos vamos -dijo, y entonces pareció acordarse de él-. Ah, este es un sobrino mío, Britos. Viene de España.

- Qué bien. Ha de estar más contento ahora, don Jesús - Luego volvió a sonreír con sus dientes amarillos bajo los bigotes-. Esta es su casa, joven. Ya sabe.

No supo qué decir. Sentía los pies mojados, llenos de tierra, las manos ardientes, doloridas, hinchadas.

- Gracias -dijo, y de pronto, con un movimiento duro, se acercó al hombre y le tendió la mano-. Mucho gusto, Narváez, servidor.

-. Igualmente, mi amigo.

 

La casa del tío Jesús estaba lejos. Casi en el extremo de la calle barrosa. Entraron sin que nadie saliera a recibirlos. El tío abrió una habitación oscura de paredes azules.

- Deja el equipaje aquí. Ahora vamos a desayunar.

Había sentido, en ese momento, ganas de llorar, de echarse en ese camastro y hundir la cabeza. El cuarto olía a humedad, a cosa guardada. Su angustia parecía no tener salida.

- Ya - dijo -. Querría cambiarme estos zapatos, tío.

- El tiempo que quieras, hijo. Yo voy a dar algunas órdenes.

 

Hablaron del pueblo, de las gentes de aquel pueblo del mediterráneo, de la muerte de la abuela, de la huerta que se había mal vendido, de todo lo que allá, como el marisco, iba disminuyendo, agotándose, a medida que los años transcurrían. La desazón le punzaba, honda, mientras iban nombrando las cosas. Esas cosas "de allá", como decía el tío.

- Gregoria, éste es el sobrino - dijo, cuando la pequeña mujer se acercó a la mesa con los platos humeantes.

- ¡Es posible! Pero si ya es tan grande su sobrino, don Jesús.

- Ya es un hombre, ¿verdad? 

- Le ha de querer mucho, don Jesús.

- La familia, Gregoria, sabe.

-De veras. Usted siempre solo por aquí, tan lejos - le observó detenidamente con sus ojitos marrones-.

Y está gordo, colorado está.

 

Le resultaba extraño que se ocupasen tanto de él, así de cerca, después de la travesía en aquel buque inmenso donde no conocía a nadie, después de Buenos Aires, del otro viaje en el barco más chico.

Quería agradecerles a todos. No encontraba sin embargo, como ahora frente a aquella mujer, ninguna palabra.

 

- Mira, Eugenio - dijo de pronto el tío, encendiendo un cigarro corto y oscuro, dirigiéndole a través del humo una mirada seria, inquisitiva, profunda

-. Aquí se trabaja mucho. Duro, si quieres salir a flote.

Él se sintió súbitamente recobrado, dueño de una antigua firmeza.

- A eso he venido - interrumpió con seguridad.

- Ya sé. Ya sé que a eso vienes. Pero nunca va a estar de más, recuérdalo, que me escuches. Yo tengo ya alguna experiencia en estas cosas. Tienes que darle - añadió con un gesto - si no quieres que esto te trague, como a tantos otros. En fin, ya los irás conociendo.

Habían terminado de desayunar. Un sol pálido llegaba hasta ellos. Se levantaba de la tierra, de las charcas, de sus mismas ropas, un vapor espeso, blanquecino, que olía a barro, a madera y a sueño.

- Para empezar, mañana o pasado vas a ir hasta el interior a buscar unas piezas que tengo allá. No te preocupes. La gente que irá contigo sabe bien lo que tiene que hacer. Tú trata de vigilar, nada más.

- Voy a lavarme, tío. Con su venia.

- Aquí se dice bañar, Eugenio. Dile a Gregoria que te prepare el agua.

 

 

 

 

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DOCUMENTO (ENLACE) RECOMENDADO

 

 

 ANTOLOGÍA POÉTICA 

Introducción de JOSÉ-LUIS APPLEYARD

Presentación y selección del

Colección de Poesía Nº 9

Editorial El Lector,

Espacio web: www.ellector.com.py

Asunción – Paraguay. 1996 (102 Páginas)

 (Ejemplar, pertenece a la Biblioteca del Portalguarani.com)

 




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