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JUAN NATALICIO GONZÁLEZ PAREDES


  ELEGÍAS DE TENOCHTITÁN - Poesía de JUAN NATALICIO GONZÁLEZ - Año 1984


ELEGÍAS DE TENOCHTITÁN - Poesía de JUAN NATALICIO GONZÁLEZ - Año 1984

ELEGÍAS DE TENOCHTITÁN

 

Poesía de JUAN NATALICIO GONZÁLEZ

 

 

PRIMERA ELEGÍA

 

Fatigado caminante ¡oh Nezahualcóyotl! llego

al país del aire claro y leve, intacto el apego a mi solar guaraní;

y me hablan tus versos, lumbres de tu alma manumitida,

de cuán efímeras son las grandezas de la vida; dícenme que para ti,

 

es más bello el infortunio del justo perseguido

que la gloria del tirano, pávido y enceguecido por engañoso esplendor.

Y si las humanas pompas se disipan como nieblas,

lo que el espíritu crea triunfa sobre las tinieblas de la muerte y el dolor.

 

El mundo es un incesante fluir, nada se eterniza.

Todo es como el verde sauce que fina en llama y ceniza, según la inflexible ley

que tus desgarrados cantos enunciaran hace siglos

a un mundo orgulloso y duro del que apenas los vestiglos quedan ¡oh poeta rey!

 

Junto al fabuloso lago que añora el alma transida,

junto al Texcoco de agua salobre como la vida, trozo de un demente mar

que soñó con irse al cielo... hoy, bajo la noche bruna

plateada por los lívidos resplandores de la luna llego errante a meditar,

 

y sólo un lúgubre viento que murmura un himno vago

alza columnas de polvo del negro lecho del lago que ha tiempo no existe ya.

En sus chinampas no canta como antaño la torcaza

ni corta ya sus ausentes olas la imperial barcaza, y sólo el jacarandá

 

yergue sus morados búcaros de vacilantes estrellas,

mientras bajo sus ramajes suenan risas de doncellas que sueñan con el amor,

sin reparar que a lo largo de su trabajosa meta

sólo encontrarán, tal como lo enseñaste ¡oh rey poeta! desengaños y dolor.

 

Tantas pétreas pirámides en cuyas cimas moraban

los enigmáticos dioses que, sedientos, devoraban vida del que los amó;

tus recios, claros palacios; los mágicos esplendores

de Tenochtitlán; sus pájaros raros, sus frutos y flores un nuevo Dios los frustró.

 

Ya no bullen los canales de la gran ciudad lacustre

con sus barcas florecidas que derraman gracia o lustre bajo la luz matinal;

y las blancas teorías de las pálidas doncellas

en los templos ya no danzan ni cantan, tiernas y bellas, rojo cántico coral.

 

¡Oh triste Nezahualcóyotl! no todo pasa y perece

en esta ondulante vida que sin cesar reflorece impetuosa y tenaz;

tus propios sabios versos, deslumbrante meteoro,

cruzan los espesos siglos con intactas alas de oro, llegan a esta edad falaz,

 

y nos brindan su lección de sabiduría antigua

con el primordial sentido de lo eterno que atestigua la fresca longevidad

de cuanto lo justo engendra, de lo que la mente crea,

y nos dicen de la fuerza invencible de la idea y de la clara verdad.

 

Para mi raza optimista, que cree en el genio humano,

para quien el bien ni el mal surge y se encona en vano, tampoco hay nada fatal:

quien en las cosas penetre podrá guiar a la suerte

y quien domeñe la vida sabrá vencer a la muerte, antigua, ciega y casual.

 

La mano del taumaturgo que cicatriza la herida,

el sabio que cauto aluenga y colma de hechos su vida, saben más de eternidad

que los frágiles palacios, que las penas y los goces

efímeros de los hombres, y que los callados dioses que mueren de soledad.

 

La carne del hombre fluye como una corriente oscura

pero en sus entrañas vive una fuerza que perdura en fosca profundidad,

y ese ser pensante y flébil, que un momento brilla y pasa,

siente el tétrico dolor de vivir que le traspasa y le infunde humanidad.

 

En la noche que se impregna de no sé qué hechizo mago

un lúgubre viento sopla sobre el fabuloso lago convertido en un erial;

y tu canto amargo y sabio ¡oh Nezahualcóyotl! suena

desoladamente triste, eco errante de una pena resignada, inmemorial.

 

 

 

SEGUNDA ELEGÍA

 

El árido corazón del Hombre jamás reposa.

Perenne inquietud le infunden la corriente de la vida,

el ansia de penetrar y fundirse en cada cosa

y de extraer del hermético mundo la esencia insabida.

 

Clavada por los constantes puñales del tedio, el alma

sus rebeliones trasunta en la absorción amorosa

del contorno, en una búsqueda de la inaprensible calma

que los seres sólo alcanzan en la plenitud lograda.

 

Somos entes incompletos que angustiosamente tienden

por el mundo sus tentáculos, en una ciega, esforzada

tentativa de captar las lívidas luces que hienden

la solitud, como lampos de alguna estrella apagada.

 

La áspera sequedad que a los hombres aisla,

que convierte su vergel en sitibundo desierto,

que reduce su horizonte al agrio muñón de una isla,

deshumaniza su mente y estrecha el Sino incierto.

 

Como el tumultuoso río que circunda la llanura

sacia la sed de la tierra y enciende en oro los granos,

el hombre en plenitud vierte sobre el mundo su ternura

para nutrir las ideas y los ensueños humanos.

 

Por el amor se agudiza el afán inquisitivo.

Amar es darse en ofrenda, es goce de conocer,

enlace de nuestro mundo vitalista y afectivo

con el misterio recóndito de otro mundo o de otro ser.

 

Amor cubre con su peplo mágico el rostro del mundo

y viste de perfección, belleza y gracia ondulante

a la mujer, los celestes abismos, el mar profundo,

al ser que pasa, a las ásperas rocas y a la nube errante.

 

En el corazón del hombre languidece el sufrimiento,

nacen extrañas ternezas, y al sortilegio perverso

del mal le suple el augusto despliegue del pensamiento

que vierte sus dones sobre la amplitud del universo.

 

El humilde encuentra paz, rima el poeta su canto,

los encrespados instintos tienden a ser más humanos,

y derramando perdón por los caminos, el santo

a la flor, al agua clara, a la bestia llama "hermanos".

 

El hombre en llamas de amor se torna superbo Artista.

Encarna en la carne frágil el bello sueño inmanente

que le tortura; corrige, pule las duras aristas

de las cosas, escultor de la perfección creciente.

 

En la fatigada tierra sopla un viento de poesía.

Una recóndita y mágica fuerza a provocar alcanza

el loco cascabeleo de la fugaz Alegría

y a prender la lumbre pálida de la última Esperanza.

 

Mas vuelven la torva envidia, las penas, el odio insano,

a morder la carne triste, a apagar la débil lumbre

de amor que aún palpitaba en el corazón humano,

y queda la virtud alta y sola como la cumbre.

 

Hay que sentir y vivir las ingentes soledades;

ser como la nieve, gélida; y como la roca, dura;

congelar y desgarrar; y a las negras tempestades

brindar la testa entre los relámpagos de la altura.

 

Sólo el que su noche alumbra con lunas y con estrellas

y prende en su solitud genitores pensamientos

ha dejado en los caminos del mundo indelebles huellas,

indemne al grito pestífero de hampones y de violentos.

 

La bondad sólo subsiste bajo su manto de espinas.

Las panteras del bosque huyen del resplandor de la hoguera;

y para domar la bestia humana con sus inquinas

es fuerza arder y colmar de luces su madriguera.

 

Hombre: acepta virilmente la brega con el destino.

Entre el dolor y el placer eleva tu mente al cielo,

aviva en tu corazón lo que en ti haya de divino

y triunfará de la muerte y del tiempo tu desvelo.

 

No sé qué mágicas fuerzas se adormecen en tu mano

que domeña y que esculpe la materia fría y dura,

al par que el alma esclarece lo turbio que hay en lo humano

y hacer brotar en el barro vil una luz que perdura.

 

Fatigas, amores, odios, ambiciones, todo pasa

pausadamente, en un lúgubre desfile de vanidades,

mas no se extingue ni pierde nunca lo que sobrepasa

lo personal, y el mensaje deja de nuevas verdades.

 

Tu triste carne se consume, Hombre, en mil vanos empeños,

y tu ser contradictorio combate y se parte en dos.

¿No comprendes que más alto que tus más altos ensueños

late y resplandece en ti la eterna llama de Dios?

 

 

 

TERCERA ELEGÍA

 

I

¡Teotihuacán! ¡Teotihuacán!

En la noche pávida, el vano ademán

 

de dioses agónicos que buscan la luz.

Y una voz que brota del prieto capuz:

 

-¿Quién da su lumbre al mundo? ¿Quién?

                                                               Sólo respondió

la gran voz del divino Tecuciztécatl:

                                                                                - Yo

-¿Quién más?

                                    Silencio, paz; pesada incertidumbre.

-¡Oh Nanaoatzín, se tú el otro que alumbre!

 

trémulos imploraron. Y escuchó la Asamblea

de los dioses la tímida respuesta:

                                                                  -Que así sea.

 

II

Sobre la sacra peña, la palpitante rosa

ígnea bruñe de oro la noche tenebrosa.

 

Mudo, Tecuciztécatl ofrenda, más mortal

que divino, mil rojas espinas de coral

 

que acrecen y alimentan la llama refulgente.

Y Nanaoatzín, el buboso indigente,

 

que no pudo ofrendar los fragantes copales,

brindó la pobre costra de sus profundos males,

 

haces de verdes cañas, heno sustraído al hambre

y espinas de maguey teñidas con su sangre.

 

III

En la cima de las pirámides ingentes

de Teotihuacán, palpitan refulgentes

 

las fogatas votivas, par de estrellas sonámbulas

que horadan con sus dardos las tinieblas noctámbulas.

 

Y los dioses, clamantes en su dura impotencia,

cuatro tétricas noches hicieron penitencia.

 

-¡Oh tú, Tecuciztécatl, avanza y entra al fuego!

ordenaron los dioses, intérpretes del ciego

 

destino. Vacilante, el dios, con su cimera

de refulgentes plumas, ya al borde de la hoguera

 

se detuvo, clavado por vaga desazón.

Había entrado el lívido miedo en su corazón.

 

-¡Nanaoatzín, prueba tú!

                                                                  La voz imperiosa cortó,

cósmico trueno, la noche pavorosa.

 

Los dioses contemplaron, en burda indumentaria

de papel, la silueta terrible y temeraria

 

del dios buboso y triste entregada a las llamas

decrecer chirriando entre ardidas escamas.

 

El bello Tecuciztécatl entró también al fuego

y ardió cual crepitante y seco leño. Luego

 

llegó el potente cuauhtli, el indómito lobo

del aire que se alzó llevando, ígneo globo

 

prendido al duro pico, en poderoso vuelo,

a Nanaoatzín, rumbo a un fosco cielo,

 

mientras Tecuciztécatl, en las rugientes fauces

del ocelotl, iba hacia los gemidores sauces.

 

IV

Y Nanaoatzín, transfigurado en Sol

tiñó de gualda y rojo el pálido arrebol.

 

Rompió con ígnea mano la lóbrega maraña

de sombras, y asomó tras la erguida montaña,

 

cegante de fulgores de caldeada plata

la ardida faz de vivo, agorero escarlata.

 

Avanzó pasos de ebrio en las rutas del cielo

y de pronto detuvo su astrológico vuelo.

 

El dios Tecuciztécatl, que transformado en Luna

mostraba melancólico una pena importuna,

 

todavía azorado por reciente fracaso

en las cuestas del cielo también detuvo el paso.

 

V

-¡Mirad, dioses! El ritmo del mundo se conmueve.

El renaciente Sol alumbra y no se mueve.

Infundamos espíritu a la materia inerte

y nuevo dinamismo al Sol con nuestra muerte.

 

Al aceptar los dioses unánimes tan duros

designios, parecían más dioses y más puros.

 

Urgido el rudo viento por divinas señales

en los dioses clavó sus múltiples puñales,

 

pero Xolotl, plañendo como hembra pavorida,

en su desesperante adhesión a la vida

 

internóse veloz en el maizal sonoro

donde alzó su faz lívida hecha una espiga de oro;

 

luego, pleno de estériles rencores y de inquinas,

fue en el duro maguey agresivas espinas;

 

y al fin, trocado en pez, en el agua mudable

alcanzóle, fatal, la muerte ineluctable.

 

El viento, ya cumplida la hecatombe divina,

con todas las potencias de su índole aquilina

 

sopló con furia, dócil a los secretos móviles,

sobre los adormidos astros, claros e inmóviles.

 

El gran disco solar, con el vital concurso

de los cósmicos vientos, reanudó su curso,

 

arrastrando a la Luna, triste como la muerte,

que derramó en la noche sus luces de oro inerte.

 

VI

¡Oh, Teotihuacán, milenaria morada

de los dioses, en cuyo silencio la olvidada

 

sabiduría cuaja en pardos monolitos

que guardan el secreto de los antiguos mitos!

 

Tú enseñaste la difícil virtud del sacrificio

como base de todo eviterno edificio.

 

Los alegres ensueños y la luz inmanente,

el arcano pugnar genitor de la mente,

 

las preclaras hazañas de que quedan memorias

y son la poesía de las doctas historias,

 

la libertad del hombre, su ágil genio fecundo

que cambia y embellece la vastedad del mundo,

 

son los hijos de luz del dolor de la vida

que vencen al misterio y a la noche homicida.

 

Los perseguidos que, altivos pararrayos,

ofrecen sus cabezas al furor de los rayos

 

y serenos enfrentan al intonso tirano,

no son sombras que pasan, ni padecen en vano.

 

En la lóbrega noche que cuelga sobre el mundo

ellos nutren y encienden otro Sol rubicundo

 

que en el pico de un águila de poderoso vuelo,

globo igniscente, sube pausadamente al cielo.

 

Y un libre viento pleno de las ansias del hombre,

de lúcidos propósitos y de sueños sin nombre,

 

soplando en la celeste región de las estrellas

lanzará el nuevo Sol por las eternas huellas.

 

 

 

CUARTA ELEGÍA

 

¡Luna! Blanca luna de Tenochtitlán, que sobre las cumbres

de la cordillera dejas asomar tu fulgente disco

lleno de indescifrables jeroglíficos.

Ya mirar no puedes en el gran espejo del viejo Texcoco,

ya en tu honor no fluyen las vírgenes sangres de los sacrificios

en la trunca cúspide de las pirámides.

Ya no eres la diosa de los hombres ¡luna!

y apenas algún poeta romántico

y loco, delira bajo los embrujos de tu lumbre triste.

 

¡Blanca luna! ¡Luna, mortecina lámpara de los desterrados!

En los garabatos de tu cara pálida

leo sumergidas historias, recuerdos

que otra vez germinan bajo el riego de oro de tus rayos de seda.

Te vi por vez primera cierta lánguida noche

cuando, hidrópico globo,

lenta ascendiste sobre el cerro de mi pueblo.

En las calles sin lumbres,

en los quietos jardines con olor de claveles y de rosas mosquetas,

de pronto derramabas tu luz opalescente,

y bajo los naranjos,

aquí y allá, calcabas en bronces fugitivos

los mismos arabescos tatuados en tu cara impasible de india.

 

Sabías embriagar de ambiciones y sueños.

Bajo tu sortilegio

parecían más lindas las esbeltas muchachas que llenaban las calles,

al tiempo que en la Plaza una banda de músicos atacaba la polca

y algún búho encendía los faros de sus ojos, inmóvil sobre un poste.

A tu lumbre volaban, torpes, mil besos huérfanos

que nunca alcanzaron el nido vacío que sangra en el fresco rostro de las vírgenes;

y los sueños tenaces de furtivas caricias

no pasaban del trunco ademán de la mano,

de la mano que tiembla como tímida flor en el tul de la brisa.

 

Cuando te ibas tempranito, rumbo a tus juergas secretas,

y dejabas todo oscuro,

vanamente se esforzaban los humeantes faroles,

de plantón en las esquinas,

por llenar debidamente

la municipal función de suplente de la luna.

Y los cocuyos jugaban con los niños, encendiendo

sus farolillos de duendes, que parecían estrellas o diamantes volanderos.

 

¿No te lo han contado acaso, vieja luna maternal, blanca luna de mi infancia?

Aquel guayacán gigante,

señor del patio cordial de nuestra casa,

cayó a golpes de huracán, entre los broncos responsos de los vientos. 

Trepábamos veloces por su rugoso tronco

y la flexible rama

en dócil balanceo nos retornaba al suelo.

En su canora copa,

cubierta en primavera con la mantilla gualda de sus flores, captamos

el misterio del nido.

El desterrado errante

sintió la mordedura de una pena humilde.

Pero sonreí ¡oh, luna!, sonreí tristemente,

porque los hombres no deben llorar a los árboles.

 

¡Oh, luna! Cómo el tiempo va colmando de olvido y

[dolor nuestras almas. Elevarse hacia ti, es ruda aventura.

La frente que fulge con luz de tu blanca guadaña

la conjura provoca de todas las torvas alimañas nocturnas.

Del ignaro la envidia, del beodo las piedras,

las estultas calumnias, las falaces injurias,

alcanzarle pretenden en un lúgubre vuelo de sonantes vampiros.

 

Ya no existen, ¡luna de Tenochtitlán! los magos espejos del viejo Texcoco.

Sobre el áspero dorso de la calva montaña en vano detienes la marcha.

Escudriñas en vano los altares desiertos, tus templos en ruinas.

Pero sigues rigiendo, hermética y constante,

la sangre de las núbiles, el ritmo de los mares

y el destino del hombre perdido en los incógnitos caminos de la vida.

 

Ardes, fúnebre lámpara, sobre el osario de la estirpe muerta

y, discreta cómplice de los rosados besos, las citas, las canciones,

presides el germinar de las simientes

y el sagrado silencio de las cunas,

rosas y blancas como las albas.

 

 

 

QUINTA ELEGÍA

 

I

Celestes torbellinos; blanca luz que resbala

en nubes de oro y grana; viento que como el ala

de los tácitos ángeles, en herméticos roces

se delata; palabras que son silencio...

                                                                      Voces

magas de los abismos cruzan la noche muda

sin que captarla pueda la inteligencia ruda.

Surgen la desazón, cierta vaga molestia,

porque el habla del Hombre es rugido de bestia,

chistar de monos lúbricos, junto a la voz eterna

que estremece y traspasa la vida subalterna.

De la celeste alondra el canto de cristal

lejanamente suena, apagado y trivial,

en el ámbito mágico donde alzan las intactas

esferas su concierto de músicas abstractas.

Temblorosas imágenes que emergen del profundo

abismo de las almas, del onírico mundo,

con la ingenua gracia de una virgen desnuda

frente a la cual parece carnal y casi ruda

la más celeste virgen que el verso celebrara.

Sonrisas en antiguos rostros de gracia rara;

sueños blancos que flotan sobre la cuna trunca;

el silente amor cuyas místicas llamas nunca

dejan de consumir la carne triste; penas

errantes; y mil cosas concebibles apenas.

 

Todos desfilan, lentas imágenes sin nombre,

y hacen sentir la angustia punzante de ser Hombre.

 

II

¡Adiós, mundanos ecos! La gran puerta de bronce

de la Vida ha girado sobre sus viejos gonces.

El mundo queda fuera y el alma solitaria.

Un cósmico silencio y una paz milenaria

de catedrales, donde ya ni vuelan los rezos

y el vacío molesta con sus burdos bostezos.

El pensamiento crece en la noche silente,

grano de luz sembrado en surcos de la mente.

Incorporal, se mueve en la sombra y ausculta

el ángel o el demonio que en el Hombre se oculta,

los bestiales instintos, la astucia, la fiereza

que de pronto se truecan en ternura y fineza.

Y más allá del canto azul de la alborada

que la alondra interpreta, se tiende la sagrada

soledad, el silencio del Hombre hecho epicentro

del mundo. ¿Quién dirá lo que germina dentro?

¿Quién de la eternidad inasible, sumida

en la carne angustiada en que prendió la vida?

 

Suenan lánguidos vientos como vagos salterios.

En torno, sólo enigmas y medrosos misterios.

 

 

 

SEXTA ELEGÍA

 

¿Dónde mayor enigma que el enigma del Hombre?

 

¿Quién descifra los glifos de las sagradas piedras

y aviva la visión de Dios y de la Vida

nublada para siempre por los bárbaros blancos?

 

¿Quién el grave misterio que calla su secreto

en el tenaz silencio de las viejas pirámides?

 

¿Quién el florido signo grabado en las estelas,

que dice del saber de los hombres de bronce?

 

Perpetúa, tal vez, los secretos de Dios

que indagadora mente un día sorprendiera,

 

y que en piedra esculpió la adiestrada mano

del lapidario, para transmitir al futuro

lo que el saber del Hombre robara de los astros.

 

Los sabios monolitos hoy yacen en la selva

o en desolado llano su soledad destaca,

y vanamente el Hombre interpretar procura

el iluminador mensaje de un mundo ya perdido.

 

No sufrirán idéntico sino las arrogantes

conquistas de los hombres blancos? En remotos días

¿habrá magos o sabios que capten las herméticas

fórmulas de los físicos, o la voz de los libros,

que yace aprisionada en negros garabatos?

 

Somos impenitentes hacedores de símbolos

que el tiempo y el olvido van trocando en enigmas.

 

Misteriosos, inquietos, ardemos como llamas.

 

Meteoro fugaz, se enciende el pensamiento.

La noche nos envuelve, siempre clara y oscura.

 

Los cándidos, rosados besos adolescentes

son en nuestros recuerdos blanco fulgor de estrellas.

 

Ama el Hombre el misterio, los enigmas antiguos;

retorna al mismo idilio sobre escenarios nuevos;

 

construye y destruye, niño irritable y triste

que juega al bien y al mal de la cuna a la tumba.

 

Y en torno, sombras, sueños, luces, un mundo mágico,

amargo y delicioso, torturante y divino.

 

¿Dónde mayor enigma que el enigma del Hombre?

 

 

 

SÉPTIMA ELEGÍA

 

Sobre Tenochtitlán, enigmáticos astros

se encienden y deshojan pétalos de alabastros de dorado temblor;

el hombre fatigado siente un afán de cielo,

le estremece a la mente el ímpetu del vuelo, pero un vago sopor

 

retiene a ras del suelo la triste carnadura

humana desprovista de alas. Desde la altura, abierto y maternal,

nos llama el ojo de oro de la Venus celeste,

transmutativa forma del dios de blanca veste, del gran Quetzalcoatl.

 

Dios civilizador, absurdo como el hombre,

mezcla de bestia y ángel, que en esencia y nombre lleva la dualidad

del limo primigenio y el don cognoscitivo

que inquiere, sube y arde, vuelto astro pensativo, luz toda y soledad.

 

Trocando ¡oh dios! la efímera encarnación humana

en un mítico símbolo de pura esencia arcana, a la vez uno y dual,

fuiste simultáneamente la inmémore serpiente

que resume en sí curva y recta, y el ave sapiente con alas de quetzal.

 

No olvido tu rural lección, vieja y sencilla,

cuando, divina hormiga, diste con la semilla modesta del maíz.

El breve grano de oro que se hincha y que madura

bajo tus soles, fue para tu raza oscura la sangre y la raíz.

 

Quetzalcoatl, tú encarnas la dualidad doliente

del hombre que se arrastra, igual que la serpiente, en esta terrenal

guarida, pero cuya alma henchida de anhelo

y de inquietud, emprende hacia el azul el vuelo desgarrante y final.

 

Como ondulante ofidio nos vamos por la vida

y, en la espiral del breve reposo que convida a la meditación,

inquirimos la ley que gobierna la dura

consistencia del bien, y la paz que procura la reconcentración.

 

Suena el paso silente de las sombras del sueño,

que anticipan lo que será. Y en nuestro empeño loco de descifrar

los enigmas del mundo, pasamos de la física

sustancia a la inquietante y abstrusa metafísica del obrar y pensar.

 

Nos turban las esquivas timideces, las santas

castidades, los ínclitos lirios de las gargantas, el misterio del ser

que se envuelve en el cósmico nocturno de los sexos.

Y pávidos, buscamos y huimos de los nexos magos de la mujer.

 

Dejamos como ofidios, en la resquebradura

del incierto camino, la piel usada y dura del sufrir y vivir,

y cuando las envidias, los odios, en el canto

de las ásperas rocas se quedan, el espanto perdemos de morir.

 

Y somos también ave por la pasión del vuelo,

por vocación de altura, nacida de un anhelo antiguo y ancestral;

el pensamiento salta de nuestra cerradura,

rubia chispa que el golpe arranca de la hondura torva y visceral.

 

¡Quetzalcoatl! Tú nos comprendes e interpretas

con mixta lucidez de sabio y de poeta, de civilizador

que nos brindó la leche de la bondad humana,

malvió los sacrificios, las batallas, la arcana demencia del furor.

 

El tiempo inventaste, le mediste con fechas,

a fin de que en las milpas celestes, en cosechas de dorado matiz,

se desgranen los astros en motín de centellas

en milagro sincrónico con la espiga de estrellas del terrestre maíz.

 

Mito certero del hombre, suma de ave y serpiente,

que se arrastra o que vuela, ya rudo, ya omnisciente, todo sueño y dolor;

reptamos como tú por el haz del planeta,

ora bestia, ora genio, o mortal o profeta, tras un mundo mejor.

 

Tu luz benigna y pura, pálida de tristeza,

vierte la clara Venus sobre nuestra cabeza en la noche lunar;

sobre Tenochtitlán, guerrero que reposa,

tu celeste mirada se detiene y se posa tierna, como al pasar.

 

Late el oscuro limo; laten astros lejanos.

Sombras, lívidas luces; penas y sueños vanos; hombre, el hombre en fin,

que teje sin descanso la trama de la vida,

tan dura como el hierro, y como él carcomida por incesante orín.

 

Este ansia de elevarse más alto que la sierra,

de arder y brillar sobre la taciturna tierra, que no cesa jamás

¿será el cósmico miedo de todo lo que pasa,

el miedo a ser ceniza tras de haber sido brasa, o piedra, nada más?

 

El viento que discurre se lleva nuestras penas.

Arden ideas plácidas en las mentes serenas. En un cielo irreal

traza rayas de fuego el fugaz meteoro

y para los amantes prende su lumbre de oro la Venus maternal.

 

 

NOVENA ELEGÍA

 

I

La vida va podando del hombre las quimeras,

le marchita la piel, blanquea los cabellos,

calladamente apaga los últimos destellos

de los viejos amores y las penas primeras.

Depura con la prueba del dolor persistente

las fértiles ideas que elabora la mente,

y hace que el alma salte, para la acción ya lista,

como salta la estatua que concibió el artista

del bronce al que dio el fuego la fugaz coyuntura

de tornar depurado a su ínsita figura.

 

II

¡Oh Sófocles! En canto hechicero y pagano

lamentaste los males de la torva vejez

y blasfemaste contra la blanca placidez

de los longevos días. ¿Acaso la inminencia

del final de tu mundo armonioso y humano

 

hizo que celebraras toda breve existencia?

Pues dijiste: -Cualquiera que aspire a luenga vida

terrenal, y desdeñe la ordinaria medida

de la existencia, paréceme auténtico insensato.

Los innúmeros días no aportan nada grato;

sus dones más semejan tristeza que ventura

y en darnos alegría no demuestran premura.

Quien para su desgracia consigue el necesario

término de la vida trasponer, solitario

marcha lejos del canto de Himeneo, de suerte

que el obligado fin de todos, es la muerte.

El no nacer es suerte mayor a toda suerte

y quien más se le acerca en benigno destino

es el que al nacer vuelve allí de donde vino.

Muerta la juventud, que sólo nos procura

la irracional euforia de una vana locura

¿quién es el que alcanzó, curvado bajo el extremo

peso de la aflicción, jamás librarse de ella?

Luchas, discordias, celos, mortandad y querella,

tras de los cuales llega, infortunio supremo,

la trémula, la odiosa, la insociable vejez,

toda lamento fútil y triste dejadez.

 

III

¡Sófocles! El dolor de vivir trasfigura

al hombre, y embellece y esculpe su figura.

El podador filoso, que a repetidos broncos

golpes el árbol limpia del inútil ramaje,

reaviva la savia que sube por los troncos,

con la flor de las copas da color al paisaje

y en los frutos de otoño vierte miel exprimida.

Así el alma del hombre se retempla y moldea

y en el duro infortunio va domando la vida.

Todos los sufrimientos provienen de una idea.

Es la felicidad tan sólo un pensamiento

sagaz que rige el ritmo del corazón humano.

Luchar y ser herido forman ley de belleza

La imprevista alegría acecha al hombre sano.

Por nuestro pecho pasa indolente tristeza

como trémulos cirrus por azul firmamento.

Gemir es no saber domeñar la pereza.

 

IV

¿Qué noble afán ¡oh Sófocles! nos lleva a la incesante

batalla contra el mundo, que no cesa un instante?

¿Acaso nos arrastra el oscuro destino

o bien obedecemos a un designio divino?

¿El hombre será siempre el torturado asiento

y el brazo de Dios, al que sirve de instrumento?

Nos fascina un impulso patético y profundo,

el ansia de animar la evolución del mundo,

de ser la magna idea que provoque el asalto

de las sombras, la estrella que guía desde lo alto,

la inteligencia lúcida que impone al caos normas

y que del mármol duro, hermano del basalto,

saca el blanco milagro de las perfectas formas.

 

V

Ser hombre es entregarse a un afán de servicio,

arrojar lo superfluo y podar lo adventicio,

hasta erigirse en una afirmación escueta

en la más desolada altitud del planeta.

El hombre verdadero busca el riesgo y se inclina

al ensueño, a la lucha tenaz que no declina.

Es ser sabio adaptarse al cambio permanente

y comprender lo práctico igual que la quimera;

escuchar sin tristeza sonar lejanamente

los cantos de Himeneo; tras de ser Primavera

pasar a ser Otoño; ser hondamente humano

y admirar el feérico encanto de la nieve

cuando han quedado atrás los fuegos del Verano.

Fugaz, la vida pasa como un suspiro leve

mas la estirpe del hombre permanece y perdura.

Tiene la vejez ¡Sófocles! en su fría blancura

el silencioso hechizo de un paisaje polar.

Ha logrado captar el ritmo de las cosas

y abarca el vasto tiempo su cansado mirar.

Aun viejo, aun ciego, bajo las andrajosas

vestimentas, el genio puede brillar cimero

y ofrecernos el claro milagro de un Homero.

 

 

 

NOTAS DEL AUTOR

 

NOTA A LA PRIMERA ELEGÍA

Nezahualcóyotl (lobo ayunado), rey de Texcoco, filósofo, ingeniero y poeta, llenó con su nombre casi todo el siglo XV del México precolombino. Parte de sus poesías fue salvada por Don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.

 

NOTA A LA TERCERA ELEGÍA

La grandiosa mitología tolteca reconoce que el mundo pasó por cinco edades: la primera duró 4.008 años; la segunda 4.804 años; la tercera 5.206 años; la cuarta 4.010 años. La quinta edad se inicia con la escena de la Asamblea de los dioses que tiene lugar en Teotihuacán y que sirve de tema a la elegía. Esta leyenda puede leerse en Sahagún, Lib. VII, cap. II.

¿Será necesario recordar que en náhua cuauhtli quiere decir águila, y que ocelotl es el nombre del tigre?

 

NOTA A LA SÉPTIMA ELEGÍA

"Quetzalcoatl, por interpretación literal, significa sierpe emplumada, por sentido alegórico, varón sapientísimo" (Ixtlilxóchitl). Se le representa por una serpiente que lleva plumas de quet zal. A su paso por la tierra se le conoció por un varón sabio que vestía túnica blanca; fue un dios civilizador, descubridor del maíz y creador del calendario. Se convirtió después en el planeta Venus.

 

NOTA A LA NOVENA ELEGÍA

La cita de Sófocles está sacada, en traducción literal, del Edipo en Colona (versos I.211 y siguientes). Se trata de un pasaje inolvidable en que el coro canta los males de la vejez.

 

 

Fuente: ANTOLOGÍA POÉTICA

Poemario de JUAN NATALICIO GONZÁLEZ

Edición de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH

Colección Poesía, 27

© de esta edición Alcándara Editora

Edición al cuidado de M.A.F.

Diseño gráfico: Miguel Ángel Fernández

Viñeta: Carlos Colombino

Edición de 750 ejemplares

Hecho el depósito que establece la Ley 94

Inscripción solicitada a la Agencia Española del ISBN

Se acabó de imprimir el 24 de setiembre de 1984

en los talleres de Editora Litocolor

Asunción, Paraguay (120 páginas).


 

 

 

 

 

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